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Primer post: 25 feb 2010Último post: 2 ene 2012
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La escuela austríaca refutó el marxismo
InfoporAnónimo2/25/2010

Nuestro propósito es que este sea el primero de una serie de artículos dedicada a la exposición de apasionantes e históricas controversias que permanecen desconocidas para la inmensa mayoría del público. Sobre ellas ha recaído una conspiración de silencio más o menos expresa, auspiciada por aquellos que, aunque derrotados en el campo intelectual, salieron a menudo triunfantes en el campo del activismo político. CARLOS MARX Y "EL CAPITAL" En la primera mitad del siglo XIX el liberalismo reina triunfante en Occidente. Se trata de un movimiento de emancipación, enemigo de los privilegios que, a través del estado y mediante los impuestos y las restricciones a la libertad económica, se reservan unas clases sociales -nobleza, clero y gremios- a expensas del resto de la población. El liberalismo opone la razón y la ciencia frente al oscurantismo y la superstición. En el campo de la economía, el liberalismo tiene su expresión en la defensa del laissez faire frente al mercantilismo. Adam Smith primero, y David Ricardo después, ya han establecido las bases de lo que hoy se conoce como Escuela Clásica de Economía. El sistema de Ricardo, aunque adolece de graves fallos, aparenta ser un edificio lógico de construcción impecable, lo que impresiona notablemente a sus contemporáneos. Paralelamente, y además de los reaccionarios partidarios del Antiguo Régimen, existe un movimiento socialista utópico, acientífico y cuasi-místico cuyos principales representantes son Fourier, Owen y Saint Simon y junto a él, otro algo mejor fundamentado, aunque no mucho más, que incluye a Lasalle, Sismondi y Roedbertus. En su Historia del Pensamiento Económico, Murray Rothbard hace un formidable repaso genealógico de este tipo de movimientos que abarcaría desde Espartaco a Tomás Moro, de Campanella a Thomas Múnzer y los anabaptistas alemanes y de Platón o Esparta hasta Gracus Babeuf y su Liga de los Iguales. Es en este contexto histórico donde aparece Karl Marx. Marx había alcanzado notoriedad con la publicación en 1848 del Manifiesto Comunista, pero es en 1857 con El Capital cuando reivindica su lugar dentro de la Ciencia Económica. Lo que caracterizaba a Marx frente al resto de socialistas utópicos era su argumentación científica (pseudo-científica en realidad) y su lenguaje "liberal" para atacar el liberalismo. Marx sostenía que también él quería acabar con los privilegios de clase y con el estado como instrumento de explotación. Al igual que los liberales, se definía como progresista, racional y científico e izquierdista (el término 'izquierda' tiene su origen en la disposición de los escaños que en el Parlamento francés del Antiguo Régimen ocupaban los que se oponían a la Sociedad Estamental). No sólo eso. Los liberales eran la derecha. El sistema de laissez faire era una nueva forma de opresión. Una clase -los propietarios capitalistas y burgueses- explotaba a otra -los trabajadores asalariados, a quienes Marx denominó proletariado. Así como la nobleza vivía de los tributos procedentes del resto de la sociedad y así como los señores feudales se alimentaban del trabajo de los siervos de la gleba, los capitalistas, según Marx, vivían merced al beneficio empresarial que no podía provenir de otro lado que del excedente sustraído al trabajador, al que le dio el nombre de plusvalía. Sobre esta base, Marx cimentó sus conclusiones acerca del futuro del capitalismo: creciente concentración de riqueza en pocas manos y tendencia al monopolio -la eterna cantinela de pobres más pobres y ricos más ricos-, tasa de beneficio decreciente conforme aumenta la acumulación de capital con las consiguientes crisis, de intensidad cada vez mayor, para desembocar finalmente en una dictadura del proletariado cuando los desposeídos, cada vez mayores en número, se apoderasen de la propiedad capitalista. La acusación era tan grave y la teoría tan tremendamente ambiciosa como intento de explicar la realidad, que no podía ser ignorada. Se hacía por tanto ineludible examinarla en profundidad, pues de su veracidad o falsedad podía depender el futuro de la humanidad. El insigne economista austríaco Eugen von Böhm-Bawerk (1850-1914) se dedicó a este esencial cometido. Examinemos cuales fueron los resultados. LA TEORÍA DE LA EXPLOTACIÓN REFUTADA Con el fin de no hacer excesivamente prolija la exposición, he optado por ir simultaneando la argumentación marxista contenida en el primer volumen de El Capital con la refutación de Böhm-Bawerk incluida en el capítulo número XII dedicado a La Teoría de la Explotación, dentro de su monumental Historia y crítica de las teorías del interés que es el primer volumen de la obra Capital e Interés. La controversia tiene dos partes, como veremos, puesto que el mismo Marx detectó contradicciones en su sistema. Marx prometió resolverlas en el tercer volumen de El Capital, y tras la publicación de este tercer volumen, Böhm-Bawerk, en La Conclusión del sistema marxiano, examinó las "soluciones" propuestas por Marx. EL PRIMER VOLUMEN DE EL CAPITAL Y LA CRÍTICA DE BÖHM-BAWERK Marx comienza a construir su teoría invocando la autoridad de Aristóteles: "No puede existir cambio sin igualdad, ni igualdad sin conmensurabilidad". Por tanto, según Marx, en las dos cosas intercambiadas tiene que existir "un algo común y de la misma magnitud". Aquí Böhm-Bawerk detecta el primer error: en realidad, el valor no es intrínseco a las cosas, sino algo subjetivamente apreciado por cada individuo según su situación y necesidades. En efecto, un intercambio tiene lugar sólo si ambas partes valoran en menor medida lo que ceden que lo que obtienen. Para poner a prueba la teoría marxista, Jim Cox planteaba la siguiente pregunta: ¿Cuántas veces ha ido el lector al mercado a cambiar un billete de un dólar por otro billete idéntico y luego otra vez y otra…? Desgraciadamente, la teoría de la igualdad de valor intrínseco de las cosas intecambiadas es pilar básico, tanto de la terrible teoría mercantilista -según la cual, en el intercambio, si alguien gana es porque el otro pierde-, como en el no menos pernicioso movimiento contemporáneo que denuncia el "comercio injusto" Norte-Sur. Un estudiante de lógica sabe que cualquier conclusión obtenida a partir de una premisa falsa o de un razonamiento falaz carece de valor científico. Pero no es que Marx deduzca coherentemente todo su sistema a partir de esta única falsedad, es que los errores y las falacias se multiplican en cada paso. Prosigamos. Para investigar ese "algo común" característico del valor de cambio, Marx repasa las diversas cualidades que poseen los objetos equiparados por medio del cambio. Eliminando y excluyendo aquellas que no resisten la prueba, se queda sólo con una que, según él, sí pasa el examen: "ser productos del trabajo". Sin embargo, Marx hace trampa y Böhm-Bawerk lo evidencia. En primer lugar, es falso que todos los bienes intercambiados sean productos del trabajo. Por ejemplo, los recursos naturales tienen valor y son intercambiados, pero no son producto de ningún trabajo. Certeramente objeta Knies a Marx: "Dentro de la exposición de Marx no se ve absolutamente ninguna razón para que la igualdad expresada en la fórmula: 1 libra de trigo= x quintales de madera producidos en el bosque no sea sustituida con igual derecho por esta otra: 1 libra de trigo = x quintales de madera silvestre = y yugadas de tierra virgen = z yugadas de pastos naturales". Pero no sólo eso. Es falso que esa sea la única característica común que pueda encontrarse en los bienes que son objeto de intercambio. "¿De veras estos bienes no tienen otras cualidades comunes como su rareza en proporción a la demanda?", es decir, la cualidad de presentarse en cantidades insuficientes para satisfacer todas las necesidades que de ellas tiene el ser humano, o "la de haber sido apropiadas por el hombre" precisamente por esa causa, o "la de ser objeto de oferta y demanda?", se pregunta Böhm-Bawerk. Decídalo el lector. Marx incide en el error: "si los bienes que son intercambiados sólo tienen en común la cualidad de ser productos del trabajo, entonces el valor de cambio vendrá determinado por la cantidad de trabajo incorporado en la mercancía". Marx descarta las "excepciones" como algo insignificante. Böhm-Bawek examina esas "pocas excepciones sin importancia". Al final vemos que éstas predominan de tal modo que apenas dejan margen a la "regla". Se incluirían, por ejemplo, los bienes que no pueden reproducirse a voluntad como obras de arte y antigüedades, toda la propiedad inmueble (¿cómo explica Marx que un piso de 150 metros cuadrados, construido por los mismos obreros con los mismos materiales, en la calle Serrano de Madrid valga veinte veces más que el mismo piso en una pedanía de la provincia de Teruel?), los productos protegidos por patente o derechos de autor o los vinos de calidad (las horas de trabajo empleadas para producir el vino Vega Sicilia son más o menos las mismas que se emplean en producir un vino peleón cien veces más barato). ¿Y qué decir de los productos objeto de trabajo cualificado, provenga esta cualificación de la preparación profesional o de las dotes innatas? Aunque Marx sostenga que ésta última no es una excepción, sino una variante pues según él, "el trabajo complejo es trabajo simple potenciado o multiplicado", Böhm-Bawerk advierte que para explicar la realidad no interesa lo que los hombres puedan fingir que es, sino lo que real y verdaderamente es. ¿Puede alguien en su sano juicio afirmar con toda seriedad que dos horas de trabajo de un cantante de opera tienen idéntica esencia que sesenta horas de trabajo de un enfermero? He dejado para el final la última gran excepción. Una excepción de tal calibre que en la actualidad incluye al 95 por ciento de los bienes. Se trata de todas aquellas mercancías producidas con el concurso de capital o, por mejor decirlo, aquellos bienes en los que el tiempo ha jugado un papel importante en el proceso productivo. Puesto que Marx construye su teoría de la plusvalía apoyándose sobre estos bienes -considera que no constituyen una excepción, sino la confirmación de la explotación capitalista- vamos a examinarlos con detalle. LA "PLUSVALÍA" CAPITALISTA Para Marx, tanto el beneficio, como el interés del capital provienen de la explotación del trabajador. Veamos como trata de probarlo. Como hemos visto, Marx mantiene por un lado que los bienes se cambian en el mercado según el trabajo que llevan incorporado -lo cual se ha probado que es falso-, pero como, según él, el trabajador no recibe el producto íntegro de su trabajo -la segunda tesis cuya falsedad también demostraremos-, sino tan sólo el salario mínimo de subsistencia, el capitalista puede apropiarse del excedente producido. Dice Marx: "El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la suma de los medios de existencia de que tiene necesidad el obrero para seguir vivo como obrero. Por consiguiente, lo que el obrero recibe por su actividad es estrictamente lo que necesita para mantener su mísera existencia y reproducirla". Para respaldar esta segunda tesis, Marx apela al prestigio de la Escuela Clásica. Marx cita a Adam Smith: "En el estado original de cosas, que precede tanto a la apropiación de la tierra como a la acumulación de capital, el producto íntegro del trabajo pertenece al trabajador. No existen ni terratenientes, ni patrón con quienes compartir. Si hubiese continuado este estado de cosas, los salarios de los trabajadores habrían aumentado con todas las mejoras de la productividad a que la división del trabajo da lugar" Marx también invoca la "ley de hierro de los salarios" avanzada por David Ricardo y refrendada por Lasalle. Para Ricardo, los salarios no pueden elevarse permanentemente por encima del nivel de subsistencia, ya que en tal caso se produce un incremento de población. Esto obliga a cultivar tierras cada vez menos fértiles con lo que se eleva el coste de producción del cereal -medio de subsistencia por antonomasia del obrero y base de toda la teoría ricardiana de la renta. Finalmente Marx se refiere a la teoría clásica, según la cual el valor de cambio o precio, coincide con el coste de producción. Para Marx, el coste de producción del trabajo es el coste de subsistencia del trabajador. El origen de la plusvalía radicaría pues en "la diferencia entre el coste de la fuerza de trabajo y el valor que ésta puede crear". Es decir, el obrero trabaja diez horas, pero sólo cobra lo producido en dos. De las otras ocho se apodera el capitalista. CRÍTICA DE LA TEORÍA DE LA PLUSVALÍA Vamos a examinar a continuación las principales falacias incluidas en estos últimos argumentos. Aunque Böhm-Bawerk no se detiene a criticar la sentencia de Adam Smith -incluso aceptando este marco teórico, Böhm es capaz de demostrar la falsedad de la teoría de la explotación y explicar el verdadero fundamento del interés del capital-, nosotros sí vamos a mostrar la doble falsedad que se oculta en la tesis de que el salario sería la forma original y primaria de ingreso, emergiendo el beneficio posteriormente como diferencia entre ingreso y salario. Primero: si definimos el salario como la retribución al trabajo dependiente (la definición que Marx siempre utiliza), es imposible que éste exista en la etapa pre-capitalista. El salario surge con el capitalismo. Los ingresos que los "trabajadores" percibían anteriormente -por ejemplo en el caso de granjeros o artesanos- no eran salarios, sino beneficio empresarial en la terminología marxista, pues eran los propietarios de la producción quienes la vendían en el mercado, quienes organizaban el proceso productivo y quienes aportaban los instrumentos materiales que lo hacían posible. Lo mismo cabe decir de los comerciantes, que compraban mercancía para revenderla con beneficio. Es evidente que cuando se compra mercancía no se paga salario y que tampoco se cobra cuando se vende. Los comerciantes compraban lo que en la jerga marxiana se denomina capital constante, y éste, como veremos, no puede producir beneficio. Segundo: Smith, igual que Marx, desprecia e ignora absolutamente los efectos absolutamente decisivos que, para la división del trabajo y el incremento de la productividad, tienen la propiedad privada, la acumulación de capital y la función empresarial. En realidad la "época dorada" a la que parece referirse Smith sería el paleolítico, en donde hordas de salvajes subhumanos se dedicaban exclusivamente a la depredación -caza y recolección, sin que existiese nada parecido a una transformación de recursos en etapas sucesivas para lograr bienes distintos de los que ofrecía la naturaleza en estado salvaje. La revolución neolítica que introduce el cultivo agrícola y la ganadería y que eleva al primate a la condición de hombre, se basó en una institución fundamental: la propiedad privada. Por lo que a la ley de hierro de los salarios se refiere, ésta no se basaba tanto en el hecho de que los trabajadores son explotados (por tanto queda fuera del análisis de Böhm-Bawerk) y no perciben íntegramente el fruto de su trabajo -Ricardo no parece compartir esta tesis-, sino en la aplicación combinada de dos principios: la ley de los rendimientos marginales decrecientes en la agricultura y las ideas que sobre el crecimiento de la población había avanzado Thomas Malthus: "la población de los seres vivos tiende a expandirse hasta el límite en el que los recursos disponibles no pueden garantizar más que el mínimo de subsistencia". Estas ideas, que han sido refutadas por los hechos en todos los países de Occidente, también han sido contestadas en el campo teórico. La ley de los rendimientos marginales decrecientees establece que si se aumenta la cantidad empleada de un factor de producción, manteniéndose constantes las cantidades empleadas del resto de factores, la cantidad producida, aumenta, a partir de cierto momento, en proporciones cada vez menores. Es verdad que existe una ley de rendimientos marginales decrecientes, no sólo en la agricultura, sino en todos las áreas de la producción (si no existiese, o bien toda la producción se concentraría en un metro cuadrado, o bien no haría falta acumular capital, o todo el trabajo del mundo podría ser realizado por un solo operario), pero -y esto es lo importante- dicha ley convive con otras verdades económicas, como que la división del conocimiento y la acumulación de capital mejoran las técnicas de producción y, por tanto, incrementan la productividad. Hayek tenía mucha razón cuando decía que debemos optar entre ser pocos y pobres o muchos y ricos. Es difícil determinar cuál es el volumen óptimo de población en cada momento, aunque advertimos que los seres humanos son bastante racionales - a diferencia de los animales- a la hora de regular la población, mediante lo que se conoce como paternidad responsable, es decir, no traer al mundo hijos a los que no se tenga la oportunidad de proporcionar una vida tan cómoda, al menos, como la que disfrutan sus progenitores. ¡Si Marx creía que los trabajadores iban a comportarse como animales y no como humanos a la hora de reproducirse, no parece que les tuviera en muy alta estima! VALOR Y COSTE DE PRODUCCIÓN Es la idea de que el coste de producción determina el valor de cambio o precio del producto sobre la que Böhm-Bawerk recrudece sus críticas. Como decía Jim Cox, si el valor de los bienes estuviese determinado por su coste de producción, la foto de un ser querido tendría el mismo valor que la de un desconocido o la de un enemigo -abran sus carteras para comprobarlo. Me pregunto qué hacen dos marxistas después de ir al cine. Se supone que no podrán estar en desacuerdo sobre lo mucho o poco que les ha gustado la película, pues después de todo, la producción ha requerido igual cantidad de trabajo antes de que ambos la consuman. En realidad, ninguna actividad de tipo industrial o de cualquier otro orden puede conferir valor al bien o servicio producido. El valor brota posteriormente de las apreciaciones subjetivas de la gente. Es la intensidad de la apetencia del consumidor la que determina el valor de bienes y servicios. Es importante subrayar que lo que el consumidor valora, no es la totalidad de bienes que existen en el universo (todo el agua o el pan del mundo), sino solamente la unidad o unidades (una botella, una barra) sobre los que ha de decidir. Los que puede o no adquirir y los que puede o no ceder a cambio. A partir de esta genial observación -a nosotros nos parece evidente una vez presentada-, Menger y luego Böhm-Bawerk construyen una teoría completa de precios y costes. Si los bienes de consumo se valoran de acuerdo con la necesidad que satisface o deja de satisfacer la unidad de cada bien sobre la que tenemos que decidir, los factores de producción se valoran según su aptitud para proporcionarnos aquellos bienes, esto es, según su productividad. Aquí también hablamos de unidades concretas y "marginales" (están en el "margen" o umbral de ser o no adquiridas o cedidas) y no de la totalidad que de ese factor existe en el mundo. Cada unidad de factor es así valorada de acuerdo con su productividad marginal. La Ciencia Económica tradicionalmente había clasificado los factores de producción en tres grandes grupos: tierra, trabajo y capital. La genial aportación de Böhm-Bawerk consistió en descubrir la auténtica esencia del capital recurriendo al análisis de un factor ignorado: el tiempo. Veamos como el austríaco se sirve del tiempo para desarticular la teoría de la explotación. Una cosa es que deba pertenecer al obrero el producto íntegro de su trabajo o su valor correspondiente -lo cual Böhm-Bawerk y cualquiera acepta- y otra que el obrero deba percibir ahora todo el valor futuro de su trabajo. Los socialistas pretenden, si llamamos a las cosas por su nombre, que los obreros perciban a través del contrato de trabajo más de lo que producen, más de lo que obtendrían si trabajasen por cuenta propia. Böhm-Bawek ilustra el argumento con algunos ejemplos: "Imaginemos que la producción de un bien, por ejemplo de una máquina de vapor, cueste cinco años de trabajo, que el valor de cambio obtenido de la máquina terminada sea 5.500 florines y que intervengan en la fabricación de la máquina cinco obreros distintos, cada uno de los cuales ejecuta el trabajo de un año. Por ejemplo, que un obrero minero extraiga durante un año el mineral de hierro necesario para la construcción de la máquina, que el segundo dedique otro año a convertir ese mineral en hierro, el tercero a convertir el hierro en acero, que el cuarto fabrique las piezas necesarias y el quinto las monte y dé los toques finales a ésta. Según la naturaleza misma de la cosa, los cinco años de trabajo de nuestros obreros no podrán rendirse simultánea, sino sucesivamente y cada uno de los siguientes obreros sólo puede comenzar su trabajo una vez hayan culminado el suyo los obreros anteriores. ¿Qué parte podrá reclamar por su trabajo cada uno de los cinco copartícipes, con arreglo a la tesis de que el obrero debe percibir el producto íntegro de su trabajo? Si no existe un sexto elemento extraño que anticipe las retribuciones, deberán tenerse en cuenta dos puntos absolutamente seguros. El primero es que no podrá efectuarse el trabajo hasta pasados cinco años. El segundo es que los obreros pueden repartirse los 5.500 florines. Pero, ¿con arreglo a qué criterio? No por partes iguales, como a primera vista pudiera parecer, pues ello redundaría considerablemente a favor de aquellos obreros cuyo trabajo corresponde a una fase posterior del proceso productivo y en perjuicio de los que han aportado su trabajo en una fase anterior. El obrero que monta la máquina percibiría 1.100 florines por su año de trabajo inmediatamente después de terminado éste; mientras, el minero no obtendría su retribución hasta pasados cuatro años. Y como este orden de preferencia no puede ser en modo alguno indiferente a los interesados, todos ellos preferirían el trabajo final y nadie querría hacerse cargo de los trabajos iniciales. Para encontrar quien aceptase éstos, los obreros de las fases finales se verían obligados a ofrecer una participación más alta a sus compañeros encargados de los trabajos preparatorios. La cuantía de esta compensación dependería de dos factores: la duración del aplazamiento y la magnitud de la diferencia existe entre la valoración de los bienes presentes y futuros. Así por ejemplo si esta diferencia fuese del 5 por ciento anual, las participaciones se graduarían: 1.200 florines para el primer obrero, 1.150 para el segundo, 1.100 para el tercero, 1.050 para el cuarto y 1.000 para el quinto. Sólo podría admitirse la posibilidad de que los cinco cobrasen la misma suma de 1.100 florines partiendo del supuesto que la diferencia de tiempo les fuese indiferente." Pero, si realmente el tiempo fuera indiferente a la hora de determinar el valor y por tanto la cuantía de la retribución, a los obreros les daría igual cobrar el día siguiente a la terminación de su tarea que transcurridos cinco años y, si esto fuera así, les daría igual cobrar a los cinco años que pasados cincuenta, cien o mil. (No me cabe duda de que todos empresarios subirían muy generosamente los sueldos a quienes esperasen un largo tiempo para cobrar). En realidad, el interés no es la retribución por la abstinencia -la tesis de Nassau Senior ridiculizada por Lasalle-, ni la apropiación del trabajo del obrero -como dicen los socialistas-, sino la manifestación en el mercado de un presupuesto de la acción humana, a saber, que los seres humanos desean alcanzar sus fines cuanto antes. De no ser así, se optaría siempre por los procesos materialmente más productivos cualquiera que fuese el tiempo que éstos requiriesen hasta completarse, llegándose a un punto en que desapareciese la producción de bienes de consumo, pues toda los factores se emplearían en investigación, desarrollo y acumulación de capital. Seguimos con el ejemplo: "Supongamos ahora que los obreros, como ocurre en la realidad, no puedan o no quieran esperar para recibir su salario a que termine el proceso productivo y que entren en tratos con un empresario para obtener de él un salario a medida que vaya rindiendo su trabajo, a cambio de lo cual el empresario adquiere la propiedad del producto. Supongamos que este empresario sea una persona exenta de todo sentimiento egoísta. (…) ¿En qué condiciones se establecería el contrato de trabajo? No cabe duda de que el trato por los obreros sería absolutamente justo si el empresario les paga como salario exactamente lo mismo que recibirían como parte alícuota en el caso de organizar la producción directamente y por cuenta propia. En este caso 1.000 florines inmediatamente después de terminar su trabajo, que era lo que percibía el obrero que cobraba inmediatamente. Puesto que los cinco obreros aportan exactamente el mismo trabajo, lo justo será que perciban el mismo salario". Existen otros ejemplos aún más contundentes. Supongamos que un vino necesita madurar en la barrica durante veinte o cuarenta años para alcanzar una calidad extraordinaria. Los cultivadores, recolectores y pisadores de la uva, no pueden cobrar hasta pasadas decenas de años salvo que un capitalista les adelante su retribución. Si quieren cobrar inmediatamente después de finalizar su tarea, deberán hacerlo no conforme al valor del vino ya maduro, sino de acuerdo al valor del vino sin edad que es notablemente inferior. Si alguien les anticipa sus retribuciones y luego vende el vino pasados cuarenta años, ¿De verdad creen los socialistas que dicho empleador debe buscar a sus antiguos operarios y retribuirles con los intereses del capital? Y si el vino se malogra o cae de valor debido a cambios en el gusto de los consumidores, ¿tendría sentido que les persiguiese para exigirles el reembolso de lo cobrado? CAPITAL CONSTANTE Y CAPITAL VARIABLE Marx decía que el beneficio y el interés capitalista procedían del trabajo realizado y no retribuido. Por tanto la composición del coste de producción era determinante a la hora de determinar el rendimiento del capital. Si en el coste de producción había muchos salarios y poco aprovisionamiento de materiales habría más beneficio que si sólo se compraban y revendían éstos. Según Marx, sólo el capital empleado en pagar salarios a los trabajadores podía producir beneficio. Marx llamó a esta parte capital variable; era variable porque crecía merced a la explotación de los obreros. Por su parte, el dinero empleado en adquirir materiales y maquinaria no era capaz de generar plusvalía. Hay que recordar que ya se habrían vendido según el trabajo incorporado, dejando la plusvalía en poder del vendedor. Marx llamó a esta parte, capital constante. Por consiguiente, Marx se apartaba de la teoría económica clásica, la cual sostenía que la tasa de rendimiento del capital tendía a ser constante cualquiera que fuese su composición. Puesto que los clásicos -Smith, Ricardo, Mill- propugnaban la teoría del valor derivado del coste de producción, su fórmula determinante del valor de cambio o precio era: capital constante + capital variable + tasa de rendimiento medio. (En realidad Menger y Böhm-Bawerk habían demostrado que la causalidad iba en sentido inverso. Los costes de los factores se formaban a partir del precio que se esperaba obtener.) La gran innovación del primer volumen de El Capital era, pues, la nueva fórmula del precio de equilibrio: capital constante + capital variable + plusvalía, siendo ésta última mayor o menor según el porcentaje relativo de capital variable respecto del de capital fijo. Dicho de otra forma, cuantos más obreros y menos máquinas interviniesen en la producción mayor beneficio se obtenía y viceversa. De este principio Marx deducía su teoría de la crisis capitalista, más y más aguda conforme crece la acumulación de capital y caen los beneficios. Sin embargo, ya vimos que Marx se daba cuenta de que su fórmula no se veía respaldada por la realidad. En una huida hacia delante, calificó esta contradicción de "aparente" y prometió resolverla en el tercer volumen. Aunque Marx falleció sin publicarlo, Engels sí lo hizo a partir de su manuscrito. Como dice Böhm-Baweerk, la aparición de este volumen era esperada con cierta expectación en los círculos teóricos de todos los partidos, para ver como Marx se las iba a arreglar para resolver un problema que en el primer volumen ni siquiera había abordado. Pues bien, en el tercer volumen, Marx reconoce expresamente que en la realidad, gracias a la acción de la competencia, las tasas de ganancia del capital, cualquiera que sea su composición, se mueven sobre la base de un porcentaje igual de ganancia media. Marx dice: "En la vida real las mercancías no se cambian de acuerdo con sus valores (sic), sino con arreglo a sus precios de producción". Es decir, las mercancías equiparadas por medio del intercambio contienen real y normalmente cantidades desiguales de trabajo. ¿Cabe mayor retractación? La fórmula en el tercer volumen vuelve a ser la de los clásicos: capital constante + capital variable + tasa media de beneficio. Por tanto, aunque Marx no lo diga, carece ya de sentido la fantasmagórica distinción entre capital constante y variable. De igual modo, no queda sitio para el supuesto colapso debido a la excesiva acumulación de capital no rentable. ¿Y como justifica Marx tal contradicción? Simplemente la niega: Marx dice más o menos: "Es cierto que las distintas mercancías se cambian unas veces por más de su valor y otras veces por menos, pero estas divergencias se compensan o destruyen mutuamente, de tal modo que, tomadas todas las mercancías cambiadas en su conjunto, la suma de los precios pagados es siempre igual a la suma de sus valores. De este modo, si nos fijamos en la totalidad de las ramas de producción tenemos que la ley del valor se impone como 'tendencia dominante." La respuesta de Böhm-Bawerk merece ser reproducida con cierta extensión, pues nos da una idea de su brillantez intelectual: "¿Cuál es, en realidad, la función de la ley del valor? No creemos que pueda ser otra que la de explicar las relaciones de cambio observadas en la realidad. Se trata de saber por qué en el cambio, por ejemplo, una chaqueta vale veinte varas de lienzo, por qué diez libras de té valen media tonelada de hierro, etc. (…) Tan pronto como se toman todas las mercancías en su conjunto y se suman sus precios se prescinde forzosamente de la relación existente dentro de esa totalidad. Las diferencias relativas de los precios entre las distintas mercancías se compensan en la suma total. (…) Es exactamente lo mismo que si a quien preguntara con cuantos minutos o segundos de diferencia ha llegado a la meta el campeón de una carrera con respecto a los otros corredores se le contestara que todos los corredores juntos han empleado veinticinco minutos y treinta segundos. (…) Por ese mismo procedimiento podría comprobarse cualquier "ley", por absurda que fuera, por ejemplo, la "ley" de que los bienes se cambian de acuerdo a su peso específico. Pues aunque en realidad una libra de oro, como "mercancía suelta", no se cambia precisamente por una libra, sino por 40.000 libras de hierro, no cabe duda de que la suma de los precios que se pagan por una libra de oro y 40.000 libras de hierro tomadas en su conjunto, corresponden exactamente a 40.000 libras de hierro más una libra de oro. La suma de los precios de las 40.001 libras corresponderá pues, exactamente al peso total de 40.001 libras materializado en la suma de valor, por donde, según aquel razonamiento tautológico, podremos llegar a la conclusión de que el peso es la verdadera pauta con arreglo a la cual se regula la relación de cambio de los bienes. La realidad es la siguiente. Ante el problema del valor, los marxistas empiezan contestando con su ley del valor, consistente en que las mercancías se cambian en proporción al trabajo materializado en ellas. Pero más tarde revocan esta respuesta -abierta o solapadamente- en lo que se refiere al cambio de las mercancías sueltas, es decir, con respecto al único campo en que el problema del valor tiene un sentido, y sólo la mantienen en pie, en toda su pureza, respecto al producto nacional tomado en su conjunto, es decir con respecto a un terreno en el que aquel problema no tiene sentido alguno. Lo cual equivale a decir tanto como reconocer que, en lo tocante al verdadero problema del valor, la "ley del valor" es desmentida por los hechos." CONCLUSIÓN La refutación de Böhm-Bawerk a la teoría de la explotación constituye, como decía Rothbard, la vacuna que, por excelencia, inmuniza contra el marxismo. Sobre ella lanzaron los marxistas, primero sus más furibundos ataques, -en realidad contra su "lógica burguesa" ya que los argumentos son incontrovertibles -ahí están, expuestos a la vergüenza pública, los trabajos de Hilferding, Bujarin o Sweezy para quien quiera reír, por no llorar. Más adelante, simplemente la silenciaron. Ese silencio ha hecho posible, desgraciadamente, que cientos de millones de personas hayan sufrido y sigan sufriendo la opresión de tiranos comunistas que venden humo, engendran odio y fabrican miseria. Esperemos que este trabajo aporte su grano de arena para revertir esa tendencia.

