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170 horas con extraterretres - lo q ignoramos(segunda parte)

Info3/2/2011

DOMINGO 15 DE MAYO DE 1960



Aquella mañana amaneció con el cielo nublado, después de algunos días de Sol radiante. Pensé que si llovía, sería difícil caminar por los cerros y ante esa po¬sible inconveniencia, estuve a punto de postergar la ca¬minata de aquel día. Mientras yo me lamentaba por el desfavorable estado climático, Quispe tocó a mi puerta. Le abrí. Al verlo tan entusiasmado por el pasen, cambié de opinión; en pocos minutos me alisté y partimos.

Cruzamos el río Kitaraqsa y empezamos a subir los altos cerros que se originan desde su orilla derecha. Du¬rante el camino recordaba escenas de los encuentros que había tenido con los extraños en días anteriores. Por ra¬tos acudía a mi mente el pensamiento de que ellos se, empeñaban en involucrarme en sus "fines"; eso turbaba mi tranquilidad y por eso me alegraba de haber cambiado de zona para mis paseos de ese día, y así evitar un nuevo encuentro.

Pero lo que más me inquietaba era saber quiénes eran aquellos hombres y qué estaban buscando en las abruptas y despobladas faldas de los Andes peruanos, en la región de Ancash. Mientras trataba de encontrar la explicación a esa incomprensible incógnita, noté que mi acompañante caminaba sobre las piedras con destreza y rapidez. Pensé que con él recorrería en un día, muchos más cerros de los que anteriormente había recorrido con Pérez y eso me alegró. Me di cuenta que Quispe poseía práctica y agilidad para trepar cerros, por lo cual decidí conversar con él de sus experiencias. Como habíamos caminado ya varias horas, le propuse un pequeño descanso con la intención de hablarle con tranquilidad.

-Descansaremos unos minutos, ¿qué te parece?- le pregunté mientras hacía un esfuerzo para vencer la fatiga

-Pienso que es muy temprano, recién hemos empe¬zado a subir, pero si usted quiere paramos un rato¬ respondió Quispe, mostrándose sorprendido por mi sugerencia.

-Avanzaremos hasta esa piedra grande, allá arriba, creo que es un lugar dominante para observar los alre¬dedores, ¿qué opinas?-.

-Está bien, señor, vamos- respondió él, emparejan¬do su paso con el mío.

Cuando llegamos junto a la piedra, él subió primero y se quedó de pie observando a su alrededor con mucha atención, como si buscase algo perdido entre los peñas¬cos; yo subí también y me senté,

-¿Qué estás observando con tanto empeño? ¿Aca¬so tratas de descubrir algo?- le dije con expresión de burla. Quispe sonrió y calló por unos instantes. Parecía que estaba tomando ánimo para confirmar algo muy impor¬tante y luego me habló:

-La verdad es, señor, que me da miedo y vergüenza decir lo que estoy buscando, En estas regiones a veces suceden cosas raras y cuando uno las cuenta, le dicen que está loco, que lo ha soñado al quedarse dormido por el cansancio, o que se está convirtiendo en brujo-.

-¿De qué estas hablando, Quispe?- pregunté y luego, para darle confianza, agregué: dímelo de una vez. Ten la seguridad de que no te consideraré loco. Si no confiara en ti, no aceptaría que me acompañaras en este paseo- le dije persuasivamente.

-¿Verdad que no se burlará de mí si le cuento un secreto?¬

-Oh no, amigo mío, yo jamás me burlo de nadie. En mi concepto, todas las personas tienen derecho a pensar, opinar, preguntar y sugerir acerca de cualquier cosa que compone la vida que nos rodea, y de la cual nosotros también somos una partícula-.

-¿Habla Ud. en serio, señor?¬

-Así es, amigo; para mí, las opiniones, sucesos y problemas relacionados con la vida, son motivo de res¬peto y no de burla-.

-Gracias; señor- respondió con un tono de voz que expresaba alivio; se sentó a mi lado y mirándome dijo: Por estos lugares están viviendo constantemente, unas personas raras y extrañas que dicen venir de un mundo lejano-.

-Ya lo sé, Quispe, dicen que son habitantes de un planeta llamado Apu; viajan por el espacio en unas naves que tienen forma de platillos, aviones, troncos, peras, ci¬garros y otros modelos diferentes-.

-Señor, ¿cómo sabe, Ud. todo eso? ¿Quién se lo ha contado? ¬http://2.bp.blogspot.com/_mZJkSvzLyPE/SNu8Zho2GlI/AAAAAAAABpE/Kj9i8nDNUBM/s320/technoplane.jpg

-Nadie me lo ha contado, Quispe, yo los he visto-.

-¿¡Verdad, señor!?- exclamó él poniéndose de pie y sonriendo de alegría.

-Así es, amigo. Si quieres ser sincero conmigo, siéntate y cuéntame todo lo que sabes sobre esos visi¬tantes- le dije mientras en mi mente surgía otra confirma¬ción más de que los forasteros utilizaban argucias, haciéndose pasar por extraterrestres para engañar a los campesinos, aprovechar su ignorancia y utilizarlos para sus fines.

-Gracias, señor, muchas gracias, y sepa que le con¬taré la pura verdad- subrayó y empezó a referir caso por caso sus encuentros, tratando de no omitir ni el más mí¬nimo detalle.

Mientras Quispe narraba sus experiencias, miré ha¬cia los picos de la Cordillera Blanca, que eslabonados unos tras otros, forman un majestuoso collar blanco que la naturaleza creó para adornar el Continente Americano.

De pronto vi que un cóndor cruzaba el espacio aco¬sado por un cernícalo, dirigiéndose veloz hacia las escarpadas montañas de la orilla izquierda del río Kitaraq¬sa. Por primera vez en mi vida observaba que una gi¬gantesca ave, cuya envergadura sobrepasaba los dos metros, huía despavorida de un pajarillo del tamaño de una paloma. "Un gigante huyendo de una avecilla” pen¬sé. Me pareció ridículo y solté una fuerte carcajada.

-¿Se está burlando de mí, señor? - me dijo Quispe sorprendido, interrumpiendo su narración.

-No, amigo, por favor, no me estoy burlando, vi al cóndor huyendo de un cernícalo y me pareció ridículo, por eso me reí-.

-Tiene Ud. razón, señor, el cernícalo es muy pe¬queño y por eso el cóndor no lo puede atrapar. A veces “los grandes" se crean problemas por abusar demasiado de "los pequeños". Pero cuando éstos se rebelan, aqué¬llos se alteran y hasta cometen errores graves- recalcó sonriente mi compañero. Comprendí la expresión de Quispe, que a pesar de su ingenuidad acababa de tocar el problema más negativo de la sociedad humana; "¿Ven¬drá el día en que los hombres reemplacen la palabra 'dis¬criminación' por la de 'fraternidad'?, pensé, y confiado en la pronta realización de ese anhelo de la humanidad, me puse de pie.

-¡A caminar, amigo! - dije a Quispe.

-¡Así se habla, señor!, nos falta todavía mucho. .. ¿Qué hora marca su reloj?¬

-Son las diez y cinco minutos- respondí.

-A las doce estaremos en la cima, si caminamos pa¬rejo, pero si nos ponemos a descansar cada doscientos metros, no llegaremos a la cumbre ni en todo el día- afir¬mó Quispe refiriéndose al tiempo que habíamos perdido en descansar.

-Me portaré bien desde ahora, y no descansaremos hasta que tú lo ordenes, te nombro jefe de la expedición¬ le dije.

El sonrió y aceleró el paso. Habíamos subido a la cumbre de un escarpado cerro ubicado frente al nevado de Champara. Nos encontrábamos, pues, a más de cua¬tro mil metros de altura sobre el nivel del mar, y el viento frío nos agotaba. Nos detuvimos unos instantes para re¬coger el rumbo a tomar y acordamos avanzar hasta la pequeña loma ubicada frente a nosotros, y allí encender una fogata para calentarnos las manos. Casi al llegar a ese lugar nos encontramos con un par de cabras.

