El lago
Si alguien llega por primera vez a mi pueblo tiene que conocer ciertas cosas que lo hacen diferente a cualquier otro. Del primero que le caiga en gracia recibirá la doble indicación: donde comprar el famoso pan de doña Lucrecia y, seguido a esto, la del lugar adonde no ir, “por ninguna razón, nunca”. Las horas que van desde el atardecer hasta las del alba son las peores, pero en realidad ninguna es buena para caminar por ahi. Un paisano cualquiera le dice a uno en su tono seco, con los ojos bien abiertos: “El lago. Al lago no”. Es inútil pedir detalles.
Una sola vez, de chico, por ignorancia, llegué hasta el embarcadero. Cuando regresé y con inocencia confesé adonde había estado, mi padre me llevó a dar un paseo, más bien me sacó de la casa, y me lo contó:
“El viejo Tony y su hermano vivían en la Cabaña Negra, antes de que fuera conocida así. Se dedicaban a cortar y vender leña. Eran personas respetadas pero nadie había logrado profundizar en algo parecido a una amistad. Eran flacos como galgos, Tony era el que usaba sombrero y hablaba con los compradores, a Simón nunca se lo escuchó decir palabra.
Un día, Simón salió de la casa, había dejado a su hermano mayor durmiendo en su catre, el sol aún no había despegado del horizonte. Se cree que fue llamado por una fuerza inexplicable, una energía fatal como el daño del mismo diablo, que lo convirtió en un sonámbulo. Lo dirigió hacia el interior del bosque, caminó como alma sin paz abandonada en un desierto. Por las huellas se supo que el hombre hizo un recorrido sin sentido, como el de un animal herido. Describió círculos y hasta se cree que estuvo subido a un árbol mucho tiempo. Fue un pescador quien lo cruzó, ya con las primeras luces, en uno de los caminos al lago. Vió que no llevaba nada en los brazos pero por la postura de su cuerpo parecía cargar un gran peso invisible. Como se encontraba en la parte alta del barranco vió a Simón se deslizarse sin control por la pendiente, en un momento hasta llegó a rodar y pensó que se había hecho mucho daño. Pero después lo vio levantarse, y continuar su paso. El pescador no pudo creer lo que estaba sucediendo cuando Simón, sin modificar su recorrido recto desde la pared del barranco, comenzó a introducirse en el lago. ¡Avanzó sin detenerse hasta las rodillas, el pecho, el cuello, todo!; era invierno, nadar era una locura. Esperó verlo salir, lo llamó con inútiles gritos. Pensó en el bote. Llegó lastimado al embarcadero. Remó hasta el punto de inmersión final. El agua era un espejo peligroso, no podría nadar con una pierna y un brazo golpeados, era un riesgo inútil. Entonces se le ocurrió bajar su caña para ver si alcanzaba a tocar a la irremediable víctima, para informar luego si era que se encontraba allí. La punta de su caña se fue hundiendo de a poco, luego realizó el movimiento de verificación. Nada. Pero cuando ya estaba decidido a retirarse de allí sintió que alcanzaba a tocar algo sólido. Y en ese mismo instante, ese “algo”, se aferró a su implemento de pesca y le dio un fuerte tirón, como si quisiera arrebatárselo. El pescador muy asustado dejó que se llevaran el equipo y buscó la orilla remando lo más rápido que pudo.
Ese mismo día un grupo realizó una búsqueda liviana del supuesto cadáver. Como nadie reclamó mayor intervención de las autoridades, las tareas del caso se volvieron a repetir pero terminaron al mes. Se entendió todo como “exageración de pescador”, “accidente de un loco”, “suicidio de un desdichado”, y nada más. En el mundo había un sólo ser al que sí le importaba saber que había pasado, Tony. Se cuenta que los días siguientes examinó cada metro del bosque, algunas noches hasta se lo vió por el poblado, errante por callejuelas y terrenos cercanos al cementerio donde sólo un alma en pena puede vagar. Pasaron meses de incertidumbre y aflicción para el hermano. Hasta que una tarde en que llevaba su carro con leña hacia el mercado, Tony se cruzó con aquel pescador quien al reconocerlo se acercó y le dijo:
–Disculpe, ¿puedo preguntarle algo? –. Tony tiró de las riendas y lo miró en silencio. Tomando como respuesta esa mirada tosca y revirada, continuó:
–Me han dicho que usted esta buscando a su hermano desde hace un tiempo.
–Algo así –respondió apesadumbrado. El pescador se acercó y le estiró la mano, le dijo como se llamaba y luego:
–Tengo algo para comentarle que le puede interesar.
