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antipiquete

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Primer post: 4 oct 2008Último post: 17 ene 2009
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Apuntes Y MonografiasporAnónimo10/4/2008

Registrate y eliminá la publicidad! Frases de hombres célebres;tal vez por eso las mujeres pueden no estar de acuerdo... La mujer es la salvación o la perdición de la familia. Amiel La mujer es el hombre imperfecto. Averroes La mujer es la reina del mundo y la esclava de un deseo. Balzac Una mujer virtuosa tiene en el corazón una fibra de menos o una de más que las otras mujeres: o es estúpida o es sublime. Balzac La mujer más despreocupada siente una voz interna que le dice: "Sé bella si puedes, sé sabia si quieres, pero sobre todo trata de ser estimada: es necesario". Beaumarchais Una mujer bella es un brillantísimo espejo que se empaña al menor soplo. Cervantes La mujer ha de ser buena, y parecerlo, que es más. Cervantes Es de vidrio la mujer pero no se ha de probar si se puede o no quebrar, porque todo podría ser. Y es más fácil el quebrarse y no es cordura ponerse a peligro de romperse lo que no puede soldarse. Cervantes Una mujer sin ternura es una monstruosidad social, todavía más que un hombre sin coraje. Augusto Compte Casi todas las mujeres hablan bien del amor; es el gran asunto de su vida. Benjamín Constant La mujer no se acuerda nunca de lo que habéis hecho por ella; solamente se acuerda de lo que no habéis hecho. G. Courteline Es preciso elegir entre amar a las mujeres o conocerlas; no hay otro medio. Chamfort La mujer que se estima a sí misma más por las cualidades de su alma o de su espíritu que de su belleza, es superior a su sexo. Chamfort La verdadera hermosura y la gala más preciosa de la mujer es el hablar escaso. Demócrito La mujer, solo el diablo sabe lo que es; yo no lo sé en absoluto. Dostoiewsky Hay hombre tan maldito que dice que la mujer no es buena sólo porque una no quiso ser mala. Feijóo La mujer es un animal vulgar del cual el hombre se ha hecho un ideal demasiado bello. G. Flaubert No olvidéis aquello que ha dicho alguien: la mujer no ha nacido para que se la comprenda, sino para que se la ame. Federico García Sánchiz Los hombres no pensamos nunca, al juzgar una mujer, que es muy difícil ser una mujer. Paúl Geraldy El amor en la mujer está siempre mezclado con una admiración involuntaria, y cesa cuando cree convencerse de que el hombre le es inferior. Hebbel En la mujer, verdaderamente mujer, no hay nada que no esté en relación con su marido, con su hijo o con su amante. Hebbel Una mujer ignorante podrá ser buena esposa, buena madre; podrá manejar la aguja, pero será siempre una compañera menos estimada que aquella que añada a esas virtudes y cualidades útiles, conocimientos agradables y una imaginación cultivada. Jay La mujer en el paraíso perdido, mordió el fruto del árbol de la ciencia diez minutos antes que el hombre; y ha mantenido después siempre estos diez minutos de ventaja. Alfonso Karr ¿Quién puede bajar los ojos como una mujer? ¿Y quien sabe alzarlos como ella? Kierkegaard Las mujeres no simpatizan entre sí por los mismos motivos que agradan a los hombres. La Bruyère Las mujeres son excesivas: mejores o peores que los hombres. La Bruyère Las mujeres que aman perdonan más fácilmente las grandes indiscreciones que las pequeñas infidelidades. La Rochefoucauld Si hay debajo de la luna cosa que merezca ser estimada y preciada es la mujer buena. Fray Luís de León La mujer, de su natural, es movediza y liviana sin constancia en su ser. Fray Luís de León Hay ciertas cosas en las cuales una mujer ve siempre más a fondo que cien ojos de hombre. G. El Lessing En las horas graves, las mujeres inspiran por la sensibilidad, por la pasión y por la iniciativa, superior a la de los hombres. Michelet La mujer es un hermoso defecto de la Naturaleza. Milton Una mujer hermosa agrada a los ojos; una mujer