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Usuario (Corea del Sur)

Julius Robert Oppenheimer (22 de abril de 1904–18 de febrero de 1967) fue un físico estadounidense y el director científico del proyecto Manhattan, el esfuerzo durante la Segunda Guerra Mundial para ser de los primeros en desarrollar la primera arma nuclear en el Laboratorio Nacional de Los Álamos, en Nuevo México, Estados Unidos. Conocido coloquialmente como "El padre de la bomba atómica" pese a que comparte ese mérito con su principal mentor, Enrico Fermi, Oppenheimer expresó su pesar por el fallecimiento de víctimas inocentes cuando las bombas nucleares fueron lanzadas contra los japoneses en Hiroshima y Nagasaki. Al terminar la guerra, fue el jefe consultor de la recién creada Comisión de Energía Atómica y utilizó esa posición para apoyar el control internacional de armas atómicas y para oponerse a la carrera armamentista nuclear entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Sus actitudes frecuentemente provocaron la ira de los políticos hasta el punto que en 1954 se le despojó de su nivel de seguridad, perdiendo el acceso a los documentos militares secretos de su país. Poco a poco su capacidad de influir fue disminuyendo, pero continuó dando charlas y trabajando en física. Diez años más tarde, el Presidente de los Estados Unidos, Lyndon B. Johnson lo condecoró con el Premio Enrico Fermi en un intento de rehabilitarlo políticamente. Robert Oppenheimer nació en Nueva York el 22 de abril de 1904, . Estudió en el Ethical Culture Society School . Durante toda su vida fue un estudiante muy versátil, con buena aptitud tanto para las ciencias como para las artes. Entró en la Universidad Harvard con un año de retraso debido a un ataque de colitis. Durante ese año, viajó con un profesor de literatura ya jubilado para recuperarse en Nuevo México. Regresó bien recuperado compensando su retraso de un año graduándose Summa Cum Laude en sólo tres años en Química. Durante sus estudios en Harvard, Oppenheimer se interesó en la física experimental en la asignatura de termodinámica dictada por el profesor Percy Bridgman, y como para la época no había en los Estados Unidos centros de física experimental de clase mundial, se le sugirió continuar sus estudios en Europa. Fue aceptado como estudiante de postgrado en el famoso Laboratorio Cavendish de Ernest Rutherford. La poca destreza de Oppenheimer en el laboratorio le hizo comprender que su fuerte era la física teórica, no la experimental. En 1926 partió hacia la Universidad de Göttingen para estudiar bajo la supervisión de Max Born. Göttingen era entonces uno de los principales centros en física teórica en Europa, y Oppenheimer hizo amistad allí con otros estudiantes famosos como Paul Dirac y a la edad de 22 años, obtuvo su doctorado en Göttingen, Oppenheimer era conocido por ser un estudiante que aprendía muy rápidamente. El proyecto Manhattan El Proyecto Manhattan era el nombre en clave de un proyecto de investigación llevado a cabo durante la Segunda Guerra Mundial por los Estados Unidos con ayuda parcial del Reino Unido y Canadá. El objetivo final del proyecto era el desarrollo de la primera bomba atómica. La investigación científica fue dirigida por el físico Julius Robert Oppenheimer mientras que la seguridad y las operaciones militares corrían a cargo del general Leslie R. Groves. El proyecto se llevó a cabo en numerosos centros de investigación siendo el más importante de ellos el Distrito de Ingeniería Manhattan situado en el conocido actualmente como Laboratorio Nacional Los Álamos. El proyecto agrupó a una gran cantidad de eminencias científicas (física, química, ciencias informáticas). Dado que tras los experimentos en Alemania previos a la guerra se sabía que la fisión del átomo era posible y que los nazis estaban ya trabajando en su propio programa nuclear no costó reunir a todas aquellas mentes brillantes que eran también pacifistas e izquierdistas en su mayoría. Exiliados judíos muchos de ellos, hicieron causa común de la lucha contra el fascismo aportando su grano de arena a la causa: conseguir la bomba antes que los alemanes. El primer ensayo atómico exitoso ocurrió en el desierto de Alamogordo, en Nuevo México. El artefacto se llamó Trinity y se trataba de una bomba-A de plutonio del mismo tipo que Fat Man, que sería lanzada sobre Nagasaki días después. En la actualidad este lugar está marcado por un monolito cónico negro de silicio resultado de la fusión de la arena bajo el efecto del calor provocado por la explosión. En la carrera por la bomba nuclear, los alemanes tenían el Proyecto Uranio y los soviéticos la Operación Borodino En Göttingen, Oppenheimer publicó muchas contribuciones importantes a la entonces recién desarrollada mecánica cuántica, particularmente, un artículo muy conocido sobre la llamada Aproximación de Born-Oppenheimer, que separa el movimiento nuclear del movimiento electrónico en el tratamiento matemático de las moléculas. En septiembre de 1927, regresó a Harvard como joven experto en física matemática y miembro del Consejo de Investigación Nacional estadounidense, y desde principios de 1928 fue profesor en el Instituto Tecnológico de California (Cal. Tech.). Estando allí, recibió múltiples ofertas de diversas Universidades y aceptó un puesto de profesor asistente en física en la Universidad de California en Berkeley, compatible con su puesto en Cal. Tech. Según sus palabras, Berkeley "era un desierto," y paradójicamente un lugar sembrado de oportunidades. Cada primavera, Oppenheimer enseñaba en Cal. Tech. para mantenerse al día con la investigación en su área. Oppenheimer entabló amistad con Linus Pauling y habían planeado trabajar juntos en investigación, pero esto nunca se concretó. Antes de comenzar a dar clases en Berkeley, Oppenheimer sufrió de tuberculosis, y debió pasar algunas semanas en un rancho en Nuevo México junto con su hermano. Más adelante adquiriría ese rancho y solía decir que la física y el campo desértico eran sus dos grandes amores; amores que se combinaron más adelante al escoger el sitio de Los Álamos para las instalaciones del proyecto de la bomba. Luego de un período de recuperación, regresó a Berkeley, donde dirigió a toda una generación de físicos que lo admiraban por su altura intelectual y sus amplios intereses. El Premio Nobel de Física Hans Bethe más adelante diría sobre él: Probablemente el ingrediente más importante que Oppenheimer agregaba a sus clases era su gusto exquisito. Siempre sabía cuáles eran los problemas importantes, como se observa en su selección de temas. Realmente vivía esos problemas, buscando una solución y comunicando su preocupación al grupo. Oppenheimer fue amigo y trabajó estrechamente con el físico experimental Ernest O. Lawrence y su grupo pionero en trabajos con el ciclotrón, ayudando a comprender los nuevos datos experimentales que producían con sus equipos en el Laboratorio de Radiación A Oppenheimer se le atribuye el haber fundado la escuela estadounidense de física teórica; era reputado por su eclecticismo, su interés por los idiomas, la filosofía oriental y la elocuencia y claridad con la cual pensaba. Pero tuvo también una vida turbulenta, y sufrió períodos de depresión. Una vez escribió a su hermano: Necesito más la física que los amigos. Era un hombre alto, delgado, fumador continuo, que a veces olvidaba comer durante sus períodos de concentración individual. Algunos de sus amigos pensaban que Oppenheimer tenía tendencias auto destructivas y en varias ocasiones sus colegas se preocuparon por su melancolía e inseguridad. Siendo estudiante en Cambridge, una vez viajó en vacaciones a París para encontrarse con su amigo Francis Ferguson y mientras le narraba su frustración con la física experimental repentinamente se le acercó y trató de estrangularlo. Ferguson lo detuvo con facilidad, pero el incidente dejó convencido a Ferguson de sus profundos problemas psicológicos. Oppenheimer desarrolló numerosas afecciones, probablemente en un intento de convencer a su entorno y posiblemente a sí mismo de su propia importancia. Tenía un fuerte poder de convencimiento en su trato personal, pero de gran timidez en público. Sus colegas tendían a dividirse en dos campos: Aquellos que admiran su genialidad y aquellos que veían en sus actos posturas pretenciosas e inseguras. Sus estudiantes están casi todos en el primer grupo, generalmente adoptando sin darse cuenta gestos y hasta la forma de caminar y hablar.

