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Ministro666

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Primer post: 31 jul 2011Último post: 26 ago 2011
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Game Of Thrones - Danza de Dragones (Traducción)
Game Of Thrones - Danza de Dragones (Traducción)
Apuntes Y MonografiasporAnónimo7/31/2011

Este es mi primer post Aquí va prólogo, traducida concienzudamente... no con esa wea tarzanezca d traductor d mierda de google... Prólogo La noche estaba impregnada con el olor a hombre. El warg se detuvo bajo un árbol y olisqueó, su pelaje gris y pardo, salpicado por sombras. Un soplido del viento entre los pinos trajo el olor a hombre a él, sobre tenues olores que hablaban de zorros y liebres, de focas y ciervos, incluso de lobos. Esos eran olores de hombre también, el warg lo sabía; el olor de viejas pieles, muertas y agrias, cercanas a ahogarse debajo de los fuertes olores del humo, de la sangre y de la podredumbre. Sólo un hombre quita la piel de otras bestias y usa sus escondrijos y sus pelajes. Los wargs no tenían miedo del hombre, como los lobos si lo tenían. El odio y el hambre se revolvían en su vientre, gruñó bajo, llamando a su hermano tuerto y su pequeña hermana astuta. Cuando él corrió a través de los árboles, su manada lo siguió sobre sus talones. Ellos habían cogido el olor también. Cuando corrió, vio a través de sus ojos y se vislumbró a sí mismo delante. El aliento de la manada resopló cálido y blanco desde las largas fauces grises. El hielo se había congelado entre sus patas, duro como la piedra, pero la caza estaba en marcha, la presa adelante. “Carne,” pensó el warg. Un hombre solo era débil. Grande y fuerte, con ojos agudos, pero duro de oído e insensible a los olores. El ciervo y el venado, incluso la liebre, eran más rápidos, los osos y los jabalíes, más feroces en la pelea. Pero los hombres en manada eran peligrosos. Cuando los lobos se aproximaron a la presa, el warg oyó el chillido de un cachorro, la cáscara de la nieve de la noche anterior rompiéndose bajo las torpes patas de hombre, el ruido de las pieles duras y las largas garras grises que los hombres llevaban. Espadas, una voz dentro suyo susurro, lanzas. De los árboles habían crecido dientes helados, pendiendo de las desnudas ramas. Un Ojo corrió a través de la maleza, salpicando nieve. Su manada lo siguió, encima de una colina y abajo por la pendiente, hasta que la madera se abrió y los hombres aparecieron. Una era hembra. El bulto envuelto en pieles que ella agarraba era su cachorro. Déjala para el final, le susurró la voz, los machos son los peligrosos. Ellos bramaron a cada uno, como los hombres lo hicieron, pero el warg podía oler su pavor. Uno tenía un diente de madera, tan alto como él. Lo lanzó, pero su mano estaba temblando y el diente voló alto. A continuación la manada cayó sobre ellos. Su hermano tuerto golpeó al lanza-dientes por atrás en un montón de nieve y le rompió la garganta mientras forcejeaba. Eso dejaba para él a la hembra y su cachorro. Ella tenía un diente también, uno pequeño hecho de hueso, pero se le cayó cuando las fauces del warg se cerraron alrededor de su pierna. Cuando la mujer cayó, envolvió a su cachorro ruidoso con ambos brazos. Bajo las pieles, la hembra era sólo piel y huesos, pero las tetas estaban llenas de leche. La carne más tierna era la del cachorro. El lobo guardó las mejores piezas para su hermano. Toda la nieve alrededor de los cadáveres se teñía de rosado, mientras la manada llenaba sus vientres. Leguas más allá, en una cabaña de una sola habitación, de barro y paja, con techo de paja y un hoyo para el humo y piso de tierra compacta, Varamyr susurró, tosió y lamió sus labios. Sus ojos eran rojos, sus labios partidos, su garganta seca, pero el sabor de la sangre y la grasa llenaba su boca, incluso cuando su hinchado abdomen clamaba por alimento. La carne de un niño, pensó, recordando a Bump. Carne humana. ¿Se había hundido tan bajo que tuvo que comer carne humana? Casi podía oír a Haggon gruñéndole. “Los hombres pueden comer carne de las bestias y las bestias pueden comer carne de los hombres, pero el hombre que come carne de hombre es una abominación.” “Abominación.” Esa siempre había sido la palabra favorita de Haggon. Comer carne humana era una abominación, aparearse como lobo con un lobo era una abominación, aprovecharse del cuerpo de otro humano era la peor abominación de todas. “Haggon era débil, temeroso de su propio poder. Él murió llorando y solo cuando rompí su segunda vida.” Varamyr había devorado su corazón. “Él me enseñó mucho y más, y la última cosa que aprendí de él fue el sabor de la carne humana.” Eso fue como lobo, sin embargo. Nunca había comido la carne de un hombre con el diente de hombre. Él no envidiaría su festín, sin embargo. Los lobos estaban tan famélicos como él, demacrados, fríos y hambrientos, y la presa… “dos hombres y una mujer, un bebé en sus brazos, escapando de la muerte. Habrían perecido en cualquier caso, de frío o de inanición. Esta forma era más rápida, mejor. Una piedad.” -Una piedad-, dijo en voz alta. Su garganta estaba seca, pero se sentía bien oír una voz humana, incluso la suya propia. El aire olía a moho y humedad, el suelo era duro y frío, y su fogata despedía más humo que calor. Se acercó a las llamas tanto como se atrevió, tosiendo y susurrando por turnos, su costado palpitó cuando la herida se abrió. La sangre le había empapado los calzones hasta la rodilla y se había secado en una dura costra marrón. Cardo le había advertido que aquello podía pasar. —La cosí lo mejor que pude, —había dicho ella, —pero necesitas descansar y dejarla cerrarse, o la carne sangrará de nuevo. Cardo había sido la última de sus compañeros, una esposa de la lanza dura como una vieja raíz, verrugosa, arrugada. Uno a uno, ellos habían quedado atrás, o progresado, dirigiéndose a sus viejas aldeas, a Agualechosa o a Casadura, o a una muerte solitaria entre los árboles. Varamyr no lo sabía, y no le importaba. “Yo podría haber tomado a uno de ellos cuando tuve la oportunidad. Uno de los gemelos, o el hombre grande de la cara cortada, o el muchacho del cabello rojo. Él había tenido miedo,” pensó. Uno de los otros podría haberse dado cuenta de lo que pasaba. Entonces ellos se habrían girado sobre él y lo habrían matado. Las palabras de Haggon lo habían perseguido y la oportunidad había pasado. Después de la batalla habían miles de ellos luchando a través del bosque, hambrientos, asustados, escapando de la matanza que había caído sobre ellos en el Muro. Algunos hablaron de regresar a los hogares que habían abandonado, otros de montar un segundo asalto sobre la puerta, pero la mayoría de ellos estaban perdidos, sin noción de qué hacer o dónde ir. Habían escapado de los cuervos negros y de los caballeros con sus grises aceros, pero enemigos más implacables los acechaban. Cada día dejaban más cadáveres tirados en el camino. Algunos morían de hambre, otros de frío, otros enfermos. Otros eran asesinados por aquellos habían sido sus hermanos de armas cuando marcharon al sur con Mance Ryder, el Rey-Más-Allá-del-Muro. “Mance cayó,” los sobrevivientes dijeron con desesperadas voces. “Mance está atrapado, está muerto.” —Harma está muerto y Mance capturado, el resto salió corriendo y nos dejó, —Cardo había afirmado mientras zurcía su herida. ¬—Tormund, el Llorón, el Seispieles, y todos ellos valientes salteadores. ¿Dónde están ahora? “Ella no me conoce,” Varamyr se había percatado, ¿por qué debería? Sin sus seis bestias no parecía un gran hombre. “Yo era Varamyr Seispieles, partí pan con Mance Ryder. Se había llamado a sí mismo Varamyr cuando tenía diez años. Un nombre adecuado para un señor, un nombre que inspirase canciones, un poderoso nombre, y temible.” Sin embargo, había huido de los cuervos como un conejo asustado. El terrible Lord Varamyr se había puesto ansioso, pero no podía tolerar que ella no lo supiese, así que le dijo que su nombre era Haggon. Después, él se preguntó por qué ese nombre había venido a sus labios, de entre todos los que podía haber elegido. “Me comí su corazón y me bebí su sangre, y aún me persigue.” Un día, cuando huían, un jinete llegó galopando a través de los árboles sobre un demacrado caballo blanco, gritando que todos ellos se dirigirían hacia Agualechosa, que el Llorón estaba reuniendo guerreros para cruzar el Puente de las Calaveras y tomar la Torre de las Sombras. Muchos lo siguieron, muchos no. Más tarde, un riguroso guerrero vestido de piel y ámbar iba de fogón en fogón, instando a los sobrevivientes a marchar al norte y refugiarse en el Valle de los Thenns. ¿Por qué él pensó que sería seguro allí cuando los propios Thenns habían dejado el lugar?, Varamyr nunca se enteró, pero cientos lo siguieron. Cientos más se marcharon con la bruja de