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170 horas con extraterretres - lo q ignoramos(tercera parte)

Info3/2/2011

SABADO 4 DE JUNIO DE 1960




Las mañanas, en el Callejón de Huaylas, tienen algo muy singular en su atractiva manifestación, lo que las hace diferentes a cualquier otro lugar. El caudaloso río Santa, con su correr hacia el Pacífico, ha cavado su cause tan profundamente como si pretendiera bañar con sus aguas heladas el ardiente corazón de la Tierra. Con esa atrevida inquietud, el Santa cortó en su camino ce¬rros y colinas, separando así parte de la Cordillera Occidental en dos ramificaciones: una, cubierta por nieve perpetua; la otra, con pampas y praderas, y él, en medio de las dos, orgulloso de ser el hijo de los Andes, fluye hacia el Pacífico coqueteando con sus dos majestuosas admiradoras que lo acompañan desde su nacimiento.

Aquella mañana del primer sábado del mes de junio, la región estaba tan atractiva como siempre. El Sol, con sus rayos, iluminó los nevados de la Cordillera Blanca que los reflejó sobre las orillas del río Santa, donde armonizaban su brillo con los colores de los campos floreados. Durante las tres semanas anteriores, había hecho varias excursiones por los cerros sin encontrarme con los forasteros. Pensé que éstos habían cambiado de rumbo y eso me alegraba por muchas razones. Para aquella excursión me alisté con la señal del alba y cuando salió el Sol yo ya estaba subiendo a los cerros en dirección al nevado de Milwaqocha, por las alturas, entre los riachuelos Cedros y Kitaraqsa. Aquel día nadie me acompañaba, por eso decidí visitar los lugares más accidentados, porque acompañado, la elección de los lugares por visitar dependía de la determinación conjunta, lo que a veces resulta contrario a los deseos de uno.

Eran las diez de la mañana cuando me encontraba en la cima de un cerro, al frente del Huaylas, sobre el Cañón del Pato. Había caminado desde las cinco de la madrugada y determiné descansar para observar con los prismáticos los altos picos de los alrededores. De pronto, descubrí, a una distancia de más o menos mil metros, un aparato de los visitantes, de igual modelo y color que el que había visto hacía ya cuatro semanas cuando me pre¬sentaron a Ivanka. Sinceramente no me gustó, pero como ya estaba en el lugar, resolví acercarme para curiosear. Después de haber descansado algunos minu¬tos, me dirigí hacia la nave. Cuando me acerqué a unos cientos de metros, me sorprendí al ver que tras un peñasco, a corta distancia de la nave, se veía un grupo de personas. Eso me preocupó un poco porque no comprendía el idioma quechua y estaba sin acompañante que me pudiera servir de intérprete. Me preocupaba enten¬derme con los lugareños, pues con los extraños no había problemas, ya que ellos hablaban todos los idiomas a la perfección.

A pesar de mis preocupaciones, proseguí. Decenas de metros antes de llegar, un extraño me re¬cibió. No le había visto antes, lo que me inquietó un poco, e intenté hablarle mientras caminábamos, para disimular mi alteración.

-No te alarmes, amigo -dijo- de pronto el extraño-; a nosotros no nos molesta en nada tu procedimiento, mas bien nos agrada, porque sólo investigando con empeño sincero, se consiguen la verdad y el resultado positivo-.

Por la confusión no hice caso a su declaración, ni tampoco me dí cuenta que el forastero con su consejo, se refería a la denuncia que hice en la comisaría hacía varios días.

Ya nos encontrábamos frente a la nave, cuando de pronto la puerta se abrió y salió Ivanka. A pesar de que los visitantes no me agradaban, cuando vi a Ivanka me sentí un poco calmado, tal vez porque había hablado con ella varias horas en el encuentro anterior. Me recibió sonriente y me comunicó que mi visita le agradaba.

-Es nuestro amigo Zen- me dijo presentándome al forastero que me había recibido.

-¿También es apuniano? -pregunté con serenidad.

-Sí, amigo, por supuesto. A la Tierra muy pocas veces viene otra gente extraterrestre que no sea la de Apu. Para otras civilizaciones la Tierra no es tan intere¬sante, mas para nosotros sí porque es parte de Apu y los terrícolas son nuestros hermanos -las palabras de Ivanka me sonaron a broma y sonreí-. ¿Entramos en la nave o nos sentamos aquí?- preguntó ella.

-Como quieras -respondí

-Vamos adentro, creo que es más positivo; pode¬mos observar en las pantallas si algo te interesa -entra¬mos. El interior era idéntico al de la nave anteriormente vista. Me senté en un sillón; ella se sentó frente a mí. No creas que nos molesta tu denuncia de la otra noche, tu actitud es absolutamente normal -me dijo Ivanka con expresión alegre. Eso me sorprendió. Me quedé como paralizado. Sentí miedo y vergüenza. ¿Quién diablos les habría avisado de mi intento? ¿Cómo lo supieron? Eso era para mí algo incomprensible. "Tal vez el sargento es su cómplice", pensé. Enmudecí; no podía contestarle nada. Ella comprendió mi alteración y rió a carcajadas.

Escucha, amigo -me dijo-.

El hombre, para llegar a la verdad, al progreso y a la sabiduría, debe trabajar, es¬tudiar y practicar. Tú has intentado cumplir con las re¬glas que establece la sociedad. Si no lo hubieras hecho no tendrías interés en cumplir tus reglas sociales ni descubrir nuestra procedencia. El esfuerzo sincero para conocer lo desconocido, aclarar lo confuso, ver lo invi¬sible y realizar lo imaginable, es el único camino hacia la sabiduría. La evolución y el progreso de todas las civiliza¬ciones, es el resultado de una constante búsqueda de lo insólito- subrayó Ivanka haciendo un gesto amable para animarme.

-¿Quién les ha contado que yo intenté denun¬ciarles?¬

-Por favor, dejemos de pensar en eso, ya te he explicado nuestra opinión del caso. Olvídalo, ¿quieres?¬

-Está bien, me olvidaré; pero dijiste que aclarar lo confuso es positivo. ¿Por qué no me aclaras lo que te estoy preguntando?¬

-Si quieres saberlo, mira esa pantalla, ella te va a decir todo - indicó Ivanka sonriente. Miré la pantalla que me acababa de señalar. En ella aparecimos Quispe y yo despidiéndonos de Pedro, tal como lo habíamos hecho aquella noche cuando el extraño nos acompañó, alumbrándonos el camino con su halo de luz diurna. A conti¬nuación aparecieron todos los sucesos en detalle: mi des¬pedida de Quispe, mi entrada a la casa, la meditación y análisis de las razones que me condujeron a hacer la de¬nuncia, mi conversación con el sargento y todas las bur¬las que éste hizo con los guardias sobre mi declaración, después que yo había salido de la comisaría. Desaparecer del lugar habría sido la única salvación para ocultar mi bochorno. Sentí tanta vergüenza que hubiere aceptado tirarme en cualquier abismo para no mirar el rostro de Ivanka. Ella notó mi turbación de ánimo, llegó a mi lado y afectuosamente me dijo:

-Amigo, ¿por qué te estás maltratando así? Tienes que comprender que no has hecho nada malo. En aquel instante empecé a percibir una recuperación de mi esta¬do anímico. De pronto me vinieron ganas de discutir con ella el tema como si no hubiera pasado nada.

-Está bien, señorita -le dije decididamente-. He in¬tentado denunciarlos porque no sé quiénes son ustedes ni qué están buscando en este lugar. Los denunciaría otra vez, pero de nada me valdría, sólo provocaría las burlas de la gente porque nadie me haría caso.

