mauro29
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La casa caliente Por Adrián Abonizio No pretendo ser ofensivo, pero hay una bandera que cuelgan los muchachos de la lepra que enuncia "La hinchada que nunca abandona". Colofón a una rethaíla de sobreentendidos, herederos de los rompedores de carnets: si algo tienen que aclarar con trapos es que el Abandono existió y duele como el saco marrón de Russo. Se festeja y se celebra como tal con el Banderazo chiquitín. Una demencia infantil. Siempre paranoicos, siempre aclarando, siempre tapando con una carta lo que está claro en la mesa, siempre mintiendo en este Truco Futbolero donde el fervor está permitido pero no el engaño: no hay tantas estrellas, no hay tantos hinchas, pero hay mucha pintura para ensuciar el Parque. Hace mucho que Central no campeona en Primera, pero como los títulos de la lepra son recientes parecen más vertiginosamente importantes. Reconozco que rogaba para que Cagna se quedase algunos partidos más para que desciendan al infierno. Pero tuvo que aparecer un salvador de origen canalla, Martino que arribó para darles "identidad". ¿Y adónde la habían olvidado? La lepra siempre me olió a complejos y aires british que lejos titilaban, ya que el Colosito, con sus luces bajas y magras, deprime. Fervor ficticio, amor sobreactuado, leyendas espúreas e ingratitudes de baja estofa: clase media embanderada, tocando sus bocinas cuando Central bajó de categoría, vergüenza ajena, por el burlón que sale a festejar. Y allí van, sin amores verdaderos, arreados por el viento de la mala puntería que otra vez les ha tumbado la banderita flaca que sostenía un tipo en un palito, tristón, camino a su cucha por Lagos al fondo. El pabellón oscuro que lucía una constelación de estrellas ficticias, una fecha de nacimiento fraudulenta y un corazón helado. Así van, así son por más que practiquen el "jogo bonito" y estén "para mejores cosas", como ha manifestado el Sr. Heinze despectivamente, tristemente como su cara y sus goles en contra. Voy a tener esta noche de domingo que andar llevando y depositando en el umbral de mis adversarios flores frescas, rojinegras para que ellos mismos se las depositen sobre sus lápidas. Paranoia. Temor. Miedo al cuco. Al papá. Congelamiento de alveolos pulmonares. Una historia conocida que ya aburre. Los cubitos de hielo que le llovieron a Delgado cuando pretendió tirar un corner, eran lágrimas, ¿Qué duda cabe? Cae la noche y me levanto el cuello de la campera, a pesar de que ha subido la temperatura en esta tierra legítima y sin dobleces donde lo que sobra es calor, calor de hogar porque en Arroyito sabemos a que casa pertenecemos.
Es una típica tarde de domingo de hace unos 29 años atrás. En la urgencia del ex hospital J.J. Aguirre esta todo calmo hasta que llega un tipo de unos 25 años con un dolor al estómago. Dado los primeros síntomas llaman al doctor Rogelio Garrido, que en ese entonces era un joven que se estaba especializando en coloproctología. “¿Qué le pasa?”, pregunta Garrido. “No sé doctor, me duele la guata”, le dice el paciente. Garrido lo examina a simple vista y no le encuentra nada. Le hace un examen tactorectal y encuentra algo raro. Duro. Se asusta y va a buscar a su superior. Su doctor guía le dice que lo más seguro es que sea un “cuerpo extraño” y que le haga una rectoscopia (una especie de tubito que se introduce por el ano para examinarlo). Garrido toma el instrumento, lo enciende. Instala al paciente en posición fetal. Pone su ojo en el instrumento y lo único que ve –o mejor dicho lee- es “Phillips 60 Watts”. Era una ampolleta. “Después la lavaron y parece que la usaron, creo que estaba buena, porque no la pusieron en el museo”, cuenta el Doctor Garrido recordando los inicios del Museo Proctológico. Sí. Es la colección del Departamento de Coloproctología del Hospital Clínico de la Universidad de Chile, de objetos que por alguna razón de la vida han terminado en… el recto. Los juntan. Desde hace unos 26 años, pero hay que aclarar que todo esto es por el bien de la ciencia moderna y que no es fruto de la perversión de algún medico en particular. La muestra tiene netamente fines