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Usuario (Venezuela)
De nuevo, me encontraba medio dormido sobre el teclado. Hacía ya algún tiempo que meditaba que escribir. No es lo mío, pero lo encuentro saludable. Expando cada vez más los límites de la imaginación, y vivo varias historias. La mayoría de lo que escribo es de baja calidad, pero cuando tengo alguna experiencia que transmitir suele ser bueno. Hoy no la encontraba, buscaba en mi mente algo que sirviera de llave para destapar la caja fuerte de las buenas historias. ¡Cómo me gustaría escribir algo grandioso!. Sin embargo, permanecía sentado, en blanco. A mi memoria vino de repente una melodía, no lograba ubicar a quién pertenecía. Empecé a tararearla mientras buscaba algo diferente en los rincones de mi mente, y poco a poco subió de volumen, hasta aturdirme. Me hubiera gustado precisar la letra, pero tampoco. Simplemente se siguió repitiendo hasta que se apoderó de mis pensamientos. ¡Vaya, lo que me faltaba, un cáncer en la imaginación!. Me iba poniendo lúcido, empezaba a verter contenido en todo lo que otrora fue blanco. Podía ver rostros y hechos mezclarse, pero cuando trataba de plasmar alguno sobre la hoja, se esfumaban con una sonrisa burlona. ¡Cuanto sufren los escritores! La mente tiene sus propios dolores de parto. Intranquilizan el estómago y causan desasosiego, pero todo esto imaginario. Mi estómago esta en perfectas condiciones. Así que me desemperecé y fui a buscar comida. Pero tampoco podía comer. Volví y me acosté, esperando que mi cerebro comprendiera que teníamos que ir al reino de Morfeo. ¡Pero nos rechazaron el boleto! Abrí nuevamente los ojos decepcionado y levanté la cortina. Afuera todo estaba oscuro, podía ver algunas palmas, pero nada me llamaba la atención. Fijé mi vista sobre la mesa y vi como las hormigas cargaban pequeñas migajas. Sin duda no eran conscientes de lo que pasaba. Sus mentes les decían que hacer con perfección. Eran autómatas. Pensé en que nos habría diferenciado tanto a las especies. Una vez escuché que el hombre empezó a evolucionar la primera vez que al recibir un agravio en vez de responder con la camorra insultó al adversario. Quizás sea verdad, personalmente me parece un hecho fantástico, pero posible. Mi cuarto no es muy grande, hay espacio para un colchón y unos cuantos muebles pequeños que guardan mis libros. Lo demás es un armario que esta lleno de las cosas de la mudanza de mi tío. Sin embargo, allí se desarrolla prácticamente mi vida. No salgo mucho. Quizás por lo alejado de mi casa. Miré el calendario y vi que faltaban algunos días para el comienzo de clases. No me preocupaba algo en específico, pero me revolvía el estómago las emociones encontradas. Fue entonces cuando empecé a modelar algo, una historia, pero luego la deseché. Recordé el día, generalmente lo dejó para los mínimos segundos antes de caer inconsciente. Pero hoy comencé temprano. Vi de que forma había pasado todo y traté de sacar alguna conclusión importante. Sin embargo, la conducta humana es tan diversa que muchas veces toma un observador más atento que yo la tarea de adivinar los pensamientos de otro. Pasé un largo rato elaborando hipótesis, deducciones, premisas, pero no lograba dar con nada concluyente. Se supone que de premisas verdaderas la conclusión tiene que ser verdadera. Cuando hay varias conclusiones verdaderas, ¿Qué nos queda sino ir eliminándolas? ¡Y cuantas formas hay de hacerlo!. Al final sólo dejé dos, igual de probables, extremos completamente opuestos, pero igual de probables. ¡Ah!. Si todo se pudiera solucionar haciendo una pregunta. Pero, ¿No sería eso igual que enseñar el truco antes de hacerlo?. Un prestidigitador no lo haría. ¿Me atrevería yo a hacer un jugada arriesgada? ¿Qué había en juego? ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Pero aún así temía algo que no podía concretar. El lector entendido puede decir que soy un cobarde. Seguramente tiene toda la razón. No hay nada más probable. Y siempre existía esa incógnita, ese dilema, esas dos conclusiones. ¡Si hubiera algún truco! Claro, tenía varios hilos tendidos y en cualquier momento tenía que dar con algo. Pero eran tan finos... Que bien podría romperse todo y nunca conocer cual de las dos era la verdadera. Quizás era eso lo que temía, no saber nunca la verdad. Ser burlado. Me desentendí de esa parte de mis pensamientos y exploré de nuevo la blancura. Ya no estaba la música, ni lograba recordarla. Sé que tenía algo sonando en la computadora, pero llegaba a mis oídos lejana, como si estuviéramos en planetas diferentes. ¡Ay de mí! Podía tranquilamente relegar todas esas cuestiones. Esa era mi ventaja, podía dejarlas en algún lugar recóndito del subconsciente y luego invitarlas a la fiesta de mi mente otro día. Mientras se maduraban. ¡Ese era mi cerebro! Podía almacenar y analizar cosas por separado, captarlas y organizarlas bien. Decidí, como siempre, dejarlas tiradas, con buenas raciones de comida, en otro lugar. Más tarde las recogería antes de ir a dormir y les seguiría dando forma. Por ahora lo importante era escribir, para desahogarme. No bien terminé de pensar todo eso, quizás en el espacio de cinco minutos, cuando la oscuridad me envolvió. Me sentía en otro mundo, por supuesto, no lo estaba. Sólo se fue la luz. Empecé a levantarme y a tantear la mesa hasta dar con la cajetilla de cigarrillos. Busqué la puerta y salí de mi casa unos momentos, para consumir nicotina. ¡Oh dulce nicotina! Es mala, sin duda, de lo peor. Pero de alguna forma me adormece... O algo así. Será cuestión de un psiquiatra decir que es lo que le veo. Pero por ahora... Simplemente enciendo un cigarrillo y lo consumo, a la luz de la luna. Saludé a unos vecinos que pasaban y seguí con mis meditaciones. Me daba perfecta cuenta de que últimamente iba y venía sin rumbo aparente. Tuve un sueño hace noches. Me quedaba dormido en mi computador y cuando despertaba mis brazos se hallaban llenos de palabras, corrí a un espejo y vi como todo mi cuerpo estaba también tatuado. Cada parte se hallaba escrita, no había un solo rincón que no estuviera lleno. Las letras se movían, para contar nuevas historias, y pronto me veía a mi mismo como una nube flotante de historias. Quizás los libros que constantemente leo me estén absorbiendo poco a poco. Quizás este empezando a tomar forma yo en las historias, y mi sentido de la realidad se este dañando. Últimamente... ¿Qué podía decir? Ya casi ni veía a las personas, veía ideas, pensamientos, ir y venir. Historias nuevas y viejas. Flotaba, sí, flotaba entre la gente, entre millones de historias. ¡Cómo me hubiera gustado conocerlas!. Cada persona que veía era una nueva historia esperando a ser escrita. Me dirán ustedes loco. Por eso comencé a entrenarme en el arte de la lógica y la observación. En la psicología. Poco a poco fui empezando a ver más sobre las personas. Me dirá el lector agudo, “¿No decías que tomaba un observador más entrenado que tú, al principio?”. En ese caso específico, no soy parcial. Trato de ajustar los hechos a mis teorías, no las teorías a los hechos. Puede responder usted con toda tranquilidad, “¿Pero si sabe su falla, por qué no la corrige?”. Porque mi falla es voluntaria. Deseo verlo así, porque me ofrece posibilidades... difíciles. Tomé usted un tiempo y haga un ejercicio mental. Suponga que esta enamorado de una persona, que la ama. Pero es incapaz de comunicarlo. Suponga también que pasa mucho tiempo con esa persona, que a ella le agrada su compañía... Pero esta usted convencido de que no siente lo mismo. ¿No querría usted ajustar los hechos a su teoría?. Empezaría tomando por sentado que la persona siente lo mismo, y luego discurriría en lo demás. Es algo humano, no se preocupe, nos pasa a todos. Ya me ha ocurrido. Y si puede cruzar