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Danza con Dragones - Melisandre (cap 31)

Info8/26/2011
Melisandre

Nunca estaba realmente oscuro en las cámaras de Melisandre.
Tres velas de sebo ardían en el umbral de su ventana para mantener los terrores de la noche a raya. Cuatro más parpadeaban al lado de su cama, dos en cada lado. En la chimenea un fuego era mantenido ardiendo día y noche. La primera lección que aquellos que la servían tenían que aprender era que nunca, jamás, debían permitir que el fuego se apagase.
La sacerdotisa roja cerró sus ojos y rezó una oración, después los abrió y miró la chimenea. “Una vez más.” Tenía que estar segura. Muchos sacerdotes y sacerdotisas antes de ella habían sido derrumbados por falsas visiones, por ver lo que ellos deseaban ver, en vez de lo que el Señor de la Luz había mostrado. Stannis estaba marchando al sur en peligro, el rey que llevaba el destino del mundo sobre sus hombros, Azor Ahai renacido. Seguramente R’hillor le aseguraría un destello de lo que lo aguardaba. “Muéstrame a Stannis, Lord, ella rezó. Muéstrame tu rey, tu instrumento.”
Las visiones danzaban ante ella, oro y escarlata, vacilando, formándose, fundiéndose y disolviéndose en otras, formas extrañas, terroríficas y tentadoras. Ella miraba los rostros sin ojos otra vez, observando fijamente las cuencas de los ojos llorando sangre. Después, las torres por el mar desmoronándose, mientras la oscura ola venía arrastrándose sobre ellos, elevándose de las profundidades. Sombras con forma de calaveras, calaveras que se tornaban niebla, cuerpos en lujuria, retorciéndose, enrollándose, arañándose. A través de las cortinas de fuego, las grandes sombras aladas rodaron contra un cielo azul.
“La niña. Debo encontrar a la niña azul otra vez, la niña gris y el caballo moribundo.” Jon Nieve esperaría eso de ella, y pronto. No sería suficiente decir que la niña estaba huyendo. Él querría más, querría el cuándo y el dónde, y ella no tenía eso para él. Ella había visto a la niña sólo una vez.” Una niña tan gris como las cenizas, y aun así vi que ella se desmoronaba y volaba lejos.”
Un rostro tomó forma en la hoguera. ¿Stannis?, pensó ella por un momento… pero no, esos no eran sus rasgos. “Una cara de madera, un cadáver blanco.” ¿Este era el enemigo? Mil ojos rojos flotaban en las llamas. Me ve. Al lado de él, un niño con cara de lobo echaba su cabeza atrás y aullaba.
La sacerdotisa roja se estremeció. La sangre goteaba de su muslo, negra y humeando. El fuego estaba en su interior, una agonía, un éxtasis, llenándola, chamuscándola, transformándola. Trémulos destellos de calor trazaban patrones en su piel, insistentes como la mano de un amante. Voces extrañas la llamaban de días pasados. ¬—Melony,¬ —oía una mujer llorar. La voz de un hombre llamó. —Lote Siete. —Ella estaba llorando, y sus lágrimas eran llamas. Y aun ella bebía en él.
Los copos de nieve giraban en el cielo oscuro y las cenizas se alzaban para encontrarse con ellos, el remolino blanco y gris alrededor de ellos, mientras las flechas inflamadas surcaban el cielo encima de una muralla de madera y cosas muertas tambaleaban silenciosas a través del frío, bajo un gran precipicio gris donde las llamas ardían dentro de cien cavernas. Luego el viento se elevaba y la niebla blanca venía arrastrándose, imposiblemente helada, y uno a uno los fuegos se apagaban. Después sólo quedaban las calaveras.
“Muerte,” pensó Melisandre, “las calaveras son muerte.”
Las flamas crepitaron suavemente, y en su crepitar ella oyó el susurrado nombre Jon Nieve. Su larga cara flotaba ante ella, en lenguas de rojo y naranjo, apareciendo y desapareciendo, una sombra detrás de una cortina ondulante. Ahora era un hombre, ahora un lobo, ahora un hombre otra vez. Pero las calaveras estaban allí también, las calaveras estaban todas alrededor de él. Melisandre había visto el peligro antes, había tratado de advertir al muchacho de aquello. “Enemigos alrededor de él, dagas en las sombras.” Él no la escucharía.
Los incrédulos nunca escuchaban hasta que era demasiado tarde.
—¿Qué veis, mi dama? —el muchacho preguntó suavemente.
