LAIRADEJACK40
Usuario (Argentina)
Hay puertas que indefectiblemente se cierran para siempre. Algunas que simplemente cerramos a propósito, hay otras que nos cierran otros, y hay algunas que solo se cierran en silencio; sin eco y sin ruido. Algunas se cierran solo porque no conducen a ningún lado y otras porque las cerramos para sentirnos seguros y tranquilos. A veces es solo el paso del tiempo y otras veces la inmediatez de lo presente. Solo de algo estoy seguro, aquellas puertas cerradas seguramente nunca vuelvan a ser abiertas otra vez. No me sobran los momentos de libertad absoluta. Para ser claros, creo que a nadie le sobran. Vivimos corriendo de aquí para allá con y sin sentido muchas veces. Marcados como en una “ejecución” por el reloj de rigor. A veces el tiempo, al que consideramos de nuestro lado, nos corre de atrás comiéndonos la cabeza y sin darnos cuenta, nos fumamos un día entero si ni siquiera chistar. Los días, como las olas del mar, van y vienen y ni siquiera en ese frenesí nos dan un mínimo resquicio de libertad, aunque nos guste creer lo contario y así, al final nos encontramos con los bolsillos vacíos, como a la salida del casino. Creemos que porque miramos algo de televisión, solos a la noche o que cuando salimos a divertirnos somos libres, pero dentro muy dentro sabemos que no es así. Vacaciones, cenas, fiestas, solo placebo para el alma presa. Son solo momentos, pero escasean, como la buena voluntad. Y aun así jamás son momentos absolutos. Pero cada sábado por la mañana, antes de entrar a trabajar, bien temprano tipo siete, encuentro un huequito pequeño de libertad y lo aprovecho bien a fondo. Es un hueco de libertad de quince minutos o a lo sumo veinte. No más. Son suficientes.. Soy como un lobo viejo, que se escapa unos minutos de la tranquilidad durmiente y caliente de la jauría y se manda al bosque helado solo, para recorrerlo en silencio. Para redescubrir sus viejas huellas ya caminadas. La calle siempre vacía, y especialmente en invierno cuando se torna sumamente gris y acogedora, como un bosque escarchado. Me meto en la bruma, en mi bruma…y soy feliz. Generalmente, me tomo un café mañanero en silencio, y desayuno un cigarrillo negro. Tipo siete y media, me empiezo a desnudar de las cosas de la semana y me preparo para salir al bosque. El sábado, no llevo ni el celular, ni el manojo de llaves enorme, ni billetera, es mas ni siquiera me pongo el casco. Me sumerjo en mi pequeño huequito de brisa casi sin equipaje. Ni siquiera agarro la moto negra y roja que uso para trabajar, la moto tipo “cross” o como la bautizaron algunos amigos la “motochorra”, por el aspecto aguerrido y el motor picante. Agarro a la “petisa”, la moto de paseo, la negrita, tipo chopera. Incomoda para trabajar pero mucho mas agradable para viajar, para que el viento te deje marcas bien profundas en la cara.. Bien livianito, arrastro lentamente y en silencio la moto a la calle para no despertar a nadie, ni siquiera al perro, que de todas maneras intuye mi escapada y me da la despedida de rigor antes de volver a tumbarse junto a las maderas ardiendo. Y ahí voy, como aquel lobo viejo. Ligero de equipaje, dispuestos a disfrutar al máximo aquel momento pleno de libertad. ¿Cuantos pueden decir lo mismo? Recorro lentamente, muy lentamente las calles húmedas, mudas y claroscuras. Solo el ronroneo de la “petisa” se escucha en el mundo, voy solo con mis pensamientos. Árboles helados, deshechos, pajonales y pequeños laguitos congelados. Paseo libre entre los barrenderos que me conocen y saludan, y zigzagueo a algún que otro tambaleante sobreviviente de la noche y surfeo en un asfalto frío. El viento fresco me rejuvenece, el silencio me abriga y hasta el rocío seguramente contaminado, me parece agradable. Son solo quince o veinte minutos, pero absolutamente libres, míos. A veces paro un instante frente al viejo edificio de un amigo que ya no esta, otras cruzo frente a la casa de aquella vieja novia que tanto me marcó y otras simplemente me dejo llevar por recovecos de la mente o de la calle, y serpenteo sin sentido un rato. Nada especial, aunque bastante especial. Solo un momento de absoluta libertad. El último sábado había dormido extrañamente bien y profundo, y hasta soñé. En el sueño, estábamos mi primo y yo, en la casa de mis abuelos maternos. Una casona inmensa y misteriosa para nosotros. Un laberinto de de habitaciones mágicas, secretas y prohibidas. Cuadros, fotos, pequeños adornos a miles. Fotos viejas, algún pergamino en un idioma lejano e incomprensible y baúles llenos de caramelos, siempre listos para sus nietos. La vieja heladera Siam, cargada exageradamente de fiambres y comida, huellas de la guerra. Placares con corchos, alambres, sogas, pilas usadas, tijeras grandes y pequeñas, hilos de coser, “cositos de la pizza” y mil pequeñeces más, que vaya uno a saber por que mis abuelos acaparaban sin razón. En todas las piezas una radio sonando en AM una tal “radio Colonia” y los ignorados por nosotros “patines para los pisos de mármol” deambulando huérfanos de nuestros juveniles movimientos. Un piso siempre reluciente, un patio, para nosotros en esa época enorme, hoy casi mediano. En el sueño, mi primo, aquel que nunca más vi, y yo éramos adultos. Estábamos esperando en la casa vacía, no se que cosa. Charlábamos en la cocina, frente al viejo televisor “Aurora Grundig” adorado por mi abuelo, sentados alrededor de la mesa, con el reglamentario mantel beige a cuadraditos plastificado y un nylon encima.. El resto de la casa vacía y llena. Al cabo de un par de horas, recuerdo que mi primo me servia unos vaso de vino sacados del pingüino de mi abuelo y recargados con soda, sacado de un sifón a gas que cada tanto cargábamos, y nos reíamos del desastre de aquel proceso que misteriosamente aprendimos a hacer con solo mirar a mi abuelo. Y nos divertía muchísimo. Paseábamos por el patio abandonado y frío, por las habitaciones vacías, por el comedor aun reluciente y hurgábamos buscando entre las cositas que había en los cajones infinitos. No recuerdo bien, pero como hacíamos de chicos siempre nos llevábamos algo. Hasta usábamos los patines con los que mi abuela nos esclavizaba. Al rato. Alguien entraba. Una pequeña muchedumbre desconocida, divagaban por la casa, nos saludaban, aunque para nosotros eran extraños. Sonaban animados Nosotros en silencio y mirándonos, saludábamos. Lo último que recuerdo son un par de abrazos y la puerta cerrándose. Cerrándose frente a nuestras narices para siempre. Y ahí nomás me desperté casi entre sollozos, con un nudo en la garganta. Por fuera, la casa estaba igual a la que recordaba. Las paredes exteriores llenas de una piedritas verdes y grises brillosas con un dibujo ininteligible y borroso. Algo más arreglada, pero definitivamente igual. Mismas ventanas, mismas rejas despintadas, mismo arbolito deshilachado en la puerta. Algunas baldosas extra, del piso rotas. Y unos charcos barrosos y desparejos. El mismo kiosco-ventana al lado, y dos o tres persianas del primer piso aun conservaban las roturas originales. Hasta el postigo de la puerta lucia aún manchado y quemado por ese petardo que hicimos estallar dentro de la botella un año nuevo. Y que me costo tres puntos en la frente. La misma puerta. Cerrada para siempre frente a mí. Como siempre me arrimé al costado. Me bajé de la moto y en silencio me quedé un rato mirando vacio la silueta fantasmal de esa casa que me era tan familiar y ahora se desvanecía. Amagué con volver a la moto, pero una atracción imantada me hizo acercarme y sentarme en el pequeño escalón que medio rajado sobresalía, igual que antaño. Solo y en silencio me quedé un buen rato, intentando reconocer olores olvidados, siluetas y formas conocidas, intentando recuperar el tiempo. Solo y en silencio. Habrán pasado cinco o seis minutos cuando recordé que el hueco de libertad pronto se cerraría. El pasadizo se terminaría. Eché un par de miradas mas a mí alrededor, suspire emocionado y húmedo, y partí a trabajar. Es allí donde por fin comprendí. Algunas puertas se cierran para siempre, solo el recuerdo queda y aún así se desvanece como el humo y quizás, solo quizás…. regresa en forma de sueños. Puertas que se cierran y no abren nunca más. Todos tenemos todos una. www.250cm.blogspot.com.ar
