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Cuando el enemigo es interno: 2da parte

Info1/29/2011
La extraña muerte de Warren Harding La metodología de matar o hacer echar a los presidentes norteamericanos rebeldes respecto de la elite no es nueva. Es casi una constante con quienes, desde el máximo cargo del gobierno estadounidense, se resisten a aplicar las políticas que les son dictadas o muestran signos de independencia de criterio. El caso anterior a Kennedy (El "Caso Kennedy" ya fue explicado en mi post anterior) puede encontrarse en los años veinte. Tras la segunda presidencia de Woodrow Wilson era obvio que la población no iba a votar a un candidato demócrata, pues los estadounidenses se sentían traicionados por Wilson. No les gustaba su proyecto de "Liga de las Naciones" para instaurar un gobierno mundial, y de hecho los Estados Unidos no ingresaron a la misma durante su gobierno porque el Senado bloqueó la posibilidad. Era necesario, entonces, encontrar un candidato republicano que fuera lo suficientemente manipulable por el mundo de las finanzas y el petróleo, y Warren Harding parecía un candidato "hecho a la medida" de la elite. Viejo ex periodista y editor del estado de Ohio, ocupaba una banca en el Senado desde hacía muchos años, y era conocido por su buen humor, su tranquilidad y el exagerado grado de confianza que prestaba a sus amistades, de modo que con frecuencia delegaba tareas y no revisaba a fondo lo que sus colaboradores hacían. Harding ganó la presidencia en 1920 y se rodeó de varios de los más prominentes miembros de la elite como Andrew Mellon, gran petrolero y banquero de la época. Pocos años más tarde, cuando buscaba la reelección, en 1923, murió en oscuras circunstancias durante un largo viaje a Alaska. Su médico personal en un primer momento anunció a la prensa que Harding presentaba señales de envenenamiento, mientras que más tarde rectificó ese diagnóstico por el de "Muerte natural" debida a supuestas fallas cardíacas que habría padecido desde hacía años. Obviamente no es frecuente que un diagnóstico de envenenamiento sea cambiado luego por el de muerte natural. ¿Qué había ocurrido? A los pocos meses se destapó del todo un gran caso de corrupción ocurrido bajo su administración: Su secretario del Interior, Albert Fall, fue acusado de entregar secretamente, bajo soborno, las reservas estatales de petróleo de Teapot Dome y Elk Hills a empresas privadas. Las compañías favorecidas no eran propiedad de miembros prominentes de la elite, y de hecho el rival más importante que jamás tuvo la Standard Oil dentro de los Estados Unidos había obtenido todas las reservas de Elk Hills: Harry Sinclair, dueño de Sinclair Oil. Éste era un petrolero incontrolable para la Standard Oil, un nuevo rico que había comenzado a hacer fortuna unos pocos años antes, en 1916, merced a un golpe de suerte. Era demasiado ambicioso, al punto que también deseaba desplazar a la Standard Oil de la recién fundada Unión Soviética, precisamente el boccato di cardinale que había motivado toda la costosa campaña contra el zar Nicolás II financiada por el pulpo petrolero, entre otras empresas anglo-norteamericanas, desde inicios del siglo XX. Sinclair había cometido la intrepidez de viajar a Moscú y entrevistarse con Lenin para que su empresa obtuviera concesiones petroleras a cambio de un etéreo apoyo financiero que decía poder conseguir por medio de sus influencias en Wall Street. Si bien se trataba de un advenedizo, su figura empezaba a ser muy peligrosa para la Standard Oil, precisamente porque Harding y Albert Fall le facilitaban las cosas otorgándole yacimientos oficiales, a cambio de petróleo para las tropas y dinero para ellos. La operación rusa nunca se concretó: Los banqueros de Wall Street no iban a traicionar su larga sociedad con el clan Rockefeller para ayudar a un competidor, el único real en muchísimos años. Los yacimientos de Teapot Dome y Elk Hills fueron reestatizados, Sinclair y Albert Fall fueron a la cárcel, y Harding, que venía defendiendo a Fall ante los ataques que la elite le lanzaba a través del Wall Street Journal, ya estaba misteriosamente muerto. Sinclair nunca recuperó su prestigio perdido y tras varios años su empresa fue comprada por el clan Rockefeller, su gran rival de otros tiempos. Sin embargo, el asunto no terminó con la muerte de Harding y el declive de Sinclair. Los rumores acerca de la posibilidad del asesinato de Harding eran generalizados y podían servir de peligroso