“Calaveras y más calaveras, y el muchacho bastardo otra vez. Jon Nieve.” Siempre que le preguntaba que veía dentro de sus fuegos, ella respondía: —Mucho y más, ¬—pero las visiones nunca eran tan simples como aquellas palabras sugerían. Esto era un arte, y como todas las artes, esto demandaba maestría, disciplina, estudio, y dolor también. R’hllor hablaba a sus elegidos a través de las llamas benditas, en un lenguaje de ceniza, brazas y llamas que sólo un dios podía realmente abrazar. Melisandre había practicado su arte por años más de la cuenta, y había pagado el precio. No había nadie, incluso en su orden, que tuviese su habilidad en ver los secretos medio revelados, medio ocultos dentro de las sagradas llamas.
Ahora ella no parecía poder encontrar a su rey. “Rezo por un destello de Azor Ahai, y R’hllor sólo me muestra a Nieve.” —Devan, —ella llamó, ¬—una bebida. ¬—Su garganta estaba áspera y reseca.
—Sí, mi señora. —El muchacho le sirvió una copa de agua del cántaro de agua en la ventana y la trajo.
—Gracias. —Melisandre bebió un sorbo, tragó y le sonrió al mozalbete. Eso lo hizo sonrojarse. El muchacho estaba medio enamorado de ella, lo sabía ella. “Me teme, me desea, me idolatra.”
Así mismo, a Devan no le agradaba estar ahí. El joven había tomado un gran orgullo en servir como escudero del rey, y lo había herido cuando Stannis le ordenó permanecer en Castle Black. Como cualquier niño de su edad, su cabeza estaba llena de sueños de gloria; no había duda de que había estado imaginando la proeza que exhibiría en Bosquespeso. Otros muchachos de su edad habían ido al sur, para servir como escuderos a los escuderos del rey y marchar a la batalla a su lado. La exclusión de Devan debe de haber parecido un reproche, un castigo por alguna falla de su parte, o quizás por alguna falla de su padre.
En verdad, él estaba acá porque Melisandre se lo había pedido. Los cuatro hijos mayores de Davos Seaworth habían perecido en la batalla del Aguasnegras cuando la armada del rey había sido consumida por el fuego verde. Devan era el quinto, y más seguro acá con ella que al lado del rey. Lord Davos no le agradecería por ello, no más que el propio muchacho, pero parecía que Seaworth había sufrido suficiente aflicción. Desencaminado como él estaba, su lealtad al rey Stannis no podría ser puesta en duda. Ella había visto aquello en las llamas.
Devan era listo, rápido y capaz también, lo cual era más que lo que podía decirse de sus attendants. Stannis había dejado una docena de hombres para servirla cuando marchó al sur, pero la mayoría eran inútiles. Su Majestad tenía necesidad de cada espada, así que todos los que él dejó eran ancianos y lisiados. Un hombre había sido cegado por un golpe en su cabeza en la batalla del Muro, otro cojeaba cuando su caballo molió sus piernas. Su sargento había perdido un brazo por la maza de un gigante. Tres de su guardia eran capones que Stannis había castrado por violar mujeres salvajes. Ella tenía dos borrachos y un cobarde también. El último podría haber sido colgado, como el rey mismo admitió, pero venia de una familia noble, y su padre y sus hermanos habían sido leales desde el principio.
Teniendo guardias alrededor suyo, no cabría duda de que ayudaría a mantener a los hermanos negros apropiadamente respetuosos, pero ninguno de los hombres que Stannis le había dado era mucha ayuda si ella se encontraba en peligro. Eso no importaba. Melisandre de Ashai no temía por sí misma. R’hllor la protegía.
Ella bebió otro sorbo de agua y dejó la copa a un lado, oscilando y estirándose. Se levantó de la silla, sus músculos adoloridos y tiesos. Después de mirar fijamente a las flamas durante largo rato, le tomó unos pocos momentos acostumbrarse a la penumbra. Sus ojos estaban secos y cansados, pero si se los refregaba, sería peor.
Su fuego ardía bajo, ella dijo. —Devan, más madera. ¿Qué hora es?
—Casi amanecer, mi señora.
“Amanecer. Otro día nos es dado, R’hllor se alabe. Los terrores de la noche se alejan.” Melisandre había pasado la noche en su silla junto al fuego, como a menudo lo hacía. Con Stannis afuera, su cama veía poco uso. Ella no tenía tiempo para dormir, con el peso del mundo sobre sus hombros. Y ella temía soñar. “Dormir es una pequeña muerte, sueños de los susurros de los Otros, que nos arrastrarán a la eterna noche.” Ella pronto se bañaría del rojizo resplandor de las sagradas llamas de su señor, sus mejillas se sonrojaron con el baño de calor, como si fuera el beso de un amante. Algunas noches se adormecía, pero nunca más de una hora. Un día, Melisandre rezó, y no durmió en absoluto. Algún día sería libre de sueños. Melony, pensó, Lote Siete.