LA FUGA DEL ENANO GUARDIAN, DESTELLOS DE MI CIUDAD Dicen las leyendas que aquellos que tienen los enanos de jardín correctos tienen asegurada la protección del hogar, es más, aquellos que los colocan en las puertas o en las ventanas y balcones aseguran el bienestar y la unión de la casa. Dicen también que son criaturas misteriosas que operan por la noche cuando los seres de este plano dormimos. Algunos prefieren leones de piedra o monolitos religiosos, estamos los que preferimos perros y están aquellos que usan alambre de púa. Hay de todo y para sentirse protegido es mejor usar el sistema que mas guste. Al respecto no hay reglas claras.. Claro… toda norma tiene excepción, es por eso que remarqué aquello de los “enanos correctos” ya que según cuentan, es posible toparse con otros mucho más mañosos , engañosos y tramposos, pera eso es para otro cuento. Siempre me gustaron las historias, de hecho soy un tipo bastante crédulo. Me siento más a gusto creyendo historias fabulosas, que escuchando pavadas supuestamente serias. Pero volviendo a los enanos, aunque no lo crean hace un tiempo volviendo a casa por la noche me lo crucé. En la entrada de una casita. Aquí nomás, a la vuelta de mi casa. De hecho lo había visto varias veces con anterioridad, pero nunca me había percatado de su función en la puerta de aquella casita. Solo cuando lo vi salir a fumar, tarde, una noche me di cuenta de su condición de enano guardián. Comenzamos con el mal pie. Yo paseaba distraido, cuando de improvisto de entre una nube salió de la oscurísima guardilla, que custodiaba, y se topó de frente con Lemy, que naturalmente sorprendido le tiró el tarascón de rigor. El enano, echó ahí nomás a la fuga y por más que quise no pude alcanzarlo para ofrecerle mis disculpas o al menos un cigarro de reconciliación. Enano guardián contra perro guardián mal negocio, habrá evaluado con rapidez. Las siguientes dos noches lo vi desde lejos. Me miraba sigiloso entre las tinieblas acechándome con una mirada amarilla y atenta, no me acerque. No quise entorpecer su labor de vigilancia nocturna. De todas maneras me quedé con la espina clavada, por un lado quería pedirle perdón, pero por otro, como les conté soy bastante crédulo y encontrarse en plena calle con un personaje de leyenda no es nada común estos días. Terco, pasé dos o tres noches más pero no lo encontré. La guardilla se encontraba vacía de toda soledad, encerrada en su oscuridad y silencio. Dejé pasar unos días, y tome otro camino. Pero cada mañana bien temprano antes de salir a trabajar pasaba por la puerta de la casa, solo para asegurarme. Claro que jamás lo vi, los enanos operan de noche, de día pasan a otro plano, se endurecen , se vuelven de granito o simplemente se esfuman. Una semana, domingo por la noche, volví a pasar pero no lo vi. Me extrañó un poco pero no desesperé. Me lancé nuevamente la otra noche, pero nada. Ahí comencé a preocuparme, es que había perdido la oportunidad de encontrarme con un ser mitológico una vez más? Una semana después y sin novedades. Comencé a sentirme algo perturbado, es que yo era el culpable de tamaña decisión? Quizás yo tenía la culpa de que la casa hubiese perdido su “enana protección” y la deserción del guardián era culpa mía?. Es más, posiblemente la gente del lugar me estuviese culpando por echar a su enano de la puerta y ahora era blanco de todo tipo de maldiciones gitanas sobrenaturales. Por algo la gente pone esos enanos. Dudé un par de días, pero al fin tomé la decisión de preguntar y de hacerme cargo de mis responsabilidades en estos hechos y al fin, una mañana me acerqué a la casa y pregunté. Los propietarios confirmaron mis peores dudas. El enano todas las noches cuidaba su casa, aunque ellos no lo habían pedido, el enano los eligió y se instalo allí. Durante dos meses todas las noches se acercaba y en la puerta se instalaba en guardia. Ni dormía. Vaya uno a saber por qué se les emplazó, alli. Quizás la oscuridad, quizás lo silencioso de la calle... quien sabe, lo cierto es que por más denuncias, manguerazos, prendidas de luz adrede y otras argucias se quedó allí, y lentamente se fueron acostumbrando a su nocturna presencia. El no molestaba y ellos no lo molestaban, de hecho terminó, fiel a su labor, siendo bastante útil. De vez en cuando un plato de comida, cigarrillos y algo de vino como recompensa. Con el tiempo se hizo natural para ambas partes y allí quedó. Pactaron con absoluta naturalidad dos mundos, uno de día , el otro de noche. Extremos que sólo se tocan momentáneamente al alba y al atardecer. Mágico y misterioso, como los enanos. Hasta que un día simplemete se fue. Extrañamente se hizo piedra en el lugar. Se endureció completamente y un carro blanco con unas luces verdes y rojas encima cargo su lomo curtido y lo llevó a otro mundo. La casa perdió su guardia yo perdí una oportunidad única, pero algo me dice que algo más que eso, es lo que perdimos todos. q ves cuando no ves?
Lunes media mañana. El otoño comienza a golpear las calles y un frío novedoso se extiende por la ciudad, nada grave, es que los primeros fríos siempre parecen ser algo mas fuertes. Hasta que se acomoda el esqueleto. Lo cierto, es que temprano a la mañana tenía algo de trabajo, alguna cosita a domicilio para arreglar. Y allí me fui. La ciudad se comenzaba a sacar las pulgas de un lunes a la mañana. Y las hormigas recien se suben a sus autos. Las miradas vacías y descansadas, de aquellos que esperan los colectivos me resultaban simpáticas, claro es lunes por la mañana y el humor fresco siempre ayuda. Como les contaba un frío punzante vigoroso comenzaba a asomar, preludio de un clima que cambia. Viajé manso y tranquilo, escapando a las primeras bocinas que indefectiblemente comenzarían a aullar en un rato. Cabrera y Gascón. En dos patadas y sin las clásicas complicaciones arreglé un auto, y como andaba con algo de tiempo aún, crucé la calle hacia una falsa placita situada en la esquina y me bajé para fumarme un cigarro tranquilo t a tomarme un cafe de dudoso y turbio origen . La falsa plaza, era un especie de invento sin sentido. Enrejada, como una mazmorra y casi sin pasto. Bancos y mesas de cemente gris, con resabios de una pintura ya inexistente. Algo de pasto despelucado aquí y allá. Un lugar sucio y desprolijo. Varias botellas e cerveza rotas en el piso y bolsas de basura diseminadas con absoluta eficacia y precisión. Iba a entrar pero cuando divisé a los campistas durmiendo en los costados, les confieso que me intimidé. No soy un tipo temeroso, es más rastrillo la ciudad con la inconciencia del tipo que se cree invulnerable y esa estampa me trajo a casa siempre a salvo, aunque a veces algo tarde y magullado. Es una cuestión de actitud. Tampoco soy un valiente de esos que se ven en las películas, soy un tipo común con algo de calle, varias peleas perdidas y algunas ganadas. Camino con soltura en la oscuridad en una ciudad traicionera. como si fuese mi hábitat natural. Pero volviendo a la falsa plaza. El lugar parecía un campamento de la O:N:U, esos lugares que vemos en películas, o documentales. A lo largo ya ancho del lugar, la gente, tapada como sea, dormía arrinconada. Tapados con cartones, mantas sucias y viejas trapos y demás pertrechos. Peregrinos de la noche, nómades del día. Ahí nomás y gracias a un oportuno cafetero, estacioné en la puerta. Donde el mundo parece cambiar de fase. Recuerdo haber pasado la cuarta parte de mi vida buscando maestros. Otro tanto buscando un camino. Y otro tanto a tientas. Lo cierto es que estudié varios años, fiel a mi origen, en una Ieshiva (centro de estudios bíblicos de judíos ortodoxos) , otros tanto en un centro budista en el barrio de Flores y junto a un curita amigo, en interminables mesas de un bar viejo, como los de antes. De todos, tengo lo mejor, pero soy un hueso duro de roer y tengo mas preguntas que respuestas. Reconozco que siento admiración por aquellos que inquebrantables siguen convencidos su fe. Los veo en paz, cada sábado o domingo por la mañana los veo tranquilos en cada meditación y siento un sutil escalofrío. Una envidia exquisita. Lo único que puedo afirmar sin temor a errar fiero, es que todos coinciden con lo mismo. Dios, se expresa en los sueños. Y es ahí donde le hablamos y nos habla. Pero, que soñaban aquellos refugiados de la falsa plaza, abrigados por el primer frío?. Una mujer arrinconada, seguro soñaba con sus hijos, con aquellos pequeñines que andarían rodando tras las vías de un tren, envueltos en humo y pastillas. Soñaba que los volvería a ver y que eran felices, y que rodeando una gran mesa llena de felicidad habría un hombre que regresaría a casa cansado de su trabajo pero pleno y orgulloso. Que la falsa plaza, era una pesadilla y que en realidad estaba tomando una siesta calida, en el pórtico de su casa, humilde pero noble. Con vecinos charlatanes pero leales, con un perro cuzco perezoso y guardián. Seguro soñaba eso, me pareció verla sonreír levemente. El flaco de la punta seguro soñaba con sus épocas de boxeador amateur, cuando los rivales pegaban dóciles y la señora fortuna le auguraba un campeonato nacional y luego sudamericano, para pegar el salto al titulo mundial. Las mujeres que en multitud se acercaban a su masa en el baile de su pueblo, al que volvería triunfante a vengar a los suyos. Que ese coche ultimo modelo dormía placido en su cochera junto a sus trofeos y a su museo de fotos con presidentes, actrices, futbolistas y modelos. Que se retiraba campeón y era actor, y que su nombre era conocido, tanto que firmaba distinto para pasar de incógnito en la multitud que lo aclamaba donde iba. Era famoso, importante, intocable, era un faro para los suyos y era “El Campeón”. Me pareció verlo tirar un par de piñas al aire. Aquel, de rulos barrosos y pinchudos, soñaba casi con seguridad, con la quietud de su pueblo. Con ese atardecer eterno entre mates y medialunas guitarreando con amigos. Soñaba con el regreso tarde al rancho, embriagado barato, pero feliz, mientras el patso verde crujía con el rocío matinal. Con la Teresita, esa chica que había sido suya toda la vida y que le preparaba las empanada mas jugosas y picantes que jamás había probado. Soñaba con la muchacha inalcanzable, la hija del patrón, que todas las noches lo sonrojaba mientras se subía a la camioneta salvaje y lustrada. Con lo pájaros revoloteando sin parar, picoteando algo de