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Mitos y realidades de la Segunda Guerra Mundiall Lamento si hiero la sensibilidad de algún Taringuero con las imágenes, pero mi propósito es manifestar lo ocurrido en la segunda guerra, no repugnarlos. Los siguientes son algunos ejemplos de cómo la verdad se ha desfigurado en el caso de la Segunda Guerra Mundial: MITO: El origen de la Segunda Guerra Mundial debe buscarse en el ascenso de Hitler al poder en Alemania en 1933. REALIDAD: El origen de la Segunda Guerra debe buscarse en el Tratado de Paz de Versalles de 1919, cuando tras la Primera Guerra se impusieron a Alemania durísimas sanciones económicas relacionadas con el pago de los costos de la guerra a Gran Bretaña, con el fin de que ese país pudiera a su vez saldar las deudas que había contraído sobre todo con la banca Morgan durante la confrontación. Ello y la pérdida de grandes territorios por parte de Alemania y el imperio ruso merced al Tratado de Versalles generaron las condiciones objetivas para otra guerra. MITO: El protocolo secreto firmado por los cancilleres de Hitler y Stalin en 1939, inmediatamente antes del comienzo de la Guerra, que sellaba el reparto de Polonia entre Alemania y la URSS, respondía sólo a las ambiciones territoriales de ambos jefes de Estado. REALIDAD: Polonia había sido creada de la nada luego de la Primera Guerra Mundial por insistencia de Gran Bretaña y Estados Unidos con territorios que pertenecían a Alemania y Rusia. No existía ningún estado polaco desde 1815. Ambas naciones consideraban que la creación de Polonia era un mero golpe a su soberanía. El nuevo Estado polaco había sido muy afín (Políticamente) a Inglaterra. Su existencia servía para generar tensiones entre Alemania y la URSS dado que ambas reivindicaban la anexión de Polonia y no poseían una frontera común que podría haber significado su integración económica. Por lo tanto, el protocolo secreto de reparto de Polonia entre ambos Estados estaba diseñado con la finalidad de evitar fricciones entre ambas naciones ante la eventual extinción del Estado polaco. MITO: El pacto de no-agresión germano-ruso es una clara muestra de la falta de escrúpulos tanto de Hitler como de Stalin. REALIDAD: Ni Hitler ni Stalin deseaban una guerra en dos frentes. Hitler sabía que en caso de una invasión a Polonia era posible la declaración de guerra de Inglaterra y Francia. Stalin a su vez estaba preocupado por la alta tensión existente con los japoneses que habían invadido Manchuria, y había buscado un pacto de mutua defensa con ingleses y franceses antes de firmar el acuerdo con Hitler. La actitud dilatoria de la delegación inglesa, que ni siquiera tenía poder alguno para firmar tratados, obligó a Stalin a aceptar el acuerdo propuesto por Hitler y dejar a los ingleses con las manos vacías. Stalin sabía que en realidad los británicos deseaban una guerra entre Alemania y la Unión Soviética a causa de Polonia y que por eso nada iban a firmar con su ministro de Relaciones Exteriores. Hitler vio la ocasión de recuperar territorio polaco que había sido alemán sin ingresar en una guerra en dos frentes. No le faltaba lógica a los razonamientos de ninguno de los dos en aquel momento. MITO: El pacto de no agresión germano-ruso estaba destinado a romperse debido a que el régimen nazi alemán y el bolchevique de la URSS eran enemigos ideológicos irreconciliables. REALIDAD: En materia de sucesos graves como son las guerras, las ideologías se dejan de lado a la hora de ponderar factores prácticos. Hitler ofreció dos veces a Stalin que la URSS integrara el Eje (Pacto tripartito Berlín-Roma-Tokyo), asegurándole que el mismo no era un eje antisoviético sino antibritánico y antinorteamericano. La primera vez Stalin no contestó y la segunda supeditó el ingreso de la URSS al Eje a que Alemania reconociera a Rumania y Finlandia como zonas de influencia soviéticas, y por lo tanto, como países susceptibles de invasión por parte de la URSS con acuerdo alemán. Hitler importaba gran parte de su petróleo de Rumania y su níquel de Finlandia, y si accedía ello hubiera significado aumentar enormemente su dependencia petrolera respecto de la URSS, ya que sólo podía obtener petróleo de ella y de Rumania debido al bloqueo británico de los puertos alemanes del mar Báltico. No podía acceder al requerimiento de Stalin por esas causas, y ello es lo que impidió que dos regímenes teóricamente irreconciliables se aliaran bajo el paraguas del Eje, lo que hubiera significado un durísimo golpe a Gran Bretaña y Estados Unidos. MITO: Hasta su ingreso tardío a la Segunda Guerra a fines de 1941, Estados Unidos había sostenido una actitud totalmente neutral y aislacionista. REALIDAD: Estados Unidos siempre apoyó con créditos y ventas de materias primas y bienes industriales a Gran Bretaña durante la guerra, tal como lo había hecho en la Primera Guerra. Una eventual derrota inglesa habría ubicado a la banca de Wall Street en una situación muy difícil, dado que habría hecho irrecuperable la deuda contraída por Londres. Pero la ayuda directa a los ingleses no fue la única, dado que durante todos los años treinta la tecnología norteamericana era exportada a la Unión Soviética como forma de sostener el régimen de aquel país. Al mismo tiempo, también durante los años treinta, Hitler logró financiamiento para su régimen nazi mediante la colocación de diversos empréstitos en los Estados Unidos por parte del banco UBC (Union Banking Corp.), que era una entidad satélite de la poderosa Banca Harriman y operaba bajo la dirección de Prescott Bush, abuelo paterno del ex presidente norteamericano. Estados Unidos colaboró entonces tanto con Gran Bretaña como con Stalin y Hitler. Pero la estabilidad del sistema financiero norteamericano dependía de que Gran Bretaña ganara la guerra. MITO: La invasión de dos países neutrales como Noruega y Dinamarca que Hitler desplegó marca el atropello del Tercer Reich a sus naciones vecinas. REALIDAD: La provisión de mineral de hierro del Tercer Reich era íntegramente dependiente de las canteras del norte de Suecia. El hierro se transportaba vía Noruega y Dinamarca hasta Alemania. Hitler se enteró de un plan de invasión de Gran Bretaña a ambos países para cortar la provisión de hierro a Alemania. Por lo tanto, ordenó preventivamente su invasión 24 horas antes de que los propios ingleses lo hicieran. MITO: Las invasiones de Holanda, Bélgica y Luxemburgo por parte de Hitler constituyeron un acto de agresión sin sentido. REALIDAD: Francia había declarado la guerra a Alemania y un gran contingente de tropas inglesas había desembarcado en tierra francesa para combatir a Hitler tras su invasión de Polonia. Hitler no podía atacar a Francia en forma directa porque la frontera estaba protegida por la denominada "Línea Maginot", una cadena muy bien fortificada de defensas y fortificaciones francesas. Por lo tanto, no tuvo más remedio que invadir Holanda, Bélgica y Luxemburgo para poder invadir desde allí a Francia y prevenir así un ataque a su territorio. MITO: Las invasiones a Yugoslavia y Grecia que Hitler realizó antes de su ataque a la Unión Soviética son otra prueba de sus ambiciones territoriales ilimitadas. REALIDAD: Los ingleses habían invadido primero Grecia para desalojar de allí a los italianos que sin consultar a Hitler habían tomado ese país vía Albania, y merced a su ubicación dominaban el este del Mediterráneo, el Canal de Suez y el acceso al Mar Negro. Hitler necesitaba desalojarlos por esas cuestiones geopolíticas. Ésa fue la causa de la invasión de Yugoslavia, que se había tornado hostil al Tercer Reich debido a un golpe dado por los británicos. Belgrado era paso obligado a Grecia. En realidad las campañas a ambos países pusieron en un gran apuro a Hitler, quien tuvo que actuar de urgencia ante un error de los italianos. Hitler ya planificaba la invasión de la URSS y ambas campañas estuvieron a punto de retrasar e incluso boicotear esa operación. MITO: La campaña bélica alemana a la Unión Soviética estuvo signada por algunos errores enormes como el "capricho" de Hitler por tomar Stalingrado debido a que presentía que la caída de esa ciudad (que nunca se produjo) podía proporcionar un golpe muy rudo a Stalin. REALIDAD: La toma de Stalingrado tenía que ver con una realidad estratégica, pues la actual Volgogrado estaba situada en el punto más occidental del río Volga, por medio del cual se transportaba el petróleo del Cáucaso hasta los más importantes centros urbanos rusos. Cortar los suministros establecidos mediante el Volga podía paralizar a la Unión Soviética y acabar mucho antes la guerra. Stalingrado, entonces, no era apetecible por un "valor simbólico". Sin embargo, la fractura en dos del "frente soviético sur" que Hitler había establecido antes como unificado, produjo efectos desastrosos para Alemania: El fraccionamiento de las tropas en dos columnas diferentes que se dirigieron a Stalingrado y al Cáucaso debilitó su ataque, con lo que Hitler se quedó sin tomar esa ciudad y sin los pozos petroleros del Cáucaso, los que, de haber sido tomados, podrían haber supuesto la victoria. MITO: Sólo a medida que los aliados iban recuperando territorios en Polonia y Alemania se tuvo una cabal idea de las brutalidades que Hitler había cometido con minorías étnicas, y especialmente con los judíos. REALIDAD: La política antisemita del Tercer Reich era vastamente conocida en Occidente desde muchos años antes de desatarse la guerra. Hitler responsabilizaba al pueblo judío de la desastrosa situación alemana tras el Tratado de Versalles, y los consideraba inasimilables. Tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña los gobiernos sabían con lujo de detalles la política de exterminio masivo de judíos que estaba desarrollando Hitler. Incluso la prensa occidental estaba perfectamente al tanto de las aberraciones que estaba cometiendo el dictador alemán, a pesar de lo cual tejió un manto de silencio casi total sobre el tema durante el desarrollo de la guerra. Incluso la prensa controlada por empresarios de sangre judía (Como el New York Times) conocía en toda su magnitud el problema y lo silenciaba. Algunos altísimos dirigentes judíos como Ben Gurión y Chaim Waizmann también habrían estado al tanto, según fuentes judías, pero nada hicieron para impedir la masacre ni para favorecer la concientización del drama en los países aliados. ¿Por qué? Probablemente porque la masacre indiscriminada que estaba desarrollando Hitler proporcionaría tras la Segunda Guerra el elemento faltante para crear el Estado de Israel, cuya planificación se venía desarrollando al menos