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FranciscanoEternamente

Usuario (Argentina)

Primer post: 23 jun 2010Último post: 6 ene 2011
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Vimos su estrella en el Oriente y vinimos a adorarle
InfoporAnónimo1/6/2011

Los Magos de oriente, por el Padre Jordi Rivero El El Evangelio Mt 2s. nos relata un hecho histórico de gran relevancia para comprender la actitud que Dios espera de nosotros. El evento es confirmado por descubrimientos arqueológicos y científicos Cuando ocurrió: Los Evangelios enmarcan el nacimiento de Jesús en tiempos del censo del imperio ordenado por César Augusto, cuando Quirino era gobernador de Siria, y en los últimos años del rey Herodes, quien falleció el mes de marzo del año 4 a.C. Para los historiadores, por lo tanto, Jesús nació unos siete años antes del año «0». Al llegar los magos a Jerusalén, éstos preguntaron en la corte el paradero del "Rey de los judíos". Los sacerdotes y maestros de la ley supieron informarles que el Mesías debía nacer en Belén, ciudad natal de David; sin embargo no fueron a adorarlo. Los magos ofrecieron oro, incienso y mirra, sustancias en las que la tradición ve la realeza mesiánica de Cristo (oro), de su divinidad (incienso) y de su humanidad (mirra). Se les atribuyen lo nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. Los orientales llamaban magos a los doctores; en lengua persa, mago significa "sacerdote". La tradición, más tarde, ha dado a estos personajes el título de reyes. Esta atribución de realeza a los visitantes ha sido apoyada ocasionalmente en numerosos pasajes de la Escritura que describen el homenaje que el Mesías de Israel recibe por parte de los reyes extranjeros. La Estrella de Belén identificada por la astronomía -Fuente: Zenit El evangelista Mateo (2, 2) relaciona el nacimiento de Jesús en Belén con la aparición de una estrella particularmente luminosa en el cielo de Palestina. Johannes Kepler, 1603, astrónomo y matemático de la corte al observar desde el castillo de Praga el acercamiento de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis, se preguntó por primera vez si el Evangelio no se refería precisamente a ese mismo fenómeno. Hizo cálculos hasta descubrir que una conjunción de este tipo tuvo lugar en el año 7 a.C. Encuentro de una tablilla En 1925 el erudito alemán P. Schnabel descifró anotaciones neobabilonias acuñadas en una tabla de arcilla encontrada entre las ruinas de un antiguo templo del sol, cien kilómetros al norte de Babilonia. La tablilla revela la existencia de una conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis en el año 7 a.C., en tres ocasiones, durante pocos meses: del 29 de mayo al 8 de junio; del 26 de septiembre al 6 de octubre; del 5 al 15 de diciembre. Según los cálculos matemáticos, esta triple conjunción se vio con gran claridad en la región del Mediterráneo. La triple conjunción de los dos planetas explica también la aparición y la desaparición de la estrella, dato confirmado por el Evangelio. La tercera conjunción de Júpiter y Saturno, unidos como si se tratara de un gran astro, tuvo lugar del 5 al 15 de diciembre. En el crepúsculo, la intensa luz podía verse al mirar hacia el Sur, de modo que los Magos de Oriente, al caminar de Jerusalén a Belén, la tenían en frente. La estrella parecía moverse, como explica el Evangelio, «delante de ellos» (Mt 2, 9). Por que los Magos deciden viajar en busca del Mesías ? El viaje en busca del Mesías recién nacido es de cientos de Km. hasta Jerusalén. Representa grandes peligros de ser atacados por ladrones ya que llevaban tesoros. Según explica el catedrático de fenomenología de la religión de la Pontificia Universidad Gregoriana, Giovanni Magnani: «en la antigua astrología, Júpiter era considerado como la estrella del Príncipe del mundo La constelación de Piscis como el signo del final de los tiempos. El planea Saturno era considerado en Oriente como la estrella de Palestina. Cuando Júpiter se encuentra con Saturno en la constelación de Piscis, significa que el Señor del final de los tiempos se aparecerá este año en Palestina. Entonces, ¿Es valida la astrología? Hay que distinguir entre astrología y astronomía. La segunda es una ciencia mientras la primera suele mezclar conocimientos de las estrellas con mitología. Dios se manifiesta al hombre según este pueda entender. Los Magos ("magoi" en griego) eran una casta de sacerdotes persas o babilonios. No conocían la revelación divina como los judíos. Pero en su deseo de buscar a Dios estudiaban las estrellas. Ellos levantaron sus ojos al cielo buscando en las luz de las estrellas una guía. Dios es el Señor de los astros y los guió desde ahí hacia la verdadera luz que es Cristo. ¿Da igual toda religión? NO. Dios se ha dado a conocer a través de los siglos llegando a la plenitud en la revelación de su Hijo Jesucristo. Los magos no se quedaron satisfechos donde estaban. Fueron a buscar al Mesías. Cuando llegaron a Jesús le adoraron. Dios rechaza a nadie. Pero si nos llama a todos a buscar la verdad y a la conversión. Mas tarde Jesús confirmará que los paganos pueden encontrar la verdad si la buscan: Ej.: Jesús y el centurión: Pagano. Mateo 8:8-10 “Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis ordenes, y digo a éste: "Vete", y va; y a otro: "Ven", y viene; y a mi siervo: "Haz esto", y lo hace.» Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande.” El centurión abrió su corazón y razonó bien. La gracia iluminó su razón. Mateo 8,11-12 “Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.»” Ej: Samaritana en el Pozo: Jesús le dice Juan 4:22 “Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.” Un corazón cerrado a la verdad no se puede justificar. Unos apelarán a su ignorancia: Mt 25,43 “Entonces dirá también a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Mt 25:44 “Entonces dirán también éstos: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?" Otros apelarán a su conocimiento de Cristo: Mateo 7,22 “Muchos me dirán aquel Día: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Pero Jesús conoce cada corazón. Los magos nos dan gran ejemplo en su búsqueda de la verdad. Estuvieron dispuestos a correr grandes riesgos. Hombres en camellos, llevando tesoros por el desierto donde hay bandas de ladrones. Ellos buscaban al Mesías y nada ni nadie los detuvo. Fueron humildes, preguntaron a otros como llegar. Los Magos llegan a Jerusalén, Mateo 2,2». «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle» preguntan a los habitantes de Jerusalén. Mateo 2:3 “oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Los de Jerusalén sabían donde debía nacer el Mesías. Conocían las Sagradas Escrituras. Pero eso no es suficiente: Pudieron dar instrucciones para que los Magos lleguen. Pero ellos mismos no fueron a adorarlo. Son como tantos hoy: Religión a mi manera, según mi opinión. Ya no esperan mas de Dios. Democracia espiritual. ¡Que fácil caer en esa actitud! !Que común es! Desisten de la verdad cuando el camino es estrecho y escabroso. Viven absortos en su pequeño mundo. De todo Jerusalén fue Herodes quien demostró mas interés por el nacimiento del Mesías. Mateo 2,11(Los Magos) entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Oro: rey / Incienso: Dios / Mirra: ungüento para las heridas. Pero los Magos se llevaron MAYOR RIQUEZA: conocieron a Jesús. Fuente: h t t p : / / w w w . corazones . org / apologetica / reyes_magos . htm

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Vida Popular de San Francisco de Asís (1ra. Parte)
Vida Popular de San Francisco de Asís (1ra. Parte)
InfoporAnónimo6/23/2010

San Francisco de Asís, el hermano de todos nos da el ejemplo de vida que hoy en día necesitamos para alcanzar la Paz entre nosotros y comenzar a vivir una vida nueva en Cristo Jesús. Para Francisco tampoco fue facil, tuvo sus luces y sombras hasta el final de sus días, pero acompañado y animado por la Fuerza del Espíritu caminó las huellas de Jesús que están firmemente trazadas en el Evangelio. 1RA. PARTE VIDA POPULAR DE SAN FRANCISCO DE ASÍS FRAY JUAN M. COLASANTI o.f.m. conv. SAN FRANCISCO DE ASÍS - EDICIONES CASTAÑEDA El hijo del mercader Asís es una pequeña y risueña aldea italiana, recostada en las laderas del monte Subasio. A sus pies, hacia el norte, corre ligero el Tescio, tortuoso torrente escaso de agua y rico sólo de blancos y lisos guijarros. En las alturas se yergue dominante el alcázar de los antiguos barones. La ciudad ahora disfruta de serenidad y de paz, revestida de silencio y de cierto aire místico, como un encantado castillo de hadas. Pero en la Edad Media estaba siempre en lucha con las ciudades cercanas. Sus habitantes, divididos en numerosos bandos, se odiaban los unos a los otros. Estos siglos fueron duros para Italia y Europa. Parecía que los hombres nacieron para vivir de odio y para matarse en guerra. El emperador del sacro imperio romano peleaba contra el papa, los gibelinos contra los güelfos, la burguesía contra los nobles, los ricos contra los pobres. En este clima de pasiones, de odios y de luchas fratricidas, llegó al mundo el hombre de la fraternidad universal: Francisco de Asís. En una fría mañana de invierno, entre los años 1181 y 1182, un. raro espectáculo se brindaba a la vista de los pocos apurados transeúntes en la plaza principal de Asís. "alrededor de la casa del rico mercader Pedro Bernardone, bandadas de palomas revoloteaban jubilosamente. El acontecimiento provocó curiosidad. Y hasta la tardecita, cuando supieron que doña Pica, la esposa de Bernardone, había dado a luz, en un establo, a un gracioso niño, lo tomaron como un buen auspicio. Unos cuantos, calentándose alrededor del fogón, se preguntaban: -¿Qué será de este niño? Nació en un establo como Jesús, y fue recibido como don del Cielo, como Juan el Bautista. De hecho, doña Pica había esperado largamente la llegada del primogénito. Hasta había realizado una peregrinación a Roma, para pedir la gracia, junto a las tumbas de los Apóstoles. Ahora tenía el corazón embargado de dicho, aunque su felicidad no era completa, porque su esposo se hallaba ausente. Se encontraba en Francia adquiriendo telas y paños preciosos. Cuando el niño fue llevado a la fuente bautismal, doña Pica le dijo a la madrina que le impusiera el nombre de Juan, el santo que bautizaba en las orillas del Jordán. Deseaba ardientemente que su hijo fuera un día, como el Precursor de Jesús, fervoroso heraldo de Cristo. Cuando Pedro Bernardone volvió a Asís, ya el pequeño daba los primeros pasos. Y era tan gracioso que su padre no se cansaba de besarlo. Pero el nombre Juan no le gustaba. -Durante el viaje, le dijo a su mujer, muchas veces he pensado dar a nuestro primogénito el nombre de Francisco. Es un nombre nuevo . . . quizás no te guste ... sin embargo, así lo llamaremos. Doña Pica sabía que su marido era de carácter fuerte y no aceptaba discusiones. Sólo quiso preguntarle por qué prefería el nombre de Francisco. La respuesta fue seca e imperativa: -Por amor a Francia, que me permite ser rico con el comercio. Por esta razón, Juan, el hijo de Pica y de Pedro Bernardone, pasó a la historia con el nombre de Francisco. En el tiempo en que nació y vivió Francisco, jóvenes y adultos de toda Europa se sentían fuertemente atraídos por los ideales de la caballería. Seguían atentamente la vida caballeresca que se desarrollaba en las cortes de Inglaterra, de Provenza y de los reyes normandos en Sicilia. Doquier se contaban canciones acerca de las epopeyas de los héroes y se relataban, con insaciable interés, las gloriosas empresas del rey Arturo con los caballeros de la Mesa Redondo. Francisco estaba particularmente predestinado a recibir la influencia de esos ideales por el hecho de que su madre era provenzal. Pedro Bernardone la había conocido y luego desposado en uno de sus viajes comerciales a Francia. Las conversaciones que el pequeño Francisco oía todos los días en casa, versaban siempre sobre la marcha de los negocios del padre y los recuerdos nostálgicos de la patria lejana de doña Pica. La madre vencía la melancolía contando las gestas de los caballeros. Y bien pronto el hijo aprendió esos cantos, que también inspiraban sus juegos infantiles con los compañeros. Y crecía sano y sereno, madurando en su corazón el deseo de cambiar por el lujo y la alegría, el dinero que el ganara con el comercio, hacia el cual él mismo orientado desde niño. Por sus modales gentiles y el corazón generoso, Francisco se granjeó bien pronto la simpatía de los coetáneos, que lo proclamaron ---el rey de las fiestas---. Como todos sus compañeros, era alegre y despreocupado. La juventud dorada de Asís a menudo pasaba las noches en bulliciosos banquetes, comiendo, bebiendo y cantando ... Porque pagaba papá. Y el rico hijo de Pedro Bernardone casi siempre reservaba para sí el honor de los gustos. Más tarde, rodeado de la alegre brigada, salía al aire libre y a los sones de la vihuela cantaba feliz, llenando de alegría las callejuelas, los caminos y las plazas de su ciudad. ¡Cuántas veces las damiselas habían suspendido de golpe sus bordados y se habían asomado a la ventana, atraídos por el canto del joven Francisco! La madre gozaba en su corazón al ver a su primogénito aclamado por los compañeros y admirado por los conciudadanos. Ciertamente no era un santito su Francisco. Pero tampoco era un calavera. Amaba la Iglesia. Frecuentaba la escuela. Trabajaba en el negocio de su padre. Pero a Pica no le agradaba ese anhelo de ostentar elegantes vestidos. También Pedro Bernardone se quejaba de que Francisco gastaba sin pensar y regalaba a manos llenos. Pese a todo, como su esposa, gozaba al ver a Francisco bien visto por todos y rodeado de amigos. Doña Pica velaba amorosamente sobre Francisco. Su orgullo de madre la inducía a menudo a expresar su satisfacción a las amigas, a repetirles las proféticas palabras: ---¡Siento en mí que Dios reservó algo grande para mi hijo! Las glorias militares Carlo Magno, después de haber sido coronado emperador del sacro imperio romano, premió a sus mejores soldados con la entrega de extensas regiones, llamadas condados y marcas. Los feudatarios, encargados del gobierno y de la administración de esos territorios, debían prestar obediencia al emperador y, en caso de necesidad, debían ayudarle con armas, soldados y vituallas. Sostenidos por la autoridad imperial, los feudatarios eran extorsionadores, a menudo crueles, y oprimían al pueblo hasta la exacerbación. Había que desalojarlos de sus castillos y liberarse del yugo extranjero. Las poblaciones lombardas fueron las primeras en rebelarse, dando origen, en el siglo XI, a los libres comunas de Milán, Cremona, Pavía y Como. También Asís aspiraba a ser libre comuna. Sólo esperaba el momento oportuno para rebelarse. En setiembre de 1197 en un incidente de caza moría en Sicilia el emperador Enrique VI. La noticia se difundió rápidamente por Italia, dando lugar a numerosas revueltas contra el dominio imperial. En abril de 1198, el feudatario de Asís, Conrado de Lutren, se dirigía a Narni, para ofrecer su feudo al papa Inocencio III, quien estaba de paso. Cuando los habitantes de Asís supieron la partida de Conrado, asaltaron el castillo custodiado por soldados alemanes, y lo desmantelaron audazmente, mientras las campanas de la ciudad tocaban a rebato. La nueva comuna se consolidó vigorosamente. En seguida se organizó un pequeño ejército que desalojó a los odiados barones de los castillos cercanos y dio libertad a los campesinos. Pero Perusa estaba observando desde lejos. Los feudatarios, derrotados y desterrados, solicitaron ayuda a los perusinos, eternos adversarios de Asís. Y entre las dos ciudades rivales se entabló una dura guerra que concluyó en Collestrado, en las cercanías de Perusa. Los guerreros asisianos tuvieron la peor parte. Los que no pudieron escaparse fueron hechos prisioneros. Entre ellos estaba también Francisco. En la cárcel, los vencidos imprecaban contra la dura suerte y reñían trivialmente entre sí. El hijo de doña Pica sufría inmensamente en la oscuridad de la cárcel, con el pie atado a una pesada cadena. Sin embargo, no perdía su natural buen humor. Cantaba y se esforzaba por hacer más llevadera la cruda desdicha de los compañeros. En el recogimiento forzoso de la prisión, comenzó a meditar, a pensar en cómo podría orientar más seriamente su vida. Su hablar tomaba otro tono, otro acento. Parecía que le saliera a los labios algo misterioso, oculto en la profundidad del corazón. Un domingo, entre un grupo de prisioneros, marcando las sílabas y casi declamando dijo: -¡Llegará el día en que seré honrado por todo el mundo. Los compañeros rieron a mandíbula batiente y con sorna mordaz dijeron: -¡Son las acostumbrados locuras de Francisco! Un amigo de las pasadas francachelas, meneando la cabeza, murmuró: -¡Cosas de locos! ... Pobre Francisco la cárcel le ha trastornado el cerebro! El futuro se encargaría de demostrar la verdad de lo que iba soñando Francisco en esos tristes días. Un año después, las puertas de la cárcel se abrieron. Perusa y Asís habían firmado la paz. Era todo un encanto ver a Francisco en la tienda del padre, mientras sacaba rollos de paños de los estantes, los medía, cortaba las piezas y contrataba con los clientes. Sus maneras desenvueltas y garbosas, su rostro abierto a la sonrisa como una flor, su contagiosa alegría, hacían que el negocio estuviera siempre colmado de clientes. Al rey de las fiestas de Asís no le pesaba el trabajo. Le gustaba divertirse. Pero sabía también ganarse el pan con el sudor de su frente. De corazón sensible Y delicado, solía hacer partícipes del fruto de sus fatigas a amigos y menesterosos. Los pobres, que iban a pedir limosna a ese negocio situado en el corazón de Asís, aumentaban de día en día. Los más listos hasta espiaban quién estaba detrás del mostrador: si Francisco o el padre. A Francisco jamás tendían en vano la mano. Un día acaeció algo insólito. Fue nada menos que Francisco quien se mostró impaciente con un pordiosero, a quien echó sin la acostumbrada limosna. La gente colmaba el negocio y Francisco no supo controlarse. Apenas recapacitó, dejó a los clientes, alcanzó al pobrecillo, y pidiéndole disculpas, le llenó de monedas los bolsillos. Francisco volvió al negocio mortificado, con los ojos bajos, pensativo: -Si ese mendigo me hubiera dirigido una petición. en nombre de un caballero, sin duda le habría escuchado, aunque el negocio hubiera estado colmado de clientes. Me ha pedido la limosna en nombre de Cristo y yo bruscamente lo eché. Un caballero, un príncipe de este mundo ¿es quizás más grande que Dios? En ese día, el alma de Francisco se abrió a un gran propósito: no negar jamás la limosna a quien se la pidiere en nombre del Señor. Como todos los jóvenes, también Francisco quería abrirse camino en medio de la sociedad, conquistar fama y dinero . . . Pero Asís no podrá contener su sueño de gloria. Le repugnaba el pensamiento de tener que pasar toda la vida cortando géneros o comerciando con mozos y mujercitas. Un interrogante lo atormentaba desde meses. “¿Qué haré en la vida?" Las respuestas eran muchas, pero todos vagas e Inciertas. Con el pasar de los días un deseo comenzó a privar sobre todos los demás: llegar a ser un gran príncipe, guiar ejércitos en batallas, batirse por las más nobles empresas con espíritu caballeresco. Y justamente en aquellos días llegó a Asís la fama militar de Gualterio de Brienne, quien reclutaba soldados y caballeros para combatir en las Pullas, contra el usurpador tudesco y defender los derechos del Papa. El ánimo de Francisco se inflamó con los más nobles pujos guerreros. Se hizo preparar una espléndida armadura, y con un selecto grupo de jóvenes se dirigió hacia el sur, ¡Cómo galopaba su fantasía! . . . ¡Ya se veía al lado de Gualterio ... realizaba las hazañas más atrevidas ... volvía a Asís con la insignia de caballero, nimbado de gloria! Cuando la pequeña expedición llegó a Espoleto, ya anochecía. Se decidió detener la marcha y continuarla al día siguiente. El hijo de doña Pica se acostó, como los demás, sobre la paja. Estaba cansado. Le parecía tener escalofríos. -¿Tendré fiebre? ¡Lindo sería enfermarme justo en el comienzo del viaje! ... ¡la carrera quedaría trunca! ... rumiaba para consigo, con viva preocupación. Bien pronto el sueño lo sacó de esos tristes e inoportunos pensamientos. Pero fue un sueño insólitamente inquieto. Mientras el cuerpo se movía sobre la paja, veía, en sueños, una sucesión de imágenes extrañas. Y una voz le martillaba los oídos: -Francisco, ¿quién te puede ayudar más: el patrón o el criado? -El patrón, es evidente. -Pues, ¿por qué abandonas al patrón para seguir el siervo?, insistía la voz. -Dime, Señor: ¿qué he de hacer? -Vuelve a Asís. Allí te diré lo que quiero de ti. Al alba, los caballeros volvieron a ponerse en marcha. Francisco no pudo seguirlos. La fiebre le agarrotaba los miembros. Una vez curado, volvió a su casa. Adiós a los amigos La inesperada vuelta de Francisco a Asís fue un avispero de chácharas entre los ciudadanos. Para algunos era un cobarde; para otros, un enfermo. Muchos pensaban que era un niño mimado por el padre, caprichoso y voluble. Los más advertidos destacaban algo nuevo en su conducta. Doña Pica estaba muy preocupada: ¡ese hijo le parecía tan distinto! La vihuela estaba colgada ociosa en la pared, con un dedo de polvo. Las alegres brigadas juveniles seguían recorriendo las calles, pero el antiguo animador no estaba con ellos. Se volvía cada vez más taciturno, despreocupado de cuanto antes constituía su pasión, su gozo. Pasaba los días en la soledad, ensimismado en hondas reflexiones. Francisco todavía no sabía qué camino seguir. Sólo sabía que debía cambiar de rumbo, Se decidió a cortar las amarras que lo tenían atado y despedirse de sus amistades. Organizó una cena que quiso más suntuosa que otras veces. Muchos los invitados; muchos los brindis; bulliciosa la alegría. Luego, los muchachos salieron en corros llenando de griteríos y de cantos las estrechas callejuelas de Asís. Francisco quedó en su lugar, triste y pensativo. Uno de los invitados tomó nota de la ausencia, volvió atrás y con un golpecito en el hombro, le preguntó con sorna: --¿Quizás piensas en casarte? -¿Qué tienes? -¡Sí! ¡Y mi esposa será la más bella, la más noble dama del mundo! A sus ojos comenzaba a insinuarse el rostro de aquella que sería la más amada compañera de toda su vida: "Señora Pobreza". Días después, Francisco, vestido de caballero, partió peregrino a Roma. Esperaba hallar en la gran ciudad de los mártires luz y orientación para su ánimo turbado. Triste y meditabundo se arrodilló ante la tumba de San Pedro. Saliendo, algo tranquilizado, se confundió entre los fieles llegados de todas partes del mundo. En la escalinata de la basílica se juntaban un gran número de mendigos: sucios, harapientos, de cara demacrada. Gritaban desaforadamente, hasta se insultaban, y espiaban para ser los primeros en tender las manos a los peregrinos. Jamás Francisco había visto a los pobres en su verdadera miseria. Sufrió un extraño hechizo. Como empujado por una fuerza superior arroja, en las alcancías de la iglesia, su bolsa cuajada de plata. Después cambia sus vestidos con los harapos de un mendigo y se sienta despreocupado entre ellos para pedir él también la limosna ante el templo. Y sintió un gozo inefable. Poco tiempo después de la vuelta al hogar, el joven se enfermó, La enfermedad no era grave, pero su madre fue más solícita que de costumbre. Pasaba horas y horas junto al hijo procurando captar e interpretar lo que agitaba su ánimo. Apenas convaleciente, en una clara mañana de la primavera de 1206, Francisco se hizo ensillar el caballo. Necesitaba libertad, aire, sol . . . El llano, bañado en sol y desierto, se le ofrecía plenamente. Se embriagaba a la vista de la campiña en flor, el canto festivo de los pájaros ... cuando, de repente, se halló frente a un leproso, con la cara en putrefacción y los ojos casi apagados. El espanto heló la sangre de Francisco. Le parecía ver deambular un cadáver. instintivamente cerró los ojos y espoleó el caballo para pasar raudo. Después de breve trecho, un conmovedor recuerdo le resplandece en la mente. Por los polvorientos caminos de Palestina, más de una vez, Jesús se había encontrado con leprosos y los había curado, posando sobre ellos sus manos divinas. Sin demoras, vuelve atrás. Frena bruscamente el caballo. De un salto se apea. Abraza al leproso, lo besa, y, después ... triunfante vuelve a galopar airoso y libre. El corazón le desborda de alegría. Desde aquel día, Francisco fue más liberal que nunca con los necesitados y, superando la natural repugnancia, comenzó a frecuentar un leprosario en la vecindad de Santa María de los Ángeles. El galante rey de las fiestas de Asís vendaba las llagas de los enfermos y les dirigía palabras de consuelo, mientras se preguntaba a sí mismo: -¿Quién sabe si el Señor me tiene destinado a servir a los enfermos? El Señor velaba sobre los pasos de Francisco. Muy pronto le develaría su voluntad. En una fresca mañana del otoño de 1206, como de Costumbre, se dirigía a orar delante del gran Crucifijo, que llenaba con su presencia misteriosa y dolorosa la pequeña capilla de San Damián, perdida en los declives orientales de Asís. Mientras la oración se hacía cada vez más ardiente, Francisco tuvo la impresión de que el Crucifijo se animaba, como desprendiéndose del