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cuento propio cuatro

Arte11/15/2008
Registrate y eliminá la publicidad! Sólo sé que no sé nada Marzolini bajaba la calle después de una siesta reparadora, con un pañuelo rojo al cuello, una camisa con reminiscencias de blanco y un ambo azul. Entró en el bar de la bajada, saludó con un ademán que apenas percibieron los jugadores de tute en la única mesa ocupada. Se sentó en un banco del mostrador y le pidió una ginebra sin hielo a Luciano. -Che, Marzo, ¿te anotás para esta noche?-preguntó Luciano-estoy haciendo un Puchero de Gallina Internacional. -Hoy no puedo- guturó Marzolini con el trago en la boca. -Che, no me vas a andar despreciando…mirá que vienen el Turco- insistía Luciano, contando con los dedos-,Gómez…el Tano confirma ahora… -Hoy no, Lucho; tengo concurso- lo cortó Marzolini. -¿Otra vez? ¡Con razón le sacaste la naftalina al “viejo smoking”! Marzolini no hizo caso de la burla y se terminó la ginebra en silencio. El turco se acercó a la barra y lo palmeó afectuosamente.-¿Qué hay , Marcito?- saludó. -Ahí ando, Turco. -Che- se quejo al turco Luciano-, dice que no se anota al puchero porque hay concurso, hoy. -¿Concurso de qué? ¿De preguntas? - El del programa de Silvia Fontana- aclaró dudas Marzolini. El turco dirigió su voz a los jugadores de tute: “señores: nuestro Marzolini, viejo-y-peludo-no-más, va por el bi-campeonato al programa de la diva de estos decadentes tiempos; me refiero a la señora ya entrada tanto en años como en carnes, nuestra querida Silvia Fontana.” Sin dejar de jugar ni por un instante aquellos hombres le dedicaron una breve mirada a Marzolini, cosa que, viniendo de ellos, le pareció todo un gesto; incluso a uno se le deslizó un “qué alegrón”. Marzolini ya había participado algunos meses antes en el concurso, ganándolo y haciéndose acreedor a unos dineros que le habían servido para ponerse al día con la pensión donde alquilaba una pieza, y para comprarle un tapado símil armiño a una viuda que conoció en un baile que organizó Luciano, para pagarle a este último la cuenta que tenía en el bar y quedar, pesos más pesos menos, como quien dice: en cero. - ¿Te sirvo otra, Marzo?- preguntó Luciano con la botella de ginebra en la mano. - No. Gracias, Luciano; quiero ir fresco. - Ni falta que te hace, Marzo, si sos una lumbrera. - Tuve suerte, Lucho. Si vos sabés que las preguntas de cultura general son muy caprichosas. - Eso es cierto…Por ahí a uno le preguntan como murió Sócrates y el tipo dice que envenenado con cicuta, y hasta pone cara de intelectual, pero si lo llevan por el lado de los postulados filosóficos ahí te quiero ver, mascarita. - Sí-.Sonrió Marzolini-Es capaz de contestar: “sólo sé que no sé nada”. Luciano soltó una carcajada que renovó el murmullo en el bar “La Puñalada”. -¿Quién de ustedes es el publicista?- preguntó el productor a los participantes. -Soy yo-.Contestó Marzolini desde un rincón. Se consideraba publicista a los efectos del concurso, aunque en realidad podría decirse que sí lo era ya que en ocasión del baile que organizara Luciano (la vez en que conoció a la viuda) el encargado de repartir los volantes y de hacer la pegatina nocturna de afiches fue el propio Marzolini. No le parecía adecuado admitir su verdadera ocupación que era- y es – levantador de quiniela . - Usted es el número cuatro- le indicó el productor. Siete participantes más esperaban con él en una sala sin asientos. Uno fumaba, otro se secaba la transpiración de la frente con un pañuelo no del todo sin usar, otra contaba las bolitas de un rosario en miniatura. Marzolini creía ver en cada uno de ellos todo un mundo de familiares, amigos y acreedores, y se preguntó – una vez más- si valía la pena prestarse, o venderse en el mejor de los casos, a aquella farsa. Hacía una evaluación, no muy ordenada de lo que significaba el concurso, y sus pensamientos giraban más o menos en las mismas cosas: “somos ocho, gana uno, pierden siete, nos ven cuatro millones, publicitan diez, ganan cinco, cultura general, cicuta, sólo sé que no sé nada…” Las luces del estudio se encendieron; la cortina musical del programa sonaba mientras Silvia Fontana ingresaba y se ubicaba en su atril. Después de las presentaciones se inició la primera ronda de preguntas. Marzolini la pasó invicto de errores. El del pañuelo, que resultó ser ingeniero, se equivocó con una pregunta tramposa y se tuvo que resignar con una botella de whisky a manera de consuelo. Una abogada y una docente empataron en errores en la segunda ronda y fueron a un desempate en ardua lucha literaria. La abogada acusó al bueno de Ulises de tramar el ardid de Troya y la docente quedó descalificada tras afirmar que Edgar Alan Poe había escrito “El Retrato de Dorian Gray”. Fue en la ronda número tres, que a Marzolini se le dio por rebelarse a las nociones generales para dar rienda suelta al pensamiento vivo, sin que mediara ninguna razón aparentemente. Su turno de contestar le llegó con la pregunta: “¿en qué parte del cuerpo se encuentra el hueso carpo?”