hudone
Usuario (Maldivas)

Saladixxx Las fotos de la Profesora Sexy de la publicidad de Saladix: ¡conocela! Se llama Valeria Olivero, tiene 31 años y dos hijos junto a su pareja, con quien hace shows de salsa. Tras el boom por el comercial, despliega toda su belleza El requisito para el casting era claro y conciso: "Pidieron que fueran chicas con un escote importante. Y como yo estoy amamantando, eso me ayudó bastante (risas). Igual no pensé que se iba a terminar viendo tanto escote en la pantalla, pero bueno...". La mujer que habla es Valeria Olivero, más conocida como Señorita Verónica, la Profesora Sexy de la publicidad de Saladix que provoca suspiros en los televidentes. Y en sus alumnos de ficción, uno de los cuales le dedica un dibujo con dos enormes... cisnes en el pizarrón. "La gente no me reconoce en la calle porque me oscurecí mucho el pelo", explica ella. "El otro día fui con mi cuñado a un boliche y él me presentó como 'la Profe de la publicidad'. ¡Pero no le creían! Lo que pasa es que en este comercial había que dar como mujer más grande", explica. Pero con las sensuales fotos que hizo para Ciudad.com, seguramente se les refrescará la memoria a los televidentes. Valeria es modelo de la agencia Beauty Models, tiene 31 años y atractivos 95-63-90, es oriunda de Bahía Blanca, vive en Palermo y está "juntada sin papeles" hace 9 con Sebastián (37), profesor de salsa. Con él tuvo a sus dos hijas, Abril (7) y Ema (8 meses). "Con mi marido hacemos shows de salsa en fiestas o eventos. El grupo se llama Kokobongo Latinshows", cuenta ella. La publicidad se grabó en agosto, en un colegio de San Isidro, y la bella Olivero casi no le pone su cuerpo a la Profe Sexy, "porque la hicieron un sábado y yo no podía, tenía que irme a un evento en Baradero. Pero me insistieron, me pidieron por favor que no me bajara y me acomodaron los horarios. Fui a la grabación con mi beba de 6 meses y mi mamá, y por suerte salió todo rápido", recuerda ella. DE BAHÍA BLANCA A LA GRAN CIUDAD Esta hermosa bahiense tiene un largo currículum en publicidades, que incluyen un comercial de Ondas Irresistibles de Sedal (de 2006, donde le estampa un beso a Esteban Meloni); otro de Bocaditos Nucrem (2009), donde también luce su elogiado escote; y uno de Sprite Zero. Todo, desde que pisó la Capital Federal en 2001, en plena crisis y vísperas de corralito: "Mi sueño siempre fue ser actriz. Y a los 20 años me vine de Bahía Blanca a vivir a Buenos Aires, primero parando en una residencia, hasta que me empezaron a salir trabajos en publicidades". Al principio hizo un curso en la agencia de modelos de Ricardo Piñeiro, luego estudió dos meses teatro con Norman Briski, "pero al poco tiempo me puse en pareja, quedé embarazada y me enfoqué más en el plano familiar. Me quedó pendiente el teatro", cuenta. "Después de ser mamá, empecé a ir a castings de publicidades. Al primero que fui quedé preseleccionada, y al mes ya empecé a quedar seleccionada. Por suerte siempre pude vivir de esto", remarca Olivero, quien además es profe de baile de un grupo de nenas que hace patín. -¿Se puede vivir de la publicidad como modelo? -Yo gracias a Dios viví de los comerciales. Con mi marido tratamos de vivir de lo que nos gusta, el con las clases y los shows de salsa y yo con las publicidades. Nunca nos faltó nada por suerte. "Siempre me interesó el teatro infantil. Pero bueno, cuando estaba haciendo la producción decía 'no creo que me llamen para trabajar con los nenes después de estas fotos'". Lloren, chicos, lloren... -¿Cuántas publicidades solés hacer por año? -Es a suerte. A veces te salen varias publicidades chiquitas, que no es lo ideal, y otras veces te salen tres grandes, que son mejores monetariamente, y con eso salvás el año. -Si a partir de esta publicidad lográs hacerte más conocida, ¿en qué te gustaría incursionar dentro del medio? -Siempre me interesó el teatro infantil. Pero bueno, cuando estaba haciendo la producción decía "no creo que me llamen para trabajar con los nenes después de estas fotos". Lloren, chicos, lloren... Más fotos en la fuente

Hola, vean este impresionante experimento que demuestra porqué mata este veneno, el proceso se llama coagulación

Imágenes del antes y el después de adictos a las drogas. Consumo de drogas que llevaron a que sus bocas y dientes luzcan deteriorados, y hacerles daño a su cuerpo, por dentro y por fuera. Antes y después de mujer joven tras haber consumido drogas en el lapso de enero a agosto de 2008, arruinando su piel y aspecto por completo. A antes y después de mujer, con una adicción a las drogas de dos años y medio, es notoria la desfiguración de su rostro, piel y aspecto. consumio drogas por dos años y medio. Se notan cambios en su piel y ojos. consumió methamphetamina por tres meses. Su piel denota el mayor impacto que le ha producido esta adicción. consumió drogas entre febrero y diciembre de 2005, denotando el aspecto ruin en su piel y rostro. Casos reales de personas que han destruido sus vidas por tener este tipo de adicción.