madero. El pecho de Cristo parecía levantarse por el aliento. Los labios se abrían a las palabras. El joven mercader de Asís no experimentó ningún miedo, sino que, estupefacto, abrió los ojos y contuvo el aliento. La voz de Cristo resonó clara en la capilla desierta: `Francisco, restaura mi casa que amenaza caer en ruina". Jamás la capillita le pareció tan escuálida y pobre como en ese momento. Entregó al capellán todo el dinero que tenía en el bolsillo, rogándole encendiera una lámpara ante la imagen del Crucifijo. Después corrió de prisa a casa sin hablar con nadie. ¿Qué o quién podía ahora interesarle? ... Cargó sobre su corcel unos paños de gran precio y corrió a Foligno. Allí vendió paños y caballo y llevó lo recaudado al cura de San Damián, para que pudiera restaurar la capilla. El sacerdote no quiso aceptar ese dinero, conociendo bien la avaricia de Pedro Bernardone. El joven se entristeció por el rechazo. Sin discutir, arrojó la bolsa repleta de monedas a una ventanita de la capilla y escapó hacía casa. La Voz del Crucifijo de San Damián resonaba continuamente en los oídos de Francisco. Y le había indicado el camino, Decidió, pues, seguirla, consagrando su vida totalmente a Dios. Pedro Bernardone estaba furibundo. Según sus planes, el primogénito debía ser un gran capitán o un noble caballero. Su sueño ambicioso parecía desvanecerse. Para sacar a su hijo de ese loco propósito", como decía, pensó usar las maneras dulces, si bien de costumbre era violento y colérico. -Piensa en la familia, a la que quieres abandonar -le dijo a Francisco-. Piensa en el dolor de tu padre que noche y día se desvela para hacerte rico. ¿Quieres dejar a tus hermanos más pequeños que tanto te quieren? . . . ¡Piensa al menos en la desesperación de tu madre, si te viera ir de casa! El recuerdo de la madre conmovió a Francisco. Una lágrima se asomó a los párpados. Un sollozo profundo le brotó del` corazón. Estaba por ceder a las súplicas paternales; cuando volvió a pensar en las palabras del Crucifijo de San Damián. Con el corazón amargado por el recuerdo de los seres queridos que estaba por abandonar, pero con mucho ánimo, el hijo, responde al padre que ha de seguir la voz del Señor que lo llama a restaurar su Iglesia. El padre, exasperado, pasa entonces a las amenazas, a los castigos. Lo encierra en un lóbrego sótano de su amplia casa. Pensaba: -El hambre, la soledad, el miedo, lo van a curar de sus locuras. Todo fue en vano. Asís, diciembre de 1206. Las callejuelas están cubiertas de escarcha. Pese a lo temprano de la hora doquier se oyen murmullos y bulliciosos movimientos. -¿Por qué tanta gente se dirige a la plaza del obispado? ... ¿Qué pasa? ... Es la pregunta que se hacen caballeros, mercaderes, paisanos, comadres. -¿Algún payaso?, pregunto un niño. ¿Algún caballero herido? ... ¿Alguna pelea entre nobles y plebeyos? -Corramos a ver lo que pasa, exclaman dos viejitas en el zaguán de su casa. Todos se encaminan de prisa en la mismo dirección, dicharacheros, buscándose unos a otros, preguntando qué podía pasar allá arriba. La muchedumbre ha formado un círculo en el patio del obispado. Cuanto más se acerca al lugar, tanto más la gente oye clara la voz rabiosa de Pedro Bernardone. -¿Un conflicto con el obispo?, se preguntaban todos. El espectáculo es muy animado, si bien doloroso y triste. Ante el obispo Guido, Pedro Bernardone acusa a su primogénito de derrochar el patrimonio paternal y declara quererlo privar del derecho de herencia. Francisco está ahí, junto al obispo, no muy lejos de su padre. Pálido y silencioso. De repente, su rostro se vuelve radiante, se abre a la sonrisa. Después, poco a poco comienza a despojarse de las vestiduras que lleva, hace con ellas un atadito y lo presenta al padre, diciendo: "Toma ... es tuyo. Gustoso renuncio a todo lo que me podría tocar en herencia ... Hasta ahora te he llamado padre mío ... De hoy en adelante llamaré padre Sólo a Dios". Y mientras los ojos se humedecían de lágrimas los labios continuaban la plegaria: "Padre nuestro, que estás en los cielos. . ." La sorpresa y el estupor crearon entre la multitud un hondo silencio. El obispo Guido bajó del trono para cubrir con su copa al joven mercader, quien se despojó de todo, por amor de Dios. Después de la gran renuncia, Francisco sintió haber logrado la libertad. Ahora podía servir a Dios sin ninguna atadura. Cubierto de pobres harapos, recibidos de limosna, vagó por unos días alrededor de Asís. Luego se dirigió a Gubbio, adentrándose entre las enhiestas gargantas del monte Subasio. Tenía hambre y tiritaba de frío. Pese a todo, expresaba la alegría de su corazón con el canto. Cantaba en provenzal, la lengua de los trovadores, Hacia la tarde, en medio del monte tupido, le salieron al encuentro unos bandidos, los que, a quemarropa, lo preguntaron: -¿Quién eres? -¡Soy el heraldo del gran Rey!, contestó con sereno orgullo. Los bandidos quisieron saquearlo. Pero como no tenía nada, fuera de los andrajos, defraudados, lo maltrataron, e insultándolo, lo arrojaron a un pozo lleno de de nieve. En Gubbio, un amigo de familia, Federico Spadalungo, acogió a Francisco y le regaló cuanto pedía por caridad: una túnica, un cinturón de cuero, un par de sandalias y un báculo. Era la típica caracterización de los pobres, cuya condición y sus penurias Francisco querrá compartir, por el resto de sus días, para asemejarse a Jesucristo. Mendigando piedras La curiosidad de los asisanos por los últimos sucesos del hijo de Pedro Bernardone estaba por apagarse, cuando Francisco volvió a aparecer por la ciudad, demacrado y harapiento. Una mañana se presentó en el mercado. Casi nadie parecía interesarse por él. Él, mirando a su alrededor, reconoció a unos cuantos amigos. A algunos los llamó, por sus nombres. Luego se puso a cantar en voz alta. En breve se juntó gran gentío, que, lleno de curiosidad, quedó escuchando. Más tarde, Francisco dejó de cantar Y, sonriendo, dijo, con voz que era canto y súplica: -La capilla de San Damián está en ruinas. Se necesitan piedras y cal para su refacción. Quien me diere una piedra, tendrá una recompensa en el cielo. Quien me diere dos, tendrá dos recompensas. Quien me diere tres, tendrá tres recompensas en el cielo. Hubo un poco de alboroto. Pero después casi todos ofrecieron una pequeña ayuda para la refacción. Cuando las piedras se apilaron numerosas, debajo de un gran árbol, en la vecindad de San Damián, Francisco improvisó de albañil. Desde la mañana hasta la tarde, trabajaba rezando y contando alegremente. Estaba más satisfecho y feliz que cuando guiaba a los compañeros en las fiestas, en los banquetes, en las veladas musícales de la primavera. Cuando Francisco aparecía por la ciudad, los muchachos lo seguían gritando y burlándose cruelmente: -Pega el loco! -Aquí está el caballero fracasado! -¡El harapiento de Asís! La batahola sacaba de sus casillas a Pedro Bernardone, el cual se tornaba furibundo a la vista del lujo. Lo miraba huraño. Lo amenazaba con los puños. Le lanzaba terribles maldiciones con su voz estridente. El joven no contestaba a los insultos paternos. Pero el corazón le dolía a reventar, Tenía miedo de esas maldiciones. Y buscaba consuelo, Por eso un día le dijo a un mendigo que había venido a curiosear a San Damián: -¿No quieres acompañarme, cuando voy a Asís? Yo te daré una parte de mis limosnas si tú me bendices cuando mi padre me maldice. El pacto fue fácilmente estipulado. San Francisco tuvo varios hermanos. Pero la historia sólo nos recuerda el nombre de Ángel, que probablemente era el segundo hijo de Pedro Bernardone. En su carácter él manifestaba más la rudeza del padre que la gracia de Pica. No tuvo comprensión ni benevolencia hacia el hermano mayor, hecho pobre por Cristo. Un domingo de invierno, se hallaron juntos para asistir a misa. Un frío intenso se desprendía de las piedras de la iglesia. Francisco tiritaba bajo la raída túnica. Ángel lo notó y dijo al compañero vecino con sorna: -Pregunto a mi hermano, si me vende un poquito, de su sudor. -¿Mi sudor? -contesta Francisco que había entendido el sarcasmo del hermano- ¡Oh, no! No puedo. Está todo vendido a alto precio. Pertenece todo a Dios mi Señor. Después de San Damián, Francisco restauró otras capillas, entre ellas Santa María de los Ángeles. Esta capilla, llamada Porciúncula por lo pequeña, se levantaba en la planicie de Asís, entre un tupido monte de hayas, que en invierno la protegían de los vientos y, en verano del calor del sol. Francisco se detenía gustoso a meditar. Orando en ese lugar, le parecía rivalizar con los Ángeles que, según la leyenda, habían sido escuchados a menudo cantar himnos de alabanza a la Virgen. El 24 de febrero -de 1208, bajando de San Damián a Santa María de los Ángeles para asistir a misa, Francisco pensaba dentro de sí: -¿Acaso pasaré mi vida restaurando iglesias? ... ¿Es sólo eso lo que me pide el Señor? ... ¿No será demasiado poco? CONTINUA EN OTRO POST

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Vida Polular de San Francisco de Asís (2da. Parte)
Vida Polular de San Francisco de Asís (2da. Parte)
InfoporAnónimo6/23/2010

San Francisco de Asís, el hermano de todos nos da el ejemplo de vida que hoy en día necesitamos para alcanzar la Paz entre nosotros y comenzar a vivir una vida nueva en Cristo Jesús. Para Francisco tampoco fue facil, tuvo sus luces y sombras hasta el final de sus días, pero acompañado y animado por la Fuerza del Espíritu caminó las huellas de Jesús que están firmemente trazadas en el Evangelio Ese día se celebraba la festividad del apóstol San Matías. Durante el Evangelio, el sacerdote leyó en voz alta las palabras de Cristo dirigidas a los discípulos: Id por todo el mundo y predicad que el reino de Dios está cerca ... No llevéis con vosotros ni oro, ni plata, ni alforjas, ni zapatos, ni báculo . . .". Francisco entendió como dirigidas a sí mismo esas Palabras, Entendió que el Señor lo quería restaurador de almas, misionero, pregonero del Evangelio en el mundo. Sin dudar un instante, arrojó la alforja, en la cual conservaba unos mendrugos de pan. Se liberó del báculo. Se quitó las sandalias. Cubierto con un saco tosco y gris, ceñido a la cintura con una cuerda, comenzó a vagar por las campiñas, por los pueblos cercanos, en su misma ciudad, hablando a todos de la bondad del Señor. Se sentía plenamente feliz. No poseía nada. Y parecía tenerlo todo. Ya nadie lo juzgaba loco o extravagante. Su voz tenía algo misterioso. Cuando hablaba, hasta los hombres más rudos se enternecían. A todos les parecía el gran enamorado de Dios. Uno de los oyentes se acercó un día a Francisco y le pidió seguirle para compartir con él esa vida. Era Bernardo Quintavalle, joven rico y mercader, apreciado por todos, por su carácter franco y por su laboriosidad. Luego de Bernardo, se añadieron Gil, el buen campesino de Rivotorto, Pedro Cattáneo, famoso jurisa, y otros. Al que deseaba asociarse a su vida, Francisco repetía las palabras del Evangelio: "Anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y serás discípulo de Cristo". Para distribuir a los pobres las abundantes riquezas de Bernardo Quintavalle se necesitaron varios días. En la plaza municipal largas hileras de pordioseros esperaban su turno. Habían llegado desde la montaña, del llano, de los pueblos vecinos. Para todos había una bolsita de monedas, una sonrisa, una palabra fraternal. Francisco ayudaba a Bernardo en la distribución de las limosnas. Don Silvestre, un cura de Asís famoso por su tacañería, juzgó un despilfarro esa generosidad para con los pobres. Y con arrogancia dijo: -Fray Francisco, veo que te has vuelto rico. ¿Por qué no me pagas las piedras que di para la refacción de San Damián? -Toma, contestó el Santo, dándole un abundante puñado de monedas. ¿Te bastan? -¡No, son pocas! -Aquí las tienes: toma cuantas quieras. El cura volvió a su casa para encerrar la plata en el cofre. Estaba satisfecho. Había aumentado sus riquezas sin fatiga. Sin embargo, esa alegría duró poco. Silvestre ya no podía dormir más. Después de algún tiempo, también él distribuyó sus riquezas a los pobres, para hacerse discípulo de Francisco. Las primeras florecillas -Francisco y el pequeño grupo de compañeros pasaban los días en la oración y en el trabajo. Ayudaban a los campesinos en las faenas de los campos. Servían a los enfermos en los leprosarios. A todos hablaban de Cristo y de su amor por los hombres. No tenían ninguna preocupación por el sustento. Vivían de lo que espontáneamente se les daba como compensación del trabajo o como limosna. En una cosa todos estaban de acuerdo y -decididos, en no aceptar plata por ningún motivo, o más bien, en no tocarlo en absoluto, El pueblo los llamaba los Penitentes de Asís. A Francisco no le agradaba semejante denominación porque falseaba el ideal de su vida simple y gozosa. -Nos llamaremos Hermanos Menores, dijo un día, después de haber pensado mucho. ¡Hermanos Menores! ¡Frailes Menores! El nombre expresaba bien el programa de vida que, Francisco quería para sí y sus compañeros: ser los menores, los últimos de la sociedad. Es decir, ser sencillos, pobres, al servicio de todos, sin pretensiones. La población de Asís en ese tiempo, estaba dividida entre mayores y menores. Al primer grupo pertenecían los poderosos y los señores, encerrados en un mundo vacío y sofisticado. El segundo grupo comprendía los artesanos, los campesinos, los pobres de toda especie. Los discípulos de San Francisco debían compartir la condición de estos últimos para seguir el ejemplo de Cristo, quien vivió pobre y humilde. En Rivotorto, localidad cercana a Santa María de los Ángeles, había un tugurio abandonado donde en el mal tiempo y en las noches de verano se refugiaban caminantes y mendigos. Los frailes menores lo eligieron como morada. Allí se juntaban todas las tardes, después del trabajo del día. Oraban juntos. Consumían en común la comida de los pobres. Se acostaban sobre el suelo desnudo. El refugio era angosto, escuálido, desprovisto de todo. Francisco había escrito el nombre de los frailes sobre los travesaños del cielorraso, para indicar el espacio que cada uno debía ocupar para descansar. A cada uno le había tocado un lugarcito tan pequeño que ni un niño hubiera podido tenderse cómodamente. Las estrecheces de Rivotorto eran extremos. Sin embargo, los penitentes de Asís se sentían tan a sus anchas como en un palacio real: el palacio real de la Dama Pobreza Y si la escasez y penuria apretaban los cuerpos, en las almas abundaban la alegría, la paz y el amor. Apenas el grupito de frailes menores alcanzó el número de doce, como los Apóstoles de Cristo, Francisco se puso con ellos en camino hacia Roma, para someter al Sumo Pontífice la regla que escribió para sus frailes. El papa se llamaba Inocencio III, hombre de gran doctrina y piedad, de carácter enérgico y volitivo. La Iglesia de Cristo atravesaba tiempos difíciles. Los musulmanes desde el oriente presionaban contra las naciones católicas. En Europa arreciaban los embates heréticos. Muchos, laicos y sacerdotes, tomaban la actitud de reformadores de costumbres, pero, bajo el disfraz de la piedad, escondían el veneno del error. Cuando el Pontífice escuchó las peticiones de los frailes menores, quedó perplejo. -¿No se trata acaso de uno de los muchos movimientos heréticos? La regla que se me propone para su aprobación, parece demasiado dura . . . Vivir sin poseer nada es una linda palabra ... Pero después ... -Por ahora reciban mi bendición y váyanse, les dijo a Francisco y compañeros. He de reflexionar largamente sobre lo que ustedes me piden. Recen mucho para que pueda conocer la voluntad de Dios! Llegado la noche, el papa fue a descansar. Pero su sueño no fue nada tranquilo. La Basílica de San Juan de Letrán parecía bambolearse todo ... agrietarse Y caer en ruinas. Mientras se sentía aterrorizado por la inquietante visión, vio acercarse a un hombre pobremente vestido, el cual con sus hombros parecía sostener la iglesia que se desmoronaba. Con ese gesto, como por milagro, todo quedó tranquilo. Inocencio III reconoció a Francisco en el pobre. Comprendió entonces el significado del sueño. Dios se servía de los frailes menores para sostener y defender a la Iglesia de Cristo, combatida por los herejes y envilecida por las malas costumbres de los cristianos. El sueño revelador derrotó todos los recelos del papa el que, el 15 de abril de 1209, aprobó de viva voz el reglamento de vida propuesto por fray Francisco. De a dos, los doce primeros frailes menores dejaron Roma, para volver a Asís, con el alma rebosante de alegría. El papa había escuchado sus deseos. Rivotorto continuó siendo el dulce nido que los acogía todas las noches. Bajo ese cielorraso destartalado, a través del cual se veían parpadear la luna y las estrellas, Francisco conversaba con los jóvenes que pedían seguirle, aclaraba sus inquietudes y juntos buscaban en el Evangelio el rumbo que deberían seguir. Encantadoras anécdotas y flores de bondad brotaron entre las paredes agrietadas de ese tugurio. -¡Me muero! . . . ¡Me muero!, se oyó gritar en medio de una noche lóbrega. -¿Quién es?, dijo Francisco que aún velaba en oración. -Me muero de hambre, contestó una voz llorona desde el fondo del tugurio. Un joven fraile, empujado por un ardor excesivo, había ayunado más allá de lo prudente. El santo despertó a otros frailes, se hizo servir pon y legumbres, los ordenó sobre una piedra y exhortó al joven a comer. Y para que el fraile no se avergonzara de tomar el alimento, solo, Francisco comenzó a comer primero. Para los hermanos enfermos, el Pobrecillo tenía atenciones maternales. Para que pronto se curaran, personalmente limosnaba carne y remedios. Fray Silvestre cayó enfermo del estómago. Francisco pensó: -Si comiera unos racimos en ayunas, fray Silvestre se sentiría mejor. ¡Hasta se compondría! Y de madrugada despertá al enfermo, lo llevó al viñedo cercano, arrancó dos hermosos racimos todavía frescos de rocío y, dándole uno, le dijo. -Toma y come. La uva te hará bien. Para alentarlo, el Santo comenzó en seguida a desprender y comer los granos de la uva que le colmaba las manos. En Rivotorto, los frailes rivalizaban entre sí en la oración y en el trabajo, Francisco moderaba el entusiasmo indiscreto, pero animaba a los indolentes. Y era muy severo con los que no cumplían el pronto deber. Había notado que un joven, recién entrado en el convento, era todo un holgazán. Ni oraba, ni trabajaba. Un día, cuando lo vio acercarse a la mesa antes que los demás, le dijo secamente: -Sigue tu camino, fraile mosca. En la casa del Señor quien no trabaja, no tiene derecho a comer. Te asemejas al zángano, el cual rehuyendo la fatiga, come el fruto del trabajo de las abejas! También un niño de 12 años solicitó la admisión a la Orden. Francisco lo aceptó con gusto, porque le pareció bueno y sincero. Mientras los demás frailes Iban a trabajar al campo, el pequeño quedaba en casa, ordenando las cosas y preparando la mesa. Muy pronto se hizo el predilecto de la comunidad. Era despierto, inteligente. . . Nunca se cansaba de mirar a Francisco y de hablar con él. Rogaba a los demás frailes que le relataran todo lo que conocían del hijo de Pedro Bernardone, Entre las muchas cosas llegó a saber que el Santo se levantaba muy de noche para retirarse a un lugar, donde bajaban los ángeles para conversar con él. Le nació un vivo deseo de estar presente en esos coloquios. Y todas las noches iba a la cama con el firme propósito de no dormirse para poder seguir a escondidas los pasos de Francisco. Pero el sueño lo abrumaba y a la mañana siguiente el frailecito sufría su desencanto. Una noche acudió a una pequeña astucia. Cuando le pareció que Francisco se había dormido, ató su cordón al suyo. Esta vez ciertamente se despertaría. Pero no fue así. El santo, que lo había notado todo, antes de levantarse, desató el nudo de los dos cordones. Luego se dirigió al monte a orar. Poco después el frailecito se despertó sobresaltado, pero ya Francisco no estaba en su lugar. Salió del tugurio y se adentró en el monte, buscándolo. De repente vio a Francisco de rodillas, envuelto en una fulgurante luz. El pequeño cayó a tierra, estremecido de terror. Cuando volvió en sí, se encontró entre los brazos del pobrecillo, el que acariciándolo le ordenó no relatar a nadie lo que había visto. La paz de Rivotorto fue turbada por un banal incidente. Ya era noche. Un villano, pasando por ahí, pensó utilizar el refugio para si y para su asno. -¡Arre! ... ¡Adentro! gritaba al borriquillo. Aquí estaremos al abrigo. Los frailes se miraron unos a otros, asustados. -Por amor de Dios, intervino Francisco, no molestes nuestra oración. - ¡Qué me importa a mí de rezos! ... Yo quiero quedarme aquí con el burro. -Y bien, hermano, quédate nomás. Toma nuestro lugar, Nosotros nada poseemos sobre la tierra. Y dirigiéndose a los suyos añadió: -El Señor no nos ha llamado a preparar el lugar para los burros, sino a predicar el Evangelio a los hombres. Vámonos de aquí. Nos buscaremos otro refugio. De a dos, los frailes menores se encaminaron hacia Santa María de los Ángeles, cantando el Padre Nuestro. Bien pronto se construyeron unas cabañitas para el burro alrededor de la querida capillita de la Virgen, que fue el centro de la Orden franciscana. ¡Era divino vivir y orar bajo lo dulce y maternal mirada de la Reina de los Ángeles! Sin embargo, Francisco y sus frailes jamás olvidaron el tugurio de Rivotorto, símbolo y expresión plástica de su ideal de pobreza evangélica. Mensajero de Paz El uniforme de los nuevos Juglares de Dios era inconfundible: un modesto sayal gris, una cuerda a la cintura, los pies descalzos. De a dos, partían de Santa María de los Ángeles para anunciar en todas las aldeas el mensaje de Paz y Bien, que les enseñó el Pobrecillo. La fama de santidad del Maestro los precedía doquier. Su palabra hacía renacer la vida cristiana en las Poblaciones y la concordia volvía a reinar entre los ciudadanos. También Francisco, con un compañero, dejaba a menudo Asís, para ir a predicar el Evangelio. No tenía una meta preestablecida. Se detenía don-de lo sorprendiera la noche, dormía al aire libre o en alguna Parva de forraje. Un trozo de pan con una fruta o un poco de queso, recibido de limosna, era suficiente para Satisfacer el estómago. La dicha del corazón, el canto, el pensamiento de Dios aligeraban las penurias hasta hacerlas aceptables. Sin duda, no todos se adoptaban fácilmente a un régimen de vida tan austero. Por eso el Santo con palabras simples y dulces procuraba educar a los nuevos reclutas en el amor y la pobreza. En el libro de las Florecillas se lee un episodio lleno de gracia. Después de un largo camino, Francisco con el compañero de viaje fray Maseo, llegó a una población donde ninguno de los dos era conocido. Era ya la hora de la puesta del sol. Y sintieron hambre. Se adentraron, pues, en las callejuelas del pueblito, pidiendo acá y allá limosnas. Francisco era pequeño de estatura y flaco. Las buenas mujercitas lo juzgaron un hombre de poca monta y apenas te dieron algún que otro mendruguito de pan duro. Fray Maseo, por el contrario, era un joven alto, guapo y muy ocurrente. Conquistó en seguida la simpatía de la gente que lo colmó de grandes hogazas de pan fresco y crujiente. Los dos limosnantes se hallaron más tarde junto a un arroyito y allí sobre una piedra colocaron cuanto habían recibido por caridad. El santo no cesaba de dar gracias a Dios, diciendo: -¡Qué gran tesoro nos ha dado Dios! ¡No somos dignos de él! Fray Maseo miró y remiró esos trozos de pan, depositados sobre la piedra ... Y casi fastidiado exclamó: -Pero, y ¿dónde está este gran tesoro? Aquí no hay nada. Nada con que acompañar el pan. Ni un vasito de vino. No tenemos mantel para cubrir la vasta piedra . No hay cuchillos, ni tazas . . . -Por eso mismo es un gran tesoro, contestó, Francisco. Lo que aquí tenemos no es obra de los hombres, sino sólo de Dios. ¡Mira qué piedra amplia y robusta! ... ¡Mira qué límpidas son las aguas del arroyo! . . . ¡Escucha cómo su agradable murmullo llena los aires! ... ¡Eleva al cielo la mirada! ... ¡Ya se asoman las primeras estrellas! ¿Ves bien? La Providencia todo lo ha preparado para nosotros. A menudo, donde llegaba Francisco, florecían maravillas y milagros. Parecía que Jesús hubiera vuelto a la tierra. De Arezzo, el Santo se dirigió un día hacia Siena. Ya a pocos kilómetros de la ciudad, llegaron a sus oídos sones de trompa, quejidos y gritos de dolor. Apurando el paso, llegó jadeando a la plaza de la comuna. El espectáculo era escalofriante. Grupos de ciudadanos, empuñando las armas, chocaban entre sí, en sangriento lucha fratricida. Al principio, el Santo no supo qué hacer. Luego, iluminado desde arriba, se arrojó en medio de la refriega, alargó los brazos como Cristo en la cruz y con todo el aliento que tenía en su pecho gritó repetidamente: "¡Paz, hermanos! ... ¡Paz en nombre de Dios!