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Usuario (Argentina)

Ante todo, primero quisiera aclarar que no quiero crear ningún tipo de ánimo en favor o en contra de las religiones. Cada cual es libre de elegir en qué creer o no creer. Aquel que no le guste, puede pasar de largo. Comentarios fuera de lugar serán eliminados. Lo segundo que quisiera decir es que estos artículos son algunos trabajos de Ariel Alvarez Valdez, un teólogo algo controversial, pero con unas interesantes teorías sobre algunas partes de la Biblia cristiana y su interpretación. Quizás alguien se interese y comente. Queda aclarar que el mismo teólogo sugiere a aquellas personas sensibles en su fe o con un profundo convencimiento, eviten leerlo para no sentirse ofendidas por ciertas afirmaciones que pueden contradecir lo que uno cree desde pequeño. ¿Por qué algunos evangelios no cuentan la infancia de Jesús? El primer evangelio, el de Marcos, nada nos dice sobre la infancia de Jesús. ¿Por qué esta ausencia? ¿Y por qué sí nos hablan de ellos Mateo y Lucas, mientras que Juan habla de la preexistencia de la Palabra? Tantas preguntas, merecen un intento de respuesta. Si abrimos los cuatro evangelios, veremos que comienzan de manera diferente. San Mateo se inicia con la infancia de Jesús. San Marcos, en cambio, con la vida ya adulta del Señor. San Lucas vuelve otra vez a presentar los relatos de la infancia. Y San Juan va más atrás todavía, cuando Jesús vivía en el cielo al lado de su Padre, antes de venir a la tierra. ¿Por qué los evangelistas difieren en su manera de comenzar la historia de Jesús? ¿No todos conocían la vida completa del Maestro? ¿O creyeron que algunos episodios no merecían ser incluidos en sus evangelios? Para contestar estas preguntas debemos tener en cuenta que la persona de Jesús no fue entendida de golpe sino gradualmente por los primeros cristianos. Y que pasaron muchos años antes de que comprendieran que ese Jesús que había vivido y caminado por Palestina junto a ellos era el Hijo de Dios. Y esto influyó en la manera de empezar a escribir los evangelios. El muerto que está vivo Cuando los apóstoles se enteraron de la muerte y la resurrección de Jesús, salieron a predicar esta increíble noticia. Era algo tan extraordinario, tan maravilloso, tan inaudito, que se convirtió en el único mensaje que les importaba comunicar a la gente. De todas las formas posibles buscaban convencer a sus oyentes de este gran prodigio, nunca antes ocurrido, y que ahora Dios había hecho con Jesús. Sí. Es cierto que ellos habían presenciado otras resurrecciones. La de Lázaro, por ejemplo (Jn 11). O la de la hija de Jairo (Mc 5,21-43). O la del hijo de una pobre viuda en el pueblo de Naím (Lc 7,11-17). Pero todas estas personas, al resucitar, habían vuelto a la tierra. Y después tenían que morir otra vez. En cambio Jesús era la primera persona que había resucitado para no morir nunca más; que había logrado vencer a la muerte para siempre. Era una noticia extraordinaria, muy buena. Por eso la llamaron “evangelio” (que en griego significa “la buena noticia”). Y esto los llevó a comprender que Jesús se había convertido en Mesías, y que por lo tanto había pasado a ser el Hijo de Dios gracias a su muerte y resurrección. Por ello, lo único que predicaron los cristianos, durante la primera etapa de la vida de la Iglesia, fue que Jesús había muerto y resucitado, y que así se había convertido en Hijo de Dios. ¿Hijo de Dios desde cuándo? Esto lo encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que contiene el eco de las antiguas prédicas de los apóstoles. Por ejemplo Pedro, en el sermón pronunciado el día de Pentecostés, decía a la multitud reunida: “Dios ha resucitado a Jesús. Por lo tanto, sepan con certeza que Dios lo ha convertido en Señor y Mesías a este Jesús a quien ustedes han crucificado” (Hch 2,32.36). Y ante las autoridades judías, a donde fueron llevados los apóstoles por anunciar el Evangelio, Pedro explica: “Dios ha resucitado a Jesús, y lo ha exaltado con su poder para convertirlo en Guía y Salvador” (Hch 5,30-31). San Pablo explica a los judíos que, cuando Dios resucitó a Jesús, se cumplió una profecía que decía: “Hijo mío eres tú, pues yo te engendré hoy” (Hch 13,32-33). También en las cartas de Pablo, que son los escritos más antiguos del Nuevo Testamento, hallamos la misma idea. A los romanos les escribía: “Su Hijo nació de la familia de David humanamente hablando; pero fue hecho Hijo de Dios por el Espíritu Santo gracias a su resurrección” (1,3-4). Y a los filipenses: “Jesús se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso Dios lo elevó sobre todo y le concedió un título (el de Señor), que está por encima de todos” (2,8-9). El nacimiento de la pasión Los primeros cristianos, pues, predicaban que recién en la resurrección Jesús pudo alcanzar la gloria de Hijo de Dios que no tuvo durante su vida. Así hallaron respuesta a por qué su actividad y su ministerio en la tierra habían sido tan humildes: porque Dios le reservaba sólo para después de su muerte un lugar glorioso y un título divino. Por lo tanto, cuando los cristianos quisieron poner por escrito algo de la vida de Jesús, lo único que les pareció importante escribir fueron los detalles de su muerte y su resurrección. Así, nacieron los relatos de la pasión del Señor: el prendimiento, la flagelación, las humillaciones de los soldados, las negaciones de su amigo Pedro, la coronación de espinas, el juicio ante el gobernador Pilato, la crucifixión, las burlas de la gente, las horas de terrible agonía, su muerte como un delincuente, y finalmente la triunfante resurrección. De los evangelios, pues, lo primero que se escribió fue lo último; es decir, la sección conocida con el nombre de los “Relatos de la pasión”. Saber más sobre el Maestro Pero a medida que pasaban los años la Iglesia entró en una segunda etapa. Los que se habían convertido al cristianismo ya no se contentaban con saber cómo había muerto y resucitado Jesús. En sus reuniones buscaban conocer un poco más sobre su persona: qué cosas había hecho, qué mensaje había enseñado, en dónde había vivido, cómo fue su vida. Entonces empezaron a redactarse algunas colecciones de sus frases más famosas, sus dichos más recordados, sus parábolas, sus milagros más espectaculares. Y en forma de hojitas sueltas eran empleadas para la catequesis de los cristianos que querían profundizar un poco más la doctrina del Maestro. Con esta información a mano, y con la ayuda del Espíritu Santo, los cristianos fueron profundizando el misterio de la persona de Jesús. Comprendieron que Él no podía haber enseñado verdades tan sublimes si en esa época no era ya el Mesías. Y descubrieron, así, que Jesús era el Mesías y el Hijo de Dios no a partir de la resurrección, sino desde antes: desde su vida pública. Que Dios lo había nombrado su Hijo cuando Jesús salió a predicar. La resurrección no hizo más que manifestar públicamente lo que ya sucedía en Jesús desde que fuera bautizado por Juan. Un Hijo en secreto Ese material de parábolas, dichos y milagros, se volvió tan importante como el de la pasión. Y entonces un escritor, a quien llamamos Marcos, decidió juntarlo a los relatos de la pasión, y así nació el primer evangelio. Como Marcos tenía este nuevo enfoque, es decir, que Jesús era Hijo de Dios ya en el momento del bautismo, y no sólo al resucitar, empezó su evangelio diciendo que cuando Jesús se bautizó una voz del cielo dijo: “Tú eres mi Hijo amado” (Mc 1,9-11). De esta forma quedaba claro a los lectores que Dios lo reconocía a Jesús como su Hijo ya en ese momento. Pero, según Marcos, los discípulos jamás se dieron cuenta de esto, ni tampoco las demás personas. Y Él no se preocupó de revelarlo abiertamente a nadie porque no habrían sido capaces de entenderlo. Por eso, si bien el evangelio de Marcos afirma que Jesús es Hijo de Dios desde el día de su bautismo, nunca nadie lo reconoce así públicamente. Sólo en el momento de su muerte, el secreto es descubierto por un centurión romano que estaba al pie de la cruz, y que al verlo morir exclama: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mc 15,39). Y nadie más. Infancia interesante Unos años más tarde la reflexión de la Iglesia entró en una tercera etapa. Porque los cristianos, que amaban y seguían fervientemente a Jesús, querían saber más todavía sobre su vida: quiénes fueron sus antepasados, en dónde había nacido, dónde se había criado. Y en esta búsqueda de información fueron apareciendo nuevos relatos, que narraban los hechos de la infancia del Señor. Y en la meditación de estos relatos, los primeros cristianos hicieron un nuevo descubrimiento: que Jesús era hijo de Dios no en el momento del bautismo sino ya en su infancia; más aún, en el momento mismo de su concepción; cuando su madre la Virgen María lo engendró, ya era el Hijo de Dios. Al aceptarse esta nueva idea, los relatos de la niñez de Jesús también pasaron a ser importantes, y empezaron a ponerse por escrito. Nacieron, así, los relatos de la infancia, en los cuales ya se dice expresamente que Jesús es Hijo de Dios. Por ejemplo, se cuenta que al poco de nacer el niño Jesús, su familia tiene que huir a Egipto, para que se cumpliera la profecía que anunciaba: “De Egipto llamé a mi Hijo” (Mt 2,15). Y cuando en la anunciación el ángel le comunica a María su embarazo divino, le dice dos veces que el niño que va a nacer será llamado Hijo de Dios (Lc 1,32.35). Por eso cuando, poco después, escribieron sus obras Mateo y Lucas, en vez de comenzar sus evangelios con el bautismo de Jesús (como Marcos) resolvieron incluir este nuevo material de la infancia del Señor. Descubierto en la tormenta Los evangelios de Mateo y Lucas, pues, como contaban que Jesús era Hijo de Dios desde su nacimiento, no podían decir que en su vida pública nadie lo sabía (como decía Marcos). Por eso retocan algunos de sus pasajes a fin de afirmar que su filiación divina era conocida ya por sus discípulos. Así, después de que Jesús camina sobre las aguas dice Mateo que todos los discípulos arrodillados le dicen: “Verdaderamente tú eres Hijo de Dios” (Mt 14,33). Y cuando Jesús pregunta a sus discípulos qué opinan de él, Pedro le contesta: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo” (Mt 16,16). Y cuando muere Jesús, en vez de decir, como Marcos, que sólo el centurión romano lo reconoce, dice que todos los guardias que estaban con él, confiesan a coro “Verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mt 27,54). Lucas, por su parte, dice que Jesús mismo se encargó de revelar a sus discípulos que él era el Hijo de Dios al decirles: “Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre; y nadie sabe quién es el Padre sino el Hijo, y aquéllos a quienes el Hijo quiera contárselo” (Lc 10,22). Allá arriba, y desde siempre. Fueron pasando los años, y cerca ya del final del primer siglo la Iglesia entró en la cuarta y última etapa de su reflexión sobre este tema. Los cristianos, remontándose más atrás aún del nacimiento de Jesús, llegaron a una nueva conclusión: que Jesús era Hijo de Dios mucho antes de nacer. Mejor dicho, que desde siempre había sido Hijo de Dios. Que nunca había “empezado” a ser Hijo de Dios, sino que lo fue desde toda la eternidad. Jesús no comenzó a existir cuando María quedó embarazada, sino que “pre-existía” desde antes de la creación del mundo, en el cielo, junto a Dios. En esta época escribió su evangelio Juan. Y él también comenzó, igual que los otros tres, desde el bautismo de Jesús. Pero luego se dio cuenta de que quedaría más completo si añadía esta nueva idea. Y por eso, en vez de poner los relatos de la infancia como Mateo y Lucas, se fue más atrás todavía y añadió, a manera de prólogo, un hermoso himno que cantaban los cristianos en sus reuniones litúrgicas sobre la preexistencia de Jesús, y que empezaba así: “En el principio ya existía la Palabra; y la Palabra estaba con Dios; y la Palabra era Dios” (Jn 1,1). Un libro al revés Hoy, cuando leemos los evangelios, empezamos por la infancia de Jesús, seguimos con su vida pública y terminamos con su muerte y resurrección. Sin embargo fueron escritos al revés. Primero se compuso su muerte y resurrección, luego su vida pública, y finalmente su infancia. Esta composición inversa obedece a la comprensión gradual que los primeros cristianos tuvieron sobre Jesús como Hijo de Dios. En un primer período, la resurrección de Jesús fue el único dato de su vida digno de mencionarse, el único “evangelio”. Por eso las cartas de Pablo y los Hechos de los Apóstoles nunca cuentan ningún hecho histórico de la vida de Jesús, fuera de su muerte y resurrección. Los episodios anteriores no tenían mayor valor ni merecían ser contados, pues se pensaba que él todavía no era Hijo de Dios. Cuando los cristianos reflexionaron más tarde sobre la identidad de Jesús, y entendieron que era Hijo de Dios ya durante su ministerio, no hubo dificultad en recopilar toda la información sobre su vida pública, sus dichos y sus milagros. Entonces la vida pública de Jesús cobró también importancia, entró en la categoría de “evangelio”, y fue incluida en la obra que compuso Marcos. Costó trabajo, pero se aclaró Tiempo después la cristología siguió progresando. Se comprendió que Jesús era Hijo de Dios desde su misma concepción, y así los relatos de la infancia también pasaron a ser importantes y pudieron ser añadidos como “evangelios” en los escritos posteriores de Mateo y Lucas. Finalmente, con la iluminación del Espíritu Santo, se supo de la preexistencia de Jesús como Hijo de Dios, desde antes de su nacimiento. Y entonces el cuarto evangelio incluyó la novedad, en el himno de su prólogo. Los primeros cristianos no entendieron de golpe quién era en realidad Jesús. Lo fueron descubriendo de a poco, con esfuerzo, reflexión y oración. La persona de Jesús era tan misteriosa, tan inconcebible, tan fuera de toda lógica, que llevó muchos años convencerse de que ese Jesús que había comido con ellos, caminado por sus plazas, entrado y dormido en sus casas, a quien habían visto y tocado, era nada menos que Dios en persona que los había visitado en la tierra. Hoy también nos cuesta creer que Jesús siga vivo entre nosotros. Que continúe paseando en medio de nuestras calles y asista a nuestras reuniones. Porque la persona de Jesús, en parte, sigue siendo desconocida para muchos creyentes. Por eso debemos hacer el mismo esfuerzo de aquellos primeros cristianos, y poco a poco entender quién es este Jesús que pasó por la tierra y que sigue aún vivo de una manera misteriosa. Sólo así, gradualmente, como los evangelistas, podremos saber qué quiere de nosotros hoy, ahora, que lo estamos conociendo mejor. Autor: Ariel Alvarez Valdés También podés visitar: * ¿Es posible demostrar la existencia de Jesús? * ¿Qué hizo Jesús durante su vida oculta? * ¿Fue Jesús desobediente a los 12 años? * ¿No había lugar en la posada para María? * ¿Cuántos fueron los Santos Inocentes asesinados? * ¿Nació Jesús un 25 de diciembre? * ¿El relato de los Reyes Magos es real? * ¿Dónde nació Jesús? * La estrella de Belén, ¿era una estrella?

