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Vida Popular de San Francisco de Asís (1ra. Parte)

Info6/23/2010

San Francisco de Asís, el hermano de todos nos da el ejemplo de vida que hoy en día necesitamos para alcanzar la Paz entre nosotros y comenzar a vivir una vida nueva en Cristo Jesús. Para Francisco tampoco fue facil, tuvo sus luces y sombras hasta el final de sus días, pero acompañado y animado por la Fuerza del Espíritu caminó las huellas de Jesús que están firmemente trazadas en el Evangelio.





1RA. PARTE



VIDA POPULAR DE SAN FRANCISCO DE ASÍS
FRAY JUAN M. COLASANTI o.f.m. conv.

SAN FRANCISCO DE ASÍS - EDICIONES CASTAÑEDA

El hijo del mercader

Asís es una pequeña y risueña aldea italiana, recostada en las laderas del monte Subasio. A sus pies, hacia el norte, corre ligero el Tescio, tortuoso torrente escaso de agua y rico sólo de blancos y lisos guijarros. En las alturas se yergue dominante el alcázar de los antiguos barones.

La ciudad ahora disfruta de serenidad y de paz, revestida de silencio y de cierto aire místico, como un encantado castillo de hadas. Pero en la Edad Media estaba siempre en lucha con las ciudades cercanas. Sus habitantes, divididos en numerosos bandos, se odiaban los unos a los otros.

Estos siglos fueron duros para Italia y Europa. Parecía que los hombres nacieron para vivir de odio y para matarse en guerra. El emperador del sacro imperio romano peleaba contra el papa, los gibelinos contra los güelfos, la burguesía contra los nobles, los ricos contra los pobres. En este clima de pasiones, de odios y de luchas fratricidas, llegó al mundo el hombre de la fraternidad universal: Francisco de Asís.

En una fría mañana de invierno, entre los años 1181 y 1182, un. raro espectáculo se brindaba a la vista de los pocos apurados transeúntes en la plaza principal de Asís. "alrededor de la casa del rico mercader Pedro Bernardone, bandadas de palomas revoloteaban jubilosamente. El acontecimiento provocó curiosidad. Y hasta la tardecita, cuando supieron que doña Pica, la esposa de Bernardone, había dado a luz, en un establo, a un gracioso niño, lo tomaron como un buen auspicio. Unos cuantos, calentándose alrededor del fogón, se preguntaban:

-¿Qué será de este niño? Nació en un establo como Jesús, y fue recibido como don del Cielo, como Juan el Bautista.

De hecho, doña Pica había esperado largamente la llegada del primogénito. Hasta había realizado una peregrinación a Roma, para pedir la gracia, junto a las tumbas de los Apóstoles. Ahora tenía el corazón embargado de dicho, aunque su felicidad no era completa, porque su esposo se hallaba ausente. Se encontraba en Francia adquiriendo telas y paños preciosos.

Cuando el niño fue llevado a la fuente bautismal, doña Pica le dijo a la madrina que le impusiera el nombre de Juan, el santo que bautizaba en las orillas del Jordán. Deseaba ardientemente que su hijo fuera un día, como el Precursor de Jesús, fervoroso heraldo de Cristo.

Cuando Pedro Bernardone volvió a Asís, ya el pequeño daba los primeros pasos. Y era tan gracioso que su padre no se cansaba de besarlo. Pero el nombre Juan no le gustaba.

-Durante el viaje, le dijo a su mujer, muchas veces he pensado dar a nuestro primogénito el nombre de Francisco. Es un nombre nuevo . . . quizás no te guste ... sin embargo, así lo llamaremos.

Doña Pica sabía que su marido era de carácter fuerte y no aceptaba discusiones. Sólo quiso preguntarle por qué prefería el nombre de Francisco. La respuesta fue seca e imperativa:

-Por amor a Francia, que me permite ser rico con el comercio.

Por esta razón, Juan, el hijo de Pica y de Pedro Bernardone, pasó a la historia con el nombre de Francisco.