- ¡Fue un milagro! De repente cesaron las blasfemias Y el siniestro estrépito de guerra. En el frágil frailecito que gritaba en nombre de Dios la paz fraternal, los Senenses habían reconocido a Francisco de Asís, el santo del que todo el mundo hablaba. Sus palabras sosegaron el furor de esos espíritus ,enfurecidos. Viejos y jóvenes, hombres y mujeres se dieron la mano, en señal de paz y perdón recíproco. Bavagna no dista mucho de- Asís. Más de una vez Francisco había acudido para predicar. El pueblo era bueno y le escuchaba con devoción. Una vez, pasando por allí, quiso visitar a una devota madre de familia, para agradecerle el haber permitido que un hijo abrazara la Orden de los frailes menores. La piadosa mujer, al ver que e Pobrecillo estaba por salvar el umbral de su casa, se postró a tierra con una criatura en brazos, suplicando: -Fray Francisco, siervo de Dios, mira! ... ¡Mira esta niña! ... ¡Nació ciega! ... ¡Dale la vista! Apenas el Santo tocó las pupilas apagadas de la niña, la madre dio un grito de júbilo. Los ojos de la Pequeña se habían abierto a la luz y, sonrientes, miraban a la madre. Desde luego, cuando pasaba Francisco por algún lugar, no todo terminaba en alegría. Una vez, de vuelta a Asís desde Toscana, quiso detenerse en Perusa. Los perusinos lo recibieron con grandes fiestas y le suplicaron les dirigiera unas palabras de exhortación. El sermón se realizó en la plaza, porque los fieles eran tan numerosos que no podían entrar todos en la catedral. Cuando el Santo estaba por concluir su exhortación, irrumpieron en la plaza unos muchachotes, que pertenecían a la nobleza local. Sin reserva alguna, comenzaron en seguida a jugar a la ronda entre risas, bromas y gran baraúnda. La multitud, airada, hubiera linchado al instante a esos muchachotes, si no hubiese intervenido fray Francisco. Apenas se restableció un poco el orden, dirigiéndose o esos desgraciados, les dijo: -Os habla Francisco. Soy de Asís. Pero lo que voy a deciros viene de Dios. Vosotros sois jóvenes y poderosos. Pero tenéis que aprovechar los dones del Señor. Prestad atención. Dios premia el bien y castiga el mal. No os encerréis en vuestro orgullo. Respetad y amad a todos: ricos y pobres, amigos y enemigos. Si no cambiáis de vida, la mano de Dios bajará sobre vosotros y será bien severa. A estas palabras volvió a repetirse esa gritería infernal. Y el Santo tuvo que suspender las palabras. Semanas después, una sangrienta rebeldía contra los nobles sacudió a Perusa. El pueblo casi en seguida prevaleció sobre ellos. Gran parte de los palacios de los ricos fueron destruidos. Muchos nobles fueron matados sin piedad, junto a sus hijos y esposas. Fueron días terribles de odios y venganza. Sufrieron el desastre todos aquellos que habían bajado a la plaza a molestar el sermón de fray Francisco. Después del destierro de los feudatarios, en Asís había florecido por un tiempo la paz. Sin embargo, bien pronto el orgullo, la codicia, el egoísmo, provocaron nuevos desórdenes y rivalidades. Entre mayores y menores, es decir, entre el partido de los ricos y el de los pobres, se encendió una lucha furibunda que llevaba a menudo a incendiar las cosechas, a desmantelar las casas y a suprimir a los adversarios en ruines emboscadas. De Santa María de los Ángeles, fray Francisco subía a menudo a la ciudad, para invitar a todos a la concordia y la paz. -Haya paz en vuestras almas y en vuestras casas, decía a nobles y plebeyos. El Señor quiere que nos amemos los unos a los otros. Su gracia esté siempre con vosotros, No habrá más discordias en Asís cuando dominemos el odio, que nos hace esclavos de nosotros mismos, El 9 de noviembre de 1210 las campanas de Asís tocaron a fiesta. El cónsul anunció que finalmente se había establecido la paz entre las opuestas facciones de la comuna. El ejemplo y las palabras del Santo habían lentamente transformado el ánimo de los asisanos. Hermana Clara También la noble doncella asisana, Clara de Favarone, a menudo había oído al antiguo rey de las fiestas hablar de Dios. Había quedado hondamente impresionada. En el silencio de su habitación, interrumpiendo el bordado, se preguntaba en ansiosa búsqueda: -Francisco habla siempre del amor de Dios… ¿No es acaso ese infinito amor el único ideal que podría colmar todos mis deseos? Y en el fondo ¿qué es la riqueza, la belleza, el linaje, la fama, sino ruidosas bagatelas? Mucho tiempo pasó Clara en esos pensamientos. Una noche no pudo dormir. La lamparita quedó encendida hasta la madrugada. El vacilar de la llamita proyectaba juegos de sombras contra las paredes. La rubia doncella, con los ojos enrojecidos por la larga vela, veía entre las sombras la imagen de Francisco, volvía a escuchar sus palabras abrasadas de amor a Dios. Con las primeras luces del alba, bajó de la cama decidida a encontrarse con el Pobrecillo, a revelarle la inquietud que agitaba su espíritu. Con la fiel compañera Bona Guelfi descendió al llano, hacia Santa María de los Ángeles. Francisco debía hallarse allí abajo. Caminaban en silencio. Se oía el ruido de sus pasos, el crujido de los vestidos, hasta ... el afanoso latir del pecho. Un canto llegó a sus oídos al compás arrullador del agua de una fuente: ---Loado seas, mi Señor, por la hermana Agua, la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta---. Las dos amigas se adentraron en un bosquecillo de álamos. Junto a una fuente, Francisco de rodillas contaba. -¡Buenos días, hermano!, dijeron al mismo tiempo las doncellas, como para alentarse mutuamente. -¡El Señor esté con vosotros!, contestó el hijo de doña Pica. Siguió un silencio profundo, sólo turbado por el gorjeo de una alondra que se remontaba hacia el cielo extasiándose de sol. Clara tentó iniciar el discurso: Fray Francisco ... Pero sus mejillas se cubrieron de rubor y la conmoción le apretó la garganta. La compañera intervino en su ayuda. Bastaron pocas palabras para entenderse. Y los tres se dedicaron largo rato a hablar de Dios y de la vida evangélica. El ideal de Francisco fue el ideal de Clara. Pero ¿cómo encerrarse en un convento si todo el clan de Favarone se oponía? La rubia doncella buscaba una aliada en su madre. Muchas veces le había hablado de ello. -Cuando Dios llama y empuja los movimientos del corazón, no se lo puede rechazar. Madre Hortolona escuchaba un instante ... Luego se alejaba llorando. Con la fiel amiga Bona, Clara estudió un plan de fuga -del castillo paterno. El cariño hacia el padre y la madre no debía impedirle el seguir lo que sentía arder en su pecho. ¡Cuántas jovencitas, antes que ella, habían renunciado a todo para seguir a Cristo! ... ¿Y Francisco? Era noche. El silencio reinaba en el castillo de Favarone. Clara atravesó con paso aterciopelado las habitaciones. Bajó las escaleras hasta la puerta de ingreso, donde la esperaba su amiga, Juntas se esforzaban por girar la gruesa llave en la cerradura, reteniendo el aliento, Agarraron luego el enorme cerrojo ... pero :ah! débiles eran sus fuerzas, demasiado delicadas sus manos. Una vez más tentaron hacerlo correr, temblorosas ... Finalmente el cerrojo comenzó a rechinar en sus goznes. Y el chirrido resonó en todo el atrio. -¿Lo habrá oído alguien?, se preguntaron espantadas las niñas. Echaron un vistazo en derredor, abrieron el portón y huyeron. En el cielo sereno, las estrellas parpadeaban sonrientes. Corrían las dos amigas jadeando. En la falda de la colina se detuvieron un instante, miraron atrás para ver si alguien las perseguía. Luego retomaron la carrera hasta la capilla de Santa María de los Ángeles. Francisco y sus frailes les salieron al encuentro con hachones encendidos. En la capillita de la Virgen, Francisco cortó los rubios rizos de Clara, la revistió con una tosca túnica de buriel y cambió por una gruesa cuerda su Precioso cinturón. El Pobrecillo de Asís asociaba a su ideal a la noble doncella Clara Favarone, que sería la pobre dama de Cristo. Así comenzaba la Segunda Orden Franciscano: las Clarisas o Pobres Damas. Pobres, porque renunciaban a todo para vivir en la más extremada pobreza. Damas, porque nobles y generosas de espíritu, listas a todo sacrificio para glorificar a Dios. Clara hubiese deseado seguir a Francisco y a sus compañeros en las peregrinaciones apostólicas, para asistirlos como lo hicieran las piadosas mujeres con Jesús y los apóstoles. Pero Francisco pensaba de otro modo. Según una delicada leyenda, Clara alcanzó un día a fray Francisco para ayudarle a curar enfermos en los alrededores de Asís. Después juntos se dirigieron hacia casa, cansados y hambrientos. Era invierno y la nieve cubría el valle. En un cruce, Francisco le dijo a Clara: -Aquí hemos de separarnos. ¡Camina por tu camino, hermana Clara! -¿Cuándo nos volveremos a ver?, preguntó triste la doncella. -Cuando florezcan las rosas, contestó Francisco. Clara, llena de tristeza, siguió con la mirada a Francisco que se alejaba a pasos lentos. ¡La primavera estaba tan lejos! Estaba por llorar cuando notó que cerca de ella un rosal silvestre, entre la blancura de la nieve, mostraba ramilletes de pequeñas rosas rojas. No se engañaba. De veras acababan de florecer pequeñas rosas. Juntó un manojo y corriendo alcanzó a Francisco y se las entregó . . . Juntos, en el silencio de la naturaleza, levantaron al cielo un canto de alegría. Después de diversos acontecimientos, San Damián pasó a ser hogar hospitalario de hermana Clara y de las primeras compañeras que se le juntaron. En pos de su ejemplo fueron atraídas al servicio de Cristo: Beatriz e Inés, sus hermanas; Hortolana, su madre, y decenas de otras jóvenes de Asís, arrebatadas por un mismo ideal de amor y servicio. El tiempo transcurría para ellas alegre y sereno: solícitas en cantar las alabanzas del Señor, en macerar con la penitencia el frágil cuerpo, en confeccionar ornamentos sagrado-s para las iglesias pobres. Francisco las visitaba de vez en cuando y las exhortaba a la penitencia por la salvación del mundo. Las monjas recogían como órdenes las palabras del Maestro. Los frailes se quejaban a menudo con él: -Clara y las hermanas son jóvenes y débiles. Las excesivas mortificaciones, las oraciones prolongadas podrían perjudicar su frágil salud. Francisco jamás había dado importancia a esos discursos. Un día, fray León volvió a tocar el argumento, mientras se dirigían juntos hacia Siena. Quizás porque estaba cansado o lejos de Asís, el Santo comenzó a pensar que, por sus sugerencias, Clara pudiera de veras exagerar en ayunos y penitencias más allá de las fuerzas. En este caso él sería responsable delante del Señor. ¡Cómo hubiera querido hallarse en Asís en ese momento! En seguida hubiera reunido a las monjas para inducirlas a mitigar las penitencias. Y así fantaseando, llegaron cerca de un pozo. La noche ya había llegado y la luna resplandecía pálida en el cielo, con un pequeño cortejo de estrellas. El Pobrecillo se apoyó en el brocal de un pozo, hurgando con la mirada el fondo. A unos pocos metros de profundidad, en el pequeño círculo de agua le pareció ver oscilar una imagen. Al comienzo, le pareció que era la luna, pero observando mejor, notó que era el rostro de hermana Clara. -Fray León, corre a ver, gritó de prisa. El rostro de Clara se reflejo en el agua del pozo, Es hermoso y resplandece de luz. A Francisco se le disipó toda duda. Hermana Clara se hallaba bien, pese a las austeras mortificaciones del cuerpo, y gozaba de la dicha del Señor. Federico II hacía rato que peleaba contra el papa Gregorio III. Huérfano a tierna edad, la madre lo colocó bajo la protección del papa Inocencio III, quien lo educó y le salvó el imperio de los usurpadores. Cuando Federico fue emperador, lejos de manifestar su gratitud al papado, lo combatió sin pausa. Para crear molestias a los territorios pontificios, esparció por todo Italia grupos de musulmanes marroquíes, los que llegaban de sorpresa a las aldeas y pueblos, saqueando, sembrando la muerte, incendiándolo todo. En un triste día del verano de 1241, las campanas de Asís tocaron a rebato. ¡La ciudad estaba en peligro! Las hordas sarracenas de Federico II estaban a punto de asaltar el convento de San Damián, situado fuera de las murallas de la ciudad. Las monjas, aterrorizados, acudieron a Clara que yacía enferma en un camastro de hojas, La Santa, asistida por sus hermanas, llegó hasta la capilla donde se conservaba la Eucaristía. Tomó el copón en sus manos. Y asomándose a la ventana, contra la cual el ímpetu de los enemigos era más vigoroso, rogó en voz alta: -Señor, no entregues a tus siervas en manos de los enemigos. -Siempre os he protegido, entendió Clara, y continuaré protegiéndoos siempre. Como fulgurados por un rayo, los asaltantes cayeron de bruces por tierra. Luego echaron a correr en precipitada fuga. ¡San Damián y Asís quedaron salvos! Para Clara se acercaba su última hora. Estaba enferma desde mucho tiempo atrás. La noche de Navidad de 1252, sentada en un duro jergón, meditaba devotamente acerca del misterio de Belén. Se sentía desolada. Las hermanas estaban en la capilla cantando los salmos, mientras ella estaba obligada a quedar sola en la celda. De repente, a Clara le pareció que las paredes se abrían y, como sí estuviera presente, vio y oyó lo que sucedía en la Basílica de San Francisco, situada a unos cuantos kilómetros de San Damián. A sus oídos llegaban nítidas las salmodias de los frailes, los alegres cantos del coro y las devotas armonías del órgano. Cuando las hermanas fueron a presentarles los augurios navideños, encontraron a la Santa en éxtasis y embargada por la dicha, por haber disfrutado de un singular don del Cielo. "La plantita de fray Francisco" (así gustaba ella llamarse), como cándida paloma, voló al cielo el 11 de agosto de 1253. Peregrino de Dios Fray Francisco sentía fuertes atractivos por la soledad y la vida ermitaña. "El cuerpo es una celda -Solía decir a sus frailes- y el alma es el solitario que la habita. Dichoso es aquel que sabe esconder los secretos de Dios en su propio corazón". De vez en cuando se preguntaba si era mejor dedicarse a la vida contemplativa, entregado de lleno a la oración y a la meditación, o continuar en la vida activa, que ya había producido frutos de numerosas conversiones. La duda lo angustiaba. Para superarla, decidió pedir consejo a fray Silvestre y a otros. Las respuestas fueron unánimes: el Señor lo había destinado a sacudir la indiferencia religiosa de los hombres con la predicación y el apostolado activo. Aclarado definitivamente su vocación, el Pobrecillo volvió a girar por ciudades y pueblos, evangelizando sin Pausas. Un día, en las cercanías de Perusa, Francisco encontró a un hombre, que caminaba cabizbajo, cansado y echando rabiosamente pestes contra todos. El Santo lo miró fijo y lo reconoció: era un amigo de su juventud. -¿Cómo estás, hermano.. . . . ¿Me recuerdas? ... -No, no me acuerdo de nada. Sólo puedo decirte que estoy muy mal. -¿Por qué estás tan inquieto y apesadumbrado? ¿Te andan mal los negocios? -¡Mal, mal del todo! ... El patrón me ha despedido y no quiere darme lo que me debe. Lo odiaré hasta la muerte. Si lo encuentro por el camino ... solo ... -Hermano, tranquilízate . . . Piensa en lo que dices ... El Señor nos ordeno perdonar a los que nos hacen mal. Si no perdonas por amor de Dios, perderás el salario y, lo que es peor, perderás el alma. Toma mi capa, véndela y cómprate algo para comer. En aquellos tiempos, los empleadores eran a menudo injustos. Los pobres no hallaban ninguna protección en las autoridades. El único reproche a las prepotencias de los ricos partía de los sermones de los sacerdotes en las iglesias. -Este hombre ha de ser un verdadero siervo de Dios, pensó para su coleto el pobre hombre. Después le dijo a Francisco: -Sí, hermano. ¡Por amor de Cristo y por gratitud hacia ti perdono a mi patrón! Cannara es un pueblito agrícola a unos 10 kilómetros de Asís. Fray Francisco pasaba por allí a menudo, para predicar en la vecindad. En una oportunidad el ardor de sus palabras entusiasmó tanto a esos buenos campesinos, que en gran número quisieron abrazar la vida religiosa. Los hombres solicitaron la admisión entre los frailes menores; las mujeres entre las pobres damas, como Clara. El siervo de Dios quedó asombrado frente a tanta generosidad. Procuró moderar el entusiasmo de la gente, diciendo: -No tengáis apuro. Por ahora volved a vuestras casas y a las actividades de costumbre. Os pido un poco, de tiempo para pensar y decidir lo que sea mejor para vuestro bien. La idea anduvo madurando en su espíritu y cuajó en Poggibonsi, cerca de Siena. Cuando en 1221 se dirigió a Poggibonsi para predicar, entre sus oyentes se destacaron Luquesio y Bona, su esposa. Él, mercader, avaro, codicioso de ganancias; ella, al contrario, mujer piadosa y generosa. Como de costumbre, el Pobrecillo exhortó al pueblo a la generosidad de corazón, fustigando la codicia de las riquezas y la sed de placeres. Y decía con fuerza: -Para conquistar la tierra, se necesita dinero. Para conquistar el Paraíso, es necesario desprenderse de los bienes terrenos y sentirse todos hermanos. Francisco habló con tanto entusiasmo que Luquesio se sintió hondamente impactado por esas palabras. Hasta ahora había apegado su corazón a las cosas de la tierra. Ahora entendía que sólo tienen valor las acciones que hacen ganar el reino de los cielos. Vendió gran parte de sus bienes y distribuyó lo recaudado a los pobres. Los dos esposos se volvieron fervorosos creyentes. Ansiosos de una vida más perfecta, rogaron a Francisco les sugiriera unas cuantas normas. -Amad a Dios, contestó el Santo. Vestid modestamente. No empuñéis armas contra nadie. Defended a la Iglesia. Socorred a los pobres y enfermos. Perdonad las ofensas. Guardaos de las facciones y contiendas. Llevad doquier la paz, el amor, la caridad de Cristo Les impuso un hábito gris y les ciñó con un cordón, como había hecho con sus compañeros y con la hermana Clara. De esa manera nacía la tercera orden franciscana, o Tercera Orden de la Penitencia. Los terciarios son cristianos que se comprometen a vivir la sencillez evangélica, que Francisco quería para los fieles y las monjas, pero sin recogerse en comunidad y sin abandonar la propia casa, y la propia profesión. Viven en familia, como los religiosos en convento. Y trabajan y rezan para dar testimonio de fe en Dios y de caridad hacia todos. Al término de cada misión apostólica, Francisco volvía a la Porciúncula para dedicarse solamente a la meditación de las cosas celestiales. En una noche de 1216, mientras rezaba en la capillita de Santa María de los Ángeles, se le apareció Jesús con la Santísima Virgen. -Pídeme lo que quieras, le dijo Jesús. -¿Qué he de pedirte, Señor, sino la salvación de los hombres? Te ruego concedas la remisión de las culpas a todos los que, confesados y comulgados, visitaren esta capilla, Jesús accedió a la petición, pero le ordenó solicitara el consenso del Papa, su Vicario en la tierra. El 2 de agosto de 1216, delante de una gran multitud de fieles, Francisco anunció, en nombre del Sumo Pontífice Honorio III, el privilegio que Cristo le concediera. En 1212, al grito de Dios lo quiere, miles de cristianos dejaron sus pueblos y, bajo la insignia de la cruz se dirigieron hacia Jerusalén, para liberar el Santo Sepulcro de Cristo. Las cruzadas siempre habían hechizado el ánimo de Francisco. Y en octubre de ese año, también él con otro fraile, zarpó del puerto de Ancona rumbo a la tierra de Cristo. Después de un día de navegación, el mar se embraveció. Se levantó una rabiosa tempestad. Y el barco fue a chocar contra los acantilados de la Dalmacia. Los náufragos buscaron refugio y ayuda en un puerto de la República de Venecia, en ese entonces, señora del Adriático. Pasadas unas semanas, un heraldo dio una vuelta por la zona, anunciando en voz alta: -¡Mañana zarpará un barco para Italia! Bullicioso regocijo entre los náufragos y gran carrera hacia la nave para asegurarse un lugarcito. También los dos frailes menores procuraron no llegar con atraso. -Si no se paga, no se sube al barco, dijo el capitán al ver a Francisco y al compañero. -Nosotros somos frailes pobres, contestó tímidamente el Santo. No tenemos ni una moneda en el bolsillo. -También el barco es pobre ... Para viajar se necesita plata ... plata, plata ... Los dos frailecitos no se desanimaron. Dieron una vuelta por las casas y plazas, pidiendo limosna. En breve llenaron las alforjas de víveres, ya que la gente era muy generosa. Después aprovecharon un momento de confusión, subieron a bordo del barco sin ser vistos y se escondieron entre los depósitos de mercaderías. Al alba levantaron las velas. Todo proseguía bien. La (alegría reinaba en los corazones. El comandante, más contento que todos, pensaba en las buenos sumas de dinero recaudados. Pero en alta mar, de repente el cielo se encapotó. Las nubes se hicieron bajas y amenazadoras. Se desencadenó una furiosa tempestad que levantó olas espantosas. Los marineros apenas si podían empuñar el timón. La situación se volvía más dramática de momento a momento, cuando una ráfaga de viento descuajó y arrastró el palo maestro. El mal tiempo no parecía terminar y los víveres comenzaban a escasear. También los marineros más expertos desesperaban de llegar sanos y salvos a puerto. -Nos tocará morir de hambre o acabar en la boca de los peces, pensaba para sí el capitán. Dios me está castigando por haber dejado en tierra a los frailes. Las provisiones de esos dos pasajeros clandestinos, que salieron del escondrijo en el momento más crucial, fueron una verdadera providencia para todos. Ese día cada uno recibió una porción de alimento más generosa. Cuando tornó la bonanza, el barco enfiló al puerto de Ancona donde, antes de separarse, todos quisieron besar las manos de Francisco, para expresarle su gratitud. Desde Ancona, fray Francisco se dirigió a Asís, deteniéndose de pueblo en pueblo para exhortar a la paz. En las cercanías de Osimo encontró a un campesino que arrastraba a un cordero atado a una cuerda,, para llevarlo al mercado. El animalito balaba hasta enternecer el corazón. Parecía invocar a la madre. Francisco tuvo compasión y le dijo al campesino: -¿No oyes cómo llora el corderito? Dámelo, te lo ruego, Te daré mi capa en cambio. El campesino echó un vistazo a la capa del Santo. Hizo unos cuantos someros cálculos y aceptó la propuesta. Francisco, una vez llegado a San Severino, confió, el cordero a las monjas benedictinas del lugar, encomendándoles unos atentos cuidados. Cuando los habitantes supieron que Francisco estaba en ese monasterio, se juntaron en gran número en, la iglesia. Querían verle y oírle. Entre la multitud estaba también el poeta Guillermo Divini, a quien todos apellidaban "el rey de los versos". El propio emperador Federico II lo había coronado poeta, en Roma, en el Capitolio. Era hombre de mundo. Frecuentaba las cortes imperiales, Componía versos para alegrar los banquetes de los príncipes. La palabra del Santo, despojada de toda superficialidad y encendida de amor, trastornó al poeta. Entendió en seguida que la verdadera gloria debía buscarse en el Señor y en la sencillez. -Fray Francisco, ¡quiero seguirte! ¡Ayúdame a sentir el amor de Dios!, exclamaba entre lágrimas de emoción. El Pobrecillo lo abrazó y, si bien receloso de recibir a doctos en su orden, lo aceptó como fraile. En la imposición del hábito religioso del hombre nuevo, añadió sonriente: -¡Tu nombre será fray Pacífico! Así tendrás siempre la paz de Cristo en tu corazón. Malogrado el viaje a Oriente, Marruecos se tornó la tierra de los sueños misioneros de Francisco, quería ir a esos lugares para convertir a los mahometanos, o, como se decía entonces, a los sarracenos. Más aún, en su corazón ocultaba vehementes ansias de morir mártir para testimoniar su propia fe en Cristo. -¡No ... esta vez no afrontaré el mar! dijo a los frailes. El agua de las fuentes y de los ríos es humilde, clara, cantarina ... En cambio, el agua del mar es a menudo amenazadora, Esta vez iré por tierra. ¿Quién quiere acompañarme? Se adelantó Fray Bernardo Quintavalle, con quien, en el invierno de 1214, se puso en camino hacia Marruecos que quería alcanzar a través de España. Los dos frailes menores arribaron pronto a Susa, donde fueron huéspedes de la noble castellana Beatriz de Saboya, piadosa mujer que consideró como un celestial favor poder acoger a Francisco. Beatriz se entretuvo con él en espirituales conversaciones y le suplicó dejarle una pequeña prenda, en recuerdo. El Santo no tenía nada. Para contentarla se cortó media manga de la túnica que llevaba y se la entregó como señal de gratitud por la hospitalidad. Los dos volvieron a tomar el camino a pie. El deseo del martirio llenaba el corazón de Francisco de alegría y le daba alas a los pies. Para llegar pronto a Marruecos, a veces se ponía a correr, dejando a distancia al compañero que lo seguía fatigosamente. Cruzaron los Alpes. Atravesaron Francia. Y luego de semanas y semanas llegaron cansados y agotados a España. Marruecos estaba cerca! Mientras esperaba el embarque, Francisco se enfermó de gravedad y pasó mucho tiempo, antes de poder curarse. Las fuerzas estaban reducidas al mínimo, insuficientes para enfrentar las duras penalidades de una misión entre los sarracenos. Decidió, pues, volver a Italia por mar, encomendándose a Dios para que- el tiempo fuera bueno. Cruzado de Cristo Por cinco largos años, fray Francisco no pensó más en las misiones en tierras extranjeras. En Italia la orden se hacía cada vez más numerosa. Era necesario dedicarse plenamente a la formación espiritual de los nuevos reclutas. Sin una adecuada preparación moral y cultural no se enfrenta con fruto el apostolado. Sobre todo, los frailes doctos insistían sobre este argumento y repetían con amplios comentarios unos dolorosos episodios acaecidos en ese período. Dos frailes menores italianos habían sido enviados misioneros a Alemania desconociendo el idioma. Sólo sabían decir "ja", con que contestaban a toda pregunta. -Hermanos, les preguntó un grupo de campesinos, ¿tenéis hambre? -¡Ja!, contestaron tranquilamente. -¿Sois herejes? -¡Ja! -¿Entonces, sois enemigos de la fe? -¡Ja! El diálogo terminó con una paliza sobre los hombros de los frailes, cansados de cientos de leguas de viaje. Algo semejante les pasó a los religiosos enviados a Hungría. Tenían el rostro demacrado y estaban cubiertos de harapos. Unos pastores de rebaños, al verlos en semejantes trazas y no recibiendo ninguna respuesta a sus preguntas, pensaron fueran unos evadidos de las cárceles. Entre risas y sarcasmos les soltaron los perros. Los pobres frailes, acorralados, pensando que esos paisanos querían robarles las túnicas, se las quitaron espontáneamente y se las ofrecieron. Los pastores contestaron duplicando la paliza. -Tal vez quieran también las camisas, se dijeron en rápidas señas los afligidos. Comenzaron a desnudarse. Pero los pastores intervinieron, habiendo comprendido que estaban no frente a astutos malhechores, sino frente a unos hombres un poco tocados de la cabeza. Para encontrarse con todos sus frailes y discutir con ellos los más urgentes problemas de la vida religiosa, fray Francisco estableció que todos se reunieran dos veces por año en Santa María de los Ángeles: para Pentecostés y para San Miguel. Los más importantes encuentros se realizaron en Pentecostés en 1217 y 1219. Los encuentros tenían el nombre de "Capítulos Generales". En el Capítulo de 1217, la Orden fue subdividida en provincias, presididos por un superior con el nombre de ministro provincia. También se organizaron las misiones en tierras extranjeras, adonde fueron enviados frailes celosos y piadosos. Para Tierra Santa, dominada entonces por los musulmanes, partió un pequeño grupito de valientes, guiados por fray Elías de Asís, el futuro sucesor de S. Francisco en el gobierno de la Orden. Para el Capítulo de Pentecostés de 1219 llegaron a la Porciúncula más de cinco mil frailes. Nadie había visto una participación tan numerosa. A las apuradas se levantaron unos cobertizos para ancianos y enfermos. La mayor parte debió protegerse de los rayos del sol bajo la sombra de los árboles y dormir al claro de hermana luna. Todos se sentían felices, porque podían ver al Fundador querido y escuchar sus exhortaciones. En el Capítulo intervino también Antonio de Lisboa (el futuro S. Antonio de Padua), a salvo de un pavoroso naufragio, mientras desde Portugal se dirigía como misionero hacia los sarracenos de Marruecos. A este encuentro que los historiadores llaman Capítulo de las esteras (por lo precario de sus tugurios), el papa Honorio III envió a un propio representante en la persona del Card. Hugolino, amigo y consejero de Francisco. Al ver a tantos frailes, el cardenal exclamó: "¡de veras éste es el ejército de los caballeros de Dios!”