pedagógicos y fue creada por el ya jubilado de la Universidad de Chile, Maestro de la Coloproctología Chilena, el médico Carlos Azolas y por el doctor Rogelio Garrido, con el fin de que sus colegas tuviesen la posibilidad de consultar diagnósticos anteriores ante inéditos casos como los de una bomba lacrimógena en un trasero. O tener material de apoyo para alguna charla del tema. “Nosotros, con Azolas, la creamos porque cuando uno quería hablar del tema, nunca tenía ejemplos y no te creían que habías sacado una zanahoria”, cuenta el Doctor Garrido. Además, la idea es que los futuros médicos de la Universidad de Chile tengan la capacidad de actuar con eficacia ante cualquier “accidente” en esa área. Es así como, por lo menos una vez en lo que dura su carrera, los estudiantes de medicina de la Universidad de Chile se tienen que enfrentar con lo horrorosos objetos que han pasado por el final de nuestra cadena alimenticia. “Cualquier estudiante que tenga dudas sobre que procedimiento ocupar para algún problema, viene aquí, revisa el producto y lee el diagnostico, así saben qué hacer o que no hacer”, explica la señora Alicia, enfermera del Hospital, quien lleva más de 26 años trabando en el ex J.J. Aguirre. La muestra tiene tres categorías de productos. Los “cuerpos extraños que se ha tragado gente, inductivos, y que luego se han atascado en el recto”, explica el médico Aldo Cunio encargado de mostrarnos la surrealista colección. Estos por lo general son pequeños, pueden ser desde una espina de pescado o un hueso de pollo, pasando por una bolita de vidrio o tapadura, hasta llegar a una tapa de lápiz o migas de pan. Por lo general, los pacientes llegan con fuertes dolores de espalda y con dificultades al sentarse, pero no saben de qué trata. Incluso se han encontrado artículos con data de que han estado más de tres años clavados en las paredes del intestino grueso. La segunda categoría es la de “los cuerpos extraños que por accidente se han metido en la zona…”, continúa explicando el doctor Cunio. En este rango los principales protagonistas son los trabajadores de la construcción que por no trabajar con las medidas de seguridad correspondientes, se han caído y clavado justo “ahí”. A pesar de que en promedio, la mayoría de estos casos son de obreros, en esta categoría, hay extrañísimos casos como el de una chica de 15 años que se cayó de un camarote y aterrizó justo en un palo de escoba que le llegó hasta el duodeno, o sea, hasta la entrada del estómago o a la altura del ombligo. La tercera categoría, es la de los “cuerpos extraños introducidos por los pacientes”, cuenta Aldo Cunio. Aquí hay productos tradicionalmente ocupados para otras actividades, pero que por circunstancias de la vida han sido usados para estimulación sexual. Es así como, en el mínimo estante de la mínima pieza oscura en donde está la colección, se encuentran vibradores, una especie de florero, velas, tubos de PVC, botellas de vidrio e incluso un trozo de tubo fluorescente. O una manilla de puerta, desodorantes en spray, posillos, frascos de perfumes, plumones y palos varios. Referido a esta última categoría, el Doctor Rogelio Garrido comenta que, “habitualmente son hombres los que llegan con este tipo de problemas”. Pero, según él, no tiene nada que ver con la edad, ni homosexualidad, “la mayoría es el típico curao del campo o que le hicieron eso por venganza,” explica. Además, cuenta que la gente llega con la dignidad por el suelo, “después de que salen de pabellón y se les pasa el efecto de la anestesia te piden que no le digas nada a sus familias o te tratan de desacreditar diciéndote que ellos no tenían eso”. Pero, ¿por qué se atascan tanto cómo para ir al hospital?, le pregunto. El Doctor Garrido continúa el análisis transmitiéndonos su experiencia. “Lo que pasa es que el recto y el colon, tiene un sistema de presión negativo, o sea que si te pones algo ahí y lo sueltas, se chupa”, explica y continúa, “entonces es muy fácil que quede atascado, es cosa que se estimule el músculo y se puede dilatar hasta diez centímetros, si el esfínter anal es muy complaciente,” finaliza Garrido y hace pasar a otro paciente.
