InicioArteHabitante de Bar: ¿Quién no lo ha conocido?


Hola gentes.. Tras una ausencia que nadie habrá notado, vuelvo a interrumpir la calma de estos infiernos para dejarles un relato que figura entre los más apreciados por mí, quién sabe.. Acaso haya escrito alguna línea que lo justifique. Pero ésa es otra historia.

Los Habitantes Del Bar




Las penumbras del bar arrimaban un poco de calor en aquellas incursiones de junio: Algo peculiar evidenciaba cada trago en El Mariscal, como el misterio de una secta apartada del ser humano. Cada martes o viernes, la esquina de Salta y Pellegrini nos amuchaba en alcohol, nos arremangaba con cualquier canción de garganta exigida, nos alentaba en cada peligro de gol de un mundial mudo de expectativa, olvidado como nosotros, desamparados por los cinco horizontes del universo. ¿Quién, sino sólo nosotros solos, sólo y solos, con nuestras sombras efusivas, el murmullo inabarcable, la risa igualadora?: Y todos los fantasmas del misticismo fomentando en cada una de nuestras miserias, en todas nuestras horas adjudicadas al demonio, en cada punto ciego patrullando nuestra hermandad.


fútbol en el bar - gonzalo centelles


Y una noche de miércoles, conocimos a don Hipólito, con su bolso aflojado en tanto viaje, sus zapatos descosidos por tanto espíritu errante, y la sed genuina de los desterrados inclaudicables: Un personaje total, don Hipólito. Lo tentamos con una ginebra y se nos unió sin protestar. Y al tenerlo en nuestra mesa, consideramos una obligación desafiarlo a cualquier historieta. El hombre vaciló: La tos infaltable, el rodeo de manos, la mirada lineal: Mas cuando selló la vista en el vidrio y persignó su espíritu, no nos dejó tiempo para nada menos, más que dejarnos enroscar en su ilusión.
—Yo vengo de las zonas altas, allá donde la luz se pierde por espantadiza. Lugares en los que la sola presencia humana causa estupor y recelo. En mis pagos, nadie se acostumbra a nadie. Nunca. Ni siquiera a su propia sombra. ¡Qué se puede esperar de una negada aldea india, de la que se decía era capaz de trabar amistad con el mismo demonio! Un poblado donde la mejor actividad estaba dada por las curiosas misas de los jueves. Porque cuando llegaban los ancianos obispos..
—No nos irá a decir que eran partidarios de misas negras, don.
—Negras.. Como una especie de insecto.. —rió Hipólito. A grandes carcajadas. Mas luego, ante nuestras risotadas, mantuvo la postura. Y quién sabe por qué, se pareció demasiado a un sabio profesor. Callamos, avergonzados por un tácito esfuerzo de ubicación.
—Decía, jóvenes, que mi región era un dibujo: Troncos gruesos como bosques, se encargaban de darnos hogar. Un puñado de viviendas, separado por flacos riachos de agua verde.. ¡Pero verde esmeralda, eh! Nadie, fuera de nuestra sangre, podría sobrevivir en esas condiciones. Y hasta nuestra subsistencia estaba limitada por la soledad. Yo no veía otra cara, mas que la cara de mis padres. Y mi mejor amigo, era un saltamontes rojo que solía visitar mis paredes.
(¿Y los obispos, don Hipólito? Bah, déjelo estar.)
»Y una vez, llegaron los visitantes. Imagínense el revuelo que ocasionó la irrupción del circo en la ciudad. Un circo croata, si bien no recuerdo. A veces, es tan difícil el no recordar.. No sé si me entienden. Era.. Si era como recordamos a los circos, ¡Un circo! ¡Sí señor! ¿Entienden lo que significa un circo?