desde finales de la Primera Guerra Mundial con la llamada "declaración Balfour". Además es necesario tener en cuenta un artículo de Winston Churchill en el Illustrated Sunday Herald del 8 de febrero de 1920, en el cual señala, entre otras cosas, "Por supuesto, Palestina es demasiado pequeña para acomodar más de una fracción de la raza judía; además, una mayoría de los judíos no desean ir allí". El Holocausto entonces habría servido en forma siniestra, no sólo a Hitler sino a dos objetivos ingleses y norteamericanos: Crear el Estado de Israel a pesar de la oposición del pueblo palestino y del árabe en general, y convencer a una gran cantidad de judíos a radicarse allí para evitar la posibilidad de más masacres como las ejecutadas por los nazis. MITO: El desarrollo de la bomba atómica por parte de Estados Unidos tenía como único objetivo inicial el posible bombardeo de objetivos militares (Y no civiles) del Eje. Su posterior uso en Hiroshima y Nagasaki sólo se explica por la vocación del gobierno de Harry Truman de acortar la guerra y salvar así centenas de miles, o millones de vidas. REALIDAD: Los Estados Unidos comenzaron a realizar estudios para desarrollar la bomba atómica a raíz de una carta de Albert Einstein al presidente Roosevelt, en la que detallaba que a través de la fisión nuclear se podía generar una bomba de inédito poderío, y a la vez se mostraba preocupado por la posibilidad de que Alemania llegara primero a alcanzar esa tecnología. Años más tarde, pocos meses antes de que la primera bomba fuera lanzada sobre Hiroshima, volvió a escribir a Roosevelt manifestándole su preocupación, dado que tenía información de que Estados Unidos había alcanzado la tecnología nuclear, pero poseía indicios de que los militares del Pentágono pensaban lanzarla, tal como ocurrió, sobre objetivos civiles. Einstein no tuvo respuesta de Roosevelt, quien poco después murió. Su sucesor, Harry Truman, prominente miembro de la masonería norteamericana (Al igual que Roosevelt) no dudó en lanzar dos bombas atómicas sobre ciudades japonesas con el pretexto de acortar la duración de la guerra y salvar vidas. Una reciente investigación del autor japonés Tsuyoshi Hasegawa demuestra que el real objetivo de lanzar las bombas atómicas no fue salvar vidas sino impedir que Japón se rindiera ante la Unión Soviética y lo hiciera ante los Estados Unidos. Tras terminar su guerra con Alemania los soviéticos se aprestaban a invadir Japón, y los Estados Unidos consideraban que Japón no debía quedar (Ni total ni parcialmente) bajo el área de influencia soviética. Las bombas de Hiroshima y Nagasaki cumplieron entonces ese objetivo geopolítico que prescindía totalmente de consideraciones humanitarias. El gobierno japonés tampoco estuvo a la altura de las circunstancias tras las bombas atómicas, dado que sólo accedió a rendirse una vez que le fue asegurado que el emperador Hirohito no sería removido de su cargo, lo que tuvo aún más efecto para terminar la guerra en el Pacífico que las propias bombas atómicas. Luego queda el caso de Pearl Harbour, que bien se puede explicar así: La Segunda Guerra Mundial parecía haber llegado a su final en 1941, cuando Hitler obtuvo la rendición francesa, y, transitoriamente, Gran Bretaña se quedó como su única enemiga. Churchill y Roosevelt deseaban el ingreso de los Estados Unidos en la guerra, pero no poseían justificativo alguno. Además, la población norteamericana estaba en contra y ya desde 1936 Roosevelt exhibía como estandarte de campaña electoral su total oposición al ingreso norteamericano en la Segunda Guerra Mundial. Se necesitaba una excusa urgente entonces para poder declarar la guerra al eje Berlín-Roma-Tokyo, que por un tratado tripartito se comprometía a considerar enemigo común a cualquier nación que atacara al menos una de las tres. Hitler no cayó en la trampa que hábilmente había tejido Roosevelt para que la Armada alemana hundiera un buque estadounidense cerca de las aguas de Islandia, pero los máximos esfuerzos del presidente norteamericano para que el Eje atacara a los Estados Unidos y matara unos cuantos miles de ciudadanos inocentes rindió frutos con Japón. El gobierno de ese país toleraba la ayuda norteamericana al general chino nacionalista Chiang Kaishek, quien estaba en guerra contra Japón, dado que sabían de la peligrosidad del ingreso de los norteamericanos en la guerra, pues podrían dar vuelta la relación de fuerzas, y asegurar, tal como ocurrió, el triunfo aliado. Roosevelt tuvo entonces que redoblar esfuerzos: Trasladó parte de la flota del Pacífico, que estaba segura en la costa oeste norteamericana, a la bahía de Pearl Harbour en Hawai, mucho más cerca de Japón. Los nipones soportaron la provocación, por lo que los esfuerzos de Roosevelt por lograr que lo atacaran tuvieron que redoblarse aún más. El presidente norteamericano ordenó entonces que algunas naves de guerra estadounidenses ingresaran en aguas muy próximas al Mar del Japón, lo que constituía un completo acto de provocación. Sin embargo, tampoco esa vez los japoneses cambiaron su actitud. Si bien las relaciones entre los dos países eran muy tensas, no había motivo para el ingreso de los Estados Unidos en la guerra. Ya antes Roosevelt había sugerido a la Armada realizar un bloqueo comercial al Japón, cosa que en un principio no logró por la resistencia del almirantazgo. ¿Qué hizo entonces? Algo sencillo: Ordenar la aplicación de un embargo petrolero y luego uno comercial total contra Japón. Como ese país no producía petróleo, rápidamente la situación se tornó insostenible. Ocurre que la economía moderna no funciona sin petróleo, y mucho menos en tiempos de guerra: Ni los ejércitos ni las naves pueden moverse sin petróleo. El estrangulamiento energético al que había sido sometido Japón no tenía, en el mediano plazo, otra solución que la declaración de guerra, que llegó a Washington muchas horas antes del ataque a Pearl Harbour, del cual Roosevelt estaba también al tanto por fuentes diplomáticas. Nada hizo el presidente para evitar o al menos demorar el ataque japonés. Todo lo contrario, su intención había sido provocarlo. De esta manera, los buques estadounidenses más modernos fueron retirados de Hawai, y sólo se dejó una treintena de naves muy antiguas o averiadas y sus respectivas tripulaciones. En otro oscuro acto de traición a su propio país por parte del gobierno norteamericano, el comandante de la flota estadounidense en Pearl Harbour ni siquiera fue notificado por Roosevelt de que en solo cuestión de horas sería atacado por la aviación nipona, por lo que nada pudo prepararse adecuadamente y las bajas fueron muy fuertes cuando finalmente se produjo el ataque el 7 de diciembre de 1941: más de 2.000 norteamericanos murieron. En cuestión de días Roosevelt obtuvo el consenso interno que necesitaba para entrar en la guerra, y tras unas pocas semanas hubo acuerdo del Congreso para el inicio de las operaciones bélicas contra el eje Berlín-Roma-Tokyo. A la población norteamericana se le ocultó prolijamente toda esta información. Los medios de prensa, que ya desde mucho tiempo atrás eran los más importantes del mundo, nada dijeron al respecto. Sólo en los años cincuenta y sesenta comenzó a salir a flote la información, en forma fragmentada. La historia solamente fue contada tal como fue en libros alternativos o minoritarios de historia. Cada acto de traición del propio Roosevelt que se descubría seguía siendo minimizado u ocultado por la propia prensa, que intentaba seguir manteniendo la verdad amordazada. Que juzgue el lector, con la información disponible, qué papel jugaron y juegan la "historia", los "historiadores", la "prensa" y los "periodistas" que se han referido en forma unilateral a la Segunda Guerra Mundial. Lo cierto es que tanto Hitler, un antiguo amigo de la elite transformado súbitamente en el peor enemigo de la misma, como su cruel y terrible régimen nazi, fueron mostrados para siempre como el peor desastre ocurrido a la humanidad en muchísimos siglos. ¿Qué mejor manera de sepultar al enemigo para siempre?
Joseph Ratzinger (Benedicto XVI): el Papa de Bush Joseph Ratzinger, conocido hoy como el papa Benedicto XVI, es el descendiente natural (Y el sucesor preferido) de Juan Pablo II. Durante el largo pontificado de Karol Wojtyla, Ratzinger actuó como su mano derecha y hasta se lo sindicaba como el real "cerebro" del papado de Juan Pablo II, quien entre 1978 y 2005 habría tenido suficiente tiempo como para designar su sucesor al haber nombrado, en esos 27 años, una abrumadora mayoría de los cardenales que lo elegirían. Obviamente, Juan Pablo II eligió cardenales filosóficamente afines a su agenda conservadora, factor que ha hecho perder ascendencia a la Iglesia Católica sobre sus fieles, la mitad de los cuales se concentra hoy en América latina, y una parte importante restante en Europa. Esa pérdida de ascendencia es un hecho muy deseado por la elite, socia y creadora de las sociedades secretas, dado que una Iglesia muy cercana a la gente podría resultar un enemigo muy digno de la agenda globalzadora que representan, principalmente, Estados Unidos y la Union Europea. Los pueblos de muchas naciones latinoamericanas y europeas podrían canalizar buena parte de su disgusto contra la globalización a través de una institución como la Iglesia, la cual, si estuviera muy cercana a las poblaciones bien podría constituirse en un poderoso factor antiglobalización. En vez de ello, durante la era de Juan Pablo II, más allá de sus frecuentes viajes apostólicos, la persistencia casi obsesiva del Vaticano en negarse a dejar de lado algunos de sus dogmas más anticuados como la grave situación de pecado mortal para quienes acepten mecanismos anticonceptivos, alejó a muchísimos fieles. Como se observa, el catolicismo no es (Mejor dicho, no era hasta hace décadas) precisamente el tipo de religión más consonante con las reglas de Leo Strauss, al haber sido algo mucho más que una religión: Una verdadera institución terrenal con el poderío suficiente para disputar durante casi veinte siglos el poder de los más importantes reyes europeos. Pero ésta también resultó muchas veces una maquinaria recaudatoria de dinero mediante nefastos mecanismos como la Inquisición o diversos impuestos, cuyas víctimas resultaban precisamente los incipientes miembros de las burguesías, hermanados en sociedades secretas. Que la agenda de Ratzinger iba a ser aún más conservadora que la de su antecesor quedaba claro tan sólo con el dato, muy difundido, de que en su adolescencia perteneció a las Juventudes Hitlerianas. Sin embargo, hay un dato clave acerca