maíz, o alguna lombriz furtiva. Su sueño, era el de las eternas salidas de pesca a ese riacho medio seco pero abundante. Soñaba y veía a “Pochoclo” el viejo alazán, compañero infinito de las aventuras. Él también sonreía disimulado y entre sueños y hasta parecía oler la hierba. El pibe del fondo de unos veinte años en la cara y trece en el documento, soñaba con la “Bombonera”. Era el diez de Boca, el diez de la gente. Seguramente, murmuraba en sueños Que regresaba a la villa y sus amigos de toda la vida lo aplaudían, lo vitoreaban y lo llevaban en andas a la puerta de su casa, y allí su mamá lo esperaba con el puchero y comía, él y sus nueve hermanos inclusive aquel que iba por mal camino. Y todos lo besaban y todos lo mimaban. y hasta Susana Gimenez lo llamaba para su programa. Y él, era el centro, y su mamá, mirando la foto del viejo decía entre lágrimas. “- Viste Cacho , el nene llegó, el nene va a la selección” . Les juro que me pareció verlo patear entre las mantas Al igual que la nena, aquella minima en el fondo. Invisible. Seguro se veía en el colegio, con sus amigas del barrio, y jugaba en el patio del cole. Y corría con el viento en la cara, escapando de los nenes, que en verano le tiraban bombitas de colores. Y se metía en una calesita hermosa, gigante y colorida; y a hasta ganaba la sortija. Pero no la cambiaba por otra vuelta, se la daba al dueño de la calesita y él le regalaba un chupetín y dos caramelos, y ella se metía todo junto e la boca. Y la mamá le compraba una Coca enorme y ella de tanto reírse, la escupía por la nariz. Soñaba que estaba otra vez en la escuela y que su maestra le enseñaba y ella leía un cuento de princesas una y otra vez, y juraba que sería ella misma, una princesa, con hadas, unicornios, y brujas malas.Y, en el sueño había burbujas y hasta un arcoirs gigante. Soñaba con el príncipe, ese el de la tele, que la iba a rescatar, que era alto, rubio y de los ojos color mar, los mas lindos que había visto, y se querían por siempre. A ella no la vi sonreír, yo estaba lejos, pero estoy seguro que no sonreía. Parecían risas …pero solo tiritaba. Permanecí un tiempo corto terminando el cigarrillo y el café. Recordé,pensé en la escalera de Jacob, en el patriarca en el desierto durmiendo placido sobre una roca y soñando con Ángeles que suben y bajan; y dios ahí tan distante y tan cerca, a tan solo un ángel de distancia. Un dios solitario muy solitario, solo al alcance de nuestros sueños. sacado del blog www.250cm.blogspot.com.ar
Dicen las leyendas que aquellos que tienen los enanos de jardín correctos tienen asegurada la protección del hogar, es más, aquellos que los colocan en las puertas o en las ventanas y balcones aseguran el bienestar y la unión de la casa. Dicen también que son criaturas misteriosas que operan por la noche cuando los seres de este plano dormimos. Algunos prefieren leones de piedra o monolitos religiosos, estamos los que preferimos perros y están aquellos que usan alambre de púa. Hay de todo y para sentirse protegido es mejor usar el sistema que mas guste. Al respecto no hay reglas claras.. Claro… toda norma tiene excepción, es por eso que remarqué aquello de los “enanos correctos” ya que según cuentan, es posible toparse con otros mucho más mañosos , engañosos y tramposos, pera eso es para otro cuento. Siempre me gustaron las historias, de hecho soy un tipo bastante crédulo. Me siento más a gusto creyendo historias fabulosas, que escuchando pavadas supuestamente serias. Pero volviendo a los enanos, aunque no lo crean hace un tiempo volviendo a casa por la noche me lo crucé. En la entrada de una casita. Aquí nomás, a la vuelta de mi casa. De hecho lo había visto varias veces con anterioridad, pero nunca me había percatado de su función en la puerta de aquella casita. Solo cuando lo vi salir a fumar, tarde, una noche me di cuenta de su condición de enano guardián. Comenzamos con el mal pie. Yo paseaba distraido, cuando de improvisto de entre una nube salió de la oscurísima guardilla, que custodiaba, y se topó de frente con Lemy, que naturalmente sorprendido le tiró el tarascón de rigor. El enano, echó ahí nomás a la fuga y por más que quise no pude alcanzarlo para ofrecerle mis disculpas o al menos un cigarro de reconciliación. Enano guardián contra perro guardián mal negocio, habrá evaluado con rapidez. Las siguientes dos noches lo vi desde lejos. Me miraba sigiloso entre las tinieblas acechándome con una mirada amarilla y atenta, no me acerque. No quise entorpecer su labor de vigilancia nocturna. De todas maneras me quedé con la espina clavada, por un lado quería pedirle perdón, pero por otro, como les conté soy bastante crédulo y encontrarse en plena calle con un personaje de leyenda no es nada común estos días. Terco, pasé dos o tres noches más pero no lo encontré. La guardilla se encontraba vacía de toda soledad, encerrada en su oscuridad y silencio. Dejé pasar unos días, y tome otro camino. Pero cada mañana bien temprano antes de salir a trabajar pasaba por la puerta de la casa, solo para asegurarme. Claro que jamás lo vi, los enanos operan de noche, de día pasan a otro plano, se endurecen , se vuelven de granito o simplemente se esfuman. Una semana, domingo por la noche, volví a pasar pero no lo vi. Me extrañó un poco pero no desesperé. Me lancé nuevamente la otra noche, pero nada. Ahí comencé a preocuparme, es que había perdido la oportunidad de encontrarme con un ser mitológico una vez más? Una semana después y sin novedades. Comencé a sentirme algo perturbado, es que yo era el culpable de tamaña decisión? Quizás yo tenía la culpa de que la casa hubiese perdido su “enana protección” y la deserción del guardián era culpa mía?. Es más, posiblemente la gente del lugar me estuviese culpando por echar a su enano de la puerta y ahora era blanco de todo tipo de maldiciones gitanas sobrenaturales. Por algo la gente pone esos enanos. Dudé un par de días, pero al fin tomé la decisión de preguntar y de hacerme cargo de mis responsabilidades en estos hechos y al fin, una mañana me acerqué a la casa y pregunté. Los propietarios confirmaron mis peores dudas. El enano todas las noches cuidaba su casa, aunque ellos no lo habían pedido, el enano los eligió y se instalo allí. Durante dos meses todas las noches se acercaba y en la puerta se instalaba en guardia. Ni dormía. Vaya uno a saber por qué se les emplazó, alli. Quizás la oscuridad, quizás lo silencioso de la calle... quien sabe, lo cierto es que por más denuncias, manguerazos, prendidas de luz adrede y otras argucias se quedó allí, y lentamente se fueron acostumbrando a su nocturna presencia. El no molestaba y ellos no lo molestaban, de hecho terminó, fiel a su labor, siendo bastante útil. De vez en cuando un plato de comida, cigarrillos y algo de vino como recompensa. Con el tiempo se hizo natural para ambas partes y allí quedó. Pactaron con absoluta naturalidad dos mundos, uno de día , el otro de noche. Extremos que sólo se tocan momentáneamente al alba y al atardecer. Mágico y misterioso, como los enanos. Hasta que un día simplemete se fue. Extrañamente se hizo piedra en el lugar. Se endureció completamente y un carro blanco con unas luces verdes y rojas encima cargo su lomo curtido y lo llevó a otro mundo. La casa perdió su guardia yo perdí una oportunidad única, pero algo me dice que algo más que eso, es lo que perdimos todos. q ves cuando no ves? SACADO DEL BLOG WWW.250CM.BLOGSPOT.COM.AR
Hay puertas que indefectiblemente se cierran para siempre. Algunas que simplemente cerramos a propósito, hay otras que nos cierran otros, y hay algunas que solo se cierran en silencio; sin eco y sin ruido. Algunas se cierran solo porque no conducen a ningún lado y otras porque las cerramos para sentirnos seguros y tranquilos. A veces es solo el paso del tiempo y otras veces la inmediatez de lo presente. Solo de algo estoy seguro, aquellas puertas cerradas seguramente nunca vuelvan a ser abiertas otra vez. No me sobran los momentos de libertad absoluta. Para ser claros, creo que a nadie le sobran. Vivimos corriendo de aquí para allá con y sin sentido muchas veces. Marcados como en una “ejecución” por el reloj de rigor. A veces el tiempo, al que consideramos de nuestro lado, nos corre de atrás comiéndonos la cabeza y sin darnos cuenta, nos fumamos un día entero si ni siquiera chistar. Los días, como las olas del mar, van y vienen y ni siquiera en ese frenesí nos dan un mínimo resquicio de libertad, aunque nos guste creer lo contario y así, al final nos encontramos con los bolsillos vacíos, como a la salida del casino. Creemos que porque miramos algo de televisión, solos a la noche o que cuando salimos a divertirnos somos libres, pero dentro muy dentro sabemos que no es así. Vacaciones, cenas, fiestas, solo placebo para el alma presa. Son solo momentos, pero escasean, como la buena voluntad. Y aun así jamás son momentos absolutos. Pero cada sábado por la mañana, antes de entrar a trabajar, bien temprano tipo siete, encuentro un huequito pequeño de libertad y lo aprovecho bien a fondo. Es un hueco de libertad de quince minutos o a lo sumo veinte. No más. Son suficientes.. Soy como un lobo viejo, que se escapa unos minutos de la tranquilidad durmiente y caliente de la jauría y se manda al bosque helado solo, para recorrerlo en silencio. Para redescubrir sus