Ante todo, primero quisiera aclarar que no quiero crear ningún tipo de ánimo en favor o en contra de las religiones. Cada cual es libre de elegir en qué creer o no creer. Aquel que no le guste, puede pasar de largo. Comentarios fuera de lugar serán eliminados. Lo segundo que quisiera decir es que estos artículos son algunos trabajos de Ariel Alvarez Valdez, un teólogo algo controversial, pero con unas interesantes teorías sobre algunas partes de la Biblia cristiana y su interpretación. Quizás alguien se interese y comente. Queda aclarar que el mismo teólogo sugiere a aquellas personas sensibles en su fe o con un profundo convencimiento, eviten leerlo para no sentirse ofendidas por ciertas afirmaciones que pueden contradecir lo que uno cree desde pequeño. San José y las razones de su divorcio San Mateo nos cuenta, al relatar la infancia de Jesús, cómo san José estuvo a punto de divorciarse de su esposa María cuando se enteró de que ella estaba embarazada y que el hijo que esperaba no era suyo. Los cristianos siempre se han sentido desconcertados por el dramático momento que le tocó vivir a la sagrada familia, y se han preguntado: ¿Dudó realmente José de la honestidad de su esposa? ¿Pensó que le había sido infiel con otro hombre? ¿Cuánto tiempo vivió torturándose en silencio, sin saber que el niño que ella llevaba en las entrañas venía del Espíritu Santo, hasta que un ángel le contó la verdad? ¿Y por qué María no se lo dijo, si nadie le había prohibido hacerlo? ¿Por qué Dios sólo le anunció a ella lo del embarazo virginal, y no a José? ¿Sólo para mortificarlo? ¿Y por qué José quiso abandonarla en secreto? Matrimonio en dos partes Sin entrar a plantearnos la veracidad de este episodio (que así como está contado puede ser o no histórico), sí podemos intentar responder a estas preguntas suscitadas por el relato de Mateo. Para ello debemos tener en cuenta las costumbres matrimoniales de aquella época. Los judíos solían casarse temprano: a los 18 años los varones y a los 13 las niñas. Los mismos rabinos aseguraban que “Dios maldice al joven que a los 20 años aún no se ha casado”. Y por tratarse de una edad tan prematura, la elección de la pareja corría por cuenta de los padres. Para justificar esa costumbre los israelitas decían que era el propio Dios, en el cielo, quien concretaba las uniones matrimoniales cuarenta días antes del nacimiento de cada niño y que luego las comunicaba a sus padres. Pero sí se daban algunos casos en los que los jóvenes elegían a sus futuras novias. Concretada la elección, se realizaba la primera fase del matrimonio, llamada por los rabinos “quidushín” (que significa consagración). Era una especie de compromiso formal, en el que la muchacha quedaba consagrada para siempre a su novio, pero todavía no podían vivir juntos debido a la corta edad de la joven, y a que los esposos casi no se conocían. El período del“”quidushín” duraba generalmente un año, y los jóvenes eran considerados ya verdaderos esposos, a tal punto que si ella llegaba a unirse en este tiempo a algún otro hombre se convertía en adúltera; y si llegaba a morir, el muchacho era tenido por viudo. Transcurrido el año del“”quidushín” se efectuaba la segunda parte del matrimonio, llamada el “nissuín”, en la que luego de una gran fiesta que duraba varios días, la joven era conducida en procesión a la casa de su esposo para que comenzaran a vivir juntos. La noche oscura de José Debió, pues, de haber sido entre el “quidushín” y el “nissuín”, es decir, entre la primera y la segunda fase del matrimonio, cuando María quedó embarazada del Espíritu Santo. Así lo especifica Mateo: María estaba comprometida con José. Pero antes de que ellos empezaran a vivir juntos, ella se encontró encinta por el poder del Espíritu Santo (Mt. 1, 18-19). ¿Qué sucedió entonces entre los santos esposos? No lo sabemos. Mateo no lo dice. Sólo podemos imaginar el drama que vivió José, atormentado por las sospechas de infidelidad de su esposa, angustia ésta que Dios no tuvo la bondad de ahorrarle. Y las penurias de María, que veía sufrir a su esposo, pero callaba porque tenía miedo de no ser comprendida. Este período de la vida de José y María impresionó tanto el ánimo y la imaginación de los cristianos, que algunos buscaron ampliar aquellos dramáticos momentos mediante nuevos relatos. El diálogo angustioso Uno de estos relatos se halla en el evangelio apócrifo titulado El Proto Evangelio de Santiago, compuesto hacia el año 150. En él se cuenta cómo María, hallándose de visita en casa de su pariente Isabel, notaba que su vientre iba creciendo día tras día. Afligida, emprendió el camino de regreso a su ciudad y se escondió. Transcurridos unos siete meses de su embarazo, volvió José de un largo viaje de trabajo y encontró a María embarazada. Llorando amargamente le reprochó: “¿Por qué has hecho esto? ¿Por qué manchaste así tu alma, tú que te has criado en el Templo de Dios, y recibiste tu alimento de las manos de un ángel?” Pero ella llorando le contestó: “Yo soy pura. No he tenido relaciones con ningún hombre”. José le dijo: “¿De dónde ha salido entonces lo que hay en tu vientre?” Y ella respondió: “Te juro por la vida del Señor, mi Dios, que no sé de dónde me ha venido esto”. Pero las cosas se complicaron más todavía para el pobre José, porque al día siguiente un amigo suyo, enterado del estado de María, lo denunció ante el Sumo Sacerdote diciendo: “José ha violado a la virgen que tenía que custodiar, y en secreto ha consumado el matrimonio”. Las aguas amargas El Sumo Sacerdote ordenó que ambos esposos fueran conducidos al Templo y allí, con palabras duras, los acusó de haber faltado a su palabra. Pero como ellos lloraban y juraban por Dios que eran inocentes, resolvió someter a María a la prueba de las “aguas amargas”. ¿Qué eran las aguas amargas? El libro de los Números (5,11-31) mandaba que, si algún marido sospechaba de la fidelidad de su esposa y no había forma de averiguar la verdad, éste debía llevar a la mujer al Templo para someterla a una prueba. Allí, en presencia de testigos, se le soltaba la cabellera (que toda mujer decente en Israel llevaba recogida para que nadie se la viera), como una manera de avergonzarla en público. Después el Sumo Sacerdote tomaba un vaso con agua y lo mezclaba con tierra levantada del suelo. Luego escribía en una hoja una serie de maldiciones y juramentos con tinta, la diluía haciendo correr el agua del vaso sobre el papel, y recogiendo otra vez el líquido se lo daba de beber a la mujer diciéndole: “Si has sido infiel a tu marido, si has tenido relaciones con otro hombre y te has vuelto impura, que Dios te convierta en ejemplo de maldición ante el pueblo, y haga que se te caigan los muslos y se te hinche el vientre”. Se trataba, evidentemente, de una legislación machista, que terminaba siempre dando la razón al marido, ya que con semejante bebida cualquier mujer acababa intoxicada y con el vientre hinchado. Pero cuentan los apócrifos, cuando María bebió del vaso un imprevisto resplandor apareció sobre su rostro y su cara se transfiguró de tal manera que los testigos que presenciaban el juicio no podían mirarla de frente. De ese modo todos supieron que María era inocente. Las razones del justo José Este largo relato de los apócrifos nos muestra hasta qué punto se estimuló la imaginación de los primeros cristianos frente al paradójico episodio que ponía a José dudando injustamente de su virginal esposa. Llegamos, así, al punto más oscuro y misterioso de todo el relato. ¿Por qué José decide abandonar a María, dejándola sola y expuesta en el peor momento de su vida? Mateo dice que porque él era justo. Pero ¿qué tiene que ver su justicia con el hecho de abandonar a su mujer? Se han propuesto dos teorías para explicar la justicia de José. Según la primera, José cree que María ha cometido adulterio. Ahora bien, la Ley de Moisés ordenaba que “la mujer adúltera debía ser repudiada por su marido” (Dt 22, 20-21). Como José era “justo”, es decir, cumplidor de la Ley, decide repudiarla (abandonarla) para cumplir con la Ley. O sea que, según esta teoría, justo significaba cumplidor de la Ley. Pero esta hipótesis choca con un inconveniente. La Ley ordenaba al marido repudiar “públicamente” a la mujer infiel. Y José decide repudiarla en secreto. Por lo tanto no estaría cumpliendo la Ley de Moisés. ¿Cómo entonces se lo puede llamar justo? En la segunda teoría, José cree que María ha cometido adulterio. Pero él sabe que la Ley manda apedrear a las adúlteras hasta que mueran. Entonces, como es justo, es decir, bondadoso, y no quiere que ella sufra, la abandona, sí, pero en secreto para salvarle la vida. Por lo tanto, según esta teoría, justo significaba bondadoso. Pero también esta hipótesis presenta dificultades. Si José quiere abandonar en secreto a María porque es bueno, no debería llamárselo “justo”, sino ”bondadoso”. ¿Por qué entonces Mateo dice que es justo? La tercera teoría Ninguna de las dos teorías, pues, explica satisfactoriamente por qué José quiere abandonar a María. Por eso actualmente los biblistas han propuesto una tercera que, aparte de armonizar mejor con el contexto del relato, tiene el mérito de arrojar una nueva luz sobre san José. Según ésta, José desde siempre conoció el misterio de María. Desde el principio supo que el niño que su esposa llevaba en las entrañas era hijo del Espíritu Santo. Por eso jamás pensó que ella lo hubiera engañado. Esto se deduce del modo como vimos que Mateo comienza su relato. Éste decía: “El nacimiento de Jesucristo fue así: María estaba comprometida con José. Pero antes de que ellos empezaran a vivir juntos ella se encontró encinta por el poder del Espíritu Santo”. O sea que empieza dando tres informaciones: a) que María estaba comprometida con José; b) que no vivían juntos; c) que ella quedó embarazada del Espíritu Santo. Nosotros normalmente suponemos que José sólo conocía dos de estos datos: el primero y el segundo. Pero no el tercero. ¿Y por qué no? ¿Por qué, si Mateo enumera juntos los tres datos, y luego presenta a José analizando este dilema, él va a saber sólo dos de esos datos? Es lógico que, según Mateo, José conociera las tres informaciones. ¿Cómo supo José del embarazo virginal de su mujer? Mateo no lo dice. Pero tampoco dice cómo se enteró María (Lucas es el que cuenta que la anunciación fue por medio de un ángel). Por lo tanto, es posible pensar que para Mateo ambos se enteraron de la misma manera. Era otro el aviso Resta un último problema. ¿Por qué un ángel le avisa en sueños a José que el hijo que espera María es del Espíritu Santo, si él ya lo sabía? En realidad las palabras del ángel están mal traducidas en las Biblias. En efecto, éstas suelen decir: “José, no tengas miedo en tomar contigo a María, tu esposa, porque lo que ella ha concebido viene del Espíritu Santo. Dará a luz a un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús”. Pero muchos biblistas afirman que las partículas griegas “gar” y “de”, que aparecen en esta frase, no hay que traducirlas al castellano como “porque” sino como “porque si bien”. De ese modo el mensaje del ángel cambia totalmente, y queda así: “José, no tengas miedo en tomar contigo a María porque, aun si bien lo que ella ha concebido viene del Espíritu Santo, dará a luz a un hijo a quien tú pondrás por nombre Jesús”. Por lo tanto, lo que el ángel le informa a José no es el origen divino del niño (cosa que ya sabía), sino que él debe quedarse con María para ponerle el nombre al niño (cosa que no sabía). Un plan para los dos Ahora sí, con esta nueva perspectiva, tratemos de entender el relato de Mateo. José y María, dos jóvenes israelitas de 18 y 13 años respectivamente, estaban comprometidos. Habían concretado la primera fase del matrimonio, es decir, el “quidushín”, y esperaban pronto poder ir a vivir juntos una vez que se cumpliera el plazo estipulado. Pero en el entretiempo María resultó escogida por Dios para ser la madre de su divino Hijo. Enterado José, se encontró frente a un serio problema. Él había elegido a María para sí, para que fuera su esposa, la madre de sus hijos, su compañera. Pero ahora se da cuenta de que Dios también se había fijado en ella, y también Él la había elegido como madre de su Hijo. ¿Cómo competir con Dios por el amor de una muchacha? ¿Podría tener a Dios como contrincante? No. Tampoco podía apropiarse de un hijo que no era suyo, sino que venía del cielo. Hubiera sido una injusticia. Aquí, entonces, se aclara la decisión de José. Como él era justo, no queriendo apoderarse de un hijo que le pertenecía a Dios, y viendo además que Dios había elegido a la misma mujer que él para iniciar el plan de salvación, resuelve dejar a su esposa libre del compromiso que habían contraído, y divorciarse en secreto. Y así lo había decidido, cuando en sueños se le presenta un ángel y le dice que no tenga miedo (es decir, escrúpulos) en tomar a María como esposa (es decir, celebrar el “nissuín”). Porque si bien el hijo que ella espera viene de Dios, él le pondrá el nombre de Jesús cuando nazca. En otras palabras, Dios le pide a José que se quede junto a María. Porque aun cuando ella ha sido elegida para Dios, él también ha sido elegido; él también forma parte del plan de salvación. ¿Y cuál es su misión en todo esto? Deberá ponerle el nombre al niño, es decir, considerarlo como suyo, asumirlo como propio. Porque al ser él descendiente de la familia del rey David, si lo adoptaba como su hijo podía convertirlo a Jesús en un “descendiente” de David, en un “hijo de David”. E introduciéndolo a Jesús en la genealogía de David, se cumplían las profecías anunciadas sobre Él. Recuperar a José Siempre hemos tenido una imagen triste y descolorida de san José. Lo imaginamos como un pobre hombre (cuando no anciano), manso y sufrido, que mes tras mes debió ver crecer el vientre de su amada, mientras por dentro se moría de dolor en silencio. Desorientado y casi ridículo, luchando entre la confianza y la duda, entre el amor y los celos. Incapaz de comprender el misterio de la encarnación, por eso no se lo contaban. Pero no es ése el san José del evangelio. José nunca tuvo dudas sobre su María. Lo supo todo desde el principio, porque tenía la misma madurez que su esposa. Su única duda fue si Dios lo quería o no al lado de su mujer. Y Dios le hizo saber que sí. Hoy los cristianos hemos encumbrado enormemente a María, pero no así a José. En la Liturgia tenemos muchísimas fiestas de la Virgen, pero sólo dos de san José. Los mismos estudios de Mariología dan la impresión de que ella no hubiera sido casada, que se hubiera santificado fuera del contexto matrimonial y familiar. Incluso nuestras devociones, imágenes y pinturas se centran casi exclusivamente en María, y prescinden de José. Hemos separado lo que Dios ha unido. Pero María y José amaron a Dios en equipo. Se santificaron juntos. El uno con el otro. El uno gracias al otro. Estuvieron juntos desde el principio. Por eso hoy en día en que tantas familias atraviesan momentos de crisis, que muchos matrimonios hacen agua por todos lados, y que la Iglesia no dispone de modelos conyugales, conviene recordar a José, a quien Dios quiso santificar en familia unido para siempre a María. Autor: Ariel Alvarez Valdés También podés visitar: * ¿Por qué algunos Evangelios no cuentan la infancia de Jesús? * ¿Es posible demostrar la existencia de Jesús? * ¿Qué hizo Jesús durante su vida oculta? * ¿Fue Jesús desobediente a los 12 años? * ¿No había lugar en la posada para María? * ¿Cuántos fueron los Santos Inocentes asesinados? * ¿Nació Jesús un 25 de diciembre? * ¿El relato de los Reyes Magos es real? * ¿Dónde nació Jesús? * La estrella de Belén, ¿era una estrella?

Ante todo, quisiera aclarar que no quiero crear ningún tipo de ánimo en favor o en contra de las religiones. Cada cual es libre de elegir en qué creer o no creer. Aquel que no le guste, puede pasar de largo. Comentarios fuera de lugar serán eliminados. Lo segundo que quisiera decir es que estos artículos son algunos trabajos de Ariel Alvarez Valdez, un teólogo algo controversial, pero con unas interesantes teorías sobre algunas partes de la Biblia cristiana y su interpretación. Quizás alguien se interese y comente. Queda aclarar que el mismo teólogo sugiere a aquellas personas sensibles en su fe o con un profundo convencimiento, eviten leerlo para no sentirse ofendidas por ciertas afirmaciones que pueden contradecir lo que uno cree desde pequeño. El adiós a la carpintería Solemos pensar que Jesús desde su infancia tenía plena conciencia de que era el Hijo de Dios, de que había venido a este mundo para predicar el Reino, de que debía morir en la cruz, y de que así salvaría a toda la humanidad. Y creemos que, por esa conciencia tan clara que Él tenía, en determinado momento de su vida (que ya estaba prefijado, y que Él conocía de antemano por ser Dios) abandonó la carpintería de Nazaret, donde se ganaba la vida trabajando, y salió a anunciar por los caminos la llegada del Reino de Dios, tal como su Padre del cielo le había encomendado. Pero las cosas no parecen haber sido tan simples. Porque así como Jesús necesitó (como hombre que era) de ciertos factores humanos que lo ayudaran a cumplir su tarea en este mundo, así también no nos debe sorprender que haya necesitado de alguien que lo ayudara a descubrir, de algún modo, lo que su Padre del cielo requería de Él. Y en esta tarea, quien desarrolló un papel fundamental fue Juan el Bautista. Todos sabemos, por los evangelios, que este famoso predicador judío bautizó a Jesús. Pero ¿eso fue todo lo que Juan hizo por Jesús? Si leemos con cuidado los evangelios, más bien parece que no. ¿Quién era Juan el Bautista? Hacia el siglo I de la era cristiana, la religión judía había caído en un profundo letargo. La situación política oprimente que reinaba en el país, el cansancio moral por la espera de un Salvador que no llegaba nunca, la vida escandalosa de la clase gobernante (supuesta representante de Dios), y la degradación de los mismos sacerdotes del Templo (más preocupados por sus propios intereses que por animar la fe del pueblo), habían ido poco a poco enfriando la devoción de la gente y desanimando la práctica religiosa. Frente a este panorama, apareció de pronto un hombre que buscó inyectar nuevas fuerzas al judaísmo decadente y sacudirlo de su modorra. Era Juan, el hijo único de un sacerdote del Templo llamado Zacarías. Su voz estalló como un trueno en el sereno horizonte de Palestina. Con un lenguaje implacable, y una dureza inusual para un predicador, empezó a incitar a la gente a que cambiara de vida y abandonara su indiferencia religiosa. Decía que el juicio de Dios era inminente, y que en muy poco tiempo Dios iba a castigar con fuego a todos los que no se arrepintieran de sus pecados y se convirtieran (Mt 3,7-12). Juan vivía en medio del desierto, llevando una vida austera. Se vestía con una piel de camello y un cinturón de cuero, al estilo de los viejos profetas, y se alimentaba de langostas y miel silvestre (Mc 1,6). Un desierto con agua La gente que lo escuchaba hablar quedaba magnetizada por sus encendidos discursos y su talla moral. Y acudían de todos los rincones del país para oírlo hablar y pedirle consejos. A cuantos aceptaban sus enseñanzas y buscaban un cambio de vida, el profeta les pedía que como señal de su arrepentimiento se sometieran a un pequeño baño exterior: el bautismo, que él personalmente administraba en el río (Mc 1,4-5). Juan desarrollaba su ministerio junto al río Jordán, pues esto le permitía practicar sus ceremonias acuáticas. Pero no tenía un lugar fijo. A veces se instalaba en un tranquilo brazo del río cerca de Betania, en la provincia de Perea (Jn 1,28). Otras veces, más al norte, “en Ainón cerca de Salim” (Jn 3,22), en la provincia de Samaria. De hecho, Lucas afirma que Juan iba “por toda la región del Jordán” (3,3) en busca de oyentes a quienes proclamar su mensaje y bautizar. La llegada del nazareno El éxito de este fogoso predicador fue extraordinario. No era posible permanecer indiferentes. Y muchos jóvenes que se habían alejado de la fe volvieron otra vez a encontrarse con Dios, se comprometieron a romper con su pasado, y aceptaron el lavado simbólico del bautismo que él les ofrecía. Pero Juan no exigía a nadie que se quedara con él. A todos los que bautizaba los enviaba de vuelta a su vida anterior. Sólo les pedía que cambiaran el corazón y que estuvieran dispuestos a realizar buenas obras, cada uno en su ambiente (Lc 3,8-14). Sin embargo, poco a poco se fue formando alrededor del Bautista un pequeño grupo de discípulos que lo acompañaba en sus recorridos bautismales (Jn 1,28.35-37), lo ayudaba en sus predicaciones (Jn 3,23), recibía de él enseñanzas más profundas (Jn 3,26-30), y compartía su espiritualidad ascética del ayuno (Mc 2,18), de la oración (Lc 11,1), y quizás, al menos temporalmente, también del celibato. A principios del año 27 d.C, un joven galileo llamado Jesús, seguramente en compañía de otros amigos, viajó desde Nazaret hasta el valle del Jordán para ver a Juan. La fama del Bautista había llegado hasta su pueblo, y quería conocer la renovación espiritual que éste proponía. El agua que cambió todo Y allí, entre las áridas colinas y los