buena agrada al corazón: la primera es un dije, la segunda es un tesoro. Napoleón La mujer más insigne es la que mayor número de hijos da a la patria. Napoleón El hombre es, para la mujer, un medio; el fin es siempre el hijo. Nietzsche En la venganza, como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre. Nietzsche La mujer perfecta es un tipo más elevado de la humanidad que el hombre perfecto; es también algo más raro. Nietzsche Las mujeres, cuando aman, ponen en el amor algo divino. Tal amor es como el sol, que anima a la Naturaleza. Plutarco El hombre reina y la mujer gobierna. Ponson du Terrail La mujer ríe cuando puede y llora cuando quiere. Proverbio francés Aunque tu mujer haya cometido cien faltas, no la golpees ni con una flor. Proverbio indio La mujer sabía edifica su casa; más la necia con sus manos la derriba. Proverbio bíblico En el diccionario de la mujer, "querer" no tiene, en la mayoría de los casos, más acepción que "estimar", es decir, "valorar". Ramón y Cajal La mujer es como la mochila en el combate. Sin ella se lucha con desembarazo: ¡pero! y ¿al acabar? Ramón y Cajal La mujer es la píldora amarga de la naturaleza y el arte se ha complacido en dorarla para que el hombre trague más fácilmente. Ramón y Cajal La mujer hermosa es un peligro. La mujer fea es un peligro y una desgracia. Santiago Rusiñol La mujer es un manjar digno de los dioses, cuando no lo guisa el diablo. Shakespeare ¡Fragilidad, tienes nombre de mujer! Shakespeare De las mujeres debe temerse todo, especialmente su perdón. A. Stahl Una mujer es capaz de amar, y, en un año entero, no decir más que diez o doce palabras al hombre a quien prefiere. Stendhal El mayor defecto de las mujeres, el más ofensivo de todos para un hombre un poco digno de este nombre, es su preocupación de la opinión pública. Stendhal Una mujer sacrificará mil veces la vida por el que ama y se enemistará para siempre con él por una cuestión de orgullo a propósito de una puerta cerrada o abierta: se trata de un punto de honor. Stendhal Oh, Mujer, cuando te mueves en las ocupaciones del hogar, tu cuerpo canta como un riachuelo de montaña entre las piedras. Rabindranath Tagore El hombre para el campo y la mujer para el hogar; el hombre para la espada y ella para la aguja; el hombre con la cabeza y la mujer con el corazón; el hombre para el mando y la mujer para la obediencia: todo lo demás es confusión. Tennyson El primero que comparó la mujer a una flor, fue un poeta; el segundo un imbécil. Voltaire La mujer en tanto no ama y no sufre, es como una lámpara no encendida aún. M. de Waleffe Mientras una mujer pueda parecer diez años más joven que su hija, es completamente feliz. Wilde Las mujeres han sido hechas para ser amadas no para ser comprendidas. Wilde No hay ninguna mujer genial. Las mujeres son un sexo decorativo. Nunca tienen nada que decir, pero lo dicen deliciosamente. Wilde Si una mujer no puede hacer encantadoras sus faltas, no es más que una hembra. Wilde Las mujeres viven por y para sus emociones. No tienen la menor filosofía de la vida. Wilde

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cuento propio
ArteporAnónimo10/6/2008

Registrate y eliminá la publicidad! Hola gente, acá les dejó un cuento breve que escribí hace mucho pero que me ha parecido divertido. Ojalá los divierta también. Un Hombre Como Todos Eugenio Parentela vivió en el barrio de la estación toda su infancia, y hubiera pasado inadvertido, como uno más, de no haber sido por una peculiaridad que, aún ahora, después de toda una vida, me resulta arduo aclarar. Algún memorioso lo recordará- o creerá hacerlo- pero pocos son los que conocieron el secreto que atormentó a veces y benefició en otras al singular Eugenio. No teníamos él y yo más de diez o doce años cuando comencé a notarlo; recuerdo que jugábamos al fútbol en un potrero lindante a las vías del ferrocarril y sucedía que los del equipo rival solían hacerle a Eugenio maravillosos pases