En el tiempo en que nació y vivió Francisco, jóvenes y adultos de toda Europa se sentían fuertemente atraídos por los ideales de la caballería. Seguían atentamente la vida caballeresca que se desarrollaba en las cortes de Inglaterra, de Provenza y de los reyes normandos en Sicilia. Doquier se contaban canciones acerca de las epopeyas de los héroes y se relataban, con insaciable interés, las gloriosas empresas del rey Arturo con los caballeros de la Mesa Redondo.

Francisco estaba particularmente predestinado a recibir la influencia de esos ideales por el hecho de que su madre era provenzal. Pedro Bernardone la había conocido y luego desposado en uno de sus viajes comerciales a Francia.

Las conversaciones que el pequeño Francisco oía todos los días en casa, versaban siempre sobre la marcha de los negocios del padre y los recuerdos nostálgicos de la patria lejana de doña Pica. La madre vencía la melancolía contando las gestas de los caballeros. Y bien pronto el hijo aprendió esos cantos, que también inspiraban sus juegos infantiles con los compañeros. Y crecía sano y sereno, madurando en su corazón el deseo de cambiar por el lujo y la alegría, el dinero que el ganara con el comercio, hacia el cual él mismo orientado desde niño.

Por sus modales gentiles y el corazón generoso, Francisco se granjeó bien pronto la simpatía de los coetáneos, que lo proclamaron ---el rey de las fiestas---. Como todos sus compañeros, era alegre y despreocupado.

La juventud dorada de Asís a menudo pasaba las noches en bulliciosos banquetes, comiendo, bebiendo y cantando ... Porque pagaba papá. Y el rico hijo de Pedro Bernardone casi siempre reservaba para sí el honor de los gustos. Más tarde, rodeado de la alegre brigada, salía al aire libre y a los sones de la vihuela cantaba feliz, llenando de alegría las callejuelas, los caminos y las plazas de su ciudad. ¡Cuántas veces las damiselas habían suspendido de golpe sus bordados y se habían asomado a la ventana, atraídos por el canto del joven Francisco!

La madre gozaba en su corazón al ver a su primogénito aclamado por los compañeros y admirado por los conciudadanos. Ciertamente no era un santito su

Francisco. Pero tampoco era un calavera. Amaba la Iglesia. Frecuentaba la escuela. Trabajaba en el negocio de su padre. Pero a Pica no le agradaba ese anhelo de ostentar elegantes vestidos.

También Pedro Bernardone se quejaba de que Francisco gastaba sin pensar y regalaba a manos llenos. Pese a todo, como su esposa, gozaba al ver a Francisco bien visto por todos y rodeado de amigos.

Doña Pica velaba amorosamente sobre Francisco. Su orgullo de madre la inducía a menudo a expresar su satisfacción a las amigas, a repetirles las proféticas palabras:

---¡Siento en mí que Dios reservó algo grande para mi hijo!

Las glorias militares

Carlo Magno, después de haber sido coronado emperador del sacro imperio romano, premió a sus mejores soldados con la entrega de extensas regiones, llamadas condados y marcas. Los feudatarios, encargados del gobierno y de la administración de esos territorios, debían prestar obediencia al emperador y, en caso de necesidad, debían ayudarle con armas, soldados y vituallas.

Sostenidos por la autoridad imperial, los feudatarios eran extorsionadores, a menudo crueles, y oprimían al pueblo hasta la exacerbación. Había que desalojarlos de sus castillos y liberarse del yugo extranjero. Las poblaciones lombardas fueron las primeras en rebelarse, dando origen, en el siglo XI, a los libres comunas de Milán, Cremona, Pavía y Como.

También Asís aspiraba a ser libre comuna. Sólo esperaba el momento oportuno para rebelarse. En setiembre de 1197 en un incidente de caza moría en Sicilia el emperador Enrique VI. La noticia se difundió rápidamente por Italia, dando lugar a numerosas revueltas contra el dominio imperial. En abril de 1198, el feudatario de Asís, Conrado de Lutren, se dirigía a Narni, para ofrecer su feudo al papa Inocencio III, quien estaba de paso. Cuando los habitantes de Asís supieron la partida de Conrado, asaltaron el castillo custodiado por soldados alemanes, y lo desmantelaron audazmente, mientras las campanas de la ciudad tocaban a rebato.