desolados valles del desierto de Judá, Jesús pudo escuchar el mensaje escatológico de Juan, que puede resumirse en tres ideas: a) el fin de la historia está a punto de llegar; b) el pueblo de Israel se ha descarriado, y se halla en peligro de ser consumido por el fuego inminente del juicio de Dios; c) es necesario cambiar de vida, y sellar ese compromiso haciéndose bautizar. Podemos imaginar la honda impresión que habrá causado, en el alma del joven de Nazaret, el mensaje del asceta predicador. Y es posible pensar que fue esto lo que despertó en Él su vocación religiosa posterior. La invitación al cambio radical de vida, que Juan dirigía a cada israelita que se hacía bautizar, debió de haber tocado su interior de tal manera, que lo llevó a abandonar para siempre la vida silenciosa que hasta entonces llevaba en Nazaret. En efecto, sabemos que Jesús aceptó el mensaje de Juan, al igual que muchos otros israelitas, puesto que se hizo bautizar por él como lo relatan los evangelios sinópticos (Mt 3,13-17; Mc 1,9-11; Lc 3,21-22). ¿Pero cómo fueron los hechos? ¿Qué pasó después del bautismo? Según los tres evangelios sinópticos, en ese momento bajó el Espíritu Santo sobre Jesús proclamándolo públicamente Hijo de Dios, y luego Jesús se alejó del lado del Bautista para hacer 40 días de ayuno en el desierto y empezar a dedicarse de lleno a su propia misión de predicar el Reino. ¿Para qué se fue al desierto? ¿Pero fue exactamente así? El cuarto evangelio parece ofrecer una versión distinta. Si lo leemos atentamente podemos encontrar ciertos indicios que muestran que Jesús no se alejó inmediatamente de Juan, sino que se quedó algún tiempo integrando el círculo más íntimo de sus discípulos. El primer indicio lo tenemos en Jn 1,28-30. Allí el evangelista dice que Juan estaba bautizando en la localidad de Betania, al este del río Jordán, y añade: “Al día siguiente (Juan el Bautista) vio a Jesús venir hacia él, y dijo: «¡Miren!, éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. A Él me refería yo cuando dije: después de mí viene un hombre que es más importante que yo, porque existía antes que yo»”. Para el cuarto evangelio, el bautismo de Jesús no existió, porque no lo cuenta. Ahora bien, ¿qué hacía Jesús aquél día en Betania, en medio del desierto, si no había ido a hacerse bautizar? ¿Por qué andaba entre los discípulos de Juan, cuando éste lo señaló como el Cordero de Dios? El cuarto evangelio calla. No da ninguna explicación. Pero el sentido natural del relato parece sugerir que Jesús se encontraba allí porque formaba parte de los discípulos del Bautista. Viejo conocido del grupo Un segundo indicio lo tenemos en el relato siguiente (Jn 1,35-57), en el que dos discípulos de Juan el Bautista, Andrés y otro anónimo (que por el contexto se deduce que es Felipe), reconocen a Jesús como Maestro y empiezan a seguirlo. Luego, estos dos discípulos invitan a otros dos (Pedro y Natanael) para que también ellos se adhieran al nuevo Maestro. Pero ¿cómo es que Andrés, y los otros discípulos del Bautista, conocen a Jesús en ese ambiente? La razón debió ser porque Jesús, al igual que estos otros discípulos, formaba parte del mismo grupo. En efecto, antes de que Jesús se hiciera bautizar, era un perfecto desconocido. Si en un determinado momento algunos discípulos del Bautista lo abandonaron a éste para seguir a Jesús, es lógico suponer que Jesús llevaba en ese ambiente el tiempo suficiente como para que los discípulos del Bautista pudieran conocerlo y se sintieran impresionados por Él. La pelea por los celos El tercer indicio lo hallamos en Jn 3,22-4,3. Allí se narra que “Jesús se fue con sus discípulos al país de Judea; y permaneció un tiempo con ellos y bautizaba. Juan también estaba bautizando en Ainón, cerca de Salim, porque allí había mucha agua, y la gente acudía y se bautizaba. Y se suscitó una discusión entre los discípulos de Juan y un judío sobre el tema de la purificación. Fueron, entonces, los discípulos a Juan y le dijeron: «Maestro, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, aquél de quien diste testimonio, mira, está bautizando y todos se van con él»” (v.22-26). Este pasaje, en el que los discípulos de Juan acuden a su maestro para quejarse de Jesús, sólo se entiende si Jesús fue durante algún tiempo discípulo de Juan. En efecto, podemos suponer que estos discípulos “quejosos” sabían que Juan había bautizado a Jesús, lo había tenido un tiempo entre sus oyentes, lo había instruido e iniciado en su formación. Y ahora veían que Jesús había abandonado el grupo y se había puesto a bautizar por su cuenta, reuniendo sus propios discípulos y haciéndole la competencia a quien fuera su formador y maestro. Sólo suponiendo este trasfondo, se entiende claramente el sentimiento de enojo y rivalidad surgido en el grupo de discípulos que aún permanecían fieles a Juan. El cuarto evangelio continúa: “Cuando Jesús se enteró de que había llegado a oídos de los fariseos que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan... abandonó Judea y se volvió a Galilea” (Jn 4,1-3). Por tres veces, pues, el cuarto evangelio nos dice que durante su vida pública Jesús bautizó, al menos por un tiempo. Fue sin duda una práctica adquirida de su antiguo formador, durante la época en que Él permaneció en su círculo. El versículo anónimo Estos pasajes, que indicarían que Jesús estuvo en el grupo de discípulos del Bautista por un tiempo, no se encuentran en los evangelios sinópticos, sino únicamente en el cuarto evangelio. Y esto es lo más increíble y sorprendente. Porque hoy los estudiosos enseñan que una de las características del cuarto evangelio es que fue escrito precisamente para aclarar a los seguidores de Juan el Bautista que no era éste sino Jesús el verdadero Mesías. Y si a pesar de ello, el cuarto evangelio conserva los recuerdos de un Jesús que dependía del entorno de Juan (en vez de mostrarlo totalmente autónomo como hubiera sido preferible), es quizás porque se trató de un hecho histórico muy conocido por la comunidad a la que se escribía, y que resultaba imposible de ignorar. Pero que no fue fácil para los cristianos del cuarto evangelio conservar los recuerdos de un Jesús “bautizador” se ve en el hecho de que, cuando ya se había terminado de escribir este evangelio, una mano anónima le agregó una frase que decía: “En realidad no era Jesús el que bautizaba, sino sus discípulos” (Jn 4,2). La mano anónima quiso, así, mostrar a Jesús lo más independiente posible de Juan. Pero al no borrar las tres menciones anteriores que decían que Jesús sí bautizaba, la frase quedó contradiciendo lo que el evangelio había dicho antes, y hoy resulta evidente que se trata de un añadido posterior. Misionar comiendo y bebiendo ¿Cuánto tiempo pasó Jesús al lado de Juan? Es imposible saberlo. Podemos suponer que no mucho, pues la vida pública de Jesús duró sólo tres años, y no queda demasiado margen para esta etapa. Pero en determinado momento, y mientras estaba en la comunidad del Bautista, Jesús “descubrió” su propia vocación. Sintió que su Padre lo llamaba a Él personalmente para que se lanzara a predicar la Palabra de Dios por su propia cuenta. Fue entonces cuando Jesús decidió emprender su ministerio independiente. Pero durante ese tiempo Jesús había ido madurando sus propias ideas, y por eso se lanzó con una prédica diversa a la de Juan: no ya anunciando el castigo inminente, sino la misericordia y el amor de Dios. Con una metodología diferente: no ya en los desiertos, sino recorriendo los pueblos y aldeas del país. Con una actitud de vida distinta: no ya ayunando y absteniéndose de bebidas, sino comiendo y bebiendo con los pecadores. Nacía, así, el Jesús de los evangelios. Jesús, pues, no fue “discípulo” de Juan Bautista en el sentido técnico de la palabra, es decir, de un alumno que aprende los conceptos de un maestro. Pero sí en el sentido amplio, de alguien que compartió cierto tiempo en el círculo de otra persona. Como un embudo gigante Nos queda una inquietante pregunta. ¿Acaso Jesucristo no lo sabía todo? ¿No era el Hijo de Dios? ¿Cómo es que necesitó que alguien le iluminara la mente para mostrarle el camino que debía seguir? Ciertamente Jesús era Dios. Pero también era plenamente hombre. Y una de las características de todo verdadero hombre es el lento aprendizaje de las cosas. Jesús, pues, debió haber experimentado esta misma pedagogía, como lo atestigua el evangelio de Lucas cuando dice que en Nazaret “(el niño) Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,51-52). Quizás una manera de explicar esta dualidad de Jesús sea la de imaginar un gigantesco embudo, con un estrecho orificio de salida. Si en él derramáramos una gran cantidad de vino, sería de todos modos muy poco lo que se podría pasar al otro lado, ya que el cuello de salida resultaría pequeño. Pues bien, dentro de Jesús habitaba toda la divinidad, el Dios omnisciente, que todo lo sabe. Pero esa infinita sabiduría de Dios, para exteriorizarse, debía hacerlo por los estrechos conductos de un cerebro, una mente, y unas neuronas humanas, que no tenían capacidad para permitirle saberlo todo. Por eso debió experimentar, de alguna manera, el mismo aprendizaje de sus hermanos los hombres. Una voz de Dios poco oída Pensar que Jesús de Nazaret siempre supo todas las cosas con total claridad y perfección, además de ir contra lo que dicen los evangelios, es tener una visión simplista e infantil del Señor. Desde que el Hijo de Dios se hizo hombre, Dios quiso obrar en Él a través de lo natural, es decir, del mundo a donde lo había enviado. Por eso lo vemos “naturalmente” tener hambre, sed, calor, sueño, alegrías, penas, dudas, y morir cuando lo crucifican. Y así como no nos resulta extraño que la Virgen María fuera el “factor humano” necesario para que Jesús pudiera nacer en el mundo, ni que San José fuera el “factor humano” necesario para que Jesús tuviera una familia normal, conociera en su hogar las Escrituras y aprendiera un oficio manual, tampoco resulta extraño que Juan el Bautista pudiera haber sido el “factor humano” gracias al cual Jesús descubriera la vocación que lo llevó a emprender su ministerio. Dios puede hablar de mil modos y a través de cualquier circunstancia, y no contradice a la sana Teología el hecho de que le hubiera hablado a su Hijo a través de Juan el Bautista. Si Dios privilegió este modo “humano” de comunicación incluso con Jesús, nosotros los hombres deberíamos estar más atentos a las personas que nos hablan, nos advierten y nos exhortan. Podrían ser “la voz de Dios” que nos grita en el desierto de la vida. Autor: Ariel Alvarez Valdés También podés visitar: * ¿Por qué algunos Evangelios no cuentan la infancia de Jesús? * ¿Es posible demostrar la existencia de Jesús? * ¿Qué hizo Jesús durante su vida oculta? * ¿Fue Jesús desobediente a los 12 años? * ¿No había lugar en la posada para María? * ¿Cuántos fueron los Santos Inocentes asesinados? * ¿Nació Jesús un 25 de diciembre? * ¿El relato de los Reyes Magos es real? * ¿Dónde nació Jesús? * La estrella de Belén, ¿era una estrella? * San José y las razones de su divorcio

Ante todo, primero quisiera aclarar que no quiero crear ningún tipo de ánimo en favor o en contra de las religiones. Cada cual es libre de elegir en qué creer o no creer. Aquel que no le guste, puede pasar de largo. Comentarios fuera de lugar serán eliminados. Lo segundo que quisiera decir es que estos artículos son algunos trabajos de Ariel Alvarez Valdez, un teólogo algo controversial, pero con unas interesantes teorías sobre algunas partes de la Biblia cristiana y su interpretación. Quizás alguien se interese y comente. Queda aclarar que el mismo teólogo sugiere a aquellas personas sensibles en su fe o con un profundo convencimiento, eviten leerlo para no sentirse ofendidas por ciertas afirmaciones que pueden contradecir lo que uno cree desde pequeño. ¿Fue Jesús desobediente a los 12 años? San Lucas relata un extraño episodio que le sucedió a Jesús cuando apenas tenía 12 años. Dice así: “Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Cuando Jesús cumplió los 12 años subieron ellos a la fiesta, como era costumbre. Al terminar los días de la fiesta ellos regresaron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran. Pensando que iba en la caravana, caminaron todo un día. Pero al buscarlo entre los parientes y conocidos, no lo encontraron. Entonces se volvieron a Jerusalén para buscarlo. Después de tres días lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas. Cuando sus padres lo vieron, se sorprendieron. Y su madre le dijo: ‘Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, angustiados, te hemos estado buscando’. Él les contestó: ‘¿Y por qué me buscaban? ¿No sabían que es necesario que yo esté en la Casa de mi Padre?’ Pero ellos no comprendieron estas palabras. Entonces regresó con ellos a Nazaret, y allí vivió obedeciéndoles en todo. Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Mientras tanto, Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia, ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,41-52). ¿Entre el descuido y la soledad? Este relato, que es el único recuerdo que se ha conservado de la adolescencia de Jesús, tiene una gran importancia en el evangelio de Lucas, por dos razones. Primero, porque contiene las primeras palabras pronunciadas por Jesús, según ese escrito. Y segundo, porque esas palabras de Jesús no son sobre ningún tema, sino que se refieren a su propia persona; y afirman que él es el Hijo de Dios, obediente a la voluntad de su Padre que está en el cielo. Sin embargo, si analizamos detenidamente el episodio, descubrimos que contiene una serie de incoherencias y detalles sorprendentes: 1) Resulta increíble que el niño Jesús haya decidido quedarse solo en Jerusalén, sin decir nada a sus padres, sabiendo que les ocasionaba una gran angustia. ¿Por qué no se los advirtió? ¿De puro desobediente, nomás? ¿Es posible un comportamiento tan irresponsable en un niño tan inteligente? 2) ¿Cómo pudieron José y María emprender el viaje de regreso de Jerusalén a Nazaret sin asegurarse de que su hijo, de apenas 12 años, estuviera en la caravana? Algunos, para justificar el hecho, piensan que, como en aquel tiempo los hombres y las mujeres viajaban en grupos separados, María creyó que el niño estaba con José, y José pensó que estaba con María. Pero si el pequeño se había quedado en el Templo antes de que partiera la caravana, ¿cómo no lo notaron sus padres? 3) ¿Es posible que sus padres caminaran un día entero sin darse cuenta de que faltaba Jesús? La distancia entre Jerusalén y Nazaret es de 140 kilómetros, y los peregrinos solían recorrer unos 30 kilómetros por día, deteniéndose a mitad de la jornada unas dos horas para comer todos juntos. ¿Es imaginable que José y María hiciesen esta parada y esta comida sin darse cuenta de que Jesús no estaba con ellos? 4) Dice Lucas que sus padres se volvieron a Jerusalén a buscarlo, y después de tres días lo encontraron en el Templo. ¿Cómo demoraron tanto en hallarlo, si lo más natural era que lo buscaran en el Templo, a donde habían ido de peregrinación? 5) ¿Dónde y con quién pasó Jesús las dos noches que estuvo solo y perdido en Jerusalén, hasta que lo hallaron sus padres? 6) Al hallarlo, su madre le dirige unas palabras de reproche al niño, por el dolor que les había provocado. ¿Cómo María se atreve a reprender a quien ella sabe que es el Hijo del Altísimo, concebido virginalmente, y que, según ella también sabe, tenía que estar sometido a las cosas de Dios? 7) Cuando el niño responde que su obligación era estar en la Casa de su Padre, dice el evangelio que José y María “no comprendieron” lo que les quería decir. ¿Es posible que María, a quien el ángel Gabriel ya le había contado que su hijo “será Santo, y será Hijo de Dios” (Lc 1,35), no comprendiera estas simples palabras? 8) Después de la solemne respuesta de Jesús, de que su obligación era estar en la Casa de su Padre, esperaríamos que el niño se quedara en el Templo cumpliendo con su deber. Sin embargo vemos que inmediatamente se vuelve a Nazaret, y se queda allí a vivir con José y María, obedeciéndolos a ellos en todo. ¿Para qué les dijo, entonces, que él tenía que estar en el Templo? Adoptado bajo el agua Todas estas incoherencias del relato se aclaran cuando nos enteramos cómo surgió el episodio y por qué san Lucas lo incluyó en su obra. Para ello, hay que tener en cuenta que en los primeros tiempos el Evangelio se transmitía oralmente. Es decir, que más o menos entre el año 30 (en que murió Jesús) y el 70 (en que se redactó el primer evangelio), los cristianos anunciaron la Buena Noticia de Jesucristo de boca en boca. Y aquellos predicadores, cuando comunicaban el Evangelio, comenzaban siempre a contar la vida de Jesús a partir de su bautismo en el río Jordán (como si éste fuera el primer episodio importante de su vida), y terminaban con su muerte y resurrección en Jerusalén. Así lo vemos, por ejemplo, en el libro de Los Hechos. Cuando los apóstoles tuvieron que elegir un reemplazante de Judas Iscariote, que se había suicidado, pusieron como condición que el sucesor conociera bien la vida de Jesús “desde su bautismo hasta el día en que fue llevado al cielo” (Hch 1,21-22). Es decir, que la vida completa del Señor abarcaba estos dos períodos. Pero en aquellas primeras comunidades surgió pronto un problema. Como la prédica de la vida de Jesús comenzaba con su bautismo, algunos cristianos pensaron que Jesús había “comenzado” a ser Hijo de Dios a partir del bautismo. Es decir, creían que Jesús había sido un hombre común y corriente, que en determinado momento de su vida fue “adoptado” por Dios como hijo suyo. Por eso, luego de bautizarse, una voz del cielo le decía por primera vez: “Tú eres mi Hijo”. Predicar con la infancia Esta peligrosa creencia (que años más tarde dio lugar a una herejía llamada “adopcionismo”, porque sostenía que Jesús no fue Hijo de Dios desde siempre, sino por una “adopción” posterior), se empezó a extender poco a poco en algunas comunidades. Pero otras comunidades cristianas reaccionaron en contra de esta postura. Éstas estaban convencidas de que Jesús no había “empezado” a ser Hijo de Dios en el bautismo sino que lo era ya desde su nacimiento. Y estas comunidades, para enseñar tal idea, hicieron circular algunos relatos referidos a la infancia de Jesús (es decir, a su concepción, su nacimiento, sus primeros años de vida), en los que se afirmaba, de manera explícita, que Jesús era Hijo de Dios desde su mismo nacimiento. Por ejemplo, se contaba que a poco de nacer el niño su familia debió huir a Egipto, para que se cumpliera la profecía en la que Dios anunciaba: “De Egipto llamé a mi Hijo” (Mt 2,15). O también, que el ángel Gabriel ya le había avisado a María que el niño concebido en su vientre era Hijo de Dios (Lc 1,32.35). El niño que creció dos veces Cuando años más tarde se componen los evangelios, san Marcos (el primero en escribir) comenzó su relato de manera tradicional, es decir, con el bautismo de Jesús (Mc 1). Pero Lucas (y Mateo), para evitar la posible interpretación de que Jesús había “comenzado” a ser Hijo de Dios a partir del bautismo, decidió añadir antes algunos de estos “relatos de la infancia” de Jesús, que mostraban su filiación divina desde la niñez. Y cuando Lucas ya había terminado de escribir la infancia de Jesús (la anunciación del ángel, la visita de María a Isabel, la presentación del niño recién nacido en el Templo), y había escrito la conclusión (“Y el niño crecía, y se fortalecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre él”, Lc 2,40), llegó a sus manos un relato que él no conocía: el de Jesús adolescente perdido en el Templo a los 12 años. Procedía de otra comunidad distinta a la suya. A Lucas le pareció interesante. Y, con algunos retoques propios, resolvió agregarlo a continuación de la infancia que había escrito. Pero al añadirlo, la frase que había puesto como “final” quedaba ahora desubicada. Entonces volvió a ponerla otra vez más adelante, en Lc 2,52 (“Y Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia, ante Dios y ante los hombres”). Ésta es la explicación de por qué en Lucas aparece dos veces esta misma frase. ¿Lo sabe o no lo sabe? Esto explica también la reacción incoherente que demuestra María en el relato del niño perdido en el Templo. En efecto, en la primera parte de la infancia Lucas había dicho que María, desde el momento de la anunciación, ya sabía claramente que Jesús era Hijo de Dios. Y da a entender que san José también lo sabía, porque no parece haber habido ningún problema entre ellos cuando nació el niño. Pero cuando más tarde Jesús se pierde a los 12 años, Lucas dice que “ellos no comprendieron” a Jesús. Se ve, pues, que Lucas mezcló dos tradiciones distintas sobre María, procedentes de dos comunidades diversas. En una, ella sabe todo porque el ángel Gabriel se lo explicó en la anunciación. En la otra, María no sabe nada, y reacciona como una madre normal ante las palabras o acciones desconcertantes de su hijo. Asuntos dolorosos que atender Falta aclarar una última cuestión: ¿por qué Jesús se quedó aquel día en el Templo, solo, en una ciudad extraña, sin permiso de sus padres, y éstos no pudieron