Te gustan las anécdotas increíbles? Te gusta la gente que busca la sabiduría? Querés escuchar hablar de los valores perdidos? Merece estar en la categoria Educación, es un maestro Facundo, el mendigo rico Rodolfo Enrique Cabral, de nombres artísticos Indio Gasparino -en sus comienzos- y Facundo Cabral (La Plata, 22 de mayo de 1937 - Ciudad de Guatemala, 9 de julio de 2011) fue un cantautor, escritor y filósofo argentino. Se caracterizó por sus composiciones de trova y sus monólogos con anécdotas personales, parábolas, crítica social para promover la autorealización, el despertar de la conciencia y la reflexión espiritual. link: http://www.youtube.com/watch?v=kSZW4W7mQPc&feature=relmfu link: http://www.youtube.com/watch?v=e4KJXmNzyDM&feature=relmfu Cómo puede ser que hayan matado a un ser tan rico y tan valioso para el mundo? link: http://www.youtube.com/watch?NR=1&feature=endscreen&v=BnnSJRPX82g
La ofrenda Ahora me veo a la distancia, como si pudiera reflexionar de modo auténtico sobre mi ser. Cada sábado fugo por unas horas de entre los despojos amueblados de la casucha en venta de la calle Dumont. Lo hago si el clima es bueno porque voy hasta la feria que arman en el parque y si llueve no aparecen. Me tomo mi tiempo para llegar, aunque la distancia es corta. Salgo ni bien amanece, a veces antes. Camino hacia un único puesto en el que permanezco hasta la noche, es el número 34. Viejas penas me encadenan al lugar donde vivo pero una poderosa energía me hace salir con un fin que parece inquebrantable. Ver una foto. Tratan de venderla en ese puesto de antiguedades. Sólo en eso ocupo los días, en contemplarla en medio del ruido de la calle y la gente. Fui lustrabotas, tuve varios oficios, hasta orfebre en un tiempo; me volví un vago sin darme cuenta. Busco el recuerdo que no encuentro en esa foto de mis hijos. Eran pequeños, están en la playa. Rubencito con su castillo, desconfiando de una ola que se acerca, Mónica sonriéndome y señalando con la palita una nube. El plan ajeno a mi espíritu de seguir el rastro de la foto me llevo por San Telmo, después el coleccionista de Flores, el cartonero y ahora los sábados me lleva a la feria. Me encadena la búsqueda de su destino y el misterio de su fin, que será el mio. Fue a fines de junio. Una joven solitaria y de aspecto triste la sacó del cajoncito, la miró profundamente. Yo me encontraba cerca. La sostuvo un rato y por el brillo de sus ojos presentí que se la llevaría. Quedé inmóvil a la espera de sus gestos, un escalofrío pareció revivirme. Volvió a acomodarla entre las otras. Seguí sus intrigantes pasos por esa señal. Compró fresias frescas y giró en dirección del cementerio. Con la luz de atardecer entré detrás de la muchacha. Mi recondita obstinación implicaba romper el juramento de no entrar allí. Otros campos santos he recorrido, pero este era prohibido para mi. Después de caminar rápido por las callecitas internas se detuvo frente a un apellido. Sus blancas manos ubicaron la ofrenda. Parecía asustada y su mirada era la de alguien comprometido en sus sentimientos. Tuve que hacer un esfuerzo por contener mi alma. Sin conocer su nombre me creí con derecho a llamarla porque ella conocía el mío. Sin dar un paso más seguí allí, junto a las flores que adornaban con su color la negrura de mi tumba. Sentado en el mármol observé el cielo gris y naranja. Entendí de a poco que su ausencia cerraba el círculo y que ese sería para siempre mi lugar. V.K.F. Polar
El lago Si alguien llega por primera vez a mi pueblo tiene que conocer ciertas cosas que lo hacen diferente a cualquier otro. Del primero que le caiga en gracia recibirá la doble indicación: donde comprar el famoso pan de doña Lucrecia y, seguido a esto, la del lugar adonde no ir, “por ninguna razón, nunca”. Las horas que van desde el atardecer hasta las del alba son las peores, pero en realidad ninguna es buena para caminar por ahi. Un paisano cualquiera le dice a uno en su tono seco, con los ojos bien abiertos: “El lago. Al lago no”. Es inútil pedir detalles. Una sola vez, de chico, por ignorancia, llegué hasta el embarcadero. Cuando regresé y con inocencia confesé adonde había estado, mi padre me llevó a dar un paseo, más bien me sacó de la casa, y me lo contó: “El viejo Tony y su hermano vivían en la Cabaña Negra, antes de que fuera conocida así. Se dedicaban a cortar y vender leña. Eran personas respetadas pero nadie había logrado profundizar en algo parecido a una amistad. Eran flacos como galgos, Tony era el que usaba sombrero y hablaba con los compradores, a Simón nunca se lo escuchó decir palabra. Un día, Simón salió de la casa, había dejado a su hermano mayor durmiendo en su catre, el sol aún no había despegado del horizonte. Se cree que fue llamado por una fuerza inexplicable, una