Devan alimentó con leños tiernos el fuego, hasta que las llamas crepitaron de nuevo, feroces y furiosas, haciendo retroceder las sombras a las esquinas de la habitación, devorando todos los sueños no deseados. “La oscuridad retrocede otra vez… pero por un pequeño instante. Pero más allá del Muro, el enemigo se fortalecía, y si ganase el amanecer nunca vendrá otra vez.” Ella se preguntó si había sido su rostro el que había visto, mirándola fijamente desde las llamas. “No, seguro que no. Su semblante sería más aterrador que aquello, frío y negro, demasiado terrible para que cualquier hombre mire y viva.” El hombre de madera que ella vislumbró, sin embargo, y el muchacho con cara de lobo… ellos eran sus servidores, seguro… sus campeones, como Stannis lo era.
Melisandre fue a su ventana, y abrió sus cortinas. Afuera, el este había empezado a iluminarse, y las estrellas de la mañana aun colgaban del cielo oscuro. Castillo Negro estaba empezando ya a revolverse, mientras hombres en capas negras hacían su camino a través del patio para desayunar con fuentes de gachas antes de que ellos releven a sus hermanos en lo alto del Muro. Unos pocos copos de nieve caían por la ventana abierta, flotando en el viento.
—¿Desea mi señora desayunar? ¬—preguntó Devan.
“Comida, si, comería algo.” Hace algunos días ella olvidó. R’hllor la proveía con todo el sustento que su cuerpo necesitaba, pero eso era algo bien oculto para los hombres mortales. Era Jon Nieve a quien necesitaba, no pan frito y tocino, pero no era útil enviar a Devan al Lord Comandante. Él no vendría a su llamado. Nieve aun optaba por morar detrás de la armería, en un par de modestas salas ocupadas por el anterior herrero de la Guardia. Quizás no se creía digno de la Torre del Rey, o quizás no le importaba. Ese era su error, la falsa humildad de la juventud que en sí misma es una especie de orgullo. Nunca era sabia para un gobernante los atavíos del poder; el poder en sí mismo fluye en no poca medida de los tales adornos.
—Quiero té de ortiga, un huevo cocido, y pan con mantequilla. Pan fresco, si os agrada, no frito. Puedes encontrar al salvaje también. Decidle que debo hablar con él.
—¿Casaca de Matraca, mi señora?
—Y rápido.
Mientras el muchacho estuvo afuera, Melisandre se lavó y se cambió sus túnicas. Sus mangas estaban llenas de pequeños bolsillos, y los revisaba cuidadosamente cada mañana para asegurarse de que todos sus polvos estaban en su lugar. Polvos para volver el fuego verde, azul o plateado; polvos para hacer el fuego rugir, chillar y crepitar más alto que un hombre; polvos para hacer humo. Un humo para la verdad, un humo para la lujuria, un humo para el miedo, y el espeso humo negro que podía matar un hombre en seguida. La sacerdotisa roja se armaba con un pellizco de cada uno.
El cofre tallado que había traído de al otro lado del Mar Angosto estaba más de tres cuartos vacío. Y aun cuando Melisandre tenía el conocimiento para hacer más polvos, le faltaban muchos ingredientes raros. “Mis hechizos bastarán.” Ella era más fuerte en el Muro, aún más que en Asshai. Cada una de sus palabras y gestos eran más potentes, y podía hacer cosas que nunca había hecho antes. “Tales sombras que traigo adelante serán terribles, y ninguna criatura de la oscuridad las tolerará.” Con semejantes brujerías bajo su orden, pronto ella no tendría necesidad de los débiles trucos de alquimistas y piromantes.
Ella cerró el baúl, giró la cerradura y escondió la llave en sus faldas, en algún otro bolsillo secreto. Después se oyó un golpe en la puerta. Su sargento manco, desde el trémulo sonido de su llamada.
¬—Lady Melisandre, el Señor de los Huesos está aquí.
—Que entre. —Melisandre se instaló en la silla al lado del fogón.