viejas huellas ya caminadas. La calle siempre vacía, y especialmente en invierno cuando se torna sumamente gris y acogedora, como un bosque escarchado. Me meto en la bruma, en mi bruma…y soy feliz. Generalmente, me tomo un café mañanero en silencio, y desayuno un cigarrillo negro. Tipo siete y media, me empiezo a desnudar de las cosas de la semana y me preparo para salir al bosque. El sábado, no llevo ni el celular, ni el manojo de llaves enorme, ni billetera, es mas ni siquiera me pongo el casco. Me sumerjo en mi pequeño huequito de brisa casi sin equipaje. Ni siquiera agarro la moto negra y roja que uso para trabajar, la moto tipo “cross” o como la bautizaron algunos amigos la “motochorra”, por el aspecto aguerrido y el motor picante. Agarro a la “petisa”, la moto de paseo, la negrita, tipo chopera. Incomoda para trabajar pero mucho mas agradable para viajar, para que el viento te deje marcas bien profundas en la cara.. Bien livianito, arrastro lentamente y en silencio la moto a la calle para no despertar a nadie, ni siquiera al perro, que de todas maneras intuye mi escapada y me da la despedida de rigor antes de volver a tumbarse junto a las maderas ardiendo. Y ahí voy, como aquel lobo viejo. Ligero de equipaje, dispuestos a disfrutar al máximo aquel momento pleno de libertad. ¿Cuantos pueden decir lo mismo? Recorro lentamente, muy lentamente las calles húmedas, mudas y claroscuras. Solo el ronroneo de la “petisa” se escucha en el mundo, voy solo con mis pensamientos. Árboles helados, deshechos, pajonales y pequeños laguitos congelados. Paseo libre entre los barrenderos que me conocen y saludan, y zigzagueo a algún que otro tambaleante sobreviviente de la noche y surfeo en un asfalto frío. El viento fresco me rejuvenece, el silencio me abriga y hasta el rocío seguramente contaminado, me parece agradable. Son solo quince o veinte minutos, pero absolutamente libres, míos. A veces paro un instante frente al viejo edificio de un amigo que ya no esta, otras cruzo frente a la casa de aquella vieja novia que tanto me marcó y otras simplemente me dejo llevar por recovecos de la mente o de la calle, y serpenteo sin sentido un rato. Nada especial, aunque bastante especial. Solo un momento de absoluta libertad. El último sábado había dormido extrañamente bien y profundo, y hasta soñé. En el sueño, estábamos mi primo y yo, en la casa de mis abuelos maternos. Una casona inmensa y misteriosa para nosotros. Un laberinto de de habitaciones mágicas, secretas y prohibidas. Cuadros, fotos, pequeños adornos a miles. Fotos viejas, algún pergamino en un idioma lejano e incomprensible y baúles llenos de caramelos, siempre listos para sus nietos. La vieja heladera Siam, cargada exageradamente de fiambres y comida, huellas de la guerra. Placares con corchos, alambres, sogas, pilas usadas, tijeras grandes y pequeñas, hilos de coser, “cositos de la pizza” y mil pequeñeces más, que vaya uno a saber por que mis abuelos acaparaban sin razón. En todas las piezas una radio sonando en AM una tal “radio Colonia” y los ignorados por nosotros “patines para los pisos de mármol” deambulando huérfanos de nuestros juveniles movimientos. Un piso siempre reluciente, un patio, para nosotros en esa época enorme, hoy casi mediano. En el sueño, mi primo, aquel que nunca más vi, y yo éramos adultos. Estábamos esperando en la casa vacía, no se que cosa. Charlábamos en la cocina, frente al viejo televisor “Aurora Grundig” adorado por mi abuelo, sentados alrededor de la mesa, con el reglamentario mantel beige a cuadraditos plastificado y un nylon encima.. El resto de la casa vacía y llena. Al cabo de un par de horas, recuerdo que mi primo me servia unos vaso de vino sacados del pingüino de mi abuelo y recargados con soda, sacado de un sifón a gas que cada tanto cargábamos, y nos reíamos del desastre de aquel proceso que misteriosamente aprendimos a hacer con solo mirar a mi abuelo. Y nos divertía muchísimo. Paseábamos por el patio abandonado y frío, por las habitaciones vacías, por el comedor aun reluciente y hurgábamos buscando entre las cositas que había en los cajones infinitos. No recuerdo bien, pero como hacíamos de chicos siempre nos llevábamos algo. Hasta usábamos los patines con los que mi abuela nos esclavizaba. Al rato. Alguien entraba. Una pequeña muchedumbre desconocida, divagaban por la casa, nos saludaban, aunque para nosotros eran extraños. Sonaban animados Nosotros en silencio y mirándonos, saludábamos. Lo último que recuerdo son un par de abrazos y la puerta cerrándose. Cerrándose frente a nuestras narices para siempre. Y ahí nomás me desperté casi entre sollozos, con un nudo en la garganta. Por fuera, la casa estaba igual a la que recordaba. Las paredes exteriores llenas de una piedritas verdes y grises brillosas con un dibujo ininteligible y borroso. Algo más arreglada, pero definitivamente igual. Mismas ventanas, mismas rejas despintadas, mismo arbolito deshilachado en la puerta. Algunas baldosas extra, del piso rotas. Y unos charcos barrosos y desparejos. El mismo kiosco-ventana al lado, y dos o tres persianas del primer piso aun conservaban las roturas originales. Hasta el postigo de la puerta lucia aún manchado y quemado por ese petardo que hicimos estallar dentro de la botella un año nuevo. Y que me costo tres puntos en la frente. La misma puerta. Cerrada para siempre frente a mí. Como siempre me arrimé al costado. Me bajé de la moto y en silencio me quedé un rato mirando vacio la silueta fantasmal de esa casa que me era tan familiar y ahora se desvanecía. Amagué con volver a la moto, pero una atracción imantada me hizo acercarme y sentarme en el pequeño escalón que medio rajado sobresalía, igual que antaño. Solo y en silencio me quedé un buen rato, intentando reconocer olores olvidados, siluetas y formas conocidas, intentando recuperar el tiempo. Solo y en silencio. Habrán pasado cinco o seis minutos cuando recordé que el hueco de libertad pronto se cerraría. El pasadizo se terminaría. Eché un par de miradas mas a mí alrededor, suspire emocionado y húmedo, y partí a trabajar. Es allí donde por fin comprendí. Algunas puertas se cierran para siempre, solo el recuerdo queda y aún así se desvanece como el humo y quizás, solo quizás…. regresa en forma de sueños. Puertas que se cierran y no abren nunca más. www.250cm.blogspot.com.ar
Me puse el casco, subí el cierre de la campera negra y pateando arranque la moto en medio de una noche hosca. Después de un tiempito tocando solas, me volví a juntar con un viejo compañero de rutas, para hacer un simulacro de ensayo. Solo un simulacro. Él anda medio solitario, tocando su viejo saxofón como los dioses. Yo por mi parte a su lado, parezco un aprendiz con las manos de piedras. Ni bien comenzamos, después de una hora de charla, se noto el contraste. Reconozco, que no soy un mal guitarrista, pero la velocidad y la precisión con la que tocaba el saxofón, ni por asomo se acercaba a mis intentos vanos de seguirlo. El tipo metía cada nota con una velocidad luz y yo atrás pifiando e intentando acomodar algún acorde para no ensamblar tan mal. Al rato él bajo la velocidad y yo ajuste un poco y diría que casi hacíamos algo de música, por decirlo de alguna manera. El resto, bajo y batería, cagados de risa. Pizzas, cervezas, cigarros y luego whisky. Al diablo mi estomago. Eran tipo dos de la madrugada cuando, como contaba al principio me puse el casco, subí el cierre de la campera negra y pateando arranque la moto. Bajaba tranquilo, flotando, por la calle camarones cuando de típico un local de comidas rápidas, para ser más exactos de “panchos 24hs”, me hacen una seña. Camarones y Lope de Vega para ser exactos, frente a la placita. Cuatro o quizás cinco “motoqueros”, se encontraban allí, comiendo unos panchos y rodeando a una moto que evidentemente fallaba o estaba rota. Les voy a contar un secreto que la mayoría desconoce acerca de los motoqueros. Así como los ven, solitarios, intrépidos, suicidas, y “pirados”, forman una especie de hermandad, una especie de logia pagana. En realidad formamos, pero me refiero en tercera persona para que la historia sea más clara. Pueden insultarse en un pase, pasarse por arriba y hasta chocarse por llegar antes, pero en la calle se cuidan entre ellos. Es un código hermético, que solo los que andan en dos ruedas pueden entender. Siempre expuestos al golpe súbito y al viento. La moto puede ser enorme y musculosa, o chiquita y raquítica. Importada y lujosa o simplemente chinita y destartalada, pero el código siempre es el mismo. Solo es excepcional, para aquellos que “andan en moto”, pero no son motoqueros. Y no hablo del trabajo. Son como los perros y los lobos, van solos, pero cuando la jauría llama por algún problema, enseguida se amuchan. Si hay piñas, injustas o no, saltan todos. Si uno se cae, otros paran a la manada que se viene encima. Si algo se rompe, un “ángel” siempre para y dar una mano, por más tarde, lluvioso o caluroso que este el día o la noche. Y esa noche me toco el papel de ángel. En síntesis, paré. Me desbanque la guitarra de la espalda y dí una mano para arreglar la cadena de la moto que se había cortado. Los pibes eran inexpertos y esa noche pintaba de joda; y se les mancó el caballo. Sin problemas saqué la cadena, le achiqué un eslabón y la armé. Los pibes embelesados me invitaron un trago. Mire el reloj, pensé un rato y sabiendo que en casa hoy tenía vía libre, acepté. Cruzamos las seis motos, y nos sentamos al lado de una estatua toda pintada y bajo la luz de un farol amarillenta. El lugar parecía un pre-boliche, lleno de grupos desparramados aquí y allá, seguramente preparándose para ir a bailar. Mis nuevos “amigos”, también. Así que al rato cayeron dos o tres amigas producidas para la guerra. A mi gusto, algo desabrigadas para la noche, pero que le voy a hacer, soy padre. Al principio, las pibas parecieron no notar mi presencia, y me saludaron afectuosas como a todo el grupete, mezcla de “cumbieros” y “metaleros”. Hasta que una, mirando extrañada al “facha”, un extraño personaje narigón, de pelo largo arriba y rapado a los costados, que de facha no tenía nada, le preguntó disimulada. - El “jefe” nos salvo. Le arregló la motito a Seba. Chau, nuevo sobrenombre para variar, pensé. - Sí, saltó otro desde atrás, es un motoquero de ley, y encima rockero. - Grande Jefe, nos salvaste, ahora unos tragos y al boliche ¿te venís?. Me dijo la falsa rubia, de piernas largas cabello despeinado y extraño aroma a “cigarrillo natural”. Dale venite!!!