encontrarlo hasta el tercer día? Porque, como dijimos antes, el relato no pretende contar un hecho estrictamente histórico ocurrido durante la adolescencia de Jesús, sino simplemente enseñar, a partir de algún recuerdo familiar (quizás el hecho de que cuando Jesús era niño se quedó escuchando a los sabios del Templo), que él era Hijo de Dios desde su mismo nacimiento, y no a partir de su bautismo. Por eso, la clave para entender todo el episodio está en el versículo 49, en la respuesta que el niño les da a José y María, diciéndoles que Dios es su Padre, y que por tanto él debe encargarse de sus asuntos. Ahora bien, como más adelante Jesús se encargará de los asuntos de su Padre “perdiendo” la vida en Jerusalén, el relato lo muestra ahora “perdiéndose” en Jerusalén, como un adelanto de lo que le sucederá después en su pasión y muerte. En efecto, si analizamos la narración veremos que contiene todos los detalles de su futura “pérdida”: a) El niño Jesús se pierde en Jerusalén. Y Jesús morirá en Jerusalén. b) El niño Jesús se pierde en una fiesta de Pascua. Y Jesús morirá en una fiesta de Pascua. c) El niño Jesús se pierde tres días hasta que lo vuelven a encontrar. Jesús al morir desaparecerá tres días hasta que lo vuelvan a encontrar. d) Para perderse en Jerusalén, el niño Jesús tuvo que “subir” desde Galilea. Para morir en Jerusalén, Jesús tuvo que “subir” desde Galilea (Lc 18,31). e) Al perderse el niño Jesús, les reprocha a sus padres: “¿Por qué me buscaban?” Cuando muere Jesús, les reprochan a las mujeres: “¿Por qué lo buscaban?” (Lc 24,5). f) Ante la angustia de sus padres, el niño Jesús les dice que su pérdida “es necesaria”. Ante la angustia de sus discípulos, Jesús les dice que su muerte “es necesaria” (Lc 9,22; 13,33). g) El niño dice que se pierde para estar con su Padre. Jesús dirá que muere para estar con su Padre (Lc 23,46). h) Cuando Jesús explica el porqué de su pérdida, sus padres “no comprendieron estas palabras”. Cuando Jesús explica el porqué de su pasión, sus discípulos “no comprendieron estas palabras” (Lc 9,45). Un niño muy obediente El relato del niño perdido y hallado en el Templo de Jerusalén no es, pues, un relato estrictamente histórico, ni fue escrito simplemente para contar un disgusto doméstico sufrido por María durante la adolescencia de Jesús. Es mucho más que eso. A partir de un recuerdo de familia, San Lucas compuso un relato “cristológico”, es decir, un relato sobre Cristo. Con él intenta enseñar, mediante imágenes y escenas, quién era Jesucristo, qué escondía su persona, qué relación tenía con su Padre Dios, y cuál era su misión aquí en la tierra. El episodio de Jesús extraviado en el Templo no es la crónica de un niño desobediente. Al contrario. Nos muestra que Jesús era un hijo tan obediente, que a los 12 años quiso anticipar lo que más tarde tendrá que hacer: “perder” su vida en Jerusalén para estar en la casa de su Padre. No dejarlo para mañana Según san Lucas, cuando Jesús tenía 12 años se quedó tres días en Jerusalén sin avisar. Cuando al fin lo hallaron sus padres, le preguntaron por qué había hecho eso. Y él, con la ingenuidad y la lógica de los niños, les quiso decir: “¿Y por qué me buscaban? Sólo se busca lo que está perdido, y yo no estaba perdido. Estaba donde tenía que estar: en la casa de mi padre. Son ustedes los que se habían perdido, porque ustedes se habían ido, no yo”. María no entendió lo que su Hijo decía. Después lo entenderá. Pero nosotros sí lo entendemos bien. Jesús quiso decirle que tenía que ocuparse de las cosas de su padre ya. Tenía sólo 12 años, y ya se encargaba de ello. No podía esperar hasta más tarde, o a cuando fuera mayor, o a que fuera predicador. No. Se ocupó en la primera oportunidad que tuvo. Nosotros tenemos el mismo Padre, y por lo tanto los mismos asuntos y urgencias que Jesús, y que no siempre pueden esperar hasta mañana. Sin embargo, qué poco nos ocupamos de las cosas de Dios: del amor, del respeto, de la caridad a los más necesitados, de la solidaridad, del perdón. Todo lo dejamos para mañana. Hay demasiados mañanas en nuestra vida. Demasiadas postergaciones, para cuando tengamos tiempo. Un tiempo que quizás no llegue nunca. Para que la salvación sea efectiva debemos empezar a ocuparnos ya de las cosas de Dios. Fue la gran enseñanza que nos dejó Jesús, cuando apenas tenía 12 años Autor: Ariel Álvarez Valdes También podés visitar: * * * * * *
Ante todo, primero quisiera aclarar que no quiero crear ningún tipo de ánimo en favor o en contra de las religiones. Cada cual es libre de elegir en qué creer o no creer. Aquel que no le guste, puede pasar de largo. Comentarios fuera de lugar serán eliminados. Lo segundo que quisiera decir es que estos artículos son algunos trabajos de Ariel Alvarez Valdez, un teólogo algo controversial, pero con unas interesantes teorías sobre algunas partes de la Biblia cristiana y su interpretación. Quizás alguien se interese y comente. Queda aclarar que el mismo teólogo sugiere a aquellas personas sensibles en su fe o con un profundo convencimiento, eviten leerlo para no sentirse ofendidas por ciertas afirmaciones que pueden contradecir lo que uno cree desde pequeño. La “vida oculta” de Jesús Lo único que conocemos antes de los 30 años de la vida de Jesús es un episodio que le sucedió a los 12 años, cuando se perdió en Jerusalén durante una fiesta de Pascua, y cómo José y María lo hallaron “en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; y todos los que lo oían estaban asombrados por su inteligencia y sus respuestas” (Lc 2,46-47). Pero inmediatamente después dice el evangelio que volvió a Nazaret, y de nuevo el velo del misterio desciende sobre su vida, oscureciendo todas sus actividades durante los siguientes 20 años. Este enigmático silencio sobre la juventud de Jesús hizo que muchos le inventaran historias y relatos increíbles. Así, algunos, con bastante imaginación, afirman que viajó a Inglaterra acompañado de su tío-abuelo José de Arimatea, donde conoció el druidismo (la religión de los celtas) y donde aprendió algunas de las ideas que más tarde enseñaría, como la Trinidad y la llegada del Mesías. Otros sostienen que fue a la India, donde los grandes Budas le enseñaron a leer, a curar enfermos y a realizar exorcismos. Otros aseguran que estuvo en Egipto aprendiendo los secretos de los faraones y llenándose de energía misteriosa en las grandes pirámides. Y los más ingenuos piensan que llegó hasta América para iniciarse en la sabiduría arcana de los pieles rojas. Leer bien los evangelios Estos relatos se han podido inventar porque, según la creencia popular, los evangelios callan y no cuentan nada sobre los años perdidos de Jesús. Pero ¿realmente los evangelios callan absolutamente? ¿En ninguna parte dan indicios de lo que hizo Jesús durante todos aquellos años? En realidad no es así. El evangelio de San Lucas proporciona dos pistas muy importantes. La primera, después de narrar la presentación del niño Jesús en el Templo de Jerusalén a los pocos días de haber nacido. Dice que José, María y el niño “volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Y allí el niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” (Lc 2,39-40). Por lo tanto, claramente el evangelista nos informa que Jesús pasó los siguientes años de su vida en el pueblo de Nazaret, donde experimentó un desarrollo físico, intelectual y religioso, como cualquier niño de su edad. La segunda, luego de contar que el niño Jesús se perdió a los 12 años en la ciudad de Jerusalén y fue hallado en el Templo. Dice que “regresó con ellos a Nazaret, y allí vivió, obedeciéndoles a ellos en todo. Y Jesús seguía creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,51-52). Uno más del pueblo Si nos atenemos, pues, al evangelio, debemos concluir que Jesús no se movió de Nazaret durante todos esos años. “Allí vivió”, dice Lucas. Y allí, en su círculo familiar (“obedeciendo a sus padres en todo”), experimentó su madurez humana, intelectual y psicológica, de la misma manera que lo hacían los demás niños judíos de su tiempo. Esto queda confirmado por un episodio relatado en el evangelio de Marcos. Cuando Jesús predicó por primera vez en la sinagoga de Nazaret, los aldeanos galileos, al escucharlo, se asombraron y dijeron: “¿De dónde ha sacado esa sabiduría que tiene, y ese poder de hacer milagros? ¿No es éste, acaso, el carpintero, el hijo de María?” (Mc 6,2-3). La vida de Jesús, pues, debió de haber transcurrido de una manera tan ordinaria y normal en su apacible pueblo de Nazaret, que el día que se presentó en público con una sabiduría fuera de lo común los paisanos de Nazaret se sorprendieron. Nunca habían sospechado que él fuera nadie más que “el carpintero”, “el hijo de María”. De haberse ausentado Jesús del pueblo para estudiar y perfeccionarse, como dicen las leyendas arriba mencionadas, los galileos no habrían tenido por qué asombrarse de sus prodigiosos conocimientos. Si Jesús no salió de Nazaret durante su infancia y su juventud (fuera de sus peregrinaciones a Jerusalén, o de un viaje ocasional a algún pueblo vecino), ¿qué hizo en todos esos años? ¿Es posible conocer algo de su vida oculta? Sí es posible, gracias a los descubrimientos arqueológicos y literarios que actualmente poseemos. ¿Cuál era su verdadero nombre? Lo primero que hicieron los padres con el niño Jesús, apenas nacido, fue ponerle un nombre. Esto se realizaba en medio de una alegre ceremonia, celebrada al octavo día como mandaba el Génesis (17,12), y ante la presencia de varios testigos. El nombre que José y María le pusieron fue el de “Yehoshúa”, que en hebreo significa Josué. Por la Biblia sabemos que en Palestina ese nombre solía acortarse y pronunciarse “Yeshúa”, por razones de familiaridad. A su vez en Galilea, donde se hablaba de una manera distinta al resto del país, y donde vivía la sagrada familia, se lo abreviaba aún más y se lo pronunciaba “Yeshú”. Por eso, los primeros cristianos de origen griego lo tradujeron más tarde por “Jesús”. El nombre de Yeshúa, en el siglo I, era uno de los más comunes y ordinarios que había. Así lo vemos, por ejemplo, en el escritor Flavio Josefo, quien en sus obras menciona a más de 20 personas que se llamaban Jesús en la historia judía; de las cuales, por lo menos 10 son contemporáneas de Jesús de Nazaret. En hebreo Jesús (o Josué) significa “Dios salva”. Y no le pusieron ese nombre al niño sólo por un homenaje al caudillo hebreo Josué, sino porque, según Mateo, un ángel le dijo a San José: “Le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). ¿Aprendió a leer y escribir? ¿Aprendió Jesús a leer y escribir durante su infancia, en un pueblito tan insignificante como Nazaret, o permaneció analfabeto? Muchos piensan que semejante pregunta es absurda, ya que en los evangelios tres episodios muestran claramente que él sabía leer y escribir. El primero es aquél en el que los escribas y fariseos le presentaron una mujer sorprendida en adulterio para ver si debían apedrearla o no, y Jesús, en vez de contestarles, “se agachó y se puso a escribir en la tierra con el dedo” (Jn 8,6). El segundo es cuando se presentó en la sinagoga de Nazaret, y lo invitaron a leer el libro del profeta Isaías (Lc 4,17). El tercero es aquél en el que los judíos, al escucharlo predicar en Jerusalén, se preguntaron maravillados: “¿Cómo es que éste sabe escritura sin haber estudiado?” (Jn 7,15). Pero lamentablemente ninguno de estos tres textos sirve para probar la capacidad de lectura y escritura de Jesús. El primero, porque al mostrar a Jesús “escribiendo” con el dedo en el suelo, pero sin mencionar para nada qué es lo que escribía, ha llevado a pensar que sólo trazó unas líneas sobre la arena, con la intención quizás de hacer ver su molestia a los acusadores de la mujer, pero sin tratarse de ninguna escritura real. El segundo, porque el texto del profeta Isaías que Jesús lee en la sinagoga de Nazaret, así como está, no existe. Es un pasaje construido por el evangelista Lucas con versículos salteados de ese libro (es decir, de Is 61,1; 58,6; y 61,2). ¿Cómo se las hubiera arreglado Jesús para leer en el libro de Isaías un pasaje semejante? El tercero, que presenta a Jesús sabiendo “escritura” sin haber estudiado, en realidad no dice que Jesús supiera “escribir”, sino que sabía usar las Sagradas Escrituras (es decir, el Antiguo Testamento) en una discusión teológica, cosa que podía haber aprendido oralmente, sin saber por eso leer. Los dos ciclos de estudio No tenemos, pues, en los evangelios pruebas seguras de que Jesús supiera leer y escribir. ¿Podemos averiguarlo por otro lado? Sí. Por la literatura judía sabemos que cuando Jesús era niño existía en Nazaret, como en los demás pueblos de Palestina, una pequeña escuela, donde concurrían los niños a partir de los 5 años. El local estaba pegado a la sinagoga, y el programa escolar constaba de dos ciclos básicos. El primero duraba 5 años. Los niños comenzaban aprendiendo las letras del alfabeto hebreo, y luego se iniciaban en la lectura de la Biblia, empezando por el libro del Levítico. De ahí pasaban a los demás libros bíblicos, repitiéndolos versículo por versículo, hasta que aprendían el texto sagrado casi de memoria. En la Biblia los alumnos estudiaban todo: la lengua, la gramática, la historia, la geografía. Terminada esta primera etapa los niños pasaban al segundo ciclo, que duraba 2 años. Allí se aplicaban al conocimiento de la “Ley Oral” judía (llamada Mishná), es decir, a las interpretaciones y complementos que los doctores de la Ley hacían de las leyes bíblicas. Al llegar a los 12 años, los niños terminaban sus estudios. Si alguno era particularmente brillante, entonces podía cursar estudios más avanzados; para ello debía viajar a Jerusalén o a alguna otra ciudad importante del país, e inscribirse en las escuelas dirigidas por los más célebres doctores de la Ley. Pero eso era privilegio de algunos pocos; la mayoría de los jóvenes se reintegraban a sus familias, donde empezaban a aprender de su padre una profesión para ganarse la vida. Sin duda que Jesús, durante su infancia, asistió como todos los niños de su época a los dos ciclos básicos escolares en la sinagoga de Nazaret, donde aprendió a leer y a escribir. Pero no parece haber recibido la enseñanza superior propia de los centros urbanos como Jerusalén. El comentario que de él hacían los judíos diciendo: “¿Cómo es que éste sabe escritura si no ha estudiado?” lo confirma. ¿Jesús era carpintero? ¿Qué profesión practicó Jesús durante su adolescencia? Sabemos que todo padre de familia judío procuraba para su hijo una ocupación, pues los rabinos decían: “El que no le enseña a su hijo un oficio, le enseña a robar”. San Marcos, tal como vimos, dice que cuando Jesús predicó en la sinagoga de Nazaret los aldeanos comentaron: “¿No es éste el carpintero?” (Mc 6,3). De ahí se pensó siempre que Jesús fue carpintero. Pero muchos han puesto en duda esta afirmación. Primero, porque los otros evangelios traen una versión diferente. San Mateo, por ejemplo, dice que la pregunta de la gente fue: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mt 13,55), es decir, le atribuye el oficio de carpintero a San José, no a Jesús. Mientras que San Lucas presenta a la gente preguntando: “¿No es éste el hijo de José?” (Lc 4,22), con lo cual ninguno de los dos aparece como carpintero. Segundo, porque Nazaret, ubicada en la fértil región de la Galilea, era un pueblo de campesinos, donde sabemos que la mayoría de sus habitantes se dedicaba a la agricultura y a criar ganados. Y tercero, porque en casi todas las parábolas de Jesús hay imágenes del ambiente agrícola (el sembrador, la cizaña, la viña, la higuera, la semilla de mostaza, etc), y no del ambiente de la carpintería. Sin embargo hoy los biblistas han concluido que Marcos, el primer evangelista que escribió, no se habría animado a llamar a Jesús “carpintero”, ocupación que gozaba de poco prestigio en aquella época, si no fuera porque efectivamente era cierto. En cambio sí hay motivos para que Mateo haya cambiado la información: como él buscaba acentuar más la figura solemne y majestuosa de Jesús, pensó que tal atribución era irrespetuosa, por lo que prefirió transferírsela a José. Y Lucas, más sensible aún que Mateo, vio como una burla de los galileos la mención de semejante oficio, y optó por suprimirlo tanto de José como de Jesús. Y el hecho de que sus parábolas aludieran tanto a la agricultura se debe a que su auditorio estaba formado, en su mayoría, por agricultores, por lo que buscó amoldarse a ese lenguaje. Podemos, pues, concluir que Jesús, durante los 30 años de su vida oculta, trabajó como carpintero. ¿Cómo rezaba Jesús? Otras de las cosas que aprendió Jesús durante su adolescencia en Nazaret fue a rezar, ya que todo niño israelita, a partir de los 13 años, adquiría el hábito de orar tres veces por día: a la mañana, al mediodía y a la noche (Sal 55,18; Dn 6,11; Hch 10,9). Para ello se le enseñaba a cubrirse la cabeza y los hombros con un manto especial, llamado “talit”, el cual tenía colgados en sus cuatro esquinas unos flecos llamados “zitzit”. Estos flecos representaban todas las leyes divinas, que ellos observaban de corazón por las “cuatro esquinas” de su vida. Eran en total 32 (8 flecos en cada esquina), porque el número 32 simboliza la palabra “corazón” en hebreo. El uso de los flecos lo había ordenado Dios a Moisés en el libro del Deuteronomio: “Habla a los israelitas para que se pongan unos flecos en la punta de sus mantos. Así, al verlos, se acordarán de todos los mandamientos del Señor” (15,37-41). Dos eran las oraciones que un judío, desde su adolescencia, debía recitar cada día. La primera se llamaba “Shemá” (en hebreo: “Escucha”), porque comenzaba diciendo: “Escucha, Israel: Yahvé es nuestro único Dios”. Más que una oración era una profesión de fe, sacada del libro del Deuteronomio (6,4-7). Y la segunda era la llamada “Shemoné Esre” (en hebreo: “Dieciocho”) porque consistía en dieciocho oraciones (tres alabanzas, doce peticiones y tres agradecimientos a Dios). En estas oraciones, repetidas a lo largo del día, el niño Jesús fue aprendiendo a llamar a Dios “Padre nuestro”. Y fueron éstas las que crearon el clima espiritual en el que creció, y las que marcaron profundamente su psicología religiosa de niño. ¿Adónde iba los sábados? Desde su infancia, y acompañado por sus padres, el niño Jesús concurría los sábados a la sinagoga de Nazaret. Como cualquier otro niño, se habrá sentido aburrido y distraído ante las interminables oraciones de la asamblea, que duraban casi toda la mañana, y que le resultarían difíciles de seguir porque eran en hebreo, lengua que él no entendía ya que hablaba el arameo. Pero con el paso de los años fue aprendiendo las plegarias y los ritos, hasta que se le volvieron familiares. Además de concurrir a la sinagoga, el sábado debía ser venerado mediante la práctica del reposo total. Así, desde el viernes a la tarde el niño Jesús debió de ayudar a su madre María en los preparativos de la celebración: traer doble provisión de agua, limpiar la humilde vivienda, colocar en su lugar las herramientas de trabajo, mientras María preparaba las dos comidas: para el viernes a la noche y el sábado al mediodía. Minutos antes de comenzar el sábado, es decir, el viernes por la tarde, el pequeño Jesús de pie ante la mesa asistía al rito de la luz, tradicionalmente reservado para las mujeres de la casa: María pronunciaba una bendición y luego prendía una lámpara que permanecía encendida hasta la mañana siguiente, cuando se levantaban para ir a la sinagoga. De regreso al mediodía, se reunían las familias del pueblo en grupos para compartir un almuerzo común, en el que se hablaba principalmente de temas religiosos. Preocuparse por el hoy La vida oculta de Jesús, pues, no tuvo nada de extraordinario ni prodigioso, como la pintan las absurdas leyendas tejidas sobre ella. Fue en esta atmósfera sencilla y familiar, propia de los poblados de Galilea, donde el niño Jesús creció, maduró y descubrió la vida. El coro de los chicos en la escuela, la voz de las muchachas en la fuente de agua, el monótono golpear del martillo en la carpintería, el grito repetido de las madres llamando a casa a sus hijas entretenidas en la calle, fueron el clima que Jesús respiró y asimiló durante 30 años. Y cuando un día su Padre del cielo le pidió que dejara todo y saliera a predicar el mensaje de salvación a sus hermanos los hombres, nunca se arrepintió de los años transcurridos en su pueblo, en su casa y con su gente; de sus años ocultos y silenciosos; de su trabajo en el taller y de sus reuniones con amigos. Nunca consideró ese tiempo como “perdido”, pues vivió cada día y cada época como la mejor que tenía. Y así también lo enseñó, cuando fue mayor: “No se preocupen por el día de mañana; mañana ya habrá tiempo para preocuparse. Cada día tiene bastante con sus propios problemas” (Mt 6,34). Autor: Ariel Álvarez Valdes También podés visitar: * ¿Fue Jesús desobediente a los 12 años? * ¿No había lugar en la posada para María? * ¿Cuántos fueron los Santos Inocentes asesinados? * ¿Nació Jesús un 25 de diciembre? * ¿El relato de los Reyes Magos es real? * ¿Dónde nació Jesús? * La estrella de Belén, ¿era una estrella?