El salvaje llevaba un jubón de cuero hervido sin mangas, orlado con tachones de bronce, bajo una estropeada capa moteada en matices de café y verde. Sin huesos. Estaba cubierto en sombras, también, en mechones de bruma gris, a media vista, deslizándose en su rostro y formándose con cada paso que daba. “Cosas feas, tan feas como sus huesos.” Una punta de una viuda, los ojos oscuros juntos, mejillas pellizcadas, un bigote que se retorcía como un gusano arriba de una boca llena de dientes rotos café.
Melisandre sintió el calor en el vacío de su garganta mientras su rubí se agitaba en la proximidad de su esclavo. —Te has quitado tu traje de huesos. — observó ella.
—El ruido me iba a enloquecer.
—Los huesos te protegen. —ella le recordó. —Los Hermanos no te aman. Devan me dice que tan sólo ayer tuviste palabras con algunos de ellos en la cena.
—Unas pocas. Estaba comiendo sopa de frijoles con tocino mientras Bowen Marsh estaba yendo a la planta alta. La Granada Vieja pensó que yo estaba espiándolo y anunció que él no sufriría a asesinos que escuchan a sus concilios. Yo le dije que si eso era verdad, quizá ellos no deben tenerlos por el fuego. Bowen enrojeció e hizo algunos sonidos, pero eso fue hasta donde llegó. ¬—El salvaje se sentó en el borde de la ventana, deslizó su daga de su funda. ¬—Si algún cuervo quiere deslizar un cuchillo entre mis costillas, mientras estoy cuchareando la cena, es bienvenido a intentarlo. Las gachas de Hobb tendrían mejor sabor con una gota de sangre para sazonarlas.
Melisandre no puso atención en el acero desnudo. Si el salvaje le había significado algún peligro, ella lo habría enviado al fuego. Peligro de sí misma era la primera cosa que había aprendido a ver, cuando era una niña, una esclava atada de por vida al gran templo rojo. Era la primera cosa que veía siempre que indagaba en el fuego. —Son sus ojos los que deben preocuparte, no sus cuchillos. ¬—Ella le advirtió.
—El encanto, sí. ¬¬—En el grillete de hierro negro alrededor de su muñeca, el rubí parecía pulsar. Él lo golpeteaba con el borde de su cuchillo. El acero hacía un débil click contra la piedra. —Lo siento cuando duermo. Caliente contra mi piel, incluso a través del acero. Suave como el beso de una mujer. Tu beso. Pero a veces, en mis sueños empieza a quemar, y tus labios se convierten en dientes. Cada día pienso qué tan fácil sería acecharlo, y cada día no. ¿Debo llevar los huesos sangrientos también?
—El hechizo está hecho de sombras y sugestión. Los hombres ven lo que esperan ver. Los huesos son parte de todo. ¬—“¿Me equivoqué en perdonar a éste?” ¬—Si el encanto falla, ellos te matarán.
El salvaje comenzó a raspar la suciedad de debajo de sus uñas con la punta de su daga. —He cantado mis canciones, peleado mis batallas, bebido vino del verano, probado la esposa del dorniense. Un hombre debe morir de la forma en que ha vivido. Para mí aquella es con el acero en la mano.
“¿Él sueña con la muerte?,” ¿el enemigo podría tocarlo? “La muerte es su dominio, los muertos son sus soldados.” ¬—Tendrás trabajo para tu acero bastante pronto. El enemigo se está moviendo, el verdadero enemigo. Y los exploradores de Lord Nieve volverán antes de que el día haya terminado, con sus ojos ciegos y sangrantes.
Los propios ojos del salvaje se estrecharon. Ojos grises, ojos pardos; Melisandre podía ver el cambio de color con cada pulso del rubí. ¬—Sacarles los ojos, esa es obra del Llorón. El mejor cuervo es un cuervo ciego, le gusta decir. A veces pienso que le habría gustado sacarse sus propios ojos, la manera en que siempre están mojándose y picándole. Nieve debe asumir que el pueblo libre se volvería a Tormund para liderarlos, porque eso es lo que él haría. Le gusta Tormund, y al viejo impostor le gusta él también. Si es el Llorón, aunque… eso no está bien. No para él, no para nosotros.
Melisandre cabeceaba solemnemente, como si hubiese tomado sus palabras en serio, pero el Llorón no le importaba. Ninguno de su pueblo libre le importaba. Ellos eran gente perdida, gente condenada, destinada a desaparecer de la tierra, como los niños del bosque habían desaparecido. Aquellas no eran palabras que él deseara oír, pensó, y ella no podía arriesgarse a perderlo. ¬¬—¿Qué tan bien conoces el norte?
Él deslizó su cuchillo lejos. ¬—Tan bien como cualquier explorador. Algunas partes más que otras. Hay mucho norte, ¿por qué?