La nueva comuna se consolidó vigorosamente. En seguida se organizó un pequeño ejército que desalojó a los odiados barones de los castillos cercanos y dio libertad a los campesinos.

Pero Perusa estaba observando desde lejos. Los feudatarios, derrotados y desterrados, solicitaron ayuda a los perusinos, eternos adversarios de Asís. Y entre las dos ciudades rivales se entabló una dura guerra que concluyó en Collestrado, en las cercanías de Perusa. Los guerreros asisianos tuvieron la peor parte. Los que no pudieron escaparse fueron hechos prisioneros. Entre ellos estaba también Francisco.

En la cárcel, los vencidos imprecaban contra la dura suerte y reñían trivialmente entre sí. El hijo de doña Pica sufría inmensamente en la oscuridad de la cárcel, con el pie atado a una pesada cadena. Sin embargo, no perdía su natural buen humor. Cantaba y se esforzaba por hacer más llevadera la cruda desdicha de los compañeros.

En el recogimiento forzoso de la prisión, comenzó a meditar, a pensar en cómo podría orientar más seriamente su vida. Su hablar tomaba otro tono, otro acento. Parecía que le saliera a los labios algo misterioso, oculto en la profundidad del corazón. Un domingo, entre un grupo de prisioneros, marcando las sílabas y casi declamando dijo: -¡Llegará el día en que seré honrado por todo el mundo.

Los compañeros rieron a mandíbula batiente y con sorna mordaz dijeron:

-¡Son las acostumbrados locuras de Francisco! Un amigo de las pasadas francachelas, meneando la cabeza, murmuró:

-¡Cosas de locos! ... Pobre Francisco la cárcel le ha trastornado el cerebro!

El futuro se encargaría de demostrar la verdad de lo que iba soñando Francisco en esos tristes días.

Un año después, las puertas de la cárcel se abrieron. Perusa y Asís habían firmado la paz.

Era todo un encanto ver a Francisco en la tienda del padre, mientras sacaba rollos de paños de los estantes, los medía, cortaba las piezas y contrataba con los clientes. Sus maneras desenvueltas y garbosas, su rostro abierto a la sonrisa como una flor, su contagiosa alegría, hacían que el negocio estuviera siempre colmado de clientes.

Al rey de las fiestas de Asís no le pesaba el trabajo. Le gustaba divertirse. Pero sabía también ganarse el pan con el sudor de su frente. De corazón sensible Y delicado, solía hacer partícipes del fruto de sus fatigas a amigos y menesterosos.

Los pobres, que iban a pedir limosna a ese negocio situado en el corazón de Asís, aumentaban de día en día. Los más listos hasta espiaban quién estaba detrás del mostrador: si Francisco o el padre. A Francisco jamás tendían en vano la mano.

Un día acaeció algo insólito. Fue nada menos que Francisco quien se mostró impaciente con un pordiosero, a quien echó sin la acostumbrada limosna. La gente colmaba el negocio y Francisco no supo controlarse.

Apenas recapacitó, dejó a los clientes, alcanzó al pobrecillo, y pidiéndole disculpas, le llenó de monedas los bolsillos.

Francisco volvió al negocio mortificado, con los ojos bajos, pensativo:

-Si ese mendigo me hubiera dirigido una petición. en nombre de un caballero, sin duda le habría escuchado, aunque el negocio hubiera estado colmado de clientes. Me ha pedido la limosna en nombre de Cristo y yo bruscamente lo eché. Un caballero, un príncipe de este mundo ¿es quizás más grande que Dios?

En ese día, el alma de Francisco se abrió a un gran propósito: no negar jamás la limosna a quien se la pidiere en nombre del Señor.

Como todos los jóvenes, también Francisco quería abrirse camino en medio de la sociedad, conquistar fama y dinero . . . Pero Asís no podrá contener su sueño de gloria.