Ante todo, primero quisiera aclarar que no quiero crear ningún tipo de ánimo en favor o en contra de las religiones. Cada cual es libre de elegir en qué creer o no creer. Aquel que no le guste, puede pasar de largo. Comentarios fuera de lugar serán eliminados. Lo segundo que quisiera decir es que estos artículos son algunos trabajos de Ariel Alvarez Valdez, un teólogo algo controversial, pero con unas interesantes teorías sobre algunas partes de la Biblia cristiana y su interpretación. Quizás alguien se interese y comente. Queda aclarar que el mismo teólogo sugiere a aquellas personas sensibles en su fe o con un profundo convencimiento, eviten leerlo para no sentirse ofendidas por ciertas afirmaciones que pueden contradecir lo que uno cree desde pequeño. Un pleito desconcertante En septiembre de 2002, el ingeniero agrónomo Luis Cascioli se presentó ante la justicia italiana de la localidad de Viterbo, cerca de Roma, para denunciar al párroco del lugar. ¿Por cuál delito? Porque todos los domingos, durante la misa, el cura hablaba de Jesús de Nazaret. Y según Cascioli, no hay pruebas de que Jesús haya existido. Por lo tanto, el sacerdote había violado dos leyes penales italianas: la de "abuso de credibilidad popular" (es decir, enseñar cosas falsas; art. 661) y la de "sustitución de persona" (inventar la existencia de un personaje irreal; art. 494). Los jueces de Viterbo quedaron estupefactos. ¿Acaso los Evangelios no prueban la existencia de Jesús? No, dice Cascioli. Porque éstos son libros contradictorios, y además están escritos por gente que creía en él, por lo que no sirven como prueba objetiva de su existencia. La denuncia de Cascioli fue rechazada por absurda. Pero éste apeló. Y en segunda instancia los jueces le dieron lugar, y ordenaron al párroco presentarse ante los tribunales para demostrar la existencia de Jesús. El pobre sacerdote, al verse en semejante aprieto, estaba desesperado. Pero al final, los jueces de tercera instancia volvieron a rechazar la demanda del ingeniero, y dieron por terminado el pleito judicial. Hasta aquí la noticia que apareció en los diarios. Pero una duda quedó flotando en el ambiente: ¿se puede demostrar la historicidad de Jesús? Fuera del Nuevo Testamento, ¿hay algún autor contemporáneo que lo nombre, lo mencione, aluda a su existencia? Como piedra en el océano Solemos pensar que Jesús de Nazaret, el fundador de la religión más importante y numerosa de Occidente, debió de haber sido muy conocido en su tiempo. Que durante su vida llamó poderosamente la atención de las multitudes. Que con sus increíbles enseñanzas y sus sorprendentes milagros mantuvo fascinada a la sociedad entera. Que su fama se extendió incluso a los que no lo conocieron personalmente. Y que preocupadas por estos hechos, las más altas autoridades gubernamentales, incluido el emperador de Roma, ordenaron su arresto y su muerte, en el año 30. Es decir, creemos que el impacto de Jesús en la sociedad de su tiempo fue impresionante; semejante al de un cometa que choca contra la tierra; y que si nos ponemos a buscar testimonios históricos sobre él, podemos encontrar millares. Sin embargo no es así. Cuando examinamos la información que tenemos de aquella época, comprobamos que no existe ni un escritor, ni un autor, ni un historiador, ni un cronista, ni un ensayista, ni un poeta, ni un contemporáneo suyo, que hable de él. Aunque parezca mentira, nadie parece haber reparado en su persona, ni para criticarlo ni para alabarlo. No tenemos ni siquiera una alusión de pasada. Nada. El impacto de Jesús en la sociedad de su época parece haber sido prácticamente nulo. Más que a un cometa que choca contra la Tierra, se asemejó a una piedrita arrojada en el océano. El militar escritor Si extendemos nuestra investigación a las décadas siguientes a su muerte, tampoco encontramos mención alguna de Jesus. En los años 50, 60, 70 y 80, hay un completo silencio sobre su figura. Tenemos que esperar a la década del 90 para hallar la primera referencia a Jesús, en un documento fuera de la literatura cristiana. Pertenece a un historiador judío llamado Flavio Josefo, nacido en Jerusalén hacia el año 37 d.C., es decir, unos siete años después de la muerte de Jesús. Flavio Josefo era hijo de un sacerdote de Jerusalén, y por eso recibió una esmerada educación. Cuando en el año 66 los romanos invadieron Palestina, Josefo fue puesto al frente de las tropas judías para defender el país. Pero fue hecho prisionero, y llevado a Roma. Allí se ganó las simpatías del emperador y fue liberado. Entonces se dedicó a escribir varios libros para difundir la historia y las costumbres del pueblo judío. Su primera obra fue La Guerra de los Judíos, en 7 tomos, donde describe la invasión de los romanos a Palestina en el año 66. Su segunda obra fue Antigüedades Judías, en 20 tomos. Es en esta obra, compuesta hacia el año 93, donde Josefo menciona dos veces a Jesús. Tres añadidos cristianos La primera mención está en el tomo 18, y dice así: "Por aquel tiempo apareció Jesús, un hombre sabio (si es que se le puede llamar hombre). Fue autor de hechos asombrosos, y maestro para quienes reciben con gusto la verdad. Atrajo a muchos judíos y griegos. (Él era el Mesías). Y cuando Pilato, debido a una acusación hecha por nuestros dirigentes, lo condenó a la cruz, los que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo. (Él se les apareció al tercer día, vivo otra vez, tal como los profetas habían anunciado de él, además de muchas otras cosas maravillosas). Y hasta hoy los cristianos, llamados así por él, no han desaparecido". Esta alusión a Jesús, conocida por los estudiosos como "el Testimonio Flaviano", provoca verdadera sorpresa. ¿Cómo es posible que un judío religioso, como Josefo, que nunca se convirtió al cristianismo, confiese que Jesús era el Mesías, que resucitó al tercer día, que se apareció vivo ante la gente, y que era más que un simple ser humano? Resulta inaceptable. Por eso hoy los especialistas sostienen que este texto contiene tres pasajes añadidos por algún autor cristiano. Serían los pasajes que están puestos entre paréntesis. Si los eliminamos, el resto sería lo que realmente escribió Flavio Josefo. Ahora bien, si nos atenemos al texto auténtico del historiador judío, vemos que él afirma lo siguiente: a) existió en Palestina un hombre llamado Jesús: b) era un sabio; c) realizó prodigios; d) la gente lo escuchaba con gusto; e) atraía a muchos judios y griegos; f) las autoridades judías lo acusaron; g) Pilato lo condenó a muerte; h) murió crucificado; i) sus seguidores se llaman cristianos en honor a él; j) el movimiento que él fundó siguió existiendo después de su muerte. Por el asesinato de Santiago La segunda mención que hace Flavio Josefo de Jesús, aparece en el tomo 20 de su obra. Allí, al contar cómo mataron a Santiago, el primer obispo de Jerusalén, en el año 62, dice: "Mientras tanto subió al pontificado Anás. Era feroz y muy audaz. Pensando que había llegado el momento oportuno, porque (el procurador) Festo había muerto y Albino aún no había llegado, reunió al sanedrín y llevó ante él al hermano de Jesús, que es llamado Mesías, de nombre Santiago, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley y los entregó para que fueran apedreados". En esta segunda referencia, el escritor judío afirma que: a) existió un hombre llamado Jesús; b) tenía un hermano llamado Santiago (lo cual coincide con lo que dice Marcos 6,3 y Gálatas 1,19); c) algunos lo consideraban el Mesías. Estas dos citas de Flavio Josefo, si bien muy breves, son importantísimas, porque constituyen la primera prueba (fuera de la Biblia) de que Jesús de Nazaret realmente existió. Además, demuestran que Flavio Josefo disponía de bastante información sobre la persona de Jesús, en el momento de escribir. Justo falta ese volumen Poco después de Flavio Josefo, tenemos un segundo escritor que menciona a Jesús. Es el historiador romano Tácito. Nacido en el año 55, de una familia muy rica, fue gobernador de la provincia de Asia (al oeste de la actual Turquía) en el año 112, donde pudo conocer a los cristianos. Luego abandonó la política y se dedicó a escribir. Su libro más importante fue los Anales, compuesto en el año 117. Es una historia de Roma en 18 volúmenes, que va desde el año 14 d.C. (en que muere el emperador Augusto) hasta el año 68 d.C. (en que muere Nerón). Desgraciadamente la obra nos ha llegado incompleta, porque se perdieron varios tomos; y justamente la sección que va del año 29 al 32 no sobrevivió. Por eso el proceso y la muerte de Jesús, ocurrida en el año 30, y que quizás podría haber figurado, no aparece en los manuscritos. Pero sí, al hablar de la persecución de Nerón a los cristianos de Roma, Tácito dice: "Nerón sometió a torturas refinadas a los cristianos, un grupo odiado por sus horribles crímenes. Su nombre viene de Cristo, quien bajo el reinado de Tiberio fue ejecutado por el procurador Poncio Pilato. Sofocada momentáneamente, la nociva superstición volvió a difundirse no sólo en Judea, su país de origen, sino también en Roma, a donde confluye, todas las atrocidades de todo el mundo. Primero, los inculpados que confesaban; después, denunciados por éstos, una inmensa multitud, todos fueron convictos, no tanto por el crimen de incendio sino por el odio del género humano". Este testimonio nos brinda varios elementos importantes para situar históricamente a Jesús. Nos dice: a) que existió un hombre al que llamaban Cristo; b) que su patria era Judea; c) que su muerte ocurrió cuando Tiberio era emperador (o sea, entre los años 14 y 37) y Poncio Pilato gobernador (entre los años 26 y 36); d) que Pilato lo mandó a matar, lo cual implica que lo crucificaron, pues el castigo normal de las autoridades romanas en Judea era ése; e) que antes de morir, Jesús ya había formado un grupo de seguidores. Otros candidatos abolidos Estos dos escritores, Flavio Josefo y Tácito, son los únicos testimonios no cristianos (es decir, neutrales) conocidos, que hablen de la existencia histórica de Jesús de Nazaret. No hay ninguna otra fuente no cristiana, anterior al año 130 (o sea, en un período de cien años desde la muerte de Jesús), que mencione al fundador del cristianismo. Los estudiosos suelen citar a otros dos escritores romanos que, según dicen, hablarían también de Jesús. Ellos son Plinio el Joven y Suetonio. En el caso de Plinio el Joven, el texto que suelen citar es una carta suya, escrita en el año 112, donde al hablar de los cristianos dice: "Ellos afirman que toda su culpa y error consiste en reunirse en un día fijo, antes de la salida del sol, y cantar a coro un himno a Cristo como a un dios, y se comprometen a no cometer crímenes, ni hurtos, ni asesinato, ni adulterios, ni mentir, y luego toman su alimento". De Suetonio, el texto sería un pasaje de su libro Vida de los Doce Césares, escrito en el año 120: "Como los judíos provocaban constantemente disturbios a causa de Cristo, el emperador Claudio los expulsó de Roma". Pero si miramos bien, vemos que ninguno de los dos textos habla directamente de Cristo, sino de los cristianos. No afirman que haya existido alguien llamado Jesús, sino que un grupo de cristianos creía en su existencia. Por lo tanto, no sirven como fuentes para afirmar la realidad histórica de Jesús. Pocos pero contundentes En conclusión, sólo han llegado hasta nosotros dos testimonios extrabiblicos sobre Jesús de Nazaret. Sin embargo, todos los estudiosos están de acuerdo en que esos dos textos bastan para probar, de manera concluyente y definitiva, su existencia histórica. Por eso hoy ningún historiador serio niega la historicidad de Jesús. Primero, porque vemos que existen dos autores muy antiguos que de manera imparcial, objetiva y desinteresada afirmaron su existencia. Y son testimonios lo suficientemente cercanos a los hechos como para constituir fuentes fidedignas y confiables. Segundo, porque hay además muchísimos textos cristianos, más antiguos todavía, que hablan de Jesús. Entre ellos están las cartas de Pablo, escritas alrededor del año 50, que reflejan una tradición de los años 40, es decir, muy cercana al momento de la muerte de Jesús. También poseemos los cuatro Evangelios, que si bien fueron compuestos por creyentes en Jesús, y por eso no son obras imparciales, sí pretenden remontarse a un personaje real. Por lo tanto, negar la existencia histórica de la figura central de estos libros traería más dificultades que aceptarla. No podemos negar a los otros Tercero, porque en la antigüedad ningún enemigo ni adversario de los cristianos, por más encarnizado que fuera, puso en duda la existencia de Jesús. Si cuestionaron que fuera el Mesías, o el Hijo de Dios, pero jamás que hubiera existido. Las primeras dudas sobre su existencia histórica surgieron recién en el siglo XVIII, cuando ciertos autores franceses empezaron a decir que Jesús de Nazaret era una divinidad solar antigua a la que se le había atribuido existencia histórica. Esta duda se prolongó durante el siglo XIX y XX. Pero actualmente ya ningún estudioso la toma en serio. Cuarto, porque los textos del Nuevo Testamento hacen interactuar a Jesús con otros personajes histéricos, cuya existencia está demostrada por documentos arqueológicos y literarios no cristianos, como Juan el Bautista, Poncio Pilato, Herodes el Grande, Herodes Antipas o Caifás. Finalmente, porque si los evangelistas hubieran inventado a Jesús de la nada, lo habrían hecho de un modo tal que no produjera tantas dificultades y dolores de cabeza a los lectores; y hoy no habría ninguna diferencia entre el Jesús de los Evangelios y el Jesús histórico, que vamos conociendo gracias a la arqueología y a otras ciencias; los dos serían exactamente iguales. El hecho de que los evangelistas hayan querido reinterpretar la figura de Jesús desde su fe, demuestra que están tratando de contar la vida de un personaje real. Todavía hoy encontramos gente, como el ingeniero agrónomo Luis Cascioli, que dudan de la existencia real de Jesús. Creen así estar a la vanguardia de la intelectualidad. Sin embargo, son personas que se han quedado en el tiempo, porque hace décadas ya que los estudiosos modernos llegaron a la certeza de su vida. Escasa atracción Cuando buscamos en la antigüedad los datos sobre la existencia histórica de Jesús, descubrimos con asombro que sus contemporáneos no dijeron casi nada de él. Que su vida fue absolutamente insignificante en el plano de la escena mundial. Esto demuestra que Jesús durante su vida fue un judío marginal, que fundó un movimiento marginal, en una provincia marginal del gran imperio romano. Su vida y su muerte fueron el acontecimiento menos importante de la historia romana de ese tiempo, y sus contemporáneos ni siquiera le prestaron atención. Por eso, lo asombroso no es que nadie hable de él. Lo asombroso hubiera sido que algún historiador de la época se hubiera interesado en él. Sería una casualidad increíble que los escritores de ese tiempo se sintieran atraídos por contar la ejecución de un carpintero palestino. Lo más natural del mundo hubiera sido que ningún contemporáneo lo recordara ni mencionara. Sin embargo, y a pesar de ello, sorprendentemente tenemos varias referencias de él. Más aún: hay más información sobre Jesús de Nazaret que sobre otros personajes de la historia cuya existencia nadie cuestiona. Por eso, su existencia constituye hoy un hecho histórico cierto e irrefutable. Pero sus contemporáneos se interesaron poco en él. Sólo se habló de su persona cuando los cristianos comenzaron a ser una “molestia” para la sociedad. Cuando sus seguidores empezaron a hablar del amor al prójimo, del perdón a los enemigos, del servicio a los demás como actitud de vida, de no criticar, de defender a los más pobres. Recién entonces surgió el interés por conocer a esa extraña figura, que había dado origen a la doctrina más sublime e increíble de la historia de la humanidad. Hoy el interés por la figura de Jesús ha vuelto a ser escaso. Tal vez porque los cristianos hemos dejado de "molestar"; ya no somos un ejemplo llamativo de amor ante la sociedad. No somos los testigos y representantes de la doctrina más asombrosa que oyó la humanidad. Quizá si volviéramos a encarnar su mensaje, los historiadores, pensadores, filósofos, periodistas, se sentirían otra vez atraídos por el carpintero de Nazaret. Autor: Ariel Álvarez Valdes También podés visitar: * ¿Qué hizo Jesús durante su vida oculta? * ¿Fue Jesús desobediente a los 12 años? * ¿No había lugar en la posada para María? * ¿Cuántos fueron los Santos Inocentes asesinados? * ¿Nació Jesús un 25 de diciembre? * ¿El relato de los Reyes Magos es real? * ¿Dónde nació Jesús? * La estrella de Belén, ¿era una estrella?

