Parte 2
Para ser más exactos en Belén al 100, frente a las vías del Sarmiento.
Al parecer era un buen cliente y si bien el horario era extraño, los “reyes magos”, cru Un día los “reyes magos”, tenían una entrega extra, de “regalos” en Belén.
zaron al oriente siguiendo su buena estrella. Según cuentan tenían un proyecto de pequeña PYME, mezcladora y diluyente, independiente naciente entre manos y como les contaba, creían que su estrella los acompañaría un vez más.
Lo cierto, es que allí, los esperaba inesperadamente José.
Un duro viejo carpintero, exiliado a las patadas, del norte hambriento, y que la vida lo había llevado a construir una suerte de pesebre precario en el terreno entre la pared y las vías. Entre chapas y maderas, José, no tenía nada. Solos algunos colchones viejos entre pajas, alguna manta raída y algo de madera húmeda para el fuego. Una choza en plena ciudad. Vacío, conservaba, algunas oxidadas y carcomidas herramientas, de su antiguo oficio, que le servían para alguna changa barrial y los clásicos y fieles animales huesudos que siempre acompañan a los hombres en las malas. Nada más.
Salvo un hijo, muy querido y perdido. Un pibe, aun tibio y azul envuelto en una sabana sucia, con los pulmones infestados de raticida mezclado y diluido con yeso, fósforo de tubo fluorescente y naftalina. Ya sin tiritar, y con los ojos blancos y ciegos.
Los “reyes”, confiados bajaron con los “regalos” prometidos.
El primero en caer fulminado por un martillo fue el negro de campera militar y dreadloks. Cayo seco y pesado, como una bolsa de papas..
Se había metido en el pesebre confiado y el sin casco, y el certero mazazo llego de la nada. El petiso, con cara de malo, atónito, fue el blanco de un botellazo certero, que se le filtro entre la visera del casco y lo arrodillo tras el vendaval de patadas precisas. Y ya fue tarde para la reacción, los huesos se quebrantaron chasqueando al unísono. El gordito zafó, ya que nunca se había bajado. Y, sin más y a las apuradas, sacó al “camello rumiando profundo y esforzado, entre matorral y barro, a las apuradas. Y así se perdió como pudo profundo en el desierto. Para siempre.
Cuando por fin el huracán cesó, cuentan que pateó a la calle, fuera de Belén a lo que quedaba de los “reyes” y los escupió con una furia vengativa, y luego delicadamente solo cubrió con una frazada al cuerpo frío de su pibe y lo beso en la frente. El pibe ya no estaba.
José, el viejo carpintero, se sentó frente al recuerdo inerte y perdido solo esperó.
Esperó un milagro.
Los poli tardaron algo más de una hora en llegar, junto con la ambulancia. Y allí lo maniataron sin dificultad. Sin resistencia.
Les costo algo despegarlo de la sillita. Pero nada más.
Mientras lo arrastraban, su mirada seguía fija en la frazada allí en el piso. Seguía allí esperando el milagro.
Pero como por aquí, por el sur, andamos medios escasos de milagros, nada sucedió.
Y allí en Belén una tarde noche, más exactamente Belén al 100, la leyenda de los “tres reyes magos llego a su fin y se transformo en cuento. Un cuento para niños y no tanto.
sacado del blog www.250cm.blogspot.com.ar
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Para ser más exactos en Belén al 100, frente a las vías del Sarmiento.
Al parecer era un buen cliente y si bien el horario era extraño, los “reyes magos”, cru Un día los “reyes magos”, tenían una entrega extra, de “regalos” en Belén.
zaron al oriente siguiendo su buena estrella. Según cuentan tenían un proyecto de pequeña PYME, mezcladora y diluyente, independiente naciente entre manos y como les contaba, creían que su estrella los acompañaría un vez más.
Lo cierto, es que allí, los esperaba inesperadamente José.
Un duro viejo carpintero, exiliado a las patadas, del norte hambriento, y que la vida lo había llevado a construir una suerte de pesebre precario en el terreno entre la pared y las vías. Entre chapas y maderas, José, no tenía nada. Solos algunos colchones viejos entre pajas, alguna manta raída y algo de madera húmeda para el fuego. Una choza en plena ciudad. Vacío, conservaba, algunas oxidadas y carcomidas herramientas, de su antiguo oficio, que le servían para alguna changa barrial y los clásicos y fieles animales huesudos que siempre acompañan a los hombres en las malas. Nada más.
Salvo un hijo, muy querido y perdido. Un pibe, aun tibio y azul envuelto en una sabana sucia, con los pulmones infestados de raticida mezclado y diluido con yeso, fósforo de tubo fluorescente y naftalina. Ya sin tiritar, y con los ojos blancos y ciegos.
Los “reyes”, confiados bajaron con los “regalos” prometidos.
El primero en caer fulminado por un martillo fue el negro de campera militar y dreadloks. Cayo seco y pesado, como una bolsa de papas..
Se había metido en el pesebre confiado y el sin casco, y el certero mazazo llego de la nada. El petiso, con cara de malo, atónito, fue el blanco de un botellazo certero, que se le filtro entre la visera del casco y lo arrodillo tras el vendaval de patadas precisas. Y ya fue tarde para la reacción, los huesos se quebrantaron chasqueando al unísono. El gordito zafó, ya que nunca se había bajado. Y, sin más y a las apuradas, sacó al “camello rumiando profundo y esforzado, entre matorral y barro, a las apuradas. Y así se perdió como pudo profundo en el desierto. Para siempre.
Cuando por fin el huracán cesó, cuentan que pateó a la calle, fuera de Belén a lo que quedaba de los “reyes” y los escupió con una furia vengativa, y luego delicadamente solo cubrió con una frazada al cuerpo frío de su pibe y lo beso en la frente. El pibe ya no estaba.
José, el viejo carpintero, se sentó frente al recuerdo inerte y perdido solo esperó.
Esperó un milagro.
Los poli tardaron algo más de una hora en llegar, junto con la ambulancia. Y allí lo maniataron sin dificultad. Sin resistencia.
Les costo algo despegarlo de la sillita. Pero nada más.
Mientras lo arrastraban, su mirada seguía fija en la frazada allí en el piso. Seguía allí esperando el milagro.
Pero como por aquí, por el sur, andamos medios escasos de milagros, nada sucedió.
Y allí en Belén una tarde noche, más exactamente Belén al 100, la leyenda de los “tres reyes magos llego a su fin y se transformo en cuento. Un cuento para niños y no tanto.
sacado del blog www.250cm.blogspot.com.ar
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