Papel recogido en la casa 25F al realizarse investigaciones relacionadas con la muerte de Andrew Mortimer. Extractos.
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No había visto nada, era de nuevo mi mente jugando conmigo. Fumé algo más deprisa y regresé a mi casa sin voltear. Antes de abrir la puerta miré hacia atrás y vi dos ramas que sobresalían en ángulos extraños de un árbol. No quise adivinar qué eran. Cerré la puerta de un tirón y pasé la llave. Luego fui a mi cuarto, allí me senté y comencé a dar rienda suelta a mi imaginación. Una pequeña risa que parecía provenir de mi subconsciente me alarmó. Esa noche dormí intranquilo.
Al día siguiente, como marca mi rutina, salí de nuevo en la noche y por algún motivo me empeciné en caminar un rato. ¡Maldita sea esa hora! El reloj marcaba las 3:00 AM.
Vivo en una urbanización solitaria. Enorme y solitaria. No de esas que están en decadencia. La verdad es que se mantiene bastante bien, porque es una urbanización para veranear, como dirían los otros propietarios, cuyos rostros no conozco. Había momentos en los que podía disponer de toda la urbanización únicamente para mi uso particular.
Me dejé conducir entre las calles por la curiosidad, hallaba la noche tranquila. Aunque no había luna, y estaba algo nublada, una sensación de calma parecía adormecer mis miembros. Pronto me vi envuelto en la luz blanca de unos faroles que conocía. Están tres calles más abajo de la mía. Se me antojó ir a una casa que hace mucho estaba abandonada. Allí pasaba a veces las horas diurnas leyendo. Era accesible por un pequeño callejón donde la hierba estaba crecida. El patio era grande y había una pequeña piscina que servía de laguna para las pequeñas ranas.
Guiándome por las partes que se dejaban ver gracias a los rayos lumínicos, me senté en una silla y le di orden de relevo a la seriedad que cargaba el pensamiento, empecé a divagar por mundos imaginarios.
Tenía poca conciencia de cuánto tiempo llevaba allí, pero creo que era bastante. Todavía no había clareado, pero estos días clarea más tarde.
En un momento comencé a observar una pequeña segunda casa que se halla en el jardín. En otros tiempos debió servir de depósito. Era pequeña y tenía dos pisos. Una puerta de madera prohibía la entrada a cualquier curioso. Había una ventana en la parte alta. Estaba abierta y reflejaba la luz de los faroles.
Se me antojó ir hacia esa casa. Abrirla y descubrir que encerraba. Estuve al menos un cuarto de hora examinando la cerradura. Al final logré abrirla y pasé al interior. Era realmente lúgubre, el polvo ocultaba el suelo y las mesas. El propósito de la casa, una incógnita. Subí por las escaleras y accedí a un cuarto superior que también estaba cerrado con llave.
En ese momento me asusté. Sentí algo frío, no en el mundo físico, sino en el abstracto. Algo andaba mal. Creí oír un ruido, sin embargo mi mente lógica se lo atribuyo a un ratón. Movido por la curiosidad abrí también esa cerradura. Al entrar solté un grito ahogado, apenas audible. Una rata salió disparada escaleras abajo. Después de todo, no me había equivocado.
Di un repaso detallado a la habitación, pero no saqué nada de él. Pronto empecé a sacar mi pequeña historia. Noté varios detalles curiosos y los relacioné. La habitación había sido, sin duda, un cuarto de dormir. Dos mesitas de noche a cada lado de una cama individual, de las cuales sólo quedaba una. Un escritorio contra la pared en la que me hallaba recostado. Lo demás era vulgar. Una alfombra en medio de la habitación, que ya no estaba. Dos afiches de tamaño mediano en la pared de la izquierda. Pude ver, más o menos, cómo había sido esa habitación. El piso era de madera y me permitía un análisis profundo. La persona que vivió allí no frecuentaba el escritorio. Su camino se definía sobre todo alrededor de la ventana. Guardaba algunas herramientas, de las cuales quedaban algunas señales. Seguramente era un empleado a sueldo. Solía fumar apoyando las manos contra la pared. Moví un poco el vidrio de la ventana y descubrí rasguños.