. Cuando el Capítulo terminó sus trabajos, los cinco mil frailes volvieron a sus residencias en las campiñas o en las ciudades, llevando en su corazón las últimas Palabras del Santo: -Hermanos, grandes cosas hemos prometido a Dios. Pero mayores nos son prometidas. Aspiremos a éstas, y guardemos aquéllas. El gozo del mundo es breve. Pero el castigo es eterno. Las penas de la vida son cortas, La gloria celestial es infinita. Mientras tengamos tiempo ¡hagamos el bien! Las misiones y el deseo del martirio jamás habían cesado de inflamar el corazón de Francisco. La Orden comenzaba a caminar bien, gracias también a la nueva organización. No faltaba la vigilante protección del cardenal Hugolino. El Pobrecillo, pues, podía dejar tranquilo Italia para ir de misionero entre los infieles'. Honorio III, desde hacía poco, había proclamado la quinta cruzada. De todas partes de Europa partían fieles, salmodiando y blandiendo la espada, para llegar en carros, en barcos o a pie a la tierra de Cristo y liberarla del dominio turco, En junio de 1219, con un grupito de frailes, Francisco se embarcó en Ancona y hacia fines del mes siguiente, llegó a San Juan de Acre, a pocos kilómetros de la actual Jaifa. Él no había ido allá lejos para medirse en sangrientas batallas, sino para anunciar a los musulmanes la salvación que Cristo nos ha traído y para conciliar la paz entre ejércitos enemigos. Con gran amargura comprobó que los príncipes y los soldados cristianos no eran menos voraces que los musulmanes. Ya que todo llamamiento a la moderación y a la caridad fue vano, decidió enfrentar solo al sultán Malek-el-Kamel, que residía en Egipto. Y desde Acre se hizo a la vela, a lo largo de la costa mediterránea hasta el Delta del Nilo, donde una guarnición cruzada sitiaba Damietta, Allí todos le desaconsejaban una visita al sultán, -Ciertamente te va a matar, le dijeron. No puedes imaginarte cuánto nos odia a nosotros, los cristianos. Francisco contestaba con una sonrisa, ¿Por qué tener miedo, si iba en nombre de Dios? Por otra parte, cuando era joven, él se había aventurado en empresas audaces, Con fray Iluminado penetró en el campo sarraceno, repitiendo en voz alta: "Sultán… Sultán…". Obviamente fueron considerados como espías y por eso duramente azotados. Cuando el sultán supo que habían sido capturados dos cruzados, ordenó que fuesen llevados a su presencia. La modestia y la sencillez del Pobrecillo conquistaron en seguida sus simpatías. Escuchó atento las invitaciones de Francisco a la paz. Sin embargo, no era fácil seguirlos ... -Quedaos conmigo, les dijo a los frailes. Aquí tendréis honores y riquezas. -Si te conviertes a Jesucristo junto a tu pueblo quedaremos gustosos en esta tierra, contestó humildemente Francisco. Créeme: la religión cristiana es la única verdadera. ¿Quieres una prueba? . . . Manda que se encienda aquí un gran fuego. Los ministros de tu religión y yo pasaremos sobre las llamas. Quien quede ileso predica la verdad. El sultán aceptó el desafío. Pero ninguno de sus súbditos quiso someterse a una prueba tan riesgosa. Unos capitanes musulmanes insistieron en que le fuera cercenada la cabeza a Francisco, Pero no lo lograron. El sultán se había vuelto admirador de Francisco y lo dejó ir a su pesar. En el momento de la despedida, en recuerdo del encuentro, le ofreció unos característicos dones, entre los cuales un cornetín de marfil, que aún se guarda entre las preciadas reliquias de la Basílica de Asís. Fray Francisco dejó Egipto desconsolado. Su misión había fracasado. Volvió a Acre, donde lo esperaba fray Elías de Asís. Con él visitó devotamente los santos lugares de la Palestina. Luego se embarcó sobre una nave de la república de San Marcos con rumbo a Venecia, donde llegó en la primavera de 1220. Estaba físicamente agotado y los ojos, afectados por una conjuntivitis, le ardían dolorosamente. Pero no podía descansar. - Era urgente llegar a Asís. Durante su ausencia, la Orden había sido turbada por frailes descontentos y reformadores. Unos querían aumentar las penitencias; otros, disminuirlas. Los jóvenes no soportaban la autoridad de los ancianos... Los doctos presionaban para que los religiosos se dedicaran con mayor tesón al estudio. El 29 de setiembre de 1220 se realizó en Santa María de los Ángeles, el Capítulo General. El Pobrecillo acogió con maternales delicadezas a todos los participantes y a todos los exhortó a la práctica del Evangelio. Como la salud no le permitía seguir al frente de la Orden, renunció en favor de Pedro Cattáneo, delante del cual se arrodilló en señal de respetuosa obediencia. Fray Pedro murió a los pocos meses. En el Capítulo de Pentecostés del año siguiente fue elegido ministro general fray Elías de Asís, hombre enérgico, y docto. Francisco quedaba siempre como el guía espiritual de los religiosos, con el ejemplo de su vida y la fuerza de sus palabras. Con un grupito de los más íntimos, el Santo se retiró a la pequeña ermita de Fontecolombo, escondida entre el verde oscuro de árboles añosos, a pocos kilómetros de Rieti. Aquí, entre la oración y la penitencia quería componer una nueva Regla para los frailes, Ya que la primitiva se había mostrado insuficiente para ordenar la vida de la Orden en pujante dinamismo de miembros y de actividades. Las enfermedades habían debilitado notablemente el frágil cuerpo de Francisco. La linda voz de un tiempo se había vuelto un tenue suspiro. Fray León, al que llamaba fray Ovejuela de Dios, por el candor de su corazón, era el secretario y el confesor del Santo. Fue también el encargado de recoger las palabras del Santo y grabarlos en el pergamino. Cuando después de meses y meses de meditación la Regla fue terminada, Francisco tomó el camino de Roma para someterla a la aprobación del Papa. Los expertos de la Curia Romana la examinaron largamente y a menudo pidieron al Santo más detalladas explicaciones. Finalmente, el 29 de noviembre de 1223, Honorio III en la Basílica de S. Juan de Letrán puso su firma al pie del documento y la Regla comenzó a obligar a todos los frailes menores. Durante la permanencia en Roma, Francisco fue huésped de doña Jacoba de Settesoli, mujer piadosa y generosa de Transtíber. El Santo no desdeñaba hospedarse en esa casa, ya que, desde cuando ella había abrazado la regla de la Tercera Orden, su palacio se había vuelto la casa de los pobres. Francisco la apreciaba mucho y la llamaba "fray" Jacoba. Un día el Santo recibió el regalo de un corderito, y en seguida lo llevó a Jacoba para que lo criara. La piadosa señora lo guardó siempre en su casa. El animalito se acomodaba, de noche, delante de la puerta del dormitorio. De mañana se despertaba antes que los demás y a todos festejaba con dulces balidos y graciosos saltos. Fray Jacoba esquilaba personalmente el corderito. Y con esa lana confeccionó una túnica que envió al Pobrecillo. Quizá fue el único hábito nuevo que vistiera desde el día lejano en que se despojó de sus vestiduras ante el obispo Guido. Todos hermanos Francisco es el Santo de la fraternidad universal. A todas las cosas se dirigía con el nombre de "hermano o hermana", porque en todas las criaturas veía un: reflejo de la sabiduría y de la bondad de Dios. Él sufría intensamente al ver talar árboles o cortar flores. Y cuando era necesario, encarecía a los frailes cortaran de tal modo las plantas que pudieran volver a germinar en la primavera. Era su vivo deseo que: un rincón de la huerta quedase en barbecho, para que crecieran libremente flores y hierbas silvestres. Reservaba delicadas atenciones a los animales. Se lo vio inclinarse a tierra, recoger los gusanillos de en medio del camino y colocarlos donde no corrían peligro de ser pisoteados. Para que las abejas, en invierno, no murieran de hambre, ponía vino y miel junto a las colmenas. En las cercanías de Santa María de los Ángeles, a su llamado, una cigarra voló para posarse en las manos. -Canta, hermana cigarra, le dijo. Canta y alaba al Señor. Y ella cantó jubilosamente y sólo cesó cuando se la invitó a volver al monte. Entre los animales tenía predilección por los corderitos. Los acariciaba tiernamente, pensando en la mansedumbre de Jesús, el que, como cordero, fue sacrificado por nuestra salvación. En un camino de la campiña, Francisco encontró un día a un muchacho que llevaba al mercado dos tórtolas. Las pobres temblaban de espanto. Parecían implorar ayuda. El Santo sintió compasión y las pidió como don. El joven quedó perplejo: le molestaba perder unos dineritos. Luego, las dio sin ninguna compensación. El Pobrecillo las apretó dulcemente contra su corazón y cantando las llevó a Santa María de los Ángeles, donde anidaron por muchos años. Las avecillas amaban a Francisco y le obedecían como niños buenos. A veces las invitaba a unirse a él para alabar al Señor. Otras, las invitaba a callar, porque su canto turbaba su oración o no permitía que los fieles escucharan la palabra de Dios, Cuando pasaba por los senderos de los bosques, los pájaros lo festejaban con interminables gorjeos. Francisco era su mejor amigo. Un día, cerca de Bevagna, le salieron al encuentro bandadas tan tupidas y rumorosas que parecía que todos los pájaros de la región se hubieran congregado en ese lugar. Unos cuantos le volaban alrededor de los pies o se detenían por el sendero, impidiéndole caminar. Otros se posaban sobre los hombros o en las manos. Algunos, más curiosos, bajaban sobre la capucha como si fuera un nido. Muchos otros giraban vertiginosamente por los aires, como haciéndole una corona de brisas y alegria. El Santo sonreía amorosamente. Levantaba los brazos, como si él también quisiera volar con ellos. A un, gesto todos callaron. -Hermanas aves, les dijo, ¡cuán agradecidas habéis de estar al Señor! ¡Él os viste con tanta elegancia y os alimenta con tanta generosidad, sin que os fatiguéis en los campos! . . . Miraos encima: qué lindas son vuestras plumas! ... ¿qué pintor puede hacer otro tanto? ... Ea! volad por el cielo . . . cantad sin cansaros . . . ¡El canto y el vuelo serán el himno de vuestra gratitud a Dios! Los pájaros parecían comprender cuanto Francisco les decía. Mientras hablaba, ellos sacudían las alas y la cola, inclinaban las cabezas, abrían o cerraban los graciosos piquitos, como si aprobaran esas santas palabras. A veces, el Santo se detenía en medio del monte o en los caminos solitarios, para escuchar el sugestivo concierto de las aves. Desde niño, él sabía distinguirlas Por el color de las plumas y por el canto. Un día, sentado en una pradera junto a fray León, oyó un ruiseñor gorjear suavemente. Su corazón trepidó de alegría. En su primer momento se sintió impulsado de unir su voz a la de la avecilla. Luego, le dijo al compañero: -Ovejuela de Dios, ¿por qué no cantas también tú? -Tú sabes que no sé cantar, contestó el fraile. ¡Oh! canta tú que tienes una hermosa voz. Apenas Francisco comenzó su canto, el ruiseñor calló. Entre Francisco y el ruiseñor, como alternándose, comenzó un desafío que sólo terminó cuando el Santo ya no tuvo más voz. -Ovejuela de Dios, le dijo a fray León, fray ruiseñor me venció en la alabanza a Dios! En Gubio, un lobo feroz esparcía terror en la ciudad. De día y de noche destrozaba ovejas, asaltaba pastores y transeúntes. Ni los cazadores más hábiles habían podido matarle o rechazarle hacia las montañas. Cuando Francisco llegó a Gubio, los habitantes con lágrimas le suplicaron que les librara de esa calamidad. Se puso en búsqueda del lobo de los montes, entre las, gargantas de las montañas, en los despeñaderos. De lejos, lo vio finalmente en un viñedo. -Ven, ven a mí, hermano lobo. Tú no eres malo… lo sé. Es el hambre que te ha empujado a molestar a los habitantes de esta ciudad. ¡No tengas miedo, ven! El lobo miró en derredor, husmeó el aire con amplio movimiento de su hocico. Luego lentamente se dirigió hacia el Santo y se agazapó a sus pies. Francisco se inclinó, le acarició la cabeza y comenzó a hablarle: -Hermano lobo, no debes hacer llorar más a los niños, a las madres, a los pastores de Gubio. Si acabas con tus estragos, todos los días se te dará de comer y beber. Te lo prometo en nombre de todos los habitantes. Es un pacto que todos celebramos contigo. ¿Lo aceptas, hermano lobo? La bestia feroz, terror de la región, cerró los ojos, bajó el hocico ... luego lo levantó de repente y tendió la pata a Francisco. ¡Era el "sí" de su alianza! Desde entonces, el lobo vivió dentro de los muros de la ciudad. Las familias, por turno, le daban de comer en el umbral de la casa. El feroz animal se hacía querer por todos. Hasta los niños le acariciaban el lomo, como si fuera un amigo. CONTINUA

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Devoción de San Francisco de Asís a María Santísima
Devoción de San Francisco de Asís a María Santísima
InfoporAnónimo6/25/2010

Devoción de San Francisco a María Santísima por Kajetan Esser, o.f.m. w w w . franciscanos . o r g Mucho se ha solido hablar del amor de san Francisco a María; y muchos han sido los que en tono encendido lo han celebrado (1). Las más de las veces los que han tratado el tema se han limitado a reunir con más o menos sentido crítico lo que las diversas tradiciones franciscanas nos han legado acerca de la devoción mariana del santo. Como es natural, en estos trabajos se ha podido atribuir a Francisco lo que generaciones posteriores de buen grado hubieran querido ver en él para poder ensalzarlo (2). A esto se ha de añadir que con frecuencia se ha considerado demasiado aisladamente la devoción mariana del santo. Ni se trataba de situarla en el conjunto de la vida espiritual de san Francisco, ni se buscaban en la vida de la Iglesia las raíces de una devoción que se hundía en tiempos más remotos que los de Bernardo de Claraval (3). Por todo ello, puede parecer conveniente dedicar una particular atención a la piedad mariana del santo de Asís (4). Este estudio no se propone «a priori» metas muy elevadas, porque se ha de reconocer honradamente que san Francisco no fue teólogo de escuela. No se puede, por consiguiente, esperar de él expresiones claramente formuladas a nivel de escuela teológica acerca de María. Carece de sentido pretenderlo de un santo sin letras. También en éste, como en otros campos, Francisco es hijo de su tiempo, fuertemente condicionado por la vida espiritual y religiosa contemporánea. A través de la predicación y con una fe absoluta va él asimilando las verdades acerca de la Madre de Dios; sobre ellas va creciendo su piedad mariana. Por testimonios unánimes de sus biógrafos, sabemos que Francisco era amartelado devoto de la Virgen, y que su devoción era superior a la corriente. Su piedad mariana no era producto de la ciencia de los libros, sino de la oración y la meditación cada vez más profunda del misterio de María y del puesto excepcional que ella ocupa en la obra de la salvación (5). Lo que él dijo e hizo como fruto de esa oración y devoción, lleva un sello tan personal y está acuñado de tal forma con su originalidad espiritual, que aún hoy se merece una atención especial. I. Estructura teológica de la devoción mariana de San Francisco «Rodeaba de amor indecible a la madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad» (2 Cel 198), «y por habernos alcanzado misericordia» (LM 9,3). 1.-- María y Cristo Estas sencillas palabras de sus biógrafos expresan el motivo más profundo de la devoción de san Francisco a la Virgen. Puesto que la encarnación del Hijo de Dios constituía el fundamento de toda su vida espiritual, y a lo largo de su vida se esforzó con toda diligencia en seguir en todo las huellas del Verbo encarnado, debía mostrar un amor agradecido a la mujer que no sólo nos trajo a Dios en forma humana, sino que hizo «hermano nuestro al Señor de la majestad» (6). Esto hacía que ella estuviera en íntima relación con la obra de nuestra redención; y le agradecemos el que por su medio hayamos conseguido la misericordia de Dios. Francisco expresa esta gratitud en su gran Credo, cuando, al proclamar las obras de salvación, dice: «Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey del cielo y de la tierra, te damos gracias por ti mismo... Por el santo amor con que nos amaste, quisiste que Él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima santa María» (1 R 23,1-3). Aquí, «el homenaje que el hombre rinde a la majestad divina desde lo más profundo de su ser», característica de la antigua edad media, se funde en desbordante plenitud con el amor reconocido del hombre atraído a la intimidad de Dios. Otro tanto sucede en el salmo navideño que Francisco, a tono con la piedad sálmica de la primera edad media, compuso valiéndose de los himnos redactados por los cantores del Antiguo Testamento: «Glorificad a Dios, nuestra ayuda; cantad al Señor, Dios vivo y verdadero, con voz de alegría. Porque el Señor es excelso, terrible, rey grande sobre toda la tierra. Porque el santísimo Padre del cielo, nuestro rey antes de los siglos, envió a su amado Hijo de lo alto, y nació de la bienaventurada Virgen santa María. Él me invocó: "Tú eres mi Padre"; y yo lo haré mi primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra» (7). Con alabanza desbordante de alegría, Francisco da gracias al Padre celestial por el don de la maternidad divina concedido a María. Este es el primero y más importante motivo de su devoción mariana: «Escuchad, hermanos míos; si la bienaventurada Virgen es tan honrada, como es justo, porque lo llevó en su santísimo seno...» (CtaO 21). En aquella época campeaba por sus respetos la herejía cátara, que, aferrada a su principio dualista, explicaba la encarnación del Hijo de Dios en sentido docetista y, por consiguiente, anulaba la participación de María en la obra de la salvación. Para manifestar su oposición a la herejía, Francisco, devoto de María, no se cansaba de proclamar, con extrema claridad, la verdad de la maternidad divina real de María: «Este Verbo del Padre, tan digno, tan santo y glorioso, anunciándolo el santo ángel Gabriel, fue enviado por el mismo altísimo Padre desde el cielo al seno de la santa y gloriosa Virgen María, y en él recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad» (8). Y en el Saludo a la bienaventurada Virgen María celebra esta verdadera y real maternidad con frases siempre nuevas, dirigiéndose a ella de un modo exquisitamente concreto y expresivo, llamándola: «palacio de Dios», «tabernáculo de Dios», «casa de Dios», «vestidura de Dios», «esclava de Dios», «Madre de Dios» (9). Estos calificativos, tan altamente realistas, nos dan a comprender con qué celo tan grande defiende ortodoxamente Francisco la figura auténtica de María en una cristiandad tan fuertemente amenazada por la herejía. No estará de más recordar aquí que el santo no trató de combatir la herejía con la lucha o la confrontación, sino con la oración. Tal vez también en esto seguía el mismo principio que estableció respecto al honor de Dios: «Y si vemos u oímos decir o hacer mal o blasfemar contra Dios, nosotros bendigamos, hagamos bien y alabemos a Dios, que es bendito por los siglos» (1 R 17,19). Cosa sorprendente: la mayor parte de las afirmaciones de Francisco sobre la Madre de Dios se encuentran en sus oraciones y cantos espirituales. A su aire, sigue con sencillez y simplicidad la exhortación del Apóstol: «No os dejéis vencer por el mal, sino venced el mal con el bien» (Rom 12,21). Tal vez esto explique su exquisita predilección por la fiesta de navidad y su amor al misterio navideño: «Con preferencia a las demás solemnidades, celebraba con inefable alegría la del nacimiento del niño Jesús; la llamaba fiesta de las fiestas, en la que Dios, hecho niño pequeñuelo, se crió a los pechos de madre humana» (10). Esta «preferencia» parece advertirse también en su ya mencionado salmo de navidad: «En aquel día, el Señor Dios envió su misericordia, y en la noche su canto. Este es el día que hizo el Señor; alegrémonos y gocémonos en él. Porque se nos ha dado un niño santísimo amado y nació por nosotros fuera de casa y fue colocado en un pesebre, porque no había sitio en la posada. Gloria al Señor Dios de las alturas, y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad. Alégrese el cielo y exulte la tierra, conmuévase el mar y cuanto lo llena; se gozarán los campos y todo lo que hay en ellos. Cantadle un cántico nuevo, cante al Señor toda la tierra» (11). Pero Francisco da todavía un paso más importante. En la conocida celebración de la navidad en Greccio trata de explicar a los fieles con evidencia tangible este misterio, y habla profundamente emocionado del Niño de Belén (véase el relato completo en 1 Cel 84-86). A este propósito es de una claridad meridiana la conclusión del relato de Tomás de Celano: «Un varón virtuoso tiene una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño». Y prosigue: «No carece esta visión de sentido, puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados» (12). Mediante el amor que él tenía al Hijo de Dios hecho hombre y a su Madre la Virgen, y que lo hizo patente precisamente ese día, encendió en muchos corazones el amor que se había enfriado por completo. Lo que hizo en Greccio y cuanto manifestó en muchos detalles de su pensamiento y comportamiento (cf. 2 Cel 199-200), no era más que la concretización de su principio general: «Tenemos que amar mucho el amor del que nos ha amado mucho» (2 Cel 196). Si intentamos con todo cuidado explicar la siempre válida significación de este primer rasgo fundamental de la devoción mariana de Francisco, tendremos primero que subrayar que él no ve a María aisladamente, separadamente del misterio de su maternidad divina, que es la que justifica la importancia de María en el cristianismo. Para san Francisco la veneración de la Virgen quiere decir colocar en su lugar preciso el misterio divino-humano de Cristo. Hasta podría tal vez decirse, para salvar ortodoxamente este misterio, que «se ha hecho nuestro hermano el Señor de la majestad». Por otro lado, bien podemos añadir que, al subrayar con vigor la maternidad física de María respecto de Dios, se está sin más afirmando el Jesucristo histórico, que, no pudiendo según la Escritura ser disociado del Jesús resucitado y glorificado, está presente y actúa operante en la vida cristiana, en la oración, y en el seguimiento. Por eso, la devoción de Francisco a María carecía de toda abstracción y era todo menos conocimiento conceptual; ella brota siempre y fundamentalmente de algo que es palpable por concreto e histórico, y, por consiguiente, de la revelación de Dios que se manifiesta en hechos tangibles y concretos de la historia de la salvación. Será esto precisamente lo que posibilitará a la devoción mariana de Francisco su influencia viva en el futuro de la Iglesia. 