-Se han separado de su rebaño- me dijo Quispe mientras observaba a una de ellas que tenía un solo ca¬cho y cojeaba de una pata delantera.

-Así lo creo; ojala que encontremos al dueño para que nos recomiende algún lugar interesante que podamos visitar-.

-Seguro lo encontraremos, señor, por acá viven bastantes pastores. -Desde aquella loma principia una Ila¬nura extensa y pedregosa, pero con abundante pasto pa¬ra los animales. Cuando estemos arriba lo va a compro¬bar- aseguró Quispe.

Avanzamos animosamente. Minutos después nos encontrábamos ya en la cumbre de la loma. Frente a no¬sotros apareció, efectivamente, una llanura parcialmente atravesada por profundas zanjas formadas por algún remoto huayco, lo que contrastaba con los bosques y arbustos que crecían en algunas áreas. Nos apuramos en subir sobre un peñasco elevado para darnos cuenta de los pormenores del lugar. De pronto, a poca distancia de nosotros vimos un claro de regular extensión donde pas¬taban vacas, ovejas, cabras y algunos caballos, que casi cubrían el área total. Al final de la planicie destacaba una cabaña construida con palos sin labrar. Por su techo de paja a dos aguas, salía un humo blanco que se esparcía por el espacio empujado por el viento. Frente a la choza ardía una fogata. Alrededor se veían varias personas sen¬tadas en el suelo.

-Dijiste la verdad, Quispe, allí están los pastores es¬perando para invitarnos al desayuno- dije bromeando.

-Siempre los hay por acá, les avisaremos de sus ca¬bras perdidas- sugirió.

-¿No se molestarán por nuestra visita?¬

-No creo, algunos de los que viven allá arriba se molestan cuando un forastero se acerca a sus cabañas, pero éstos son buena gente, no se amargarán, estoy se¬guro de ello-.

-Entonces, vamos donde ellos- le dije, y partimos. Al poco rato llegamos a la cabaña. Dos perros salieron a nuestro encuentro. Uno de los pastores se levantó, cal¬mó a los perros y se aproximó a nosotros. Le saludé; él me extendió la mano sin hablar.

-Este no entiende castellano, habla quechua no más- me comunicó Quispe apuradamente.

-Dile que estamos buscando pumas y que por eso hemos venido a preguntar para que nos oriente; he oído decir que por esta región están matando al ganado-.

El campesino comprendió algunas de mis palabras y se puso alegre. Habló con Quispe, en quechua, y estre¬chó mí mano con entusiasmo. El súbito cambio de ánimo del campesino me hizo comprender que los pumas le causaban daños y que nuestro propósito le agradaba. Esa fue una manera muy positiva de lograr la comunicación. El campesino nos hizo acercar a la fogata y nos invitó a que nos sentáramos con ellos. Había tres mujeres, varios hombres y dos niños que se escondían tras sus madres, pues tenían miedo de nosotros. Eso me incomodó y pen¬sé cómo encontrar la solución a este inconveniente. Me acordé que tenía caramelos en el bolsillo, de modo que sequé dos e invité a los pequeños.

El hombre que nos recibió hablo a los niños pero ellos no le hicieron caso. Una de las mujeres tomó los caramelos se los entregó a los chiquillos. Me agradeció. Enseguida arrugó la frente, se puso triste y una lágrima rodó sobre su rostro curtido por el frío de los Andes. Eso me preocupó y supliqué a Quispe que le preguntara cuál era el motivo de su desa¬sosiego. Uno de los hombres comprendió mi preocupación, se acercó a mi lado y en voz baja me dijo:

-Señor, gracias por la pena que siente; ella está llo¬rando porque tiene un hijo enfermo. Hace ya nueve días el niño fue a ese cerro, subió sobre una piedra, resbaló y al caer se quebró el brazo derecho y varias costillas-.

El hombre hablaba un español mal pronunciado, pe¬ro yo le entendí y le pedí que me llevara donde el pequeño para verlo. El aceptó y sin hablar con la mujer, me in¬vito a pasar a la cabaña. Entramos el campesino, Quispe y yo. La escena, desagradable, me horrorizó. En el suelo, sobre un colchón de heno, cubierto con una frazada de lana tejida a mano, yacía el niño. Tendría, tal vez, diez años de edad. Su rostro, hinchado, había adquirido un color azulado Por la infección: sus ojos cerrados a me¬dias: la boca entreabierta, con la lengua y los labios tu¬mefactos, mostraba una apariencia horrible. Me arrodillé a su lado y toqué la parte de su muñeca que sirve para examinar el pulso. Me alarmé aún más. No sé si fue por mi desesperación, poca experiencia o algún otro fenóme¬no para mí desconocido, pero yo no sentí el latido intermitente de las arterias. Deduje por esto que el pequeño se encontraba en estado agónico.

A pesar que el hospital de Huallanca se encontraba a varios kilómetros del lugar, decidí hacer el intento de trasladar al niño lo más pronto posible, para que los mé¬dicos lo auxiliaran. Comuniqué a Quispe mi decisión y le pedí que explicara a la madre del niño nuestro propósito. Mientras planeaba cómo lograr el traslado del enfermo hasta el hospital, el campesino ya había avisado a la madre del pequeño acerca de mi determinación. Esta se enfureció, entró en la cabaña desesperadamente y gritó a Quispe amenazándole con los puños; a mí me agarró del brazo y me echó afuera con una fuerza inexplicable. Caí al suelo. Me paré de súbito y pensé que con mi in¬tento había ofendido alguna costumbre de aquella gente.

Sentí miedo. "Tal vez me atacarán", recapacité, y llamé a Quispe para que nos fuéramos del lugar. En eso, la ma¬dre del niño salió de la cabaña. Llegó a mi lado y empezó a gritar y a gesticular, poniendo sus manos en mi cara. Las únicas palabras que pude retener sin saber su signifi¬cado, fueron- ",manan, taita! . . imanan! . . . ¡taita Dios. . !

Quispe se acercó y me dijo:

-No tema, señor, la madre del niño dice que los dio¬ses del cielo vendrán para curar a su hijo y que no lo to¬que más-.

Eso calmó un poco mis nervios y creí que se trata¬ba de algún brujo que vendría a curar al pequeño, utilizando rituales con fuego, humo y otros objetos. ..

-¿Nos quedaremos para conocer a los dioses?- pre¬gunté a Quispe que estaba esperando mi decisión.

-Si, señor, por favor, quédese, va usted a ver algo muy interesante, le aseguro que le va gustar- sugirió con entusiasmo.

-Está bien, Quispe, nos quedaremos para presenciar la llegada de esos "dioses" - dije con expresión de burla.

Un perro se me acercó con las orejas caídas, mo¬viendo la cola en señal de amistad. Lo acaricié; el lamió mi mano. Nos hicimos amigos. Siguiendo al perro, un ni¬ño llegó y se sentó a mi lado. Me hablaba con emoción, en quechua; yo no le entendía, pero me parecía que me explicaba algo sobre su perro. Me interesaba iniciar con¬versación con el pequeño. A pesar que no nos conocía¬mos, la pureza de la niñez le originaba un sincero deseo de amistad. "Es la única época de la vida de los humanos en que actuamos con nuestros sentimientos incorruptos", pensé en aquel instante. Acaricié al niño y al perro y llamé a Quispe para que me ayudara como intérprete.

Al poco rato se nos acercó el otro niño y nos pusimos a conversar sobre la lluvia, el viento, los bosques, el cielo y la Luna. Mientras tanto, habían transcurrido decenas de minutos sin que nos diéramos cuenta. El cielo despejó un poco y los negros nubarrones se convirtieron en nubes aborregadas. No obstante que yo no comprendía el idio¬ma de los pequeños ni ellos el mío, la conversación se desarrollaba en la más perfecta armonía. Ellos me habla¬ban de campos, aves, animales y flores, y yo les explica¬ba para que sirve la carabina, cómo se maneja y de qué está construida. Uno de ellos me miró seriamente y dijo:

-Amigo, ¿por qué hay que matar a los animales?, ¿es la orden del patrón?¬

Mientras me concentraba para hallar la respuesta adecuada que pudiera explicar al niño la razón de quitar la vida a un ser para comer su carne, los perros ladraron y corrieron hacia el extremo de la pampilla por donde pastaba el ganado.