por mi vida ese hecho, tenga por seguro que por la suya es igual de probable que pase. Porque, con el tiempo, todos somos capaces de vivir todas las posibilidades. Incluso el papa, aquél que representa, supuestamente, a Cristo sobre la tierra, si viviera infinitamente, tendría sus momentos de ateísmo. Momentos traducidos en décadas, por supuesto. ¿Y quién sabe?. Quizás después recaería en los viejos hábitos. ¡Con el suficiente tiempo! ¡Preste atención! Con el suficiente tiempo, la persona más inculta se vuelve culta, para luego abandonarse. Con el suficiente tiempo... Un día se hallaría usted escribiendo “En un lugar de la mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho que vivía un hidalgo...”. ¡Téngalo por seguro!. Sin duda hoy había sido un día espectacular para mí amigo, pero siempre tienen su regusto amargo al final estas cosas. Los últimos minutos son agrios, créame. Cuando nos toca despedirnos... ¡Qué agrios son!. Sin embargo, aquí estoy, regresó la luz y veo la pantalla sin lograr pensar en una buena historia que relatar, aunque sea para justificar tanta divagación. Era de aquél amigo mío una historia singular. Su padre viajaba mucho, mucho. Era piloto. Sucede que en primaria éramos muy unidos, y un día su padre murió en un accidente de avión. Me enteré, claro esta, por mi madre. No hice el menor intento de tranquilizarlo, ni le di el sentido pésame. ¡Cuán ridícula tradición! Parece que los felicitaran. Si mi padre muriera, no aceptaría ninguna de esas demostraciones de pesar. Pero estamos acostumbradas a ellas, y nos hacen sentir, de cierta forma, mejor. Bueno. No lo busqué, al día siguiente lo miré con comprensión y le di un abrazo, eso fue todo. Mucha gente se le acerco y lo cargaban como un animal de circo. Claro, era con las mejores intenciones. A las dos semanas me hallaba yo jugando videojuegos cuando tocaron a la puerta. Salí y me lo encontré, sus labios sonreían, pero sus ojos estaban turbados. Me saludó y pasó. Le ofrecí un control y jugamos algunas partidas. De repente se echa a llorar encima mío. Llorar desconsoladamente. Mi madre sale y le hago señas para que no intervenga. Seguro, ella daría muestras de afecto. Pero el necesitaba desahogarse, no que le dijeran que estuviera feliz. Siguió llorando un tiempo, y luego empezó a balbucear cosas. Las escuché y le hice observaciones lógicas, verdaderas. No lo que necesitaba oír, sino la verdad. Al final, terminó de llorar y me dio las gracias por ser tan buen amigo. Y pude ver que cuando sonreía, lo hacía con los ojos. ¡Eso es todo lo que toma! Te desahogas junto a un buen amigo, que te sepa escuchar y que haga observaciones objetivas, y de pronto esta el asunto cerrado. Jugamos un rato más y luego se marchó, dándome las gracias. Hay cosas extrañas en esta vida. ¡Seguro que las hay!. A la misma hora que su padre murió, el teléfono de la casa empezó a sonar. Cuando respondieron se escuchó un chirriar, como si se estuvieran quemando cables, y luego el teléfono quedo inservible. De eso me enteré después. No quiero parecer una persona por encima de lo corriente. Sufro igual, y cometo mis errores, pero no solemos hablar de errores. Solemos hablar de triunfos. Porque cada uno de nosotros desea ser mejor de lo que en verdad es. Quiere superarse. Yo soy un cobarde, sí señor, un cobarde, por lo menos en lo que a relaciones se trata. Para otras cosas soy valiente. Ese es uno de mis principales defectos. Estoy convencido de ello. ¿Quiere que le dé un ejemplo? Vaya, es difícil sin comprometerse. Pero confié en mí. Terminé de divagar, por lo menos por hoy. Ya otros pensamientos, y, seguramente, contradicciones a lo que acabo de decir, vendrán luego. Por este momento, es lo que pienso. ¡Ay de mí si antes de publicarlo no he cambiado de opinión!.