Ante todo, primero quisiera aclarar que no quiero crear ningún tipo de ánimo en favor o en contra de las religiones. Cada cual es libre de elegir en qué creer o no creer. Aquel que no le guste, puede pasar de largo. Lo segundo que quisiera decir es que, aún con la nula aceptación de mis posts anteriores, seguiré compartiendo algunos trabajos de Ariel Alvarez Valdez, un teólogo algo controversial, pero con unas interesantes teorías sobre algunas partes de la Biblia cristiana y su interpretación. Quizás alguien se interese y comente. Queda aclarar que el mismo teólogo sugiere a aquellas personas sensibles en su fe o con un profundo convencimiento, eviten leerlo para no sentirse ofendidas por ciertas afirmaciones que pueden contradecir lo que uno cree desde pequeño. EL RELATO DE LOS REYES MAGOS ¡Quién no recuerda cada año, al llegar la Navidad, a aquellos misteriosos personajes que arribaron a Belén de tierras lejanas, envueltos en sus exóticos atuendos, para ofrecerle al Niño Dios sus presentes de oro, incienso y mirra! El único evangelista que conserva el recuerdo de este hecho es San Mateo (2,1-12). Según él, procedían de algún lugar de Oriente, y lograron encontrar a Jesús gracias a que una misteriosa estrella los guió por el camino. Este episodio está tan grabado en la mentalidad popular, que millones de niños en todo el mundo creen que los Reyes Magos todavía siguen viniendo cada año, en la madrugada del 6 de enero (día de su fiesta), a dejarles a ellos también algún regalo en sus zapatitos. Pero ¿qué sabemos exactamente de esos Magos? Tres ideas a corregir Lo primero que debemos tener en cuenta es que, según el Evangelio de San Mateo, los tres Reyes Magos no eran ni tres, ni reyes, ni magos. En efecto, Mateo no habla de “tres”, sino de “unos” magos que llegaron de Oriente (Mt 2,1), sin precisar exactamente el número. Tampoco dice que se tratara de “reyes”. Sólo dice “magos”. No debemos, pues, imaginarlos como monarcas de ningún lado. Finalmente, no eran “magos” en el sentido actual de la palabra, es decir, no eran personas que realizaban trucos de magia. En la antigüedad se llamaba “magos” a los estudiosos de las ciencias secretas, a los sabios, especialmente a los que investigaban el curso de las estrellas en el cielo; eran algo así como los científicos de la época. Por lo tanto, a los “magos” de Mateo hay que considerarlos como astrónomos, representantes del saber y de la religiosidad pagana de aquel tiempo. Pero ¿es posible que el episodio de los magos sea verídico, y que estos personajes se presentaran realmente en Belén cuando nació Jesús? Si analizamos el relato a la luz de las noticias históricas y científicas que tenemos, más bien parecería que no. Veamos por qué. El secreto conocido por todos a) Una estrella que guíe a los magos desde Oriente hasta Jerusalén (es decir, de este a oeste), luego de Jerusalén a Belén (es decir, de norte a sur), y finalmente se detenga sobre una casa (Mt 2,9), es un fenómeno astronómico imposible de aceptar. Por otra parte, no quedó registrado en ninguna crónica de la época. b) Dice Mateo: al enterarse Herodes de que había nacido el rey de los judíos, se asustó. Y agrega: “Y con él, toda Jerusalén” (2,3). Pero, ¿por qué el pueblo de Jerusalén, que odiaba a Herodes y que justamente esperaba con ansias el nacimiento del Mesías, se iba a asustar, en lugar de alegrarse en silencio? c) El relato cuenta que Herodes convocó a los Sumos Sacerdotes y escribas para que lo ayudaran a averiguar dónde había nacido Jesús (2,4). Pero tal reunión resulta imposible, pues sabemos que los sacerdotes y escribas de Jerusalén tenían muy mala relación con Herodes, y que el Sanedrín no estaba a su disposición desde que el monarca, unos años atrás, había mandado a asesinar a varios de sus miembros. d) El v.4 da a entender que el nacimiento del Mesías en Belén era un dato recóndito, y difícil de saber; y que hubo que convocar a una junta de estudiosos y expertos para poder averiguarlo. Pero Juan 7,42 afirma que todo el mundo conocía que el Mesías debía nacer en Belén; y por lo tanto no hacía falta ninguna reunión de eruditos para saberlo. ¿Cómo no hallaron la casa? e) La actitud de Herodes frente a los Magos también resulta poco creíble. Está asustado nada menos que por la posible aparición de un rival al trono. Y en un asunto tan delicado, ¿deposita toda su confianza en estos extraños personajes recién llegados? ¿Por qué no manda al menos a sus hombres tras ellos para asegurarse de cualquier descubrimiento? f) Podemos imaginar el revuelo que causarían, en una pequeña aldea como Belén, la llegada de estos insólitos personajes de Oriente con su inusual carga de regalos. Y cuando se fueron, ¿el servicio de inteligencia de Herodes no fue capaz de descubrir a qué niño habían visitado? g) Lo que narra San Mateo de los Magos es imposible de conciliar con lo que cuenta San Lucas. Según éste, la Sagrada Familia abandonó Belén y se fue a vivir a Nazaret cuando el Niño tenía apenas un mes y medio de vida (Lc 2,39). Por lo tanto, cuando los Magos llegaron a Belén dos años después (según Mateo), ya Jesús y su familia no vivían allí. h) Según el relato de los Magos, mucha gente se enteró de que Jesús había nacido en Belén (Herodes, toda Jerusalén, los Sumos Sacerdotes, los escribas, la gente de Belén). Pero, según San Juan, cuando Jesús salió a predicar nadie sabía que había nacido en Belén (Jn 7,41-42). Y según Marcos, la gente de Nazaret tampoco sabía que el nacimiento de Jesús hubiera sido algo especial (Mc 6,1-6). El rey Salomón y Jesús Es posible encontrar explicación para alguna de estas dificultades. Pero no para todas ellas juntas. Por eso, actualmente los estudiosos de la Biblia prefieren pensar que el episodio de los Reyes Magos, así como está en el Evangelio, no sucedió realmente. ¿Por qué, entonces, Mateo lo incluyó entre los sucesos de la infancia de Jesús? Para responder a esto, debemos tener presente que San Mateo compuso su Evangelio para una comunidad cristiana de origen judío, es decir, con formación y cultura judías. Y sabía que los judíos tenían una gran estima por los grandes personajes del Antiguo Testamento. Ahora bien, Mateo no conocía demasiados detalles de la infancia de Jesús. Sí conocía al Jesús adulto, pero no al Jesús niño. Entonces decidió contar los distintos episodios de la infancia del Señor basándose en la vida de los personajes del Antiguo Testamento. Y una de las figuras más admiradas del Antiguo Testamento era, sin duda, el gran rey Salomón. Según la Biblia, este monarca gozaba de una sabiduría y una inteligencia tan extraordinarias, como ningún otro rey la tuvo jamás ni antes ni después de él (1 Re 3,12). Su ciencia fue superior no sólo a la de los otros reyes, sino a la de todos los sabios de Oriente (1 Re 4,9-11). Llegó a componer 3.000 parábolas, 1.005 poemas, y hasta escribió tratados de botánica y de zoología (1 Re5,12-13). Viajó para ver si era cierto ¿Cuál era uno de los episodios más famosos y divulgados de la vida del rey Salomón? Sin duda el de la visita de la reina de Saba. Los judíos solían contarlo con gran orgullo. ¿Y qué decía? Que un día se presentó en Jerusalén una reina anónima, venida de un lejano país llamado Saba; había oído hablar de la extraordinaria fama del rey israelita, y quería conocerlo y admirarlo personalmente(1 Re 10,1-13). Este episodio era tan popular y conocido entre los judíos, que el mismo Jesús lo citó en cierta oportunidad cuando, discutiendo con los judíos que no creían en él ni querían aceptar sus enseñanzas, les dijo: “El día del Juicio (Final), la reina del Sur (o de Saba) se levantará contra ustedes y los condenará. Porque ella vino desde lejos nada más que para escuchar la sabiduría de Salomón; y aquí hay alguien que es más que Salomón (y ustedes no lo quieren escuchar)” (Mt 12,42). Ahora bien, si analizamos el relato de la reina de Saba, encontramos los mismos elementos que en el relato de los Reyes Magos. Igualito que la reina 1) Una reina anónima se puso en camino y viajó a Jerusalén desde un lejano país de Oriente (1 Re 10,1). Unos Magos anónimos se pusieron en camino y viajaron a Jerusalén desde un lejano país de Oriente (Mt 2,1). 2) La reina era sabia (1 Re 10,1). Los Magos eran sabios. 3) Ella buscaba al rey de los israelitas para admirarlo (1 Re 10,9). Ellos buscaban al rey de los judíos para adorarlo (Mt 2,2). 4) A la reina la guió una estrella. (La literatura judía dice: “Cuando la reina de Saba se acercaba a Jerusalén, reclinada en su carruaje, vio a lo lejos una rosa maravillosa que crecía a orillas de un lago. Pero al aproximarse más vio con asombro que la rosa se transformaba en una luminosa estrella. Cuanto más se acercaba, más brillaba su luz”.) También a los Magos los guió una estrella (Mt 2,2). 5) La reina de Saba llegó planteando enigmas difíciles de resolver, y halló las respuestas (1 Re 10,3). Los Magos llegaron planteando un enigma difícil de resolver, y hallaron la respuesta (Mt 2,4-5). 6) La reina le ofreció a Salomón los regalos que le traía: oro, incienso y piedras preciosas (1 Re 10,10). Los Magos le ofrecieron al Niño los regalos que le traían: oro, incienso y mirra (Mt 2,11). 7) Luego de admirar a Salomón, la reina regresó a su país y desapareció de la historia (1 Re 10,13). Luego de adorar al Niño, los Magos regresaron a su país y desaparecieron de la historia (Mt 2,12). Sabio como el rey sabio Es posible, pues, que el relato de los Magos, así como está contado en el Evangelio de Mateo, no haya sucedido realmente. Que no se trate de un hecho estrictamente histórico, sino que haya sido creado por San Mateo, teniendo como base la narración de la visita de la reina de Saba a Salomón. Este modo de contar la biografía de alguien era muy común entre los teólogos judíos de aquel tiempo, que más que una precisión histórica, buscaban siempre transmitir una enseñanza o un mensaje. Y por supuesto que los lectores judíos, al leer el relato de los Magos, descubrían inmediatamente lo que el autor les quería decir: que Jesús era un nuevo y más grande Salomón, enviado por Dios a la tierra; que en este Niño nacido en Belén residía una sabiduría y unos conocimientos extraordinarios, como nunca los hubo antes en ningún ser humano, ni los podrá haber después; que las cosas que este Niño diga cuando sea grande, aunque resulten desconcertantes o sorprendentes, pueden ser aceptadas con confianza; porque es Dios quien habla a través de Él. El destino de los Magos Los misteriosos Magos de Oriente que llegaron a Belén para visitar al Niño Jesús cautivaron pronto la devoción y la fantasía popular de los cristianos. Ya en el siglo II se los elevó a la categoría de Reyes; esto se debió a que había un Salmo que decía: “Los reyes de Tarsis y de Saba le traerán sus regalos; todos los reyes se arrodillarán ante él” (72,10-11); y se creyó que los Magos eran estos reyes que habían venido para cumplir la profecía. Luego se fijó su número; al ser tres los regalos que le ofrecieron al niño (oro, incienso y mirra), se pensó que los Magos tenían que haber sido tres. Más tarde, en el siglo VI, se les dio nombres: Melchor. Gaspar y Baltasar. En el siglo VIII, se los hizo de razas diferentes. Y por último, en la Edad Media, se empezó a decir que uno de ellos era negro. Pero quizás lo más pintoresco sea el detalle de sus reliquias. Según una tradición, los Magos murieron en Persia. De allí sus restos fueron llevados a Constantinopla en el año 490. Más tarde aparecieron en Milán. Y finalmente se los trasladó a Colonia (Alemania), en cuya Catedral descansarían actualmente, junto a una ingenua inscripción que dice: “Habiendo sufrido muchas penurias por el Evangelio, los tres sabios se encontraron en Armenia el año 54 d.C. para celebrar la Navidad. Después de la misa, murieron. San Melchor, el 1º de enero a los 116 años. San Baltasar, el 6 de enero a los 112 años. Y San Gaspar, el 11 de enero a los 109 años”. De hecho, los cuerpos de los Magos viajaron mucho más después de muertos, que durante su vida. El sol sale para todos San Mateo cuenta que, cuando Jesús vino al mundo, unos Magos del lejano Oriente se enteraron de su nacimiento. No pertenecían al pueblo judío, ni conocían al Dios verdadero, ni practicaban la auténtica religión; sólo observaban los astros y estudiaban ciencias secretas. Pero mediante la aparición de una estrella Dios les hizo saber de la llegada del rey de los judíos a la tierra. También nos dice que los Sumos Sacerdotes y Escribas judíos pudieron enterarse del nacimiento del Mesías, pero por otro camino: descifrando las profecías de las Sagradas Escrituras. Finalmente, también el rey Herodes se enteró del nacimiento de Jesús, por sus asesores políticos. El evangelista enseña, así, que Dios quiere hablar con todos los hombres, y que para ello emplea el lenguaje que cada uno puede entender. A Herodes le habló a través de sus asesores. A los Maestros de la Ley, a través de la Biblia. Y a los Magos, a través de sus estudios astronómicos. Dios no rechaza a nadie. No excluye a nadie de la salvación. Ni siquiera a los Magos, que para la mentalidad judía de entonces eran extranjeros despreciados y que vivían en medio de su ignorancia y sus creencias supersticiosas. También a ellos les dirigió su Palabra, y de una manera en que pudieran entender. Hoy en día, en que algunas categorías de personas (divorciados, matrimonios irregulares, alcohólicos, drogadictos, enfermos de sida, madres solteras, desvalidos), por uno u otro motivo no encuentran lugar en la Iglesia, y hasta son excluidas en nombre del mismo Dios, los Reyes Magos lejos de constituir una historia feliz y romántica para contar a los niños, representan la advertencia divina de que el sol sale para todos; y que nadie debe quedar afuera de la salvación de Dios. Autor: Ariel Alvarez Valdes También podés visitar: * ¿Dónde nació Jesús? * La estrella de Belén, ¿era una estrella?
