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¿Por qué algunos evangelios no cuentan la infancia de Jes

Info8/13/2013
Ante todo, primero quisiera aclarar que no quiero crear ningún tipo de ánimo en favor o en contra de las religiones. Cada cual es libre de elegir en qué creer o no creer. Aquel que no le guste, puede pasar de largo. Comentarios fuera de lugar serán eliminados.

Lo segundo que quisiera decir es que estos artículos son algunos trabajos de Ariel Alvarez Valdez, un teólogo algo controversial, pero con unas interesantes teorías sobre algunas partes de la Biblia cristiana y su interpretación. Quizás alguien se interese y comente.

Queda aclarar que el mismo teólogo sugiere a aquellas personas sensibles en su fe o con un profundo convencimiento, eviten leerlo para no sentirse ofendidas por ciertas afirmaciones que pueden contradecir lo que uno cree desde pequeño.


¿Por qué algunos evangelios no cuentan la infancia de Jes

¿Por qué algunos evangelios no cuentan la infancia de Jesús?

El primer evangelio, el de Marcos, nada nos dice sobre la infancia de Jesús. ¿Por qué esta ausencia? ¿Y por qué sí nos hablan de ellos Mateo y Lucas, mientras que Juan habla de la preexistencia de la Palabra? Tantas preguntas, merecen un intento de respuesta.

Si abrimos los cuatro evangelios, veremos que comienzan de manera diferente. San Mateo se inicia con la infancia de Jesús. San Marcos, en cambio, con la vida ya adulta del Señor. San Lucas vuelve otra vez a presentar los relatos de la infancia. Y San Juan va más atrás todavía, cuando Jesús vivía en el cielo al lado de su Padre, antes de venir a la tierra. ¿Por qué los evangelistas difieren en su manera de comenzar la historia de Jesús? ¿No todos conocían la vida completa del Maestro? ¿O creyeron que algunos episodios no merecían ser incluidos en sus evangelios?

Para contestar estas preguntas debemos tener en cuenta que la persona de Jesús no fue entendida de golpe sino gradualmente por los primeros cristianos. Y que pasaron muchos años antes de que comprendieran que ese Jesús que había vivido y caminado por Palestina junto a ellos era el Hijo de Dios. Y esto influyó en la manera de empezar a escribir los evangelios.


El muerto que está vivo

Cuando los apóstoles se enteraron de la muerte y la resurrección de Jesús, salieron a predicar esta increíble noticia. Era algo tan extraordinario, tan maravilloso, tan inaudito, que se convirtió en el único mensaje que les importaba comunicar a la gente. De todas las formas posibles buscaban convencer a sus oyentes de este gran prodigio, nunca antes ocurrido, y que ahora Dios había hecho con Jesús.

Sí. Es cierto que ellos habían presenciado otras resurrecciones. La de Lázaro, por ejemplo (Jn 11). O la de la hija de Jairo (Mc 5,21-43). O la del hijo de una pobre viuda en el pueblo de Naím (Lc 7,11-17). Pero todas estas personas, al resucitar, habían vuelto a la tierra. Y después tenían que morir otra vez. En cambio Jesús era la primera persona que había resucitado para no morir nunca más; que había logrado vencer a la muerte para siempre. Era una noticia extraordinaria, muy buena. Por eso la llamaron “evangelio” (que en griego significa “la buena noticia”).

Y esto los llevó a comprender que Jesús se había convertido en Mesías, y que por lo tanto había pasado a ser el Hijo de Dios gracias a su muerte y resurrección. Por ello, lo único que predicaron los cristianos, durante la primera etapa de la vida de la Iglesia, fue que Jesús había muerto y resucitado, y que así se había convertido en Hijo de Dios.



¿Hijo de Dios desde cuándo?

Esto lo encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que contiene el eco de las antiguas prédicas de los apóstoles. Por ejemplo Pedro, en el sermón pronunciado el día de Pentecostés, decía a la multitud reunida: “Dios ha resucitado a Jesús. Por lo tanto, sepan con certeza que Dios lo ha convertido en Señor y Mesías a este Jesús a quien ustedes han crucificado” (Hch 2,32.36). Y ante las autoridades judías, a donde fueron llevados los apóstoles por anunciar el Evangelio, Pedro explica: “Dios ha resucitado a Jesús, y lo ha exaltado con su poder para convertirlo en Guía y Salvador” (Hch 5,30-31).

San Pablo explica a los judíos que, cuando Dios resucitó a Jesús, se cumplió una profecía que decía: “Hijo mío eres tú, pues yo te engendré hoy” (Hch 13,32-33). También en las cartas de Pablo, que son los escritos más antiguos del Nuevo Testamento, hallamos la misma idea. A los romanos les escribía: “Su Hijo nació de la familia de David humanamente hablando; pero fue hecho Hijo de Dios por el Espíritu
Santo gracias a su resurrección” (1,3-4). Y a los filipenses: “Jesús se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso Dios lo elevó sobre todo y le concedió un título (el de Señor), que está por encima de todos” (2,8-9).