Fiódor Dostoievski-Crimen y Castigo Crimen y castigo (1866), considerada por la crítica como la primera obra maestra de Dostoievski, es un profundo análisis psicológico de su protagonista, el joven estudiante Raskolnikov, cuya firme creencia en que los fines humanitarios justifican la maldad le conduce al asesinato de un usurero petersburgués. Pero, desde que comete el crimen, la culpabilidad será una pesadilla constante con la que el estudiante será incapaz de convivir. El estilo enfebrecido y compasivo de Dostoievski sigue con maestría única los recovecos de las contradictorias emociones del estudiante y refleja la lucha extrema que libra con su conciencia mientras deambula por las calles de San Petersburgo. Ya en prisión, Raskolnikov se da cuenta de que la felicidad no puede ser alcanzada siguiendo un plan establecido a priori por la razón: ha de ganarse con sufrimiento. Crimen y castigo alcanza su categoría de obra maestra por su conmovedor dibujo de la lucha interna de un hombre contra su espíritu enfermo, y por la intensidad de su narrativa Jonatha Kellerman-La rama rota El suicidio de un violador de niños, una red oculta de pervertidos, todos ellos gentes de clase alta y una aterrada niña que podría atar cabos sueltos... si el psicólogo infantil Alex Delaware logra hacerle recordar los horrores de los que ha sido testigo. Pero cuando lo hace, la policía parece falta de interés. Obsesionado por un caso que pone en peligro tanto su carrera como su vida, Alex queda atrapado en una telaraña de maldad, acercándose más y más a un antiguo secreto que hace incluso que el asesinato parezca un asunto limpio. Ira Levin-Los niños del Brasil "Noventa y cuatro hombres tienen que morir en las fechas señaladas y en un plazo de dos años y medio. Todos tienen 65 años. Un solo hombre poseía la clave de lo que estaba ocurriendo, pero lo que afirmaba era que estaba loco. Y no lo estaba. Al contrario, él era el único que podía impedir que murieran 94 personas. Así comienza una desesperada carrera contra el tiempo, una lucha titánica contra una organización tan disciplinada y perfecta que asesina nada más que porque esas son las órdenes. Las víctimas tienen diversas nacionalidades y ocupaciones. Viven en distintos lugares y entre ellos parecería no haber nada en común. Sin embargo, están en una lista y comienzan a morir. Jack Higgins-Ha llegado el aguila En 1943, en plena II Guerra Mundial, un comando alemán formado por 16 paracaidistas planea secuestrar al primer ministro británico Winston Churchill, que tiene previsto descansar unos días en un pueblo del condado de Nortfolk. La misión ha sido encomendada al Coronel Steiner, cuya sentencia de muerte por oposición al genocidio ha sido suspendida, y a un irlandés, Liam Davlin. Los paracaidistas alemanes aterrizan en tierras inglesas y se dirigen hacia el pueblo disfrazados con uniformes polacos. Todo transcurre según lo previsto; sólo queda aguardar la inminente llegada de Churchill. Ken Follet-Los pilares de la tierra El gran maestro de la narrativa y el suspense nos transporta a la Edad Media, a un fascinante mundo de reyes, damas, caballeros, pugnas feudales, castillos y ciudades amuralladas. El amor y la muerte se entrecruzan vibrantemente en este magistral tapiz cuyo centro es la construcción de una catedral gótica. La historia se inicia con el ahorcamiento público de un inocente y finaliza con la humillación de un rey. Los pilares de la tierra es la obra maestra de Ken Follett y constituye una excepcional evocación de una época de violentas pasiones. Dean R. Koontz-Nocturno Victima de una rara enfermedad cutánea, Christopher Snow había aprendido a vivir en la oscuridad. El mundo de las tinieblas lo había formado y siempre le había resultado un lugar tan pacífico y habitable. Pero, desde la muerte de su padre, Chis empezaría a experimentar un extraño miedo nocturno. La inquietante sensación de sentirse observado, de percibir una bestia al acecho, comenzaría a socavar su existencia. Sin saberloo, Chris formaba parte de ese juego desde su nacimiento Albert Camus-El extranjero El protagonista, el señor Meursault, comete un absurdo crimen y, a pesar de sentirse inocente, jamás se manifestará contra su ajusticiamiento ni mostrará sentimiento alguno de injusticia, arrepentimiento o lástima. La pasividad y el escepticismo frente a todo y todos recorre el comportamiento del protagonista: un sentido aburrido de la existencia y aun de la propia muerte. Adolfo Bioy Casares-La invención de Morel El fugitivo comienza un diario luego de que turistas llegan a la isla desierta en la cual él se esconde. Aunque él considera esta presencia un milagro, el tiene temor que ellos lo puedan atrapar y entregarlo a las autoridades. Se refugia en los pantanos cuando ellos ocupan el museo que se encuentra en la cima de la colina, que era el sitio en el cual él vivió hasta entonces. A través del diario descubrimos que el fugitivo es un escritor venezolano sentenciado a reclusión perpetua. Él cree que se encuentra en la isla (imaginaria) de Villings, parte del archipiélago de islas Ellice (actualmente Tuvalu), aunque no está seguro. Todo lo que sabe a ciencia cierta es que en la isla existe una extraña enfermedad cuyos síntomas son similares a los del envenenamiento por radiación. Jorge Luis Borges-El Aleph El Aleph es un libro de cuentos compuesto por el escritor y poeta argentino Jorge Luis Borges. Fue publicado en 1949, y reeditado por el autor en 1974. Característico del escritor bonaerense, sus textos hacen uso de una infinidad de fuentes y bibliografías, y mediante ellas reconstruye los mitos y las metáforas de la tradición literaria universal.
El historiador Jorg Friedrich y el novelista Gunter Grass abrieron en su día la caja de los truenos cuando quisieron exponer y llevar a debate algunas y controvertidas políticas bélicas que los aliados ejecutaron durante la Segunda Guerra Mundial. Las alusiones de ambos se centraban en los ataques deliberados e indiscriminados contra poblaciones civiles. org Friedrich se centró de forma particular en como los mandos militares aliados ElincendioJorgFriedrichinvolucraron deliberadamente a la población civil alemana en los bombardeos de saturación para desmoralizar y fomentar una especie de “golpe interno” lo que en teoría llevaría a acelerar la caída del Tercer Reich. La estrategia de bombardeo estratégico de los aliados se comenzó a especificar durante el verano de 1941. Conocido como “moral bombing”, la estrategia también buscaba de forma especial, minar el tejido social alemán, en especial la mano de obra mediante el asesinato de cientos de miles de personas que residían en las grandes ciudades. El resultado, no menos de 600.000 muertes civiles entre ellos 75.000 niños. ras finalizar la guerra, gran parte de la sociedad alemana quedó traumatizada por el grado de devastación que sufrió el país y por las atrocidades ejecutadas por el Tercer Reich en su propio país y en los países vecinos. Este trauma se convirtió durante muchos años en una conciencia de culpa ya fuera por colaboración indirecta, por no atreverse a rebelarse, por haber denunciado a un vecino o por haber creído en una banda de criminales sin escrúpulos que incluso asesinaban en secreto a aquellos que consideraban “inferiores mentales”. En las últimas décadas surgieron voces aisladas pero firmes en Alemania que pedían aún con la propaganda-bombardeosvoz baja el derecho de los alemanes al recuerdo de sus propias victimas civiles. Estas voces se hicieron oír más y terminaron por desatar una polémica que no se abrió por elogiar o defender a los militares o al personal militar caído en combate, sino por el simple recuerdo de las victimas inocentes alemanas. Este debate, de gran actualidad, suscita la pregunta clave acerca de si realmente fueron tan necesarios los bombardeos de los aliados sobre zonas civiles que causaron un horror espantoso. Existía y existe un gran riesgo de ser catalogado de revisionista además de estar expuesto a los ataques de los investigadores británicos que consideran que se esta cuestionando la moralidad de su héroe nacional, Winston Churchill. Hasta ahora la tesis “oficial” era que todas las atrocidades ocurridas durante la Segunda Guerra Mundial, eran obra exclusiva de Hitler y por tanto salirse de ese guión, supondría cuanto menos un error. El diario inglés Daily Mail expresó en su momento que Jorg Friedrich “tergiversa los hechos históricos para justificar los crímenes de Hitler” y el The Independent en una editorial comentaba que “Estoy dispuesto a presentar mis excusas a los indios, a los descendientes de los esclavos africanos que nosotros hemos deportado, a todas las razas que hemos sometido, pero no a los alemanes“. El nieto de Winston Churchill expresó a la BBC: “Quien comenzó la guerra, quien invadió Checoslovaquia, Polonia ….? Quien comenzó los bombardeos destinados a aterrorizar a la población?...”. Otro ejemplo de cierre de filas fue la opinión de Richard Overy, profesor del King’s College de Londres que declaró a Liberation que los bombardeos no representaban acto de venganza, sino de actos de guerra “estrechamente vinculados a las operaciones terrestres“. Otros británicos no menos ilustres si tuvieron serias dudas mientras se producían los hechos tratados. Tal es el caso de George Bell que se dirigió a la Camara de los Lores, en 9 de abril de 1944 con estas palabras. “Cómo es posible que el Ministerio de la Guerra no entienda que la devastación progresiva de las ciudades es una amenaza para las raíces de la civilización misma? Los aliados representan algo mas que el mero poder. Sobre nuestra bandera destaca la palabra Ley“. En la misma línea Richard Strokes, diputado laborista, sugirió el 6 de marzo de 1945, durante el debate parlamentario a cuenta del bombardeo de Dresde que “Desde mi punto de vista, no se pueden admitir bajo ningún concepto los bombardeos de terror“. Al menos 160 ciudades de más de 100.000 habitantes fueron atacadas desde el aire por los aliados, principalmente por la aviación británica, liderada por Bombardero Harris. El circulo del mariscal del aire Arthur Harris, era partidario acerrimo del bombardeo estratégico y querían devolver de forma centuplicada los daños que la Luftwaffe había provocado en Inglaterra. En total los bombarderos aliados soltaron 1,27 millones de toneladas de bombas sobre territorio alemán. El libro de Friedrich, Der Brand (El incendio) relata la memoria de las victimas de aquellos bombardeos, una tarea que hasta entonces nadie se había encargado de recopilar de la forma en que lo ha hecho este. El libro recoge principalmente de actas de la policía que interrogaba a los supervivientes tras terminar el bombardeo. Uno de los ‘raids’ aéreos, la operación sobre Wuppertal, fue considerada como un gran éxito y el Times comentó que ninguna otra ciudad industrial alemana había sido borrada del mapa como esta. Se tardó semanas en contarse las víctimas. El 80% de los edificios fueron destruidos y 3400 personas murieron. En este ataque se utilizaron por primera vez de forma “exitosa” las bombas incendiarias y desde entonces se haría uso de estas de forma masiva y terrorífica. La ofensiva aérea aliada llegó a su cenit entre enero y mayo de 1945, cuando ya era conocido el colapso cercano de la maquinaria de guerra nazi. Sin embargo