Este es mi primer post 
Aquí va prólogo, traducida concienzudamente... no con esa wea tarzanezca d traductor d mierda de google...
Prólogo
La noche estaba impregnada con el olor a hombre.
El warg se detuvo bajo un árbol y olisqueó, su pelaje gris y pardo, salpicado por sombras. Un soplido del viento entre los pinos trajo el olor a hombre a él, sobre tenues olores que hablaban de zorros y liebres, de focas y ciervos, incluso de lobos. Esos eran olores de hombre también, el warg lo sabía; el olor de viejas pieles, muertas y agrias, cercanas a ahogarse debajo de los fuertes olores del humo, de la sangre y de la podredumbre. Sólo un hombre quita la piel de otras bestias y usa sus escondrijos y sus pelajes.
Los wargs no tenían miedo del hombre, como los lobos si lo tenían. El odio y el hambre se revolvían en su vientre, gruñó bajo, llamando a su hermano tuerto y su pequeña hermana astuta. Cuando él corrió a través de los árboles, su manada lo siguió sobre sus talones. Ellos habían cogido el olor también. Cuando corrió, vio a través de sus ojos y se vislumbró a sí mismo delante. El aliento de la manada resopló cálido y blanco desde las largas fauces grises. El hielo se había congelado entre sus patas, duro como la piedra, pero la caza estaba en marcha, la presa adelante. “Carne,” pensó el warg.
Un hombre solo era débil. Grande y fuerte, con ojos agudos, pero duro de oído e insensible a los olores. El ciervo y el venado, incluso la liebre, eran más rápidos, los osos y los jabalíes, más feroces en la pelea. Pero los hombres en manada eran peligrosos. Cuando los lobos se aproximaron a la presa, el warg oyó el chillido de un cachorro, la cáscara de la nieve de la noche anterior rompiéndose bajo las torpes patas de hombre, el ruido de las pieles duras y las largas garras grises que los hombres llevaban.
Espadas, una voz dentro suyo susurro, lanzas.
De los árboles habían crecido dientes helados, pendiendo de las desnudas ramas. Un Ojo corrió a través de la maleza, salpicando nieve. Su manada lo siguió, encima de una colina y abajo por la pendiente, hasta que la madera se abrió y los hombres aparecieron. Una era hembra. El bulto envuelto en pieles que ella agarraba era su cachorro. Déjala para el final, le susurró la voz, los machos son los peligrosos. Ellos bramaron a cada uno, como los hombres lo hicieron, pero el warg podía oler su pavor. Uno tenía un diente de madera, tan alto como él. Lo lanzó, pero su mano estaba temblando y el diente voló alto.
A continuación la manada cayó sobre ellos.
Su hermano tuerto golpeó al lanza-dientes por atrás en un montón de nieve y le rompió la garganta mientras forcejeaba. Eso dejaba para él a la hembra y su cachorro.
Ella tenía un diente también, uno pequeño hecho de hueso, pero se le cayó cuando las fauces del warg se cerraron alrededor de su pierna. Cuando la mujer cayó, envolvió a su cachorro ruidoso con ambos brazos. Bajo las pieles, la hembra era sólo piel y huesos, pero las tetas estaban llenas de leche. La carne más tierna era la del cachorro. El lobo guardó las mejores piezas para su hermano. Toda la nieve alrededor de los cadáveres se teñía de rosado, mientras la manada llenaba sus vientres.
Leguas más allá, en una cabaña de una sola habitación, de barro y paja, con techo de paja y un hoyo para el humo y piso de tierra compacta, Varamyr susurró, tosió y lamió sus labios. Sus ojos eran rojos, sus labios partidos, su garganta seca, pero el sabor de la sangre y la grasa llenaba su boca, incluso cuando su hinchado abdomen clamaba por alimento. La carne de un niño, pensó, recordando a Bump. Carne humana. ¿Se había hundido tan bajo que tuvo que comer carne humana? Casi podía oír a Haggon gruñéndole. “Los hombres pueden comer carne de las bestias y las bestias pueden comer carne de los hombres, pero el hombre que come carne de hombre es una abominación.”
“Abominación.” Esa siempre había sido la palabra favorita de Haggon. Comer carne humana era una abominación, aparearse como lobo con un lobo era una abominación, aprovecharse del cuerpo de otro humano era la peor abominación de todas. “Haggon era débil, temeroso de su propio poder. Él murió llorando y solo cuando rompí su segunda vida.” Varamyr había devorado su corazón. “Él me enseñó mucho y más, y la última cosa que aprendí de él fue el sabor de la carne humana.”
Eso fue como lobo, sin embargo. Nunca había comido la carne de un hombre con el diente de hombre. Él no envidiaría su festín, sin embargo. Los lobos estaban tan famélicos como él, demacrados, fríos y hambrientos, y la presa… “dos hombres y una mujer, un bebé en sus brazos, escapando de la muerte. Habrían perecido en cualquier caso, de frío o de inanición. Esta forma era más rápida, mejor. Una piedad.”
-Una piedad-, dijo en voz alta. Su garganta estaba seca, pero se sentía bien oír una voz humana, incluso la suya propia. El aire olía a moho y humedad, el suelo era duro y frío, y su fogata despedía más humo que calor. Se acercó a las llamas tanto como se atrevió, tosiendo y susurrando por turnos, su costado palpitó cuando la herida se abrió. La sangre le había empapado los calzones hasta la rodilla y se había secado en una dura costra marrón.
Cardo le había advertido que aquello podía pasar. —La cosí lo mejor que pude, —había dicho ella, —pero necesitas descansar y dejarla cerrarse, o la carne sangrará de nuevo.
Cardo había sido la última de sus compañeros, una esposa de la lanza dura como una vieja raíz, verrugosa, arrugada. Uno a uno, ellos habían quedado atrás, o progresado, dirigiéndose a sus viejas aldeas, a Agualechosa o a Casadura, o a una muerte solitaria entre los árboles. Varamyr no lo sabía, y no le importaba. “Yo podría haber tomado a uno de ellos cuando tuve la oportunidad. Uno de los gemelos, o el hombre grande de la cara cortada, o el muchacho del cabello rojo. Él había tenido miedo,” pensó. Uno de los otros podría haberse dado cuenta de lo que pasaba. Entonces ellos se habrían girado sobre él y lo habrían matado. Las palabras de Haggon lo habían perseguido y la oportunidad había pasado.
Después de la batalla habían miles de ellos luchando a través del bosque, hambrientos, asustados, escapando de la matanza que había caído sobre ellos en el Muro. Algunos hablaron de regresar a los hogares que habían abandonado, otros de montar un segundo asalto sobre la puerta, pero la mayoría de ellos estaban perdidos, sin noción de qué hacer o dónde ir. Habían escapado de los cuervos negros y de los caballeros con sus grises aceros, pero enemigos más implacables los acechaban. Cada día dejaban más cadáveres tirados en el camino. Algunos morían de hambre, otros de frío, otros enfermos. Otros eran asesinados por aquellos habían sido sus hermanos de armas cuando marcharon al sur con Mance Ryder, el Rey-Más-Allá-del-Muro.
“Mance cayó,” los sobrevivientes dijeron con desesperadas voces. “Mance está atrapado, está muerto.”
—Harma está muerto y Mance capturado, el resto salió corriendo y nos dejó, —Cardo había afirmado mientras zurcía su herida. ¬—Tormund, el Llorón, el Seispieles, y todos ellos valientes salteadores. ¿Dónde están ahora?
“Ella no me conoce,” Varamyr se había percatado, ¿por qué debería? Sin sus seis bestias no parecía un gran hombre. “Yo era Varamyr Seispieles, partí pan con Mance Ryder. Se había llamado a sí mismo Varamyr cuando tenía diez años. Un nombre adecuado para un señor, un nombre que inspirase canciones, un poderoso nombre, y temible.” Sin embargo, había huido de los cuervos como un conejo asustado. El terrible Lord Varamyr se había puesto ansioso, pero no podía tolerar que ella no lo supiese, así que le dijo que su nombre era Haggon. Después, él se preguntó por qué ese nombre había venido a sus labios, de entre todos los que podía haber elegido. “Me comí su corazón y me bebí su sangre, y aún me persigue.”
Un día, cuando huían, un jinete llegó galopando a través de los árboles sobre un demacrado caballo blanco, gritando que todos ellos se dirigirían hacia Agualechosa, que el Llorón estaba reuniendo guerreros para cruzar el Puente de las Calaveras y tomar la Torre de las Sombras. Muchos lo siguieron, muchos no. Más tarde, un riguroso guerrero vestido de piel y ámbar iba de fogón en fogón, instando a los sobrevivientes a marchar al norte y refugiarse en el Valle de los Thenns. ¿Por qué él pensó que sería seguro allí cuando los propios Thenns habían dejado el lugar?, Varamyr nunca se enteró, pero cientos lo siguieron. Cientos más se marcharon con la bruja de las maderas, la que había tenido una visión de una flota de barcos que venían a llevar a los Pueblos Libres al sur. -Debemos buscar el mar- gritó Mamá Verruga, y sus seguidores se fueron al este.
Varamyr podría estar entre ellos si sólo hubiese sido más fuerte. El mar era gris y frío y lejano, pensó, y sabía que nunca viviría para verlo. Fue nueve veces muerto y moribundo, y esta podría ser la definitiva. “Una capa de piel de ardilla,” recordó,” me apuñaló por una capa de piel de ardilla.”
