De nuevo, me encontraba medio dormido sobre el teclado. Hacía ya algún tiempo que meditaba que escribir. No es lo mío, pero lo encuentro saludable. Expando cada vez más los límites de la imaginación, y vivo varias historias. La mayoría de lo que escribo es de baja calidad, pero cuando tengo alguna experiencia que transmitir suele ser bueno. Hoy no la encontraba, buscaba en mi mente algo que sirviera de llave para destapar la caja fuerte de las buenas historias. ¡Cómo me gustaría escribir algo grandioso!. Sin embargo, permanecía sentado, en blanco.
A mi memoria vino de repente una melodía, no lograba ubicar a quién pertenecía. Empecé a tararearla mientras buscaba algo diferente en los rincones de mi mente, y poco a poco subió de volumen, hasta aturdirme. Me hubiera gustado precisar la letra, pero tampoco. Simplemente se siguió repitiendo hasta que se apoderó de mis pensamientos. ¡Vaya, lo que me faltaba, un cáncer en la imaginación!. Me iba poniendo lúcido, empezaba a verter contenido en todo lo que otrora fue blanco. Podía ver rostros y hechos mezclarse, pero cuando trataba de plasmar alguno sobre la hoja, se esfumaban con una sonrisa burlona.
¡Cuanto sufren los escritores! La mente tiene sus propios dolores de parto. Intranquilizan el estómago y causan desasosiego, pero todo esto imaginario. Mi estómago esta en perfectas condiciones.
Así que me desemperecé y fui a buscar comida. Pero tampoco podía comer. Volví y me acosté, esperando que mi cerebro comprendiera que teníamos que ir al reino de Morfeo. ¡Pero nos rechazaron el boleto! Abrí nuevamente los ojos decepcionado y levanté la cortina. Afuera todo estaba oscuro, podía ver algunas palmas, pero nada me llamaba la atención.
Fijé mi vista sobre la mesa y vi como las hormigas cargaban pequeñas migajas. Sin duda no eran conscientes de lo que pasaba. Sus mentes les decían que hacer con perfección. Eran autómatas. Pensé en que nos habría diferenciado tanto a las especies. Una vez escuché que el hombre empezó a evolucionar la primera vez que al recibir un agravio en vez de responder con la camorra insultó al adversario. Quizás sea verdad, personalmente me parece un hecho fantástico, pero posible.
Mi cuarto no es muy grande, hay espacio para un colchón y unos cuantos muebles pequeños que guardan mis libros. Lo demás es un armario que esta lleno de las cosas de la mudanza de mi tío. Sin embargo, allí se desarrolla prácticamente mi vida. No salgo mucho. Quizás por lo alejado de mi casa.
Miré el calendario y vi que faltaban algunos días para el comienzo de clases. No me preocupaba algo en específico, pero me revolvía el estómago las emociones encontradas. Fue entonces cuando empecé a modelar algo, una historia, pero luego la deseché.
Recordé el día, generalmente lo dejó para los mínimos segundos antes de caer inconsciente. Pero hoy comencé temprano. Vi de que forma había pasado todo y traté de sacar alguna conclusión importante. Sin embargo, la conducta humana es tan diversa que muchas veces toma un observador más atento que yo la tarea de adivinar los pensamientos de otro. Pasé un largo rato elaborando hipótesis, deducciones, premisas, pero no lograba dar con nada concluyente. Se supone que de premisas verdaderas la conclusión tiene que ser verdadera. Cuando hay varias conclusiones verdaderas, ¿Qué nos queda sino ir eliminándolas? ¡Y cuantas formas hay de hacerlo!. Al final sólo dejé dos, igual de probables, extremos completamente opuestos, pero igual de probables. ¡Ah!. Si todo se pudiera solucionar haciendo una pregunta. Pero, ¿No sería eso igual que enseñar el truco antes de hacerlo?. Un prestidigitador no lo haría. ¿Me atrevería yo a hacer un jugada arriesgada? ¿Qué había en juego? ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Pero aún así temía algo que no podía concretar. El lector entendido puede decir que soy un cobarde. Seguramente tiene toda la razón. No hay nada más probable.