Quispe me agarró del hombro bruscamente.

-¡Mire para allá, señor!- gritó con desesperación. Volteé la cabeza hacia la dirección señalada y vi que un aparato parecido a una avioneta descendía verticalmente desde las nubes. Se posó entre las cabras y ovejas sin ha¬cer ningún ruido. Era de color diferente al de los platillos que había visto anteriormente. Pensé que se trataba de alguna maniobra militar y esperaba que desembarcaran los soldados para conversar con ellos.

Al poco rato, del interior de la nave salió uno de los extraños. Vestía la malla, para mí ya familiar, pero su talla difería de los que había visto antes. Este tenía hombros como los nuestros, cadera pronunciada y era de menor estatura. Se dirigió hacia nosotros sin pisar la hierba, desplazándose en el aire a unos centímetros del suelo.

-¿Por qué anda de esa manera?- pregunté a Quispe, confundido.

-Dicen que para no torturar a las células del cés¬ped, pisándolas- respondió éste con tono serio. Yo sonreí.

Los perros corrieron hacia el extraño; él los acari¬ció. Los canes se pusieron contentos, parecía que esta¬ban familiarizados con él.

Mientras el extraño se acercaba hacia nosotros, me di cuenta que Quispe y todos los campesinos estaban arrodillados con las palmas juntas frente a la cara e incli¬nados hasta el suelo. Parecían estar en una ceremonia re¬ligiosa. Eso me sorprendió, pero también aclaró la incógnita sobre la llegada de los "dioses" que la madre del niño me había anunciado una hora antes. Mientras tanto, el extraño ya estaba entre nosotros. Enseguida no¬té que era de raza blanca y esto confirmó mis sospechas de que eran espías. Al observar con atención, me di cuenta que el visitante era mujer porque sus senos así la identificaban. Ella hizo una señal a los campesinos para que se levantaran, y éstos obedecieron sin demora. La vi¬sitante se dirigió hacia la cabaña sin hablar con nadie, entró y luego salió cargando al niño en brazos; lo llevó a la nave sin demora.

Todos los presentes permanecíamos en silencio, pero en los rostros de los pastores se notaba una expresión alegre.

-¿Qué es lo que está pasando?- pregunté a Quispe en voz baja, interrumpiendo el silencio. No me contestó. Eso aumentó aún más mi intranquilidad y pensé que mi acompañante se uniría a los campesinos para hacerme al¬gún daño. Disimuladamente cargué mi carabina, puse el seguro y permanecí alerta. Los minutos transcurrían y el silencio dominaba el lugar. Sólo los perros se movían a mí alrededor y una oveja baló de repente; esas fueron todas las manifestaciones que quebraron la tensión. Por un instante pensé que los extraños tenían en sus naves, salas de cirugía y otros recursos necesarios para auxiliar a los enfermos y accidentados, y que aprovechaban eso para atraer a los inocentes campesinos, presentándoseles como dioses. Mientras yo esperaba que la desconocida devolviera al niño vendado e inconsciente, frente a mis ojos apareció una escena inconcebible, ilógica e insólita.
De pronto vi que el niño bajaba solo por la escalerita de la nave y al llegar al suelo corrió hacia nosotros, aga¬chándose de vez en cuando para coger las piedras, mostrando así su perfecto estado de salud. Por haberlo visto cuando estaba hinchado, no lo reconocía y pensé que éste era otro niño, miembro de la tripulación. Enton¬ces esperé la reacción de la madre del pequeño. Aún el chiquito no había recorrido la mitad de la distancia entre la nave y nosotros, cuando la madre corrió hacia él gri¬tando de emoción. Los presentes abrazaban y daban gri¬tos de alegría.

Quispe, con los perros, también corrió hacia la madre y el hijo, dando saltos de alegría. Cuando todo es¬tuvo calmado, supliqué a la madre del niño que me permitiera examinarlo. Quispe actuó como intérprete y la mujer aceptó. Me acerqué al pequeño, ahora con el ros¬tro sonriente y de color natural, deshinchado, y empecé a revisarle costilla por costilla. A pesar que estos casos insólitos alteraban mi paciencia, procuré conservar la serenidad lo más posible, para tener seguridad de lo que estaba examinando. Quién sabe cómo hicieron esa cura¬ción, mas yo no pude descubrir en su brazo vendas ni ci¬catrices. El niño no mostraba ninguna anormalidad en su organismo y eso lo demostraba con su sonrisa, su agili¬dad y la exigencia a su madre para que le dé de comer.

Mientras yo estaba examinando al "paciente resucitado" y me asombraba de lo que acababa de suceder, la extraña médica, con un compañero suyo, ya estaba entre noso¬tros. Sonrientes y con miradas que expresaban respeto y amabilidad, trataban de explicar a los campesinos que los buenos hechos deben ser memorizados para imitar¬los. .. y por eso no precisaban de agradecimientos, pagos, elogios ni zalamerías. Hablaban, a mi parecer, en idioma quechua, porque, de vez en cuando, hacían reír a los campesinos hasta hacerlos lagrimear, pero a la vez, yo también escuchaba la conversación mas en mi idioma materno, como si una máquina tradujera las palabras, en un mismo momento, a varios idiomas. Quise asegurarme de eso y hablé a Quispe.

-Sí, comprendo claramente- respondió.

-¿En qué idioma están hablando? No les oigo bien interrogué a Quispe de nuevo, para asegurarme de que estaban hablando lo que verdaderamente yo percibía.

-Ellos hablan, en su propio idioma y también en todos al mismo tiempo- respondió él con gesto de afirmación.

-¿Cómo es eso, Quispe?-, explícamelo. ¿Tienen al¬guna máquina que traduce simultáneamente su idioma a otros?

-No conozco eso, señor, sólo sé que una vez nos contaron que unos iones positivos hacen que todos los seres vivientes que traten con ellos, entiendan sus palabras simultáneamente.

En eso, la extraña "médica" se me acercó.

-Mi nombre es Ivanka, amigo. ¿Cuál es el tuyo? ¬habló en voz suave y en mi dialecto. Le dije mi nombre descortésmente. Ella sonrió: El nombre de la extraña trajo a mi mente la idea que ella era ciudadana de algún país europeo a cuyo servicio estaba, y empecé a tomar interés para descubrir su origen.

-Su nombre parece ser de origen eslavo, suena bonito. ..¿De qué país es usted?- le pregunté en tono cortés.

-No pertenezco a ningún país. Mi patria es el uni¬verso, soy ciudadana de todos los países y hermana de todos los seres que en él existen-.

-Me gustaría lo que está diciendo, no sé si cierta¬mente piensa así, pero por los menos sus palabras encierran en sí sabiduría. Tampoco comprendo qué es lo que pretenden, mas lo que acaban de hacer con el niño es una obra compasiva que merece agradecimiento-.

-Amigo, te pido por favor que me trates de tú, ¿puedes? me pidió la extraña súbitamente-.

-¿Por qué?¬

-Nosotros acostumbramos tratarnos de esa manera; si no te es posible hacerlo, prosigue según te agrade-.

-De acuerdo- respondí afirmativamente, y luego continué- Dime, lvanka, ¿cómo han curado al niño con tanta perfección y en tan poco tiempo, o tal vez lo hipnotizaron a él y a todos nosotros?