Volví a tener esa sensación de incomodidad. Volteé y vi la puerta. No había nada. Di media vuelta mientras me fijaba en las marcas de la madera. El desuso se notaba sólo hasta poco antes de la puerta. Examiné el marco de la ventana y descubrí las marcas de alguna soga que debía ser usada con regularidad por quien vivía... Quien estaba encerrado allí. Me entraron escalofríos. Todavía no clareaba y la noche era muy oscura. Fijé mi vista en la otra casa. ¿Qué clase de psicópatas habitarían allí abajo? ¿Qué clase de sentimientos habría dejado el continuo encierro sumirse sobre el lugar?.
Se me antojó muy triste. Y fue en ese instante cuando decidí marcharme. Preguntaría luego. Tomé mis cigarros y eché una última mirada hacia la casa desde la ventana. Se me heló el corazón. Allí había alguien.
Vi su cara un instante, contra los vidrios que reemplazaban a las puertas. Me miraba fijamente. El corazón me dio un salto y di media vuelta de inmediato. No sentía ese parálisis del que hablan los libros de terror. Me sentí observado en todas partes, sentí personas por todos lados, pero ningún parálisis. Corrí hacia las escaleras y las salvé brincando. Cuando llegué al piso oí el sonido de una puerta cerrarse. No era la de arriba, acababa de salir de allí. Tampoco era la de abajo, podía ver claramente a través de ella. Era la de la casa principal.
En ese instante me quedé con el corazón en la garganta. No me daba el tiempo para salir y huir. No había otras ventanas. Mi única posibilidad era encerrarme tras una puerta que acababa de abrir sin ningún esfuerzo. Todo esto paso por espacio de un segundo. Al siguiente, vi una extremidad larga asomarse por la puerta. Corrí a toda prisa hacia arriba y, echando una mirada abajo, sentí un vértigo, un desmayo que no se dio. Una persona de aproximadamente dos metros me miraba con ojos negros, que recordaban a túneles. Sus brazos eran grotescamente largos. Cargaba una sonrisa en su rostro.
Cerré la puerta con toda mi fuerza y todo lo que encontré en el cuarto lo puse contra la puerta. De repente se empezaron a oír... A veces eran toques, a veces, rasguños. Siempre suaves. Desencajé el vidrio de la ventana y lo estrellé contra la pared. Me quité la camisa y empuñe uno, mientras me guardaba otros en el pantalón. Afuera, todavía no clareaba.
Me agazapé contra una de las sombras cuando se me ocurrió una idea. Me quité los zapatos y los llené con vidrios. La distancia de la ventana al suelo era corta. Lo suficiente. Puse los zapatos en la ventana y volví a ponerme en la oscuridad.
Pasó una eternidad antes de que los golpes se hicieran más fuertes e hicieran vibrar la puerta. Al final dejaron de oírse, y a través de la puerta me llegó el sonido de alguien que bajaba. Me relajé y empecé a pensar que sería bueno quitar los zapatos de la ventana cuando mi perseguidor dejó asomar sus dedos por la ventana. ¿Cómo lo había logrado? Serían al menos... Tres metros... Eché todo de la puerta y bajé de nuevo sin mirar a la ventana. Lo hice silenciosamente. Allí, tras la puerta, asomaban las piernas. Me eché a correr y descargue mi arma contra una mientras pasaba. Pasé a la carrera al corredor que me separaba de la calle mientras Él caía. Luego sentí sus pesadas pisadas. Sin saber que me impulsó a ello, me metí en otra casa y tomé otra vez uno de esos corredores.
Mi corazón se paralizo. Estaba de nuevo en el patio de aquella casa. Volteé y vi como allí estaba la casa de la que acababa de salir. Al lado mío estaba la maldita casa y enfrente mío la casa principal. A mi derecha, a lo lejos, lo podía ver mientras me seguía la pista. Y también lo podía ver si volteaba. Sentí volverme loco. Pasé a toda prisa a la casa principal y cerré la puerta. Pero no había llave, ni forma de trancarla. Lo vi detenerse en el patio, con una sonrisa. Me miraba fijamente, sin moverse. Ofrecía sus brazos extendidos, enormes, más largos que Él.