las maderas, la que había tenido una visión de una flota de barcos que venían a llevar a los Pueblos Libres al sur. -Debemos buscar el mar- gritó Mamá Verruga, y sus seguidores se fueron al este. Varamyr podría estar entre ellos si sólo hubiese sido más fuerte. El mar era gris y frío y lejano, pensó, y sabía que nunca viviría para verlo. Fue nueve veces muerto y moribundo, y esta podría ser la definitiva. “Una capa de piel de ardilla,” recordó,” me apuñaló por una capa de piel de ardilla.” Su dueña había muerto, la parte de atrás de su cabeza se hizo añicos en una pulpa roja salpicada con trozos de huesos, pero su capa parecía cálida y espesa. Estaba nevando, y Varamyr había perdido sus propias capas en el Muro, sus pieles de dormir y su ropa interior de lana, sus botas de piel de oveja y sus guantes forrados en piel, su odre con hidromiel y su comida, las madejas de pelo que le habían dado las mujeres con las que se había acostado, incluso los brazaletes de oro que Mance le había dado, todo perdido y dejado atrás. “Me quemé y morí, después corrí, medio loco de dolor y terror.” El recuerdo aún lo avergonzaba, pero no había quedado solo. Otros corrieron también, cientos de ellos, quizás miles. “La batalla estaba perdida. Los caballeros habían llegado, imbatibles en su acero, matando a todo el que se quedase a pelear. Era correr o morir.” La muerte no era tan fácil de dejar atrás, sin embargo. Así que cuando Varamyr llegó a la mujer muerta en el bosque, se arrodilló para quitarle la capa, y nunca vio al niño hasta que irrumpió de su escondite para conducir su largo cuchillo a su costado y rasgar la capa de sus dedos. —Su madre. —Cardo le dijo más tarde, después que el niño se fue. —Esa era la capa de su madre, y él te vio robándola… ¬—Está muerta, — dijo Varamyr, haciendo una mueca de dolor cuando la aguja de hueso perforó su carne. —Alguien le destruyó el cráneo. Algún cuervo. —No fueron cuervos. Hombres de Hornfoot. Yo los vi.¬ ¬— Su aguja tiró del corte en el lado cerrado. “Salvajes, ¿y quién queda para domesticarlos? Nadie. Si Mance está muerto, los pueblos libres están condenados.” Los Thenns, los gigantes y los hombres de Hornfoot, los habitantes de las cuevas, con sus afilados dientes y los hombres con sus carros de hueso. Todos ellos están condenados, incluso los cuervos. Tal vez no lo sabían, pero esos bastardos de capa negra morirían igual que el resto. El enemigo se acercaba. La ronca voz de Haggon resonaba en su cabeza. —Morirás una docena de veces, muchacho, y todos te harán daño… pero cuando tu verdadera muerte llegue, vivirás de nuevo. La segunda vida es más simple y dulce, dicen.¬ Varamyr Seispieles sabría la verdad bastante pronto. Podía saborear la muerte real en el humo acre que colgaba del aire, lo sentía en el calor entre sus dedos cuando deslizaba una mano entre sus ropas y palpaba su herida. El frío era demasiado, pensó, demasiado profundo en sus huesos. Este tiempo sería demasiado frío que lo mataría. Su última muerte había sido por el fuego. “Me quemé. Al principio, en su confusión, creyó que algún arquero sobre el Muro lo había atravesado con una flecha incendiaria… pero el fuego había estado dentro de él, consumiéndolo. Y el dolor…” Varamyr había muerto nueve veces antes. Había muerto una vez con una lanza hundida, una vez con los dientes de un oso en la garganta, y otra vez en un baño de sangre que trajo a un cachorro muerto. Murió en su primera muerte cuando tenía sólo seis años, cuando el hacha de su padre destrozó su cráneo. Incluso eso no había sido tan atroz como el fuego en sus tripas. En un momento se había elevado, crepitando en todo lo largo de sus alas, devorándolo. Cuando trató de volar de ahí, su terror abanicó las llamas y lo hizo arder muy caliente. En un momento, había estado volando sobre el Muro, sus ojos de águila marcando los movimientos de los hombres abajo. Luego, las llamas convirtieron su corazón en una ceniza ennegrecida y envió su espíritu de vuelta a su propio cuerpo y por un corto rato, se había vuelto loco. El recuerdo fue suficiente para hacerlo estremecerse. Fue entonces cuando su fuego se había apagado. Sólo una maraña gris, negruzca, de madera carbonizada, con un poco de ascuas entre las cenizas. “Todavía hay humo, solamente necesita madera.” Apretando los dientes contra el dolor, Varamyr se arrastró a un montón de ramas rotas. Cardo las había juntado antes de irse a cazar, y lanzó unos pocos palos encima de las cenizas. —Prende, —croó, —arde. — Sopló sobre las brasas y dijo una oración sin palabras a los dioses sin nombre de los árboles, las colinas y el campo. Los dioses no le respondieron. Después de un rato, el humo cesó de elevarse también. Ya la cabaña se estaba volviendo más fría. Varamyr no tenía pedernal ni yesca, ni leña seca. Nunca tendría el fuego ardiendo, no por sí mismo. —Cardo—, llamó con su ronca y afilada voz, con dolor, — ¡Cardo! — Su mentón era afilado y su nariz aplastada y tenía un lunar en una mejilla, con cuatro pelos oscuros creciendo del mismo. Una cara fea y dura sin duda, sin embargo él habría dado mucho por verla asomarse en la puerta de la cabaña. La habría tomado antes de que se fuera. ¿Cuánto había estado afuera? ¿Dos días? ¿Tres? Varamyr estaba inquieto. Estaba oscuro dentro de la choza, había estado durmiéndose y despertando, nunca lo bastante seguro de que si era de día o de noche afuera. ¬—Espera, ¬—había dicho ella. ¬—Volveré con comida.— Así, como un tonto que había esperado, soñando con Haggon, y Chichón y todo lo malo que había hecho en su larga vida, pero los días y las noches pasaban y Cardo no había regresado. Ella no volverá. Varamyr se preguntó si se había traicionado a sí mismo. ¿Podría ella decir lo que él estaba pensando sólo con mirarlo, o lo había murmurado en su sueño febril? “Abominación,” oyó a Haggon decir. Fue casi como si él estuviese ahí, en esa misma habitación. —Ella es sólo una esposa de la lanza,— Varamyr se dijo a sí mismo. —Yo soy un hombre grandioso. Soy Varamyr, el warg, el cambiapieles, no es justo que ella viva y yo muera. — Nadie respondió. No había nadie allí. Cardo se había ido. Ella lo había abandonado, como todo el resto. Su propia madre lo había abandonado también. “Ella lloró por Chichón, pero nunca lloró por mí.” Aquella mañana, cuando su padre lo arrastró fuera de la cama y lo entregó a Haggon, ella ni siquiera lo miraba. Él chilló y pateó cuando fue arrastrado al bosque, hasta que su padre lo abofeteó y le dijo que estuviera quieto. -Tú perteneces a tu propia gente,- fue todo lo que le dijo se lo arrojó a los pies a Haggon. “Él no estaba equivocado,” Varamyr dijo, susurrando. “Haggon me enseñó mucho y más. Me enseñó a pescar y a cazar, a trocear un animal muerto y quitar las espinas a los peces, a encontrar el camino en el bosque. Y me enseñó el camino del warg y los secretos del cambiapieles, aunque mi don era más fuerte que el suyo.” Años más tarde había tratado de encontrar a sus padres, para decirles que su Bulto se había convertido en el gran Varamyr Seispieles, pero ambos estaban muertos y quemados. “Entre árboles y arroyos. Entre piedras y tierra. Entre suciedad y cenizas”. Eso fue lo que la bruja de los bosques había dicho a su madre, el día en que Chichón murió. Bulto no quería ser un trozo de tierra. El niño había soñado con el día en que los bardos cantaran sus actos, y las niñas lindas lo besarían. “Cuando sea grande seré el Rey-Más-Allá-del-Muro,” Bulto se había prometido a sí mismo. No lo era, pero estaba cerca. Varamyr Seispieles era un nombre que los hombres temian. Montó a la batalla en la espalda de un oso de las nieves de trece pies de altura, tenía tres lobos y un gatosombra consigo, y se sentó a la derecha de Mance Ryder. “Fue Mance quien me trajo a este lugar. No tendría que haberlo oído, tendría que haberme deslizado dentro de mi oso y haberlo destrozado.” Antes de Mance, Varamyr había sido una especie de señor. Vivía solo en un pabellón de musgo y barro y troncos labrados, que había sido de Haggon una vez, atendido por sus bestias. Una docena de pueblos le rendían tributo en el pan, la sal y la sidra, ofreciéndole frutas de sus jardines y verduras de sus huertos. La carne la obtenía él mismo. Cada vez que deseaba una mujer, mandaba su gatosombra a acecharla, y cualquiera que le echaba el ojo, llegaba dócilmente a su cama. Algunas llegaban llorando, pero igual llegaban. Varamyr echaba su semilla, tomaba un mechón de su pelo como recuerdo, y las enviaba de vuelta. De tiempo en tiempo, algún héroe de algún pueblo venía con la lanza en la mano para matar a la bestia y rescatar a alguna hermana, amante o hija. A esos los mató, pero nunca hizo daño a las mujeres. A algunas incluso las bendijo con hijos. “Enanos, cosas pequeñas e insignificantes, como Chichón, ninguno con el don.” El miedo lo llevó a ponerse de pie, tambaleándose. Sosteniendo su costado para frenar la sangre que se filtraba de su herida, Varamyr se tambaleó hasta la puerta y barrió a un lado la andrajosa piel que la cubría para estar de frente a una pared de nieve. Nieve. No era de extrañar que adentro estuviese tan oscuro y lleno de humo. La nieve que cayó había sepultado la casa. Varamyr empujó, la nieve se desmoronó y se hundió, aún suave y húmeda. Afuera, la noche era tan blanca como la muerte; pálidas y delgadas nubes bailando alrededor de la luna de plata, mientras miles de estrellas observaban fríamente. Pudo ver las formas jorobadas de otras cabañas enterradas en la nieve, y más allá, la pálida sombra de una represa de madera montada en el hielo. Al sur y al oeste las colinas eran un vasto yermo blanco donde nada se movía excepto la nieve. —Cardo, — Varamyr la llamó débilmente, preguntándose cuán lejos había llegado ella. -Cardo, mujer, ¿dónde estás?