2.-- María y la santísima Trinidad El misterio de la maternidad divina eleva a María sobre todas las demás criaturas y la coloca en una relación vital única con la santísima Trinidad. María lo recibió todo de Dios. Francisco lo comprende muy claramente. Jamás brota de sus labios una alabanza de María que no sea al mismo tiempo alabanza de Dios, uno y trino, que la escogió con preferencia a toda otra criatura y la colmó de gracia. Francisco no ve ni contempla a María en sí misma, sino que la considera siempre en esa relación vital concreta que la vincula con la santísima Trinidad: «¡Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, Virgen hecha iglesia, y elegida por el santísimo Padre del cielo, consagrada por Él con su santísimo Hijo amado, y el Espíritu Santo Paráclito; que tuvo y tiene toda la plenitud de la gracia y todo bien!» (13). También esto nos deja ver que cuanto Francisco dice de la Virgen y las alabanzas que le dirige, todo nace de ese misterio central de la vida de María, de su maternidad divina; pero ésta es la obra de Dios en ella, la Virgen. Incluso la perpetua virginidad de María ha de ser comprendida sólo en relación con su maternidad divina. La virginidad hace de ella el vaso «puro», donde Dios puede derramarse con la plenitud de su gracia, para realizar el gran misterio de la encarnación. La virginidad no es, pues, un valor en sí -muy fácilmente podría significar esterilidad-, sino pura disponibilidad para la acción divina que la hace fecunda de forma incomprensible para el hombre: «consagrada por Él con su santísimo Hijo amado y el Espíritu Santo Paráclito». Esta fecundidad es mantenida por la acción de Dios-Trinidad: «que tuvo y tiene toda la plenitud de la gracia y todo bien». Esta relación vital entre María y la Trinidad la expresa Francisco aún más claramente en la antífona compuesta por el santo para su oficio, llamado con poca exactitud Oficio de la pasión del Señor, antífona que quería se rezara en todas las horas canónicas: «Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo entre las mujeres ninguna semejante a ti, hija y esclava del altísimo Rey sumo y Padre celestial, madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo» (OfP Ant). También estas afirmaciones se fundan en lo que la gracia de Dios ha obrado en María. Las alabanzas a la Virgen son al mismo tiempo alabanzas y glorificación de aquel que tuvo a bien realizar tantas maravillas en una criatura humana. Si los dos primeros atributos son claros e inteligibles sin más, y se usaron con frecuencia en la tradición anterior de la Iglesia, tendremos que detenernos un poco más en el tercero, «esposa del Espíritu Santo», tan común hoy día. Lampen, después de un minucioso estudio de los seiscientos títulos aplicados a María por autores eclesiásticos de Oriente y Occidente, recogidos por C. Passaglia en su obra De Immaculato Deiparae Virginis conceptu (14), hace constar que no aparece entre ellos este título. Esto le hace suponer con un cierto derecho que fue san Francisco el primero en emplearlo (15). Como tantas otras veces, también en este caso pudo Francisco haber penetrado con profundidad en lo que el evangelio dice de María, y haber expresado claramente en su oración lo que veladamente se contenía en el anuncio del ángel según san Lucas (Lc 1,35). María se convierte en madre de Dios por obra del Espíritu Santo. Ya que ella, la Virgen, se abrió sin reservas -o, para decirlo con san Francisco, en «total pureza»- a esta acción del Espíritu, en calidad de «esposa del Espíritu Santo» llegó a ser madre del Hijo de Dios. Esta manera de ver estos misterios nos puede descubrir en Francisco un fruto de su oración contemplativa. Según Tomás de Celano, «tenía tan presente en su memoria la humildad de la encarnación..., que difícilmente quería pensar en otra cosa» (1 Cel 84). Por eso no se cansaba de sumergirse en este misterio por medio de la oración. Podía pasar toda la noche en oración «alabando al Señor y a la gloriosísima Virgen, su madre» (1 Cel 24). Todo esto lo inundaba de una inmensa veneración y era para él la más íntima y pura realidad de Dios. En todo esto redescubría a Dios en su acción incomparable; y esta consideración lo hacía caer de rodillas para una oración de alabanza y agradecimiento. Esta acción del divino amor, que María había acogido y aceptado con un corazón tan creyente, la elevaba, según Francisco, sobre todas las criaturas a la más íntima proximidad de Dios. Por esto, Francisco ensalzaba tanto a la «Señora, santa Reina», proclamándola «Señora del mundo» (LM 2,8). 3.-- María y el plan de la salvación Siendo María la madre de Jesús, Francisco la honraba especialmente como «madre de toda bondad» (1 Cel 21). Fue lo que le indujo a establecerse junto a la ermita de la Madre de Dios en la Porciúncula. Todo lo esperaba de su bondad. «Después de Cristo, depositaba principalmente en ella su confianza» (LM 9,3). Según esta profunda frase de san Buenaventura, Francisco concibió y dio a luz el espíritu de la verdad evangélica en esta iglesita, por los méritos de la madre de la misericordia. El santo doctor subraya esta explicación aludiendo a que esto ocurrió al amparo de aquella que «engendró al Verbo lleno de gracia y de verdad» (LM 3,1; cf. Lm 7,3). Con esta alusión se ha tocado con seguridad lo más profundo acerca del amor y veneración marianos en Francisco. Esta devoción no termina en ardientes oraciones ni en cánticos de alabanza; se realiza más bien y llega a su culminación en el esfuerzo de Francisco por asimilar en todo la actitud de María ante el Verbo de Dios (16). Como primera cosa, el «concepit», «concibió»: como María, el hombre debe acoger al Verbo de Dios, aceptarlo en actitud de obediencia creyente y dejarse llenar totalmente de Él. Pero el «concepit» -y este es el segundo momento- debe convertirse en «peperit», «dio a luz»: el hombre, obediente y creyente, de nuevo como María, debe dar a luz al Verbo de Dios, darle vida y forma. San Buenaventura atribuye estos dos momentos a María y Francisco. No podía él expresar y explicar con mayor acierto y profundidad la fundamental actitud mariana que existía en la vida evangélica de san Francisco. No; san Buenaventura no introdujo en la vida de Francisco pensamientos teológicos extraños. Lo demuestra palmariamente la magnífica carta que Francisco escribió a los fieles de todo el mundo, en la que desarrolló abundantemente los pensamientos de su corazón (2CtaF 4-15, 15-60-, 63-71). En ella (v. 4) el santo describe el nacimiento del Verbo divino de las entrañas de la santa y gloriosa Virgen María. Pero este nacimiento divino no acontece sólo en María; debe realizarse también en los corazones de los fieles. Los Padres de la Iglesia, desde Hipólito y Orígenes, meditaron largamente sobre este íntimo misterio de la vida cristiana y trataron de aclararlo con explicaciones siempre nuevas (H. Rahner). En la misma citada carta (v. 53), Francisco hace un comentario muy condensado en un lenguaje que le es propio: somos «madres, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por el amor y por una conciencia pura y sincera; lo alumbramos por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros». En un primer momento podría parecer que estas palabras representan una visión ascética del misterio, que remontaría a san Ambrosio y que fue la que privó en el occidente hasta la edad media (H. Rahner). Pero se ha de tener en cuenta que poco antes (v. 51) Francisco ha dicho algo que no se puede separar de lo que ha afirmado acerca de la maternidad espiritual: «Somos esposos [de Cristo] cuando el alma fiel se une, por el Espíritu Santo, a Jesucristo». El misterio de la maternidad espiritual se funda y radica en el misterio del desposorio que se le regala al alma fiel mediante el Espíritu Santo (17) y que no se desarrolla por un esfuerzo voluntarista y ascético. Es un don gratuito del amor de Dios en el Espíritu Santo. Si Francisco canta a la Madre de Dios como «esposa del Espíritu Santo», también coloca junto a la maternidad del alma fiel su desposorio en el Espíritu Santo (18). Es Él quien por su gracia y por su iluminación infunde todas las virtudes en los corazones de los fieles, para de infieles hacerlos fieles (SalVM 6). Tampoco es de casualidad que esta alusión se encuentre en el Saludo a la bienaventurada Virgen María. Así como por la acción del Espíritu Santo el Verbo del Padre se hizo carne en María, de modo análogo la gracia y la iluminación del mismo Espíritu engendran a Cristo en las almas, y las van conformando a una vida cada vez más cristiana (19), hasta que, como dice la misma carta en su v. 67, por tener en sí al Hijo de Dios, llegan a poseer la sabiduría espiritual, pues el Hijo es la sabiduría del Padre. Pero el nacimiento de Dios en el corazón de los fieles es sólo un aspecto de esta maternidad. Francisco indica también otro: en fuerza de esta vida cristiana, es decir, «por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros», Cristo es engendrado en los otros hombres. De esta forma, la función maternal de la vida cristiana, como testimonio vivo, se extiende a la Iglesia (20). Francisco habló de buen grado y con frecuencia acerca de esta misión maternal de los fieles en la Iglesia; así, por ejemplo, cuando, aplicando a sus hermanos, sencillos e ignorantes, las palabras de la sagrada Escritura: «la estéril tuvo muchos hijos» (1 Sam 2,5), las explica de la forma siguiente: «Estéril es mi hermano pobrecillo, que no tiene el cargo de engendrar hijos en la Iglesia. Ese parirá muchos en el día del juicio, porque a cuantos convierte ahora con sus oraciones privadas, el Juez los inscribirá entonces a gloria de él» (21). Lo que se realizó en la maternidad de María para la salvación del mundo se prolonga en los corazones de los fieles, por la acción sobrenatural del Espíritu Santo. En última instancia se trata del misterio mismo de la Iglesia, del que participan los fieles. Francisco se sabe agraciado con el mismo don gratuito que admira en María. Y este don, concedido a él y a sus hermanos, lo considera como tarea en la Iglesia. María es para él, ante todo y sobre todo, Madre de Cristo, y por esto la ama amarteladamente. Madre de Cristo son también para él los fieles «que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8,21), y de esta manera participan de la misión de la Madre Iglesia. Así vista la devoción mariana de Francisco, la podemos condensar en esta fórmula: vivir en la Iglesia como vivió María. La realización de la obra de la salvación y su transmisión -de ello se trata en la devoción mariana de Francisco- tiene como fin hacer visible en el misterio de la encarnación del Verbo la divinidad invisible. Pero Francisco conoce otra forma de hacerse visible el Dios invisible: la que él tanto aprecia y venera en la santísima eucaristía. Tal como dice en su primera Admonición, donde late una clara oposición a la herejía cátara contemporánea, en la eucaristía se ha de ver en fe a aquel que, siendo hombre, dijo a sus discípulos: «El que me ve a mí, ve también a mi Padre» (Jn 14,9). Por eso exclama san Francisco: «Por eso, ¡oh hijos de los hombres!, ¿hasta cuándo seréis duros de corazón? ¿Por qué no reconocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? Ved que diariamente se humilla (22), como cuando desde el trono real descendió al seno de la Virgen; diariamente viene a nosotros Él mismo en humilde apariencia; diariamente desciende del seno del Padre al altar en manos del sacerdote». Pero también aquí indica Francisco que depende del «Espíritu del Señor», «que habita en sus fieles», el poder participar de ese misterio, el poder creer en él «secundum spiritum», «según el espíritu». Esta advertencia nos muestra que no ha sido por casualidad que Francisco haya hecho mención de la encarnación de Cristo en María. Porque se abrió sin reservas a la acción del Espíritu Santo -podemos recordar de nuevo a la «esposa del Espíritu Santo»-, pudo mediante María convertirse en visible y palpable el Dios invisible. Y el que, como ella, se abre con fe al Espíritu del Señor, contemplará «con ojos espirituales» al mismo Señor en el misterio de la eucaristía, será colmado por Él y se hará un espíritu con Él (cf. 1 Cor 6,17). En este misterio verá unitariamente el comienzo y el fin de la obra de la salvación, pues «de esta manera está siempre el Señor con sus fieles, como Él mismo dice: Ved que estoy con vosotros hasta la consumación del siglo» (Adm 1,22). II. Expresiones concretas de la piedad mariana de San Francisco Las formas prácticas de la piedad mariana de san Francisco se inspiran en lo que de concreto conocemos de la vida histórica de María. También en esto deja de lado todo lo abstracto y genérico. Su piedad se inflama y aviva en la contemplación de los hechos históricos de la vida de María unida a la de Cristo y del puesto concreto que ella ocupa en los planes salvíficos de Dios. 1.-- María, la «Señora pobre» Francisco no se limita a contemplar las relaciones íntimas de la vida cristiana con la vida de María; quiere asemejársele también en la vida externa. Por eso destaca en primer lugar su maternidad divina, y, como consecuencia de ella, subraya fuertemente otro título de gloria de María: es para él «la Señora pobre» (23). Tampoco este título tiene para él un valor independiente; la pobreza de María es una concretización de la pobreza de Cristo. Y señal de que ella, como madre, ha compartido el destino de su Hijo y ha participado plenamente en él (24). En la Carta a los fieles, después de describir el misterio de la encarnación (cf. 2CtaF 4), inmediatamente prosigue el Santo: «Y, siendo Él sobremanera rico, quiso, junto con la bienaventurada Virgen, su Madre, escoger en el mundo la pobreza» (25). Este texto revela en Francisco una plena conciencia de la función redentora de la pobreza, como aparece en este versículo de san Pablo que cita tan a menudo: «Conocéis la obra de gracia de nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza» (26). María y los discípulos participan de esta pobreza redentora de Cristo; también Francisco quiere compartirla, como la deberán compartir todos los que quieran seguirle. Cuando, en consecuencia, exige de sus hermanos una vida en pobreza mendicante, les pone delante el ejemplo de Cristo, que «vivió de limosna tanto Él como la Virgen bienaventurada y sus discípulos» (1 R 9,5). Y en la Última voluntad a santa Clara y sus hermanas reafirma expresamente: «Yo el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre y perseverar en ella hasta el fin»; y las hermanas deben atenerse a ella a pesar de todas las dificultades (UltVol). Por eso, llamaba a la pobreza reina de las virtudes, «pues con tal prestancia había resplandecido en el Rey de los reyes y en la Reina, su madre» (27). Siempre le impresionaba profundamente la pobreza compartida por María con Cristo en su vida terrena, y lo estimulaba a una participación total en la misma: «Frecuentemente evocaba -no sin lágrimas- la pobreza de Cristo Jesús y de su madre» (LM 7,1). En navidad no podía menos de llorar recordando a la Virgen pobre, que en aquel día sufrió las más amargas privaciones: «Sucedió una vez que, al sentarse a la mesa para comer, un hermano recuerda la pobreza de la bienaventurada Virgen y hace consideraciones sobre la falta de todo lo necesario en Cristo, su Hijo. Se levanta al momento de la mesa, no cesan los sollozos doloridos, y, bañado en lágrimas, termina de comer sentado sobre la desnuda tierra» (2 Cel 200). Tampoco aquí se trataba simplemente de sentimientos de compasión, sino de crudeza y de realismo en una responsabilidad cristiana que afloraba en él cuando consideraba tales sufrimientos. La pobreza de Cristo y de su madre no eran para él sólo hechos históricos dignos de compasión; eran realidad presente en la Iglesia. En una interacción mutua, la realidad presente sirve para evocar la pobreza de Cristo y de su madre, y ésta a su vez evoca al pobre de nuestros días. «El alma de Francisco desfallecía a la vista de los pobres; y a los que no podía echar una mano, les mostraba el afecto. Toda indigencia, toda penuria que veía, lo arrebataba hacia Cristo, centrándolo plenamente en Él. En todos los pobres veía al Hijo de la Señora pobre llevando desnudo en el corazón a quien ella llevaba desnudo en los brazos» (28). A los ojos de Francisco, el pobre tiene la misión de reflejar la pobreza de Cristo y de su madre. Cuando alguno de sus hermanos era descortés con algún pobre, le castigaba severamente y después le amonestaba: «Hermano, cuando ves a un pobre, ves un espejo del Señor y de su madre pobre» (29). Así, pues, cuando la contemplación de la vida pobre de Cristo y de su madre nos estimula al amor, ese amor debe volcarse en los pobres que son «los hijos de la Señora pobre». Francisco ve en María a la enamorada de la vida evangélica de pobreza. Según él la Virgen estima más una vida en pobreza que cualquier otro culto exterior que se le rinda: «El hermano Pedro Cattani, vicario del santo, venía observando que eran muchísimos los hermanos que llegaban a Santa María de la Porciúncula y que no bastaban las limosnas para atenderlos en lo indispensable. Un día le dijo a san Francisco: "Hermano, no sé qué hacer cuando no alcanzo a atender como conviene a los muchos hermanos que se concentran aquí de todas partes en tanto número. Te pido que tengas a bien que se reserven algunas cosas de los novicios que entran como recurso para poder distribuirlas en ocasiones semejantes". "Lejos de nosotros esa piedad, carísimo hermano -respondió el santo-, que, por favorecer a los hombres, actuemos impíamente contra la regla". "Y ¿qué hacer?", replicó el vicario. "Si no puedes atender de otro modo a los que vienen -le respondió-, quita los atavíos y las variadas galas a la Virgen. Créeme: la Virgen verá más a gusto observado el evangelio de su Hijo y despojado su altar, que adornado su altar y despreciado su Hijo. El Señor enviará quien restituya a la Madre lo que ella nos ha prestado"» (30). Estas palabras, que revelan una profunda confianza, muestran también con claridad meridiana la seriedad con que Francisco tomaba la imitación de la pobreza de María y la importancia que la pobreza tenía para él en el conjunto de la vida según el evangelio. Se ha de reconocer también que la piedad mariana de san Francisco no era un elemento extraño y aislado en su vida. Ella estaba fundida en una sólida unidad con el ideal de imitación exterior e interior de la vida de Cristo, a través sobre todo de su amor a la altísima pobreza. 2.-- María, protectora de la Orden Las reflexiones precedentes han demostrado que en toda su vida interior y exterior Francisco se sentía particularmente ligado a la Madre de Dios. El santo expresó esta vinculación en la forma propia del tiempo y según le nacía de su personalidad. San Buenaventura cuenta que en los primeros años después de su conversión, Francisco vivía a gusto en la Porciúncula, la iglesita de la Virgen Madre de Dios, y le pedía en sus fervorosas oraciones que fuera para él una «abogada» llena de misericordia (LM 3,1). Poniendo en ella toda su confianza, «la constituyó abogada suya y de todos sus hermanos» (LM 9,3). Tomás de Celano refiere lo mismo al hablar de los últimos años del santo: «Pero lo que más alegra es que la constituyó abogada de la orden y puso bajo sus alas, para que los nutriese y protegiese hasta el fin, los hijos que estaba a punto de abandonar» (2 Cel 198). En el lenguaje medieval la palabra «advocata» tenía el sentido de protectora. El protector representaba en el tribunal secular al monasterio a él confiado. Debía protegerlo y, en caso de necesidad, defenderlo de las violencias y usurpaciones exteriores. Sin embargo, con el tiempo hubo abusos e inconvenientes. Por eso los Cistercienses renunciaron sistemáticamente, no siempre con fortuna, a dichos protectores. Y eligieron a la Virgen como protectora de su orden. Es verdad que este título, aplicado a María (31), aparecía en la antífona que comienza «Salve, Regina misericordiae» (32) y que es anterior a este hecho. No obstante, parece que tiene su importancia recordar que los Cistercienses en su capítulo general de 1218 determinaron cantar diariamente esta antífona. San Francisco la conocía y la tenía en alta estima, como nos demuestra el relato de Celano al que todavía hemos de referirnos (3 Cel 106). Para Francisco y para los hermanos menores, que habían renunciado a toda propiedad terrena, este término podía tener desde luego sólo una significación espiritual. María debía representar a los hermanos menores ante el Señor; debía cuidar de los mismos y protegerlos en todas las circunstancias difíciles y problemas de su vida (33). Debía intervenir en su favor, cuando ellos no pudieran valerse. Francisco se dirige a la «gloriosa madre y beatísima Virgen María» para pedirle que junto con todos los ángeles y santos le ayuden a él y a todos los hermanos menores a dar gracias al sumo Dios verdadero, eterno y vivo, como a Él le agrada (1 R 23,6), por el beneficio de la redención y salvación; que ella, en la cumbre de toda la Iglesia triunfante, presente en lugar nuestro este agradecimiento a la eterna Trinidad. Después que a Dios, trino y único Señor, y antes que a todos los santos confiesa él «a la bienaventurada María, perpetua virgen» todos sus pecados, particularmente las faltas cometidas contra la vida según el evangelio tal como lo exige la regla, y en lo referente a la alabanza de Dios por no haber dicho el oficio, según manda la regla, por negligencia, o por enfermedad, o por ser ignorante e indocto (34). Por estas faltas contra Dios, lleno de confianza se dirige a su «abogada», para que interceda ella en su favor. Esta petición aparece también en la Paráfrasis del Padrenuestro, que, aunque con seguridad no es obra de san Francisco, sin embargo la ha rezado el santo muy a placer y con mucha frecuencia: «Y perdónanos nuestras deudas: por tu inefable misericordia, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y, por los méritos e intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus elegidos» (ParPN 7). Suplica insistentemente a ella, la criatura elegida y colmada de gracia con preferencia a toda otra, que interceda en su favor ante el «santísimo Hijo amado, Señor y maestro» (OfP Ant 2). La única vez que Francisco alude a Cristo como a «Señor y maestro» en el Oficio de la pasión, que recitaba a diario (OfP introducción), es en la antífona de dicho oficio; ciertamente la razón es que, en la oración que hace mediante este oficio, no busca él sino la imitación de Cristo, cuya fiel realización pide por intercesión de María, ya que la identificación que se dio entre María y Cristo era para Francisco la meta última de su vida evangélica. Estos pensamientos tomados de los escritos del santo coinciden en cuanto al contenido con lo que en rimas artísticas cantó el poeta de Francisco, Enrique de Avranches, pocos decenios después de la muerte del santo. Cuando los hermanos piden a Francisco que les enseñe a orar, él les responde: «Al estar todos envueltos en pecados, no puede vuestra oración elevarse al cielo por méritos vuestros. Tendrá ella que apoyarse en el patrocinio de los santos. Ante todo sea la bienaventurada Virgen la mediadora ante Cristo, y sea Cristo el mediador ante el Padre» (35). Sin duda ha quedado aquí formulado lo que Francisco intentó expresar en aquel lenguaje rudo que era con frecuencia el suyo. Este segundo aspecto de la piedad práctica de Francisco revela también que en toda su piedad hay una ordenación verdadera y viva: María, la «abogada», es para él la que maternalmente conduce a Cristo, el Dios-hombre, y Cristo es para él el mediador único en todas las cosas ante el Padre. ¿Puede haber una fórmula más exacta y precisa: María «mediatrix ad Christum» y Cristo «mediator ad Patrem»? 3.-- Vivencia de la piedad mariana Las biografías destacan con acentos particulares la predilección de Francisco por los lugares marianos, por las iglesias puestas bajo la protección de la Virgen. Tres de estas iglesitas las restauró personalmente. La más significativa e importante para la vida futura de Francisco y de su orden fue la ermita de Santa María de los Angeles, cerca de Asís, llamada Porciúncula. El santo no se cansaba de contárselo a sus hermanos: «Solía decir que por revelación de Dios sabía que la Virgen santísima amaba con especial amor aquella iglesia entre todas las construidas en su honor a lo ancho del mundo, y por eso el santo la amaba más que a todas» (2 Cel 19). Este relato resalta inequívocamente que Francisco se afanaba con infantil sencillez en amar todo lo que sabía que María amaba. Y este amor era particularmente premiado precisamente en la Porciúncula (36). Por eso, lleno de confianza llevó a sus doce primeros hermanos a esta iglesita, «con el fin de que allí donde, por los méritos de la madre de Dios, había tenido su origen la orden de los menores, recibiera también -con su auxilio- un renovado incremento» (37). Y aquí fijó su primera residencia, por su entrañable amor a la Madre bendita del Salvador (38). Y cuando se sintió morir, se hizo conducir allá, para morir «donde por mediación de la Virgen madre de Dios había concebido el espíritu de perfección y de gracia» (Lm 7,3). Por así decirlo, quiso pasar toda su vida en la casa de María, para encontrarse siempre cerca de su solicitud maternal. Y lo deseó también para sus seguidores. Por eso, ya moribundo, recomendó de modo especialísimo a sus hermanos este lugar santo: «Mirad, hijos míos, que nunca abandonéis este lugar. Si os expulsan por un lado, volved a entrar por el otro» (1 Cel 106; cf. LM 2,8). Sintiéndose muy íntimamente vinculado a la Madre de Dios y tan profundamente obligado con ella a lo largo de su vida, se mostraba particularmente agradecido: «Le tributaba peculiarmente alabanzas, le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos y tales como no puede expresar lengua humana» (2 Cel 198). Como lo demuestran las rúbricas para el Oficio de la pasión, diariamente rezaba especiales «salmos a santa María» (OfP introducción), muy probablemente el así llamado Officium parvum beatae Mariae Virginis, compuesto ya en el siglo XII y que con frecuencia se rezaba juntamente con las horas canónicas. Enseñaba a sus hermanos a decir también el Ave María, en la forma breve de la edad media, cuando rezaban el Pater noster. Debían meditar particularmente las alegrías de María, «para que Cristo les concediese un día las alegrías eternas» (39). Parece que entre todas las fiestas de la Virgen, Francisco tenía predilección por la de la Asunción. Acostumbraba prepararse a ella con un ayuno especial de cuarenta días (40). Puede que se deba a él el que los hermanos de la penitencia (los terciarios) estuvieran dispensados de la abstinencia este día, como ocurría en las fiestas más grandes, si coincidía con alguno de los días que según la regla fueran de abstinencia. En esta fiesta debía prevalecer la alegría por el honor concedido a María. Poseído por la más completa confianza en la Virgen, Francisco realizó obras maravillosas. Así, cierto día cogió unas migas de pan, las amasó con un poco de aceite tomado de la lámpara que «ardía junto al altar de la Virgen» y se lo mandó a un enfermo, que «por la fuerza de Cristo» curó perfectamente (LM 4,8). Se apareció también a una señora, aquejada por los dolores de un parto dificilísimo, y le dijo que rezara la «Salve, Regina misericordiae». Mientras la rezaba, dio felizmente a luz un niño (3 Cel 106). Aunque estos relatos pudieran ser dejados de lado por legendarios, demuestran cuando menos hasta qué punto los contemporáneos de Francisco apreciaban su confianza en María y con qué delicadeza la han asociado a su imagen. La piedad mariana de Francisco, acuñada en muchos detalles por la corriente de la tradición cristiana, pero nacida especialmente de la espiritualidad de este gran santo, fue recogida vitalmente por su orden, y transmitida a través de los siglos. Si un examen más amplio y una reflexión más profunda han aportado algunas novedades y han introducido algunas diferencias, con todo permanecen como columnas firmes aquellas verdades que Francisco transmitió con tanta convicción a los hermanos menores: María es la madre de Jesús, y, como tal, es el instrumento escogido por la Trinidad para su obra de salvación; María es la «Señora pobre», y, como tal, la protectora de la orden. Su culto en la historia es la actualización de una corta y admirable oración compuesta por Tomás de Celano: «¡Ea, abogada de los pobres!, cumple en nosotros tu misión de tutora hasta el día señalado por el Padre» (2 Cel 198). ¡¡EL SEÑOR TE DE SU PAZ!!