El nacimiento de la pasión

Los primeros cristianos, pues, predicaban que recién en la resurrección Jesús pudo alcanzar la gloria de Hijo de Dios que no tuvo durante su vida. Así hallaron respuesta a por qué su actividad y su ministerio en la tierra habían sido tan humildes: porque Dios le reservaba sólo para después de su muerte un lugar glorioso y un título divino. Por lo tanto, cuando los cristianos quisieron poner por escrito algo de la vida de Jesús, lo único que les pareció importante escribir fueron los detalles de su muerte y su resurrección.

Así, nacieron los relatos de la pasión del Señor: el prendimiento, la flagelación, las humillaciones de los soldados, las negaciones de su amigo Pedro, la coronación de espinas, el juicio ante el gobernador Pilato, la crucifixión, las burlas de la gente, las horas de terrible agonía, su muerte como un delincuente, y finalmente la triunfante resurrección.

De los evangelios, pues, lo primero que se escribió fue lo último; es decir, la sección conocida con el nombre de los “Relatos de la pasión”.



Saber más sobre el Maestro

Pero a medida que pasaban los años la Iglesia entró en una segunda etapa. Los que se habían convertido al cristianismo ya no se contentaban con saber cómo había muerto y resucitado Jesús. En sus reuniones buscaban conocer un poco más sobre su persona: qué cosas había hecho, qué mensaje había enseñado, en dónde había vivido, cómo fue su vida.

Entonces empezaron a redactarse algunas colecciones de sus frases más famosas, sus dichos más recordados, sus parábolas, sus milagros más espectaculares. Y en forma de hojitas sueltas eran empleadas para la catequesis de los cristianos que querían profundizar un poco más la doctrina del Maestro.

Con esta información a mano, y con la ayuda del Espíritu Santo, los cristianos fueron profundizando el misterio de la persona de Jesús. Comprendieron que Él no podía haber enseñado verdades tan sublimes si en esa época no era ya el Mesías. Y descubrieron, así, que Jesús era el Mesías y el Hijo de Dios no a partir de la resurrección, sino desde antes: desde su vida pública. Que Dios lo había nombrado su
Hijo cuando Jesús salió a predicar. La resurrección no hizo más que manifestar públicamente lo que ya sucedía en Jesús desde que fuera bautizado por Juan.


Un Hijo en secreto

Ese material de parábolas, dichos y milagros, se volvió tan importante como el de la pasión. Y entonces un escritor, a quien llamamos Marcos, decidió juntarlo a los relatos de la pasión, y así nació el primer evangelio.

Como Marcos tenía este nuevo enfoque, es decir, que Jesús era Hijo de Dios ya en el momento del bautismo, y no sólo al resucitar, empezó su evangelio diciendo que cuando Jesús se bautizó una voz del cielo dijo: “Tú eres mi Hijo amado” (Mc 1,9-11).

De esta forma quedaba claro a los lectores que Dios lo reconocía a Jesús como su Hijo ya en ese momento. Pero, según Marcos, los discípulos jamás se dieron cuenta de esto, ni tampoco las demás personas. Y Él no se preocupó de revelarlo abiertamente a nadie porque no habrían sido capaces de entenderlo.

Por eso, si bien el evangelio de Marcos afirma que Jesús es Hijo de Dios desde el día de su bautismo, nunca nadie lo reconoce así públicamente. Sólo en el momento de su muerte, el secreto es descubierto por un centurión romano que estaba al pie de la cruz, y que al verlo morir exclama: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mc 15,39). Y nadie más.


Infancia interesante

Unos años más tarde la reflexión de la Iglesia entró en una tercera etapa. Porque los cristianos, que amaban y seguían fervientemente a Jesús, querían saber más todavía sobre su vida: quiénes fueron sus antepasados, en dónde había nacido, dónde se había criado. Y en esta búsqueda de información fueron apareciendo nuevos relatos, que narraban los hechos de la infancia del Señor. Y en la meditación de estos relatos, los primeros cristianos hicieron un nuevo descubrimiento: que Jesús era hijo de Dios no en
el momento del bautismo sino ya en su infancia; más aún, en el momento mismo de su concepción; cuando su madre la Virgen María lo engendró, ya era el Hijo de Dios.

Al aceptarse esta nueva idea, los relatos de la niñez de Jesús también pasaron a ser importantes, y empezaron a ponerse por escrito. Nacieron, así, los relatos de la infancia, en los cuales ya se dice expresamente que Jesús es Hijo de Dios. Por ejemplo, se cuenta que al poco de nacer el niño Jesús, su familia tiene que huir a Egipto, para que se cumpliera la profecía que anunciaba: “De Egipto llamé a mi Hijo” (Mt 2,15). Y cuando en la anunciación el ángel le comunica a María su embarazo divino, le dice dos veces que el niño que va a nacer será llamado Hijo de Dios (Lc 1,32.35).

Por eso cuando, poco después, escribieron sus obras Mateo y Lucas, en vez de comenzar sus evangelios con el bautismo de Jesús (como Marcos) resolvieron incluir este nuevo material de la infancia del Señor.