Ivanka soltó una carcajada. Después de reírse unos instantes me miró hablándome comprensivamente:

-Amigo mío. Puedes gritar a todo el mundo y ha¬blarle de nuestra presencia, pero nadie te creerá ahora y quizás por mucho tiempo, mas eso no interesa. Nadie debe aceptar nuestra existencia por persuasión. Por favor, nunca intentes convencer a una persona para que crea que existimos o que estamos visitando la Tierra o cualquier otro planeta.

-Procuraré no hacerlo otra vez- contesté sincera¬mente porque me acordé de la ironía mordaz con que el sargento reaccionó ante mi denuncia.

Hubo un rato de silencio. Ivanka ojeaba un libro de versos escritos por un poeta mariano. Zen observaba la figura central de la Portada del Sol de Tiahuanaco, tallada en miniatura por algún artesano de este lugar, copiada fielmente de la enorme escultura original, ubicada en la entrada del Gran Centro, que -se supone- fue ceremonial y ritual. Me sorprendí viendo estos objetos en sus manos, porque antes de interrumpir la conversación no había visto ninguno a su alrededor. Zen posiblemente comprendió mi pensamiento e hizo que de debajo de su sillón saliera una gaveta de un material semejante al terciopelo, la misma que estaba llena de miniaturas artesanales del continente americano, realizadas en diferentes épocas. Imaginé que también mi sillón tenía "doble fondo" y se me ocurrió preguntarme qué contenía. De pronto, de debajo de mi asiento salió una gaveta y a continuación otra del asiento de lvanka. La gaveta de mi sillón contenía hojas de árboles, briznas de yerbas y pétalos de flores, pero el de Ivanka, libros, revistas y muestras de tejido artesanal. Me dí cuenta que cada sillón era como una cómoda compuesta de varios cajones de diferentes tamaños. lvanka comprendió que mi curiosidad era complacida y sonrió. Quiso decirme algo pero Zen se le adelantó.

-Todos nuestros muebles y naves tienen doble fon¬do y paredes dobles; es positivo tener un espacio a disposición. Además, las paredes dobles son necesarias para protegernos de los fenómenos espaciales.

-¿Por qué ustedes están cargando todo esto, cuando pueden obtenerlo o transportarlo por medio de desintegración?- pregunté en tono de burla.

-Son muchas las razones por las cuales llevamos lo que has visto. Es cierto que podemos integrar y desinte¬grar la materia hasta en sus más pequeñas partículas; también hemos logrado obtener la inmortalidad, casi anular el tiempo, llegar a velocidades altísimas y tantos otros poderes para corregir la naturaleza y los fenómenos negativos. Pero eso no es todo.

Cada instante del tiempo es diferente en su forma, duración y acontecer. Esta es la ley de la naturaleza con la cual están relacionados los días, los años, el trabajo, la necesidad de las cosas y los medios para corregir lo negativo y obtener lo positivo. Lo que ayer fue, hoy no es, y lo de hoy mañana será dis¬tinto o no existirá. Nada es idéntico y todo tendrá dife¬rencias y transformaciones en cada instante, mientras el movimiento sea factor principal de la existencia- subrayó.

Me sentí aburrido de tanta filosofía vertida por el forastero, de la cual no entendía casi nada, por lo que decidí preguntarle algo diferente para cambiar de tema.

-Dime, Zen -le interrogué-. ¿Cuál es la causa que está motivando la visita de ustedes a la Tierra?- Ivanka sonrió. No sé si su sonrisa fue inspirada por alguna frase del libro que hojeaba o por mi pregunta, pero a mí no me agradó. Zen mostró una expresión alegre y mirándome, contestó:

-En el apuniano es congénito proteger las células y por lo tanto ayudar a los seres del universo, esa es la causa esencial de nuestra visita. Nosotros no podríamos existir sin cumplir este precepto. Estamos visitando todos los planetas y ayudamos a los que encontramos durante el viaje. La diferente frecuencia de nuestras visi¬tas a ciertos lugares de la Tierra, guardan relación con la mayor o menor cantidad de obras que hay en cada lugar, hechas por apunianos. Estas obras datan de épocas anteriores y posteriores a la explosión de Apu. Es cierto que, como tú dices, nosotros podemos ver todo eso por las pantallas del tiempo, pero cuando ya estamos aquí, es positivo contactar con nuestras antiguas obras. Ob¬serva la pantalla -me sugirió. Volví la cabeza y vi en la pantalla, al frente, una inmensa multitud de gente en movimiento.

Luego aparecieron unas máquinas semejan¬tes a globos, otras a platillos voladores y otras a avione¬tas de tamaño muy pequeño, todas estaban volando a pocos metros sobre la superficie, despidiendo desde su interior un chorro parecido al aire, pero con la fuerza su¬ficiente para hacer desaparecer obstáculos, tales como piedras y arbustos, dejando el suelo plano y limpio. Así obtuvieron una inmensa pampa de cientos de kilómetros cuadrados, limpia como un estadio y apta para la cons¬trucción. En seguida, enormes piedras labradas a la per¬fección e inteligentemente guiadas, caían como copos de nieve en los respectivos lugares de construcción, de acuerdo a planos arquitectónicos, y así se construían ca¬sas y calles. Me sorprendí viendo que las enormes pie¬dras, con un tamaño semejante a las paredes de nuestras casas de dos pisos, cayeran tan lentamente como si fueran tiras de papel, y que una persona pudiera dirigir varias, con una sola mano o con un simple soplo.

Pensé, otra vez, en la sugestión hipnótica y cerré los ojos para no seguir viendo "mentirillas" inventadas quién sabe por quiénes. Instantes después, una mano tocó mi hombro derecho. Abrí los ojos y vi a Ivanka que me observaba con atención.

-Amigo, sigue creyendo lo que tu mente imagina, mas yo tengo que decirte qué es lo que estas viendo. Las piedras que caen sobre la pampa están desgravitadas, sólo tienen el peso necesario para que no se desparra¬men por el espacio durante el trabajo. Este es uno de los métodos que los apunianos emplean para construir. Vamos a acelerar la exposición en la pantalla sólo para que veas la ciudad construida, y también su destrucción. Observa la pantalla, por favor- me pidió cortésmente. Miré en la pantalla por cumplir con su pedido y vi una inmensa ciudad construida de acuerdo a una arquitectura rara, en la cual no se veía ángulos rectos en ningún lugar. Su diseño semejaba a una mariposa volando, y los bosques que se veían por sus alrededores, adornaban sus encantos haciéndola una ciudad sorprendente.

-¿Cómo se llamaba o se llama ahora esa ciudad?¬ pregunté a Ivanka.

-Cuando terminó su construcción le dieron el nom¬bre de Kutzak, porque así se llamaba el apuniano que di¬rigió la obra, palabra que con el transcurso del tiempo fue transformada en Qosqo o Cusco, nombres actuales de la ciudad. Esa fue una de las tres más importantes ciudades y centros de desembarque que hicieron los apunianos durante el segundo poblamiento de la Tierra. En aquella ciudad, Kutzak, los apunianos establecieron la primera industria química terrestre y fue una de las mejores del espacio hasta que el diluvio la destruyó.

-¿Dijiste diluvio?- pregunté sorprendido.

-Sí, amigo- respondió Zen. El egoísmo y la ambi¬ción originaron tempestades y cataclismos tan desastro¬so que rompieron el equilibrio del planeta; así, la línea ecuatorial ocupó el lugar del meridiano y viceversa. Co¬mo consecuencia, se destruyeron las mejores construc¬ciones que la Tierra ha tenido desde que se separó de Apu. Observa la pantalla -sugirió; le obedecí. Dirigí la mi¬rada hacia el aparato y vi que una tremenda e increíble catástrofe atmosférica azotaba el planeta terrestre y lo envolvía en nubes. Extraños e indescriptibles huracanes, truenos, ciclones y vientos, empujaban la Tierra como si fuera hojarasca y cuando terminó aquel torbellino des¬tructor, la superficie terrestre quedó despoblada de plan¬tas, animales y humanos.