Papel recogido en la casa 25F al realizarse investigaciones relacionadas con la muerte de Andrew Mortimer. Extractos.“ No había visto nada, era de nuevo mi mente jugando conmigo. Fumé algo más deprisa y regresé a mi casa sin voltear. Antes de abrir la puerta miré hacia atrás y vi dos ramas que sobresalían en ángulos extraños de un árbol. No quise adivinar qué eran. Cerré la puerta de un tirón y pasé la llave. Luego fui a mi cuarto, allí me senté y comencé a dar rienda suelta a mi imaginación. Una pequeña risa que parecía provenir de mi subconsciente me alarmó. Esa noche dormí intranquilo. Al día siguiente, como marca mi rutina, salí de nuevo en la noche y por algún motivo me empeciné en caminar un rato. ¡Maldita sea esa hora! El reloj marcaba las 3:00 AM. Vivo en una urbanización solitaria. Enorme y solitaria. No de esas que están en decadencia. La verdad es que se mantiene bastante bien, porque es una urbanización para veranear, como dirían los otros propietarios, cuyos rostros no conozco. Había momentos en los que podía disponer de toda la urbanización únicamente para mi uso particular. Me dejé conducir entre las calles por la curiosidad, hallaba la noche tranquila. Aunque no había luna, y estaba algo nublada, una sensación de calma parecía adormecer mis miembros. Pronto me vi envuelto en la luz blanca de unos faroles que conocía. Están tres calles más abajo de la mía. Se me antojó ir a una casa que hace mucho estaba abandonada. Allí pasaba a veces las horas diurnas leyendo. Era accesible por un pequeño callejón donde la hierba estaba crecida. El patio era grande y había una pequeña piscina que servía de laguna para las pequeñas ranas. Guiándome por las partes que se dejaban ver gracias a los rayos lumínicos, me senté en una silla y le di orden de relevo a la seriedad que cargaba el pensamiento, empecé a divagar por mundos imaginarios. Tenía poca conciencia de cuánto tiempo llevaba allí, pero creo que era bastante. Todavía no había clareado, pero estos días clarea más tarde. En un momento comencé a observar una pequeña segunda casa que se halla en el jardín. En otros tiempos debió servir de depósito. Era pequeña y tenía dos pisos. Una puerta de madera prohibía la entrada a cualquier curioso. Había una ventana en la parte alta. Estaba abierta y reflejaba la luz de los faroles. Se me antojó ir hacia esa casa. Abrirla y descubrir que encerraba. Estuve al menos un cuarto de hora examinando la cerradura. Al final logré abrirla y pasé al interior. Era realmente lúgubre, el polvo ocultaba el suelo y las mesas. El propósito de la casa, una incógnita. Subí por las escaleras y accedí a un cuarto superior que también estaba cerrado con llave. En ese momento me asusté. Sentí algo frío, no en el mundo físico, sino en el abstracto. Algo andaba mal. Creí oír un ruido, sin embargo mi mente lógica se lo atribuyo a un ratón. Movido por la curiosidad abrí también esa cerradura. Al entrar solté un grito ahogado, apenas audible. Una rata salió disparada escaleras abajo. Después de todo, no me había equivocado. Di un repaso detallado a la habitación, pero no saqué nada de él. Pronto empecé a sacar mi pequeña historia. Noté varios detalles curiosos y los relacioné. La habitación había sido, sin duda, un cuarto de dormir. Dos mesitas de noche a cada lado de una cama individual, de las cuales sólo quedaba una. Un escritorio contra la pared en la que me hallaba recostado. Lo demás era vulgar. Una alfombra en medio de la habitación, que ya no estaba. Dos afiches de tamaño mediano en la pared de la izquierda. Pude ver, más o menos, cómo había sido esa habitación. El piso era de madera y me permitía un análisis profundo. La persona que vivió allí no frecuentaba el escritorio. Su camino se definía sobre todo alrededor de la ventana. Guardaba algunas herramientas, de las cuales quedaban algunas señales. Seguramente era un empleado a sueldo. Solía fumar apoyando las manos contra la pared. Moví un poco el vidrio de la ventana y descubrí rasguños. Volví a tener esa