las bombas siguieron cayendo sin piedad y según algunas fuentes, el 80% de las bombas que alcanzaron Alemania desde el aire fueron lanzadas a partir de agosto de 1944, cuando el final de la guerra estaba tan cerca como ineficaz se volvía el Ejército alemán. Otros bombardeos se hicieron célebres por la saña y las nuevas técnicas de destrucción que se emplearon. El calamitoso bombardeo de Dresden constó de cuatro ataques aéreos consecutivos que se realizaron entre el 13 y el 15 de febrero de 1945, doce semanas antes de la capitulación de la Alemania nazi. Mil bombarderos pesados, dejaron caer más de 4.000 toneladas de bombas altamente explosivas junto con todo tipo de dispositivos incendiarios e incluso bidones cargados con fósforo. Toda esa mezcla se lanzó de forma deliberada con la intención de crear tormentas de fuego que consumieron el centro histórico de la “Florencia del Elba” en la que no menos de 18.000 personas perecieron. Pero si Dresden se hizo desgraciadamente famosa y fue una catástrofe de proporciones descomunales, los bombardeos Hamburgo provocaron 40.000 muertes. Peor aún, la campaña de bombardeo sobre Tokio iniciada el 24 de noviembre de 1944, se convirtió en el bombardeo no-nuclear mas destructivo de la historia. Las casas japonesas bombardeo-Tokyode madera, fueron fácil presa del fuego y los incendios se extendieron por la ciudad sin apenas posibilidad de ser extinguidos. Los americanos, conocedores de ello, llegaron a lanzar 42.700 toneladas de napal, sólo en en julio de 1945. Los bombardeos se prolongaron hasta el 8 y el 10 de agosto y en total provocaron la muerte de 100.000 japoneses. En el libro, “A paso de cangrejo”, de Gunter Grass, el escritor declaró: “Nunca deberíamos haber silenciado este sufrimiento solo por el hecho de que nuestra culpa era omnipresente y nuestros lamentos ocuparon todos estos años, mientras dejábamos que la ultra derecha se apropiara de esa realidad“. El escritor vino a recordar otros acontecimientos traumáticos que o bien han sido ignorados o no se les ha dado la relevancia que se merecen ya que fueron victimas alemanas civiles las que perecieron. Una de estas catástrofes en las que se centro Grass, fue el hundimiento del trasatlántico alemán Wilhelm Gustloff al final de la Segunda Guerra Mundial. El 30 de enero de 1945 este buque alemán transportaba cerca de 10000 civiles, principalmente refugiados y tras ser torpedeado por submarino soviético, se hundió en apenas una hora falleciendo en él entre 8800 y 9300 personas. Tan sólo 3 meses después del hundimiento del Wilhelm Gustloff un nuevo submarino soviético ataca y hunde en tan sólo 7 minutos al barco hospital alemán MS Goya, lleno también de refugiados. Perecen entre 6100 y 7000 personas.Wilhelm-Gustloff Días antes de finalizar la guerra, tres cargueros y un buque de gran tamaño, el trasatlántico Cap Arcona, fueron bombardeados y ametrallados por la Royal Air Force británica en la bahía de Lübeck (mar Báltico) el 3 de mayo de 1945 en la que ha sido una de las mayores catástrofes navales de toda la Historia. El caso del Cap Arcona y los tres cargueros que le acompañaban, es en parte diferente ya que las victimas no eran alemanas sino prisioneros procedentes de campos de concentración. Los alemanes ante el avance soviético y el cercano fin de la guerra, decidieron evacuar a miles de prisioneros del campo de concentración de Neuengamme tratando de eliminar todas las huellas para encerrarlos posteriormente en buques y hundirlos en alta mar. El Cap Arcona junto con los cargueros Thielbek, Athen y Deutschland cumplirían con tan macabro plan. Antes de que los submarinos alemanes dispararan sus torpedos contra los buques, cuatro escuadrones de cazabombarderos Typhoon se prepararon para atacar. Anteriormente un avión inglés había recibido fuego antiaéreo durante un vuelo de reconocimiento, procedente de tropas alemanas aún presentes en los buques. La RAF ignorando (según la versión oficial) la presencia de los prisioneros en los buques, inició el ataque bombardeando y ametrallando los barcos. El Thielbek izó una bandera blanca pero cap-arconafué ignorada. La aviación continuó atacando los buques sin oposición e incluso ametrallaba a aquellos que se habían lanzado a las gélidas aguas y que seguramente ahora sí eran distinguibles como prisioneros de guerra. Sólo 316 personas pudieron salvarse, 7500 prisioneros de 28 nacionalidades (en su mayoría rusos y polacos de los campos de concentración) fueron asesinados durante 30 minutos de incursión aérea. Hasta 1971, siguieron llegando a la costa restos humanos del Cap Arcona, “Rey del Atlántico Sur”, nave almirante de la flota de trasatlánticos alemanes y buque de lujo de tres chimeneas. Según la versión dada por los británicos, el avión de reconocimiento que sobrevoló la bahía, lo hacia a 10.000 pies por lo que no pudo distinguir a los prisioneros. También se esgrimió como pretexto, la presencia de una flotilla militar alemana junto a los cuatro buques. En el año 2000, el historiador Wilhelm Lange expuso como los británicos eran conscientes de la existencia de estos buques prisión un día antes de los bombardeos sin embargo esta información no se dio a conocer. El crimen de guerra del Cap Arcona es el culmen a muchas de las injustificadas e innecesarias atrocidades que perpetraron los aliados durante la Segunda Guerra Mundial y que nunca han sido tratadas por historiadores y mucho menos aparecen o aparecerán en libros escolares.
La Maldición Poltergeist La maldición de Poltergeist. Una serie de muertes inexplicables se sucedieron durante el rodaje la trilogía de Poltergeist. Muertes que afectaron a diferentes miembros del rodaje. ¿Verdadero o falso? Desgraciadamente este caso es verdadero. La intérprete de la hija adolescente de la atemorizada familia, la joven Dominique Dunne, hermana de Griffin Dunne, moría a manos de un antiguo novio. A esta se unieron posteriormente las muertes de Julian Beck, de cáncer de estómago, y Will Sampson, el conocido intérprete con rasgos indios de Alguien voló sobre el nido del cuco, que falleció tras complicarse una operación de corazón a la que fue sometido. Por último, la joven Heather O'Rourke moría repentinamente a los 12 años de edad tras una poco común infección intestinal. 2. La Muerte de Brandon Lee La muerte del Brandon Lee filmada en El Cuervo. El hijo de Bruce Lee murió a los 27 años de un disparo accidental durante el rodaje de esta película. Se dice se comenta que la escena puede verse en la película. ¿Verdadero o falso? Ni verdadero, ni falso.... está sin confirmar, lo único confirmado es que la policía se incautó del negativo. 3. El Misterioso Rodaje de ''La Profecia'' El misterioso rodaje de La profecía. El rodaje de esta película estuvo rodeado de misterios y muertes extrañas según se cuenta. ¿Verdadero o falso? Verdadero, el propio Richard Donner, director de la cinta, comenta en los extras del DVD que además de sucesos inexplicables, hubo gente que murió en extrañas circunstancias de las maneras más horrorosas posibles. 4. Las Muertes reales de ''Holocausto Caníbal'' Las Muertes reales de Holocausto Canibal. Segun el rumor, se cuenta que el director de esta famosa pelicula había sacrificado a los propios actores de la pelicula para que las muertes fueran mas reales ¿Verdadero o Falso? En parte verdadero y en parte falso. Si hubo muertes reales en Holocausto Canibal, pero no de actores de la pelicula, si no de animales. Hasta llegaron a detener al propio director de la pelicula. 5. Sylvester Stallone, actor porno Sylvester Stallone, actor porno. Parece que la super-estrella de Rocky y Rambo comenzó su carrera cinematográfica en otro género diferente al de la acción. Según se comenta lo hizo rodando una película porno en la década de los 70. ¿Verdadero o falso? Verdadero, Stallone hizo el papel protagonista de The Party at Kitty and Stud's, una cinta clasificada X por la que se dice que cobró 200 dólares. 6. El anuncio de Bette Davis en prensa El anuncio de Bette Davis en prensa. 'Se ofrece actriz con 30 años de experiencia en el cine y todavía animosa. Con dos Oscar', era lo que rezaba el anuncio que puso la actriz en un periódico para buscar trabajo cuando, tras una importante y prestigiosa carrera como actriz, entrase en decadencia y ningún estudio contase con ella para rodar película alguna. ¿Verdadero o falso? Verdadero, además, tras el anuncio consiguió papel protagonista de Qué fue de Baby Jane. El Fantasma de ''Tres Hombres y un Bebe'' 7. El Fantasma de ''Tres Hombres y un Bebe'' El fantasma de Tres hombres y un bebé. En uno de los fotogramas de la película se ve una silueta o imagen extraña detrás de la cortina de una ventana. A partir de ello corrió la leyenda de que se trataba de la aparición de un niño, supuestamente fallecido en aquella misma habitación años antes. La bola de nieve se hizo cada vez más grande, hasta llegar a afirmarse que el chaval se suicidó en esa misma habitación arrojándose por la ventana. ¿Verdadero o falso? Falso, lo que se ve en la imagen no es ninguna aparición fantasmagórica, se trata de una reproducción en miniatura del propio Ted Danson, que por entonces estaba realizando una campaña de publicidad y dejó descuidada su propia imagen de cartón que acabó apareciendo en pantalla. La Nube de ''El Rey Leon'' 8. La Nube de ''El Rey Leon'' La nube de El Rey León. En una escena de la popular película de Disney en la que Simba aparece deprimido en el borde de un desfiladero y en la que la perspectiva nos permite contemplar el cielo, hay dibujada una nube cuyas formas trazan la palabra 'sex' (sexo). Se ha dicho que se trataba de un mensaje subliminal. ¿Verdadero o falso? Es difícil de determinar. Lo cierto es que, con un poco de imaginación, se puede leer la palabra. La cuestión es: ¿se hizo premeditadamente para servir de mensaje subliminal? Lo dudamos. 9. El epitafio de Groucho Marx El epitafio de Groucho Marx. Se ha dicho en numerosas ocasiones que sobre la lápida del actor situada en el Eden Memorial Park de San Fernando (Los Ángeles) está escrita la frase 'perdonen que no me levante'. ¿Verdadero o falso? En realidad se trata de un falso mito, en la tumba sólo se puede leer su nombre y la fecha de su nacimiento y muerte, además de una estrella de David. La Leyenda de la Bruja Blair 10. La Leyenda de la Bruja Blair Imágenes reales en El proyecto de la bruja de Blair. Esta pequeña producción se convirtió en un gran éxito de taquilla inesperado. Como en casi toda película de terror que se precie, corrió sobre ella un rumor. Se decía que el metraje de la película, rodada cámara en mano, incluía imágenes reales ya que se trataba del material rodado por tres estudiantes que desaparecieron mientras grababan un documental sobre una mítica bruja. ¿Verdadero o falso? Totalmente falso. La leyenda urbana fue producto de la campaña promocional que se hizo de la película, muy al estilo de la anterior Holacausto Canibal. Por otra parte, tan sólo hace falta quedarse a ver los títulos de crédito finales de la película para leer 'All characters are fictional...'. 