Descubierto en la tormenta

Los evangelios de Mateo y Lucas, pues, como contaban que Jesús era Hijo de Dios desde su nacimiento, no podían decir que en su vida pública nadie lo sabía (como decía Marcos). Por eso retocan algunos de sus pasajes a fin de afirmar que su filiación divina era conocida ya por sus discípulos. Así, después de que Jesús camina sobre las aguas dice Mateo que todos los discípulos arrodillados le dicen: “Verdaderamente tú eres Hijo de Dios” (Mt 14,33).

Y cuando Jesús pregunta a sus discípulos qué opinan de él, Pedro le contesta: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo” (Mt 16,16). Y cuando muere Jesús, en vez de decir, como Marcos, que sólo el centurión romano lo reconoce, dice que todos los guardias que estaban con él, confiesan a coro “Verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mt 27,54).

Lucas, por su parte, dice que Jesús mismo se encargó de revelar a sus discípulos que él era el Hijo de Dios al decirles: “Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre; y nadie sabe quién es el Padre sino el Hijo, y aquéllos a quienes el Hijo quiera contárselo” (Lc 10,22).


Allá arriba, y desde siempre.

Fueron pasando los años, y cerca ya del final del primer siglo la Iglesia entró en la cuarta y última etapa de su reflexión sobre este tema. Los cristianos, remontándose más atrás aún del nacimiento de Jesús, llegaron a una nueva conclusión: que Jesús era Hijo de Dios mucho antes de nacer. Mejor dicho, que desde siempre había sido Hijo de Dios. Que nunca había “empezado” a ser Hijo de Dios, sino que lo fue desde toda la eternidad. Jesús no comenzó a existir cuando María quedó embarazada, sino que
“pre-existía” desde antes de la creación del mundo, en el cielo, junto a Dios.

En esta época escribió su evangelio Juan. Y él también comenzó, igual que los otros tres, desde el bautismo de Jesús. Pero luego se dio cuenta de que quedaría más completo si añadía esta nueva idea. Y por eso, en vez de poner los relatos de la infancia como Mateo y Lucas, se fue más atrás todavía y añadió, a manera de prólogo, un hermoso himno que cantaban los cristianos en sus reuniones litúrgicas sobre la
preexistencia de Jesús, y que empezaba así: “En el principio ya existía la Palabra; y la Palabra estaba con Dios; y la Palabra era Dios” (Jn 1,1).



Un libro al revés

Hoy, cuando leemos los evangelios, empezamos por la infancia de Jesús, seguimos con su vida pública y terminamos con su muerte y resurrección. Sin embargo fueron escritos al revés. Primero se compuso su muerte y resurrección, luego su vida pública, y finalmente su infancia. Esta composición inversa obedece a la comprensión gradual que los primeros cristianos tuvieron sobre Jesús como Hijo de Dios.

En un primer período, la resurrección de Jesús fue el único dato de su vida digno de mencionarse, el único “evangelio”. Por eso las cartas de Pablo y los Hechos de los Apóstoles nunca cuentan ningún hecho histórico de la vida de Jesús, fuera de su muerte y resurrección. Los episodios anteriores no tenían mayor valor ni merecían ser contados, pues se pensaba que él todavía no era Hijo de Dios.

Cuando los cristianos reflexionaron más tarde sobre la identidad de Jesús, y entendieron que era Hijo de Dios ya durante su ministerio, no hubo dificultad en recopilar toda la información sobre su vida pública, sus dichos y sus milagros. Entonces la vida pública de Jesús cobró también importancia, entró en la categoría de “evangelio”, y fue incluida en la obra que compuso Marcos.


Costó trabajo, pero se aclaró

Tiempo después la cristología siguió progresando. Se comprendió que Jesús era Hijo de Dios desde su misma concepción, y así los relatos de la infancia también pasaron a ser importantes y pudieron ser añadidos como “evangelios” en los escritos posteriores de Mateo y Lucas. Finalmente, con la iluminación del Espíritu Santo, se supo de la preexistencia de Jesús como Hijo de Dios, desde antes de su nacimiento. Y entonces el cuarto evangelio incluyó la novedad, en el himno de su prólogo.

Los primeros cristianos no entendieron de golpe quién era en realidad Jesús. Lo fueron descubriendo de a poco, con esfuerzo, reflexión y oración. La persona de Jesús era tan misteriosa, tan inconcebible, tan fuera de toda lógica, que llevó muchos años convencerse de que ese Jesús que había comido con ellos, caminado por sus plazas, entrado y dormido en sus casas, a quien habían visto y tocado, era nada menos que Dios en persona que los había visitado en la tierra.

Hoy también nos cuesta creer que Jesús siga vivo entre nosotros. Que continúe paseando en medio de nuestras calles y asista a nuestras reuniones. Porque la persona de Jesús, en parte, sigue siendo desconocida para muchos creyentes. Por eso debemos hacer el mismo esfuerzo de aquellos primeros cristianos, y poco a poco entender quién es este Jesús que pasó por la tierra y que sigue aún vivo de una manera misteriosa. Sólo así, gradualmente, como los evangelistas, podremos saber qué quiere de nosotros hoy, ahora, que lo estamos conociendo mejor.

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Autor: Ariel Alvarez Valdés

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