Y siempre existía esa incógnita, ese dilema, esas dos conclusiones. ¡Si hubiera algún truco! Claro, tenía varios hilos tendidos y en cualquier momento tenía que dar con algo. Pero eran tan finos... Que bien podría romperse todo y nunca conocer cual de las dos era la verdadera. Quizás era eso lo que temía, no saber nunca la verdad. Ser burlado.
Me desentendí de esa parte de mis pensamientos y exploré de nuevo la blancura. Ya no estaba la música, ni lograba recordarla. Sé que tenía algo sonando en la computadora, pero llegaba a mis oídos lejana, como si estuviéramos en planetas diferentes.
¡Ay de mí! Podía tranquilamente relegar todas esas cuestiones. Esa era mi ventaja, podía dejarlas en algún lugar recóndito del subconsciente y luego invitarlas a la fiesta de mi mente otro día. Mientras se maduraban. ¡Ese era mi cerebro! Podía almacenar y analizar cosas por separado, captarlas y organizarlas bien.
Decidí, como siempre, dejarlas tiradas, con buenas raciones de comida, en otro lugar. Más tarde las recogería antes de ir a dormir y les seguiría dando forma. Por ahora lo importante era escribir, para desahogarme.
No bien terminé de pensar todo eso, quizás en el espacio de cinco minutos, cuando la oscuridad me envolvió. Me sentía en otro mundo, por supuesto, no lo estaba. Sólo se fue la luz.
Empecé a levantarme y a tantear la mesa hasta dar con la cajetilla de cigarrillos. Busqué la puerta y salí de mi casa unos momentos, para consumir nicotina. ¡Oh dulce nicotina! Es mala, sin duda, de lo peor. Pero de alguna forma me adormece... O algo así. Será cuestión de un psiquiatra decir que es lo que le veo. Pero por ahora... Simplemente enciendo un cigarrillo y lo consumo, a la luz de la luna.
Saludé a unos vecinos que pasaban y seguí con mis meditaciones. Me daba perfecta cuenta de que últimamente iba y venía sin rumbo aparente. Tuve un sueño hace noches. Me quedaba dormido en mi computador y cuando despertaba mis brazos se hallaban llenos de palabras, corrí a un espejo y vi como todo mi cuerpo estaba también tatuado. Cada parte se hallaba escrita, no había un solo rincón que no estuviera lleno. Las letras se movían, para contar nuevas historias, y pronto me veía a mi mismo como una nube flotante de historias. Quizás los libros que constantemente leo me estén absorbiendo poco a poco. Quizás este empezando a tomar forma yo en las historias, y mi sentido de la realidad se este dañando.
Últimamente... ¿Qué podía decir? Ya casi ni veía a las personas, veía ideas, pensamientos, ir y venir. Historias nuevas y viejas. Flotaba, sí, flotaba entre la gente, entre millones de historias. ¡Cómo me hubiera gustado conocerlas!. Cada persona que veía era una nueva historia esperando a ser escrita. Me dirán ustedes loco. Por eso comencé a entrenarme en el arte de la lógica y la observación. En la psicología. Poco a poco fui empezando a ver más sobre las personas. Me dirá el lector agudo, “¿No decías que tomaba un observador más entrenado que tú, al principio?”. En ese caso específico, no soy parcial. Trato de ajustar los hechos a mis teorías, no las teorías a los hechos. Puede responder usted con toda tranquilidad, “¿Pero si sabe su falla, por qué no la corrige?”. Porque mi falla es voluntaria. Deseo verlo así, porque me ofrece posibilidades... difíciles. Tomé usted un tiempo y haga un ejercicio mental. Suponga que esta enamorado de una persona, que la ama. Pero es incapaz de comunicarlo. Suponga también que pasa mucho tiempo con esa persona, que a ella le agrada su compañía... Pero esta usted convencido de que no siente lo mismo. ¿No querría usted ajustar los hechos a su teoría?. Empezaría tomando por sentado que la persona siente lo mismo, y luego discurriría en lo demás. Es algo humano, no se preocupe, nos pasa a todos. Ya me ha ocurrido. Y si puede cruzar por mi vida ese hecho, tenga por seguro que por la suya es igual de probable que pase. Porque, con el tiempo, todos somos capaces de vivir todas las posibilidades. Incluso el papa, aquél que representa, supuestamente, a Cristo sobre la tierra, si viviera infinitamente, tendría sus momentos de ateísmo. Momentos traducidos en décadas, por supuesto. ¿Y quién sabe?. Quizás después recaería en los viejos hábitos. ¡Con el suficiente tiempo! ¡Preste atención! Con el suficiente tiempo, la persona más inculta se vuelve culta, para luego abandonarse. Con el suficiente tiempo... Un día se hallaría usted escribiendo “En un lugar de la mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho que vivía un hidalgo...”. ¡Téngalo por seguro!.