- A lo lejos, un lobo aulló. Un escalofrío recorrió a Varamyr. Reconoció ese aullido tan bien como Bulto había reconocido la voz de su mamá. Un Ojo. Él era el más viejo de los tres, el más grande, el más fiero. Acechador era el más delgado, el más rápido, el más joven. Sly era más astuta, pero ambos tenían miedo de Un Ojo. El viejo lobo era audaz, implacable. Varamyr había perdido el control de sus otros animales en la angustia de la muerte de su águila. Su gatosombra había corrido al bosque, mientras su osa tornó sus garras contra los que la rodeaban, destrozando a cuatro hombres antes de caer atravesada con una lanza. Ella habría matado a Varamyr si él hubiese estado a su alcance. La osa lo odiaba, había bramado cada vez vestía su piel o montaba a su espalda. Sus lobos, aunque… “Mis hermanos, mi manada.” En más de una noche fría había dormido con sus lobos, sus cuerpos peludos se apretujaban alrededor de él para mantenerlo caliente. “Cuando muera, se darán un festín con mi carne y dejarán solamente los huesos para el deshielo de la primavera que viene.” La idea fue extrañamente reconfortante. Sus lobos a menudo cazaban para él, cuando vagaban; parecía apropiado que él los alimentara al final. Podía comenzar bien una segunda vida con el calor de la carne muerta de su propio cadáver. Los perros eran las bestias más fáciles para unirse; ellos vivían tan cerca de los hombres que casi eran humanos. Deslizarse en la piel de un perro era como ponerse sus viejas botas, sus cueros suavizados por el desgaste. Como una bota estaba hecha para aceptar un pie, un perro estaba hecho para aceptar un collar, incluso un collar que ningún ojo humano podía ver. Los lobos eran duros. Un hombre podía hacerse amigo de un lobo, incluso romper un lobo, pero ningún hombre podía realmente domesticar un lobo. —Los lobos y las mujeres se casan de por vida. ¬—Haggon decía a menudo. —Se toma uno, es matrimonio. El lobo es parte de ti desde aquel día, y tú eres parte de él. Ambos cambiarán. Otras bestias era mejor dejarlas solas, el cazador había dicho. Los gatos eran vanidosos y crueles, siempre listos para volverse contra ti. El ciervo y el venado eran la presa; hasta los hombres más valientes se convertían en cobardes vistiendo sus pieles demasiado tiempo. Osos, jabalíes, tejones, comadrejas… Haggon no habló mucho sobre ellos. —Algunas pieles nunca querrás usarlas, muchacho, no te gustará en lo que te convertirías. — Las aves eran las peores, le oyó decir. —Los hombres no estaban hechos para dejar la tierra. Pasa mucho tiempo en las nubes y nunca querrás volver a bajar otra vez. Conozco cambiapieles que habían intentado con halcones, búhos, cuervos. Incluso en sus propias pieles, se sientan mirando al sangriento cielo azul. Sin embargo, no todos los cambiapieles sentían lo mismo. Una vez, cuando Bulto tenía diez años, Haggon lo llevó a una reunión con los suyos. Los wargs eran los más numerosos en esa compañía, los hermanos lobos, pero el muchacho había encontrado a los otros extraños y más fascinantes. Boroq se parecía mucho a su jabalí, lo único que le faltaban eran los colmillos. Orell tenía su águila, Briar su gatosombra, (en el momento en que los vio, Bulto quería su propio gatosombra), Grisella, la mujer cabra… Ninguno de ellos había sido tan fuerte como Varamyr Seispieles, ni siquiera Haggon, alto y severo, con sus manos tan duras como la piedra. El cazador murió llorando después de que Varamyr tomase a Pielgris para él, volviendo a reclamar la bestia para sí.” No hay segunda vida para ti, viejo.” Varamyr Trespieles, se había llamado así mismo. Pielgris fue el cuarto, si bien el viejo lobo era frágil y casi sin dientes y pronto siguió a Haggon a la muerte. Varamyr podía tomar cualquier bestia que desease, torciéndolas a su voluntad, haciendo suya su carne. Perro, lobo, oso o tejón… “Cardo,” pensó. Haggon podría llamarlo abominación, el pecado más negro de todos, pero Haggon estaba muerto, devorado y quemado. Mance podría haberlo maldecido también, pero Mance estaba muerto o capturado. “Nadie lo sabrá jamás. Seré Cardo, la esposa de la lanza, y Varamyr Seispieles estará muerto.” Su don perecería con su nuevo cuerpo, supuso. Perdería sus lobos, y viviría el resto de su vida como una escuálida y arrugada mujer… pero viviría. “Si es que vuelve. Si es que soy lo suficientemente fuerte para cogerla.” Una ola de mareo se apoderó de Varamyr. Se dobló sobre sus rodillas, sus manos se enterraron en la nieve. Recogió un puñado de nieve y se llenó la boca, frotándolo entre las barbas, contra los labios agrietados, lamiendo la humedad. El agua estaba tan fría que apenas podía tragarla, y se dio cuenta una vez más cuán caliente estaba. La nieve fundida le hacía sentirse más hambriento. Era comida lo que su vientre necesitaba, no agua. La nieve había parado de caer, pero el viento estaba alzándose, llenando el aire con cristal, cortando su cara mientras luchaba por no ir a la deriva, la herida en su costado abriéndose y cerrándose otra vez. Su aliento formaba una irregular nube blanca. Cuando alcanzó el árbol-corazón, encontró una rama caída, bastante larga como para usarla como de muleta. Apoyándose pesadamente sobre la rama, se tambaleó hacia la choza más cercana. Tal vez los aldeanos olvidaron algo cuando se fueron… algún saco de manzanas, algo de carne seca, cualquier cosa que lo mantuviese vivo hasta que Cardo regresase. Casi estuvo allí, cuando la muleta se rompió bajo su peso, y sus piernas se doblaron bajo él. Cuánto tiempo estuvo allí tirado, tiñendo de rojo la nieve con su sangre, Varamyr no podría haberlo dicho. “La nieve me va a enterrar. Será una muerte pacífica. Dicen que se siente calor cerca del final, calor y sopor”. Sería bueno volver a sentir calor otra vez, aunque lo ponía triste pensar que no vería nunca más los campos verdes, las cálidas tierras más allá del Muro, de las que Mance solía cantar. -El mundo más allá del Muro no es para los nuestros.- Haggon solía decir. -Los pueblos libres temen a los cambiapieles, pero nos honran también. Al sur del Muro, los arrodillados nos cazan y nos destazan como cerdos.- “Tú me advertiste,” pensó Varamyr, pero fuiste tú quien me mostró Guardiaoriente también. No tendría más de diez años. Haggon intercambiaba una docena de cuerdas de ámbar y un trineo repleto con pieles para seis botas de vino, un bloque de sal y un perol de cobre. Guardiaoriente era un mejor lugar para comerciar que el Castillo Negro; allí era donde los barcos llegaban, cargados con mercancías de los fabulosos países de más allá del mar. Los cuervos reconocían a Haggon como un cazador y un amigo de la Guardia de la Noche, y acogían de buen grado las noticias que él traía de la vida más allá del Muro. Algunos lo conocían como cambiapieles, pero no hablaban de ello. Fue en Guardiaoriente-en-el-mar, donde el muchacho había empezado a soñar con el cálido sur. Varamyr podía sentir los copos de nieves derritiéndose en su frente. “Esto no es tan malo como quemarse. Déjenme dormir y nunca despertar, déjenme empezar mi segunda vida.” Sus lobos estaban cerca de él. Podía sentirlos. Dejaría sus carnes débiles atrás, convirtiéndose en uno de ellos, cazando en la noche y aullando a la luna. El warg se convertiría en un verdadero lobo. “¿Cuál, sin embargo?” No Sly. Haggon podría haberlo llamado abominación, pero Varamyr se había deslizado en su piel a menudo, mientras estaba siendo montada por Un Ojo. Él no quería pasar su segunda vida como una ramera, aunque, a no ser que tuviera otra alternativa. Acechador podía sentarle mejor, el joven macho… aunque Un Ojo era más grande y más fiero, y era Un Ojo el que tomaba a Sly cada vez que quería calor. -Dicen que te olvidas,- Haggon le había dicho, unas semanas antes de su propia muerte. -Cuando la carne del hombre muere, el espíritu vive en su bestia, pero cada día, la memoria se desvanece, y la bestia se convierte un poco menos en warg y un poco más en lobo, hasta que nada del hombre es dejado, y solo la bestia queda.