- insistió. Yo que hasta ahí me había mantenido en silencio, asombrado gesticule un “gracias pero es tarde” - Miren chicos, todo bien, pero mañana, laburo y en casa esperan. - Laburas un sábado? me contesto la rubia, que a esta altura ya tenía nombre. Luciana. - Y, si. Si llego a salir mañana me despierto destrozado y no soy un pibe. - Porque? cuantos años tenes. - Cuantos me das? Le dije estúpidamente seductor. - No sé veintipico, treinta a los sumo. - No, tengo cuarenta. Estoy viejo ya para esto. Luciana, se sonrío y me dijo avasallante y avanzando como loca. - Lindo viejito, aunque pensándolo bien, algo de experiencia viene bien ¿no? Reconozco que no soy un lelo para las mujeres, pero a esta altura estaba confundido y porque no, algo intimidado. - Y si, algo suma. Pero nos cansamos rápido. Luciana sonrío nuevamente. - Es cierto, pero por lo menos saben donde buscar y son precisos. El grupo entero se empezó a reír. Yo me incomodé. - Loca, deja al jefe tranquilo. Dijo uno. - Sí, encima que nos hizo un favor, vos lo bardeas. Agregó el inexplicable “Facha”. - Quien lo bardea? Yo solo lo invite a venir y después…. Después se vera. - Ok chicos, todo bien, no se peleen. Yo ya me voy a apolillar, les agradezco el trago. Les dije a modo de despedida o huida, se hacía tarde de verdad.. - Pará, pará!! De pronto me dijo una petisita morocha, media dark con corte flequillo, que hasta ahí se había mantenido tímida y en silencio. Metida en la oscuridad, inapreciable a la vista humana. - Que pasó? le preguntaron los demás sorprendidos y a algo admirados. Por lo visto mucho no solía hablar. - Te puedo hacer una pregunta. - Si, claro. Décime. - Vos ¿sos?, un ¿perro o un lobo? - ¿Cómo decís? - Mira, mi viejo era motoquero, como vos. Uno de verdad, no como estos giles. Y siempre me contaba la misma historia la de” los lobos y la de los perros”. La sabes? Negué con la cabeza en silencio y la chica continuó. Los motoqueros, son todos como canes. Unos son perros otros son lobos. Los lobos son solitarios y peligrosos, pero salvajes y nobles. Les gusta la soledad, aunque a siempre protegen a los suyos. Cuando quieren son insaciables y cuando pueden son voraces. Siempre con los dientes afilados y a la defensiva, como esperando el golpe, siempre con los pelos parados. Esta en su adn. Es su don negro. Los perros también, pero se hicieron sociables, ocultan profundo al salvaje adentro. Pero de vez en cuando aflora el llamado, y muerden ciegos. Aunque adoran la compañía, de vez en cuando les viene bien salir a correr, a estirar las patas entre los árboles,como en los viejos tiempos, por eso los ves como locos cuando los largas en un campo. Pero siempre vuelven, por más que les pegues siempre vuelven. Los lobos no vuelven más. Eso siempre me decía mi papá y no volvió más, por eso siempre espere a encontrarme con alguien como vos, para preguntarle lo que no le pude preguntar a él. La piba me agarró con la guardia baja y no supe bien que contestar, así que solo después de un instante le dije. - Supongo que soy un lobo en domesticación, casi un perro, pero lobo aun. Es más hasta los perros son lobos y lo saben, aunque sagazmente lo ocultan por conveniencia, algo de comida, algo de afecto. Algunos pueden hacerlo, otros no. Supongo que tu viejo no pudo y esta aullando por allí. La piba me miro triste pero se la notaba descargada, los demás me miraban como a un shaman indio. - Sos un viejo sabio. Me dijo uno. - Sos un viejo loco, Me dijo otro Nos saludamos, me senté en la moto y antes de despedirnos la chica dark, me susurró una última advertencia. - Muchas gracias!, en serio. Y agregó.- En la esquina cuidado, contra la pared del “hospitalito”( el Velez Sarfield), hay una vieja loca que vive con mil perros y ya mordieron a varios motociclistas, los odian, así que cuidado cuando pasas que de la nada te salen y te mastican los talones. Asentí en silencio. Recordé el viejo “hospitalito”, donde me dieron veintiocho puntos en una pierna cuando me caí del balcón mientras peloteaba, a los cinco años. Arrastre la moto, previsor, y al no ver nada. Me subí y la arranque. Al toque tres o cuatro perros salieron de un lateral de la pared, locos y con los dientes en punta. Me quede quieto, listo para patearlos, cuando frenaron en seco y me miraron incrédulos, se acercaron silenciosos y desconfiados. Me olieron. Me miraron a los ojos nuevamente como comprendiendo algo que yo no entendía y cariñosos comenzaron a mover sus colas y a hacerme morisquetas para recibir cariño…. y ahí entendí. Habían olido a uno de los suyos, y conocían el secreto. En la calle todos nos cuidamos. Me acerque a la viejita contra la pared, le tiré cincuenta mangos y aullando me fui. Derechito a la cucha. www.250cm.blogspot.com.ar

Parte 2 Para ser más exactos en Belén al 100, frente a las vías del Sarmiento. Al parecer era un buen cliente y si bien el horario era extraño, los “reyes magos”, cru Un día los “reyes magos”, tenían una entrega extra, de “regalos” en Belén. zaron al oriente siguiendo su buena estrella. Según cuentan tenían un proyecto de pequeña PYME, mezcladora y diluyente, independiente naciente entre manos y como les contaba, creían que su estrella los acompañaría un vez más. Lo cierto, es que allí, los esperaba inesperadamente José. Un duro viejo carpintero, exiliado a las patadas, del norte hambriento, y que la vida lo había llevado a construir una suerte de pesebre precario en el terreno entre la pared y las vías. Entre chapas y maderas, José, no tenía nada. Solos algunos colchones viejos entre pajas, alguna manta raída y algo de madera húmeda para el fuego. Una choza en plena ciudad. Vacío, conservaba, algunas oxidadas y carcomidas herramientas, de su antiguo oficio, que le servían para alguna changa barrial y los clásicos y fieles animales huesudos que siempre acompañan a los hombres en las malas. Nada más. Salvo un hijo, muy querido y perdido. Un pibe, aun tibio y azul envuelto en una sabana sucia, con los pulmones infestados de raticida mezclado y diluido con yeso, fósforo de tubo fluorescente y naftalina. Ya sin tiritar, y con los ojos blancos y ciegos. Los “reyes”, confiados bajaron con los “regalos” prometidos. El primero en caer fulminado por un martillo fue el negro de campera militar y dreadloks. Cayo seco y pesado, como una bolsa de papas.. Se había metido en el pesebre confiado y el sin casco, y el certero mazazo llego de la nada. El petiso, con cara de malo, atónito, fue el blanco de un botellazo certero, que se le filtro entre la visera del casco y lo arrodillo tras el vendaval de patadas precisas. Y ya fue tarde para la reacción, los huesos se quebrantaron chasqueando al unísono. El gordito zafó, ya que nunca se había bajado. Y, sin más y a las apuradas, sacó al “camello rumiando profundo y esforzado, entre matorral y barro, a las apuradas. Y así se perdió como pudo profundo en el desierto. Para siempre. Cuando por fin el huracán cesó, cuentan que pateó a la calle, fuera de Belén a lo que quedaba de los “reyes” y los escupió con una furia vengativa, y luego delicadamente solo cubrió con una frazada al cuerpo frío de su pibe y lo beso en la frente. El pibe ya no estaba. José, el viejo carpintero, se sentó frente al recuerdo inerte y perdido solo esperó. Esperó un milagro. Los poli tardaron algo más de una hora en llegar, junto con la ambulancia. Y allí lo maniataron sin dificultad. Sin resistencia. Les costo algo despegarlo de la sillita. Pero nada más. Mientras lo arrastraban, su mirada seguía fija en la frazada allí en el piso. Seguía allí esperando el milagro. Pero como por aquí, por el sur, andamos medios escasos de milagros, nada sucedió. Y allí en Belén una tarde noche, más exactamente Belén al 100, la leyenda de los “tres reyes magos llego a su fin y se transformo en cuento. Un cuento para niños y no tanto. sacado del blog www.250cm.blogspot.com.ar [