energía fatal como el daño del mismo diablo, que lo convirtió en un sonámbulo. Lo dirigió hacia el interior del bosque, caminó como alma sin paz abandonada en un desierto. Por las huellas se supo que el hombre hizo un recorrido sin sentido, como el de un animal herido. Describió círculos y hasta se cree que estuvo subido a un árbol mucho tiempo. Fue un pescador quien lo cruzó, ya con las primeras luces, en uno de los caminos al lago. Vió que no llevaba nada en los brazos pero por la postura de su cuerpo parecía cargar un gran peso invisible. Como se encontraba en la parte alta del barranco vió a Simón se deslizarse sin control por la pendiente, en un momento hasta llegó a rodar y pensó que se había hecho mucho daño. Pero después lo vio levantarse, y continuar su paso. El pescador no pudo creer lo que estaba sucediendo cuando Simón, sin modificar su recorrido recto desde la pared del barranco, comenzó a introducirse en el lago. ¡Avanzó sin detenerse hasta las rodillas, el pecho, el cuello, todo!; era invierno, nadar era una locura. Esperó verlo salir, lo llamó con inútiles gritos. Pensó en el bote. Llegó lastimado al embarcadero. Remó hasta el punto de inmersión final. El agua era un espejo peligroso, no podría nadar con una pierna y un brazo golpeados, era un riesgo inútil. Entonces se le ocurrió bajar su caña para ver si alcanzaba a tocar a la irremediable víctima, para informar luego si era que se encontraba allí. La punta de su caña se fue hundiendo de a poco, luego realizó el movimiento de verificación. Nada. Pero cuando ya estaba decidido a retirarse de allí sintió que alcanzaba a tocar algo sólido. Y en ese mismo instante, ese “algo”, se aferró a su implemento de pesca y le dio un fuerte tirón, como si quisiera arrebatárselo. El pescador muy asustado dejó que se llevaran el equipo y buscó la orilla remando lo más rápido que pudo. Ese mismo día un grupo realizó una búsqueda liviana del supuesto cadáver. Como nadie reclamó mayor intervención de las autoridades, las tareas del caso se volvieron a repetir pero terminaron al mes. Se entendió todo como “exageración de pescador”, “accidente de un loco”, “suicidio de un desdichado”, y nada más. En el mundo había un sólo ser al que sí le importaba saber que había pasado, Tony. Se cuenta que los días siguientes examinó cada metro del bosque, algunas noches hasta se lo vió por el poblado, errante por callejuelas y terrenos cercanos al cementerio donde sólo un alma en pena puede vagar. Pasaron meses de incertidumbre y aflicción para el hermano. Hasta que una tarde en que llevaba su carro con leña hacia el mercado, Tony se cruzó con aquel pescador quien al reconocerlo se acercó y le dijo: –Disculpe, ¿puedo preguntarle algo? –. Tony tiró de las riendas y lo miró en silencio. Tomando como respuesta esa mirada tosca y revirada, continuó: –Me han dicho que usted esta buscando a su hermano desde hace un tiempo. –Algo así –respondió apesadumbrado. El pescador se acercó y le estiró la mano, le dijo como se llamaba y luego: –Tengo algo para comentarle que le puede interesar. Los dos hombres hablaron y se pusieron de acuerdo. Al otro día saldrían con el bote. Esa noche Tony preparó los implementos para barrer el fondo del lago. Durante toda la mañana siguiente hubo sobre las aguas una niebla muy densa. Los hombres se hablaron sólo para decidir la dirección. El silencio y la bruma hacían más tétrica la misión. “Es por acá”, dijo el pescador y buscó el anclaje. No veían más allá de sus manos. “Puede que esté atascado en las rocas”, dijo como a sí mismo el viejo del bote. Estuvieron varias horas haciendo lances con distintos implementos y recogiendo sogas con pesos, y ganchos. La niebla no se disipaba y decidieron continuar al otro día. Pero en el momento de levar el ancla, el pescador dijo: “está atascada”. Los dos hombres comenzaron a tirar de la soga y con un esfuerzo increíble pudieron sentir que muy de a poco cedía. Al darse cuenta que el ancla traía un gran peso, que algo que estaban levantando del fondo, se miraron. Tony se detuvo un momento y luego soltó el cordel. El ancla volvió a caer. Quedaron sentados, uno frente al otro. Había más luz en el lago y la niebla se fue abriendo. Armaron dos cigarros y fumaron como juntando fuerzas, esperando saber qué pensaba el otro. Tony miró caer al agua la brasita de su tabaco sin quemar. “Hay que cortarla. Atémosle una boya para saber la ubicación. Mañana con más tiempo lo levantaremos”, dijo el pescador. Que mal sonaron esas palabras para Tony, pero, después de todo, se trataba de eso: de sacarlo. Tony volvió solo al muelle a media noche. El lugar se encontraba iluminado por la luna, el reflejo sobre el agua le causaba una pena profunda. Maldijo mil veces el rayo de luz debajo del cual