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Estimados pululantes de esta sórdida comunidad, por acá un día me decidí a regresar y postear este cúmulo de ideas tumultuosas que pretende ser acaso un poco más que un relato pausible de entretenerlos y por qué no de dejarles siquiera un instante de inútil ejercicio lector. Si el relato es de su agrado para mí será más que suficiente. Si no, sospecho que estará bien.. Y con razón!
Como sea, por acá les propongo comenzar a explorar..



Sabiduría




Y he aquí que tuve un tiempo de sabiduría. Y Él me encomendó la misión de caminar. Y cuando lo hice, el cielo se me cayó delante. Se abrió entre un descenso opresivo de hielo y sangre. Y toda construcción humana se desintegró ante mis ojos. Y la tierra se resquebrajó bajo mis pies, como una llaga que comenzaba a abrirse. A extenderse. A doler.

No obstante aquello, caminé. Y más allá de mis pasos descendieron las penumbras. Un territorio opaco que envolvía y ahuyentaba: Espantaba. Pero ni detrás ni delante se vislumbraba algo más que la nada. Sólo un desierto duro. Sólo un desierto de plomo. Sólo un desierto gris.



Y seguí caminando. Pero he aquí un punto desde el cual ya no pude avanzar. Germinaba sobre la arena un círculo de sombras en el cual no era posible hacer pie. Semejaba a un lugar hueco, resbaloso, anegadizo. Y tuve ansias de alzar mi voz sobre todo. Mas el grito se me hizo esquivo. Desconectado. Y el miedo mortal llegó hasta los confines de mi cuerpo. Y caí de rodillas. Y me encontré ensayando una cadena de oraciones pragmáticas. Porque eso era lo que Él quería que hiciera. Oraciones y ofrendas para aquél que avanza delante. Para aquél que ha vencido a la muerte. Para aquél que está más allá.

De pronto, delante de mi prosternación, comenzó a erigirse una fantástica ciudad amurallada. Una ciudad en la que predominaban el cobre y el oro macizo. Y yo reconocí en ella, al refugio del que posee sin necesidad. Y he aquí que de pronto, un aire de tifón me levantó y me arrastró sobre aquellas inalcanzables murallas. Y desde un mutante cielo de cúmulos, contemplé el mundo perfecto. Vi espacios armoniosos rebosantes de vida. Vi niños jugar y cantar con voces maravillosas. Vi hombres magníficos trabajar la tierra generosa. Vi mujeres espléndidas poner sus creencias en manos de aquél que todo lo tiene. Aquél que nada reclama, más que vivir sin misterios.

Y ahí mismo ambicioné descender. Y como un genio milenario, el viento se arremolinó alrededor. Y caí. Caí sin prisa y sin temores. Y cuando toqué los suelos intramuros, experimenté un sopor ingobernable. Pronto, mis sentidos se hallaron fluctuando en un perenne universo ideal. Y nada más me rendí en la inconsciencia. Y dormí.



Y he aquí que tuve un sueño. Y en el sueño, me encontraba yo en un desierto blanco. Y en el sueño, aquél que todo lo sabe se me presentó de espaldas. Y Él me habló, como se habla a un descendiente predilecto. Y Él me dijo que todo lo que poseía era para mí. Que yo era su máxima creación. Y yo me amilané, víctima del temor reverencial. Sin embargo, tuve aún fuerzas para hablar. Y hablé. Y le exigí enseñara su rostro a quien Él había creado. Y he aquí que Él me miró. Y pude ver mi rostro tallado en su cabeza de luz. Y me vi a mí mismo, con mis propios ojos. Entonces entendí. Y reconocí su poder como de mi propiedad. Su misión perfecta, yo mismo. Y me sentí soberbio y omnisciente a la vez.