-Amigo, aún no he respondido a tus dudas sobre mi identificación; lo haré ahora. Te dije que soy ciudadana de todos los países del universo y hermana de todos los seres que en él existen. Soy ciudadana de Apu. El deber innato de todo apuniano es proteger la vida celular y ayudar a los seres en cualquier lugar donde nos encon¬trarnos. Nosotros no conocemos preferencias, privilegios, cobros, favoritismos ni el ventajismo. Nuestro cariño, amor y sabiduría, son para todos los seres por igual, por que somos parte de todo lo existente en el universo-.

Me sentí atolondrado por tanta filosofía que la extraña acababa de verter sobre mí en pocos momentos. Callé algunos instantes y al reaccionar le dije:

-Pero aún no me respondiste cómo han curado al niño -.

-Perdóname- contestó lvanka. Nosotros tenemos varias formas de curar; una de las más positivas es la desintegración e integración.

-¿¡La desintegración e integración!?- ¿Qué forma de curar es esa?

-Desintegramos las células del cuerpo del paciente hasta sus más pequeñas partículas, y luego integramos un cuerpo perfectamente sano, con células nuevas- me respondió.

-¿O sea que también pueden crear células?¬

-Sí, amigo. Hace billones de años, desde que los apunianos descompusieron el átomo a su mínima partícu¬la. Con ese trabajo obtuvieron los más altos poderes, tales como la inmortalidad, el dominio sobre los iones positivos y muchos otros más-.

-¿Cómo se llama esa partícula mínima del átomo? ¬Pregunté en tono jocoso.

-Se llama Minius (*), según la traducción del idioma apuniano- respondió Ivanka enfáticamente.

Escuchar una explicación tan insólita en aquel en¬tonces, alteraría la serenidad de cualquiera. Pero como yo ya conocía las cantaletas de los extraterrestres, sólo pensé que estaban intentando convencerme, valiéndose del hipnotismo, para que creyera en sus "superpoderes de otro mundo".

-Escucha, Ivanka- le dije, ¿podrías hacer una de¬mostración que me permita captar, al instante, qué es la desintegración e integración?

-Sí, amigo, lo haré con mucho agrado. Mira aquellas ovejas y cabras que están pastando allá en la pampa-.

-Espera un momento- le sugerí, pues mi intención era llamar a Quispe para que presenciara el espectáculo y ver si a los dos nos hipnotizaba con la misma fuerza. En eso Quispe llegó donde nosotros sin que yo lo llama¬ra. Le expliqué de lo que se trataba. El sonrió y al darse cuenta de mi duda sugirió:

-Tranquilícese, señor, y preste, por favor, un poco de seria atención; ellos pueden hacer muchas cosas para nosotros increíbles; se va a sorprender- me aseguró. ..

Un perro ladró persiguiendo a los cuculíes que jun¬to con las gallinas rebuscaban comida en un basural. Las aves volaron al ras del suelo hacia el rebaño, y todos miramos al inquieto perro que intentaba alcanzarlas en pleno vuelo. De pronto las ovejas y cabras desaparecie¬ron y en su lugar aparecieron arbustos con flores diver¬sas: allí estaba toda la variedad que existe en nuestro planeta. La mayor parte era desconocida para nosotros. Los campesinos se arrodillaron y se inclinaron como si estuvieran en misa. Quispe se acercó a mí, me codeó y en voz baja sugirió.

-Arrodíllese, señor, no se quede parado- No le hice caso. El se arrodilló.

En la pampa, en aquel instante, el perro era el úni¬co animal pedestre que se movía porque perseguía a las cuculíes. Un tétrico silencio dominaba el lugar y mientras tanto, yo intentaba descubrir el cómo y el por qué de aquel insólito suceso.

-¿Qué es lo que estás viendo en la pampa, amigo?¬ me preguntó Ivanka con tono amable.

-Veo lo que tú quieres que vea: un perro persiguien¬do a varias aves y cantidades de flores que tú acabas de "sembrar" para nosotros, hipnotizándonos. Quispe levantó la cabeza y me miró de soslayo, con enojo. En ese instante vi al compañero de Ivanka, ahora jugando con el perro que había dejado de perseguir a las cuculíes. El extraño se mostraba indiferente a las escenas que estaban sucediendo en el campo, como si aquellas flores hubieran sido sembradas muchos años antes-.

-¿Quieres que volvamos a convertir las flores en ca¬bras y ovejas?- me preguntó Ivanka, esta vez con más naturalidad.

-Conviértelas en palomas- respondí burlonamente como para desquitarme de sus, para mí, fechorías hip¬notizantes a las que nos sometían.

Ella se puso de pie, me miró y sonrió con amabili¬dad. Extendió sus manos horizontalmente, con los dedos hacia las flores, y de pronto la pampa se llenó de palo¬mas grandes y pequeñas. Los perros ladraron y corrieron tras de ellas persiguiéndolas. Estas volaban a unos me¬tros del suelo, se alejaban y se posaban otra vez, pico¬teando la yerba. Me sorprendí. Pensé que los extraños podrían hipnotizar y sugestionar a las personas para que vieran con diferentes apariencias a las cosas y a los se¬res, sin que éstos cambiaran sus formas verdaderas; pe¬ro hipnotizar y sugestionar a los perros para que ellos vean, en lugar de ovejas, palomas, y que las correteen por el campo, me asombró. Sentí miedo. Ivanka com¬prendió mi alteración, extendió sus manos de nuevo y las cabras y ovejas aparecieron pastando como unos minu¬tos antes. Los perros regresaron. Quispe se persignó, se levantó, vino a mi lado y en voz baja me dijo:

-¿Se ha asustado usted, señor?¬

-Aquí no hubo nada que me asustara- le respondí, tratando de recuperar la serenidad.

Los campesinos se levantaban persignándose y em¬pezaban a comentar el acontecimiento. Mientras yo es¬taba recuperando la tranquilidad, un niño me habló algo en quechua. No le comprendí.

-Quiere que vuelvan las palomas otra vez- me tra¬dujo Quispe. Sonreí. Eso alivió en algo mi nerviosismo. Al pequeño le había impresionado la enorme bandada y se¬guía pidiendo que regresaran.

-Diga al niño que pida eso a la señorita Ivanka, ella es la única que puede hacer que vuelvan las palomas- su¬gerí a Quispe. En eso, una cuculí voló desde el bosque; no sé si por orden de la médica o casualmente, llegó has¬ta nosotros y se posó sobre el hombro izquierdo del pequeño. Este la acarició y gritó lleno de alegría, llamando a su mamá para mostrarle el ave cariñosa que permane¬cía sobre su hombro.

Ivanka se acercó a Quispe, le tomó del brazo y son¬riente le dijo:

-Amigo, ¿puedes explicarnos por qué te arro¬dillaste?¬

-Sí, señorita, acaba usted de hacer un milagro- res¬pondió él respetuosamente.

-Estás equivocado, amigo, lo que acabo de hacer fue un trabajo que cualquiera de ustedes lo podría haber hecho, si se hubiera preparado para eso. Por favor, ami¬go, explica a los demás que nosotros nunca hacemos mi¬lagros. Todo lo conseguimos por nuestro trabajo, utili¬zando el átomo y sus componentes-.

Quispe inclinó la cabeza y fue a hablar con los cam¬pesinos; mientras tanto, el compañero de Ivanka se nos acercó.

-Este es mi compañero de viaje, su nombre es Pedro. Desde hace muchos años viajamos juntos por el espacio- dijo Ivanka.

Le extendí la mano; él hizo lo mismo pronunciando las palabras "no lo olvidaré". No comprendí el significado de las palabras y pensé que no había escuchado bien su pronunciación.

-Significa agradecimiento en el habla apuniana- me explicó Ivanka comprendiendo mi confusión. El extraño sonrió. En mi mente se sumó una incógnita más. Perma¬necí en silencio. Ivanka, Pedro, ovejas y cabras conver¬tidas en flores, éstas convertidas en palomas y éstas en ovejas y cabras; apunianos, platillos voladores, avion¬citos y tantas otras manifestaciones insólitas y extrava¬gantes, recargaban mi mente de tanta confusión que no sabía si mejor sería huir para no soportar aquella impre¬sión, o permanecer esperando el final del espectáculo.