Los dos hombres hablaron y se pusieron de acuerdo. Al otro día saldrían con el bote. Esa noche Tony preparó los implementos para barrer el fondo del lago. Durante toda la mañana siguiente hubo sobre las aguas una niebla muy densa. Los hombres se hablaron sólo para decidir la dirección. El silencio y la bruma hacían más tétrica la misión. “Es por acá”, dijo el pescador y buscó el anclaje. No veían más allá de sus manos. “Puede que esté atascado en las rocas”, dijo como a sí mismo el viejo del bote. Estuvieron varias horas haciendo lances con distintos implementos y recogiendo sogas con pesos, y ganchos. La niebla no se disipaba y decidieron continuar al otro día. Pero en el momento de levar el ancla, el pescador dijo: “está atascada”. Los dos hombres comenzaron a tirar de la soga y con un esfuerzo increíble pudieron sentir que muy de a poco cedía. Al darse cuenta que el ancla traía un gran peso, que algo que estaban levantando del fondo, se miraron. Tony se detuvo un momento y luego soltó el cordel. El ancla volvió a caer. Quedaron sentados, uno frente al otro.
Había más luz en el lago y la niebla se fue abriendo. Armaron dos cigarros y fumaron como juntando fuerzas, esperando saber qué pensaba el otro. Tony miró caer al agua la brasita de su tabaco sin quemar. “Hay que cortarla. Atémosle una boya para saber la ubicación. Mañana con más tiempo lo levantaremos”, dijo el pescador. Que mal sonaron esas palabras para Tony, pero, después de todo, se trataba de eso: de sacarlo.
Tony volvió solo al muelle a media noche. El lugar se encontraba iluminado por la luna, el reflejo sobre el agua le causaba una pena profunda. Maldijo mil veces el rayo de luz debajo del cual estaba el hermano insepulto. Aves nocturnas acompañaron sus palabras con quejidos. Tony clavó una interminable mirada en la arboleda de la otra orilla.
Llegó la hora. La marca hecha resplandecía a unos cuarenta metros de la orilla; era inútil esperar por el pescador.
El chapaleo de los remos cesó. Tony se puso de pie y se inclinó sobre el bidón amarillo, cuando estuvo entre sus manos comenzó a jalar lentamente hacia él. Ya tenía dos metros de soga dominados cuando el peso y la fuerza de los brazos movieron el bote hasta quedar sobre el punto donde se sumergía el cabo. Tony se sentó y con los pies apoyados en el lateral fue tirando hasta el límite de sus fuerzas. Traía algo. Un metro más de soga, y otro, cayeron sobre las maderas. Al darse cuenta que faltaba muy poco para que aquello quedase al descubierto el viejo Tony acompañó cada manotazo con el rechinar de sus dientes. Estaba exhausto, enloquecido. Tirar, tirar, sacarlo, verlo, enterrarlo; no había que pensar, sólo levantar, con todas las fuerzas.
El gancho del ancla se había incrustado en un brazo, cerca del hombro. La mano hinchada, verdosa, sucia de algas, se levantó detrás del borde de la embarcación. Un anillo fue el signo que confirmó la doble desgracia.
Fue un momento perpetuo, la mano deforme suspendida, inerme, y el hermano sosteniéndola. También fue en un instante que ocurrió lo más terrible. Una mano, la otra, se aferró al bote, era la de alguien vivo, no había dudas de eso. Tony soltó la cuerda, la mano siguió aferrada con fuerza. Las ganas de creer que se trataba de su hermano vivo lo llevaron a dar el paso que no debería haber dado nunca, el de asomarse para ver si se trataba de un vivo, o de su muerto. El terror al ver el resto del cuerpo, que se levantó como impulsado en un salto, paralizó al hombre. Sólo sintió que una de sus piernas era atenazada, y que el agua estaba demasiado cerca, un vértigo fatal y el bote tambaleándose. Tony no sabía nadar. Una mujer que fotografiaba el lago vió llegar el sombrero a la orilla.
En las noches de luna muy clara, cuando el lago es un pavoroso espejo de agua; cuando, muy cerca se oyen las aves inquietas y los perros sin dueño han alterado su merodeo, en esas indeseables noches se ha visto al terrorífico ser que arrastra la soga y carga con el ancla incrustada cerca del hombro. A Tony nunca más se lo volvió a ver. “Al lago no hay que ir, no vayas nunca”, me dijo mi padre a quien antes le gustaba mucho la pesca.
V.K.F. Polar