Le repugnaba el pensamiento de tener que pasar toda la vida cortando géneros o comerciando con mozos y mujercitas. Un interrogante lo atormentaba desde meses.
“¿Qué haré en la vida?" Las respuestas eran muchas, pero todos vagas e Inciertas. Con el pasar de los días un deseo comenzó a privar sobre todos los demás: llegar a ser un gran príncipe, guiar ejércitos en batallas, batirse por las más nobles empresas con espíritu caballeresco.

Y justamente en aquellos días llegó a Asís la fama militar de Gualterio de Brienne, quien reclutaba soldados y caballeros para combatir en las Pullas, contra el usurpador tudesco y defender los derechos del Papa.

El ánimo de Francisco se inflamó con los más nobles pujos guerreros. Se hizo preparar una espléndida armadura, y con un selecto grupo de jóvenes se dirigió hacia el sur, ¡Cómo galopaba su fantasía! . . . ¡Ya se veía al lado de Gualterio ... realizaba las hazañas más atrevidas ... volvía a Asís con la insignia de caballero, nimbado de gloria!

Cuando la pequeña expedición llegó a Espoleto, ya anochecía. Se decidió detener la marcha y continuarla al día siguiente.

El hijo de doña Pica se acostó, como los demás, sobre la paja. Estaba cansado. Le parecía tener escalofríos.

-¿Tendré fiebre? ¡Lindo sería enfermarme justo en el comienzo del viaje! ... ¡la carrera quedaría trunca! ... rumiaba para consigo, con viva preocupación.

Bien pronto el sueño lo sacó de esos tristes e inoportunos pensamientos. Pero fue un sueño insólitamente inquieto. Mientras el cuerpo se movía sobre la paja, veía, en sueños, una sucesión de imágenes extrañas. Y una voz le martillaba los oídos:

-Francisco, ¿quién te puede ayudar más: el patrón o el criado?

-El patrón, es evidente. -Pues, ¿por qué abandonas al patrón para seguir el siervo?, insistía la voz.

-Dime, Señor: ¿qué he de hacer? -Vuelve a Asís. Allí te diré lo que quiero de ti. Al alba, los caballeros volvieron a ponerse en marcha. Francisco no pudo seguirlos. La fiebre le agarrotaba los miembros. Una vez curado, volvió a su casa.

Adiós a los amigos

La inesperada vuelta de Francisco a Asís fue un avispero de chácharas entre los ciudadanos. Para algunos era un cobarde; para otros, un enfermo. Muchos pensaban que era un niño mimado por el padre, caprichoso y voluble. Los más advertidos destacaban algo nuevo en su conducta.

Doña Pica estaba muy preocupada: ¡ese hijo le parecía tan distinto! La vihuela estaba colgada ociosa en la pared, con un dedo de polvo. Las alegres brigadas juveniles seguían recorriendo las calles, pero el antiguo animador no estaba con ellos. Se volvía cada vez más taciturno, despreocupado de cuanto antes constituía su pasión, su gozo. Pasaba los días en la soledad, ensimismado en hondas reflexiones.

Francisco todavía no sabía qué camino seguir. Sólo sabía que debía cambiar de rumbo, Se decidió a cortar las amarras que lo tenían atado y despedirse de sus amistades. Organizó una cena que quiso más suntuosa que otras veces. Muchos los invitados; muchos los brindis; bulliciosa la alegría. Luego, los muchachos salieron en corros llenando de griteríos y de cantos las estrechas callejuelas de Asís. Francisco quedó en su lugar, triste y pensativo. Uno de los invitados tomó nota de la ausencia, volvió atrás y con un golpecito en el hombro, le preguntó con sorna:

--¿Quizás piensas en casarte? -¿Qué tienes? -¡Sí! ¡Y mi esposa será la más bella, la más noble dama del mundo!

A sus ojos comenzaba a insinuarse el rostro de aquella que sería la más amada compañera de toda su vida: "Señora Pobreza".