Sin duda hoy había sido un día espectacular para mí amigo, pero siempre tienen su regusto amargo al final estas cosas. Los últimos minutos son agrios, créame. Cuando nos toca despedirnos... ¡Qué agrios son!.
Sin embargo, aquí estoy, regresó la luz y veo la pantalla sin lograr pensar en una buena historia que relatar, aunque sea para justificar tanta divagación.
Era de aquél amigo mío una historia singular. Su padre viajaba mucho, mucho. Era piloto. Sucede que en primaria éramos muy unidos, y un día su padre murió en un accidente de avión. Me enteré, claro esta, por mi madre. No hice el menor intento de tranquilizarlo, ni le di el sentido pésame. ¡Cuán ridícula tradición! Parece que los felicitaran. Si mi padre muriera, no aceptaría ninguna de esas demostraciones de pesar. Pero estamos acostumbradas a ellas, y nos hacen sentir, de cierta forma, mejor. Bueno. No lo busqué, al día siguiente lo miré con comprensión y le di un abrazo, eso fue todo. Mucha gente se le acerco y lo cargaban como un animal de circo. Claro, era con las mejores intenciones. A las dos semanas me hallaba yo jugando videojuegos cuando tocaron a la puerta. Salí y me lo encontré, sus labios sonreían, pero sus ojos estaban turbados. Me saludó y pasó. Le ofrecí un control y jugamos algunas partidas. De repente se echa a llorar encima mío. Llorar desconsoladamente. Mi madre sale y le hago señas para que no intervenga. Seguro, ella daría muestras de afecto. Pero el necesitaba desahogarse, no que le dijeran que estuviera feliz. Siguió llorando un tiempo, y luego empezó a balbucear cosas. Las escuché y le hice observaciones lógicas, verdaderas. No lo que necesitaba oír, sino la verdad. Al final, terminó de llorar y me dio las gracias por ser tan buen amigo. Y pude ver que cuando sonreía, lo hacía con los ojos. ¡Eso es todo lo que toma! Te desahogas junto a un buen amigo, que te sepa escuchar y que haga observaciones objetivas, y de pronto esta el asunto cerrado. Jugamos un rato más y luego se marchó, dándome las gracias.
Hay cosas extrañas en esta vida. ¡Seguro que las hay!. A la misma hora que su padre murió, el teléfono de la casa empezó a sonar. Cuando respondieron se escuchó un chirriar, como si se estuvieran quemando cables, y luego el teléfono quedo inservible. De eso me enteré después.
No quiero parecer una persona por encima de lo corriente. Sufro igual, y cometo mis errores, pero no solemos hablar de errores. Solemos hablar de triunfos. Porque cada uno de nosotros desea ser mejor de lo que en verdad es. Quiere superarse.
Yo soy un cobarde, sí señor, un cobarde, por lo menos en lo que a relaciones se trata. Para otras cosas soy valiente. Ese es uno de mis principales defectos. Estoy convencido de ello.
¿Quiere que le dé un ejemplo? Vaya, es difícil sin comprometerse. Pero confié en mí.