sensación de incomodidad. Volteé y vi la puerta. No había nada. Di media vuelta mientras me fijaba en las marcas de la madera. El desuso se notaba sólo hasta poco antes de la puerta. Examiné el marco de la ventana y descubrí las marcas de alguna soga que debía ser usada con regularidad por quien vivía... Quien estaba encerrado allí. Me entraron escalofríos. Todavía no clareaba y la noche era muy oscura. Fijé mi vista en la otra casa. ¿Qué clase de psicópatas habitarían allí abajo? ¿Qué clase de sentimientos habría dejado el continuo encierro sumirse sobre el lugar?. Se me antojó muy triste. Y fue en ese instante cuando decidí marcharme. Preguntaría luego. Tomé mis cigarros y eché una última mirada hacia la casa desde la ventana. Se me heló el corazón. Allí había alguien. Vi su cara un instante, contra los vidrios que reemplazaban a las puertas. Me miraba fijamente. El corazón me dio un salto y di media vuelta de inmediato. No sentía ese parálisis del que hablan los libros de terror. Me sentí observado en todas partes, sentí personas por todos lados, pero ningún parálisis. Corrí hacia las escaleras y las salvé brincando. Cuando llegué al piso oí el sonido de una puerta cerrarse. No era la de arriba, acababa de salir de allí. Tampoco era la de abajo, podía ver claramente a través de ella. Era la de la casa principal. En ese instante me quedé con el corazón en la garganta. No me daba el tiempo para salir y huir. No había otras ventanas. Mi única posibilidad era encerrarme tras una puerta que acababa de abrir sin ningún esfuerzo. Todo esto paso por espacio de un segundo. Al siguiente, vi una extremidad larga asomarse por la puerta. Corrí a toda prisa hacia arriba y, echando una mirada abajo, sentí un vértigo, un desmayo que no se dio. Una persona de aproximadamente dos metros me miraba con ojos negros, que recordaban a túneles. Sus brazos eran grotescamente largos. Cargaba una sonrisa en su rostro. Cerré la puerta con toda mi fuerza y todo lo que encontré en el cuarto lo puse contra la puerta. De repente se empezaron a oír... A veces eran toques, a veces, rasguños. Siempre suaves. Desencajé el vidrio de la ventana y lo estrellé contra la pared. Me quité la camisa y empuñe uno, mientras me guardaba otros en el pantalón. Afuera, todavía no clareaba. Me agazapé contra una de las sombras cuando se me ocurrió una idea. Me quité los zapatos y los llené con vidrios. La distancia de la ventana al suelo era corta. Lo suficiente. Puse los zapatos en la ventana y volví a ponerme en la oscuridad. Pasó una eternidad antes de que los golpes se hicieran más fuertes e hicieran vibrar la puerta. Al final dejaron de oírse, y a través de la puerta me llegó el sonido de alguien que bajaba. Me relajé y empecé a pensar que sería bueno quitar los zapatos de la ventana cuando mi perseguidor dejó asomar sus dedos por la ventana. ¿Cómo lo había logrado? Serían al menos... Tres metros... Eché todo de la puerta y bajé de nuevo sin mirar a la ventana. Lo hice silenciosamente. Allí, tras la puerta, asomaban las piernas. Me eché a correr y descargue mi arma contra una mientras pasaba. Pasé a la carrera al corredor que me separaba de la calle mientras Él caía. Luego sentí sus pesadas pisadas. Sin saber que me impulsó a ello, me metí en otra casa y tomé otra vez uno de esos corredores. Mi corazón se paralizo. Estaba de nuevo en el patio de aquella casa. Volteé y vi como allí estaba la casa de la que acababa de salir. Al lado mío estaba la maldita casa y enfrente mío la casa principal. A mi derecha, a lo lejos, lo podía ver mientras me seguía la pista. Y también lo podía ver si volteaba. Sentí volverme loco. Pasé a toda prisa a la casa principal y cerré la puerta. Pero no había llave, ni forma de trancarla. Lo vi detenerse en el patio, con una sonrisa. Me miraba fijamente, sin moverse. Ofrecía sus brazos extendidos, enormes, más largos que Él. Entré en uno