del cardenal alemán que casi no fue divulgado por la prensa, pero que muestra muy claramente dónde está situado en este milenio, más allá de lo que haya hecho o pensado en la década de 1940. Como se recordará, en noviembre de 2004 se desarrollaron los comicios presidenciales en los Estados Unidos en los cuales, tras una dura lucha inicial, George W. Bush (de fe bautista y antiabortista) logró su reelección ante John Kerry, católico apostólico romano, pero de pública afiliación a los movimientos "pro-choice", o sea abortistas. Pocos meses antes de las elecciones, Joseph Ratzinger envió un memorando confidencial a todas las diócesis católicas estadounidenses en el que decía textualmente: "Aparte del juicio individual de una persona sobre su calificación para recibir la Sagrada Comunión, el sacerdote puede encontrarse a sí mismo en una situación en la que debe rechazar distribuirla, por ejemplo en los casos de excomunión, interdicción o una obstinada persistencia en manifestar pecado grave (...) El sacerdote no debe hacer un juicio subjetivo sobre la culpabilidad de la persona sino reaccionar ante la pública incapacidad de la persona en cuestión, debido a una objetiva situación de pecado." La posición abortista de Kerry era conocida en todos los Estados Unidos, y la Iglesia Católica, con la firma de Ratzinger, le retiraba todo el apoyo de sus propios círculos norteamericanos, mientras que Bush gozaba del de los influyentes círculos protestantes. Pero en ese memorando, vergonzosamente confidencial a fin de que las masas católicas de fuera de los Estados Unidos no se enteraran del apoyo del Vaticano a Bush, mientras que los católicos norteamericanos más influyentes estaban muy al tanto, el entonces cardenal Ratzinger fue aún mucho más allá, y escribió: "No todos los temas morales tienen el mismo peso moral que el aborto y la eutanasia. Puede haber una legítima diversidad de opinión, aun entre católicos, sobre las declaraciones de guerras o la aplicación de la pena de muerte, pero no con respecto al aborto y la eutanasia. O sea, Ratzinger no sólo intervino políticamente retirando todo apoyo a John Kerry, sino que en forma abierta proclamó a sus fieles estadounidenses que el Vaticano no consideraba los actos más salvajes de George W. Bush como las guerras de Afganistán e Irak, o su récord de condenas a muerte como gobernador de Texas, como actos reñidos en sí mismos con la moral de la Iglesia Católica. En suma, el cardenal Ratzinger, con el permiso del entonces papa Juan Pablo II (Que no podía desconocer la cuestión y a quien Ratzinger pretende nombrar santo en tiempo récord) bendijo la candidatura de Bush y condenó la de Kerry. Y adivinen ¿Quién fue el principal diseminador en los Estados Unidos de esta misiva electoral del cardenal Ratzinger? Nada más y nada menos que el cardenal Avery Dulles, pariente de los famosos hermanos Allen y John Foster Dulles, jefes de la CIA y del Departamento de Estado en la era Eisenhower. El cardenal Dulles proviene de una familia totalmente protestante, entonces ¿cómo se dio su conversión al catolicismo al punto de llegar a ser uno de los cardenales más influyentes de los Estados Unidos? ¿Por obra y gracia del Espíritu del Santo Dinero? Lo cierto, sea como fuere, es que Benedicto XVI se convertía en una gran ayuda, dentro de la comunidad católica norteamericana, para George W. Bush, al igual que Vladimir Putin, el fallecido Osama bin Laden (tres días antes de las elecciones en su video muy probablemente trucado) y Silvio Berlusconi, quien no dudó en brindar también toda su colaboración a la candidatura, deseándole el triunfo. La intencionalidad política del memorando de Ratzinger es indiscutible, porque fue emitido 90 días antes de las elecciones. En otras palabras, ni a Ratzinger ni a Wojtyla parecían importarles demasiado las posiciones abortistas de John Kerry antes de que éste se convirtiera en un candidato con posibilidades de derrotar al mandatario norteamericano. Ratzinger expresó, en su homilía navideña Urbi et orbe de 2005, una extraña llamada a un "Nuevo Orden Mundial", al igual que lo hizo años antes su antecesor Juan Pablo II y, entre otros, también lo había hecho George Bush padre, este último significativa o casualmente el día 11 de septiembre de 1990, en un famoso discurso. Muchos otros personajes "poderosos", como Gorbachev, pronunciaron "coincidentemente" esa misma expresión muchas veces, en público y frente a toda la prensa. "Nuevo Orden Mundial" es la frase que está en latín(No vus Ordo Seculorum) en el reverso del billete de un dólar, bajo la pirámide partida en su cumbre con y por el "Ojo que Todo lo Ve", característica de las sociedades secretas y sobre todo de los Illuminati de Baviera, por lo que remite directamente a ellas. ¿Cómo pueden haberla dicho entonces Juan Pablo II y Benedicto XVI? Pero si todo esto no bastara para levantar grandes dudas acerca de quién es en realidad el papa, hay que recordar que eligió nada menos que el 11 de septiembre de 2006 para pronunciar aquel polémico discurso, en el que no sólo citó una frase pronunciada por el emperador bizantino Manuel Paleólogo II en siglo XIV, la ahora conocida: "Muéstrame qué es lo que Mahoma ha traído de nuevo, y solo encontrarás cosas malas e inhumanas, como su creencia de imponer la fe por la espada." Benedicto XVI fue mucho más allá en ese discurso de Regensburg, pronunciado en esa fecha clave, porque dijo, tal como lo refleja el New York Times del 12 de septiembre de 2006 (Pero muchos medios silenciaron), una frase indeleble, mucho más que significativa: "La violencia, encarnada en la idea musulmana de la Jihad, o guerra santa, es contraria tanto a la razón como al plan de Dios, y Occidente está obligado a razonar que el Islam no puede entenderlo." Si esto no es un tácito llamado a una especie de "cruzada", ¿Qué es? ¿Qué significa que Occidente está obligado a razonar que el Islam no puede entender su naturaleza violenta? ¿Estamos obligados a darnos cuenta de que todos los musulmanes no pueden entender que son irracionales y que se oponen al "plan de Dios"? ¿Quién es el papa para hablar en esos términos? ¿Cree el papa ser el vicario de Cristo, o acaso Dios mismo para hablar así? Para colmo de males, la frase fue dicha durante la permanencia ilegal de los Estados Unidos y el Reino Unido en Irak, las amenazas permanentes de los Estados Unidos a Irán, la invasión y destrucción de El Líbano por parte de Israel y las crecientes tensiones occidentales contra Siria. Nada dijo Ratzinger acerca de las permanentes agresiones e intromisiones de los Estados Unidos en terceras naciones, generalmente islámicas y donde se concentran los recursos petrolíferos y gasíferos, ni contra la globalización, empobrecedora creciente de las masas populares de países pobres y ricos, ni sobre la acumulación de capital en manos de la elite globalista que aumenta su poder día a día. Las posteriores "disculpas" del Vaticano no pueden borrar el mensaje, mucho menos porque fue leído y no improvisado. Juan Pablo II: el Papa de Ronald Reagan y Bush padre La CIA, con William Casey a la cabeza, elaboró a principios de los años ochenta un plan detallado para provocar la caída del Muro de Berlín y la disolución del imperio soviético. Ese plan incluía la provocación de un gran clima de agitación social en Polonia, iba a ser llevado a cabo por el sindicato Solidaridad dirigido por Lech Valesa y debía ser financiado por la CIA. El problema era que la CIA no contaba con medios humanos para sostener los grandes movimientos sociales que se desarrollarían en Polonia. La agencia no podía girar fondos a un banco polaco para que un agitador los retirara porque en Polonia, en aquella época tras la "Cortina de Hierro", había control de cambios y los fondos podían ser fácilmente identificados por las autoridades monetarias. El apoyo de la CIA debía ser secreto. Para ello debía encontrar un socio que sigilosamente ayudara a ingresar los fondos y los distribuyera, y la Iglesia Católica era el candidato ideal. El papa polaco Karol Wojtyla habría dudado en un principio acerca de si debía prestarse o no a esa maniobra, pero tras el atentado que sufrió en 1981, atribuido erróneamente a la KGB (Cuando en realidad habría sido planeado por la propia CIA con intención de herirlo solamente) habría decidido colaborar con la CIA, cosa que no debe extrañar porque Juan Pablo II coincidía con la posición de Reagan y Bush padre en el sentido de que el comunismo era el peor de los males que asolaban a la Tierra. De esta manera, los fondos se habrían distribuido a través de miembros afines a la Iglesia Católica polaca, factor que fue predeterminante para el posterior desmembramiento de Europa Oriental de la URSS. Pero la colaboración de Juan Pablo II con la elite globalista no se limitó solamente a la asociación con la CIA para desestabilizar al régimen soviético. A lo largo de su pontificado, el papa dio cada vez más privilegio al Opus Dei, elevando a la categoría de santo a su fundador Josemaría Escrivá de Balaguer. El Opus Dei se ha constituido en una entidad de gran poderío económico y financiero en América latina, España y los Estados Unidos, donde varios de sus miembros ocupan puestos muy prominentes en Wall Street. Asimismo, nombró a muchos de sus sacerdotes como cardenales, y su actuación fue determinante a la hora de elegir a Joseph Ratzinger como nuevo papa. En realidad, Karol Wojtyla era un agente del Opus Dei desde mucho tiempo atrás. Mucho antes ya de la muerte de Paulo VI pertenecía a una sociedad del Opus Dei llamada Priestly Society of the Holly Cross (Sociedad Fraternal de la Santa Cruz). Cada vez que Wojtyla viajaba a Roma por asuntos religiosos como arzobispo de Cracovia, desde años antes de su llegada al papado, pasaba la noche en una de las sedes del Opus Dei en esa ciudad, donde tenía la oportunidad de conversar e intercambiar pareceres con algunos de los más importantes miembros de esa organización, quienes así comenzaron a estrechar lazos con él, a quien podían ver cada vez más como un potencial papable. Durante el papado de Paulo VI, la organización había obtenido algunas ventajas dentro de la jerarquía católica, pero era aún un sector muy minoritario, y el propio Paulo VI parecía desconfiar de ella, y le negaba, cada vez que podía, el estatus de prelatura personal. Por lo tanto, los miembros del Opus Dei consideraban que debía ser sucedido por algún cardenal muy afín a su visión conservadora y tradicionalista en lo religioso, pero librecambista y privatista en lo político y económico. Durante su papado, Juan Pablo II no se quejó (Más allá de