estaba el hermano insepulto. Aves nocturnas acompañaron sus palabras con quejidos. Tony clavó una interminable mirada en la arboleda de la otra orilla. Llegó la hora. La marca hecha resplandecía a unos cuarenta metros de la orilla; era inútil esperar por el pescador. El chapaleo de los remos cesó. Tony se puso de pie y se inclinó sobre el bidón amarillo, cuando estuvo entre sus manos comenzó a jalar lentamente hacia él. Ya tenía dos metros de soga dominados cuando el peso y la fuerza de los brazos movieron el bote hasta quedar sobre el punto donde se sumergía el cabo. Tony se sentó y con los pies apoyados en el lateral fue tirando hasta el límite de sus fuerzas. Traía algo. Un metro más de soga, y otro, cayeron sobre las maderas. Al darse cuenta que faltaba muy poco para que aquello quedase al descubierto el viejo Tony acompañó cada manotazo con el rechinar de sus dientes. Estaba exhausto, enloquecido. Tirar, tirar, sacarlo, verlo, enterrarlo; no había que pensar, sólo levantar, con todas las fuerzas. El gancho del ancla se había incrustado en un brazo, cerca del hombro. La mano hinchada, verdosa, sucia de algas, se levantó detrás del borde de la embarcación. Un anillo fue el signo que confirmó la doble desgracia. Fue un momento perpetuo, la mano deforme suspendida, inerme, y el hermano sosteniéndola. También fue en un instante que ocurrió lo más terrible. Una mano, la otra, se aferró al bote, era la de alguien vivo, no había dudas de eso. Tony soltó la cuerda, la mano siguió aferrada con fuerza. Las ganas de creer que se trataba de su hermano vivo lo llevaron a dar el paso que no debería haber dado nunca, el de asomarse para ver si se trataba de un vivo, o de su muerto. El terror al ver el resto del cuerpo, que se levantó como impulsado en un salto, paralizó al hombre. Sólo sintió que una de sus piernas era atenazada, y que el agua estaba demasiado cerca, un vértigo fatal y el bote tambaleándose. Tony no sabía nadar. Una mujer que fotografiaba el lago vió llegar el sombrero a la orilla. En las noches de luna muy clara, cuando el lago es un pavoroso espejo de agua; cuando, muy cerca se oyen las aves inquietas y los perros sin dueño han alterado su merodeo, en esas indeseables noches se ha visto al terrorífico ser que arrastra la soga y carga con el ancla incrustada cerca del hombro. A Tony nunca más se lo volvió a ver. “Al lago no hay que ir, no vayas nunca”, me dijo mi padre a quien antes le gustaba mucho la pesca. V.K.F. Polar
Hola. Es uno de mis cuentos preferidos. Espero que lo disfruten como yo y se interesen en la obra de este escritor. La capa Dino Buzzati Texto completo Al cabo de una interminable espera, cuando la esperanza comenzaba ya a morir, Giovanni regresó a casa. Todavía no habían dado las dos, su madre estaba quitando la mesa, era un día gris de marzo y volaban las cornejas. Apareció de improviso en el umbral y su madre gritó: «¡Ah, bendito seas!», corriendo a abrazarlo. También Anna y Pietro, sus dos hermanitos mucho más pequeños, se pusieron a gritar de alegría. Había llegado el momento esperado durante meses y meses, tan a menudo entrevisto en los dulces ensueños del alba, que debía traer la felicidad. Él apenas dijo nada, teniendo ya suficiente trabajo con reprimir el llanto. Había dejado en seguida el pesado sable encima de una silla, en la cabeza llevaba aún el gorro de pelo. «Deja que te vea», decía entre lágrimas la madre retirándose un poco hacia atrás, «déjame ver lo guapo que estás. Pero qué pálido estás...» Estaba realmente algo pálido, y como consumido. Se quitó el gorro, avanzó hasta la mitad de la habitación, se sentó. Qué cansado, qué cansado, incluso sonreír parecía que le costaba. -Pero quítate la capa, criatura -dijo la madre, y lo miraba como un prodigio, hasta el punto de sentirse amedrentada; qué alto, qué guapo, qué apuesto se había vuelto (si bien un poco en exceso pálido)-. Quítate la capa, tráela acá, ¿no notas el calor? Él hizo un brusco movimiento de defensa, instintivo, apretando contra sí la capa, quizá por temor a que se la arrebataran. -No, no, deja -respondió, evasivo-, mejor no, es igual, dentro de poco me tengo que ir... -¿Irte? ¿Vuelves después de dos años y te quieres ir tan pronto? -dijo ella desolada al ver de pronto que volvía a empezar, después de tanta alegría, la eterna pena de las madres-. ¿Tanta prisa tienes? ¿Y no vas a comer nada? -Ya he comido, madre -respondió el muchacho con una sonrisa amable, y miraba en torno, saboreando las amadas sombras-. Hemos parado en una hostería a unos kilómetros de aquí... -Ah, ¿no has venido solo? ¿Y quién iba contigo? ¿Un compañero de regimiento? ¿El hijo de Mena, quizá? -No, no, uno que me encontré por el camino. Está ahí afuera, esperando. -¿Está esperando fuera? ¿Y por qué no