-Si deseas, vamos a la nave, verás más cosas des¬conocidas, ¿o tienes miedo?- me dijo Ivanka sonriente.

-No tengo miedo- respondí después de haber concentrado todo mi coraje para decirlo. Miré a Quispe y él aprobó con un movimiento de cabeza. Su actitud atenuó mi alteración y acepté la invitación de Ivanka.

-Vamos- dije a Ivanka y partimos-.

Aquella vez no se elevaban sobre el pasto, camina¬ban como nosotros y eso me llamó la atención; observé con cuidado y me di cuenta que los extraños daban pa¬sos, igual que Quispe y yo, pero las yerbas no se dobla¬ban bajo sus pies.

Cuando llegamos a la nave, vi que esta se mante¬nía en el aire, a unos sesenta centímetros de altura sobre la superficie. Comprendí que aquella extraña forma de posarla se hacía con el propósito de no dañar las células del pasto y no hice preguntas. También descubrí que aquel aparato, por la forma de sus alas, era una avioneta aunque de modelo raro, pues su cuerpo era corto pero grueso, como de un avión de pasajeros.

-Es de alas plegables y supera la velocidad de mi¬llones de kilómetros por minutos- me dijo Ivanka refirién¬dose a fa nave.

No sentía ganas para la conversación y me hice el que no comprendía de qué me hablaba.

Las puertas, que estaban ubicadas entre las alas y la cola, se abrieron retrayéndose en las paredes cuando nos hallábamos a un metro de distancia. Desde adentro asomó un forastero semejante a los que ya conocía, pero a éste no lo había visto antes, pensé que la nave se tam¬balearía por nuestro peso al subir y me puse a observar lo que ocurría cuando subía Pedro. El pisó la única escalinata que salió del interior al abrirse la puerta, y su pisada no provocó el menor movimiento en la "avione¬ta". Subimos Quispe, Ivanka con un perro y yo. Adentro, una habitación ovalada, sin ángulos rectos, bastante ex¬tensa y amoblada con varios sillones. En las paredes se veían varias pantallas empotradas, semejantes a las de los televisores, pero de un color agradable.

-Este es nuestro amigo Alif- me dijo Ivanka pre¬sentándome al forastero que encontramos en la nave. Le extendí la mano y le dije mi nombre. El me invitó a sen¬tarme señalándome uno de los sillones más cercanos. En aquel instante sentí una agradable e inexplicable sensa¬ción. Me asusté; Alif me miró.

-Estas desgravitado, amigo, tu peso ahora es de ochenta gramos- me dijo sonriente.

Miré a Quispe por curiosidad, pero él parecía sentirse tan normal como si se encontrara sentado en una taberna. Me di cuenta que él había subido a esas naves anteriormente y que ya se había acostumbrado al estado de ingravidez. Ivanka sonrió y se sentó en un sillón, a mi lado.

-Todo esto te parece muy extraño, ¿verdad?- me preguntó de repente.

-Sinceramente, sí- contesté.

-Es lógico. No es de esperar otra cosa. Yo también me sentí muy extraña cuando subí por primera vez a una nave apuniana.

-¿Cómo es eso, Ivanka? ¿Acaso tú no eres de ese planeta, Apu?- pregunté con inquietud pensando que aquellos forasteros se habían propuesto divertirse con¬migo, burlándose de mi ignorancia.

-Hermano mío, cálmate por favor. Tienes derecho a opinar sobre nosotros según la inspiración celular de tu mente. Pero te aseguro que no hacemos daño a ningún ser- me dijo Ivanka suplicante, Decidí, entonces, hacer un esfuerzo para soportar hasta lo máximo.

-Hace cuarenta y siete años que soy ciudadana de Apu. Allá la gente es positiva, no existe daño, egoísmo, ambiciones ni odios, créeme, y si tomas las cosas con calma, tú solo te convencerás que es así-.

-O sea. ..¿Tú no has nacido en Apu?- pregunté riéndome descortésmente al pensar que la extraña inten¬taba dominarme con engaños y que posiblemente, hasta pretendería hacerme creer que era mi paisana.

-No, amigo, soy terrícola- contestó con finura. -¿Dónde has nacido, entonces?¬

-En la ciudad de Dubrovnik, en la orilla yugoslava del Mar Adriático- respondió ella mirándome sonrien¬te (*). Me dí cuenta de que había adivinado el propósito de la extraña y solté una carcajada. Ella sonrió también. De pronto empecé a sentir alivio, no sé si fue por la mira¬da femenina o por alguna otra razón desconocida.

-Eso significa que somos paisanos-, ¿no es así?

-Efectivamente, es cierto. Pasé mi infausta niñez a orillas del Adriático- respondió mientras observaba a Pedro y Alif que estaban examinando en la pantalla los nevados de Champara por donde pretendían volar indivi¬dualmente durante los próximos minutos.

-Dijiste que has pasado una niñez difícil-. ¿Por qué?

Ella acarició al perro que se encontraba sentado a su lado. En la pantalla vimos una brizma presionada por una piedrita. Ivanka la desintegró y la yerba se enderezó. Luego me dirigió una mirada como para observar mi opi¬nión sobre su trabajo, y dijo:

-¡Qué alegre se siente uno cuando hace el bien a los demás y les alivia su sufrimiento!¬

-Es generoso prestar ayuda a los que la necesitan ¬respondí. Ivanka calló por un momento: luego habló:

-Durante mi infancia soporté todas las miserias que el egoísmo y el dinero originan, y que están manchando y torturando la vida en la tierra. Por eso sé de sobra lo suprema que es la labor en favor de los demás, eso lo aprendí en Apu y aquí en la Tierra lo sufrí personalmente. He dedicado bastante tiempo para determinar cuales son los fenómenos que hacen tan desagradable y difícil la vi¬da terrestre. Descubrí que los hay de dos tipos: unos creados por el horrible y otros por la naturaleza; pero el más negativo de todos es el dinero, porque casi siempre es el origen del sufrimiento. ¡Es el creador de la guerra, del egoísmo y de la explotación! Esto retarda todos los adelantos, descubrimientos e investigaciones que el hombre pudiera desarrollar para corregir los fenómenos naturales que son sumamente dañinos para la vida celu¬lar.

El hombre también conoce los daños que origina el dinero, pero está dominado por el egoísmo y se niega a hacer un sincero intento de extirpar o simplificar el sis¬tema monetario de la vida terrestre. Al contrario, preten¬de justificar los sacrificios, los sufrimientos, las destruc¬ciones y todo lo negativo que origina el dinero, atribu¬yéndolas al destino, a la mala suerte o al castigo prescri¬to por la omnipotencia, por un hecho cometido quién sa¬be por quién durante la formación del mundo. La vida te¬rrestre pudiera ser tan bella como la de Apu o cualquier otra galaxia del universo, si los terrícolas se organizaran de manera positiva, fraternal, sin dinero, guerras ni explotación, formando una sola familia: la terrestre. Los habitantes de la Tierra sufrirán sacrificios, miserias y torturas por causa de fenómenos naturales, hasta que eliminen sus creaciones negativas y se den cuenta, por completo, que el destino de la humanidad lo tiene en sus manos el hombre mismo, y que sólo él debe y puede solucionar sus propios problemas, a base de la unión, la paz, el estudio, el trabajo colectivo y una firme confianza en sí mismo y en su esfuerzo. Sólo entonces tendrá tiempo y fuerza para corregir los fenómenos creados por la naturaleza, tales como las enfermedades, la muerte, la negatividad del Sol y otros. Hasta ahora conozco un millón diecinueve mil catorce civilizaciones en el univer¬so, mas no he visto ninguna que haya podido subsistir sin su propio esfuerzo planeado positivamente.



La evolución y adelantos de cada una de ellas, es exacta¬mente proporcional a la unión, el trabajo y el estudio que practican.