- Varamyr sabía la verdad de eso. Cuando reclamó el águila que había sido de Orell, pudo sentir el otro cambiapieles bramando a su presencia. Orell había sido asesinado por el cuervo cambia-capas Jon Nieve, y su odio por el asesino había sido tan grande que Varamyr se encontró a sí mismo odiando al muchacho. Él había reconocido lo que era Nieve en el momento en que vio al huargo blanco acechando silencioso a su lado. Un cambiapieles siempre podía notar a otro cambiapieles. “Mance debió haberme dejado tomar el huargo, habría sido una segunda vida digna de un rey. Podría haberlo hecho, no dudó.” El don era fuerte en Nieve, pero el muchacho era ignorante, aun luchando contra su naturaleza, cuando debía de glorificarse en ella. Varamyr podía ver los ojos rojos del árbol-corazón fijos en él desde un tronco blanco. “Los dioses están pesándome”. Un escalofrío se apoderó de él. Había hecho cosas malas, cosas terribles. Había robado, matado, violado. Se había saciado con carne humana, chapoteado en la sangre de moribundos, mientras manaba roja y caliente de sus gargantas desgarradas. Había acechado enemigos a través del bosque, caído sobre ellos mientras dormían, clavando sus garras en las entrañas, dispersándolas en el barro. Qué agradable había sabido su carne. -Esa era la bestia, no yo,- dijo en un ronco suspiro. -Ese fue el don que ustedes me dieron.- Los dioses no replicaron. Su aliento colgaba pálido y brumoso en el aire. Podía sentir el hielo formándose en su barba. Varamyr Seispieles cerró sus ojos. Soñó un viejo sueño de una cabaña a orillas del mar, tres perros gimoteando, las lágrimas de una mujer. “Chichón, ella lloraba por Chichón, nunca lloró por mí.” Bulto había nacido un mes antes del tiempo adecuado, y estuvo enfermo tan seguido que nadie esperaba que viviera. Su madre esperó a que cumpliera cuatro años para darle un nombre, y para entonces ya era muy tarde. Todo el pueblo lo había llamado Bulto, el nombre se lo había dado su hermana Meha cuando aún estaba en el vientre de su madre. Meha también había dado su nombre a Chichón, pero el hermano menor de Bulto había nacido en el tiempo adecuado, grande, rosado y robusto, chupando glotonamente los pezones de su madre. Iba a ponerle el nombre después de Padre. “Chichón murió sin embargo. Murió cuando tenía dos años y él seis, tres días antes del Día de su Nombre.” —Tu pequeño está con los dioses. —Las brujas del bosque dijeron a su madre, mientras ella lloraba. —Él nunca se dañará, nunca tendrá hambre, nunca llorará. Los dioses se lo han llevado de la tierra, de los árboles. Los dioses están siempre alrededor nuestro, en las piedras y los arroyos, en las aves y las bestias. Tu Chichón ha ido a unirse con ellos. Será el mundo y todo lo que está en él. Las palabras de la mujer vieja atravesaron a Bulto como un cuchillo. Chichón ve. Él me está mirando, sabe. Bulto no podía esconderse de él, no podía deslizarse detrás de las faldas de su madre o salir corriendo con los perros para huir de la furia de su padre. “Los perros. Loptail, Fisgón, el Gruñón. Eran buenos perros. Eran mis amigos.” Cuando su padre encontró a los perros olisqueando alrededor del cuerpo de Chichón, no tuvo forma de saber lo que habían hecho, así que pasó por hacha a los tres. Sus manos se sacudieron tanto que necesitó dos golpes para Fisgón, y cuatro para el Gruñón. El olor de la sangre colgaba pesado en el aire, y los sonidos de los perros moribundos habían hecho que fuera terrible de oír, sin embargo, Loptail vino cuando su padre lo llamó. Era el perro más viejo, y su adiestramiento venció su espanto. Por una vez Bulto se deslizó a su piel, pero era demasiado tarde. “No, Padre, por favor,” trató de decir, pero los perros no pueden hablar la lengua de los hombres así que todo lo que emergió fue un gimoteo patético. El hacha se estrelló en medio del cráneo del viejo perro, y dentro de la cabaña el niño soltó un alarido. “Así fue como se conocieron.” Dos días después su padre lo arrastraba a los árboles. Traía su hacha, así que Bulto pensaba que tenía la intención de hacer lo mismo que hizo con los perros. En lugar de eso, se lo dio a Haggon. Varamyr despertó repentinamente, violentamente, todo su cuerpo se sacudía. —Levántate, — una voz estaba gritando, —levántate, tenemos que irnos. Hay cientos de ellos. — La nieve lo había cubierto con una capa rígida y blanca. Cuando trató de moverse, notó que sus manos estaban congeladas en el suelo. Dejó algo de piel en el suelo cuando se soltó. —Levántate, — ella gritó otra vez, ¬¬—ellos vienen. Cardo había vuelto a él. Ella lo había agarrado de los hombros y lo sacudía, y gritaba en su cara. Varamyr podía oler su aliento y sentir el calor sobre sus mejillas entumecidas por el frío. “Ahora”, pensó él, “hazlo ahora o muere.” Reunió toda la fuerza en él, saltó fuera de su propia piel, y se forzó a sí mismo dentro de ella. Cardo arqueó la espalda y gritó. “Abominación.” ¿Era ella, él mismo, o Haggon? Nunca lo supo. Su vieja carne cayó atrás en la nieve mientras los dedos de ella aflojaban. La esposa de la lanza se retorcía violentamente, chillando. Su gatosombra solía pelear con él salvajemente, y su osa de nieve se había vuelto medio loca durante un tiempo, rompiendo las piedras, los árboles y el aire vacío; pero esto era peor. ¡Fuera, fuera! Él oía su propia boca gritando. Su cuerpo se tambaleó, cayó y se levantó de nuevo, sus manos se sacudieron, sus piernas tiraban de un lado a otro en una grotesca danza mientras su espíritu y el de la mujer peleaban por la carne. Ella aspiró heladas bocanadas de aire, y Varamyr tuvo medio latido para glorificarse en el gusto de esto y de la fuerza de este joven cuerpo, antes de que sus dientes se rompieran y llenaran su boca con sangre. Ella levantó sus manos hacia su rostro. Él trató de tirar hacia abajo, pero las manos no le obedecieron, y ella se estaba arañando los ojos. “Abominación,” recordó, ahogándose en sangre, dolor y locura. Cuando trató de gritar, ella escupió su lengua afuera. El blanco mundo dio vueltas y se vino abajo. Por un momento era como si él estuviese dentro del árbol-corazón, mirando a través de los ojos rojos tallados como un hombre moribundo se agitaba débilmente en el suelo y una mujer loca bailaba ciega y ensangrentada bajo la luna, llorando lágrimas rojas y rompiendo sus vestiduras. Entonces ambos se fueron, y él se elevaba, su espíritu corrió con el frío viento. Estaba en la nieve y en las nubles. Era un gorrión, una ardilla, un roble. Un búho voló en silencio entre los árboles, cazando una liebre. Muy por debajo del suelo congelado, las lombrices reptaban ciegas en la oscuridad, y también era una de ellas. “Soy el bosque, y todo lo que hay en él,” pensó exultante. Cientos de cuervos volaron, graznando cuando lo sintieron pasar. Un gran alce, inquietando a los niños que se pegaban a su espalda. Un somnoliento huargo levantaba su cabeza, olisqueando el aire puro. Antes de que sus corazones latieran de nuevo, él pasó, buscando el suyo propio, a Un Ojo, a Sly, y al Acechador, su manada. Sus lobos lo salvarían, se dijo a sí mismo. Ese fue su último pensamiento como hombre. La verdadera muerte vino súbitamente; sintió una descarga de frío, como si hubiese saltado a las aguas gélidas de un lago congelado. Luego, se vio corriendo a toda prisa en la nieve iluminada por la luna, con su manada cerca detrás de él. La mitad del mundo era sombra. Un Ojo, supo. Él ladró, y Sly y Acechador respondieron. Cuando alcanzaron la cima los lobos se detuvieron. Cardo, una parte de él sufrió por lo que había perdido y otra parte por lo que había hecho. Abajo, el mundo se había vuelto hielo. Dedos de escarcha se movían sigilosamente por el árbol-corazón, alcanzándose cada uno. La aldea vacía ya no estaba vacía. Sombras de ojos azules caminaban entre los montículos de nieve. Algunos vestían de marrón, algunos de negro, y otros iban desnudos, su carne blanca como la nieve. El viento estaba soplando en las montañas, pesado con sus olores: carne muerta, sangre seca, pieles que apestaban a moho, a podrido y a orina. Sly aulló y mostró los dientes, y su collar erizado. “Ni hombres, ni presas, ni estos.” Las cosas de abajo se movían, pero no vivían. Uno a uno, levantaron su cabeza hacia los tres lobos en la colina. Lo último que miró fue la cosa que había sido Cardo. Ella llevaba lana, piel y cuero y sobre eso llevaba un manto de escarcha que crujía cuando se movía y relucía bajo la luz de la luna. Carámbanos pálidos y rosados colgaban de la punta de sus dedos, diez largos cuchillos de sangre congelada. Y en los agujeros donde habían estado sus ojos, una pálida luz azul parpadeaba, dando a sus ásperos rasgos una escalofriante belleza que nunca había conocido en su vida. “Ella me ve.”