lo has invitado a entrar? ¿Lo has dejado en medio del camino? Se llegó a la ventana y más allá del huerto, más allá del cancel de madera, alcanzó a ver en el camino a una persona que caminaba arriba y abajo con lentitud; estaba embozada por entero y daba sensación de negro. Nació entonces en su ánimo, incomprensible, en medio de los torbellinos de la inmensa alegría, una pena misteriosa y aguda. -Mejor no -respondió él, resuelto-. Para él sería una molestia, es un tipo raro. -¿Y un vaso de vino? Un vaso de vino se lo podemos llevar, ¿no? -Mejor no, madre. Es un tipo extravagante y es capaz de ponerse furioso. -¿Pues quién es? ¿Por qué se te ha juntado? ¿Qué quiere de ti? -Bien no lo conozco -dijo él lentamente y muy serio-. Lo encontré por el camino. Ha venido conmigo, eso es todo. Parecía preferir hablar de otra cosa, parecía avergonzarse. Y la madre, para no contrariarlo, cambió inmediatamente de tema, pero ya se extinguía de su rostro amable la luz del principio. -Escucha -dijo-, ¿te imaginas a Marietta cuando sepa que has vuelto? ¿Te imaginas qué saltos de alegría? ¿Es por ella por lo que tienes prisa por irte? Él se limitó a sonreír, siempre con aquella expresión de aquel que querría estar contento pero no puede por algún secreto pesar. La madre no alcanzaba a comprender: ¿por qué se estaba ahí sentado, como triste, igual que el lejano día de la partida? Ahora estaba de vuelta, con una vida nueva por delante, una infinidad de días disponibles sin cuidados, con innumerables noches hermosas, un rosario inagotable que se perdía más allá de las montañas, en la inmensidad de los años futuros. Se acabaron las noches de angustia, cuando en el horizonte brotaban resplandores de fuego y se podía pensar que también él estaba allí en medio, tendido inmóvil en tierra, con el pecho atravesado, entre los restos sangrientos. Por fin había vuelto, mayor, más guapo, y qué alegría para Marietta. Dentro de poco llegaría la primavera, se casarían en la iglesia un domingo por la mañana entre flores y repicar de campanas. ¿Por qué, entonces, estaba apagado y distraído, por qué no reía, por qué no contaba sus batallas? ¿Y la capa? ¿Por qué se la ceñía tanto, con el calor que hacía en la casa? ¿Acaso porque el uniforme, debajo, estaba roto y embarrado? Pero con su madre, ¿cómo podía avergonzarse delante de su madre? He aquí que, cuando las penas parecían haber acabado, nacía de pronto una nueva inquietud. Con el dulce rostro ligeramente ceñudo, lo miraba con fijeza y preocupación, atenta a no contrariarlo, a captar con rapidez todos sus deseos. ¿O acaso estaba enfermo? ¿O simplemente agotado a causa de los muchos trabajos? ¿Por qué no hablaba, por qué ni siquiera la miraba? Realmente el hijo no la miraba, parecía más bien evitar que sus miradas se encontraran, como si temiera algo. Y, mientras tanto, los dos hermanos pequeños lo contemplaban mudos, con una extraña vergüenza. -Giovanni -murmuró ella sin poder contenerse más-. ¡Por fin estás aquí! ¡Por fin estás aquí! Espera un momento que te haga el café. Corrió a la cocina. Y Giovanni se quedó con sus hermanos mucho más pequeños que él. Si se hubieran encontrado por la calle ni siquiera se habrían reconocido, tal había sido el cambio en el espacio de dos años. Ahora se miraban recíprocamente en silencio, sin saber qué decirse, pero sonriéndose los tres de cuando en cuando, obedeciendo casi a un viejo pacto no olvidado. Ya estaba de vuelta la madre y con ella el café humeante con un buen pedazo de pastel. Vació la taza de un trago, masticó el pastel con esfuerzo. «¿Qué pasa? ¿Ya no te gusta? ¡Antes te volvía loco!», habría querido decirle la madre, pero calló para no importunarlo. -Giovanni -le propuso en cambio-, ¿y tu cuarto? ¿no quieres verlo? La cama es nueva, ¿sabes? He hecho encalar las paredes, hay una lámpara nueva, ven a verlo... pero ¿y la capa? ¿No te la quitas? ¿No tienes calor? El soldado no le respondió, sino que se levantó de la silla y se encaminó a la estancia vecina. Sus gestos tenían una especie de pesada lentitud, como si no tuviera veinte años. La madre se adelantó corriendo para abrir los postigos (pero entró solamente una luz gris, carente de cualquier alegría). -Está precioso -dijo él con débil entusiasmo cuando estuvo en el umbral, a la vista de los muebles nuevos, de los visillos inmaculados, de las paredes blancas, todos ellos nuevos y limpios. Pero, al inclinarse la madre para arreglar la colcha de la cama, también flamante, posó él la mirada en sus frágiles hombros, una mirada de inefable tristeza que nadie, además, podía ver. Anna y Pietro, de hecho, estaban detrás de él, las caritas radiantes, esperando una gran escena de regocijo y sorpresa. Sin embargo, nada. «Muy bonito. Gracias, sabes, madre», repitió, y eso fue