IreneOliveira
Usuario (Argentina)
Miroslav Tichý tomó alrededor de cien fotografías al día con su cámara hechiza, deambulando por las calles de su pueblo. Su trabajo fue un secreto por más de veinte años, hasta que un amigo de la infancia y vecino descubrió sus impresiones en medio del caos de rollos sin revelar y cámaras de cartón. Desde entonces su trabajo ha sido celebrado en museos y galerías de todo el mundo incluyendo Londres, París y Nueva York. Nacido en 1926, Tichý fue aceptado a la Academia de Bellas Artes en Praga, pero después de la ocupación comunista en 1948 se reveló contra los requerimientos de retratar a trabajadores socialistas en sus overoles en lugar de a mujeres desnudas y renunció a la escuela. Después de esto Tichý fue forzado a hacer un servicio militar compulsivo y cuando salió se volvió cada vez más excéntrico. Dejó de preocuparse por su apariencia y se dedicó a construir cámaras intencionalmente imperfectas y experimentar con la fotografía. La mayoría de las mujeres en las fotos de Tichý desconocían por completo el hecho de que estaban siendo fotografiadas. El aspecto de las cámaras del hombre daba la impresión de ser juguetes, así que algunas de ellas simplemente le sonreían al loco local y eran amables con él. Alguna vez dijo: “Primero que nada tienes que tener una cámara mala, y, si quieres ser famoso, debes hacer algo mucho más mal hecho que nadie en el mundo entero”.
Paula. Dice que su nombre es Paula. Le creo. Le creo que así debe llamarse. Tiene cara de Paula. - ¿Qué es el hilito ese, el que las lámparas tienen dentro?- pregunta, mordiéndose el meñique izquierdo. - Ni idea, Pau. Creo que era un metal raro, algo así- Escucha mi respuesta mordiéndose -ahora- la uña del anular, apretando el maxilar un poco contra la mandíbula. La vista perdida. Entonces, se levanta rápido de la cama. Hace dos o tres pasos. Se sienta en el escritorio, junto a su pc. Mueve el mouse de manera frenética, de un lado hacia el otro. Ella hubiera dado lo que sea para que la computadora reaccionara más rápido, para que el protector de pantalla dejara de protegerla. En menos de un minuto, entonces, la pantalla vuelve a hacerse visible, iluminando la habitación entera. Tres o cuatro clicks. Escribe algo en el teclado. -Tungsteno- dice. -¿Qué?- -Tungsteno, el filamento que al calentarse produce la luz es de tungsteno. Yo soy como el tungsteno- me dice. Y sonríe. Algo me ilumina entonces, si. Ahora lo entiendo: los vestidos fueron creados para ser llevados sólo por mujeres que sonríen. Nadie, sino sólo esas minas que saben sonreír deben llevarlos. Sólo ellas. Le devuelvo la sonrisa. Estoy en su trampa, ya. Puse la gamba, flaca, mordeme: -¿Por qué? –le pregunte. Respira profundo –deliberadamente-. No me responde, se muerde los labios, quiere cantarme. Pero sabe que tiene ventaja. Calla. Apaga el monitor, el cuarto se hace más oscuro -otra vez-. En la oscuridad que se tuesta lentamente en mis ojos, veo como entre sombras ella deja caer sus telas. Siento que se acerca. Agarra mis hombros entre sus manos y se vuelca sobre mi pecho. -Tungsteno, nene- Ilumino. Tardo en quemarme. Hace un tiempo, escuché un pájaro volar. Lo despedí sin saberlo, con las manos extendidas, los hombros tímidos. Con los ojos sin abrir. Un filamento con plumitas, un adiós de alambres. No volveré a verla, a Paula. Así se llamaba -eso decía-. Paula.