Entré en uno de los cuartos y empujé la cama contra la puerta. Al menos, le sería difícil hacer algo de esto durante un rato. Allí había una ventana también. Me sentí... Perdido. Una sombra se asomaba por ella. Sus dientes blancos extendidos. Nos miramos fijamente. Yo, muerto de miedo, pero desafiante. Él, sonriendo.
Salté y solté un grito de horror. Oía suaves golpes en la puerta. La ventana se rompió y sus manos penetraron la habitación. Me tiré contra una esquina y empecé a sacar los vidrios del pantalón. Los golpes de la puerta se hacían más insistentes.
Le tiré todos los que pude, excepto mi arma, que guardé de nuevo en mi pantalón. Se los tiré todos y al final logré que apartara su cara de la ventana. Luego me mareé y empecé a caminar hacia la ventana. De repente, me caí.
Oí como alguien abría la puerta, despedazándola. Luego las pisadas. Me levantaron en vilo y me transportaron a la otra casa. Sentí como subía las escaleras. Cómo se agachaba para entrar por la puerta, y cómo se sentaba. Sus movimientos eran extremadamente suaves. Me puso boca arriba y a través de los párpados vi como sonreía. Mi respiración era la de siempre.
Acercó su cabeza a mi, lentamente. Y fue entonces cuando saqué el vidrio, cortándome un poco la mano y le encajé una buena estacada en el cerebro. La sangre brotaba a borbotones de mis manos, pero Él seguía perfectamente. Me miró sorprendido y dejó escapar un aullido de dolor. Yo me levanté en el acto y me tiré por la ventana. Miré hacia arriba y lo vi asomándose, preparándose para dar el salto. Le tiré el vidrio y acerté a incrustarlo en un ojo. Fue entonces cuando estuve a punto de desmayarme de verdad. Acercó una mano a su rostro y quitó el arma. Luego saltó.
Yo ya corría a toda velocidad, saltando y sangrando entre corredores y calles. Parecían repetirse infinitamente. Corrí hasta llegar a la vigilancia. Allí se hallaban todavía dos guardas. Al ver mi mano soltaron una exclamación y uno soltó el seguro del revólver. Yo me puse a resguardo y esperé. Esperé un tiempo. Pero no paso nada.
Pedí que me guiaran a mi casa. Ellos querían esperar a la policía, pero yo quería saber que pasaba. Me proveyeron de un revólver y fuimos juntos.
Cuando llegamos a mi casa encontramos los vidrios rotos y sangre. Me desmayé. Mi último pensamiento cayó en mi padre, que era el único con sangre.
Al levantarme me hallé en una sala blanca. Un doctor me miraba. Me contó como habían encontrado a mi padre. No quise escuchar. Me dijo que me sedarían y que pasaría unos días allí. Acepté.
Una enfermera acaba de entrar y me suministró una medicina. Yo todavía tengo el revólver. Vi una sombra asomarse por la ventana y rasguñarla con suavidad. Vi sus dientes blancos, tan normales, y sus ojos negros. Pero noté otra cosa. Su piel estaba rasgada, y no parecía piel. Con suavidad, saqué el revólver y apunté un poco abajo de la cabeza, donde debía estar situado el tronco. Descargué todo el contenido del revólver.
Me despierto. Ahora la habitación esta llena de policías. Un inspector se acerca a mi y me empieza a decir lo que ya sé. Que maté a un hombre. Sigue hablando, pero yo no le escucho. Al final me pide confirmación y digo que está bien. Echa unas esposas en mis manos y me golpea.
Cuando despierto todo el mundo esta en conmoción. Siento un dolor agudo en mi estómago. Estoy sangrando. Se me va la conciencia.
Despierto ahora, finalmente. Me acaban de explicar todo. No quiero repetirlo. Pregunté por las extremidades de madera articuladas y la cabeza de cera. Me preguntaron como sabía todo eso. «Todo se sabe» Les respondí. Pregunté también por el enano. «Muerto» Me respondieron. No pregunté nada más. «Ya sabía que no era ningún inspector» Les dije. Me sedaron de nuevo, espero que el sueño borre todo.
Estoy sangrando, ya no queda mucho. Sólo espero que nadie encuentre esto. Porque eso significa que están aquí. Sigo en la casita. Él es real.”