lo meramente declamatorio) de los excesos visibles de pobreza, marginalidad y desempleo que la globalización provocaba crecientemente. Tampoco (Más allá de cortas declaraciones formales) trató de impedir las guerras en que los Estados Unidos incursionaron durante su pontificado, y ni siquiera se refirió a la serie de guerras desatadas en Yugoslavia durante toda la era Clinton. Quizás, en buena medida, por ello tanto George Bush padre como Bill Clinton asistieron a su velorio. Se limitó a viajar incesantemente a países pobres, buscando el aplauso fácil de las masas católicas, llevando mensajes de fe vacíos de contenido efectivo. Esos viajes, generalmente de contenido propagandístico, ayudaban a reforzar la fe católica en las masas empobrecidas, pero Juan Pablo II, en vez de condenar las políticas liberales con toda crudeza e insistentemente (Lo que habría radicalizado los sentimientos antiglobalizadores de vastas poblaciones) se limitó a intentar renovar la fe de la feligresía con su mera aparición en recónditos lugares del planeta. Su política era estar, sonreír, mostrarse y bendecir, sin hacer ni decir de más. Recordemos que su verdadera vocación de juventud estaba relacionada con ser actor, según él mismo expresó en varias oportunidades. Hay algo más acerca de Juan Pablo II que sigue siendo una gran incógnita: Su origen, su infancia y su juventud permanecen en una verdadera nebulosa. Veamos qué dice acerca de su ingreso al sacerdocio la obra Quiénes gobiernan al mundo actual: "Terminados sus estudios secundarios se trasladó con su padre, en 1938, a Cracovia. Allí comenzó sus inquietudes intelectuales que lo llevaron a escribir poesía, practicar deportes y salir periódicamente a esquiar o de campamento, mientras trabajaba en una fábrica de productos químicos. Durante la ocupación alemana mientras desempeñaba sus tareas habituales organizó un grupo amateur de teatro. En 1941 murió su padre en la guerra y poco tiempo más tarde resolvió dedicarse a la carrera religiosa ingresando a un seminario clandestino en el arzobispado de Cracovia, mientras continuaba trabajando. En 1942 desapareció de su lugar de trabajo y reapareció recién a finales de la guerra, habiendo completado sus estudios sacerdotales. Fue ordenado el 1o de noviembre de 1946 y enviado a Roma, donde obtuvo el Doctorado en Filosofía. "Quiénes gobiernan al mundo actual, Florencio Hubenak, Eudeba, 1981. ¿Poesía mientras Hitler amenazaba a sus compatriotas polacos y a millones de judíos con perseguirlos en toda Europa? ¿Poesía? ¿Práctica de deportes, esquí y campamentos en Polonia en 1938 a sólo un año de la Segunda Guerra Mundial? ¿Asalariado deportista de una empresa química devenido líder de aspirantes a actores? ¿Organización de un grupo "vocacional de teatro" en plena ocupación nazi de Polonia? ¿Suena esto piadoso y religioso? ¿Seminario clandestino en lo que aún en guerra era un arzobispado? ¿Clandestinidad y desaparición justo en Cracovia, la ciudad polaca menos atacada por los nazis, con sus antiguas iglesias intactas? ¿Desaparición durante tres años, justo de la ciudad más segura en Polonia para un católico, con total desconocimiento de su paradero? ¿Carrera sacerdotal en la clandestinidad? ¿Es posible, es creíble? Para colmo: ¿Mientras Pío XII era "amigo" de Hitler, del cual recibía financiamiento? ¿Reaparición súbita al final de la guerra tras tres años de silencio sin ninguna información sobre su paradero? ¿Ordenación sacerdotal inmediata tras su reaparición? ¿Posterior envío en el acto a Roma, con nada menos que Pío XII aún en el papado? Demasiados puntos oscuros, increíbles puntos oscuros, o quizá no tanto. ¿Se tratará de una biografía oficial y "armada"? ¿Quién fue en realidad Juan Pablo II, o Karol Wojtyla, a quien Ratzinger, su mano derecha y el Papa de Bush pretende santificar en tiempo récord? ¿Por qué santificarlo en tiempo récord, violando los propios reglamentos vaticanos? Dudas, enigmas, misterios y clarísimas sospechas de que tras la historia de Juan Pablo II hay importantes y quizá muy oscuras cosas que desconocemos. Por citar algunas más, cabe mencionar sus dos viajes a los Estados Unidos mucho antes de ser papa, el primero de ellos a Boston en 1969. Durante el mismo, como miembro de un autodenominado comité norteamericano-polaco de buena voluntad, almorzó (Langosta incluida), con políticos y clérigos estadounidenses. Entonces, su anfitrión bostoniano, el cardenal Buczko, "predijo" durante esa estadía que llegaría a papa. Y luego uno en 1976, en el que asistió a la Catholic University of America (CUA) situada en la capital arquitectónica de la masonería: Washington DC. En dicho viaje, Wojtyla trabó estrecho contacto con el decano Dougherty, quien en 1978 también "predijo", curiosamente, que llegaría a papa. Como vemos, los papados de Benedicto XVI y Juan Pablo II han sido funcionales al poder financiero de Wall Street, las megacorporaciones y las sociedades secretas tan odiadas por el Vaticano en otras épocas, e incluso han servido a los sectores más aferrados del Partido Republicano estadounidense. Para entender cómo es posible que esto ocurra es necesario sumergirse en el papado de Paulo VI y en la rara y prematura muerte de su sucesor, Albino Luciani (Juan Pablo I). "Por alguna grieta, el humo de Satanás ha ingresado al Vaticano": Como hemos visto en el título, en 1972 el papa Paulo VI había pronunciado una extraña frase, con mucha amargura, en medio de una homilía. La referencia a Satanás tiene un significado inequívoco para los estudiosos de las sociedades secretas y la masonería. La acusación más sonora que se les hace es la de practicar el satanismo o luciferianismo. Ésta tiene poco de raro si se tiene en cuenta, por dar sólo un ejemplo, que el masón más poderoso del siglo XIX, el general sureño y cofundador del Ku Klux Klan Albert Pike, hacía referencias inequívocas en sus escritos a la preeminencia de Lucifer (El príncipe de la luz) en el universo. De tal manera, la frase de Paulo VI cobra su sentido si se entiende que estaba diciendo que las sociedades secretas se habían infiltrado en el Vaticano, y varios de sus miembros ocupaban altos puestos dentro de él. Sin embargo, debe hacerse notar que Paulo VI fue papa hasta 1978, y no volvió a expresarse con tal claridad al respecto desde 1972, ni a ampliar sus declaraciones contrarias a las sociedades secretas y a su infiltración vaticana. Esto puede resultar muy llamativo, dado que Paulo VI estaba declarando que el enemigo mortal y ancestral de la Iglesia ya estaba dentro de ella. Lo cierto es que a su muerte, el poder político y financiero de los Estados Unidos y Londres deseaba que accediera al papado un cardenal conservador que bloqueara los avances de la Teología de la Liberación, que se consideraba "filomarxista", en América latina, región muy densamente poblada por católicos. Se trataba justamente del momento en que era funcional a esos centros de poder la existencia de dictaduras militares en todo el continente, las cuales por obvios motivos mantenían excelentes relaciones con los sectores más conservadores de la Iglesia, y aplicaban teorías económicas neoliberales. A su vez, los cardenales sindicados como masones infiltrados (En una lista de miembros de la logia P-2 publicada en Il Giornale de Turín por el periodista Mino Pecorelli, un renegado de la misma que luego fue asesinado, eran nombrados Jean Villot y Paul Marcinkus, y otras fuentes señalan a Poletti, Baggio y Casarolli) deseaban evitar a toda costa cualquier atisbo de renovación en el Vaticano. No solamente compartían los intereses ideológicos de sus nuevos socios, los núcleos protestantes de poder en Nueva York, Washington DC y Londres, sino que necesitaban evitar que se destapara un gran escándalo financiero con la banca relacionada con la Santa Sede y en parte, propiedad del Vaticano. Lo peor es que esa relación financiera involucraba a la Iglesia en lavado de dinero de la droga y tráfico de armas, fondos de la mafia, y más aún. Varios de esos cardenales que habrían sido masones dirigían las finanzas vaticanas. El Opus Dei también reclamaba un candidato conservador, y estaba alineado, por una confluencia de factores, con la CIA y la masonería. A la muerte de Paulo VI, el candidato de estos sectores era el "ultraconservador" Siri, y su oponente, Giovanni Benelli, era un progresista nato. Pero había un empate técnico y ninguno podía llegar al papado. Era necesario encontrar un tercer candidato y fue gracias a la incesante actividad de Benelli que surgió como papa Albino Luciani, llamado Juan Pablo I, quien era un progresista que quería depurar a la Iglesia de los miembros corrompidos que habían afectado, y peor aún, ensuciado al catolicismo con rarísimos movimientos financieros. También quería extender la actividad de los "teólogos de la liberación" en América latina, dado que consideraba que la Iglesia debía aproximarse a la gente. El obispo John Magree (A quien se señaló en su momento como quien descubrió el cadáver de Luciani) declaró mucho tiempo más tarde (los medios de comunicación no lo reflejaron) que Juan Pablo I le confesó varías veces que su papado sería muy corto y su sucesor sería "El Extranjero" (Wojtyla estaba sentado casualmente justo frente a Luciani en el cónclave que eligió a este último como papa). Luciani sabía de la connivencia de los sectores más reaccionarios y conservadores de la Iglesia con los oscuros centros de poder de la CIA, la masonería y el Opus Dei y las altas finanzas. Es claro que entreveía su próxima muerte, y muy probablemente su reemplazo por Wojtyla, dado que no estaba dispuesto a ceder en sus convicciones y sabía muy bien el tamaño formidable de los intereses a los que se estaba oponiendo. Más precisamente lo sabía desde mucho antes de que tuviera una muy agria discusión con Marcinkus, cuando lejos aún de ser papa era Patriarca de Venecia, dado que aquél había vendido la Banca Cattolica del Veneto, la cual hasta entonces daba pequeños préstamos a las clases medias y bajas venecianas y de zonas aledañas. Marcinkus vendió ese banco católico al siniestro Banco Ambrosiano, y de nada sirvieron las arduas intervenciones del cardenal Luciani por evitarlo, pues actuaba como un banquero, y no como un cardenal y Luciani lo sabía muy bien desde hacía muchos años. No lo iba a dejar pasar si alguna vez llegaba a papa. El cardenal Benelli, enrolado en la línea de Luciani, también lo sabía muy bien. Pero Luciani no tenía la fuerza de Benelli, y el "bloqueo" a su nominación como papa por los partidarios del cardenal Siri había arruinado las oportunidades de que el cardenal