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cubix1990

Usuario (Paraguay)

Primer post: 2 mar 2011Último post: 20 abr 2012
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170 horas con extraterretres - lo q ignoramos(segunda parte)
InfoporAnónimo3/2/2011

DOMINGO 15 DE MAYO DE 1960 Aquella mañana amaneció con el cielo nublado, después de algunos días de Sol radiante. Pensé que si llovía, sería difícil caminar por los cerros y ante esa po¬sible inconveniencia, estuve a punto de postergar la ca¬minata de aquel día. Mientras yo me lamentaba por el desfavorable estado climático, Quispe tocó a mi puerta. Le abrí. Al verlo tan entusiasmado por el pasen, cambié de opinión; en pocos minutos me alisté y partimos. Cruzamos el río Kitaraqsa y empezamos a subir los altos cerros que se originan desde su orilla derecha. Du¬rante el camino recordaba escenas de los encuentros que había tenido con los extraños en días anteriores. Por ra¬tos acudía a mi mente el pensamiento de que ellos se, empeñaban en involucrarme en sus "fines"; eso turbaba mi tranquilidad y por eso me alegraba de haber cambiado de zona para mis paseos de ese día, y así evitar un nuevo encuentro. Pero lo que más me inquietaba era saber quiénes eran aquellos hombres y qué estaban buscando en las abruptas y despobladas faldas de los Andes peruanos, en la región de Ancash. Mientras trataba de encontrar la explicación a esa incomprensible incógnita, noté que mi acompañante caminaba sobre las piedras con destreza y rapidez. Pensé que con él recorrería en un día, muchos más cerros de los que anteriormente había recorrido con Pérez y eso me alegró. Me di cuenta que Quispe poseía práctica y agilidad para trepar cerros, por lo cual decidí conversar con él de sus experiencias. Como habíamos caminado ya varias horas, le propuse un pequeño descanso con la intención de hablarle con tranquilidad. -Descansaremos unos minutos, ¿qué te parece?- le pregunté mientras hacía un esfuerzo para vencer la fatiga -Pienso que es muy temprano, recién hemos empe¬zado a subir, pero si usted quiere paramos un rato¬ respondió Quispe, mostrándose sorprendido por mi sugerencia. -Avanzaremos hasta esa piedra grande, allá arriba, creo que es un lugar dominante para observar los alre¬dedores, ¿qué opinas?-. -Está bien, señor, vamos- respondió él, emparejan¬do su paso con el mío. Cuando llegamos junto a la piedra, él subió primero y se quedó de pie observando a su alrededor con mucha atención, como si buscase algo perdido entre los peñas¬cos; yo subí también y me senté, -¿Qué estás observando con tanto empeño? ¿Aca¬so tratas de descubrir algo?- le dije con expresión de burla. Quispe sonrió y calló por unos instantes. Parecía que estaba tomando ánimo para confirmar algo muy impor¬tante y luego me habló: -La verdad es, señor, que me da miedo y vergüenza decir lo que estoy buscando, En estas regiones a veces suceden cosas raras y cuando uno las cuenta, le dicen que está loco, que lo ha soñado al quedarse dormido por el cansancio, o que se está convirtiendo en brujo-. -¿De qué estas hablando, Quispe?- pregunté y luego, para darle confianza, agregué: dímelo de una vez. Ten la seguridad de que no te consideraré loco. Si no confiara en ti, no aceptaría que me acompañaras en este paseo- le dije persuasivamente. -¿Verdad que no se burlará de mí si le cuento un secreto?¬ -Oh no, amigo mío, yo jamás me burlo de nadie. En mi concepto, todas las personas tienen derecho a pensar, opinar, preguntar y sugerir acerca de cualquier cosa que compone la vida que nos rodea, y de la cual nosotros también somos una partícula-. -¿Habla Ud. en serio, señor?¬ -Así es, amigo; para mí, las opiniones, sucesos y problemas relacionados con la vida, son motivo de res¬peto y no de burla-. -Gracias; señor- respondió con un tono de voz que expresaba alivio; se sentó a mi lado y mirándome dijo: Por estos lugares están viviendo constantemente, unas personas raras y extrañas que dicen venir de un mundo lejano-. -Ya lo sé, Quispe, dicen que son habitantes de un planeta llamado Apu; viajan por el espacio en unas naves que tienen forma de platillos, aviones, troncos, peras, ci¬garros y otros modelos diferentes-. -Señor, ¿cómo sabe, Ud. todo eso? ¿Quién se lo ha contado? ¬http://2.bp.blogspot.com/_mZJkSvzLyPE/SNu8Zho2GlI/AAAAAAAABpE/Kj9i8nDNUBM/s320/technoplane.jpg -Nadie me lo ha contado, Quispe, yo los he visto-. -¿¡Verdad, señor!?- exclamó él poniéndose de pie y sonriendo de alegría. -Así es, amigo. Si quieres ser sincero conmigo, siéntate y cuéntame todo lo que sabes sobre esos visi¬tantes- le dije mientras en mi mente surgía otra confirma¬ción más de que los forasteros utilizaban argucias, haciéndose pasar por extraterrestres para engañar a los campesinos, aprovechar su ignorancia y utilizarlos para sus fines. -Gracias, señor, muchas gracias, y sepa que le con¬taré la pura verdad- subrayó y empezó a referir caso por caso sus encuentros, tratando de no omitir ni el más mí¬nimo detalle. Mientras Quispe narraba sus experiencias, miré ha¬cia los picos de la Cordillera Blanca, que eslabonados unos tras otros, forman un majestuoso collar blanco que la naturaleza creó para adornar el Continente Americano. De pronto vi que un cóndor cruzaba el espacio aco¬sado por un cernícalo, dirigiéndose veloz hacia las escarpadas montañas de la orilla izquierda del río Kitaraq¬sa. Por primera vez en mi vida observaba que una gi¬gantesca ave, cuya envergadura sobrepasaba los dos metros, huía despavorida de un pajarillo del tamaño de una paloma. "Un gigante huyendo de una avecilla” pen¬sé. Me pareció ridículo y solté una fuerte carcajada. -¿Se está burlando de mí, señor? - me dijo Quispe sorprendido, interrumpiendo su narración. -No, amigo, por favor, no me estoy burlando, vi al cóndor huyendo de un cernícalo y me pareció ridículo, por eso me reí-. -Tiene Ud. razón, señor, el cernícalo es muy pe¬queño y por eso el cóndor no lo puede atrapar. A veces “los grandes" se crean problemas por abusar demasiado de "los pequeños". Pero cuando éstos se rebelan, aqué¬llos se alteran y hasta cometen errores graves- recalcó sonriente mi compañero. Comprendí la expresión de Quispe, que a pesar de su ingenuidad acababa de tocar el problema más negativo de la sociedad humana; "¿Ven¬drá el día en que los hombres reemplacen la palabra 'dis¬criminación' por la de 'fraternidad'?, pensé, y confiado en la pronta realización de ese anhelo de la humanidad, me puse de pie. -¡A caminar, amigo! - dije a Quispe. -¡Así se habla, señor!, nos falta todavía mucho. .. ¿Qué hora marca su reloj?¬ -Son las diez y cinco minutos- respondí. -A las doce estaremos en la cima, si caminamos pa¬rejo, pero si nos ponemos a descansar cada doscientos metros, no llegaremos a la cumbre ni en todo el día- afir¬mó Quispe refiriéndose al tiempo que habíamos perdido en descansar. -Me portaré bien desde ahora, y no descansaremos hasta que tú lo ordenes, te nombro jefe de la expedición¬ le dije. El sonrió y aceleró el paso. Habíamos subido a la cumbre de un escarpado cerro ubicado frente al nevado de Champara. Nos encontrábamos, pues, a más de cua¬tro mil metros de altura sobre el nivel del mar, y el viento frío nos agotaba. Nos detuvimos unos instantes para re¬coger el rumbo a tomar y acordamos avanzar hasta la pequeña loma ubicada frente a nosotros, y allí encender una fogata para calentarnos las manos. Casi al llegar a ese lugar nos encontramos con un par de cabras. -Se han separado de su rebaño- me dijo Quispe mientras observaba a una de ellas que tenía un solo ca¬cho y cojeaba de una pata delantera. -Así lo creo; ojala que encontremos al dueño para que nos recomiende algún lugar interesante que podamos visitar-. -Seguro lo encontraremos, señor, por acá viven bastantes pastores. -Desde aquella loma principia una Ila¬nura extensa y pedregosa, pero con abundante pasto pa¬ra los animales. Cuando estemos arriba lo va a compro¬bar- aseguró Quispe. Avanzamos animosamente. Minutos después nos encontrábamos ya en la cumbre de la loma. Frente a no¬sotros apareció, efectivamente, una llanura parcialmente atravesada por profundas zanjas formadas por algún remoto huayco, lo que contrastaba con los bosques y arbustos que crecían en algunas áreas. Nos apuramos en subir sobre un peñasco elevado para darnos cuenta de los pormenores del lugar. De pronto, a poca distancia de nosotros vimos un claro de regular extensión donde pas¬taban vacas, ovejas, cabras y algunos caballos, que casi cubrían el área total. Al final de la planicie destacaba una cabaña construida con palos sin labrar. Por su techo de paja a dos aguas, salía un humo blanco que se esparcía por el espacio empujado por el viento. Frente a la choza ardía una fogata. Alrededor se veían varias personas sen¬tadas en el suelo. -Dijiste la verdad, Quispe, allí están los pastores es¬perando para invitarnos al desayuno- dije bromeando. -Siempre los hay por acá, les avisaremos de sus ca¬bras perdidas- sugirió. -¿No se molestarán por nuestra visita?¬ -No creo, algunos de los que viven allá arriba se molestan cuando un forastero se acerca a sus cabañas, pero éstos son buena gente, no se amargarán, estoy se¬guro de ello-. -Entonces, vamos donde ellos- le dije, y partimos. Al poco rato llegamos a la cabaña. Dos perros salieron a nuestro encuentro. Uno de los pastores se levantó, cal¬mó a los perros y se aproximó a nosotros. Le saludé; él me extendió la mano sin hablar. -Este no entiende castellano, habla quechua no más- me comunicó Quispe apuradamente. -Dile que estamos buscando pumas y que por eso hemos venido a preguntar para que nos oriente; he oído decir que por esta región están matando al ganado-. El campesino comprendió algunas de mis palabras y se puso alegre. Habló con Quispe, en quechua, y estre¬chó mí mano con entusiasmo. El súbito cambio de ánimo del campesino me hizo comprender que los pumas le causaban daños y que nuestro propósito le agradaba. Esa fue una manera muy positiva de lograr la comunicación. El campesino nos hizo acercar a la fogata y nos invitó a que nos sentáramos con ellos. Había tres mujeres, varios hombres y dos niños que se escondían tras sus madres, pues tenían miedo de nosotros. Eso me incomodó y pen¬sé cómo encontrar la solución a este inconveniente. Me acordé que tenía caramelos en el bolsillo, de modo que sequé dos e invité a los pequeños. El hombre que nos recibió hablo a los niños pero ellos no le hicieron caso. Una de las mujeres tomó los caramelos se los entregó a los chiquillos. Me agradeció. Enseguida arrugó la frente, se puso triste y una lágrima rodó sobre su rostro curtido por el frío de los Andes. Eso me preocupó y supliqué a Quispe que le preguntara cuál era el motivo de su desa¬sosiego. Uno de los hombres comprendió mi preocupación, se acercó a mi lado y en voz baja me dijo: -Señor, gracias por la pena que siente; ella está llo¬rando porque tiene un hijo enfermo. Hace ya nueve días el niño fue a ese cerro, subió sobre una piedra, resbaló y al caer se quebró el brazo derecho y varias costillas-. El hombre hablaba un español mal pronunciado, pe¬ro yo le entendí y le pedí que me llevara donde el pequeño para verlo. El aceptó y sin hablar con la mujer, me in¬vito a pasar a la cabaña. Entramos el campesino, Quispe y yo. La escena, desagradable, me horrorizó. En el suelo, sobre un colchón de heno, cubierto con una frazada de lana tejida a mano, yacía el niño. Tendría, tal vez, diez años de edad. Su rostro, hinchado, había adquirido un color azulado Por la infección: sus ojos cerrados a me¬dias: la boca entreabierta, con la lengua y los labios tu¬mefactos, mostraba una apariencia horrible. Me arrodillé a su lado y toqué la parte de su muñeca que sirve para examinar el pulso. Me alarmé aún más. No sé si fue por mi desesperación, poca experiencia o algún otro fenóme¬no para mí desconocido, pero yo no sentí el latido intermitente de las arterias. Deduje por esto que el pequeño se encontraba en estado agónico. A pesar que el hospital de Huallanca se encontraba a varios kilómetros del lugar, decidí hacer el intento de trasladar al niño lo más pronto posible, para que los mé¬dicos lo auxiliaran. Comuniqué a Quispe mi decisión y le pedí que explicara a la madre del niño nuestro propósito. Mientras planeaba cómo lograr el traslado del enfermo hasta el hospital, el campesino ya había avisado a la madre del pequeño acerca de mi determinación. Esta se enfureció, entró en la cabaña desesperadamente y gritó a Quispe amenazándole con los puños; a mí me agarró del brazo y me echó afuera con una fuerza inexplicable. Caí al suelo. Me paré de súbito y pensé que con mi in¬tento había ofendido alguna costumbre de aquella gente. Sentí miedo. "Tal vez me atacarán", recapacité, y llamé a Quispe para que nos fuéramos del lugar. En eso, la ma¬dre del niño salió de la cabaña. Llegó a mi lado y empezó a gritar y a gesticular, poniendo sus manos en mi cara. Las únicas palabras que pude retener sin saber su signifi¬cado, fueron- ",manan, taita! . . imanan! . . . ¡taita Dios. . ! Quispe se acercó y me dijo: -No tema, señor, la madre del niño dice que los dio¬ses del cielo vendrán para curar a su hijo y que no lo to¬que más-. Eso calmó un poco mis nervios y creí que se trata¬ba de algún brujo que vendría a curar al pequeño, utilizando rituales con fuego, humo y otros objetos. .. -¿Nos quedaremos para conocer a los dioses?- pre¬gunté a Quispe que estaba esperando mi decisión. -Si, señor, por favor, quédese, va usted a ver algo muy interesante, le aseguro que le va gustar- sugirió con entusiasmo. -Está bien, Quispe, nos quedaremos para presenciar la llegada de esos "dioses" - dije con expresión de burla. Un perro se me acercó con las orejas caídas, mo¬viendo la cola en señal de amistad. Lo acaricié; el lamió mi mano. Nos hicimos amigos. Siguiendo al perro, un ni¬ño llegó y se sentó a mi lado. Me hablaba con emoción, en quechua; yo no le entendía, pero me parecía que me explicaba algo sobre su perro. Me interesaba iniciar con¬versación con el pequeño. A pesar que no nos conocía¬mos, la pureza de la niñez le originaba un sincero deseo de amistad. "Es la única época de la vida de los humanos en que actuamos con nuestros sentimientos incorruptos", pensé en aquel instante. Acaricié al niño y al perro y llamé a Quispe para que me ayudara como intérprete. Al poco rato se nos acercó el otro niño y nos pusimos a conversar sobre la lluvia, el viento, los bosques, el cielo y la Luna. Mientras tanto, habían transcurrido decenas de minutos sin que nos diéramos cuenta. El cielo despejó un poco y los negros nubarrones se convirtieron en nubes aborregadas. No obstante que yo no comprendía el idio¬ma de los pequeños ni ellos el mío, la conversación se desarrollaba en la más perfecta armonía. Ellos me habla¬ban de campos, aves, animales y flores, y yo les explica¬ba para que sirve la carabina, cómo se maneja y de qué está construida. Uno de ellos me miró seriamente y dijo: -Amigo, ¿por qué hay que matar a los animales?, ¿es la orden del patrón?¬ Mientras me concentraba para hallar la respuesta adecuada que pudiera explicar al niño la razón de quitar la vida a un ser para comer su carne, los perros ladraron y corrieron hacia el extremo de la pampilla por donde pastaba el ganado. Quispe me agarró del hombro bruscamente. -¡Mire para allá, señor!- gritó con desesperación. Volteé la cabeza hacia la dirección señalada y vi que un aparato parecido a una avioneta descendía verticalmente desde las nubes. Se posó entre las cabras y ovejas sin ha¬cer ningún ruido. Era de color diferente al de los platillos que había visto anteriormente. Pensé que se trataba de alguna maniobra militar y esperaba que desembarcaran los soldados para conversar con ellos. Al poco rato, del interior de la nave salió uno de los extraños. Vestía la malla, para mí ya familiar, pero su talla difería de los que había visto antes. Este tenía hombros como los nuestros, cadera pronunciada y era de menor estatura. Se dirigió hacia nosotros sin pisar la hierba, desplazándose en el aire a unos centímetros del suelo. -¿Por qué anda de esa manera?- pregunté a Quispe, confundido. -Dicen que para no torturar a las células del cés¬ped, pisándolas- respondió éste con tono serio. Yo sonreí. Los perros corrieron hacia el extraño; él los acari¬ció. Los canes se pusieron contentos, parecía que esta¬ban familiarizados con él. Mientras el extraño se acercaba hacia nosotros, me di cuenta que Quispe y todos los campesinos estaban arrodillados con las palmas juntas frente a la cara e incli¬nados hasta el suelo. Parecían estar en una ceremonia re¬ligiosa. Eso me sorprendió, pero también aclaró la incógnita sobre la llegada de los "dioses" que la madre del niño me había anunciado una hora antes. Mientras tanto, el extraño ya estaba entre nosotros. Enseguida no¬té que era de raza blanca y esto confirmó mis sospechas de que eran espías. Al observar con atención, me di cuenta que el visitante era mujer porque sus senos así la identificaban. Ella hizo una señal a los campesinos para que se levantaran, y éstos obedecieron sin demora. La vi¬sitante se dirigió hacia la cabaña sin hablar con nadie, entró y luego salió cargando al niño en brazos; lo llevó a la nave sin demora. Todos los presentes permanecíamos en silencio, pero en los rostros de los pastores se notaba una expresión alegre. -¿Qué es lo que está pasando?- pregunté a Quispe en voz baja, interrumpiendo el silencio. No me contestó. Eso aumentó aún más mi intranquilidad y pensé que mi acompañante se uniría a los campesinos para hacerme al¬gún daño. Disimuladamente cargué mi carabina, puse el seguro y permanecí alerta. Los minutos transcurrían y el silencio dominaba el lugar. Sólo los perros se movían a mí alrededor y una oveja baló de repente; esas fueron todas las manifestaciones que quebraron la tensión. Por un instante pensé que los extraños tenían en sus naves, salas de cirugía y otros recursos necesarios para auxiliar a los enfermos y accidentados, y que aprovechaban eso para atraer a los inocentes campesinos, presentándoseles como dioses. Mientras yo esperaba que la desconocida devolviera al niño vendado e inconsciente, frente a mis ojos apareció una escena inconcebible, ilógica e insólita. De pronto vi que el niño bajaba solo por la escalerita de la nave y al llegar al suelo corrió hacia nosotros, aga¬chándose de vez en cuando para coger las piedras, mostrando así su perfecto estado de salud. Por haberlo visto cuando estaba hinchado, no lo reconocía y pensé que éste era otro niño, miembro de la tripulación. Enton¬ces esperé la reacción de la madre del pequeño. Aún el chiquito no había recorrido la mitad de la distancia entre la nave y nosotros, cuando la madre corrió hacia él gri¬tando de emoción. Los presentes abrazaban y daban gri¬tos de alegría. Quispe, con los perros, también corrió hacia la madre y el hijo, dando saltos de alegría. Cuando todo es¬tuvo calmado, supliqué a la madre del niño que me permitiera examinarlo. Quispe actuó como intérprete y la mujer aceptó. Me acerqué al pequeño, ahora con el ros¬tro sonriente y de color natural, deshinchado, y empecé a revisarle costilla por costilla. A pesar que estos casos insólitos alteraban mi paciencia, procuré conservar la serenidad lo más posible, para tener seguridad de lo que estaba examinando. Quién sabe cómo hicieron esa cura¬ción, mas yo no pude descubrir en su brazo vendas ni ci¬catrices. El niño no mostraba ninguna anormalidad en su organismo y eso lo demostraba con su sonrisa, su agili¬dad y la exigencia a su madre para que le dé de comer. Mientras yo estaba examinando al "paciente resucitado" y me asombraba de lo que acababa de suceder, la extraña médica, con un compañero suyo, ya estaba entre noso¬tros. Sonrientes y con miradas que expresaban respeto y amabilidad, trataban de explicar a los campesinos que los buenos hechos deben ser memorizados para imitar¬los. .. y por eso no precisaban de agradecimientos, pagos, elogios ni zalamerías. Hablaban, a mi parecer, en idioma quechua, porque, de vez en cuando, hacían reír a los campesinos hasta hacerlos lagrimear, pero a la vez, yo también escuchaba la conversación mas en mi idioma materno, como si una máquina tradujera las palabras, en un mismo momento, a varios idiomas. Quise asegurarme de eso y hablé a Quispe. -Sí, comprendo claramente- respondió. -¿En qué idioma están hablando? No les oigo bien interrogué a Quispe de nuevo, para asegurarme de que estaban hablando lo que verdaderamente yo percibía. -Ellos hablan, en su propio idioma y también en todos al mismo tiempo- respondió él con gesto de afirmación. -¿Cómo es eso, Quispe?