de los cuartos y empujé la cama contra la puerta. Al menos, le sería difícil hacer algo de esto durante un rato. Allí había una ventana también. Me sentí... Perdido. Una sombra se asomaba por ella. Sus dientes blancos extendidos. Nos miramos fijamente. Yo, muerto de miedo, pero desafiante. Él, sonriendo. Salté y solté un grito de horror. Oía suaves golpes en la puerta. La ventana se rompió y sus manos penetraron la habitación. Me tiré contra una esquina y empecé a sacar los vidrios del pantalón. Los golpes de la puerta se hacían más insistentes. Le tiré todos los que pude, excepto mi arma, que guardé de nuevo en mi pantalón. Se los tiré todos y al final logré que apartara su cara de la ventana. Luego me mareé y empecé a caminar hacia la ventana. De repente, me caí. Oí como alguien abría la puerta, despedazándola. Luego las pisadas. Me levantaron en vilo y me transportaron a la otra casa. Sentí como subía las escaleras. Cómo se agachaba para entrar por la puerta, y cómo se sentaba. Sus movimientos eran extremadamente suaves. Me puso boca arriba y a través de los párpados vi como sonreía. Mi respiración era la de siempre. Acercó su cabeza a mi, lentamente. Y fue entonces cuando saqué el vidrio, cortándome un poco la mano y le encajé una buena estacada en el cerebro. La sangre brotaba a borbotones de mis manos, pero Él seguía perfectamente. Me miró sorprendido y dejó escapar un aullido de dolor. Yo me levanté en el acto y me tiré por la ventana. Miré hacia arriba y lo vi asomándose, preparándose para dar el salto. Le tiré el vidrio y acerté a incrustarlo en un ojo. Fue entonces cuando estuve a punto de desmayarme de verdad. Acercó una mano a su rostro y quitó el arma. Luego saltó. Yo ya corría a toda velocidad, saltando y sangrando entre corredores y calles. Parecían repetirse infinitamente. Corrí hasta llegar a la vigilancia. Allí se hallaban todavía dos guardas. Al ver mi mano soltaron una exclamación y uno soltó el seguro del revólver. Yo me puse a resguardo y esperé. Esperé un tiempo. Pero no paso nada. Pedí que me guiaran a mi casa. Ellos querían esperar a la policía, pero yo quería saber que pasaba. Me proveyeron de un revólver y fuimos juntos. Cuando llegamos a mi casa encontramos los vidrios rotos y sangre. Me desmayé. Mi último pensamiento cayó en mi padre, que era el único con sangre. Al levantarme me hallé en una sala blanca. Un doctor me miraba. Me contó como habían encontrado a mi padre. No quise escuchar. Me dijo que me sedarían y que pasaría unos días allí. Acepté. Una enfermera acaba de entrar y me suministró una medicina. Yo todavía tengo el revólver. Vi una sombra asomarse por la ventana y rasguñarla con suavidad. Vi sus dientes blancos, tan normales, y sus ojos negros. Pero noté otra cosa. Su piel estaba rasgada, y no parecía piel. Con suavidad, saqué el revólver y apunté un poco abajo de la cabeza, donde debía estar situado el tronco. Descargué todo el contenido del revólver. Me despierto. Ahora la habitación esta llena de policías. Un inspector se acerca a mi y me empieza a decir lo que ya sé. Que maté a un hombre. Sigue hablando, pero yo no le escucho. Al final me pide confirmación y digo que está bien. Echa unas esposas en mis manos y me golpea. Cuando despierto todo el mundo esta en conmoción. Siento un dolor agudo en mi estómago. Estoy sangrando. Se me va la conciencia. Despierto ahora, finalmente. Me acaban de explicar todo. No quiero repetirlo. Pregunté por las extremidades de madera articuladas y la cabeza de cera. Me preguntaron como sabía todo eso. «Todo se sabe» Les respondí. Pregunté también por el enano. «Muerto» Me respondieron. No pregunté nada más. «Ya sabía que no era ningún inspector» Les dije. Me sedaron de nuevo, espero que el sueño borre todo. Estoy sangrando, ya no queda mucho. Sólo espero que nadie encuentre esto. Porque eso significa que están aquí. Sigo en la casita. Él es real.”