precedente. En este contexto, la propia elite armó una teoría conspirativa al respecto. Por supuesto, fue una historia armada a su medida. Se contrató a un ex embaucador y presidiario, y luego agente de la predecesora del FBI para que escribiera un libro luego profusamente divulgado en la prensa. Quien quería leer acerca de Harding y su asesinato podía hacerlo en una obra llamada The Strange Death of President Harding (La extraña muerte del presidente Harding) escrita por ese oscuro personaje, llamado Gaston Means. Fogoneado por la elite, el libro fue un auténtico best-seller entre fines de los años veinte y comienzos de los treinta. En él Means inventaba una historia, un verdadero novelón de adulterio y celos desenfrenados de la mujer de Harding, en el que ella terminaba envenenando a su marido. El conocimiento personal que tenía el autor respecto de la mujer facilitaba su credibilidad, y ni ella ni su marido estaban vivos para enjuiciarlo. Hoy día es una historia imposible de creer, pero en la época de Lo que el viento se llevó ese tipo de historias se creían. Obviamente, de petróleo no se decía una sola palabra en el libro. Podemos ver entonces una de las clásicas tácticas de la elite para distraer la atención de la gente: Primero evitar que alguien pueda creer en conspiraciones. Si ello no da resultados, inventar una que desvíe la atención de la cuestión de fondo y financiarla profusamente a través de la prensa "oficial". Para ello, ya en los años 20 se usaban los agentes de la agencia que luego sería el FBI. Patrón Oro: El asesinato de McKinley y el ascenso de Theodore Roosevelt Si la elite pudo ejecutar el asesinato de Harding con ciertos toques de refinamiento y hasta pudo mantener en secreto, o al menos fuera de la prensa, el homicidio, fue precisamente porque no se trataba de novatos en la supresión del enemigo interno. Sólo 22 años antes del asesinato de Harding, la elite pudo culminar una complicada jugada política que incluyó el asesinato de otro jefe de Estado norteamericano, William McKinley, haciendo aparecer el magnicidio como obra de otro "loco suelto", un anarquista: Leo Colgosz. El asesinato le daba entonces un triple beneficio. Eliminaba a un personaje que nunca fue del todo fiel a los planes elitistas, daba acceso inmediato al poder a Theodore Roosevelt (El vicepresidente), quien sí era servidor incondicional, y en tercer lugar servía de propaganda contra los movimientos sociales como el anarquismo, que a comienzos del siglo XX amenazaban con tomar el control de los medios de producción. Veamos bien lo que ocurrió: McKinley, republicano, fue elegido presidente dos veces: La primera en 1896 y la segunda en 1900. La causa por la cual su campaña obtuvo una financiación muy abundante, en ambas ocasiones por parte de la elite, fue principalmente el hecho de que se lo consideraba el "mal menor" frente a quien representaba un verdadero dolor de cabeza para los grandes empresarios: William Jennings Bryan, candidato demócrata en ambas elecciones, un demócrata fuera de serie, quizás el mejor orador de la historia de los Estados Unidos, y además un personaje que confrontaba radicalmente con las intenciones de la elite. El Partido Demócrata había sido muy manipulado durante buena parte del siglo XIX por August Belmont, un prominente banquero alemán radicado en los Estados Unidos que era un conocido agente de la poderosa casa Rothschild. Belmont alzaba o bajaba el pulgar de los candidatos demócratas a placer propio. Sin embargo, su muerte en 1890 había hecho que la elite perdiera el control del que había sido su partido, lo cual se notó en las elecciones de 1892 cuando el Partido Demócrata estuvo a punto de impedir que un ex presidente "amigo" de ésta, Grover Cleveland, alcanzara la nominación y posteriormente la propia presidencia. Para las elecciones de 1896, en cambio, Bryan ya era el líder indiscutible del Partido Demócrata y por esa época resultaba indomesticable. Era el abanderado de la campaña, muy popular en aquella época, para que las autoridades relajaran la legislación monetaria y permitieran la libre acuñación y circulación de plata y billetes respaldados con plata y no con oro. ¿Qué había pasado? La controversia acerca de la plata arroja muchísima luz acerca de lo que estaba sucediendo en la economía norteamericana en la segunda mitad del siglo XIX, y las disputas con lo que todavía era la hegemonía financiera londinense en los recientemente independizados Estados Unidos. Veamos: La Constitución