—La niña, —dijo ella. ¬—Una niña gris en un caballo agonizante. La hermana de Jon Nieve. —¿Quién más podría ser? Ella estaba corriendo a él para protegerse, Melisandre lo había visto claramente. —La he visto en mis llamas, pero sólo una vez. Debemos ganarnos la confianza del Lord Comandante, y la única manera es que la salvemos.
—¿Yo salvándola, quieres decir? ¿El Señor de los Huesos?—Él se rió. —Nadie alguna vez confió en Casaca de Matraca, excepto los imbéciles. Nieve no es de esos. Si su hermana neceita ser salvada, enviará sus cuervos. Yo lo haría.
—Él no es tú. Él hizo sus votos de por vida. La Guardia de la Noche no toma parte. Pero tú no eres de la Guardia de la Noche. Tú puedes hacer lo que él no puede.
¬—Si tu Lord Comandante Cuello-Tieso lo permite. ¿Tus fuegos te mostraron dónde encontrar esta niña?
¬—Vi agua. Profunda, azul y quieta, con una delgada cubierta de hielo justo formándose sobre ella. Parecía seguir y seguir por siempre.
—El Lago Largo. ¿Qué más viste alrededor de esa niña?
—Colinas, campos, árboles. Un ciervo, una vez. Piedras. Ella se aparta de las aldeas. Cuando puede, ella monta a lo largo del lecho de pequeños arroyos, para deshacerse de los cazadores de su camino.
Él frunció el ceño. —Eso lo pondrá difícil. Ella estaba dirigiéndose al norte, dijiste. ¿El lago estaba a su este o a su oeste?
Melisandre cerró sus ojos, para recordar. —Oeste.
—Ella no viene por el Camino del Rey, entonces. Chica lista. Hay más pocos vigilantes que en el otro lado, y más cubiertos. Y algunos hoyos yo mismo he usado de vez en… —Se detuvo con el sonido de un cuerno de guerra y se puso presto de pie. En todo Castillo Negro, Melisandre sabía, el mismo súbito silencio había caído, y cada hombre y niño se giró hacia el Muro, escuchando, esperando. Una larga explosión del cuerno significaba que los exploradores regresaban, pero dos…
“El día ha llegado,” pensó la sacerdotisa roja. “Lord Nieve tendrá que escucharme ahora.”
Después de que el lúgubre llanto del cuerno se había apagado, el silencio pareció extenderse durante una hora. El salvaje finalmente rompió el hechizo. —Sólo uno, entonces. Exploradores.
—Exploradores muertos. —Melisandre se puso de pie también. —Ve a ponerte tus huesos y espera. Volveré.
—Debería ir contigo.
—No seas imbécil. Una vez encuentren lo que encontrarán, la visión de cualquier salvaje los inflamará. Quédate aquí hasta que su sangre se enfríe.
Devan iba por las escaleras de la Torre del Rey mientras Melisandre hacía su descenso, flanqueada por dos de los guardias que Stannis le había dejado. El muchacho estaba llevándole el medio olvidado desayuno en una bandeja. ¬—Esperé a que Hobb sacase el pan fresco de los hornos, mi señora. El pan todavía está caliente.
—Dejadlo en mis cámaras. —El salvaje se lo comería, cuando no. —Lord Snow tiene necesidad de mí, más allá del Muro. —“Él no lo sabe todavía, pero pronto…”
Afuera, una ligera nieve había empezado a caer. Una multitud de cuervos se había reunido alrededor de la puerta, al tiempo que Melisandre y su escolta llegaron, pero ellos hicieron camino a la sacerdotisa roja. El lord comandante la había precedido a través del hielo, acompañado de Bowen Marsh y veinte lanceros. Nieve también había enviado una docena de arqueros a la cima del Muro, en caso de que algunos enemigos estuviesen ocultos en los bosques cercanos. Los guardias en la puerta no eran hombres de la reina, pero ellos le comunicaron lo mismo.
Estaba frío y oscuro bajo el hielo, en el angosto túnel que se retorcía y arrastraba bajo el Muro. Morgan iba delante de ella con una antorcha y Merrel iba tras ella con un hacha. Ambos hombres eran unos borrachos rematados, pero estaban sobrios a aquellas horas de la mañana. Hombres de la reina, ambos tenían un sano temor de ella, y Merrel podía ser formidable cuando no estaba ebrio. Ella no tenía necesidad de ellos hoy, pero Melisandre se anotó un punto al mantener un par de guardias consigo donde sea que iba. Aquello enviaba cierto mensaje. “Los atavíos del poder.”