Los polos se habían convertido en la línea ecuatorial y ésta en meridiano. El lugar donde antes había estado la inmensa pampa con la impre¬sionante ciudad de Kutzak, se había convertido en picos y quebradas de profundos abismos, sembrados de gi¬gantescas piedras dispersas, provenientes de aquella fan¬tástica construcción que había sido el orgullo de la Tierra. Sólo en tres lugares se veía una cantidad consi¬derable de ruinas por las cuales el observador se podría dar cuenta que en aquella región había existido una indescriptible construcción.

-¡Qué espantoso acontecimiento!- exclamé espontáneamente y me puse a pensar sobre aquello sin saber a qué atenerme. Creer o no creer lo que veía en aquella incomprensible máquina, era mi único problema en ese momento.

-Sí, amigo, fue espantoso y muy negativo. Aquel suceso originó un irreparable retraso en los adelantos del hombre y un problema para nosotros. Ha sido también causa de varios fenómenos que surgieron y que subsis¬ten hasta ahora. A causa de aquella catástrofe se desequilibró una parte del espacio, lo que motivó que nuestras ciudades volantes tuvieran dificultades durante cientos de miles de años en sus viajes por Vía Láctea. El espacio es sumamente complicado, lleno de misterios, incógnitas, y lo desconocido abunda a cada paso. Estas dificultades afectan nuestras visitas a esta galaxia, mas como en las décadas actuales la Vía Láctea se encuentra desplazándose por unas vías del espacio muy positivas, aprovechamos la oportunidad para visitar todos sus pla¬netas y sistemas; a ello también se debe nuestras fre¬cuentes visitas y largas permanencias en la superficie te¬rrestre. No siempre es tan fácil acercarse a cada galaxia¬ subrayó Zen.

-¿Qué pasó con las otras ciudades que construye¬ron durante el segundo poblamiento?¬

-Igual suerte sufrieron todas. De unas quedaron partes no destruidas o enterradas totalmente bajo el lodo, de otras nada. Pero todas fueron alcanzadas por la tempestad. Sabemos que nuestra visita sorprende a los terrestres, eso es natural. Los habitantes de otros planetas también se sorprenden cuando se encuentran con nosotros. Unos nos ven con tranquilidad, pero la mayoría se asusta. Muy pocos han comprendido que nosotros somos simples viajeros y que estamos investi¬gando las dificultades de la vida espacial, para enterarnos por completo de lo que soportan los seres sobre los planetas poblados- terminó.

Me quedé sin ganas de hablar. Es difícil tranquili¬zarse para organizar los pensamientos cuando a cada mi¬rada se ve algo insólito, sorprendente e increíblemente raro. Cada palabra de los forasteros traía una noticia asombrosa que me alarmaba y mientras trataba de recuperar la serenidad, entraron a la nave dos compañe¬ros de Ivanka, que yo no había visto antes. Ella se paró y me los presentó.

-Este es Amín y él es Dius- me dijo con afecto. Dius extendió su mano, yo le correspondí. Lo mismo hice con Amín. Los dos se sentaron y empezaron a contar lo que habían experimentado durante la excursión de la cual volvían. De pronto, Dius extrajo de su bolsillo un peque¬ño gorro confeccionado de piel de conejo. Me sorprendí al ver aquella prenda y me puse a pensar cómo la habría conseguido y por qué les interesaba tenerla. Ivanka comprendió mi pensamiento y mirándome atentamente dijo. La belleza de la vida terrestre está distorsionada por sus mismos habitantes. El hombre, por ser un ente inte¬ligente y perfeccionado, muy poco se preocupa por facili¬tar la vida utilizando la sabiduría de crear y descubrir cosas sin que para ello tenga que sacrificar a otros seres. Al contrario, se cree con derecho a explotar y utilizar en su beneficio, a todos los seres que aquí viven, incluso a sus semejantes. Cría a los animales con esmero, como si fueran sinceros amigos; luego los somete a sufrimientos. De ellos utiliza sus fuerzas para el trabajo; su astucia para la diversión; sus sufrimientos le producen placer, y luego los mata para comer su carne, y hasta confecciona de su piel prendas caprichosas, sin pensar que todos los seres tienen igual derecho a vivir y que cada uno, por igual, es sensible al dolor, al maltrato o a la bondad.

En la sociedad Apuniana es diferente. Allá todos los seres vivientes son los únicos dueños de sus existencias, hasta que terminan su ciclo de vida según las leyes de la na¬turaleza. Para los apunianos la vida de los demás seres está en primer lugar y en segundo la de ellos mismos. Las plantas, los animales y los humanos, son producto de una misma madre y todos tienen igual derecho a vivir su ciclo sin sufrimientos originados por otros- subrayó.

-Entonces, ¿de qué se alimentan los apunianos? ¬pregunté bromeando, a pesar que ya había espectado, por la pantalla, los comedores y alimentos apunianos.

-La alimentación apuniana se compone de concen¬trados compuestos en su mayor parte de minerales, y otra parte de semillas y frutos de plantas- respondió Amín.

-Te mostré la vez pasada, en la pantalla, los come¬dores y las reglas a que me sometí cuando comí por pri¬mera vez en Apu -interrumpió Ivanka recordándome escenas de su vida, relatadas anteriormente-. Lo más ne¬gativo que los habitantes terrestres practican, es quitar la vida a otro ser para su alimentación u otros fines. Alimentarse de esta manera, conjuntamente con los rayos solares, es causa de la agresividad, el egoísmo y una enorme cadena de desequilibrios celulares de su organismo- subrayó.

-¿Para qué les sirve este gorro? ¿Acaso no es sufi¬ciente lo que saben sobre nosotros?- pregunté a Dius.

-En realidad, amigo, para nosotros no hay secretos en ninguna parte del universo, pero acostumbramos te¬ner estos objetos construidos por medio de una acción tan negativa, porque nos sirven para mostrarlos a habi¬tantes de otros planetas a los que estamos ayudando para que superen lo negativo. Los hay que tienen formas de vida semejantes a la de los terrestres, pero nosotros estamos intentando con todo empeño, formar entre ellos grupos positivos de personas cuyas células contengan menos composición negativa en sus átomos, para que poco a poco positivicen a los demás.

-Esto también nos sirve para el mismo objetivo ¬interrumpió Amín, mostrándome un par de casquillos de fusil.

-¿Dónde has conseguido esto?- pregunté.

-En las cercanías de la ciudad de Piura, donde los soldados efectuaron maniobras durante la semana pasada- respondió.

-¿Tú has vuelto a Apu desde que nos vimos la última vez?- pregunté a Ivanka como para cambiar de tema.

-Yo sí, regresé ayer; pero ellos vienen por primera vez a la Tierra. Hemos llegado juntos-.

-¿Les ha gustado la vida terrestre? ¿Qué dicen? ¿Mejorará o continuará así?¬



-Lo fundamental, amigo, para la vida de los seres, aquí en la Tierra y en cualquier parte del universo, es la unión, el trabajo, el estudio y la paz; sin estos factores sólo hay sacrificios pero no vida. Para obtener esta esencia que alimenta la vida, los terrestres deben reemplazar el dinero, la agresión y el egoísmo por esos factores-.

-¡Eliminar el dinero!- pensé. . . solté una carcajada. Ellos sonrieron también; comprendí que sus sonrisas es¬taban inspiradas por mi incomprensión, egoísmo y burla; eso no me agradó. Me acorde de la mofa del sargento e intenté disculparme:

-Perdónenme, es que mi forma de pensar es dife¬rente y -según ustedes- tengo derecho de expresar mi opinión-.

