Registrate y eliminá la publicidad! Les dejo un texto de Diego Garcia sobre el Negro Fontanarrosa y el aniversario de Chilecanalla... de un chileno que vive en Bilbao... Querido Mariano, En las tres ocasiones en las que he podido asistir a presentaciones de Les Luthiers en Chile, ha terminado siempre por llamarme la atención la actitud del público, y de mí mismo por extensión. Siempre las localidades se encuentran agotadas, y el teatro se ha colmado de fanáticos que conocen de memoria todo lo que se va a presentar, y que antes de iniciar el primer espectáculo ya están completamente entregados a lo que los Les Luthiers hagan o dejen de hacer sobre el escenario. Cuando el concierto termina, y pones atención a lo que se conversa al salir del teatro, hay tipos que discuten acerca de si “A la playa con Mariana” la cantaron demasiado rápida, si acaso Ernesto Acher era un mejor Rodrigo Díaz de Carreras que Carlitos Núñez, o si Marcos Munstock varió o no en algunos detalles el guión de “Encuentro en el Restaurante”, respecto de cómo aparece en el DVD. No puedo establecer con exactitud cuándo fue que conocí a los Les Luthiers, tengo un recuerdo preciso de hace 25 años, y podrían ser más de treinta considerando recuerdos probablemente más antiguos aunque de fecha indeterminada. En los inicios, se trataba de una afición bastante esotérica porque en Chile circulaba poco (y todavía es así hoy día) el material de lo que el conjunto de instrumentos informales hacía. Por otra parte, tampoco ellos venían tan seguido a nuestro país. Para mí era una incógnita saber en Chile cuántos y quiénes estábamos interesados por Les Luthiers, pero, cuando de cuando en cuando me encontraba con alguno, ocurría que, al igual que yo, se sabía todo de memoria con pelos y señales, y podíamos estar un buen par de horas recitando y cantando cada una de las canciones, primeras y segundas voces incluidas. El día de hoy, eso incluye no sólo a mi generación sino a la de mis sobrinos. Mi admiración por Fontanarrosa es más reciente, pero puede tener fácilmente veinte años, y creo que comienza con Boggie el Aceitoso, esa parodia a la manera de ser brutal (y algo imbécil) del rufián americano, sea que se dedique al asesinato a sueldo o a dirigir la política exterior americana durante un gobierno de los republicanos. Más tarde, tuve oportunidad de conocer sus cuentos, partiendo por El mundo ha vivido equivocado. Recuerdo que me asombraba lo bien escritos que estaban, lo mucho que me reía con ellos, y lo desconcertante que resultaba que fueran cuentos que finalmente se trataban de nada, anécdotas mínimas e insignificantes que el Negro estiraba a veces hasta por treinta o cuarenta páginas, tensando la cuerda como en las mejores novelas de suspenso. No lo conocí personalmente, pero en dos ocasiones en que estuvo en Chile tuvo la amabilidad de firmarme ejemplares de sus libros, siempre con Mendieta incluido en el autógrafo. Poco a poco, y al igual que con los Les Luthiers con algo de dificultad, fui reuniendo sus libros y encontrándome con otros lectores que, como yo, retenían detalles minúsculos de los cuentos o de las peripecias del sin par Best Sellers. ¿Cuántos seríamos? ¿Cien, doscientos? ¿Más...? Pero el caso es que encontrarse con un lector de Fontanarrosa era como encontrarse a un hermano que no sabíamos que teníamos, del que habíamos sido separados en la primera infancia y con el que, a la hora del reencuentro, nos esperaba toda una vida compartida por delante recordando y recitando detalles de sus cuentos desopilantes. Cuando me enteré que Fontanarrosa era colaborador de Les Luthiers creo que experimenté una especie de alegría, ya casi me sentía miembro de una familia extensa formada por ambos talentos más todos los que los siguen. Creo que fue a fines del 2004 o del 2005 que Fontanarrosa estuvo en Chile en la Feria del Libro, e