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El socialismo es injusto y genera miseria
InfoporAnónimo3/3/2010

"Son todos iguales, son todos pobres (menos Fidel)". La Habana, Cuba, 2009 En la mentalidad del ciudadano corriente persiste ese dogma nunca contrastado de que la izquierda se ocupa de los más desfavorecidos y la derecha política sólo beneficia a los que más poseen. Pero tras la imagen que nos presenta a una izquierda comprometida con las clases más débiles se esconde una pulsión tan humana como la envidia. En efecto, el marxismo basa sus análisis en la idea de que los ricos lo son porque antes han esquilmado una riqueza que corresponde a los trabajadores, como si todo el sistema económico fuera un juego de suma cero. La iniciativa empresarial, la capacidad para detectar ineficiencias en los intercambios sociales y encontrar así una oportunidad de negocio o la capacidad emprendedora innata del ser humano desaparecen en este análisis simplista, que fija las premisas de su doctrina sobre unos prejuicios establecidos de antemano. La envidia igualitaria, que espolea la izquierda con su reiterativo discurso, es sólo una excusa para que los menos emprendedores justifiquen su mediocridad apelando al despojo de los triunfadores, en función de una abusiva "justicia social" que no tiene nada de lo uno ni de lo otro. El estado socialista castiga al emprendedor para subvencionar al mediocre, pero quien se empobrece más y más con esta forma de interpretar la economía es, precisamente, el que se encuentra más abajo en la escala social, pues se le impide la incorporación al mundo del éxito profesional con las trabas que los gobiernos imponen, irónicamente, para facilitar esa igualdad que nunca llega. El socialismo no puede favorecer a los más necesitados por la sencilla razón de que su sistema económico no funciona, y si la actividad económica se debilita quienes pagan las consecuencias en primer lugar son, obviamente, los que menos recursos tienen para subsistir. El narcótico del estado del bienestar es sólo una herramienta de los gobiernos para captar el voto de las clases descontentas, a las que se entrega una parte de la riqueza que antes se ha expropiado a los más trabajadores, brillantes, emprendedores o arriesgados. La única manera de que las clases más bajas prosperen pasa por permitir una mayor libertad en las interacciones sociales, de forma que se creen nuevas oportunidades de negocio y puestos de trabajo. Pero para alcanzar ese fin el gobierno debe renunciar a su poder de coacción; y el socialismo no puede abandonar esta arma poderosa, porque entonces reconocería su fracaso y dejaría de tener razón de ser. La única igualdad que puede garantizar el socialismo es la igualdad en la miseria de la mayoría, a la mayor gloria de los que controlan las estructuras de poder, esa nueva aristocracia. En un sistema de auténtico libre mercado puedes hacerte rico con talento y esfuerzo, mientras que bajo el socialismo sólo puedes prosperar empleando la vileza. Un vistazo a la realidad andaluza exime de cualquier razonamiento añadido.

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La escuela austríaca y el supply side
InfoporAnónimo2/25/2010

LA ECONOMIA AUSTRIACA Y EL "SUPPLY-SIDE" Bruce Barlett El tecnicismo denominado "supply-side" fue bautizado en 1976 por el profesor Herbert Stein de la Universidad de Virginia para describir algunos de los argumentos que se esgrimían para enfrentar los problemas de inflación y crisis simultánea. La economía del "supply-side" no constituye por tanto una tradición de pensamiento independiente tal como la keynesiana y la austríaca. Más bien se trata de una descripción resumida de un aspecto de lo que ocurre en el mercado. En realidad apunta a apoyar políticas que tienden a reducir el tamaño del gobierno y su control sobre la economía, por tanto tiene más en común con la Escuela Austríaca que lo que tiene en conflicto. La economía del "supply-side" es habitualmente identificada exclusivamente con una teoría fiscal que básicamente dice que al reducir impuestos tiende a aumentar la recaudación. En realidad esta es una sobresimplificación. Los partidarios del "supply-side" no se limitan a temas fiscales y tampoco se limitan a mostrar distintos contextos en los que la disminución de impuestos aumenta el ingreso del fisco a través del estímulo a la actividad económica. Se ocupan de las regulaciones gubernamentales, de temas monetarios y de los niveles generales del gasto público. Sin duda que lograron la mayor atención y su mayor éxito al mostrar los efectos negativos de altos impuestos progresivos. Más aún, la idea de que las tasas marginales pueden ser tan altas que el ingreso fiscal disminuye no es un concepto original. Adam Smith, por ejemplo, escribió en La riqueza de las naciones: "Los altos impuestos, unas veces al disminuir el consumo de los bienes sujetos a impuestos y otras veces al estimular el contrabando, frecuentemente se traducen en menores ingresos para los gobiernos al respecto de la situación que hubiera ocurrido si se contara con impuestos más moderados"(1). Esta misma idea tiene también profundas raíces en la economía austríaca. Así, por ejemplo, en La Acción Humana, Ludwig von Mises escribió: "Los empresarios se quejan de los impuestos opresivos. Muchos se alarman del peligro que significa "comerse la torta". Pero el eje central del tema fiscal debe ser visto a través de la paradoja de que cuanto más aumentan los impuestos, más se daña el mercado y concomitantemente el mismo sistema fiscal. Por tanto resulta manifiesto que, en última instancia, la preservación de la propiedad privada y las medidas confiscatorias son incompatibles. Cada impuesto y el sistema fiscal en su conjunto se tornan autodestructivos después de cierto nivel de presión fiscal." También debemos mencionar otro austríaco -Henry Hazlitt- quien también argumentó contra tasas marginales altas de impuestos sobre la base que una reducción de aquellas tasas incrementaría el ingreso fiscal. Pero como he puesto de manifiesto más arriba, este concepto restringido de la reducción de ingresos fiscales como consecuencia de disminuir las tasas impositivas son una derivación de otros temas. La esencia de la economía del "supply-side" se traduce en un esfuerzo para reducir la intervención gubernamental en el mercado. Para reducir la intervención gubernamental, los partidarios del "supply-side" concluyeron que resultaba necesario confrontar las ideas keynesianas prevalentes en temas tales como los impuestos y el déficit fiscal. A mediados de los años 70 cuando la economía del "supply-side" apareció, los modelos keynesianos estaban firmemente ubicados en las políticas públicas del momento. Las ideas convencionales aceptaban que el gobierno podía estabilizar la economía a través de manejos en la demanda, aumentando los déficit fiscales a través de incrementos en el gasto o, por el contrario, reducir impuestos cuando la economía se retraía y, asimismo, elevando impuestos y disminuyendo el déficit cuando aparecía la inflación. En el contexto de este esquema keynesiano sólo había que prestar atención a los agregados y la demanda en el factor esencial para mover la economía. Cambiando por completo el sentido de la Ley de Say, las políticas públicas actuaban como si la demanda creara su propia oferta. Sostenían que si la gente tenía suficiente poder de compra, el resto se daría por añadidura, es decir, se produciría automáticamente lo que se necesitaba. Pero ya a mediados de los 70, cuando la inflación empezó a elevarse peligrosamente junto con un alto nivel de desempleo, la tesis no pudo sostenerse más. Reafirmando la Ley de Say La idea central del movimiento que comentamos era simplemente la de restaurar el concepto de que el lado de la oferta de la economía es crucial, que las políticas públicas no podían continuar ignorando incentivos, márgenes operativos, tasas de retorno y otros factores de producción. De hecho, no se estaba haciendo más que restableciendo la verdad de la Ley de Say. En verdad, uno podría decir de Jean Baptiste Say fue el primer "supply-sider" así, escribió en su Treatise on Political Economy: "el mero estímulo al consumo no beneficia al comercio ya que la dificultad estriba en contar con los medios necesarios [...] Por tanto, el fin de un buen gobierno es estimular la producción y del mal gobierno el incentivar el consumo." Como queda dicho, la Ley de Say resulta central no solamente para el "supply-side" sino también para el análisis austríaco(5). Y como los mismos keynesianos han dicho, si se acepta la validez de la ley de Say -que simplemente establece que los bienes en última instancia se pagan con otros bienes- entonces todo el sistema keynesiano colapsa. Como el keynesiano Paul Sweezy dice: "Los ataques keynesianos [...] caen si se acepta la validez de la Ley de Say" En la política económica clásica no había distinción entre la macroeconomía -la economía del conjunto- y la microeconomía -la teoría de los precios y la empresa-. La distinción fue creada por John Maynard Keynes quien argumentó que existen leyes de economía que operan de modo diferente en la macroeconomía respecto de la microeconomía. Por ejemplo, la teoría de los precios enseña que cuando hay una sobre oferta de bienes los precios deben bajar para limpiar el mercado. Por tanto no puede haber nunca una sobreproducción general de bienes si los precios son libres. Sin embargo, Keynes argumentó que esto es cierto para bienes específicos, pero no es cierto para la economía en su conjunto. En el caso del trabajo en particular, dijo que la reducción de salarios no era una solución satisfactoria al problema de desempleo porque mientras los salarios declinan, los trabajadores perderán ingreso, por tanto se reducirá su capacidad de comprar bienes y servicios lo cual, a su turno, acentuará la declinación de la actividad económica. Por tanto, continua Keynes, la solución al problema de la sobreproducción estriba en incrementar la demanda en lugar de bajar precios. Esto lo condujo a proponer déficit fiscal como la clave para estimular el crecimiento. En defensa de Keynes hay que señalar que no apuntaba a que los déficit se incrementaran indefinidamente ni tampoco era un partidario de la inflación excepto bajo las condiciones deflacionarias de la gran depresión. Incluso Hayek creía que si Keynes hubiera vivido más -murió en 1946- se hubiera opuesto a las políticas inflacionarias seguidas por los gobiernos bajo el rótulo de la economía keynesiana. A mediados de los años 70, el fracaso de la economía keynesiana era tan evidente que no podía ser ignorado por más tiempo. La inflación se estaba elevando a pasos agigantados y los keynesianos no encontraban explicaciones satisfactorias al problema, ni una cura para él dado que el dinero juega un rol muy secundario en la teoría keynesiana. Al mismo tiempo, los déficit fiscales habían perdido por completo el estímulo de que hablaban los keynesianos. Más aún, cuanto más aumentaba el déficit, más aumentaba el desempleo. Por tanto los keynesianos se quedaban sin ofrecer políticas frente al antes mencionado aumento de la inflación junto con el aumento del desempleo. Recordemos que el sistema keynesiano sostiene que se intercambia inflación por desempleo según lo muestra la llamada Curva Phillips. En ese esquema no estaban supuestos de ocurrir esos dos fenómenos simultáneamente. En este ámbito, los "supply-siders" apuntaron a reflotar las verdades obligadas de la economía tradicional elevando en cierto sentido la microeconomía al nivel de la macro. Al problema de la inflación sugerían estricta disciplina monetaria y una vuelta al patrón oro. Al problema del desempleo y el lento crecimiento insistían en que las altas tasas de impuestos debían de reducirse las regulaciones gubernamentales y deberían ser desmanteladas. El efecto de los impuestos sobre el empleo Los partidarios del "supply-side" creían que la inflación había contribuido a elevar las tasas fiscales ya que, por ese motivo, mucha gente era empujada a segmentos fiscales más altos. Los mayores impuestos, a su turno, alteraron los precios relativos, la ratio entre el ahorro y el consumo y el precio del trabajo frente al ocio. Mientras los impuestos aumentaban había una reducción en el ahorro, mayor consumo, menos trabajo y más desempleo. Más aún, los partidarios del "supply-side" argumentaban que con los mayores impuestos se producía un bache entre el esfuerzo y la retribución: si un trabajador percibe que salarios más altos terminan empujándolo a segmentos fiscales más altos, esto lo fuerza a requerir mayores salarios aún en la esperanza de obtener un aumento real neto después de haber pagado sus impuestos. Todo esto hacía que el aumento de impuestos elevara el costo del trabajo y consecuentemente los demandantes requirieran menos servicios laborales. Por lo tanto, se sostenía que los impuestos pueden producir el mismo tipo de malinversión generalmente asociado con los procesos inflacionarios. Naturalmente la inversión escapa de áreas que tienen gran presión fiscal y se mueve a campos menos grabados y, si es necesario, entran en el área de la economía informal. Durante los años 70 en Estados Unidos muchos de los negocios eran en realidad para cosmética fiscal. Así se observaba una reasignación de factores productivos desde áreas consideradas eficientes antes de la nueva estructura fiscal hacia áreas que la estructura fiscal atraía artificialmente. Desde luego que todos efectos negativos de los impuestos son exacerbados por la inflación. La inflación aumenta los ingresos nominales empujando a la gente a segmentos fiscales más altos. Consideremos una familia con un ingreso de $19.380 en 1965. Esta familia pagaba el 15,6 % de sus ingresos en concepto de impuestos al gobierno central y un 25% de impuestos sobre cada dólar adicional. Llegados a 1980 si esta familia se mantuvo al ritmo de la inflación su ingreso hubiera sido de $45.000 por año. Obviamente su ingreso real no se elevó en términos de los bienes y servicios que podía comprar con ese ingreso. Sin embargo, debido a que el sistema fiscal no tomaba en cuenta la inflación, esa familia se veía enfrentada al hecho de que en 1980 estaría pagando 22,6% de sus ingresos al gobierno federal y un 43% de impuesto sobre cada dólar adicional. Los partidarios del "supply-side" enfatizan los efectos económicos de la tasa marginal impositiva porque consideran que constituye el punto clave para la decisión económica. Si un individuo puede elegir entre ahorrar o gastar su ingreso, esa elección estará determinada por la tasa de retorno después de impuestos en sus ahorros, y ese retorno estará determinado por la tasa marginal e impositiva. Consideremos ahora un individuo con $100.000. Hasta 1981 esta persona podía haber pagado un impuesto a la renta federal de hasta el 70%. Si la tasa de interés es el 10%, entonces su retorno después de impuestos sería de $3.000 anual sobre una inversión de $100.000. Por tanto el costo para él de gastar esos $100.000 en bienes de consumo (por ejemplo una pintura que le proporciona un ingreso psíquico de placer desgravado de impuestos) es de sólo $3.000 por año. De este modo, las altas tasas marginales de impuestos disminuyen la inversión productiva y estimulan el consumo. Desde que el incremento de la formación de capital es el medio principal para elevar el nivel de vida, el efecto de altas tasas marginales del fisco reducen el bienestar. Mises claramente entendió esto y, por tanto, también enfatizaba otro punto clave suscripto por los "supply-siders": "el mayor impacto de las tasas marginales impositivas sobre las empresas y el desanimo de los empresarios priva a la sociedad del necesario dinamismo y la conducen a la parálisis. Vale la pena recordar que uno de los grandes ímpetus al empresariado tuvo lugar en Estados Unidos en 1978 cuando bajo la influencia de los "supply-siders" el Congreso de este país bajó la tasa impositiva sobre las ganancias a la mitad. Los partidarios de la economía del "supply-side" argumentaron que el impuesto a las ganancias era especialmente dañino a los empresarios porque sus ganancias -si es que existían- generalmente provienen de grandes capitales. Ahora está muy aceptado que las bajas impositivas de 1978 y 1981 en Estados Unidos desataron una avalancha de espíritu empresarial, innovación y tomas de riesgos e inventivas que mejoraron a ese país de muy diversas maneras en la forma de nuevos productos, procesos, y emprendimientos que no hubieran aparecido sin estas importantes modificaciones fiscales. Se produjeron modificaciones tanto en los impuestos sobre el capital como en las reducciones de los ingresos personales lo cual multiplicó los resultados favorables. El problema es que mucha gente se olvida que si los ingresos gubernamentales aumentan también se aumentará el gasto. Conviene agregar que ningún defensor de la sociedad abierta y la economía libre apoya impuestos solamente para reducir los déficit. Sería autodestructivo porque los gobiernos siempre gastan todo el dinero que obtienen y por los efectos negativos que el aumento de impuestos tiene. Aún mayores que los efectos del déficit fiscal. Por eso es que economistas como Milton Friedman siempre apoyan reducciones fiscales aunque no vayan acompañados del correspondiente recorte en los gastos, por lo tanto aparecerá el déficit fiscal. Sin duda preferiría un gasto federal de u$s 200 billones con un déficit de u$s 100 millones que un presupuesto balanceado con un nivel de u$s 500 billones de gasto(12). La clave entonces es disminuir el gasto gubernamental y los impuestos cuando se pueda puesto que son la verdadera carga de los gobiernos, independientemente del déficit que resulta. El problema mayor que los "supply-siders" han tenido con aquellos que se preocupan del déficit fiscal es que la meta de estos últimos es en realidad elevar los impuestos, no recortar el gasto. La verdadera meta debía ser el reducir la participación del gobierno en la economía privada de cualquier modo que resulte posible. En este punto los "supply-siders" y los austríacos no tienen desacuerdo alguno. En conclusión, uno podría pensar en la economía del "supply-side" como una manera de reformular las grandes verdades presentadas por la Escuela Austríaca de economía en una manera que a veces las hace más fácil de comprender por parte de los hacedores de políticas públicas. Debería de recordarse la brillante participación de Böhm-Bawerk en Austria y la influencia de Mises a través de la Cámara Austríaca de Comercio. En última instancia, deber ser reconocido lamentablemente que los partidarios de la sociedad libre somos pocos. Esta situación no debería de debilitarse debido a malos entendidos y diferencias que en realidad no existen en cuanto a las formas de abordar asuntos, formas que en la sustancia no muestran desacuerdos.

