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Primer post: 8 ene 2009Último post: 11 sept 2009
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la Hora del Demonio
la Hora del Demonio
ArteporAnónimo7/5/2009

Ante todo, es esta noche acorde para compartir con ustedes, gente del universo, este relato que tenía oculto por ahí, quién sabe.. Acaso porque los demonios saben de estas cosas de no hacerse mucho notar. Sin embargo, es ahora su tiempo. Y que toda esta trama de tiempo cargue en ustedes siquiera un rango de empatía. Eso estará muy bien. La Hora del Demonio —No guardarás en caracteres esto que te voy a decir —sentenció el demonio, su brazo siniestro arremangado en los bolsillos del saco sin arrugar. Mas el humano se apretujaba ya contra la máquina de escribir, la boca sedienta, los ojos en cemento, el corazón loco de intensidad. Era ésta la oportunidad que estaba reclamando. Sabía de sus limitaciones, de sus defectos y de su suerte apestosa. Harto estaba ya de esperar por la voz del poderoso. Harto estaba de ser esquivado en sus preguntas, acerca del peso muerto que angustiaba a aquel ídolo interno. No había mucho tiempo. ¿Por qué continuar obedeciendo? El demonio pensaba. El humano preparaba las hojas. Corrientes amenazaba con desgarrarse. Y el demonio dijo: «Alguna vez me topé con el paradigma de una existencia inolvidable. Era ella una nena esplendente. Cabían en su sola palma todos los sistemas generadores de luz, de vida, de sentimientos. Tenía en cada rasgo, en cada poro de piel, en cada porción de carnosidad, el maléfico gravamen de una tortura dedicada para todo aquel quien osara descubrirla. Y en su alma transparente podía leerse un manifiesto de bondad, un castigo irreprochable hacia todo aquel que se abandonare a su tentación. Dolía esa criatura por ser tan especial. Provocaba enorme sufrimiento con su insoportable atracción. No era aconsejable para los mortales. Ni siquiera lo era para mí. —¡Dije que no guardaras lo que te estoy diciendo! —golpeó con coraje el demonio sobre el derrotado escritorio de oficina. Mas el humano, ajeno y lejano de todo temor reverencial, agilizó los dedos sobre teclas sabuesas, escuchando y anotando más, olfateando dichoso la rigurosa situación que describía aquel ser, como parte de su imaginario personal. ¡Qué terrible momento para desnudar el espíritu! El demonio gritaba. El humano escribía. Corrientes preparaba su fin. Y el demonio dijo: «Era ella tan hermosa. Demasiado para ser aconsejable. Pero a pesar de todo, la quise para mí. Nunca había fallado en lo que deseaba. Y por una vez en el infinito, accedí a jugar de verdad. La seguí, hasta que la fiebre de esas noches inquebrantables me empujaron lejos. Tan lejos, que ya no la pude ver: Aún así, la busqué. Me aprendí los acordes de canciones jamás compuestas, sólo para verla danzar. Alimenté relatos ingenuos para descifrar las huellas de su influjo. Mas ella no captó el mensaje. Aún todo, la esperé. Me revolqué en mis miserias y vagué el universo soñando con su maldad. No la pude encontrar. —Mas no deberías anotar esto que estoy relatando —señaló el demonio con el rostro sosteni-do en su palma y la tristeza empañándole el reloj. Las horas no lo contenían más. Pero el humano trabajaba en la máquina, ansioso ahora por conocer el lado flaco del señor indecible. Había algo que no encuadraba en aquello. Y era el escribiente el encargado de averiguarlo, de testimoniarlo con caracteres de realidad. Un momento impagable en su trabajo inútil. Al fin la historia derritiéndose en la persistencia de la memoria. Toda una obra maestra. Y ¡qué importaba lo demás! Dentro, el humano se encarnizaba. Dentro, el demonio se sinceraba. Fuera, Corrientes empezaba a detonar. Y el demonio todavía dijo: «Desde entonces, solo he sufrido mucho, sólo por conocer su existencia. Y es ese dolor el que me ha hecho vulnerable. Tengo llagas consumiendo mi niebla. No es éste el ideal de un espectro que debe mostrar siempre su lado temible. Con lo demás, ya no estoy tan seguro de mi poder. Es lamentable tener que andar tomando frases y palabras prestadas para modificarlas y tratar de hacerle entender que hay algo que se hace insuperable. Que sangra en mi cuaderno desde algún insólito nivel. Y que me está dejando inactivo. —Y ya no anotes esto que te digo —prescribió el