Días después, Francisco, vestido de caballero, partió peregrino a Roma. Esperaba hallar en la gran ciudad de los mártires luz y orientación para su ánimo turbado. Triste y meditabundo se arrodilló ante la tumba de San Pedro. Saliendo, algo tranquilizado, se confundió entre los fieles llegados de todas partes del mundo. En la escalinata de la basílica se juntaban un gran número de mendigos: sucios, harapientos, de cara demacrada. Gritaban desaforadamente, hasta se insultaban, y espiaban para ser los primeros en tender las manos a los peregrinos. Jamás Francisco había visto a los pobres en su verdadera miseria. Sufrió un extraño hechizo. Como empujado por una fuerza superior arroja, en las alcancías de la iglesia, su bolsa cuajada de plata. Después cambia sus vestidos con los harapos de un mendigo y se sienta despreocupado entre ellos para pedir él también la limosna ante el templo. Y sintió un gozo inefable.

Poco tiempo después de la vuelta al hogar, el joven se enfermó, La enfermedad no era grave, pero su madre fue más solícita que de costumbre. Pasaba horas y horas junto al hijo procurando captar e interpretar lo que agitaba su ánimo.

Apenas convaleciente, en una clara mañana de la primavera de 1206, Francisco se hizo ensillar el caballo. Necesitaba libertad, aire, sol . . .

El llano, bañado en sol y desierto, se le ofrecía plenamente. Se embriagaba a la vista de la campiña en flor, el canto festivo de los pájaros ... cuando, de repente, se halló frente a un leproso, con la cara en putrefacción y los ojos casi apagados.

El espanto heló la sangre de Francisco. Le parecía ver deambular un cadáver. instintivamente cerró los ojos y espoleó el caballo para pasar raudo. Después de breve trecho, un conmovedor recuerdo le resplandece en la mente. Por los polvorientos caminos de Palestina, más de una vez, Jesús se había encontrado con leprosos y los había curado, posando sobre ellos sus manos divinas.

Sin demoras, vuelve atrás. Frena bruscamente el caballo. De un salto se apea. Abraza al leproso, lo besa, y, después ... triunfante vuelve a galopar airoso y libre. El corazón le desborda de alegría.

Desde aquel día, Francisco fue más liberal que nunca con los necesitados y, superando la natural repugnancia, comenzó a frecuentar un leprosario en la vecindad de Santa María de los Ángeles.

El galante rey de las fiestas de Asís vendaba las llagas de los enfermos y les dirigía palabras de consuelo, mientras se preguntaba a sí mismo:

-¿Quién sabe si el Señor me tiene destinado a servir a los enfermos?

El Señor velaba sobre los pasos de Francisco. Muy pronto le develaría su voluntad.

En una fresca mañana del otoño de 1206, como de Costumbre, se dirigía a orar delante del gran Crucifijo, que llenaba con su presencia misteriosa y dolorosa la pequeña capilla de San Damián, perdida en los declives orientales de Asís.

Mientras la oración se hacía cada vez más ardiente, Francisco tuvo la impresión de que el Crucifijo se animaba, como desprendiéndose del madero. El pecho de Cristo parecía levantarse por el aliento. Los labios se abrían a las palabras.

El joven mercader de Asís no experimentó ningún miedo, sino que, estupefacto, abrió los ojos y contuvo el aliento.

La voz de Cristo resonó clara en la capilla desierta: `Francisco, restaura mi casa que amenaza caer en ruina".

Jamás la capillita le pareció tan escuálida y pobre como en ese momento. Entregó al capellán todo el dinero que tenía en el bolsillo, rogándole encendiera una lámpara ante la imagen del Crucifijo. Después corrió de prisa a casa sin hablar con nadie.

¿Qué o quién podía ahora interesarle? ... Cargó sobre su corcel unos paños de gran precio y corrió a Foligno. Allí vendió paños y caballo y llevó lo recaudado al cura de San Damián, para que pudiera restaurar la capilla. El sacerdote no quiso aceptar ese dinero, conociendo bien la avaricia de Pedro Bernardone. El joven se entristeció por el rechazo. Sin discutir, arrojó la bolsa repleta de monedas a una ventanita de la capilla y escapó hacía casa.