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Por qué el Estado es la explotación organizada
InfoporAnónimo2/25/2010

Es cierto que muchas personas quieren ver las cargas impositivas como si no fuesen impuestas. Creen, como dijo el gran economista Joseph Schumpeter, que los impuestos son algo parecido a las tasas o contribuciones de un club, donde cada persona voluntariamente paga su parte de gastos al club. Pero si realmente crees eso, intenta no pagar tus impuestos y verás que pasa. Ningún "club" que yo conozca tiene el poder de apoderarse de tu propiedad o encarcelarte si no pagas tus contribuciones. Para mi, pues, los impuestos son explotación -los impuestos son un juego de "suma de cero". Si hay algo en el mundo que sea un juego de suma cero, eso son los impuestos. El estado expropia el dinero de un grupo de gente para dárselo a otro, y mientras tanto, por supuesto, se queda un largo pedazo para sus propios "gastos de tramitación". Los impuestos, pues, son pura y llanamente un robo; punto final. De hecho, reto a cualquiera a sentarse y pensar a fondo para encontrar una definición de "impuestos" que no sea aplicable al robo. Como el gran escritor liberal H. L. Mencken apuntó una vez, entre la gente, incluso si no son liberales dedicados, se considera que robar al estado no está en el mismo plano moral que robar a otra persona. Robar a otra persona es generalmente deplorable, pero si al estado se le roba, todo lo que sucede, como dijo Mencken, "es que ciertos corruptos y vagos tendrán menos dinero que gastar del que tuvieron antes". El gran sociólogo alemán Franz Oppenheimer, que escribió un magnífico pequeño libro llamado The State, lo mostró de forma brillante. En esencia, dijo, sólo hay dos caminos para que los hombres consigan riquezas. La primera, es produciendo un bien o servicio e intercambiarlos de forma voluntaria por el producto de otra persona. Este es el método del intercambio, el método del libre mercado; es creativo y desarrolla la producción; no es un juego de suma cero porque la producción se desarrolla y el intercambio otorga beneficio a ambas partes. Oppenheimer llamó a este método el de "los medios económicos" para la adquisición de riqueza. El segundo método es cuando otra persona incauta la propiedad de otra sin su consentimiento, es decir, aplica el robo, la explotación, el saqueo. Cuando incautas la propiedad de alguien sin su consentimiento, te estás beneficiando a sus expensas, esto es, a las expensas del productor. Esto sí es realmente un "juego" de suma cero -no tiene mucho de "juego" desde el punto de vista de la víctima. En lugar de desarrollar la producción, este método de robo dificulta y restringe la producción. Por lo tanto, siendo inmoral, mientras que el intercambio es moral, el método del robo dificulta la producción porque es un parásito sobre el esfuerzo de los productores. Con brillante astucia, Oppenheimer llamó a este método de enriquecerse "el de los medios políticos". Luego definió al estado, o gobierno, como "la organización de los medios políticos", es decir, como el aparato de la regulación, la legitimización, y permanente establecimiento de los medios políticos para la adquisición de riqueza. En otras palabras, el estado es el robo organizado, el saqueo organizado, la explotación organizada, y su esencial naturaleza se destaca por el hecho de que el estado siempre usa el instrumento de los impuestos. Me gustaría aquí comentar otra vez la exposición del profesor Averitt sobre la "avaricia". Es cierto que: la avaricia tiene muy mala prensa. No veo nada malo en la avaricia. Creo que aquellos que están continuamente atacando la avaricia podrían ser más consistentes con su posición si declinaran su próxima subida salarial. No he visto, ni al más izquierdista de los científicos de este país rehusar con desprecio su paga. En otras palabras, la "avaricia" simplemente es intentar aliviar la escasez natural en la que el hombre ha nacido. La avaricia continuará hasta que llegue el Jardín del Edén, esto es, cuando todo es superabundante y no sea necesario preocuparse por la economía. Pero aún no hemos llegado a ese punto; no hemos alcanzado el punto donde todo el mundo rehúse sus aumentos salariales o pagas en general. Por lo tanto, la pregunta es: ¿qué tipo de avaricia vamos a querer? La "avaricia productiva", donde la gente produce e intercambia voluntariamente sus productos con los otros ¿O la avaricia de la explotación, del robo organizado y la rapiña, donde consigues tu riqueza a las expensas de otro? Estas son las dos auténticas alternativas. Volviendo al estado y a los impuestos, me gustaría apuntar una nota de San Agustín, que no es famoso por ser un liberal, pero que enfatizó una excelente parábola liberal. Escribió que Alejando el Grande había apresado a un pirata, y le preguntó qué significaba para él hacerse con la posesión del mar. Y el pirata respondió audazmente: "Lo mismo que tu entiendes por apoderarte del mundo entero; pero mientras que yo lo hago con un pequeño barco, a mi me llaman ladrón, mientras que ti, que lo haces con una gran flota, eres llamado emperador". Aquí San Agustín destacó el hecho que el estado es simplemente un ladrón por imperativo legal, que actúa a gran escala, pero un ladrón legitimado por la opinión de los intelectuales. Tomemos otro ejemplo; la Mafia, que también sufre de mala prensa. Lo que la mafia es a escala local, el estado lo es a una escala descomunal; sin embargo el estado disfruta de mucha mejor prensa. En contraste a la antiquísima institución del estatismo, de los medios políticos, el libre mercado capitalista llegó como un gran movimiento revolucionario en la historia del hombre. Vino en un mundo que estaba marcado por el despotismo, por la tiranía, por el control totalitario. El libre mercado capitalista surgió primero en las ciudades estado de Italia consiguiendo implantarse a gran escala con la Revolución Industrial en occidente; una revolución que nació con una remarcable liberalización de la energía creativa y posibilidades productivas, dando enormes aumentos en la producción. Pueden llamarlo "avaricia" si quieren; o pueden atacar el deseo de alguien pobre por aumentar las posibilidades de su destino como "avaricia" también. Esto me recuerda un interesante punto sobre el concepto de "avaricia" que rebasa incluso la frontera entre "izquierda y derecha". Recuerdo cuando Russell Kirk lanzó el contemporáneo movimiento conservador en Estados Unidos a mitades de 1950. Uno de los jóvenes líderes conservadores de esa época hizo un mitin. Opinaba que el gran problema del mundo, y la razón por la cual había crecido la izquierda, era porque todos son "avariciosos", porque las masas de Asia son "avariciosas", etc. Aquí había una persona que poseía la mitad de Montana atacando las masas de la población mundial, que las acusaba de querer superar el nivel mínimo de subsistencia para aumentar su nivel de vida. Y aún y así, éstos seguían siendo "avariciosos". En cualquier caso, el capitalismo del libre mercado y la Revolución Industrial, mostraron un fuerte ascenso de las energías productivas, un fuerte ascenso que constituyó una revolución en contra del sistema mercantilista del siglo diecisiete y dieciocho. De hecho, el sistema mercantilista es a lo que hemos vuelto ahora. Hay muy poca diferencia entre el capitalismo de estado monopolístico, o capitalismo de estado corporativo, o como se le quiera llamar, en los Estados Unidos y Europa hoy, y el sistema mercantilista de la era de la pre-Revolución Industrial. Sólo hay dos diferencias. Una, es que la principal actividad de entonces fue el comercio, y la de ahora es la industria. Pero el esencial modus operandi de los dos sistemas es exactamente el mismo: monopolio privilegiado, una completa unión en lo que se ha llamado "acuerdo del estado y la industria". Un sistema generalizado de militarismo y contratos de guerras, un camino hacia la guerra y el imperialismo. Es el mismo tinglado que caracterizó los siglos diecisiete y dieciocho. La verdadera diferencia clave es que en esa época no existía un gigantesco sistema de representación proporcional (P.R. Apparatus). No tenían una flota de intelectuales que pregonaban a todos lados las maravillas del sistema: como promover el bien común y la justicia social, es decir, el Progresismo En Acción. Ellos decían: "Es nuestro propósito abusar del publico, ¡y lo estamos haciendo!". En esos tiempos fueron muy honestos. A propósito, es realmente refrescante ir hacia el pasado y leer el material anterior a 1914 y ver la honestidad de ese tiempo. Murray N. Rothbard

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Problemas de la democracia
InfoporAnónimo2/25/2010

Problemas de la democracia Por Hans Hermann Hoppe Imaginemos un gobierno mundial, elegido democráticamente. ¿Cuál sería el probable resultado donde todos los habitantes del planeta votan? Seguramente ganaría una coalición de China y la India y el nuevo gobierno mundial, para ser reelecto, probablemente decidiría que hay demasiada riqueza concentrada en el occidente y mucha pobreza en el resto del mundo, por lo cual es necesario instrumentar una sistemática redistribución de la riqueza. O imagínese que en su país la votación es ampliada para incluir a los mayores de 7 años; el resultado sería una legítima preocupación de que los niños tengan igual y adecuado acceso a refrescos, hamburguesas y videos gratuitos. El sufragio universal en cada país ha logrado lo que una democracia mundial alcanzaría: una permanente tendencia a la redistribución del ingreso y de la riqueza. La implicación es que bajo la democracia la propiedad personal se vuelve alcanzable por los demás. La mayoría tratará de enriquecerse a costa de la minoría. Esto no implica que habrá una clase rica y otra pobre y que la redistribución será uniforme, de los ricos a los pobres. Frecuentemente son los poderosos quienes logran ser subsidiados por los pobres. Por ejemplo, la educación universitaria "gratuita" no suele beneficiar a la clase trabajadora que no va a la universidad, sino a la clase media y alta que sí. Y pronto se redefine quién es "rico" y merece ser saqueado y quién es pobre y merece recibir el producto del saqueo. Si vemos a la democracia como una maquinaria popular de redistribución y le añadimos el principio económico de que alguno siempre recibirá más de cualquier cosa que sea subsidiada, obtenemos la clave para comprender la era actual. La redistribución reduce el incentivo del dueño o productor y aumenta el incentivo de quien no es el dueño ni productor de la cosa. El resultado de subsidiar a individuos porque son pobres es más pobreza. Si se subsidia al desempleado habrá más desempleo. Financiar a las madres solteras producirá más niños sin padre conocido y más divorcios. Prohibir el trabajo de los menores transfiere el ingreso de las familias a parejas sin hijos y se reduce la natalidad. Subsidiar a los irresponsables, neuróticos, alcohólicos, drogadictos, enfermos de SIDA y a quienes tienen problemas físicos y mentales a través de seguros obligatorios de salud aumentará todos esos problemas. Al hacer que los demás paguen por la prisión de los delincuentes -en lugar de obligar a estos a reembolsar a sus víctimas y a pagar por su propia prisión- se incrementan los delitos. Al obligar a los dueños de tierras a subsidiar a las especies en peligro de extinción a través de legislación ambiental, los animales se benefician y la gente sale perjudicada. Y lo más importante, al obligar a los dueños de propiedades y a los productores a subsidiar a los políticos, sus partidos y a la burocracia, habrá menos creación de riqueza, menos productividad y más parásitos. Los empresarios y sus empleados no generan ingresos a menos que produzcan bienes y servicios que se venden en el mercado. Las compras de tales bienes y servicios son voluntarias y así los consumidores demuestran que los prefieren al dinero que cuestan. Nadie "compra" los bienes y servicios del gobierno. Son producidos, cuestan dinero, pero no se venden ni se compran en el mercado. Como nadie los compra, nadie puede demostrar si se justifica su costo. La implicación práctica de subsidiar a los políticos y funcionarios es que se trata de un subsidio a la producción en sí, sin consideración alguna del bienestar de los consumidores de tales servicios, sólo el bienestar de los "productores", es decir, de los políticos y funcionarios. Entonces, la expansión del sector público aumenta la flojera, la incompetencia, el mal trato y el desperdicio, lo mismo que la arrogancia, la demagogia y las mentiras oficiales. Debemos tener claro que la falta de democracia no fue lo que provocó la bancarrota del socialismo soviético. El problema no fue el método de selección de los gobernantes sino que las decisiones económicas estaban en manos de los políticos y funcionarios del régimen. Bajo cualquier forma de gobierno, incluyendo la democracia, la clase dirigente (los políticos y funcionarios) es siempre una pequeña minoría. Y aunque cientos de parásitos pueden vivir de miles de cuerpos, miles de parásitos no pueden vivir de cientos de cuerpos. ----------------------------------------------------- Hans Hermann Hoppe es profesor de economía de la Universidad de Nevada, académico del Ludwig von Mises Institute y autor de "Monarquía, democracia y orden natural

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Hong Kong: la economía más libre del mundo
InfoporAnónimo2/25/2010