demonio entre dientes quejosos. Sufría desde los tres costados, desde las tres dimensiones de su realidad. Se apagaba como lámpara lesio-nada, a chispazos lentos. Pero el humano aun más se encendía en pasión. Y sabiendo de las ventajas de tanta confesión irrepetible, apuraba la pluma mecánica y concentraba su arte en aquel relato que el demonio vomitaba, después de tantos años de indigestión. Era el demonio. Y era el humano. Corrientes había caído. Ya no era nadie más. Pero el demonio aún decía: «He soñado con ella desde incoherentes estados. He imaginado la perfección sólo con tocar su cuerpo. He estrellado mi genio con la memoria de sus dedos hundidos en el centro de un pastel, en la carne de mi corazón. He vuelto por última vez a ella, con un silencio paralizante después de algún obsequio celoso y desinteresado. Y todo eso que hoy me revuelve en pasado discontinuo, me está hundiendo sin misericordia. Y ya no sé qué hacer. —Y tú, efímero humano, no deberías disfrutar de esto que te estoy confesando —advirtió el demonio, por primera vez decidido a no dejarse ignorar—. Es mi verdad una carga insostenible, una pesada muralla que pronto se te volverá en contra. Porque no estás tan lejos de comprender nuestros problemas. No lo creas. Porque no lo estás. Pero el humano, loco de satisfacción al encontrar el punto crónico de aquel fantasma que siempre lo hubo dominado, reía y escribía y sacudía su cabeza en negación. Aquello no podía ser verdad. El poderoso demonio se había perdido por una mujer. Una mujer llamada... —Y, ¿cuál es el nombre de aquélla que envenena tu inmortalidad? —preguntó entre carcajeo el hombre, alzando la voz contra el estruendo de la Corrientes–Babilonia que concluía por inclinarse, por devastarse, por perecer. Y el demonio dijo: —He conocido su nombre. Pero no deberías escribir más, por favor —suplicó el demonio, hecho cenizas detrás de la sombra del escribiente. Su nombre es... Y cuando el escribiente, el humano, advirtió sus oídos invadidos de la seducción de ese nombre conocido, no pudo seguir. Porque entendió que el demonio y el humano eran la misma persona. Y aunque el mundo se hubiese devastado, concurría aún un motivo, un sólo motivo por el cual resurgir, si existía en algún punto el mito de la resurrección. Era el nombre iniciado en cada una de las veintiocho letras de los caracteres terrestres, que suponía una ventaja decisiva en el conocimiento de su dueña frente a la miseria de un humano que se creyó dueño del mundo, y que ahora era dueño de la nada. Entonces, el demonio calló. Y en el silencio de un mundo perdido, todo lo necesario para perder definitivamente el control de su existencia estaba encerrado en ese trozo de alma convertida en papel. Y el humano pensó. «Tal vez el demonio tenga razón. La conciencia de la verdad representaría demasiada ventaja y demasiada dependencia para alguno de los dos. »Pero, ¿para cuál de nosotros dos? Pronto, la rebeldía y la duda lo cargaron de osadía, y en un segundo de inspiración, a manera de epitafio de una vida vacía y terminada, el humano escribió: Ella tiene un nombre. Y ese nombre es el que a todas nombra. Su nombre es... Mas aún, el demonio lo interrumpió. «No deberías grabarlo humano, no en este papel». Y contra el cataclismo de una vida que se extinguía, o que comenzaba a hacerlo, la cobardía retomó el control. Y tanto humano como demonio tomaron consideración de su inútil historia. ¿Y para qué dejar en esta tierra baldía, un vano testamento de lo que su yo interior deseó? Mejor sería llevárselo consigo... Aunque fuese ya demasiado tarde. Buenas noches

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Relatos Para Unos Pocos (Propios)
Relatos Para Unos Pocos (Propios)
ArteporAnónimo1/8/2009

