La ofrenda
Ahora me veo a la distancia, como si pudiera reflexionar de modo auténtico sobre mi ser. Cada sábado fugo por unas horas de entre los despojos amueblados de la casucha en venta de la calle Dumont. Lo hago si el clima es bueno porque voy hasta la feria que arman en el parque y si llueve no aparecen.
Me tomo mi tiempo para llegar, aunque la distancia es corta. Salgo ni bien amanece, a veces antes. Camino hacia un único puesto en el que permanezco hasta la noche, es el número 34. Viejas penas me encadenan al lugar donde vivo pero una poderosa energía me hace salir con un fin que parece inquebrantable. Ver una foto.
Tratan de venderla en ese puesto de antiguedades. Sólo en eso ocupo los días, en contemplarla en medio del ruido de la calle y la gente. Fui lustrabotas, tuve varios oficios, hasta orfebre en un tiempo; me volví un vago sin darme cuenta. Busco el recuerdo que no encuentro en esa foto de mis hijos. Eran pequeños, están en la playa. Rubencito con su castillo, desconfiando de una ola que se acerca, Mónica sonriéndome y señalando con la palita una nube.
El plan ajeno a mi espíritu de seguir el rastro de la foto me llevo por San Telmo, después el coleccionista de Flores, el cartonero y ahora los sábados me lleva a la feria. Me encadena la búsqueda de su destino y el misterio de su fin, que será el mio.
Fue a fines de junio. Una joven solitaria y de aspecto triste la sacó del cajoncito, la miró profundamente. Yo me encontraba cerca. La sostuvo un rato y por el brillo de sus ojos presentí que se la llevaría. Quedé inmóvil a la espera de sus gestos, un escalofrío pareció revivirme. Volvió a acomodarla entre las otras. Seguí sus intrigantes pasos por esa señal.
Compró fresias frescas y giró en dirección del cementerio. Con la luz de atardecer entré detrás de la muchacha. Mi recondita obstinación implicaba romper el juramento de no entrar allí. Otros campos santos he recorrido, pero este era prohibido para mi. Después de caminar rápido por las callecitas internas se detuvo frente a un apellido. Sus blancas manos ubicaron la ofrenda. Parecía asustada y su mirada era la de alguien comprometido en sus sentimientos. Tuve que hacer un esfuerzo por contener mi alma. Sin conocer su nombre me creí con derecho a llamarla porque ella conocía el mío. Sin dar un paso más seguí allí, junto a las flores que adornaban con su color la negrura de mi tumba. Sentado en el mármol observé el cielo gris y naranja. Entendí de a poco que su ausencia cerraba el círculo y que ese sería para siempre mi lugar.
V.K.F. Polar