Hong Kong: la economía más libre del mundo ¿Cómo evaluaría usted los prospectos económicos de un país asiático que tiene muy poca tierra (y encima aquella consiste solamente de puros montes erosionados) y el cuál es realmente el país más densamente poblado del mundo; el cuál tiene una población que ha crecido rápido, tanto por medio del aumento natural como por la inmigración a gran escala; el cual importa todo su petróleo y todos sus materiales crudos y aún mucha de su agua; el cual tiene un gobierno que no está involucrado en la planificación del desarrollo y el cual no ejerce control alguno por sobre los tipos de cambio ni restringe las exportaciones e importaciones de capitales; y el cual es la única colonia occidental de importancia alguna?1 Usted pensaría que este país debe estar condenado, a menos que éste reciba grandes donaciones externas. O dicho de otra forma usted tendría que creer esto, si usted creyese lo que los políticos de todos los partidos, la ONU y sus organizaciones afiliadas, los economistas prominentes, y lo que la prensa de calidad dicen acerca de los países menos desarrollados. ¿Acaso no ha sido el círculo vicioso de la pobreza, la idea de que la pobreza se auto-perpetua, un principio fundamental de la economía de desarrollo desde la Segunda Guerra Mundial, y acaso no ha sido respaldada explícitamente por los Premios Nóbel Gunnar Myrdal y Paul Samuelson? ¿Acaso los economistas de desarrollo del Instituto Tecnológico de Massachussets no han dicho categóricamente sobre los países menos desarrollados que La escasez general relativa a la población de casi todos los recursos crea un círculo vicioso de pobreza que se auto-perpetúa. El capital adicional es necesario para aumentar la producción, pero la pobreza en sí hace que sea imposible poder llevar a cabo el ahorro y la inversión requeridos para una reducción voluntaria en el consumo.2 ¿Acaso no ha insistido Gunnar Myrdal que "debe haber algo malo con un país subdesarrollado que no tiene dificultades de tipo de cambio extranjero"? ¿Acaso no dijo también que todos los expertos en desarrollo estaban de acuerdo con que la planificación comprensiva era la primera condición para el progreso económico, y, de hecho no ha sido esta la opinión de muchos economistas de desarrollo prominentes en las décadas más recientes? De nuevo, ¿Acaso no dijo el celebrado Reporte Pearson, comisionado por el Banco Mundial, que "ningún otro fenómeno presenta prospectos más oscuros para el desarrollo internacional que el asombroso crecimiento de la población"? Y, finalmente, ¿Acaso no incluyó la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo en su Principio General Catorce que "la liquidación de los restos del colonialismo en todas sus formas es una condición necesaria para el desarrollo"? Por lo tanto, de acuerdo a la visión enfática de muchas de las figuras respetadas en este campo, y de los representantes de la llamada opinión mundial, hasta una media docena de características con las cuales yo comencé deberían asegurar una pobreza persistente. Pero si en vez de seguir la moda, usted piensa por sí mismo y forma su opinión en base a la evidencia, entonces usted sabrá que Hong Kong, el país en cuestión, ha progresado fenomenalmente desde los 1940s, cuando era todavía muy pobre, y que se ha convertido en tal competidor formidable que los países occidentales erigen barreras comerciales en contra de aquel país distante. Si usted analizaría más a fondo, usted sabría que los ingresos y los salarios reales han subido rápidamente en Hong Kong en las recientes décadas. E incidentalmente Hong Kong es sólo un caso extremo de un fenómeno más general porque algo similar aunque con un progreso material menos pronunciado ha ocurrido en algunos países o regiones-Corea del Sur, Taiwán, Singapur entre ellos-cuando de acuerdo a los expertos esto debería haber sido imposible. Si usted hubiese sospechado todo este tiempo que la opinión establecida sobre estas cuestiones era perceptiblemente infundada, usted disfrutaría de una corta pero instructiva monografía, Hong Kong: Un estudio en la libertad económica (University of Chicago Press) escrito por el Dr. Alvin Rabushka. Rabushka, un politólogo convertido en economista, conoce a Hong Kong bien, y su esposa es china. El tiene una mente incisiva. El escribe de forma clara, con confidencia, y de hecho con entusiasmo. Sus puntos principales no son difíciles, aunque se necesita de una mente firme y de un poco de coraje para presentarlos de tal manera tan concisa y vigorosa. Rabushka analiza los procesos y métodos por los cuales en menos de 140 años, unas cuantas rocas vacías y estériles se convirtieron en un gran centro industrial de comercio y finanzas con cerca de cinco millones de personas. Él le atribuye esta historia de éxito económico a las aptitudes de las personas y a la adherencia a las políticas públicas adecuadas. La empresa, el trabajo duro, la habilidad de detectar y utilizar las oportunidades económicas, son extensas en una población que es china en un 98 por ciento, que está concentrada determinadamente en ganar dinero día y noche. Muchos son inmigrantes que trajeron habilidades y empresa más que nada de China, especialmente de Shanghai, el olvidado lugar de habilidad y empresa ubicado en el centro de China. Las políticas enfatizadas por Rabushka son el conservadurismo fiscal; los impuestos bajos; el cobro de precios de mercado por ciertos servicios gubernamentales; la política liberal de inmigración, al menos hasta hace poco; el libre comercio en ambas direcciones; el movimiento sin restricciones del capital entrando y saliendo del país; la participación mínima del gobierno en la vida comercial, incluyendo la resistencia a conceder privilegios a los intereses seccionales. No hay incentivos especiales o barreras a la inversión extranjera, no hay insistencia en la participación local de las empresas extranjeras. Tampoco hay feriados de impuestos o cualquier otras concesiones especiales para la inversión extranjera, pero de igual manera no hay restricciones por sobre el retiro de capital o sobre la remisión de ganancias. Estas políticas liberales, notablemente la libertad para retirar el capital, fueron diseñadas para fomentar el flujo entrante del capital y la empresa productiva, lo cual de hecho lo lograron. La falta de recursos naturales junto con el dominio colonial promovieron tanto la no intervención económica oficial como el conservadurismo fiscal. La ausencia de los recursos naturales ha promovido una economía abierta con un gran volumen de exportaciones para pagar las importaciones necesarias. Tal economía requiere de un amplio rango de exportaciones competitivas y también de mercados domésticos competitivos. La asistencia gubernamental a particulares actividades económicas desvía los recursos hacia usos menos productivos y socava la posición competitiva internacional de la economía. Además, en una economía tan abierta como Hong Kong, los resultados despilfarradores de tales subsidios se vuelven evidentes más pronto que en otros lugares. Por lo tanto la misma ausencia de los recursos naturales ha asistido al progreso material al desalentar políticas públicas despilfarradoras. Es mucho más probable que las políticas públicas inapropiadas inhiban el avance económico a que lo haga una falta de recursos físicos. Los déficits presupuestarios sostenidos financiados por una creación de crédito también tienden a resultar en gastos malversados, entonces la pobreza de recursos desalienta la financiación de déficits. En el sistema de contabilidad tradicional inglés, las colonias no podían operar con déficits presupuestarios por mucho tiempo, y esta tradición fue continuada luego de que se obtuvo la autonomía fiscal en 1958, en parte por las razones que acabo de señalar. La ausencia de las promesas electorales, junto con una economía abierta y un gobierno limitado, han reducido los premios de la actividad política y por ende el interés en organizar grupos de presión. Todo esto promovió el conservadurismo fiscal-esto es, los impuestos bajos, los presupuestos balanceados, y el cobro de precios de mercados por servicios públicos específicos. El deseo de atraer el capital extranjero, la visión empresarial de una comunidad tradicional de comercio, y la preocupación general de ganar dinero también contribuyeron a este fin. Las políticas oficiales y las aptitudes y los hábitos de la población han resultado en una economía capaz de ajustes rápidos. Esta adaptabilidad le ha permitido a Hong Kong sobrevivir y aún prosperar a pesar de numerosas restricciones en contra de sus exportaciones, muchas veces impuestas o aumentadas con poco tiempo de aviso. Por razones sociales, el principio de cobrar precios de mercado por servicios gubernamentales específicos ha estado sujeto a excepciones mayores por algún tiempo. La provisión a gran escala de viviendas subsidiadas para los pobres y la racionalización del agua al cortar la oferta de ella durante algunos periodos, en vez de cobrar precios más altos a cambio de una oferta continua, son las dos excepciones más importantes. Fueron introducidas luego de mucho debate emocional y con las condiciones sociales locales en la mira. Los subsidios son además en gran parte circunscritos a los verdaderamente pobres. A parte de estos subsidios directos, hay subsidios en efectivo sustanciales para asegurarles a los pobres un ingreso mínimo, y también hay varias subvenciones para los deshabilitados y los enfermos. La educación primaria comprensiva y obligatoria, de hecho es como en su nombre lo dice, y los extensos servicios de salud pública, han operado por muchos años. En los últimos años Hong Kong ha llegado a ser presionada tanto por el gobierno inglés como por varias organizaciones internacionales para que se dirija hacia un tal llamado completo estado de bienestar, junto con privilegios para los sindicatos, con los servicios sociales comprensivos, con la legislación laboral de gran envergadura, y con los impuestos re-distributivos. Rabushka correctamente indica que estas presiones extranjeras reflejan simplemente un deseo de servir varios intereses occidentales, como por ejemplo el de reducir la competitividad de Hong Kong al inflar los costos allá. Rabushka también se refiere al disgusto o hasta al resentimiento engendrado por los defensores de las economías controladas por el estado hacia la mejora rápida de los criterios generales en Hong Kong como también en otras economías con orientación de mercado. Estas presiones externas puede que todavía apoyen de nuevo dentro de Hong Kong a ambiciosos administradores, intelectuales descontentos, y políticos ambiciosos, todos esperando tener un mayor espacio en una sociedad más politizada. El gobernador Sir Murria McLehose también está más preocupado con la opinión externa que con la de sus predecesores. Rabushka cree, yo pienso que correctamente, que la expiración en 1997 de la concesión de gran parte del terreno de Hong Kong, o la posible acción hostil por parte de la República Popular China, son una amenaza menos grave para el futuro de Hong Kong que las barreras comerciales en el occidente y las presiones occidentales para la introducción de más legislación laboral, un estado de bienestar comprehensivo, y otras políticas públicas que inflan los costos y reducen la adaptabilidad. La admiración sinvergüenza de Rabushka por Hong Kong y por su economía de mercado compenetra el libro. ¿Acaso me atrevo a revelar mi mal gusto al decir que el ruido y el ritmo apresurado económico de Hong Kong me parecen más interesantes, divertidos, y liberadores que su falta de la opera, la música, y el drama refinado? El oriente en verdad se ha topado con el occidente en la economía de mercado. Los chinos y los europeos en Hong Kong no tienen tiempo para los altercados raciales, los cuales solo interferirían con la posibilidad de ganar dinero. Este prospecto de ganancia individual en el mercado hacen de la actividad colectiva para la ganancia política algo innecesario-la economía de mercado es realmente daltoniana. (p. 85) Hay algo de simplificación en exceso aquí. Por ejemplo, la búsqueda de ganancias puede muy fácilmente ir de la mano con los conflictos raciales en las economías controladas por el estado. El factor crucial no es el hecho de que se pueda ganar dinero como tal sino el gobierno limitado. Es, sin embargo, claro que una sociedad tal como Hong Kong ofrece poco espacio para los literatos ambiciosos, que muchas veces se vuelven amargados o peor aún hostiles. Hasta hace poco y en cualquier nivel, la filosofía económica del gobierno ofrecía pocas oportunidades de empleo para los sociólogos, especialmente para los economistas. Antes de 1973, los estimados del ingreso nacional no habían sido publicados. Esto de ninguna manera inhibió el espectacular crecimiento de ingresos y de calidad de vida. Pero redujo las oportunidades de empleo para los economistas, los expertos en estadística, y los servidores civiles y por ende los bachilleres de las universidades, lo cual de nuevo incitó hostilidad por parte de los literatos tanto en casa como en el extranjero. Aparte de los principales puntos, hay mucho detalle más informativo e inesperado en este libro. Por ejemplo, quién hubiera pensado que en 1843 el secretario para asuntos exteriores de Gran Bretaña insistió que si como resultado de la creación de un puerto de mercado libre "muchas personas eran atraídas a Hong Kong, entonces el gobierno H.M. se sentiría justificado en asegurarle a la Reina los valores aumentados que la tierra entonces tendría". El rol decisivo en la vida económica de las aptitudes y motivaciones personales, las costumbres sociales, y los arreglos políticos apropiados es la lección sobresaliente de Hong Kong. El acceso a los mercados también es importante, pero menos fundamental. Otros países también han tenido acceso a los mercados y provisiones extranjeras, sin haber producido tal historia de éxito económico. Los recursos físicos o financieros son mucho menos importantes; o aún insignificantes, comparados con los factores personales y sociales y con los arreglos políticos apropiados, especialmente con el gobierno firme pero limitado. La noción de que el ingreso bajo inicia un círculo vicioso de pobreza y estancamiento confunde la pobreza con sus causas. Tener dinero es el resultado de un logro económico, no su precondición. La utilización de los recursos naturales depende enteramente de otros factores que acaban de ser señalados. En ciertas condiciones de mercado o situaciones políticas, la posesión o adquisición de recursos naturales puede traer ganancias inesperadas; nótese el oro y la plata de los estadounidenses en el siglo dieciséis y las operaciones de OPEC en el siglo veinte. Pero hasta ahora en cualquier circunstancia, aquellas ganancias inesperadas no han resultado en el progreso económico duradero, mucho menos en el avance sostenido y espectacular como el de Hong Kong. Tampoco es el éxito económico sin recursos naturales algo nuevo, es tan evidente como por ejemplo en Venecia, los Países Bajos, Suiza, y Japón. Recíprocamente, el retraso en medio de abundantes recursos naturales es evidente tanto en los indios americanos como en el actual Tercer Mundo, dónde muchos millones de personas extremadamente pobres viven en medio de tierra cultivable ilimitada. Hace más de 100 años atrás Tocqueville escribió, Observando el vuelco dado al espíritu humano en Inglaterra por la vida política; viendo que el inglés, seguro del apoyo de sus propias leyes, confiando en si mismo e inconsciente de obstáculo alguno excepto el límite de sus propios poderes, actuando sin restricción. . . Yo no estoy en apuro alguno de averiguar si la naturaleza ha puesto un puerto para él, y le ha dado carbón y hierro. La razón para su prosperidad comercial no está ahí para nada: está en sí mismo.3 Hong Kong muestra que el aumento en la población no es un obstáculo para el crecimiento, que las personas motivadas de manera adecuada son bienes más no deudas, son agentes del progreso como también sus beneficiarios. Muestra también como el desempeño económico le debe poco a la educación formal. En Hong Kong como en otras partes del oriente lejano, el desempeño económico o el éxito de cientos de miles o hasta millones de personas ha resultado no de la educación formal, pero de la industria, la empresa, la frugalidad, y de la habilidad de usar la oportunidad económica. Eso está incomodando a los educadores profesionales, a quienes las gusta mercadear sus mercancías como necesarias para el logro económico. Otras lecciones de Hong Kong son, nuevamente, discernibles en otras partes pero sobresalen de manera clara especialmente ahí. Hong Kong es aún otra refutación más evidente de los principios de la literatura de desarrollo dominante y popular, los cuales he mencionado antes, tales como la creencia de que la pobreza se auto-perpetúa; que las dificultades en la balanza de pagos son inevitables en el camino desde la pobreza hacia el avance económico; que la planificación comprensiva y la ayuda externa son indispensables o aún suficientes para el progreso económico. Aún así estas fábulas son propagadas por el resto del occidente por las organizaciones internacionales, por las agencias de ayuda externa, y por los académicos financiados por los contribuyentes y por las grandes fundaciones. De hecho los propagadores de estos mitos están a cargo de recursos casi ilimitados lo cual hace que sea más difícil exponer sus fábulas. La experiencia de Hong Kong ofende la opinión respetable de otras maneras también. Muestra que los equipos de planificación y los grupos para consejo son innecesarios para el desarrollo; y por contraste con la experiencia de otros países, gruñendo bajo las políticas respaldadas por las Naciones Unidas y por los consejeros académicos aceptados, muestra que sus actividades es probable que sean perjudiciales. Hong Kong ha triunfado de manera imperdonable desafiando la mejor opinión profesional. Hong Kong no es popular con los grupos de ayuda externa y ni con las caridades politizadas. Estos grupos son hostiles a las personas que pueden dispensar de sus ministerios. Por ende la mala prensa que Hong Kong tiene en el occidente y la hostilidad que recibe de los grandes y de los buenos. El logro es ignorado o aminorado, y las limitaciones, sean reales o ficticias, evitables o inevitables, son destacadas de manera prominente. La sobrepoblación y la labor de niños son ejemplos. En todas estas cuestiones Hong Kong se compara de manera favorable con el resto de Asia. Por ejemplo, los salarios reales son los más altos en Asia, después de Japón. Pero si un gobierno trata de conducir una economía socialista, o en cualquier grado a una que sea en gran parte controlada por el estado, los políticos occidentales, los escritores, los académicos, y los periodistas son aptos para presentar el infortunio y aún el sufrimiento de ahí como algo inevitable o hasta lo felicitan por sus esfuerzos laudables por promover el progreso. Pero si el gobierno depende de una economía de mercado, entonces cualquier desviación de las normas arbitrarias e inspiradas en el occidente es vista como un defecto o hasta como un crimen. Y si además tal país es exitoso y también deja de usar la ayuda externa oficial y la caridad politizada, la conducta del gobierno o hasta de la población será vista como inaceptable. De acuerdo al Principio General Catorce de UNCTAD, el status colonial es incompatible con el progreso material. Esto fue formalmente anunciado en 1964, años después de que Hong Kong había estado progresando rápidamente y cuando las incursiones de los productos de Hong Kong en los mercados occidentales causaron tanta vergüenza. Sin importar lo que uno piense del colonialismo occidental, el Principio General Catorce de UNCTAD es una falsedad auto-evidente. Esto es claro no solo en Hong Kong pero también debido al avance a gran escala de muchas colonias occidentales, incluyendo a Malasia, Nigeria, la Costa de Oro, la Costa de Marfil, y a Singapur. Aún así esta patente falsedad fue anunciada solemnemente en una conferencia internacional muy importante que fue en gran parte financiada por el occidente. Otra implicación de la experiencia de Hong Kong también alborota el clima político e intelectual. Que un país sea una colonia o un estado soberano e independiente no tiene nada que ver con la libertad personal que ahí pueda haber. Los estados africanos recientemente independientes muchas veces son denominados libres, queriendo decir que sus gobiernos son soberanos. Pero las personas ahí no son nada libres, menos libres de lo que eran bajo el reinado colonial. Ellos son seguramente mucho menos libres que las personas en Hong Kong. Hong Kong es una dictadura, en la que las personas no tienen un voto. Pero en sus vidas personales, especialmente en su vida económica, ellos son más libres que la mayoría de las personas en el occidente. Hong Kong debería recordarnos que en el mundo moderno un gobierno no elegido puede ser más limitado que uno elegido y que, para la mayoría de las personas ordinarias, es en cierta forma más importante si el gobierno es limitado o ilimitado que si el gobierno es elegido o no elegido. Ley de salario mínimo aumenta el desempleo en Hong Kong Hong Kong ha sido un abanderado del capitalismo de libre mercado por varias décadas. Según el informe "Libertad económica en el mundo", publicado anualmente por el Fraser Institute en Canadá, Hong Kong es la economía más libre desde 1970. Pocos dudan que el libre mercado haya beneficiado a la gente de Hong Kong. En el año 2002, el ingreso per cápita en Hong Kong era de 27.490 dólares, o sea 910 dólares más que en el Reino Unido, país del que fue colonia. La excepcional transformación de Hong Kong de una roca desolada en uno de los países más ricos del mundo sirve de modelo a las naciones pobres. Lo que no es excepcional es la lucha de aquellos que quieren salvar a Hong Kong de interferencia política en su economía, que a pesar de buenas intenciones hacen daño. Los legisladores quieren imponer un salario mínimo, lo cual creen beneficiará a los trabajadores. Algunos trabajadores aumentarán sus ingresos, pero habrá muchas víctimas que no se ven y que perderán su empleo o no conseguirán trabajo, aumentando la tasa de 7,2% de desempleo en Hong Kong. Los salarios, al igual que todos los demás precios del mercado, responden a la ley de la oferta y la demanda. Si aumentan los precios, cae la demanda. Cuando aumenta el costo de emplear gente, menos conseguirán trabajo. La sobreoferta de mano de obra, la cual aumenta cuando el costo de la mano de obra es más alto que lo que indica el mercado, es conocida como aumento del desempleo. En 1946, el premio Nobel de economía George Stigler señaló que el salario mínimo afecta negativamente el nivel de empleo. Ese punto de vista de Stigler goza hoy de casi total apoyo entre los economistas. La pregunta, entonces, no es si el salario mínimo hará daño, sino cuánto daño. Para tener una idea, podemos revisar la experiencia en Estados Unidos. La ley de salario mínimo fue promulgada en EEUU en 1938. El salario por hora fue fijado en 25 centavos, equivalente al 40% del salario promedio de la época. Un año más tarde, el gobierno tenía suficiente información para concluir que entre 30 mil y 50 mil personas perdieron su empleo como resultado directo de la ley de salario mínimo. De eso hace 66 años y el salario mínimo sigue vigente, siendo hoy 20 veces más alto. Históricamente, los más afectados por esa ley han sido los trabajadores sin experiencia o entrenamiento. Ellos compiten por puestos con otros trabajadores más experimentados y mejor pagados. Los aumentos del salario mínimo, por lo tanto, impiden que los trabajadores con menos conocimientos logren emplearse. Eso satisface a los sindicatos, cuya prioridad es proteger los bien pagados puestos de sus miembros. Pero, los trabajadores sindicalizados son apenas una pequeña proporción de la fuerza laboral y el resultado es que el salario mínimo afecta de manera desproporcionada a los jóvenes y a las minorías étnicas. Un informe de la OCDE de 1998 concluye que un aumento de 10% en el salario mínimo reduce el empleo de menores de 20 años entre 2% y 4%. El salario mínimo tiene también un efecto negativo en el empleo de las minorías. Entre 1948 y 1995, la tasa de desempleo entre jóvenes negros en EEUU aumentó de 9,4% a 37,1%, mientras que el desempleo entre jóvenes blancos aumentó sólo de 10,2% a 15,6%, en el mismo período. Como lo ha demostrado el economista Walter Williams en sus investigaciones en EEUU y Sudáfrica, el salario mínimo aumenta el desempleo entre los de raza negra al reducir el costo de la discriminación racial. Los empresarios contratan a más trabajadores de minorías con bajo entrenamiento, pagando salarios bajos. Cuando el salario mínimo elimina la competencia, aumenta el desempleo entre las minorías étnicas. Las leyes de salario mínimo siempre terminan dañando a la gente que se pretende ayudar. ¿Acaso trabaja mucho Hong Kong? ¿Prohibir a la gente trabajar creará mas trabajos y mayor riqueza? Algunos miembros de la asamblea legislativa piensan que sí. Ellos han propuesto una ley que acortaría la semana laboral y limitaría el tiempo que a la gente de Hong Kong se le permitiría trabajar. La lógica económica y la experiencia muestra que esa propuesta fracasará. La anterior propuesta descansa sobre un error que los economistas llaman "la falacia del monto de trabajo". Esa falacia sostiene que el monto de trabajo a realizarse es constante. Cuando aumenta la productividad, el monto global de trabajo disponible cae y las personas pierden sus empleos. La solución propuesta es esparcir aquella cantidad limitada de trabajo. Con esa lógica, el descubrimiento de cualquier aparato que ahorre trabajo-desde el azadón hasta la computadora personal-elimina trabajo y empleo, de tal manera que empeora en lugar de mejorar la vida de las personas. Esa visión es claramente absurda. La perdida de empleos agrícolas, causado por la mecanización, no dio como resultado un desempleo masivo. Doscientos años atrás la mayoría de norteamericanos eran agricultores. Hoy en día, solo un 1.5 por ciento de la fuerza laboral norteamericana está empleada en la agricultura y, a pesar de eso, ellos producen suficiente alimentos para satisfacer el consumo domestico y exportar al extranjero. ¿Qué pasó con todos los empleos perdidos? Aquellos trabajadores cuyo trabajo ya no era necesario, encontraron trabajo en el floreciente sector industrial. Cuando la mecanización hizo más productivo al sector industrial, la gente se movió al sector de servicio para crear todavía más valor. Más recientemente, industrias totalmente nuevas y millones de nuevos empleos fueron creados como resultado de la revolución en el sector tecnológico. En realidad, el monto global de trabajo a realizarse depende de nuestras siempre crecientes necesidades y las personas y recursos disponibles para realizar ese trabajo. Debido a que nuestras necesidades son infinitas, también lo es el monto de trabajo que se necesita para realizarlas. En la medida en que la gente desee un mayor nivel de vida y más bienes y servicios que hacen posible las mejoras en sus vidas, la humanidad no se va a "quedar sin trabajo". Desgraciadamente, algunos políticos, ocasionalmente, ponen la lógica económica a un lado. Por ejemplo, en 1998 el gobierno francés, bajo el liderazgo del primer ministro socialista Lionel Jospin, introdujo una ley que prohibía a la gente trabajar más de 35 horas a la semana. De acuerdo con la revista The Economist, el mismo Jospin pensaba que la ley era un error, pero de todas formas siguió adelante con ella para preservar la cohesión de la coalición de gobierno. ¿Cuál fue el resultado? La ley del Sr. Jospin incrementó el costo de hacer negocios en Francia. La gente que trabaja menos produce menos y, por lo tanto, ellos ven caer sus ingresos. Sin embargo, el gobierno francés declaró que los empleadores no podrían responder a la reducción de la semana laboral reduciendo el ingreso de sus empleados. Como consecuencia, redefinieron la "semana laboral". Los recesos, la hora del almuerzo y otros periodos de descanso ahora son excluidos de la suma de horas de trabajo. Otra consecuencia no intencionada de la reducción en la semana laboral es el estancamiento de los salarios. En lo que respecta a la cifra de desempleo, seis años después de aprobada la ley, el desempleo en Francia continua alrededor del 10 por ciento. El fracaso de la legislación es ahora extensamente conocido. En octubre del 2003 el ministro de finanzas francés, Frances Mer, afirmó que "la semana de 35 horas fue, en esencia, mala para nuestro país". Los mercados laborales de Europa Occidental son muy restrictivos. Francia, Alemania e Italia, comparados con Hong Kong, están plagados con un desempleo significativamente mayor. Cuando la tasa de desempleo aumentó en Hong Kong, el gobierno se abstuvo de intervenir el mercado laboral. Sin la interferencia del gobierno, la economía de Hong Kong vio declinar su tasa de desempleo desde un 8.7 por ciento en mayo del 2003 a un 6.8 por ciento en septiembre pasado. En solo 16 meses el desempleo en Hong Kong se redujo en un 22 por ciento. Entre 1994 y 2003, la tasa anual promedio de desempleo en Hong Kong fue de 4.6 por ciento. En el mismo periodo, la tasa promedio de desempleo en Francia fue de 10.3 por ciento. Tal como lo afirmó la Organización para la Cooperación Económica y Desarrollo (OCED) "la evidencia empírica apunta a una clara correlación entre altos niveles de protección laboral y altos niveles de desempleo". A pesar de tener un pequeño territorio y no poseer recursos naturales, Hong Kong es uno de los lugares más prósperos en el planeta. En el 2003 el ingreso per cápita de Hong Kong era más alto que el de Francia. Hong Kong logró ese resultado debido al espíritu empresarial de su gente y una economía libre. Es importante que Hong Kong retenga un alto grado de libertad económica y rechace propuestas que socavarían la flexibilidad de su mercado laboral.

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¿Qué permitió el milagro económico de Hong Kong?
¿Qué permitió el milagro económico de Hong Kong?
InfoporAnónimo2/25/2010