Donde viven los monstruos. Hoy me desperté algo dolorido. Es que la noche se me hizo muy larga esta vez, mucha corrida, mucho escape. Es más creo que perdí algún diente, por ahí. El ultimo emblema que piqué y me fumé mi hizo mal. O era e mala calidad o ya no me pega como antes. Es que se me hace difícil comprar un “paquetito” en la calle. Esta faltando y la poli anda cazando pibes, aparte todos me miran raro, es que estoy algo mas grande y yo, ya no doy tanta lastima, los chiquititos levantan mucho más, creo que las personas están asustadas. Carlitos, el pibe de la placita fea, me enseño como afanar los emblemas de los autos y como picarlos bien finito para enrollarlos y fumamerlos. Es bien fácil, le meto un palito chiquito y con el cuchillito que siempre llevo encima, le hago palanca y sale. A veces se me rompe, pero que importa, ¡si igual yo lo uso para otra cosa! Entonces con el emblema una vez afuera, lo meto en la lata que tengo en la mochila, lo prendo fuego y cuando se derrite y endurece, lo machaco bien chiquito, casi como arroz y después lo envuelvo en papel y listo para fumar y salir volando. Aparte, me saca el hambre. Entonces me transformo en Superman, y vuelo de acá para allá como un superhéroe, la verdad es que mete una pila fenomenal, sí hasta me boxeo con los pies mucho mas grandes y a veces les gano. Ellos andan en banda, pero a mí no me importa mucho. Son cagones que no pelean bien solos, pero como son muchos se agrandan y a los más chicos siempre nos rapiñan todo. El “Granudo”, que vivía en mi mismo barrio, a unos ranchos del mío, es bien turro, pero se hizo el loco con unos pibes grandotes. Quiso afanarse una carterita de un auto, que estaba con las ventanas algo bajas y los que lo vieron, unos tipos que eran enormes, lo molieron, como a los emblemas que fumo. Creo que esta en el instituto o en el hospital, y la verdad es que se lo merece. Por puto y traicionero. La verdad es que no me acuerdo bien que hice a la noche, pero duele. Cada vez que me transformo, me convierto, pero a la mañana ya no me acuerdo, cada vez me acuerdo menos. La ultima vez, “Vero”, la piba que se me pegó no se porque, me contó que estuve divertido. Que nos colamos en un baile y que baile como loco y que después seguimos fumando y que me afané algo de un kiosquito, no se.. unos alfajores, y que los comimos todos. Por eso me dolía la panza al otro día, de tanto comer chocolate. La verdad es que no me gusta afanar, me da miedo. Por eso, solo lo hago cundo me convierto. Creo que mis viejos están “guardados” por chorear, pero hace tanto que no se nada de ellos que ni me importa. Por lo menos la noche se pasa rápido y no me aburro como en el día. Que se yo… me la paso por ahí sin saber que hacer. A veces solo me tiro en algún lado para reponerme. No se, no me gusta hacer nada en especial. Miro a las pibas salir de las escuelas con uniformes, tan lindos, tan limpios. Todas iguales. Hay una medio rubia, medio pecosa, que me vuelve loco. Siempre la espío cuando sale de la escuela con las amigas, se nota que es la “jefa”, porque todas la rodean siempre y se ve que recibe mensajes todo el tiempo porque ni se despega del celular. Una vez los pibes más grandes las afanaron. Yo los vi, les salieron de atrás de un auto abandonado, por el pasaje, y las pibas que andaban re-distraídas con los teléfonos casi se mueren y terminaron todas llorando. A Vero, le pareció divertido porque ella las odia, a mí me dio lastima, en especial por la rubia, quise defenderla pero me dio miedo. Es que solo soy “Superman” de noche. Después de fumar. Por las tardes, me paro a la salida de “Mc Donalds” y alguien siempre me tira algo, unas papas una hamburguesa, o sino me tiro un rato en la puerta de algún súper y hasta que me echan hago unos pesitos. Casi todos los días son iguales. Un día me paso algo muy pero muy raro. Andaba tirado en la puerta, medio tumbado. Había fumado mucho y como no había comido, la cabeza me daba vueltas sin parar. Me tire a tomar sol, en la puerta del supermercado “Coto”, un ratito. Al toque llego Vero a molestar, pero ni bola le dí, es que me dolían los ojos, y se fue enojada para el lado de las vías donde para con otros pibes en un rancho de chapas. Ella empezó a fumar de día también. Siempre se me acercan tipos raros, me invitan caramelos o chocolates, pero les desconfío, tiene la mirada rara, no se.. como tramposa. Me invitan a ir con ellos no se donde, pero yo no voy porque me asustan. Son demasiado buenos, eso es raro. Aparte Vero fue un par de veces y siempre vuelve llorando, aunque traiga algunos pesos para la noche. Esta vez fue distinto, el tipo estacionó una moto gigante, dejó el casco colgando y como si me conociese me pidió que le cuidara la moto y el casco. Yo me paré y se la cuidé. Al rato volvió, me agradeció y me dio diez pesos. Casi me muero, cuanta plata junta!! Me dijo que mañana iba a volver y que siempre que lo vea, me acerque a cuidarle la moto. Yo estaba re-contento, nunca había tenido tanta plata junta de golpe. A la noche, compré y fumé algo mejor. Le compré a “Peto”, él busca de las vías, una bolsa grande y me convertí en un superhéroes con más poderes que nunca. Al otro día, fui directo a la puerta del súper, y como a las dos horas cayó el tipo. Como siempre, se bajó, me hizo unas señas y yo, rajando corrí a cuidarle la moto. Esta vez, como el otro día, me dio la plata y aparte me pregunto si necesitaba algo. Yo tenía sed así que se lo dije y me compro un juguito. Vero, le desconfía. Pero a mi me parece una buena persona. Ella no le cree a nadie. Aparte, charlamos un rato. Le conté que me llamo “Tito” y tengo nueve años, y que siempre ando por acá, le dije que a veces voy por las vías el tren, que paro en un vagón abandonado con muchos pibes, y que no tengo un lugar fijo. Le explique que Vero es buena pero molesta y que a veces me hace compañía. Me preguntó por el colegio y le conté que desde que me rajé de casa, no volví más, y que solo llegué a tercer grado. Eso no pareció sorprenderle y me preguntó sí sabía leer. Yo le dije que algo sabía pero que me costaba y que no me gustaba. Eso le divirtió. Le conté de las chicas del colegio, esas con uniforme y pollerita verde, de la rubia. Él también me contó algo. Que iba, como yo, por todos lados, y que cuando anduviese por acá, yo siempre le iba a cuidar la moto. Que un día me iba a llevar a pasear. Lo que más me gustó es que no preguntaba nada raro, hasta era bastante callado. También me dijo algo que no me gustó, que de vez en cuando pasaba por ahí pero no siempre. Eso me puso algo triste, pero que le voy a hacer. Pasaron un par de días y no apareció, como me había dicho. Yo ya pensaba que no iba a venir más, pero un día, tipo tres de la tarde llegó. Tiró la moto rápido, me hizo una seña y cruzó. Cuando volvió, se me acerco, me dio la plata y sacó de su mochila un paquete. En el paquetito, había un librito. Yo me sorprendí, pero el tipo me dijo y prometió que si lo leía me iba a traer un premio. La verdad es que a mi me cuesta mucho leer, así que con vergüenza se lo dije. No se sorprendió. Agarro el teléfono, llamó a alguien y dijo que iba a llegar tarde, que la moto se había roto. Le mintió. Yo me sorprendí, la moto estaba buenísima. Nos sentamos en el cordón de la vereda, y ahí nomás me leyó las primeras páginas. La gente miraba. Estaba buena la historia, era de un chico, como yo, que se escapa y se va aun lugar lleno de monstruos. Max. se llamaba el chico del cuento. Me lleve el libro y le prometí intentar leerlo. A la noche, no fumé. Prendí una velita, y mientras Vero fumaba y salía con un señor que la llamaba, comencé. “D-o-n-de v-ii-v-en lo-sss mon-s-tru-os”. Decía el titulo. Tarde casi cinco mese en terminarlo, a veces me trababa con una letra o no entendía algo, pero era divertido y también tenía muchos dibujos, así que parecía más corto, y yo para ver los dibujos que venían me apuraba a leer. El tipo siempre que me veía me preguntaba y yo no quería fallarle. Aparte tendría un premio. Todos los pibes se reían de mí, pero eso no me importaba. Estaba bueno el cuento, y encima me parece que las letras se me acomodaron y que me salían mejor. Iba con el libro en la mochila todos los días y siempre leía aunque sea un pedacito, aunque sea chiquito. El día que lo terminé fue el día más feliz de mi vida. Era de noche y llovía mucho así que todos los chicos dormían en un vagón abandonado al costado. Los desperté a todos y me abrazaron, me convertí en el rey, igual que Max, el del cuento. El rey de los monstruos. Lo esperé, pero llovió toda la semana. Cuando vino y le conté. Me abrazó. Me dijo que lo espere mañana al medio día que me traería el premio. Y cumplió. Fuimos a una juguetería, me compro un juego electrónico con mil jueguitos, después entre a Mc Donalds y elegí dos hamburguesas raras, con huevo y cebollitas y todo tambien me senté por primera vez a comer en las mesas, y entre a jugar al pelotero, que tiene más juegos que cualquier plaza. Cuando terminamos, el tipo me abrazo de vuelta, y nos sacamos unas fotos con su celular. En el vagón los chicos estaban esperando. Les mostré el juego y hasta les compartí unas papas que me compre a propósito para ellos. Todos a mi alrededor. Les conte de la jugueteria y de todas las cosas que habían allí, les conte del pelotero y de cuantos gustos de hamburguesas que hay y tambien del super helado de chocolate, dulce de leche y confites que me comí. Ellos estaban sorprendidos. Todos reunidos en circulo y yo en el medio contando. Por primera vez, yo era el “rey de los monstruos” y si...... A veces los cuentos tienen final feliz. SACADO DE MI BLOG WWW.250CMBLOGSPOT.COM.AR