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Danza con Dragones - Melisandre (cap 31)
InfoporAnónimo8/26/2011

MelisandreNunca estaba realmente oscuro en las cámaras de Melisandre.Tres velas de sebo ardían en el umbral de su ventana para mantener los terrores de la noche a raya. Cuatro más parpadeaban al lado de su cama, dos en cada lado. En la chimenea un fuego era mantenido ardiendo día y noche. La primera lección que aquellos que la servían tenían que aprender era que nunca, jamás, debían permitir que el fuego se apagase.La sacerdotisa roja cerró sus ojos y rezó una oración, después los abrió y miró la chimenea. “Una vez más.” Tenía que estar segura. Muchos sacerdotes y sacerdotisas antes de ella habían sido derrumbados por falsas visiones, por ver lo que ellos deseaban ver, en vez de lo que el Señor de la Luz había mostrado. Stannis estaba marchando al sur en peligro, el rey que llevaba el destino del mundo sobre sus hombros, Azor Ahai renacido. Seguramente R’hillor le aseguraría un destello de lo que lo aguardaba. “Muéstrame a Stannis, Lord, ella rezó. Muéstrame tu rey, tu instrumento.”Las visiones danzaban ante ella, oro y escarlata, vacilando, formándose, fundiéndose y disolviéndose en otras, formas extrañas, terroríficas y tentadoras. Ella miraba los rostros sin ojos otra vez, observando fijamente las cuencas de los ojos llorando sangre. Después, las torres por el mar desmoronándose, mientras la oscura ola venía arrastrándose sobre ellos, elevándose de las profundidades. Sombras con forma de calaveras, calaveras que se tornaban niebla, cuerpos en lujuria, retorciéndose, enrollándose, arañándose. A través de las cortinas de fuego, las grandes sombras aladas rodaron contra un cielo azul.“La niña. Debo encontrar a la niña azul otra vez, la niña gris y el caballo moribundo.” Jon Nieve esperaría eso de ella, y pronto. No sería suficiente decir que la niña estaba huyendo. Él querría más, querría el cuándo y el dónde, y ella no tenía eso para él. Ella había visto a la niña sólo una vez.” Una niña tan gris como las cenizas, y aun así vi que ella se desmoronaba y volaba lejos.”Un rostro tomó forma en la hoguera. ¿Stannis?, pensó ella por un momento… pero no, esos no eran sus rasgos. “Una cara de madera, un cadáver blanco.” ¿Este era el enemigo? Mil ojos rojos flotaban en las llamas. Me ve. Al lado de él, un niño con cara de lobo echaba su cabeza atrás y aullaba.La sacerdotisa roja se estremeció. La sangre goteaba de su muslo, negra y humeando. El fuego estaba en su interior, una agonía, un éxtasis, llenándola, chamuscándola, transformándola. Trémulos destellos de calor trazaban patrones en su piel, insistentes como la mano de un amante. Voces extrañas la llamaban de días pasados. ¬—Melony,¬ —oía una mujer llorar. La voz de un hombre llamó. —Lote Siete. —Ella estaba llorando, y sus lágrimas eran llamas. Y aun ella bebía en él.Los copos de nieve giraban en el cielo oscuro y las cenizas se alzaban para encontrarse con ellos, el remolino blanco y gris alrededor de ellos, mientras las flechas inflamadas surcaban el cielo encima de una muralla de madera y cosas muertas tambaleaban silenciosas a través del frío, bajo un gran precipicio gris donde las llamas ardían dentro de cien cavernas. Luego el viento se elevaba y la niebla blanca venía arrastrándose, imposiblemente helada, y uno a uno los fuegos se apagaban. Después sólo quedaban las calaveras.“Muerte,” pensó Melisandre, “las calaveras son muerte.”Las flamas crepitaron suavemente, y en su crepitar ella oyó el susurrado nombre Jon Nieve. Su larga cara flotaba ante ella, en lenguas de rojo y naranjo, apareciendo y desapareciendo, una sombra detrás de una cortina ondulante. Ahora era un hombre, ahora un lobo, ahora un hombre otra vez. Pero las calaveras estaban allí también, las calaveras estaban todas alrededor de él. Melisandre había visto el peligro antes, había tratado de advertir al muchacho de aquello. “Enemigos alrededor de él, dagas en las sombras.” Él no la escucharía.Los incrédulos nunca escuchaban hasta que era demasiado tarde.—¿Qué veis, mi dama? —el muchacho preguntó suavemente.“Calaveras y más calaveras, y el muchacho bastardo otra vez. Jon Nieve.” Siempre que le preguntaba que veía dentro de sus fuegos, ella respondía: —Mucho y más, ¬—pero las visiones nunca eran tan simples como aquellas palabras sugerían. Esto era un arte, y como todas las artes, esto demandaba maestría, disciplina, estudio, y dolor también. R’hllor hablaba a sus elegidos a través de las llamas benditas, en un lenguaje de ceniza, brazas y llamas que sólo un dios podía realmente abrazar. Melisandre había practicado su arte por años más de la cuenta, y había pagado el precio. No había nadie, incluso en su orden, que tuviese su habilidad en ver los secretos medio revelados, medio ocultos dentro de las sagradas llamas.Ahora ella no parecía poder encontrar a su rey. “Rezo por un destello de Azor Ahai, y R’hllor sólo me muestra a Nieve.” —Devan, —ella llamó, ¬—una bebida. ¬—Su garganta estaba áspera y reseca.—Sí, mi señora. —El muchacho le sirvió una copa de agua del cántaro de agua en la ventana y la trajo.—Gracias. —Melisandre bebió un sorbo, tragó y le sonrió al mozalbete. Eso lo hizo sonrojarse. El muchacho estaba medio enamorado de ella, lo sabía ella. “Me teme, me desea, me idolatra.”Así mismo, a Devan no le agradaba estar ahí. El joven había tomado un gran orgullo en servir como escudero del rey, y lo había herido cuando Stannis le ordenó permanecer en Castle Black. Como cualquier niño de su edad, su cabeza estaba llena de sueños de gloria; no había duda de que había estado imaginando la proeza que exhibiría en Bosquespeso. Otros muchachos de su edad habían ido al sur, para servir como escuderos a los escuderos del rey y marchar a la batalla a su lado. La exclusión de Devan debe de haber parecido un reproche, un castigo por alguna falla de su parte, o quizás por alguna falla de su padre.En verdad, él estaba acá porque Melisandre se lo había pedido. Los cuatro hijos mayores de Davos Seaworth habían perecido en la batalla del Aguasnegras cuando la armada del rey había sido consumida por el fuego verde. Devan era el quinto, y más seguro acá con ella que al lado del rey. Lord Davos no le agradecería por ello, no más que el propio muchacho, pero parecía que Seaworth había sufrido suficiente aflicción. Desencaminado como él estaba, su lealtad al rey Stannis no podría ser puesta en duda. Ella había visto aquello en las llamas.Devan era listo, rápido y capaz también, lo cual era más que lo que podía decirse de sus attendants. Stannis había dejado una docena de hombres para servirla cuando marchó al sur, pero la mayoría eran inútiles. Su Majestad tenía necesidad de cada espada, así que todos los que él dejó eran ancianos y lisiados. Un hombre había sido cegado por un golpe en su cabeza en la batalla del Muro, otro cojeaba cuando su caballo molió sus piernas. Su sargento había perdido un brazo por la maza de un gigante. Tres de su guardia eran capones que Stannis había castrado por violar mujeres salvajes. Ella tenía dos borrachos y un cobarde también. El último podría haber sido colgado, como el rey mismo admitió, pero venia de una familia noble, y su padre y sus hermanos habían sido leales desde el principio.Teniendo guardias alrededor suyo, no cabría duda de que ayudaría a mantener a los hermanos negros apropiadamente respetuosos, pero ninguno de los hombres que Stannis le había dado era mucha ayuda si ella se encontraba en peligro. Eso no importaba. Melisandre de Ashai no temía por sí misma. R’hllor la protegía.Ella bebió otro sorbo de agua y dejó la copa a un lado, oscilando y estirándose. Se levantó de la silla, sus músculos adoloridos y tiesos. Después de mirar fijamente a las flamas durante largo rato, le tomó unos pocos momentos acostumbrarse a la penumbra. Sus ojos estaban secos y cansados, pero si se los refregaba, sería peor. Su fuego ardía bajo, ella dijo. —Devan, más madera. ¿Qué hora es?—Casi amanecer, mi señora.