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San Antonio de Padua - Vida y oraciones
San Antonio de Padua - Vida y oraciones
InfoporAnónimo6/24/2010

Antonio de Padua Fiesta: 13 de junio Fraile franciscano, Doctor de la Iglesia (1195-1231) -Adaptado de la Vida de los Santos de Butler Etim: Antonio: "Defensor de la Verdad" BIOGRAFÍA San Antonio nació en Portugal, pero adquirió el apellido por el que lo conoce el mundo, de la ciudad italiana de Padua, donde murió y donde todavía se veneran sus reliquias. León XIII lo llamó "el santo de todo el mundo", porque su imagen y devoción se encuentran por todas partes. Llamado "Doctor Evangélico". Escribió sermones para todas las fiestas del año "El gran peligro del cristiano es predicar y no practicar, creer pero no vivir de acuerdo con lo que se cree" -San Antonio "Era poderoso en obras y en palabras. Su cuerpo habitaba esta tierra pero su alma vivía en el cielo" -un biógrafo de ese tiempo. Patrón de mujeres estériles, pobres, viajeros, albañiles, panaderos y papeleros. Se le invoca por los objetos perdidos y para pedir un buen esposo/a. Es verdaderamente extraordinaria su intercesión. -------------------------------------------------------------------------------- Vino al mundo en el año 1195 y se llamó Fernando de Bulloes y Taveira de Azevedo, nombre que cambió por el de Antonio al ingresar en la orden de Frailes Menores, por la devoción al gran patriarca de los monjes y patrones titulares de la capilla en que recibió el hábito franciscano. Sus padres, jóvenes miembros de la nobleza de Portugal, dejaron que los clérigos de la Catedral de Lisboa se encargaran de impartir los primeros conocimientos al niño, pero cuando éste llegó a la edad de quince años, fue puesto al cuidado de los canónigos regulares de San Agustín, que tenían su casa cerca de la ciudad. Dos años después, obtuvo permiso para ser trasladado al priorato de Coimbra, por entonces capital de Portugal, a fin de evitar las distracciones que le causaban las constantes visitas de sus amistades. No le faltaron las pruebas. En la juventud fue atacado duramente por las pasiones sensuales. Pero no se dejó vencer y con la ayuda de Dios las dominó. El se fortalecía visitando al Stmo. Sacramento. Además desde niño se había consagrado a la Stma. Virgen y a Ella encomendaba su pureza. Una vez en Coimbra, se dedicó por entero a la plegaria y el estudio; gracias a su extraordinaria memoria retentiva, llegó a adquirir, en poco tiempo, los más amplios conocimientos sobre la Biblia. En el año de 1220, el rey Don Pedro de Portugal regresó de una expedición a Marruecos y trajo consigo las reliquias de los santos frailes-franciscanos que, poco tiempo antes habían obtenido allá un glorioso martirio. Fernando que por entonces había pasado ocho años en Coimbra, se sintió profundamente conmovido a la vista de aquellas reliquias y nació en lo íntimo de su corazón el anhelo de dar la vida por Cristo. Poco después, algunos frailes franciscanos llegaron a hospedarse en el convento de la Santa Cruz, donde estaba Fernando; éste les abrió su corazón y fue tan empeñosa su insistencia, que a principio de 1221, se le admitió en la orden. Casi inmediatamente después, se le autorizó para embarcar hacia Marruecos a fin de predicar el Evangelio a los moros. Pero no bien llegó a aquellas tierras donde pensaba conquistar la gloria, cuando fue atacado por una grave enfermedad (hidropesía),que le dejó postrado e incapacitado durante varios meses y, a fin de cuentas, fue necesario devolverlo a Europa. La nave en que se embarcó, empujada por fuertes vientos, se desvió y fue a parar en Messina, la capital de Sicilia. Con grandes penalidades, viajó desde la isla a la ciudad de Asís donde, según le habían informado sus hermanos en Sicilia, iba a llevarse a cabo un capítulo general. Aquella fue la gran asamblea de 1221, el último de los capítulos que admitió la participación de todos los miembros de la orden; estuvo presidido por el hermano Elías como vicario general y San Francisco, sentado a sus pies, estaba presente. Indudablemente que aquella reunión impresionó hondamente al joven fraile portugués. Tras la clausura, los hermanos regresaron a los puestos que se les habían señalado, y Antonio fue a hacerse cargo de la solitaria ermita de San Paolo, cerca de Forli. Hasta ahora se discute el punto de si, por aquel entonces, Antonio era o no sacerdote; pero lo cierto es que nadie ha puesto en tela de juicio los extraordinarios dones intelectuales y espirituales del joven y enfermizo fraile que nunca hablaba de sí mismo. Cuando no se le veía entregado a la oración en la capilla o en la cueva donde vivía, estaba al servicio de los otros frailes, ocupado sobre todo en la limpieza de los platos y cacharros, después del almuerzo comunal. Mas no estaban destinadas a permanecer ocultas las claras luces de su intelecto. Sucedió que al celebrarse una ordenación en Forli, los candidatos franciscanos y dominicos se reunieron en el convento de los Frailes Menores de aquella ciudad. Seguramente a causa de algún malentendido, ninguno de los dominicos había acudido ya preparado a pronunciar la acostumbrada alocución durante la ceremonia y, como ninguno de los franciscanos se sentía capaz de llenar la brecha, se ordenó a San Antonio, ahí presente, que fuese a hablar y que dijese lo que el Espíritu Santo le inspirara. El joven obedeció sin chistar y, desde que abrió la boca hasta que terminó su improvisado discurso, todos los presentes le escucharon como arrobados, embargados por la emoción y por el asombro, a causa de la elocuencia, el fervor y la sabiduría de que hizo gala el orador. En cuanto el ministro provincial tuvo noticias sobre los talentos desplegados por el joven fraile portugués, lo mandó llamar a su solitaria ermita y lo envió a predicar a varias partes de la Romagna, una región que, por entonces, abarcaba toda la Lombardía. En un momento, Antonio pasó de la oscuridad a la luz de la fama y obtuvo, sobre todo, resonantes éxitos en la conversión de los herejes, que abundaban en el norte de Italia, y que, en muchos casos, eran hombres de cierta posición y educación, a los que se podía llegar con argumentos razonables y ejemplos tomados de las Sagradas Escrituras. En una ocasión, cuando los herejes de Rímini le impedían al pueblo acudir a sus sermones, San Antonio se fue a la orilla del mar y empezó a gritar: "Oigan la palabra de Dios, Uds. los pececillos del mar, ya que los pecadores de la tierra no la quieren escuchar". A su llamado acudieron miles y miles de peces que sacudían la cabeza en señal de aprobación. Aquel milagro se conoció y conmovió a la ciudad, por lo que los herejes tuvieron que ceder. A pesar de estar muy enfermo de hidropesía, San Antonio predicaba los 40 días de cuaresma. La gente presionaba para tocarlo y le arrancaban pedazos del hábito, hasta el punto que hacía falta designar un grupo de hombres para protegerlo después de los sermones. Además de la misión de predicador, se le dio el cargo de lector en teología entre sus hermanos. Aquella fue la primera vez que un miembro de la Orden Franciscana cumplía con aquella función. En una carta que, por lo general, se considera como perteneciente a San Francisco, se confirma este nombramiento con las siguientes palabras: "Al muy amado hermano Antonio, el hermano Francisco le saluda en Jesucristo. Me complace en extremo que seas tú el que lea la sagrada teología a los frailes, siempre que esos estudios no afecten al santo espíritu de plegaria y devoción que está de acuerdo con nuestra regla". Sin embargo, se advirtió cada vez con mayor claridad que, la verdadera misión del hermano Antonio estaba en el púlpito. Por cierto que poseía todas las cualidades del predicador: ciencia, elocuencia, un gran poder de persuasión, un ardiente celo por el bien de las almas y una voz sonora y bien timbrada que llegaba muy lejos. Por otra parte, se afirmaba que estaba dotado con el poder de obrar milagros y, a pesar de que era de corta estatura y con cierta inclinación a la corpulencia, poseía una personalidad extraordinariamente atractiva, casi magnética. A veces, bastaba su presencia para que los pecadores cayesen de rodillas a sus pies; parecía que de su persona irradiaba la santidad. A donde quiera que iba, las gentes le seguían en tropel para escucharle, y con eso había para que los criminales empedernidos, los indiferentes y los herejes, pidiesen confesión. Las gentes cerraban sus tiendas, oficinas y talleres para asistir a sus sermones; muchas veces sucedió que algunas mujeres salieron antes del alba o permanecieron toda la noche en la iglesia, para conseguir un lugar cerca del púlpito. Con frecuencia, las iglesias eran insuficiente para contener a los enormes auditorios y, para que nadie dejara de oírle, a menudo predicaba en las plazas públicas y en los mercados. Poco después de la muerte de San Francisco, el hermano Antonio fue llamado, probablemente con la intención de nombrarle ministro provincial de la Emilia o la Romagna. En relación con la actitud que asumió el santo en las disensiones que surgieron en el seno de la orden, los historiadores modernos no dan crédito a la leyenda de que fue Antonio quien encabezó el movimiento de oposición al hermano Elías y a cualquier desviación de la regla original; esos historiadores señalan que el propio puesto de lector en teología, creado para él, era ya una innovación. Más bien parece que, en aquella ocasión, el santo actuó como un enviado del capítulo general de 1226 ante el Papa, Gregorio IX, para exponerle las cuestiones que hubiesen surgido, a fin de que el Pontífice manifestara su decisión. En aquella oportunidad, Antonio obtuvo del Papa la autorización para dejar su puesto de lector y dedicarse exclusivamente a la predicación. El Pontífice tenía una elevada opinión sobre el hermano Antonio, a quien cierta vez llamó "el Arca de los Testamentos", por los extraordinarios conocimientos que tenía de las Sagradas Escrituras. Desde aquel momento, el lugar de residencia de San Antonio fue Padua, una ciudad donde anteriormente había trabajado, donde todos le amaban y veneraban y donde, en mayor grado que en cualquier otra parte, tuvo el privilegio de ver los abundantísimos frutos de su ministerio. Porque no solamente escuchaban sus sermones multitudes enormes, sino que éstos obtuvieron una muy amplia y general reforma de conducta. Las ancestrales disputas familiares se arreglaron definitivamente, los prisioneros quedaron en libertad y muchos de los que habían obtenido ganancias ilícitas las restituyeron, a veces en público, dejando títulos y dineros a los pies de San Antonio, para que éste los devolviera a sus legítimos dueños. Para beneficio de los pobres, denunció y combatió el muy ampliamente practicado vicio de la usura y luchó para que las autoridades aprobasen la ley que eximía de la pena de prisión a los deudores que se manifestasen dispuestos a desprenderse de sus posesiones para pagar a sus acreedores. Se dice que también se enfrentó abiertamente con el violento duque Eccelino para exigirle que dejase en libertad a ciertos ciudadanos de Verona que el duque había encarcelado. A pesar de que no consiguió realizar sus propósitos en favor de los presos, su actitud nos demuestra el respeto y la veneración de que gozaba, ya que se afirma que el duque le escuchó con paciencia y se le permitió partir, sin que nadie le molestara. Después de predicar una serie de sermones durante la primavera de 1231, la salud de San Antonio comenzó a ceder y se retiró a descansar, con otros dos frailes, a los bosques de Camposampiero. Bien pronto se dio cuenta de que sus días estaban contados y entonces pidió que le llevasen a Padua. No llegó vivo más que a los aledaños de la ciudad. El 13 de junio de 1231, en la habitación particular del capellán de las Clarisas Pobres de Arcella recibió los últimos sacramentos. Entonó un canto a la Stma. Virgen y sonriendo dijo: "Veo venir a Nuestro Señor" y murió. Era el 13 de junio de 1231. La gente recorría las calles diciendo: "¡Ha muerto un santo! ¡Ha muerto un santo!.Al morir tenía tan sólo treinta y cinco años de edad. Durante sus funerales se produjeron extraordinarias demostraciones de la honda veneración que se le tenía. Los paduanos han considerado siempre sus reliquias como el tesoro más preciado. San Antonio fue canonizado antes de que hubiese transcurrido un año de su muerte; en esa ocasión, el Papa Gregorio IX pronunció la antífona "O doctor optime" en su honor y, de esta manera, se anticipó en siete siglos a la fecha del año 1946, cuando el Papa Pío XII declaró a San Antonio "Doctor de la Iglesia". Se le llama el "Milagroso San Antonio" por ser interminable lista de favores y beneficios que ha obtenido del cielo para sus devotos, desde el momento de su muerte. Uno de los milagros mas famosos de su vida es el de la mula: Quiso uno retarle a San Antonio a que probase con un milagro que Jesús está en la Santa Hostia. El hombre dejó a su mula tres días sin comer, y luego cuando la trajo a la puerta del templo le presentó un bulto de pasto fresco y al otro lado a San Antonio con una Santa Hostia. La mula dejó el pasto y se fue ante la Santa Hostia y se arrodilló. Iconografía: Por regla general, a partir del siglo XVII, se ha representado a San Antonio con el Niño Jesús en los brazos; ello se debe a un suceso que tuvo mucha difusión y que ocurrió cuando San Antonio estaba de visita en la casa de un amigo. En un momento dado, éste se asomó por la ventana y vio al santo que contemplaba, arrobado, a un niño hermosísimo y resplandeciente que sostenía en sus brazos. En las representaciones anteriores al siglo XVII aparece San Antonio sin otro distintivo que un libro, símbolo de su sabiduría respecto a las Sagradas Escrituras. En ocasiones se le representó con un lirio en las manos y también junto a una mula que, según la leyenda, se arrodilló ante el Santísimo Sacramento que mostraba el santo; la actitud de la mula fue el motivo para que su dueño, un campesino escéptico, creyese en la presencia real. San Antonio es el patrón de los pobres y, ciertas limosnas especiales que se dan para obtener su intercesión, se llama "pan de San Antonio"; esta tradición comenzó a practicarse en 1890. No hay ninguna explicación satisfactoria sobre el motivo por el que se le invoca para encontrar los objetos perdidos, pero es muy posible que esa devoción esté relacionada con un suceso que se relata entre los milagros, en la "Chronica XXIV Generalium" (No. 21): un novicio huyó del convento y se llevó un valioso salterio que utilizaba San Antonio; el santo oró para que fuese recuperado su libro y, al instante, el novicio fugitivo se vio ante una aparición terrible y amenazante que lo obligó a regresar al convento y devolver el libro. En Padua hay una magnífica basílica donde se veneran sus restos mortales. BIBLIOGRAFÍA Butler, Vida de los Santos. Salesman, P. Eliécer, Vidas de los Santos. Sgarbossa, Mario y Luigi Giovannini - Un Santo Para Cada Día -------------------------------------------------------------------------------- Oraciones Novena a San Antonio Es famoso por sus milagros San Antonio obtenme de la Misericordia de Dios esta gracia que deseo (mencione el favor que pide). Como tú eres tan bondadoso con los pobres pecadores, no mires mi falta de virtud antes bien considera la Gloria de Dios que será una vez más ensalzada por ti al concederme la petición que yo ahora encarecidamente hago. Glorioso San Antonio de los milagros, padre de los pobres y consuelo de los afligidos, te pido ayuda. Has venido a mi auxilio con tan amable solicitud y me has aliviado tan generosamente que me siento agradecido de corazón. Acepta esta ofrenda de mi devoción y amor. Renuevo la seria promesa de vivir siempre amando a Dios y al prójimo. Continúa defendiéndome benignamente con tu protección y obtenme la gracia de poder un día entrar el Reino de los Cielos, donde cantaré enteramente las misericordias del Señor. Amen. -------------------------------------------------------------------------------- Oración de liberación de San Antonio de Padua Haciendo la señal de la cruz dirás con mucho fervor: He aquí la Cruz del Señor,+ Huid, potestades enemigas:+ El león Judà, descendiente de David,+ Ha vencido. Aleluya. Este exorcismo usado frecuentemente por San Antonio es muy eficaz contra las tentaciones del demonio, como lo prueban muchísimos ejemplos. Constituyen esas palabras el breve o carta de San Antonio que él mismo escribió y entregó a una devota suya para librarla de una fuerte y tenaz tentación. Oración A ti, Antonio, dechado de amor a Dios y a los hombres que tuviste la dicha de estrechar entre tus brazos al Niño-Dios, a ti lleno de confianza, recurro en la presente tribulación que me acongoja…………. Te pido también por mis hermanos más necesitados, por los que sufren, por los oprimidos, por los marginados, por los que hoy más necesiten de tu protección. Haz que nos amemos todos como hermanos, que en el mundo haya amor y no odios. Ayúdanos a vivir el mensaje cristiano. Tú, en presencia ya del Señor, no ceses de interceder por El, con El, y en El, a favor nuestro ante El Padre. Amén. -------------------------------------------------------------------------------- TRECE MARTES EN HONOR DEL GLORIOSO SAN ANTONIO DE PADUA. Os ruego bendito San Antonio, que me hagáis partícipe de las incontables misericordias que concedéis a cuantos os invocan con devoción y confianza. Martes 1.- Amoroso San Antonio, que despreciasteis las vanidades del mundo, haced que ame a Dios y me dedique a las cosas de su servicio. (Padre Nuestro y Avemaría). Martes 2.-Angélico San Antonio, lirio de incontable pureza, logradme del Señor que venza todas las tentaciones. (Padre Nuestro y Avemaría). Martes 3.- Bendito San Antonio, amigo de la penitencia, alcanzadme que con voluntarios sacrificios, satisfaga por mis faltas. (Padre Nuestro y Avemaría). Martes 4.- Admirable San Antonio, espejo de obediencia, obtenedme que sepa conformarme a la voluntad de Dios. (Padre Nuestro y Avemaría). Martes 5.- Serenísimo San Antonio, joya de pobreza, atended por amor de Jesús y de Maria a mí y a los necesitados.(Padre Nuestro y Avemaría). Martes 6.- Compasivo San Antonio, ejemplo de humildad, alcanzadme la firme sujeción a la iglesia y a todo superior. (Padre Nuestro y Avemaría). Martes 7.- Amable San Antonio, consolador de los afligidos, rogad por cuantos sufren para que se vean libres de sus males o se resignen en su desgracia. (Padre Nuestro y Avemaría). Martes 8.- Celoso San Antonio, defensor de la inocencia y castigador del vicio, alcanzadme que os sea agradable. (Padre Nuestro y Avemaría). Martes 9.- Amantísimo San Antonio, horno de ardiente caridad, alcanzadme vivas ansias de trabajar por la gloria del Señor. (Padre Nuestro y Avemaría). Martes 10.- Incomparable San Antonio, lumbrera que ilumina a los pecadores, obtenedme que jamás ofenda a Dios. (Padre Nuestro y Avemaría). Martes 11.- Inocente San Antonio, celador de la justicia, libradme de las asechanzas del demonio, y de todo mal. (Padre Nuestro y Avemaría). Martes 12.- Perfectísimo San Antonio, que hacèi hallar las cosas perdidas, obtenedme que lleve mi cruz y gane el cielo. (Padre Nuestro y Avemaría). Martes 13.- Santísimo y muy generosísimo San Antonio. Sembrador de milagros, pretejedme con vuestra intercesión en todo el curso de mi vida. (Padre Nuestro y Avemaría). Oración final para todos los martes. Caritativo protector de los que a vos acuden, ya que habéis recibido el don de hacer milagros, trabajad en el de mi conversión, alejad de mí y de todos los que me son queridos, las enfermedades, las adversidades, y las desgracias, y por la virtud de vuestras oraciones, atraed sobre mí y todos los míos las bendiciones del cielo. Amén. -------------------------------------------------------------------------------- Letanía de San Antonio (como devoción privada) Señor ten piedad. Cristo ten piedad. Señor ten piedad. Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos. Santa María, ruega por nosotros. San Francisco, San Antonio de Padua gloria de la orden de frailes menores, mártir en el deseo de morir por Cristo, Columna de la Iglesia, Digno sacerdote de Dios, Predicador apostólico, Maestro de la verdad, Vencedor de herejes, Terror de los demonios, Consuelo de los afligidos, Auxilio de los necesitados, Guía de los extraviados, Restaurador de las cosas perdidas, Intercesor escogido, Constante obrador de milagros, Sé propicio, perdónanos, Señor, Sé propicio, escúchanos, Señor, De todo mal, líbranos, Señor, De todo pecado, De todo peligro de alma y cuerpo, De los lazos del demonio, De la peste, hambre y guerra, De la muerte eterna, Por los méritos de San Antonio, Por su celo en la conversión de los pecadores, Por su deseo de la corona del martirio, Por sus fatigas y trabajos, Por su predicación y doctrina, Por sus lagrimas de penitencia, Por su paciencia y humildad, Por su gloriosa muerte, Por sus numerosos prodigios, En el día del juicio, Nosotros pecadores, te rogamos, óyenos, Que nos guíes por caminos de verdadera penitencia, Que nos concedas paciencia en los sufrimientos, Que nos asistas en las necesidades, Que oigas nuestras oraciones y peticiones, Que enciendas en nosotros el fuego de tu amor, Que nos concedas la protección y la intercesión de San Antonio, Hijo de Dios, Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor. Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos, Señor Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos. V. Ruega por nosotros oh bienaventurado San Antonio, R. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo. Oremos: Dios Todopoderoso y eterno, Glorificaste a tu fiel confesor Antonio con el don constante de hacer milagros. Concédenos que cuanto pedimos confiadamente por sus méritos estemos ciertos de recibirlo por su intercesión. Te lo pedimos en nombre de Jesús, el Señor.R. Amen. ---------------------------------------------------------------------------- FUENTE: w w w . corazones . o r g También podés visitar la web de San Antonio de Padua, donde podrás dejar tus oraciones y pedidos sobre la mismisima Tumba donde yacen los restos de este gran santo Popular. http://www.carosantantonio.it/spa/home.asp Paz y Bien!!