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No había visto nada, era de nuevo mi mente jugando conmigo. Fumé algo más deprisa y regresé a mi casa sin voltear. Antes de abrir la puerta miré hacia atrás y vi dos ramas que sobresalían en ángulos extraños de un árbol. No quise adivinar qué eran. Cerré la puerta de un tirón y pasé la llave. Luego fui a mi cuarto, allí me senté y comencé a dar rienda suelta a mi imaginación. Una pequeña risa que parecía provenir de mi subconsciente me alarmó. Esa noche dormí intranquilo.
Al día siguiente, como marca mi rutina, salí de nuevo en la noche y por algún motivo me empeciné en caminar un rato. ¡Maldita sea esa hora! El reloj marcaba las 3:00 AM.
Vivo en una urbanización solitaria. Enorme y solitaria. No de esas que están en decadencia. La verdad es que se mantiene bastante bien, porque es una urbanización para veranear, como dirían los otros propietarios, cuyos rostros no conozco. Había momentos en los que podía disponer de toda la urbanización únicamente para mi uso particular.
Me dejé conducir entre las calles por la curiosidad, hallaba la noche tranquila. Aunque no había luna, y estaba algo nublada, una sensación de calma parecía adormecer mis miembros. Pronto me vi envuelto en la luz blanca de unos faroles que conocía. Están tres calles más abajo de la mía. Se me antojó ir a una casa que hace mucho estaba abandonada. Allí pasaba a veces las horas diurnas leyendo. Era accesible por un pequeño callejón donde la hierba estaba crecida. El patio era grande y había una pequeña piscina que servía de laguna para las pequeñas ranas.
Guiándome por las partes que se dejaban ver gracias a los rayos lumínicos, me senté en una silla y le di orden de relevo a la seriedad que cargaba el pensamiento, empecé a divagar por mundos imaginarios.
Tenía poca conciencia de cuánto tiempo llevaba allí, pero creo que era bastante. Todavía no había clareado, pero estos días clarea más tarde.
En un momento comencé a observar una pequeña segunda casa que se halla en el jardín. En otros tiempos debió servir de depósito. Era pequeña y tenía dos pisos. Una puerta de madera prohibía la entrada a cualquier curioso. Había una ventana en la parte alta. Estaba abierta y reflejaba la luz de los faroles.
Se me antojó ir hacia esa casa. Abrirla y descubrir que encerraba. Estuve al menos un cuarto de hora examinando la cerradura. Al final logré abrirla y pasé al interior. Era realmente lúgubre, el polvo ocultaba el suelo y las mesas. El propósito de la casa, una incógnita. Subí por las escaleras y accedí a un cuarto superior que también estaba cerrado con llave.
En ese momento me asusté. Sentí algo frío, no en el mundo físico, sino en el abstracto. Algo andaba mal. Creí oír un ruido, sin embargo mi mente lógica se lo atribuyo a un ratón. Movido por la curiosidad abrí también esa cerradura. Al entrar solté un grito ahogado, apenas audible. Una rata salió disparada escaleras abajo. Después de todo, no me había equivocado.
Di un repaso detallado a la habitación, pero no saqué nada de él. Pronto empecé a sacar mi pequeña historia. Noté varios detalles curiosos y los relacioné. La habitación había sido, sin duda, un cuarto de dormir. Dos mesitas de noche a cada lado de una cama individual, de las cuales sólo quedaba una. Un escritorio contra la pared en la que me hallaba recostado. Lo demás era vulgar. Una alfombra en medio de la habitación, que ya no estaba. Dos afiches de tamaño mediano en la pared de la izquierda. Pude ver, más o menos, cómo había sido esa habitación. El piso era de madera y me permitía un análisis profundo. La persona que vivió allí no frecuentaba el escritorio. Su camino se definía sobre todo alrededor de la ventana. Guardaba algunas herramientas, de las cuales quedaban algunas señales. Seguramente era un empleado a sueldo. Solía fumar apoyando las manos contra la pared. Moví un poco el vidrio de la ventana y descubrí rasguños.