-No lo olvidaremos, amigo- Contestaron los tres casi en conjunto. Ivanka sonrió y mirándome agregó:

-Estás progresando. Sólo los sinceros intentan co¬rregirse reconociendo su error- subrayó. Hubo un peque¬ño silencio. Miré mi reloj. Eran las seis de la tarde. Me puse de pie con la intención de despedirme de los foras¬teros para poder regresar a Huallanca antes que oscureciera. Los tres "apunianos" e Ivanka, me acompañaron hasta la puerta de la nave y partí. Afuera, el Sol descen¬día tras las montañas despidiéndose de los picos neva¬dos hasta el día siguiente. Varios pastores se encontra¬ban en grupos, a unos cientos de metros de distancia, como si esperaran mi salida. Me despedí también de ellos y tomé un camino que era -según mi opinión- el más corto posible. Uno de los campesinos me siguió y al al¬canzarme me dijo:

-Amigo, si va para el campamento de Huallanca, vamos juntos porque yo también voy allá-.

-Está bien, amigo, vamos- le respondí con agrado, pues sentía aburrimiento y tenía deseos de hablar con un terrestre "legítimo".

-Entonces, vamos por aquí, porque ese camino que usted ha escogido es más largo, desvía hacía la derecha alejándose demasiado-.

-Vamos por donde quiera, pero, por favor, apúrese, tengo prisa. . .

-¿Qué le parecieron los visitantes?, se que han conversado largo rato-.

-Si, demasiado- respondí por cortesía.

-Son buena gente. Saben muchas cosas y son sencillísimos- subrayó con el acento del lugar.

-¿Cuál es tu nombre?- pregunté. -Manuel- respondió.

-Sabes, Manuel, me da que pensar por qué y de dónde viene esa "gente buena" a este lugar tan abrupto y solitario. Por casualidad, ¿sabes de qué nacionalidad son?- le pregunté para sondear su opinión.

-¿Cómo? ¿No le han dicho que son extraterrestres?¬

-Sí, pero, ¡a quién pretenden engañar con ese cuento!¬

-No es cuento, señor. Ellos dicen a todo el mundo que son extraterrestres, que vienen del planeta Apu, ubicado fuera de nuestra galaxia. Son personas muy buenas y pueden hacer todo lo que desean- subrayó. Me dí cuenta que Manuel pensaba como sus demás vecinos y al verme fracasado en mi intento de obtener datos -se¬gún mi opinión verídicos- sobre la identidad de los visitantes, me callé. No hablamos de nada más hasta que nos despedimos en la ciudad de Huallanca.

Como de costumbre, con nadie podía hablar de aquellas rarezas, y me incorporé a mi turno de trabajo, que aquel día empezaba a las veinte horas. A pesar de las sorpresas, burlas, dudas y muy poco crédito a lo que estaba experimentando, mi deseo de seguir averiguando hasta descubrir quiénes eran aquellos extraños, seguía fiel a la decisión tomada desde un principio.

Basándome en las declaraciones de los pastores, de los campesinos y de los trabajadores que a veces me acompañaban, lo único de lo que pude asegurarme fue que la presencia de esos forasteros era real, más si eran terrestres o extra¬terrestres y cuál era la causa de su visita, quedaba por averiguarse. Pero a pesar de todo, empecé a meditar sobre el comportamiento de los forasteros en relación a mi denuncia en su contra. Si aquellos seres hubieran sido habitantes de la Tierra, cualquiera que fuese el motivo de su visita, se habrían mostrado ofendidos por mi acusa¬ción ante la policía, para que les sometieran a una investigación.

Eso irritaría a cualquier terrícola. Pero ellos se sentían indiferentes ante mis propósitos. Al contrario, mi denuncia les había provocado tanta alegría, como si en lugar les hubiera traído ramos de flores para agasajar¬los. En su opinión, yo intentaba descubrir la verdad sobre ellos, y eso les causaba una admiración especial. Llegué a la conclusión que ningún terrícola se hubiera portado de tal manera, y que esa finura, tranquilidad y elogio, a mi actitud amenazadora, sólo podían mantenerla seres positivos, de poderes extraordinarios para conocer los pensamientos de los demás y un elevado concepto sobre el amor, el trabajo y el estudio. Por primera vez tomé en serio la posibilidad de que aquellos visitantes pudieran ser habitantes de un planeta lejano en el que no había egoísmo, miedo, agresividad ni malas intenciones, y sentí arrepentimiento por las actitudes que había tenido con ellos hasta ese momento.

DOMINGO 21 DE AGOSTO DE 1960



Habían pasado varias semanas desde que junto con lvanka habíamos visto, en la pantalla del tiempo, la construcción de la ciudad del Cuzco y el desastre origina¬do por las tempestades, provocadas irresponsablemente por el instinto egoísta del hombre, cualidad negativa de los habitantes de la Tierra, origen de todo lo que sigue maltratando a la humanidad e impide la unión, la evolu¬ción y el amor entre los seres. Por los continuos encuen¬tros con los foráneos, ya me había familiarizado con sus adelantos, la vida de su planeta y del universo, y hasta había empezado a dar crédito a ciertas afirmaciones su¬yas que coincidían con algunos acontecimientos ocurri¬dos en la Tierra en épocas diferentes. A pesar que no podía asegurar si eran terrestres o extraterrestres y no sabía con que clase de gente estaba tratando, su modo de querer y respetar a los semejantes y a todos los demás seres, originaba en mí la pequeña certeza de que no estaban haciendo daño a nadie y que no intentaban persuadir para que se creyera su procedencia. Durante el mes de julio y la primera mitad de agosto, había tenido cinco encuentros con ellos, pero en ninguno vi a lvanka. Me había acostumbrado a conversar con ella, y -fuese en broma o en serio- le tenía mas confianza que a sus compañeros.

Una de las cosas que más me inquietaba, era la incertidumbre respecto a la existencia y ubicación de las ruinas sepultadas en los nevados de Champara. Mi intención era ver aquella misteriosa y gigantesca cons¬trucción con mis propios ojos, sin valerme de pantallas, proyecciones ni dimensiones desconocidas que más origi¬nan desconfianza que certeza. Estas inquietudes me im¬pulsaron a realizar mi exploración aquel domingo 21 de agosto, por las faldas de los nevados de Champara. El día anterior conversé del asunto con mi amigo Quispe.
Acordamos partir a las primeras horas de la madrugada, para quedarnos el mayor tiempo posible allá en las mon¬tañas. Partimos antes del alba y nos dirigimos por las alturas de la orilla derecha del río Kitaraqsa. Como siempre, no pensábamos encontrarnos con los extraños y por eso no comentamos del asunto. La salida del Sol nos encontró en una planicie a más de tres mil metros sobre el nivel del mar. Nos sentamos sobre un peñasco para descansar observando los alrededores con el prismáti¬co que Quispe se había prestado de un familiar.

-Tome el binocular- dijo mi compañero extrayéndolo de su funda.

-Úsalo tú, gracias- le contesté, pues me sentía bas¬tante cansado porque la caminata había sido larga y agitada, ya que nuestro propósito era encontrarnos en las alturas a la salida del Sol. El se sentó a mi lado y empezó a observar.

-¡Allí están nuestros amigos!- exclamó Quispe de repente.

-¿A quién te refieres?- le pregunté, porque no es¬taba seguro si me estaba hablando de los pastores o de los visitantes.

-Esos a los que usted llama "extraños" están aterri¬zando con un avioncito muy brillante-. ¿Quiere ver?