Su dueña había muerto, la parte de atrás de su cabeza se hizo añicos en una pulpa roja salpicada con trozos de huesos, pero su capa parecía cálida y espesa. Estaba nevando, y Varamyr había perdido sus propias capas en el Muro, sus pieles de dormir y su ropa interior de lana, sus botas de piel de oveja y sus guantes forrados en piel, su odre con hidromiel y su comida, las madejas de pelo que le habían dado las mujeres con las que se había acostado, incluso los brazaletes de oro que Mance le había dado, todo perdido y dejado atrás. “Me quemé y morí, después corrí, medio loco de dolor y terror.” El recuerdo aún lo avergonzaba, pero no había quedado solo. Otros corrieron también, cientos de ellos, quizás miles. “La batalla estaba perdida. Los caballeros habían llegado, imbatibles en su acero, matando a todo el que se quedase a pelear. Era correr o morir.”
La muerte no era tan fácil de dejar atrás, sin embargo. Así que cuando Varamyr llegó a la mujer muerta en el bosque, se arrodilló para quitarle la capa, y nunca vio al niño hasta que irrumpió de su escondite para conducir su largo cuchillo a su costado y rasgar la capa de sus dedos.
—Su madre. —Cardo le dijo más tarde, después que el niño se fue. —Esa era la capa de su madre, y él te vio robándola…
¬—Está muerta, — dijo Varamyr, haciendo una mueca de dolor cuando la aguja de hueso perforó su carne. —Alguien le destruyó el cráneo. Algún cuervo.
—No fueron cuervos. Hombres de Hornfoot. Yo los vi.¬ ¬— Su aguja tiró del corte en el lado cerrado.
“Salvajes, ¿y quién queda para domesticarlos? Nadie. Si Mance está muerto, los pueblos libres están condenados.” Los Thenns, los gigantes y los hombres de Hornfoot, los habitantes de las cuevas, con sus afilados dientes y los hombres con sus carros de hueso. Todos ellos están condenados, incluso los cuervos. Tal vez no lo sabían, pero esos bastardos de capa negra morirían igual que el resto. El enemigo se acercaba.
La ronca voz de Haggon resonaba en su cabeza. —Morirás una docena de veces, muchacho, y todos te harán daño… pero cuando tu verdadera muerte llegue, vivirás de nuevo. La segunda vida es más simple y dulce, dicen.¬
Varamyr Seispieles sabría la verdad bastante pronto. Podía saborear la muerte real en el humo acre que colgaba del aire, lo sentía en el calor entre sus dedos cuando deslizaba una mano entre sus ropas y palpaba su herida. El frío era demasiado, pensó, demasiado profundo en sus huesos. Este tiempo sería demasiado frío que lo mataría.
Su última muerte había sido por el fuego. “Me quemé. Al principio, en su confusión, creyó que algún arquero sobre el Muro lo había atravesado con una flecha incendiaria… pero el fuego había estado dentro de él, consumiéndolo. Y el dolor…”
Varamyr había muerto nueve veces antes. Había muerto una vez con una lanza hundida, una vez con los dientes de un oso en la garganta, y otra vez en un baño de sangre que trajo a un cachorro muerto. Murió en su primera muerte cuando tenía sólo seis años, cuando el hacha de su padre destrozó su cráneo. Incluso eso no había sido tan atroz como el fuego en sus tripas. En un momento se había elevado, crepitando en todo lo largo de sus alas, devorándolo. Cuando trató de volar de ahí, su terror abanicó las llamas y lo hizo arder muy caliente. En un momento, había estado volando sobre el Muro, sus ojos de águila marcando los movimientos de los hombres abajo. Luego, las llamas convirtieron su corazón en una ceniza ennegrecida y envió su espíritu de vuelta a su propio cuerpo y por un corto rato, se había vuelto loco. El recuerdo fue suficiente para hacerlo estremecerse.
Fue entonces cuando su fuego se había apagado.
Sólo una maraña gris, negruzca, de madera carbonizada, con un poco de ascuas entre las cenizas. “Todavía hay humo, solamente necesita madera.” Apretando los dientes contra el dolor, Varamyr se arrastró a un montón de ramas rotas. Cardo las había juntado antes de irse a cazar, y lanzó unos pocos palos encima de las cenizas.
—Prende, —croó, —arde. — Sopló sobre las brasas y dijo una oración sin palabras a los dioses sin nombre de los árboles, las colinas y el campo.
Los dioses no le respondieron. Después de un rato, el humo cesó de elevarse también. Ya la cabaña se estaba volviendo más fría. Varamyr no tenía pedernal ni yesca, ni leña seca. Nunca tendría el fuego ardiendo, no por sí mismo. —Cardo—, llamó con su ronca y afilada voz, con dolor, — ¡Cardo! —
Su mentón era afilado y su nariz aplastada y tenía un lunar en una mejilla, con cuatro pelos oscuros creciendo del mismo. Una cara fea y dura sin duda, sin embargo él habría dado mucho por verla asomarse en la puerta de la cabaña. La habría tomado antes de que se fuera. ¿Cuánto había estado afuera? ¿Dos días? ¿Tres? Varamyr estaba inquieto. Estaba oscuro dentro de la choza, había estado durmiéndose y despertando, nunca lo bastante seguro de que si era de día o de noche afuera.
¬—Espera, ¬—había dicho ella. ¬—Volveré con comida.— Así, como un tonto que había esperado, soñando con Haggon, y Chichón y todo lo malo que había hecho en su larga vida, pero los días y las noches pasaban y Cardo no había regresado. Ella no volverá. Varamyr se preguntó si se había traicionado a sí mismo. ¿Podría ella decir lo que él estaba pensando sólo con mirarlo, o lo había murmurado en su sueño febril?
“Abominación,” oyó a Haggon decir. Fue casi como si él estuviese ahí, en esa misma habitación. —Ella es sólo una esposa de la lanza,— Varamyr se dijo a sí mismo. —Yo soy un hombre grandioso. Soy Varamyr, el warg, el cambiapieles, no es justo que ella viva y yo muera. — Nadie respondió. No había nadie allí. Cardo se había ido. Ella lo había abandonado, como todo el resto.
Su propia madre lo había abandonado también. “Ella lloró por Chichón, pero nunca lloró por mí.” Aquella mañana, cuando su padre lo arrastró fuera de la cama y lo entregó a Haggon, ella ni siquiera lo miraba. Él chilló y pateó cuando fue arrastrado al bosque, hasta que su padre lo abofeteó y le dijo que estuviera quieto. -Tú perteneces a tu propia gente,- fue todo lo que le dijo se lo arrojó a los pies a Haggon.
“Él no estaba equivocado,” Varamyr dijo, susurrando. “Haggon me enseñó mucho y más. Me enseñó a pescar y a cazar, a trocear un animal muerto y quitar las espinas a los peces, a encontrar el camino en el bosque. Y me enseñó el camino del warg y los secretos del cambiapieles, aunque mi don era más fuerte que el suyo.”
Años más tarde había tratado de encontrar a sus padres, para decirles que su Bulto se había convertido en el gran Varamyr Seispieles, pero ambos estaban muertos y quemados. “Entre árboles y arroyos. Entre piedras y tierra. Entre suciedad y cenizas”. Eso fue lo que la bruja de los bosques había dicho a su madre, el día en que Chichón murió. Bulto no quería ser un trozo de tierra. El niño había soñado con el día en que los bardos cantaran sus actos, y las niñas lindas lo besarían. “Cuando sea grande seré el Rey-Más-Allá-del-Muro,” Bulto se había prometido a sí mismo. No lo era, pero estaba cerca. Varamyr Seispieles era un nombre que los hombres temian. Montó a la batalla en la espalda de un oso de las nieves de trece pies de altura, tenía tres lobos y un gatosombra consigo, y se sentó a la derecha de Mance Ryder. “Fue Mance quien me trajo a este lugar. No tendría que haberlo oído, tendría que haberme deslizado dentro de mi oso y haberlo destrozado.”
Antes de Mance, Varamyr había sido una especie de señor. Vivía solo en un pabellón de musgo y barro y troncos labrados, que había sido de Haggon una vez, atendido por sus bestias. Una docena de pueblos le rendían tributo en el pan, la sal y la sidra, ofreciéndole frutas de sus jardines y verduras de sus huertos. La carne la obtenía él mismo. Cada vez que deseaba una mujer, mandaba su gatosombra a acecharla, y cualquiera que le echaba el ojo, llegaba dócilmente a su cama. Algunas llegaban llorando, pero igual llegaban. Varamyr echaba su semilla, tomaba un mechón de su pelo como recuerdo, y las enviaba de vuelta. De tiempo en tiempo, algún héroe de algún pueblo venía con la lanza en la mano para matar a la bestia y rescatar a alguna hermana, amante o hija. A esos los mató, pero nunca hizo daño a las mujeres. A algunas incluso las bendijo con hijos. “Enanos, cosas pequeñas e insignificantes, como Chichón, ninguno con el don.”
El miedo lo llevó a ponerse de pie, tambaleándose. Sosteniendo su costado para frenar la sangre que se filtraba de su herida, Varamyr se tambaleó hasta la puerta y barrió a un lado la andrajosa piel que la cubría para estar de frente a una pared de nieve. Nieve. No era de extrañar que adentro estuviese tan oscuro y lleno de humo. La nieve que cayó había sepultado la casa.