Al tiempo que los tres emergieron al norte del Muro, la nieve estaba cayendo constantemente. Una desgarrada capa de blanco cubría la desgarrada y torturada tierra que se extendía más desde el Muro hasta el Bosque Encantado. Jon Nieve y sus hermanos negros estaban reunidos alrededor de tres lanzas, unas veinte yardas más allá.
Las lanzas eran de ocho pies de largo y hechas de ceniza. La de la izquierda tenía una leve curvatura, pero las otras dos eran lisas y rectas. En lo alto de cada una había empalada una cabeza. Sus barbas estaban llenas de hielo y la nieve que caía les había dado capuchas blancas. Donde habían estado sus ojos, sólo quedaban agujeros vacíos, oscuros y sangrantes orificios que miraban en silenciosa acusación.
¬—¿Quiénes eran? —Melisandre preguntó a los cuervos.
—Jack Bulwer el Negro, Hal el Peludo, Garth Plumagris. —Bowen Marsh respondió solemnemente. —El suelo está medio congelado. Les debe haber tomado a los salvajes la mitad de la noche enterrar las lanzas tan profundas. Aun podrían estar cerca, vigilándonos. —El Lord Mayordomo entornó hacia la línea de árboles
—Podría haber cientos de ellos allá. —dijo el hermano negro de rostro severo. —Podría haber miles.
¬—No. —dijo Jon Nieve. —Ellos dejaron su regalo en lo negro de la noche, y después corrieron. —Su enorme lobo huargo rondó alrededor de los árboles, olfateando, y después levantó su pata y meó en la lanza que sostenía la cabeza de Jack Bulwer el Negro. —Fantasma tendría su olor si aún estuviesen por aquí.
—Espero que el Llorón quemase los cuerpos. —dijo el hombre adusto, el llamdo Edd el Penas. —Seguro que vuelven por sus cabezas.
Jon Nieve agarró la lanza que sostenía la cabeza de Garth Plumagris y la tiró violentamente al suelo. ¬—Bajen las otras. —ordenó, y cuatro de los cuervos se apresuraron a obedecer.
Las mejillas de Bowen Marsh estaban rojas de frío. ¬—Nunca deberíamos haber enviado exploradores afuera.
—No es el tiempo ni el lugar para escoger esta herida. No aquí, mi señor. No ahora. —A los hombres que forcejeban con las lanzas Nieve les dijo. —Tomen las cabezas y quémenlos. Dejen nada más que hueso desnudo. —Sólo cuando lo hicieron, él pareció notar a Melisandre. —Mi señora, caminad conmigo, si os place.
“Al fin.” —Si le place al Lord Comandante.
Mientras caminaban bajo el Muro, ella deslizó su brazo entre el de él. Morgan y Merrel iban delante ellos, Fantasma venía merodeando a sus talones. La sacerdotisa no hablaba, pero demoraba su paso deliberadamente, y mientras ella caminaba el hielo comenzó a gotear. “No fallará en darse percatarse de aquello.”
Bajo la verja de hierro del agujero de una matanza, Nieve rompió el silencio, como ella había sabido que lo haría. —¿Qué de los otros seis?
—No los he visto. —Melisandre respondió.
—¿Los verás?
—Por supuesto, mi señor.
—Hemos enviado un cuervo a Ser Denys Mallister en la Torre Sombría, —Jon Nieve dijo a ella. —Sus hombres han visto fuegos en las montañas sobre el lado lejano del Garganta. Salvajes en masa, cree Ser Denys. Piensa que están tratando de forzar el Puente de las Calaveras.
— Algunos pueden. — ¿Las calaveras en su visión podían haber significado este puente? De alguna manera Melisandre no pensó de tal modo. —Si viene, aquel ataque no sería más que una distracción. Vi torres en el mar, sumergidas por una negra y sangrienta corriente. Ahí es donde el más pesado golpe caerá.
—¿Guardiaoriente?
¿Sí? Melisandre había visto Guardiaoriente-en-el-Mar con el Rey Stannis. Allí era donde Su Alteza dejó a la Reina Selyse y a su hija Shireen cuando congregó a sus caballeros para marchar a Castillo Negro. Las torres en el fuego habían sido diferentes, pero ésa era a menudo la manera con las visiones. —Sí, Guardiaoriente, mi señor.
—¿Cuándo?
Ella extendió sus manos. —Mañana. Al cambio de luna. En un año. Y puede ser que si actúas, podrías apartarte completamente de lo que he visto. —“¿Cuál sería el punto de las visiones?”