Enero ocho 2009 Hola Taringueros, aquí les acerco unos textos de mi autoría. Para aquellos que gusten de la Literatura, sabrán decirme si encuentran algún destello en la noche oscura. Que lo sufran o lo disfruten. Desesperación La tarde ha caído afuera y en mi habitación, un sonoro estampido me ha abrigado con su calor. El viento a menudo me lleva al borde del abismo. Ya no existen sueños que protejan mi ilusión. La ilusión de querer ser el mejor. Salgo a la calle de la mano de mi sombra. En la esquina, terribles espectros agitan sus cuerpos al percibir mi figura. Y se dirigen, presurosos, a interceptarme. Mas yo ya no quiero pelear. Ya no puedo más. Finalmente, el invierno de mi alma ha terminado por destrozar mis sentidos. Es hora de que me entregue. Para que todo acabe de una maldita vez... A menos que aún tenga algo por qué vivir. Ahora la duda revolotea en mi cabeza, como ciegas mariposas danzando en la noche. ¿Acaso no estabas tú de mi lado? ¿O es sólo que tengo temor a lo que desconozco? No entiendo a qué me estoy aferrando, para seguir. Y cuando ya los tengo encima, echándome su fétido aliento, comprendo todo. No tengo porqué dejarme atrapar. Aún puedo combatir. Empiezo a correr una vez más, desesperado, por las calles apenas iluminadas. Alaridos de angustia escapan de mi trémula garganta. Caballeros de mirada fría y andar elegante, ocultan su ayuda bajo anchos sombreros de copa. Y comprendo que estoy solo en esto. Y ellos se acercan... Entonces, me apresan. Siento sus garras clavarse en mi ser, y el desgarro de la carne joven me produce un dolor inhumano. Y luego, delante de mis ojos, por encima de sus deformes rostros, un valle se abre profundo, misterioso, infinito. Y ya no hay marcha atrás. Vagando sin rumbo por toda esa inmensa oscuridad, me llega tu dulce y apacible voz, trastornada por un llanto inesperado y lastimoso, mientras el olor acre de la pólvora me descompone en partículas invisibles. Y casi ya no puedo comprender aquello que me estás gritando... ¿Por qué lo hice? No lo sé, preciosa. A lo mejor me cansé de esperar tu amor. Comenten. A ver si sigo subiendo. Gracias. Buenas noches. Enero catorce 2009 Bueno gente, cumplo en subir otro escrito de mi autoría, dedicado a mis amigos comentadores y a aquellos que de una u otra manera sintieron curiosidad respecto de mis letras.. Ésta va de bares y caídas ¿Quién no las ha sufrido ya? No se sientan afortunados.. Algo Escrito (En Lenguaje De Delirio) Y un día, el vago sonido de la locomotora me aletargó. Y recordé. Recordé cuando un extranjero de acento difuso se aproximó a la barra de alcohólicos. Y él me habló con su semblante de vendedor de seguros. Me habló, mientras yo gastaba la vista en lágrimas y el dinero en más botellas, con la misma habilidad de un ilusionista gitano: Casi como una maldición. Y entonces supe que ese personaje se había equivocado —al menos una vez— de agujero. Él no debía estar allí, ahorcado con la soga de los sin futuro, aspirando el mismo carbono venenoso que empañaba los sórdidos cristales de la conciencia. Pero el extraño me hablaba. Irritaba los suelos rayados de vómito. Fluctuaba como una mosca insolente. Y se ponía gris. Demasiado gris. Y recordé. Y me vi tomándolo por su chaqueta de cuello almidonado. Y lo impulsé con la furia del alcohol hacia las banquetas de póquer y cigarrillos baratos. Se lo merecía. Nadie debe decirte lo que tú no eres capaz de manejar. Y cuando él se levantó, la policía amiga se lo llevó como a un perro. Y yo reí. Porque así era como terminaban esos tipos en mi taberna. ¡Duro con ellos, viejo! Yo me quedaré por aquí, buscando un recuerdo más simpático que éste único que me queda por vender. Ya no tengo muchas cosas rescatables. Sólo algo escrito en lenguaje de delirio. Pero aquí, atorado en el agujero de mi ácido departamento, todavía recuerdo. Y vuelvo a descubrir que, a pesar de haberte perdido, aún te llevo en mis maletas de viaje. Y que tu asquerosa mascota ya no sufre tu ausencia. Cuarenta pisos pasan demasiado aprisa como para extrañar tus caricias. Y su final es una estatua de sangre esparcida en cemento, como un óleo macabro en la avenida. Tal vez doliera, de acuerdo. Pero tú, ¿qué sabes de sufrimiento? Andarás por ahí, por esas calles impronunciables. Por esas perdidas ciudades de mapamundis. Y él te enseñará la ruta de los aventurados. De los de buena estrella. De los que pocas veces se equivocan de agujero. De los que ganan siempre. Mas ahora, es tiempo de terminar la teoría. La locomotora pasa y se lleva los recuerdos. Ya está harta de este mundo arlequín. Y aún se cree con derecho a rezongar de caprichos, porque no te estoy encontrando. ¡Ja! Hay cosas más ríspidas que puedo hacer. Y tengo una nueva máquina apostada en los rieles. Lista para partir. Para avanzar. Para progresar. ¿Ves? Igual que tú. Igual que todos. Y su arrollador andar no sabe de actos aconsejables. Y tú