Volví a tener esa sensación de incomodidad. Volteé y vi la puerta. No había nada. Di media vuelta mientras me fijaba en las marcas de la madera. El desuso se notaba sólo hasta poco antes de la puerta. Examiné el marco de la ventana y descubrí las marcas de alguna soga que debía ser usada con regularidad por quien vivía... Quien estaba encerrado allí. Me entraron escalofríos. Todavía no clareaba y la noche era muy oscura. Fijé mi vista en la otra casa. ¿Qué clase de psicópatas habitarían allí abajo? ¿Qué clase de sentimientos habría dejado el continuo encierro sumirse sobre el lugar?.
Se me antojó muy triste. Y fue en ese instante cuando decidí marcharme. Preguntaría luego. Tomé mis cigarros y eché una última mirada hacia la casa desde la ventana. Se me heló el corazón. Allí había alguien.
Vi su cara un instante, contra los vidrios que reemplazaban a las puertas. Me miraba fijamente. El corazón me dio un salto y di media vuelta de inmediato. No sentía ese parálisis del que hablan los libros de terror. Me sentí observado en todas partes, sentí personas por todos lados, pero ningún parálisis. Corrí hacia las escaleras y las salvé brincando. Cuando llegué al piso oí el sonido de una puerta cerrarse. No era la de arriba, acababa de salir de allí. Tampoco era la de abajo, podía ver claramente a través de ella. Era la de la casa principal.
En ese instante me quedé con el corazón en la garganta. No me daba el tiempo para salir y huir. No había otras ventanas. Mi única posibilidad era encerrarme tras una puerta que acababa de abrir sin ningún esfuerzo. Todo esto paso por espacio de un segundo. Al siguiente, vi una extremidad larga asomarse por la puerta. Corrí a toda prisa hacia arriba y, echando una mirada abajo, sentí un vértigo, un desmayo que no se dio. Una persona de aproximadamente dos metros me miraba con ojos negros, que recordaban a túneles. Sus brazos eran grotescamente largos. Cargaba una sonrisa en su rostro.
Cerré la puerta con toda mi fuerza y todo lo que encontré en el cuarto lo puse contra la puerta. De repente se empezaron a oír... A veces eran toques, a veces, rasguños. Siempre suaves. Desencajé el vidrio de la ventana y lo estrellé contra la pared. Me quité la camisa y empuñe uno, mientras me guardaba otros en el pantalón. Afuera, todavía no clareaba.
Me agazapé contra una de las sombras cuando se me ocurrió una idea. Me quité los zapatos y los llené con vidrios. La distancia de la ventana al suelo era corta. Lo suficiente. Puse los zapatos en la ventana y volví a ponerme en la oscuridad.
Pasó una eternidad antes de que los golpes se hicieran más fuertes e hicieran vibrar la puerta. Al final dejaron de oírse, y a través de la puerta me llegó el sonido de alguien que bajaba. Me relajé y empecé a pensar que sería bueno quitar los zapatos de la ventana cuando mi perseguidor dejó asomar sus dedos por la ventana. ¿Cómo lo había logrado? Serían al menos... Tres metros... Eché todo de la puerta y bajé de nuevo sin mirar a la ventana. Lo hice silenciosamente. Allí, tras la puerta, asomaban las piernas. Me eché a correr y descargue mi arma contra una mientras pasaba. Pasé a la carrera al corredor que me separaba de la calle mientras Él caía. Luego sentí sus pesadas pisadas. Sin saber que me impulsó a ello, me metí en otra casa y tomé otra vez uno de esos corredores.
Mi corazón se paralizo. Estaba de nuevo en el patio de aquella casa. Volteé y vi como allí estaba la casa de la que acababa de salir. Al lado mío estaba la maldita casa y enfrente mío la casa principal. A mi derecha, a lo lejos, lo podía ver mientras me seguía la pista. Y también lo podía ver si volteaba. Sentí volverme loco. Pasé a toda prisa a la casa principal y cerré la puerta. Pero no había llave, ni forma de trancarla. Lo vi detenerse en el patio, con una sonrisa. Me miraba fijamente, sin moverse. Ofrecía sus brazos extendidos, enormes, más largos que Él.