gol, confundiéndolo- casi siempre-con uno de sus delanteros. Para evitar ser reprendidos fieramente por sus indignados compañeros, los confundidos, solían cobrarle foul, alegando que Eugenio se las había pedido al grito de “¡mía!”, y Eugenio, una y otra vez juraba que no la hacia, cosa que – me consta- era verdad, porque además, si había algo que Eugenio no sabia hacer era mentir. Por otro lado también sucedía – incluso a mi- que nuestros delanteros le hacían gambetas creyéndolo un defensor contrario. Todo esto generaba una gran confusión y comenzó a despertar mi curiosidad, aún cuando el resto de los pibes prefreían atribuir estas confusiones al descomunal flequillo que ocultaba el rostro de Eugenio. Cuando comenzamos a concurrir a las primeras fiestas el asunto se tornó algo más grave; Eugenio era recriminado y perseguido por niñas que él juraba no haber visto en su vida, incluso a veces era víctima de severas viabas inferidas por tipos de fama oscura que se alegraban de volver a cruzarse al fin por primera vez con él…esas fiestas casi siempre terminaban cuando se oía a alguien decir: “sos vos, al fin nos encontramos”. Pero Eugenio Parentela no era de los que se dejan doblegar por el destino sin querer torcerlo. Con el tiempo fue probando diferentes modos de confundir a los confundidos: se dejó crecer una insípida barba; engordó treinta kilos; se rapó la cabeza…todo era inútil. Por cada cambio que realizaba parecían ser más las personas que lo tomaban por otro: “ el gordo Jiménez- la decían- ¡te pelaste!”.Probó con mudarse a otros barrios, a otras provincias, pero siempre regresaba a la casa de su madre, que sufría como una Magdalena con los moretones que traía de sus viajes. Pobre Eugenio. ¿Quién sino él sabe lo que es el dolor y el sufrimiento en esta tierra de azares? Un buen día desapareció. Se tejieron muchas historias distintas pero lo cierto es que el tiempo pasó y nadie supo más de él, tampoco se supo más de casi nadie ya que el tiempo también pasó para nosotros y cada quien tomó por caminos diferentes. Conseguí un trabajo aceptable tomando fotografías en un semanario que hace poco me envió a cubrir un congreso de mercachifles en Roma. Nunca pensé que tendría la oportunidad de conocer una ciudad como esa, pero mucho menos pensé que volvería a encontrarme- o creer hacerlo- con mi amigo de la infancia: Eugenio Parentela. El último día de mi visita me decidí a tomar fotografías de la arquitectura de la ciudad. Me adentré en el corazón de Roma, por sus casa más antiguas. Hice muchas tomas de los balcones, hasta que en uno de ellos vi a un hombre que se afeitaba reflejando su rostro en el vidrio de la ventana. Al acercar la lente con el zoom me tembló el pulso: era Eugenio. Quise estar seguro de que se trataba de él, así que silbé con todas mis fuerzas el chiflido – saludo que teníamos con los pibes del potrero, y me sorprendí , no sólo de saber chiflar como antes, sino también de acordarme de aquel viejo código de la infancia. Aquél hombre soltó la navaja al instante y me miró desde el balcón, con su rostro incrédulo. Lo saludé con los brazos abiertos y él me devolvió el saludo con un grotesco corte de manga, al grito de “¡va fangulo!”, con un acento inconfundiblemente norteño de Italia. Aún me dan vueltas por la mente algunas preguntas que tal vez nunca me pueda responder: ¿seria el cansancio del viaje lo que me hizo creer ver a mi desaparecido amigo?¿o la añoranza de mi tierra, por la lejanía?¿acaso hay , como aquí, otros Parentelas en otras latitudes del mundo, por qué no, del Universo, como un eco que los condenara a ser no uno, sino todos los hombres?¿seria el mismísimo Parentela, no más, que harto de su calvario habría encontrado al fin su lugar, es decir un lugar en el que nadie lo confundiera con otro hombre, hasta aquel momento en que , al verme, reconoció su penoso pasado y por eso me insultó y huyó? En ese caso justifico su actitud, y en cualquier otro, también.