11. El Suicidio en ''El Mago de Oz'' El Suicidio del Mago de Oz. Dorothy, el hombre de hojalata y el de paja cantan alegremente por el incomparable camino de baldosas amarillas de El Mago de Oz (1939). En el fondo del plano general se aprecia una figura en movimiento... una figura que según cuenta la leyenda se está suicidando (ahorcándose) justo en ese mismo momento. Dependiendo de las fuentes, unos dicen que la persona que se quita la vida es un técnico y otros que es uno de los actores que hace de enano en el mundo de Oz. ¿Verdadero o Falso? Tal y como comenta el escritor Stephen Cox, en su libro homenaje The Munchkins of Oz (1989), y tal y como se puede ver (casi) claramente en las imágenes del momento, el supuesto suicidio no es más que un ave moviendo la cabeza y abriendo las alas, una grulla utilizada para el diseño de producción. De momento, el único suicidio oficial relacionado con la película es el de la actriz Judy Garland (Dorothy) en 1969. 12. Concurso de imitadores de Charlot Concurso de imitadores de Charlot. La rumorología señala que el actor Charles Chaplin se presentó a un concurso de imitadores de Charlot y que, sin embargo, no ganó, sólo quedó en segundo lugar. ¿Verdadero o falso? Otra 'leyenda urbana' sin confirmar. 13. Las habilidades de Errol Flynn Las habilidades de Errol Flynn. Del protagonista de Robin Hood de los bosques llegó a afirmarse que tenía la habilidad de tocar el piano... y no con las manos, sino con otra parte más íntima de su cuerpo. Hay quien aseguró que el actor era capaz de tocar el piano con el pene y que así lo hacía en las orgías que celebraba en su casa cuando alcanzaba el estado de plena intoxicación etílica. ¿Verdadero o falso? Una leyenda urbana que está sin confirmar. Él mismo reconocía que sus grandes pasiones fueron las buenas peleas, el whisky añejo y las mujeres jóvenes, pero jamás habló de su 'extraña pasión' por la música. 14. Los Seis Dedos de Marilyn Monroe Los seis dedos de Marilyn Monroe. Sobre esta rubia, mito del cine, circulan un par de rumores o leyendas negras. La primera que tenía seis dedos en cada pie. El rumor se extendió a partir de unas fotos borrosas de la actriz tomadas en la playa. ¿Verdadero o falso? Falso, la actriz tenía cinco dedos en cada pie, como la mayoría de los seres humanos. Sin embargo, sí se considera verdad la el hecho de que ella pusiera un anuncio en el periódico buscando compañía. Un anuncio al que nadie contestó. 15. Monopatines voladores de ''Regreso al futuro'' Monopatines voladores de Regreso al futuro. ¿Os acordáis de los monopatines voladores que Michael J. Fox utilizaba en este filme? Pues corrió la noticia de que iban a ser comercializados al gran público. ¿Verdadero o falso? Evidentemente, esos monopatines jamás se fabricaron ni fueron puestos a la venta, se trató de un gran bulo. 16. Stanley Kubrick y Hal 9000 Stanley Kubrick y Hal 9000: El director pidió permiso a la empresa de ordenadores IBM para llamar al ordenador de 2001: Una odisea del espacio con ese nombre. Al serle denegado, llamó a esta computadora de inteligencia artificial HAL, que son las letras anteriores a cada una de las siglas IBM. ¿Verdadero o falso? En realidad HAL es el nombre del acrónimo del inglés Heuristically programmed ALgorithmic computer. El escritor y co-guionista del filme ha señalado en alguna ocasión: 'a esta altura, cualquier idiota debería saber que HAL significa Heuristic ALgorithmic' 17. El Doble Muerto de ''Ben-Hur'' Muerte de un especialista en Ben-Hur. Esta es otra de las grandes leyendas del cine, por la que se afirma que durante el rodaje de la carrera de cuadrigas de Ben-Hur un doble del actor Stephen Boyd acabó muriendo. Es más, se comenta que William Wyler, el director, introdujo la escena de la muerte en el montaje final para mayor indignación de la viuda del difunto. ¿Verdadero o falso? Falso, lo tuvieron que negar los responsables de la cinta, y en su biografía, Charlton Heston también niega que esto sucediese en realidad. 18. El Oscar de Marisa Tomey El Oscar de Marisa Tomey. Una de las grandes leyendas urbanas que corren alrededor de los Oscar es la que concierne al Oscar conseguido por la actriz Marisa Tomey. Se dice que el premio no fue totalmente legítimo, sino que más bien se deió al error que cometió Jack Palance al leer mal la papeleta de Mejor Actriz Secundaria y premió a la protagonista de Mi primo Vinnie. Premio bastante sorprendente, sobre todo por las rivales con las que competía (Vanessa Redgrave entre ellas). ¿Verdadero o falso? En principio, falso. Es más, ante la intensidad del rumor, la Academia intervino y dijo que, en caso de error, los notarios habrían intervenido.
Impia tortorum longas hic turba furores Sanguina innocui, nao satiata, aluit. Sospite nunc patria, fracto nunc funeris antro, Mors ubi dira fuit vita salusque patent. (Cuarteto compuesto para las puertas de un mercado que ha de ser erigido en el emplazamiento del Club de los Jacobinos en París.) Sentía náuseas, náuseas de muerte después de tan larga agonía; y, cuando por fin me desataron y me permitieron sentarme, comprendí que mis sentidos me abandonaban. La sentencia, la atroz sentencia de muerte, fue el último sonido reconocible que registraron mis oídos. Después, el murmullo de las voces de los inquisidores pareció fundirse en un soñoliento zumbido indeterminado, que trajo a mi mente la idea de revolución, tal vez porque imaginativamente lo confundía con el ronroneo de una rueda de molino. Esto duró muy poco, pues de pronto cesé de oír. Pero al mismo tiempo pude ver... ¡aunque con qué terrible exageración! Vi los labios de los jueces togados de negro. Me parecieron blancos... más blancos que la hoja sobre la cual trazo estas palabras, y finos hasta lo grotesco; finos por la intensidad de su expresión de firmeza, de inmutable resolución, de absoluto desprecio hacia la tortura humana. Vi que los decretos de lo que para mí era el destino brotaban todavía de aquellos labios. Los vi torcerse mientras pronunciaban una frase letal. Los vi formar las sílabas de mi nombre, y me estremecí, porque ningún sonido llegaba hasta mí. Y en aquellos momentos de horror delirante vi también oscilar imperceptible y suavemente las negras colgaduras que ocultaban los muros de la estancia. Entonces mi visión recayó en las siete altas bujías de la mesa. Al principio me parecieron símbolos de caridad, como blancos y esbeltos ángeles que me salvarían; pero entonces, bruscamente, una espantosa náusea invadió mi espíritu y sentí que todas mis fibras se estremecían como si hubiera tocado los hilos de una batería galvánica, mientras las formas angélicas se convertían en hueros espectros de cabezas llameantes, y comprendí que ninguna ayuda me vendría de ellos. Como una profunda nota musical penetró en mi fantasía la noción de que la tumba debía ser el lugar del más dulce descanso. El pensamiento vino poco a poco y sigiloso, de modo que pasó un tiempo antes de poder apreciarlo plenamente; pero, en el momento en que mi espíritu llegaba por fin a abrigarlo, las figuras de los jueces se desvanecieron como por arte de magia, las altas bujías se hundieron en la nada, mientras sus llamas desaparecían, y me envolvió la más negra de las tinieblas. Todas mis sensaciones fueron tragadas por el torbellino de una caída en profundidad, como la del alma en el Hades. Y luego el universo no fue más que silencio, calma y noche. Me había desmayado, pero no puedo afirmar que hubiera perdido completamente la conciencia. No trataré de definir lo que me quedaba de ella, y menos describirla; pero no la había perdido por completo. En el más profundo sopor, en el delirio, en el desmayo... ¡hasta la muerte, hasta la misma tumba!, no todo se pierde. O bien, no existe la inmortalidad para el hombre. Cuando surgimos del más profundo de los sopores, rompemos la tela sutil de algún sueño. Y, sin embargo, un poco más tarde (tan frágil puede haber sido aquella tela) no nos acordamos de haber soñado. Cuando volvemos a la vida después de un desmayo, pasamos por dos momentos: primero, el del sentimiento de la existencia mental o espiritual; segundo, el de la existencia física. Es probable que si al llegar al segundo momento pudiéramos recordar las impresiones del primero, éstas contendrían multitud de recuerdos del abismo que se abre más atrás. Y ese abismo, ¿qué es? ¿Cómo, por lo menos, distinguir sus sombras de la tumba? Pero si las impresiones de lo que he llamado el primer momento no pueden ser recordadas por un acto de la voluntad, ¿no se presentan inesperadamente después de un largo intervalo, mientras nos maravillamos preguntándonos de dónde proceden? Aquel que nunca se ha desmayado, no descubrirá extraños palacios y caras fantásticamente familiares en las brasas del carbón; no contemplará, flotando en el aire, las melancólicas visiones que la mayoría no es capaz de ver; no meditará mientras respira el perfume de una nueva flor; no sentirá exaltarse su mente ante el sentido de una cadencia musical que jamás había llamado antes su atención. Entre frecuentes y reflexivos esfuerzos para recordar, entre acendradas luchas para apresar algún vestigio de ese estado de aparente aniquilación en el cual se había hundido mi alma, ha habido momentos en que he vislumbrado el triunfo; breves, brevísimos períodos en que pude evocar recuerdos que, a la luz de mi lucidez posterior, sólo podían referirse a aquel momento de aparente inconsciencia. Esas sombras de recuerdo me muestran, borrosamente, altas siluetas que me alzaron y me llevaron en silencio, descendiendo... descendiendo... siempre descendiendo... hasta que un horrible mareo me oprimió a la sola idea de lo interminable de ese descenso. También evocan el vago horror que sentía mi corazón, precisamente a causa de la monstruosa calma que me invadía. Viene luego una sensación de súbita inmovilidad que invade todas las cosas, como si aquellos que me llevaban (¡atroz cortejo!) hubieran superado en su descenso los límites de lo ilimitado y descansaran de la fatiga de su tarea. Después de esto viene a la mente como un desabrimiento y humedad, y luego, todo es locura -la locura de un recuerdo que se afana entre cosas prohibidas. Súbitamente, el movimiento y el sonido ganaron otra vez mi espíritu: el tumultuoso movimiento de mi corazón y, en mis oídos, el sonido de su latir. Sucedió una pausa, en la que todo era confuso. Otra vez sonido, movimiento y tacto -una sensación de hormigueo en todo mi cuerpo-. Y luego la mera conciencia de existir, sin pensamiento; algo que duró largo tiempo. De pronto, bruscamente, el pensamiento, un espanto estremecedor y el esfuerzo más intenso por comprender mi verdadera situación. A esto sucedió un profundo deseo de recaer en la insensibilidad. Otra vez un violento revivir del espíritu y un esfuerzo por moverme, hasta conseguirlo. Y entonces el recuerdo vívido del proceso, los jueces, las colgaduras negras, la sentencia, la náusea, el desmayo. Y total olvido de lo que siguió, de todo lo que tiempos posteriores, y un obstinado esfuerzo, me han permitido vagamente recordar. Hasta ese momento no había abierto los ojos. Sentí que yacía de espaldas y que no estaba atado. Alargué la mano, que cayó pesadamente sobre algo húmedo y duro. La dejé allí algún tiempo, mientras trataba de imaginarme dónde me hallaba y qué era de mí. Ansiaba abrir los ojos, pero no me atrevía, porque me espantaba esa primera mirada a los objetos que me rodeaban. No es que temiera contemplar cosas horribles, pero me horrorizaba la posibilidad de que no hubiese nada que ver. Por fin, lleno de atroz angustia mi corazón, abrí