Y siempre será así. Estamos destinados, si es que el destino existe, a las idas y vueltas. A la espantosa levedad de quien dice que no ama y al instante se arrepiente de haberlo pronunciado, porque cuando las palabras emergieron sintió lo que había afirmado no padecer, y con miedo se lo escondió, ya había hablado, no podía retractarse. Es nuestra historia, es esa duda que no nos permite dormir de noche, que solo deja de ser un dilema cuando se materializa, se pone en palabras frente a un otro, un ente cualquiera que solo sirve para escuchar verdades que después de dichas mutan a mentiras. Cambiamos constantemente, pero volvemos siempre al mismo punto, al querernos, odiarnos y amarnos devuelta con más fuerza, buscando escaparnos. ¿Cuántas veces habré observado el precipicio calculando si saltar desde allí me quitaría la vida? ¿Y cuántas otras me privé del goce de intentarlo? Sintiéndome flotar lo miraba, el vacío negro debajo de mis pies. Pensé que ya no necesitaría amigos para dejar de sentirme sola, pensé que si lo concretaba no habría más dolor, más miedo, más yo. Un pequeño salto puede curar todos esos males que padezco. Solo uno. Pero la valentía se escondía, no dejaba verse, se evaporaba más a cada segundo. Pronto me invadió esa absurda sensación de que todavía no era mi hora ¡Qué gran mentira aquella! Cualquier tiempo es bueno para morir, para experimentar eso que se vive una sola vez, que te hace feliz, que te hace nada. Recordé todo lo bueno que tengo y que no me alcanza. Nunca me bastó nada, jamás algo me hizo feliz por más de segundos. Es lindo tener cosas, pero pronto la sensación se va y te deja con un objeto más que no es distinto a los demás. Y así fluye mi vida, o lo que queda de ella. Llena de cosas que algún día deseé con toda mi alma (si es que esa no es una mentira más) y que hoy no destacan entre aquella gigante pila de cosas obsoletas que no me importaría descartar. Nunca le dije que lo quería, jamás. Creo que omitir las obviedades es lo mejor que se puede hacer siempre, ahorrar saliva y conservar las calorías que se podrían haber gastado en el acto de hablar. Es que, ¿por qué le diría a alguien que lo aprecio, cuando ya se da por hecho, cuando se expresa en acciones? Además, si es verdadero el afecto, no sería necesario recalcar con palabras algo que sabemos es mutuo, la magia se puede evaporar al pronunciar. Él es todo lo que tengo, no veo a nadie más, le pertenezco, pero no me pertenece: tiene a otros. Sí, soledad me dicen a veces, cuando se cansan de llamarme con mi nombre. Una sola persona me conoce y ella sabe más de mí que cualquier otro, inclusive yo. No hay amor de la clase que te hace dibujar corazones por las paredes, ni mencionar su nombre a todos. No, nada de eso. Es más bien algo que cualquiera puede percibir, hasta en la forma de mirar. Desde andenes enfrentados nos miramos, hasta que el tren llega, ¡Tiempo récord ésta vez! Nunca viene más rápido que cuando tengo el placer de observarte, qué honor aquél.
Sus manos me acarician, rozan mi piel dibujando formas amorfas que disfruto en cada milímetro de su extensión. Sus dedos van de peca en peca, creando una constelación, identificando patrones, inventando teorías sobre la formación de efélides en el pellejo. Me limito a tocar su mano de vez en cuando, como una forma de retribución por el amor en la fricción. Me sonríe, le sonrío, para, le pido más, continúa. Y así vivimos, disfrutando de lo que puede llamarse amor carnal, ternura en el epitelio, sucesiones de caricias, pocas palabras y las escasas que se pronuncian ya fueron alguna vez dichas. Con tan poco, tan superficialmente conseguíamos felicidad, de ésa que no puede describirse, porque cuando se piensa que uno está feliz ésta se evapora, se va junto con la irrealidad de un pensamiento absurdo que llevan las manos ajenas arrastrando las yemas de los dedos por la espalda con delicadeza, adormilándote, haciéndote flotar en una nube. Todo eso huye en un suspiro, en un pensamiento que no tuvo que haber surgido en ése momento ni en ése lugar. Y en ése éxtasis, en el eterno amor efímero, fugaz placer con días contados, allí habitábamos. Del sillón a la cama y de la cama al sillón, estupefactos ante tal cariño que emanábamos, ante la comunicación insólitamente lasciva que llevábamos. Todo se remontaba a la precariedad existente del humano, a la más débil debilidad: al amor puro, sin dicción, sin idiomas, universal.