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cuento propio 3
ArteporAnónimo10/12/2008

Registrate y eliminá la publicidad! Bueno , querida gente. Volví a descifrar viejos escritos y a reciclarlos un poco . Este es de una época en que viví en un pueblito con mar, llamado Claromecó.Allí fui pescador durante un invierno crudo y hostil pero generoso en soledad y "encarduma'o" (*) de recuerdos. Nombres Llegué a tiempo para brindar por otro año más. Justo a tiempo para que me sirvieran una copa y desearles a todos la felicidad. Pero yo ya había olvidado lo que era eso. Brindé algunas veces más de lo estrictamente social y reí con la risa del triste. Como a algo patético me veía a mi mismo, solo entre una multitud de rostros que me miraron sin querer ver. Después del absurdo de las avellanas se me ocurrió inventarme una cita para poder irme en paz. Daniel y Cecilia ofrecieron llevarme “¿es en tu casa?”, pero el asunto era que yo no tenía más casa, desde que la que nadie nombra cerró sus ojos para que el mundo siga andando, así que por las dudas que se quedaran a esperar a que yo entrase me decidí por otro lugar. “No. Es en el parador.” Mientras decía esa desagradable mentira me daba cuenta que era ridículo pensar que con mi estado de ánimo me vería con alguien en un lugar así. Pero ellos estuvieron discretos y yo acepté que me llevaran hasta el parador en la playa, a esa hora en la que sería un tumulto de gente borracha festejando sin sentido. Lo peor fue que me vi obligado a entrar ya que detrás de mi oía el motor del auto de Daniel y Cecilia, que esperaban paternalmente a que yo estuviera dentro, tal vez pensando que necesitaba divertirme… Recuerdo haber pasado por un corredor de alegría hipnótica, también haber bailado y tomado un trago que alguien me convidó al pasar, recuerdo haber llegado al final del pasillo y haber dejado atrás una puerta junto con la música, ganando en sonido la rompiente, yendo yo hacia ella. ¿Por qué nadie la nombra? ¿Por qué todos los rostros parecen simular que la ven a mi lado? ¿Por qué su nombre es como un fantasma, como sus manos, que las mías ansían? Sin temor a ser visto escribí su nombre en la arena húmeda y esperé a que el agua espumosa se lo llevara, pero no fue así. La marea parecía alejarse, no sé si de mí o de su nombre. Me alejé yo también. Me adentré sin sentido por entre calles que quizás no la conocieron, y que no me fueron hospitalarias. Quise comenzar a pensar en mi y conseguirme algún techo improvisado, como desde hacia ya un tiempo largo y extrañamente breve a la vez lo venia haciendo; sólo encontré puertas que dejaban salir músicas epidérmicas, corchos de sidra y pirotecnias lanzadas por algún tío ebrio. Mi caminata por fin concluyó sin quererlo otra vez en la playa cuando ya amanecía. El sol era una bola casi roja arañada por unas nubes densas que se perdían en la inmensidad. Bajaba a la arena para despedirme de su nombre cuando vi una figura apenas distinguible en la lejanía; no sabia si iba o si venia. Corrí hasta donde había escrito la palabra innombrable. El mar casi llegaba hasta él; unas huellas pequeñas – como las de ella-se agolpaban a su alrededor, y debajo de aquél secreto nombre pude ver que el mar no había llegado a borrar del todo el