de golpe los ojos, y mis peores suposiciones se confirmaron. Me rodeaba la tiniebla de una noche eterna. Luché por respirar; lo intenso de aquella oscuridad parecía oprimirme y sofocarme. La atmósfera era de una intolerable pesadez. Me quedé inmóvil, esforzándome por razonar. Evoqué el proceso de la Inquisición, buscando deducir mi verdadera situación a partir de ese punto. La sentencia había sido pronunciada; tenía la impresión de que desde entonces había transcurrido largo tiempo. Pero ni siquiera por un momento me consideré verdaderamente muerto. Semejante suposición, no obstante lo que leemos en los relatos ficticios, es por completo incompatible con la verdadera existencia. Pero, ¿dónde y en qué situación me encontraba? Sabía que, por lo regular, los condenados morían en un auto de fe, y uno de éstos acababa de realizarse la misma noche de mi proceso. ¿Me habrían devuelto a mi calabozo a la espera del próximo sacrificio, que no se cumpliría hasta varios meses más tarde? Al punto vi que era imposible. En aquel momento había una demanda inmediata de víctimas. Y, además, mi calabozo, como todas las celdas de los condenados en Toledo, tenía piso de piedra y la luz no había sido completamente suprimida. Una horrible idea hizo que la sangre se agolpara a torrentes en mi corazón, y por un breve instante recaí en la insensibilidad. Cuando me repuse, temblando convulsivamente, me levanté y tendí desatinadamente los brazos en todas direcciones. No sentí nada, pero no me atrevía a dar un solo paso, por temor de que me lo impidieran las paredes de una tumba. Brotaba el sudor por todos mis poros y tenía la frente empapada de gotas heladas. Pero la agonía de la incertidumbre terminó por volverse intolerable, y cautelosamente me volví adelante, con los brazos tendidos, desorbitados los ojos en el deseo de captar el más débil rayo de luz. Anduve así unos cuantos pasos, pero todo seguía siendo tiniebla y vacío. Respiré con mayor libertad; por lo menos parecía evidente que mi destino no era el más espantoso de todos. Pero entonces, mientras seguía avanzando cautelosamente, resonaron en mi recuerdo los mil vagos rumores de las cosas horribles que ocurrían en Toledo. Cosas extrañas se contaban sobre los calabozos; cosas que yo había tomado por invenciones, pero que no por eso eran menos extrañas y demasiado horrorosas para ser repetidas, salvo en voz baja. ¿Me dejarían morir de hambre en este subterráneo mundo de tiniebla, o quizá me aguardaba un destino todavía peor? Demasiado conocía yo el carácter de mis jueces para dudar de que el resultado sería la muerte, y una muerte mucho más amarga que la habitual. Todo lo que me preocupaba y me enloquecía era el modo y la hora de esa muerte. Mis manos extendidas tocaron, por fin, un obstáculo sólido. Era un muro, probablemente de piedra, sumamente liso, viscoso y frío. Me puse a seguirlo, avanzando con toda la desconfianza que antiguos relatos me habían inspirado. Pero esto no me daba oportunidad de asegurarme de las dimensiones del calabozo, ya que daría toda la vuelta y retornaría al lugar de partida sin advertirlo, hasta tal punto era uniforme y lisa la pared. Busqué, pues, el cuchillo que llevaba conmigo cuando me condujeron a las cámaras inquisitoriales; había desaparecido, y en lugar de mis ropas tenía puesto un sayo de burda estameña. Había pensado hundir la hoja en alguna juntura de la mampostería, a fin de identificar mi punto de partida. Pero, de todos modos, la dificultad carecía de importancia, aunque en el desorden de mi mente me pareció insuperable en el primer momento. Arranqué un pedazo del ruedo del sayo y lo puse bien extendido y en ángulo recto con respecto al muro. Luego de tentar toda la vuelta de mi celda, no dejaría de encontrar el jirón al completar el circuito. Tal es lo que, por lo menos, pensé, pues no había contado con el tamaño del calabozo y con mi debilidad. El suelo era húmedo y resbaladizo. Avancé, titubeando, un trecho, pero luego trastrabillé y caí. Mi excesiva fatiga me indujo a permanecer postrado y el sueño no tardó en dominarme. Al despertar y extender un brazo hallé junto a mí un pan y un cántaro de agua. Estaba demasiado exhausto para reflexionar acerca de esto, pero comí y bebí ávidamente. Poco después reanudé mi vuelta al calabozo y con mucho trabajo llegué, por fin, al pedazo de estameña. Hasta el momento de caer al suelo había contado cincuenta y dos pasos, y al reanudar mi vuelta otros cuarenta y ocho, hasta llegar al trozo de género. Había, pues, un total de cien pasos. Contando una yarda por cada dos pasos, calculé que el calabozo tenía un circuito de cincuenta yardas. No obstante, había encontrado numerosos ángulos de pared, de modo que no podía hacerme una idea clara de la forma de la cripta, a la que llamo así pues no podía impedirme pensar que lo era. Poca finalidad y menos esperanza tenían estas investigaciones, pero una vaga curiosidad me impelía a continuarlas. Apartándome de la pared, resolví cruzar el calabozo por uno de sus diámetros. Avancé al principio con suma precaución, pues aunque el piso parecía de un material sólido, era peligrosamente resbaladizo a causa del limo. Cobré ánimo, sin embargo, y terminé caminando con firmeza, esforzándome por seguir una línea todo lo recta posible. Había avanzado diez o doce pasos en esta forma cuando el ruedo desgarrado del sayo se me enredó en las piernas. Trastabillando, caí violentamente de bruces. En la confusión que siguió a la caída no reparé en un sorprendente detalle que, pocos segundos más tarde, y cuando aún yacía boca abajo, reclamó mi atención. Helo aquí: tenía el mentón apoyado en el piso del calabozo, pero mis labios y la parte superior de mi cara, que aparentemente debían encontrarse a un nivel inferior al de la mandíbula, no se apoyaba en nada. Al mismo tiempo me pareció que bañaba mi frente un vapor viscoso, y el olor característico de los hongos podridos penetró en mis fosas nasales. Tendí un brazo y me estremecí al descubrir que me había desplomado exactamente al borde de un pozo circular, cuya profundidad me era imposible descubrir por el momento. Tanteando en la mampostería que bordeaba el pozo logré desprender un menudo fragmento y lo tiré al abismo. Durante largos segundos escuché cómo repercutía al golpear en su descenso las paredes del pozo; hubo por fin un chapoteo en el agua, al cual sucedieron sonoros ecos. En ese mismo instante oí un sonido semejante al de abrirse y cerrarse rápidamente una puerta en lo alto, mientras un débil rayo de luz cruzaba instantáneamente la tiniebla y volvía a desvanecerse con la misma precipitación. Comprendí claramente el destino que me habían preparado y me felicité de haber escapado a tiempo gracias al oportuno accidente. Un paso más antes de mi caída y el mundo no hubiera vuelto a saber de mí. La muerte a la que acababa de escapar tenía justamente las características que yo había rechazado como fabulosas y antojadizas en los relatos que circulaban acerca de la Inquisición. Para las víctimas de su tiranía se reservaban dos especies de muerte: una llena de horrorosos sufrimientos físicos, y otra acompañada de sufrimientos morales todavía más atroces. Yo estaba destinado a esta última. Mis largos padecimientos me habían desequilibrado los nervios, al punto que bastaba el sonido de mi propia voz para hacerme temblar, y por eso constituía en todo sentido el sujeto ideal para la clase de torturas que me aguardaban. Estremeciéndome de pies a cabeza, me arrastré hasta volver a tocar la pared, resuelto a perecer allí antes que arriesgarme otra vez a los horrores de los pozos -ya que mi imaginación concebía ahora más de uno- situados en distintos lugares del calabozo. De haber tenido otro estado de ánimo, tal vez me hubiera alcanzado el coraje para acabar de una vez con mis desgracias precipitándome en uno de esos abismos; pero había llegado a convertirme en el peor de los cobardes. Y tampoco podía olvidar lo que había leído sobre esos pozos, esto es, que su horrible disposición impedía que la vida se extinguiera de golpe. La agitación de mi espíritu me mantuvo despierto durante largas horas, pero finalmente acabé por adormecerme. Cuando desperté, otra vez había a mi lado un pan y un cántaro de agua. Me consumía una sed ardiente y de un solo trago vacié el jarro. El agua debía contener alguna droga, pues apenas la hube bebido me sentí irresistiblemente adormilado. Un profundo sueño cayó sobre mí, un sueño como el de la muerte. No sé, en verdad, cuánto duró, pero cuando volví a abrir los ojos los objetos que me rodeaban eran visibles. Gracias a un resplandor sulfuroso, cuyo origen me fue imposible determinar al principio, pude contemplar la extensión y el aspecto de mi cárcel. Mucho me había equivocado sobre su tamaño. El circuito completo de los muros no pasaba de unas veinticinco yardas. Durante unos minutos, esto me llenó de una vana preocupación. Vana, sí, pues nada podía tener menos importancia, en las terribles circunstancias que me rodeaban, que las simples dimensiones del calabozo. Pero mi espíritu se interesaba extrañamente en nimiedades y me esforcé por descubrir el error que había podido cometer en mis medidas. Por fin se me reveló la verdad. En la primera tentativa de exploración había contado cincuenta y dos pasos hasta el momento en que caí al suelo. Sin duda, en ese instante me encontraba a uno o dos pasos del jirón de estameña, es decir, que había cumplido casi completamente la vuelta del calabozo. Al despertar de mi sueño debí emprender el camino en dirección contraria, es decir, volviendo sobre mis pasos, y así fue cómo supuse que el circuito medía el doble de su verdadero tamaño. La confusión de mi mente me impidió reparar entonces que había empezado mi vuelta teniendo la pared a la izquierda y que la terminé teniéndola a la derecha. También me había engañado sobre la forma del calabozo. Al tantear las paredes había encontrado numerosos ángulos, deduciendo así que el lugar presentaba una gran irregularidad. ¡Tan potente es el efecto de las tinieblas sobre alguien que despierta de la letargia o del sueño! Los ángulos no eran más que unas ligeras depresiones o entradas a diferentes intervalos. Mi prisión tenía forma cuadrada. Lo que había tomado por mampostería resultaba ser hierro o algún otro metal, cuyas enormes planchas, al unirse y soldarse, ocasionaban las depresiones. La entera superficie de esta celda metálica aparecía toscamente pintarrajeada con todas las horrendas y repugnantes imágenes que la sepulcral superstición de los monjes había sido capaz de concebir. Las figuras de demonios amenazantes, de esqueletos y otras imágenes todavía más terribles recubrían y desfiguraban los muros. Reparé en que las siluetas de aquellas monstruosidades estaban bien delineadas, pero que los colores parecían borrosos y vagos, como si la humedad de la atmósfera los hubiese afectado. Noté asimismo que el suelo era de piedra. En el centro se abría el pozo circular de cuyas fauces, abiertas como si bostezara, acababa de escapar; pero no había ningún otro en el calabozo. Vi todo esto sin mucho detalle y con gran trabajo, pues mi situación había cambiado grandemente en el curso de mi sopor. Yacía ahora de espaldas, completamente estirado, sobre una especie de bastidor de madera. Estaba firmemente amarrado por una larga banda que parecía