Los cuentos algunas veces se inventan, otras se escuchan, de vez en cuando se imaginan y otros, cuando uno menos lo supone solo aparecen. De la nada, así como un auto a contramano en una calle oscura. Esta vez, va en primera persona. Pero da lo mismo, cada lector puede cerrar los ojos y soñar un ratito que es parte. Que también es su historia, después de todo, estamos en el mismo Titanic, a la deriva y sin saberlo del todo vemos a lo lejos algo que creemos hermoso blanco inmaculado y puro, como bobos y admirados, solo miramos, ahí acercándose lentamente, pero no es ni mas ni menos que esa roca imponente que tarde o temprano nos va a mandar directo al fondo. Helados, solos y chillando mudos en silencio. A todos por igual, alta gama o barranqueros. Venía echando fuego. Saltando de un infierno al otro, con una naturalidad que a veces asusta. Es llamativo, a veces todos tenemos en la cabeza unas luces rojas de alarma, tipo sirenas de bombero, que de vez en cuando se prenden y nos indican el peligro. Una especie de instinto natural, nos guía y nos avisa del riesgo en el que estamos o al que vamos, directo como toro a la cornada. Algunos las notan y las toman en cuenta, otros ni siquiera las ven y ya es tarde, y unos pocos, las vemos relampagueando en centellas y simplemente las dejamos prendidas, en un llameo permanente y nulo. Y se nos hace costumbre. Como cuando se prende, la luz roja del motor en el tablero del auto, y las opciones son simples, o arreglas el motor, o sacas la lámpara o la dejas titilando hasta que ni te das cuenta y forma parte del tablero y sus luces. Como contaba, la vista fija en la calle atestada y nocturna. Los autos eludidos como palos parados, espejos rascándome la cintura, lluvia a palanganas, y una nueva, casual y peligrosa emoción (que no voy a contar para no asustar a aquellos que me conocen). Como decía, venía en llamas por la noche volviendo a la cueva, por la avenida Ángel Gallardo, que es trabada, pero si la sabes desenmarañar y leer bien se hace rápida, y los baldes me inundaban a fondo. Así que ya sin vista a la vista, me metí bajo el techo de lo que solía ser un imperio y ahora era una ruina abandonada, ahí nomás después de cruzar, cual rally, una o dos cuadras la avenida Corrientes. Ya los había visto anteriormente, pero nunca había tenido tiempo de parar. Ya lo saben vengo en llamas. El clásico escenario de siempre. Diez colchones sucios apilados, changuitos de supermercado cargados de bolsas sin sentido, tres o cuatro trapos a modo de mantas y los clásicos beduinos de la calle. Cada uno en la suya. Hablando solos y durmiendo mortálmente. Y la gente pasando a mares, esquivando sin mirar, mirando y esquivando. Un malón de ida y de vuelta. Un polì, que se hace el boludo. Una ambulancia del gobierno de la ciudad escapa furtiva por las dudas, y porqué no, para no enfriar su pizza. Y nuevamente ahí la gente, a campo traviesa, escapando de a piques cortos, eludiendo defensores. Siempre hay historias que contar, sobran. Pero aquel vago, con los pantalones a medio subir, en culo y a los gritos era una situación impensada, hasta para mí que vengo curtidito. Empapado, me acerque a “Don culo al aire” y simplemente le pregunté que es lo que le pasaba. Había perdido la zapatilla, después de hacer sus necesidades, o sea de “cagar”, en el cordón de la vereda. Y estaba desesperado buscándola. - Primero lo primero. Le dije.- Vamos a subirte los “lienzos” y después buscamos la zapatilla. Que al fin de cuentas se encontraba enrollada en un papel de diarios viejo. El tiempo me enseño algunas cosas, no muchas, y una de ellas que seas lo que seas siempre debes mantenerte digno y conservarte así. Derrotado y en la cima. Y así es igual con los demás. Por más que ya no quede nada de nada, la dignidad de un hombre es su bien más preciado, casi su único bien. Su perla. Por eso el poderoso, cualquiera sea su rubro de tortura, es lo primero que trata de quebrar en un hombre ya que es lo único que profana y de lo único que no se recupera. Sin dignidad solo quedan cenizas. Así que como pude, y sinceramente escondiendo el asco, le puse por fin los pantalones y lo dejé allí fundido en su “colchón”. Acto seguido, le convidé un pucho húmedo, que el tipo agradeció como si le hubiese dado una bolsa de oro a un duende. Y entre agradecimientos inconexos me dijo gutural. - Sabes que, sabes a quien te pareces? Te pareces a H.H o a, Siddartha…., si mejor te pareces a Siddartha. Me quede mirándolo, mientras yo mismo prendía un cigarro y me sentaba en cuclillas a su lado, más cerca de lo que me acerco a algún amigo. Mientras el agua menguaba. Sí, había escuchado bien. El tipo me nombraba a dos personajes de los cuentos de Hermann Hesse. - Tu cara es la de los cuentos, si estoy seguro. La cara de aquellos que buscan el camino y están perdidos. Y que no saben, que el camino es la búsqueda, no existe el fin. Sos un caminante..., por ahora perdido, pero en la ruta. Por eso este perdido viejo, limado y disipado, lo sabe. Como a todos ya te va a llegar. Mi nuevo amigazo del alma, sos un caminante, y eso no termina nunca. Seguí buscando. Es tu naturaleza,, pero no hay final. No hay nada. Por eso no dormís, por eso no encajas.¿ O me vas a decir que no sabes nada de lo que te digo?. Acaso no lees Tolstoi o Thoreau y quizas a Conrad. Te gusta. Te gusta meterte derechito en el “corazón de las tinieblas” ¿no? Te gusta revolcarte. ¿No es así? Puse la misma cara que cuando por primera vez me explicaron trigonometría en el secundario. Martillo al clavo salido, que es el que siempre recibe el golpe. - ¿Y vos que haces acá? Le dije desviando el tema, que evidentemente me molestaba. - No hago nada, fumo pasta, y nada más. Que más necesitas saber, no hay mucho. Tuve mujer, hijos y hasta un trabajo. Pero no mucho más. No me acuerdo, lo único que me acuerdo son los libros que leí alguna vez, y que pensé que eran cuentos, pero no acá nomás me ves, hablando con Siddartha en persona. Al fin de cuentas, no eran solo historias. El tipo entre arrebatos y sonrisas vacías me miraba superior, desde una altura incomprensible y lejana. - ¿Y vos que haces?, ya que me preguntas tanto, y de vos ¿que puedo saber?. Seguro sos más interesante que esta bolsa de huesos, aparte a falta e libros un personaje no me viene nada mal, hace rato que no repaso las hojas de alguien. Y de todas maneras mañana ni me voy a acordar. Me gustó la idea de contarle, después de todo me la paso todo el día escuchando pavadas. Aunque no me asumo interesante igual le respondí con simpleza. - No sé trabajo, tengo una familia hermosa, techo, comida todos los días, bue como todos los días, escribo algo, sobre lo que veo en la calle, no mucho. Soy un tipo de vida simple. Que corre siempre desde atrás a la plata. Nada más, eterno corredor de la coneja. Un lindo burgués. Bien comuncito. - Entiendo, entonces te ganas la vida escribiendo no? - No estas loco?!!, tengo que trabajar. No me refería a eso lo de escribir es… digamos un hobby, una salida, un escape. - Yo si me refería a eso, justo a eso. Trabajo es trabajo. Vida es vida. La verdad es que no quise entender la comparación así que rápidamente, como una liebre en fuga, le cambie el ángulo a la pelota. Siempre es más fácil escapar hacía adelante. Nos desvariamos un poco a propósito, en la conversación. A ninguno le gustaba meterse en el hoyo profundo, especialmente a mí. A él por lo visto no le importaba ya estaba metido allí.. Picoteamos algo entre mujeres perdidas y encontradas. La pasta base y su valor en el mercado? y algo sobre la comida. Nada serio. Y al fin tras unos cuarenta minutos, me bendijo como un párroco de iglesia de pueblo y nos despedimos. Le pedí una foto, pero se negó y yo lo comprendí. - Cuídate pibe! La moto es peligrosa, la calle es peligrosa. Yo me reí algo nervioso, y metí las manos en mi bolsillo flaco para darle unos mangos. Saque diez pesos arrugados y se los dí. Lucido y gentil, el tipo me miró y me dijo. - “Primero lo primero” y me extendió la mano para darme un fuerte apretón Nos saludamos como se saludan los hombres. Cortos y firmes. Separó sus manos llenas de callos y mugres y feliz ahora sí agarró la plata. La guardó y me dijo algo emocionado. - El contacto, el contacto humano. Es lo único que extraño de todo esto, hace mucho, mucho tiempo que nadie me toca y que no toco a nadie. El contacto humano es lo único que extraño realmente. Lo único que te mantiene cuerdo en el camino. Una cuerda de agarre, un ancla en el camino. Vos me la regalaste, eso y tiempo, también palabras coherentes, ah y también diez pesos para pasta y lo más importante este apretón, muchísimo me regalaste. Yo no tengo nada para darte a cambio. Gracias, yo soy Carpincho, te doy mi nombre, para lo que necesites. Y automáticamente se sacó la gorra surcada y me mostró unos pelos locos, parados y rojos. Quizás cuando me vuelvas a ver yo no te reconozca, así que adiós para siempre. De nuevo ojo con la lluvia que es peligrosa para el camino de retorno. Nuevamente gracias y disculpa que no te pueda dar nada. Prendí la moto y entre pequeñas gotitas de agua que se habían filtrado en la visera me marché dentro de la noche. Y a lo lejos Capincho se perdió de vista. Carpincho, pobre iluso, aun cree que no me regaló nada. UN GRA APRETON, CHAU CARPINCHO. SACADO DEL BLOG WWW.250CM.BLOGSPOT.COM.AR