italiano más progresista (Verdaderamente fuerte y sagaz) llegara a la silla de San Pedro. Quizás otra hubiera sido la historia. Al menos Benelli, moviéndose con sagacidad, pudo lograr el nombramiento de Luciani, dado que en ese mismo cónclave ya se manejaba la posibilidad muy seria de que Wojtyla, un incondicional del grupo CIA-Opus Dei-Masonería, fuera firme candidato al puesto ante el "bloqueo" del propio Benelli y su archienemigo Siri. Por eso Luciani se había referido a la brevedad de su papado y al "Extranjero". Pero la situación puede comprenderse aun mucho más allá de los elementos ideológicos y geopolíticos involucrados en la conformación de esa "extraña" y non sancta alianza tripartita, si se entiende en detalle lo que estaba ocurriendo en forma específica con las finanzas vaticanas. Ocurre que los ingresos del Vaticano venían cayendo en relación con su incremento en los gastos. Como el Vaticano no genera ningún "producto de exportación", la financiación de los déficit se tornaba difícil. Después de todo, ¿para qué prestarle fondos a una institución como la Iglesia, que no puede generar recursos genuinos que garanticen el pago de las deudas? A fin de facilitar el financiamiento de esos déficit, Paulo VI había nombrado al arzobispo de Chicago, Paul Marcinkus, como jefe del Banco Vaticano (IOR). Marcinkus tenía fuertes vinculaciones con la banca internacional, y se suponía que podía hacerse cargo con mayor eficiencia de las finanzas vaticanas. Era el precio que había que pagar para obtener financiamiento, dada la membresía de muchos de los más prominentes banqueros occidentales respecto de las sociedades secretas. De otra manera no estarían en sus puestos en muchos bancos, pues las sociedades secretas y otras discretas (como el CFR) son las asociaciones mediante las cuales la elite financiero-petrolera toma contacto con personas con características promisorias y elige a los directivos de sus empresas. Obviamente, si "el humo de Satanás" había ingresado al Vaticano, en buena medida era porque el propio Paulo VI lo había dejado ingresar. Pero volviendo específicamente al tema, desde mediados de los años setenta el Vaticano se habría prestado a un acuerdo con el socio italiano de la banca estadounidense: la Mafia siciliana, que no es más que otra sociedad secreta, pero dedicada exclusivamente a negocios ilegales e inmorales sin entrar en consideraciones geopolíticas, geoestratégicas, ni de cualquier tipo que no tengan que ver con el dinero contante y sonante. Cabe agregar además aquí que la Mafia ya venía colaborando estrechamente con la CIA desde finales de la Segunda Guerra Mundial (cuando la CIA se llamaba OSS) dado que Mussolini la perseguía tanto como a los aliados. El acuerdo, entonces, de manera mas simple habría sido el siguiente: El Vaticano prestaba su banco (IOR) para que la Mafia pudiera girar fondos al exterior (sobre todo a Suiza) al ser el único banco italiano exento de las duras restricciones a la fuga de capitales que había en aquella época en Italia, y a cambio podría quedarse con una muy generosa comisión sobre los fondos girados. Al poco tiempo, el acuerdo se complementaría con otro mucho más estrecho, dado que por medio del mismo el Banco del Vaticano se asociaba a capitales provenientes de bancos occidentales, especialmente de la Mafia y de la logia masónica Propaganda Due (P-2), manejada por Licio Gelli (que era un socio de la CIA), a fin de manejar por partes iguales el Banco Ambrosiano. El acuerdo podría representar muy buenas fuentes de ingresos para la Iglesia, pero los directivos del Banco Ambrosiano vaciaron al mismo en los años setenta, de modo que cuando el Banco de Italia auditó sus cuentas descubrió un faltante de cientos de millones de dólares, factor que precipitó la intervención oficial del Banco Ambrosiano y su posterior liquidación. Pero la investigación oficial no terminó allí, sino que llegó hasta el propio Banco Vaticano (IOR), de tal manera que la conexión entre el Vaticano y la Mafia para lavar dinero de la "Cosa Nostra" quedó al descubierto, como también el hecho de que parte de los fondos del Vaticano provenía del crimen organizado. Albino Luciano (Juan Pablo I) no sólo estaba muy al tanto de todo desde mucho antes, como hemos visto, a raíz de aquella rara venta de la Banca Cattolica del Veneto al masónico Banco Ambrosiano, y sus protestas cayeron en saco roto, dado que Paulo VI era involuntario prisionero de los crónicos problemas financieros de la Santa Sede. Luciani también sabía que el Vaticano estaba operando como una suerte de "paraíso fiscal" por medio del cual la Mafia y la logia P-2 podían sacar de Italia cientos de millones de dólares sin control alguno, dado que su banco era extraterritorial, y sin pagar impuestos ni ser afectado por las regulaciones del mercado cambiario que en aquel momento la Banca de Italia establecía sobre todos los movimientos de capitales desde y hacia el país. Lo cierto es que el Vaticano había dejado en manos de sus nuevos socios, los miembros de la P-2, el manejo del Banco Ambrosiano. Al quebrar éste, se encontró de la noche a la mañana, merced al fraude hecho por sus directivos Michele Sindona y Roberto Calvi, con un pasivo imprevisto de 500 millones de dólares de la época, por el cual debía responder. La situación financiera era sumamente difícil para la Iglesia, que poseía las riquezas que Bernardino Nogara había dejado a través de su "pragmática" serie de inversiones en grandes empresas de Wall Street, pero no tenía ni un céntimo más, a no ser que se decidiera a hipotecar la Ciudad del Vaticano con la Capilla Sixtina incluida. Ese asunto parece haber dañado severamente la salud de Paulo VI y precipitado su muerte. El "agujero negro financiero" fue finalmente cerrado merced a préstamos que obtuvo el cardenal Casarolli gracias a sus excelentes contactos con importantes bancos y sociedades secretas (no olvidemos que se lo sindicaba como uno de sus socios), pero los préstamos son eso: deudas que un día hay que pagar. El Vaticano había postergado (Y no solucionado) un grave problema. Cuando murió Paulo VI, el Vaticano ya habría estado virtualmente en manos de los prestamistas y sus asociadas: las sociedades secretas. Cuando se eligió como papa a Albino Luciani, quien tomaría el nombre de Juan Pablo I, se pensaba en la posibilidad de convencerlo para que continuara manteniendo en secreto la precaria situación financiera y la enorme serie de "trapos sucios". Pero Luciani, lejos de mostrarse como el clérigo sumiso y dominable que muchos pensaban que era, parece haber decidido depurar a la Iglesia de sus miembros masónicos, expulsar a Marcinkus y ventilar ampliamente a la prensa la situación. Iba a comenzar, para ser mas precisos, el día posterior a su muerte. El té que le sirvieron a Luciani la noche anterior a lo que habría sido su envenenamiento, determinó que no lo pudiera hacer, y también un brusco cambio en la historia tanto del Vaticano como de sus relaciones con el mundo, la Mafia, la CIA, el Opus Dei, la masonería, y hasta con la propia Unión Soviética y el nacimiento de la globalización, si se lo mira bien, dado el advenimiento de Wojtyla. Tras la muerte de Luciani era necesario elegir un sucesor que se prestara a seguir tapando la complicada situación y, a la vez, se hacía imprescindible conseguir financiamiento para salir de la ruinosa situación financiera. Allí entró a jugar el Opus Dei y su candidato, el polaco Karol Wojtyla, como el propio Luciani previó. El Opus Dei podría brindar el financiamiento que la Iglesia Católica necesitaba merced a sus estrechos lazos con Wall Street, pero el problema sería qué hacer con la "vieja guardia" masónica, que ocupaba prominentes puestos en el Vaticano. En aquellos tiempos el Opus Dei, tradicionalista a pie juntillas, seguía la doctrina oficial de la Iglesia y no soportaba escuchar hablar de la masonería y las sociedades secretas que eran sus enemigas. No hay que olvidar que el Opus Dei nació en la España de Franco, con el apoyo tácito del Generalísimo, que estaba empeñado en una verdadera cruzada antimasónica. Pero todo alejamiento puede arreglarse cuando la necesidad aprieta, y mucho más precisamente cuando la misma viene del bolsillo, porque, a diferencia de lo que el refrán dice acerca de Dios, el bolsillo no sólo aprieta, sino que también ahorca. Fue en ese momento, entre la muerte de Luciani y el advenimiento del cardenal polaco con vocación de actor como posible sucesor, cuando se produjo un "pacto perverso" entre el Opus Dei y la masonería: El Opus Dei proveería de financiamiento constante al Vaticano y respetaría los puestos de los cardenales y otros religiosos masones. Además, el asesinato de Luciani no sería investigado, se lo taparía como una muerte natural. A cambio, el Opus Dei obtendría el papado con un cardenal muy afín, coparía una serie de altos puestos y dictaría la línea oficial de la Iglesia alejándola de cualquier actitud progresista. Y todos contentos: El Opus Dei, la masonería infiltrada al más alto nivel, y por supuesto la CIA, con la "vía libre" para lanzar sus proyectos en América latina, incluir a los nuncios papales entre los "influyentes" que respaldaban a los dictadores e incluso comenzar a influir en la Unión Soviética para derribarla del todo. Cuando posteriormente, en 1982, el libro de David Yallop titulado "¿Por voluntad de Dios?" destapó el hecho del envenenamiento de Juan Pablo I, acerca de lo cual circulaban ampliamente rumores por lo bajo en toda Italia, Juan Pablo II, quien habría decidido tomar ese nombre precisamente para mostrar continuidad con su anterior y ayudar a tapar el tema de su muerte, no mandó hacer ninguna investigación seria al respecto. A Juan Pablo I no se le practicó autopsia. Al contrario: Con fines periodísticos contrató al autor John Cornwell (Quien había escrito acerca de la presunta sociedad del papa Pío XII con Hitler bajo el sugestivo título de "El Papa de Hitler" y por lo tanto había ensuciado a la Iglesia en la época en que masones y curas eran rivales a muerte), para que escribiera una obra acerca de la muerte natural de Juan Pablo I. Cornwell, que con su antiguo libro había sido funcional a los fines de las sociedades secretas en el sentido de desprestigiar a la Iglesia Católica, volvía a escribir ahora sobre temas vaticanos, pero de una manera más "benévola" que la de Yallop, dado que su nueva obra "A thief in the Night: the mysterious death of pope John Paul I" (Un ladrón en la noche: la misteriosa muerte del papa Juan Pablo I), daba una versión un tanto rosa de la muerte de Juan Pablo I, contradiciendo la obra de Yallop y explayándose sobre supuestos problemas coronarios, que no sólo nadie había "visto" en la curia romana, y "olvidando" que la familia de Luciani declaró que jamás los había tenido. Además, tres semanas antes de su muerte los médicos habían dictaminado que estaba en excelente estado de salud. Finalmente, hay algo como para pensar: Tras muchos años, el "vaticanólogo" Cornwell escribió una tercera obra, nada menos que una edulcorada biografía de Juan Pablo II.