un cíngulo. Pasaba, dando muchas vueltas, por mis miembros y mi cuerpo, dejándome solamente en libertad la cabeza y el brazo derecho, que con gran trabajo podía extender hasta los alimentos, colocados en un plato de barro a mi alcance. Para mayor espanto, vi que se habían llevado el cántaro de agua. Y digo espanto porque la más intolerable sed me consumía. Por lo visto, la intención de mis torturadores era estimular esa sed, pues la comida del plato consistía en carne sumamente condimentada. Mirando hacia arriba observé el techo de mi prisión. Tendría unos treinta o cuarenta pies de alto, y su construcción se asemejaba a la de los muros. En uno de sus paneles aparecía una extraña figura que se apoderó por completo de mi atención. La pintura representaba al Tiempo tal como se lo suele figurar, salvo que, en vez de guadaña, tenía lo que me pareció la pintura de un pesado péndulo, semejante a los que vemos en los relojes antiguos. Algo, sin embargo, en la apariencia de aquella imagen me movió a observarla con más detalle. Mientras la miraba directamente de abajo hacia arriba (pues se encontraba situada exactamente sobre mí) tuve la impresión de que se movía. Un segundo después esta impresión se confirmó. La oscilación del péndulo era breve y, naturalmente, lenta. Lo observé durante un rato con más perplejidad que temor. Cansado, al fin, de contemplar su monótono movimiento, volví los ojos a los restantes objetos de la celda. Un ligero ruido atrajo mi atención y, mirando hacia el piso, vi cruzar varias enormes ratas. Habían salido del pozo, que se hallaba al alcance de mi vista sobre la derecha. Aún entonces, mientras las miraba, siguieron saliendo en cantidades, presurosas y con ojos famélicos atraídas por el olor de la carne. Me dio mucho trabajo ahuyentarlas del plato de comida. Habría pasado una media hora, quizá una hora entera -pues sólo tenía una noción imperfecta del tiempo-, antes de volver a fijar los ojos en lo alto. Lo que entonces vi me confundió y me llenó de asombro. La carrera del péndulo había aumentado, aproximadamente, en una yarda. Como consecuencia natural, su velocidad era mucho más grande. Pero lo que me perturbó fue la idea de que el péndulo había descendido perceptiblemente. Noté ahora -y es inútil agregar con cuánto horror- que su extremidad inferior estaba constituida por una media luna de reluciente acero, cuyo largo de punta a punta alcanzaba a un pie. Aunque afilado como una navaja, el péndulo parecía macizo y pesado, y desde el filo se iba ensanchando hasta rematar en una ancha y sólida masa. Hallábase fijo a un pesado vástago de bronce y todo el mecanismo silbaba al balancearse en el aire. Ya no me era posible dudar del destino que me había preparado el ingenio de los monjes para la tortura. Los agentes de la Inquisición habían advertido mi descubrimiento del pozo. El pozo, sí, cuyos horrores estaban destinados a un recusante tan obstinado como yo; el pozo, símbolo típico del infierno, última Thule de los castigos de la Inquisición, según los rumores que corrían. Por el más casual de los accidentes había evitado caer en el pozo y bien sabía que la sorpresa, la brusca precipitación en los tormentos, constituían una parte importante de las grotescas muertes que tenían lugar en aquellos calabozos. No habiendo caído en el pozo, el demoniaco plan de mis verdugos no contaba con precipitarme por la fuerza, y por eso, ya que no quedaba otra alternativa, me esperaba ahora un final diferente y más apacible. ¡Más apacible! Casi me sonreí en medio del espanto al pensar en semejante aplicación de la palabra. ¿De qué vale hablar de las largas, largas horas de un horror más que mortal, durante las cuales conté las zumbantes oscilaciones del péndulo? Pulgada a pulgada, con un descenso que sólo podía apreciarse después de intervalos que parecían siglos... más y más íbase aproximando. Pasaron días -puede ser que hayan pasado muchos días- antes de que oscilara tan cerca de mí que parecía abanicarme con su acre aliento. El olor del afilado acero penetraba en mis sentidos... Supliqué, fatigando al cielo con mis ruegos, para que el péndulo descendiera más velozmente. Me volví loco, me exasperé e hice todo lo posible por enderezarme y quedar en el camino de la horrible cimitarra. Y después caí en una repentina calma y me mantuve inmóvil, sonriendo a aquella brillante muerte como un niño a un bonito juguete. Siguió otro intervalo de total insensibilidad. Fue breve, pues al resbalar otra vez en la vida noté que no se había producido ningún descenso perceptible del péndulo. Podía, sin embargo, haber durado mucho, pues bien sabía que aquellos demonios estaban al tanto de mi desmayo y que podían haber detenido el péndulo a su gusto. Al despertarme me sentí inexpresablemente enfermo y débil, como después de una prolongada inanición. Aun en la agonía de aquellas horas la naturaleza humana ansiaba alimento. Con un penoso esfuerzo alargué el brazo izquierdo todo lo que me lo permitían mis ataduras y me apoderé de una pequeña cantidad que habían dejado las ratas. Cuando me llevaba una porción a los labios pasó por mi mente un pensamiento apenas esbozado de alegría... de esperanza. Pero, ¿qué tenía yo que ver con la esperanza? Era aquél, como digo, un pensamiento apenas formado; muchos así tiene el hombre que no llegan a completarse jamás. Sentí que era de alegría, de esperanza; pero sentí al mismo tiempo que acababa de extinguirse en plena elaboración. Vanamente luché por alcanzarlo, por recobrarlo. El prolongado sufrimiento había aniquilado casi por completo mis facultades mentales ordinarias. No era más que un imbécil, un idiota. La oscilación del péndulo se cumplía en ángulo recto con mi cuerpo extendido. Vi que la media luna estaba orientada de manera de cruzar la zona del corazón. Desgarraría la estameña de mi sayo..., retornaría para repetir la operación... otra vez..., otra vez... A pesar de su carrera terriblemente amplia (treinta pies o más) y la sibilante violencia de su descenso, capaz de romper aquellos muros de hierro, todo lo que haría durante varios minutos sería cortar mi sayo. A esa altura de mis pensamientos debí de hacer una pausa, pues no me atrevía a prolongar mi reflexión. Me mantuve en ella, pertinazmente fija la atención, como si al hacerlo pudiera detener en ese punto el descenso de la hoja de acero. Me obligué a meditar acerca del sonido que haría la media luna cuando pasara cortando el género y la especial sensación de estremecimiento que produce en los nervios el roce de una tela. Pensé en todas estas frivolidades hasta el límite de mi resistencia. Bajaba... seguía bajando suavemente. Sentí un frenético placer en comparar su velocidad lateral con la del descenso. A la derecha... a la izquierda... hacia los lados, con el aullido de un espíritu maldito... hacia mi corazón, con el paso sigiloso del tigre. Sucesivamente reí a carcajadas y clamé, según que una u otra idea me dominara. Bajaba... ¡Seguro, incansable, bajaba! Ya pasaba vibrando a tres pulgadas de mi pecho. Luché con violencia, furiosamente, para soltar mi brazo izquierdo, que sólo estaba libre a partir del codo. Me era posible llevar la mano desde el plato, puesto a mi lado, hasta la boca, pero no más allá. De haber roto las ataduras arriba del codo, hubiera tratado de detener el péndulo. ¡Pero lo mismo hubiera sido pretender atajar un alud! Bajaba... ¡Sin cesar, inevitablemente, bajaba! Luché, jadeando, a cada oscilación. Me encogía convulsivamente a cada paso del péndulo. Mis ojos seguían su carrera hacia arriba o abajo, con la ansiedad de la más inexpresable desesperación; mis párpados se cerraban espasmódicamente a cada descenso, aunque la muerte hubiera sido para mí un alivio, ¡ah, inefable! Pero cada uno de mis nervios se estremecía, sin embargo, al pensar que el más pequeño deslizamiento del mecanismo precipitaría aquel reluciente, afilado eje contra mi pecho. Era la esperanza la que hacía estremecer mis nervios y contraer mi cuerpo. Era la esperanza, esa esperanza que triunfa aún en el potro del suplicio, que susurra al oído de los condenados a muerte hasta en los calabozos de la Inquisición. Vi que después de diez o doce oscilaciones el acero se pondría en contacto con mi ropa, y en el mismo momento en que hice esa observación invadió mi espíritu toda la penetrante calma concentrada de la desesperación. Por primera vez en muchas horas -quizá días- me puse a pensar. Acudió a mi mente la noción de que la banda o cíngulo que me ataba era de una sola pieza. Mis ligaduras no estaban constituidas por cuerdas separadas. El primer roce de la afiladísima media luna sobre cualquier porción de la banda bastaría para soltarla, y con ayuda de mi mano izquierda podría desatarme del todo. Pero, ¡cuán terrible, en ese caso, la proximidad del acero! ¡Cuán letal el resultado de la más leve lucha! Y luego, ¿era verosímil que los esbirros del torturador no hubieran previsto y prevenido esa posibilidad? ¿Cabía pensar que la atadura cruzara mi pecho en el justo lugar por donde pasaría el péndulo? Temeroso de descubrir que mi débil y, al parecer, postrera esperanza se frustraba, levanté la cabeza lo bastante para distinguir con claridad mi pecho. El cíngulo envolvía mis miembros y mi cuerpo en todas direcciones, salvo en el lugar por donde pasaría el péndulo. Apenas había dejado caer hacia atrás la cabeza cuando relampagueó en mi mente algo que sólo puedo describir como la informe mitad de aquella idea de liberación a que he aludido previamente y de la cual sólo una parte flotaba inciertamente en mi mente cuando llevé la comida a mis ardientes labios. Mas ahora el pensamiento completo estaba presente, débil, apenas sensato, apenas definido... pero entero. Inmediatamente, con la nerviosa energía de la desesperación, procedí a ejecutarlo. Durante horas y horas, cantidad de ratas habían pululado en la vecindad inmediata del armazón de madera sobre el cual me hallaba. Aquellas ratas eran salvajes, audaces, famélicas; sus rojas pupilas me miraban centelleantes, como si esperaran verme inmóvil para convertirme en su presa. «¿A qué alimento -pensé- las han acostumbrado en el pozo?» A pesar de todos mis esfuerzos por impedirlo, ya habían devorado el contenido del plato, salvo unas pocas sobras. Mi mano se había agitado como un abanico sobre el plato; pero, a la larga, la regularidad del movimiento le hizo perder su efecto. En su voracidad, las odiosas bestias me clavaban sus afiladas garras en los dedos. Tomando los fragmentos de la aceitosa y especiada carne que quedaba en el plato, froté con ellos mis ataduras allí donde era posible alcanzarlas, y después, apartando mi mano del suelo, permanecí completamente inmóvil, conteniendo el aliento. Los hambrientos animales se sintieron primeramente aterrados y sorprendidos por el cambio... la cesación de movimiento. Retrocedieron llenos de alarma, y muchos se refugiaron en el pozo. Pero esto no duró más que un momento. No en vano había yo contado con su voracidad. Al observar que seguía sin moverme, una o dos de las mas atrevidas saltaron al bastidor de madera y olfatearon el cíngulo. Esto fue como la señal para que todas avanzaran. Salían del pozo, corriendo en renovados contingentes. Se colgaron de la madera, corriendo por ella y saltaron a centenares sobre mi cuerpo. El acompasado movimiento del péndulo no