Terminé de divagar, por lo menos por hoy. Ya otros pensamientos, y, seguramente, contradicciones a lo que acabo de decir, vendrán luego. Por este momento, es lo que pienso. ¡Ay de mí si antes de publicarlo no he cambiado de opinión!.
A mi memoria vino de repente una melodía, no lograba ubicar a quién pertenecía. Empecé a tararearla mientras buscaba algo diferente en los rincones de mi mente, y poco a poco subió de volumen, hasta aturdirme. Me hubiera gustado precisar la letra, pero tampoco. Simplemente se siguió repitiendo hasta que se apoderó de mis pensamientos. ¡Vaya, lo que me faltaba, un cáncer en la imaginación!. Me iba poniendo lúcido, empezaba a verter contenido en todo lo que otrora fue blanco. Podía ver rostros y hechos mezclarse, pero cuando trataba de plasmar alguno sobre la hoja, se esfumaban con una sonrisa burlona.
¡Cuanto sufren los escritores! La mente tiene sus propios dolores de parto. Intranquilizan el estómago y causan desasosiego, pero todo esto imaginario. Mi estómago esta en perfectas condiciones.
Así que me desemperecé y fui a buscar comida. Pero tampoco podía comer. Volví y me acosté, esperando que mi cerebro comprendiera que teníamos que ir al reino de Morfeo. ¡Pero nos rechazaron el boleto! Abrí nuevamente los ojos decepcionado y levanté la cortina. Afuera todo estaba oscuro, podía ver algunas palmas, pero nada me llamaba la atención.
Fijé mi vista sobre la mesa y vi como las hormigas cargaban pequeñas migajas. Sin duda no eran conscientes de lo que pasaba. Sus mentes les decían que hacer con perfección. Eran autómatas. Pensé en que nos habría diferenciado tanto a las especies. Una vez escuché que el hombre empezó a evolucionar la primera vez que al recibir un agravio en vez de responder con la camorra insultó al adversario. Quizás sea verdad, personalmente me parece un hecho fantástico, pero posible.
Mi cuarto no es muy grande, hay espacio para un colchón y unos cuantos muebles pequeños que guardan mis libros. Lo demás es un armario que esta lleno de las cosas de la mudanza de mi tío. Sin embargo, allí se desarrolla prácticamente mi vida. No salgo mucho. Quizás por lo alejado de mi casa.
Miré el calendario y vi que faltaban algunos días para el comienzo de clases. No me preocupaba algo en específico, pero me revolvía el estómago las emociones encontradas. Fue entonces cuando empecé a modelar algo, una historia, pero luego la deseché.
Recordé el día, generalmente lo dejó para los mínimos segundos antes de caer inconsciente. Pero hoy comencé temprano. Vi de que forma había pasado todo y traté de sacar alguna conclusión importante. Sin embargo, la conducta humana es tan diversa que muchas veces toma un observador más atento que yo la tarea de adivinar los pensamientos de otro. Pasé un largo rato elaborando hipótesis, deducciones, premisas, pero no lograba dar con nada concluyente. Se supone que de premisas verdaderas la conclusión tiene que ser verdadera. Cuando hay varias conclusiones verdaderas, ¿Qué nos queda sino ir eliminándolas? ¡Y cuantas formas hay de hacerlo!. Al final sólo dejé dos, igual de probables, extremos completamente opuestos, pero igual de probables. ¡Ah!. Si todo se pudiera solucionar haciendo una pregunta. Pero, ¿No sería eso igual que enseñar el truco antes de hacerlo?. Un prestidigitador no lo haría. ¿Me atrevería yo a hacer un jugada arriesgada? ¿Qué había en juego? ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Pero aún así temía algo que no podía concretar. El lector entendido puede decir que soy un cobarde. Seguramente tiene toda la razón. No hay nada más probable.