-, explícamelo. ¿Tienen al¬guna máquina que traduce simultáneamente su idioma a otros? -No conozco eso, señor, sólo sé que una vez nos contaron que unos iones positivos hacen que todos los seres vivientes que traten con ellos, entiendan sus palabras simultáneamente. En eso, la extraña "médica" se me acercó. -Mi nombre es Ivanka, amigo. ¿Cuál es el tuyo? ¬habló en voz suave y en mi dialecto. Le dije mi nombre descortésmente. Ella sonrió: El nombre de la extraña trajo a mi mente la idea que ella era ciudadana de algún país europeo a cuyo servicio estaba, y empecé a tomar interés para descubrir su origen. -Su nombre parece ser de origen eslavo, suena bonito. ..¿De qué país es usted?- le pregunté en tono cortés. -No pertenezco a ningún país. Mi patria es el uni¬verso, soy ciudadana de todos los países y hermana de todos los seres que en él existen-. -Me gustaría lo que está diciendo, no sé si cierta¬mente piensa así, pero por los menos sus palabras encierran en sí sabiduría. Tampoco comprendo qué es lo que pretenden, mas lo que acaban de hacer con el niño es una obra compasiva que merece agradecimiento-. -Amigo, te pido por favor que me trates de tú, ¿puedes? me pidió la extraña súbitamente-. -¿Por qué?¬ -Nosotros acostumbramos tratarnos de esa manera; si no te es posible hacerlo, prosigue según te agrade-. -De acuerdo- respondí afirmativamente, y luego continué- Dime, lvanka, ¿cómo han curado al niño con tanta perfección y en tan poco tiempo, o tal vez lo hipnotizaron a él y a todos nosotros? -Amigo, aún no he respondido a tus dudas sobre mi identificación; lo haré ahora. Te dije que soy ciudadana de todos los países del universo y hermana de todos los seres que en él existen. Soy ciudadana de Apu. El deber innato de todo apuniano es proteger la vida celular y ayudar a los seres en cualquier lugar donde nos encon¬trarnos. Nosotros no conocemos preferencias, privilegios, cobros, favoritismos ni el ventajismo. Nuestro cariño, amor y sabiduría, son para todos los seres por igual, por que somos parte de todo lo existente en el universo-. Me sentí atolondrado por tanta filosofía que la extraña acababa de verter sobre mí en pocos momentos. Callé algunos instantes y al reaccionar le dije: -Pero aún no me respondiste cómo han curado al niño -. -Perdóname- contestó lvanka. Nosotros tenemos varias formas de curar; una de las más positivas es la desintegración e integración. -¿¡La desintegración e integración!?- ¿Qué forma de curar es esa? -Desintegramos las células del cuerpo del paciente hasta sus más pequeñas partículas, y luego integramos un cuerpo perfectamente sano, con células nuevas- me respondió. -¿O sea que también pueden crear células?¬ -Sí, amigo. Hace billones de años, desde que los apunianos descompusieron el átomo a su mínima partícu¬la. Con ese trabajo obtuvieron los más altos poderes, tales como la inmortalidad, el dominio sobre los iones positivos y muchos otros más-. -¿Cómo se llama esa partícula mínima del átomo? ¬Pregunté en tono jocoso. -Se llama Minius (*), según la traducción del idioma apuniano- respondió Ivanka enfáticamente. Escuchar una explicación tan insólita en aquel en¬tonces, alteraría la serenidad de cualquiera. Pero como yo ya conocía las cantaletas de los extraterrestres, sólo pensé que estaban intentando convencerme, valiéndose del hipnotismo, para que creyera en sus "superpoderes de otro mundo". -Escucha, Ivanka- le dije, ¿podrías hacer una de¬mostración que me permita captar, al instante, qué es la desintegración e integración? -Sí, amigo, lo haré con mucho agrado. Mira aquellas ovejas y cabras que están pastando allá en la pampa-. -Espera un momento- le sugerí, pues mi intención era llamar a Quispe para que presenciara el espectáculo y ver si a los dos nos hipnotizaba con la misma fuerza. En eso Quispe llegó donde nosotros sin que yo lo llama¬ra. Le expliqué de lo que se trataba. El sonrió y al darse cuenta de mi duda sugirió: -Tranquilícese, señor, y preste, por favor, un poco de seria atención; ellos pueden hacer muchas cosas para nosotros increíbles; se va a sorprender- me aseguró. .. Un perro ladró persiguiendo a los cuculíes que jun¬to con las gallinas rebuscaban comida en un basural. Las aves volaron al ras del suelo hacia el rebaño, y todos miramos al inquieto perro que intentaba alcanzarlas en pleno vuelo. De pronto las ovejas y cabras desaparecie¬ron y en su lugar aparecieron arbustos con flores diver¬sas: allí estaba toda la variedad que existe en nuestro planeta. La mayor parte era desconocida para nosotros. Los campesinos se arrodillaron y se inclinaron como si estuvieran en misa. Quispe se acercó a mí, me codeó y en voz baja sugirió. -Arrodíllese, señor, no se quede parado- No le hice caso. El se arrodilló. En la pampa, en aquel instante, el perro era el úni¬co animal pedestre que se movía porque perseguía a las cuculíes. Un tétrico silencio dominaba el lugar y mientras tanto, yo intentaba descubrir el cómo y el por qué de aquel insólito suceso. -¿Qué es lo que estás viendo en la pampa, amigo?¬ me preguntó Ivanka con tono amable. -Veo lo que tú quieres que vea: un perro persiguien¬do a varias aves y cantidades de flores que tú acabas de "sembrar" para nosotros, hipnotizándonos. Quispe levantó la cabeza y me miró de soslayo, con enojo. En ese instante vi al compañero de Ivanka, ahora jugando con el perro que había dejado de perseguir a las cuculíes. El extraño se mostraba indiferente a las escenas que estaban sucediendo en el campo, como si aquellas flores hubieran sido sembradas muchos años antes-. -¿Quieres que volvamos a convertir las flores en ca¬bras y ovejas?- me preguntó Ivanka, esta vez con más naturalidad. -Conviértelas en palomas- respondí burlonamente como para desquitarme de sus, para mí, fechorías hip¬notizantes a las que nos sometían. Ella se puso de pie, me miró y sonrió con amabili¬dad. Extendió sus manos horizontalmente, con los dedos hacia las flores, y de pronto la pampa se llenó de palo¬mas grandes y pequeñas. Los perros ladraron y corrieron tras de ellas persiguiéndolas. Estas volaban a unos me¬tros del suelo, se alejaban y se posaban otra vez, pico¬teando la yerba. Me sorprendí. Pensé que los extraños podrían hipnotizar y sugestionar a las personas para que vieran con diferentes apariencias a las cosas y a los se¬res, sin que éstos cambiaran sus formas verdaderas; pe¬ro hipnotizar y sugestionar a los perros para que ellos vean, en lugar de ovejas, palomas, y que las correteen por el campo, me asombró. Sentí miedo. Ivanka com¬prendió mi alteración, extendió sus manos de nuevo y las cabras y ovejas aparecieron pastando como unos minu¬tos antes. Los perros regresaron. Quispe se persignó, se levantó, vino a mi lado y en voz baja me dijo: -¿Se ha asustado usted, señor?¬ -Aquí no hubo nada que me asustara- le respondí, tratando de recuperar la serenidad. Los campesinos se levantaban persignándose y em¬pezaban a comentar el acontecimiento. Mientras yo es¬taba recuperando la tranquilidad, un niño me habló algo en quechua. No le comprendí. -Quiere que vuelvan las palomas otra vez- me tra¬dujo Quispe. Sonreí. Eso alivió en algo mi nerviosismo. Al pequeño le había impresionado la enorme bandada y se¬guía pidiendo que regresaran. -Diga al niño que pida eso a la señorita Ivanka, ella es la única que puede hacer que vuelvan las palomas- su¬gerí a Quispe. En eso, una cuculí voló desde el bosque; no sé si por orden de la médica o casualmente, llegó has¬ta nosotros y se posó sobre el hombro izquierdo del pequeño. Este la acarició y gritó lleno de alegría, llamando a su mamá para mostrarle el ave cariñosa que permane¬cía sobre su hombro. Ivanka se acercó a Quispe, le tomó del brazo y son¬riente le dijo: -Amigo, ¿puedes explicarnos por qué te arro¬dillaste?¬ -Sí, señorita, acaba usted de hacer un milagro- res¬pondió él respetuosamente. -Estás equivocado, amigo, lo que acabo de hacer fue un trabajo que cualquiera de ustedes lo podría haber hecho, si se hubiera preparado para eso. Por favor, ami¬go, explica a los demás que nosotros nunca hacemos mi¬lagros. Todo lo conseguimos por nuestro trabajo, utili¬zando el átomo y sus componentes-. Quispe inclinó la cabeza y fue a hablar con los cam¬pesinos; mientras tanto, el compañero de Ivanka se nos acercó. -Este es mi compañero de viaje, su nombre es Pedro. Desde hace muchos años viajamos juntos por el espacio- dijo Ivanka. Le extendí la mano; él hizo lo mismo pronunciando las palabras "no lo olvidaré". No comprendí el significado de las palabras y pensé que no había escuchado bien su pronunciación. -Significa agradecimiento en el habla apuniana- me explicó Ivanka comprendiendo mi confusión. El extraño sonrió. En mi mente se sumó una incógnita más. Perma¬necí en silencio. Ivanka, Pedro, ovejas y cabras conver¬tidas en flores, éstas convertidas en palomas y éstas en ovejas y cabras; apunianos, platillos voladores, avion¬citos y tantas otras manifestaciones insólitas y extrava¬gantes, recargaban mi mente de tanta confusión que no sabía si mejor sería huir para no soportar aquella impre¬sión, o permanecer esperando el final del espectáculo. -Si deseas, vamos a la nave, verás más cosas des¬conocidas, ¿o tienes miedo?- me dijo Ivanka sonriente. -No tengo miedo- respondí después de haber concentrado todo mi coraje para decirlo. Miré a Quispe y él aprobó con un movimiento de cabeza. Su actitud atenuó mi alteración y acepté la invitación de Ivanka. -Vamos- dije a Ivanka y partimos-. Aquella vez no se elevaban sobre el pasto, camina¬ban como nosotros y eso me llamó la atención; observé con cuidado y me di cuenta que los extraños daban pa¬sos, igual que Quispe y yo, pero las yerbas no se dobla¬ban bajo sus pies. Cuando llegamos a la nave, vi que esta se mante¬nía en el aire, a unos sesenta centímetros de altura sobre la superficie. Comprendí que aquella extraña forma de posarla se hacía con el propósito de no dañar las células del pasto y no hice preguntas. También descubrí que aquel aparato, por la forma de sus alas, era una avioneta aunque de modelo raro, pues su cuerpo era corto pero grueso, como de un avión de pasajeros. -Es de alas plegables y supera la velocidad de mi¬llones de kilómetros por minutos- me dijo Ivanka refirién¬dose a fa nave. No sentía ganas para la conversación y me hice el que no comprendía de qué me hablaba. Las puertas, que estaban ubicadas entre las alas y la cola, se abrieron retrayéndose en las paredes cuando nos hallábamos a un metro de distancia. Desde adentro asomó un forastero semejante a los que ya conocía, pero a éste no lo había visto antes, pensé que la nave se tam¬balearía por nuestro peso al subir y me puse a observar lo que ocurría cuando subía Pedro. El pisó la única escalinata que salió del interior al abrirse la puerta, y su pisada no provocó el menor movimiento en la "avione¬ta". Subimos Quispe, Ivanka con un perro y yo. Adentro, una habitación ovalada, sin ángulos rectos, bastante ex¬tensa y amoblada con varios sillones. En las paredes se veían varias pantallas empotradas, semejantes a las de los televisores, pero de un color agradable. -Este es nuestro amigo Alif- me dijo Ivanka pre¬sentándome al forastero que encontramos en la nave. Le extendí la mano y le dije mi nombre. El me invitó a sen¬tarme señalándome uno de los sillones más cercanos. En aquel instante sentí una agradable e inexplicable sensa¬ción. Me asusté; Alif me miró. -Estas desgravitado, amigo, tu peso ahora es de ochenta gramos- me dijo sonriente. Miré a Quispe por curiosidad, pero él parecía sentirse tan normal como si se encontrara sentado en una taberna. Me di cuenta que él había subido a esas naves anteriormente y que ya se había acostumbrado al estado de ingravidez. Ivanka sonrió y se sentó en un sillón, a mi lado. -Todo esto te parece muy extraño, ¿verdad?- me preguntó de repente. -Sinceramente, sí- contesté. -Es lógico. No es de esperar otra cosa. Yo también me sentí muy extraña cuando subí por primera vez a una nave apuniana. -¿Cómo es eso, Ivanka? ¿Acaso tú no eres de ese planeta, Apu?- pregunté con inquietud pensando que aquellos forasteros se habían propuesto divertirse con¬migo, burlándose de mi ignorancia. -Hermano mío, cálmate por favor. Tienes derecho a opinar sobre nosotros según la inspiración celular de tu mente. Pero te aseguro que no hacemos daño a ningún ser- me dijo Ivanka suplicante, Decidí, entonces, hacer un esfuerzo para soportar hasta lo máximo. -Hace cuarenta y siete años que soy ciudadana de Apu. Allá la gente es positiva, no existe daño, egoísmo, ambiciones ni odios, créeme, y si tomas las cosas con calma, tú solo te convencerás que es así-. -O sea. ..¿Tú no has nacido en Apu?- pregunté riéndome descortésmente al pensar que la extraña inten¬taba dominarme con engaños y que posiblemente, hasta pretendería hacerme creer que era mi paisana. -No, amigo, soy terrícola- contestó con finura. -¿Dónde has nacido, entonces?¬ -En la ciudad de Dubrovnik, en la orilla yugoslava del Mar Adriático- respondió ella mirándome sonrien¬te (*). Me dí cuenta de que había adivinado el propósito de la extraña y solté una carcajada. Ella sonrió también. De pronto empecé a sentir alivio, no sé si fue por la mira¬da femenina o por alguna otra razón desconocida. -Eso significa que somos paisanos-, ¿no es así? -Efectivamente, es cierto. Pasé mi infausta niñez a orillas del Adriático- respondió mientras observaba a Pedro y Alif que estaban examinando en la pantalla los nevados de Champara por donde pretendían volar indivi¬dualmente durante los próximos minutos. -Dijiste que has pasado una niñez difícil-. ¿Por qué? Ella acarició al perro que se encontraba sentado a su lado. En la pantalla vimos una brizma presionada por una piedrita. Ivanka la desintegró y la yerba se enderezó. Luego me dirigió una mirada como para observar mi opi¬nión sobre su trabajo, y dijo: -¡Qué alegre se siente uno cuando hace el bien a los demás y les alivia su sufrimiento!¬ -Es generoso prestar ayuda a los que la necesitan ¬respondí. Ivanka calló por un momento: luego habló: -Durante mi infancia soporté todas las miserias que el egoísmo y el dinero originan, y que están manchando y torturando la vida en la tierra. Por eso sé de sobra lo suprema que es la labor en favor de los demás, eso lo aprendí en Apu y aquí en la Tierra lo sufrí personalmente. He dedicado bastante tiempo para determinar cuales son los fenómenos que hacen tan desagradable y difícil la vi¬da terrestre. Descubrí que los hay de dos tipos: unos creados por el horrible y otros por la naturaleza; pero el más negativo de todos es el dinero, porque casi siempre es el origen del sufrimiento. ¡Es el creador de la guerra, del egoísmo y de la explotación! Esto retarda todos los adelantos, descubrimientos e investigaciones que el hombre pudiera desarrollar para corregir los fenómenos naturales que son sumamente dañinos para la vida celu¬lar. El hombre también conoce los daños que origina el dinero, pero está dominado por el egoísmo y se niega a hacer un sincero intento de extirpar o simplificar el sis¬tema monetario de la vida terrestre. Al contrario, preten¬de justificar los sacrificios, los sufrimientos, las destruc¬ciones y todo lo negativo que origina el dinero, atribu¬yéndolas al destino, a la mala suerte o al castigo prescri¬to por la omnipotencia, por un hecho cometido quién sa¬be por quién durante la formación del mundo. La vida te¬rrestre pudiera ser tan bella como la de Apu o cualquier otra galaxia del universo, si los terrícolas se organizaran de manera positiva, fraternal, sin dinero, guerras ni explotación, formando una sola familia: la terrestre. Los habitantes de la Tierra sufrirán sacrificios, miserias y torturas por causa de fenómenos naturales, hasta que eliminen sus creaciones negativas y se den cuenta, por completo, que el destino de la humanidad lo tiene en sus manos el hombre mismo, y que sólo él debe y puede solucionar sus propios problemas, a base de la unión, la paz, el estudio, el trabajo colectivo y una firme confianza en sí mismo y en su esfuerzo. Sólo entonces tendrá tiempo y fuerza para corregir los fenómenos creados por la naturaleza, tales como las enfermedades, la muerte, la negatividad del Sol y otros. Hasta ahora conozco un millón diecinueve mil catorce civilizaciones en el univer¬so, mas no he visto ninguna que haya podido subsistir sin su propio esfuerzo planeado positivamente. La evolución y adelantos de cada una de ellas, es exacta¬mente proporcional a la unión, el trabajo y el estudio que practican. -¿Y qué te parecen los adelantos terrestres, logra¬dos hasta ahora?- pregunté irónicamente. -Con el principio de este siglo ha empezado un desarrollo considerable de la vida terrestre, pero no se lo¬grará por completo hasta que no se unan fraternalmente, lo que les permitirá organizar su trabajo, su estudio y un modo de vida sin discriminación. Mientras los terrestres sigan interrumpiendo las labores durante las dos terceras partes de cada día, encontrándose sin ocupación casi la mitad de las personas aptas para trabajar y la mayor par¬te de lo trabajado lo estén asignando para la guerra, la sociedad humana organizará en la miseria- afirmó Ivanka mostrando en su rostro la preocupación. Luego prosiguió y narró episodios de su lucha para sobrevivir en la Tierra, desde que fue abandonada por sus padres antes de cumplir diez años de vida. Quispe hizo un movimiento con su mano derecha sobre el sillón. En la pared de enfrente funcionó una pan¬talla y en ella empezaron a desfilar todas las escenas se¬gún las contaba Ivanka. Pensé otra vez en hipnotismo o alguna otra forma de sugestionar a las personas para que vieran en la pantalla lo que pensaban. Pedro se acercó y me dijo sonriente: -Amigo, no es lo que estás pensando. Estas panta¬llas funcionan por orden del pensamiento, es cierto, pero las escenas son reales, tal como sucedieron. Los iones positivos no mienten. Una vez que la pantalla ha recibido la orden de mostrar un tema cualquiera, trabaja independientemente de todo pensamiento. Tu sorpresa y altera¬ción son manifestaciones de tus células aún no positiva¬das. Para que se familiaricen se necesita algún tiempo-. -¿Sabes?