-No me interesa, sigue viendo y después, cuando aterricen, vamos a verlos- repliqué y miré casualmente hacia el final de la planicie. De pronto vi a una nave po¬sándose sobre el suelo.

-¡Acaba de aterrizar, señor!- exclamó mi acompa¬ñante.

-Sí, Quispe, los vi, vamos a visitarlos, ¿qué te parece?¬

-Vamos, señor, alístese- respondió él poniendo su prismático en la funda. Cogí mi zurrón y partimos. Cuando nos acercamos a la máquina, su puerta ya estaba abierta. Una mujer y un hombre salieron de la na¬ve. Al hombre nunca lo había visto, pero reconocí a la mujer: era Ivanka. Sentí deseos de hablarle y me dirigí hacia ellos.

-Hola, amigo, "Todo por los demás" - dijo ella al verme y me extendió la mano.

-Hola, paisana- le respondí bromeando. Ella sonrió. Me tocó el hombro como perdonando mi comportamien¬to, y luego dijo:

-Te presento un nuevo amigo que esta vez me esta acompañando, se llama Zay *-.

-Mucho gusto- dije cortésmente y le extendí la ma¬no. El hizo lo mismo, pronunciando su nombre.

-Este es un apuniano que ha vivido en la Tierra en varias épocas, como terrícola, positivando a los terres¬tres-. En una ocasión vivió bajo el nombre de Jesús. ¬Quispe se arrodilló.

-¿Acaso éste fue Jesucristo?- pregunté sorprendi¬do.

-Sí, amigo- respondió Ivanka afirmativamente.

Su respuesta me resultó tan rara y burlona que sol¬té una carcajada. Reí a toda voz, como si me encontrase en un circo. Quispe empezó a persignarse.

-¡Qué cosas veré hoy por las pantallas del tiempo estando al lado de Nuestro Señor Jesucristo!- pensé irónicamente.

-Eres sincero, amigo- me dijo Zay tomándome el brazo mientras nos acercábamos a la nave, después que hizo una seña a Quispe para que se levantara. En eso la escalera bajó y empezamos a subir. Ivanka pisó la escale¬ra, luego Zay y Quispe; yo los seguí. Entramos en la na¬ve y nos sentamos. Zay se sentó en el sillón, a mi lado derecho, Ivanka frente a mí, y Quispe a su lado-. Com¬prendo tu intranquilidad, nuestros encuentros son siempre casuales, por eso sorprenden. Trata de sopor¬tarlos con tranquilidad para hacerlos más positivos -me dijo Zay cortésmente-. Han pasado unos quinientos millo¬nes de años terrestres desde que los fenómenos espacia¬les han dificultado a los apunianos la visita frecuente a la Tierra. Recién, a comienzos de siglo, la galaxia a que per¬tenece la Tierra ha entrado en la zona positiva favorable a la navegación de nuestras naves y ciudades volantes.

Muchos problemas de la vida terrestre estarían resueltos si se hubiera podido venir sin dificultades. Uno de los motivos de nuestras actuales frecuentes visitas, es el de positivar la mente de los hombres para que mediten y solucionen sus problemas con la razón y no con la guerra. Con muchas dificultades he venido a la Tierra en diversas épocas, después del diluvio, para colaborar con los terrícolas- subrayó.

-¿Cuántas veces has vivido en la Tierra con nom¬bres terrícolas?- le pregunté.

-Quinientas cuatro, amigo- respondió él y empezó a contarme la historia de algunas. ..

Mientras el apuniano narraba los episodios de su permanencia entre los terrestres, yo empecé a sentir un alivio inexplicable. No sé a qué atribuir aquella extraña manifestación, pero ya no sentía alteraciones ni sorpre¬sas, y los extraños me parecían tan naturales como si con ellos hubiera vivido toda mi vida. En las oportunida¬des anteriores, cuando me encontraba en sus naves, la única sensación agradable que sentían mis células era por la desgravitación, pero ahora todo lo que veía o escuchaba me originaba un contento inexplicable. Mas, a pesar de todo, ese agrado no neutralizó por completo la impresión de que los forasteros me habían hipnotizado para suavizar mi actitud reciente hacia sus actividades. Intenté reforzar mi rebeldía anterior, pero no logré conse¬guir nada. Mi organismo seguía alegre y agradado como nunca antes. Miré a Quispe con la intención de pregun¬tarle si él también se sentía así; comprendió mi mirada y antes que yo hablara me respondió.

-Es algo extraordinario, señor, jamás me he sentido así-.

Por su contestación sospeché que nos habían hip¬notizado de alguna manera, y empecé a cambiar de opi¬nión. Unos minutos después, esta idea no me venía-a la mente y volví a sentirme como si me encontrase entre mis amigos de infancia. Sonreí y presté atención a la pantalla que proyectaba la vida del apuniano Zay en la Tierra, vivida, según él, bajo el nombre de Jesucristo. Si¬guiendo detalles, pormenores de su niñez, apareció una escena en la que él se encontraba entre niños de su ba¬rrio, amarrando con un hilo hojas secas de los árboles, hasta componer una sarta con la que formaron un cuadrado de varios decímetros; luego amarró uno de los extremos a un hilo largo, tomó el extremo libre del hilo entre sus dedos y empezó a correr. Eso hacía que la sarta de hojas se levantara del suelo como una pequeña cometa, lo que ocasionaba la admiración de todos los ob¬servadores. A mí me causó gracia y reí.

-Fue una de las demostraciones con la cual buscaba inspirar ideas en el hombre, con el objeto que pensara en construir máquinas voladoras -dijo Zay mirándome-. Du¬rante cientos de miles de años, los fenómenos espaciales apenas permitieron venir a la Tierra algunas veces, por¬que esta galaxia se encontraba en zonas nocivas para las células.


Durante esa interrupción, las anormalidades cós¬micas influyeron tanto sobre el hombre, que lo sumieron en el retraso por billones de años. Urgía, pues, despertar a los minius de sus células, para que el hombre empezara a evolucionar y recuperara sus facultades y poderes temporalmente desactivados. A esos pequeños intentos, co¬mo el que acabamos de ver, se deben los resultados de la tecnificación actual y futura de la sociedad terrestre¬ subrayó Zay.

-Sin embargo, no se ha conseguido muchos adelan¬tos científicos positivos- le interrumpí.

-Se ha progresado bastante, amigo. El hombre, en los últimos siglos, ha logrado un admirable avance científico. Los terrícolas están descomponiendo el átomo y así se acercan al minius, el principal factor de la existencia. Tiene máquinas voladoras y de las que viajan sobre y debajo del agua. Tienen industrias que producen vitaminas positivas -que ustedes llaman "medicinas"- pa¬ra con ellas fortalecer las células hasta cierto punto, y están empezando a construir máquinas para vuelos espa¬ciales, semejantes a las nuestras.

-¿Acaso me vas a decir que los hombres están fa¬bricando platillos voladores como los que tienen uste¬des?- le dije riéndome en son de burla.

-Como los nuestros, exactamente, no; pero muy se¬mejantes, sí. Este es el más reciente descubrimiento de los terrestres, por eso no está divulgado, y, además, a estas máquinas les falta todavía perfeccionar varios deta¬lles. Observa la pantalla y te darás cuenta de todo¬ sugirió Zay amablemente.

Miré en la pantalla y vi algo insólito. Aquel mis¬terioso aparato mostró un lugar de la Tierra, con bosques y praderas, en el que se veían gigantescos arsenales y decenas de vehículos en forma de platillos, semejantes a los que yo había visto en mis encuentros anteriores con los extraños. Algunos estaban terminados, otros en fabricación y a unos cuantos los pilotos los estaban some¬tiendo a pruebas de vuelo, zigzagueando entre las que¬bradas, montañas, bosques y campos.

