“¿Qué le pasa?”, pregunta Garrido. “No sé doctor, me duele la guata”, le dice el paciente. Garrido lo examina a simple vista y no le encuentra nada. Le hace un examen tactorectal y encuentra algo raro. Duro. Se asusta y va a buscar a su superior. Su doctor guía le dice que lo más seguro es que sea un “cuerpo extraño” y que le haga una rectoscopia (una especie de tubito que se introduce por el ano para examinarlo). Garrido toma el instrumento, lo enciende. Instala al paciente en posición fetal. Pone su ojo en el instrumento y lo único que ve –o mejor dicho lee- es “Phillips 60 Watts”. Era una ampolleta.
“Después la lavaron y parece que la usaron, creo que estaba buena, porque no la pusieron en el museo”, cuenta el Doctor Garrido recordando los inicios del Museo Proctológico.
Sí. Es la colección del Departamento de Coloproctología del Hospital Clínico de la Universidad de Chile, de objetos que por alguna razón de la vida han terminado en… el recto. Los juntan. Desde hace unos 26 años, pero hay que aclarar que todo esto es por el bien de la ciencia moderna y que no es fruto de la perversión de algún medico en particular.
La muestra tiene netamente fines pedagógicos y fue creada por el ya jubilado de la Universidad de Chile, Maestro de la Coloproctología Chilena, el médico Carlos Azolas y por el doctor Rogelio Garrido, con el fin de que sus colegas tuviesen la posibilidad de consultar diagnósticos anteriores ante inéditos casos como los de una bomba lacrimógena en un trasero. O tener material de apoyo para alguna charla del tema. “Nosotros, con Azolas, la creamos porque cuando uno quería hablar del tema, nunca tenía ejemplos y no te creían que habías sacado una zanahoria”, cuenta el Doctor Garrido. Además, la idea es que los futuros médicos de la Universidad de Chile tengan la capacidad de actuar con eficacia ante cualquier “accidente” en esa área.
Es así como, por lo menos una vez en lo que dura su carrera, los estudiantes de medicina de la Universidad de Chile se tienen que enfrentar con lo horrorosos objetos que han pasado por el final de nuestra cadena alimenticia. “Cualquier estudiante que tenga dudas sobre que procedimiento ocupar para algún problema, viene aquí, revisa el producto y lee el diagnostico, así saben qué hacer o que no hacer”, explica la señora Alicia, enfermera del Hospital, quien lleva más de 26 años trabando en el ex J.J. Aguirre.
La muestra tiene tres categorías de productos. Los “cuerpos extraños que se ha tragado gente, inductivos, y que luego se han atascado en el recto”, explica el médico Aldo Cunio encargado de mostrarnos la surrealista colección. Estos por lo general son pequeños, pueden ser desde una espina de pescado o un hueso de pollo, pasando por una bolita de vidrio o tapadura, hasta llegar a una tapa de lápiz o migas de pan. Por lo general, los pacientes llegan con fuertes dolores de espalda y con dificultades al sentarse, pero no saben de qué trata. Incluso se han encontrado artículos con data de que han estado más de tres años clavados en las paredes del intestino grueso.
La segunda categoría es la de “los cuerpos extraños que por accidente se han metido en la zona…”, continúa explicando el doctor Cunio. En este rango los principales protagonistas son los trabajadores de la construcción que por no trabajar con las medidas de seguridad correspondientes, se han caído y clavado justo “ahí”. A pesar de que en promedio, la mayoría de estos casos son de obreros, en esta categoría, hay extrañísimos casos como el de una chica de 15 años que se cayó de un camarote y aterrizó justo en un palo de escoba que le llegó hasta el duodeno, o sea, hasta la entrada del estómago o a la altura del ombligo.
La tercera categoría, es la de los “cuerpos extraños introducidos por los pacientes”, cuenta Aldo Cunio. Aquí hay productos tradicionalmente ocupados para otras actividades, pero que por circunstancias de la vida han sido usados para estimulación sexual. Es así como, en el mínimo estante de la mínima pieza oscura en donde está la colección, se encuentran vibradores, una especie de florero, velas, tubos de PVC, botellas de vidrio e incluso un trozo de tubo fluorescente. O una manilla de puerta, desodorantes en spray, posillos, frascos de perfumes, plumones y palos varios.
Referido a esta última categoría, el Doctor Rogelio Garrido comenta que, “habitualmente son hombres los que llegan con este tipo de problemas”. Pero, según él, no tiene nada que ver con la edad, ni homosexualidad, “la mayoría es el típico curao del campo o que le hicieron eso por venganza,” explica. Además, cuenta que la gente llega con la dignidad por el suelo, “después de que salen de pabellón y se les pasa el efecto de la anestesia te piden que no le digas nada a sus familias o te tratan de desacreditar diciéndote que ellos no tenían eso”.
Pero, ¿por qué se atascan tanto cómo para ir al hospital?, le pregunto. El Doctor Garrido continúa el análisis transmitiéndonos su experiencia. “Lo que pasa es que el recto y el colon, tiene un sistema de presión negativo, o sea que si te pones algo ahí y lo sueltas, se chupa”, explica y continúa, “entonces es muy fácil que quede atascado, es cosa que se estimule el músculo y se puede dilatar hasta diez centímetros, si el esfínter anal es muy complaciente,” finaliza Garrido y hace pasar a otro paciente.