Ante todo, primero quisiera aclarar que no quiero crear ningún tipo de ánimo en favor o en contra de las religiones. Cada cual es libre de elegir en qué creer o no creer. Aquel que no le guste, puede pasar de largo. Lo segundo que quisiera decir es que, dependiendo de la aceptación de este post, compartiré algunos trabajos de Ariel Alvarez Valdez, un teólogo algo controversial, pero con unas interesantes teorías sobre algunas partes de la Biblia cristiana y su interpretación. Queda aclarar que el mismo teólogo sugiere a aquellas personas sensibles en su fe o con un profundo convencimiento, eviten leerlo para no sentirse ofendidas por ciertas afirmaciones que pueden contradecir lo que uno cree desde pequeño. LA ESTRELLA DE BELEN ¿ERA UNA ESTRELLA? En torno a una estrella Hace casi dos mil años, según cuenta el evangelio, aparecieron en Jerusalén unos magos venidos de Oriente, afrontando un largo viaje y los recelos del rey Herodes, para traer oro, incienso y mirra a un niño recién nacido en un establo. Como lo relataron ellos mismos al final de su fatigoso periplo, se habían puesto en camino porque vieron una estrella en el Oriente, que los había venido guiando precisamente hasta allí, y entonces había desaparecido. Al presentarse los magos ante Herodes, que se hallaba en los últimos años de su vida cargado de complejos persecutorios y abrumado por complots, el viejo déspota se turbó enormemente. Y reunido en una de las salas de su palacio con los sabios de la corte y los recién llegados, trató de averiguar más sobre aquella estrella y el tiempo de su aparición. Desde entonces muchos astrónomos, eruditos, exegetas y científicos, han proseguido con las investigaciones iniciadas por Herodes y su gente, intentando dilucidar aquel luminoso fenómeno celeste, y a lo largo de la historia han propuesto diversas teorías y aventurado distintas opiniones que hasta el día de hoy no lograron esclarecer el misterio. Los caprichos de una estrella Si prestamos atención a lo que dice san Mateo en su Evangelio nos daremos cuenta de que todo esfuerzo por tomar históricamente el relato de la estrella y tratar de identificarla con una nova, un cometa, un meteorito o cualquier otro fenómeno astronómico, lamentablemente nos lleva por un camino equivocado. Basta analizar un instante las particularidades del relato (Mt 2, 1-12) para comprender que la descripción de la estrella contradice la realidad del mundo planetario y estelar. En efecto, el curso aparente de los astros en el cielo según nuestra posición desde la Tierra es de oriente a occidente. Ahora bien, si realmente llegaron a Palestina unos magos de Oriente guiados por una estrella, tuvieron que venir: o por el norte (siguiendo la media luna fértil), o por el sur (a través de la zona llamada Arabá). Los biblistas más bien se inclinan por esta última ruta, pues piensan que los magos procedían de la región de Arabia. ¿Pudo, entonces, una estrella hacer un recorrido de sur a norte? Pero hay más. Dice el evangelio que una vez llegados a Jerusalén, la estrella continuó guiándolos hasta Belén, ciudad que se encuentra 8 kilómetros al sur (Mt 2, 9). ¿Qué extraño cuerpo celeste es éste que viaja primero de sur a norte y luego de norte a sur? Los astros no pueden estar zigzagueando por el cielo. Además, ninguna crónica histórica de la época registra un episodio con estas características. Responsable de la tragedia Más adelante sigue relatando que la estrella, que iba por delante de los magos, llegó a destino y se detuvo en el lugar exacto donde se encontraba el niño Jesús (Mt 2, 9). ¿Puede una estrella desplegar semejante acrobacia y detenerse en un punto exacto? Ya san Juan Crisóstomo en el siglo IV lo dudaba. Pero si aún así, alguien quisiera a toda costa salvar la realidad de la estrella, diciendo que se trata de un milagro hecho por Dios (que como todopoderoso puede hacer que un astro trace en el cielo la órbita que él quiera), entonces tendrá que explicar una última dificultad. Y es que la estrella comete un terrible error. En vez de guiar a los magos directamente hacia Belén los conduce a Jerusalén. Sin tal error, Herodes no se habría enterado del nacimiento de Jesús y se habría evitado todo el drama de la muerte de los inocentes. ¿Puede un signo guiado por Dios cometer tan macabro desliz? ¿Realmente pensaba Mateo en una estrella del cielo cuando escribía estas cosas? Si la estrella del relato no era un fenómeno celeste, entonces es un símbolo, y por lo tanto debe tener algún significado. Simbolismo de la estrella Esto hace que los autores modernos se pregunten: ¿cuál es el sentido que tiene la estrella en el relato de Mateo? Hoy los biblistas sostienen que en realidad Mateo compuso este pasaje para exponer aquí la tesis de la universalidad de la salvación. De este modo, cada elemento de la narración simbolizaría una realidad distinta: los magos representan a los paganos; Herodes, a los judíos; y la estrella, la fe. Mateo pretende, así, explicar que Jesús, una vez nacido en Belén como un niño judío y para salvar a los judíos, quiso brindar también al paganismo, ya desde la cuna, la posibilidad de un encuentro, para lo cual envía la luz de la fe (estrella), cuya misión es guiar a los gentiles (magos) hasta el lugar donde se encuentra el salvador (Jesús). Pero Mateo es consciente de que el pueblo judío es el pueblo elegido, y que tiene un privilegio por encima de todas las demás naciones. Por ello, la estrella (fe) no puede guiar a los magos (paganismo) directamente a Jesús. El judaísmo conservaba su posición de privilegio, y sólo por intermedio de ellos era posible llegar hasta el salvador. Es por eso que en el relato la estrella no guía a los magos a Belén sino a Jerusalén, para que sea Herodes (el judaísmo) quien los lleve hasta Jesús. La estrella, pues, no aparece equivocándose sino cumpliendo su cometido, llevando a los paganos a confrontar sus inquietudes con los judíos. Un privilegio rechazado Pero el judaísmo (Herodes) rechazó a Jesús. Entonces el camino queda libre para que los paganos puedan ir guiados por la estrella (fe) hasta el lugar mismo donde se encuentra el salvador. Todo privilegio tiene su correspondiente obligación. Y el evangelista recuerda que Israel estaba mucho más constreñido a recibir al Mesías, tenía las luces necesarias para descubrirlo en el niño Jesús. Incluso su nacimiento en Belén proclamaba a los cuatro vientos que el reino mesiánico había llegado. Pero el relato de los magos nos enseña cómo el judaísmo renuncia voluntariamente a su posición singular. No quiere ir al encuentro del Mesías. Lo rechaza. Más aún, lo considera un usurpador y un peligro. Y rehusando conducir al mundo gentil hasta donde se encontraba Jesús, renuncia voluntariamente a los privilegios que le otorgaba su situación de pueblo elegido. Y es entonces, y sólo entonces, cuando al paganismo se le abren las puertas para acercarse directamente a Jesús. Ya no precisa llegar al Salvador a través del judaísmo. El antiguo pueblo cede paso a uno nuevo. Abiertas desde temprano Al narrar este episodio de la estrella, Mateo está contando algo que en realidad sucedió después de la resurrección de Cristo. La mayor parte de los judíos rechazó a Jesús, a tal punto que en tiempos de Mateo las autoridades judías eran hostiles a los cristianos, los perseguían y encarcelaban. En cambio los paganos, es decir, los no judíos, aceptaron la nueva fe y se volcaron en masa a las comunidades cristianas. Entonces Mateo, frente a este fenómeno, hizo retroceder hasta el nacimiento de Jesús la llegada de los paganos, y cuenta como si ya con en su nacimiento Mesías se hubieran abierto las puertas del cristianismo a todos los pueblos gentiles. La estrella de los magos en el relato de Mateo no es pues ningún fenómeno celeste que haya aparecido realmente en el firmamento, sino el símbolo de la luz de la fe que brilla en las tinieblas del pecado cuando el salvador aparece en el mundo. Mateo plasma así una tesis nueva. Jesús, aun siendo judío y descendiente de David, es un Mesías con fuerza para ahuyentar del mundo entero las tinieblas del pecado, por más lejano que se encuentre el hombre, y en el desierto que sea. Para ello éste debe cumplir un solo requisito: dejarse guiar por la luz de la fe. La estrella sale para todos Los escribas y sumos sacerdotes reunidos por Herodes, al escudriñar la Biblia para averiguar sobre la estrella habrán encontrado seguramente no menos de 465 profecías sobre el Mesías, y más de 550 alusiones a él en las Escrituras. Y hasta le indicaron a Herodes el lugar exacto donde podía encontrar al Salvador, al verdadero rey de los judíos. Sin embargo ninguno se puso en movimiento. Los magos, en cambio, nos dejaron el ejemplo de quien está en actitud de búsqueda ante Dios. En nuestra vida suelen suceder hechos cargados de sentido que reclaman nuestra atención. Ciertamente si uno no se pone a investigar, a ver qué quiere decirnos Dios, vive más tranquilo, no se cuestiona, no se hace problemas. Pero no avanza, se mueve en un horizonte estrecho, mezquino, sin dimensiones, y se priva de lo que le ofrece su capacidad para progresar. Los magos estaban a la espera. Aguardaban. Y cuando apareció algo en su cielo, comprendieron que era el signo. No dudaron. No se dejaron enredar con falsas hipótesis. Iniciaron una larga caminata cargando el deseo de cumplir la voluntad de Dios, y de seguir adelante pese a todos los sacrificios que tal decisión implicaba. En la vida hay que seguir una estrella. Un ideal. Un proyecto de vida. Un modelo de santidad. Esa es la estrella que brilla para nosotros en nuestro cielo azul. Y hay que seguirla a pesar de todos los sacrificios que impone. Jesús nos espera al final. Autor: Ariel Alvarez Valdez
Ante todo, primero quisiera aclarar que no quiero crear ningún tipo de ánimo en favor o en contra de las religiones. Cada cual es libre de elegir en qué creer o no creer. Aquel que no le guste, puede pasar de largo. Comentarios fuera de lugar serán eliminados. Lo segundo que quisiera decir es que estos artículos son algunos trabajos de Ariel Alvarez Valdez, un teólogo algo controversial, pero con unas interesantes teorías sobre algunas partes de la Biblia cristiana y su interpretación. Quizás alguien se interese y comente. Queda aclarar que el mismo teólogo sugiere a aquellas personas sensibles en su fe o con un profundo convencimiento, eviten leerlo para no sentirse ofendidas por ciertas afirmaciones que pueden contradecir lo que uno cree desde pequeño. ¿CUANTOS FUERON LOS SANTOS INOCENTES ASESINADOS? Los santos inocentes Uno de los pasajes más terribles del Nuevo Testamento es, sin duda, el relato que hace San Mateo sobre la degollación de los niños de Belén. En el capítulo 2 de su Evangelio nos cuenta cómo, cuando nació Jesús, se presentaron en Jerusalén unos magos venidos de Oriente que le preguntaron al rey Herodes: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Herodes, que se consideraba el único rey de los judíos, se alarmó al oír esto pues pensó que se trataba de alguien que venía a quitarle su trono. Entonces envió a los magos hacia Belén, donde tenía que nacer el Mesías, con la recomendación de que una vez que lo encontraran se lo hicieran saber. Pero los magos, después de hallar a Jesús, en vez de volver a Jerusalén y avisarle al monarca, decidieron regresar a su país por otro camino. Cuando el rey Herodes se enteró de que los magos lo habían burlado se enfureció terriblemente y envió a sus soldados a matar a todos los niños de Belén y sus alrededores, menores de dos años, a fin de eliminar entre ellos a Jesús. Pero éste logró salvarse porque José y María huyeron a tiempo a Egipto, donde buscaron refugio (Mt 2,1-18). Innumerables cuadros, pinturas y representaciones cinematográficas han mostrado esta terrible escena del Evangelio de Mateo, con los pequeños arrancados de brazos de sus madres y cayendo bajo los golpes asesinos de los esbirros de Herodes. ¿Es posible saber cuántos niños habrán muerto en aquella ocasión? Bajando las cantidades Ciertos comentaristas antiguos han calculado en 3.000 los santos inocentes muertos ese día. La iglesia griega sostiene que fueron 14.000. Los cristianos sirios los elevan a 64.000. Y algunos han llevado la cifra a 144.000, pues piensan que el libro del Apocalipsis, cuando habla de los 144.000 muertos que no se mancharon con mujeres pues son vírgenes (14,1-5), se refiere a ellos. Pero en realidad Belén era una pequeña aldea en tiempos de Jesucristo, y su población no llegaría a los 1.000 habitantes. Por lo tanto los nacimientos no podían haber sido más de 30 por año. Como a su vez la mortalidad infantil era muy elevada en oriente en aquella época, es probable que sólo la mitad de los recién nacidos llegaran a los dos años, así que quedarían unos 15 niños. A éstos 15 hay que restarle la mitad, correspondiente a las niñas, que Herodes no tendría por qué haber mandado a matar, con lo cual nos quedan unos 7 niños sobrevivientes por año. Como Herodes mandó matar a las criaturas de “dos años” para abajo, las víctimas debieron de haber sido unas 14. Y quizás unas pocas más si la degollina se hubiera extendido a los alrededores de Belén, como dice el Evangelio. Esa cifra, pues, es la que más se aproxima a la realidad histórica. Sin embargo hoy los estudiosos han avanzado más todavía, y se preguntan: ¿es éste un relato histórico? Es decir, ¿ocurrió realmente la matanza de los niños inocentes? Llamar a la esposa muerta Cualquiera que sepa un poco de historia no dudaría en decir que sí. En efecto, el rey Herodes es ampliamente conocido en las crónicas judías por su carácter cruel y sanguinario, y sabemos que durante su gobierno no dudó en aniquilar a cuantos pretendieron ponerse en su camino o disputarle el trono, fueran éstos enemigos o parientes. Por ejemplo, cuando subió al trono de Jerusalén en el año 37 a.C. hizo matar a 45 partidarios de su rival Antígono, así como a numerosos miembros del Sanedrín, la corte suprema de los judíos. Dos años después ordenó ahogar en una piscina de Jericó a su cuñado Aristóbulo, a quien poco antes él mismo había nombrado Sumo Sacerdote, aunque sólo tenía 16 años y era hermano de su mujer predilecta. En el año 34 hizo matar a José, tío suyo y esposo de su hermana Salomé. Cinco años más tarde cometió el delito más trágico de todos: debido a simples calumnias que le habían llegado hizo matar a su mujer Miriam, de quien estaba locamente enamorado; y apenas fue ejecutada la sentencia el rey quedó tan enloquecido de dolor, que ordenó a sus sirvientes que fueran por los pasillos del palacio llamando a la muerta en voz alta, como si todavía viviera. Lágrimas para un funeral Pero sus crímenes no terminaron allí. A los pocos meses mandó matar a su suegra Alejandra, acusada de intrigar en su contra. En el año 25 mató a su cuñado Kostobar, nuevo esposo de su hermana Salomé. En el colmo de su crueldad, hizo matar a dos de sus hijos, Alejandro (el segundo) y Aristóbulo (el tercero), porque sospechaba que conspiraban contra él, así como a 300 oficiales partidarios de los dos jóvenes. Sólo cinco días antes de su muerte, hizo matar a su hijo mayor Antípatro, que estaba a punto de sucederlo en el trono; y tanto le agradó esta muerte que, aunque se hallaba gravemente enfermo, luego de la ejecución pareció recobrarse y mejorar de salud. Y cuando ya estaba a punto de morir, para poder concluir su vida con un acto digno de su temperamento brutal y feroz, como preveía que su fallecimiento iba a producir gran alegría entre sus súbditos y él quería que su pueblo llorara, hizo encarcelar en el hipódromo de Jericó a los representantes de las principales familias judías del país, y ordenó a su guardia que fueran degollados apenas él muriera. Así habría lágrimas en todo su reino el día de su funeral. Por todo este despliegue de crueldad y barbarie que exhibió Herodes a lo largo de su gobierno, la idea de unos cuantos niños asesinados en Belén por temor a que le disputaran el trono no resulta descabellada. El silencio de los inocentes Pero, y aquí viene la gran dificultad para aceptar este hecho como histórico, resulta extraño que semejante matanza de niños no figure en ningún otro documento de la época. Es más: un autor judío del siglo I, llamado Flavio Josefo, fue quien nos dejó escrita la vida de Herodes; y de él fue que hemos sacado todos los datos aberrantes arriba mencionadas sobre el monarca. Ahora bien, curiosamente él no menciona para nada el episodio de los niños de Belén. ¿Cómo es posible que Flavio Josefo, que sentía desprecio por Herodes, y que por esta razón se esmeró en dejarnos escrito el detalle de sus crímenes, incluso los privados y familiares, no se haya enterado de una matanza tan pública como la que ocurrió en Belén? El silencio del escritor judío, pues, ha llevado hoy a los biblistas a pensar que la muerte de los niños inocentes y la posterior huida a Egipto de la Sagrada Familia no deben tomarse como acontecimientos estrictamente históricos. Pero existe otra razón para desconfiar de la historicidad de esos hechos. Y es que los estudiosos han descubierto además un sospechoso parecido entre los episodios de la infancia de Jesús, y los episodios de la infancia y la vida de Moisés. En efecto, si analizamos lo que el libro del Éxodo cuenta sobre Moisés, y lo comparamos con lo que cuenta San Mateo sobre Jesús, veremos que ambos relatos coinciden asombrosamente. Vidas paralelas 1) Al nacer Moisés un rey (el faraón) da la orden de matar a todos los niños nacidos en Egipto (Ex 1,15-22). Al nacer Jesús, un rey (Herodes) da la orden de matar a todos los niños nacidos en Belén (Mt 2,16). 2) La orden del rey egipcio se debió a la desobediencia de las parteras (Ex 1,15-22). La orden del rey judío se debió a la desobediencia de los reyes magos (Mt 2,16). 3) Ejecutada la orden, Moisés salva su vida milagrosamente (Ex 2,2-3). Ejecutada la orden, Jesús salva su vida milagrosamente (Mt 2,13-14). 4) Moisés se salva en Egipto. Jesús se salva en Egipto (Mt 2,14) 5) Luego de un tiempo muere el rey egipcio persecutor (Ex 2,23). Luego de un tiempo muere el rey judío persecutor (Mt 2,19). 6) Entonces Moisés recibe la orden de volver a Egipto, porque han muerto los que intentaban matarlo (Ex 4,19). Entonces San José recibe la orden de volver de Egipto, porque han muerto los que intentaban matar al Niño (Mt 2,20). 7) Moisés toma a su mujer y a sus hijos, y vuelve a Egipto (Ex 4,20). San José toma al Niño y a su madre, y vuelve a Israel (Mt 2,21). 8) Moisés tiene que huir dos veces para salvarse de los gobernantes de Egipto (Ex 2,1-10 y 2,15). Jesús tiene que huir dos veces para salvarse de los gobernantes de Israel (Mt 2,13-14 y 2,22-23). ¿Por qué los dos relatos son tan parecidos? Ocurre que San Mateo compuso su Evangelio para una comunidad cristiana de origen judío, es decir, que tenía una formación y una cultura judías. Y sabía que los judíos veneraban grandemente a Moisés ya que él había sido el Salvador del pueblo y el Mediador de la Alianza con Dios. Ahora bien, Mateo no sabía demasiados detalles de la infancia de Jesús. Sí conocía los hechos de su vida pública, pero no los de su niñez. Entonces decidió contarla inspirándose en elementos tomados de la infancia de Moisés más que en datos estrictamente históricos. De ésta manera aprovechó para decir a sus lectores que Jesús era el nuevo Moisés que Dios había enviado a la tierra. El especialista en sueños Pero Mateo, en el relato de los niños inocentes, no sólo se inspiró en el Antiguo Testamento para la figura de Jesús, sino también para la figura de San José. En efecto, el evangelista también sabía muy poco sobre San José. O mejor dicho, no sabía nada, porque cuando Jesús se lanzó a predicar probablemente San José ya había muerto. Por eso no lo menciona nunca durante su vida pública. ¿Cómo representar, entonces, a este José del que no sabía nada? ¿Cómo caracterizarlo? Mateo, entonces, decidió describirlo con rasgos tomados del famoso José del Génesis, uno de los doce hijos de Jacob. ¿Y cuáles eran las características del José del Génesis? Era un especialista en sueños, pues Dios solía revelársele por este medio (Gn 37,19); y bajó durante su vida a Egipto contra su voluntad (Gn 37,28). Por lo tanto estas dos características serán las únicas que Mateo contará de San José. Por un lado lo mostrará como un soñador, a quien Dios le habla siempre en sueños (Mt 1,20; 2,13; 2,19; 2,22). Y por otro, lo mostrará bajando al país de Egipto contra su voluntad (Mt 2,14). Incluso San José será el único personaje de todo el Nuevo Testamento que aparezca viajando a este país. Por lo tanto, como San Mateo desconocía los detalles de la infancia de Jesús, quiso narrarla inspirándose en los personajes del Antiguo Testamento, de manera que Jesús será le nuevo Moisés, Herodes será el nuevo Faraón, y San José será el nuevo patriarca José. El sentido de una fiesta Desde épocas muy antiguas los cristianos, leyendo literalmente los Evangelios, buscaron celebrar la memoria de los niños muertos en Belén, ya que éstos aparecen en el Nuevo Testamento como los primeros mártires de Cristo. Por eso ya en el siglo IV apareció esta fiesta en el norte de África, donde la Iglesia de la ciudad de Cartago la conmemoraba todos los años con honda tristeza. En el siglo V la celebración pasó a Roma, y desde allí se extendió luego al resto de las Iglesias. Durante la Edad Media, la memoria de los Santos Inocentes fue ubicada el 28 de diciembre, es decir, pocos días después del nacimiento del Niño Jesús, para acercarla lo más posible al acontecimiento que lo originó. En el siglo XVI, el papa San Pío V la elevó a la categoría de fiesta litúrgica, y poco a poco fue cambiando el carácter luctuoso que tenía por el más alegre que actualmente posee. Pero si el relato de la muerte de los niños de Belén no fue un hecho exactamente histórico, ¿qué celebra entonces la Iglesia el día de los Santos Inocentes? Más que conmemorar a niños belenitas concretos y conocidos del siglo I, la Iglesia quiere recordar ese día a la inmensa multitud de hombres y mujeres que han dado su vida por mantenerse fieles a los valores cristianos, sea que hayan conocido o no a Jesucristo en sus vidas. Es lo que dice la oración de la misa de ese día: Señor, los mártires inocentes proclaman tu gloria en este día, pero no de palabra sino con su muerte. Ayúdanos a nosotros a testimoniar con nuestra vida la fe que confesamos de palabra”. Salvar de nuevo al niño San Mateo, en su relato de la matanza de los niños inocentes y de la huida a Egipto, no pretendió contar un hecho exactamente sucedido durante la niñez de Jesús. Lo que quiso fue explicar a los lectores que Jesucristo es el nuevo Moisés que los judíos estaban esperando para hacer una Nueva Alianza. Y esto lo dijo a su manera, es decir, contando que cuando Jesús era niño (como Moisés), debió afrontar una trágica persecución (como Moisés), y que logró salvarse milagrosamente del monarca que lo buscaba, aunque ello significó la muerte de otros niños inocentes (como Moisés). Enseñar esto a sus lectores era mucho más importante que relatarles detalles biográficos o cronológicos de Jesús, que por otra parte él conocía muy poco. Pero Mateo quiso también dejarnos a nosotros, los lectores de hoy, un mensaje. Y es que en todas las sociedades es posible encontrar hombres con ambición de poder, tiranos dominadores de las naciones, que no respetan a nadie, al grado tal de no dudar en eliminar a cuantos se interponen en su camino. Estos tiranos también se encuentran en las sociedades más pequeñas, en las instituciones, en las familias, y hasta en los grupos de amigos. Son aquellos que siempre quieren dominar, que no soportan la idea de que haya alguien por encima de ellos, y para los cuales las personas son simples escalones sobre los que se puede pisar para subir más arriba. Pero, según Mateo, estos dominadores no se dan cuenta de que, despreciando a los hombres, están enfrentando al mismo Dios. Por su parte, la tarea de la Iglesia es la de José y María: hay que tomar al Niño, es decir, a los débiles, a los desprotegidos del sistema, a los excluidos de la sociedad, a los amputados de oportunidades, y salvarlos. Porque en ellos se esconde, aunque no lo parezca, el Niño Dios. Autor: Ariel Álvarez Valdes También podés visitar: * ¿Nació Jesús un 25 de diciembre? * ¿El relato de los Reyes Magos es real? * ¿Dónde nació Jesús? * La estrella de Belén, ¿era una estrella?