Aquellas máqui¬nas tenían forma y color idéntico a las naves que había visto en mis dos primeros encuentros con los forasteros y volaban a una velocidad muy considerable, pero su ilu¬minación y el zigzagueo eran muy inferiores. Ese espec¬táculo me asombró. En mi pensamiento llegué a la con¬clusión que los extraños visitantes podrían ser espías de esa parte de la Tierra en la cual acababa de ver aquella rara industria. Me quedé en silencio. Mi alteración por la sorpresa, era tan grande que todo eso me parecía una pesadilla onírica. Zay interpretó mi pensamiento y poniendo su mano sobre mi hombro, dijo:

-No te alteres, amigo, los hombres han iniciado nuevas épocas, y por eso estamos acá, entre ellos. Exis¬te la posibilidad que dentro de pocos siglos, los terrícolas y los apunianos vivamos como una sola familia-.

-Dijiste que los vehículos en forma de platillo, fabri¬cados por los terrestres, son inferiores a los apunianos en velocidad. ¿Podrías decirme las otras diferencias?¬ interrogué por curiosidad.

-Sí, por qué no. La velocidad de las máquinas fabri¬cadas por los terrestres es apenas unas decenas de ve¬ces superior a la del sonido, mientras que la de los apu¬nianos vuelan a cientos de millones de kilómetros por se¬gundo. Las fabricadas por los hombres todavía no han dominado la desgravitación y dejan huellas donde se posan. Además, no tienen pantallas del tiempo ni apara¬tos para la desintegración e integración; tampoco iluminación positiva ni otros complementos indispensables para viajes intergalácticos perfectos. Más todas esas diferencias serán superadas por el hombre en un futuro próximo. Y si decide sinceramente practicar la paz y la unión fraternal, para poder dedicarse por completo al estudio y al trabajo, lo conseguirá muy pronto.
Observa los sucesos del futuro. Mira éste, por ejemplo- dijo señalándome la pantalla. Miré hacia allá y vi un suceso no menos sorprendente que el primero: los hombres en sus máquinas volaron hacia la Luna y se posaron en su superficie. A continuación vi ciudades volantes dirigidas por los hombres para explorar el espacio, la visita, descenso y poblamiento de otros planetas, viajes por las galaxias, la lucha de clases en la Tierra, la desorgani¬zación del trabajo y del estudio, originada por la negati¬vidad del dinero, y también vi una nueva organización de la sociedad terrestre, que puso fin al sufrimiento y lo convirtió en bienestar positivamente y radiado por la unión, igualdad y armonía entre todos los seres. La difícil vida terrestre se transformó de repente en un poderoso generador que iluminaba con sabiduría a nuestra galaxia y al universo.

Mientras frente a mis ojos desfilaban las escenas positivas y negativas del futuro de los habitan¬tes de la Tierra, guerras y adelantos, donde surgían los hombres con ideas y hechos creativos y favorables al bien para la vida y que por eso morían asesinados, sentí angustia, y sin poder dar crédito a lo que acababa de ver, suspiré preguntándome "¿Llegará el día en que los humanos sean amigos los unos de los otros?".

-Te aseguro que vendrá. Demorará tal vez, habrá luchas y dificultades, pero la unión y el amor de los seres pondrán un día fin a toda desunión y disgregación- sub¬rayó Zay.

Quispe se persignó. Ivanka lo miró, sonrió y dijo:

-Espero que no te hayas asustado de lo que has visto y si no tienes miedo seguiremos viendo más suce¬sos, ahora de esta zona- acentúo mirándome fijamente.

-No me asustaré, amiga. No importa que yo sea - foráneo; me gustaría ver el futuro de esta región por que la quiero como si fuera mi tierra natal- suplicó él.

-Entonces, allí lo tienes- señaló Ivanka. De pronto, en la pantalla apareció la zona del Callejón de Huaylas. Luego el río Santa mostró su misteriosa cuenca con las ciento sesenta lagunas celosamente resguardadas por los picos nevados de la Cordillera Blanca. A continuación desfilaron los cataclismos que había soportado esa zona en el pasado, desde la explosión del planeta Apu que originó la formación de muchas galaxias. Después de ha¬cernos ver las catástrofes pasadas, la pantalla del tiempo nos mostró las alteraciones que aquella región sufriría en el futuro.

Una avalancha, originada por el desprendimien¬to de un casquete glaciar del Huascarán, arrastró al pue¬blo de Ranrahirca. A continuación apareció otro gigantes¬co alud del nevado del Huascarán, que al rodar por la tierra de temperatura abrigada, originó un huayco aterra¬dor, el cual arrastraba piedras, árboles y rocas. Llenó de lodo las quebradas y sepultó en su camino a la ciudad de Yungay y a muchos miles de personas. Luego, en la pantalla del tiempo surgió algo espantoso: un terremoto sacudía la Cordillera Blanca. La nieve se derrumbaba y las aguas de las lagunas se desbordaban originando un terrorífico aluvión que arrasó todo el territorio. Un triste y desesperante panorama reemplazaron al hermoso paisaje de las aldeas y las ciudades andinas. En el lugar donde habían existido plazas, parques y bellezas naturales, obras maestras de las civilizaciones inca y europea, se veían ahora rocas y barrancos que asustaban. Aquella escena me horrorizó. Miré a Zay y le pregunté cons¬ternado:

-¿Se puede evitar esa catástrofe?¬

-Sí, con una sincera decisión de los hombres se lo¬graría prevenir ése y los otros cataclismos-.

-¡¿Cómo?!- interrogué.

Zay se quedó pensativo unos instantes; luego respondió:
-Organizando una evacuación de todas las ciudades y aldeas que se encuentran en la región; luego se tendría que fundir los nevados con productos químicos o bom¬bardearlos, y después, cuando termine el huayco, reforzar los bordes de las lagunas y poblar la zona de nuevo. Se que eso es trabajoso, pero también es el único modo de evitar la catástrofe y posibilitar la tranquila vida futura en esa región, durante miles de años.

-¿Podrían ustedes impedir esa destrucción?-

-En caso de encontrarnos acá cuando ocurra, si. Lo hemos impedido varias veces, pero si estuviéremos en otro lugar en el espacio, no estará a nuestro alcance. Los obstáculos para la vida existen en todas partes del uni¬verso -continuó Zay-. Ellos, igual que los seres, son producto de casualidades. De pronto surgen, se manifiestan, actúan y se transforman. Más a nosotros, los que estamos soportando su negatividad, nos toca co¬nocerlos científicamente para poder corregirlos. El plane¬ta Apu también ha sufrido un sinnúmero de daños cau¬sados por fenómenos naturales y los seguiría sufriendo aún, si no nos hubiéramos esforzado en investigar para encontrar las soluciones. En Apu tenemos un conjunto de sabios que se dedican a estudiar, conocer y corregir los fenómenos negativos que afectan de uno u otro modo la vida en la galaxia. Para proteger la vida estamos obliga¬dos a una vigilancia permanente y a realizar trabajos especiales, tales como desinfectar el espacio, controlar las manifestaciones atmosféricas y la iluminación, rege¬nerar las especies por medio de la fecundación de células obtenidas por síntesis química. . .

-¿Qué significa "regenerar las especies", amigo? ¬pregunté a Zay por curiosidad.

-Las galaxias, durante sus viajes por el espacio, pa¬san por zonas negativas que atacan a las células en dife¬rentes formas. Las consecuencias de esto empiezan a manifestarse después con decadencias diversas, psíqui¬cas y físicas, que luego de un tiempo influyen en los componentes genéticos, lo cuál es problemático de corregir.