hizo una presentación de una agenda ilustrada por él. En una sala de la Estación Mapocho, calculo que seríamos alrededor de trescientas personas apretadas escuchándolo. Sin emplear ningún papel para apoyarse, habló boludeces aproximadamente cuarenta minutos, y nos hizo reventar de risa todo ese tiempo con observaciones y chistes de un humor y una inteligencia asombrosos. El permitió que se le hicieran algunas preguntas, y alguien precisamente le consultó acerca de cómo era la experiencia de trabajar junto a Les Luthiers. Fontanarrosa se puso serio, y con dificultad empezó a balbucear algunas frases sueltas, en medio de elocuentes silencios, evidenciando incomodidad: - No es sencillo trabajar con Les Luthiers, (...) son un grupo de muy alta exigencia, (...), por otra parte está la distancia, ellos en Buenos Aires y yo en Rosario, (...) no es un trabajo fácil, (...) –y ya poniéndose realmente muy serio y hasta sombrío- ¿la verdad?, no son buena gente. Me acuerdo que se hizo un silencio denso y hasta trágico, de unos pocos segundos en que no sabíamos qué hacer. Cuando vimos que el propio Fontanarrosa sonreía satisfecho de lo que había logrado, por fin pudimos reírnos a todo lo que dábamos. Nos fuimos de ahí felices junto a otros amigos, luego de una tarde magnífica frente a un tipo sencillo de un humor inteligente y eximio. Sólo algunos meses más tarde, Pancho Mouat publicó en El Mercurio un reportaje a Fontanarrosa donde se refería al avance de su enfermedad, que le hacía difícil dibujar. Fue allí que decía el Negro que para él, el máximo premio por escribir era que se le acercara un lector y le dijera, “Negro, me cagué de risa con tus cuentos”. Me enterneció, entre otros motivos porque es lo que yo mismo habría querido decirle alguna vez y no finalmente no le dije nunca. A mí la risa de Fontanarrosa me sorprendía leyendo arriba del metro o caminando por una calle. Así aprendí que reírse solo en lugares públicos, al menos en Chile, suscita miradas de preocupación y reprobación de los demás transeúntes, mucho más si la risa va acompañada con lágrimas, espasmos y convulsiones. Así me pasó, puedo recordarlo perfectamente, leyendo el prólogo de El fútbol es sagrado, o el cuento El Ñoqui o, cómo no mencionarlo en esta ocasión, 19 de diciembre de 1971. Haciendo mis propios cálculos con todo lo que se dijo de su enfermedad, he llegado a la conclusión que aquella tarde en la Estación Mapocho, Fontanarrosa ya estaba enterado de ella. Me conmueve que en esas circunstancias, haya destinado su tiempo a hacernos reír –en ese y otros auditorios- sin poses ni melodramas. Marchó hacia la muerte con serenidad y con la bandera al tope, y tengo la impresión que se fue tranquilo, aunque nosotros quedamos deshechos. Ahora con sus cuentos me ocurre lo que con los conciertos de Les Luthiers. Antes de comenzar a leerlos ya sé que es lo que viene, y a pesar de eso me sorprenden siempre y me muero de risa, y en no pocos casos me dejan pensativo –El cielo de los argentinos, El 8 era Moacyr, Ella dijo...-, por sus observaciones profundas y misericordiosas acerca de la amistad, el amor y la condición humana en general, a la que él habría sido incapaz de apelar solemnemente pero sí de manera oblicua y tierna. No lo conocí personalmente, y sin embargo lo considero un amigo, o un pariente que vivía lejos de la familia. A Fontanarrosa se lo recuerda sin tristeza, más bien agradecido de haber compartido sus obras, que estoy seguro seguirán siendo un puente a la amistad y la alegría cada vez que me encuentre con alguien de esa legión cada vez más grande de sus fanáticos lectores de hoy y de mañana. Un abrazo a todos en Chilecanalla Diego Bilbao, 5 de agosto de 2008 Por: Mariano Olmedo Fuente: http://www.canalla.com/nota.asp?idn=12270&ids=50103
De Fontanarrosa y Les Luthiers
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