-¿Y qué te parecen los adelantos terrestres, logra¬dos hasta ahora?- pregunté irónicamente.

-Con el principio de este siglo ha empezado un desarrollo considerable de la vida terrestre, pero no se lo¬grará por completo hasta que no se unan fraternalmente, lo que les permitirá organizar su trabajo, su estudio y un modo de vida sin discriminación. Mientras los terrestres sigan interrumpiendo las labores durante las dos terceras partes de cada día, encontrándose sin ocupación casi la mitad de las personas aptas para trabajar y la mayor par¬te de lo trabajado lo estén asignando para la guerra, la sociedad humana organizará en la miseria- afirmó Ivanka mostrando en su rostro la preocupación. Luego prosiguió y narró episodios de su lucha para sobrevivir en la Tierra, desde que fue abandonada por sus padres antes de cumplir diez años de vida.

Quispe hizo un movimiento con su mano derecha sobre el sillón. En la pared de enfrente funcionó una pan¬talla y en ella empezaron a desfilar todas las escenas se¬gún las contaba Ivanka. Pensé otra vez en hipnotismo o alguna otra forma de sugestionar a las personas para que vieran en la pantalla lo que pensaban.

Pedro se acercó y me dijo sonriente:

-Amigo, no es lo que estás pensando. Estas panta¬llas funcionan por orden del pensamiento, es cierto, pero las escenas son reales, tal como sucedieron. Los iones positivos no mienten. Una vez que la pantalla ha recibido la orden de mostrar un tema cualquiera, trabaja independientemente de todo pensamiento. Tu sorpresa y altera¬ción son manifestaciones de tus células aún no positiva¬das. Para que se familiaricen se necesita algún tiempo-.

-¿Sabes?- me dijo Ivanka-, ordena a la pantalla que reproduzca tu vida, verás si hay algo de cierto en eso-.

Obedecía la extraña y pensé en mi nacimiento. Las escenas empezaron a desfilar, pero en una dimensión extraña, como si el campo, las personas, los bosques y los animales, se hubieran reducido de tamaño conser¬vando su forma y mostrando las acciones y temas hasta en el más mínimo detalle. Me parecía que podía tocar to¬do lo que veía. Vi mi nacimiento, mi niñez y luego mi ju¬ventud, en detalle y con escenas íntimas que nadie hu¬biera podido filmar para mostrármelas. También desen¬trañé muchas incógnitas y por qué sobre lo que había sucedido durante la Segunda Guerra Mundial y lo que yo ignoraba. Vi los destinos de mis amigos desaparecidos, los lugares y las escenas de cómo murieron mis compa¬ñeros, muertes detalladas de los soldados y tantos otros sucesos que antes desconocía cómo pudieron haber ocu¬rrido. Empecé a meditar sobre lo que veía y por razona¬miento lógico de los casos, llegué a la conclusión de que cada uno pudiera haber sucedido según lo veía en la pantalla.

La solución económica y del desarrollo de la socie¬dad humana organizando el trabajo ininterrumpido, por turnos, y que Ivanka acaba de explicarme, aseguraba -a mi modo de pensar- la solución, en gran parte, de los problemas actuales de nuestra sociedad, tales como la desocupación, la escasez de lo necesario y la carencia de tiempo para el estudio. No sabía de dónde provenían las ideas de la forastera, sospechaba de su origen y de sus intenciones, mas sus conceptos de cómo acelerar el de¬sarrollo de la sociedad y combatir sus problemas prin¬cipales, me parecieron tan sencillos, útiles y fáciles de realizar, que me sorprendieron. Las consideré adaptables a la sociedad actual. Pensé que se requerían pocos es¬tudios para su realización.

Pedro y Alif salieron de la nave. Ivanka hizo funcio¬nar una pantalla más cercana a nosotros. En ella apare¬cieron los dos, parados a poca distancia de la puerta. De pronto se elevaron como lo hizo el apuniano cuando me mostró sus adelantos para volar individualmente, durante el encuentro anterior. Volaban a la velocidad normal de una avioneta, y a unos cien metros de la superficie, zig¬zagueando entre los peñascos, la nieve amontonada, subiendo y bajando como las aves. Pero lo que más im¬presionaba era la forma, la claridad o la dimensión en la cual se percibían sus vuelos. Por donde pasaban, todo se veía como si uno estuviera allí, presente entre las cosas para tocarlas a cada una. La claridad de los colores asombraba. Daba la impresión de que todas las cosas y lugares habían sido retocados con un esmalte que agradaba y que los estábamos observando por medio de algún aparato óptico sumamente poderoso.

-Este aparato gradúa los colores según el agrado de las células que componen el órgano óptico del observa¬dor -me dijo Ivanka interrumpiendo la observación en la pantalla, de los sitios por donde pasaban volando sus compañeros.

En eso miré hacia Quispe y vi que estaba viendo en una de las pantallas, a Elena de Troya con toda su comi¬tiva con tranquilidad tan profunda como si estuviera mi¬rando un programa de televisión en su propia casa. Me sorprendió la personalidad de la princesa griega que con su belleza había provocado una guerra sangrienta entre troyanos y griegos, hacía miles de años. Vi, pues, la gen¬te de aquellas épocas de las cuales la historia sólo hace una mención oscura, alejada de la realidad. Su físico, su vestidura, su trato, su forma de vivir y su cultura, fueron olvidados. Nadie se ocupó de ellos en aquellas épocas, para dejar constancia real de cómo eran. Me enteré en aquel momento, que el hombre actual desconocía por completo los detalles y la verdad de aquella civilización, eso me originó curiosidad para seguir observando.

A pe¬sar que no estaba seguro de si lo que veía era una sugestión hipnótica, un sueño provocado artificialmente, una película o una realidad, aquella extraña dimensión que utilizaban me agradó. Las cosas, animales y perso¬nas que estaba mirando en la pantalla se veían tan explí¬citas y tan agradablemente como si me encontrara entre ellos. Cualesquiera de las cosas que percibían mis ojos: los campos, personas o animales, si no me eran conoci¬dos en detalle, tras su figura venía una minuciosa expli¬cación de sus orígenes, usos, duración y aspectos posi¬tivos o negativos. Acepté, pues, seguir viendo aquellos reyes y príncipes de los cuales tanto había escuchado durante mi infancia.

-El hombre ignora muchas cosas todavía- interrum¬pió Ivanka. Pero él no tiene la culpa de todo. Hubo tantas destrucciones y guerras, que se ha borrado hasta la últi¬ma huella de muchos hechos, de tal manera que ignora¬mos incluso nuestro origen. Mira en esta pantalla, me dijo señalándome una que funcionaba a su lado derecho. Volteé la cabeza y vi a Pedro y Alif en una quebrada de los nevados de Champara, posados sobre una pared he¬cha de bloques gigantescos de piedras de más de diez metros de alto y de un ancho similar cada uno. Montañas de hielo se levantaban sobre ellos, como si se hubieran propuesto ocultar para siempre aquella obra de los prime¬ros trabajadores que la Tierra tuvo en su superficie.

-¿Qué es eso?- pregunté sorprendido a Ivanka.

-Estos son restos de una ciudad apuniana, cons¬truida antes que Apu explosionara, hace billones de años-.

-¿De qué explosión me hablas?- pregunté confundi¬do por no comprender de qué se trataba.

-Me referí a la explosión de Apu, cuando nacieron el Sol y muchas galaxias- me dijo y prosiguió explicán¬dome sobre lo ocurrido.

-¿Son grandes esas ruinas?- pregunté por curiosi¬dad.

-Sí, son restos de una ciudad que fue la más gran¬de de Apu en esa época, pero la explosión la destruyó y su mayor parte se dispersó por el espacio; el resto fue sepultado. Lo único que quedó de ella en la superficie, es aquella pared que vimos en la pantalla. Mira allá. Obsér¬vala cómo era cuando vivía gente en ella.