las molestaba para nada. Evitando sus golpes, se precipitaban sobre las untadas ligaduras. Se apretaban, pululaban sobre mí en cantidades cada vez más grandes. Se retorcían cerca de mi garganta; sus fríos hocicos buscaban mis labios. Yo me sentía ahogar bajo su creciente peso; un asco para el cual no existe nombre en este mundo llenaba mi pecho y helaba con su espesa viscosidad mi corazón. Un minuto más, sin embargo, y la lucha terminaría. Con toda claridad percibí que las ataduras se aflojaban. Me di cuenta de que debían de estar rotas en más de una parte. Pero, con una resolución que excedía lo humano, me mantuve inmóvil. No había errado en mis cálculos ni sufrido tanto en vano. Por fin, sentí que estaba libre. El cíngulo colgaba en tiras a los lados de mi cuerpo. Pero ya el paso del péndulo alcanzaba mi pecho. Había dividido la estameña de mi sayo y cortaba ahora la tela de la camisa. Dos veces más pasó sobre mí, y un agudísimo dolor recorrió mis nervios. Pero el momento de escapar había llegado. Apenas agité la mano, mis libertadoras huyeron en tumulto. Con un movimiento regular, cauteloso, y encogiéndome todo lo posible, me deslicé, lentamente, fuera de mis ligaduras, más allá del alcance de la cimitarra. Por el momento, al menos, estaba libre. Libre... ¡y en las garras de la Inquisición! Apenas me había apartado de aquel lecho de horror para ponerme de pie en el piso de piedra, cuando cesó el movimiento de la diabólica máquina, y la vi subir, movida por una fuerza invisible, hasta desaparecer más allá del techo. Aquello fue una lección que debí tomar desesperadamente a pecho. Indudablemente espiaban cada uno de mis movimientos. ¡Libre! Apenas si había escapado de la muerte bajo la forma de una tortura, para ser entregado a otra que sería peor aún que la misma muerte. Pensando en eso, paseé nerviosamente los ojos por las barreras de hierro que me encerraban. Algo insólito, un cambio que, al principio, no me fue posible apreciar claramente, se había producido en el calabozo. Durante largos minutos, sumido en una temblorosa y vaga abstracción me perdí en vanas y deshilvanadas conjeturas. En estos momentos pude advertir por primera vez el origen de la sulfurosa luz que iluminaba la celda. Procedía de una fisura de media pulgada de ancho, que rodeaba por completo el calabozo al pie de las paredes, las cuales parecían -y en realidad estaban- completamente separadas del piso. A pesar de todos mis esfuerzos, me fue imposible ver nada a través de la abertura. Al ponerme otra vez de pie comprendí de pronto el misterio del cambio que había advertido en la celda. Ya he dicho que, si bien las siluetas de las imágenes pintadas en los muros eran suficientemente claras, los colores parecían borrosos e indefinidos. Pero ahora esos colores habían tomado un brillo intenso y sorprendente, que crecía más y más y daba a aquellas espectrales y diabólicas imágenes un aspecto que hubiera quebrantado nervios más resistentes que los míos. Ojos demoniacos, de una salvaje y aterradora vida, me contemplaban fijamente desde mil direcciones, donde ninguno había sido antes visible, y brillaban con el cárdeno resplandor de un fuego que mi imaginación no alcanzaba a concebir como irreal. ¡Irreal...! Al respirar llegó a mis narices el olor característico del vapor que surgía del hierro recalentado... Aquel olor sofocante invadía más y más la celda... Los sangrientos horrores representados en las paredes empezaron a ponerse rojos... Yo jadeaba, tratando de respirar. Ya no me cabía duda sobre la intención de mis torturadores. ¡Ah, los más implacables, los más demoniacos entre los hombres! Corrí hacia el centro de la celda, alejándome del metal ardiente. Al encarar en mi pensamiento la horrible destrucción que me aguardaba, la idea de la frescura del pozo invadió mi alma como un bálsamo. Corrí hasta su borde mortal. Esforzándome, miré hacia abajo. El resplandor del ardiente techo iluminaba sus más recónditos huecos. Y, sin embargo, durante un horrible instante, mi espíritu se negó a comprender el sentido de lo que veía. Pero, al fin, ese sentido se abrió paso, avanzó poco a poco hasta mi alma, hasta arder y consumirse en mi estremecida razón. ¡Oh, poder expresarlo! ¡Oh espanto! ¡Todo... todo menos eso! Con un alarido, salté hacia atrás y hundí mi cara en las manos, sollozando amargamente. El calor crecía rápidamente, y una vez más miré a lo alto, temblando como en un ataque de calentura. Un segundo cambio acababa de producirse en la celda..., y esta vez el cambio tenía que ver con la forma. Al igual que antes, fue inútil que me esforzara por apreciar o entender inmediatamente lo que estaba ocurriendo. Pero mis dudas no duraron mucho. La venganza de la Inquisición se aceleraba después de mi doble escapatoria, y ya no habría más pérdida de tiempo por parte del Rey de los Espantos. Hasta entonces mi celda había sido cuadrada. De pronto vi que dos de sus ángulos de hierro se habían vuelto agudos, y los otros dos, por consiguiente, obtusos. La horrible diferencia se acentuaba rápidamente, con un resonar profundo y quejumbroso. En un instante el calabozo cambió su forma por la de un rombo. Pero el cambio no se detuvo allí, y yo no esperaba ni deseaba que se detuviera. Podría haber pegado mi pecho a las rojas paredes, como si fueran vestiduras de eterna paz. «¡La muerte!» -clamé-. «¡Cualquier muerte, menos la del pozo!» ¡Insensato! ¿Acaso no era evidente que aquellos hierros al rojo tenían por objeto precipitarme en el pozo? ¿Podría acaso resistir su fuego? Y si lo resistiera, ¿cómo oponerme a su presión? El rombo se iba achatando más y más, con una rapidez que no me dejaba tiempo para mirar. Su centro y, por tanto, su diámetro mayor llegaba ya sobre el abierto abismo. Me eché hacia atrás, pero las movientes paredes me obligaban irresistiblemente a avanzar. Por fin no hubo ya en el piso del calabozo ni una pulgada de asidero para mi chamuscado y convulso cuerpo. Cesé de luchar, pero la agonía de mi alma se expresó en un agudo, prolongado alarido final de desesperación. Sentí que me tambaleaba al borde del pozo... Desvié la mirada... ¡Y oí un discordante clamoreo de voces humanas! ¡Resonó poderoso un toque de trompetas! ¡Escuché un áspero chirriar semejante al de mil truenos! ¡Las terribles paredes retrocedieron! Una mano tendida sujetó mi brazo en el instante en que, desmayado, me precipitaba al abismo. Era la del general Lasalle. El ejército francés acababa de entrar en Toledo. La Inquisición estaba en poder de sus enemigos. FIN

El IKA Torino (luego llamado Renault Torino) es un automóvil de tamaño mediano que fue fabricado en la Argentina por IKA Industrias Kaiser Argentina, entre 1966 y 1981, basado en el Rambler American de la tercera generación con un motor «Tornado» de 3 ó 3,8 litros Para hacer frente a la competencia del Ford Falcon y del Chevrolet 400, IKA necesitaba desarrollar un nuevo vehículo que reemplazara al Rambler Classic nacional, que era grande, pesado y poco aceptado por el público. A través de un convenio con la American Motors, pudo disponer de la plataforma básica del Rambler 440-H,2 pero las encuestas y estudios de mercado determinaron que el auto debería tener un toque local en su estilo que lo "despegara" de las tendencias netamente norteamericanas de la competencia. La carrocería original del Rambler 440H er fue retocada entonces por la casa de diseño automotriz italiana Pininfarina, para que tenga un toque «Europeo». El auto fue bautizado con el nombre de Torino y presentó un emblema el cual es un toro sosteniéndose en sus patas traseras, inspirado en el escudo heráldico de la localidad italiana homónima, Turín del cual también se utilizó el nombre y donde se encuentra la casa de diseño Pininfarina. La idea de utilizar esta imagen, tuvo también como finalidad el fusionar el reconocido cavallino rampante de Ferrari con el toro bravo de Lamborghini (emblemas de la industria automotriz italiana), como una muestra del espíritu deportivo que pretendía inspirar el vehículo. Sin embargo, en 1979, la American Motors Corp. abandonó la sociedad IKA-Renault y el control de la empresa fue asumido por la casa francesa. Por tal motivo, el logotipo del IKA Torino fue reemplazado por el logo de Renault a partir de ese año. Los primeros estudios determinaron que el Torino debería recibir un motor de 2.000 ó 2.500 cm³ . Sin embargo, análisis posteriores determinaron como ideal el motor «Tornado» de seis cilindros Ya producidos en esos momentos por IKA, con una cilindrada que variaba entre los 3.000 y los 3.800 cm³. La presentación se realizó el 30 de noviembre de 1966 en el Autódromo Municipal de Buenos Aires, y fue recibido por el público y el periodismo como el "auto argentino", ya que la empresa, optó por no revelar los detalles de su origen. Se presentaron tres modelos: Un sedán con motor de 3 litros y caja de tres marchas Una cupé sin parantes con motor de 3.800 cm³, carburador Holley y caja ZF de cuatro velocidades Una versión de alto rendimiento bautizada Torino 380 W con el mismo motor, pero con tres carburadores Weber de doble boca de 176 HP El Torino tuvo un éxito inmediato en el mercado, siendo considerado aún hoy día como el «auto argentino» por excelencia. Muchos clubes de usuarios y de fans existen en este país. A pesar de estar basado (tanto la carrocería como el motor) en modelos norteamericanos, el Torino se convirtió en un producto básicamente argentino, con muy pocas piezas importadas En noviembre de 1973, el Torino es equipado con un nuevo motor, denominado directamente "Torino", y comúnmente llamado "7 bancadas", el cual posee diferentes mejoras con respecto al anterior. El modelo más lujoso y deportivo de la línea, la coupe "GS", llega a desarrollar 215 HP (SAE). Otro distintivo del motor que equipaba a ese modelo es que poseía 3 carburadores "Weber", algo fuera de lo común en el mercado automotor argentino. Era considerado por muchos un auténtico auto deportivo o pura sangre. El motor 7 bancadas fue equipado de serie con los tres Weber en la versión GS de 215 HP fabricada hasta marzo de 1976, y fabricándose únicamente 231 unidades. En ese entonces, la fábrica IKA- Renault estaba decidiendo su reemplazo por un modelo radicalmente diferente en sus líneas, de diseño moderno para entonces, aunque manteniendo sus características mecánicas. Pero el proyecto no cuajó, y se continuó produciendo con las líneas originales, con pequeñas mejoras, hasta su descontinuación. Hacia 1975 la compañía francesa Renault adquirió IKA y renombró al Torino como Renault Torino. A fines del decenio de 1970 el Torino fue el único producto no Renault fabricado por la empresa francesa. Desde 1977, el modelo superior de la línea fue el Torino Grand Routier, un sedán de turismo. Toda la gama recibió algunos cambios de diseño en 1978, (cuando IKA se convirtió en Renault Argentina), si bien los partes principales, tales como las puertas fueron mantenidos. Estos modelos ya no lucían el logo habitual, que había sido reemplazado por el rombo de la casa francesa. En su último año, el Torino sólo estuvo disponible en dos modelos (Grand Routier GR sedán y ZX Coupé), mientras que en su apogeo hubo más de veinte versiones. La producción del Torino cesó a finales de 1981 con el modelo Torino ZX, luego de producirse cerca de 100.000 unidades en todas sus versiones.