Varamyr empujó, la nieve se desmoronó y se hundió, aún suave y húmeda. Afuera, la noche era tan blanca como la muerte; pálidas y delgadas nubes bailando alrededor de la luna de plata, mientras miles de estrellas observaban fríamente. Pudo ver las formas jorobadas de otras cabañas enterradas en la nieve, y más allá, la pálida sombra de una represa de madera montada en el hielo. Al sur y al oeste las colinas eran un vasto yermo blanco donde nada se movía excepto la nieve. —Cardo, — Varamyr la llamó débilmente, preguntándose cuán lejos había llegado ella. -Cardo, mujer, ¿dónde estás?-
A lo lejos, un lobo aulló.
Un escalofrío recorrió a Varamyr. Reconoció ese aullido tan bien como Bulto había reconocido la voz de su mamá. Un Ojo. Él era el más viejo de los tres, el más grande, el más fiero. Acechador era el más delgado, el más rápido, el más joven. Sly era más astuta, pero ambos tenían miedo de Un Ojo. El viejo lobo era audaz, implacable.
Varamyr había perdido el control de sus otros animales en la angustia de la muerte de su águila. Su gatosombra había corrido al bosque, mientras su osa tornó sus garras contra los que la rodeaban, destrozando a cuatro hombres antes de caer atravesada con una lanza. Ella habría matado a Varamyr si él hubiese estado a su alcance. La osa lo odiaba, había bramado cada vez vestía su piel o montaba a su espalda.
Sus lobos, aunque…
“Mis hermanos, mi manada.” En más de una noche fría había dormido con sus lobos, sus cuerpos peludos se apretujaban alrededor de él para mantenerlo caliente. “Cuando muera, se darán un festín con mi carne y dejarán solamente los huesos para el deshielo de la primavera que viene.” La idea fue extrañamente reconfortante. Sus lobos a menudo cazaban para él, cuando vagaban; parecía apropiado que él los alimentara al final. Podía comenzar bien una segunda vida con el calor de la carne muerta de su propio cadáver.
Los perros eran las bestias más fáciles para unirse; ellos vivían tan cerca de los hombres que casi eran humanos. Deslizarse en la piel de un perro era como ponerse sus viejas botas, sus cueros suavizados por el desgaste. Como una bota estaba hecha para aceptar un pie, un perro estaba hecho para aceptar un collar, incluso un collar que ningún ojo humano podía ver. Los lobos eran duros. Un hombre podía hacerse amigo de un lobo, incluso romper un lobo, pero ningún hombre podía realmente domesticar un lobo.
—Los lobos y las mujeres se casan de por vida. ¬—Haggon decía a menudo. —Se toma uno, es matrimonio. El lobo es parte de ti desde aquel día, y tú eres parte de él. Ambos cambiarán.
Otras bestias era mejor dejarlas solas, el cazador había dicho. Los gatos eran vanidosos y crueles, siempre listos para volverse contra ti. El ciervo y el venado eran la presa; hasta los hombres más valientes se convertían en cobardes vistiendo sus pieles demasiado tiempo. Osos, jabalíes, tejones, comadrejas… Haggon no habló mucho sobre ellos.
—Algunas pieles nunca querrás usarlas, muchacho, no te gustará en lo que te convertirías. — Las aves eran las peores, le oyó decir. —Los hombres no estaban hechos para dejar la tierra. Pasa mucho tiempo en las nubes y nunca querrás volver a bajar otra vez. Conozco cambiapieles que habían intentado con halcones, búhos, cuervos. Incluso en sus propias pieles, se sientan mirando al sangriento cielo azul.
Sin embargo, no todos los cambiapieles sentían lo mismo. Una vez, cuando Bulto tenía diez años, Haggon lo llevó a una reunión con los suyos. Los wargs eran los más numerosos en esa compañía, los hermanos lobos, pero el muchacho había encontrado a los otros extraños y más fascinantes.
Boroq se parecía mucho a su jabalí, lo único que le faltaban eran los colmillos. Orell tenía su águila, Briar su gatosombra, (en el momento en que los vio, Bulto quería su propio gatosombra), Grisella, la mujer cabra…
Ninguno de ellos había sido tan fuerte como Varamyr Seispieles, ni siquiera Haggon, alto y severo, con sus manos tan duras como la piedra. El cazador murió llorando después de que Varamyr tomase a Pielgris para él, volviendo a reclamar la bestia para sí.” No hay segunda vida para ti, viejo.” Varamyr Trespieles, se había llamado así mismo. Pielgris fue el cuarto, si bien el viejo lobo era frágil y casi sin dientes y pronto siguió a Haggon a la muerte.
Varamyr podía tomar cualquier bestia que desease, torciéndolas a su voluntad, haciendo suya su carne. Perro, lobo, oso o tejón…
“Cardo,” pensó.
Haggon podría llamarlo abominación, el pecado más negro de todos, pero Haggon estaba muerto, devorado y quemado. Mance podría haberlo maldecido también, pero Mance estaba muerto o capturado. “Nadie lo sabrá jamás. Seré Cardo, la esposa de la lanza, y Varamyr Seispieles estará muerto.” Su don perecería con su nuevo cuerpo, supuso. Perdería sus lobos, y viviría el resto de su vida como una escuálida y arrugada mujer… pero viviría. “Si es que vuelve. Si es que soy lo suficientemente fuerte para cogerla.”
Una ola de mareo se apoderó de Varamyr. Se dobló sobre sus rodillas, sus manos se enterraron en la nieve. Recogió un puñado de nieve y se llenó la boca, frotándolo entre las barbas, contra los labios agrietados, lamiendo la humedad. El agua estaba tan fría que apenas podía tragarla, y se dio cuenta una vez más cuán caliente estaba.
La nieve fundida le hacía sentirse más hambriento. Era comida lo que su vientre necesitaba, no agua. La nieve había parado de caer, pero el viento estaba alzándose, llenando el aire con cristal, cortando su cara mientras luchaba por no ir a la deriva, la herida en su costado abriéndose y cerrándose otra vez. Su aliento formaba una irregular nube blanca. Cuando alcanzó el árbol-corazón, encontró una rama caída, bastante larga como para usarla como de muleta. Apoyándose pesadamente sobre la rama, se tambaleó hacia la choza más cercana. Tal vez los aldeanos olvidaron algo cuando se fueron… algún saco de manzanas, algo de carne seca, cualquier cosa que lo mantuviese vivo hasta que Cardo regresase.
Casi estuvo allí, cuando la muleta se rompió bajo su peso, y sus piernas se doblaron bajo él.
Cuánto tiempo estuvo allí tirado, tiñendo de rojo la nieve con su sangre, Varamyr no podría haberlo dicho. “La nieve me va a enterrar. Será una muerte pacífica. Dicen que se siente calor cerca del final, calor y sopor”. Sería bueno volver a sentir calor otra vez, aunque lo ponía triste pensar que no vería nunca más los campos verdes, las cálidas tierras más allá del Muro, de las que Mance solía cantar. -El mundo más allá del Muro no es para los nuestros.- Haggon solía decir. -Los pueblos libres temen a los cambiapieles, pero nos honran también. Al sur del Muro, los arrodillados nos cazan y nos destazan como cerdos.-
“Tú me advertiste,” pensó Varamyr, pero fuiste tú quien me mostró Guardiaoriente también. No tendría más de diez años. Haggon intercambiaba una docena de cuerdas de ámbar y un trineo repleto con pieles para seis botas de vino, un bloque de sal y un perol de cobre. Guardiaoriente era un mejor lugar para comerciar que el Castillo Negro; allí era donde los barcos llegaban, cargados con mercancías de los fabulosos países de más allá del mar. Los cuervos reconocían a Haggon como un cazador y un amigo de la Guardia de la Noche, y acogían de buen grado las noticias que él traía de la vida más allá del Muro. Algunos lo conocían como cambiapieles, pero no hablaban de ello. Fue en Guardiaoriente-en-el-mar, donde el muchacho había empezado a soñar con el cálido sur.
Varamyr podía sentir los copos de nieves derritiéndose en su frente. “Esto no es tan malo como quemarse. Déjenme dormir y nunca despertar, déjenme empezar mi segunda vida.” Sus lobos estaban cerca de él. Podía sentirlos. Dejaría sus carnes débiles atrás, convirtiéndose en uno de ellos, cazando en la noche y aullando a la luna. El warg se convertiría en un verdadero lobo. “¿Cuál, sin embargo?”
No Sly. Haggon podría haberlo llamado abominación, pero Varamyr se había deslizado en su piel a menudo, mientras estaba siendo montada por Un Ojo. Él no quería pasar su segunda vida como una ramera, aunque, a no ser que tuviera otra alternativa. Acechador podía sentarle mejor, el joven macho… aunque Un Ojo era más grande y más fiero, y era Un Ojo el que tomaba a Sly cada vez que quería calor.