- me dijo Ivanka-, ordena a la pantalla que reproduzca tu vida, verás si hay algo de cierto en eso-. Obedecía la extraña y pensé en mi nacimiento. Las escenas empezaron a desfilar, pero en una dimensión extraña, como si el campo, las personas, los bosques y los animales, se hubieran reducido de tamaño conser¬vando su forma y mostrando las acciones y temas hasta en el más mínimo detalle. Me parecía que podía tocar to¬do lo que veía. Vi mi nacimiento, mi niñez y luego mi ju¬ventud, en detalle y con escenas íntimas que nadie hu¬biera podido filmar para mostrármelas. También desen¬trañé muchas incógnitas y por qué sobre lo que había sucedido durante la Segunda Guerra Mundial y lo que yo ignoraba. Vi los destinos de mis amigos desaparecidos, los lugares y las escenas de cómo murieron mis compa¬ñeros, muertes detalladas de los soldados y tantos otros sucesos que antes desconocía cómo pudieron haber ocu¬rrido. Empecé a meditar sobre lo que veía y por razona¬miento lógico de los casos, llegué a la conclusión de que cada uno pudiera haber sucedido según lo veía en la pantalla. La solución económica y del desarrollo de la socie¬dad humana organizando el trabajo ininterrumpido, por turnos, y que Ivanka acaba de explicarme, aseguraba -a mi modo de pensar- la solución, en gran parte, de los problemas actuales de nuestra sociedad, tales como la desocupación, la escasez de lo necesario y la carencia de tiempo para el estudio. No sabía de dónde provenían las ideas de la forastera, sospechaba de su origen y de sus intenciones, mas sus conceptos de cómo acelerar el de¬sarrollo de la sociedad y combatir sus problemas prin¬cipales, me parecieron tan sencillos, útiles y fáciles de realizar, que me sorprendieron. Las consideré adaptables a la sociedad actual. Pensé que se requerían pocos es¬tudios para su realización. Pedro y Alif salieron de la nave. Ivanka hizo funcio¬nar una pantalla más cercana a nosotros. En ella apare¬cieron los dos, parados a poca distancia de la puerta. De pronto se elevaron como lo hizo el apuniano cuando me mostró sus adelantos para volar individualmente, durante el encuentro anterior. Volaban a la velocidad normal de una avioneta, y a unos cien metros de la superficie, zig¬zagueando entre los peñascos, la nieve amontonada, subiendo y bajando como las aves. Pero lo que más im¬presionaba era la forma, la claridad o la dimensión en la cual se percibían sus vuelos. Por donde pasaban, todo se veía como si uno estuviera allí, presente entre las cosas para tocarlas a cada una. La claridad de los colores asombraba. Daba la impresión de que todas las cosas y lugares habían sido retocados con un esmalte que agradaba y que los estábamos observando por medio de algún aparato óptico sumamente poderoso. -Este aparato gradúa los colores según el agrado de las células que componen el órgano óptico del observa¬dor -me dijo Ivanka interrumpiendo la observación en la pantalla, de los sitios por donde pasaban volando sus compañeros. En eso miré hacia Quispe y vi que estaba viendo en una de las pantallas, a Elena de Troya con toda su comi¬tiva con tranquilidad tan profunda como si estuviera mi¬rando un programa de televisión en su propia casa. Me sorprendió la personalidad de la princesa griega que con su belleza había provocado una guerra sangrienta entre troyanos y griegos, hacía miles de años. Vi, pues, la gen¬te de aquellas épocas de las cuales la historia sólo hace una mención oscura, alejada de la realidad. Su físico, su vestidura, su trato, su forma de vivir y su cultura, fueron olvidados. Nadie se ocupó de ellos en aquellas épocas, para dejar constancia real de cómo eran. Me enteré en aquel momento, que el hombre actual desconocía por completo los detalles y la verdad de aquella civilización, eso me originó curiosidad para seguir observando. A pe¬sar que no estaba seguro de si lo que veía era una sugestión hipnótica, un sueño provocado artificialmente, una película o una realidad, aquella extraña dimensión que utilizaban me agradó. Las cosas, animales y perso¬nas que estaba mirando en la pantalla se veían tan explí¬citas y tan agradablemente como si me encontrara entre ellos. Cualesquiera de las cosas que percibían mis ojos: los campos, personas o animales, si no me eran conoci¬dos en detalle, tras su figura venía una minuciosa expli¬cación de sus orígenes, usos, duración y aspectos posi¬tivos o negativos. Acepté, pues, seguir viendo aquellos reyes y príncipes de los cuales tanto había escuchado durante mi infancia. -El hombre ignora muchas cosas todavía- interrum¬pió Ivanka. Pero él no tiene la culpa de todo. Hubo tantas destrucciones y guerras, que se ha borrado hasta la últi¬ma huella de muchos hechos, de tal manera que ignora¬mos incluso nuestro origen. Mira en esta pantalla, me dijo señalándome una que funcionaba a su lado derecho. Volteé la cabeza y vi a Pedro y Alif en una quebrada de los nevados de Champara, posados sobre una pared he¬cha de bloques gigantescos de piedras de más de diez metros de alto y de un ancho similar cada uno. Montañas de hielo se levantaban sobre ellos, como si se hubieran propuesto ocultar para siempre aquella obra de los prime¬ros trabajadores que la Tierra tuvo en su superficie. -¿Qué es eso?- pregunté sorprendido a Ivanka. -Estos son restos de una ciudad apuniana, cons¬truida antes que Apu explosionara, hace billones de años-. -¿De qué explosión me hablas?- pregunté confundi¬do por no comprender de qué se trataba. -Me referí a la explosión de Apu, cuando nacieron el Sol y muchas galaxias- me dijo y prosiguió explicán¬dome sobre lo ocurrido. -¿Son grandes esas ruinas?- pregunté por curiosi¬dad. -Sí, son restos de una ciudad que fue la más gran¬de de Apu en esa época, pero la explosión la destruyó y su mayor parte se dispersó por el espacio; el resto fue sepultado. Lo único que quedó de ella en la superficie, es aquella pared que vimos en la pantalla. Mira allá. Obsér¬vala cómo era cuando vivía gente en ella. Miré en la pantalla y vi una ciudad de calles anchas, casas no mas altas de dos picos, construidas con blo¬ques de piedras tan gigantescos, que en muchos casos uno solo componía la pared íntegra de la casa. -¿Cual era el nombre de la ciudad?- pregunté a Ivanka. -Simi, en apuniano- respondió ella con un acento raro. -¿Cómo han podido cargar tan enormes piedras? ¿Tuvieron máquinas especiales para ese trabajo?- pre¬gunté asombrado. -No, amigo. Los apunianos han desarrollado sus facultades al máximo; uno de los resultados es el domi¬nio de la desgravitación. A esas piedras les quitaban su peso específico y luego las trasladaban sin dificultad a los lugares deseados. También se pueden transportar por medio de la desintegración e integración, mas ese siste¬ma se usa sólo en casos especiales. El desgravitar es más conveniente. Observa- sugirió. Y mientras yo estaba viendo en la pantalla cómo montañas de piedra desgravi¬tadas volaban por el aire de un lugar a otro como empujadas por el viento, mi compañero Quispe me informó que el fin de aquel día, 10 de julio, se estaba acercando. Miré mi reloj y vi que eran las dieciocho horas con cator¬ce minutos. Me acordé que mi casa distaba más de diez kilómetros y para caminarlos, en la oscuridad de una no¬che con cielo nublado, tendría que enfrentarme a mu¬chas dificultades. Decidí entonces observar la pantalla hasta ver la historia completa de aquella ciudad apuniana y luego partir de regreso. Al final llamé a Quispe para avi¬sarle la hora, y vi que éste había puesto toda su atención en la pantalla, mirando, esta vez, la conquista de Egipto por Alejandro Magno. Sentí pena de interrumpirle la oca¬sión de poder ver famosos episodios de la historia del hombre, ya que tal vez nunca más tendría esa opor¬tunidad. Decidí esperar algunos minutos y proseguí con¬versando con Ivanka. En eso, Pedro y Alif entraron en la habitación, se nos acercaron y dijeron "Todo por los demás". No escuché bien lo que decían y pensé que se trataba de algunas palabras claves acordadas entre ellos e Ivanka; no hice preguntas. -Es nuestro saludo, que ya conoces- me dijo Pedro con tono suave; se sentó en un sillón cercano y empezó a conversar con Ivanka sobre las ruinas de la ciudad de Simi y el viaje que habían realizado por los nevados de Champara. Mientras tanto, afuera oscurecía. -¡Vámonos!- dije a Quispe en voz baja. -Esperemos unos minutos más, por favor, quisiera ver cómo terminó la existencia de Alejandro Magno; acepté. En eso empezó a llover. Con la lluvia, nuestro re¬greso se complicaba muchísimo. Yo tenía que empezar mi turno de trabajo en las primeras horas de la madruga¬da y temía no llegar a tiempo. El interior de la nave quedó alumbrado por una luz diurna y uno no podía darse cuenta si se encontraba en el campo en un día de Sol, bajo la sombra de un árbol, bajo una carpa en la playa, o en la nave de los extraños. Cuando Quispe terminó de ver el final de la vida de Alejandro Magno, se puso de pie para salir; yo lo seguí. Afuera llovía a cántaros. Era muy difícil caminar en la os¬curidad, bajo la lluvia, por las abruptas faldas de los cerros de Champara, no teniendo más camino que un sendero hecho por las pisadas de cabras y ovejas. Quispe se desesperó y empezó a sugerirme que nos que¬dáramos en la nave de los forasteros hasta el día siguien¬te. No pude aceptar aquella sugerencia porque mi trabajo era complicado y además no teníamos hombres en reser¬va. Cuando salimos de la nave, Pedro se me acercó. -Si tú aceptas, te ofrezco mi ayuda para acompa¬ñarlos hasta Huallanca-. Eso me sorprendió. Pensé que los extraños estaban intentando divertirse con nosotros. Unos campesinos se encontraban cerca de la nave gozando de la misteriosa luz que irradiaba. No podía arriesgar en nada mi respon¬sabilidad del trabajo y acepté la proposición de Pedro. Este apretó uno de los botones de su chaleco. Inmedia¬tamente a un metro de sus lados y de su cabeza- se formó un arco en forma de herradura, que alumbraba decenas de metros con luz diurna. Nos despedimos de Alif e Ivanka y... partimos. El aguacero proseguía con toda fuerza, pero sobre ninguno de nosotros caían las gotas de lluvia. Eso me asombró sobremanera. Pregunté a Quispe si las gotas es¬taban cayendo sobre él, para asegurarme del misterio. -No, señor, a mi la lluvia me está respetando- res¬pondió irónicamente. -Cálmate, amigo- sugirió Pedro que caminaba entre Quispe y yo para alumbrar el camino con perfección-. Nosotros estamos protegidos por una capa de iones posi¬tivos; por favor, intenta calmar tus células- insinuó. Obedecí y proseguimos. Durante el camino no hablé con ninguno de mis acompañantes. Las rarezas que estaba experimentando producían en mi mente una sensación inexplicable que no sabía cómo calmar. Era imposible para mí, convencerme que los habitantes de otros mundos -si los hubiera- vinie¬sen a visitar la Tierra para alojarse en las desoladas montañas de los Andes peruanos, como si ese lugar fue¬se un centro desde donde se observara el universo. Entonces me preguntaba qué nación de la Tierra había desarrollado sus adelantos técnicos de tal manera que las personas pudieran volar individualmente, tener conoci¬mientos tan maravillosos como el uso de la mínima partícula existente, desintegrar e integrar la materia, quitar y devolver el peso específico y la atracción a las cosas, andar bajo la lluvia sin mojarse, generar un halo de luz diurna alrededor de su cuerpo, tener pantallas del tiempo por las cuales se puedan ver el pasado, el presente y el futuro. Estas y otras incógnitas bombardeaban mi mente originándome molestias. Por unos instantes no pensaba en nada. Luego me sugestionaba y reflexionaba en que, a pesar de todo, los forasteros eran espías de alguna nación terrestre. Pero, ¿qué estaban buscando entre los pastores, en los cerros de Ancash? Pedro y Quispe conversaban continuamente. Por su conversación comprendí que se habían visto en oportuni¬dades anteriores y que Quispe conocía el porqué y el có¬mo de varios sucesos que habían acontecido en la socie¬dad humana durante nuestra época y también algunos de los que sucederían en el futuro. Con la incomprensible luz del halo de Pedro, pudimos caminar tan rápido como si fuera de día. Cuando nos acercábamos a la ciudad de Huallanca, noté que Pedro se había cambiado de ropa sin detenerse un instante. En lugar de su vestimenta característica, ahora estaba vistiendo prendas de confección campesina y calzaba abarcas de jebe, igual que los pas¬tores del lugar. -¿Cómo te cambiaste de vestido sin detenerte?- le pregunté. -Desintegré mi malla y la integré en forma de vesti¬do campesino- respondió con naturalidad. -¿Por qué hiciste eso?- -Para confundir mí presencia con la de los lugare¬ños y no llamar la atención con mi ropa-. -¿Quién nos va a ver ahora, de noche y con lluvia, cuando todos están, necesariamente, en sus casas?¬ -Todos, menos aquel que está sentado allí- me dijo señalando con su mano. Miré y efectivamente era cierto. Un campesino que cargaba varias cosas compradas en la ciudad, estaba descansando a unos cientos de metros de su choza. -Yo creo que hubiera sido más fácil convertir en polvo al campesino y quitarlo de nuestro camino, que cambiarte de ropa- opiné dirigiéndome a Pedro. El se sor¬prendió; se detuvo de repente como si algo terrible sucediera. -No debes pensar así, amigo; para los apunianos los demás están siempre en primer orden; me estoy refi¬riendo a las personas, plantas y animales. Nunca inten¬tamos forzar de ningún modo a las células ajenas por nuestro propio interés, lo hacemos sólo cuando eso es positivo para el prójimo. Lo innato de los apunianos es sacrificarse siempre por los demás- subrayó. Pasarnos el río Kitaraqsa y cuando llegamos cerca de la maestranza, Pedro se detuvo. -Amigos, "Todo por los demás". Ya están casi en la ciudad, yo tengo que regresar-. -Me extendió la mano, luego hizo igual con Quispe y desapareció al instante. -Se desintegró- advirtió Quispe. -No sé, sinceramente no comprendo lo que está su¬cediendo acá. Lo único que te puedo asegurar es que no lo vemos, mas no sabemos si está a nuestro lado o en al¬gún otro lugar del universo- respondí y proseguimos. Entre las cosas inexplicables que había experimen¬tado durante ese día, me vino a la mente la vida de Elena de Troya proyectada en la pantalla del tiempo. "¿Por qué Quispe tendría que enfocar aquella historia tan remota?", pensé. Me detuve y le hablé: -Dime, Quispe, ¿por qué enfocaste la vida de Elena de Troya en la pantalla?, ¿acaso no tenías cosas más importantes que ver?¬ -Seguí la vida de un apuniano que había vivido en esa época en la Tierra, eso fue todo- respondió tranquilo. Cuando pasamos el puente sobre el río Santa, frente a la entrada del túnel de la casa de fuerza, Quis¬pe se detuvo y mirándome preguntó con tono de admiración: -¿Qué le parecieron esas personas?¬ -Te voy a decir, Quispe, mi verdadera opinión. Lo que dicen esas personas es sumamente bueno, y hasta se puede aplicar una parte de ello a nuestro actual modo de vivir; pero lo que hacen no sé si es realidad o son trucos hipnóticos. Más, después de todo, una cosa me intranquiliza-. -¿Cuál es, señor? -Interrumpió Quispe, excitado por la curiosidad. -Me preocupa saber por qué están aquí, sean quienes fueren. ¿Cuál es su intensión y qué están buscando acá?¬ - Todavía no se ha convencido usted que son extra¬terrestres, ¿verdad?¬ -No, sinceramente aún no-. -¿Conoce usted, señor, alguna nación en la Tierra cuyos habitantes tengan esos poderes para realizar traba¬jos tan extraordinarios como los que hemos presenciado hoy?¬ -No, pero tampoco estoy seguro que no existe. Otra cosa, ¿Cómo sabes tú, Quispe, que no fuimos hipnotizados, dormidos o algo semejante, y así vimos al¬gunos trucos mágicos como en el circo?¬ -Dígame, señor, ¿Usted cree que los animales se dejan hipnotizar?¬ -Tampoco sé eso, nunca he leído nada de hipnotismo-. -Para mi, señor, son extraterrestres, ésta fue ya la séptima vez que estuve con ellos, por eso estoy conven¬cido, por completo, que en la Tierra todavía nadie puede realizar esos milagros o trabajos, como dice lvanka-. -¿Sabes, Quispe, lo que estoy pensando? -¿Qué, señor?- -Se me ha ocurrido avisar a la policía de todo esto. ¿Qué te parece?¬ El se detuvo de repente, me tomó de los hombros y con voz amenazadora me gritó: -¡Eso no lo hará usted, señor!¬ -Cálmate, Quispe, por favor, lo que manifesté fue sólo una broma -le dije para tranquilizar su ánimo agresi¬vo, pero me surgió la idea de hacerlo realmente. -De todas maneras, señor, ¿cómo puede usted pen¬sar eso de aquella gente que nos hace tanto bien? ¿Acaso no ha visto usted hoy cómo salvaron la vida de ese niño? Además, esta no es la única vez que lo hacen. Lo han hecho tantas y tantas veces con otras personas. También nos hacen ver las cosas de otros mundos, cómo fuimos nosotros antes, nuestro pasado, nos enseñan las yerbas buenas, nos dan lluvia cuando la necesitamos y tantas otras cosas-. -Tranquilízate, amigo, sólo estuve bromeando. Tú ya sabes que yo no sería capaz de hacer daño a los que ayudan al prójimo-. -Disculpe usted, señor, me sorprendió su opinión; creí que estaba hablando en serio y me molesté-. -Ten la seguridad que yo los quiero y los respeto igual que tú. Me he dado cuenta que esas personas son muy buenas y aman al prójimo. Eso es lo que más vale. Pero aún tengo dudas sobre sus verdaderas intensiones. ¿Qué buscan acá?- -Gracias, señor -respondió Quispe alegremente-. "No lo olvidaré", como dicen los apunianos -agregó y prosiguió andando. -No te preocupes, Quispe, por favor no hables de esto con nadie -repliqué para calmarlo por completo. -¡Ay, señor! ¡Qué desconfiado es!, ¡cómo se le ocurre pensar en eso! A pesar que los apunianos quieren que hablemos de ellos y comuniquemos de sus poderes a los demás, para que todos intentemos desarrollar nuestras mentes y nos queramos unos a otros como hermanos, yo no he dicho una palabra a nadie, ni la diré nunca... Nos despedimos. Yo entré en la casa y como mi esposa había salido de viaje a la ciudad de Lima, para ver a nuestra hija que estaba estudiando allá, al no tener con quién hablar me puse a meditar sobre el asunto. Después de haber analizado cuidadosamente, punto por punto, lo que había experimentado durante mis tres encuentros con aquellos raros visitantes, que en total sumaban veinte horas, y para evitar ser cómplice de algún supues¬to delito, llegué a la conclusión de que las autoridades del lugar deberían tener conocimiento de todo eso. Decidí, pues, avisar a la policía de la presencia de los supuestos extraterrestres. Me dirigía la comisaría que en aquel entonces funcionaba en la ciudad de Huallanca, a ciento cincuenta metros de mi casa... Un sargento me recibió: -¿En qué le podemos servir, señor? -me preguntó cortésmente. -Gracias por su amabilidad, sargento. Por favor, ¿Usted es el encargado de esta oficina o hay otro jefe?¬ -Yo soy el jefe, por ahora. ¿Qué le está pasando?¬ -¿Podemos hablar unos minutos de un asunto muy especial?¬ -Sí, como no, pase usted, señor -dijo y abrió la puerta de una oficina privada. Me senté y empecé a contarle los casos. Desde el principio, el sargento empezó a mostrarse sumamente sorprendido, pero según yo avanzaba en mi relato, su intranquilidad aumentaba. Comenzó a tenerme miedo. Más cuando principié a narrar lo que había visto aquel mismo día, se paró como asustado y con voz suave, disimulando su alteración, me dijo: -Amigo, ¡qué maravillas me está contando! Usted ha logrado un verdadero triunfo para la inteligencia mun¬dial, denunciando que esos extraños están entre noso¬tros. ¡Posiblemente pretenden espiarnos! Ahora mismo avisaré al Comando Superior para que movilicen todos los aviones, tropas, buques, cañones, tanques y una divi¬sión de muchachas armadas con botellas del mejor pisco peruano. Será una verdadera hazaña capturar a esos extraterrestres y toda la victoria se la vamos a atribuir a usted y a su valiosa información. Pero, por favor, no hable con nadie de eso, váyase a su casa, acuéstese y mañana nosotros vamos a buscarlo para que guíe nuestro ejército hasta el lugar donde están esos extrate¬rrestres-. Comprendí que el sargento me había considerado loco o borracho y que me hablaba en son de burla. No entré en más detalles con él, tampoco terminé de contar¬le todos los episodios de aquel día; me paré y para que se convenciera que yo seguía considerando "inteligente" su trato, le dije: -Gracias, sargento; ahora me acostaré y no hablaré con nadie; mañana usted me buscará para que guíe a ese ejército y ¡Viva la victoria! -grité. Dos guardias, sorpren¬didos por mi exclamación, salieron del cuarto contiguo. -E