¿Qué permitió el "milagro económico" de Hong Kong? En 1951 Hong Kong parecía un país condenado al desastre: Prácticamente sin recursos naturales -aparte de un excelente puerto-, el pequeño lugar -poco más de 1000 kilómetros cuadrados- , que sobrevivía básicamente del depósito de mercancías en el comercio con China (entrepot trade), encontraba en ese entonces su principal fuente de ingresos -el comercio con China- gravemente amenzada por el embargo a dicho comercio decretado por la Organización de Naciones Unidas, a raíz de la Guerra de Corea. El Banco Mundial consideraba en 1960 a Hong Kong un caso con poca esperanza (ver de Daniel J. Mitchell The World Bank and Economic Growth: 50 Years of Failure). Economistas como el Premio Nobel de Economía Gunnar Myrdal (ver John Cowperthwaite y su contribución a que Hong Kong sea hoy el faro que guía al mundo de Marian L. Tupy) pronosticaban un futuro poco halagador para Hong Kong. Hong Kong prácticamente no recibió ayuda externa. Sin embargo, a finales de 1997, el economista, Premio Nobel de Economía, Milton Friedman observando el deslumbrante crecimiento económico de Hong Kong, decía asombrado (ver The Hong Kong experiment o La verdadera lección de Hong Kong que es un ensayo más corto, pero en español): [Las palabras entre paréntesis cuadrados son comentarios o aclaraciones nuestras]: "Según las últimas cifras que tengo a mano, el ingreso per cápita en Hong Kong es casi idéntico al de los Estados Unidos [de América]. Esto es casi increíble: Aquí estamos nosotros, -un país de 260 millones de habitantes, que se extiende de un brillante océano al otro brillante océano, con enormes recursos y con una trayectoria de más o menos 200 años de crecimiento [económico] más o menos constante, supuestamente el país más fuerte y más rico del mundo y, sin embargo, seis millones de personas viviendo en un minúsculo pedazo de tierra [Hong Kong], con recursos insignificantes, son capaces de generar un ingreso per cápita tan alto [como el de los EE.UU.] ¿Cómo es eso posible?" Precisamente en esta página web recolectamos opiniones e intentamos dar las razones del extraordinario "milagro económico" de Hong Kong, país ha vivido en el último medio siglo el mayor crecimiento económico del planeta (en relación a dicho crecimiento, ver lo que Daniel J. Mitchell indica sobre Hong Kong en Slovakia, Hong Kong of Eastern Europe) Condiciones adversas de Hong Kong a principios de los 1950s. Indica la Enciclopedia Británica: Hong Kong se desarrolló inicialmente en base a su excelente puerto natural (su nombre en chino significa "puerto fragante" y al lucrativo comercio con China, particularmente al comercio del opio (opium dealing) Con sus limitados recursos naturales, Hong Kong depende de las importaciones para virtualmente todos sus requerimientos, incluyendo materias primas, comida y otros bienes de consumo, bienes de capital y combustibles. Bajo su status único de puerto libre internacional [¿una especie de isla de Rhodas de los tiempos modernos?] el bodegaje de mercancías (entrepot trade) principalmente con China, floreció hasta 1951, hasta que un embargo de las Naciones Unidas dañó drásticamente este comercio. Esta situación, combinada con la necesidad de exportar y con la disponibilidad de mano de obra barata, llevó al establecimiento de industrias livianas competitivas, y a una transformación de la economía a inicio de los 1960s [Nótese la fecha]. La economía de mercado y las políticas de laissez-faire ["dejad hacer, dejad pasar"]) aportaron la flexibilidad para una industrialización adicional y el incentivo, a partir de finales de los 1960s, para atraer inversión extranjera y transacciones financieras. En los años subsiguientes China adoptó una política exterior más abierta, el bodegaje de mercancías (entrepot trade) revivió rápidamente al resurgir el comercio China-Hong Kong. Hong Kong se desarrolló no solamente en manufactura, comercio y transporte marítimo sino también como un centro financiero internacional y un agente en la búsqueda de la modernización de China. El sector terciario (los servicios) hoy representa cerca de cuatro quintos del producto interno bruto [PIB valor de toda la producción de un país] La libertad de hacer negocios, el imperio de la ley, bajos impuestos, bajo gasto del gobierno, regulación mínima y "Estado de Bienestar" limitado bajo el mandato de John Cowperthwaite, administrador colonial El milagro económico" de Hong Kong debe mucho a John Cowperthwaite, uno de tantos grandes personajes poco conocidos: John Cowperthwaite, hombre frugal , modesto e incorruptible, fue para Hong Kong algo muy similar a lo que fue Ludwig Erhart para Alemania: Un funcionario público, que en el caso del Cowperthwaite esencialmente logró que el estatismo de la época no se extendiera a Hong Kong y cuya gestión estuvo acompañada de un verdadero "milagro económico". John Cowperthwaite fue Secretario de Finanzas (Finance Secretary) de Hong Kong de 1961 a 1971. Dicho cargo tiene mucho en común con el de un Ministro de Hacienda costarricense. Al final del mandato de Cowperthwaite el gasto total del gobierno de Hong Kong era de 11.5% del PIB, cerca de la mitad del gasto total del sector público de Costa Rica hoy (21%-22% del producto interno bruto, valor de producción de todo un año). Sir John Cowperthwaite se opuso férreamente a propuestas de gasto que continuamente le llegaban. Lo que es extraordinario en Cowperthwaite es su firmeza en rechazar las propuestas de expansión del gobierno que le llegaban tanto del sector público como del sector privado. Según James Bartholomew Cowperthwaite procedió así porque consideraba que los impuestos eran dañinos para el crecimiento de la producción, además pensaba que mayor producción a la postre llevaría a mayores ingresos tributarios. Ver John Cowperthwaite, Financial Secretary of Hong Kong, de James Bartholomew Para comprender a Hong Kong bajo la administración de John Cowperthwaite, hemos traducido Hong Kong Freedom, un resumen sobre Hong Kong elaborado por Christian Wignall La libertad de Hong Kong (Hong Kong freedom) (Christian Wignall) En 50 años (1947-1997) Hong Kong creció de ser uno de los lugares más pobres del mundo a ser uno de los más ricos. El Producto Interno Bruto [PIB, valor de toda la producción del país] promedio por habitante creció de ser menos de la quinta parte (20%) del correspondiente a Gran Bretaña a inicios de los 1950s hasta llegar a ser 120% del correspondiente a la Gran Bretaña en 1997. El PIB real [o sea, ajustado para que no refleje la inflación] creció en los últimos 15 años de gobierno británico y fue todavía más rápido en los períodos anteriores. HONG KONG PARECIA TENER TODAS LAS DESVENTAJAS 1-No tenía recursos naturales (ni siquiera suficiente agua) 2-Sobre población (más de 6 millones de personas en 440 millas cuadradas, un área menor que Rhode Island) 3-Aislamiento geográfico, lejos de sus socios comerciales 4-Un vecino hostil [y poderoso] (China Comunista) 5-Un gobierno colonial (en otras palabras, una dictadura no democrática) PERO TENIA OTRAS VENTAJAS QUE ERAN MUCHO MAS IMPORTANTES 1-El imperio imparcial de la ley 2-Derechos de propiedad seguros 3-Libre comercio Hong Kong ocupa el primer lugar en el Indice de Libertad Económica, índice anual auspiciado por la Fundación Heritage y el Wall Street Journal. Milton Friedman y otros han descrito a Hong Kong como uno de los mercados más libres del mundo. ¿POR QUÉ FUE HONG KONG TAN LIBRE? -En dos momentos cruciales de la historia, (los 1840s y los 1940s) los eventos lo ayudaron a ser libre -Los intereses indígenas arraigados eran débiles (la mayoría de las personas eran refugiados recién llegados) -Era una colonia y por lo tanto los procesos electorales (¨pork barrel politics", repartición de puestos y beneficios a través de proyectos gubernamentales) estaban ausentes. -La ética de los administradores de nivel más alto(incorruptible, frugal, modesta) y su tradición cultural (derecho consuetudinario británico), favorecía la libertad. -Sin deudas y con superávits fiscales, el gobierno de Hong Kong pudo ignorar presiones políticas provenientes de Gran Bretaña. El administrador colonial más importante con respecto a esto [con respecto a la libertad económica] fue el secretario de finanzas de 1961 a 1971, John Cowperthwaite: -Hijo de un recolector de impuestos esocés (como Adam Smith) -Altamente educado (dos grados de las universidades de Cambridge y Londres) -Poderoso y brillante para el debate -Fuerte creyente en el libre mercado y en el gobierno mínimo -Defensor agresivo de la libertad frente a activistas sociales, grupos de presión e ingenuos bien intencionados. Entre otras cosas evitó subsidios, exenciones de impuestos, regulaciones gubernamentales y proyectos de construcción del gobierno. Como resultado, la economía de Hong Kong era notable de varias maneras BAJOS IMPUESTOS. 1. Ingresos extranjeros libres de impuestos. Dividendos libres de impuestos. Ganancias de capital libres de impuestos. Inexistencia de impuesto de ventas e inexistencia de impuesto al valor agregado (IVA). Importaciones y exportaciones libres de impuestos (excise tax) para la mayoría de los bienes con excepción del tabaco, al acohol y el pertóleo. 2. Bajos impuestos al salario (La tasa máxima fue de 12.5% hasta 1966, luego fue 15%) 3. Bajas tasas a las ganancias de las empresas (15%) 4. Monto salarial exento muy alto (En 1970, el monto salarial exento para las personas era cerca del triple del monto exento en el Reino Unido y el doble del monto exento en los EUA, a pesar de tener [Hong Kong] salarios promedios que eran menos de la mitad de la de los estadounidenses.) 5. Como resultado, 98% de la fuerza laboral no pagaba impuestos en los 1960s BAJO GASTO DEL GOBIERNO 1. En los 1960s el gasto total del gobierno era en promedio cerca de 13% del PIB, cerca de una tercera parte del total del gobierno de los EE.UU. hoy. En el último año de Sir John Cowperthwaite, 1970, el [gasto del gobierno] había bajado a 11.5% del PIB. 2. Los empleados públicos eran menos del 5% de la fuerza laboral. 3. El gobierno tenía superávits casi cada año y por lo tanto pudo eliminar impuestos y simplificar el código tributario de vez en cuando. 4. El gobierno no tenía deuda. De hecho el gobierno ganaba intereses y rentas netas substanciales de sus activos acumulados. 5. El dólar de Hong Kong, (como el Franco Suizo), estaba respaldado en más de un 100% con reservas de divisa extranjera. EL GOBIERNO OPERABA SERVICIOS PUBLICOS CON GANANCIA El gobierno proveía agua (alguna de ella bombeada desde China), operaba el ferrocarril, el aeropuerto y tenía tierras. Todas estas actividades se operaban con ganancias. No existían subsidios cruzados. En varias actividades se establecieron, en la medida de los posible, precios de mercado [precios de los servicios que prestaba el gobierno] EL ESTADO DE BIENESTAR ERA LIMITADO (Social Welfare was limited) -Todas las escuelas primarias (hasta 1970) cobraban (bajos) montos. Todas las escuelas secundarias cobraban. La educación primaria no fue obligatoria hasta 1970. -Algunos servicios hospitalarios y clínicos eran subisidiados. -Un pago muy pequeño de invalidez se hacía a los incapacitados para trabajar o los mayores de 70 años. -Hubo una gran excepción. Se proveyeron casas públicas en gran escala. Casi la mitad de la población vivíó en edificios de apartamentos subisdiados por el gobierno. (esto no fue un éxito, y falló en su supuesto propósito social) REGULACION MINIMA -Ninguna regulación sobre las transacciones de moneda extranjera, bolsa o de seguros. -Hasta mediados de los sesentas, no hubo restricciones sobre el número de bancos y transacciones bancarias. -Sin salario mínimo [cuando se establece un salario mínimo superior a la productividad del empleado el patrono no lo contrata y aparece el desempleo] y sin reglas que gobernaran la contratación o el despido de empleados [en otras palabras, las partes establecían el contrato de trabajo a su libre voluntad, recuérdese que también existía (y todavía existe) el imperio imparcial de la ley para hacer valer los contratos] -Una excepción eran las regulaciones sobre el uso de la tierra [algo comprensible en un lugar tan pequeño con una población tan grande] que incluían un código de edificación. Sin quererlo, esto causó volatilidad en el mercado laboral. LOS RESULTADOS. -Desempleo muy bajo... cerca del 2% [¡y en un país que vivió un aumento tan importante de población!] -Tasas muy altas de inversión y ahorro. -Los salarios reales aumentaron más de 4% durante el gobierno de Cowperthwaite a pesar de que la población creció un 3% por año. -Se ha estimado que al final de los 1960s al producción industrial estaba creciendo un 15% por año y el PIB estaba creciendo más de 12% por año. -Durante la década de Cowperthwaite, 1961-71, las exportaciones domésticas crecieron a una tasa compuesta de 13.8% anual -Los depósitos totales en los bancos crecieron 19% por año. -Hubo significativas actividades privadas de bienestar social. "Asociaciones chinas" como el Po Leung Kok. El mayor donador era el Club Real de Hockey de Hong Kong.... quién "reciclaba" sus ganancias obtenidas en el negocio del juego (gambling) Para 1997 Hong Kong tenía estadísticas de esperanza de vida, de salud y de crimen tan buenas y en algunos casos mejores que las de los EE.UU. HONG KONG HOY [En Julio de 1997 Hong Kong se convirtió en una Región Administrativa Especial de laRepúbica Popular China y por lo tanto tuvo un cambio de gobierno. Además Hong Kong fue afectado por la crisis del este asiático] -Beijing nombró un ejecutivo en jefe (¿gerente general?) en vez de un gobernador colonial británico -Hay una promesa de Beijing de respetar las leyes y la autonomía de Hong Kong por lo menos hasta el 2047 -Ocurrió un colapso en los precios de los bienes raíces (una caída mayor al 65% desde 1997) -Caída en los precios al consumidor (cerca de 20% desde 1997) -Caída en los salarios... inclusive los de los funcionarios públicos -Caída en los ingresos del gobierno -El gobierno aumentó su gasto como proporción del PIB (lo duplicó desde los sesentas) -Educación, Salud y Bienestar social hoy consumen más de la mitad del presupuesto y continúan creciendo -El gobierno se mete en proyectos de bienes raices (por ejemplo un parque industrial) -Grandes déficits gubernamentales (hasta 6% del PIB) en la mayoría de los años, y el gobierno emite bonos [se endeuda] -Existe una propuesta de introducir un impuesto de ventas (IVA) [Nótese que acá el autor no hace distinción entre impuesto de ventas e IVA] -Más del 50% de la población hoy paga impuestos -Se introdujo un salario mímimo -Alto desempleo, 8% en un máximo reciente -Demostraciones masivas en las calles contra actos del gobierno, como el decreto anti-sedición [este decreto limita por ejemplo las libertades de demostración] -El PIB por habitante promedió únicamente 1.5% al año desde 1997 contra 3.6% en la década precedente. Como resultado de esto, el PIB por habitante de la Gran Bretaña hoy supera al de Hong Kong . El gráfico de abajo muestra el comportamiento del gasto del gobierno en Hong Kong y Singapur. No tenemos la fuente de este gráfico, pero es muy similar al que se encuentra en Hong Kong Fiscal Issues, de Y.C. Richard Wong image Hong Kong reduce el gasto del gobierno en el 2004-2005 El anterior documento data del 2005. Sin embargo en el 2006 el gobierno de Hong Kong se vanagloria de haber reducido el gasto del gobierno (ver Financial Secretary reveals early balance of books in new budget). El secretario de finanzas Henry Tsang (sucesor de John Cowpertwhaite) indica una expansión de la economía de Hong Kong de 8.6% en el 2004 y de 7.3% en el 2005. Hasta donde llega nuestro conocimiento, éste es el mayor crecimiento económico de un país desarrollado en el período 2004-2005. El secretario de finanzas habla de un pronóstico de superávit consolidado del gobierno de $526 millones para el 2006. El secretario Tsang también indica que los gastos operativos por segundo año consecutivo se han reducido y que han permanecido, desde el período 2004-2005, debajo del 20% del producto interno bruto. Saludos.

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¿Cómo solucionar el tema del desempleo?
InfoporAnónimo2/26/2010

Toda esta discusión sobre el desempleo es absurda. Pensá en esto. Vivimos en un mundo con multitud de imperfecciones, de cosas que tienen que hacerse. Siempre ha sido así y siempre lo será. Eso significa que siempre hay cosas que hacer y por tanto siempre hay trabajo. El problema del desempleo es un problema de desconexión entre los que trabajarían y los que contratarían. ¿Cuál es la desconexión? Se limita a la asequibilidad. Ahora las empresas no pueden permitirse contratar nuevos trabajadores. Les dejan ir. Por tanto el desempleo es alto, está en dobles dígitos, aproximándose al 17% o más. Entre la gente de color es del 25%. Entre la juventud es del 30% o más. Y el problema continuará extendiéndose mientras haya barreras de contratación entre empresarios y trabajadores. Tampoco es que falte trabajo por hacer. Es demasiado caro pagar por el trabajo a hacer. Así que pregúntese: ¿qué cosas impiden que se creen empleos? Déjenme listar unas pocas barreras: * El alto salario mínimo que elimina a bastantes de los primeros peldaños de la parte más baja de escala. * El alto impuesto al trabajo que roba recursos a empleados y empresarios. * Las leyes que amenazan a empresas con pleitos si se despide al empleado. * Las leyes que establecen miríadas de condiciones para contratar más allá de la condición basada en el mercado que es la que importa: ¿puede hacer el trabajo? * El subsidio de desempleo en forma de falso seguro, que paga a la gente por no trabajar. * Los altos costes de empezar un negocio en forma de impuestos y obligaciones. * Los beneficios obligatorios que los empresarios deben proveer a cada nuevo empleado bajo ciertas condiciones. * El impuesto en las retenciones que impide a empresarios y empleados llegar a acuerdos entre sí. * Las restricciones de edad que consideran a cualquiera con menos de 16 años como un inútil. * Los impuestos de la seguridad social y de la renta que juntos devoran casi la mitad de las rentas de nuestros contratos. * Las leyes sindicales que permiten a los parásitos saquear una empresa y extorsionar a los trabajadores Son unas pocas de las intervenciones. Pero si tuvieran que eliminarse hoy, y bastaría con una acción del Congreso para hacerlo, la tasa de desempleo desaparecería muy rápidamente. Todo el quisiera un empleo obtendría uno. Dependiendo de la credibilidad de la nueva política, las empresas empezarían a contratar inmediatamente. Sería algo digno de contemplar: Sin embargo, al nueva política tendría que ser algo seguro y no algo que se anule en unos pocos meses. Nadie quiere invertir en empleados sólo para luego deshacerse de ellos. Así que no podría haber fecha de expiración en la nueva política de laissez-faire. ¿Qué se objeta a esta postura? Dudo seriamente que mucha gente discuta que funcionaría para acabar con el desempleo. Pero mucha gente diría, ¡oh!, no lo haría en absoluto. No son sólo empleos lo que queremos. ¡Son empleos bien pagados! Si ese es el caso, tienen que entender qué es lo que afirman. La gente dice que es mejor que la gente esté desempleada que explotada por bajos salarios. Sí es así, entonces se trata de su definición de explotación. Si 10$ por hora es explotación, deberíamos crear aún más desempleo aumentando el salario mínimo. Podríamos desemplear a todos menos unos pocos aumentando el salario mínimo a 1.000$ la hora. En un contrato laboral basado en el mercado no hay explotación. La gente llega a un acuerdo basándose en sus propias percepciones de beneficio mutuo. Una persona que cree que es mejor trabajar por 1$ la hora en lugar de sentarse en casa sin hacer nada es libre de firmar el contrato. De hecho, una persona que trabaja por un salario negativo (quien paga por unas prácticas, por ejemplo) es asimismo libre de llegar a ese acuerdo. Les propongo, por tanto, una definición de explotación que proviene de las obras de William H. Hutt: violencia o amenaza de violencia implícita en la negociación de cualquier cosa que afecte a la vida de un trabajador o empresario. En ese sentido, el sistema actual es una explotación. A los trabajadores se les roban los salarios. A los empresarios se les roban los beneficios. A la gente pobre y la gente joven especialmente se les roban las oportunidades. Lean cualquier relato de la historia económica desde la Baja Edad Media hasta el siglo XIX y traten de encontrar alguna evidencia de la existencia de desempleo. No la encontrarán. ¿Por qué? Porque el desempleo prolongado es un elemento del mundo moderno, creado por el estado intervencionista. “Nosotros” tratamos de curarlo y “nosotros” acabamos haciendo lo contrario. Así que me resulta difícil tomarme en serio todos los planes políticos de aumentar el nivel de intervención en nombre de curar el desempleo. No hay desempleo voluntario en un mercado libre, porque siempre hay trabajo que hacer en este mundo. Se trata sólo de llegar a un acuerdo. Todo lo que hay entre la terrible realidad presente y el desempleo del 0% es una clase de gestores sociales incapaz de reconocer su error. ¿Cuánto tiene que subir más la tasa antes de que admitamos el error de nuestras fórmulas? ------------------------------------------------------ Llewellyn H. Rockwell, Jr es Presidente de la Junta Directiva del Ludwig von Mises Institute en Auburn, Alabama, editor de LewRockwell.com, y autor de The Left, the Right, and the State. Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí http://mises.org/daily/4083.

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Historia de la doctrina liberal
InfoporAnónimo3/3/2010