norteamericana establece un orden monetario bimetálico. Es decir que tanto el oro como la plata (Y los billetes íntegramente respaldados en ambos metales) podían circular libremente. Sin embargo los "padres de la patria" introdujeron también una llamativa cláusula: La paridad entre gramo de plata y gramo de oro quedaba fija e inamovible en una relación de 16 a 1. ¿Qué significaba eso? Nada menos que un excelente negocio para la banca londinense: Como la relación entre la plata y el oro nunca estaba fija en los mercados, sino que fluctuaba, si en el mercado europeo la plata se valorizaba y por lo tanto con menos de 16 unidades se compraba una de oro, entonces Nueva York le daba la oportunidad a los banqueros ingleses de realizar un excelente negocio: Embarcar oro a los Estados Unidos y obtener allí 16 unidades de plata por cada una de oro que se vendía allí. Por lo contrario, si el oro en Europa se valorizaba en relación a la plata y se necesitaban más de 16 unidades de plata para comprar una de oro, entonces se embarcaba la plata y se obtenía en Nueva York oro barato gracias a la relación fija de 16 a 1. Ese sistema bimetálico con paridad fija implicaba en el fondo que en los Estados Unidos iba a circular moneda denominada en un solo metal: O bien la plata, o bien el oro, en forma alternativa, dado que salvo que la relación entre uno y otra en Europa fuera siempre 1 a 16, un metal "desaparecía" y otro "aparecía abundantemente" en los Estados Unidos. El lector Taringuero puede preguntarse por qué los "Padres de la patria" habían concedido esa ventaja a la banca inglesa si se estaban independizando. Es una muy buena pregunta, pero sólo diré que varios "Padres de la patria" norteamericana eran en realidad "hijos de los bancos ingleses". Ese sistema monetario se mantuvo durante casi un siglo, pero luego de varias décadas, lo que era en realidad una gran ventaja para la banca londinense liderada por la casa Rothschild se había transformado igualmente en un dolor de cabeza para la elite: Por un lado, el hecho de que en los Estados Unidos circulara siempre el metal que se estaba depreciando más en Londres (Fuera oro o plata) suponía una ventaja competitiva para la industria norteamericana, dado que el sistema siempre operaba con un dólar-oro o dólar-plata subvaluado frente a la libra esterlina, respaldada solamente en oro. Esto provocaba un gran problema en Londres: Se hacía mucho más dificultoso exportar bienes industriales a los Estados Unidos, y la clave de la economía inglesa era comprar materias primas baratas en el exterior, procesarlas en Inglaterra y venderlas en el resto del mundo. Pues bien, esto era cada vez más difícil para Inglaterra con un dólar respaldado por el metal que fuera, pero siempre el que estaba en tren de depreciarse. En segundo lugar, y en forma muy marcada, en la segunda mitad del siglo XIX, y tras el boom del oro californiano, se estaban descubriendo enormes yacimientos de plata muy barata de extraer. Ello representaba otro enorme problema para la elite: Si la plata se hacía muy abundante, podían aparecer una gran cantidad de pequeñas casas bancarias que le disputaran el poder. Como para ser banco había que tener en la caja fuerte oro o plata, fundamentales para emitir papel moneda respaldado en metal, la ventaja de los poderosos bancos ingleses del siglo XIX era que el respaldo fuera siempre en un metal muy escaso, y si éste se hacía muy abundante, era imposible impedir la proliferación de nuevos bancos que disputaran riqueza y poderío financiero. Fue luego de meditar sobre estos temas que la elite inglesa influyó de manera decisiva para que los Estados Unidos adoptaran el patrón oro y se alejaran del bimetalismo, cosa que se concretó en 1873 mediante una ley "ilegal" por ser inconstitucional, escrita por un poderoso representante de la elite financiera: El senador Sherman (la ley es recordada como "El Crimen de 1873" ), el mismo que más tarde escribiría la famosa "ley antitrust" bautizada con su nombre, cuya particularidad consistía en que en realidad permitía que los trusts u oligopolios se mantuvieran a la sombra de una proliferación de nombres, como sucedió con la Standard Oil. En 1873, entonces, los Estados Unidos abandonaron inconstitucionalmente la posibilidad de respaldar moneda en plata, y como la paridad del oro subía, la moneda norteamericana subía también al ritmo del encarecimiento del oro. Como consecuencia de ello, el último cuarto del siglo XIX fue especialmente recesivo en