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170 horas con extraterretres - lo q ignoramos(tercera parte)
InfoporAnónimo3/2/2011

SABADO 4 DE JUNIO DE 1960 Las mañanas, en el Callejón de Huaylas, tienen algo muy singular en su atractiva manifestación, lo que las hace diferentes a cualquier otro lugar. El caudaloso río Santa, con su correr hacia el Pacífico, ha cavado su cause tan profundamente como si pretendiera bañar con sus aguas heladas el ardiente corazón de la Tierra. Con esa atrevida inquietud, el Santa cortó en su camino ce¬rros y colinas, separando así parte de la Cordillera Occidental en dos ramificaciones: una, cubierta por nieve perpetua; la otra, con pampas y praderas, y él, en medio de las dos, orgulloso de ser el hijo de los Andes, fluye hacia el Pacífico coqueteando con sus dos majestuosas admiradoras que lo acompañan desde su nacimiento. Aquella mañana del primer sábado del mes de junio, la región estaba tan atractiva como siempre. El Sol, con sus rayos, iluminó los nevados de la Cordillera Blanca que los reflejó sobre las orillas del río Santa, donde armonizaban su brillo con los colores de los campos floreados. Durante las tres semanas anteriores, había hecho varias excursiones por los cerros sin encontrarme con los forasteros. Pensé que éstos habían cambiado de rumbo y eso me alegraba por muchas razones. Para aquella excursión me alisté con la señal del alba y cuando salió el Sol yo ya estaba subiendo a los cerros en dirección al nevado de Milwaqocha, por las alturas, entre los riachuelos Cedros y Kitaraqsa. Aquel día nadie me acompañaba, por eso decidí visitar los lugares más accidentados, porque acompañado, la elección de los lugares por visitar dependía de la determinación conjunta, lo que a veces resulta contrario a los deseos de uno. Eran las diez de la mañana cuando me encontraba en la cima de un cerro, al frente del Huaylas, sobre el Cañón del Pato. Había caminado desde las cinco de la madrugada y determiné descansar para observar con los prismáticos los altos picos de los alrededores. De pronto, descubrí, a una distancia de más o menos mil metros, un aparato de los visitantes, de igual modelo y color que el que había visto hacía ya cuatro semanas cuando me pre¬sentaron a Ivanka. Sinceramente no me gustó, pero como ya estaba en el lugar, resolví acercarme para curiosear. Después de haber descansado algunos minu¬tos, me dirigí hacia la nave. Cuando me acerqué a unos cientos de metros, me sorprendí al ver que tras un peñasco, a corta distancia de la nave, se veía un grupo de personas. Eso me preocupó un poco porque no comprendía el idioma quechua y estaba sin acompañante que me pudiera servir de intérprete. Me preocupaba enten¬derme con los lugareños, pues con los extraños no había problemas, ya que ellos hablaban todos los idiomas a la perfección. A pesar de mis preocupaciones, proseguí. Decenas de metros antes de llegar, un extraño me re¬cibió. No le había visto antes, lo que me inquietó un poco, e intenté hablarle mientras caminábamos, para disimular mi alteración. -No te alarmes, amigo -dijo- de pronto el extraño-; a nosotros no nos molesta en nada tu procedimiento, mas bien nos agrada, porque sólo investigando con empeño sincero, se consiguen la verdad y el resultado positivo-. Por la confusión no hice caso a su declaración, ni tampoco me dí cuenta que el forastero con su consejo, se refería a la denuncia que hice en la comisaría hacía varios días. Ya nos encontrábamos frente a la nave, cuando de pronto la puerta se abrió y salió Ivanka. A pesar de que los visitantes no me agradaban, cuando vi a Ivanka me sentí un poco calmado, tal vez porque había hablado con ella varias horas en el encuentro anterior. Me recibió sonriente y me comunicó que mi visita le agradaba. -Es nuestro amigo Zen- me dijo presentándome al forastero que me había recibido. -¿También es apuniano? -pregunté con serenidad. -Sí, amigo, por supuesto. A la Tierra muy pocas veces viene otra gente extraterrestre que no sea la de Apu. Para otras civilizaciones la Tierra no es tan intere¬sante, mas para nosotros sí porque es parte de Apu y los terrícolas son nuestros hermanos -las palabras de Ivanka me sonaron a broma y sonreí-. ¿Entramos en la nave o nos sentamos aquí?- preguntó ella. -Como quieras -respondí -Vamos adentro, creo que es más positivo; pode¬mos observar en las pantallas si algo te interesa -entra¬mos. El interior era idéntico al de la nave anteriormente vista. Me senté en un sillón; ella se sentó frente a mí. No creas que nos molesta tu denuncia de la otra noche, tu actitud es absolutamente normal -me dijo Ivanka con expresión alegre. Eso me sorprendió. Me quedé como paralizado. Sentí miedo y vergüenza. ¿Quién diablos les habría avisado de mi intento? ¿Cómo lo supieron? Eso era para mí algo incomprensible. "Tal vez el sargento es su cómplice", pensé. Enmudecí; no podía contestarle nada. Ella comprendió mi alteración y rió a carcajadas. Escucha, amigo -me dijo-. El hombre, para llegar a la verdad, al progreso y a la sabiduría, debe trabajar, es¬tudiar y practicar. Tú has intentado cumplir con las re¬glas que establece la sociedad. Si no lo hubieras hecho no tendrías interés en cumplir tus reglas sociales ni descubrir nuestra procedencia. El esfuerzo sincero para conocer lo desconocido, aclarar lo confuso, ver lo invi¬sible y realizar lo imaginable, es el único camino hacia la sabiduría. La evolución y el progreso de todas las civiliza¬ciones, es el resultado de una constante búsqueda de lo insólito- subrayó Ivanka haciendo un gesto amable para animarme. -¿Quién les ha contado que yo intenté denun¬ciarles?¬ -Por favor, dejemos de pensar en eso, ya te he explicado nuestra opinión del caso. Olvídalo, ¿quieres?¬ -Está bien, me olvidaré; pero dijiste que aclarar lo confuso es positivo. ¿Por qué no me aclaras lo que te estoy preguntando?¬ -Si quieres saberlo, mira esa pantalla, ella te va a decir todo - indicó Ivanka sonriente. Miré la pantalla que me acababa de señalar. En ella aparecimos Quispe y yo despidiéndonos de Pedro, tal como lo habíamos hecho aquella noche cuando el extraño nos acompañó, alumbrándonos el camino con su halo de luz diurna. A conti¬nuación aparecieron todos los sucesos en detalle: mi des¬pedida de Quispe, mi entrada a la casa, la meditación y análisis de las razones que me condujeron a hacer la de¬nuncia, mi conversación con el sargento y todas las bur¬las que éste hizo con los guardias sobre mi declaración, después que yo había salido de la comisaría. Desaparecer del lugar habría sido la única salvación para ocultar mi bochorno. Sentí tanta vergüenza que hubiere aceptado tirarme en cualquier abismo para no mirar el rostro de Ivanka. Ella notó mi turbación de ánimo, llegó a mi lado y afectuosamente me dijo: -Amigo, ¿por qué te estás maltratando así? Tienes que comprender que no has hecho nada malo. En aquel instante empecé a percibir una recuperación de mi esta¬do anímico. De pronto me vinieron ganas de discutir con ella el tema como si no hubiera pasado nada. -Está bien, señorita -le dije decididamente-. He in¬tentado denunciarlos porque no sé quiénes son ustedes ni qué están buscando en este lugar. Los denunciaría otra vez, pero de nada me valdría, sólo provocaría las burlas de la gente porque nadie me haría caso. Ivanka soltó una carcajada. Después de reírse unos instantes me miró hablándome comprensivamente: -Amigo mío. Puedes gritar a todo el mundo y ha¬blarle de nuestra presencia, pero nadie te creerá ahora y quizás por mucho tiempo, mas eso no interesa. Nadie debe aceptar nuestra existencia por persuasión. Por favor, nunca intentes convencer a una persona para que crea que existimos o que estamos visitando la Tierra o cualquier otro planeta. -Procuraré no hacerlo otra vez- contesté sincera¬mente porque me acordé de la ironía mordaz con que el sargento reaccionó ante mi denuncia. Hubo un rato de silencio. Ivanka ojeaba un libro de versos escritos por un poeta mariano. Zen observaba la figura central de la Portada del Sol de Tiahuanaco, tallada en miniatura por algún artesano de este lugar, copiada fielmente de la enorme escultura original, ubicada en la entrada del Gran Centro, que -se supone- fue ceremonial y ritual. Me sorprendí viendo estos objetos en sus manos, porque antes de interrumpir la conversación no había visto ninguno a su alrededor. Zen posiblemente comprendió mi pensamiento e hizo que de debajo de su sillón saliera una gaveta de un material semejante al terciopelo, la misma que estaba llena de miniaturas artesanales del continente americano, realizadas en diferentes épocas. Imaginé que también mi sillón tenía "doble fondo" y se me ocurrió preguntarme qué contenía. De pronto, de debajo de mi asiento salió una gaveta y a continuación otra del asiento de lvanka. La gaveta de mi sillón contenía hojas de árboles, briznas de yerbas y pétalos de flores, pero el de Ivanka, libros, revistas y muestras de tejido artesanal. Me dí cuenta que cada sillón era como una cómoda compuesta de varios cajones de diferentes tamaños. lvanka comprendió que mi curiosidad era complacida y sonrió. Quiso decirme algo pero Zen se le adelantó. -Todos nuestros muebles y naves tienen doble fon¬do y paredes dobles; es positivo tener un espacio a disposición. Además, las paredes dobles son necesarias para protegernos de los fenómenos espaciales. -¿Por qué ustedes están cargando todo esto, cuando pueden obtenerlo o transportarlo por medio de desintegración?- pregunté en tono de burla. -Son muchas las razones por las cuales llevamos lo que has visto. Es cierto que podemos integrar y desinte¬grar la materia hasta en sus más pequeñas partículas; también hemos logrado obtener la inmortalidad, casi anular el tiempo, llegar a velocidades altísimas y tantos otros poderes para corregir la naturaleza y los fenómenos negativos. Pero eso no es todo. Cada instante del tiempo es diferente en su forma, duración y acontecer. Esta es la ley de la naturaleza con la cual están relacionados los días, los años, el trabajo, la necesidad de las cosas y los medios para corregir lo negativo y obtener lo positivo. Lo que ayer fue, hoy no es, y lo de hoy mañana será dis¬tinto o no existirá. Nada es idéntico y todo tendrá dife¬rencias y transformaciones en cada instante, mientras el movimiento sea factor principal de la existencia- subrayó. Me sentí aburrido de tanta filosofía vertida por el forastero, de la cual no entendía casi nada, por lo que decidí preguntarle algo diferente para cambiar de tema. -Dime, Zen -le interrogué-. ¿Cuál es la causa que está motivando la visita de ustedes a la Tierra?- Ivanka sonrió. No sé si su sonrisa fue inspirada por alguna frase del libro que hojeaba o por mi pregunta, pero a mí no me agradó. Zen mostró una expresión alegre y mirándome, contestó: -En el apuniano es congénito proteger las células y por lo tanto ayudar a los seres del universo, esa es la causa esencial de nuestra visita. Nosotros no podríamos existir sin cumplir este precepto. Estamos visitando todos los planetas y ayudamos a los que encontramos durante el viaje. La diferente frecuencia de nuestras visi¬tas a ciertos lugares de la Tierra, guardan relación con la mayor o menor cantidad de obras que hay en cada lugar, hechas por apunianos. Estas obras datan de épocas anteriores y posteriores a la explosión de Apu. Es cierto que, como tú dices, nosotros podemos ver todo eso por las pantallas del tiempo, pero cuando ya estamos aquí, es positivo contactar con nuestras antiguas obras. Ob¬serva la pantalla -me sugirió. Volví la cabeza y vi en la pantalla, al frente, una inmensa multitud de gente en movimiento. Luego aparecieron unas máquinas semejan¬tes a globos, otras a platillos voladores y otras a avione¬tas de tamaño muy pequeño, todas estaban volando a pocos metros sobre la superficie, despidiendo desde su interior un chorro parecido al aire, pero con la fuerza su¬ficiente para hacer desaparecer obstáculos, tales como piedras y arbustos, dejando el suelo plano y limpio. Así obtuvieron una inmensa pampa de cientos de kilómetros cuadrados, limpia como un estadio y apta para la cons¬trucción. En seguida, enormes piedras labradas a la per¬fección e inteligentemente guiadas, caían como copos de nieve en los respectivos lugares de construcción, de acuerdo a planos arquitectónicos, y así se construían ca¬sas y calles. Me sorprendí viendo que las enormes pie¬dras, con un tamaño semejante a las paredes de nuestras casas de dos pisos, cayeran tan lentamente como si fueran tiras de papel, y que una persona pudiera dirigir varias, con una sola mano o con un simple soplo. Pensé, otra vez, en la sugestión hipnótica y cerré los ojos para no seguir viendo "mentirillas" inventadas quién sabe por quiénes. Instantes después, una mano tocó mi hombro derecho. Abrí los ojos y vi a Ivanka que me observaba con atención. -Amigo, sigue creyendo lo que tu mente imagina, mas yo tengo que decirte qué es lo que estas viendo. Las piedras que caen sobre la pampa están desgravitadas, sólo tienen el peso necesario para que no se desparra¬men por el espacio durante el trabajo. Este es uno de los métodos que los apunianos emplean para construir. Vamos a acelerar la exposición en la pantalla sólo para que veas la ciudad construida, y también su destrucción. Observa la pantalla, por favor- me pidió cortésmente. Miré en la pantalla por cumplir con su pedido y vi una inmensa ciudad construida de acuerdo a una arquitectura rara, en la cual no se veía ángulos rectos en ningún lugar. Su diseño semejaba a una mariposa volando, y los bosques que se veían por sus alrededores, adornaban sus encantos haciéndola una ciudad sorprendente. -¿Cómo se llamaba o se llama ahora esa ciudad?¬ pregunté a Ivanka. -Cuando terminó su construcción le dieron el nom¬bre de Kutzak, porque así se llamaba el apuniano que di¬rigió la obra, palabra que con el transcurso del tiempo fue transformada en Qosqo o Cusco, nombres actuales de la ciudad. Esa fue una de las tres más importantes ciudades y centros de desembarque que hicieron los apunianos durante el segundo poblamiento de la Tierra. En aquella ciudad, Kutzak, los apunianos establecieron la primera industria química terrestre y fue una de las mejores del espacio hasta que el diluvio la destruyó. -¿Dijiste diluvio?- pregunté sorprendido. -Sí, amigo- respondió Zen. El egoísmo y la ambi¬ción originaron tempestades y cataclismos tan desastro¬so que rompieron el equilibrio del planeta; así, la línea ecuatorial ocupó el lugar del meridiano y viceversa. Co¬mo consecuencia, se destruyeron las mejores construc¬ciones que la Tierra ha tenido desde que se separó de Apu. Observa la pantalla -sugirió; le obedecí. Dirigí la mi¬rada hacia el aparato y vi que una tremenda e increíble catástrofe atmosférica azotaba el planeta terrestre y lo envolvía en nubes. Extraños e indescriptibles huracanes, truenos, ciclones y vientos, empujaban la Tierra como si fuera hojarasca y cuando terminó aquel torbellino des¬tructor, la superficie terrestre quedó despoblada de plan¬tas, animales y humanos. Los polos se habían convertido en la línea ecuatorial y ésta en meridiano. El lugar donde antes había estado la inmensa pampa con la impre¬sionante ciudad de Kutzak, se había convertido en picos y quebradas de profundos abismos, sembrados de gi¬gantescas piedras dispersas, provenientes de aquella fan¬tástica construcción que había sido el orgullo de la Tierra. Sólo en tres lugares se veía una cantidad consi¬derable de ruinas por las cuales el observador se podría dar cuenta que en aquella región había existido una indescriptible construcción. -¡Qué espantoso acontecimiento!- exclamé espontáneamente y me puse a pensar sobre aquello sin saber a qué atenerme. Creer o no creer lo que veía en aquella incomprensible máquina, era mi único problema en ese momento. -Sí, amigo, fue espantoso y muy negativo. Aquel suceso originó un irreparable retraso en los adelantos del hombre y un problema para nosotros. Ha sido también causa de varios fenómenos que surgieron y que subsis¬ten hasta ahora. A causa de aquella catástrofe se desequilibró una parte del espacio, lo que motivó que nuestras ciudades volantes tuvieran dificultades durante cientos de miles de años en sus viajes por Vía Láctea. El espacio es sumamente complicado, lleno de misterios, incógnitas, y lo desconocido abunda a cada paso. Estas dificultades afectan nuestras visitas a esta galaxia, mas como en las décadas actuales la Vía Láctea se encuentra desplazándose por unas vías del espacio muy positivas, aprovechamos la oportunidad para visitar todos sus pla¬netas y sistemas; a ello también se debe nuestras fre¬cuentes visitas y largas permanencias en la superficie te¬rrestre. No siempre es tan fácil acercarse a cada galaxia¬ subrayó Zen. -¿Qué pasó con las otras ciudades que construye¬ron durante el segundo poblamiento?¬ -Igual suerte sufrieron todas. De unas quedaron partes no destruidas o enterradas totalmente bajo el lodo, de otras nada. Pero todas fueron alcanzadas por la tempestad. Sabemos que nuestra visita sorprende a los terrestres, eso es natural. Los habitantes de otros planetas también se sorprenden cuando se encuentran con nosotros. Unos nos ven con tranquilidad, pero la mayoría se asusta. Muy pocos han comprendido que nosotros somos simples viajeros y que estamos investi¬gando las dificultades de la vida espacial, para enterarnos por completo de lo que soportan los seres sobre los planetas poblados- terminó. Me quedé sin ganas de hablar. Es difícil tranquili¬zarse para organizar los pensamientos cuando a cada mi¬rada se ve algo insólito, sorprendente e increíblemente raro. Cada palabra de los forasteros traía una noticia asombrosa que me alarmaba y mientras trataba de recuperar la serenidad, entraron a la nave dos compañe¬ros de Ivanka, que yo no había visto antes. Ella se paró y me los presentó. -Este es Amín y él es Dius- me dijo con afecto. Dius extendió su mano, yo le correspondí. Lo mismo hice con Amín. Los dos se sentaron y empezaron a contar lo que habían experimentado durante la excursión de la cual volvían. De pronto, Dius extrajo de su bolsillo un peque¬ño gorro confeccionado de piel de conejo. Me sorprendí al ver aquella prenda y me puse a pensar cómo la habría conseguido y por qué les interesaba tenerla. Ivanka comprendió mi pensamiento y mirándome atentamente dijo. La belleza de la vida terrestre está distorsionada por sus mismos habitantes. El hombre, por ser un ente inte¬ligente y perfeccionado, muy poco se preocupa por facili¬tar la vida utilizando la sabiduría de crear y descubrir cosas sin que para ello tenga que sacrificar a otros seres. Al contrario, se cree con derecho a explotar y utilizar en su beneficio, a todos los seres que aquí viven, incluso a sus semejantes. Cría a los animales con esmero, como si fueran sinceros amigos; luego los somete a sufrimientos. De ellos utiliza sus fuerzas para el trabajo; su astucia para la diversión; sus sufrimientos le producen placer, y luego los mata para comer su carne, y hasta confecciona de su piel prendas caprichosas, sin pensar que todos los seres tienen igual derecho a vivir y que cada uno, por igual, es sensible al dolor, al maltrato o a la bondad. En la sociedad Apuniana es diferente. Allá todos los seres vivientes son los únicos dueños de sus existencias, hasta que terminan su ciclo de vida según las leyes de la na¬turaleza. Para los apunianos la vida de los demás seres está en primer lugar y en segundo la de ellos mismos. Las plantas, los animales y los humanos, son producto de una misma madre y todos tienen igual derecho a vivir su ciclo sin sufrimientos originados por otros- subrayó. -Entonces, ¿de qué se alimentan los apunianos? ¬pregunté bromeando, a pesar que ya había espectado, por la pantalla, los comedores y alimentos apunianos. -La alimentación apuniana se compone de concen¬trados compuestos en su mayor parte de minerales, y otra parte de semillas y frutos de plantas- respondió Amín. -Te mostré la vez pasada, en la pantalla, los come¬dores y las reglas a que me sometí cuando comí por pri¬mera vez en Apu -interrumpió Ivanka recordándome escenas de su vida, relatadas anteriormente-. Lo más ne¬gativo que los habitantes terrestres practican, es quitar la vida a otro ser para su alimentación u otros fines. Alimentarse de esta manera, conjuntamente con los rayos solares, es causa de la agresividad, el egoísmo y una enorme cadena de desequilibrios celulares de su organismo- subrayó. -¿Para qué les sirve este gorro? ¿Acaso no es sufi¬ciente lo que saben sobre nosotros?