-Dicen que te olvidas,- Haggon le había dicho, unas semanas antes de su propia muerte. -Cuando la carne del hombre muere, el espíritu vive en su bestia, pero cada día, la memoria se desvanece, y la bestia se convierte un poco menos en warg y un poco más en lobo, hasta que nada del hombre es dejado, y solo la bestia queda.-
Varamyr sabía la verdad de eso. Cuando reclamó el águila que había sido de Orell, pudo sentir el otro cambiapieles bramando a su presencia. Orell había sido asesinado por el cuervo cambia-capas Jon Nieve, y su odio por el asesino había sido tan grande que Varamyr se encontró a sí mismo odiando al muchacho. Él había reconocido lo que era Nieve en el momento en que vio al huargo blanco acechando silencioso a su lado. Un cambiapieles siempre podía notar a otro cambiapieles. “Mance debió haberme dejado tomar el huargo, habría sido una segunda vida digna de un rey. Podría haberlo hecho, no dudó.” El don era fuerte en Nieve, pero el muchacho era ignorante, aun luchando contra su naturaleza, cuando debía de glorificarse en ella.
Varamyr podía ver los ojos rojos del árbol-corazón fijos en él desde un tronco blanco. “Los dioses están pesándome”. Un escalofrío se apoderó de él. Había hecho cosas malas, cosas terribles. Había robado, matado, violado. Se había saciado con carne humana, chapoteado en la sangre de moribundos, mientras manaba roja y caliente de sus gargantas desgarradas. Había acechado enemigos a través del bosque, caído sobre ellos mientras dormían, clavando sus garras en las entrañas, dispersándolas en el barro. Qué agradable había sabido su carne. -Esa era la bestia, no yo,- dijo en un ronco suspiro. -Ese fue el don que ustedes me dieron.-
Los dioses no replicaron. Su aliento colgaba pálido y brumoso en el aire. Podía sentir el hielo formándose en su barba. Varamyr Seispieles cerró sus ojos.
Soñó un viejo sueño de una cabaña a orillas del mar, tres perros gimoteando, las lágrimas de una mujer.
“Chichón, ella lloraba por Chichón, nunca lloró por mí.”
Bulto había nacido un mes antes del tiempo adecuado, y estuvo enfermo tan seguido que nadie esperaba que viviera. Su madre esperó a que cumpliera cuatro años para darle un nombre, y para entonces ya era muy tarde. Todo el pueblo lo había llamado Bulto, el nombre se lo había dado su hermana Meha cuando aún estaba en el vientre de su madre. Meha también había dado su nombre a Chichón, pero el hermano menor de Bulto había nacido en el tiempo adecuado, grande, rosado y robusto, chupando glotonamente los pezones de su madre. Iba a ponerle el nombre después de Padre. “Chichón murió sin embargo. Murió cuando tenía dos años y él seis, tres días antes del Día de su Nombre.”
—Tu pequeño está con los dioses. —Las brujas del bosque dijeron a su madre, mientras ella lloraba. —Él nunca se dañará, nunca tendrá hambre, nunca llorará. Los dioses se lo han llevado de la tierra, de los árboles. Los dioses están siempre alrededor nuestro, en las piedras y los arroyos, en las aves y las bestias. Tu Chichón ha ido a unirse con ellos. Será el mundo y todo lo que está en él.
Las palabras de la mujer vieja atravesaron a Bulto como un cuchillo. Chichón ve. Él me está mirando, sabe. Bulto no podía esconderse de él, no podía deslizarse detrás de las faldas de su madre o salir corriendo con los perros para huir de la furia de su padre. “Los perros. Loptail, Fisgón, el Gruñón. Eran buenos perros. Eran mis amigos.”
Cuando su padre encontró a los perros olisqueando alrededor del cuerpo de Chichón, no tuvo forma de saber lo que habían hecho, así que pasó por hacha a los tres. Sus manos se sacudieron tanto que necesitó dos golpes para Fisgón, y cuatro para el Gruñón. El olor de la sangre colgaba pesado en el aire, y los sonidos de los perros moribundos habían hecho que fuera terrible de oír, sin embargo, Loptail vino cuando su padre lo llamó. Era el perro más viejo, y su adiestramiento venció su espanto. Por una vez Bulto se deslizó a su piel, pero era demasiado tarde.
“No, Padre, por favor,” trató de decir, pero los perros no pueden hablar la lengua de los hombres así que todo lo que emergió fue un gimoteo patético. El hacha se estrelló en medio del cráneo del viejo perro, y dentro de la cabaña el niño soltó un alarido. “Así fue como se conocieron.” Dos días después su padre lo arrastraba a los árboles. Traía su hacha, así que Bulto pensaba que tenía la intención de hacer lo mismo que hizo con los perros. En lugar de eso, se lo dio a Haggon.
Varamyr despertó repentinamente, violentamente, todo su cuerpo se sacudía.
—Levántate, — una voz estaba gritando, —levántate, tenemos que irnos. Hay cientos de ellos. — La nieve lo había cubierto con una capa rígida y blanca. Cuando trató de moverse, notó que sus manos estaban congeladas en el suelo. Dejó algo de piel en el suelo cuando se soltó. —Levántate, — ella gritó otra vez, ¬¬—ellos vienen.
Cardo había vuelto a él. Ella lo había agarrado de los hombros y lo sacudía, y gritaba en su cara. Varamyr podía oler su aliento y sentir el calor sobre sus mejillas entumecidas por el frío. “Ahora”, pensó él, “hazlo ahora o muere.”
Reunió toda la fuerza en él, saltó fuera de su propia piel, y se forzó a sí mismo dentro de ella.
Cardo arqueó la espalda y gritó.
“Abominación.” ¿Era ella, él mismo, o Haggon? Nunca lo supo. Su vieja carne cayó atrás en la nieve mientras los dedos de ella aflojaban. La esposa de la lanza se retorcía violentamente, chillando. Su gatosombra solía pelear con él salvajemente, y su osa de nieve se había vuelto medio loca durante un tiempo, rompiendo las piedras, los árboles y el aire vacío; pero esto era peor. ¡Fuera, fuera! Él oía su propia boca gritando. Su cuerpo se tambaleó, cayó y se levantó de nuevo, sus manos se sacudieron, sus piernas tiraban de un lado a otro en una grotesca danza mientras su espíritu y el de la mujer peleaban por la carne. Ella aspiró heladas bocanadas de aire, y Varamyr tuvo medio latido para glorificarse en el gusto de esto y de la fuerza de este joven cuerpo, antes de que sus dientes se rompieran y llenaran su boca con sangre. Ella levantó sus manos hacia su rostro. Él trató de tirar hacia abajo, pero las manos no le obedecieron, y ella se estaba arañando los ojos. “Abominación,” recordó, ahogándose en sangre, dolor y locura. Cuando trató de gritar, ella escupió su lengua afuera.
El blanco mundo dio vueltas y se vino abajo. Por un momento era como si él estuviese dentro del árbol-corazón, mirando a través de los ojos rojos tallados como un hombre moribundo se agitaba débilmente en el suelo y una mujer loca bailaba ciega y ensangrentada bajo la luna, llorando lágrimas rojas y rompiendo sus vestiduras. Entonces ambos se fueron, y él se elevaba, su espíritu corrió con el frío viento. Estaba en la nieve y en las nubles. Era un gorrión, una ardilla, un roble. Un búho voló en silencio entre los árboles, cazando una liebre. Muy por debajo del suelo congelado, las lombrices reptaban ciegas en la oscuridad, y también era una de ellas. “Soy el bosque, y todo lo que hay en él,” pensó exultante. Cientos de cuervos volaron, graznando cuando lo sintieron pasar. Un gran alce, inquietando a los niños que se pegaban a su espalda. Un somnoliento huargo levantaba su cabeza, olisqueando el aire puro. Antes de que sus corazones latieran de nuevo, él pasó, buscando el suyo propio, a Un Ojo, a Sly, y al Acechador, su manada. Sus lobos lo salvarían, se dijo a sí mismo.
Ese fue su último pensamiento como hombre.
La verdadera muerte vino súbitamente; sintió una descarga de frío, como si hubiese saltado a las aguas gélidas de un lago congelado. Luego, se vio corriendo a toda prisa en la nieve iluminada por la luna, con su manada cerca detrás de él. La mitad del mundo era sombra. Un Ojo, supo. Él ladró, y Sly y Acechador respondieron.
Cuando alcanzaron la cima los lobos se detuvieron. Cardo, una parte de él sufrió por lo que había perdido y otra parte por lo que había hecho. Abajo, el mundo se había vuelto hielo. Dedos de escarcha se movían sigilosamente por el árbol-corazón, alcanzándose cada uno. La aldea vacía ya no estaba vacía. Sombras de ojos azules caminaban entre los montículos de nieve. Algunos vestían de marrón, algunos de negro, y otros iban desnudos, su carne blanca como la nieve. El viento estaba soplando en las montañas, pesado con sus olores: carne muerta, sangre seca, pieles que apestaban a moho, a podrido y a orina. Sly aulló y mostró los dientes, y su collar erizado. “Ni hombres, ni presas, ni estos.”
Las cosas de abajo se movían, pero no vivían. Uno a uno, levantaron su cabeza hacia los tres lobos en la colina. Lo último que miró fue la cosa que había sido Cardo. Ella llevaba lana, piel y cuero y sobre eso llevaba un manto de escarcha que crujía cuando se movía y relucía bajo la luz de la luna. Carámbanos pálidos y rosados colgaban de la punta de sus dedos, diez largos cuchillos de sangre congelada. Y en los agujeros donde habían estado sus ojos, una pálida luz azul parpadeaba, dando a sus ásperos rasgos una escalofriante belleza que nunca había conocido en su vida.