recuerda, linda. Porque no podrás escapar. Ya viene otra estación. Y en alguna estarás. Estarás con ese maldito extranjero que te colonizó y te hizo de su propiedad. Y yo que nunca me fié de los conquistadores. Sólo me creo la guerra de los mundos. Y el premio es casi siempre un cadáver en mi bolsa. O dos. De todos modos, hay espacio para ti. Para que recuerdes que el amor te mata y el dolor te ayuda a no dejarte engañar. Recuerda lo que te dije. Lo que te digo. Hoy es la última vez que te pido perdón. ¡Perra! Tal vez mañana estarás durmiendo bajo mi jardín. En silencio. Masticando entre tierra y dientes, el fétido sabor de las cosas hechas en lenguaje de delirio. Cosas que luego el tiempo te ayuda a coleccionar. Como un loco recuerdo ordinario. Espero sea de su agrado. Estoy practicando esto, así que si algo falla.. ya lo trabajaremos. Buenas noches..

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Habitante de Bar: ¿Quién no lo ha conocido?
ArteporAnónimo4/7/2009

Hola gentes.. Tras una ausencia que nadie habrá notado, vuelvo a interrumpir la calma de estos infiernos para dejarles un relato que figura entre los más apreciados por mí, quién sabe.. Acaso haya escrito alguna línea que lo justifique. Pero ésa es otra historia. Los Habitantes Del Bar Las penumbras del bar arrimaban un poco de calor en aquellas incursiones de junio: Algo peculiar evidenciaba cada trago en El Mariscal, como el misterio de una secta apartada del ser humano. Cada martes o viernes, la esquina de Salta y Pellegrini nos amuchaba en alcohol, nos arremangaba con cualquier canción de garganta exigida, nos alentaba en cada peligro de gol de un mundial mudo de expectativa, olvidado como nosotros, desamparados por los cinco horizontes del universo. ¿Quién, sino sólo nosotros solos, sólo y solos, con nuestras sombras efusivas, el murmullo inabarcable, la risa igualadora?: Y todos los fantasmas del misticismo fomentando en cada una de nuestras miserias, en todas nuestras horas adjudicadas al demonio, en cada punto ciego patrullando nuestra hermandad. fútbol en el bar - gonzalo centelles Y una noche de miércoles, conocimos a don Hipólito, con su bolso aflojado en tanto viaje, sus zapatos descosidos por tanto espíritu errante, y la sed genuina de los desterrados inclaudicables: Un personaje total, don Hipólito. Lo tentamos con una ginebra y se nos unió sin protestar. Y al tenerlo en nuestra mesa, consideramos una obligación desafiarlo a cualquier historieta. El hombre vaciló: La tos infaltable, el rodeo de manos, la mirada lineal: Mas cuando selló la vista en el vidrio y persignó su espíritu, no nos dejó tiempo para nada menos, más que dejarnos enroscar en su ilusión. —Yo vengo de las zonas altas, allá donde la luz se pierde por espantadiza. Lugares en los que la sola presencia humana causa estupor y recelo. En mis pagos, nadie se acostumbra a nadie. Nunca. Ni siquiera a su propia sombra. ¡Qué se puede esperar de una negada aldea india, de la que se decía era capaz de trabar amistad con el mismo demonio! Un poblado donde la mejor actividad estaba dada por las curiosas misas de los jueves. Porque cuando llegaban los ancianos obispos.. —No nos irá a decir que eran partidarios de misas negras, don. —Negras.. Como una especie de insecto.. —rió Hipólito. A grandes carcajadas. Mas luego, ante nuestras risotadas, mantuvo la postura. Y quién sabe por qué, se pareció demasiado a un sabio profesor. Callamos, avergonzados por un tácito esfuerzo de ubicación. —Decía, jóvenes, que mi región era un dibujo: Troncos gruesos como bosques, se encargaban de darnos hogar. Un puñado de viviendas, separado por flacos riachos de agua verde.. ¡Pero verde esmeralda, eh! Nadie, fuera de nuestra sangre, podría sobrevivir en esas condiciones. Y hasta nuestra subsistencia estaba limitada por la soledad. Yo no veía otra cara, mas que la cara de mis padres. Y mi mejor amigo, era un saltamontes rojo que solía visitar mis paredes. (¿Y los obispos, don Hipólito? Bah, déjelo estar.) »Y una vez, llegaron los visitantes. Imagínense el revuelo que ocasionó la irrupción del circo en la ciudad. Un circo croata, si bien no recuerdo. A veces, es tan difícil el no recordar.. No sé si me entienden. Era.. Si era como recordamos a los circos, ¡Un circo! ¡Sí señor! ¿Entienden lo que significa un circo? der zirkus - georges seurat »De pronto así, una luz de vida se apoderó de aquellas tierras. Todavía los veo, patente.. Y cómo mis hermanos huyeron, como vaporizados, a esconderse detrás del gallinero. ¡Tanto temor injustificado! Ellos no eran más extraños que nosotros para ellos. Pero eran buenos tipos: Comerciantes al palo, pero muy tratables. Yo me animé a estudiarlos un poco cuando me incitaron a enamorar a la chica contorsionista.. —¿Y ahí cómo anduvimos, don Hipo? —Nada. Una mina muy retorcida. Pero, sírvanme otro vaso y déjenme continuar. »Entonces, me confesaron su intención de quedarse hasta siempre, maravillado por la quietud de muerte. Pero con tal escasez de público, era lógico que su espectáculo tendiera al fracaso: Hubo dos funciones, o cinco.. Nadie se acercó siquiera a la carpa apolillada. Para mi gente, esos tipos transparentes que hablaban largo, no podían venir menos que del espacio. Y su nido servía como cocina donde se amasaban las víctimas del caso. Hasta los ancianos obispos se mostraban reacios, tan amigos ellos de lo oscuro. ¿Qué les parece eso? »Y una noche, el circo se fue como había venido. Y yo, joven rebelde, me fui con ellos. Creo que mis tres brazos representaban un número suficiente como para ser tenido en cuenta. Como para alentar su morbo: Yo era un fenómeno más. Y, ¿les cuento algo? Me sentí mucho más a gusto que en mis tierras. El único que constituyó una pérdida para mí fue Rodolfo, mi rojo saltamontes. No obstante, algún día volveré por él. »¿Que cómo perdí el tercer brazo? Me lo comió un león. ¡Palabra! Mas yo no me hice mala sangre, porque cualquiera sabe que un brazo sabe cómo regenerarse. Es cuestión de paciencia. Pero el león.. ¡Pobre bicho! Esa misma tarde comenzó a correr como poseído, envuelto en terribles convulsiones. Anduvo por toda la carpa, vomitando sangre, tendones y uñas con suciedad.. ¡Ah! Pero ésa es otra historia. »Una historia extraña, en verdad. viejo - anónimo —Pero, don Hipólito, lo que dice no tiene sentido. —Tal vez... Pero para un viejo mutante como yo, que ha amanecido bajo los cielos más incontables, la historia de un león que gusta de comer carne de brazo, puede ser merecedora de otro trago, otro vaso, al menos uno más. —Vamos, don Hipo. Usted sabe a cuál nos referimos. —Ah..., ¿la del circo? Bueno, muchachos.. Jajajaja… Ahí me atraparon. La verdad, nunca fui con ellos. Me dijeron que a lo mejor más adelante, cuando creciera... Además, habrán notado ya que nunca perdí el brazo. A lo sumo me lo olvido en algún que otro rincón... Ustedes saben, mi memoria no es tan fresca como antes.. Pero, ¿qué más da? Afuera llueve vacío y el viento te sabotea el alma. ¿Qué importa un mitómano más entre tantas botellas de alcohol? escenas de cabaret - dalí Y esa noche poco hospitalaria, el viejo Hipólito se quedó entre nosotros, alentado por el trago fácil y la pitada amistosa, mientras la alta hora de un lunes, nos iba justificando con recuerdos de niñez y juventud. Luego, fue el turno de partir. Y allá fue don Hipólito, con su sed adulterada, su bolso aflojado y sus zapatos descosidos. Mas nosotros no, ya nunca lo hicimos, ya jamás fuimos los que solíamos ser. Porque si algo nos dejó ese borracho loco, ese algo fue la convicción de que la vida tiene un sentido en las cosas que nos sorprenden, aún fuese atender a cualquier voz que en cualquier lugar tuviese la necesidad de alguna cosa por decir, de alguna historia por no callar. Porque siempre se aprende algo, hasta del más fallado. A don Hipólito nunca más lo volvimos a ver. Jamás supimos algo más de él. Sin embargo, no me cabe la resignación. Y aún sentado a la misma mesa, aún desafinando las mismas canciones, aún esperando por otros mundiales, aún espero un buen día verlo empujarse desde otras tormentas contra las puertas del bar. Mis amigos parecen haberse acostumbrado a su ausencia. Pero a mí me preocupa un poco, me preocupa bastante en verdad: Pues su brazo se está empezando a poner morado. alcantarilla - Itxaso garmendia Bueno, gentes.. Espero hasta estas líneas hayan llegado. Porque hasta esta línea he llegado yo, siquiera por ahora. Ya veremos qué depara el destino, además de la muerte y el olvido. Mientras tanto, sigamos escuchando las señales del universo, que tan perjudiciales no han de ser. Sólo solo un poco menos, y algo más. ¡Salud!