Es difícil precisar el origen de la doctrina liberal. Quizás, en rigor, no haya una fecha exacta que nos marque el origen. Pero los hombres pareciera como que siempre necesitáramos de criterios de ubicación en el tiempo y en el espacio. De otra manera nos desorientaríamos. De ahí la necesidad de buscar una partida bautismal. Personalmente considero que fue producto de un proceso muy complejo que encontró en las guerras de religión de los siglos CVI y CVII su precipitante, siendo la tolerancia y la libertad de conciencia sus principales efectos no buscados. Sin embargo, hay quienes exigen más precisión en la búsqueda, alguna fecha, algún hecho, algún libro, que sirva para delimitar con mayor claridad la etapa pre y postliberal. En esa exploración difícil, llegamos siempre al año 1689. Para los que piensan, y con razón, que el liberalismo es fundamentalmente un sistema coherente de principios y valores que fundamenten la libertad indivisible del hombre y de todos los derechos que le son inherentes, entonces ese sistema nace con un libro: Ensayos sobre el gobierno civil , cuya licencia de impresión se otorgó el 23 de agosto de 1869. Su autor, John Locke, fijó en esta obra los cimientos duraderos sobre los que hasta hoy se afianza todo el pensamiento liberal. Allí está preanunciado el estado mínimo , la división de poderes, la libertad integral de los hombres. Allí está en fin, el liberalismo. No obstante, quienes piensan que esta doctrina, más que un producto del intelecto, es una forma de vida que implica la eterna lucha del hombre para ampliar el campo de sus libertades y disminuir las atribuciones que se arrogan los gobiernos ven en la Declaración de Derechos y Libertades (Bill of Rights) inglesa, ocurrida también en 1689, el punto de partida de esta ideología. Ahora bien, como se sabe, el espíritu inglés siempre despertó recelos en el continente, especialmente en las naciones de raíz cultural latina. De ahí que haya sido relativizada o aún negada la influencia liberal sajona en el surgimiento del liberalismo. Quienes así piensan, ven más en el autor de El espíritu de las leyes (1748) el genuino inicio de la moderna idea liberal. Reconocida o no, la gravitación que el pensamiento de Locke tuvo sobre su autor, interpretan que la influencia universal de la obra del pensador inglés fue incuestionablemente menor que la del francés. Pero es el caso que éste, Carlos Luis de Secondant, Marqués de la Brede y de Montesquieu, nació cerca de Burdeos, curiosamente, en el año 1689. Por lo demás, si bien la doctrina nació en el siglo XVII, el término liberal como adjetivo, es posterior. Se empezó a usar en Francia a fines del siglo XVIII. Como sustantivo se utiliza por primera vez en España en 1812. Más allá de las controversias sobre los orígenes, resulta claro que el ideario de la libertad del hombre se desarrolló fundamentalmente durante el siglo XVIII de una manera sólida y vertiginosa. Después de Locke vendrá la escuela escocesa, representada entre otros por David Hume, que en 1739 publicó un tratado sobre La naturaleza humana ; Adam Ferguson, quién en 1767 publicó Un ensayo sobre la historia de sociedad civil ; y en especial Adam Smith, que en 1759 escribe su Teoría de los sentimientos morales . De estos pensadores el liberalismo tomará su concepción sobre los móviles del comportamiento humano, explicado a través de agudas reflexiones psicológicas sobre los límites de la conducta egoísta e interesada del hombre, y sus efectos benéficos sobre la sociedad. Estas ideas encontrarían su coronamiento grandioso en una obra del propio A. Smith, publicada en 1776, Investigación acerca de la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones. Para muchos, esta obra erudita y sistemática representa tanto el comienzo de la ciencia económica como el del liberalismo económico. En verdad, hay mucho de eso, pues es cierto que fue el primero en tratar de averiguar cuáles son las condiciones institucionales que posibilitan el crecimiento económico de las naciones. A través de la pluma de este autor se descubre toda la importancia de la libertad económica; el principio de la no ingerencia estatal, la competencia, la división del trabajo, las leyes naturales que regulan el orden económico, etcétera. En rigor, las ventajas de la libertad económica habían sido también puestas de manifiesto por los fisiocrátas. Estos, menos liberales en lo político que en lo económico, creían que la naturaleza es la verdadera reguladora de la vida económica de los países y que la tierra era el único factor capaz de generar un producto neto. Los principales artífices y expositores fueron A. Quesnay, La tabla económica , 1775; Du Pont de Nemours La fisiocracia , 1767; Paul Mercier de la Riviere, El orden natural y esencial de las sociedades políticas, 1767; Jean Vincent de Gournay, a quién se le atribuye la expresión laissez faire, laissez passer , que por otra parte era el lema de la escuela; Víctor Riquetti, Marqués de Mirabeau, El amigo de los hombres , 1756; y, finalmente, su principal hombre de estado, A.R.J. Turgot Reflexión sobre la fundamentación y distribución de las riquezas, 1766. Por otra parte, del otro lado del Atlántico, en los nacientes Estados Unidos, las ideas de Locke y del mismo Montesquieu, de cuyo Espiritu de las leyes se había publicado en 1772 una versión abreviada, habían madurado rápidamente. Entre octubre de 1787 y mayo de 1788, bajo el seudónimo de Polibio, Alexander Hamilton, James Madison y John Jay, escribieron 85 ensayos en apoyo a la Constitución recientemente aprobada, la cual necesitaba, para entrar en vigencia, la ratificación de los estados que comprendían la Unión. Los mencionados ensayos fueron publicados después como El federalista , y bajo ese nombre han pasado a la historia constituyendo uno de los principales alegatos en favor del gobierno representativo y federal, como así también del necesario equilibrio y armonía entre las instituciones políticas y económicas fundamentales. Desde cierto punto de vista, pueden bien ser considerados como un epítome de las doctrinas del Marqués de la Brede y John Locke. En Los papeles federalistas están los verdaderos cimientos institucionales de la primera República liberal que tuvo el mundo. Volviendo al continente europeo, las ideas de Adam Smith encontraron rápìdo eco en España, país durante centurias agobiado por las ideas reglamentarias del mercantilismo. José Alonso Ortiz es el traductor, en 1794, de La riqueza de las naciones . A caballo entre el siglo XVIII y XIX lo continúa en la tarea de difundir el pensamiento smithiano, Alvaro Flores de Estrada. En Alemania y con Emanuel Kant (1724-1804) el liberalismo encontró sus fundamentaciones filosóficas más puras sobre todo en sus Fundamentos de la metafísica de la moral , 1785. Las categorías y conceptos por él construídos sirvieron en general para darle más coherencia al desarrollo posterior de la filosofía de la libertad, aunque no se puede dejar de recordar que algunas de sus tesis, por ejemplo aquella de que la mortalidad tiene primacía sobre la felicidad, entraban en conflicto con ideas desarrolladas por otras interpretaciones del liberalismo. No obstante todo lo dicho, es necesario volver nuevamente nuestra mirada a Francia, pues es allí donde estas ideas han entrado en ebullición, y no solo en los círculos intelectuales o cortesanos. Han penetrado en lo más hondo del estado llano. Y es Sieyes, quizás poco abate, como se dirá con razón, pero portentoso pensador, el que le legará a Francia y a la humanidad el concepto moderno de Constitución y quién redactará parcialmente nada menos que la famosa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Los principios por él sustentados se manifiestan aún hoy en la Constitución Francesa. El movimiento de la Enciclopedia contribuyó al liberalismo en una medida jamás imaginada por Diderot, principal inspirador de ese proyecto editorial. Después de los dos primeros tomos, y con posterioridad a la crisis que tuvo la empresa en 1752, se incorporaron a la obra Montesquieu, Voltaire, D´Olbach, Helvetius y también los fisiócratas. Este conjunto de pensadores nucleados en dicha empresa intelectual colectiva, legaron a la cultura liberal y occidental la convicciòn de que la razón crítica es indispensable para una mejor explicación y solución de los problemas del hombre. Los enciclopedistas iluminaron al mundo al definir y establecer con firmeza la libertad de opinión y de conciencia, dejando atrás prejuicios y falsas concepciones, y permitiendo de este modo el rápido desarrollo de las ciencias y de las disciplinas humanistas. A esta altura se me podrá observar que me estoy olvidando nada menos que de J. J. Rousseau. En rigor, no es así. Se trata de una exclusión deliberada y escasamente arbitraria por lo demás. En realidad, Rousseau no representa las genuinas bases del liberalismo moderno. Este tiende a preservar antes que nada las libertades individuales, mientras que el ginebrino , en contraste, propone “la alineación total de cada asociado con todos sus derechos en favor de la comunidad y quienquiera que rehúse obedecer la voluntad general será obligado a ello por todo el cuerpo social”. Como se advierte, Rousseau evoca no al liberalismo sino más bien a las democracias populares, que se instalaron en Europa Oriental después de la II Guerra Mundial y que hoy han girado rápidamente hacia la democracia liberal y la economía de mercado. En lo inmediato, el pensamiento de este autor puede ser encontrado en las efímeras constituciones de la época del terror de la Revolución Francesa, que en aquellas más duraderas que a partir de Napoleón se sancionaron en Francia y en la mayoría de las naciones del mundo libre.Mención especial, que justificaría incluso una profunda investigación es el paradójico rol de España en su contribucion a las ideas liberales. Nombres como los de F. de Vitoria (1485-1546), D. de Soto, discípulo del anterior,quien fue proto-liberal en lo político más no en el plano económico, M. de Azpilicueta (1493-1586), también discípulo de Vitoria, fue muy probablente el primer pensador económico que afirmó de un modo enfático que la fijación de precios por el gobierno era algo negativo para la economía. La primera etapa de la llamada escuela de Salamanca la cierra J. de Medina (1490-1546), quién también profundizó los cimientos del pensamiento economico proto-liberal. La segunda etapa de la mencionada escuela estuvo enbezada por D. de Covarrubias (1512-1577), Saravia y F. García quién fue el último de la generación intermedia de Salamanca. Esta corriente de pensamiento identificado con la célebre universidad culmina con D. Bañez de Mondragon (1527-1604) y L. de Molina (1535-1601), quiénes hicieron aportes en el campo de las ideas jurídicas, políticas y económicas. En esta escueta mención de españoles relevantes no puede faltar,desde luego, Francisco Suárez (1548-!617) quién brilló por sus sólidas argumentaciones juridicas y políticas. Por su parte, Juan de Mariana(1536-1624) , aunque no salamantino, llevó al pensamiento político proto- liberal a un nivel que aún hoy causa asombro. Es que este jesuíta, puede ser tomado como ejemplo de lo que quiero poner de relieve que es, que un pensamiento tan elaborado, no contribuyó a constituir en España una sólida corriente liberal. Escribieron y mucho en el siglo XV y XVI, pero con posterioridad a esos siglos no encontramos rastros de esa importantísima línea de pensamiento. Incluso en España se puede afirmar que lo que pudo convertirse en germen de un vigoroso movimiento liberal, se diluyó rápidamente para dar paso a una corriente de signo contrario. Lo mismo no ocurrió en los países europeos donde el liberalismo nació, se difundió y consolidó. Los escolásticos españoles es como si no hubieran existido. Es más, si se analiza con atención el desenvolvimiento de la idea liberal, se podrá observar que hasta bien entrado el siglo XX España careció de pensadores influyentes. Antonio Cánovas del Castillo en la última mitad del siglo XIX y J0sé Ortega y Gasset en el XX, con sus más y con sus menos, podrían ser una excepción. Recién en 1950 , en un trascendente libro de J. Schumpeter, se comenzó a descubrir el valor del pensamiento escolástico español e italiano (estos últimos representados por San Bernardino de Siena (1380-1444) y su discípulo, San Antonino de Florencia, (1389-1459). De haber influído en otros países, bien se los podría considerar los fundadores de las modernas teorías económicas liberales. Lamentablente, eso no ocurrió. La pregunta clave sería cuáles fueron las razones por las que se produjo este extraño fenómeno. De haber espacio se podría a modo de respuesta elaborar algunas conjeturas.Pero no sería pertinente pues lo que estamos describiendo es el modo y las causas por las que el liberalismo nació, creció y se difundió y alumbró la moderna civilización democrática y liberal. 1789, la difusión universal de las ideas Mil años de feudalismo y de privilegios se derrumbaron en pocos años. Otros dirán, exageradamente, que en pocos meses. Como quiera que fuese, lo cierto es que el 14 de julio de 1789 comienza uno de los procesos de transformación de las ideas y de las instituciones más vertiginosas de que tenga recuerdo la humanidad. Y ello ocurrió al calor de las ideas anteriormente expuestas. De esa experiencia terrible y sorprendente por momentos surgirán consolidados el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad, además del concepto trascendental de que todos los hombres tienen iguales derechos y son por ello iguales ante la ley. Asimismo, en esos cuatro años que derrumbaron un milenio, se comenzaron a manifestar tendencias e ideologías que aún hoy dividen al mundo. Detrás de Robespierre, Saint Just o Marat, estaban sin lugar a dudas las ideas igualitarias mas no liberales, como se ha dicho, de J. J. Rousseau. Habrá que esperar al 9 Termidor, y sobre todo al 18 Brumario (más allá del autoritarismo de Napoleón) para que la verdadera esencia del pensamiento liberal pueda comenzar a irradiarse en el mundo. Como era de esperar, tanto crimen y horror habían conmovido el espíritu y la sensibilidad de los más lúcidos pensadores europeos. Entre ellos, ninguno fue más afectado por los sucesos de Francia que el político de origen irlandés Edmund Burke. Hombre de ideas liberales, fue uno de los primeros en condenar los excesos y las desviaciones de los episodios que siguieron a la Toma de la Bastilla. Su opinión sobre ese proceso se refleja en Reflexiones sobre la revolución en Francia (1790). En esta obra Burke, no obstante su origen liberal, estableció los fundamentos del conservadurismo moderno, concepción política ésta con la que el liberalismo mantendría, durante un siglo y medio, ásperas y profundas controversias. Sin embargo, el impulso que posteriormente tomaron las ideologías de extrema izquierda y derecha ocasionó que ambos cuerpos de pensamiento se fueran acercando, llegando incluso como ocurre hoy, a fusionarse. En Francia, el liberalismo doctrinario se continuó a través de agudos escritores, la mayoría filósofos políticos, economistas los menos. Juan Bautista Say (1767-1832) tuvo vital importancia en la difusión de las teorías económicas de A. Smith y no solo en las regiones francoparlantes. A través de la traducción de sus libros al castellano fue conocido este autor en España y América del Sur. Así nuestro conocido Alberdi llegó a Smith de la mano de Say. Conste que no es solo la difusión del pensamiento de Smith lo que justifica la inclusión de Say en la historia del liberalismo.También cuenta por sus aportes teóricos, en especial, su célebre Ley de las salidas o mercados contra la cual, mucho tiempo después, Keynes arremetería en su pretensión de demostrar que dentro de una economía libre puede haber desequilibrios permanentes. Y debo acotar aquí que, si Say fue un economista sistemático, Federico Bastiat (1801-1850) fue un panfletario genial. Su único libro Las armonías económicas (1850) no llegaron ni con mucho a alcanzar el vuelo de sus irónicas y mordaces sátiras en contra del proteccionismo. La brillantez de los pequeños panfletos , en especial La petición de los vendedores de vela contra la competencia del sol, y Los sofismas económicos no han sido superados en su estilo. Muchas carencias de los economistas liberales franceses fueron compensadas por el vuelo de su genio e imaginación. El primero de los grandes políticos-liberales doctrinarios post-revolucionarios fue Benjamin Constant (1767-1830) . A través de su vida política, y más allá de sus inconstancias como político de acción, su reflexión fue siempre la de un liberal impenitente. “Se vendía, más nunca se entregaba”, decían sus amigos tratando de elogiarlo. Sus ideas fuerza eran rectilíneas y transparentemente liberales. Esto se evidencia en todas sus obras, en especial su monumental “Curso de política constitucional” (1839). De dicha obra se ha afirmado que es la que mayor número de barreras colocó entre el hombre y el Estado. Llega a criticar no solo (y desde luego) a Rousseau, sino al mismísimo Montesquieu, a quién le reprochó nada menos que su concepto de libertad, pues “puede llegar a justificar el establecimiento de los peores despotismos”. Aunque Constant ocupa aun hoy un lugar de privilegio en la doctrina liberal por su luminosa disertacion de 1819 en el ateneo de Paris “La Libertad de los antiguos comparada con la de los modernos”. Esta célebre distinción inspiró nada menos que a Isaiah Berlin, (1909-1997) famoso filósofo político al elaborar la estratégica diferencia entre la libertad positiva (caracteristica de los antiguos en la terminología de Constant) y libertad negativa, propia de los modernos, la que el propio Berlin definirá como ausencia de coacción. Es entonces que a través de su aguda conceptualización de las dos libertades que a Constant bien se lo puede considerar un liberal moderno. Después de Constant encontramos a Francisco Gizot (1787-1874). Historiador, constitucionalista y político, es el teórico de lo que hoy podríamos denominar el liberalismo de centro o del término medio. Conciliador por convicción más no por temperamento. Emile Faguet llegó a decir de él que fue un verdadero dictador de la moderación. Esto se refleja en sus innumerables obras, especialmente su Historia del Gobierno representativo (1822). Apologista de la clase media como sostén de la tolerancia en política y religión; no obstante, no pudo evitar ser pesimista sobre el futuro de la democracia. Revertir, con reservas, ese pensamiento fue el último de los grandes pensadores políticos franceses del siglo XIX: Alexis Clerel de Tocqueville (1805-1859). Si desde Montesquieu a Gizot fue proverbial del liberalismo francés buscar en Inglaterra el modelo del que aprender, Tocqueville, rompiendo una tradición secular, miró hacia los EE.UU. y en ese país encontró que la democracia y la libertad eran posibles y conciliables , no obstante el riesgo que para ambas implica, como se verá, el problema de la igualdad social. En La democracia en América , cuya primera parte se publicó en 1835 y la segunda en 1840, independientemente de su valor inigualable como obra de sociología política (en rigor, la primera jamás escrita en su género), fue en último análisis un esfuerzo por saber cómo funcionaba y cuál sería el futuro de la única democracia imperante de la época. A Tocqueville le gustaba bucear en el futuro y formular predicciones. Algunas de ellas fueron realmente sorprendentes (así, en 1840 anticipó que en el siglo XX dos naciones protagonizarían la escena política mundial: EE.UU. y Rusia. La primera siguiendo el camino de la libertad y la segunda el de la servidumbre). Pero por sobre todas las cosas, fue un analista agudo de su época, y a través de su escalpelo intelectual puso de relieve los peligros de la centralización e intervencionismo. Propició también la solidaridad porque pensaba “que tanto el deber como el interés de los hombres está en hacerse útiles a sus semejantes”. Enfatizó además la crucial función de las comunas y las asociaciones voluntarias en las democracias. Atribuyó al Poder Judicial más importancia aún que la que le asignaba el propio Montesquieu. Pero fundamentalmente, Tocqueville formuló la siguiente advertencia: si no se tomaban los recaudos necesarios, la democracia puede devenir en un despotismo en donde reine la igualdad, pero de ninguna manera la libertad y el orden. Mientras tanto del otro lado del Canal de la Mancha, el liberalismo siguió afianzando y consolidando su edificio intelectual durante el siglo XIX. David Ricardo (1772-1823), principal continuador de Smith, perfeccionó muchas de las ideas y teorías de su maestro, pero también importante es reconocerlo, agravó muchos de sus errores. Así la errónea teoría del valor trabajo tal como la formulara Ricardo fue luego utilizada nada menos que por Karl Marx, como principal herramienta intelectual para elaborar su tristemente célebre y falsa teoría de la explotación de las clases proletarias. Ahora bien, esa y otras consecuencias de sus errores no empalidecen los grandes logros de Ricardo. Con él, el ideario económico liberal y la ciencia económica por añadidura, alcanzaron niveles de desarrollo notables. En su más importante libro , Principios de Economía Política y Tributación (1817), amén de formular las denominadas Tres grandes leyes de la economía (ninguna de las cuales es aceptada por la teoría económica actual), desarrolló el principio de la libertad económica y su aplicación al campo del comercio internacional en términos tan convincentes, que desde entonces muy poco de sustancial es lo que se ha agregado al tema. El libre cambio fue sin duda su gran bandera y el progreso que el mismo trajo al mundo constituye su obra más imperecedera. No obstante, no debe olvidarse a los dos grandes apóstoles de esta cruzada: Richard Cobden (1804-1865) y John Bright (1811-1889) , fundadores de la tan famosa y mal interpretada Escuela de Manchester. Igualmente inteligentes y sagaces divulgadores de la ideología del laissez-faire durante el siglo pasado fueron en Inglaterra Harriet Martinau y Jane Marvet. Además, en la tarea de difusión del nuevo ideario durante este crucial período colaboraron diarios y revistas que cumplieron una función trascendente, en especial. The economist, entre los años 1843-1845, bajo la dirección de James Wilson y Leeds Mercury , a cargo de Edward Blain. Unos y otros no solo defendieron el liberalismo, sino que se mostraron enérgicos críticos de la doctrina socialista ya en ascenso para esa época. Esta doctrina no sólo estaba apareciendo en forma clara y tajante a través de las ideas de socialistas al estilo de Fourrier o Proudhon o, como se sabe, en la mucho más influyente modalidad de Karl Marx, sino que además, al mismo tiempo la idea estatista comenzaba a subyacer escondida dentro de los pliegues de las ideas políticas y económicas propuestas por algunos que en muchos casos aún hoy son presentados como arquetipos de liberales. Es el caso de J. Bentham y J. Stuart Mill, cuyas doctrinas y teorías, excepto en alguna que otra de sus obras (por ejemplo, Sobre la libertad, de Mill publicado en 1859), envolvían elementos conceptuales a partir de los cuales fue desarrollándose la idea colectivista. Dentro de esa corriente de autores, dudamos en incluir a Herbert Spencer (1820-1903). Pese a incurrir en heterodoxias inaceptables, (su idea de la nacionalización de la tierra constituyó una excepción dentro de un macizo y sólido planteo individualista), sin lugar a dudas fue uno de los más eruditos y prolíficos de los liberales de todos los tiempos. Psicólogo, sociólogo, economista y filósofo social y político a través de todas sus obras, amén de realizar sustanciales aportes al desarroillo de las actuales ciencias sociales, se erigió en uno de los más inclaudicables defensores de la libertad individual frente a lo que él consideraba y con razón, un avance legítimo del estado El más nítido reflejo de su sistema de pensamiento está en El hombre contra el Estado (1834). Como se ha dicho, la corriente liberal inglesa, pese a sus indudables méritos, estaba basada en algunos principios y presupuestos doctrinarios y teóricos que muchas veces la llevaron por carriles equivocados. Correspondió a los economistas de la escuela austríaca o de Viena corregir gran parte de los errores de la corriente clásica inglesa. A sus economistas les corresponde el mérito de haber reducido a polvo la falacia de que el valor de las mercancías está en directa relación a su costo de producción, y en especial a la cantidad de trabajo humano incorporado a ella. Ellos descubrieron que los bienes no valen porque cuestan sino que cuestan porque valen, y que en último análisis los determinantes del valor son la utilidad y escasez. De este descubrimiento fundamental al desmoronamiento de todo un sistema de análisis no hubo más que unos pocos pasos, que fueron dando progresivamente los pensadores de la primera generación de la escuela liberal con sede en Viena. Sólo Marx y sus epígonos han quedado anclados en el error, y de ahí que no solamente la teoría colectivista no se haya desarrollado sino que los mismos órdenes económico sociales fundados en sus supuestos están hoy en la más absoluta crisis. Para decirlo brevemente, la revolución que a partir de 1870 se produjo en el campo de las ideas económicas estuvo a cargo en primer lugar de Karl Menger (1840-1920). Su concepción la fue plasmando sucesivamente en Los fundamentos de teoría económica (1871), Investigación sobre el método de las ciencias sociales y especialmente de la economía política (1883) y en Los errores del historicismo (1884). Su portentosa tarea fue continuada por Eugen Von Boehm-Bawerk (1851-1914), quien además de importantes trabajos con los que revolucionó la teoría del interés, publicó en 1898 El cierre del sistema marxista, que constituye por sí mismo una de las más demoledoras críticas que jamás se hayan formulado contra la teoría económica de Karl Marx. Mientras tanto en Inglaterra, el liberalismo político, no obstante el embate que sufría por parte de las diferentes corrientes estatistas, llegó a alcanzar niveles de gran profundidad aunque no con la sistematicidad y el alcance que le dieron sus fundadores. Un ejemplo de ello fue el filosófo político, John A. E. Dalberg-Acton (1834-1902). Curiosamente no dejó ningún libro. Su proyectada obra, que de haberse escrito hubiera sido al decir de un contemporáneo, “la más importante jamás escrita en la historia del pensamiento humano”, y cuyo título iba a ser Historia de la libertad del hombre, no pasó de ser más que una colección de agudos y penetrantes ensayos reunidos y publicados en 1927. Liberal y moralista, quizás su ideario se condense en su célebre apotegma “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Todo el conjunto de ideas que en forma progresiva fueron elaborando estos pensadores alcanzaron realizaciones prácticas no sólo en los países mencionados, sino también en los EE.UU., en donde los valores de la libertad e igualdad, aunque siempre en tensión, comenzaron a alcanzar una vigencia sin precedentes en la historia del mundo. Sin embargo, existía en ese país una cuestión que le impedía realmente insertarse en una plena democracia liberal: la esclavitud. La acción decidida de A. Lincoln hizo más en favor de los derechos del hombre que muchos tratados, mientras que en su discurso en Gettysburgh, en el que definió y resaltó la democracia como el mejor de los gobiernos, tuvo difusión universal.Desde el fin de la guerra de secesión en adelante, el progreso de las libertades individuales, con sus altibajos, ha corrido casi parejo con el portentoso crecimiento económico y social de EE.UU., aunque es importante advertir que ese proceso fue menos obra de filósofos e ideólogos que de estadistas y hombres de gobierno. Durante el siglo XIX no existieron en la tradición liberal de los EE.UU. figuras realmente descollantes, pero en su conjunto los sectores pensantes y las clases gobernantes, usando de una extraordinaria sensatez y sentido práctico de la vida, consiguieron forjar una verdadera avanzada de civilización y libertad. Creo que una de las claves de este logro fue considerar que la verdadera riqueza de las naciones no la constituyen los gobiernos, sino sus pueblos. El concepto antes expresado, sencillo en su contenido pero formidable en sus consecuencias, fue el que de un modo continuo y a lo largo de toda su vida sostuvo el único liberal sistemático y doctrinario de relieve que produjo nuestro país durante el siglo pasado: Juan Bautista Alberdi. Nacido con la patria en 1810, un año antes que se sancionara la Constitución de 1853 publicó sus famosas Bases y muy poco tiempo después su Sistema económico y rentístico. Con estas obras integraba un verdadero modelo de organización nacional. Sin lugar a dudas, Alberdi fue el gran arquitecto de la Argentina moderna. A sus ideas, fuertemente influídas por los autores que hemos citado, tal cual él mismo lo reconocía, les agregó la impronta de las peculiaridades y características propias de nuestra sociedad. Pero preciso es reconocer que si Alberdi fue el arquitecto de la Argentina liberal y progresista, sus ejecutores fueron los hombres de la generación del 80, quienes, al igual que los de EE.UU. , evidenciaron más capacidad de acción, organización y administración que de reflexión intelectual. En el mejor de los casos, fueron, como diría Paul Groussac, prosistas fragmentarios. No dejaron libros, pero entre 1880 y 1916 forjaron los cimientos sociales, educativos, económicos y políticos de la Argentina moderna. 