La multitud de cuervos más allá de la puerta se había abultado en dos grupos al tiempo que emergían de abajo del Muro. Los hombres se apiñaban cercanos alrededor de ellos. Melisandre conocía a pocos por el nombre: el cocinero Hobb Tres Dedos; Mully, con su cabello colorín grasiento; el muchacho llamado Owen el Bestia, y su humor negro; el ebrio Septón Celladar.
—¿Es cierto, mi señor? —dijo Hobb Tres Dedos.
—¿Quién?— preguntó Owen el Bestia. —No Dywen, ¿cierto?
—Ni Garth. —dijo un hombre de la reina que ella conocía como Alf el Viscoso, uno de los primeros en cambiar a sus falsos Siete Dioses por la verdad de Rh’llor. —Garth es demasiado listo para los salvajes.
—¿Cuántos? —preguntó Mully.
—Tres. —Jon les dijo. —Jack el Negro, Hal el Peludo, Garth.
Alf el Viscoso soltó un alarido bastante fuerte como para despertar a los que dormían en la Torre Sombría.
—Pónganlo en una cama y denle algo de vino diluido. —Jon le dijo a Hobb Tres Dedos.
—Lord Nieve, —Melisandre dijo calmadamente. —¿Vendréis conmigo a la Torre del Rey? Tengo más que compartir con vos.
Él miró el rostro de la mujer con esos ojos grises fríos suyos. Su mano derecha se cerraba, se abría y se cerraba otra vez. —Como deseéis. Edd, lleva a Fantasma a mi dormitorio.
Melisandre tomó eso como una señal y despidió a sus guardias también. Cruzaron el patio juntos, sólo los dos. La nieve caía alrededor de ellos. Ella caminaba tan cerca de Jon Snow como se atrevía, bastante cerca como para sentir la desconfianza derramándose de él como una niebla negra. “No me ama, nunca me amará, pero hará uso de mí. Muy bien.” Melisandre había bailado la misma danza con Stannis Baratheon, atrás en el comienzo. De verdad, el joven lord comandante y su rey tenían mucho más en común que cualquiera de los dos estaría dispuesto a admitir. Stannis había sido un hijo menor viviendo a la sombra de su hermano mayor, justo como Jon Nieve, nacido bastardo, que siempre había sido eclipsado por su hermano legítimo, el héroe caído que los hombres llamaban el Joven Lobo. Ambos hombres eran incrédulos por naturaleza, desconfiados, suspicaces. Los únicos dioses que realmente adoraban eran el honor y el deber.
—No habéis preguntado por vuestra hermana. —Melisandre dijo, mientras subían la escalera en espiral de la Torre del Rey.
—Os lo dije. No tengo hermana. Dejamos atrás nuestras familias cuando decimos las palabras, no puedo ayudar a Arya, por mucho que…
Se quedó en silencio mientras entraban a los dormitorios. El salvaje estaba adentro, sentado en una tabla, esparciendo mantequilla en un pedazo de pan caliente con su daga. Se había puesto la armadura de huesos, se complació ella en ver. El cráneo roto del gigante era su yelmo, reposando en la silla de la ventana tras suyo.
Jon Nieve se tensó. —Tú.
—Lord Nieve. —El salvaje sonrió burlescamente a través de una boca llena de dientes pardos y rotos. El rubí en su muñeca resplandeció en la luz de la mañana como una tenue estrella roja.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Desayunando. Bienvenido a compartir.
—No partiré pan contigo.
—Te lo pierdes. La hogaza aún está caliente. Hobb puede hacer mucho, por lo menos. —El salvaje le dio una mordida. —Podría visitarte más fácilmente, mi señor. Esos guardias en tu puerta son un mal chiste. Un hombre que ha escalado el Muro cientos de veces puede escalar en tu ventana bastante fácil. ¿Pero qué bueno vendría a matarte? Los cuervos solo eligen a los malos. —Masticó y tragó. —Oí de tus exploradores. Debiste haberme enviado con ellos.
—¿Así los traicionarías con el Llorón?
—¿Estamos hablando de traiciones? ¿Cuál era el nombre de tu esposa salvaje, Nieve? ¿Ygritte, ese era? —El salvaje se giró a Melisandre. —Necesitaré caballos. Media docena de los buenos. Y esto es nada que yo pueda hacer solo. Algunas de las esposas de la lanza encerradas en Villa Topo servirán. Las mujeres serían mejores para esto. La niña tendría más confianza en ellas, y ellas me ayudarán a llevar a cabo un plan que tengo en mente.
—¿De qué está hablando? —Lord Nieve le preguntó a ella.