Tal vez la velocidad y eficacia de nuevas tecnologías nos acostumbraron a conseguir resultados óptimos en apenas segundos. Y con ello nuestro desafío dejó de ser cada modesto problema para concentrarnos en el único gran objetivo de lograrlo todo. No es que antes no se tuviera el anhelo o la ambición de alcanzar la cima, pero sí había más espacio para deleitarse con el ascenso de cada paso. Como si en otros tiempos la lógica del éxito, tanto personal como profesional, se hubiese movido por escaleras y hoy lo hiciera a la velocidad de un ascensor ultrainteligente. Ya no hay escalones, sólo un piso al final. Y se logran cosas increíbles -como empresarios exitosos a los 18, la casa soñada a los 30, el mundo entero recorrido a los 40-; pero la aceleración en el modo de vivir la vida tiene un costo altísimo que hoy se patentiza en cientos de rostros tristes que deambulan abrumados por un fenómeno al que nombran con el eufemismo de prisa cotidiana . Tantos logros y ¿nadie está contento? Desde ya, no se trata de la realidad de todos, pero sí de una tendencia notable en la clase profesional urbana. Muchas de esas caras tristes tienen problemas para dormir. Son las mismas que acumulan pilas de diplomas que ya no enmarcan -para qué si total hoy todos los tienen-, que viven en casas con jardines a los que apenas asoman porque no hay tiempo para descansar y tienen hijos que apenas conocen de tanto invertir en pos de un futuro que no da tiempo para hoy. Sin embargo quien mira no ve más que un brillo envidiable... carrera, auto, casa, familia, juventud, belleza. Lo tienen todo y tan rápido, ¿de qué podrían quejarse? Pero sus cajones atiborrados de ansiolíticos delatan apenas una parte de la grieta. Carcome la sensación de que nada alcanza, nada llena, siempre falta más. Lo mucho que se tiene no cuenta, es muy poco comparado con todo lo de los demás. Obsesiona conseguir eso que no se tiene y que, increíblemente, ni se sabe qué es pero hay que tenerlo ya. Entonces predomina una frustración constante que convierte la vida en un correr permanente en busca de ese no sé qué; un correr como de un chico desesperado que huye y tiene ganas de llorar. ¡Pero eso nunca! En cambio, se frunce el ceño, se pone distancia, se ahoga en la incomunicación y ya casi ni se levanta la mirada de la pantalla por temor a que otro pueda descubrir la tan vergonzante vulnerabilidad. Se ha perdido la capacidad de recorrer alegremente caminos y de disfrutar en su tránsito los olores, las vistas, las sorpresas e incluso la satisfacción de remover piedras para poder liberar el paso. Hoy la llegada desvela, oprime y en el medio no hay riqueza alguna capaz de detener la marcha. La mirada se orienta sólo a resultados, el mandato es no dejar de producir. El camino hay que pasarlo rápido y con anestesia para evitar cualquier sufrimiento. Pero cuando se alcanza la meta ni siquiera hay destellos de felicidad, sólo una mueca exterior de autoestima que convive con el eco interior de innumerables risas perdidas en el viaje. Muchos hoy tienen la suerte -o la desgracia- de obtener lo que quieren en forma casi inmediata. Los chicos ya no esperan a Papá Noel para conseguir el regalo soñado porque basta un suspiro o un puchero para conmover a una generación de padres culposos. Padres que al mismo tiempo que dan ese regalo, les quitan a sus hijos la posibilidad del sueño. Y ya desde chicos la capacidad de espera con todas sus virtudes pierde terreno en un mundo "a mil". Tampoco hay lugar para la oración y el escepticismo ya no alcanza únicamente a Dios sino al propio hombre; la fe moderna parece reducirse a una caja de pastillas mágicas. El talento brota como nunca, pero la ansiedad devora el placer de estar vivos y el único sueño posible es químico. ¡Es hora de levantarse! Y de entregarse a los afectos para celebrar la vida y compartir el sano sufrimiento del mundo real.
Te mentiría si te dijera que solo quería un abrazo, estar cerca tuyo, hablar. Te engañaría, también, si te dijera que buscaba que fueras mío. Lo que anhelaba era enfermarme de vos, tenerte hasta hartarme y seguir viéndote conmigo, ansiaba algo atemporal y ajeno a todo lo demás, una incógnita en la que nosotros seamos lo único develado, solo nosotros y miles de X al rededor yertas, estáticas, sin importancia. Pero los ideales ideales solo son, y para una realidad así hacen falta dos. Tengo miedo de caer en clichés, pero nunca me enseñaron, nadie, jamás, a describir, a traducir sentimientos. Porque de verdad, esta tarea se torna imposible tratándose de vos y el eterno y profundo "no sé qué" que te tengo. Las lágrimas brotan y un pequeño oasis nace en mi mejilla, cae hacia mi cuello y lentamente de allí se evapora. Lloro sin razón a veces, quizás por la distancia, tal vez por la realidad. Me hacés mal. Te odio, repugno el hecho de amarte de la forma en que lo hago, ésta debilidad tan advertible, el escalofrío que se hace presente en mi cuerpo al verte, que el corazón se estruje, retuerza y estalle cada vez que escucho tu voz, la gelatina en la que me convierto al hacerse presente tu figura. Me tenés tan debil, tan tuya. Lamento cada día y cada noche que ames a alguien más. Lo sufro con el alma, con el corazón, con todo eso que se usa para sufrir, y que a todos siempre les duele. Mi mente suele divagar por posibilidades de una relación, algo duradero y lleno de amor. Lo usual. Pero siempre se hace presente el "soñar no cuesta nada, pero lo único que lográs es perder tiempo y desearlo más" y lo íntegro se desintegra, me siento muriendo, y solo allí vuelvo a la realidad, a la triste verdad de continuar con mi vida fansaseando pasarla a tu lado. Y si querés leer un poco más: http://mentirasazuladas.blogspot.com.ar/