1929, El eclipse El cúmulo de ideas elaboradas durante los siglos XVIII y XIX conformaron, como se ha explicado, el sistema de pensamiento denominado hoy liberalismo. Sus efectos se comenzaron a observar, ni bien fueron proclamados los principios de la tolerancia y la libertad, no sólo en el plano de las instituciones sino también en la calidad material de vida. El liberalismo hizo que el mundo saliera de un milenario letargo. Como lo reconocieron hasta sus más enconados críticos, Karl Marx y F. Engels, en el Manifiesto comunista de 1848, “El capitalismo durante su dominación de apenas un siglo, ha liberado más fuerzas productivas y más colosales que las que han producido jamás todas las generaciones pasadas”. En realidad, desde sus orígenes la humanidad evolucionó muy lentamente, siendo los cambios casi imperceptibles. Sólo a partir del siglo XV se comenzó a observa un crecimiento comparativamente significativo. Pero es recién desde mediados del siglo XVIII que el mundo, y sobre todo Europa Occidental, comienza a transformarse a ritmo de vértigo. Entre 1776 y 1914 se produjeron cambios verdaderamente espectaculares. Durante esa etapa fueron declarados los derechos del hombre y del ciudadano. Surgieron las Constituciones y el Estado de Derecho. Se afianzó el concepto de una justicia independiente. Se difundieron los gobiernos representativos y democráticos. Se institucionalizó el sufragio universal. Aparecieron los partidos políticos, los sindicatos y otras organizaciones sociales. Las universidades y colegios se multiplicaron.La ciencia y la investigación se desarrollaron aceleradamente. Cayeron los porcentajes de analfabetismo. Las condiciones de vida material mejoraron notablemente. Desaparecieron las grandes hambrunas y las pestes arrasadoras. El hombre comenzó a controlar las enfermedades, la población aumentó, como así también las expectativas medias de vida, al tiempo que descendió la mortalidad infantil. La producción de bienes y servicios aumentó geométricamente. Se produjo una revolución en el agro, la industria, la minería, los transportes, el comercio y la banca. Es una época de grandes innovaciones tecnológicas: la máquina de vapor, el ferrocarril, los barcos de hierro, los canales, los grandes caminos y el telégrafo. Después el automóvil y el aeroplano, la electricidad, la turbina de vapor, el motor de gasolina, el motor de combustión interna y las grandes usinas. Se desarrolla y difunde el crédito, lo cual permite el acceso de los distintos sectores sociales al consumo masivo de toda clase de mercancías. El comercio internacional crece en forma extraordinaria. El nivel de vida, en fin, aumenta espectacularmente. Este proceso solo pudo desenvolverse gracias a una doctrina y a un marco institucional que lo posibilitaron. El capitalismo liberal es el verdadero creador del mundo moderno. No obstante sus éxitos inobjetables, el sistema que lo produjo comenzó a perder credibilidad. La confianza que la opinión pública de occidente le tenía al régimen liberal en vigencia, se debilitó rápidamente. Esto comenzó a insinuarse en la segunda década del presente siglo, pero se acentuó a partir de 1930. Hay distintas razones que explican este proceso, pero creo que son dos las causas fundamentales. En primer lugar, el crack de la Bolsa de Nueva York en 1929 y la subsiguiente depresión de los años treinta, que se caracterizó por una desocupación en escala no conocida hasta entonces y que afectó a millones de personas. En segundo término, el surgimiento en la Rusia soviética, a partir de 1928, de una nueva manera de organizar la producción de bienes y servicios: la economía centralmente planificada, anunciada y puesta en ejecución por el dictador totalitario J. Stalin. Estas dos razones explican la creación de un nuevo clima ideológico en Occidente que perduraría por cinco décadas. Sus características más salientes serían el recelo a la libre empresa, una fe supersticiosa en las posibilidades del Estado y la confianza desmedida en la planificación social. Se comienza a suponer que el Estado puede sustituir al mercado. Nace así el Estado de bienestar, que tenía por fin tutelar al individuo desde la cuna hasta la tumba. Con él se inician también la inflación sistemática, los déficits presupuestarios y el crecimiento del sector público. En realidad, los orígenes inmediatos del Estado protector hay que buscarlos en la Alemania autoritaria de Bismark a fines del siglo pasado, que se continuó en Austria (1888) y Hungría (1891). En estos experimentos de nacionalismo estatizante hay que buscar también las causas del expansionismo germano, que produjo la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, durante todo el período en el que el liberalismo estuvo a la defensiva, hubo un puñado de filósofos, sociólogos y economistas que trataron de preservar la doctrina de los ataques de que era objeto. Con ese objetivo fue creada en 1947 la Mont Pelerin Society, que hasta hoy nuclea a lo más granado del liberalismo mundial. Algunos de sus fundadores sobresalieron por la energía y claridad con que defendieron y difundieron sus principios. De entre ellos, Ludwig Von Mises (1883-1973) aparece como el principal portaestandarte. Su vasta producción no le impidió mantener centrada su penetrante inteligencia y formación en lo que él consideró que eran los más graves peligros para la humanidad : la planificación económica, el estatismo y la inflación. Fue el primero en plantear la imposibilidad del cálculo económico en una economía totalmente socializada. Su explicación acerca de las causas de las crisis económicas tienen hasta hoy irrefutable vigencia. Sus demostraciones de las falacias keynesianas iniciaron el debilitamiento progresivo de ese pernicioso cuerpo de teorias y politicas que se encuentran hoy en repliegue en occidente. Toda su obra, en fin, se encuentra compendiada en La acción humana (1949), monumental tratado de economía política que bien puede ser considerado como el más formidable alegato en favor de la libre empresa del siglo XX. En el campo de las ideas politicas y sociales, dos franceses brillaron con luces propias durante este periodo. Raymond Aron (1905-1982), sociólogo y periodista lúcido y sagaz, de cuya producción, si tuviera que elegir un libro como el más expresivo del liberalismo a la defensiva y pesimista respecto al futruo de la libertad, no dudaria en señalar a El observador comprometido (1981). Por otra parte y también en la tradición de Montesquieu y de A. de Tocqueville , el tratadista politico Bertrand de Jouvenel (1903-1987), las complejas relaciones entre la libertad y la autoridad. En Francia, la reconstituciòn del orden en libertad se debió también a la persevetante lucha del economista J. Rueff, quien en El orden social (1964) precisaba que las ilusiones de los falsos derechos solo podian llevar a la inflación y al socialismo o a la anarquía social. Se distinguió también por sus críticas al sistema de patrón de cambio oro y al FMI, pues consideraba que ese organismo alentaba a la inflación mundial. Para evitar este flagelo propuso específicamente el restablecimiento del patrón oro que implica una relación entre el dinero en circulación y la reservas de oro disponibles. Por su parte, a las bases ideológicas de la reconstrucciòn italiana hay que buscarlas en Los principios de hacienda pública ( 1940), la obra fundamental del político y economista Luigi Einaudi. El mal llamado milagro alemán fue una tarea de cuya arquitectura doctrinaria es responsable W. Röpke (1899-1965), autor entre otros libros de la Crisis social de nuestro tiempo (1942) y Civitas humana (1944) y su breve y profético La crisis del colectivismo. Sobre los principios liberales humanistas que éste sostuvo; Alfred Muller-Amack, que acuñó la célebre expresión economía social de mercado , pudo construir los diferentes instrumentos de política económica que luego pondría en ejecución con éxito asombroso L. Ehardt. Este brillante economista relató después su magnífica experiencia en el célebre libro Bienestar para todos (1951), en donde no obstante su orientación claramente liberal se ponen de relieve algunas secuelas de la mentalidad estatizante prevalente en la época. La Escuela de Chicago, relacionada con prestigiosos propulsores del liberalismo, pero vulgarmente identificada con Milton Friedman (1912- ) quien se constituyó por muchos años en su principal portavoz. Si bien éste adoptó una posición fuertemente crítica de las políticas propiciadas por J. M. Keynes aplicadas durante la pre y post II Guerra Mundial, desde posiciones liberales más ortodoxas se le objetaron, no obstante, a sus propuestas algunas tonalidades keynesianas. Su más importante obra de este período es Capìtalismo y libertad (1962). Pero en los últimos años, y desde la conservadora Hoover Institute, propone una organización del mercado libre, más próximo a la que postulan las líneas más ortodoxas: Libertad de elegir (1981). Pero de todas maneras estará distante siempre de la corriene libertaria o anarco-liberal en que se encuentra revistando su hijo, David Friedman, y que orienta Murray Rothbard, que desde tesis inicialmente austríacas se ha deslizado a propuestas que incluyen la privatizaciòn del propio Estado, incluída la administración de justicia, seguridad interior y defensa exterior. Estas polémicas ideas están expuestas sobre todo en Por una nueva libertad (1973) y en Individualismo y filosofía de la ciencia social (1979). Por su parte, la denominada escuela económica de la oferta encabezada por A. Laffer, G. Gilder y P. Craig-Roberts, inspiró a las políticas económicas aplicadas durante la gestión gubernamental de Ronald Reagan. Como quiera que haya sido durante los años 80 y 90 del siglo XX el liberalismo recobro la influencia que tuvo en su años se auge . La batalla tanto en el plano de las ideas como en el de las realizaciones, la ha ganado de un modo concluyente. El estatismo y todas las formas de intervencionismo se baten en retirada. El liberalismo moderno no solamente estuvo durante esos años a la ofensiva, sino que, además está también se autotransformo de una manera muy dinámica. Cansados de tanta regulación y uniformidad producida por el Estado, los hombres y mujeres de Occidente comenzaron a buscar el realce de su propia personalidad y a afirmar sus derechos individuales. Se comenzo ha confiar en los efectos sociales de la tecnología, y ven en las computadoras sus más firmes aliadas. Estas les permiten una participación más activa en la toma de decisiones públicas. Los referéndums y plesbicitos están en auge. Se abomina de la sociedad de masas. La descentralización y el federalismo despertaron después de un secular letargo. . Se propició la privatización de la educación, la salud y la previsión social. Aquí en Latinoamérica se consolidó la democracia como régimen de gobierno, mientras que en Asia y Africa sólo los países que persisitieron en las fracasadas fórmulas socialistas pasan hambre y miseria. Por otra parte en los países de Europa del Este y en la U.R.S.S. se observó un acelerado proceso de democratización y liberalización. 1979, El resurgimiento Todo este vertiginoso cambio se comenzó a manifestar en el plano electoral con el impactante triunfo en Inglaterra de M. Thatcher en 1979 y el de R. Reagan en Estados Unidos en 1980. Tanto aquella como éste se declararon acérrimos partidarios de las nuevas ideas liberales que en esos momentos se estaban elaborando en los think tanks de los E.E.U.U. y distintos centros universitarios de Europa. La doctrina liberal de nuestros días es rica en matices y contenidos. Sus escuelas son diversas y la heterogeneidad de enfoques esconde por momentos el común denominador de todos ellos: la defensa irrestricta de la libertad del hombre. En una rápida y apretada reseña podemos señalar sólo a las más importantes e influyentes doctrinas escritas. Antes que nada la corriente del liberalismo es moral y ético. Esta surge a partir de la observación de que, no obstante los éxitos incontestables del liberalismo, éste no lograba imponerse en amplios círculos sociales, religiosos e intelectuales. Se creyó advertir, y con razón, que quizás el problema consistía en el escaso interés que los filosófos y pensadores liberales habían puesto en los fundamentos morales y éticos del sistema y especialmente en demostrar que era el más justo de los sistemas conocidos. Después de algunos trabajos pioneros tales como La etica de la sociedad competitiva (1935) de F. H. Knight; Los fundamentos de la moral (1961) de H. Hazlitt y La economía del mercado ante el pensamiento católico (1954) de Daniel Villey; es sobre todo la prolífera e inteligente obra de Michael Novak la que terminó de mostrar en forma concluyente la inmensa superioridad moral del liberalismo frente a cualquiera de los sistemas hasta ahora conocidos. A esto lo pone de relieve fundamentalmente en su libro más notorio: El espiritu del capitalismo democrático (1982). Además en libros posteriores como Será libertadora (1986) formuló una apabullante demostración de la falsedad de la denominada teología de la liberación. También la filosofía política liberal recibió un vigoroso impulso de un pensador que, curiosa y paradojalmente, pretendió al comenzar su más importante obra, Anarquía, Estado y Utopía (1974) darle al estado moderno una fundamentación socialista. En vez de ello, elaboró una de las más luminosas utopías del liberalismo político de las últimas décadas. En efecto, Robert Nozick probablemente el más profundo filósofo político liberal contemporáneo, quien fue profesor de la Universidad de Columbia y Harvard, tanto en la mencionada obra como en su última publicada Explicaciones filosóficas (1981), se revela como el verdadero sepulturero de la sociedad de masas y profeta de una sociedad en la que los individuos no buscarán ser iguales entre sí, sino por el contrario, al disponer cada uno de ellos de una franja de libertad mucho mayor de la que se posee actualmente, realizarse vitalmente en tanto se distinguen y diferencian de los demás. El marco institucional que permitirá esto es el del estado mínimo, el cual sólo tendrá la función primaria de asegurar justicia y seguridad para sus habitantes. A partir de ahí Nozick considera a toda otra función que asoma el Estado como fundamentalmente legítima. De más está decir que, la consecución de las metas que propone el filósofo de Harvard suponen una modificación drástica de las relaciones establecidas entre el Estado y los individuos para asegurar así un lugar donde las personas están en libertad de unirse voluntariamente para seguir e intentar su propia versión de la vida buena en la comunidad ideal. A diferencia de Nozick, filósofo solitario y de inspiración lockeana, James Buchanan de raíz hobbesiana, es el principal portavoz de una escuela, la de Virginia o de la elección pública (Public choice) cuyos integrantes Gordon Tullock. Los motivos del voto (1976), N. A. Niskanen , La burocracia (1976) y otros, no sólo son responsables de las más importantes renovaciones operadas en el pensamiento liberal, sino que, con sus trabajos han permitido una mejor y más racional comprensión de los problemas y funcionamiento de las sociedades modernas. Sus aportes, basados en la aplicación sistemática de los instrumentos analíticos económicos, no reconocen barrera disciplinaria alguna. Van desde la ciencia económica (Buchanan mismo es Premio Nobel en esa especialidad) hasta la ciencia política y el derecho constitucional. Lo fundamental del pensamiento político de esta corriente está condensado en el libro de Buchanan Los límites de la libertad – entre la anarquía y el leviatan (1974). En dicha obra, el autor distingue entre el Estado protector (equivalente al estado mínimo de Nozick), cuya función sería preservar los derechos declarados en el contrato constitucional, y el Estado productor, que tendrá la función de elaborar bienes públicos indispensables para el desarrollo armónico de las sociedades, cuales son en primer lugar la ley y luego todo otro servicio valorado socialmente y que no sería ofrecido en ausencia de la institución estatal. Para lograr un sistema como el que se sugiere, serán imprescindibles entre otras cosas, cambios estructurales básicos o una revolución constitucional , de modo que se permita una redefinición clara y un fortalecimiento de los derechos individuales y se reduzca el campo de la actividad coactiva determinada estatalmente. Es necesario, pues, establecer con precisión los límites entre el Estado y la libertad integral de los individuos. En fin, Buchanan coincide con Nozick en que es necesario un nuevo contrato social si es que se pretende seguir ampliando la esfera de la libertad y detener el avance del Estado. Importante es la escuela objetivista de Ayn Rand (1905-1982), pensadora rusa radicada en los EE.UU., cuyas ideas agudas y provocativas han influído mucho en amplios círculos intelectuales de países de cultura predominantemente sajona. En algunos de ellos, como Dinamarca y Noruega, sus partidos liberales declaran su cercanía doctrinaria con esta línea de pensamiento. Sin llegar a caer en posiciones anarquistas, esa doctrina propicia la elaboración de un códigoo moral que les diferencia a los hombres los valores e intereses correctos de los que no lo son, para que aquellos le sirvan de suprema guía, pues el fin esencial en la vida es la preocupación por el propio interés que se equipara con una digna existencia moral. Pareciera que sus propuestas muchas veces entran en colisión con criterios y principios aceptados convenientemente por la cultura tradicional de occidente. De entre las principales obras traducidas al castellano podemos citar El manantial (1943) y La virtud del egoísmo (1964).,y La rebelion de Atlas.Su influencia en los ultimos años del sigloXXI ha sido notoria,especialmente en sectores empresariales y universitarios jovenes. Con Gary Becker, La inversión en capital humano (1º964), y especialmente T. Schultz Inviertiendo en la gente (1981) , la escuela del capital humano logra éxito en refutar la hipótesis de los economistas clásicos de que el progreso económico está determinado por la dotación de recursos naturales de un país, o para decirlo en términos inversos, que la limitación o insuficiencia de los mismos es una barrera para el desarrollo. La tesis central de esta corriente, radica por el contrario, en que la verdadera clave del crecimiento de un pais esta relacionada con la cuantia y calidad de la inversion en la educacion y salud de sus habitantes. Al respecto, considero que hay actualmente en el mundo moderno suficientes ejemplos de países que actúan como ilustración y demostración de estas tesis. En el campo de la historia social y económica el liberalismo se vió rejuvenecido y fortalecido con la contribución que han hecho los especialistas que se inscriben en la escuela de los derechos de la propiedad. Constituyen una legión los que usan este enfoque en las disciplinas sociales, pero es pertinente resaltar aquí las investigaciones de Douglas North, sobre todo la que surge de su Nacimiento del mundo occidental (1973) . En ella refuta de un modo definitivo y aplastante las teorías de K. Marx acerca del surgimiento y fortalecimiento del sistema capitalista. Las influyentes teorías de Douglas North, en síntesis, explican lo siguiente: el capitalismo nació en los Países Bajos durante el siglo XVII porque fueron los primeros en dotarse de un marco de instituciones y de derecho de propiedad que sirvieron para crear suficientes motivaciones en las gentes de la epoca, para canalizar sus dineros hacia las actividades que suponian mas utiles. Con posterioridad, solo las naciones que supieron dotarse de derechos de propiedad precisos y claros se inscribieron en el camino del progreso. Para North, a diferencia de Marx, que privilegiaba el modo de producción, es el derecho, definido como una tecnología de la organización de las relaciones humanas, económicas y sociales, la clave del éxito de los países. Las falsas tesis elaboradas por R. Prebisch que paralizaron el progreso de los paises subdesarrollados por dos décadas, fueron refutadas por J. Viner, G. Haberler y más modernamente por Peter T. Bauer en "La crítica de la teoría del desarrollo". Por su parte, desde la filosofía de la ciencia, Karl Popper, acertadamente llamado el Kant del siglo XX , tanto en La sociedad abierta y sus enemigos (1945) , como en su producción posterior, que llega hasta hoy, fue marcando la falsía que hay detras de todas las ideologias historicistas y profeticas, especialmente el marxismo. Para terminar, corresponde hacer referencia a lo que yo denomino la Vanguardia liberal representada hoy por el más viejo y lozano de los liberales modernos, Friedrich Von Hayek, nacido en Austria en 1899, quien vivió el auge, la declinación y el renacer del liberalismo. En 1944 escribió un libro que lo haría famoso: El camino de la servidumbre donde advertía que la planificación llevaría irremediablemente al comunismo. Después, al observar la crisis del socialismo, se dedicó a reformular y renovar al liberalismo. En Los fundamentos de la libertad (1959) fue más allá de la economía para buscar una mejor redefinción del orden jurídico y social de la libertad. Una de sus tesis es que los liberales deben permanentemente ir ampliando el campo de las libertades. Para ello tienen que ensanchar el horizonte de las utopías que proponen, a decir verdad, en esto fue consecuente. Premio Nobel de Economía en 1974, produjo muy recientemente una verdadera revoluciòn en la teoría económica liberal al desarrollar propuestas que implican la rectificación de anteriores opiniones. Comenzó declarando la inutilidad de la sacrosanta teoría cuantitativa de la moneda. Explicó después la irracionalidad que supone el prejuicio de que el Estado debe mantener el monopolio de la emisión de moneda. Sugiere con entusiasmo llevar la libertad y la competencia al campo de la moneda para que se pueda formar un verdadero mercado de monedas en concurrencia. Otro aspecto muy original de su concepción es que no solamente descarta por completo la existencia de un Banco Central, sino que se aleja de su anterior actitud en favor del patrón oro. Esta impactante propuesa desarrollada en La desnacionalización de la moneda (1976) quizás no se quede atrás en audacia respecto a su última utopía : la demarquía como sistema político que perfecciona y deberá sustituir en el futuro a la democracia. A esta teoría nos la explica Guy Sorman, el más notable difusor de la revolución liberal contemporánea, en su libro Los verdaderos pensadores del siglo XX, (1989). Con todo, y por lejos, Von Hayek ha sido quien más ha hecho durante el presente siglo, no solamente por fortalecer el edificio intelectual del liberalismo, sino también por debilitar los cimientos del socialismo. Y es nuevamente a Guy Sorman a quien debemos acudir para explicar la verdadera situación de crisis que vive el mundo socialista. A todo esto el economista francés nos lo explica magistralmente en su obra Salir del socialismo (1991). En síntesis, durante la década de los ochenta, el mundo restableció el liberalismo y tras el derrumbe del muro de Berlín, colapso toda alternativa de instaurar con éxito cualquier forma socialista de organización social. La reciente crisis del capitalismo,sufrida ente los años 2008-2009 dió lugar a que aparecieran de nuevo los eternos agoreros que desde las primeras profecías apocalípticas de Marx,esperan de un momento a otro el fin del sistema. Como en tantas oportunidades anteriores ,esto por supuesto no ocurrió y lo que si se manifestó , también como en otras crisis, es una inmensa capacidad de adaptarse y autocorregirse. El capitalismo liberal una vez más se ha demostrado como el único hasta la fecha que ha logrado algo que ningun otro pudo, esto es, conciliar una vigorosa vigencia de la libertad con crecientes nivelos de progreso economico, un sostenido desarrollo de la ciencia y la tecnología, consolidación de la democracia, sostenida tendencia a la igualdad y vigencia plena de los derechos humanos y del estado de derecho. Lo que incuestionablemente falta es una teoría que explique las reales causas que originaron y profundizaron la crisis. La falta de una aguda explicación, probablente se deba a lo reciente de la crisis y a que algunos de sus efectos todavia se están exteriorizando. Obviamente toda la “inflación” de interpretaciones que aparecieron, no pasaron del nivel periodístico.Una vez que pasen las tormentas, y se tenga la adecuada perspectiva y claridad, sin lugar a la menor duda que las ciencias sociales podrán dar una más seria explicación de las verdaderas razones de la crisis. Mientras tanto, el capitalismo liberal se mantiene como en los últimos tres siglos en la vanguardia del progreso de la humanidad. Por Sofanor Novillo Corvalán