ese país. Varios políticos (Sobre todo William Jennings Bryan) comprendieron que la raíz de los males económicos, la desocupación y las agitaciones sociales estaba en el respaldo en oro de la moneda, y comenzaron a reclamar a viva voz la posibilidad de volver a permitir la libre acuñación y circulación de plata. Por supuesto la mera posibilidad de que ello ocurriera erizaba la piel de la elite financiera inglesa establecida en Wall Street de la mano del clan Rothschild, de modo que estaba dispuesta a respaldar a cualquier candidato con tal de frenar la candidatura de Bryan, quien venía enfervorizando a las masas. "Les contestaremos a sus demandas de un patrón oro: No vamos a dejar que caiga sobre el trabajo esta corona de espinas. Ustedes no van a crucificar a la humanidad en una cruz de oro." Decía, en el más célebre discurso de la historia norteamericana, contra la banca londinense, el Patrón Oro y Wall Street, y las masas lo ovacionaban frenéticas. Bryan repetía la frase, y hacía alusión al tema cada vez que podía, y podía cada vez más veces y en más lugares. Su irrupción en la escena política, con apenas 36 años, fue un verdadero vendaval, un auténtico terremoto político que estuvo muy cerca de producir consecuencias imprevisibles para la elite, dado que si Bryan lograba realmente acceder al poder y aplicar una agenda de libre acuñación de plata, podía no sólo poner en jaque a la industria británica (Para colmo ya golpeada por esos años) sino derrumbar el oligopolio banquero anglo-norteamericano, todavía en aquellos años asentado predominantemente en Londres. Ello causó que la elite prestara todo su apoyo al único candidato republicano que podía derrotarlo tanto en 1896 como en 1900: William McKinley, quien daba garantías de continuar con el Patrón Oro. En ninguna de ambas elecciones había ningún otro candidato capaz de derrotar a Bryan, y la elite logró sacarse de encima a la peor de sus pesadillas. McKinley se convirtió en presidente, tras una reñida contienda. Pero McKinley era un personaje bastante autónomo. Ya durante su primer gobierno fijó altos aranceles a la importación a fin de frenar la desventaja comparativa que tenían los Estados Unidos desde que el oro había comenzado a revaluarse fuertemente contra la plata. A Inglaterra ello no le agradaba nada, dado que se le volvía a dificultar la colocación de sus productos industriales en los Estados Unidos. McKinley además no estaba dispuesto a generar una guerra civil en Colombia con el fin de producir la secesión de Panamá y facilitar así la construcción del famoso canal que estuvo durante casi 100 años bajo control y administración norteamericana. Pero el "certificado de defunción" de McKinley fue su decisión de no intervenir ni regular los ferrocarriles, los cuales eran en aquella época el principal emprendimiento privado, a tal punto que empleaban más gente que el gobierno federal. Las tarifas ferroviarias habían comenzado a bajar abruptamente y sin parar desde 1877, debido a la durísima competencia que pequeños ferrocarriles, que ofrecían descuentos y bajos precios, realizaban contra la red oligopólica de la elite financiera de Wall Street (Morgan, Harriman, entre otros), la cual controlaba dos tercios de la red ferroviaria total de los Estados Unidos. El tercio restante le estaba dando enormes dolores de cabeza a los dueños de los principales bancos que eran, como hemos dicho, también los dueños de la mayor parte de la red ferroviaria. Las pérdidas que sufría la elite por la "ventanilla ferroviaria" no podían ser fácilmente contrarrestadas por ganancias financieras, dado el tamaño relativo de la industria ferroviaria. La elite solicitó a McKinley que interviniera y regulara el mercado, fijando precios artificialmente altos, prohibiendo descuentos y eliminando todo lo posible a la competencia, pero éste se negó del primero al último día de su gobierno. Fue por eso que para la segunda presidencia de McKinley la elite se cuidó de que lo escoltara como vicepresidente alguien de completa lealtad a los clanes familiares elitistas, y de enorme sagacidad a la hora de mentir y manipular a las masas: Theodore Roosevelt. A los pocos meses de reelegido, McKinley había perdido toda utilidad para la elite: Bryan estaba definitivamente derrotado, su campaña a favor de la acuñación y circulación de plata estaba enterrada. McKinley no iba a avanzar un solo ápice en la regulación ferroviaria ni en la cuestión del Canal de Panamá, y no dejaba de proteger sectores