mío. (*) El término se lo debo a un pescador con el que tuve la siguiente conversación: el hombre regresaba del mar . "¿Y?"le pregunté "¿se pesca o no se pesca?" "Y..." se excusó el pescador "lo que pasa es que el pescau no estaba encarduma'o". Un saludo. <a href='http://b.t.net.ar/www/delivery/ck.php?n=a2afc290&amp;cb=INSERT_RANDOM_NUMBER_HERE' target='_blank'><img src='http://b.t.net.ar/www/delivery/avw.php?zoneid=58&amp;cb=INSERT_RANDOM_NUMBER_HERE&amp;n=a2afc290' border='0' alt='' /></a>

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cuento propio cuatro
ArteporAnónimo11/15/2008

Registrate y eliminá la publicidad! Sólo sé que no sé nada Marzolini bajaba la calle después de una siesta reparadora, con un pañuelo rojo al cuello, una camisa con reminiscencias de blanco y un ambo azul. Entró en el bar de la bajada, saludó con un ademán que apenas percibieron los jugadores de tute en la única mesa ocupada. Se sentó en un banco del mostrador y le pidió una ginebra sin hielo a Luciano. -Che, Marzo, ¿te anotás para esta noche?-preguntó Luciano-estoy haciendo un Puchero de Gallina Internacional. -Hoy no puedo- guturó Marzolini con el trago en la boca. -Che, no me vas a andar despreciando…mirá que vienen el Turco- insistía Luciano, contando con los dedos-,Gómez…el Tano confirma ahora… -Hoy no, Lucho; tengo concurso- lo cortó Marzolini. -¿Otra vez? ¡Con razón le sacaste la naftalina al “viejo smoking”! Marzolini no hizo caso de la burla y se terminó la ginebra en silencio. El turco se acercó a la barra y lo palmeó afectuosamente.-¿Qué hay , Marcito?- saludó. -Ahí ando, Turco. -Che- se quejo al turco Luciano-, dice que no se anota al puchero porque hay concurso, hoy. -¿Concurso de qué? ¿De preguntas? - El del programa de Silvia Fontana- aclaró dudas Marzolini. El turco dirigió su voz a los jugadores de tute: “señores: nuestro Marzolini, viejo-y-peludo-no-más, va por el bi-campeonato al programa de la diva de estos decadentes tiempos; me refiero a la señora ya entrada tanto en años como en carnes, nuestra querida Silvia Fontana.” Sin dejar de jugar ni por un instante aquellos hombres le dedicaron una breve mirada a Marzolini, cosa que, viniendo de ellos, le pareció todo un gesto; incluso a uno se le deslizó un “qué alegrón”. Marzolini ya había participado algunos meses antes en el concurso, ganándolo y haciéndose acreedor a unos dineros que le habían servido para ponerse al día con la pensión donde alquilaba una pieza, y para comprarle un tapado símil armiño a una viuda que conoció en un baile que organizó Luciano, para pagarle a este último la cuenta que tenía en el bar y quedar, pesos más pesos menos, como quien dice: en cero. - ¿Te sirvo otra, Marzo?- preguntó Luciano con la botella de ginebra en la mano. - No. Gracias, Luciano; quiero ir fresco. - Ni falta que te hace, Marzo, si sos una lumbrera. - Tuve suerte, Lucho. Si vos sabés que las preguntas de cultura general son muy caprichosas. - Eso es cierto…Por ahí a uno le preguntan como murió Sócrates y el tipo dice que envenenado con cicuta, y hasta pone cara de intelectual, pero si lo llevan por el lado de los postulados filosóficos ahí te quiero ver, mascarita. - Sí-.Sonrió Marzolini-Es capaz de contestar: “sólo sé que no sé nada”. Luciano soltó una carcajada que renovó el murmullo en el bar “La Puñalada”. -¿Quién de ustedes es el publicista?