- pregunté a Dius. -En realidad, amigo, para nosotros no hay secretos en ninguna parte del universo, pero acostumbramos te¬ner estos objetos construidos por medio de una acción tan negativa, porque nos sirven para mostrarlos a habi¬tantes de otros planetas a los que estamos ayudando para que superen lo negativo. Los hay que tienen formas de vida semejantes a la de los terrestres, pero nosotros estamos intentando con todo empeño, formar entre ellos grupos positivos de personas cuyas células contengan menos composición negativa en sus átomos, para que poco a poco positivicen a los demás. -Esto también nos sirve para el mismo objetivo ¬interrumpió Amín, mostrándome un par de casquillos de fusil. -¿Dónde has conseguido esto?- pregunté. -En las cercanías de la ciudad de Piura, donde los soldados efectuaron maniobras durante la semana pasada- respondió. -¿Tú has vuelto a Apu desde que nos vimos la última vez?- pregunté a Ivanka como para cambiar de tema. -Yo sí, regresé ayer; pero ellos vienen por primera vez a la Tierra. Hemos llegado juntos-. -¿Les ha gustado la vida terrestre? ¿Qué dicen? ¿Mejorará o continuará así?¬ -Lo fundamental, amigo, para la vida de los seres, aquí en la Tierra y en cualquier parte del universo, es la unión, el trabajo, el estudio y la paz; sin estos factores sólo hay sacrificios pero no vida. Para obtener esta esencia que alimenta la vida, los terrestres deben reemplazar el dinero, la agresión y el egoísmo por esos factores-. -¡Eliminar el dinero!- pensé. . . solté una carcajada. Ellos sonrieron también; comprendí que sus sonrisas es¬taban inspiradas por mi incomprensión, egoísmo y burla; eso no me agradó. Me acorde de la mofa del sargento e intenté disculparme: -Perdónenme, es que mi forma de pensar es dife¬rente y -según ustedes- tengo derecho de expresar mi opinión-. -No lo olvidaremos, amigo- Contestaron los tres casi en conjunto. Ivanka sonrió y mirándome agregó: -Estás progresando. Sólo los sinceros intentan co¬rregirse reconociendo su error- subrayó. Hubo un peque¬ño silencio. Miré mi reloj. Eran las seis de la tarde. Me puse de pie con la intención de despedirme de los foras¬teros para poder regresar a Huallanca antes que oscureciera. Los tres "apunianos" e Ivanka, me acompañaron hasta la puerta de la nave y partí. Afuera, el Sol descen¬día tras las montañas despidiéndose de los picos neva¬dos hasta el día siguiente. Varios pastores se encontra¬ban en grupos, a unos cientos de metros de distancia, como si esperaran mi salida. Me despedí también de ellos y tomé un camino que era -según mi opinión- el más corto posible. Uno de los campesinos me siguió y al al¬canzarme me dijo: -Amigo, si va para el campamento de Huallanca, vamos juntos porque yo también voy allá-. -Está bien, amigo, vamos- le respondí con agrado, pues sentía aburrimiento y tenía deseos de hablar con un terrestre "legítimo". -Entonces, vamos por aquí, porque ese camino que usted ha escogido es más largo, desvía hacía la derecha alejándose demasiado-. -Vamos por donde quiera, pero, por favor, apúrese, tengo prisa. . . -¿Qué le parecieron los visitantes?, se que han conversado largo rato-. -Si, demasiado- respondí por cortesía. -Son buena gente. Saben muchas cosas y son sencillísimos- subrayó con el acento del lugar. -¿Cuál es tu nombre?- pregunté. -Manuel- respondió. -Sabes, Manuel, me da que pensar por qué y de dónde viene esa "gente buena" a este lugar tan abrupto y solitario. Por casualidad, ¿sabes de qué nacionalidad son?- le pregunté para sondear su opinión. -¿Cómo? ¿No le han dicho que son extraterrestres?¬ -Sí, pero, ¡a quién pretenden engañar con ese cuento!¬ -No es cuento, señor. Ellos dicen a todo el mundo que son extraterrestres, que vienen del planeta Apu, ubicado fuera de nuestra galaxia. Son personas muy buenas y pueden hacer todo lo que desean- subrayó. Me dí cuenta que Manuel pensaba como sus demás vecinos y al verme fracasado en mi intento de obtener datos -se¬gún mi opinión verídicos- sobre la identidad de los visitantes, me callé. No hablamos de nada más hasta que nos despedimos en la ciudad de Huallanca. Como de costumbre, con nadie podía hablar de aquellas rarezas, y me incorporé a mi turno de trabajo, que aquel día empezaba a las veinte horas. A pesar de las sorpresas, burlas, dudas y muy poco crédito a lo que estaba experimentando, mi deseo de seguir averiguando hasta descubrir quiénes eran aquellos extraños, seguía fiel a la decisión tomada desde un principio. Basándome en las declaraciones de los pastores, de los campesinos y de los trabajadores que a veces me acompañaban, lo único de lo que pude asegurarme fue que la presencia de esos forasteros era real, más si eran terrestres o extra¬terrestres y cuál era la causa de su visita, quedaba por averiguarse. Pero a pesar de todo, empecé a meditar sobre el comportamiento de los forasteros en relación a mi denuncia en su contra. Si aquellos seres hubieran sido habitantes de la Tierra, cualquiera que fuese el motivo de su visita, se habrían mostrado ofendidos por mi acusa¬ción ante la policía, para que les sometieran a una investigación. Eso irritaría a cualquier terrícola. Pero ellos se sentían indiferentes ante mis propósitos. Al contrario, mi denuncia les había provocado tanta alegría, como si en lugar les hubiera traído ramos de flores para agasajar¬los. En su opinión, yo intentaba descubrir la verdad sobre ellos, y eso les causaba una admiración especial. Llegué a la conclusión que ningún terrícola se hubiera portado de tal manera, y que esa finura, tranquilidad y elogio, a mi actitud amenazadora, sólo podían mantenerla seres positivos, de poderes extraordinarios para conocer los pensamientos de los demás y un elevado concepto sobre el amor, el trabajo y el estudio. Por primera vez tomé en serio la posibilidad de que aquellos visitantes pudieran ser habitantes de un planeta lejano en el que no había egoísmo, miedo, agresividad ni malas intenciones, y sentí arrepentimiento por las actitudes que había tenido con ellos hasta ese momento. DOMINGO 21 DE AGOSTO DE 1960 Habían pasado varias semanas desde que junto con lvanka habíamos visto, en la pantalla del tiempo, la construcción de la ciudad del Cuzco y el desastre origina¬do por las tempestades, provocadas irresponsablemente por el instinto egoísta del hombre, cualidad negativa de los habitantes de la Tierra, origen de todo lo que sigue maltratando a la humanidad e impide la unión, la evolu¬ción y el amor entre los seres. Por los continuos encuen¬tros con los foráneos, ya me había familiarizado con sus adelantos, la vida de su planeta y del universo, y hasta había empezado a dar crédito a ciertas afirmaciones su¬yas que coincidían con algunos acontecimientos ocurri¬dos en la Tierra en épocas diferentes. A pesar que no podía asegurar si eran terrestres o extraterrestres y no sabía con que clase de gente estaba tratando, su modo de querer y respetar a los semejantes y a todos los demás seres, originaba en mí la pequeña certeza de que no estaban haciendo daño a nadie y que no intentaban persuadir para que se creyera su procedencia. Durante el mes de julio y la primera mitad de agosto, había tenido cinco encuentros con ellos, pero en ninguno vi a lvanka. Me había acostumbrado a conversar con ella, y -fuese en broma o en serio- le tenía mas confianza que a sus compañeros. Una de las cosas que más me inquietaba, era la incertidumbre respecto a la existencia y ubicación de las ruinas sepultadas en los nevados de Champara. Mi intención era ver aquella misteriosa y gigantesca cons¬trucción con mis propios ojos, sin valerme de pantallas, proyecciones ni dimensiones desconocidas que más origi¬nan desconfianza que certeza. Estas inquietudes me im¬pulsaron a realizar mi exploración aquel domingo 21 de agosto, por las faldas de los nevados de Champara. El día anterior conversé del asunto con mi amigo Quispe. Acordamos partir a las primeras horas de la madrugada, para quedarnos el mayor tiempo posible allá en las mon¬tañas. Partimos antes del alba y nos dirigimos por las alturas de la orilla derecha del río Kitaraqsa. Como siempre, no pensábamos encontrarnos con los extraños y por eso no comentamos del asunto. La salida del Sol nos encontró en una planicie a más de tres mil metros sobre el nivel del mar. Nos sentamos sobre un peñasco para descansar observando los alrededores con el prismáti¬co que Quispe se había prestado de un familiar. -Tome el binocular- dijo mi compañero extrayéndolo de su funda. -Úsalo tú, gracias- le contesté, pues me sentía bas¬tante cansado porque la caminata había sido larga y agitada, ya que nuestro propósito era encontrarnos en las alturas a la salida del Sol. El se sentó a mi lado y empezó a observar. -¡Allí están nuestros amigos!- exclamó Quispe de repente. -¿A quién te refieres?- le pregunté, porque no es¬taba seguro si me estaba hablando de los pastores o de los visitantes. -Esos a los que usted llama "extraños" están aterri¬zando con un avioncito muy brillante-. ¿Quiere ver? -No me interesa, sigue viendo y después, cuando aterricen, vamos a verlos- repliqué y miré casualmente hacia el final de la planicie. De pronto vi a una nave po¬sándose sobre el suelo. -¡Acaba de aterrizar, señor!- exclamó mi acompa¬ñante. -Sí, Quispe, los vi, vamos a visitarlos, ¿qué te parece?¬ -Vamos, señor, alístese- respondió él poniendo su prismático en la funda. Cogí mi zurrón y partimos. Cuando nos acercamos a la máquina, su puerta ya estaba abierta. Una mujer y un hombre salieron de la na¬ve. Al hombre nunca lo había visto, pero reconocí a la mujer: era Ivanka. Sentí deseos de hablarle y me dirigí hacia ellos. -Hola, amigo, "Todo por los demás" - dijo ella al verme y me extendió la mano. -Hola, paisana- le respondí bromeando. Ella sonrió. Me tocó el hombro como perdonando mi comportamien¬to, y luego dijo: -Te presento un nuevo amigo que esta vez me esta acompañando, se llama Zay *-. -Mucho gusto- dije cortésmente y le extendí la ma¬no. El hizo lo mismo, pronunciando su nombre. -Este es un apuniano que ha vivido en la Tierra en varias épocas, como terrícola, positivando a los terres¬tres-. En una ocasión vivió bajo el nombre de Jesús. ¬Quispe se arrodilló. -¿Acaso éste fue Jesucristo?- pregunté sorprendi¬do. -Sí, amigo- respondió Ivanka afirmativamente. Su respuesta me resultó tan rara y burlona que sol¬té una carcajada. Reí a toda voz, como si me encontrase en un circo. Quispe empezó a persignarse. -¡Qué cosas veré hoy por las pantallas del tiempo estando al lado de Nuestro Señor Jesucristo!- pensé irónicamente. -Eres sincero, amigo- me dijo Zay tomándome el brazo mientras nos acercábamos a la nave, después que hizo una seña a Quispe para que se levantara. En eso la escalera bajó y empezamos a subir. Ivanka pisó la escale¬ra, luego Zay y Quispe; yo los seguí. Entramos en la na¬ve y nos sentamos. Zay se sentó en el sillón, a mi lado derecho, Ivanka frente a mí, y Quispe a su lado-. Com¬prendo tu intranquilidad, nuestros encuentros son siempre casuales, por eso sorprenden. Trata de sopor¬tarlos con tranquilidad para hacerlos más positivos -me dijo Zay cortésmente-. Han pasado unos quinientos millo¬nes de años terrestres desde que los fenómenos espacia¬les han dificultado a los apunianos la visita frecuente a la Tierra. Recién, a comienzos de siglo, la galaxia a que per¬tenece la Tierra ha entrado en la zona positiva favorable a la navegación de nuestras naves y ciudades volantes. Muchos problemas de la vida terrestre estarían resueltos si se hubiera podido venir sin dificultades. Uno de los motivos de nuestras actuales frecuentes visitas, es el de positivar la mente de los hombres para que mediten y solucionen sus problemas con la razón y no con la guerra. Con muchas dificultades he venido a la Tierra en diversas épocas, después del diluvio, para colaborar con los terrícolas- subrayó. -¿Cuántas veces has vivido en la Tierra con nom¬bres terrícolas?- le pregunté. -Quinientas cuatro, amigo- respondió él y empezó a contarme la historia de algunas. .. Mientras el apuniano narraba los episodios de su permanencia entre los terrestres, yo empecé a sentir un alivio inexplicable. No sé a qué atribuir aquella extraña manifestación, pero ya no sentía alteraciones ni sorpre¬sas, y los extraños me parecían tan naturales como si con ellos hubiera vivido toda mi vida. En las oportunida¬des anteriores, cuando me encontraba en sus naves, la única sensación agradable que sentían mis células era por la desgravitación, pero ahora todo lo que veía o escuchaba me originaba un contento inexplicable. Mas, a pesar de todo, ese agrado no neutralizó por completo la impresión de que los forasteros me habían hipnotizado para suavizar mi actitud reciente hacia sus actividades. Intenté reforzar mi rebeldía anterior, pero no logré conse¬guir nada. Mi organismo seguía alegre y agradado como nunca antes. Miré a Quispe con la intención de pregun¬tarle si él también se sentía así; comprendió mi mirada y antes que yo hablara me respondió. -Es algo extraordinario, señor, jamás me he sentido así-. Por su contestación sospeché que nos habían hip¬notizado de alguna manera, y empecé a cambiar de opi¬nión. Unos minutos después, esta idea no me venía-a la mente y volví a sentirme como si me encontrase entre mis amigos de infancia. Sonreí y presté atención a la pantalla que proyectaba la vida del apuniano Zay en la Tierra, vivida, según él, bajo el nombre de Jesucristo. Si¬guiendo detalles, pormenores de su niñez, apareció una escena en la que él se encontraba entre niños de su ba¬rrio, amarrando con un hilo hojas secas de los árboles, hasta componer una sarta con la que formaron un cuadrado de varios decímetros; luego amarró uno de los extremos a un hilo largo, tomó el extremo libre del hilo entre sus dedos y empezó a correr. Eso hacía que la sarta de hojas se levantara del suelo como una pequeña cometa, lo que ocasionaba la admiración de todos los ob¬servadores. A mí me causó gracia y reí. -Fue una de las demostraciones con la cual buscaba inspirar ideas en el hombre, con el objeto que pensara en construir máquinas voladoras -dijo Zay mirándome-. Du¬rante cientos de miles de años, los fenómenos espaciales apenas permitieron venir a la Tierra algunas veces, por¬que esta galaxia se encontraba en zonas nocivas para las células. Durante esa interrupción, las anormalidades cós¬micas influyeron tanto sobre el hombre, que lo sumieron en el retraso por billones de años. Urgía, pues, despertar a los minius de sus células, para que el hombre empezara a evolucionar y recuperara sus facultades y poderes temporalmente desactivados. A esos pequeños intentos, co¬mo el que acabamos de ver, se deben los resultados de la tecnificación actual y futura de la sociedad terrestre¬ subrayó Zay. -Sin embargo, no se ha conseguido muchos adelan¬tos científicos positivos- le interrumpí. -Se ha progresado bastante, amigo. El hombre, en los últimos siglos, ha logrado un admirable avance científico. Los terrícolas están descomponiendo el átomo y así se acercan al minius, el principal factor de la existencia. Tiene máquinas voladoras y de las que viajan sobre y debajo del agua. Tienen industrias que producen vitaminas positivas -que ustedes llaman "medicinas"- pa¬ra con ellas fortalecer las células hasta cierto punto, y están empezando a construir máquinas para vuelos espa¬ciales, semejantes a las nuestras. -¿Acaso me vas a decir que los hombres están fa¬bricando platillos voladores como los que tienen uste¬des?- le dije riéndome en son de burla. -Como los nuestros, exactamente, no; pero muy se¬mejantes, sí. Este es el más reciente descubrimiento de los terrestres, por eso no está divulgado, y, además, a estas máquinas les falta todavía perfeccionar varios deta¬lles. Observa la pantalla y te darás cuenta de todo¬ sugirió Zay amablemente. Miré en la pantalla y vi algo insólito. Aquel mis¬terioso aparato mostró un lugar de la Tierra, con bosques y praderas, en el que se veían gigantescos arsenales y decenas de vehículos en forma de platillos, semejantes a los que yo había visto en mis encuentros anteriores con los extraños. Algunos estaban terminados, otros en fabricación y a unos cuantos los pilotos los estaban some¬tiendo a pruebas de vuelo, zigzagueando entre las que¬bradas, montañas, bosques y campos. Aquellas máqui¬nas tenían forma y color idéntico a las naves que había visto en mis dos primeros encuentros con los forasteros y volaban a una velocidad muy considerable, pero su ilu¬minación y el zigzagueo eran muy inferiores. Ese espec¬táculo me asombró. En mi pensamiento llegué a la con¬clusión que los extraños visitantes podrían ser espías de esa parte de la Tierra en la cual acababa de ver aquella rara industria. Me quedé en silencio. Mi alteración por la sorpresa, era tan grande que todo eso me parecía una pesadilla onírica. Zay interpretó mi pensamiento y poniendo su mano sobre mi hombro, dijo: -No te alteres, amigo, los hombres han iniciado nuevas épocas, y por eso estamos acá, entre ellos. Exis¬te la posibilidad que dentro de pocos siglos, los terrícolas y los apunianos vivamos como una sola familia-. -Dijiste que los vehículos en forma de platillo, fabri¬cados por los terrestres, son inferiores a los apunianos en velocidad. ¿Podrías decirme las otras diferencias?