“Ella me ve.”

Aquí va prólogo, traducida concienzudamente... no con esa wea tarzanezca d traductor d mierda de google...
Prólogo
La noche estaba impregnada con el olor a hombre.
El warg se detuvo bajo un árbol y olisqueó, su pelaje gris y pardo, salpicado por sombras. Un soplido del viento entre los pinos trajo el olor a hombre a él, sobre tenues olores que hablaban de zorros y liebres, de focas y ciervos, incluso de lobos. Esos eran olores de hombre también, el warg lo sabía; el olor de viejas pieles, muertas y agrias, cercanas a ahogarse debajo de los fuertes olores del humo, de la sangre y de la podredumbre. Sólo un hombre quita la piel de otras bestias y usa sus escondrijos y sus pelajes.
Los wargs no tenían miedo del hombre, como los lobos si lo tenían. El odio y el hambre se revolvían en su vientre, gruñó bajo, llamando a su hermano tuerto y su pequeña hermana astuta. Cuando él corrió a través de los árboles, su manada lo siguió sobre sus talones. Ellos habían cogido el olor también. Cuando corrió, vio a través de sus ojos y se vislumbró a sí mismo delante. El aliento de la manada resopló cálido y blanco desde las largas fauces grises. El hielo se había congelado entre sus patas, duro como la piedra, pero la caza estaba en marcha, la presa adelante. “Carne,” pensó el warg.
Un hombre solo era débil. Grande y fuerte, con ojos agudos, pero duro de oído e insensible a los olores. El ciervo y el venado, incluso la liebre, eran más rápidos, los osos y los jabalíes, más feroces en la pelea. Pero los hombres en manada eran peligrosos. Cuando los lobos se aproximaron a la presa, el warg oyó el chillido de un cachorro, la cáscara de la nieve de la noche anterior rompiéndose bajo las torpes patas de hombre, el ruido de las pieles duras y las largas garras grises que los hombres llevaban.
Espadas, una voz dentro suyo susurro, lanzas.
De los árboles habían crecido dientes helados, pendiendo de las desnudas ramas. Un Ojo corrió a través de la maleza, salpicando nieve. Su manada lo siguió, encima de una colina y abajo por la pendiente, hasta que la madera se abrió y los hombres aparecieron. Una era hembra. El bulto envuelto en pieles que ella agarraba era su cachorro. Déjala para el final, le susurró la voz, los machos son los peligrosos. Ellos bramaron a cada uno, como los hombres lo hicieron, pero el warg podía oler su pavor. Uno tenía un diente de madera, tan alto como él. Lo lanzó, pero su mano estaba temblando y el diente voló alto.
A continuación la manada cayó sobre ellos.
Su hermano tuerto golpeó al lanza-dientes por atrás en un montón de nieve y le rompió la garganta mientras forcejeaba. Eso dejaba para él a la hembra y su cachorro.
Ella tenía un diente también, uno pequeño hecho de hueso, pero se le cayó cuando las fauces del warg se cerraron alrededor de su pierna. Cuando la mujer cayó, envolvió a su cachorro ruidoso con ambos brazos. Bajo las pieles, la hembra era sólo piel y huesos, pero las tetas estaban llenas de leche. La carne más tierna era la del cachorro. El lobo guardó las mejores piezas para su hermano. Toda la nieve alrededor de los cadáveres se teñía de rosado, mientras la manada llenaba sus vientres.
Leguas más allá, en una cabaña de una sola habitación, de barro y paja, con techo de paja y un hoyo para el humo y piso de tierra compacta, Varamyr susurró, tosió y lamió sus labios. Sus ojos eran rojos, sus labios partidos, su garganta seca, pero el sabor de la sangre y la grasa llenaba su boca, incluso cuando su hinchado abdomen clamaba por alimento. La carne de un niño, pensó, recordando a Bump. Carne humana. ¿Se había hundido tan bajo que tuvo que comer carne humana? Casi podía oír a Haggon gruñéndole. “Los hombres pueden comer carne de las bestias y las bestias pueden comer carne de los hombres, pero el hombre que come carne de hombre es una abominación.”
“Abominación.” Esa siempre había sido la palabra favorita de Haggon. Comer carne humana era una abominación, aparearse como lobo con un lobo era una abominación, aprovecharse del cuerpo de otro humano era la peor abominación de todas. “Haggon era débil, temeroso de su propio poder. Él murió llorando y solo cuando rompí su segunda vida.” Varamyr había devorado su corazón. “Él me enseñó mucho y más, y la última cosa que aprendí de él fue el sabor de la carne humana.”
Eso fue como lobo, sin embargo. Nunca había comido la carne de un hombre con el diente de hombre. Él no envidiaría su festín, sin embargo. Los lobos estaban tan famélicos como él, demacrados, fríos y hambrientos, y la presa… “dos hombres y una mujer, un bebé en sus brazos, escapando de la muerte. Habrían perecido en cualquier caso, de frío o de inanición. Esta forma era más rápida, mejor. Una piedad.”
-Una piedad-, dijo en voz alta. Su garganta estaba seca, pero se sentía bien oír una voz humana, incluso la suya propia. El aire olía a moho y humedad, el suelo era duro y frío, y su fogata despedía más humo que calor. Se acercó a las llamas tanto como se atrevió, tosiendo y susurrando por turnos, su costado palpitó cuando la herida se abrió. La sangre le había empapado los calzones hasta la rodilla y se había secado en una dura costra marrón.
Cardo le había advertido que aquello podía pasar. —La cosí lo mejor que pude, —había dicho ella, —pero necesitas descansar y dejarla cerrarse, o la carne sangrará de nuevo.
Cardo había sido la última de sus compañeros, una esposa de la lanza dura como una vieja raíz, verrugosa, arrugada. Uno a uno, ellos habían quedado atrás, o progresado, dirigiéndose a sus viejas aldeas, a Agualechosa o a Casadura, o a una muerte solitaria entre los árboles. Varamyr no lo sabía, y no le importaba. “Yo podría haber tomado a uno de ellos cuando tuve la oportunidad. Uno de los gemelos, o el hombre grande de la cara cortada, o el muchacho del cabello rojo. Él había tenido miedo,” pensó. Uno de los otros podría haberse dado cuenta de lo que pasaba. Entonces ellos se habrían girado sobre él y lo habrían matado. Las palabras de Haggon lo habían perseguido y la oportunidad había pasado.
Después de la batalla habían miles de ellos luchando a través del bosque, hambrientos, asustados, escapando de la matanza que había caído sobre ellos en el Muro. Algunos hablaron de regresar a los hogares que habían abandonado, otros de montar un segundo asalto sobre la puerta, pero la mayoría de ellos estaban perdidos, sin noción de qué hacer o dónde ir. Habían escapado de los cuervos negros y de los caballeros con sus grises aceros, pero enemigos más implacables los acechaban. Cada día dejaban más cadáveres tirados en el camino. Algunos morían de hambre, otros de frío, otros enfermos. Otros eran asesinados por aquellos habían sido sus hermanos de armas cuando marcharon al sur con Mance Ryder, el Rey-Más-Allá-del-Muro.
“Mance cayó,” los sobrevivientes dijeron con desesperadas voces. “Mance está atrapado, está muerto.”
—Harma está muerto y Mance capturado, el resto salió corriendo y nos dejó, —Cardo había afirmado mientras zurcía su herida. ¬—Tormund, el Llorón, el Seispieles, y todos ellos valientes salteadores. ¿Dónde están ahora?
“Ella no me conoce,” Varamyr se había percatado, ¿por qué debería? Sin sus seis bestias no parecía un gran hombre. “Yo era Varamyr Seispieles, partí pan con Mance Ryder. Se había llamado a sí mismo Varamyr cuando tenía diez años. Un nombre adecuado para un señor, un nombre que inspirase canciones, un poderoso nombre, y temible.” Sin embargo, había huido de los cuervos como un conejo asustado. El terrible Lord Varamyr se había puesto ansioso, pero no podía tolerar que ella no lo supiese, así que le dijo que su nombre era Haggon. Después, él se preguntó por qué ese nombre había venido a sus labios, de entre todos los que podía haber elegido. “Me comí su corazón y me bebí su sangre, y aún me persigue.”
Un día, cuando huían, un jinete llegó galopando a través de los árboles sobre un demacrado caballo blanco, gritando que todos ellos se dirigirían hacia Agualechosa, que el Llorón estaba reuniendo guerreros para cruzar el Puente de las Calaveras y tomar la Torre de las Sombras. Muchos lo siguieron, muchos no. Más tarde, un riguroso guerrero vestido de piel y ámbar iba de fogón en fogón, instando a los sobrevivientes a marchar al norte y refugiarse en el Valle de los Thenns. ¿Por qué él pensó que sería seguro allí cuando los propios Thenns habían dejado el lugar?, Varamyr nunca se enteró, pero cientos lo siguieron. Cientos más se marcharon con la bruja de las maderas, la que había tenido una visión de una flota de barcos que venían a llevar a los Pueblos Libres al sur. -Debemos buscar el mar- gritó Mamá Verruga, y sus seguidores se fueron al este.
Varamyr podría estar entre ellos si sólo hubiese sido más fuerte. El mar era gris y frío y lejano, pensó, y sabía que nunca viviría para verlo. Fue nueve veces muerto y moribundo, y esta podría ser la definitiva. “Una capa de piel de ardilla,” recordó,” me apuñaló por una capa de piel de ardilla.”