Miré en la pantalla y vi una ciudad de calles anchas, casas no mas altas de dos picos, construidas con blo¬ques de piedras tan gigantescos, que en muchos casos uno solo componía la pared íntegra de la casa.

-¿Cual era el nombre de la ciudad?- pregunté a Ivanka.

-Simi, en apuniano- respondió ella con un acento raro.

-¿Cómo han podido cargar tan enormes piedras? ¿Tuvieron máquinas especiales para ese trabajo?- pre¬gunté asombrado.

-No, amigo. Los apunianos han desarrollado sus facultades al máximo; uno de los resultados es el domi¬nio de la desgravitación. A esas piedras les quitaban su peso específico y luego las trasladaban sin dificultad a los lugares deseados. También se pueden transportar por medio de la desintegración e integración, mas ese siste¬ma se usa sólo en casos especiales. El desgravitar es más conveniente. Observa- sugirió. Y mientras yo estaba viendo en la pantalla cómo montañas de piedra desgravi¬tadas volaban por el aire de un lugar a otro como empujadas por el viento, mi compañero Quispe me informó que el fin de aquel día, 10 de julio, se estaba acercando. Miré mi reloj y vi que eran las dieciocho horas con cator¬ce minutos. Me acordé que mi casa distaba más de diez kilómetros y para caminarlos, en la oscuridad de una no¬che con cielo nublado, tendría que enfrentarme a mu¬chas dificultades.

Decidí entonces observar la pantalla hasta ver la historia completa de aquella ciudad apuniana y luego partir de regreso. Al final llamé a Quispe para avi¬sarle la hora, y vi que éste había puesto toda su atención en la pantalla, mirando, esta vez, la conquista de Egipto por Alejandro Magno. Sentí pena de interrumpirle la oca¬sión de poder ver famosos episodios de la historia del hombre, ya que tal vez nunca más tendría esa opor¬tunidad. Decidí esperar algunos minutos y proseguí con¬versando con Ivanka. En eso, Pedro y Alif entraron en la habitación, se nos acercaron y dijeron "Todo por los demás". No escuché bien lo que decían y pensé que se trataba de algunas palabras claves acordadas entre ellos e Ivanka; no hice preguntas.

-Es nuestro saludo, que ya conoces- me dijo Pedro con tono suave; se sentó en un sillón cercano y empezó a conversar con Ivanka sobre las ruinas de la ciudad de Simi y el viaje que habían realizado por los nevados de Champara. Mientras tanto, afuera oscurecía.

-¡Vámonos!- dije a Quispe en voz baja.

-Esperemos unos minutos más, por favor, quisiera ver cómo terminó la existencia de Alejandro Magno; acepté. En eso empezó a llover. Con la lluvia, nuestro re¬greso se complicaba muchísimo. Yo tenía que empezar mi turno de trabajo en las primeras horas de la madruga¬da y temía no llegar a tiempo.

El interior de la nave quedó alumbrado por una luz diurna y uno no podía darse cuenta si se encontraba en el campo en un día de Sol, bajo la sombra de un árbol, bajo una carpa en la playa, o en la nave de los extraños. Cuando Quispe terminó de ver el final de la vida de Alejandro Magno, se puso de pie para salir; yo lo seguí. Afuera llovía a cántaros. Era muy difícil caminar en la os¬curidad, bajo la lluvia, por las abruptas faldas de los cerros de Champara, no teniendo más camino que un sendero hecho por las pisadas de cabras y ovejas. Quispe se desesperó y empezó a sugerirme que nos que¬dáramos en la nave de los forasteros hasta el día siguien¬te. No pude aceptar aquella sugerencia porque mi trabajo era complicado y además no teníamos hombres en reser¬va. Cuando salimos de la nave, Pedro se me acercó.

-Si tú aceptas, te ofrezco mi ayuda para acompa¬ñarlos hasta Huallanca-.

Eso me sorprendió. Pensé que los extraños estaban intentando divertirse con nosotros. Unos campesinos se encontraban cerca de la nave gozando de la misteriosa luz que irradiaba. No podía arriesgar en nada mi respon¬sabilidad del trabajo y acepté la proposición de Pedro. Este apretó uno de los botones de su chaleco. Inmedia¬tamente a un metro de sus lados y de su cabeza- se formó un arco en forma de herradura, que alumbraba decenas de metros con luz diurna. Nos despedimos de Alif e Ivanka y... partimos.

El aguacero proseguía con toda fuerza, pero sobre ninguno de nosotros caían las gotas de lluvia. Eso me asombró sobremanera. Pregunté a Quispe si las gotas es¬taban cayendo sobre él, para asegurarme del misterio.

-No, señor, a mi la lluvia me está respetando- res¬pondió irónicamente.

-Cálmate, amigo- sugirió Pedro que caminaba entre Quispe y yo para alumbrar el camino con perfección-. Nosotros estamos protegidos por una capa de iones posi¬tivos; por favor, intenta calmar tus células- insinuó. Obedecí y proseguimos.

Durante el camino no hablé con ninguno de mis acompañantes. Las rarezas que estaba experimentando producían en mi mente una sensación inexplicable que no sabía cómo calmar. Era imposible para mí, convencerme que los habitantes de otros mundos -si los hubiera- vinie¬sen a visitar la Tierra para alojarse en las desoladas montañas de los Andes peruanos, como si ese lugar fue¬se un centro desde donde se observara el universo. Entonces me preguntaba qué nación de la Tierra había desarrollado sus adelantos técnicos de tal manera que las personas pudieran volar individualmente, tener conoci¬mientos tan maravillosos como el uso de la mínima partícula existente, desintegrar e integrar la materia, quitar y devolver el peso específico y la atracción a las cosas, andar bajo la lluvia sin mojarse, generar un halo de luz diurna alrededor de su cuerpo, tener pantallas del tiempo por las cuales se puedan ver el pasado, el presente y el futuro. Estas y otras incógnitas bombardeaban mi mente originándome molestias. Por unos instantes no pensaba en nada. Luego me sugestionaba y reflexionaba en que, a pesar de todo, los forasteros eran espías de alguna nación terrestre. Pero, ¿qué estaban buscando entre los pastores, en los cerros de Ancash?

Pedro y Quispe conversaban continuamente. Por su conversación comprendí que se habían visto en oportuni¬dades anteriores y que Quispe conocía el porqué y el có¬mo de varios sucesos que habían acontecido en la socie¬dad humana durante nuestra época y también algunos de los que sucederían en el futuro. Con la incomprensible luz del halo de Pedro, pudimos caminar tan rápido como si fuera de día. Cuando nos acercábamos a la ciudad de Huallanca, noté que Pedro se había cambiado de ropa sin detenerse un instante. En lugar de su vestimenta característica, ahora estaba vistiendo prendas de confección campesina y calzaba abarcas de jebe, igual que los pas¬tores del lugar.

-¿Cómo te cambiaste de vestido sin detenerte?- le pregunté.

-Desintegré mi malla y la integré en forma de vesti¬do campesino- respondió con naturalidad.

-¿Por qué hiciste eso?-

-Para confundir mí presencia con la de los lugare¬ños y no llamar la atención con mi ropa-.

-¿Quién nos va a ver ahora, de noche y con lluvia, cuando todos están, necesariamente, en sus casas?¬

-Todos, menos aquel que está sentado allí- me dijo señalando con su mano. Miré y efectivamente era cierto. Un campesino que cargaba varias cosas compradas en la ciudad, estaba descansando a unos cientos de metros de su choza.

-Yo creo que hubiera sido más fácil convertir en polvo al campesino y quitarlo de nuestro camino, que cambiarte de ropa- opiné dirigiéndome a Pedro. El se sor¬prendió; se detuvo de repente como si algo terrible sucediera.

-No debes pensar así, amigo; para los apunianos los demás están siempre en primer orden; me estoy refi¬riendo a las personas, plantas y animales. Nunca inten¬tamos forzar de ningún modo a las células ajenas por nuestro propio interés, lo hacemos sólo cuando eso es positivo para el prójimo. Lo innato de los apunianos es sacrificarse siempre por los demás- subrayó.