industriales estadounidenses que no eran prioritarios para la elite financiero-petrolera, cuyo poderío todavía estaba más en Londres que en Nueva York. Matar a McKinley y dejar que Theodore Roosevelt ascendiera al poder era buen negocio, dado que el vicepresidente apoyaría incondicionalmente los intereses de la elite tanto en el mercado ferroviario como en todos los ambiciosos proyectos que la elite tenía pendientes y que McKinley podía llegar a archivar. El lector ya debe haber adivinado correctamente que el resultado fue el asesinato de McKinley a manos del "anarquista" Colgosz, quien en realidad, luego se descubrió, era miembro de la sociedad secreta "Knights of the Golden Eagle" ("Caballeros del Águila Dorada" ), quizás en referencia al propio símbolo monetario norteamericano, el dólar, ya con respaldo, definitivamente, sólo en oro. Obviamente, ser anarquista y miembro de una sociedad secreta con fines políticos, cuando éstas son siempre fundadas por la elite y con muy rígidas jerarquías internas piramidales, son cosas totalmente incompatibles entre sí. Pero ni la prensa oficial norteamericana ni los historiadores financiados por universidades norteamericanas propiedad de la elite y hasta casados generalmente con hijas de prominentes miembros de la misma, vieron algo raro, y la teoría del "Loco anarquista suelto" quedó enmarcada dentro del "Lindo cuentito para niños" que es la historia oficial, de la misma manera que se ocultó todo lo que se pudo la existencia de la sociedad secreta que planeó el asesinato. Con el correr de los meses, la elite se congratulaba de la muerte de McKinley. Roosevelt resultaba un as del engaño: Regulaba los ferrocarriles tal como ésta lo deseaba, y simultáneamente anunciaba una inexistente campaña contra los grandes capitales monopólicos. Es más: Decía que regulaba, para luchar contra los monopolios. Basta una anécdota para saber quién fue realmente este personaje: Cada presidente norteamericano, cuando es nombrado, selecciona el cuadro de un ex presidente para que lo acompañe en su despacho. Se trata de elegir al ex presidente con quien uno se siente más identificado: ¿Quién eligió recientemente el retrato de Theodore Roosevelt? Nada menos que George Bush padre en 1989, un auténtico maestro a la hora de engañar y desviar la atención. Veloz partida al otro mundo del presidente Garfield La expulsión de Nixon del poder y las muertes de Kennedy, Harding y McKinley no son las únicas obras maestras de la elite a la hora de eliminar al enemigo interno más poderoso que haya podido tener: La independencia de criterio de algunos ocupantes de la Casa Blanca. Si vamos más atrás en el tiempo, precisamente hasta 1881 encontraremos otra extraña muerte de un presidente norteamericano, coincidentemente, según la historia oficial, a manos de un "Loco suelto con un arma". Esta vez se trata de uno de los más de 20 presidentes norteamericanos miembros de una sociedad secreta, uno de los más poderosos masones de la época y de los más importantes generales de la Guerra Civil. Probablemente creyó que podía manejar el país de la manera verticalista con la que los ejércitos y las sociedades secretas son manejadas, pero se equivocó. James Garfield había ganado las elecciones de 1880 y llevaba sólo tres meses en el poder cuando, en la estación de tren de Washington DC, uno de sus ex partidarios, Charles Guiteau, desequilibrado mental del cual la elite aparentemente supo aprovecharse, le disparó dos tiros enojado porque Garfield no deseaba nombrarlo como embajador en Francia. Lo cierto es que Guiteau, presuntamente loco, venía amenazando al presidente Garfield mediante anónimos increíblemente firmados con iniciales (De modo que dejaba en claro que el anónimo era de alguien que todo el mundo podía saber quién era), y no menos de cuatro veces estuvo armado a muy pocos metros de Garfield con la intención de matarlo. En sólo tres meses de gobierno, Garfield era un blanco fácil. Pero ¿Lo mató o no Guiteau? Si fue él quien disparó, ¿Tenía ayuda? Las crónicas oficiales señalan que el arma elegida por Guiteau era un revólver especialmente lujoso a fin de que luciera bien en un museo, y que a la salida de la estación ferroviaria en la que disparó lo esperaba un carruaje-taxi que pretendía usar para poder entregarse personalmente a la policía a la manera de una especie de dandy. Como se ve, la historia oficial es en este punto tan ridícula que explica por qué generalmente los historiadores poco y nada hablan del corto