“Amanecer. Otro día nos es dado, R’hllor se alabe. Los terrores de la noche se alejan.” Melisandre había pasado la noche en su silla junto al fuego, como a menudo lo hacía. Con Stannis afuera, su cama veía poco uso. Ella no tenía tiempo para dormir, con el peso del mundo sobre sus hombros. Y ella temía soñar. “Dormir es una pequeña muerte, sueños de los susurros de los Otros, que nos arrastrarán a la eterna noche.” Ella pronto se bañaría del rojizo resplandor de las sagradas llamas de su señor, sus mejillas se sonrojaron con el baño de calor, como si fuera el beso de un amante. Algunas noches se adormecía, pero nunca más de una hora. Un día, Melisandre rezó, y no durmió en absoluto. Algún día sería libre de sueños. Melony, pensó, Lote Siete.Devan alimentó con leños tiernos el fuego, hasta que las llamas crepitaron de nuevo, feroces y furiosas, haciendo retroceder las sombras a las esquinas de la habitación, devorando todos los sueños no deseados. “La oscuridad retrocede otra vez… pero por un pequeño instante. Pero más allá del Muro, el enemigo se fortalecía, y si ganase el amanecer nunca vendrá otra vez.” Ella se preguntó si había sido su rostro el que había visto, mirándola fijamente desde las llamas. “No, seguro que no. Su semblante sería más aterrador que aquello, frío y negro, demasiado terrible para que cualquier hombre mire y viva.” El hombre de madera que ella vislumbró, sin embargo, y el muchacho con cara de lobo… ellos eran sus servidores, seguro… sus campeones, como Stannis lo era.Melisandre fue a su ventana, y abrió sus cortinas. Afuera, el este había empezado a iluminarse, y las estrellas de la mañana aun colgaban del cielo oscuro. Castillo Negro estaba empezando ya a revolverse, mientras hombres en capas negras hacían su camino a través del patio para desayunar con fuentes de gachas antes de que ellos releven a sus hermanos en lo alto del Muro. Unos pocos copos de nieve caían por la ventana abierta, flotando en el viento.—¿Desea mi señora desayunar? ¬—preguntó Devan.“Comida, si, comería algo.” Hace algunos días ella olvidó. R’hllor la proveía con todo el sustento que su cuerpo necesitaba, pero eso era algo bien oculto para los hombres mortales. Era Jon Nieve a quien necesitaba, no pan frito y tocino, pero no era útil enviar a Devan al Lord Comandante. Él no vendría a su llamado. Nieve aun optaba por morar detrás de la armería, en un par de modestas salas ocupadas por el anterior herrero de la Guardia. Quizás no se creía digno de la Torre del Rey, o quizás no le importaba. Ese era su error, la falsa humildad de la juventud que en sí misma es una especie de orgullo. Nunca era sabia para un gobernante los atavíos del poder; el poder en sí mismo fluye en no poca medida de los tales adornos.—Quiero té de ortiga, un huevo cocido, y pan con mantequilla. Pan fresco, si os agrada, no frito. Puedes encontrar al salvaje también. Decidle que debo hablar con él.—¿Casaca de Matraca, mi señora?—Y rápido.Mientras el muchacho estuvo afuera, Melisandre se lavó y se cambió sus túnicas. Sus mangas estaban llenas de pequeños bolsillos, y los revisaba cuidadosamente cada mañana para asegurarse de que todos sus polvos estaban en su lugar. Polvos para volver el fuego verde, azul o plateado; polvos para hacer el fuego rugir, chillar y crepitar más alto que un hombre; polvos para hacer humo. Un humo para la verdad, un humo para la lujuria, un humo para el miedo, y el espeso humo negro que podía matar un hombre en seguida. La sacerdotisa roja se armaba con un pellizco de cada uno.El cofre tallado que había traído de al otro lado del Mar Angosto estaba más de tres cuartos vacío. Y aun cuando Melisandre tenía el conocimiento para hacer más polvos, le faltaban muchos ingredientes raros. “Mis hechizos bastarán.” Ella era más fuerte en el Muro, aún más que en Asshai. Cada una de sus palabras y gestos eran más potentes, y podía hacer cosas que nunca había hecho antes. “Tales sombras que traigo adelante serán terribles, y ninguna criatura de la oscuridad las tolerará.” Con semejantes brujerías bajo su orden, pronto ella no tendría necesidad de los débiles trucos de alquimistas y piromantes.Ella cerró el baúl, giró la cerradura y escondió la llave en sus faldas, en algún otro bolsillo secreto. Después se oyó un golpe en la puerta. Su sargento manco, desde el trémulo sonido de su llamada.¬—Lady Melisandre, el Señor de los Huesos está aquí.—Que entre. —Melisandre se instaló en la silla al lado del fogón.El salvaje llevaba un jubón de cuero hervido sin mangas, orlado con tachones de bronce, bajo una estropeada capa moteada en matices de café y verde. Sin huesos. Estaba cubierto en sombras, también, en mechones de bruma gris, a media vista, deslizándose en su rostro y formándose con cada paso que daba. “Cosas feas, tan feas como sus huesos.” Una punta de una viuda, los ojos oscuros juntos, mejillas pellizcadas, un bigote que se retorcía como un gusano arriba de una boca llena de dientes rotos café.Melisandre sintió el calor en el vacío de su garganta mientras su rubí se agitaba en la proximidad de su esclavo. —Te has quitado tu traje de huesos. — observó ella.—El ruido me iba a enloquecer.—Los huesos te protegen. —ella le recordó. —Los Hermanos no te aman. Devan me dice que tan sólo ayer tuviste palabras con algunos de ellos en la cena.—Unas pocas. Estaba comiendo sopa de frijoles con tocino mientras Bowen Marsh estaba yendo a la planta alta. La Granada Vieja pensó que yo estaba espiándolo y anunció que él no sufriría a asesinos que escuchan a sus concilios. Yo le dije que si eso era verdad, quizá ellos no deben tenerlos por el fuego. Bowen enrojeció e hizo algunos sonidos, pero eso fue hasta donde llegó. ¬—El salvaje se sentó en el borde de la ventana, deslizó su daga de su funda. ¬—Si algún cuervo quiere deslizar un cuchillo entre mis costillas, mientras estoy cuchareando la cena, es bienvenido a intentarlo. Las gachas de Hobb tendrían mejor sabor con una gota de sangre para sazonarlas.Melisandre no puso atención en el acero desnudo. Si el salvaje le había significado algún peligro, ella lo habría enviado al fuego. Peligro de sí misma era la primera cosa que había aprendido a ver, cuando era una niña, una esclava atada de por vida al gran templo rojo. Era la primera cosa que veía siempre que indagaba en el fuego. —Son sus ojos los que deben preocuparte, no sus cuchillos. ¬—Ella le advirtió.—El encanto, sí. ¬¬—En el grillete de hierro negro alrededor de su muñeca, el rubí parecía pulsar. Él lo golpeteaba con el borde de su cuchillo. El acero hacía un débil click contra la piedra. —Lo siento cuando duermo. Caliente contra mi piel, incluso a través del acero. Suave como el beso de una mujer. Tu beso. Pero a veces, en mis sueños empieza a quemar, y tus labios se convierten en dientes. Cada día pienso qué tan fácil sería acecharlo, y cada día no. ¿Debo llevar los huesos sangrientos también?—El hechizo está hecho de sombras y sugestión. Los hombres ven lo que esperan ver. Los huesos son parte de todo. ¬—“¿Me equivoqué en perdonar a éste?” ¬—Si el encanto falla, ellos te matarán.El salvaje comenzó a raspar la suciedad de debajo de sus uñas con la punta de su daga. —He cantado mis canciones, peleado mis batallas, bebido vino del verano, probado la esposa del dorniense. Un hombre debe morir de la forma en que ha vivido. Para mí aquella es con el acero en la mano.“¿Él sueña con la muerte?,” ¿el enemigo podría tocarlo? “La muerte es su dominio, los muertos son sus soldados.” ¬—Tendrás trabajo para tu acero bastante pronto. El enemigo se está moviendo, el verdadero enemigo. Y los exploradores de Lord Nieve volverán antes de que el día haya terminado, con sus ojos ciegos y sangrantes.Los propios ojos del salvaje se estrecharon. Ojos grises, ojos pardos; Melisandre podía ver el cambio de color con cada pulso del rubí. ¬—Sacarles los ojos, esa es obra del Llorón. El mejor cuervo es un cuervo ciego, le gusta decir. A veces pienso que le habría gustado sacarse sus propios ojos, la manera en que siempre están mojándose y picándole. Nieve debe asumir que el pueblo libre se volvería a Tormund para liderarlos, porque eso es lo que él haría. Le gusta Tormund, y al viejo impostor le gusta él también. Si es el Llorón, aunque… eso no está bien. No para él, no para nosotros.Melisandre cabeceaba solemnemente, como si hubiese tomado sus palabras en serio, pero el Llorón no le importaba. Ninguno de su pueblo libre le importaba. Ellos eran gente perdida, gente condenada, destinada a desaparecer de la tierra, como los niños del bosque habían desaparecido. Aquellas no eran palabras que él deseara oír, pensó, y ella no podía arriesgarse a perderlo. ¬¬—¿Qué tan bien conoces el norte?