La extraña muerte de Warren Harding La metodología de matar o hacer echar a los presidentes norteamericanos rebeldes respecto de la elite no es nueva. Es casi una constante con quienes, desde el máximo cargo del gobierno estadounidense, se resisten a aplicar las políticas que les son dictadas o muestran signos de independencia de criterio. El caso anterior a Kennedy (El "Caso Kennedy" ya fue explicado en mi post anterior) puede encontrarse en los años veinte. Tras la segunda presidencia de Woodrow Wilson era obvio que la población no iba a votar a un candidato demócrata, pues los estadounidenses se sentían traicionados por Wilson. No les gustaba su proyecto de "Liga de las Naciones" para instaurar un gobierno mundial, y de hecho los Estados Unidos no ingresaron a la misma durante su gobierno porque el Senado bloqueó la posibilidad. Era necesario, entonces, encontrar un candidato republicano que fuera lo suficientemente manipulable por el mundo de las finanzas y el petróleo, y Warren Harding parecía un candidato "hecho a la medida" de la elite. Viejo ex periodista y editor del estado de Ohio, ocupaba una banca en el Senado desde hacía muchos años, y era conocido por su buen humor, su tranquilidad y el exagerado grado de confianza que prestaba a sus amistades, de modo que con frecuencia delegaba tareas y no revisaba a fondo lo que sus colaboradores hacían. Harding ganó la presidencia en 1920 y se rodeó de varios de los más prominentes miembros de la elite como Andrew Mellon, gran petrolero y banquero de la época. Pocos años más tarde, cuando buscaba la reelección, en 1923, murió en oscuras circunstancias durante un largo viaje a Alaska. Su médico personal en un primer momento anunció a la prensa que Harding presentaba señales de envenenamiento, mientras que más tarde rectificó ese diagnóstico por el de "Muerte natural" debida a supuestas fallas cardíacas que habría padecido desde hacía años. Obviamente no es frecuente que un diagnóstico de envenenamiento sea cambiado luego por el de muerte natural. ¿Qué había ocurrido? A los pocos meses se destapó del todo un gran caso de corrupción ocurrido bajo su administración: Su secretario del Interior, Albert Fall, fue acusado de entregar secretamente, bajo soborno, las reservas estatales de petróleo de Teapot Dome y Elk Hills a empresas privadas. Las compañías favorecidas no eran propiedad de miembros prominentes de la elite, y de hecho el rival más importante que jamás tuvo la Standard Oil dentro de los Estados Unidos había obtenido todas las reservas de Elk Hills: Harry Sinclair, dueño de Sinclair Oil. Éste era un petrolero incontrolable para la Standard Oil, un nuevo rico que había comenzado a hacer fortuna unos pocos años antes, en 1916, merced a un golpe de suerte. Era demasiado ambicioso, al punto que también deseaba desplazar a la Standard Oil de la recién fundada Unión Soviética, precisamente el boccato di cardinale que había motivado toda la costosa campaña contra el zar Nicolás II financiada por el pulpo petrolero, entre otras empresas anglo-norteamericanas, desde inicios del siglo XX. Sinclair había cometido la intrepidez de viajar a Moscú y entrevistarse con Lenin para que su empresa obtuviera concesiones petroleras a cambio de un etéreo apoyo financiero que decía poder conseguir por medio de sus influencias en Wall Street. Si bien se trataba de un advenedizo, su figura empezaba a ser muy peligrosa para la Standard Oil, precisamente porque Harding y Albert Fall le facilitaban las cosas otorgándole yacimientos oficiales, a cambio de petróleo para las tropas y dinero para ellos. La operación rusa nunca se concretó: Los banqueros de Wall Street no iban a traicionar su larga sociedad con el clan Rockefeller para ayudar a un competidor, el único real en muchísimos años. Los yacimientos de Teapot Dome y Elk Hills fueron reestatizados, Sinclair y Albert Fall fueron a la cárcel, y Harding, que venía defendiendo a Fall ante los ataques que la elite le lanzaba a través del Wall Street Journal, ya estaba misteriosamente muerto. Sinclair nunca recuperó su prestigio perdido y tras varios años su empresa fue comprada por el clan Rockefeller, su gran rival de otros tiempos. Sin embargo, el asunto no terminó con la muerte de Harding y el declive de Sinclair. Los rumores acerca de la posibilidad del asesinato de Harding eran generalizados y podían servir de peligroso precedente. En este contexto, la propia elite armó una teoría conspirativa al respecto. Por supuesto, fue una historia armada a su medida. Se contrató a un ex embaucador y presidiario, y luego agente de la predecesora del FBI para que escribiera un libro luego profusamente divulgado en la prensa. Quien quería leer acerca de Harding y su asesinato podía hacerlo en una obra llamada The Strange Death of President Harding (La extraña muerte del presidente Harding) escrita por ese oscuro personaje, llamado Gaston Means. Fogoneado por la elite, el libro fue un auténtico best-seller entre fines de los años veinte y comienzos de los treinta. En él Means inventaba una historia, un verdadero novelón de adulterio y celos desenfrenados de la mujer de Harding, en el que ella terminaba envenenando a su marido. El conocimiento personal que tenía el autor respecto de la mujer facilitaba su credibilidad, y ni ella ni su marido estaban vivos para enjuiciarlo. Hoy día es una historia imposible de creer, pero en la época de Lo que el viento se llevó ese tipo de historias se creían. Obviamente, de petróleo no se decía una sola palabra en el libro. Podemos ver entonces una de las clásicas tácticas de la elite para distraer la atención de la gente: Primero evitar que alguien pueda creer en conspiraciones. Si ello no da resultados, inventar una que desvíe la atención de la cuestión de fondo y financiarla profusamente a través de la prensa "oficial". Para ello, ya en los años 20 se usaban los agentes de la agencia que luego sería el FBI. Patrón Oro: El asesinato de McKinley y el ascenso de Theodore Roosevelt Si la elite pudo ejecutar el asesinato de Harding con ciertos toques de refinamiento y hasta pudo mantener en secreto, o al menos fuera de la prensa, el homicidio, fue precisamente porque no se trataba de novatos en la supresión del enemigo interno. Sólo 22 años antes del asesinato de Harding, la elite pudo culminar una complicada jugada política que incluyó el asesinato de otro jefe de Estado norteamericano, William McKinley, haciendo aparecer el magnicidio como obra de otro "loco suelto", un anarquista: Leo Colgosz. El asesinato le daba entonces un triple beneficio. Eliminaba a un personaje que nunca fue del todo fiel a los planes elitistas, daba acceso inmediato al poder a Theodore Roosevelt (El vicepresidente), quien sí era servidor incondicional, y en tercer lugar servía de propaganda contra los movimientos sociales como el anarquismo, que a comienzos del siglo XX amenazaban con tomar el control de los medios de producción. Veamos bien lo que ocurrió: McKinley, republicano, fue elegido presidente dos veces: La primera en 1896 y la segunda en 1900. La causa por la cual su campaña obtuvo una financiación muy abundante, en ambas ocasiones por parte de la elite, fue principalmente el hecho de que se lo consideraba el "mal menor" frente a quien representaba un verdadero dolor de cabeza para los grandes empresarios: William Jennings Bryan, candidato demócrata en ambas elecciones, un demócrata fuera de serie, quizás el mejor orador de la historia de los Estados Unidos, y además un personaje que confrontaba radicalmente con las intenciones de la elite. El Partido Demócrata había sido muy manipulado durante buena parte del siglo XIX por August Belmont, un prominente banquero alemán radicado en los Estados Unidos que era un conocido agente de la poderosa casa Rothschild. Belmont alzaba o bajaba el pulgar de los candidatos demócratas a placer propio. Sin embargo, su muerte en 1890 había hecho que la elite perdiera el control del que había sido su partido, lo cual se notó en las elecciones de 1892 cuando el Partido Demócrata estuvo a punto de impedir que un ex presidente "amigo" de ésta, Grover Cleveland, alcanzara la nominación y posteriormente la propia presidencia. Para las elecciones de 1896, en cambio, Bryan ya era el líder indiscutible del Partido Demócrata y por esa época resultaba indomesticable. Era el abanderado de la campaña, muy popular en aquella época, para que las autoridades relajaran la legislación monetaria y permitieran la libre acuñación y circulación de plata y billetes respaldados con plata y no con oro. ¿Qué había pasado? La controversia acerca de la plata arroja muchísima luz acerca de lo que estaba sucediendo en la economía norteamericana en la segunda mitad del siglo XIX, y las disputas con lo que todavía era la hegemonía financiera londinense en los recientemente independizados Estados Unidos. Veamos: La Constitución norteamericana establece un orden monetario bimetálico. Es decir que tanto el oro como la plata (Y los billetes íntegramente respaldados en ambos metales) podían circular libremente. Sin embargo los "padres de la patria" introdujeron también una llamativa cláusula: La paridad entre gramo de plata y gramo de oro quedaba fija e inamovible en una relación de 16 a 1. ¿Qué significaba eso? Nada menos que un excelente negocio para la banca londinense: Como la relación entre la plata y el oro nunca estaba fija en los mercados, sino que fluctuaba, si en el mercado europeo la plata se valorizaba y por lo tanto con menos de 16 unidades se compraba una de oro, entonces Nueva York le daba la oportunidad a los banqueros ingleses de realizar un excelente negocio: Embarcar oro a los Estados Unidos y obtener allí 16 unidades de plata por cada una de oro que se vendía allí. Por lo contrario, si el oro en Europa se valorizaba en relación a la plata y se necesitaban más de 16 unidades de plata para comprar una de oro, entonces se embarcaba la plata y se obtenía en Nueva York oro barato gracias a la relación fija de 16 a 1. Ese sistema bimetálico con paridad fija implicaba en el fondo que en los Estados Unidos iba a circular moneda denominada en un solo