der zirkus - georges seurat


»De pronto así, una luz de vida se apoderó de aquellas tierras. Todavía los veo, patente.. Y cómo mis hermanos huyeron, como vaporizados, a esconderse detrás del gallinero. ¡Tanto temor injustificado! Ellos no eran más extraños que nosotros para ellos. Pero eran buenos tipos: Comerciantes al palo, pero muy tratables. Yo me animé a estudiarlos un poco cuando me incitaron a enamorar a la chica contorsionista..
—¿Y ahí cómo anduvimos, don Hipo?
—Nada. Una mina muy retorcida. Pero, sírvanme otro vaso y déjenme continuar.
»Entonces, me confesaron su intención de quedarse hasta siempre, maravillado por la quietud de muerte. Pero con tal escasez de público, era lógico que su espectáculo tendiera al fracaso: Hubo dos funciones, o cinco.. Nadie se acercó siquiera a la carpa apolillada. Para mi gente, esos tipos transparentes que hablaban largo, no podían venir menos que del espacio. Y su nido servía como cocina donde se amasaban las víctimas del caso. Hasta los ancianos obispos se mostraban reacios, tan amigos ellos de lo oscuro. ¿Qué les parece eso?
»Y una noche, el circo se fue como había venido. Y yo, joven rebelde, me fui con ellos. Creo que mis tres brazos representaban un número suficiente como para ser tenido en cuenta. Como para alentar su morbo: Yo era un fenómeno más. Y, ¿les cuento algo? Me sentí mucho más a gusto que en mis tierras. El único que constituyó una pérdida para mí fue Rodolfo, mi rojo saltamontes. No obstante, algún día volveré por él.
»¿Que cómo perdí el tercer brazo? Me lo comió un león. ¡Palabra! Mas yo no me hice mala sangre, porque cualquiera sabe que un brazo sabe cómo regenerarse. Es cuestión de paciencia. Pero el león.. ¡Pobre bicho! Esa misma tarde comenzó a correr como poseído, envuelto en terribles convulsiones. Anduvo por toda la carpa, vomitando sangre, tendones y uñas con suciedad.. ¡Ah! Pero ésa es otra historia.
»Una historia extraña, en verdad.



viejo - anónimo


—Pero, don Hipólito, lo que dice no tiene sentido.
—Tal vez... Pero para un viejo mutante como yo, que ha amanecido bajo los cielos más incontables, la historia de un león que gusta de comer carne de brazo, puede ser merecedora de otro trago, otro vaso, al menos uno más.
—Vamos, don Hipo. Usted sabe a cuál nos referimos.
—Ah..., ¿la del circo? Bueno, muchachos.. Jajajaja… Ahí me atraparon. La verdad, nunca fui con ellos. Me dijeron que a lo mejor más adelante, cuando creciera... Además, habrán notado ya que nunca perdí el brazo. A lo sumo me lo olvido en algún que otro rincón... Ustedes saben, mi memoria no es tan fresca como antes.. Pero, ¿qué más da? Afuera llueve vacío y el viento te sabotea el alma. ¿Qué importa un mitómano más entre tantas botellas de alcohol?



escenas de cabaret - dalí


Y esa noche poco hospitalaria, el viejo Hipólito se quedó entre nosotros, alentado por el trago fácil y la pitada amistosa, mientras la alta hora de un lunes, nos iba justificando con recuerdos de niñez y juventud. Luego, fue el turno de partir. Y allá fue don Hipólito, con su sed adulterada, su bolso aflojado y sus zapatos descosidos. Mas nosotros no, ya nunca lo hicimos, ya jamás fuimos los que solíamos ser. Porque si algo nos dejó ese borracho loco, ese algo fue la convicción de que la vida tiene un sentido en las cosas que nos sorprenden, aún fuese atender a cualquier voz que en cualquier lugar tuviese la necesidad de alguna cosa por decir, de alguna historia por no callar.
Porque siempre se aprende algo, hasta del más fallado.
A don Hipólito nunca más lo volvimos a ver. Jamás supimos algo más de él. Sin embargo, no me cabe la resignación. Y aún sentado a la misma mesa, aún desafinando las mismas canciones, aún esperando por otros mundiales, aún espero un buen día verlo empujarse desde otras tormentas contra las puertas del bar. Mis amigos parecen haberse acostumbrado a su ausencia. Pero a mí me preocupa un poco, me preocupa bastante en verdad:
Pues su brazo se está empezando a poner morado.



alcantarilla - Itxaso garmendia



Bueno, gentes.. Espero hasta estas líneas hayan llegado. Porque hasta esta línea he llegado yo, siquiera por ahora. Ya veremos qué depara el destino, además de la muerte y el olvido. Mientras tanto, sigamos escuchando las señales del universo, que tan perjudiciales no han de ser. Sólo solo un poco menos, y algo más.
¡Salud!
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