Registrate y eliminá la publicidad! Les dejo un texto de Diego Garcia sobre el Negro Fontanarrosa y el aniversario de Chilecanalla... de un chileno que vive en Bilbao... Querido Mariano, En las tres ocasiones en las que he podido asistir a presentaciones de Les Luthiers en Chile, ha terminado siempre por llamarme la atención la actitud del público, y de mí mismo por extensión. Siempre las localidades se encuentran agotadas, y el teatro se ha colmado de fanáticos que conocen de memoria todo lo que se va a presentar, y que antes de iniciar el primer espectáculo ya están completamente entregados a lo que los Les Luthiers hagan o dejen de hacer sobre el escenario. Cuando el concierto termina, y pones atención a lo que se conversa al salir del teatro, hay tipos que discuten acerca de si “A la playa con Mariana” la cantaron demasiado rápida, si acaso Ernesto Acher era un mejor Rodrigo Díaz de Carreras que Carlitos Núñez, o si Marcos Munstock varió o no en algunos detalles el guión de “Encuentro en el Restaurante”, respecto de cómo aparece en el DVD. No puedo establecer con exactitud cuándo fue que conocí a los Les Luthiers, tengo un recuerdo preciso de hace 25 años, y podrían ser más de treinta considerando recuerdos probablemente más antiguos aunque de fecha indeterminada. En los inicios, se trataba de una afición bastante esotérica porque en Chile circulaba poco (y todavía es así hoy día) el material de lo que el conjunto de instrumentos informales hacía. Por otra parte, tampoco ellos venían tan seguido a nuestro país. Para mí era una incógnita saber en Chile cuántos y quiénes estábamos interesados por Les Luthiers, pero, cuando de cuando en cuando me encontraba con alguno, ocurría que, al igual que yo, se sabía todo de memoria con pelos y señales, y podíamos estar un buen par de horas recitando y cantando cada una de las canciones, primeras y segundas voces incluidas. El día de hoy, eso incluye no sólo a mi generación sino a la de mis sobrinos. Mi admiración por Fontanarrosa es más reciente, pero puede tener fácilmente veinte años, y creo que comienza con Boggie el Aceitoso, esa parodia a la manera de ser brutal (y algo imbécil) del rufián americano, sea que se dedique al asesinato a sueldo o a dirigir la política exterior americana durante un gobierno de los republicanos. Más tarde, tuve oportunidad de conocer sus cuentos, partiendo por El mundo ha vivido equivocado. Recuerdo que me asombraba lo bien escritos que estaban, lo mucho que me reía con ellos, y lo desconcertante que resultaba que fueran cuentos que finalmente se trataban de nada, anécdotas mínimas e insignificantes que el Negro estiraba a veces hasta por treinta o cuarenta páginas, tensando la cuerda como en las mejores novelas de suspenso. No lo conocí personalmente, pero en dos ocasiones en que estuvo en Chile tuvo la amabilidad de firmarme ejemplares de sus libros, siempre con Mendieta incluido en el autógrafo. Poco a poco, y al igual que con los Les Luthiers con algo de dificultad, fui reuniendo sus libros y encontrándome con otros lectores que, como yo, retenían detalles minúsculos de los cuentos o de las peripecias del sin par Best Sellers. ¿Cuántos seríamos? ¿Cien, doscientos? ¿Más...? Pero el caso es que encontrarse con un lector de Fontanarrosa era como encontrarse a un hermano que no sabíamos que teníamos, del que habíamos sido separados en la primera infancia y con el que, a la hora del reencuentro, nos esperaba toda una vida compartida por delante recordando y recitando detalles de sus cuentos desopilantes. Cuando me enteré que Fontanarrosa era colaborador de Les Luthiers creo que experimenté una especie de alegría, ya casi me sentía miembro de una familia extensa formada por ambos talentos más todos los que los siguen. Creo que fue a fines del 2004 o del 2005 que Fontanarrosa estuvo en Chile en la Feria del Libro, e hizo una presentación de una agenda ilustrada por él. En una sala de la Estación Mapocho, calculo que seríamos alrededor de trescientas personas apretadas escuchándolo. Sin emplear ningún papel para apoyarse, habló boludeces aproximadamente cuarenta minutos, y nos hizo reventar de risa todo ese tiempo con observaciones y chistes de un humor y una inteligencia asombrosos. El permitió que se le hicieran algunas preguntas, y alguien precisamente le consultó acerca de cómo era la experiencia de trabajar junto a Les Luthiers. Fontanarrosa se puso serio, y con dificultad empezó a balbucear algunas frases sueltas, en medio de elocuentes silencios, evidenciando incomodidad: - No es sencillo trabajar