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Sabiduría
ArteporAnónimo9/11/2009

Estimados pululantes de esta sórdida comunidad, por acá un día me decidí a regresar y postear este cúmulo de ideas tumultuosas que pretende ser acaso un poco más que un relato pausible de entretenerlos y por qué no de dejarles siquiera un instante de inútil ejercicio lector. Si el relato es de su agrado para mí será más que suficiente. Si no, sospecho que estará bien.. Y con razón! Como sea, por acá les propongo comenzar a explorar.. Sabiduría Y he aquí que tuve un tiempo de sabiduría. Y Él me encomendó la misión de caminar. Y cuando lo hice, el cielo se me cayó delante. Se abrió entre un descenso opresivo de hielo y sangre. Y toda construcción humana se desintegró ante mis ojos. Y la tierra se resquebrajó bajo mis pies, como una llaga que comenzaba a abrirse. A extenderse. A doler. No obstante aquello, caminé. Y más allá de mis pasos descendieron las penumbras. Un territorio opaco que envolvía y ahuyentaba: Espantaba. Pero ni detrás ni delante se vislumbraba algo más que la nada. Sólo un desierto duro. Sólo un desierto de plomo. Sólo un desierto gris. Y seguí caminando. Pero he aquí un punto desde el cual ya no pude avanzar. Germinaba sobre la arena un círculo de sombras en el cual no era posible hacer pie. Semejaba a un lugar hueco, resbaloso, anegadizo. Y tuve ansias de alzar mi voz sobre todo. Mas el grito se me hizo esquivo. Desconectado. Y el miedo mortal llegó hasta los confines de mi cuerpo. Y caí de rodillas. Y me encontré ensayando una cadena de oraciones pragmáticas. Porque eso era lo que Él quería que hiciera. Oraciones y ofrendas para aquél que avanza delante. Para aquél que ha vencido a la muerte. Para aquél que está más allá. De pronto, delante de mi prosternación, comenzó a erigirse una fantástica ciudad amurallada. Una ciudad en la que predominaban el cobre y el oro macizo. Y yo reconocí en ella, al refugio del que posee sin necesidad. Y he aquí que de pronto, un aire de tifón me levantó y me arrastró sobre aquellas inalcanzables murallas. Y desde un mutante cielo de cúmulos, contemplé el mundo perfecto. Vi espacios armoniosos rebosantes de vida. Vi niños jugar y cantar con voces maravillosas. Vi hombres magníficos trabajar la tierra generosa. Vi mujeres espléndidas poner sus creencias en manos de aquél que todo lo tiene. Aquél que nada reclama, más que vivir sin misterios. Y ahí mismo ambicioné descender. Y como un genio milenario, el viento se arremolinó alrededor. Y caí. Caí sin prisa y sin temores. Y cuando toqué los suelos intramuros, experimenté un sopor ingobernable. Pronto, mis sentidos se hallaron fluctuando en un perenne universo ideal. Y nada más me rendí en la inconsciencia. Y dormí. Y he aquí que tuve un sueño. Y en el sueño, me encontraba yo en un desierto blanco. Y en el sueño, aquél que todo lo sabe se me presentó de espaldas. Y Él me habló, como se habla a un descendiente predilecto. Y Él me dijo que todo lo que poseía era para mí. Que yo era su máxima creación. Y yo me amilané, víctima del temor reverencial. Sin embargo, tuve aún fuerzas para hablar. Y hablé. Y le exigí enseñara su rostro a quien Él había creado. Y he aquí que Él me miró. Y pude ver mi rostro tallado en su cabeza de luz. Y me vi a mí mismo, con mis propios ojos. Entonces entendí. Y reconocí su poder como de mi propiedad. Su misión perfecta, yo mismo. Y me sentí soberbio y omnisciente a la vez. De súbito, el poder se me volvió rencor. Y prorrumpí en palabras de cólera. Y arrojé