Pasarnos el río Kitaraqsa y cuando llegamos cerca de la maestranza, Pedro se detuvo.

-Amigos, "Todo por los demás". Ya están casi en la ciudad, yo tengo que regresar-. -Me extendió la mano, luego hizo igual con Quispe y desapareció al instante.

-Se desintegró- advirtió Quispe.

-No sé, sinceramente no comprendo lo que está su¬cediendo acá. Lo único que te puedo asegurar es que no lo vemos, mas no sabemos si está a nuestro lado o en al¬gún otro lugar del universo- respondí y proseguimos.

Entre las cosas inexplicables que había experimen¬tado durante ese día, me vino a la mente la vida de Elena de Troya proyectada en la pantalla del tiempo. "¿Por qué Quispe tendría que enfocar aquella historia tan remota?", pensé. Me detuve y le hablé:

-Dime, Quispe, ¿por qué enfocaste la vida de Elena de Troya en la pantalla?, ¿acaso no tenías cosas más importantes que ver?¬

-Seguí la vida de un apuniano que había vivido en esa época en la Tierra, eso fue todo- respondió tranquilo.

Cuando pasamos el puente sobre el río Santa, frente a la entrada del túnel de la casa de fuerza, Quis¬pe se detuvo y mirándome preguntó con tono de admiración:

-¿Qué le parecieron esas personas?¬

-Te voy a decir, Quispe, mi verdadera opinión. Lo que dicen esas personas es sumamente bueno, y hasta se puede aplicar una parte de ello a nuestro actual modo de vivir; pero lo que hacen no sé si es realidad o son trucos hipnóticos. Más, después de todo, una cosa me intranquiliza-.

-¿Cuál es, señor? -Interrumpió Quispe, excitado por la curiosidad.

-Me preocupa saber por qué están aquí, sean quienes fueren. ¿Cuál es su intensión y qué están buscando acá?¬

- Todavía no se ha convencido usted que son extra¬terrestres, ¿verdad?¬

-No, sinceramente aún no-.
-¿Conoce usted, señor, alguna nación en la Tierra cuyos habitantes tengan esos poderes para realizar traba¬jos tan extraordinarios como los que hemos presenciado hoy?¬

-No, pero tampoco estoy seguro que no existe. Otra cosa, ¿Cómo sabes tú, Quispe, que no fuimos hipnotizados, dormidos o algo semejante, y así vimos al¬gunos trucos mágicos como en el circo?¬

-Dígame, señor, ¿Usted cree que los animales se dejan hipnotizar?¬

-Tampoco sé eso, nunca he leído nada de hipnotismo-.

-Para mi, señor, son extraterrestres, ésta fue ya la séptima vez que estuve con ellos, por eso estoy conven¬cido, por completo, que en la Tierra todavía nadie puede realizar esos milagros o trabajos, como dice lvanka-.

-¿Sabes, Quispe, lo que estoy pensando?

-¿Qué, señor?-

-Se me ha ocurrido avisar a la policía de todo esto. ¿Qué te parece?¬

El se detuvo de repente, me tomó de los hombros y con voz amenazadora me gritó:

-¡Eso no lo hará usted, señor!¬

-Cálmate, Quispe, por favor, lo que manifesté fue sólo una broma -le dije para tranquilizar su ánimo agresi¬vo, pero me surgió la idea de hacerlo realmente.

-De todas maneras, señor, ¿cómo puede usted pen¬sar eso de aquella gente que nos hace tanto bien? ¿Acaso no ha visto usted hoy cómo salvaron la vida de ese niño? Además, esta no es la única vez que lo hacen. Lo han hecho tantas y tantas veces con otras personas. También nos hacen ver las cosas de otros mundos, cómo fuimos nosotros antes, nuestro pasado, nos enseñan las yerbas buenas, nos dan lluvia cuando la necesitamos y tantas otras cosas-.

-Tranquilízate, amigo, sólo estuve bromeando. Tú ya sabes que yo no sería capaz de hacer daño a los que ayudan al prójimo-.

-Disculpe usted, señor, me sorprendió su opinión; creí que estaba hablando en serio y me molesté-.

-Ten la seguridad que yo los quiero y los respeto igual que tú. Me he dado cuenta que esas personas son muy buenas y aman al prójimo. Eso es lo que más vale. Pero aún tengo dudas sobre sus verdaderas intensiones. ¿Qué buscan acá?-

-Gracias, señor -respondió Quispe alegremente-. "No lo olvidaré", como dicen los apunianos -agregó y prosiguió andando.

-No te preocupes, Quispe, por favor no hables de esto con nadie -repliqué para calmarlo por completo.

-¡Ay, señor! ¡Qué desconfiado es!, ¡cómo se le ocurre pensar en eso! A pesar que los apunianos quieren que hablemos de ellos y comuniquemos de sus poderes a los demás, para que todos intentemos desarrollar nuestras mentes y nos queramos unos a otros como hermanos, yo no he dicho una palabra a nadie, ni la diré nunca...

Nos despedimos. Yo entré en la casa y como mi esposa había salido de viaje a la ciudad de Lima, para ver a nuestra hija que estaba estudiando allá, al no tener con quién hablar me puse a meditar sobre el asunto. Después de haber analizado cuidadosamente, punto por punto, lo que había experimentado durante mis tres encuentros con aquellos raros visitantes, que en total sumaban veinte horas, y para evitar ser cómplice de algún supues¬to delito, llegué a la conclusión de que las autoridades del lugar deberían tener conocimiento de todo eso. Decidí, pues, avisar a la policía de la presencia de los supuestos extraterrestres. Me dirigía la comisaría que en aquel entonces funcionaba en la ciudad de Huallanca, a ciento cincuenta metros de mi casa...

Un sargento me recibió:

-¿En qué le podemos servir, señor? -me preguntó cortésmente.

-Gracias por su amabilidad, sargento. Por favor, ¿Usted es el encargado de esta oficina o hay otro jefe?¬

-Yo soy el jefe, por ahora. ¿Qué le está pasando?¬

-¿Podemos hablar unos minutos de un asunto muy especial?¬

-Sí, como no, pase usted, señor -dijo y abrió la puerta de una oficina privada. Me senté y empecé a contarle los casos. Desde el principio, el sargento empezó a mostrarse sumamente sorprendido, pero según yo avanzaba en mi relato, su intranquilidad aumentaba. Comenzó a tenerme miedo. Más cuando principié a narrar lo que había visto aquel mismo día, se paró como asustado y con voz suave, disimulando su alteración, me dijo:

-Amigo, ¡qué maravillas me está contando! Usted ha logrado un verdadero triunfo para la inteligencia mun¬dial, denunciando que esos extraños están entre noso¬tros. ¡Posiblemente pretenden espiarnos! Ahora mismo avisaré al Comando Superior para que movilicen todos los aviones, tropas, buques, cañones, tanques y una divi¬sión de muchachas armadas con botellas del mejor pisco peruano. Será una verdadera hazaña capturar a esos extraterrestres y toda la victoria se la vamos a atribuir a usted y a su valiosa información. Pero, por favor, no hable con nadie de eso, váyase a su casa, acuéstese y mañana nosotros vamos a buscarlo para que guíe nuestro ejército hasta el lugar donde están esos extrate¬rrestres-.

Comprendí que el sargento me había considerado loco o borracho y que me hablaba en son de burla. No entré en más detalles con él, tampoco terminé de contar¬le todos los episodios de aquel día; me paré y para que se convenciera que yo seguía considerando "inteligente" su trato, le dije:

-Gracias, sargento; ahora me acostaré y no hablaré con nadie; mañana usted me buscará para que guíe a ese ejército y ¡Viva la victoria! -grité. Dos guardias, sorpren¬didos por mi exclamación, salieron del cuarto contiguo.

-E
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