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Vida de San Francisco Solano Misionero de Cristo
Vida de San Francisco Solano Misionero de Cristo
InfoporAnónimo8/3/2010

Misionero franciscano del siglo XVI, es considerado apóstol de América, tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó a su paso. Su labor evangelizadora alcanzó gran parte del Perú, y también de Bolivia, Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay. En Argentina, dejó una profunda huella misionera en la región del noroeste. BIOGRAFIA Nació el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla (Córdoba de Andalucía). Su padre fue alcalde de Montilla y su abuelo un importante médico de la ciudad, en la que Francisco cursó sus estudios, demostrando desde pequeño una especial habilidad para imponer paz entre los contendientes. Se dice que bastaba que corriera hasta donde había pelea para que la misma finalizara. Cuando el niño estuvo en edad escolar, su padre lo entregó a los jesuitas. Con ellos aprendió las primeras letras y sintió despertar su vocación. Francisco inició estudios de Medicina pero al poco tiempo, desencantado, ingresó en el convento franciscano de San Lorenzo, próximo a la Huerta del Adalid, en las afueras de Montilla. Eligió el convento de San Lorenzo , porque le atraían mucho la pobreza y la vida sacrificada de los religiosos devotos del santo de Asís. El 25 de abril de 1570 hizo profesión de fraile. Fue destinado al convento de Nuestra Señora de Loreto, en el Aljarafe, donde estudió Filosofía y Teología hasta 1576, cuando se ordenó. Por su afición a la música, que cultivó durante toda su vida, lo nombran vicario de coro y predicador. Pasa por diversos conventos de Andalucía, y en todos deja ejemplos edificantes de su fervorosa caridad. Maestro de novicios en San Francisco del Monte y Azurrafa, partiendo luego a predicar por tierras de Andalucía. Al estallar la fiebre tifoidea, se dedicó junto a Fray Buenaventura a socorrer a los enfermos con tanto fervor, que despertó la admiración de cuantos le conocieron. A los 40 años (1589) solicita pasar a América, para emular los ejemplos de apostolado que había oído contar de sus hermanos de hábito. Primero pidió a sus superiores ir a Berberia (Africa) "a padecer martirio", pero como su solicitud no fue aceptada, "determinó de buscar las partes más remotas de Indias para conseguir sus intentos". En febrero de 1589 partió de San Lucar de Barrameda, en una gran expedición compuesta por 36 embarcaciones a bordo de las cuales viajaban 300 efectivos de infantería y 70 misioneros. Durante su largo y accidentado viaje a América, en el que iba también el virrey de Lima don García Hurtado de Mendoza, Francisco aprovecha para predicar a la tripulación Como era habitual en aquel tiempo, pasó Solano por el istmo de Panamá al Pacífico a través de la selva, en una penosa travesía por tierra, embarcando nuevamente hacia el Perú. Y fue en pleno océano que lo sorprendió una terrible tormenta, zozobrando su nave a la altura de la isla Gorgona, frente a Colombia y Ecuador. En medio del pánico general Solano subió a cubierta, crucifijo en mano, para infundir ánimo a los aterrorizados pasajeros, muchos de ellos esclavos negros que viajaban encadenados. El barco encalló y Francisco, despojado de sus ropas, debió nadar un buen trecho hasta la costa. Las olas se encargaron de hacer llegara la isla su hábito y su cordón. En aquel lugar pasaron muchas penalidades y la salud de Francisco comenzó a resentirse. Llovía casi permanentemente y había muchas tormentas. Pero el hambre fue el peor de los flagelos, obligando a los sobrevivientes a vivir de cangrejos, peces y culebras. Gran asombro causó a todos que los cangrejos acudiesen a la choza del santo, como obedeciendo algún llamado. Del naufragio rescataron los marinos un cuadro de la Virgen, construyendo para ella una pequeña capilla en la que Solano predicó en Navidad prometiendo que pronto llegaría el socorro esperado. Y así ocurrió. Un día llegó un barco que recogió a los sobrevivientes y los condujo al puerto peruano de Payta Pero como su destino era Tucumán, emprende desde ahí el larguísimo viaje de más de 3.000 kilómetros, siempre a pie, en compañía de ocho franciscanos más. Había que atravesar los Andes por el valle de Jauja, Ayacucho, y llegar hasta el Cuzco; cruzar la meseta del Collao, la actual Bolivia por Potosí y entrar en los confines del norte argentino; de nuevo bajar hasta Salta y finalmente hasta las llanuras del Tucumán. Aquí permanece hasta mediados de 1595, como misionero y custodio de los conventos franciscanos del Tucumán y del Paraguay. Su acción misionera en estas regiones es para llenar muchas páginas y las conversiones se cuentan por millares; sus habitantes aún lo recuerdan con veneración. Cuando fray Francisco llegó al Tucumán procedente de Lima en 1590, sólo cinco pequeñas ciudades poblaban ese vastísimo territorio de setecientos mil kilómetros cuadrados: Santiago del Estero, Córdoba de la Nueva Andalucía, San Miguel del Tucumán, Nuestra Señora de Talavera del Esteco, y Lerma en el valle de Salta. Poco tiempo después, el 20 de mayo de 1591, se fundaría "Todos los Santos de la Nueva Rioja" donde haría muchos prodigios. La provincia del Tucumán contaba con algo más de quinientos hombres españoles (unos mil quinientos con mujeres y niños) en todas esas escasas “ciudades” (como se las llamaba enfáticamente, siendo en realidad unos míseros villorrios de chozas) y unos veinte mil indios sometidos y repartidos en encomiendas. Solano también misionó por el Chaco paraguayo (en tiempos del gobierno de Hernandarias, el primer caudillo criollo), por Uruguay, el Río de la Plata y Santa Fe, siempre a pie, convirtiendo por igual innumerables indígenas y también colonos españoles, milagro grande, ¡incluso encomenderos!. Por su parte, las ciudades de la cuenca del Plata sumaban unos dos mil españoles y menos de cuatro mil indios. El fraile había sido destinado como "doctrinero" en las encomiendas riojanas de Socotonio y Magdalena, y fue allí donde comenzaron a verificarse hechos sobrenaturales. Los nativos del lugar hablaban dialectos y lenguas que resultaban incomprensibles para los españoles y dificultaba el proceso de evangelización (sólo en el Tucumán se hablaban más de 20 lenguas), pero ello no fue problema para el franciscano, quien "las supo, aprendió y entendió en tan breve tiempo y tan elegantemente que los indios lo tomaron por hechicero, pues en sus propios vocablos los contradecía". En la mayoría de los lugares donde estuvo cuentan de él hechos portentosos, como sacar con su bastón agua de donde no la había, amansar a un toro bravo que terminó por arrodillarse y lamerle las manos, echar de un trigal a una plaga de langostas, cruzar sobre su manto el caudaloso río Hondo, ensanchar una viga que no era lo suficientemente larga, resucitar a un niño indio, tener la ropa seca después de un fuerte aguacero o predicar al mismo tiempo a miembros de distintas tribus usando un lenguaje que todos entendían. Recién llegado a La Rioja fue invitado a comer a la casa de un acaudalado encomendero. Mientras pronunciaba una oración de agradecimiento por la comida, tomó un pan y lo partió con sus manos, y ante su propia sorpresa manaron gotas de sangre. El fraile se levantó, y antes de retirarse dijo: "Nunca me sentaré a la mesa de un hombre cuya riqueza fue amasada con la sangre de los humildes". Ante lo ocurrido, el hacendado repartió sus posesiones entre la gente del lugar y dedicó el resto de sus días a realizar penitencia. Fray Francisco Solano llevaba siempre consigo un rabel, primitivo instrumento musical semejante a un violín, compuesto por un arco con una cuerda tensada que se ejecutaba con un palito. No hay referencias a sus dotes musicales, pero se sabe que lo utilizaba para acompañar sus cánticos religiosos que, según los cronistas de la época, amansaban milagrosa y eficazmente a todos los seres, hombres y animales. El Jueves Santo del año 1593 la ciudad de La Rioja se vio invadida por "cuarenta y cinco caciques con su gente". Eran los temibles diaguitas, y los vecinos se prepararon para la defensa, ya que el ataque parecía inevitable. Fue entonces cuando hizo su aparición Francisco tocando su rabel y entonando salmos como si nada grave sucediese. Terminado su canto "hizo a los indios un sermón" del que un compañero cura testificó "no saber en qué lengua era porque todos le entendían, así españoles como indios". Luego, ante los azorados nativos, comenzó a flagelarse con saña mientras gritaba que en "noche como aquella de Jueves Santo habían azotado y muerto a Nuestro Señor por nuestros pecados". El efecto fue mágico pues aquellos indios feroces, de ser cierto lo atestiguado, "pidiendo en masa el Santo Bautismo y con muchas lágrimas se desnudaron las camisetas y unos con guascas y otros con lo que hallaban se iban azotando todos". En 1595 los superiores de su Orden lo llaman a Perú para hacerse cargo de la Recolección franciscana (Convento de los Descalzos), que acababa de fundarse a las afueras de Lima. Como siempre, se resistió todo lo que pudo antes de aceptar cualquier cargo de responsabilidad, exagerando de manera deliberada su propia incapacidad para gobernar, pero finalmente tuvo que acatar la autoridad de sus superiores. Su obsesión por la pobreza era tal que no quería que se blanqueara o enladrillara la casa, ni que se pulieran las puertas y ventanas. En su celda, tan sólo tenía un camastro, una colcha, una cruz, una silla y mesa, un candil y la Biblia junto con algunos otros libros. Era el primero en todo, y jamás ordenó una cosa que no hiciera él antes. Sus consejos eran prudentes, y cuando tenía que reprender a alguno de los demás frailes, lo hacía con gran celo y caridad. Sus excesivas penitencias y su espíritu de oración no le impedían ser alegre con los demás. Solano era también el santo de la alegría. En diciembre de 1604 abandona su retiro y sale por las calles y plazas exhortando a todos a hacer penitencia, amenazando a los reacios con los castigos de Dios. El efecto de este sermón fue enorme; la ciudad se conmovió, y hubo de ser advertido que en adelante no saliera así. Lo cierto es que, pocos años después de muerto, se recordaba aquel sermón y aquella amenaza profética en ocasión del terrible sismo que mató a más de la mitad de la población de Lima. Se cuenta que estando en Trujillo había tenido la profética visión del terrible terremoto que sacudiría a la ciudad 15 años después (1619), vaticinando que la gran iglesia se hundiría pero que quedaría intacto el púlpito y debajo de éste una anciana mujer ilesa, tal como aconteció. De regreso en Lima, enfermó gravemente (1605), quedando postrado en un hospital. En 1609 un sismo sacudió la ciudad tan violentamente que el agua se derramó de las fuentes y las campanas de los templos tocaron solas. Las iglesias se llenaron de gente y entonces Francisco salió a predicar, pese a que casi no podíatenerse en pie. Y siguiendo su costumbre, dio grandes voces invitando al arrepentimiento y la conversión. Su vida penitente, sus trabajos y privaciones de veinte años en Sudamérica, le fueron restando fuerzas y por ello se le trasladó a la enfermería del convento de San Francisco de Lima donde, tras breve enfermedad, muere el 14 de julio de 1610, día en que el Santoral lo recuerda. Ese día, centenares de pájaros se posaron en su ventana y las campanas de Nuestra Señora de Loreto tocaron solas. Desde lejos las gentes vieron una rara iluminación en esa habitación durante toda la noche. Su entierro fue apoteósico, asistiendo toda la ciudad, desde el virrey y el arzobispo hasta los más humildes, todos con la misma idea de haber asistido al entierro de un santo. Tras un magnífico funeral, al que asistieron mas de 5000 personas, su cuerpo fue depositado en la catedral de Lima donde descansa junto a Santo Toribio Mogrovejo. El convento franciscano de La Rioja conserva la celda que ocupó en 1592, junto al naranjo que ese mismo año plantó. Tan sólo 15 días después de su muerte, se abrió su proceso de canonización. Las gestiones comenzaron en Lima, donde hubo 500 testigos, y después continuaron en otras ciudades del Perú, en el Tucumán y en España. Estas investigaciones las dieron por resultado que el Papa Clemente X lo beatificara en 1675 y Benedicto XIII lo proclamase santo en 1726. Francisco Solano es patrono de los terremotos, de la Unión de Misioneros Franciscanos y del folklore argentino. También es patrono de Montilla y de numerosas ciudades americanas como Lima, La Habana, Panamá, Cartagena de Indias, La Plata, Ayacucho y Santiago de Chile, entre otras. El día de su muerte, figura en los almanaques de Argentina como “Día del Misionero”. Se lo ha llamado "el taumaturgo del nuevo mundo", por la cantidad de prodigios y milagros que obtuvo en la región. En su tiempo vivieron en Lima, además de santo Toribio de Mogrovejo, santa Rosa, san Martín de Porres y san Juan Macías. HECHOS MILAGROSOS En la mayoría de los lugares donde estuvo cuentan de él hechos portentosos, como sacar con su bastón agua de donde no la había, amansar a un toro bravo que terminó por arrodillarse y lamerle las manos, echar de un trigal a una plaga de langostas, cruzar sobre su manto el caudaloso río Hondo, ensanchar una viga que no era lo suficientemente larga, resucitar a un niño indio, tener la ropa seca después de un fuerte aguacero o predicar al mismo tiempo a miembros de distintas tribus usando un lenguaje que todos entendían. Recién llegado a La Rioja fue invitado a comer a la casa de un acaudalado encomendero. Mientras pronunciaba una oración de agradecimiento por la comida, tomó un pan y lo partió con sus manos, y ante su propia sorpresa manaron gotas de sangre. El fraile se levantó, y antes de retirarse dijo: "Nunca me sentaré a la mesa de un hombre cuya riqueza fue amasada con la sangre de los humildes". Ante lo ocurrido, el hacendado repartió sus posesiones entre la gente del lugar y dedicó el resto de sus días a realizar penitencia. Ocurrió que un Jueves Santo, mientras predicaba en La Rioja, corrió la voz de que una horda de 9000 indígenas se disponía atacar la ciudad. Y mientras todo el mundo corría en pos de armas y tomaba posiciones para la defensa, San Francisco salió con su crucifijo en la mano y colocándose frente a los bárbaros les habló de manera clara y firme, como cuando predicaba. Y así fue que aquellos desistieron y aceptaron el bautismo. En señal de agradecimiento, San Francisco entronizó al Niño Dios como Alcalde de La Rioja, dando origen a la célebre fiesta del Tinkunaco. El capitán Cristóbal Barba de Alvarado da testimonio de que, viajando en funciones de teniente del Gobernador, con el padre Solano y una importante comitiva de españoles e indios, vinieron a encontrarse en peligro grave por la sed. El fraile le dijo: «Señor capitán, caven aquí. Al punto lo puso por obra el capitán. Cavó en la parte y lugar que el padre Francisco le había señalado. Y salió un golpe de agua con la cual bebieron todos los que se hallaron presentes, y las cabalgaduras y animales que traían». Y no fue la única vez que hizo esto. En otra ocasión, supo que los indios querían mudarse del lugar, por falta de agua en la región. Eso pondría fin al apostolado que el Santo estaba haciendo con ellos, pues se dispersarían. Francisco los llamó y les dijo que no había motivo para mudarse, porque allí cerca había una fuente. Fue con los indios incrédulos hasta una área árida, y designando un lugar con su bastón, mandó que cavasen. Brotó una fuente tan abundante, que con el tiempo fue posible, con su agua, mover simultáneamente dos molinos. El padre Solano también mostró siempre una especial amistad con los pajarillos de Dios. El cronista fray Juan de Vergara, compañero suyo, cuenta de él que «todos los días, en aquella doctrina [de Esteco] donde estaba, después de comer, se iba a un montecillo que allí cerca estaba, desmigajando un pedazo de pan, que era el ordinario sustento que les llevaba. Llegábanse tantas aves sobre el siervo de Dios, que era cosa maravillosa. Y estaban sobre su cabeza, hombros y manos hasta tanto que les echaba su bendición. Y entonces se iban». Otro compañero del Santo, fray Alonso Díaz, refiere que, yendo con él de camino, hallaron una paloma herida por algún zorro: «El padre Solano, habiéndola visto así maltratada y herida, con sus propias manos la curó, juntándole los pellejos que tenía desgarrados, los untó con un poco de sebo, y le echó la bendición». Más tarde, ya llegados a su destino, fray Alonso «vio muchas veces que la paloma se le asentaba en el hombro al padre Solano; y le daba de comer en la mano, y se volvía a su palomar. Y conoció que era la propia paloma que el padre Solano había curado en el camino». Otro día, en San Miguel de Tucumán, un embravecido toro abandonó la arena y se abalanzó por las calles. Los pobladores desesperados llamaron al misionero y éste, enfrentando a la bestia alzó un brazo y la apaciguó hablándole con voz suave pero firme, reprendiéndolo por su maldad. El toro bajó la cabeza, se le acercó y le lamió las manos mientras se dejaba conducir de regreso al corral. Debido a este hecho, San Francisco Solano fue declarado patrono de los toreros. Después de muerto, San Francisco regresó al mundo (1692) para advertir a los pobladores de Esteco que, de persistir en el pecado, su ciudad sería destruida, tal como ocurrió. _______________________________________________________________ San Francisco Solano (1549-1610) Apóstol de Perú y de Argentina por Julián Heras, o.f.m. . Gran apóstol de América del Sur y especialmente de Perú, en cuya capital, Lima, está enterrado, San Francisco Solano nos trae el ejemplo de tantos misioneros franciscanos y de otras congregaciones, que entregaron su vida por entero a la evangelización del Nuevo Mundo. Acabada la conquista del gran imperio incaico, que se extendía desde el sur de Colombia hasta el norte de Chile y el noroeste de Argentina, los misioneros de las distintas Ordenes religiosas iniciaron la evangelización de estos extensos territorios. En Perú el trabajo fue comenzado en 1531 por dominicos y franciscanos; más tarde llegan los agustinos, mercedarios y jesuitas, sin olvidar al clero secular que también participó en este apostolado. Desde Perú se extendió el cristianismo por todos los territorios vecinos, como Chile, Bolivia y Tucumán. En tierras del Plata la cristianización floreció cuando en 1547 se estableció por el Chaco el enlace con Perú. A fines del siglo XVI se incluyeron también en el trabajo misional Paraguay y Uruguay. Al crecimiento exterior de la Iglesia correspondió el interior. Se celebraron los primeros concilios provinciales y se dieron las primeras normas pastorales para la catequesis indígena. Con ese fin se instituyeron las llamadas "doctrinas" o parroquias de indios. Se publican los primeros catecismos y el mismo Concilio Limense de 1567 hizo obligatorio para los misioneros el aprendizaje de las lenguas indígenas. Los obispos más celosos, como santo Toribio de Mogrovejo, se dieron a recorrer en visitas pastorales, que duraban años, sus inmensas diócesis. En esta primera hora de la evangelización, estuvo en primera línea la Orden franciscana; entre los muchos nombres de esta Orden que habría que rescatar del olvido, la figura de san Francisco Solano puede representar a todos ellos, ya que trabajó en casi todos los territorios arriba mencionados. Perfil biográfico Verdadero apóstol de América, tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó a su paso, san Francisco Solano no sólo recorrió gran parte de Perú de entonces, sino también otros cinco países de América del Sur. Nació el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla (Córdoba). Sus padres eran acomodados y, cuando el niño estuvo en edad escolar, lo entregaron a los jesuitas. Allí aprendió las primeras letras y sintió despertarse su vocación. A los veinte años decide vestir el hábito franciscano y acude al convento de San Lorenzo de su pueblo natal. Hizo su profesión el 25 de abril de 1570. Unos dos años más tarde deja Montilla y se traslada al convento de Nuestra Señora de Loreto, cerca de Sevilla. Acabados sus estudios eclesiásticos, es ordenado sacerdote en 1576. Por su afición a la música, que cultivó toda su vida, lo nombran vicario de coro y predicador. Pasa por diversos conventos de Andalucía, y en todos deja ejemplos edificantes de su fervorosa caridad. Llega el año 1589 y solicita pasar a América, para emular los ejemplos de apostolado que había oído contar de sus hermanos de hábito. Durante su largo y accidentado viaje a América, en el que iba también el virrey de Perú, don García Hurtado de Mendoza, Francisco Solano aprovecha para predicar a la tripulación; pasa por las ciudades de Cartagena, Portobelo y Panamá. Llega a Lima en 1590, atravesando los ardientes arenales de la costa norte de Perú. Era entonces arzobispo de Lima santo Toribio de Mogrovejo. Como su destino era Tucumán, emprende este larguísimo viaje en compañía de ocho franciscanos más. Había que atravesar los Andes por el valle de