Su dueña había muerto, la parte de atrás de su cabeza se hizo añicos en una pulpa roja salpicada con trozos de huesos, pero su capa parecía cálida y espesa. Estaba nevando, y Varamyr había perdido sus propias capas en el Muro, sus pieles de dormir y su ropa interior de lana, sus botas de piel de oveja y sus guantes forrados en piel, su odre con hidromiel y su comida, las madejas de pelo que le habían dado las mujeres con las que se había acostado, incluso los brazaletes de oro que Mance le había dado, todo perdido y dejado atrás. “Me quemé y morí, después corrí, medio loco de dolor y terror.” El recuerdo aún lo avergonzaba, pero no había quedado solo. Otros corrieron también, cientos de ellos, quizás miles. “La batalla estaba perdida. Los caballeros habían llegado, imbatibles en su acero, matando a todo el que se quedase a pelear. Era correr o morir.”
La muerte no era tan fácil de dejar atrás, sin embargo. Así que cuando Varamyr llegó a la mujer muerta en el bosque, se arrodilló para quitarle la capa, y nunca vio al niño hasta que irrumpió de su escondite para conducir su largo cuchillo a su costado y rasgar la capa de sus dedos.
—Su madre. —Cardo le dijo más tarde, después que el niño se fue. —Esa era la capa de su madre, y él te vio robándola…
¬—Está muerta, — dijo Varamyr, haciendo una mueca de dolor cuando la aguja de hueso perforó su carne. —Alguien le destruyó el cráneo. Algún cuervo.
—No fueron cuervos. Hombres de Hornfoot. Yo los vi.¬ ¬— Su aguja tiró del corte en el lado cerrado.
“Salvajes, ¿y quién queda para domesticarlos? Nadie. Si Mance está muerto, los pueblos libres están condenados.” Los Thenns, los gigantes y los hombres de Hornfoot, los habitantes de las cuevas, con sus afilados dientes y los hombres con sus carros de hueso. Todos ellos están condenados, incluso los cuervos. Tal vez no lo sabían, pero esos bastardos de capa negra morirían igual que el resto. El enemigo se acercaba.
La ronca voz de Haggon resonaba en su cabeza. —Morirás una docena de veces, muchacho, y todos te harán daño… pero cuando tu verdadera muerte llegue, vivirás de nuevo. La segunda vida es más simple y dulce, dicen.¬
Varamyr Seispieles sabría la verdad bastante pronto. Podía saborear la muerte real en el humo acre que colgaba del aire, lo sentía en el calor entre sus dedos cuando deslizaba una mano entre sus ropas y palpaba su herida. El frío era demasiado, pensó, demasiado profundo en sus huesos. Este tiempo sería demasiado frío que lo mataría.
Su última muerte había sido por el fuego. “Me quemé. Al principio, en su confusión, creyó que algún arquero sobre el Muro lo había atravesado con una flecha incendiaria… pero el fuego había estado dentro de él, consumiéndolo. Y el dolor…”
Varamyr había muerto nueve veces antes. Había muerto una vez con una lanza hundida, una vez con los dientes de un oso en la garganta, y otra vez en un baño de sangre que trajo a un cachorro muerto. Murió en su primera muerte cuando tenía sólo seis años, cuando el hacha de su padre destrozó su cráneo. Incluso eso no había sido tan atroz como el fuego en sus tripas. En un momento se había elevado, crepitando en todo lo largo de sus alas, devorándolo. Cuando trató de volar de ahí, su terror abanicó las llamas y lo hizo arder muy caliente. En un momento, había estado volando sobre el Muro, sus ojos de águila marcando los movimientos de los hombres abajo. Luego, las llamas convirtieron su corazón en una ceniza ennegrecida y envió su espíritu de vuelta a su propio cuerpo y por un corto rato, se había vuelto loco. El recuerdo fue suficiente para hacerlo estremecerse.
Fue entonces cuando su fuego se había apagado.
Sólo una maraña gris, negruzca, de madera carbonizada, con un poco de ascuas entre las cenizas. “Todavía hay humo, solamente necesita madera.” Apretando los dientes contra el dolor, Varamyr se arrastró a un montón de ramas rotas. Cardo las había juntado antes de irse a cazar, y lanzó unos pocos palos encima de las cenizas.
—Prende, —croó, —arde. — Sopló sobre las brasas y dijo una oración sin palabras a los dioses sin nombre de los árboles, las colinas y el campo.
Los dioses no le respondieron. Después de un rato, el humo cesó de elevarse también. Ya la cabaña se estaba volviendo más fría. Varamyr no tenía pedernal ni yesca, ni leña seca. Nunca tendría el fuego ardiendo, no por sí mismo. —Cardo—, llamó con su ronca y afilada voz, con dolor, — ¡Cardo! —
Su mentón era afilado y su nariz aplastada y tenía un lunar en una mejilla, con cuatro pelos oscuros creciendo del mismo. Una cara fea y dura sin duda, sin embargo él habría dado mucho por verla asomarse en la puerta de la cabaña. La habría tomado antes de que se fuera. ¿Cuánto había estado afuera? ¿Dos días? ¿Tres? Varamyr estaba inquieto. Estaba oscuro dentro de la choza, había estado durmiéndose y despertando, nunca lo bastante seguro de que si era de día o de noche afuera.
¬—Espera, ¬—había dicho ella. ¬—Volveré con comida.— Así, como un tonto que había esperado, soñando con Haggon, y Chichón y todo lo malo que había hecho en su larga vida, pero los días y las noches pasaban y Cardo no había regresado. Ella no volverá. Varamyr se preguntó si se había traicionado a sí mismo. ¿Podría ella decir lo que él estaba pensando sólo con mirarlo, o lo había murmurado en su sueño febril?
“Abominación,” oyó a Haggon decir. Fue casi como si él estuviese ahí, en esa misma habitación. —Ella es sólo una esposa de la lanza,— Varamyr se dijo a sí mismo. —Yo soy un hombre grandioso. Soy Varamyr, el warg, el cambiapieles, no es justo que ella viva y yo muera. — Nadie respondió. No había nadie allí. Cardo se había ido. Ella lo había abandonado, como todo el resto.
Su propia madre lo había abandonado también. “Ella lloró por Chichón, pero nunca lloró por mí.” Aquella mañana, cuando su padre lo arrastró fuera de la cama y lo entregó a Haggon, ella ni siquiera lo miraba. Él chilló y pateó cuando fue arrastrado al bosque, hasta que su padre lo abofeteó y le dijo que estuviera quieto. -Tú perteneces a tu propia gente,- fue todo lo que le dijo se lo arrojó a los pies a Haggon.
“Él no estaba equivocado,” Varamyr dijo, susurrando. “Haggon me enseñó mucho y más. Me enseñó a pescar y a cazar, a trocear un animal muerto y quitar las espinas a los peces, a encontrar el camino en el bosque. Y me enseñó el camino del warg y los secretos del cambiapieles, aunque mi don era más fuerte que el suyo.”
Años más tarde había tratado de encontrar a sus padres, para decirles que su Bulto se había convertido en el gran Varamyr Seispieles, pero ambos estaban muertos y quemados. “Entre árboles y arroyos. Entre piedras y tierra. Entre suciedad y cenizas”. Eso fue lo que la bruja de los bosques había dicho a su madre, el día en que Chichón murió. Bulto no quería ser un trozo de tierra. El niño había soñado con el día en que los bardos cantaran sus actos, y las niñas lindas lo besarían. “Cuando sea grande seré el Rey-Más-Allá-del-Muro,” Bulto se había prometido a sí mismo. No lo era, pero estaba cerca. Varamyr Seispieles era un nombre que los hombres temian. Montó a la batalla en la espalda de un oso de las nieves de trece pies de altura, tenía tres lobos y un gatosombra consigo, y se sentó a la derecha de Mance Ryder. “Fue Mance quien me trajo a este lugar. No tendría que haberlo oído, tendría que haberme deslizado dentro de mi oso y haberlo destrozado.”
Antes de Mance, Varamyr había sido una especie de señor. Vivía solo en un pabellón de musgo y barro y troncos labrados, que había sido de Haggon una vez, atendido por sus bestias. Una docena de pueblos le rendían tributo en el pan, la sal y la sidra, ofreciéndole frutas de sus jardines y verduras de sus huertos. La carne la obtenía él mismo. Cada vez que deseaba una mujer, mandaba su gatosombra a acecharla, y cualquiera que le echaba el ojo, llegaba dócilmente a su cama. Algunas llegaban llorando, pero igual llegaban. Varamyr echaba su semilla, tomaba un mechón de su pelo como recuerdo, y las enviaba de vuelta. De tiempo en tiempo, algún héroe de algún pueblo venía con la lanza en la mano para matar a la bestia y rescatar a alguna hermana, amante o hija. A esos los mató, pero nunca hizo daño a las mujeres. A algunas incluso las bendijo con hijos. “Enanos, cosas pequeñas e insignificantes, como Chichón, ninguno con el don.”
El miedo lo llevó a ponerse de pie, tambaleándose. Sosteniendo su costado para frenar la sangre que se filtraba de su herida, Varamyr se tambaleó hasta la puerta y barrió a un lado la andrajosa piel que la cubría para estar de frente a una pared de nieve. Nieve. No era de extrañar que adentro estuviese tan oscuro y lleno de humo. La nieve que cayó había sepultado la casa.