-¿Cómo resuelven esa dificultad, entonces?¬

-Me agrada responderte, amigo -contestó Zay-. El que pregunta tiene interés por saber y eso es una cua¬lidad positiva- recalcó. Luego prosiguió: La única manera de corregir ese fenómeno es la reproducción artificial de los seres.

-¿Cómo se logra eso?¬

-La sociedad apuniana practica dos maneras de procreación: una por el coito, en la Tierra considerado placer individual, y otra es por procedimiento artificial, mediante las células procreativas producidas en laborato¬rio*. En sus dos formas, la procreación es lo más sagra¬do para los apunianos, porque es una creación celular - subrayó-. Sigue viendo la pantalla, amigo- prosiguió Zay. Yo obedecí. En ella apareció un laboratorio equipado con unos aparatos para mí desconocidos. Un hombre de as¬pecto agradable, manipulaba instrumentos y mezclaba ingredientes en un envase de un material parecido a la esponja, que tenía la forma de un enorme riñón posicio¬nado horizontalmente, y luego lo depositó en otro apa¬rato de paredes transparentes.

-¿Para qué sirve este artefacto?- dije de repente.

-Es la máquina acondicionada para la gestación de los futuros bebés- respondió Zay. Estos aparatos -con¬tinuó- se encuentran impregnados densamente de iones positivos y son mucho más efectivos para el perfecto de¬sarrollo del feto que el útero- subrayó.

-¡Mire, señor!- exclamó Quispe de repente, señalán¬dome la pantalla. Le obedecí y vi que el operador del la¬boratorio extraía de aquella rara bolsa un hermoso bebé. A continuación, los hombres y mujeres empezaron a entrar al laboratorio rindiendo un afectuoso saludo, con sonrisas, besos y otras muestras de cariño al nuevo ciu¬dadano. "¡Qué tal costumbre de recibir al recién nacido", medité en silencio.

-Así recibimos a los niños cuando nacen -dijo Zay como respondiendo a mi pensamiento. Un niño, en Apu, es considerado hijo de todos por igual- subrayó.

-Te estás refiriendo, amigo, ¿A los que nacen pro¬creados artificialmente?- pregunté.

-A todos; la forma de procreación no influye en este sentir- respondió él.

-¿O sea que allá no existe amor paternal?- interro¬gué con énfasis.

-Sí, amigo, existe con mucha intensidad: cada apu¬niano, mujer o varón, quiere y acaricia con idéntico afecto a cualquier niño, porque él es el más tierno ciu¬dadano de la sociedad y ésta le brinda su afecto im¬parcial- terminó. Pensé en mi hija. A pesar que el sentir afecto por los demás es la suprema cualidad de los se¬res, aquella costumbre no me gustó. Zay interpretó mi pensamiento, sonrió y mirándome dijo:

-Tienes derecho a opinar según la inspiración que generan tus células, amigo; pero esa es la manera más positiva: querer a todos los seres como a nosotros mismos, es la misión para la que nacemos- afirmó.

Las palabras de Zay suavizaron de repente mi des¬contento y empecé a admitir la rara costumbre de los forasteros sobre los niños y la vida. "El que es capaz de compartir con los hijos ajenos el cariño que siente por los suyos, está cumpliendo la noble misión para la cual ha nacido", pensé recordando las palabras de Zay.

Mientras el Sol avanzaba hacia el poniente, dando fin a aquel día en cuyo trascurso había visto tantos sucesos insólitos que me creaban diversos estados de ánimo, me puse a meditar sobre cada uno de ellos y llegué a la conclusión que los habitantes nos habían hipnotizado para jugar con nosotros. Era, pues, impo¬sible, admitir conscientemente, en el año de mil novecientos sesenta, que el hombre fuera a descender en la Luna, que estuviera fabricando platillos voladores, que en los años próximos ciertos hombres -que en ese tiempo eran sólo simples ciudadanos- se convertirían en los guías positivos de sus pueblos y que por eso morirían trágicamente. Yo no podía admitir que la nieve del Huascarán originara un alud tan gigantesco que sopre¬pasara los altos cerros para tragarse a la ciudad de Yungay en pocos segundos. ¡Quién podría dar créditos a esos pensamientos, utópicos en aquel momento!

Me invadió una sensación de asombro y a pesar de todo pensé que si tuviera la aptitud, escribiría una constancia de todo aquello, en forma de libro, como re¬cuerdo de un sueño. Zay sonrió y con tono suave me dijo:

-Amigo mío, ten la seguridad que si lo deseas since¬ramente, tú podrás escribir libros y crónicas. Solté una carcajada. Esa afirmación me pareció tan inverosímil co¬mo todo lo demás. Me era tan difícil decidirme a escribir una carta a mis familiares ¡y cómo podría creer que estaba en condiciones de escribir un libro! Reí otra vez. Quispe me miró enojado. Mi comportamiento no le pareció correcto y me sugirió que corrigiera mi conducta. Estallé en risa otra vez. Miré el reloj. Al descubrir que eran las dieciocho y treinta, me paré para regresar a Huallanca. Quispe me siguió, nos despedimos y parti¬mos. En el camino no hablé con Quispe de nada. Las escenas que había visto en la pantalla del tiempo, me conmovieron tanto que no tenía ganas de conversar. Cuando me despedí de Quispe, sentí deseos de comprar lápiz y cuaderno. Me sorprendí, pues nunca antes había tenido ganas de escribir. Apenas llegué a la ciudad me fui a la tienda y compré un lápiz y un cuaderno de dos¬cientas hojas.
Al caer la noche empecé a anotar algunos datos de las escenas que había visto en la pantalla. Mi esposa se acercó y creyendo que se trataba de mis anotaciones de trabajo, que acostumbraba a hacer, me sugirió que descansara.

-¿Sabes Mila? -le dije-, esta vez no se trata de los apuntes del trabajo.

-Entonces, ¿que estas haciendo?¬

-Voy a escribir un libro y esto es el comienzo¬ respondí. Ella empezó a reírse con burla; nos reímos los dos largos ratos. No le conté nada de lo que había experi¬mentado, pero sentí un impulso inexplicable de escribir. Al día siguiente medité sobre el destino del Callejón de Huaylas y decidí viajar próximamente a la ciudad de Yun¬gay, distante decenas de kilómetros, para contar al juez del pueblo lo que había visto en la pantalla.

Esperé hasta el jueves 25 de agosto, que era mi día de descanso, me alisté temprano y me fui. Llegué a la ciudad de Yungay antes del mediodía. Me dirigí a la comisaría para que me indicaran la dirección de la oficina del juez, porque pensaba que éste era el único personaje al cual podrían obedecer todos los ciudadanos para tomar medidas ante la catástrofe que había visto en la pantalla.

Un cabo me recibió atentamente. Después de invi¬tarme a entrar me preguntó:

-¿En que le podemos servir, señor?¬

-Necesito la dirección de un juez. ¿Conoce usted alguno?¬

-Sí, señor- respondió el cabo, se paró en la puerta de la comisaría y extendiendo la mano me dijo: Allá, en esa calle, por el hotel, está la oficina del juez Osorio, él va a atenderlo, es un juez muy instruido. Además, dicen que tiene muchos amigos jueces en el Palacio de Justicia de Lima; cualquier caso él lo puede resolver sin dificultad.

-Gracias, amigo- contesté al cabo y me dirigí hacia el lugar señalado. El Sol se encontraba al centro del cielo y las casas no proyectaban sombras en las calles. Las mujeres regresaban del mercado con canastas llenas de verduras y se apuraban para iniciar la preparación del almuerzo. Los niños correteaban por las calles jugando con los perros que les perseguían, y en la plazuela un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, estaban reunidos en círculo alrededor de un violinista que tocaba canciones vernaculares del lugar.