Y siempre existía esa incógnita, ese dilema, esas dos conclusiones. ¡Si hubiera algún truco! Claro, tenía varios hilos tendidos y en cualquier momento tenía que dar con algo. Pero eran tan finos... Que bien podría romperse todo y nunca conocer cual de las dos era la verdadera. Quizás era eso lo que temía, no saber nunca la verdad. Ser burlado.
Me desentendí de esa parte de mis pensamientos y exploré de nuevo la blancura. Ya no estaba la música, ni lograba recordarla. Sé que tenía algo sonando en la computadora, pero llegaba a mis oídos lejana, como si estuviéramos en planetas diferentes.
¡Ay de mí! Podía tranquilamente relegar todas esas cuestiones. Esa era mi ventaja, podía dejarlas en algún lugar recóndito del subconsciente y luego invitarlas a la fiesta de mi mente otro día. Mientras se maduraban. ¡Ese era mi cerebro! Podía almacenar y analizar cosas por separado, captarlas y organizarlas bien.
Decidí, como siempre, dejarlas tiradas, con buenas raciones de comida, en otro lugar. Más tarde las recogería antes de ir a dormir y les seguiría dando forma. Por ahora lo importante era escribir, para desahogarme.
No bien terminé de pensar todo eso, quizás en el espacio de cinco minutos, cuando la oscuridad me envolvió. Me sentía en otro mundo, por supuesto, no lo estaba. Sólo se fue la luz.
Empecé a levantarme y a tantear la mesa hasta dar con la cajetilla de cigarrillos. Busqué la puerta y salí de mi casa unos momentos, para consumir nicotina. ¡Oh dulce nicotina! Es mala, sin duda, de lo peor. Pero de alguna forma me adormece... O algo así. Será cuestión de un psiquiatra decir que es lo que le veo. Pero por ahora... Simplemente enciendo un cigarrillo y lo consumo, a la luz de la luna.
Saludé a unos vecinos que pasaban y seguí con mis meditaciones. Me daba perfecta cuenta de que últimamente iba y venía sin rumbo aparente. Tuve un sueño hace noches. Me quedaba dormido en mi computador y cuando despertaba mis brazos se hallaban llenos de palabras, corrí a un espejo y vi como todo mi cuerpo estaba también tatuado. Cada parte se hallaba escrita, no había un solo rincón que no estuviera lleno. Las letras se movían, para contar nuevas historias, y pronto me veía a mi mismo como una nube flotante de historias. Quizás los libros que constantemente leo me estén absorbiendo poco a poco. Quizás este empezando a tomar forma yo en las historias, y mi sentido de la realidad se este dañando.
Últimamente... ¿Qué podía decir? Ya casi ni veía a las personas, veía ideas, pensamientos, ir y venir. Historias nuevas y viejas. Flotaba, sí, flotaba entre la gente, entre millones de historias. ¡Cómo me hubiera gustado conocerlas!. Cada persona que veía era una nueva historia esperando a ser escrita. Me dirán ustedes loco. Por eso comencé a entrenarme en el arte de la lógica y la observación. En la psicología. Poco a poco fui empezando a ver más sobre las personas. Me dirá el lector agudo, “¿No decías que tomaba un observador más entrenado que tú, al principio?”. En ese caso específico, no soy parcial. Trato de ajustar los hechos a mis teorías, no las teorías a los hechos. Puede responder usted con toda tranquilidad, “¿Pero si sabe su falla, por qué no la corrige?”. Porque mi falla es voluntaria. Deseo verlo así, porque me ofrece posibilidades... difíciles. Tomé usted un tiempo y haga un ejercicio mental. Suponga que esta enamorado de una persona, que la ama. Pero es incapaz de comunicarlo. Suponga también que pasa mucho tiempo con esa persona, que a ella le agrada su compañía... Pero esta usted convencido de que no siente lo mismo. ¿No querría usted ajustar los hechos a su teoría?. Empezaría tomando por sentado que la persona siente lo mismo, y luego discurriría en lo demás. Es algo humano, no se preocupe, nos pasa a todos. Ya me ha ocurrido. Y si puede cruzar por mi vida ese hecho, tenga por seguro que por la suya es igual de probable que pase. Porque, con el tiempo, todos somos capaces de vivir todas las posibilidades. Incluso el papa, aquél que representa, supuestamente, a Cristo sobre la tierra, si viviera infinitamente, tendría sus momentos de ateísmo. Momentos traducidos en décadas, por supuesto. ¿Y quién sabe?. Quizás después recaería en los viejos hábitos. ¡Con el suficiente tiempo! ¡Preste atención! Con el suficiente tiempo, la persona más inculta se vuelve culta, para luego abandonarse. Con el suficiente tiempo... Un día se hallaría usted escribiendo “En un lugar de la mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho que vivía un hidalgo...”. ¡Téngalo por seguro!.