Jauja, Ayacucho y llegar hasta el Cuzco; cruzar la meseta del Collao, la actual Bolivia por Potosí y entrar en los confines del norte argentino; de nuevo bajar hasta Salta y finalmente hasta las llanuras del Tucumán. Aquí permanece hasta mediados de 1595, como misionero y custodio de los conventos franciscanos del Tucumán y del Paraguay. Su acción misionera en estas regiones es para llenar muchas páginas y las conversiones se cuentan por millares; sus habitantes aún lo recuerdan con veneración. En 1595 los superiores de Lima, de quienes dependía, lo llaman a Perú para hacerse cargo de la Recolección franciscana (Convento de los Descalzos), que acababa de fundarse a las afueras de la ciudad de Lima. Sólo por obediencia acepta el cargo, dedicándose de lleno a la oración y a la penitencia, de modo que sus claustros quedan impregnados de sus excelsas virtudes. Pocos años después, el comisario, padre Juan Venido, lo envía a la ciudad de Trujillo (1602) en calidad de Guardián. Pero en 1604 vuelve de nuevo a la Recolección de Lima; ese mismo año, en diciembre, abandona su retiro y sale por las calles y plazas exhortando a todos a hacer penitencia, amenazando a los reacios con los castigos de Dios. El efecto de este sermón fue enorme; la ciudad se conmovió, pero hubo de ser advertido que en adelante no saliera así. Su vida penitente, sus trabajos y privaciones le fueron restando fuerzas y por ello se le traslada a la enfermería del convento de San Francisco de Lima, donde tras breve enfermedad, muere el 14 de julio de 1610. Su entierro fue apoteósico, asistiendo toda la ciudad, desde el virrey y el arzobispo hasta los más humildes, todos con la misma idea de haber asistido al entierro de un santo. El mismo año de su muerte comenzaron las informaciones sobre su vida y virtudes, las cuales dieron por resultado que el Papa Clemente X lo beatificara en 1675 y Benedicto XIII lo proclamase santo en 1726. En su tiempo vivieron, en Lima, además de santo Toribio de Mogrovejo, santa Rosa, san Martín de Porres y san Juan Macías. Significado para nuestro tiempo Al repasar la vida de este santo y la de otros misioneros de su tiempo, deberíamos pensar qué espíritu los guiaba en sus afanes apostólicos. La respuesta no puede ser otra que la de extender el Reino de Cristo en la Tierra. Su ejemplo nos incita a nosotros, cristianos del siglo XX, a proseguir con el mismo empeño aquella tarea misional comenzada por ellos y no acabada aún en nuestros días. Ese será el mejor homenaje que les podemos tributar en la celebración del V Centenario de la Evangelización de América. Heras, Julián, O.F.M., San Francisco Solano. Apóstol de Perú y de Argentina, en R. Ballán, Misioneros de la primera hora. Grandes evangelizadores del Nuevo Mundo. Lima 1991, pp. 145-148. _____________________________________________________________________ 14 de julio San Francisco Solano (1549-1610) por Rubén Vargas Ugarte, s.j. . De los tres santos canonizados que con su presencia santificaron estas tierras de América, San Luis Beltrán, San Pedro Claver y San Francisco Solano, este último es el que con más razón merece el título de apóstol de este Nuevo Mundo, tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó de su paso. San Luis Beltrán no hizo sino abordar a las costas insalubres y deshabitadas de Santa Marta, evangelizó a las tribus errantes de los bordes del Magdalena y a los pocos años volvióse a España. San Pedro Claver se encerró dentro de los muros de Cartagena y allí vivió hasta su muerte, hecho esclavo de los esclavos. Solano, en cambio, recorrió gran parte del Perú de entonces y ha dejado recuerdos de su tránsito en cinco repúblicas de este continente. Había nacido el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla, en la Andalucía, del matrimonio de Mateo Sánchez Solano y Ana Jiménez Hidalga. Sus padres eran acomodados y cuando el niño estuvo en edad de estudiar lo entregaron a los jesuitas, que tenían entonces un colegio en el lugar. Allí aprendió las letras humanas y allí también sintió despertarse su vocación. A los veinte años, en plena adolescencia, decide vestir el sayal franciscano y acude al convento de San Lorenzo, en las afueras, donde el guardián, fray Francisco de Angulo, le abre las puertas de aquel cenobio, en donde va a poner los fundamentos de su futura santidad. Dios, en efecto, le había escogido para santo. Por entonces los franciscanos habían sentido renovarse su fervor y anhelaban imitar más de cerca a Jesucristo, siguiendo las huellas del Pobrecillo de Asís. Solano, desde los primeros días de su vida religiosa, sintió en su corazón arder esta llama, se determinó a abrazarse estrechamente con Cristo, siguiendo desnudo al desnudo Jesús. Hizo su profesión el 25 de abril de 1570 y verdaderamente renunció a todo para vivir unido a su modelo. Unos años más tarde dejaba Montilla y se trasladaba al convento de Nuestra Señora de Loreto, en las proximidades de Sevilla, donde alternó el estudio de las ciencias sagradas con la oración y la penitencia. Escogió para vivienda la celda más pequeña e incómoda del convento, bien próxima al coro, en donde pasaba buena parte de su tiempo. Allí recibió la unción sacerdotal y un 4 de octubre cantó su primera misa en la capilla de la Virgen, hallándose presente su padre, que muy poco después dejaba este mundo. Como tenía buena voz y era muy aficionado a la música, arte que podemos decir cultivó toda su vida, le nombraron vicario de coro y predicador. La muerte de su progenitor y la ceguera de que adoleció su madre le obligaron a volver a Montilla, pero transformado en otro hombre. De su breve estancia en su ciudad natal quedó indeleble recuerdo. Aquel joven franciscano, «no hermoso de rostro, moreno y enjuto», como nos lo describe uno de sus contemporáneos, se atrajo las miradas de todos por el espíritu con que hablaba y la santidad que emanaba de todo su ser. Aún se cuenta que hizo varias curaciones, pero el más evidente indicio de su ascendiente sobrenatural nos lo da el hecho de haber pedido la marquesa de Priego, la señora del lugar, un hábito de fray Francisco para que le sirviese de mortaja. Tan sólidas eran ya sus virtudes que los superiores de la Orden le enviaron a Arrizafa, en las cercanías de Córdoba, a fin de que en esa recolección ejerciese el cargo de maestro de novicios. Nadie mejor que él para servir de guía a quienes aspiraban a realizar íntegramente el ideal del fraile menor. Tres años vivió en este convento y en 1581 pasa a San Francisco del Monte, monasterio escondido entre los breñales de la Sierra Morena. En aquella soledad su espíritu se expande y se une más estrechamente a Dios. No olvida, sin embargo, a sus hermanos, y, cuando la peste diezma a los vecinos de Montoro, acude solícito a ayudar a los enfermos a bien morir y a curar a los atacados del mal. Le acompaña un buen hermano lego, fray Buenaventura, que al fin sucumbe también a los rigores de la peste, y Solano continúa asistiendo a sus hermanos dolientes en la iglesia de San Sebastián, transformada en hospital, donde aún se conserva un cuadro que recuerda su caridad. Se le nombra guardián del convento y a los tres años se le envía al convento de San Luis de la Zubia, en la vega de Granada. Aquí termina su labor en España, porque en 1588 solicita pasar a América en compañía del padre comisario, fray Baltasar Navarro, que ha venido en busca de misioneros. Ciérrase entonces la primera etapa de su vida; la segunda le verá en las apartadas regiones del Tucumán, convertido en misionero de indios, hasta el año 1602, en que se le ordena volver al Perú, donde estaba la estricta observancia de los recoletos y donde fallece en 1610. Estas tres etapas en que podemos dividir su vida son bien marcadas y cada una de ellas tiene su carácter peculiar. En España ha alternado el estudio de la perfección religiosa con el de las ciencias y los cargos de gobierno con el ministerio apostólico, pero esto último lo hace sólo a intervalos y no de una manera metódica y continua. Es la etapa de preparación y en la cual se macizan sus virtudes. Cuando tome la carabela que le ha de conducir a Tierra Firme ya Solano es un santo, es el varón de Dios, que lo pisotea todo para unirse a su Señor. * * * El 3 de marzo de 1589 pasaba la barra de Sanlúcar la flota que conducía al nuevo virrey del Perú, don García Hurtado de Mendoza. En una de las naves, oculto a las miradas de todos, viajaba nuestro héroe, acompañado por un regular grupo de hermanos suyos que pasaban a América a conquistar para Cristo muchas almas. Con viento favorable llegaban a Cartagena el 7 de mayo y, tras unos días de espera en aquel puerto, pasaban a Portobelo y de aquí a Panamá, adonde debió de llegar Solano a fines del mes de junio de 1589. La falta de embarcaciones le obligó a permanecer en aquel mortífero clima, donde perdieron la vida dos de los franciscanos que venían en su compañía. Después de cuatro meses lograron hallar una nave que los condujese al Perú, pero tan descuadernada que unos cuantos golpes de mar, como luego veremos, bastaron para dar al través con ella. Solano, en compañía del padre fray Diego de Pineda y de fray Francisco de Torres, tomó pasaje a su bordo, y la embarcación levó anclas en el puerto de Perico y se dio a la vela para el Callao. La navegación desde Panamá hasta aquel puerto se hacía difícil, así por tener que vencer la corriente marina que baña aquellas costas como por la falta de viento, sobre todo en esta época del año. Así sucedió entonces, y en la vecindad de la isla de la Gorgona, frente a las costas de la actual Colombia, aquella frágil nave vino a zozobrar. En un batel lograron llegar a tierra algunos de los pasajeros y tripulantes, pero Solano permaneció sereno en los restos flotantes de la nave, alentando a los náufragos y auxiliándolos en aquel caso extremo. Cuando el batel volvió en su busca fue el último en acogerse a él, y lo hizo lanzándose al mar, después de arrollar el hábito a la cintura. Una vez en la playa, y cubierto tan sólo con la túnica, fue en busca del hábito que había perdido y lo halló en la arena. San Francisco, como él decía, le había dado aquel hábito y él también se lo había de devolver. Por más de dos meses hubieron de permanecer los náufragos en la costa, desprovistos de todo auxilio. Uno de los compañeros de Solano había perecido en el naufragio, el otro, cansado de esperar, decidió salir en el batel con otros compañeros en busca de socorro. Tenían que alimentarse de peces, mariscos y hierbas silvestres, y no sin trabajo los encontraban. Solano, olvidado de sí, procuraba levantar el ánimo de sus compañeros, aliviaba sus males y les daba cuanto caía en sus manos y podía servir para su sustento. Parece que en más de una ocasión su pesca tuvo todos los contornos de milagrosa. El Señor escuchaba a su siervo. Al fin arribó el socorro tan ansiado. A últimos de diciembre una nave recogió a los náufragos y los condujo al puerto de Pafta, al norte del Perú. De aquí continuó Solano su camino por tierra hasta llegar a la ciudad de los reyes, Lima. Cruzó aquella costa desierta, interrumpida a veces por los valles que riegan los ríos que bajan de la cordillera, y en 1590 entraba en la capital del virreinato, donde ya le había precedido el virrey don García y en donde por aquel tiempo gobernaba aquella iglesia un esclarecido prelado, Santo Toribio de Mogrovejo. * * * Solano ardía en deseos de pasar a las Misiones a que estaba destinado. Fray Baltasar, que le había traído consigo, atendió sus ruegos y con otros ocho religiosos emprendió el camino que conducía al Tucumán. La distancia era enorme. Basta fijar los ojos en un mapa de América para darse cuenta del inmenso espacio que había que recorrer. Pero a esta dificultad se añadía otra mayor: la de la aspereza y rigor de la tierra. Había que transmontar los Andes, y luego de cruzarlos, llegar hasta el Cuzco, para tomar después el camino que conduce al Callao, esto es, a la meseta frígida y desnuda casi de vegetación que domina la actual Bolivia y se prolonga casi hasta los confines del Norte argentino. Aquí comenzaba la bajada abrupta y sinuosa hasta Salta y más abajo a las llanuras del Tucumán. Solano hubo de arrostrar esta jornada caminando unas veces a pie, otras en pobres cabalgaduras, y sufriendo todas las consecuencias de la falta de abrigo y de las rigideces del clima. Si por allí habían pasado los conquistadores y capitanes en busca del Dorado y del rico cerro de Potosí, ¿iban a mostrarse menos animosos los discípulos de Cristo, los conquistadores de las almas? En noviembre de 1590, según la carta del comisario fray Baltasar Navarro a Su Majestad, llegaba la expedición al Tucumán (carta fechada en Santiago del Estero el 26 de enero de 1591). En todo aquel territorio no había por aquel tiempo sino dos obispados, el del Tucumán y el del Río de la Plata. El primero era tan pobre, decía su obispo, fray Fernando Trejo, en 1601, que su catedral carecía de ornamentos decentes y no tenía cómo poder levantar el seminario. Los franciscanos, dominicos y mercedarios habían penetrado en la región años hacía, pero su número era muy escaso. Tras ellos vinieron los padres de la Compañía de Jesús, pocos también. En 1610 la Orden de Santo Domingo sólo tenía un convento en Córdoba; los franciscanos tenían seis: en Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Rioja, Talavera y Salta, pero en el que más había seis o siete frailes y en el que menos dos o tres; los mercedarios tenían también seis casas, en las mismas ciudades, pero su número era menor; finalmente, la Compañía sólo tenía domicilios en Córdoba y Tucumán, aunque en el primero los religiosos pasaban de veinte. Si esto sucedía en 1610, ya podremos calcular lo que sería en 1591, o sea unos veinte años antes, en el momento en que Solano arriba a esas tierras. Muy escasa es la documentación que poseemos sobre sus actividades apostólicas en el Norte argentino. Casi todos sus biógrafos, aun en la época moderna, no han hecho otra cosa sino inspirarse, no siempre con fidelidad, en las declaraciones de los procesos. Por fortuna, éstos se llevaron a cabo cuando aún vivían muchos que habían conocido y tratado al Santo, y de allí que su testimonio sea de calidad. Fray Francisco permaneció en el Tucumán sólo once años, de 1591 a 1602, primero como misionero y doctrinero de Socotonio y la Magdalena, y a partir de 1595, como custodio o viceprovincial de todos los conventos del Tucumán y del Paraguay, dependientes de la provincia del Perú. La labor del misionero era ardua. No sólo había que vencer la resistencia del indígena, receloso siempre de los españoles, de quienes había recibido y recibía muchas vejaciones, sino, además, romper con las dificultades de la lengua y las que oponía la misma naturaleza, en un país cruzado por montes y ríos y en su mayor parte deshabitado. La caridad y mansedumbre de Solano y la pobreza de su hábito le ganó el corazón de los indios; se aplicó al estudio de su lengua y Dios ayudó sus esfuerzos. Se dice que poseyó el don de lenguas, pero no está de más advertir que, por las declaraciones de quienes le trataron, el capitán Andrés García de Valdés le enseñó la Tonocote y uno de sus compañeros confiesa que tardó cuatro meses en aprender otra de las lenguas indígenas. Sin embargo, en su caso se renovó el milagro del día de Pentecostés, porque, hablando en una sola lengua, sus oyentes le entendían como si les hablara en la propia. El Santo se impuso a aquellas mentes casi infantiles y el secreto de sus éxitos estuvo en su perfecta unión con Dios. Hay un hecho que aparece referido por uno de los testigos de los procesos, el cura de la Nueva Rioja, don Manuel Núñez Maestro, pero sus biógrafos lo han desfigurado y hasta lo han hecho inverosímil. El Jueves Santo de 1593 Solano se encuentra en la población, que apenas lleva dos años de fundada. Ha venido invitado por el cura. Cuarenta y cinco caciques con su respectivo séquito se dan cita en el mismo lugar y este número de indios alarma al teniente de gobernador, quien aconseja a los vecinos preparar las armas. En la noche, como era el uso de España y de muchas ciudades del Perú, va en procesión un grupo de disciplinantes, desnudos medio cuerpo arriba, azotando sus espaldas. Los indios no salen de su asombro. Solano aprovecha la ocasión para hablarles del Redentor y de sus sufrimientos por nosotros: les cautiva y le piden que los instruya en los misterios de la fe. Algunos dieron en decir que los bautizó a poco a todos y que su número llegaría a 9.000. El cura Núñez no dice esto. Sus palabras textuales son: «Los retuvo a todos hasta que fueron bautizados». Solano no podía desconocer lo que habían ordenado sobre el particular los concilios limenses de 1567 y 1584. En el Tucumán se conocían esas prescripciones y en 1597 las hacía suyas el sínodo celebrado en Santiago del Estero por el obispo Trejo. Tampoco nos parece verosímil que fueran 9.000 los bautizados. El cura Núñez dice solamente que el número de indios llegaría a 9.000, pero es más que probable que en ese número incluía los de la región o los que estaban sujetos a los caciques que hicieron su aparición en la Rioja. Aun reduciendo el hecho a sus debidas proporciones, la acción del apóstol campea y sobresale. Tampoco creemos, como algunos afirman, que su actividad se extendiera al Gran Chaco y a otras regiones alejadas del Tucumán. No hay fundamento para asegurarlo. Santiago del Estero, la desaparecida Esteco, la Rioja y Córdoba fueron el teatro de sus hazañas. En todos estos lugares dejó las huellas de su paso y testimonios evidentes de su santidad. Cítanse las fuentes de Talavera o Esteco y la de la Nueva Rioja. En ambas brotó el agua al conjuro de la voz de Solano. De la primera apenas cabe dudar, pues cuando, en 1617, pasó por allí el visitador del Tucumán, don Francisco de Alfaro, todos le señalaron la fuente del padre Solano que allí brotaba copiosamente. En el año 1601 los superiores le llaman al Perú. Querían servirse de él para la nueva recolección de Nuestra Señora de los Angeles, que estaba a punto de fundarse en Lima. Obediente a la voz de Dios, emprende el largo camino que le separa de aquella ciudad. Su humildad no acepta el cargo de guardián y queda como vicario. No mucho después el comisario fray Juan Venido le envía a la ciudad de Trujillo, en calidad de guardián. Esta vez no puede rehuir el cargo. En 1604 vuelve nuevamente a la recoleta de Lima y en diciembre del siguiente año, abandonando su retiro y con un crucifijo en la mano, sale por calles y plazas, exhortando a todos a hacer penitencia de sus pecados y amenazando a los reacios con los castigos de Dios. La vista de aquel fraile, espejo de la penitencia, el ardor de su mirada y el fuego de sus palabras, conmueve a sus oyentes. Le siguen hasta la plaza Mayor y allí el gentío se hace cada vez más numeroso. Resuenan por los aires las voces de perdón y por toda la ciudad cunde la voz de un inminente castigo del cielo. Recientes están los ejemplos de Arica y Arequipa, asoladas por un terremoto, de modo que aquella noche hubo que dejar abiertas las iglesias, por el gran concurso de gente que pedía a gritos confesión. La ciudad pasó la noche en alarma. Hasta Rosa, la virgen incomparable, azota su cuerpo sin piedad, pidiendo a Dios por los pecadores. El virrey, conde de Monterrey, manda al siguiente día hacer una averiguación del hecho. Ordena, de acuerdo con el padre comisario, que un tribunal examine e inquiera del predicador lo que ha dicho y las causas que le han movido a decirlo. Solano se presenta sereno y, como ha obrado por divino impulso, no hace sino exponer la verdad. Sin embargo, recibió una admonición, a fin de que en adelante no perturbara la tranquilidad de los habitantes. En lo sucesivo su vida es más del cielo que de la tierra. Sus fuerzas van decayendo visiblemente y por esta causa se le traslada al convento de Jesús, de Lima, donde, tras breve enfermedad, causada más por las privaciones y trabajos que por el desgaste natural del organismo, fallece el día de San Buenaventura, 14 de julio de 1610, cuando se elevaba la hostia en la misa mayor. Su entierro tuvo contornos apoteósicos. El virrey, marqués de Montesclaros, y el arzobispo Lobo Guerrero son los primeros en conducir el féretro a la iglesia, donde la guardia de alabarderos apenas puede contener a la multitud. Predica sus virtudes el provincial de la Compañía, Juan Sebastián de la Farra, y se le da sepultura en la cripta de la iglesia, donde más tarde se levantará una capilla. El mismo año de su muerte, a 23 de julio de 1610, se empezaron las informaciones sobre su vida y virtudes, las cuales dieron por resultado el que la santidad de Clemente X lo beatificase en el año 1675 y Benedicto XIII lo proclamase Santo en 1726. Rubén Vargas Ugarte, S.I., San Francisco Solano, en Año Cristiano, Tomo III, Madrid, Ed. Católica (BAC 185), 1959, pp. 125-133. FUENTES: http://www.portalmisionero.com/noa/franciscosolano.htm http://www.franciscanos.org/santoral/menud.html link: http://www.youtube.com/watch?v=XftqmHbbrVM

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