con Les Luthiers, (...) son un grupo de muy alta exigencia, (...), por otra parte está la distancia, ellos en Buenos Aires y yo en Rosario, (...) no es un trabajo fácil, (...) –y ya poniéndose realmente muy serio y hasta sombrío- ¿la verdad?, no son buena gente. Me acuerdo que se hizo un silencio denso y hasta trágico, de unos pocos segundos en que no sabíamos qué hacer. Cuando vimos que el propio Fontanarrosa sonreía satisfecho de lo que había logrado, por fin pudimos reírnos a todo lo que dábamos. Nos fuimos de ahí felices junto a otros amigos, luego de una tarde magnífica frente a un tipo sencillo de un humor inteligente y eximio. Sólo algunos meses más tarde, Pancho Mouat publicó en El Mercurio un reportaje a Fontanarrosa donde se refería al avance de su enfermedad, que le hacía difícil dibujar. Fue allí que decía el Negro que para él, el máximo premio por escribir era que se le acercara un lector y le dijera, “Negro, me cagué de risa con tus cuentos”. Me enterneció, entre otros motivos porque es lo que yo mismo habría querido decirle alguna vez y no finalmente no le dije nunca. A mí la risa de Fontanarrosa me sorprendía leyendo arriba del metro o caminando por una calle. Así aprendí que reírse solo en lugares públicos, al menos en Chile, suscita miradas de preocupación y reprobación de los demás transeúntes, mucho más si la risa va acompañada con lágrimas, espasmos y convulsiones. Así me pasó, puedo recordarlo perfectamente, leyendo el prólogo de El fútbol es sagrado, o el cuento El Ñoqui o, cómo no mencionarlo en esta ocasión, 19 de diciembre de 1971. Haciendo mis propios cálculos con todo lo que se dijo de su enfermedad, he llegado a la conclusión que aquella tarde en la Estación Mapocho, Fontanarrosa ya estaba enterado de ella. Me conmueve que en esas circunstancias, haya destinado su tiempo a hacernos reír –en ese y otros auditorios- sin poses ni melodramas. Marchó hacia la muerte con serenidad y con la bandera al tope, y tengo la impresión que se fue tranquilo, aunque nosotros quedamos deshechos. Ahora con sus cuentos me ocurre lo que con los conciertos de Les Luthiers. Antes de comenzar a leerlos ya sé que es lo que viene, y a pesar de eso me sorprenden siempre y me muero de risa, y en no pocos casos me dejan pensativo –El cielo de los argentinos, El 8 era Moacyr, Ella dijo...-, por sus observaciones profundas y misericordiosas acerca de la amistad, el amor y la condición humana en general, a la que él habría sido incapaz de apelar solemnemente pero sí de manera oblicua y tierna. No lo conocí personalmente, y sin embargo lo considero un amigo, o un pariente que vivía lejos de la familia. A Fontanarrosa se lo recuerda sin tristeza, más bien agradecido de haber compartido sus obras, que estoy seguro seguirán siendo un puente a la amistad y la alegría cada vez que me encuentre con alguien de esa legión cada vez más grande de sus fanáticos lectores de hoy y de mañana. Un abrazo a todos en Chilecanalla Diego Bilbao, 5 de agosto de 2008 Por: Mariano Olmedo Fuente: http://www.canalla.com/nota.asp?idn=12270&ids=50103

Como Desactivar o inhabilitar teclas en Linux Hace unos días, me encontré con la necesidad de aplicar medidas de seguridad contra el borrado accidental de archivos, dado que en una oficina de mi trabajo, comparten una carpeta a la que acceden 5 equipos mas; y algunos usuario borraban carpetas o archivos en forma accidental. Las diferentes versiones de Linux que instalé, a pesar de que tenian la opción de confirmar el borrado, al ser carpetas o archivos en red, no lo hacía, y no habia forma de restaurarlos; salvo buscarlos en las cintas de backup (muy molesto) Así que comencé a buscar como desactivar directamente la tecla SUPRIMIR o DELETE. Igualmente se puede realizar con CUALQUIER TECLA y/o movimiento del mouse. El comando es cuestión es el siguiente: xmodmap -e 'keycode 119=' En éste caso, lo unico que deberían cambiar es el 119 ,que es el codigo de la tecla SUPRIMIR en mi teclado. Igualmente, para saber el codigo de una tecla en particular en sus teclados, el comando a utilizar es: xev Éste comando devolverá una serie de lineas, que ven a continuación, donde lo importante es la parte que dice "keycode 105", ese es el codigo que deberán reemplazar por el 119. KeyRelease event, serial 33, synthetic NO, window 0x4c00001, root 0xb8, subw 0x0, time 4380500, (1130,-32), root1136,14), state 0x14, keycode 105 (keysym 0xffe4, Control_R), same_screen YES, XLookupString gives 0 bytes: XFilterEvent returns: False Espero que les sirva, y por favor comenten si les sirvió.