blasfemias contra Él, contra mí mismo. Le ordené el abandono de mis tierras. Y le condené. Y aquél que siempre estuvo en mi lugar me habló: «¿Sabes lo que haces? Estás en las comarcas de los que poseen sabiduría. La entrada es propia de aquellos que viven por algo noble». Y su voz era cruda. Tanto, que me constriñó a explotar en ira. Entonces le amenacé. Y le demandé me restituyera la fisonomía que me había sido secuestrada. Y por toda respuesta Él avanzó hacia mí. Y me enfrentó. Y cuando vi su luz ocupando el vacío, me reí. Y tuve un instante más para advertirle que nadie usaba el rostro de quien creaba, sin justificación. Y Él todavía me dijo: «Nadie es dueño de rostro alguno, si no tiene un rostro puro que sepa representar». Y luego, aquél que todo lo puede se esfumó sobre volutas de humo. Y he aquí que una lluvia agridulce se abatió con fanatismo. Y sus gotas puntiagudas laceraban como ataque de insectos. Y cada golpe de tormenta era un dolor nuevo. Conmovía. Infectaba. Corroía. Y más tarde, un alud de fuego gélido cayó sobre mí. Me abrasó en un frío inamovible. Y ya no me dejó. Y la sangre ya no circuló por mis venas. Y los músculos se me envolvieron de rigidez. Y la piel se me arrugó como papel estrujado. Y pude contemplar en mi propio ser, la brutal imagen de un cadáver en progreso. Entonces, grité de espanto. Y mi cuerpo se agitó en horripilantes tironeos. Y luego, la lívida piel que lo contenía se resquebrajó como agua convulsionada. Y me sentí desmoronar. Y sentí la arena arder en todas partes. En cada músculo. En cada hueso. En cada órgano. Mas yo seguía de pie. Y en esa posición supe que no podía caer. Y en esa posición, vi mi rostro tirado sobre los médanos, como una grotesca máscara barrida por el viento. Y tuve miedo de esa imagen. Y quise escapar del desierto blanco, que de nuevo viraba al gris. Sin embargo, ya no tenía piernas con las que correr. Y quise alzar mis manos contra el que sabía de mis debilidades. Sin embargo, ya no tenía puños que lanzar. Y quise maldecir sus actos. Sin embargo, ya no tuve voz con la que blasfemar. Y entonces pude escuchar el silencio que detonaba mis oídos. Y ya nada más pude oír. Y he aquí que tuve sabiduría. Y supe que sólo me era permitido ver. Y pude ver sólo aquello que Él deseaba enseñarme. Y pude ver el desierto gris virar luego al negro. Y a lo lejos, vi la tierra escupir lava y piedra volcánica. Y a lo lejos, vi los mares evaporarse en segundos. Y a lo lejos, vi ese inagotable vapor condensarse en nubes pavorosas. Y todo el cielo se volvió capote. Y todas esas nubes se volvieron contra mí. Y yo me mantenía en pie. Y pude ver en las nubes, fabulosos reflejos de oro y plata. Y pude verme a mí mismo en esos reflejos. Y yo iba solo por ese planeta. Y a mi alrededor, las rocas chorreaban preciosas joyas sanguinolentas. Y en la capa, que separaba mi reflejo de las nubes fantasmagóricas, pude ver animales de carnes podridas vagar en la atmósfera. Y yo iba solo por el planeta. Pero yo me mantenía en pie. Y supe que eso era malo. Muy malo. Y he aquí que tuve sabiduría. Y supe que aquél era un instante apócrifo. Y supe que aún soñaba. Y en el sueño no podía moverme, ni hablar, ni oír. Sólo me era permitido ver. Y en el sueño vi un círculo negro viajar hacia mí. Y en el sueño creí ver la más profunda oscuridad. Y supe que tenía miedo. Y quise escapar. Mas me fue imposible. Mi alma ni siquiera me pertenecía ya. Y he aquí que desperté de mi sueño. Y recordé todo aquello que pude recordar. Y me alegré de saberme a salvo