Sin duda hoy había sido un día espectacular para mí amigo, pero siempre tienen su regusto amargo al final estas cosas. Los últimos minutos son agrios, créame. Cuando nos toca despedirnos... ¡Qué agrios son!.
Sin embargo, aquí estoy, regresó la luz y veo la pantalla sin lograr pensar en una buena historia que relatar, aunque sea para justificar tanta divagación.
Era de aquél amigo mío una historia singular. Su padre viajaba mucho, mucho. Era piloto. Sucede que en primaria éramos muy unidos, y un día su padre murió en un accidente de avión. Me enteré, claro esta, por mi madre. No hice el menor intento de tranquilizarlo, ni le di el sentido pésame. ¡Cuán ridícula tradición! Parece que los felicitaran. Si mi padre muriera, no aceptaría ninguna de esas demostraciones de pesar. Pero estamos acostumbradas a ellas, y nos hacen sentir, de cierta forma, mejor. Bueno. No lo busqué, al día siguiente lo miré con comprensión y le di un abrazo, eso fue todo. Mucha gente se le acerco y lo cargaban como un animal de circo. Claro, era con las mejores intenciones. A las dos semanas me hallaba yo jugando videojuegos cuando tocaron a la puerta. Salí y me lo encontré, sus labios sonreían, pero sus ojos estaban turbados. Me saludó y pasó. Le ofrecí un control y jugamos algunas partidas. De repente se echa a llorar encima mío. Llorar desconsoladamente. Mi madre sale y le hago señas para que no intervenga. Seguro, ella daría muestras de afecto. Pero el necesitaba desahogarse, no que le dijeran que estuviera feliz. Siguió llorando un tiempo, y luego empezó a balbucear cosas. Las escuché y le hice observaciones lógicas, verdaderas. No lo que necesitaba oír, sino la verdad. Al final, terminó de llorar y me dio las gracias por ser tan buen amigo. Y pude ver que cuando sonreía, lo hacía con los ojos. ¡Eso es todo lo que toma! Te desahogas junto a un buen amigo, que te sepa escuchar y que haga observaciones objetivas, y de pronto esta el asunto cerrado. Jugamos un rato más y luego se marchó, dándome las gracias.
Hay cosas extrañas en esta vida. ¡Seguro que las hay!. A la misma hora que su padre murió, el teléfono de la casa empezó a sonar. Cuando respondieron se escuchó un chirriar, como si se estuvieran quemando cables, y luego el teléfono quedo inservible. De eso me enteré después.
No quiero parecer una persona por encima de lo corriente. Sufro igual, y cometo mis errores, pero no solemos hablar de errores. Solemos hablar de triunfos. Porque cada uno de nosotros desea ser mejor de lo que en verdad es. Quiere superarse.
Yo soy un cobarde, sí señor, un cobarde, por lo menos en lo que a relaciones se trata. Para otras cosas soy valiente. Ese es uno de mis principales defectos. Estoy convencido de ello.
¿Quiere que le dé un ejemplo? Vaya, es difícil sin comprometerse. Pero confié en mí.
Terminé de divagar, por lo menos por hoy. Ya otros pensamientos, y, seguramente, contradicciones a lo que acabo de decir, vendrán luego. Por este momento, es lo que pienso. ¡Ay de mí si antes de publicarlo no he cambiado de opinión!.