Repasó una vez más el trayecto de la navaja con sus manos aún húmedas y arrugadas. Despejó la neblina, el vapor formado en el espejo del baño y por última vez, revisó rigurosamente cada surco de su rostro. Una afeitada perfecta. Sin rastros.Mezcló en el aire la fragancia de sus tres perfumes favoritos y se las impregnó, sutilmente. Conocía bien la combinación justa. La formula precisa, esa que tan bien le calzaba. Goteando un tanto, se dirigió a la habitación, donde un traje impecable y nuevo, descansaba embolsado en su inmensa cama, alumbrado tenue con la luz bronce de un velador arrinconado. Se lo calzó como un experto y se reflejó en el espejo de un vestidor que encendió la inmensa y blanca habitación en un segundo. Retocó una vez más el calce del perfecto traje y con un cepillo de pelo fino se alisó y ordeno la cabellera entrecana y azabache, abundante y ordenada; con un corte de cientos.Los zapatos, brillantes, finos e italianos, fueron el toque final; un broche de oro a su nivel.Por fin sería la noche. Esa noche tan esperada luego de los múltiples rechazos. Ahora sí estaba capacitado plenamente. No en vano había pasado los últimos treinta y cinco años preparándose. El celular sonando a toda hora, las reuniones extra largas y danzadoras. Las pilas de dinero acumulándose y yéndose en vanidades sin sentido ni dirección. Días enteros metidos en una dieta estricta y fibrosa. Tarde tras tarde, endureciéndose y transpirando en un gimnasio de alta gama, metido de cabeza entre rodillos y pesas. Todo un cúmulo estricto y riguroso de rituales, apilado día tras día para sacar lo mejor. Para hacerlo un hombre mejor, el mejor. Y vaya si lo había logrado.Constructor de un imperio sin techo, dinero apilado a montañas, deportista cabal, y macho codiciado como un “pura sangre”. Todo un ejemplo de ascendencia social.Y así, perfecto, prolijo, vigoroso y decidido, se subió a su auto impecable y puso marcha hacía la noche de su profecía. El camino se abría ante él, con un respeto temeroso y noble. Las calles caras de la ciudad lo veneraban a cada paso.Una suave sintonía en blue, aullaba de fondo por los parlantes precisos y un viento perfumado de hierbas floreadas se colaba por las rendijas del habitáculo. Viajaba en paz, solo recordando aquello que lo había conmovido hasta los huesos el murmullo de aquellas últimas palabras que lo habían bifurcado hace muchísimos. Machacándolo para siempre. “Inestable emocionalmente”. Aquello fue lo último que escucho salir de esos labios crema que ahora se perdían en el tiempo. Ni la guerra, ni la muerte, ni la enfermedad, ni siquiera la traición de un amigo. Nada cala más profundo en la mente de un hombre que una mujer.Nada lastima tan hondo y tan duro. No hay dagas tan filosas ni tan profundas. La mujer, es lo único que pone al hombre bajo las suelas, directo a oler el piso. Y es lo único que lo deja sin caminos y en penumbras, solo vislumbrando entre sombras un farol lejano y esquivo.Y ahí donde los caminos se separan y las heridas se agrandan solo quedan un puñado pequeño de opciones a mano. Una sola mano para jugar. Con la mayoría de las cartas ridículamente marcadas y adormecedoras, y algunas, solo algunas pocas liberadoras.Entonces, aferrado a una suerte de revancha él se dirigía fortalecido por primera vez, en todos los años pasados. Como nunca antes. Llevaba aprisionando en su mente en racimo, las imágenes que no lo dejaban respirar desde siempre. Siempre, ella.En cada mujer se escondía. Su rostro de antaño era el de cada chica que le sonreía fútil en el gimnasio. El fulgor de su voz, en cada carcajada de sus subordinadas regaladas. Su lejano aroma, surgiendo de la nada en la calle más insólita. Era la dama detrás de cada decisión empresarial. Era la sombra, atormentadora en cada una de sus múltiples, incontables y deseosas amantes. Era el vapor difuso de cada mañana y el fantasma de cada noche. El único motivo, por el cual se había preparado toda la vida. La razón y el fin. Solo por eso había decidido a seguir. No había otra razón. Es por eso, que los abrazos exagerados y falsos lo abrumaron de inmediato al llegar, eso y sentir el olor mezclado entre admiración y recelo.Una y otra vez había rechazado ir esos encuentros, que cada tanto, viejos conocidos y compañeros hacían. Y ahora era su victima más fácil. Reuniones llenas de museos y novedades. Sonrisas incomprensiblemente lejanas y falsas, viciadas de tiempo.Aquellas siluetas del pasado ahora eran caricaturas sin simpatía, revestidas de un crepúsculo que él no poseía. Era la torre en un derribe generalizado y las palmadas tontas y aduladoras no hacían más que adormecerlo.Hace tanto que no escuchaba esa música, ni caminaba en ese lugar, entre esas luces y personas densas y pasadas que le parecía estar flotando. Ni siquiera el alcohol, fiel ladero, lo ayudaba a soporta unos minutos allí. Se le hacía insoportable. Aun así estaba alerta y al sobrevuelo. Esperando una pista.Solo una mirada, un cruce, quizás una sonrisa disimulada. Nada más necesitaba.No buscaba arrancarla de los brazos de su hombre, ni hacerle una escena gloriosa de revancha. No era su estilo. Era poco lo que realmente necesitaba, solo esperaba una mínima señal. Algo que le hiciese saber que ella lo sabía, que frente a ella estaba su error. Simplemente eso. Interiormente esperaba verla, fea y envejecida. Deteriorada con el paso del tiempo marcado en su rostro arrepentido, pero también, más dentro y más profundo que cualquier sentimiento sabía que sería igual. Solo una falsa defensa, una empalizada frágil construida inútilmente. Solo esperaba no exagerar, ni en la derrota ni en la victoria. Y flotando, se metió en la escena. Actuando solo lo necesario. Y de pronto. Como un halcón detecta a un conejo en la maleza. Cuando aquella vieja canción interminable terminó de sonar. Simplemente y casi por casualidad y sin encanto la advirtió. Sin magia sin estruendos. Cuando la noche se hacía más noche. Él de entre todas la vislumbro. Como a un sol saliente. Su nuca sintió el suave y punzante golpe de una mirada. Y girando lento la vio allí. Entre todas, aun reinaba. Bastó con una sola mirada cruzada intensa y atormentada, de no más un minuto, directa lejana y a los ojos, para por fin entenderlo todo. Era suya. Siempre. De lejos, su victoria se le hizo dolorosamente sabrosa.A pesar del tiempo, esperado solo ese segundo le bastó para por fin comprender y saber aquello que lo comía desde adentro. El lo sabía, ella también lo supo. Ambos comprendieron. Lejanos y rápidamente. Y fue suficiente para siempre. Ya estaba satisfecho, después de todo, entendió que fue un camino cruzado antes de lo esperado. Solo eso. Un viejo tablero reacomodado. Ya era hora de volver a casa. Volver y espantar a los espíritus.Adiós al pasado. Por la mañana un nuevo sol saldría, calido e intenso. Una motocicleta con el escape roto lo despertó de repente, en plena calle dura de cemento, piedra y suciedad. Gritos y bocinas.El sol a sus espaldas lo contorneó.Su cabello, como siempre, ondulado en un costado, erizado por detrás y sucio de la frente hasta las costras terrosas del fondo de su cabeza y en su barba negra; difusa y profunda.El castillo de botellas vacías de plástico cortado, donde reinaba estaba derrumbado y desparramado por toda la calle ruidosa y humeante de aceite quemado a su alrededor. Todo entre bolsas de basura acumulada, de años. Su vieja manta sucia y raída cubriendo, solo la parte del cuerpo que aun se movía sus ordenes. Dos remeras viejas junto un par de simulacros de zapatos yacían inertes a unos centímetros de aquella mano que se movía sola, entre espasmos y calambres permanentes. Como pudo y apoyado en un viejo tabique de madera, se levantó y arrastrando una pierna muerta, fue hacia la moto que lo había arrancado del sueño, para increparla incomprensiblemente.Al rato volvió con un cigarrillo negro a modo de disculpas y lo desayunó junto al resto Fernet que quedaba en el fondo de un pedazo de vaso plástico viejo. Su mente ya no era suya y como un animal terminado, solo lo movía un atisbo de instinto de supervivencia. La gente, lo esquivaba. Ido para siempre, de vez en cuando, salía de su castillo de plástico como poseído por Satanás, pero al rato siempre entre temblores descontrolados de aquella mitad que ya no le pertenecía volvía. Un olor reconocido, lo desparramó una vez más como un rayo y allí fue, solo para volver una vez más de entre los autos entre bocinazos e insultos sordos. Lejano pareció reconocer a alguien, y aunque no sabía quien era igual le lanzó un beso perdido al aire. Y nuevamente a perderse entre los desacoples de su mente, fragmentada para siempre. Vació, solo, ciego, entumecido y desvariado.Solo un sutil y mínimo recuerdo quedaba prendido dentro de él. Profundo dentro de una cabeza apagada. Una pequeñísima lucecita amarillenta. Una vela gastada y fundida. Aquella alucinación que lo perseguía desde siempre, a la que seguramente retornaría en un rato más, para darle aire y vida por un tiempo. Quizás después de todo no era la supervivencia lo que lo movía. Quizás era algo más. Otro instinto, primitivo y básico. Volver aunque sea una vez más. A su vieja, querida, y terrible, dulce pesadilla. www.250cm.blogspot.com.ar