período de Garfield en la Casa Blanca. ¿Qué ocurría en realidad? Durante los 90 días que duró la presidencia de Garfield, todo, absolutamente todo, se dio con una excepcional rapidez salvo su muerte, cosa que ya veremos. Lo cierto es que durante la primera semana de gobierno saltó un escándalo que asombró a la nación. Miembros de la anterior administración habrían estado cobrando coimas de una empresa de correos, la Star Mail, para sobrevaluar el costo de envío de toda la correspondencia oficial durante años. El escándalo envolvía a miembros del "círculo áulico" del anterior presidente Rutherford Hayes, republicano como Garfield, y dañaba seriamente los intereses de las compañías ferroviarias que eran dueñas también del correo privado. Como ya hemos visto al hablar de McKinley, con los ferrocarriles no se podía jugar sin pagar altos costos personales. Recuerde el lector que a Garfield lo balearon nada menos que en la estación ferroviaria de Washington DC, que podría haber funcionado a la vez como "zona liberada" y mensaje mañoso a su sucesor. Garfield no tapó el tema y ordenó investigarlo con rapidez. A las pocas semanas recibió la información de que aclarar definitivamente el tema enlodaría a su partido. Ni aun así se amilanó y decidió ir a fondo con el asunto, al tiempo que se enfrentó abiertamente con el poderoso senador de Nueva York Roscoe Conkling (Republicano también), quien deseaba nombrar en la jefatura de la aduana neoyorkina a un personaje proclive a dejar pasar mercaderías importadas de Londres sin cobrar los aranceles a la importación. Garfield bloqueó esa decisión, nombró a un "duro" y provocó la caída de Conkling, quien era un poderosísimo personaje en el Partido. La otra medida importante que pudo tomar en su escaso tiempo de mandato fue rescatar una costosa emisión de deuda del Tesoro norteamericano que había sido hecha al 6% anual y canjearla por bonos que pagaban solamente el 3%, factor que dañaba los intereses de la elite de Wall Street, precisamente también relacionada íntimamente con la de los ferrocarriles. Evidentemente, en muy pocas semanas James Garfield se había enemistado con todo su partido, con la gente del anterior presidente Hayes, con el senador más poderoso de los Estados Unidos (Conkling), con la elite de negocios de Wall Street, y con la elite de Londres que veía cómo ahora sus mercancías debían pagar aranceles en el puerto de Nueva York. No debe extrañar entonces su rapidísima "ejecución". Con su sucesor, el vicepresidente Chester Arthur, los escándalos que Garfield destapaba iban a volver a taparse para siempre. Las investigaciones no llegaron al fondo y nunca hubo siquiera procesados por el escándalo de las coimas. Pero hay un dato más que sirve para saber cuán deseada era su muerte por algunos de los miembros más poderosos de la elite. Ocurre que los dos disparos de Guiteau no mataron a Garfield ni lo hirieron en ningún órgano vital, y a pesar de ello una de las balas no pudo ser extraída por los médicos en nada menos que setenta días de lentísima agonía. ¿Cuál era el argumento para no extraer la bala? ¡Que la misma no podía ser encontrada! Y con el incongruente pretexto de encontrar la bala los médicos fueron transformando una herida de solo dos pulgadas, en una de veinte, e incluso llegaron al exceso de emplear un "detector de metales puros" recientemente inventado por Thomas Alva Edison para encontrarla, cosa que tampoco funcionó porque la cama de Garfield tenía un armazón de metal, lo que los médicos percibieron... ¡sólo después de que Garfield murió! Y ésta es la historia oficial. No le falta nada para una auténtica comedia de enredos. Suena, y es, imposible de creer de principio a fin. Finalmente Garfield murió a raíz de la infección provocada por los médicos en su herida. ¿Pueden caber dudas de quiénes mandaron matar a Garfield? Pues bien, nuevamente, ni la prensa oficial ni la inmensa mayoría de los historiadores financiados por las elitistas universidades norteamericanas abrieron la boca siquiera para reclamar una versión oficial menos hilarante que el sainete en que se convirtió la historia. Quizá sea por eso que la era de Garfield es uno de los períodos de la historia norteamericana de los que menos se habla y se estudia. La muerte de Zachary Taylor: Un enigma de 141 años Para entender por qué el Partido Demócrata norteamericano hoy es simplemente una parodia de oposición a las duras políticas de hegemonía global que desarrolla el Partido Republicano es necesario