Varamyr empujó, la nieve se desmoronó y se hundió, aún suave y húmeda. Afuera, la noche era tan blanca como la muerte; pálidas y delgadas nubes bailando alrededor de la luna de plata, mientras miles de estrellas observaban fríamente. Pudo ver las formas jorobadas de otras cabañas enterradas en la nieve, y más allá, la pálida sombra de una represa de madera montada en el hielo. Al sur y al oeste las colinas eran un vasto yermo blanco donde nada se movía excepto la nieve. —Cardo, — Varamyr la llamó débilmente, preguntándose cuán lejos había llegado ella. -Cardo, mujer, ¿dónde estás?-
A lo lejos, un lobo aulló.
Un escalofrío recorrió a Varamyr. Reconoció ese aullido tan bien como Bulto había reconocido la voz de su mamá. Un Ojo. Él era el más viejo de los tres, el más grande, el más fiero. Acechador era el más delgado, el más rápido, el más joven. Sly era más astuta, pero ambos tenían miedo de Un Ojo. El viejo lobo era audaz, implacable.
Varamyr había perdido el control de sus otros animales en la angustia de la muerte de su águila. Su gatosombra había corrido al bosque, mientras su osa tornó sus garras contra los que la rodeaban, destrozando a cuatro hombres antes de caer atravesada con una lanza. Ella habría matado a Varamyr si él hubiese estado a su alcance. La osa lo odiaba, había bramado cada vez vestía su piel o montaba a su espalda.
Sus lobos, aunque…
“Mis hermanos, mi manada.” En más de una noche fría había dormido con sus lobos, sus cuerpos peludos se apretujaban alrededor de él para mantenerlo caliente. “Cuando muera, se darán un festín con mi carne y dejarán solamente los huesos para el deshielo de la primavera que viene.” La idea fue extrañamente reconfortante. Sus lobos a menudo cazaban para él, cuando vagaban; parecía apropiado que él los alimentara al final. Podía comenzar bien una segunda vida con el calor de la carne muerta de su propio cadáver.
Los perros eran las bestias más fáciles para unirse; ellos vivían tan cerca de los hombres que casi eran humanos. Deslizarse en la piel de un perro era como ponerse sus viejas botas, sus cueros suavizados por el desgaste. Como una bota estaba hecha para aceptar un pie, un perro estaba hecho para aceptar un collar, incluso un collar que ningún ojo humano podía ver. Los lobos eran duros. Un hombre podía hacerse amigo de un lobo, incluso romper un lobo, pero ningún hombre podía realmente domesticar un lobo.
—Los lobos y las mujeres se casan de por vida. ¬—Haggon decía a menudo. —Se toma uno, es matrimonio. El lobo es parte de ti desde aquel día, y tú eres parte de él. Ambos cambiarán.
Otras bestias era mejor dejarlas solas, el cazador había dicho. Los gatos eran vanidosos y crueles, siempre listos para volverse contra ti. El ciervo y el venado eran la presa; hasta los hombres más valientes se convertían en cobardes vistiendo sus pieles demasiado tiempo. Osos, jabalíes, tejones, comadrejas… Haggon no habló mucho sobre ellos.
—Algunas pieles nunca querrás usarlas, muchacho, no te gustará en lo que te convertirías. — Las aves eran las peores, le oyó decir. —Los hombres no estaban hechos para dejar la tierra. Pasa mucho tiempo en las nubes y nunca querrás volver a bajar otra vez. Conozco cambiapieles que habían intentado con halcones, búhos, cuervos. Incluso en sus propias pieles, se sientan mirando al sangriento cielo azul.
Sin embargo, no todos los cambiapieles sentían lo mismo. Una vez, cuando Bulto tenía diez años, Haggon lo llevó a una reunión con los suyos. Los wargs eran los más numerosos en esa compañía, los hermanos lobos, pero el muchacho había encontrado a los otros extraños y más fascinantes.
Boroq se parecía mucho a su jabalí, lo único que le faltaban eran los colmillos. Orell tenía su águila, Briar su gatosombra, (en el momento en que los vio, Bulto quería su propio gatosombra), Grisella, la mujer cabra…
Ninguno de ellos había sido tan fuerte como Varamyr Seispieles, ni siquiera Haggon, alto y severo, con sus manos tan duras como la piedra. El cazador murió llorando después de que Varamyr tomase a Pielgris para él, volviendo a reclamar la bestia para sí.” No hay segunda vida para ti, viejo.” Varamyr Trespieles, se había llamado así mismo. Pielgris fue el cuarto, si bien el viejo lobo era frágil y casi sin dientes y pronto siguió a Haggon a la muerte.
Varamyr podía tomar cualquier bestia que desease, torciéndolas a su voluntad, haciendo suya su carne. Perro, lobo, oso o tejón…
“Cardo,” pensó.
Haggon podría llamarlo abominación, el pecado más negro de todos, pero Haggon estaba muerto, devorado y quemado. Mance podría haberlo maldecido también, pero Mance estaba muerto o capturado. “Nadie lo sabrá jamás. Seré Cardo, la esposa de la lanza, y Varamyr Seispieles estará muerto.” Su don perecería con su nuevo cuerpo, supuso. Perdería sus lobos, y viviría el resto de su vida como una escuálida y arrugada mujer… pero viviría. “Si es que vuelve. Si es que soy lo suficientemente fuerte para cogerla.”
Una ola de mareo se apoderó de Varamyr. Se dobló sobre sus rodillas, sus manos se enterraron en la nieve. Recogió un puñado de nieve y se llenó la boca, frotándolo entre las barbas, contra los labios agrietados, lamiendo la humedad. El agua estaba tan fría que apenas podía tragarla, y se dio cuenta una vez más cuán caliente estaba.
La nieve fundida le hacía sentirse más hambriento. Era comida lo que su vientre necesitaba, no agua. La nieve había parado de caer, pero el viento estaba alzándose, llenando el aire con cristal, cortando su cara mientras luchaba por no ir a la deriva, la herida en su costado abriéndose y cerrándose otra vez. Su aliento formaba una irregular nube blanca. Cuando alcanzó el árbol-corazón, encontró una rama caída, bastante larga como para usarla como de muleta. Apoyándose pesadamente sobre la rama, se tambaleó hacia la choza más cercana. Tal vez los aldeanos olvidaron algo cuando se fueron… algún saco de manzanas, algo de carne seca, cualquier cosa que lo mantuviese vivo hasta que Cardo regresase.
Casi estuvo allí, cuando la muleta se rompió bajo su peso, y sus piernas se doblaron bajo él.
Cuánto tiempo estuvo allí tirado, tiñendo de rojo la nieve con su sangre, Varamyr no podría haberlo dicho. “La nieve me va a enterrar. Será una muerte pacífica. Dicen que se siente calor cerca del final, calor y sopor”. Sería bueno volver a sentir calor otra vez, aunque lo ponía triste pensar que no vería nunca más los campos verdes, las cálidas tierras más allá del Muro, de las que Mance solía cantar. -El mundo más allá del Muro no es para los nuestros.- Haggon solía decir. -Los pueblos libres temen a los cambiapieles, pero nos honran también. Al sur del Muro, los arrodillados nos cazan y nos destazan como cerdos.-
“Tú me advertiste,” pensó Varamyr, pero fuiste tú quien me mostró Guardiaoriente también. No tendría más de diez años. Haggon intercambiaba una docena de cuerdas de ámbar y un trineo repleto con pieles para seis botas de vino, un bloque de sal y un perol de cobre. Guardiaoriente era un mejor lugar para comerciar que el Castillo Negro; allí era donde los barcos llegaban, cargados con mercancías de los fabulosos países de más allá del mar. Los cuervos reconocían a Haggon como un cazador y un amigo de la Guardia de la Noche, y acogían de buen grado las noticias que él traía de la vida más allá del Muro. Algunos lo conocían como cambiapieles, pero no hablaban de ello. Fue en Guardiaoriente-en-el-mar, donde el muchacho había empezado a soñar con el cálido sur.
Varamyr podía sentir los copos de nieves derritiéndose en su frente. “Esto no es tan malo como quemarse. Déjenme dormir y nunca despertar, déjenme empezar mi segunda vida.” Sus lobos estaban cerca de él. Podía sentirlos. Dejaría sus carnes débiles atrás, convirtiéndose en uno de ellos, cazando en la noche y aullando a la luna. El warg se convertiría en un verdadero lobo. “¿Cuál, sin embargo?”
No Sly. Haggon podría haberlo llamado abominación, pero Varamyr se había deslizado en su piel a menudo, mientras estaba siendo montada por Un Ojo. Él no quería pasar su segunda vida como una ramera, aunque, a no ser que tuviera otra alternativa. Acechador podía sentarle mejor, el joven macho… aunque Un Ojo era más grande y más fiero, y era Un Ojo el que tomaba a Sly cada vez que quería calor.