todo. Movía los ojos con inquietud, como quien desea concluir un coloquio penoso. Pero sobre todo miraba de cuando en cuando con evidente preocupación, a través de la ventana, el cancel de madera verde detrás del cual una figura andaba arriba y abajo lentamente. -¿Te gusta, Giovanni? ¿Te gusta? -preguntó ella, impaciente por verlo feliz. «¡Oh, sí, está precioso!» respondió el hijo (pero ¿por qué se empeñaba en no quitarse la capa?) y continuaba sonriendo con muchísimo esfuerzo. -Giovanni -le suplicó-. ¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa, Giovanni? Tú me ocultas algo, ¿por qué no me lo quieres decir? Él se mordió los labios, parecía que tuviese algo atravesado en la garganta. -Madre -respondió, pasado un instante, con voz opaca-, madre, ahora me tengo que ir. -¿Que te tienes que ir? Pero vuelves en seguida, ¿no? Vas donde Marietta, ¿a que sí? Dime la verdad, ¿vas donde Marietta? -y trataba de bromear, aun sintiendo pena. -No lo sé, madre -respondió él, siempre con aquel tono contenido y amargo; entre tanto, se encaminaba a la puerta y había recogido ya el gorro de pelo-, no lo sé, pero ahora me tengo que ir, ése está ahí esperándome. -¿Pero vuelves luego?, ¿vuelves? Dentro de dos horas aquí, ¿verdad? Haré que vengan también el tío Giulio y la tía, figúrate qué alegría para ellos también, intenta llegar un poco antes de que comamos... -Madre -repitió el hijo como si la conjurase a no decir nada más, a callar por caridad, a no aumentar la pena-. Ahora me tengo que ir, ahí está ése esperándome, ya ha tenido demasiada paciencia-. Y la miró fijamente... Se acercó a la puerta; sus hermanos pequeños, todavía divertidos, se apretaron contra él y Pietro levantó una punta de la capa para saber cómo estaba vestido su hermano por debajo. -¡Pietro! ¡Pietro! Estate quieto, ¿qué haces?, ¡déjalo en paz, Pietro! -gritó la madre temiendo que Giovanni se enfadase. -¡No, no! -exclamó el soldado, advirtiendo el gesto del muchacho. Pero ya era tarde. Los dos faldones de paño azul se habían abierto un instante. -¡Oh, Giovanni, vida mía!, ¿qué te han hecho? -tartamudeó la madre hundiendo el rostro entre las manos-. Giovanni, ¡esto es sangre! -Tengo que irme, madre -repitió él por segunda vez con desesperada firmeza-. Ya lo he hecho esperar bastante. Hasta luego Anna, hasta luego Pietro, adiós madre. Estaba ya en la puerta. Salió como llevado por el viento. Atravesó el huerto casi a la carrera, abrió el cancel, dos caballos partieron al galope bajo el cielo gris, no hacia el pueblo, no, sino a través de los prados, hacia el norte, en dirección a las montañas. Galopaban, galopaban. Entonces la madre por fin comprendió; un vacío inmenso que nunca los siglos habrían bastado a colmar se abrió en su corazón. Comprendió la historia de la capa, la tristeza del hijo y sobre todo quién era el misterioso individuo que paseaba arriba y abajo por el camino esperando, quién era aquel siniestro personaje tan paciente. Tan misericordioso y paciente como para acompañar a Giovanni a su vieja casa (antes de llevárselo para siempre), a fin de que pudiera saludar a su madre; de esperar tantos minutos detrás del cancel, de pie, en medio del polvo, él, señor del mundo, como un pordiosero hambriento. FIN Dino Buzzati (Belluno, 16 de octubre de 1906 – Milán, 28 de enero de 1972) fue un novelista y escritor de relatos italiano, así como periodista del Corriere della sera. Buzzati y la literatura La obra literaria de Dino Buzzati remite —como se había anticipado— por una parte a la influencia de Kafka por el escarnio y la expresión de la impotencia humana enfrentada al laberinto de un mundo incomprensible. Pero también remite al Surrealismo, como acaece en sus cuentos en donde la connotación onírica está siempre muy presente. Aunque tal vez el más convincente de los intentos de establecer relaciones haya que buscarlo en su parentesco con las corrientes existencialistas de los años 1940–1950. O en la proximidad al espíritu de La náusea (1938) de Jean-Paul Sartre; o en la de Albert Camus con El extranjero (1942). Por otro lado debemos volver a remarcar que El desierto de los tártaros ha gestado la total notoriedad del autor, que conoció con esta novela el éxito mundial; obra no desprovista en sus descripciones de una cierta relación con un «presente perpetuo e interminable», que vinculan este tópico con otros dos grandes clásicos: Georges Perec y Las cosas, y Thomas Mann con su Montaña mágica. Su obra incluye • Bàrnabo de las montañas, 1933 • El secreto del Bosque Viejo, 1935 • El desierto de los tártaros, 1940 • La famosa invasión de Sicilia por los osos, 1945 • Sesenta relatos, 1958 • El gran retrato, 1960 • Un amor, 1963 • Poema en viñetas, 1969 Más cuentos de Dino Cuentos míos aquí Poesías mías aquí ...