en la ciudad amurallada. Mas pronto advertí mi lugar. No había ciudad dorada. Ni desierto blanco. Sólo desierto negro. Y yo estaba de pie. Y quise clamar por el que todo lo perdona. Pero no tuve eco de voz. Y noté mi cuerpo descascarado. Hundido. Desprotegido. Y tuve miedo. Y quise olvidar. Me quedé de pie, esperando por alguien que se apiadase de mí. Quien fuera. Y entonces, justo delante de mí, el suelo se estremeció. Y vi un feo pajarraco erosionar la tierra con su corvo pico. Y vi un horrible boquete ceder bajo sus patas. Y vi un espectro aún más horrible surgir de su interior. Y cuando estuvo fuera se me acercó. Y ese ser horrible me habló. Mas yo no quise oírlo. Y yo no podía oír. Pero, aún así, pude captar sus vibraciones. Y he aquí que tuve sabiduría. Y supe que se había arrojado sortilegio sobre mí. Entonces quise huir. Y quise hablar. Y quise moverme. Mas nada de eso me fue permitido. Y pronto, un lobo famélico se inventó a mis pies. Y el lobo se acercó y me devoró las manos. Y me abrió el vientre a dentelladas. Mas yo ya no acusaba dolor. Ya era muy tarde. Y yo me mantenía de pie en el desierto negro. Y el horrible ser estaba conmigo. Y vi que eso era malo. Muy malo. Y he aquí que tuve sabiduría. Y supe que estaba delante del maldito. Y supe que él me había recibido, tras haber sido yo arrojado de la ciudad inescalable. Y entonces el maldito rió con furia. Y sus dientes amarillos me deslumbraron. Y su lengua se movía como pala mecánica. Y su cuerpo se doblaba por el esfuerzo. Y pronto, su risa se volvió tos convulsa. Y su tos se volvió vómito. Y su vómito tóxico cortó el espacio en forma de masa viscosa. Y su vómito era marrón verdoso. Y su vómito se adhirió a mi estupefacto rostro. Y luego yo me descompuse en intolerables arcadas. Y ya nada quise ver. Mas aún pude hacerlo. Lo vi todo a través de una telaraña de estrías asquerosas. Y pude ver la siniestra del maldito acercarse a mis ojos. Y pude ver sus dedos de palo, tal un árbol en invierno. Y pude sentir esos dedos de rama, taladrar en mis ojos. Y luego experimenté un novel dolor. Y percibí un recuerdo. Un recuerdo angustiante. Y pude ver. Y vi pequeños círculos negros multiplicarse en mi órbita ocular. Y recordé. Y de súbito, una estrella brilló en el desierto negro. Y su luz me llenó de mayor sabiduría. De absurda y redundante sabiduría. Y he aquí que supe. Supe más de lo que debería haber deseado saber. Supe de aquél que fue mi creador. Y supe que Él estaba decepcionado de mí. Y supe que Él me había condenado. Y supe que Él me había desamparado. Y supe que aquello era malo. Muy malo. Y supe de cosas peores. Y supe que ahora había caracteres malditos grabados en mi frente. Y supe de cosas irremediables. Supe, por ejemplo, que en aquella inaccesible ciudad de oro y cobre, mi rostro ya no era bienvenido. Entonces quise llorar. Pero no pude hacerlo. Ya no tenía ojos. Y yo seguía de pie. Y yo no podía moverme. Y yo no podía hablar. Y yo no podía oír. Y yo no podía ver, más que lo que él deseaba que yo viese. Pequeños círculos negros uniéndose entre sí. Medianas figuras circulares cambiando de tamaño. Enormes circunferencias dibujando un impreciso abismo eterno. Nada más que círculos negros. Y he aquí que, a pesar de toda mi sabiduría, ya nada más pude saber. Nada más me fue permitido. Y ya no hubo nada más. Ya no más ciudades magníficas. Ya no más rostros clonados. Ya no más visiones de futuro. Sólo un gigantesco círculo negro. Negro. Buenas noches

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