- preguntó el productor a los participantes. -Soy yo-.Contestó Marzolini desde un rincón. Se consideraba publicista a los efectos del concurso, aunque en realidad podría decirse que sí lo era ya que en ocasión del baile que organizara Luciano (la vez en que conoció a la viuda) el encargado de repartir los volantes y de hacer la pegatina nocturna de afiches fue el propio Marzolini. No le parecía adecuado admitir su verdadera ocupación que era- y es – levantador de quiniela . - Usted es el número cuatro- le indicó el productor. Siete participantes más esperaban con él en una sala sin asientos. Uno fumaba, otro se secaba la transpiración de la frente con un pañuelo no del todo sin usar, otra contaba las bolitas de un rosario en miniatura. Marzolini creía ver en cada uno de ellos todo un mundo de familiares, amigos y acreedores, y se preguntó – una vez más- si valía la pena prestarse, o venderse en el mejor de los casos, a aquella farsa. Hacía una evaluación, no muy ordenada de lo que significaba el concurso, y sus pensamientos giraban más o menos en las mismas cosas: “somos ocho, gana uno, pierden siete, nos ven cuatro millones, publicitan diez, ganan cinco, cultura general, cicuta, sólo sé que no sé nada…” Las luces del estudio se encendieron; la cortina musical del programa sonaba mientras Silvia Fontana ingresaba y se ubicaba en su atril. Después de las presentaciones se inició la primera ronda de preguntas. Marzolini la pasó invicto de errores. El del pañuelo, que resultó ser ingeniero, se equivocó con una pregunta tramposa y se tuvo que resignar con una botella de whisky a manera de consuelo. Una abogada y una docente empataron en errores en la segunda ronda y fueron a un desempate en ardua lucha literaria. La abogada acusó al bueno de Ulises de tramar el ardid de Troya y la docente quedó descalificada tras afirmar que Edgar Alan Poe había escrito “El Retrato de Dorian Gray”. Fue en la ronda número tres, que a Marzolini se le dio por rebelarse a las nociones generales para dar rienda suelta al pensamiento vivo, sin que mediara ninguna razón aparentemente. Su turno de contestar le llegó con la pregunta: “¿en qué parte del cuerpo se encuentra el hueso carpo?”. Mientras corrían los treinta segundos que Marzolini tenía para contestar, a él se le dio por pensar en que no tenía sentido una repuesta en la que no brillara siquiera un soplo de inspiración. Después de todo ¿ quién recordaría del mismo modo aquél maravilloso gol de Maradona contra los ingleses, allá por el 86, si a Diego no le hubiera brotado una inmensa inspiración, además de la técnica? ¡Inspiración!” seguía cavilando Marzolini, “ ese es el camino del pensamiento y nuestra única salvación. Sólo debemos confiar en ella, como confió el gran Diez cuando tuvo la picardía de hacer el otro gol, el primero, con la mano…” - Señor Marzolini…su tiempo.- lo requirió Silvia Fontana. - Con la mano.