Hola. Estas poesías fueron escritas por mi con el pseudónimo V.K.F. Polar, espero les gusten. Atardece 1 Oculta en una mano la tarde se ha ido La noche la encerró en su palma y la llevó hacia el final del río Más acá la autopista murmura su ley La ciudad es una veloz angustia que tira de los mil cordeles de cada corazón Es dulce el tirón cuando se mira hacia las terrazas Más acá tres chicos arman su cancha luego se van El naranja del cielo corta la respiración de dos amantes que proyectan sus alientos al infinito Todavía es sábado Nadie supo qué esperar del día y sin embargo al terminar les da a todos algo que los calma. Verde canción La corteza de sus manos oprime con suavidad la taza La taza aguarda la respuesta entre la madera descascarada que la enfría Escucho la callada música del bar Veo que de mis pies crecen raíces penetran las suelas y las baldosas En un último esfuerzo bebo los restos del pocillo No sé cuanto tiempo hace que ella ha pasado por el ventanal con un duro gesto Ese viento sacude ahora mis ramas recien brotadas La canción vuelve amarillas las hojas Caen se amontonan sobre la mesa. El guía sagrado Al costado de la ruta crecen casas que hablan con el humo de lo frito, de lo que se hunde en el aceite cuando termina la lluvia Porque mientras llueve, con el espanto que el agua produce en los ojos de los críos, en la mugre humedecida del abuelo, durante las goteras no hay tiempo para pensar en comida la gente piensa en acomodar sus tachitos y en nada más Al costado de la velocidad casi contra ella veo un perro amarillo rascándose pasan los carros alguien sin paraguas y sin calzado Pido bajar en medio de ese paisaje Piso el suelo tierno Las casas quedaron atrás me amenaza el bramido sordo de los coches la incomodidad me invade recupero de a poco la visión Veo una capilla a lo lejos me intriga saber quien reza allí en ese momento Camino despacio Las nubes se han cerrado de nuevo Ya no escucho los coches una bicicleta pasa a mi lado corta cada tanto el barrial y sosobra La capilla es blanca, discreta y triste en el piso de la entrada, enroscado sobre sí como guardían del templo descansa atento el perro amarillo Las ráfagas pesadas hacen que el animal levante la cabeza soy un fantasma también para él De pronto deja de intrigarme lo que sucede ahí adentro Quisiera volver a mi lugar en el omnibus y abandonar la nostalgia de un pueblo así El agua cesa Una mujer pasa a mi lado apurada y entra en la capilla La hubiera esperado para que me hablara acerca de lo que pide lo imagino y vuelvo a caminar despreocupado de todo con el perro delante como guía sagrado hacia la estación. Bonustrack Lo que pierdo La miro reír parece una niña su docilidad nubla mi cabeza pero aún debo ser una sombra en la noche de su cuarto La miro una vez más la divierte esta vida que acrecienta mis males Se viste en el cuarto y yo miro el espejo que la muestra a ella sola eternamente sola y tan linda He llegado de un mar interminable y espeso deseando que nada la toque que acepte mi aullido que lo escuche sin miedo Pena de todos los siglos Amigas del castillo más frío, metamorfosis negras, y rojas, infantiles brujerías es lo que son ¿Qué es lo que pierdo? Si ahora mientras medita acerca del Amor me convierto en esclavo de su carne mordiendo su cuello. Hasta la próxima... V.K.F. Polar

¡Hola! Dos relatos breves y una poesía de mi creación para que lean y comenten. Espero les gusten... La máscara La chica encuentra el disfraz de gorila que usó su hermano en la fiesta de la noche anterior. Está sucio y tiene olor a cerveza. Usa la máscara para asustar a su madre. Su madre le dice que de ahora en más no le va a creer cuando le diga que le duele algo, porque la chica dijo que se había lastimado, para atraerla y asustarla. En la entrada de la casa se escucha el motor de un coche. Es el nuevo novio de la madre que llega para llevarlas a un día de camping. El hombre toca el timbre y la chica se apura a peinarse y ordenar sus ropas, piensa en asustar al visitante pero eso sería darle confianza y no quiere. "Hola, llegué tarde porque estaba cerrado el negocio de flores", dice él ofreciéndole jazmines a la mujer que le responde exagerando el "¡gracias!”, “ya estamos listas", inunda su nariz de perfume y llama a la niña. En el viaje la madre le anuncia que ella y el novio irán a Europa y que se quedará con su tía o con su padre, como prefiera. Discuten. El hombre la mira cada tanto por el espejo, mira a la mujer y vuelve los ojos a la ruta. Es profundo el dolor que siente la chica. Mira el paisaje. Los campos. La nuca del tipo. Piensa en su cuarto. Imagina que se pone la máscara, toca el hombro de la madre, ella se da vuelta y la ve llorar. V.K.F. Polar El verano En la playa tres amigas terminan de acomodar sus bronceadores en la canasta, se cubren con shorts y pareos, cruzan la arena suelta y llegan al asfalto. En la mañana estaran a 400 kilómetros, en sus repectivos trabajos. Se ve a lo lejos un hombre canoso y bronceado por demás, sigue a su perro boxer que juega con el borde corredizo del agua. El viento se vuelve frío y una pareja apura el paso hacia la carpa. Al rato salen en dirección del hotel que está enfrente. Estoy sentado mirando hacia el mar en una silla de mimbre naranja del balneario, no la pagué pero conozco a la hija del dueño del "Costa Azul". Me arden los empeines y siento la cara como de cartón. Las olas han llegado a su límite de pleamar y a partir de ahora comenzaran a bajar. El viejo pasa frente mio. El perro parece guiarlo hacia un lugar donde olvidar las cosas malas que ha vivido. Lo imagino resignado y con miedo a la muerte, haciendo todo lo posible por alejarse de ella. "Se broncean para cargarse de energía", pienso, los viejos son así. Recuerdo las pilas gastadas que de chico envolvía en diario y recargaba al sol, duraban una semana más. Así son. ¿Cómo seré de viejo? El perro se detiene a jugar con otro que le sale al paso, uno vagabundo que siempre veo por ahí. La avioneta con la propaganda del teatro no ha pasado, o por lo menos no la vi hoy. El viento arrastra una bolsa que se enrieda en los tobillos del señor canoso. Los perros se alejan cada vez más girando sobre sí mismos. Me paro, parezco dueño de la playa vacía, como si eso inservible y abandonado me fuera regalado por inútil. "¡Duque! ¡Duque!", grita el anciano tostado. Veo a la hija del dueño, me mira y acomodo la silla donde estaba. Hace un gesto para dominar su cabello, ése que me encanta. La saludo con la mano y me responde. Para ella es un saludo más, para mi significa el fin del verano y algo que reafirma mi soledad. V.K.F. Polar Vértigo y salto La habitación a oscuras La ventana mostrando un mundo de luces El humo escondido El punto rojo de la braza Un libro tirado Una sábana con su perfume Una hora fuera del tiempo En un hotel que da lástima y miedo Alguien a golpeado la puerta, sabe que estoy Me pedirá dinero Le pagaré Saldré a la calle Miraré desde allí esta ventana Me asomaré, y miraré hacia abajo Vértigo y salto Estirando los brazos rescataré mi alma. V.K.F. Polar PD: El tema que une los tres escritos parece ser la soledad, recién ahora me doy cuenta... ...