-Dicen que te olvidas,- Haggon le había dicho, unas semanas antes de su propia muerte. -Cuando la carne del hombre muere, el espíritu vive en su bestia, pero cada día, la memoria se desvanece, y la bestia se convierte un poco menos en warg y un poco más en lobo, hasta que nada del hombre es dejado, y solo la bestia queda.-
Varamyr sabía la verdad de eso. Cuando reclamó el águila que había sido de Orell, pudo sentir el otro cambiapieles bramando a su presencia. Orell había sido asesinado por el cuervo cambia-capas Jon Nieve, y su odio por el asesino había sido tan grande que Varamyr se encontró a sí mismo odiando al muchacho. Él había reconocido lo que era Nieve en el momento en que vio al huargo blanco acechando silencioso a su lado. Un cambiapieles siempre podía notar a otro cambiapieles. “Mance debió haberme dejado tomar el huargo, habría sido una segunda vida digna de un rey. Podría haberlo hecho, no dudó.” El don era fuerte en Nieve, pero el muchacho era ignorante, aun luchando contra su naturaleza, cuando debía de glorificarse en ella.
Varamyr podía ver los ojos rojos del árbol-corazón fijos en él desde un tronco blanco. “Los dioses están pesándome”. Un escalofrío se apoderó de él. Había hecho cosas malas, cosas terribles. Había robado, matado, violado. Se había saciado con carne humana, chapoteado en la sangre de moribundos, mientras manaba roja y caliente de sus gargantas desgarradas. Había acechado enemigos a través del bosque, caído sobre ellos mientras dormían, clavando sus garras en las entrañas, dispersándolas en el barro. Qué agradable había sabido su carne. -Esa era la bestia, no yo,- dijo en un ronco suspiro. -Ese fue el don que ustedes me dieron.-
Los dioses no replicaron. Su aliento colgaba pálido y brumoso en el aire. Podía sentir el hielo formándose en su barba. Varamyr Seispieles cerró sus ojos.
Soñó un viejo sueño de una cabaña a orillas del mar, tres perros gimoteando, las lágrimas de una mujer.
“Chichón, ella lloraba por Chichón, nunca lloró por mí.”
Bulto había nacido un mes antes del tiempo adecuado, y estuvo enfermo tan seguido que nadie esperaba que viviera. Su madre esperó a que cumpliera cuatro años para darle un nombre, y para entonces ya era muy tarde. Todo el pueblo lo había llamado Bulto, el nombre se lo había dado su hermana Meha cuando aún estaba en el vientre de su madre. Meha también había dado su nombre a Chichón, pero el hermano menor de Bulto había nacido en el tiempo adecuado, grande, rosado y robusto, chupando glotonamente los pezones de su madre. Iba a ponerle el nombre después de Padre. “Chichón murió sin embargo. Murió cuando tenía dos años y él seis, tres días antes del Día de su Nombre.”
—Tu pequeño está con los dioses. —Las brujas del bosque dijeron a su madre, mientras ella lloraba. —Él nunca se dañará, nunca tendrá hambre, nunca llorará. Los dioses se lo han llevado de la tierra, de los árboles. Los dioses están siempre alrededor nuestro, en las piedras y los arroyos, en las aves y las bestias. Tu Chichón ha ido a unirse con ellos. Será el mundo y todo lo que está en él.
Las palabras de la mujer vieja atravesaron a Bulto como un cuchillo. Chichón ve. Él me está mirando, sabe. Bulto no podía esconderse de él, no podía deslizarse detrás de las faldas de su madre o salir corriendo con los perros para huir de la furia de su padre. “Los perros. Loptail, Fisgón, el Gruñón. Eran buenos perros. Eran mis amigos.”
Cuando su padre encontró a los perros olisqueando alrededor del cuerpo de Chichón, no tuvo forma de saber lo que habían hecho, así que pasó por hacha a los tres. Sus manos se sacudieron tanto que necesitó dos golpes para Fisgón, y cuatro para el Gruñón. El olor de la sangre colgaba pesado en el aire, y los sonidos de los perros moribundos habían hecho que fuera terrible de oír, sin embargo, Loptail vino cuando su padre lo llamó. Era el perro más viejo, y su adiestramiento venció su espanto. Por una vez Bulto se deslizó a su piel, pero era demasiado tarde.
“No, Padre, por favor,” trató de decir, pero los perros no pueden hablar la lengua de los hombres así que todo lo que emergió fue un gimoteo patético. El hacha se estrelló en medio del cráneo del viejo perro, y dentro de la cabaña el niño soltó un alarido. “Así fue como se conocieron.” Dos días después su padre lo arrastraba a los árboles. Traía su hacha, así que Bulto pensaba que tenía la intención de hacer lo mismo que hizo con los perros. En lugar de eso, se lo dio a Haggon.
Varamyr despertó repentinamente, violentamente, todo su cuerpo se sacudía.
—Levántate, — una voz estaba gritando, —levántate, tenemos que irnos. Hay cientos de ellos. — La nieve lo había cubierto con una capa rígida y blanca. Cuando trató de moverse, notó que sus manos estaban congeladas en el suelo. Dejó algo de piel en el suelo cuando se soltó. —Levántate, — ella gritó otra vez, ¬¬—ellos vienen.
Cardo había vuelto a él. Ella lo había agarrado de los hombros y lo sacudía, y gritaba en su cara. Varamyr podía oler su aliento y sentir el calor sobre sus mejillas entumecidas por el frío. “Ahora”, pensó él, “hazlo ahora o muere.”
Reunió toda la fuerza en él, saltó fuera de su propia piel, y se forzó a sí mismo dentro de ella.
Cardo arqueó la espalda y gritó.
“Abominación.” ¿Era ella, él mismo, o Haggon? Nunca lo supo. Su vieja carne cayó atrás en la nieve mientras los dedos de ella aflojaban. La esposa de la lanza se retorcía violentamente, chillando. Su gatosombra solía pelear con él salvajemente, y su osa de nieve se había vuelto medio loca durante un tiempo, rompiendo las piedras, los árboles y el aire vacío; pero esto era peor. ¡Fuera, fuera! Él oía su propia boca gritando. Su cuerpo se tambaleó, cayó y se levantó de nuevo, sus manos se sacudieron, sus piernas tiraban de un lado a otro en una grotesca danza mientras su espíritu y el de la mujer peleaban por la carne. Ella aspiró heladas bocanadas de aire, y Varamyr tuvo medio latido para glorificarse en el gusto de esto y de la fuerza de este joven cuerpo, antes de que sus dientes se rompieran y llenaran su boca con sangre. Ella levantó sus manos hacia su rostro. Él trató de tirar hacia abajo, pero las manos no le obedecieron, y ella se estaba arañando los ojos. “Abominación,” recordó, ahogándose en sangre, dolor y locura. Cuando trató de gritar, ella escupió su lengua afuera.
El blanco mundo dio vueltas y se vino abajo. Por un momento era como si él estuviese dentro del árbol-corazón, mirando a través de los ojos rojos tallados como un hombre moribundo se agitaba débilmente en el suelo y una mujer loca bailaba ciega y ensangrentada bajo la luna, llorando lágrimas rojas y rompiendo sus vestiduras. Entonces ambos se fueron, y él se elevaba, su espíritu corrió con el frío viento. Estaba en la nieve y en las nubles. Era un gorrión, una ardilla, un roble. Un búho voló en silencio entre los árboles, cazando una liebre. Muy por debajo del suelo congelado, las lombrices reptaban ciegas en la oscuridad, y también era una de ellas. “Soy el bosque, y todo lo que hay en él,” pensó exultante. Cientos de cuervos volaron, graznando cuando lo sintieron pasar. Un gran alce, inquietando a los niños que se pegaban a su espalda. Un somnoliento huargo levantaba su cabeza, olisqueando el aire puro. Antes de que sus corazones latieran de nuevo, él pasó, buscando el suyo propio, a Un Ojo, a Sly, y al Acechador, su manada. Sus lobos lo salvarían, se dijo a sí mismo.
Ese fue su último pensamiento como hombre.
La verdadera muerte vino súbitamente; sintió una descarga de frío, como si hubiese saltado a las aguas gélidas de un lago congelado. Luego, se vio corriendo a toda prisa en la nieve iluminada por la luna, con su manada cerca detrás de él. La mitad del mundo era sombra. Un Ojo, supo. Él ladró, y Sly y Acechador respondieron.
Cuando alcanzaron la cima los lobos se detuvieron. Cardo, una parte de él sufrió por lo que había perdido y otra parte por lo que había hecho. Abajo, el mundo se había vuelto hielo. Dedos de escarcha se movían sigilosamente por el árbol-corazón, alcanzándose cada uno. La aldea vacía ya no estaba vacía. Sombras de ojos azules caminaban entre los montículos de nieve. Algunos vestían de marrón, algunos de negro, y otros iban desnudos, su carne blanca como la nieve. El viento estaba soplando en las montañas, pesado con sus olores: carne muerta, sangre seca, pieles que apestaban a moho, a podrido y a orina. Sly aulló y mostró los dientes, y su collar erizado. “Ni hombres, ni presas, ni estos.”
Las cosas de abajo se movían, pero no vivían. Uno a uno, levantaron su cabeza hacia los tres lobos en la colina. Lo último que miró fue la cosa que había sido Cardo. Ella llevaba lana, piel y cuero y sobre eso llevaba un manto de escarcha que crujía cuando se movía y relucía bajo la luz de la luna. Carámbanos pálidos y rosados colgaban de la punta de sus dedos, diez largos cuchillos de sangre congelada. Y en los agujeros donde habían estado sus ojos, una pálida luz azul parpadeaba, dando a sus ásperos rasgos una escalofriante belleza que nunca había conocido en su vida.
“Ella me ve.”