De súbito, el poder se me volvió rencor. Y prorrumpí en palabras de cólera. Y arrojé blasfemias contra Él, contra mí mismo. Le ordené el abandono de mis tierras. Y le condené. Y aquél que siempre estuvo en mi lugar me habló: «¿Sabes lo que haces? Estás en las comarcas de los que poseen sabiduría. La entrada es propia de aquellos que viven por algo noble». Y su voz era cruda. Tanto, que me constriñó a explotar en ira. Entonces le amenacé. Y le demandé me restituyera la fisonomía que me había sido secuestrada. Y por toda respuesta Él avanzó hacia mí. Y me enfrentó. Y cuando vi su luz ocupando el vacío, me reí. Y tuve un instante más para advertirle que nadie usaba el rostro de quien creaba, sin justificación. Y Él todavía me dijo: «Nadie es dueño de rostro alguno, si no tiene un rostro puro que sepa representar».

Y luego, aquél que todo lo puede se esfumó sobre volutas de humo. Y he aquí que una lluvia agridulce se abatió con fanatismo. Y sus gotas puntiagudas laceraban como ataque de insectos. Y cada golpe de tormenta era un dolor nuevo. Conmovía. Infectaba. Corroía. Y más tarde, un alud de fuego gélido cayó sobre mí. Me abrasó en un frío inamovible. Y ya no me dejó. Y la sangre ya no circuló por mis venas. Y los músculos se me envolvieron de rigidez. Y la piel se me arrugó como papel estrujado. Y pude contemplar en mi propio ser, la brutal imagen de un cadáver en progreso.

Entonces, grité de espanto. Y mi cuerpo se agitó en horripilantes tironeos. Y luego, la lívida piel que lo contenía se resquebrajó como agua convulsionada. Y me sentí desmoronar. Y sentí la arena arder en todas partes. En cada músculo. En cada hueso. En cada órgano. Mas yo seguía de pie. Y en esa posición supe que no podía caer. Y en esa posición, vi mi rostro tirado sobre los médanos, como una grotesca máscara barrida por el viento. Y tuve miedo de esa imagen. Y quise escapar del desierto blanco, que de nuevo viraba al gris. Sin embargo, ya no tenía piernas con las que correr. Y quise alzar mis manos contra el que sabía de mis debilidades. Sin embargo, ya no tenía puños que lanzar. Y quise maldecir sus actos. Sin embargo, ya no tuve voz con la que blasfemar. Y entonces pude escuchar el silencio que detonaba mis oídos. Y ya nada más pude oír.



Y he aquí que tuve sabiduría. Y supe que sólo me era permitido ver. Y pude ver sólo aquello que Él deseaba enseñarme. Y pude ver el desierto gris virar luego al negro. Y a lo lejos, vi la tierra escupir lava y piedra volcánica. Y a lo lejos, vi los mares evaporarse en segundos. Y a lo lejos, vi ese inagotable vapor condensarse en nubes pavorosas. Y todo el cielo se volvió capote. Y todas esas nubes se volvieron contra mí. Y yo me mantenía en pie. Y pude ver en las nubes, fabulosos reflejos de oro y plata. Y pude verme a mí mismo en esos reflejos. Y yo iba solo por ese planeta. Y a mi alrededor, las rocas chorreaban preciosas joyas sanguinolentas. Y en la capa, que separaba mi reflejo de las nubes fantasmagóricas, pude ver animales de carnes podridas vagar en la atmósfera. Y yo iba solo por el planeta. Pero yo me mantenía en pie. Y supe que eso era malo. Muy malo.

Y he aquí que tuve sabiduría. Y supe que aquél era un instante apócrifo. Y supe que aún soñaba. Y en el sueño no podía moverme, ni hablar, ni oír. Sólo me era permitido ver. Y en el sueño vi un círculo negro viajar hacia mí. Y en el sueño creí ver la más profunda oscuridad. Y supe que tenía miedo. Y quise escapar. Mas me fue imposible. Mi alma ni siquiera me pertenecía ya.

