Los adoquines bien oscuros y brillantes, con ese color que se forma de tanto apretar el lápiz negro cuando pintás. Los árboles, vestigios de lo que antes fue, se apenan en sus diminutas prisiones de baldosas, algunos asfixiados que no supieron cómo morir dejan ver sus raíces entre losas destrozadas que los días de lluvia, al pasar sobre ellas, lloran sus cortes salpicándote el pantalón.
Un pie se aferra bien al piso mientras que el otro se desplaza, toma el rol del primero pero con una diferencia espacial que depende del largo de tus piernas y de cuán apurado estás. Así paseás esperando encontrar algo que te haga encontrarte ¿quizás? La ciudad te suele adormilar, pese a sus ruidos punzantes que parecen no tocarte vos te deslizás por sobre las baldosas calculando cuánto habrá de faltar para poder pisar una de forma rectangular, de esas que sirven para andar en patines.
decepcionante, perdón
Un pie se aferra bien al piso mientras que el otro se desplaza, toma el rol del primero pero con una diferencia espacial que depende del largo de tus piernas y de cuán apurado estás. Así paseás esperando encontrar algo que te haga encontrarte ¿quizás? La ciudad te suele adormilar, pese a sus ruidos punzantes que parecen no tocarte vos te deslizás por sobre las baldosas calculando cuánto habrá de faltar para poder pisar una de forma rectangular, de esas que sirven para andar en patines.
decepcionante, perdón