¬ interrogué por curiosidad. -Sí, por qué no. La velocidad de las máquinas fabri¬cadas por los terrestres es apenas unas decenas de ve¬ces superior a la del sonido, mientras que la de los apu¬nianos vuelan a cientos de millones de kilómetros por se¬gundo. Las fabricadas por los hombres todavía no han dominado la desgravitación y dejan huellas donde se posan. Además, no tienen pantallas del tiempo ni apara¬tos para la desintegración e integración; tampoco iluminación positiva ni otros complementos indispensables para viajes intergalácticos perfectos. Más todas esas diferencias serán superadas por el hombre en un futuro próximo. Y si decide sinceramente practicar la paz y la unión fraternal, para poder dedicarse por completo al estudio y al trabajo, lo conseguirá muy pronto. Observa los sucesos del futuro. Mira éste, por ejemplo- dijo señalándome la pantalla. Miré hacia allá y vi un suceso no menos sorprendente que el primero: los hombres en sus máquinas volaron hacia la Luna y se posaron en su superficie. A continuación vi ciudades volantes dirigidas por los hombres para explorar el espacio, la visita, descenso y poblamiento de otros planetas, viajes por las galaxias, la lucha de clases en la Tierra, la desorgani¬zación del trabajo y del estudio, originada por la negati¬vidad del dinero, y también vi una nueva organización de la sociedad terrestre, que puso fin al sufrimiento y lo convirtió en bienestar positivamente y radiado por la unión, igualdad y armonía entre todos los seres. La difícil vida terrestre se transformó de repente en un poderoso generador que iluminaba con sabiduría a nuestra galaxia y al universo. Mientras frente a mis ojos desfilaban las escenas positivas y negativas del futuro de los habitan¬tes de la Tierra, guerras y adelantos, donde surgían los hombres con ideas y hechos creativos y favorables al bien para la vida y que por eso morían asesinados, sentí angustia, y sin poder dar crédito a lo que acababa de ver, suspiré preguntándome "¿Llegará el día en que los humanos sean amigos los unos de los otros?". -Te aseguro que vendrá. Demorará tal vez, habrá luchas y dificultades, pero la unión y el amor de los seres pondrán un día fin a toda desunión y disgregación- sub¬rayó Zay. Quispe se persignó. Ivanka lo miró, sonrió y dijo: -Espero que no te hayas asustado de lo que has visto y si no tienes miedo seguiremos viendo más suce¬sos, ahora de esta zona- acentúo mirándome fijamente. -No me asustaré, amiga. No importa que yo sea - foráneo; me gustaría ver el futuro de esta región por que la quiero como si fuera mi tierra natal- suplicó él. -Entonces, allí lo tienes- señaló Ivanka. De pronto, en la pantalla apareció la zona del Callejón de Huaylas. Luego el río Santa mostró su misteriosa cuenca con las ciento sesenta lagunas celosamente resguardadas por los picos nevados de la Cordillera Blanca. A continuación desfilaron los cataclismos que había soportado esa zona en el pasado, desde la explosión del planeta Apu que originó la formación de muchas galaxias. Después de ha¬cernos ver las catástrofes pasadas, la pantalla del tiempo nos mostró las alteraciones que aquella región sufriría en el futuro. Una avalancha, originada por el desprendimien¬to de un casquete glaciar del Huascarán, arrastró al pue¬blo de Ranrahirca. A continuación apareció otro gigantes¬co alud del nevado del Huascarán, que al rodar por la tierra de temperatura abrigada, originó un huayco aterra¬dor, el cual arrastraba piedras, árboles y rocas. Llenó de lodo las quebradas y sepultó en su camino a la ciudad de Yungay y a muchos miles de personas. Luego, en la pantalla del tiempo surgió algo espantoso: un terremoto sacudía la Cordillera Blanca. La nieve se derrumbaba y las aguas de las lagunas se desbordaban originando un terrorífico aluvión que arrasó todo el territorio. Un triste y desesperante panorama reemplazaron al hermoso paisaje de las aldeas y las ciudades andinas. En el lugar donde habían existido plazas, parques y bellezas naturales, obras maestras de las civilizaciones inca y europea, se veían ahora rocas y barrancos que asustaban. Aquella escena me horrorizó. Miré a Zay y le pregunté cons¬ternado: -¿Se puede evitar esa catástrofe?¬ -Sí, con una sincera decisión de los hombres se lo¬graría prevenir ése y los otros cataclismos-. -¡¿Cómo?!- interrogué. Zay se quedó pensativo unos instantes; luego respondió: -Organizando una evacuación de todas las ciudades y aldeas que se encuentran en la región; luego se tendría que fundir los nevados con productos químicos o bom¬bardearlos, y después, cuando termine el huayco, reforzar los bordes de las lagunas y poblar la zona de nuevo. Se que eso es trabajoso, pero también es el único modo de evitar la catástrofe y posibilitar la tranquila vida futura en esa región, durante miles de años. -¿Podrían ustedes impedir esa destrucción?- -En caso de encontrarnos acá cuando ocurra, si. Lo hemos impedido varias veces, pero si estuviéremos en otro lugar en el espacio, no estará a nuestro alcance. Los obstáculos para la vida existen en todas partes del uni¬verso -continuó Zay-. Ellos, igual que los seres, son producto de casualidades. De pronto surgen, se manifiestan, actúan y se transforman. Más a nosotros, los que estamos soportando su negatividad, nos toca co¬nocerlos científicamente para poder corregirlos. El plane¬ta Apu también ha sufrido un sinnúmero de daños cau¬sados por fenómenos naturales y los seguiría sufriendo aún, si no nos hubiéramos esforzado en investigar para encontrar las soluciones. En Apu tenemos un conjunto de sabios que se dedican a estudiar, conocer y corregir los fenómenos negativos que afectan de uno u otro modo la vida en la galaxia. Para proteger la vida estamos obliga¬dos a una vigilancia permanente y a realizar trabajos especiales, tales como desinfectar el espacio, controlar las manifestaciones atmosféricas y la iluminación, rege¬nerar las especies por medio de la fecundación de células obtenidas por síntesis química. . . -¿Qué significa "regenerar las especies", amigo? ¬pregunté a Zay por curiosidad. -Las galaxias, durante sus viajes por el espacio, pa¬san por zonas negativas que atacan a las células en dife¬rentes formas. Las consecuencias de esto empiezan a manifestarse después con decadencias diversas, psíqui¬cas y físicas, que luego de un tiempo influyen en los componentes genéticos, lo cuál es problemático de corregir. -¿Cómo resuelven esa dificultad, entonces?¬ -Me agrada responderte, amigo -contestó Zay-. El que pregunta tiene interés por saber y eso es una cua¬lidad positiva- recalcó. Luego prosiguió: La única manera de corregir ese fenómeno es la reproducción artificial de los seres. -¿Cómo se logra eso?¬ -La sociedad apuniana practica dos maneras de procreación: una por el coito, en la Tierra considerado placer individual, y otra es por procedimiento artificial, mediante las células procreativas producidas en laborato¬rio*. En sus dos formas, la procreación es lo más sagra¬do para los apunianos, porque es una creación celular - subrayó-. Sigue viendo la pantalla, amigo- prosiguió Zay. Yo obedecí. En ella apareció un laboratorio equipado con unos aparatos para mí desconocidos. Un hombre de as¬pecto agradable, manipulaba instrumentos y mezclaba ingredientes en un envase de un material parecido a la esponja, que tenía la forma de un enorme riñón posicio¬nado horizontalmente, y luego lo depositó en otro apa¬rato de paredes transparentes. -¿Para qué sirve este artefacto?- dije de repente. -Es la máquina acondicionada para la gestación de los futuros bebés- respondió Zay. Estos aparatos -con¬tinuó- se encuentran impregnados densamente de iones positivos y son mucho más efectivos para el perfecto de¬sarrollo del feto que el útero- subrayó. -¡Mire, señor!- exclamó Quispe de repente, señalán¬dome la pantalla. Le obedecí y vi que el operador del la¬boratorio extraía de aquella rara bolsa un hermoso bebé. A continuación, los hombres y mujeres empezaron a entrar al laboratorio rindiendo un afectuoso saludo, con sonrisas, besos y otras muestras de cariño al nuevo ciu¬dadano. "¡Qué tal costumbre de recibir al recién nacido", medité en silencio. -Así recibimos a los niños cuando nacen -dijo Zay como respondiendo a mi pensamiento. Un niño, en Apu, es considerado hijo de todos por igual- subrayó. -Te estás refiriendo, amigo, ¿A los que nacen pro¬creados artificialmente?- pregunté. -A todos; la forma de procreación no influye en este sentir- respondió él. -¿O sea que allá no existe amor paternal?- interro¬gué con énfasis. -Sí, amigo, existe con mucha intensidad: cada apu¬niano, mujer o varón, quiere y acaricia con idéntico afecto a cualquier niño, porque él es el más tierno ciu¬dadano de la sociedad y ésta le brinda su afecto im¬parcial- terminó. Pensé en mi hija. A pesar que el sentir afecto por los demás es la suprema cualidad de los se¬res, aquella costumbre no me gustó. Zay interpretó mi pensamiento, sonrió y mirándome dijo: -Tienes derecho a opinar según la inspiración que generan tus células, amigo; pero esa es la manera más positiva: querer a todos los seres como a nosotros mismos, es la misión para la que nacemos- afirmó. Las palabras de Zay suavizaron de repente mi des¬contento y empecé a admitir la rara costumbre de los forasteros sobre los niños y la vida. "El que es capaz de compartir con los hijos ajenos el cariño que siente por los suyos, está cumpliendo la noble misión para la cual ha nacido", pensé recordando las palabras de Zay. Mientras el Sol avanzaba hacia el poniente, dando fin a aquel día en cuyo trascurso había visto tantos sucesos insólitos que me creaban diversos estados de ánimo, me puse a meditar sobre cada uno de ellos y llegué a la conclusión que los habitantes nos habían hipnotizado para jugar con nosotros. Era, pues, impo¬sible, admitir conscientemente, en el año de mil novecientos sesenta, que el hombre fuera a descender en la Luna, que estuviera fabricando platillos voladores, que en los años próximos ciertos hombres -que en ese tiempo eran sólo simples ciudadanos- se convertirían en los guías positivos de sus pueblos y que por eso morirían trágicamente. Yo no podía admitir que la nieve del Huascarán originara un alud tan gigantesco que sopre¬pasara los altos cerros para tragarse a la ciudad de Yungay en pocos segundos. ¡Quién podría dar créditos a esos pensamientos, utópicos en aquel momento! Me invadió una sensación de asombro y a pesar de todo pensé que si tuviera la aptitud, escribiría una constancia de todo aquello, en forma de libro, como re¬cuerdo de un sueño. Zay sonrió y con tono suave me dijo: -Amigo mío, ten la seguridad que si lo deseas since¬ramente, tú podrás escribir libros y crónicas. Solté una carcajada. Esa afirmación me pareció tan inverosímil co¬mo todo lo demás. Me era tan difícil decidirme a escribir una carta a mis familiares ¡y cómo podría creer que estaba en condiciones de escribir un libro! Reí otra vez. Quispe me miró enojado. Mi comportamiento no le pareció correcto y me sugirió que corrigiera mi conducta. Estallé en risa otra vez. Miré el reloj. Al descubrir que eran las dieciocho y treinta, me paré para regresar a Huallanca. Quispe me siguió, nos despedimos y parti¬mos. En el camino no hablé con Quispe de nada. Las escenas que había visto en la pantalla del tiempo, me conmovieron tanto que no tenía ganas de conversar. Cuando me despedí de Quispe, sentí deseos de comprar lápiz y cuaderno. Me sorprendí, pues nunca antes había tenido ganas de escribir. Apenas llegué a la ciudad me fui a la tienda y compré un lápiz y un cuaderno de dos¬cientas hojas. Al caer la noche empecé a anotar algunos datos de las escenas que había visto en la pantalla. Mi esposa se acercó y creyendo que se trataba de mis anotaciones de trabajo, que acostumbraba a hacer, me sugirió que descansara. -¿Sabes Mila? -le dije-, esta vez no se trata de los apuntes del trabajo. -Entonces, ¿que estas haciendo?¬ -Voy a escribir un libro y esto es el comienzo¬ respondí. Ella empezó a reírse con burla; nos reímos los dos largos ratos. No le conté nada de lo que había experi¬mentado, pero sentí un impulso inexplicable de escribir. Al día siguiente medité sobre el destino del Callejón de Huaylas y decidí viajar próximamente a la ciudad de Yun¬gay, distante decenas de kilómetros, para contar al juez del pueblo lo que había visto en la pantalla. Esperé hasta el jueves 25 de agosto, que era mi día de descanso, me alisté temprano y me fui. Llegué a la ciudad de Yungay antes del mediodía. Me dirigí a la comisaría para que me indicaran la dirección de la oficina del juez, porque pensaba que éste era el único personaje al cual podrían obedecer todos los ciudadanos para tomar medidas ante la catástrofe que había visto en la pantalla. Un cabo me recibió atentamente. Después de invi¬tarme a entrar me preguntó: -¿En que le podemos servir, señor?¬ -Necesito la dirección de un juez. ¿Conoce usted alguno?¬ -Sí, señor- respondió el cabo, se paró en la puerta de la comisaría y extendiendo la mano me dijo: Allá, en esa calle, por el hotel, está la oficina del juez Osorio, él va a atenderlo, es un juez muy instruido. Además, dicen que tiene muchos amigos jueces en el Palacio de Justicia de Lima; cualquier caso él lo puede resolver sin dificultad. -Gracias, amigo- contesté al cabo y me dirigí hacia el lugar señalado. El Sol se encontraba al centro del cielo y las casas no proyectaban sombras en las calles. Las mujeres regresaban del mercado con canastas llenas de verduras y se apuraban para iniciar la preparación del almuerzo. Los niños correteaban por las calles jugando con los perros que les perseguían, y en la plazuela un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, estaban reunidos en círculo alrededor de un violinista que tocaba canciones vernaculares del lugar. Allá arriba, en las faldas del imponente Huandoy, se escuchaba los balidos de las ovejas acompañados por el agudo sonido de una quena que algún pastor tocaba para alegrarse. Y mientras admiraba las bellezas naturales de aquel lugar, compuestas por huertas floreadas, campos sembrados, parques y nevados, me encontré frente a la oficina del juez Osorio. La puerta estaba abierta; entré sin tocar. Adentro, dos escritorios de madera, cuatro sillas y un hombre sentado tras un escritorio, frente a la puerta de entrada. De las paredes pendían varios diplo¬mas de estudios y una imagen de Jesucristo. El hombre que se encontraba sentado, hojeaba un voluminoso libro de carátula gruesa y de vez en cuando hacía algunas anotaciones en sus páginas. Cuando entré, levantó la ca¬beza y como si no le importara mi presencia dijo: -Pase adelante y tome asiento- obedecí y me senté frente a él. Después de algunos minutos levantó la ca¬beza, me miró mostrando mucho aburrimiento y de mala gana me preguntó: ¿Qué desea usted? -Disculpe, señor, quisiera hablar con el juez Osorio¬ le respondí. -El juez Osorio soy yo-. ¿Que quiere? Empecé a contarle lo que había visto en la pantalla. En un principio el juez no prestó atención a mi relato, pero luego dejó de hojear su libro y comenzó a ponerse nervioso como si a su oficina hubiera entrado una fiera salvaje. Permaneció alerta hasta que acabé. Me di cuenta que mi presencia interrumpía su trabajo y eso me inco¬modó. El comprendió mi preocupación. Se mostró un po¬co aliviado, me miró a los ojos, y luego, en tono suave, me dijo: -Escuche, amigo: entre el nevado de Huascarán y la ciudad de Yungay, hay un cerro cuya altura suma cientos de metros, y entre el cerro y el Huascarán hay una extensa quebrada. Si se derrumbaran cinco Huasca¬rán, con tierra, piedras y nieve, no alcanzarían a llenarla y mucho menos rebasar el cerro para luego abrazara ciudad de Yungay. Me agradaría que se fuera a des¬cansar esta tarde y mañana regrese para ver lo que se podría hacer- dijo sonriendo. En la expresión del juez encontré una respuesta burlona y comprendí que me tomaba por borracho. No quise insistir más, me paré y salí. A pesar que me urgía regresar a Huallanca, me que¬dé a pernoctar en Yungay para intentar de nuevo, al día siguiente, explicar al juez la tremenda destrucción que la región podría sufrir en el futuro. Cuando amaneció me alisté y fui a la oficina del juez. Me recibió personalmente y con ánimo alegre me dijo: -Ayer usted vino a mi oficina para contarme un desastre que sucedería a la ciudad de Yungay; no sé si hoy recuerda eso- manifestó riendo. -Lo que le conté ayer nunca lo olvidaré; y vengo a contarlo de nuevo. Juez Osorio, medite: supongamos que ocurriera todo lo que le he contado. En esta ciudad están viviendo miles de personas, todos morirían. Haga algo que pueda salvar sus vidas, por favor. El me miró sorprendido; calló por un instante. Cogió un lápiz y golpeando con él ligeramente, me dijo: -Señor Vich, o como se llame, ¿ha conversado us¬ted con algún psiquiatra sobre esa destrucción de Yun¬gay que pudiera suceder?¬ -No, señor juez, respondí, comprendiendo su intención-. -Yo le aconsejaría que vaya en estos días donde uno, conozco a varios buenos médicos. A veces es muy útil conversar con ellos Ayudan mucho, porque poseen un amplio conocimiento de las cosas-. La expresión del juez me dio a entender que se burlaba de mi explicación, y además me consideraba desequilibrado mental. No intenté Persuadirlo más. En aquel instante, en mi mente apareció la terrible escena del desastre que había visto en la pantalla unos días antes. La avalancha de lodo, piedra y árboles, tragaban en su remolino a niños, mujeres y hombres, cubriéndolos completamente. Los gritos desesperados de auxilio prorrumpieron en mis oídos terroríficamente. Nada conmueve tanto el corazón humano, como ver al prójimo en desgracia y no poder ayudarlo. Sentí exasperación, me vinieron ganas de gritar e insultar a aquel hombre que con justificada razón, no me hacía caso. Apreté los dientes y los puños con ira, y para no provocar un escándalo, intenté dominar mis nervios. Al darme cuenta que mis relatos eran considerados como producto de una mente desequilibrada y que nadie me daría crédito, me puse de pie y antes de despedirme del juez le dije: -Ojala que no haya motivo que le recuerde la sugerencia de este "borracho loco"; ojala, pues, que eso no suceda, pero temo que es inevitable. Le ruego me disculpe por la molestia y adiós. -Adiós y que le vaya bien, no olvide ir donde un psiquiatra, eso se lo recomiendo en serio, amigo¬ subrayó. -Procuraré recordarlo, señor, gracias- dije y salí. Me dirigí a una agencia de viajes que transportaba pasajeros de Yungay a las demás ciudades del Callejón de Huaylas. Enseguida compré un pasaje para Huallanca y a las diez partimos. En el camino empezó a llover. Las ruedas del automóvil que nos llevaba, tropezaban en los baches llenos de agua empozada y los salpicones embarraban los vidrios del parabrisas, lo cual nos obliga¬ba a detenernos frecuentemente para limpiarlos. Cuando llegamos a la ciudad de Caraz, el chofer nos comunicó que interrumpiría el viaje por algunos minutos, para abastecer el auto de agua y combustible. Se detuvo frente a un restaurante, a la entrada de la Plaza de Armas. Tienen quince minutos a su disposición y si alguien quiere servirse algo puede salir- nos dijo amablemente. Salimos todos, sentía cansancio y angustia; me dirigí al restaurante para tomar un refresco. Cuando llegué a la puerta me puse a observar el interior. La mayoría de las mesas estaban ya ocupadas por varios pasajeros, pero el fondo del local, al lado del mostrador, había una que la ocupaban sólo dos personas, un hombre y una mujer. Me dirigí hacia ellos. Al acercarme, los dos se levantaron. Me sorprendí por tanta cortesía y me fijé en sus rostros para agradecerles por su gesto amable. En eso sufrí una sorpresa indescriptible: eran los forasteros Zay e Ivanka. Estaban vestidos con ropa característica del lugar, usada a medias, lo que los confundía con auténticos lugareños de clase media. Ivanka me extendió su mano, Zay tam¬bién, y me invitaron a sentarme. Les obedecí. Por un instante pensé que mi mente acababa de sufrir un shock psíquico y sentí miedo. Tal vez habría realizado alguna manifestación incontrolada si el mozo no hubiera llegado en ese instante trayendo tres bebidas. Me dí cuenta que era realidad lo que estaba viendo y eso me tranquilizó. -Sabemos que soportaste una burla mordaz; fue la segunda. ¿Cómo te sientes?- me preguntó Zay. -Las burlas no son agradables, pero cuando es por el bien del prójimo, las acepto con alegría- dije, mientras mi pensamiento continuaba afirmando que los extraños eran espías de alguna nación terrestre. -Sufrir por los demás es la obra suprema y la razón de nuestra existencia- dijo Zay, confirmando mi pensa¬miento, mientras llenaba su vaso. En eso la orden del chofer para ocupar nuestros asientos interrumpió la conversación. Me despedí de Ivanka y Zay y salí. .. "'¿Quiénes son estos extraños y que están buscan¬do en el Callejón de Huaylas?" . Una vez más, esa in¬cógnita sin respuesta ocupó mi pensamiento durante el resto del camino. . .