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Planificación para la Libertad. Por Ludwig Von Mises
InfoporAnónimo2/25/2010

Planificación para la Libertad Por: Ludwig Von Mises Planificación como sinónimo de socialismo El VOCABLO «planificación» se usa generalmente como sinónimo de socialismo, comunismo y administración autoritaria y totalitaria de la economía. A veces sólo se llama planificación al modelo alemán del socialismo Zwangswirtschaft. (Economía de coacción) mientras que el término socialismo propiamente dicho se reserva para el modelo ruso, de abierta socialización y administración burocrática de todas las fábricas, talleres y establecimientos agropecuarios. De todas maneras, planificación en este sentido significa la realización de planes integrales por el gobierno y su ejecución por la fuerza policial. Significa pleno control gubernamental de las actividades económicas. Es la antítesis de libre empresa, iniciativa privada, propiedad privada de los medios de producción, economía de mercado y sistema de precios. Planificación y capitalismo son totalmente incompatibles. Dentro de un sistema de planificación, la producción se realiza de acuerdo con las decisiones del gobierno y no de acuerdo con los planes de capitalistas y empresarios que tratan de obtener beneficios, satisfaciendo del mejor modo posible las necesidades de los consumidores. Pero el vocablo planificación se usa también en una segunda acepción. Lord Keynes, Sir William Beveridge, el Profesor Hansen y muchos otros hombres eminentes, aseguran que no quieren sustituir la libertad por la esclavitud totalitaria. Declaran que ellos planifican para una sociedad libre. Recomiendan un tercer sistema, que, según dicen, dista tanto del socialismo como del capitalismo y que, como una tercera solución del problema de la organización económica de la sociedad, se encuentra a mitad de camino entre los otros dos sistemas, retiene las ventajas de ambos y evita las desventajas inherentes a cada uno. Planificación como sinónimo de intervencionismo ESTOS QUE a sí mismos se llaman «progresistas» están ciertamente equivocados cuando pretenden que sus propuestas son nuevas y desconocidas. La idea de esta tercera solución es, en verdad, muy antigua, y hace mucho que los franceses la han bautizado con un nombre apropiado: la llaman «intervencionismo». Casi nadie ha de dudar que la historia unirá más estrechamente la idea de seguridad social con la memoria de Bismarck, a quien nuestros padres no consideraban precisamente como un liberal, que con el New Deal (Nuevo Trato) norteamericano y Sir William Beveridge. Todas las ideas esenciales del progresismo intervencionista de nuestros días fueron cabalmente expuestas por los supremos consejeros intelectuales de la Alemania imperial, los profesores Schmoller y Wagner, quienes al mismo tiempo urgían al Káiser a que invadiera y conquistara las Américas. Lejos de mí, condenar cualquier idea por el solo hecho de que no sea nueva. Pero, como los progresistas vilipendian a todos sus opositores como anticuados, ortodoxos y reaccionarios, es justo observar que sería más apropiado hablar del choque de dos ortodoxias: la ortodoxia de Bismarck contra la ortodoxia de Jefferson. Significado del intervencionismo o economía mixta Antes de entrar en el estudio del sistema intervencionista de una economía mixta, deben aclararse dos puntos: PRIMERO: Si en una sociedad basada en la propiedad privada de los medios de producción, algunos de estos medios pertenecen y son manejados por el gobierno o las municipalidades, esto no significa que se trate de un sistema mixto que combine el socialismo con la propiedad privada. En tanto sólo estén controladas por el gobierno algunas empresas individuales, permanecen esencialmente intactas las características de la economía de mercado como determinante de la actividad económica. Las empresas estatales, como compradoras de materias primas, de artículos semimanufacturados y de mano de obra, y como vendedoras de bienes y servicios, deben también ajustarse al mecanismo de la economía de mercado. Están sujetas a la ley del mercado; tienen que esforzarse por obtener beneficios o, por lo menos, por evitar pérdidas. Cuando se trata de mitigar o eliminar esta dependencia, cubriendo las pérdidas de tales empresas con subsidios tomados de los fondos públicos, el único resultado es desplazar a otra parte esa relación de dependencia. Ello ocurre así porque los medios necesarios para el pago de los subsidios tienen que ser extraídos de alguna parte. Pueden arbitrarse mediante la imposición de contribuciones. Pero la carga de esas contribuciones produce sus efectos sobre el público, no sobre e] gobierno que cobra el impuesto. Es el mercado y no el Ministerio de Hacienda el que decide sobre en quién incidirá el impuesto y cómo afectará la producción y el consumo. El mercado y su ley inexorable permanecen supremos. Libertad de trabajo SEGUNDO: Hay dos modelos diferentes para la realización del socialismo. Uno podemos llamarlo el modelo marxista o ruso es puramente burocrático. Todas las empresas económicas son departamentos del gobierno de igual modo que la administración del ejército y la marina o el servicio de correos. Cada fábrica, taller o granja se encuentra en igual relación con la organización central superior, que una oficina postal con respecto al despacho del Administrador General de Correos. Toda la nación forma un solo ejército de trabajo de servicio obligatorio; el comandante de este ejército es el Jefe de Estado. El segundo modelo podemos llamarlo el sistema alemán o Zwangswirtschaft-- difiere del primero en que, aparente y nominalmente, mantiene la propiedad privada de los medios de producción, los empresarios y el intercambio del mercado. Supuestos empresarios realizan las compras y ventas, pagan a los obreros, contraen deudas y pagan intereses y amortizaciones. Pero no son ya empresarios. En la Alemania nazi se les llamó Betriebsfuehrer; es decir, jefes de taller. El gobierno les dice a estos seudoempresarios qué y cómo deben producir, a qué precios y a quiénes deben comprar y vender. El gobierno decreta a qué salarios deben trabajar los obreros y a quiénes y en qué condiciones los capitalistas deben confiar sus fondos. El intercambio del mercado es una ficción. Como todos los precios, salarios y tasas de interés están fijados por la autoridad, son sólo en apariencia precios, salarios y tasas de interés; en realidad son meros términos cuantitativos de las órdenes autoritarias que determinan el ingreso, el consumo y el nivel de vida de cada ciudadano. La autoridad y no los consumidores, dirige la producción. El comité central de dirección de la producción es supremo; todos los ciudadanos no son sino empleados públicos. Esto es socialismo con la apariencia externa del capitalismo. Aunque retiene algunos rótulos de la economía de mercado capitalista, ellos significan algo totalmente distinto de lo que significan en la economía de mercado. Es necesario señalar este hecho para evitar una confusión entre el socialismo y el intervencionismo. El sistema de una economía de mercado con trabas, o sea el intervencionismo, difiere del socialismo precisamente por el hecho de que es todavía una economía de mercado. La autoridad trata de influir en el mercado por la intervención de su poder coercitivo, pero no quiere eliminar enteramente el mercado. Desea que la producción y el consumo se desarrollen por caminos distintos de los prescritos por el mercado libre, y quiere lograr sus propósitos, inyectando en el funcionamiento del mercado, órdenes, decretos y prohibiciones para cuyo cumplimiento dispone del poder policial y de su aparato de coerción y compulsión. Pero éstas son intervenciones aisladas; sus autores aseveran que no piensan combinar tales medidas en un sistema completamente integrado que regule todos los precios, salarios y tasas de interés y que colocaría así el control total de la producción y el consumo en manos de las autoridades. El único medio de elevar permanentemente el nivel de salarios para todos El principio fundamental de los economistas verdaderamente liberales, a los que hoy generalmente se insulta con el nombre de ortodoxos, reaccionarios y economistas conservadores, es el siguiente: No hay otros medios para elevar el nivel general de vida que acelerar el aumento de capital en relación con la población. Todo lo que un buen gobierno puede hacer para mejorar el bienestar, es mantener una estructura institucional en la que no haya obstáculos para la progresiva acumulación de nuevo capital y su utilización en el perfeccionamiento de los métodos técnicos de producción. El único medio de acrecentar el bienestar de una nación es el aumento y mejora del rendimiento de la producción. El único medio de elevar el nivel de salarios en forma permanente para todos los que aspiran a recibir salarios, es elevar la productividad del trabajo, aumentando la cuota «per cápita» del capital invertido y perfeccionando los métodos de producción. Por lo tanto, los liberales llegan a la conclusión de que la política económica más adecuada para servir los intereses de todas las clases de una nación es la libertad de comercio, tanto en las actividades internas, como en las relaciones internacionales. Los intervencionistas, al contrario, creen que el gobierno es capaz de mejorar el nivel de vida de las masas, en parte, a expensas de los capitalistas y empresarios y, en parte, sin detrimento alguno. Recomiendan la limitación de los beneficios y la igualación de los ingresos y fortunas mediante impuestos confiscatarios, la reducción de la tasa de interés mediante una política de moneda fácil de expansión del crédito y la elevación de nivel de vida de los obreros mediante la imposición de salarios mínimos. Aconsejan pródigos gastos gubernamentales. Y, en forma curiosa, favorecen a la vez precios bajos para los bienes de consumo y precios altos, para los productos agrícolas. Los economistas liberales, ea decir, los denigrados como ortodoxos, no niegan que algunas de estas medidas pueden a, corto plazo, mejorar la suerte de ciertos grupos de la población. Pero afirman que a la larga deben producir efectos que, aun desde el punto de vista del gobierno y de los defensores de su política, son menos deseables que el estado de cosas que se pretendía modificar. Tales medidas son, por lo tanto, contraproducentes, cuando se juzga desde el punto de vista de sus propios defensores. El intervencionismo, causa de la depresión Mucha gente en verdad cree que la política económica no debería preocuparse para nada de las consecuencias a largo alcance. Citan un aforismo de Lord Keynes: «A largo plazo, todos estaremos muertos». No pongo en duda la veracidad de este aserto; considero incluso que es la única declaración correcta de la escuela neo-británica de Cambridge. Pero las conclusiones deducidas de esta indiscutible proposición son enteramente falaces. El diagnóstico exacto de los males económicos de nuestra época es: hemos sobrevivido el plazo corto y estamos sufriendo las consecuencias a largo plazo de políticas que no las tuvieron en cuenta. Los intervencionistas hicieron callar las voces amonestadoras de los economistas. Pero las cosas se desarrollaron precisamente de la manera que estos despreciados expertos ortodoxos predijeron. La depresión es la consecuencia de la expansión del crédito; la desocupación en masa, prolongada año tras año, es el efecto inextricable de las tentativas de mantener los tipos de salarios por encima del nivel que hubiera fijado un mercado sin trabas. Todos estos males, que los progresistas interpretan como pruebas del fracaso del capitalismo, son el resultado ineludible de la pretendida interferencia social en el mercado. Es verdad que muchos autores que aconsejaron esas medidas y muchos estadistas y políticos que las ejecutaron, lo hicieron movidos por buenas intenciones, deseando hacer más próspero al pueblo. Pero los medios elegidos para alcanzar este objetivo no eran los apropiados. Por buenas que sean las intenciones, nunca podrán transformar los medios inadecuados en eficaces. Debe recalcarse que estamos discutiendo medios y medidas, y no fines. La cuestión en discusión no es si las medidas propugnadas por los que se llaman progresistas deben ser recomendadas o condenadas desde un punto de vista arbitrariamente preconcebido. El problema esencial es saber si tales medidas pueden realmente lograr los fines a que están dirigidas. No viene al caso confundir el debate haciendo referencia a asuntos accidentales o ajenos a la cuestión. Es inútil distraer la atención del problema principal, insultando a los capitalistas y empresarios y glorificando las virtudes del hombre común. Precisamente porque el hombre común merece toda consideración, es necesario evitar las medidas perjudiciales para su bienestar. La economía de mercado es un sistema integrado por factores entrelazados que se influyen y determinan mutuamente. El aparato social de coerción y compulsión es decir, el Estado tiene, ciertamente, el poder de intervenir en el mercado. El gobierno o las instituciones en las cuales el gobierno ya sea por privilegio legal o por complacencia ha investido el poder de aplicar impunemente presiones violentas, están en posición de decretar que ciertos fenómenos del mercado son ilegales. Pero tales medidas no producen los resultados que el poder intervencionista quiere alcanzar. No sólo crean condiciones menos satisfactorias para la autoridad intervencionista, sino que desintegran totalmente el sistema del mercado, paralizan su funcionamiento y producen el caos. Si se considera que el funcionamiento del sistema de mercado no es satisfactorio, hay que tratar de cambiar ese sistema por otro. Esto es lo que pretenden los socialistas. Pero el socialismo no es el tema que discutimos en esta reunión. Me han invitado a ocuparme del intervencionismo; es decir, de las diversas medidas destinadas a mejorar el funcionamiento del sistema de mercado, y no a su abolición total. Y lo que sostengo es que tales medidas producen necesariamente resultados que, aun desde el punto de vista de quienes las auspician, son más indeseables que la situación previa que ellos querían modificar. El propio Marx condenó el intervencionismo Karl Marx no creía que la interferencia del gobierno o de los sindicatos obreros en el mercado podía obtener los fines beneficiosos esperados. Marx y sus discípulos consecuentes condenaron todas esas medidas en su franco vocabulario, como disparates reformistas, fraudes capitalistas o estupideces pequeño-burguesas. Calificaron de reaccionarios a los que apoyaban tales medidas. Clemenceau tenía razón cuando dijo:«Uno es siempre un reaccionarlo en la opinión de alguien». Karl Marx declaró que bajo el capitalismo todos los bienes materiales, como también el trabajo, son mercancías, y que el socialismo aboliría el carácter de mercancía, tanto de los bienes materiales como del trabajo. La noción de «carácter de mercancía» es privativa de la doctrina marxista; no se había usado antes. Significa que los bienes y el trabajo se negocian en los mercados, se venden y se compran sobre la base de su valor. De acuerdo con Marx, el carácter de mercancía del trabajo está implícito en la existencia misma del sistema de salarios. Sólo puede desaparecer en la «etapa más elevada» del comunismo, como consecuencia de la desaparición del sistema del asalariado y del pago de tipos de salarios. Marx hubiera ridiculizado los intentos de eliminar el carácter de mercancía al trabajo, mediante un tratado internacional y el establecimiento de una oficina internacional del trabajo y por medio de la legislación nacional y la asignación de partidas de dinero a diversas dependencias gubernamentales. Menciono estas cosas sólo para demostrar que los progresistas están totalmente equivocados al referirse a Marx y a la doctrina del carácter de mercancía del trabajo, en su lucha contra los economistas que llaman reaccionarios. La fijación de salarios mínimos produce la desocupación en masa Lo que decían estos viejos economistas ortodoxos era lo siguiente: una elevación permanente del tipo del salario para todos los que aspiran a recibir salarios sólo es posible en la medida en que aumente la cuota per cápita del capital invertido, y en forma concomitante, la productividad del trabajo. No se beneficia al pueblo si se fijan tasas de salarlos mínimos a un nivel superior del que habría fijado un mercado sin trabas. No importa si esta injerencia en las tasas de salarios se hace por un decreto gubernamental o por la presión y compulsión de los sindicatos obreros. En cualquier caso, el resultado es pernicioso para el bienestar de un gran sector de la población. En un mercado de trabajo sin trabas, el tipo de salario se fija por el juego de la oferta y la demanda, a un nivel en el cual todos los que desean trabajar encuentran finalmente trabajo. En un mercado libre de trabajo, la desocupación es sólo temporal y nunca afecta más que a una pequeña proporción del pueblo. En él prevalece una tendencia continua a la desaparición del desempleo. Pero si se elevan los salarios a un nivel más alto por la interferencia del gobierno o de los sindicatos, las cosas cambian. Mientras sólo una parte de los trabajadores pertenezcan a sindicatos, el aumento de salarios impuesto por dichos sindicatos no lleva a la desocupación, sino a un aumento de la oferta de trabajo en aquellas actividades donde no hay sindicatos eficientes o no existe sindicato alguno. Los obreros que perdieron sus empleos como consecuencia de la política sindical entran en el mercado de las actividades libres y hacen que los salarios desciendan en ellas. El corolario de la elevación de salarios para los obreros organizados es baja de salarlos para los obreros que no están organizados en sindicatos. Pero, si la fijación de sueldos a un nivel más elevado que el potencial del mercado se hace general, los obreros que pierden sus puestos no podrán encontrar colocación en otros empleos. Quedan desocupados. La desocupación surge como un fenómeno en masa que se prolonga año tras año. Tales eran las enseñanzas de aquellos economistas ortodoxos. Nadie logró refutarlas. Era mucho más fácil insultar a sus autores. En cientos de trabajos, monografías y folletos, se les denigró e injurió. Novelistas, autores teatrales y políticos se unieron al coro. Pero la verdad tiene su camino propio. Funciona y produce sus efectos aún sí los programas políticos y los libros de texto se niegan a reconocerla como verdad. Los acontecimientos han demostrado la exactitud de las predicciones de los economistas ortodoxos. El mundo se enfrenta con el tremendo problema de la desocupación en masa. Es inútil hablar de desocupación o de ocupación sin referencia precisa a un definido tipo de salarios. La tendencia inherente a la evolución capitalista es elevar constantemente los salarios reales. Este resultado es el efecto de la progresiva acumulación de capital por medio del cual se perfeccionan los métodos tecnológicos de producción. Siempre que se detiene la acumulación de capital adicional, esta tendencia cesa. Si, en vez de aumento del capital disponible se produce un consumo de capital, los salarios reales disminuirán temporalmente, hasta que sean removidos los obstáculos que impiden el nuevo aumento de capital. Tales obstáculos son: las malas inversiones; es decir, el despilfarro de capital, que es la característica más notable de la expansión del crédito y de la consecuente orgía de prosperidad ficticia; la confiscación de beneficios y fortunas; las guerras y las revoluciones. Es un hecho lamentable que todos esos obstáculos reducen temporalmente el nivel de vida de las masas. Pero esos hechos lamentables no pueden eliminarse con ilusiones engañosas. No hay otros medios para removerlos que los recomendados por los economistas ortodoxos: una política monetaria sana, austeridad en los gastos públicos, cooperación internacional para la salvaguardia de una paz duradera, libertad económica. La política tradicional de los sindicatos es perjudicial para los trabajadores Los remedios sugeridos por los doctrinarios no ortodoxos son ineficaces. Su aplicación empeora las cosas en vez de mejorarlas. Hay hombres bien intencionados que exhortan a los dirigentes sindicales a que hagan un uso moderado de su poder. Pero estas exhortaciones son vanas porque sus autores no se dan cuenta que los males que quieren evitar no se deben a la falta de moderación en la política de salarios de los sindicatos. Son el resultado ineludible de toda la filosofía económica que sirve de base a las actividades sindicales respecto a los tipos de salarios. No es mi tarea averiguar los efectos favorables que podrían obtener los sindicatos en otros campos, como, por ejemplo, la educación profesional, etc. Sólo me refiero a su política de salarios. La esencia de esta política es impedir que los desocupados consigan colocación, aceptando salarios menores que los establecidos por los sindicatos. Esta política divide a la población obrera en dos clases: los empleados, que ganan salarios mayores de los que ganarían en un mercado de trabajo sin trabas, y los desempleados, que no ganan nada. En los primeros años de la década iniciada en 1930, los salarios nominales pagados en los Estados Unidos bajaron menos que el costo de la vida. Los salarios reales por hora aumentaron en medio de una desocupación que se extendía en forma catastrófica. Para muchos de los que tenían empleo, la depresión significó una elevación de su nivel de vida, mientras que los desocupados eran sacrificados como víctimas. La repetición de tales circunstancias sólo puede evitarse, descartando enteramente la idea de que la compulsión y la coerción sindical pueden beneficiar a todos los que desean trabajar y recibir salarios. Lo que se necesita no son débiles advertencias. Hay que convencer a los obreros de que la política tradicional de los sindicatos no sirve los intereses de todos, sino sólo los de un grupo. Mientras que en las negociaciones individuales, los desocupados tienen virtualmente voz, en los contratos colectivos se les excluye totalmente. A los dirigentes sindicales no les importa la suerte de los que no son miembros del sindicato y, en especial, de los principiantes que desean ingresar en su industria.Los niveles de salarios fijados por los sindicatos determinan que gran parte de los obreros disponibles queda sin trabajo. La desocupación en masa no es prueba del fracaso del capitalismo, sino del fracaso de los métodos sindicales tradicionales. Las mismas consideraciones pueden aplicarse a la determinación de niveles de salarios por dependencia del gobierno o por arbitraje. Si la decisión del gobierno o del árbitro fija los salarios al nivel del mercado, tal decisión es superflua. Si los fija a un nivel superior, producirá la desocupación en masa. La panacea de moda que suele sugerirse pródigos gastos públicos no es menos estéril. Si el gobierno provee los fondos necesarios, imponiendo gravámenes a los ciudadanos o mediante empréstitos públicos, elimina por un lado tantos empleos como crea por otro. Si los gastos del gobierno se financian con préstamos de bancos comerciales, el resultado será la expansión del crédito y la inflación. Entonces subirán forzosamente los precios de todas las mercancías y servicios, cualesquiera que sean las medidas que adopte el gobierno para evitarlo. Si en el curso de una inflación el aumento del precio de los artículos excede al aumento de los salarios nominales, la desocupación disminuirá. Pero lo que hace disminuir la desocupación es precisamente el hecho de que los salarios reales están bajando. Lord Keynes recomienda la expansión del crédito porque cree que los asalariados aceptarán este resultado; cree que «una disminución gradual y automática de los salarios reales como resultado del aumento de precios» no encontraría tan fuerte resistencia en los trabajadores como el intento de rebajar los salarios nominales. Es muy poco probable que esto ocurra. La opinión pública se da cuenta muy clara de los cambios en el poder adquisitivo y vigila con vehemente interés los movimientos del índice de precios de las mercancías y del costo de la vida. La esencia de todas las discusiones relativas a los tipos de salarlos radica en su valor real y no en su valor nominal. No hay perspectiva alguna de engañar a los sindicatos con tales ardides. Pero aún si la hipótesis de Lord Keynes fuera correcta, no se obtendría ningún beneficio de tal engaño. Los grandes conflictos de ideas deben ser resueltos por métodos rectos y francos; no pueden ser resueltos por artificios y arreglos precarios. Lo que se necesita no es echar tierra en los ojos de los trabajadores, sino convencerlos. Ellos mismos deben darse cuenta de que los métodos sindicales tradicionales no responden a sus intereses. Ellos mismos deben abandonar, por su propia voluntad, métodos que perjudican tanto a ellos como a todo el resto de la población. La función social de los beneficios y pérdidas Lo que no comprenden los que planifican para la libertad es que elmercado con sus precios es el mecanismo directivo del sistema de la libre empresa. La flexibilidad de los precios, de las mercancías, de los salarios y de las tasas de interés es el instrumento por el cual la producción se adapta a las cambiantes condiciones y necesidades de los consumidores y se descartan los métodos tecnológicos anticuados. Si estos reajustes no se producen por el libre juego de las fuerzas que operan en el mercado, deberán ser impuestos por órdenes gubernamentales. Esto significa un control gubernamental integral, la Zwangswirtschaft nazi. No hay un camino intermedio. Los intentos de mantener rígidos los precios de las mercancías, de elevar las escalas de salarios y de bajar las tasas de interés «ad libitum», sólo sirven para paralizar el sistema. Crean una situación que no satisface a nadie. Bien deben ser abandonadas con el retorno a la libertad del mercado, o bien deben ser completadas mediante un socialismo puro y sin disfraz. La desigualdad de ingresos y fortunas es esencial en el capitalismo. Los progresistas consideran los beneficios como algo reprensible. La propia existencia de los beneficios es, a sus ojos, prueba de que podrían subirse los salarios sin perjudicar a nadie más que a parásitos ociosos. Hablan de beneficios sin preocuparse de su corolario: pérdidas. Beneficios y pérdidas son los instrumentos por medio de los cuales los consumidores mantienen a rienda corta todas las actividades de los empresarios. Una empresa que produce ganancias tiende a ampliarse; una que da pérdidas, a reducirse. La eliminación de los beneficios convierte en rígida a la producción y derroca la soberanía del consumidor. Esto ocurre, no porque los empresarios sean mezquinos o codiciosos y carezcan de las virtudes monacales de abnegación que los planificadores atribuyen a toda la población restante. Si no hubiera ganancias, los empresarios no sabrían cuáles son las necesidades de los consumidores, y aún si las adivinaran, no tendrían medios para ampliar o ajustar sus fábricas de acuerdo con ellas. Los beneficios y pérdidas retiran los factores de la producción de manos de los ineficientes y los trasladan a manos de los más eficientes. Su función social es hacer que un hombre tenga más influencia en la dirección de las actividades económicas cuanto más éxito logre en la producción de mercancías que la gente se disputa. No viene, por lo tanto, al caso aplicar a las ganancias el criterio del mérito o de la felicidad personal. Es evidente que el señor X sería probablemente tan feliz con 10 millones como con 100 millones. Desde un punto de vista metafísico, es ciertamente inexplicable por qué el señor X gana dos millones por año, mientras que el Presidente de la Corte Suprema o los filósofos o poetas más eminentes de la nación ganan mucho menos. Pero la cuestión no se refiere al señor X, sino a los consumidores. ¿Serían abastecidos los consumidores mejor y más barato si la ley impidiera a los empresarios más eficientes ampliar la esfera de sus actividades? La respuesta es claramente negativa. Si la actual escala de impuestos hubiera estado en vigor desde principios del siglo, muchos de los que hoy son millonarios vivirían en circunstancias más modestas. Pero todas las nuevas ramas de la industria que ofrecen a las masas artículos antes desconocidos, operarían caso de existir en una escala mucho más reducida y sus productos estarían fuera del alcance del hombre común. El sistema de mercado hace a todos los hombres, en su condición de productores, responsables ante el consumidor. Esta dependencia es directa cuando se trata de empresarios, capitalistas, agricultores y profesionales, e indirecta, cuando se trata de aquellos que trabajan a sueldo o perciben salarios. El sistema económico de la división de trabajo, en el cual cada uno satisface sus propias necesidades sirviendo a los demás, no puede funcionar sí no hay un factor que ajuste los esfuerzos del productor a los deseos de aquellos para quienes produce. Si no se permite al mercado dirigir la totalidad del proceso económico, debe hacerlo necesariamente el gobierno. Una economía de mercado libre es la que sirve mejor al hombre común Los planes socialistas son absolutamente erróneos e irrealizables. Eso es otro tema. Pero los escritores socialistas ven, por lo menos, claramente que, con sólo paralizar el sistema de mercado, no se obtiene nada más que el caos. Cuando favorecen tales actos de sabotaje y destrucción lo hacen porque creen que el caos resultante preparará el camino para el socialismo. Pero los que pretenden querer preservar la libertad, mientras se empeñan en fijar precios, salarios y tasas de Interés a un nivel distinto al del mercado, se engañan a sí mismos. No hay más alternativa a la esclavitud totalitaria que la libertad. No hay otra planificación para la libertad y el bienestar general que dejar funcionar el sistema de mercado. No hay otro medio que la iniciativa privada y la libertad de empresa para lograr la ocupación plena, el aumento de los salarios reales y un alto nivel de vida para el hombre común.

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