Los adoquines bien oscuros y brillantes, con ese color que se forma de tanto apretar el lápiz negro cuando pintás. Los árboles, vestigios de lo que antes fue, se apenan en sus diminutas prisiones de baldosas, algunos asfixiados que no supieron cómo morir dejan ver sus raíces entre losas destrozadas que los días de lluvia, al pasar sobre ellas, lloran sus cortes salpicándote el pantalón. Un pie se aferra bien al piso mientras que el otro se desplaza, toma el rol del primero pero con una diferencia espacial que depende del largo de tus piernas y de cuán apurado estás. Así paseás esperando encontrar algo que te haga encontrarte ¿quizás? La ciudad te suele adormilar, pese a sus ruidos punzantes que parecen no tocarte vos te deslizás por sobre las baldosas calculando cuánto habrá de faltar para poder pisar una de forma rectangular, de esas que sirven para andar en patines. decepcionante, perdón
Una serie de estudios realizados en Miami, Estados Unidos, determinaron los efectos que produce cada género musical en el cerebro y la respuesta del ser humano a estos estímulos. Música clásica Hace tiempo son conocidos los efectos que causa la Música Clásica en el ser humano, como el "Efecto Mozart" que afirma que los fetos y bebés que escuchan esta música -especialmente de Mozart y Vivaldi- tienden a estar más tranquilos, concentrados y abiertos a los estímulos. Recientemente se ha descubierto que fomenta hábitos de aprendizaje y que es capaz de hacer más inteligentes y razonables a las personas. A su vez, hace más eficiente la capacidad de pensamiento y memoria y genera una entronización social. Sus efectos son similares a los de la meditación, relajación e incluso a los que dejan las aguas termales o un spa. Hard Rock La música Hard Rock, especialmente la de algunos artistas como AC/DC y Judas Priest, es capaz de quitar la angustia y el dolor, hacer olvidar de los problemas y suele mejorar el ánimo y poner al oyente de buen humor. También reduce el stress y ayuda a seguir adelante. Sus efectos se comparan con los de algunos componentes presentes en bebidas alcohólicas, pero sin la resaca y los problemas de la borrachera. Música romántica, soul y baladas Sobre este género es bien sabido que estimula la oxitocina, la llamada “hormona del amor”, que tiene que ver con los sentimientos y la excitación. Sus efectos son comparables a los de los chocolates suaves y tragos amargos con cafeína. Metal Se supone que esta música aumenta el nivel de las hormonas luteinizantes de una manera peculiar. Cuando el cerebro recibe estos estímulos, las hormonas más potentes, como la testosterona, empiezan a alterarse. Se produce una explosión de energía y luego de un rato de terminada la música, estos compuestos se disuelven, entonces otros deben reemplazarlos. Las zonas occipitales estimuladas comienzan a liberar estrógenos, que vuelven reflexivos o nostálgicos a los oyentes. Los efectos se comparan con los de la marihuana. Hip Hop y electrónica Los efectos de estos géneros son similares, porque estimulan hormonas energéticas que promueven la actividad constante. Es por esta razón que funcionan para bailar o hacer deporte. Se compara con lo que producen los energizantes y bebidas vitamínicas. Cumbia y reggaeton Cuando los participantes de la investigación fueron sometidos a escuchar estos estilos de música, los expertos observaron que el efecto es totalmente contrario al de la música clásica. Se descubrió que la cumbia y el reggaeton entontecen a las personas ¿Por qué? Porque daña el hipotálamo, disminuye la capacidad cerebral y disminuye la memoria a corto plazo. Como consecuencia, el aprendizaje cuesta más. Disco y Pop Los efectos de estos estilos son muy parecidos. Fomentan la alegría y el gozo, hacen perder los miedos y tomar coraje para cualquier tipo de acción. Los efectos son similares a los de la glucosa y estrógeno juntos. Jazz y Blues Estos géneros de la pre-guerra comparten el sentido de la liberación espiritual a través de la angustia y la tristeza. Pero a diferencia de lo que se cree, este tipo de música no pone al oyente melancólico. En realidad hace que la tristeza desaparezca, fomenta la sinceridad y serenidad, es muy liberadora, agudiza los sentidos y tranquiliza la mente. Dicen que sus efectos son similares a los de los cigarrillos.