Él deslizó su cuchillo lejos. ¬—Tan bien como cualquier explorador. Algunas partes más que otras. Hay mucho norte, ¿por qué?—La niña, —dijo ella. ¬—Una niña gris en un caballo agonizante. La hermana de Jon Nieve. —¿Quién más podría ser? Ella estaba corriendo a él para protegerse, Melisandre lo había visto claramente. —La he visto en mis llamas, pero sólo una vez. Debemos ganarnos la confianza del Lord Comandante, y la única manera es que la salvemos.—¿Yo salvándola, quieres decir? ¿El Señor de los Huesos?—Él se rió. —Nadie alguna vez confió en Casaca de Matraca, excepto los imbéciles. Nieve no es de esos. Si su hermana neceita ser salvada, enviará sus cuervos. Yo lo haría.—Él no es tú. Él hizo sus votos de por vida. La Guardia de la Noche no toma parte. Pero tú no eres de la Guardia de la Noche. Tú puedes hacer lo que él no puede.¬—Si tu Lord Comandante Cuello-Tieso lo permite. ¿Tus fuegos te mostraron dónde encontrar esta niña?¬—Vi agua. Profunda, azul y quieta, con una delgada cubierta de hielo justo formándose sobre ella. Parecía seguir y seguir por siempre.—El Lago Largo. ¿Qué más viste alrededor de esa niña?—Colinas, campos, árboles. Un ciervo, una vez. Piedras. Ella se aparta de las aldeas. Cuando puede, ella monta a lo largo del lecho de pequeños arroyos, para deshacerse de los cazadores de su camino.Él frunció el ceño. —Eso lo pondrá difícil. Ella estaba dirigiéndose al norte, dijiste. ¿El lago estaba a su este o a su oeste?Melisandre cerró sus ojos, para recordar. —Oeste.—Ella no viene por el Camino del Rey, entonces. Chica lista. Hay más pocos vigilantes que en el otro lado, y más cubiertos. Y algunos hoyos yo mismo he usado de vez en… —Se detuvo con el sonido de un cuerno de guerra y se puso presto de pie. En todo Castillo Negro, Melisandre sabía, el mismo súbito silencio había caído, y cada hombre y niño se giró hacia el Muro, escuchando, esperando. Una larga explosión del cuerno significaba que los exploradores regresaban, pero dos…“El día ha llegado,” pensó la sacerdotisa roja. “Lord Nieve tendrá que escucharme ahora.”Después de que el lúgubre llanto del cuerno se había apagado, el silencio pareció extenderse durante una hora. El salvaje finalmente rompió el hechizo. —Sólo uno, entonces. Exploradores.—Exploradores muertos. —Melisandre se puso de pie también. —Ve a ponerte tus huesos y espera. Volveré.—Debería ir contigo.—No seas imbécil. Una vez encuentren lo que encontrarán, la visión de cualquier salvaje los inflamará. Quédate aquí hasta que su sangre se enfríe.Devan iba por las escaleras de la Torre del Rey mientras Melisandre hacía su descenso, flanqueada por dos de los guardias que Stannis le había dejado. El muchacho estaba llevándole el medio olvidado desayuno en una bandeja. ¬—Esperé a que Hobb sacase el pan fresco de los hornos, mi señora. El pan todavía está caliente.—Dejadlo en mis cámaras. —El salvaje se lo comería, cuando no. —Lord Snow tiene necesidad de mí, más allá del Muro. —“Él no lo sabe todavía, pero pronto…”Afuera, una ligera nieve había empezado a caer. Una multitud de cuervos se había reunido alrededor de la puerta, al tiempo que Melisandre y su escolta llegaron, pero ellos hicieron camino a la sacerdotisa roja. El lord comandante la había precedido a través del hielo, acompañado de Bowen Marsh y veinte lanceros. Nieve también había enviado una docena de arqueros a la cima del Muro, en caso de que algunos enemigos estuviesen ocultos en los bosques cercanos. Los guardias en la puerta no eran hombres de la reina, pero ellos le comunicaron lo mismo.Estaba frío y oscuro bajo el hielo, en el angosto túnel que se retorcía y arrastraba bajo el Muro. Morgan iba delante de ella con una antorcha y Merrel iba tras ella con un hacha. Ambos hombres eran unos borrachos rematados, pero estaban sobrios a aquellas horas de la mañana. Hombres de la reina, ambos tenían un sano temor de ella, y Merrel podía ser formidable cuando no estaba ebrio. Ella no tenía necesidad de ellos hoy, pero Melisandre se anotó un punto al mantener un par de guardias consigo donde sea que iba. Aquello enviaba cierto mensaje. “Los atavíos del poder.”Al tiempo que los tres emergieron al norte del Muro, la nieve estaba cayendo constantemente. Una desgarrada capa de blanco cubría la desgarrada y torturada tierra que se extendía más desde el Muro hasta el Bosque Encantado. Jon Nieve y sus hermanos negros estaban reunidos alrededor de tres lanzas, unas veinte yardas más allá.Las lanzas eran de ocho pies de largo y hechas de ceniza. La de la izquierda tenía una leve curvatura, pero las otras dos eran lisas y rectas. En lo alto de cada una había empalada una cabeza. Sus barbas estaban llenas de hielo y la nieve que caía les había dado capuchas blancas. Donde habían estado sus ojos, sólo quedaban agujeros vacíos, oscuros y sangrantes orificios que miraban en silenciosa acusación.¬—¿Quiénes eran? —Melisandre preguntó a los cuervos. —Jack Bulwer el Negro, Hal el Peludo, Garth Plumagris. —Bowen Marsh respondió solemnemente. —El suelo está medio congelado. Les debe haber tomado a los salvajes la mitad de la noche enterrar las lanzas tan profundas. Aun podrían estar cerca, vigilándonos. —El Lord Mayordomo entornó hacia la línea de árboles—Podría haber cientos de ellos allá. —dijo el hermano negro de rostro severo. —Podría haber miles.¬—No. —dijo Jon Nieve. —Ellos dejaron su regalo en lo negro de la noche, y después corrieron. —Su enorme lobo huargo rondó alrededor de los árboles, olfateando, y después levantó su pata y meó en la lanza que sostenía la cabeza de Jack Bulwer el Negro. —Fantasma tendría su olor si aún estuviesen por aquí.—Espero que el Llorón quemase los cuerpos. —dijo el hombre adusto, el llamdo Edd el Penas. —Seguro que vuelven por sus cabezas.Jon Nieve agarró la lanza que sostenía la cabeza de Garth Plumagris y la tiró violentamente al suelo. ¬—Bajen las otras. —ordenó, y cuatro de los cuervos se apresuraron a obedecer.Las mejillas de Bowen Marsh estaban rojas de frío. ¬—Nunca deberíamos haber enviado exploradores afuera.—No es el tiempo ni el lugar para escoger esta herida. No aquí, mi señor. No ahora. —A los hombres que forcejeban con las lanzas Nieve les dijo. —Tomen las cabezas y quémenlos. Dejen nada más que hueso desnudo. —Sólo cuando lo hicieron, él pareció notar a Melisandre. —Mi señora, caminad conmigo, si os place.“Al fin.” —Si le place al Lord Comandante.Mientras caminaban bajo el Muro, ella deslizó su brazo entre el de él. Morgan y Merrel iban delante ellos, Fantasma venía merodeando a sus talones. La sacerdotisa no hablaba, pero demoraba su paso deliberadamente, y mientras ella caminaba el hielo comenzó a gotear. “No fallará en darse percatarse de aquello.”Bajo la verja de hierro del agujero de una matanza, Nieve rompió el silencio, como ella había sabido que lo haría. —¿Qué de los otros seis?—No los he visto. —Melisandre respondió.—¿Los verás?—Por supuesto, mi señor.—Hemos enviado un cuervo a Ser Denys Mallister en la Torre Sombría, —Jon Nieve dijo a ella. —Sus hombres han visto fuegos en las montañas sobre el lado lejano del Garganta. Salvajes en masa, cree Ser Denys. Piensa que están tratando de forzar el Puente de las Calaveras.— Algunos pueden. — ¿Las calaveras en su visión podían haber significado este puente? De alguna manera Melisandre no pensó de tal modo. —Si viene, aquel ataque no sería más que una distracción. Vi torres en el mar, sumergidas por una negra y sangrienta corriente. Ahí es donde el más pesado golpe caerá.—¿Guardiaoriente?¿Sí? Melisandre había visto Guardiaoriente-en-el-Mar con el Rey Stannis. Allí era donde Su Alteza dejó a la Reina Selyse y a su hija Shireen cuando congregó a sus caballeros para marchar a Castillo Negro. Las torres en el fuego habían sido diferentes, pero ésa era a menudo la manera con las visiones. —Sí, Guardiaoriente, mi señor.