Alfajores triples merengados 30 alfajores PARA LA MASA harina 0000 tamizada 500 g polvo para hornear 1 cucharadita de té bicarbonato de amonio 1/2 cucharadita de café azúcar molida 200 g miel 100 g esencia de almendra 1 cucharadita de té manteca fría 300 g PARA EL RELLENO dulce de leche repostero 1 kg PARA LA CUBIERTA MERENGADA azúcar molida 200 g agua 80 cm3 + cantidad necesaria azúcar impalpable 100 g MASA Colocar la harina en la procesadora. Agregar el polvo para hornear y el bicarbonato de amonio. Añadir el azúcar molida. Volcar la miel. Perfumar con esencia de vainilla. Agregar la manteca fría cortada en cubos. procesar. Pasar la masa a la superficie de trabajo. Integrar. Colocar la masa sobre una placa enharinada. Llevar a heladera hasta que endurezca. Retirar la masa, trozarla, reamasarla y formar un cilindro. Cortarlo al medio para trabajar con mayor facilidad. Sobre la mesa enharinada, estirar cada mitad hasta llegar a 2 mm de espesor Cortar "tapitas" de alfajor con el cortante ovalado. Pincelar una placa con manteca derretida. Acomodar las tapitas, separadas entre sí. Llevar a horno moderado por 10 minutos, aproximadamente, hasta que estén doradas y crocantes. Retirar y dejar enfriar. RELLENO Cargar una manga con boquilla lisa Nº 12 y dulce de leche repostero. Hacer una tira, sin llegar a los extremos, en el centro de una tercera parte de las tapas. Cubrir con otras tapitas, orientando hacia arriba la cara que durante el horneado estuvo en contacto con la placa. Realizar una tira de dulce de leche sobre las tapas intermendias. Colocar las tapitas restantes, orientándolas como a las intermedias. Dejar descansar en un lugar seco por 12 horas para que las tapas absorban la humedad del dulce. CUBIERTA MERENGADA Colocar el azúcar molida en una cacerolita al fuego. Volcar 80 cm3 de agua. Dejar hervir hasta obtener un almíbar a punto bolita floja. Mientras tanto, colocar las claras en un bol y empezar a batirlas a punto nieve. Para comprobar el punto, retirar una cucharada de almíbar. Sumergir en agua fría. Desprender el almíbar de la cuchara y, con los dedos, formar una bolita blanda. Obtenido el punto nieve y sin dejar de batir, volcar el almíbar caliente. Continuar hasta obtener un merengue sostenido. Agregar el azúcar impalpable. Mezclar. Aligerar el merengue con la cantidad necesaria de agua, pero sin que quede demasiado fluido. Mezclar. Aplicar el merengue sobre el contorno de los alfajores. Untar la superficie. Colocar sobre una rejilla dispuesta arriba de una placa. Dar golpecitos sobre la superficie, formando ondas. Dejar secar.
12 porciones PARA LA MASA DE LEVADURA harina 000 tamizada 500 g azúcar molida 100 g manteca a temperatura ambiente 100 g ralladura de la piel de 1 limón levadura de cerveza 20 g esencia de vainilla 1 cucharadita de postre huevos 2 leche 200 cm3 (aproximadamente) PARA EL RELLENO manteca derretida 200 g azúcar molida 150 g nueces picadas omolidas 100 g pasas de uva rubias y negras 100 g en total MASA Colocar la harina sobre la mesa y formar una corona. Disponer el azúcar molida en el centro. Agregar la manteca. Añadir la ralladura de limón. Adicionar la levadura de cerveza. Perfumar con esencia de vainilla. Incorporar los huevos y mezclar los ingredientes del centro. Luego, volcar la leche integrar la harina de la corona y comenzar a formar una masa . Continuar hasta obtener una masa elástica. Poner la masa en un bol enharinado. Cubrir con papel film. Dejar levar al doble de volumen en un lugar cálido. Una vez que la masa levó, pasarla a la mesa enharinada. Desgasificar con las manos. Estirar en forma de un rectángulo de 50 cm x 40 cm. RELLENO Pincelar toda la masa con manteca derretida. Espolvorear con azúcar molida. Agregar las nueces. Disponer las pasas de uva. Enrollar. Cortar el rollo en piezas de 4 cm de espesor. Pincelar el molde savarín con manteca derretida, enharinarlo. Comenzar a acomodar las piezas en su interior. Completar el molde. Dejar levar al doble de volumen en algún lugar cálido. Una vez que levó, cocinar en horno moderado de 40 a 45 minutos. Retirar y dejar entibiar. Desmoldar sobre rejilla.
Budín de mandarina 12 PORCIONES PARA LOS GAJOS DE MANDARINA ESCARCHADOS gajos de mandarina 15 aproximadamente azúcar molida cantidad necesaria clara 1 PARA EL BUDIN manteca a temperatura ambiente 250 g azúcar molida 250 g ralladura de la piel de 1 mandarina o cáscara picada fina huevos 5 jugo exprimido y colado de mandarina 100 cm3 harina 0000 tamizada 350 g polvo para hornear 1 cucharada sopera PARA EL GLASEADO DE MANDARINA jugo exprimido y colado de 1 mandarina azúcar impalpable 200 g aproximadamente colorante vegetal líquido naranja unas gotitas (opcional) GAJOS ESCARCHADOS Colocar los gajos de mandarina sobre una placa cubierta con hojas de papel absorbente. En otra placa, formar un colchón de azúcar molida. Desligar la clara. Pasar los gajos por la clara. De inmediato disponerlos sobre el colchón de azúcar. Azucararlos de ambos lados. Dejar que los gajos se sequen sobre una rejilla, por debajo de la cual se ubicó una placa (o pizzera). Se pueden preparar más gajos que los indicados para utilizarlos en otras preparaciones o decorar la superficie del budín. BUDÍN Colocar la manteca en un bol. Agregar el azúcar molida. Comenzar a mezclar con la paleta o espátula mezcladora de la batidora. Sin dejar de mezclar, añadir la ralladura de mandarina. Obtenido el punto crema, volcar los huevos de a uno. Incorporar el jugo de mandarina. Seguir mezclando hasta integrar por completo. Pincelar el molde con manteca derretida. Después, enharinarlo. En un bol aparte, colocar la harina y el polvo para hornear. Pasar los ingredientes secos a un tamiz. Tamizar sobre la mezcla. Mezclar hasta integrar. Volcar la preparación en el molde. Emparejar. Llevar a horno moderado de 40 a 50 minutos. Retirar y dejar enfriar. Desmoldar sobre rejilla.
Alfajores triples de dulce de leche y chocolate 30 alfajores PARA LA MASA manteca a temperatura ambiente 250 g azúcar molida 250 g huevos 3 esencia de vainilla 1 cucharadita de postre harina 0000 tamizada 500 g polvo para hornear 1 cucharadita de té colmada PARA EL RELLENO dulce de leche repostero 1 kg PARA LA CUBIERTA chocolate cobertura semiamargo de 400 a 500 g MASA Colocar la manteca y el azúcar molida en un bol. Comenzar a mezclar (con espátula mezcladora de la batidora) hasta formar una crema. Obtenido el punto y sin dejar de mezclar, agregar los huevos de a uno Perfumar con esencia de vainilla. Continuar con la mezcla hasta integrar bien todos los ingredientes. En un bol aparte, colocar la harina y el polvo para hornear. Incorporar los igredientes secos a la mezcla. Mezclar hasta formar la masa. Acomodar la masa sobre una placa enharinada. Llevar a heladera (sin necesidad de cubrir con papel film) hasta que endurezca. Retirar, trozar, reamasar y formar un cilindro. Sobre una superficie enharinada, estirar la masa hasta llegar a 3 mm de espesor. Cortar "tapitas" de alfajor con un cortante de 6 cm de diámetro. Disponer las tapitas, en forma separada, sobre una placa limpia. Llevar a horno moderado hasta que se doren (por 6 o 7 minutos aproximadamente). Retirar y dejar enfriar. RELLENO Cargar una manga con boquilla lisa Nº12 y dulce de leche repostero. Hacer copos generosos sobre una tercera parte de las tapas. Tapar los copos de dulce. Por encima de las tapitas dispuestas en el paso anterior, realizar copos de dulce. Ubicar las últimas tapitas, orientando hacia arriba la cara que durante el horneado estuvo en contacto con la placa (debido a que es más plana). Dejar descansar por 12 horas en un lugar seco, para que las tapas absorban la humedad del dulce y evitar que se deslicen durante el baño de chocolate. COBERTURA DE CHOCOLATE Derretir el chocolate semiamargo a baño María. Sumergir cada alfajor, escurrir y retirar el excedente con un dedo. Apoyar sobre una rejilla dispuesta arriba de una placa cubierta con papel blanco o papel manteca Para simular ondas en la superficie de los alfajores y terminar de retirar el sobrante de chocolate, secar de inmediato con un secador de cabello a temperatura fría (moviéndolo de un lado hacia el otro).