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Experimento filadelfia !!! teletransportacion
Ciencia EducacionporAnónimo3/6/2011

Experimento Filadelfia: ¿Un Buque Teletransportado? Una serie de extrañas cartas recibidas por un hombre de ciencia en 1956 hablaban de unos experimentos secretos que habían vuelto invisible un destructor de la marina de los Estados Unidos y lo habían teletransportado de un lugar a otro. El "Experimento Filadelfia" es el nombre que recibió un supuesto experimento ultrasecreto llevado a cabo por la marina de los Estados Unidos en 1943, en el transcurso del cual un barco se volvió invisible y fue teletransportado de un muelle a otro. El secreto parece empezar a desvelarse cuando Morris Ketchum Jessup, el controvertido científico, profesor durante los años 20 de astronomía y matemáticas en la Universidad de Drake, en Iowa, y en la Universidad de Michigan. Mientras preparaba su doctorado realizó investigaciones que llevaron al descubrimiento de varias estrellas dobles que, posteriormente, fueron catalogadas por la Royal Astronomical Society. Jessup pasó mucho tiempo estudiando ruinas mayas e incas y llegó a la conclusión de que los edificios sólo pudieron ser construidos con la ayuda de una tecnología superior extraterrestre. La falta de dinero le obligó a abandonar sus investigaciones y a volver a los Estados Unidos, donde se puso a trabajar en "The case for the UFO" (El alegato de los OVNIS), primero de cuatro libros sobre el tema, en el que mezclaba un poco de objetividad científica con mucha pseudociencia. "The case for the UFO" fue publicado en Nueva York en 1955. A lo largo del libro, Jessup pedía a sus lectores que presionaran a sus representantes políticos para que exigieran investigaciones acerca de la teoría del campo unificado, problema con el que se había enfrentado Einstein durante los últimos veinte años de vida, y que -creía Jessup- podría aclarar la incógnita de la fuerza propulsora de los OVNIS. El 13 de enero de 1956 Jessup recibió la primera de dos cartas de un lector que firmaba Carlos Miguel Allende y también Carl M. Allen. En sus incoherentes cartas, llenas de faltas de ortografía y de puntuación, Allende advertía a Jessup que debía olvidar su interés por la teoría del campo unificado. Una versión de esta teoría había sido aplicada por la marina norteamericana en 1943 -decía- en un experimento que había vuelto invisible a un barco, con terribles resultados para su tripulación. Jessup contestó a su corresponsal pidiendo más detalles. Allende no pudo proporcionarle más información. Mientras tanto, Jessup y su libro habían sido tema de conversación en Washington D. C. En julio o agosto de 1955, un ejemplar de "The case for the UFO" llegó a la Oficina de Investigación Naval (ONR). Se descubrió que contenía comentarios relativos al texto escrito en los márgenes, como si el libro hubiese pasado por las manos de tres personas. Los comentarios implicaban un conocimiento de los OVNIS, de sus sistemas de propulsión y del origen y antecedentes de sus tripulantes. El libro pasó a manos de dos oficiales de la ONR, el comandante George W. Hoover, Oficial de Proyectos Especiales, y el capitán SidneySherby. Éstos invitaron a Jessup a Washington, le enseñaron el libro y le preguntaron si podía hacer algún comentario. Jessup dijo que, por la letra, uno de los autores era Allende, y después entregó las cartas de Allende a Hoover y Sherby. El interés de la ONR por el libro anotado nunca fue explicado de forma satisfactoria, pero la ONR ha negado siempre que fuera oficial. Hoover y Sherby estaban personalmente interesados en los OVNIS, tema que daba entonces sus primeros balbuceos; su opinión era que "ningún detalle, por desacreditado que esté desde el punto de vista de la ciencia clásica, debe ser pasado por alto" en la búsqueda de claves sobre la naturaleza de la gravedad. Por lo tanto, debemos deducir que el interés de Hoover y Sherby era personal y que cualquier investigación posterior fue emprendida por su cuenta. Vista aérea de la base naval de Filadelfia en 1947, donde el Eldridge fue sometido al misterioso experimento científico. No se sabe qué investigaciones pudo emprender Jessup, si es que lo hizo; su relación directa con el asunto terminó la noche del 20 de abril de 1959, cuando lo encontraron muerto en su furgoneta en Dade Country Park (Florida). Dentro del coche cerrado había sido introducida una manguera conectada con el tubo de escape: según todos los indicios, Jessup se había suicidado. ¿Se Había Suicidado? La muerte de Jessup ha sido tema de muchas especulaciones. Algunos amigos suyos dijeron que Jessup no era el tipo de persona que se suicida. Otros han sugerido que fue asesinado porque se negó a dejar las investigaciones sobre el enigma de los OVNIS. También se dijo que algo tuvieron que ver los "hombres de negro". Sin embargo, otros amigos dijeron que Jessup estaba deprimido a causa de problemas personales, y que había anunciado su suicidio a un intimo amigo suyo. Del corresponsal de Jessup, Carlos Miguel Allende o Carl M. Allen, se sabe poco. Muchos investigadores trataron de entrevistarlo pero resultó tan escurridizo como Pimpinela Escarlata. Entre los que le conocieron se cuentan Charles Berlitz y William Moore, pero averiguaron poco. Con todo, lograron identificar el barco empleado en el supuesto experimento: era el Eldridge. Allende afirma que, en 1943, un tal doctor Franklin Reno desarrolló una aplicación de la teoría del campo unificado de Einstein que fue ensayada por la Marina norteamericana en un experimento en el que el Eldridge y toda su tripulación se volvieron invisibles. El experimento se realizó en el mar, en octubre de 1943, y fue observado por Allende, que se hallaba a bordo del buque Andrew Furuseth. Dijo a Berlitz y a Moore que el Eldrige estaba sumergido en un extraño campo de fuerza que se extendía "hasta unos 100 m... de distancia de cada lado del barco. Yo metí la mano, hasta el codo, en este increíble campo." El experimento fue un éxito, salvo por los extraños y terribles efectos secundarios que sufrió la tripulación; algunos hombres murieron, otros se volvieron locos, y unos pocos siguieron recayendo en la invisibilidad. Una vez, en un bar del puerto de Filadelfia, un grupo de tripulantes causó un escándalo al desaparecer de pronto. Allende dice que el incidente apareció reseñado en un periódico de Filadelfia, en otoño o en invierno, en algún momento entre 1944 y 1946. Allende también dijo que se realizó otro experimento en el que el navío experimental fue teletransportado desde su atracadero en Filadelfia a otro en la zona de Newport News, Virginia. Allende no se hallaba presente, pero dijo a Jessup que había leído un articulo acerca del incidente en un periódico de Filadelfia cuya fecha no recordaba. "Puede haber sido en 1956 -dijo a Jessup en una carta-, después de que se suspendieran los experimentos." "Experimento Filadelfia": ¿Verdad o Fantasía? El proyecto secreto de los Experimentos Filadelfia Base Naval de Filadelfia año 1947 El nombre oficial del experimento Filadelfia que la marina norteamericana no pudo ocultar es "Project Rainbow". En las investigaciones no se pudieron encontrar. El "Project Rainbow" era parte de un código secreto del gobierno de EE.UU. que se llamaba Arco Iris. En este código estaban los planes para derrotar al Eje compuesto por Italia, Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial y específicamente para luchar contra Japón en el Océano Pacifico Lo que la marina norteamericana no quiere explicar: Cuando empezamos a investigar el tema quizás dudábamos de si el Experimento Filadelfia existió realmente. Pero una serie de investigaciones nos llevaron a concluir que si y que realmente se están ocultando mas cosas de las que se conocen y hasta un segundo o tercer experimento Philadelfia. La marina norteamericana niega absolutamente el asunto. El punto que fundamenta la investigación es que no se pudo hablar nunca con los tripulantes del barco: tanto con el capitán, los marineros y los científicos de a bordo. Todos pasaron al anonimato o se convirtieron en fantasmas como el Eldridge, el barco del experimento. Cuando comienza la historia. La historia comenzaría en 1956 cuando un hombre de ciencia recibe ciertas cartas de que un barco de guerra de la marina de los EE.UU había desaparecido por unos instantes o se había hecho invisible y fue transportado o teletransoportado a otro lado. El hombre que recibe las cartas era un tal Morris Ketchum Jessup (foto) y el que las envía era un tal Carlos Allende o Carl Allen y el investigador que lleva a cabo el experimento en el acorazado Eldrigge es una tal Dr. Franklin Reno que según cuenta el prestigioso escritor Charlez Berlitz era un importante físico que trabajo para la marina de guerra de Estados Unidos y que usaba un seudónimo para que no conozcan su nombre. Principal protagonista de la historia: El principal protagonista de esta historia es un señor llamado Morris Ketchum Jessup que paso gran parte de su vida estudiando las ruinas mayas e incas; después de 1920 Jessup fue profesor de matemática y astronomía en la Universidad de Mitchigan Drake, Iowa, EE.UU.. Durante su preparación para el doctorado realizó varias investigaciones que lo llevó a descubrir varias estrellas dobles que luego fueron reconocidas y catalogadas por la Astronomical Society. Morris Ketchum Jessup fue considerado un importante ovnilógo de su época pero no era considerado un verdadero científico por su inclinación hacia los temas sobrenaturales y especialmente la seudociencia. La opinión de la marina de los Estados Unidos La marina de los Estados Unidos en esos momentos niega absolutamente todo lo relacionado con el experimento Filadelfia y trata de dar explicaciones coherentes de que seria imposible llevar a cabo tal proyecto. Aquí aparece una contradicción que a lo largo se la pagina se podrá aclarar mejor: el gobierno de los EE.UU. siempre negó ese tipo de investigaciones con respecto a la teoría de la relatividad, la bomba atómica y la que nos interesa, la Teoría del Campo Unificado de Albert Einstein. Es importante recordar que los avances en el uso de la energía atómica por el gobierno norteamericano se conocen después de Hiroshima y Nagasaki luego de que se lanzan las dos bombas atómicas. Pero el gobierno norteamericano poco hablaba y decía oficialmente de las explosiones experimentales realizadas en el desierto de Arizona. La historia que se conoce del experimento Filadelfia se habría originado en las dos cartas enviadas por Carlos Allende a Morris Jessup. La Carta que recibe Morris Ketchum Jessup: Estimado doctor Jessup: Su invocación al público para que se mueva en masa sobre sus representantes y haya así suficiente presión colocada en un correcto y suficiente número de lugares donde pueda ser aprobada una ley para que la Teoría del Campo Unificado del doctor Albert Einstein (1925-27) sea puesta en práctica no es nada necesaria. Se usaron los "resultados" de mi amigo Dr. Franklin Reno... Los resultados fueron y son hoy prueba de que la Teoría del Campo Unificado hasta cierto punto es correcta... El "resultado" fue la completa invisibilidad de un barco, tipo destructor, y toda su tripulación. Estaba navegando. (Oct. 1943). El Campo fue efectivo en una forma esferoidal oblata que se extendía cien yardas (más o menos, debido a la posición lunar y latitud) fuera de cada lado del barco. Cualquier persona dentro de esa esfera se volvía de forma vaga pero él también observó a esas personas a bordo de ese barco como si ellas también estuvieran en el mismo estado y sin embargo estuvieran andando sobre nada. Cualquier persona fuera de esa esfera no podía ver nada, salvo la forma claramente definida del casco del barco en el agua... Quedan muy pocos de la tripulación experimental original ahora, Señor. La mayoría enloqueció, uno salió a través de la pared de su alojamiento a la vista de su mujer e hijo y otros 2 miembros de la tripulación no volvieron a ser vistos, dos "se fueron al Fuego" o sea se inmovilizaron y se incendiaron mientras llevaban unas brújulas comunes... (ardieron 18 días)... El experimento fue un éxito completo. Los hombres fueron fracasos completos. Revise periódicos de Filadelfia buscando un parrafito (parte superior de la hoja, interior del periódico cerca del tercio final del periódico, 1944-46 en primavera u otoño o invierno, no en verano) de una noticia describiendo las acciones de los marineros después de su viaje inicial. Asaltaron un local en el astillero de la Marina "Gin Mill" o "Beer Joint" y causaron tanta conmoción y parálisis de las camareras que poco se les pudo sacar. El que escribió el párrafo no Lo cree, y dice "Sólo escribí lo que oí y esas mujeres están locas..." Le pido que haga un poco de investigación sólo para que se trague la lengua cuando recuerde lo que "pidió que se haga ley". Muy respetuosamente suyo, Carl M. Allen P.S. Ayudaré más si usted ve que puedo. "(...) Quiero mencionar que de algún modo también el Barco Experimental desapareció del muelle de Filadelfia y muy pocos minutos después apareció en otro muelle en Norfolk, Newport News, en la zona de Portsmouth. Éste fue señalado y claramente identificado como el lugar pero entonces el barco, de nuevo desapareció y volvió a su muelle de Filadelfia en sólo unos pocos minutos o menos. Esto también fue notado en los periódicos. Pero he olvidado en qué periódico lo leí o cuándo pasó(...). El perfil de los personajes: Ketchum Jessup nació en Springdale, Pennsylvania, en 1925. Su padre era irlandés y fue el menor de tres hijos y su madre era gitana. Se alistó en la marina norteamericana en 1942; en julio de 1943 entró en la marina mercante y en 1952 dejo la marina; era un hombre que se perfecciono en astronomía y matemáticas luego realizó una pequeña incursión en el campo de la arqueología y sus investigaciones derivaron en que los mayas fueron ayudados por extraterrestres para levantar las piedras gigantescas en la grandes construcciones monumentales. Explicación oficial que había dado la marina norteamericana en ese tiempo: Lo que sigue es la declaración de la Oficina de Informaciones de la Marina de los Estados Unidos expresada en una carta circular dirigida a algunos grupos que investigaron: "( ... ), hemos recibido innumerables peticiones de información relacionadas con el pretendido Experimento Filadelfia así como el supuesto papel que habría tenido en él la oficina de investigación naval ( ... ) En lo que se refiere al experimento Filadelfia, la oficina de investigación naval nunca ha efectuado investigaciones sobre la invisibilidad, ni en 1943 ni en ningún otro momento (esta oficina fue creada recién en 1946). A la luz de los conocimientos actuales, nuestros científicos estiman que tal experimento es totalmente imposible y que cae en el terreno de la ciencia ficción. Un descubrimiento de esa importancia, si realmente hubiese ocurrido, sin duda no habría podido permanecer en secreto durante tantos años". El Barco Fantasma Realmente el que toma con seriedad este tema se dará cuenta de que "El Experimento Filadelfia" se quiere ocultar de todas manera posibles: 1)Las cartas de navegación del barco se perdieron. 2) La bitácora del barco también se perdió. 3) El Instituto Naval norteamericano no tiene casi fotos en los archivos del Eldridge. (foto superior) 4) Los tripulantes del barco se esfumaron, se perdieron, no se sabe nada de ellos. 5) Todo lo relacionado con el código ARCO IRIS y el experimento Filadelfia también desaparece. Todas las casualidades El principal personaje Morris Jessup se suicida de una forma extraña y poco clara. De Carlos Allende se comienza a decir que estaba esquizofrénico y no era apto para declarar nada. 300 toneladas de instrumentos que llevaba a bordo el Eldridge, también desaparecen y el barco es vendido a Grecia casi desmantelado. Las fichas de los marineros también desaparecen. O sea el barco no existió. Y la marina norteamericana habla del hecho como algo absolutamente sin importancia. Personajes relacionados de la marina norteamericana Sentado a la izquierda, el comandante George Hoover, quien investigo sobre el tema y estuvo en contacto con Morris Ketchum Jessup El principal personaje es el Dr. Franklin Reno pero no da a conocer su verdadero nombre; pero si se lo puede mencionar al comandante de la marina norteamericana George Hoover, quien investigó sobre el tema y estuvo en contacto con Morris Ketchum Jessup. Que paso con Morris Jessup Morris Jessup oficialmente se suicidó el 20 de abril de 1959, fecha en que se lo encontró muerto en su pequeña camioneta donde esta estaba cerrada y con una manguera conectada al caño de escape que daba a su interior. Sobre la muerte de Jessup hubo muchas teorías pero los allegado que mas lo conocían dedujeron que no era un tipo suicida pero otros que también lo conocían dijeron que Jessup sufria una tremenda depresión. Carlos Allende ve el campo magnético El testigo ocular era Carlos Allende (foto) que estaba en un barco llamado Andrew Furuseth en octubre de 1943. Carlos Allende ve que el campo de fuerza (que para la marina norteamericana no existió) se extiende unos 100 metros alrededor del barco Lo que dice Charles Berltiz al respecto "Los acontecimientos recientes me impulsaron a reabrir mis investigaciones sobre el Experimento Filadelfia. El primero de ellos -y tal vez el decisivo- fue la publicación, en Los Ángeles, de un libro de Alfred Bielek en el cual insiste, con nuevos aportes y testimonios, en señalar que el barco de la marina norteamericana se volvió invisible realmente y fue teletransportado a un punto situado a 640 kilómetros de distancia, donde fue visto por ciertos testígos, para regresar luego de algunos segundos al punto de partida. El otro hecho -secundario, pero no por eso menos trascendente- es que un estudio cinematográfico de Hollywood acaba de terminar, a 50 años de los sucesos, la segunda parte de la película The Philadelphia Experiment, filmada hace unos años por el director Stewart Rafili, con Michael Paré como protagonista. En este nuevo filme, según mis noticias, se vuelven a cometer algunas inexactitudes que dificultan el trabajo de los verdaderos estudiosos, convirtiendo este affaire tan importante en un simple episodio de ciencia ficción. La primera noticia acerca del llamado Experimento Filadelfia, me llegó en 1955 a través del investigador Morris Jessup, un científico de renombre en aquellos tiempos. Astrónomo, matemático y arqueólogo especialista en la cultura maya, trabajó varios años para el gobierno norteamericano hasta que pasó a la actividad privada. A la vista de esos grandes monumentos, Jessup llegó a la conclusión de que las enormes piedras de los templos y pirámides gigantes no podían haber sido puestas en ese sitio por hombres científicamente primitivos, que poseían una técnica rudimentaria y que sólo disponían de la fuerza que les podía proporcionar un modesto animal de tiro como es la llama. Mucho antes que Erich von Daniken -y con bastante menos publicidad- nuestro científico especuló sobre la posibilidad de que esas piedras hubiesen sido apiladas mediante una gran fuerza levitatoria, comandada desde naves llegadas de otras dimensiones. Estudiando ciertas ruinas de México, creyó