Ante todo, primero quisiera aclarar que no quiero crear ningún tipo de ánimo en favor o en contra de las religiones. Cada cual es libre de elegir en qué creer o no creer. Aquel que no le guste, puede pasar de largo. Comentarios fuera de lugar serán eliminados. Lo segundo que quisiera decir es que estos artículos son algunos trabajos de Ariel Alvarez Valdez, un teólogo algo controversial, pero con unas interesantes teorías sobre algunas partes de la Biblia cristiana y su interpretación. Quizás alguien se interese y comente. Queda aclarar que el mismo teólogo sugiere a aquellas personas sensibles en su fe o con un profundo convencimiento, eviten leerlo para no sentirse ofendidas por ciertas afirmaciones que pueden contradecir lo que uno cree desde pequeño. ¿NO HABÍA LUGAR EN LA POSADA PARA MARÍA? Una fría noche de diciembre, de hace más de 2000 años, una joven pareja de esposos marchaban camino de Belén. El emperador de Roma, César Augusto, había ordenado un censo en todo el imperio, y cada súbdito romano debía ser empadronado en su propia ciudad. José, el carpintero, tenía que ir a censarse a Belén, de donde era oriundo. Junto a él, montada en un burro, viajaba María en avanzado estado de gravidez, afrontando un agotador viaje de más 150 km desde Nazaret. Su esposo se sintió más tranquilo cuando por fin entraron en la ciudad de sus antepasados. Abrigaba la esperanza de encontrar pronto un albergue, teniendo en cuenta la condición en la que se hallaba su mujer. Pero anduvo de casa en casa, y a todas las halló atestadas de gente. Es que el censo había hecho regresar desde los diversos puntos del país a muchos betlemitas, para inscribirse en los padrones romanos. En vano buscó un sitio donde acomodar a María para que pudiera dar a luz a su hijo. No lo encontró. De pronto divisó una posada. Allí sí conseguiría seguramente alojamiento. Pero la decepción fue enorme cuando el posadero le informó que no quedaba ningún rincón disponible. Por último José, con María que se movía pesadamente y que ya acusaba los dolores del parto, se dirigió a una cueva que servía de establo para los animales, y terminaron refugiándose dentro. En lo solitario de aquella gruta, María dio a luz a su primogénito, y lo recostó luego en un pesebre, es decir, en el recipiente donde se coloca la paja para comida de los animales, que por su forma alargada le sirvió de cuna. Porque los hombres a los que venía a salvar le cerraron sus puertas, el Hijo de Dios había nacido en un establo. ¿ESO RELATA LA BIBLIA? Pero esta narración así contada, y que hemos oído y meditado innumerables veces, especialmente al llegar la Navidad, plantea dos serios problemas. El primero es que no concuerda exactamente con lo que el Evangelio de san Lucas, del cual está tomada, pretende decir. En efecto, éste en ninguna parte afirma que María haya llegado a Belén casi en el momento de dar a luz. El texto sólo dice: "Y sucedió que mientras ellos estaban allí se le cumplieron los días del alumbramiento" (Lc 2,6). Tampoco cuenta el Evangelio que la pareja haya andado de casa en casa y de posada en posada buscando alojamiento. Esta es una simple deducción por el hecho inexplicado de que María haya dado a luz en una cueva destinada para refugio de los animales, y porque se afirma que no había para ellos lugar en la posada (Lc 2,7). LA IMPRUDENCIA DE JOSÉ El segundo inconveniente es que la historia, así entendida, suscita numerosas sospechas: a) Si José venía para una breve práctica administrativa, y teniendo en cuenta que en aquella época no era obligatorio para la mujer presentarse en el despacho del censo porque bastaba el jefe de la familia, ¿para qué llevaba a María hasta Belén? b) ¿Cómo fue tan imprudente de esperar hasta última hora, y viajar cuando ella ya estaba casi a punto de dar a luz? c) El varón justo y previsor, ¿no fue capaz de prever un lugar más decente para el alumbramiento de su esposa, sabiendo que el que venía al mundo era nada menos que el Hijo de Dios? d) Si él mismo era de Belén, y volvía a su propia ciudad, ¿cómo es que no tenía una casa donde alojarse? e) Considerando que para los pueblos de oriente la hospitalidad era un deber sagrado, en el que estaba en juego el propio honor, ¿no resulta extraño que nadie le abriera las puertas a José, ni siquiera un pariente, aun viendo el estado de María? Y TODO POR UNA PALABRA Estas preguntas indican ya que, así planteadas las cosas, estamos en un callejón sin salida. Pero todo el problema radica en que hemos hecho una lectura errónea de la Biblia, a la cual hemos agregado luego mucho de imaginación sobre lo que el texto cuenta. La culpa la tiene una palabra que, al ser mal traducida, creó confusión, y así estimuló la fantasía de generaciones de lectores. Se trata del vocablo griego katályma, que la mayoría de las Biblias traducen por posada, albergue, hospedaje. Así traducida esta palabra, la frase del Evangelio dice que no había para ellos lugar en la posada. Pero en el griego bíblico esta palabra tiene también otro significado, y es el de habitación, cuarto, es decir, una parte especial de la casa más bien apartada, o reservada. LA KATÁLYMA ¿Qué era realmente la katályma, en donde no había sitio para ellos? Para entender bien el sentido del Evangelio de Lucas, debemos ubicarnos en el ambiente de Palestina, donde las casas no constaban de varias habitaciones como pueden tener las nuestras actualmente. Con la precariedad de la edificación de entonces, las viviendas tenían tan solo una habitación central, en donde había de todo: armarios, herramientas, asientos, despensas, cocina. Y donde, llegada la noche, se extendían las esteras para el reposo nocturno, cada uno en su lugar preferido. Esta habitación central era, pues, el pequeño mundo doméstico alrededor del cual giraba toda la vida del hogar y el movimiento de las personas, más o menos como los cuartos de muchos de nuestros hogares campesinos. Pero además de la sala principal, las casas tenían adosado algún ambiente más pequeño, reservado, a veces empleado para depósito, o para eventuales huéspedes, con separadores agregados para mayor privacidad. Esta habitación servía sobre todo para cuando en la casa había alguna parturienta. Porque en Israel, cuando una mujer daba a luz un hijo quedaba impura durante 40 u 80 días, según fuera varón o mujer, por la pérdida de sangre que había sufrido. Y los objetos que ella tocaba, el lecho donde reposaba, o incluso cualquier lugar donde se hubiera sentado, quedaban impuros. Y si alguno tocaba a la parturienta, o entraba en contacto con algún utensilio rozado por ella, caía automáticamente en la impureza (Lv 15, 19-24). Y para los judíos una persona impura quedaba aislada socialmente, menguada ante Dios y ante los demás; no podía acudir al templo, ni relacionarse con nadie, hasta tanto terminaran los ritos de purificación, que eran complicados y llevaban su tiempo. De ahí las precauciones que se tomaban en cada parto, y el por qué se hacía residir en la katályma, es decir, en una habitación apartada de la casa, y no en el ambiente común, a la que acababa de ser madre. ASÍ, TODO ES MÁS CLARO Ahora supongamos por un momento que el evangelista Lucas, cuando escribió aquello de que no había lugar en la katályma, no estaba pensando en una posada, como traducen ordinariamente las Biblias, sino en la habitación de una casa particular, que es la otra posibilidad que ofrece esta palabra griega. Entonces, se aclaran de golpe todos los interrogantes, el texto evangélico aparece más coherente, y la figura de José vuelve a adquirir relieve como padre responsable y esposo prudente. Empecemos, pues, a leer ahora todo el relato del Evangelio a la luz de esta nueva explicación, sin interpretaciones arbitrarias ni añadidos espurios. Habiéndose enterado de que el emperador de Roma había ordenado un censo, José, que momentáneamente residía en Galilea, decidió volver a Belén, puesto que él era de allí (Lc 2,4). En el relato, lo más natural hubiera sido dejar en Galilea a su joven esposa María, ya que no era necesario que compareciera ante las autoridades del censo. Si la lleva consigo a pesar de la condición en la que se encuentra, es porque piensa radicarse un tiempo en Belén. Lo cual es lógico, teniendo en cuenta que él era de esta ciudad y que aquí tendría su parentela, sus bienes y sus posesiones. Si, pues, José tenía domicilio en Belén, entonces es justo pensar que traía a María para que se estableciera en su propia casa. Para ello se pusieron en marcha con tiempo, con la prudencia de los santos y para evitar las dificultades de último momento. El viaje les habría llevado unos diez días, por el camino largo y accidentado de entonces, y habrían arribado a su patria varios meses antes del parto. En este punto, afirma el Evangelio que mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento (Lc 2,6). Pero era la época del censo. Muchos betlemitas que habían regresado de todas partes colmaban la ciudad instalados en las habitaciones de las hospederías y casas particulares. También María y José habrían alojado en todas las dependencias de su casa a parientes y amigos. Es entonces cuando, próxima a la hora del parto, María advierte que no había lugar donde dar a luz digna y discretamente, sin molestar y sin ser molestada, y sobre todo sin convertir en impuros a todos los habitantes de la casa. Es decir, no había lugar en la habitación reservada de la casa, en la katályma. Por ello, sin ofender a ninguno de sus parientes, se retiraron a la gruta-establo, que todas las casas de Belén tenían, y aún tienen, para albergar a los animales. Y allí, en una gruta de su propia casa, adaptada como refugio y adecentada por José lo mejor posible, poco después María dio a luz a un niño. Las demás mujeres la ayudaron a envolverlo en una frazada. Y como cuna tomaron un pequeño pesebre, es decir, un cajón donde se ponía el alimento para los animales domésticos, lo limpiaron bien, le pusieron heno fresco y lo cubrieron con un paño. Es esto lo que se deduce si leemos el texto, que correctamente traducido ahora dice: Y dio luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían lugar en la sala (Lc 2,7). PARA ELLOS, NO HABÍA LUGAR Por eso a continuación el evangelista Lucas, siempre preciso en sus detalles, aclara que no había lugar, pero sólo para ellos. Lo cual indica que para otros sí hubiera habido un lugar cualquiera para descansar, ya que las camas en Palestina no son sino una estera extendida en el suelo. Pero para ellos, que debían observar las prescripciones de la Ley judía, referentes a la impureza ritual, para ellos no. Según Lucas, pues, no fue en una gruta cualquiera de Belén donde tuvo lugar el nacimiento de Jesús, sino en una de las grutas de la casa familiar de José, destinada para establo. Y tampoco nació en medio de animales, como suele representarlo la tradición. Al menos el Evangelio no lo dice. El hecho de que José haya sido un hombre precavido, y el haber tenido suficiente tiempo para preparar la gruta, evitaron sin duda semejante irresponsabilidad. El dato de la presencia del buey, el asno y otros animales en el pesebre ha sido tomado, en realidad, de un libro apócrifo llamado El Proto Evangelio de Santiago (14,1-2), pero no del Nuevo Testamento. Es decir que, en la intención del evangelista Lucas, fue en una de las grutas destinadas para establo de la casa de familia de José en Belén donde tuvo lugar el nacimiento del Mesías. Que en el griego de Lucas la palabra katályma significa la habitación reservada de una casa, y no una posada, lo confirma el episodio de la última cena. Cuando Jesús da las instrucciones a Pedro y a Juan para llegar hasta una casa de la ciudad y preparar la Pascua, les indica: "Y díganle al dueño de la casa: dice el Maestro dónde está la sala (katályma) en la que pueda comer la Pascua con mis discípulos" (Lc 22,11). Es decir, que Jesús no celebró la última cena en ninguna posada sino en una casa, cuyo dueño le preparó una habitación reservada para él y sus apóstoles. Y lo confirma la parábola del buen samaritano. Cuando Lucas relata que aquél llevó al herido hasta una posada, usa la palabra pandojéion para referirse a ella, y no katályma. En conclusión, y más allá de cómo fueron en verdad los detalles históricos del nacimiento de Jesús, el Evangelio de Lucas no dice que Jesús haya nacido en una gruta cualquiera debido a que sus padres no hallaron una posada. Porque cuando Lucas usó la palabra katályma, no pensaba en una posada sino en la habitación reservada de una vivienda, en este caso de la vivienda de María y de José, donde la sagrada familia vivía desde hacía tiempo. Finalmente, la tradición arqueológica comparte este modo de pensar. En efecto, en la ciudad de Belén todavía existe la gruta que durante siglos ha sido identificada por los peregrinos como la del nacimiento de Jesús. Y todos los estudios arqueológicos que se realizaron en torno a ella revelan que no se trata de una cueva cualquiera, perdida en el meandro de algún sendero palestino, sino incorporada a una vivienda como recinto estable. En lugar de aquella casa, hoy se ha construido una majestuosa basílica que la conmemora. Algunas parroquias, cuando llega la Navidad, suelen teatralizar el episodio navideño con escenarios infantiles, en los que María y José, después de ser rechazados de varias partes, terminan amparándose en un establo, donde puede nacer el Niño. Este cuadro, con la llegada a Belén a última hora y de noche, golpeando atolondradamente las puertas de las casas y posadas, y recibiendo un rechazo en todas partes, pinta la figura de un pobre José irresponsable, obrando con negligencia, metiendo en una gruta infecta de animales a su esposa para que diera a luz, y cuya torpeza podría haber provocado en ella un mal parto. Pero en realidad se trata de una triste deformación. José de Belén fue un verdadero padre para Jesús y un auténtico esposo para María, y su papel resultó esencial en el plan de Dios. LA ENSEÑANZA QUE QUEDÓ Para nacer, Jesucristo tenía preparada su habitación, su techo, su casa. Eran suyas. Su padre legal, José, se las había aprontado para cuando el viniera a este mundo. Pero por razones circunstanciales, en el momento de su alumbramiento había otros que la necesitaban. Entonces José, con un gesto decidido determinó dejar el lugar previsto y bajar al tosco establo. Dicen los psicólogos que las experiencias prenatales influyen de un modo terminante en los niños. Sea como fuere, este suceso, que ilustra desde un principio la educación que recibiría Jesús en su hogar, habría de marcarlo para siempre. Jesús no nació pobre porque las circunstancias así lo exigieron, sino por una opción libre de José. Y cuando creció, decidió abrazar perpetuamente la pobreza, a la que fue fiel durante toda su vida. Vivió pobre, compartió lo que tenía, se rodeó de los más necesitados, comió lo que le daban, y murió en la más absoluta indigencia. Jamás exigió nada para él. No quiso ocupar algo que a otros podría hacerles falta. Se lo vio aplicarconstantemente el principio de que si alguien necesitaba su habitación, él debía bajar al establo. Al fin y al cabo, su padre José se lo había enseñado. Autor: Ariel Álvarez Valdes También podés visitar: * ¿Cuántos fueron los Santos Inocentes asesinados? * ¿Nació Jesús un 25 de diciembre? * ¿El relato de los Reyes Magos es real? * ¿Dónde nació Jesús? * La estrella de Belén, ¿era una estrella?