-dijo Marzolini. - En la mano- lo corrigió la conductora- ¡correcto!. -¿Cómo está el pucherete? ¿le faltó algo, muchachos? Preguntó Luciano a sus comensales que veían a Marzolini en la televisión. -Aguantá, Lucho- le reclamó el Turco- ; pará que este viene como por un tubo. “El carpo de Diego, mira vos,”-seguía Marzolini inmerso en sus pensamientos “pero el pensamiento y el fútbol no deberían mezclarse, sin embargo se hace. No me extrañaría encontrar un libro que se titulara “En Posición Adelantada”, y que tratara de un marido que descubre que su mujer le mete los cuernos; o, “Con Los Tapones De Punta”, un alegato en contra de la discriminación.” Así pensaba Marzolini a medida que se iba acercando a la final. -Señor Marzolini: ¿quién es el autor de la novela “Niebla?” “…Porque comparar un deporte con cuestiones más delicadas termina por ser vacuo” pensaba Marzolini, “pero muy popular. No me imagino con el título “Perdimos por Goleada Pero Cumplimos con las Premisas de Nuestro DT” al libro Del Sentimiento Trágico de la Vida”, del querido Don Miguel de Unamuno. -Señor Marzolini… -¿Si? -La respuesta, ¿la sabe? - ¿Don Miguel de Unamuno? - ¡Correcto!- dijo Silvia Fontana, que lo miraba con alguna desconfianza. -¡Vamos todavía! – gritó el turco. - Che, pero no se lo ve bien a ese hombre ¿eh?- intervino el Tano. Luciano se sirvió una copita de grapa.-A mí me parece que se le subió la ginebra que le di. Pero está en la final, ¿no? Efectivamente, Marzolini, con sus cavilaciones, estaba en la final. Quedó con un fotógrafo que parecía más nervioso que él, pero que poseía lo que se llama una gran cultura general. Así, fueron contestando una a una varias preguntas sin llegar a desempatar. Al fotógrafo le preguntaron cuál de los dos Egiptos había sido más vasto, a lo que contestó que el de arriba, o sea, el Alto; la conductora gritó lo mismo que venía gritando hacia como diez minutos. Le tocaba a Marzolini que estaba pensando en sus cosas, que a esa altura iban por acá: “saber sin saber nada. Porque no es arduo memorizar los títulos de los clásicos, más difícil es conocerlos. ¿Qué mérito tengo yo por haber contestado Unamuno, si apenas lo puedo comprender? ¿Qué mérito tiene que yo sepa que a Sócrates lo fulminó la cicuta, si no puedo siquiera interpretar su última voluntad, que fue que pagaran una gallina que le estaba debiendo a un vecino suyo?” - Señor Marzolini- lo increpó la conductora- ¿Cómo murió el filósofo Sócrates? -¡Uh!- se agarraba la cabeza el turco- esa sí que es jodida… ¿la sabrá Marzolini? Luciano miraba la televisión con la vista perdida en un inexistente horizonte.-No. No creo que la sepa. -Bien, señor Marzolini. ¿La respuesta? -Sólo sé que no sé nada- balbuceó Marzolini con apenas una sonrisa en los labios. - ¿Se fueron todos, ya? – preguntó Marzolini a Luciano al entrar al bar . - Se fueron, y te dejaron unos numeritos para la matutina. - Está fresca la nochecita. Me tomo algo y me voy al sobre, mañana tengo unos asuntos al mediodía, ¿sabés? Un tango rantifuso sonaba en la radio AM cuando Marzolini se acomodó su viejo smoking que iría al ropero de la pensión con tres o cuatro bolitas de naftalina nuevas hasta otro concurso, o hasta que- quién sabe- a la viuda se le volaran los patos y en una de esas se venían los confites. Antes de irse Marzolini le dijo a Luciano “acá te dejo una botellita de whisky, es caballo; fijate si me podés achicar algo de la cuenta. - Che- llegó a decirle Luciano-¿te anotás para mañana? - -¿qué hay? - Pucherito de Gallina Internacional.