Hola quiero compratir con ustedes algo que escribí hace un rato y espero aporte algo a mi categoría preferida. Saludos. La luz El trayecto entre un puente y el otro incluye las chatarras de viejos barcos y silos listos para ser demolidos. Las aguas negras hoy están encausadas por camalotes, mañana por mugre flotante. Era la primera cita y un poco cansado de mis fracasos amorosos decidí tomar el siguiente como uno más, mis expectativas sumaban cero. Con esta idea en mente, la de no perder nada si la perdía, pensé en hacer las cosas a mi manera esta vez, por primera vez. “El jueves, a las seis, frente a la fábrica de muebles abandonada, decíle al taxista la dirección que te di, él sabe” –le dije. Sin pensar en lo hermosa que era caminé hacia el lugar en el mundo que más me gusta. Sin pensar demasiado en lo hermosa que era, ni en como haría para seguir yendo a clases si la cosa salía mal, caminé esa tarde de la llamada por el borde de la rambla, como cada tarde. Conocía cada pudredumbre del paisaje. Me sentía reflejado en el óxido de las chapas que años atrás daban de comer a una tripulación que quién sabe dónde estaría dispersa ahora. Entre esos navegantes había estado mi padre y yo había soñado también con formar parte algún día de esa gente. Ya lo tenía decidido: oficial de mantenimiento, eso era lo que quería ser. Y justo cuando el sueño terminaba de convencer a mi pobre madre fue cuando todo se vino abajo. Mi padre despedido, la compañía cerrada como tantas otras. Después de un tiempo el barco vino a para a su destino final, este río que es miniatura maldita del otro, en el que desemboca. Esa tarde de la llamada descubrí un grafitti que no había visto nunca. En letra roja decía: “Nueva Roma rock”. Leerlo me produjo una mezcla de pena y gracia como cuando uno ve a un payaso fuera de un circo. El sol caía a mis espaldas. No pude evitar pensar en su perfume cuando pasé por el inútil banco de madera. “No me importa nada” -me dije-, “¿quiere saber quién soy? Soy esto, un sueño cerrado, alguien que no promete nada, que se ha quedado en el tiempo”. Llegué al otro puente odiándome, teniendo lástima de todo y de todos. Ella piensa que soy inteligente porque apruebo exámenes y soy un tipo que daría lo que tiene por ver de nuevo a su padre. Ella piensa que soy el que le dará amor eterno, proyectos, y recorro esta zona muerta como si fuera el pasado y el futuro de la Humanidad. "Por primera vez alguien lo va a saber". "Éste es el lugar que me gusta". A las cinco del jueves ya estaba sentado en el banco, a cien metros debía detenerse el coche. El río estaba crecido. Llegó puntual. Caminé hasta ella con vergüenza y sintiéndome el tipo más sincero de la tierra. La saludé y empezamos a caminar. Noté su nerviosismo y mi silencio lo acentuó. Dijo algo sobre el clima. Después de un rato de andar miré hacia los silos de enfrente, su pelo y su perfume me cegaron dándome más luz que el sol. Ya no sentí ganas de odiarme, sólo de buscar sus ojos y leer sus sentimientos. Miré el puente, y tomé su mano. “Volvamos”, me dijo y la solté sonriendo. “Sí, volvamos” respondí. Noté sus ganas de escucharme, de que le explicara que era todo eso. Yo disfrutaba de cada paso, y ella volvía a hablar sobre los exámenes o el tiempo o la importancia de caminar para la salud. Pagué caro mi sinceridad. Miré con paciencia como se perdía el taxi entre el tráfico. Vi la ciudad corriendo a mi alrededor de nuevo. Vi mi cara reflejada en una vidriera como la de un fantasma viejo. Dejé de ir a clases. Ahora la veo en sueños. V.K.F. Polar ...