Allá arriba, en las faldas del imponente Huandoy, se escuchaba los balidos de las ovejas acompañados por el agudo sonido de una quena que algún pastor tocaba para alegrarse. Y mientras admiraba las bellezas naturales de aquel lugar, compuestas por huertas floreadas, campos sembrados, parques y nevados, me encontré frente a la oficina del juez Osorio. La puerta estaba abierta; entré sin tocar. Adentro, dos escritorios de madera, cuatro sillas y un hombre sentado tras un escritorio, frente a la puerta de entrada.

De las paredes pendían varios diplo¬mas de estudios y una imagen de Jesucristo. El hombre que se encontraba sentado, hojeaba un voluminoso libro de carátula gruesa y de vez en cuando hacía algunas anotaciones en sus páginas. Cuando entré, levantó la ca¬beza y como si no le importara mi presencia dijo:

-Pase adelante y tome asiento- obedecí y me senté frente a él. Después de algunos minutos levantó la ca¬beza, me miró mostrando mucho aburrimiento y de mala gana me preguntó: ¿Qué desea usted?

-Disculpe, señor, quisiera hablar con el juez Osorio¬ le respondí.

-El juez Osorio soy yo-. ¿Que quiere?

Empecé a contarle lo que había visto en la pantalla. En un principio el juez no prestó atención a mi relato, pero luego dejó de hojear su libro y comenzó a ponerse nervioso como si a su oficina hubiera entrado una fiera salvaje. Permaneció alerta hasta que acabé. Me di cuenta que mi presencia interrumpía su trabajo y eso me inco¬modó. El comprendió mi preocupación. Se mostró un po¬co aliviado, me miró a los ojos, y luego, en tono suave, me dijo:

-Escuche, amigo: entre el nevado de Huascarán y la ciudad de Yungay, hay un cerro cuya altura suma cientos de metros, y entre el cerro y el Huascarán hay una extensa quebrada. Si se derrumbaran cinco Huasca¬rán, con tierra, piedras y nieve, no alcanzarían a llenarla y mucho menos rebasar el cerro para luego abrazara ciudad de Yungay. Me agradaría que se fuera a des¬cansar esta tarde y mañana regrese para ver lo que se podría hacer- dijo sonriendo.

En la expresión del juez encontré una respuesta burlona y comprendí que me tomaba por borracho. No quise insistir más, me paré y salí.

A pesar que me urgía regresar a Huallanca, me que¬dé a pernoctar en Yungay para intentar de nuevo, al día siguiente, explicar al juez la tremenda destrucción que la región podría sufrir en el futuro. Cuando amaneció me alisté y fui a la oficina del juez. Me recibió personalmente y con ánimo alegre me dijo:

-Ayer usted vino a mi oficina para contarme un desastre que sucedería a la ciudad de Yungay; no sé si hoy recuerda eso- manifestó riendo.

-Lo que le conté ayer nunca lo olvidaré; y vengo a contarlo de nuevo. Juez Osorio, medite: supongamos que ocurriera todo lo que le he contado. En esta ciudad están viviendo miles de personas, todos morirían. Haga algo que pueda salvar sus vidas, por favor.

El me miró sorprendido; calló por un instante. Cogió un lápiz y golpeando con él ligeramente, me dijo:

-Señor Vich, o como se llame, ¿ha conversado us¬ted con algún psiquiatra sobre esa destrucción de Yun¬gay que pudiera suceder?¬

-No, señor juez, respondí, comprendiendo su intención-.

-Yo le aconsejaría que vaya en estos días donde uno, conozco a varios buenos médicos. A veces es muy útil conversar con ellos Ayudan mucho, porque poseen un amplio conocimiento de las cosas-.

La expresión del juez me dio a entender que se burlaba de mi explicación, y además me consideraba desequilibrado mental. No intenté Persuadirlo más.

En aquel instante, en mi mente apareció la terrible escena del desastre que había visto en la pantalla unos días antes. La avalancha de lodo, piedra y árboles, tragaban en su remolino a niños, mujeres y hombres, cubriéndolos completamente. Los gritos desesperados de auxilio prorrumpieron en mis oídos terroríficamente. Nada conmueve tanto el corazón humano, como ver al prójimo en desgracia y no poder ayudarlo. Sentí exasperación, me vinieron ganas de gritar e insultar a aquel hombre que con justificada razón, no me hacía caso. Apreté los dientes y los puños con ira, y para no provocar un escándalo, intenté dominar mis nervios.

Al darme cuenta que mis relatos eran considerados como producto de una mente desequilibrada y que nadie me daría crédito, me puse de pie y antes de despedirme del juez le dije:

-Ojala que no haya motivo que le recuerde la sugerencia de este "borracho loco"; ojala, pues, que eso no suceda, pero temo que es inevitable. Le ruego me disculpe por la molestia y adiós.

-Adiós y que le vaya bien, no olvide ir donde un psiquiatra, eso se lo recomiendo en serio, amigo¬ subrayó.

-Procuraré recordarlo, señor, gracias- dije y salí.

Me dirigí a una agencia de viajes que transportaba pasajeros de Yungay a las demás ciudades del Callejón de Huaylas. Enseguida compré un pasaje para Huallanca y a las diez partimos. En el camino empezó a llover. Las ruedas del automóvil que nos llevaba, tropezaban en los baches llenos de agua empozada y los salpicones embarraban los vidrios del parabrisas, lo cual nos obliga¬ba a detenernos frecuentemente para limpiarlos. Cuando llegamos a la ciudad de Caraz, el chofer nos comunicó que interrumpiría el viaje por algunos minutos, para abastecer el auto de agua y combustible. Se detuvo frente a un restaurante, a la entrada de la Plaza de Armas.

Tienen quince minutos a su disposición y si alguien quiere servirse algo puede salir- nos dijo amablemente. Salimos todos, sentía cansancio y angustia; me dirigí al restaurante para tomar un refresco. Cuando llegué a la puerta me puse a observar el interior. La mayoría de las mesas estaban ya ocupadas por varios pasajeros, pero el fondo del local, al lado del mostrador, había una que la ocupaban sólo dos personas, un hombre y una mujer. Me dirigí hacia ellos. Al acercarme, los dos se levantaron. Me sorprendí por tanta cortesía y me fijé en sus rostros para agradecerles por su gesto amable.

En eso sufrí una sorpresa indescriptible: eran los forasteros Zay e Ivanka. Estaban vestidos con ropa característica del lugar, usada a medias, lo que los confundía con auténticos lugareños de clase media. Ivanka me extendió su mano, Zay tam¬bién, y me invitaron a sentarme. Les obedecí. Por un instante pensé que mi mente acababa de sufrir un shock psíquico y sentí miedo. Tal vez habría realizado alguna manifestación incontrolada si el mozo no hubiera llegado en ese instante trayendo tres bebidas. Me dí cuenta que era realidad lo que estaba viendo y eso me tranquilizó.

-Sabemos que soportaste una burla mordaz; fue la segunda. ¿Cómo te sientes?- me preguntó Zay.

-Las burlas no son agradables, pero cuando es por el bien del prójimo, las acepto con alegría- dije, mientras mi pensamiento continuaba afirmando que los extraños eran espías de alguna nación terrestre.

-Sufrir por los demás es la obra suprema y la razón de nuestra existencia- dijo Zay, confirmando mi pensa¬miento, mientras llenaba su vaso. En eso la orden del chofer para ocupar nuestros asientos interrumpió la conversación. Me despedí de Ivanka y Zay y salí. ..

"'¿Quiénes son estos extraños y que están buscan¬do en el Callejón de Huaylas?" . Una vez más, esa in¬cógnita sin respuesta ocupó mi pensamiento durante el resto del camino. . .
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