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cuento propio 5. El Consorcio
cuento propio 5. El Consorcio
ArteporAnónimo1/17/2009

Hola gente: después de algún tiempo prudente para la holgazanería me decido a postear otro cuento que espero sea del agrado de alguien. Un saludo fraterno. El aviso decía: “ALQUILO AMPLIO LOCAL AL FRENTE”. Yo había hecho algunos viajes al exterior vendiendo de todo: cuadros, vajilla, ropa y hasta había hecho algunos “revoleos” no del todo legales. Pero no me importaba tanto porque mi meta era regresar a Tres Arroyos y comenzar a trabajar en el rubro inmobiliario. Mi socia me había dado bandera verde para conseguir un lugar para la oficina, lo más cerca del centro que fuera posible, aunque se hacia difícil por el escaso presupuesto con que contábamos. Así las cosas, quise ver el local del aviso que estaba -¿aún estará?- en pleno centro comercial. Me sorprendió ser el primero (y el único) en concurrir, según me lo aseguró Gutierrez, un viejo con más aire de portero que de propietario; un tipo bonachón que se mostró muy interesado, luego de una breve charla, en ser yo quien alquilara el local, que era muy amplio y parecía muy bien cuidado. Me ofreció pagar una cifra muy justa en sí, con el agregado de bajarla a casi la mitad si aceptaba compartir la entrada con los inquilinos del fondo. “Esta gente no vive aquí” me informó; “hacen algo de arte…no sé bien qué es pero le aseguro que no lo van a molestar en absoluto. El hecho es que necesitan pasar unas cosas por la puerta cada tanto, pero lo harían fuera del horario de oficina, así que…” -Me comunicaré con mi socia y pronto le daré una respuesta- Así me despedí de Gutierrez. Aquella misma tarde cerrábamos trato. El negocio comenzó a funcionar paulatinamente, y aunque arreglamos con Gutierrez compartir la entrada con los artistas, en el transcurso de casi seis meses no recordaba haber visto pasar a nadie que no fuera mi socia y algunos clientes. Hoy, por la mañana, se asomó por la puerta del local un tipo vestido con ropas de obrero; entró, y detrás de él comenzó a desfilar una cuadrilla de trabajadores cargando tablones y herramientas. Me acerqué al que parecía el jefe de la cuadrilla y le comenté el asunto de los horarios de oficina y el convenio con Gutierrez. El hombre me miraba en silencio, como si no me entendiera el idioma. En ese momento, otro le hizo una seña como de haber terminado. El grupo completo se retiró en orden y el último en salir pasó un escobillón por todo el pasillo y se trepó al camión en que habían llegado. Yo los vi perderse por la calle y no supe como proceder. Probé de llamar a Gutierrez pero el teléfono parecía muerto. En el fondo, había una puerta que había quedado abierta. Detrás, se veía otra puerta más grande que me llamó la atención. Me aseguré de que no venía nadie y traspasé hasta el pasillo donde estaba aquella puerta, que más parecía un portón, muy pesado, de madera tallada con dibujos con muchos detalles. Jamás había visto un trabajo así, ni pensé que habría en Tres Arroyos una obra tan ambiciosa. Se podía ver una descripción de un estadio romano, repleto de público en los palcos. En uno de ellos, el principal, se ubicaba una especie de trono, y en él, lo que parecía ser un emperador. Me encontraba mirando el portón, cuando llegó hasta la entrada de la oficina un micro con un contingente de hombres y mujeres vestidos con atuendos romanos. Mientras bajaban hacían bromas con un hombre que se veía como un emperador afeminado en sobreactuada seriedad. Fueron entrando a la inmobiliaria, pasaron de largo hacia el portón tallado y detrás de ellos los choferes entraron una caja muy grande de madera con agujeros por todos lados. Al traspasar el portón todos los intrusos cerraron sin que nadie me diera la más mínima explicación. No sé por qué a mí sólo se me dio por seguir mirando aquellas tallas. Vi que más allá de lo que parecía ser un estadio se vislumbraba un hombre mirando un portón de cerca y detrás de él unos hombres lo golpeaban con algo que parecía ser un palo . Después del golpe recuerdo vagamente haber sido arrastrado hacia adentro y haberme desplomado sobre la arena. Cuando levanté la vista todo era un griterío. El emperador hacía una señal con su pulgar hacia abajo y la gente redoblaba su entusiasmo. Quise decirle: “Gutierrez, qué significa este atropello”, pero me di cuenta de que ya era demasiado tarde: la caja estaba abierta y de ella salía un rugido más fuerte aún que el bullicio que me estremeció por completo.

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