conocer su más remota historia. Cuando el Partido Antimasón Norteamericano, se fusionó con el Partido Nacional Republicano hacia mediados de la década de 1830, se conformó el llamado "Partido Whig", cuyo líder natural fue Henry Clay hasta 1850. Clay era un ferviente antibritánico y un verdadero nacionalista. Él y su desaparecido Partido Whig propugnaban tres medidas programáticas básicas, que fueron denominadas en aquella época "Sistema Americano": a) Un alto arancel aduanero a fin de proteger a los Estados Unidos de las importaciones baratas de Inglaterra, que impedían el desarrollo industrial norteamericano; b) Un banco central nacional emisor de moneda que hiciera a los Estados Unidos independientes financieramente de los bancos de la City londinense, y c) Una mejora de la infraestructura norteamericana para mejorar el comercio interno y unificar a los Estados Unidos como nación. El partido rival al Whig era nada menos que el Demócrata, que luchaba denodadamente contra esa agenda nacionalista y pretendía acentuar la dependencia de los Estados Unidos hacia Gran Bretaña. Clay nunca llegó a ser presidente, a pesar de ser candidato cinco veces, pero varios de sus correligionarios sí lo fueron. Uno de ellos, Zachary Taylor, ganó las elecciones de 1848. Aunque Taylor nunca propugnó verdaderamente el programa nacionalista Whig, se mantuvo muy firme en un principio básico: Era, al menos en forma relativa, antiesclavista. Fomentó activamente la fundación de los actuales estados de California y Nuevo México a partir de su antiguo estatus de territorios, e impulsó que ambos prohibieran la esclavitud, cosa que fue decretada en California durante su vida, terminada antes de finalizar el mandato. Los grandes latifundistas sureños, basamento del Partido Demócrata, se oponían fuertemente a la agenda abolicionista de Taylor, quien de no haber muerto en misteriosas circunstancias durante su presidencia podría haber ido aun mucho más allá contra los intereses probritánicos del Sur esclavista. El estado de tensión entre Taylor y el Sur era enorme, dado que ya en aquel entonces el Sur amenazó con la secesión, y Taylor a su vez respondió con una clara advertencia de que estaba dispuesto a comandar al ejército contra cualquier estado sureño que se sublevara. Con la muerte de Taylor, que durante muchos años se especuló como debida a una gastroenteritis, al cólera o a la fiebre tifoidea, accedió al poder su vicepresidente, un whig democrático: Millard Fillmore, quien firmó el denominado "Compromiso de 1850", al que se oponía Taylor, según el cual se respetaban las garantías esclavistas de todos los estados sureños y hasta se ponían a disposición de los terratenientes las tropas federales para que persiguieran a los esclavos fugados hacia el Norte (Fugitive Slave Act). Fillmore, sin embargo, debió tolerar el hecho consumado de que la esclavitud no existiera en California. Su frase más famosa es: "Dios sabe que detesto la esclavitud, pero es un mal existente. Debemos hacerla perdurar y protegerla como si estuviera garantizada por la Constitución." El enigma de la causa de la muerte de Zachary Taylor se resolvió más de un siglo después, cuando en 1991 su cuerpo fue exhumado para realizarle una autopsia debido al punto al que habían llegado las sospechas sobre su muerte. Los médicos encontraron arsénico. Llegado este punto, nace una pregunta: ¿Por qué el "enemigo interno" ha sido muchas veces un presidente norteamericano? En realidad muchos otros magnicidios ocurridos en otros países también han sido cometidos por agentes de la elite y las sociedades secretas (Los zares Alejandro II, aliado de Lincoln, y Nicolás II, enemigo de la elite financiero-petrolera), la Casa Borbón en Francia (La caída y posterior muerte de Luis XVI en Francia), y el heredero del Imperio Austro-Húngaro (Francisco Ferdinando) en Sarajevo en 1914, son apenas algunos de los muchos casos en los que la elite y las sociedades secretas que les sirven actuaron liquidando físicamente a un jefe de Estado enemigo. Pero en ninguno de estos casos se trataba de un "Enemigo interno", sino de obstáculos para implementar la agenda globalista que desde hace centurias tiene la elite, y desde hace milenios inspira a las sociedades secretas. Un presidente norteamericano es otra cosa, es alguien que desde adentro, y muy arriba, en el propio corazón de la estructura de poder, puede dañar seriamente la implementación de dicha agenda.
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