—¿Cuándo?Ella extendió sus manos. —Mañana. Al cambio de luna. En un año. Y puede ser que si actúas, podrías apartarte completamente de lo que he visto. —“¿Cuál sería el punto de las visiones?”La multitud de cuervos más allá de la puerta se había abultado en dos grupos al tiempo que emergían de abajo del Muro. Los hombres se apiñaban cercanos alrededor de ellos. Melisandre conocía a pocos por el nombre: el cocinero Hobb Tres Dedos; Mully, con su cabello colorín grasiento; el muchacho llamado Owen el Bestia, y su humor negro; el ebrio Septón Celladar.—¿Es cierto, mi señor? —dijo Hobb Tres Dedos.—¿Quién?— preguntó Owen el Bestia. —No Dywen, ¿cierto?—Ni Garth. —dijo un hombre de la reina que ella conocía como Alf el Viscoso, uno de los primeros en cambiar a sus falsos Siete Dioses por la verdad de Rh’llor. —Garth es demasiado listo para los salvajes.—¿Cuántos? —preguntó Mully.—Tres. —Jon les dijo. —Jack el Negro, Hal el Peludo, Garth.Alf el Viscoso soltó un alarido bastante fuerte como para despertar a los que dormían en la Torre Sombría. —Pónganlo en una cama y denle algo de vino diluido. —Jon le dijo a Hobb Tres Dedos.—Lord Nieve, —Melisandre dijo calmadamente. —¿Vendréis conmigo a la Torre del Rey? Tengo más que compartir con vos.Él miró el rostro de la mujer con esos ojos grises fríos suyos. Su mano derecha se cerraba, se abría y se cerraba otra vez. —Como deseéis. Edd, lleva a Fantasma a mi dormitorio.Melisandre tomó eso como una señal y despidió a sus guardias también. Cruzaron el patio juntos, sólo los dos. La nieve caía alrededor de ellos. Ella caminaba tan cerca de Jon Snow como se atrevía, bastante cerca como para sentir la desconfianza derramándose de él como una niebla negra. “No me ama, nunca me amará, pero hará uso de mí. Muy bien.” Melisandre había bailado la misma danza con Stannis Baratheon, atrás en el comienzo. De verdad, el joven lord comandante y su rey tenían mucho más en común que cualquiera de los dos estaría dispuesto a admitir. Stannis había sido un hijo menor viviendo a la sombra de su hermano mayor, justo como Jon Nieve, nacido bastardo, que siempre había sido eclipsado por su hermano legítimo, el héroe caído que los hombres llamaban el Joven Lobo. Ambos hombres eran incrédulos por naturaleza, desconfiados, suspicaces. Los únicos dioses que realmente adoraban eran el honor y el deber.—No habéis preguntado por vuestra hermana. —Melisandre dijo, mientras subían la escalera en espiral de la Torre del Rey.—Os lo dije. No tengo hermana. Dejamos atrás nuestras familias cuando decimos las palabras, no puedo ayudar a Arya, por mucho que…Se quedó en silencio mientras entraban a los dormitorios. El salvaje estaba adentro, sentado en una tabla, esparciendo mantequilla en un pedazo de pan caliente con su daga. Se había puesto la armadura de huesos, se complació ella en ver. El cráneo roto del gigante era su yelmo, reposando en la silla de la ventana tras suyo.Jon Nieve se tensó. —Tú.—Lord Nieve. —El salvaje sonrió burlescamente a través de una boca llena de dientes pardos y rotos. El rubí en su muñeca resplandeció en la luz de la mañana como una tenue estrella roja.—¿Qué estás haciendo aquí?—Desayunando. Bienvenido a compartir.—No partiré pan contigo.—Te lo pierdes. La hogaza aún está caliente. Hobb puede hacer mucho, por lo menos. —El salvaje le dio una mordida. —Podría visitarte más fácilmente, mi señor. Esos guardias en tu puerta son un mal chiste. Un hombre que ha escalado el Muro cientos de veces puede escalar en tu ventana bastante fácil. ¿Pero qué bueno vendría a matarte? Los cuervos solo eligen a los malos. —Masticó y tragó. —Oí de tus exploradores. Debiste haberme enviado con ellos.—¿Así los traicionarías con el Llorón?—¿Estamos hablando de traiciones? ¿Cuál era el nombre de tu esposa salvaje, Nieve? ¿Ygritte, ese era? —El salvaje se giró a Melisandre. —Necesitaré caballos. Media docena de los buenos. Y esto es nada que yo pueda hacer solo. Algunas de las esposas de la lanza encerradas en Villa Topo servirán. Las mujeres serían mejores para esto. La niña tendría más confianza en ellas, y ellas me ayudarán a llevar a cabo un plan que tengo en mente.—¿De qué está hablando? —Lord Nieve le preguntó a ella.—Vuestra hermana. —Melisandre puso su mano en el brazo de él. —no podéis ayudarla, pero él sí.Snow tiró hacia atrás su brazo. —Creo que no. No conocéis a esta criatura. Casaca de Matraca podría lavar sus manos cientos de veces en el día y aún tendría sangre en bajo sus uñas. Estaría más satisfecho en violar y matar a Arya que en ayudarla. No. Si esto fue lo que habéis visto en tus vuestros fuegos, mi señora, debéis tener cenizas en vuestros ojos. Si él intenta irse de Castillo Negro sin mi venia, yo mismo cortaré su cabeza.“No me deja opción. Que así sea.” —Devan, déjanos. —dijo ella, y el escudero se deslizó y cerró la puerta tras de sí.Melisandre tocó el rubí en su cuello y pronunció una palabra.El sonido retumbó extrañamente desde las esquinas de la habitación y se enroscó como un gusano dentro de sus oídos. El salvaje escuchó una palabra, el cuervo otra. Ninguna era la palabra que salió de sus labios. El rubí en la muñeca del salvaje se oscureció y los rastros de luz y sombras alrededor de él se retorcieron y se desvanecieron.Los huesos que quedaban, las costillas, las garras y dientes a lo largo de sus brazos y en sus hombros, la gran clavícula amarillenta cruzando sus hombros. El cráneo roto del gigante seguía siendo un cráneo roto de un gigante, amarillento y resquebrajado, sonriendo su manchada y salvaje sonrisa socarrona.Pero la cresta de la viuda se deshizo. El mostacho pardo, el mentón nudoso, la pálida y amarillenta carne y los pequeños ojos negros, todo se disipó. Dedos grises se arrastraron entre el largo cabello pardo. Líneas de expresión aparecieron en las esquinas de la boca. De pronto era más grande que antes, más ancho de pecho y hombros, de piernas largas, y enjuto, su rostro afeitado y tostado.Los ojos grises de Jon Nieve se ensancharon. —¿Mance?—Lord Nieve. —Mancer Rayder no sonrió.—Ella te quemó.—Ella quemó al Señor de los Huesos.Jon se volvió hacia Melisandre. —¿Qué brujería es esta?—Llamadlo como queráis. Encanto, ilusión. R’hllor es el Señor de la Luz, Jon Nieve, y esto es dado sus sirvientes para tejer con él, así como otros tejen con estambre.Mance Rayder rió entre dientes. —Tenía mis dudas también, Nieve, pero, ¿por qué no dejarla intentar? Era eso, o dejar que Stannis me asara.—Los huesos ayudan. —dijo Melisandre. —Los huesos recuerdan. Los encantos más fuertes están hechos con tales cosas. Las botas de un hombre muerto, una madeja de cabello, un saco de falanges. Con las palabras correctas y una oración, la sombra de un hombre puede ser arrastrada delante de tal y envuelta alrededor de otro como una capa. La esencia del que la viste no cambia, sólo su apariencia.Ella lo hizo sonar como una cosa tan simple, tan fácil. Ellos necesitaban saber cuán difícil había sido, cuánto le había costado. Esa era una lección que Melisandre había aprendido a lo largo de Asshai; mientras más fácil parecía la hechicería, más los hombres temían al hechicero. Cuando las llamas habían lamido a Casaca de Matraca, el rubí en su cuello se había calentado tanto que temió que su propia carne empezase a humear y ennegrecerse. Agradecidamente, Lord Nieve la había librado de tal agonía con sus flechas. Aunque Stannis había hervido en el desafío, ella había temblado con alivio.—Nuestro falso rey tiene un modo punzante, —dijo Melisandre a Lord Nieve. ¬—pero no os traicionará. Tenemos a su hijo, recordadlo. Y os debe su propia vida.—¿A mí? —Jon Nieve sonó sorprendido.—¿A quién más, mi señor? Sólo la sangre de su vida podría pagar sus crímenes, según vuestras leyes, y Stannis Baratheon no es un hombre que vaya contra la ley… pero como dijisteis tan sabiamente, las leyes de los hombres terminan en el Muro. Os dije que el Señor de la Luz escucharía vuestras plegarias. Deseabais una manera de salvar a vuestra hermana y mantener intacto vuestro que significa mucho para vos, por los votos que hicisteis ante tu dios de madera. —Ella apuntó con un dedo pálido. —Ahí te halláis, Lord Nieve. El rescate de Arya. Un regalo del Señor de la Luz… y mío.

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