—Vuestra hermana. —Melisandre puso su mano en el brazo de él. —no podéis ayudarla, pero él sí.
Snow tiró hacia atrás su brazo. —Creo que no. No conocéis a esta criatura. Casaca de Matraca podría lavar sus manos cientos de veces en el día y aún tendría sangre en bajo sus uñas. Estaría más satisfecho en violar y matar a Arya que en ayudarla. No. Si esto fue lo que habéis visto en tus vuestros fuegos, mi señora, debéis tener cenizas en vuestros ojos. Si él intenta irse de Castillo Negro sin mi venia, yo mismo cortaré su cabeza.
“No me deja opción. Que así sea.” —Devan, déjanos. —dijo ella, y el escudero se deslizó y cerró la puerta tras de sí.
Melisandre tocó el rubí en su cuello y pronunció una palabra.
El sonido retumbó extrañamente desde las esquinas de la habitación y se enroscó como un gusano dentro de sus oídos. El salvaje escuchó una palabra, el cuervo otra. Ninguna era la palabra que salió de sus labios. El rubí en la muñeca del salvaje se oscureció y los rastros de luz y sombras alrededor de él se retorcieron y se desvanecieron.
Los huesos que quedaban, las costillas, las garras y dientes a lo largo de sus brazos y en sus hombros, la gran clavícula amarillenta cruzando sus hombros. El cráneo roto del gigante seguía siendo un cráneo roto de un gigante, amarillento y resquebrajado, sonriendo su manchada y salvaje sonrisa socarrona.
Pero la cresta de la viuda se deshizo. El mostacho pardo, el mentón nudoso, la pálida y amarillenta carne y los pequeños ojos negros, todo se disipó. Dedos grises se arrastraron entre el largo cabello pardo. Líneas de expresión aparecieron en las esquinas de la boca. De pronto era más grande que antes, más ancho de pecho y hombros, de piernas largas, y enjuto, su rostro afeitado y tostado.
Los ojos grises de Jon Nieve se ensancharon. —¿Mance?
—Lord Nieve. —Mancer Rayder no sonrió.
—Ella te quemó.
—Ella quemó al Señor de los Huesos.
Jon se volvió hacia Melisandre. —¿Qué brujería es esta?
—Llamadlo como queráis. Encanto, ilusión. R’hllor es el Señor de la Luz, Jon Nieve, y esto es dado sus sirvientes para tejer con él, así como otros tejen con estambre.
Mance Rayder rió entre dientes. —Tenía mis dudas también, Nieve, pero, ¿por qué no dejarla intentar? Era eso, o dejar que Stannis me asara.
—Los huesos ayudan. —dijo Melisandre. —Los huesos recuerdan. Los encantos más fuertes están hechos con tales cosas. Las botas de un hombre muerto, una madeja de cabello, un saco de falanges. Con las palabras correctas y una oración, la sombra de un hombre puede ser arrastrada delante de tal y envuelta alrededor de otro como una capa. La esencia del que la viste no cambia, sólo su apariencia.
Ella lo hizo sonar como una cosa tan simple, tan fácil. Ellos necesitaban saber cuán difícil había sido, cuánto le había costado. Esa era una lección que Melisandre había aprendido a lo largo de Asshai; mientras más fácil parecía la hechicería, más los hombres temían al hechicero. Cuando las llamas habían lamido a Casaca de Matraca, el rubí en su cuello se había calentado tanto que temió que su propia carne empezase a humear y ennegrecerse. Agradecidamente, Lord Nieve la había librado de tal agonía con sus flechas. Aunque Stannis había hervido en el desafío, ella había temblado con alivio.
—Nuestro falso rey tiene un modo punzante, —dijo Melisandre a Lord Nieve. ¬—pero no os traicionará. Tenemos a su hijo, recordadlo. Y os debe su propia vida.
—¿A mí? —Jon Nieve sonó sorprendido.
—¿A quién más, mi señor? Sólo la sangre de su vida podría pagar sus crímenes, según vuestras leyes, y Stannis Baratheon no es un hombre que vaya contra la ley… pero como dijisteis tan sabiamente, las leyes de los hombres terminan en el Muro. Os dije que el Señor de la Luz escucharía vuestras plegarias. Deseabais una manera de salvar a vuestra hermana y mantener intacto vuestro que significa mucho para vos, por los votos que hicisteis ante tu dios de madera. —Ella apuntó con un dedo pálido. —Ahí te halláis, Lord Nieve. El rescate de Arya. Un regalo del Señor de la Luz… y mío.
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