. Mientras corrían los treinta segundos que Marzolini tenía para contestar, a él se le dio por pensar en que no tenía sentido una repuesta en la que no brillara siquiera un soplo de inspiración. Después de todo ¿ quién recordaría del mismo modo aquél maravilloso gol de Maradona contra los ingleses, allá por el 86, si a Diego no le hubiera brotado una inmensa inspiración, además de la técnica? ¡Inspiración!” seguía cavilando Marzolini, “ ese es el camino del pensamiento y nuestra única salvación. Sólo debemos confiar en ella, como confió el gran Diez cuando tuvo la picardía de hacer el otro gol, el primero, con la mano…” - Señor Marzolini…su tiempo.- lo requirió Silvia Fontana. - Con la mano.-dijo Marzolini. - En la mano- lo corrigió la conductora- ¡correcto!. -¿Cómo está el pucherete? ¿le faltó algo, muchachos? Preguntó Luciano a sus comensales que veían a Marzolini en la televisión. -Aguantá, Lucho- le reclamó el Turco- ; pará que este viene como por un tubo. “El carpo de Diego, mira vos,”-seguía Marzolini inmerso en sus pensamientos “pero el pensamiento y el fútbol no deberían mezclarse, sin embargo se hace. No me extrañaría encontrar un libro que se titulara “En Posición Adelantada”, y que tratara de un marido que descubre que su mujer le mete los cuernos; o, “Con Los Tapones De Punta”, un alegato en contra de la discriminación.” Así pensaba Marzolini a medida que se iba acercando a la final. -Señor Marzolini: ¿quién es el autor de la novela “Niebla?” “…Porque comparar un deporte con cuestiones más delicadas termina por ser vacuo” pensaba Marzolini, “pero muy popular. No me imagino con el título “Perdimos por Goleada Pero Cumplimos con las Premisas de Nuestro DT” al libro Del Sentimiento Trágico de la Vida”, del querido Don Miguel de Unamuno. -Señor Marzolini… -¿Si? -La respuesta, ¿la sabe? - ¿Don Miguel de Unamuno? - ¡Correcto!- dijo Silvia Fontana, que lo miraba con alguna desconfianza. -¡Vamos todavía! – gritó el turco. - Che, pero no se lo ve bien a ese hombre ¿eh?- intervino el Tano. Luciano se sirvió una copita de grapa.-A mí me parece que se le subió la ginebra que le di. Pero está en la final, ¿no? Efectivamente, Marzolini, con sus cavilaciones, estaba en la final. Quedó con un fotógrafo que parecía más nervioso que él, pero que poseía lo que se llama una gran cultura general. Así, fueron contestando una a una varias preguntas sin llegar a desempatar. Al fotógrafo le preguntaron cuál de los dos Egiptos había sido más vasto, a lo que contestó que el de arriba, o sea, el Alto; la conductora gritó lo mismo que venía gritando hacia como diez minutos. Le tocaba a Marzolini que estaba pensando en sus cosas, que a esa altura iban por acá: “saber sin saber nada. Porque no es arduo memorizar los títulos de los clásicos, más difícil es conocerlos. ¿Qué mérito tengo yo por haber contestado Unamuno, si apenas lo puedo comprender? ¿Qué mérito tiene que yo sepa que a Sócrates lo fulminó la cicuta, si no puedo siquiera interpretar su última voluntad, que fue que pagaran una gallina que le estaba debiendo a un vecino suyo?” - Señor Marzolini- lo increpó la conductora- ¿Cómo murió el filósofo Sócrates? -¡Uh!- se agarraba la cabeza el turco- esa sí que es jodida… ¿la sabrá Marzolini? Luciano miraba la televisión con la vista perdida en un inexistente horizonte.-No. No creo que la sepa. -Bien, señor Marzolini. ¿La respuesta? -Sólo sé que no sé nada- balbuceó Marzolini con apenas una sonrisa en los labios. - ¿Se fueron todos, ya? – preguntó Marzolini a Luciano al entrar al bar . - Se fueron, y te dejaron unos numeritos para la matutina. - Está fresca la nochecita. Me tomo algo y me voy al sobre, mañana tengo unos asuntos al mediodía, ¿sabés? Un tango rantifuso sonaba en la radio AM cuando Marzolini se acomodó su viejo smoking que iría al ropero de la pensión con tres o cuatro bolitas de naftalina nuevas hasta otro concurso, o hasta que- quién sabe- a la viuda se le volaran los patos y en una de esas se venían los confites. Antes de irse Marzolini le dijo a Luciano “acá te dejo una botellita de whisky, es caballo; fijate si me podés achicar algo de la cuenta. - Che- llegó a decirle Luciano-¿te anotás para mañana? - -¿qué hay? - Pucherito de Gallina Internacional.
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