Y he aquí que desperté de mi sueño. Y recordé todo aquello que pude recordar. Y me alegré de saberme a salvo en la ciudad amurallada. Mas pronto advertí mi lugar. No había ciudad dorada. Ni desierto blanco. Sólo desierto negro. Y yo estaba de pie. Y quise clamar por el que todo lo perdona. Pero no tuve eco de voz. Y noté mi cuerpo descascarado. Hundido. Desprotegido. Y tuve miedo. Y quise olvidar. Me quedé de pie, esperando por alguien que se apiadase de mí. Quien fuera.

Y entonces, justo delante de mí, el suelo se estremeció. Y vi un feo pajarraco erosionar la tierra con su corvo pico. Y vi un horrible boquete ceder bajo sus patas. Y vi un espectro aún más horrible surgir de su interior. Y cuando estuvo fuera se me acercó. Y ese ser horrible me habló. Mas yo no quise oírlo. Y yo no podía oír. Pero, aún así, pude captar sus vibraciones. Y he aquí que tuve sabiduría. Y supe que se había arrojado sortilegio sobre mí. Entonces quise huir. Y quise hablar. Y quise moverme. Mas nada de eso me fue permitido. Y pronto, un lobo famélico se inventó a mis pies. Y el lobo se acercó y me devoró las manos. Y me abrió el vientre a dentelladas. Mas yo ya no acusaba dolor. Ya era muy tarde. Y yo me mantenía de pie en el desierto negro. Y el horrible ser estaba conmigo. Y vi que eso era malo. Muy malo.



Y he aquí que tuve sabiduría. Y supe que estaba delante del maldito. Y supe que él me había recibido, tras haber sido yo arrojado de la ciudad inescalable. Y entonces el maldito rió con furia. Y sus dientes amarillos me deslumbraron. Y su lengua se movía como pala mecánica. Y su cuerpo se doblaba por el esfuerzo. Y pronto, su risa se volvió tos convulsa. Y su tos se volvió vómito. Y su vómito tóxico cortó el espacio en forma de masa viscosa. Y su vómito era marrón verdoso. Y su vómito se adhirió a mi estupefacto rostro. Y luego yo me descompuse en intolerables arcadas. Y ya nada quise ver. Mas aún pude hacerlo. Lo vi todo a través de una telaraña de estrías asquerosas. Y pude ver la siniestra del maldito acercarse a mis ojos. Y pude ver sus dedos de palo, tal un árbol en invierno. Y pude sentir esos dedos de rama, taladrar en mis ojos. Y luego experimenté un novel dolor. Y percibí un recuerdo. Un recuerdo angustiante. Y pude ver. Y vi pequeños círculos negros multiplicarse en mi órbita ocular. Y recordé.

Y de súbito, una estrella brilló en el desierto negro. Y su luz me llenó de mayor sabiduría. De absurda y redundante sabiduría. Y he aquí que supe. Supe más de lo que debería haber deseado saber. Supe de aquél que fue mi creador. Y supe que Él estaba decepcionado de mí. Y supe que Él me había condenado. Y supe que Él me había desamparado. Y supe que aquello era malo. Muy malo. Y supe de cosas peores. Y supe que ahora había caracteres malditos grabados en mi frente. Y supe de cosas irremediables. Supe, por ejemplo, que en aquella inaccesible ciudad de oro y cobre, mi rostro ya no era bienvenido.

Entonces quise llorar. Pero no pude hacerlo. Ya no tenía ojos. Y yo seguía de pie. Y yo no podía moverme. Y yo no podía hablar. Y yo no podía oír. Y yo no podía ver, más que lo que él deseaba que yo viese. Pequeños círculos negros uniéndose entre sí. Medianas figuras circulares cambiando de tamaño. Enormes circunferencias dibujando un impreciso abismo eterno. Nada más que círculos negros.

Y he aquí que, a pesar de toda mi sabiduría, ya nada más pude saber. Nada más me fue permitido. Y ya no hubo nada más. Ya no más ciudades magníficas. Ya no más rostros clonados. Ya no más visiones de futuro. Sólo un gigantesco círculo negro.

Negro.




Buenas noches
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