Entré en uno de los cuartos y empujé la cama contra la puerta. Al menos, le sería difícil hacer algo de esto durante un rato. Allí había una ventana también. Me sentí... Perdido. Una sombra se asomaba por ella. Sus dientes blancos extendidos. Nos miramos fijamente. Yo, muerto de miedo, pero desafiante. Él, sonriendo.
Salté y solté un grito de horror. Oía suaves golpes en la puerta. La ventana se rompió y sus manos penetraron la habitación. Me tiré contra una esquina y empecé a sacar los vidrios del pantalón. Los golpes de la puerta se hacían más insistentes.
Le tiré todos los que pude, excepto mi arma, que guardé de nuevo en mi pantalón. Se los tiré todos y al final logré que apartara su cara de la ventana. Luego me mareé y empecé a caminar hacia la ventana. De repente, me caí.
Oí como alguien abría la puerta, despedazándola. Luego las pisadas. Me levantaron en vilo y me transportaron a la otra casa. Sentí como subía las escaleras. Cómo se agachaba para entrar por la puerta, y cómo se sentaba. Sus movimientos eran extremadamente suaves. Me puso boca arriba y a través de los párpados vi como sonreía. Mi respiración era la de siempre.
Acercó su cabeza a mi, lentamente. Y fue entonces cuando saqué el vidrio, cortándome un poco la mano y le encajé una buena estacada en el cerebro. La sangre brotaba a borbotones de mis manos, pero Él seguía perfectamente. Me miró sorprendido y dejó escapar un aullido de dolor. Yo me levanté en el acto y me tiré por la ventana. Miré hacia arriba y lo vi asomándose, preparándose para dar el salto. Le tiré el vidrio y acerté a incrustarlo en un ojo. Fue entonces cuando estuve a punto de desmayarme de verdad. Acercó una mano a su rostro y quitó el arma. Luego saltó.
Yo ya corría a toda velocidad, saltando y sangrando entre corredores y calles. Parecían repetirse infinitamente. Corrí hasta llegar a la vigilancia. Allí se hallaban todavía dos guardas. Al ver mi mano soltaron una exclamación y uno soltó el seguro del revólver. Yo me puse a resguardo y esperé. Esperé un tiempo. Pero no paso nada.
Pedí que me guiaran a mi casa. Ellos querían esperar a la policía, pero yo quería saber que pasaba. Me proveyeron de un revólver y fuimos juntos.
Cuando llegamos a mi casa encontramos los vidrios rotos y sangre. Me desmayé. Mi último pensamiento cayó en mi padre, que era el único con sangre.
Al levantarme me hallé en una sala blanca. Un doctor me miraba. Me contó como habían encontrado a mi padre. No quise escuchar. Me dijo que me sedarían y que pasaría unos días allí. Acepté.
Una enfermera acaba de entrar y me suministró una medicina. Yo todavía tengo el revólver. Vi una sombra asomarse por la ventana y rasguñarla con suavidad. Vi sus dientes blancos, tan normales, y sus ojos negros. Pero noté otra cosa. Su piel estaba rasgada, y no parecía piel. Con suavidad, saqué el revólver y apunté un poco abajo de la cabeza, donde debía estar situado el tronco. Descargué todo el contenido del revólver.
Me despierto. Ahora la habitación esta llena de policías. Un inspector se acerca a mi y me empieza a decir lo que ya sé. Que maté a un hombre. Sigue hablando, pero yo no le escucho. Al final me pide confirmación y digo que está bien. Echa unas esposas en mis manos y me golpea.
Cuando despierto todo el mundo esta en conmoción. Siento un dolor agudo en mi estómago. Estoy sangrando. Se me va la conciencia.
Despierto ahora, finalmente. Me acaban de explicar todo. No quiero repetirlo. Pregunté por las extremidades de madera articuladas y la cabeza de cera. Me preguntaron como sabía todo eso. «Todo se sabe» Les respondí. Pregunté también por el enano. «Muerto» Me respondieron. No pregunté nada más. «Ya sabía que no era ningún inspector» Les dije. Me sedaron de nuevo, espero que el sueño borre todo.
Estoy sangrando, ya no queda mucho. Sólo espero que nadie encuentre esto. Porque eso significa que están aquí. Sigo en la casita. Él es real.”