metal: O bien la plata, o bien el oro, en forma alternativa, dado que salvo que la relación entre uno y otra en Europa fuera siempre 1 a 16, un metal "desaparecía" y otro "aparecía abundantemente" en los Estados Unidos. El lector Taringuero puede preguntarse por qué los "Padres de la patria" habían concedido esa ventaja a la banca inglesa si se estaban independizando. Es una muy buena pregunta, pero sólo diré que varios "Padres de la patria" norteamericana eran en realidad "hijos de los bancos ingleses". Ese sistema monetario se mantuvo durante casi un siglo, pero luego de varias décadas, lo que era en realidad una gran ventaja para la banca londinense liderada por la casa Rothschild se había transformado igualmente en un dolor de cabeza para la elite: Por un lado, el hecho de que en los Estados Unidos circulara siempre el metal que se estaba depreciando más en Londres (Fuera oro o plata) suponía una ventaja competitiva para la industria norteamericana, dado que el sistema siempre operaba con un dólar-oro o dólar-plata subvaluado frente a la libra esterlina, respaldada solamente en oro. Esto provocaba un gran problema en Londres: Se hacía mucho más dificultoso exportar bienes industriales a los Estados Unidos, y la clave de la economía inglesa era comprar materias primas baratas en el exterior, procesarlas en Inglaterra y venderlas en el resto del mundo. Pues bien, esto era cada vez más difícil para Inglaterra con un dólar respaldado por el metal que fuera, pero siempre el que estaba en tren de depreciarse. En segundo lugar, y en forma muy marcada, en la segunda mitad del siglo XIX, y tras el boom del oro californiano, se estaban descubriendo enormes yacimientos de plata muy barata de extraer. Ello representaba otro enorme problema para la elite: Si la plata se hacía muy abundante, podían aparecer una gran cantidad de pequeñas casas bancarias que le disputaran el poder. Como para ser banco había que tener en la caja fuerte oro o plata, fundamentales para emitir papel moneda respaldado en metal, la ventaja de los poderosos bancos ingleses del siglo XIX era que el respaldo fuera siempre en un metal muy escaso, y si éste se hacía muy abundante, era imposible impedir la proliferación de nuevos bancos que disputaran riqueza y poderío financiero. Fue luego de meditar sobre estos temas que la elite inglesa influyó de manera decisiva para que los Estados Unidos adoptaran el patrón oro y se alejaran del bimetalismo, cosa que se concretó en 1873 mediante una ley "ilegal" por ser inconstitucional, escrita por un poderoso representante de la elite financiera: El senador Sherman (la ley es recordada como "El Crimen de 1873" ), el mismo que más tarde escribiría la famosa "ley antitrust" bautizada con su nombre, cuya particularidad consistía en que en realidad permitía que los trusts u oligopolios se mantuvieran a la sombra de una proliferación de nombres, como sucedió con la Standard Oil. En 1873, entonces, los Estados Unidos abandonaron inconstitucionalmente la posibilidad de respaldar moneda en plata, y como la paridad del oro subía, la moneda norteamericana subía también al ritmo del encarecimiento del oro. Como consecuencia de ello, el último cuarto del siglo XIX fue especialmente recesivo en ese país. Varios políticos (Sobre todo William Jennings Bryan) comprendieron que la raíz de los males económicos, la desocupación y las agitaciones sociales estaba en el respaldo en oro de la moneda, y comenzaron a reclamar a viva voz la posibilidad de volver a permitir la libre acuñación y circulación de plata. Por supuesto la mera posibilidad de que ello ocurriera erizaba la piel de la elite financiera inglesa establecida en Wall Street de la mano del clan Rothschild, de modo que estaba dispuesta a respaldar a cualquier candidato con tal de frenar la candidatura de Bryan, quien venía enfervorizando a las masas. "Les contestaremos a sus demandas de un patrón oro: No vamos a dejar que caiga sobre el trabajo esta corona de espinas. Ustedes no van a crucificar a la humanidad en una cruz de oro." Decía, en el más célebre discurso de la historia norteamericana, contra la banca londinense, el Patrón Oro y Wall Street, y las masas lo ovacionaban frenéticas. Bryan repetía la frase, y hacía alusión al tema cada vez que podía, y podía cada vez más veces y en más lugares. Su irrupción en la escena política, con apenas 36 años, fue un verdadero vendaval, un auténtico terremoto político que estuvo muy cerca de producir consecuencias imprevisibles para la elite, dado que si Bryan lograba realmente acceder al poder y aplicar una agenda de libre acuñación de plata, podía no sólo poner en jaque a la industria británica (Para colmo ya golpeada por esos años) sino derrumbar el oligopolio banquero anglo-norteamericano, todavía en aquellos años asentado predominantemente en Londres. Ello causó que la elite prestara todo su apoyo al único candidato republicano que podía derrotarlo tanto en 1896 como en 1900: William McKinley, quien daba garantías de continuar con el Patrón Oro. En ninguna de ambas elecciones había ningún otro candidato capaz de derrotar a Bryan, y la elite logró sacarse de encima a la peor de sus pesadillas. McKinley se convirtió en presidente, tras una reñida contienda. Pero McKinley era un personaje bastante autónomo. Ya durante su primer gobierno fijó altos aranceles a la importación a fin de frenar la desventaja comparativa que tenían los Estados Unidos desde que el oro había comenzado a revaluarse fuertemente contra la plata. A Inglaterra ello no le agradaba nada, dado que se le volvía a dificultar la colocación de sus productos industriales en los Estados Unidos. McKinley además no estaba dispuesto a generar una guerra civil en Colombia con el fin de producir la secesión de Panamá y facilitar así la construcción del famoso canal que estuvo durante casi 100 años bajo control y administración norteamericana. Pero el "certificado de defunción" de McKinley fue su decisión de no intervenir ni regular los ferrocarriles, los cuales eran en aquella época el principal emprendimiento privado, a tal punto que empleaban más gente que el gobierno federal. Las tarifas ferroviarias habían comenzado a bajar abruptamente y sin parar desde 1877, debido a la durísima competencia que pequeños ferrocarriles, que ofrecían descuentos y bajos precios, realizaban contra la red oligopólica de la elite financiera de Wall Street (Morgan, Harriman, entre otros), la cual controlaba dos tercios de la red ferroviaria total de los Estados Unidos. El tercio restante le estaba dando enormes dolores de cabeza a los dueños de los principales bancos que eran, como hemos dicho, también los dueños de la mayor parte de la red ferroviaria. Las pérdidas que sufría la elite por la "ventanilla ferroviaria" no podían ser fácilmente contrarrestadas por ganancias financieras, dado el tamaño relativo de la industria ferroviaria. La elite solicitó a McKinley que interviniera y regulara el mercado, fijando precios artificialmente altos, prohibiendo descuentos y eliminando todo lo posible a la competencia, pero éste se negó del primero al último día de su gobierno. Fue por eso que para la segunda presidencia de McKinley la elite se cuidó de que lo escoltara como vicepresidente alguien de completa lealtad a los clanes familiares elitistas, y de enorme sagacidad a la hora de mentir y manipular a las masas: Theodore Roosevelt. A los pocos meses de reelegido, McKinley había perdido toda utilidad para la elite: Bryan estaba definitivamente derrotado, su campaña a favor de la acuñación y circulación de plata estaba enterrada. McKinley no iba a avanzar un solo ápice en la regulación ferroviaria ni en la cuestión del Canal de Panamá, y no dejaba de proteger sectores industriales estadounidenses que no eran prioritarios para la elite financiero-petrolera, cuyo poderío todavía estaba más en Londres que en Nueva York. Matar a McKinley y dejar que Theodore Roosevelt ascendiera al poder era buen negocio, dado que el vicepresidente apoyaría incondicionalmente los intereses de la elite tanto en el mercado ferroviario como en todos los ambiciosos proyectos que la elite tenía pendientes y que McKinley podía llegar a archivar. El lector ya debe haber adivinado correctamente que el resultado fue el asesinato de McKinley a manos del "anarquista" Colgosz, quien en realidad, luego se descubrió, era miembro de la sociedad secreta "Knights of the Golden Eagle" ("Caballeros del Águila Dorada" ), quizás en referencia al propio símbolo monetario norteamericano, el dólar, ya con respaldo, definitivamente, sólo en oro. Obviamente, ser anarquista y miembro de una sociedad secreta con fines políticos, cuando éstas son siempre fundadas por la elite y con muy rígidas jerarquías internas piramidales, son cosas totalmente incompatibles entre sí. Pero ni la prensa oficial norteamericana ni los historiadores financiados por universidades norteamericanas propiedad de la elite y hasta casados generalmente con hijas de prominentes miembros de la misma, vieron algo raro, y la teoría del "Loco anarquista suelto" quedó enmarcada dentro del "Lindo cuentito para niños" que es la historia oficial, de la misma manera que se ocultó todo lo que se pudo la existencia de la sociedad secreta que planeó el asesinato. Con el correr de los meses, la elite se congratulaba de la muerte de McKinley. Roosevelt resultaba un as del engaño: Regulaba los ferrocarriles tal como ésta lo deseaba, y simultáneamente anunciaba una inexistente campaña contra los grandes capitales monopólicos. Es más: Decía que regulaba, para luchar contra los monopolios. Basta una anécdota para saber quién fue realmente este personaje: Cada presidente norteamericano, cuando es nombrado, selecciona el cuadro de un ex presidente para que lo acompañe en su despacho. Se trata de elegir al ex presidente con quien uno se siente más identificado: ¿Quién eligió recientemente el retrato de Theodore Roosevelt? Nada menos que George Bush padre en 1989, un auténtico maestro a la hora de engañar y desviar la atención. Veloz partida al otro mundo del presidente Garfield La expulsión de Nixon del poder y las muertes de Kennedy, Harding y McKinley no son las únicas obras maestras de la elite a la hora de eliminar al enemigo interno más poderoso que haya podido tener: La independencia de criterio de algunos ocupantes de la Casa Blanca. Si vamos más atrás en el tiempo, precisamente hasta 1881 encontraremos otra extraña muerte de un presidente norteamericano, coincidentemente, según la historia oficial, a manos de un "Loco suelto con un arma". Esta vez se trata de uno de los más de 