reconocer algunas similitudes entre éstas y los cráteres lunares Linne e Hyginus. En el otoño de 1955, publicó un libro donde se reproducía el resultado de sus investigaciones. El volumen se titulaba The case for the Ufo. El autor no sospechaba que su libro marcaría el comienzo de una sucesión de hechos misteriosos, que habrían de provocar una de las más singulares controversias de los tiempos modernos. En esas páginas -luego de demostrar, según él, las posibilidades matemáticas y físicas de esa fuerza gravitatoria, la misma que utilizarían para impulsar los platos voladores decía que el gobierno de los Estados Unidos debía poner en marcha un programa especial para el desarrollo de esa poderosa energía Pocos meses después el doctor Jessup recibió una extraña carta firmada por Carlos Miguel Allende, de New Kensigton, Pennsylvania, en la Cual le decía que la idea de desarrollar esa fuerza levitatoria podría traer nefastas consecuencias para los hombres, como ya había ocurrido en un caso que él conocía. Ocupado en la redacción de un nuevo libro pero lo suficientemente atraído por la enigmática carta , el científico le contestó con una breve notita en la cual le pedía a Allende que le mandara mas noticias sobre ese caso relacionado con una fuerza gravitatoria. Jessup se olvido del asunto y se dedicó a difundir sus ideas por medio de conferencias y artículos en prensa. El 13 de enero de 1956, justo un año-después de publicado su libro, el doctor Jessup -que ya se había olvidado de aquel corresponsal misterioso- recibió una segunda carta de Allende, que ahora firmaba Carl M. Alien, cuyo sobre tenía ahora matasello de Gainesville, Texas. Esta carta, al igual que la primera (cuyo texto no se conserva porque Jessup no juzgó importante guardarla), estaba redactada en un lenguaje enrevesado y muy peculiar, llena de mayúsculas y párrafos que en un principio resultaban totalmente herméticos. Sin embargo, estaba claro el mensaje total. Decía, en síntesis, que en 1943 la marina de los Estados Unidos había estado experimentando con una serie de aparatos derivados de las teorías de Albert Einstein sobre el Campo Unificado para hacer que sus barcos -por medio de una gran fuerza magnética- resultaran invisibles a los radares enemigos, al mismo tiempo que se volvieran inmunes a la acción de las minas magnéticas de los alemanes y de los torpedos de los submarinos enemigos. Es sabido que Einstein interrumpió sus trabajos sobre este asunto por considerar que no era posible llegar a un resultado. Pero Allende dice que sus principios fueron aplicados durante la Segunda Guerra Mundial en un experimento que salió de control y produjo consecuencias no deseadas. Después de algunos años me fue posible reconstruir todo el episodio. Las cosas, según Allende, ocurrieron de la siguiente manera. El viernes 13 de agosto de 1943, el crucero Eldrídge, de la marina de los Estados Unidos, zarpó del puerto de Filadelfia para participar en un experimento secreto. A su bordo llevaba varias toneladas de aparatos eléctricos, con cientos de lámparas y bobinas. El barco había sido botado el 25 de julio de 1943 y medía 92 metros de eslora, con un desplazamiento de 1.240 toneladas y 1.520 a plena carga. Todavía no había entrado en servicio activo cuando poco después, el 13 de agosto de 1943, levó anclas de su amarradero, acompañado por el carguero Furuseth, un veterano de los convoyes al África. A bordo de esta última nave iba un grupo de científicos y una tripulación reducida de hombres escogidos, entre los cuales se encontraba el marinero de primera Carlos M. Allende. Este contó de la siguiente manera lo que presenció aquel viernes fatídico desde su puesto de trabajo, situado al lado del puente de mando. "A unas pocas millas del muelle -relató en una entrevista con el investigador William Moore-, uno de los hombres de civil que estaba en la timonera ordenó por la radio al comandante del crucero que encendiera los generadores. Entonces, alrededor del crucero comenzó a fluir con gran fuerza un singular campo de energía, perfectamente visible, que giraba en torno de la nave en sentido contrario a las agujas del reloj. Vi que el aire que rodeaba al barco se volvía un poco más oscuro que el resto de la atmósfera. A los pocos minutos vi levantarse del agua una bruma verdosa, similar a una nube muy tenue. De pronto, el barco desapareció completamente y nosotros experimentamos una gran sacudida. Varios de nuestros hombres se desmayaron y a muchos comenzó a salirles sangre de la nariz. En pocos segundos el flamante barco de guerra ya no estaba en su sitio, pero en la superficie del mar podía verse claramente la marca de su peso al desplazar el agua. Sencillamente se había hecho invisible y no quedaban rastros ni de él ni de los hombres que iban a bordo. Antes de que se esfumara del todo vi que uno o dos marineros que estaban en estribor se desintegraban por completo. Todo comenzó con un desagradable zumbido, que fue aumentando de volumen hasta convertirse en un silbido inaguantable, que culminó en una violenta explosión. En el puente en donde yo estaba reinaba una confusión absoluta y las órdenes se sucedían unas tras otras. Uno de los civiles, el que parecía estar al mando de todo, gritó por la radio que apagaran los generadores. Cuando miré hacia tierra, vi que dos hombres desaparecían mientras corrían aterrados. Yo no sabía qué hacer, pues en ese momento no comprendía lo que estaba pasando. Habían transcurrido unos pocos minutos cuando aquella bruma verdusca comenzó a dispersarse y sin zumbidos ni manifestación alguna que lo anunciase, el crucero comenzó a materializarse de nuevo, desde la popa a la proa, como había ocurrido en el instante en que se hizo invisible. Pude observar que los hombres que estaban en cubierta sufrían fuertes convulsiones; más tarde supe que varios habían desaparecido y que nunca más se volvió a saber de ellos. Ese instante repercutió negativamente en la mayoría de quienes estuvieron involucrados en ese experimento y muchos perdieron la razón, padecieron alucinaciones o sufrieron horribles dolores y enfermedades. A mí también me afecto Ese campo eléctrico que se formó en torno de la nave cayó también sobre una parte de nuestro barco. Era como una lámina de electricidad pura. La corriente tenía tanta potencia que casi me hizo perder el equilibrio. Por suerte no quedó con todo el cuerpo dentro de esa corriente, pues de haberlo hecho me hubiese tirado sobre la cubierta. Sólo alcanzó a tocarme el brazo derecho, y era tan denso ese campo que me dio un gran golpe y todo el costado me quedó dolorido. Aún me pregunto por qué no fui electrocutado por esa lámina de electricidad. Supongo que fue porque yo tenía las botas de goma puestas, como el resto de la tripulación, por orden de los ofíciales superiores. Fue un momento horrible, y sólo mucho más tarde me di cuenta de que aquel día la ciencia había dado un gran paso, y que la Marina, temerosa de las consecuencias de un experimento que había salido de control y matado a varias personas, trató de ocultar por todos los medios.' Hasta aquí el fantástico relato de Allende. ¿Ocunieron las cosas de esa manera? La marina de los Estados Unidos negó sistemáticamente que se hubiese realizado un experimento de cualquier tipo a bordo del Eldridge. Ese empeño en negar el hecho ya le costó dos millones y medio de dólares en publicaciones y mensajes de diversos tipos. Lo cual parece irrazonable si en verdad nada ocurrió, hace ya medio siglo, aquel 13 de agosto de 1943 en el puerto de Filadelfia. Por otra parte, todos los intentos de los diversos investigadores chocaron con el obstinado silencio de los jefes navales. No se exhibió nunca el libro de bitácora del Eldrídge -se dijo que se había extraviado- y tampoco se proporcionó una nómina de la tripulación que ese día viajaba en el crucero. Se arguyó que esa lista se había destruido por error. También aseguraron que ese viernes el Eldridge y el Furuseth no estaban juntos y que ambos navegaban por aguas distintas, separados entre sí por muchas millas de distancia. Pero un cálculo de sus respectivos derroteros -hecho sobre la base de algunos partes de guerra que figuraban en otros archivos que no fueron bloqueados- me permitió establecer que ambas unidades coincidieron en Filadelfia el día señalado. En consecuencia, lo afirmado por la Marina es falso y Allende pudo observar, a bordo del Furuseth, lo que pasó en el Eldridge. Pero también hay muchas otras pistas que merecen ser exploradas. En su segunda carta al doctor Jessup, Allende decía que "su amigo', el doctor Franklin Reno, había participado, si no en el experimento mismo, al menos en el análisis de los cálculos previos. Durante años nadie pudo averiguar quien era ese misterioso doctor Reno, que no aparecía por ninguna parte. Finalmente, ayudado por la suerte, junto con William Moore, pude establecer que el nombre de Franklin Reno era el seudónimo de un conocido matemático que trabajó para la Marina en tiempos en que Albert Einstein era también un destacado colaborador del Pentágono. Este matemático, a quien llamaré doctor Rinehart, pues me pidió que no citara su verdadero nombre, confirmó, durante varias entrevistas que le hizo Moore, que en 1943 la Marina estaba realizando ciertos experimentos derivados de la Teoría del Campo Unificado de Einstein. Estos proyectos estaban comandados por dos científicos destacados, el profesor John von Neumann y el doctor Townsend Brown. Según Rinehart, se trataba de encontrar un modo, por medio de la creación de potentes campos electromagnéticos alrededor de los barcos, de desviar o neutralizar los torpedos que disparaban los submarinos alemanes. Posteriormente, el experimento se amplió hasta abarcar la forma de producir la invisibilidad por medio de un campo similar, no ya en el agua sino en el aire. En sus recientes trabajos sobre el Experimento Filadeffia, Affred Bielek dice que en el enorme acelerador de partículas construido por los europeos en Grenoble, se están realizando algunas experiencias similares a las que se hicieron a bordo del Eldrídge en 1943. Si eso fuera cierto y la gran cantidad de energía generada allí permitiera dominar la materia a voluntad, el hombre habrá alcanzado una de sus más entrañables quimeras: la de volverse invisible. Y el Experimento Filadelfia, cincuenta años después, habrá dejado de ser un misterio impenetrable para convertirse en parte de la historia. EL PROYECTO DE PHILADELPHIA ARCO IRIS DEL PROYECTO Y EL USS ELDRIDGE En julio de 1943, el destructor U.S.S. Eldridge tiró en el área de la bahía de Delaware para un experimento naval de Estados Unidos que implicó la tarea de hacer la nave invisible. El nombre oficial del proyecto es arco iris del proyecto, pero fue apodado y conocido más comúnmente como el experimento de Philadelphia. Mucho se ha escrito y se ha especulado sobre el experimento legendario de invisibilidad, pero clasificar el hecho de ficción es una tarea imposible, especialmente con la afluencia reciente de información falsa y la desinformación deliberada que ha sido perparada por los escépticos de la comunidad y profesionales de la inteligencia de ESTADOS UNIDOS. Hay mucha controversia sobre qué sucedió exactamente, pero una cosa es segura. Por una cierta razón, inmediatamente después de que la prueba fuera terminada, un manto de secreto fue colocado sobre qué sucedió en la bahía de Delaware. Se piensa que una brecha científica enorme fue hecha, y la nave fue exactamente transportada por el espacio y en tiempo excesivos, desapareciendo en Philadelphia, Pennsylvania y reapareciendo en Norfolk, Virginia. Lo que sucedió todavía no se sabe, pero diversas teorías se discuten: El Expediente "Oficial" De la Marina La marina admite que el U.S.S. Eldridge participó en un experimento sobre un alambre que se envuelve alrededor del casco del destructor en una tentativa de cancelar fuerza de los campos magnéticos del metal en la nave. Esto se conoce como degaussing. Esto haría la nave "invisible" a las minas magnéticas subacuáticas que confían en los sensores de proximidad al disparador la detonación. Estos sensores funcionan detectando campos magnéticos alrededor de las naves. Sin el campo magnético, la nave podría pasar con las regiones minadas con estos sensores, invisibles a las minas enemigas, pero no al radar o a la visión. El informe de la marina es muy plausible, y no menciona ninguno resultado o circunstancias exóticos. ¿Pero podía esto justo ser creible para atraer el interés por el público en general, dejando solamente a la minoría verdadera de investigadores en duda? Invisibilidad Física Algunos científicos han desarrollado la teoría que la marina trabajaba en una manera de hacer la nave invisible a la visión. Sin embargo, no implicó el combar del tiempo y del espacio o de ninguna tarea compleja de una naturaleza similar. Esta teoría sugiere que el Eldridge fue equipado con los generadores de alta frecuencia que calentarían encima del aire circundante para causar un espejismo, haciendo el recipiente invisible. Este fenómeno está ocurriendo naturalmente, y ha habido casos donde las islas enteras han desaparecido de la visión en las condiciones atmosféricas descriptas. El generador de alta frecuencia calentaría encima del aire circundante y del agua (que crean una niebla verde-coloreada que fue dicha y podria haber "engullido" la nave), haciendo un espejismo y encubriendo la nave de la visión. El generador también explicaría la enfermedad (física y mental) del equipo después del experimento. Un generador de alta frecuencia puede causar daño serio al bienestar de una persona. Esto es más plausible que la teoría de la invisibilidad, y también explicaría la condición enferma del equipo como resultado de la prueba. El problema principal con estas teorías sin embargo, es que no explica cómo el U.S.S. Eldridge fue visto en Norfolk, Virginia por el equipo civil de los SS Andrew Furuseth, cuando la nave desapareció de la visión en Philadelphia en un espacio de solamente de quince minutos. Hay también detalles tales como los tripulantes que son fundidos al casco de la nave y de cierto reaparecer no uniforme. ¿Transportado a través de espacio y de tiempo? La teoría más interesante sobre el experimento de Philadelphia es que el destructor desaparece y es teletransportado a través de espacio y de tiempo. Por supuesto, había una gran cantidad de científicos ingeniosos (Tesla y Einstein) que participaban en el experimento. Sin embargo, Nikola Tesla fue supuestamente muerto a la hora del experimento naval. La teoría es que la luz tiene que estar doblada alrededor de la nave para hacerla invisible. Para lograr esto, la marina envolvió la circunferencia de la nave en alambre y pasó una corriente medida a través de ella. Esto hizo un imán oscilante enorme para formar un campo magnético alrededor de la nave, doblando no solamente la luz, pero el espacio y para medir el tiempo también. La física del experimento es evocadora de la teoría unificada del campo de Einstein que una vez que usted dobla la luz, usted también está doblando involuntariamente el espacio y el tiempo también. La primera vez que este experimento fue emprendido, la nave no desapareció totalmente, y una impresión del casco podría estar "sentada"en el agua. La segunda vez que la nave desapareció totalmente en una niebla verde, fue avistada en Norfolk, Virginia. Un hecho frecuente es que cuando reapareció la nave, el equipo de hombres estaba en un estado de desorientación. Algunos eran mentalmente enfermos, mientras que otras tripulantes incluso no volvieron. ¡Cuantas noticias se presentaron sobre las tripulantes, incluyendo la de un miembro anterior del equipo que estuvo implicado en una lucha en la barra de un bar, y todos sus participantes fueron congelados en el tiempo, según lo divulgado por un periódico local! . El resto del misterio Todavía no se sabe qué sucedió ese día en 1943, principalmente debido a la carencia de los testigos que vienen adelante quién sirvió a bordo del Eldridge. No hay tampoco documentación disponible para el público que los detalles proyectan el arco iris. Pudo simplemente haber sido un experimento de invisibilididad. ¿Pero cómo el destructor apareció los segundos después en Virginia? Su posible respuesta nunca será conocida, pero el misterio puede ser solucionado cuando los científicos vuelven a descubrir qué sucedió en la bahía de Delaware

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la verdad de nuestros origenes..!!!
la verdad de nuestros origenes..!!!
Ciencia EducacionporAnónimo4/20/2012

un excelente resumen de los libros Zecharia Sitchin Sitchin tradujo miles de tablillas de arcilla que se encuentran en distintos museos del mundo y en ellas se encuentra escrita la historia según los Sumerios (primera civilización conocida de la historia). En esas traducciones se habla de la creación humana, según la cual seres extraterrestres serían los responsables del inicio y la evolución de la especie humana (mediante intervención con ingeniería genética).3 Estas traducciones hacen que la comunidad científica choque frontalmente con lo que Sitchin y otros han investigado por su cuenta, al considerar las traducciones incorrectas. Fue autor de las «Crónicas de la Tierra», una serie de 13 libros en los que expuso el resultado de sus investigaciones: El 12.º planeta fue el primero de ellos. Sus traducciones e interpretaciones provocaron muy diversas reacciones. Según su traducción, existe en el Sistema Solar un planeta llamado Nibiru que se acerca cada 3600 años, provocando cambios positivos o catástrofes en nuestro Sistema Solar.4 Una vez traducida una parte de las tablillas sumerias asegura que se referían a una raza alienígena, que habían creado a los humanos para que trabajaran como esclavos en sus minas de África (y en otros muchos lugares de la tierra). A esta raza se le llama Anunnaki o Abbennakki, y según su traducción, los de "cabeza negra" de Sumeria fueron creados por esos seres, al mezclar las esencias de vida del hombre y las bestias, dibujando a una criatura parecida al mono como la bestia. La gente de "cabeza oscura" fue considerada como esclavos en la jerarquía sumeria. Las tablillas sumerias se refieren a la gente de cabeza oscura, que fueron creados en una región geográfica llamada 'AB.ZU.', la cual dice que corresponde a África del oeste.5 Habla de que la realeza era una combinación de "Dragones" y humanos, o que eran descendientes directos del dios solar, Shamhash. Los Anunnaki son veintitrés dioses del panteón sumerio, incluyendo a Enlil (señor de los vientos) y Enki (señor de la tierra). A estos dioses solares se les llamaba 'Sir', o Dragones, en Babilonio. Así mismo, la palabra, 'Sir', aparentemente significa 'gran serpiente' que es relativa en Sánscrito con la palabra 'Sarpa', que también describe a los "dioses dragones", quienes crearon y regían a la cultura drávida. Según Sitchin, los Anunnaki probablemente aún existan en otro plano de existencia, y aún pueden influir en la humanidad. Se especula que esa raza podían ser anfibios, reptiles o semireptiles es decir reptiles humanoides, según las descripciones antiguas. Anton Parks ha desarrollado una teoría semejante.

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