20 presidentes norteamericanos miembros de una sociedad secreta, uno de los más poderosos masones de la época y de los más importantes generales de la Guerra Civil. Probablemente creyó que podía manejar el país de la manera verticalista con la que los ejércitos y las sociedades secretas son manejadas, pero se equivocó. James Garfield había ganado las elecciones de 1880 y llevaba sólo tres meses en el poder cuando, en la estación de tren de Washington DC, uno de sus ex partidarios, Charles Guiteau, desequilibrado mental del cual la elite aparentemente supo aprovecharse, le disparó dos tiros enojado porque Garfield no deseaba nombrarlo como embajador en Francia. Lo cierto es que Guiteau, presuntamente loco, venía amenazando al presidente Garfield mediante anónimos increíblemente firmados con iniciales (De modo que dejaba en claro que el anónimo era de alguien que todo el mundo podía saber quién era), y no menos de cuatro veces estuvo armado a muy pocos metros de Garfield con la intención de matarlo. En sólo tres meses de gobierno, Garfield era un blanco fácil. Pero ¿Lo mató o no Guiteau? Si fue él quien disparó, ¿Tenía ayuda? Las crónicas oficiales señalan que el arma elegida por Guiteau era un revólver especialmente lujoso a fin de que luciera bien en un museo, y que a la salida de la estación ferroviaria en la que disparó lo esperaba un carruaje-taxi que pretendía usar para poder entregarse personalmente a la policía a la manera de una especie de dandy. Como se ve, la historia oficial es en este punto tan ridícula que explica por qué generalmente los historiadores poco y nada hablan del corto período de Garfield en la Casa Blanca. ¿Qué ocurría en realidad? Durante los 90 días que duró la presidencia de Garfield, todo, absolutamente todo, se dio con una excepcional rapidez salvo su muerte, cosa que ya veremos. Lo cierto es que durante la primera semana de gobierno saltó un escándalo que asombró a la nación. Miembros de la anterior administración habrían estado cobrando coimas de una empresa de correos, la Star Mail, para sobrevaluar el costo de envío de toda la correspondencia oficial durante años. El escándalo envolvía a miembros del "círculo áulico" del anterior presidente Rutherford Hayes, republicano como Garfield, y dañaba seriamente los intereses de las compañías ferroviarias que eran dueñas también del correo privado. Como ya hemos visto al hablar de McKinley, con los ferrocarriles no se podía jugar sin pagar altos costos personales. Recuerde el lector que a Garfield lo balearon nada menos que en la estación ferroviaria de Washington DC, que podría haber funcionado a la vez como "zona liberada" y mensaje mañoso a su sucesor. Garfield no tapó el tema y ordenó investigarlo con rapidez. A las pocas semanas recibió la información de que aclarar definitivamente el tema enlodaría a su partido. Ni aun así se amilanó y decidió ir a fondo con el asunto, al tiempo que se enfrentó abiertamente con el poderoso senador de Nueva York Roscoe Conkling (Republicano también), quien deseaba nombrar en la jefatura de la aduana neoyorkina a un personaje proclive a dejar pasar mercaderías importadas de Londres sin cobrar los aranceles a la importación. Garfield bloqueó esa decisión, nombró a un "duro" y provocó la caída de Conkling, quien era un poderosísimo personaje en el Partido. La otra medida importante que pudo tomar en su escaso tiempo de mandato fue rescatar una costosa emisión de deuda del Tesoro norteamericano que había sido hecha al 6% anual y canjearla por bonos que pagaban solamente el 3%, factor que dañaba los intereses de la elite de Wall Street, precisamente también relacionada íntimamente con la de los ferrocarriles. Evidentemente, en muy pocas semanas James Garfield se había enemistado con todo su partido, con la gente del anterior presidente Hayes, con el senador más poderoso de los Estados Unidos (Conkling), con la elite de negocios de Wall Street, y con la elite de Londres que veía cómo ahora sus mercancías debían pagar aranceles en el puerto de Nueva York. No debe extrañar entonces su rapidísima "ejecución". Con su sucesor, el vicepresidente Chester Arthur, los escándalos que Garfield destapaba iban a volver a taparse para siempre. Las investigaciones no llegaron al fondo y nunca hubo siquiera procesados por el escándalo de las coimas. Pero hay un dato más que sirve para saber cuán deseada era su muerte por algunos de los miembros más poderosos de la elite. Ocurre que los dos disparos de Guiteau no mataron a Garfield ni lo hirieron en ningún órgano vital, y a pesar de ello una de las balas no pudo ser extraída por los médicos en nada menos que setenta días de lentísima agonía. ¿Cuál era el argumento para no extraer la bala? ¡Que la misma no podía ser encontrada! Y con el incongruente pretexto de encontrar la bala los médicos fueron transformando una herida de solo dos pulgadas, en una de veinte, e incluso llegaron al exceso de emplear un "detector de metales puros" recientemente inventado por Thomas Alva Edison para encontrarla, cosa que tampoco funcionó porque la cama de Garfield tenía un armazón de metal, lo que los médicos percibieron... ¡sólo después de que Garfield murió! Y ésta es la historia oficial. No le falta nada para una auténtica comedia de enredos. Suena, y es, imposible de creer de principio a fin. Finalmente Garfield murió a raíz de la infección provocada por los médicos en su herida. ¿Pueden caber dudas de quiénes mandaron matar a Garfield? Pues bien, nuevamente, ni la prensa oficial ni la inmensa mayoría de los historiadores financiados por las elitistas universidades norteamericanas abrieron la boca siquiera para reclamar una versión oficial menos hilarante que el sainete en que se convirtió la historia. Quizá sea por eso que la era de Garfield es uno de los períodos de la historia norteamericana de los que menos se habla y se estudia. La muerte de Zachary Taylor: Un enigma de 141 años Para entender por qué el Partido Demócrata norteamericano hoy es simplemente una parodia de oposición a las duras políticas de hegemonía global que desarrolla el Partido Republicano es necesario conocer su más remota historia. Cuando el Partido Antimasón Norteamericano, se fusionó con el Partido Nacional Republicano hacia mediados de la década de 1830, se conformó el llamado "Partido Whig", cuyo líder natural fue Henry Clay hasta 1850. Clay era un ferviente antibritánico y un verdadero nacionalista. Él y su desaparecido Partido Whig propugnaban tres medidas programáticas básicas, que fueron denominadas en aquella época "Sistema Americano": a) Un alto arancel aduanero a fin de proteger a los Estados Unidos de las importaciones baratas de Inglaterra, que impedían el desarrollo industrial norteamericano; b) Un banco central nacional emisor de moneda que hiciera a los Estados Unidos independientes financieramente de los bancos de la City londinense, y c) Una mejora de la infraestructura norteamericana para mejorar el comercio interno y unificar a los Estados Unidos como nación. El partido rival al Whig era nada menos que el Demócrata, que luchaba denodadamente contra esa agenda nacionalista y pretendía acentuar la dependencia de los Estados Unidos hacia Gran Bretaña. Clay nunca llegó a ser presidente, a pesar de ser candidato cinco veces, pero varios de sus correligionarios sí lo fueron. Uno de ellos, Zachary Taylor, ganó las elecciones de 1848. Aunque Taylor nunca propugnó verdaderamente el programa nacionalista Whig, se mantuvo muy firme en un principio básico: Era, al menos en forma relativa, antiesclavista. Fomentó activamente la fundación de los actuales estados de California y Nuevo México a partir de su antiguo estatus de territorios, e impulsó que ambos prohibieran la esclavitud, cosa que fue decretada en California durante su vida, terminada antes de finalizar el mandato. Los grandes latifundistas sureños, basamento del Partido Demócrata, se oponían fuertemente a la agenda abolicionista de Taylor, quien de no haber muerto en misteriosas circunstancias durante su presidencia podría haber ido aun mucho más allá contra los intereses probritánicos del Sur esclavista. El estado de tensión entre Taylor y el Sur era enorme, dado que ya en aquel entonces el Sur amenazó con la secesión, y Taylor a su vez respondió con una clara advertencia de que estaba dispuesto a comandar al ejército contra cualquier estado sureño que se sublevara. Con la muerte de Taylor, que durante muchos años se especuló como debida a una gastroenteritis, al cólera o a la fiebre tifoidea, accedió al poder su vicepresidente, un whig democrático: Millard Fillmore, quien firmó el denominado "Compromiso de 1850", al que se oponía Taylor, según el cual se respetaban las garantías esclavistas de todos los estados sureños y hasta se ponían a disposición de los terratenientes las tropas federales para que persiguieran a los esclavos fugados hacia el Norte (Fugitive Slave Act). Fillmore, sin embargo, debió tolerar el hecho consumado de que la esclavitud no existiera en California. Su frase más famosa es: "Dios sabe que detesto la esclavitud, pero es un mal existente. Debemos hacerla perdurar y protegerla como si estuviera garantizada por la Constitución." El enigma de la causa de la muerte de Zachary Taylor se resolvió más de un siglo después, cuando en 1991 su cuerpo fue exhumado para realizarle una autopsia debido al punto al que habían llegado las sospechas sobre su muerte. Los médicos encontraron arsénico. Llegado este punto, nace una pregunta: ¿Por qué el "enemigo interno" ha sido muchas veces un presidente norteamericano? En realidad muchos otros magnicidios ocurridos en otros países también han sido cometidos por agentes de la elite y las sociedades secretas (Los zares Alejandro II, aliado de Lincoln, y Nicolás II, enemigo de la elite financiero-petrolera), la Casa Borbón en Francia (La caída y posterior muerte de Luis XVI en Francia), y el heredero del Imperio Austro-Húngaro (Francisco Ferdinando) en Sarajevo en 1914, son apenas algunos de los muchos casos en los que la elite y las sociedades secretas que les sirven actuaron liquidando físicamente a un jefe de Estado enemigo. Pero en ninguno de estos casos se trataba de un "Enemigo interno", sino de obstáculos para implementar la agenda globalista que desde hace centurias tiene la elite, y desde hace milenios inspira a las sociedades secretas. Un presidente norteamericano es otra cosa, es alguien que desde adentro, y muy arriba, en el propio corazón de la estructura de poder, puede dañar seriamente la implementación de dicha agenda.
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