La Voz del Crucifijo de San Damián resonaba continuamente en los oídos de Francisco. Y le había indicado el camino, Decidió, pues, seguirla, consagrando su vida totalmente a Dios.

Pedro Bernardone estaba furibundo. Según sus planes, el primogénito debía ser un gran capitán o un noble caballero. Su sueño ambicioso parecía desvanecerse. Para sacar a su hijo de ese loco propósito", como decía, pensó usar las maneras dulces, si bien de costumbre era violento y colérico.

-Piensa en la familia, a la que quieres abandonar -le dijo a Francisco-. Piensa en el dolor de tu padre que noche y día se desvela para hacerte rico. ¿Quieres dejar a tus hermanos más pequeños que tanto te quieren? . . . ¡Piensa al menos en la desesperación de tu madre, si te viera ir de casa!

El recuerdo de la madre conmovió a Francisco. Una lágrima se asomó a los párpados. Un sollozo profundo le brotó del` corazón. Estaba por ceder a las súplicas paternales; cuando volvió a pensar en las palabras del Crucifijo de San Damián.

Con el corazón amargado por el recuerdo de los seres queridos que estaba por abandonar, pero con mucho ánimo, el hijo, responde al padre que ha de seguir la voz del Señor que lo llama a restaurar su Iglesia.

El padre, exasperado, pasa entonces a las amenazas, a los castigos. Lo encierra en un lóbrego sótano de su amplia casa. Pensaba:

-El hambre, la soledad, el miedo, lo van a curar de sus locuras.

Todo fue en vano.

Asís, diciembre de 1206. Las callejuelas están cubiertas de escarcha. Pese a lo temprano de la hora doquier se oyen murmullos y bulliciosos movimientos. -¿Por qué tanta gente se dirige a la plaza del obispado? ... ¿Qué pasa? ... Es la pregunta que se hacen caballeros, mercaderes, paisanos, comadres.

-¿Algún payaso?, pregunto un niño. ¿Algún caballero herido? ... ¿Alguna pelea entre nobles y plebeyos?

-Corramos a ver lo que pasa, exclaman dos viejitas en el zaguán de su casa.

Todos se encaminan de prisa en la mismo dirección, dicharacheros, buscándose unos a otros, preguntando qué podía pasar allá arriba.

La muchedumbre ha formado un círculo en el patio del obispado. Cuanto más se acerca al lugar, tanto más la gente oye clara la voz rabiosa de Pedro Bernardone.

-¿Un conflicto con el obispo?, se preguntaban todos. El espectáculo es muy animado, si bien doloroso y triste. Ante el obispo Guido, Pedro Bernardone acusa a su primogénito de derrochar el patrimonio paternal y declara quererlo privar del derecho de herencia.

Francisco está ahí, junto al obispo, no muy lejos de su padre. Pálido y silencioso. De repente, su rostro se vuelve radiante, se abre a la sonrisa. Después, poco a poco comienza a despojarse de las vestiduras que lleva, hace con ellas un atadito y lo presenta al padre, diciendo: "Toma ... es tuyo. Gustoso renuncio a todo lo que me podría tocar en herencia ... Hasta ahora te he llamado padre mío ... De hoy en adelante llamaré padre Sólo a Dios".

Y mientras los ojos se humedecían de lágrimas los labios continuaban la plegaria: "Padre nuestro, que estás en los cielos. . ."

La sorpresa y el estupor crearon entre la multitud un hondo silencio. El obispo Guido bajó del trono para cubrir con su copa al joven mercader, quien se despojó de todo, por amor de Dios.

Después de la gran renuncia, Francisco sintió haber logrado la libertad. Ahora podía servir a Dios sin ninguna atadura.

Cubierto de pobres harapos, recibidos de limosna, vagó por unos días alrededor de Asís. Luego se dirigió a Gubbio, adentrándose entre las enhiestas gargantas del monte Subasio. Tenía hambre y tiritaba de frío. Pese a todo, expresaba la alegría de su corazón con el canto. Cantaba en provenzal, la lengua de los trovadores, Hacia la tarde, en medio del monte tupido, le salieron al encuentro unos bandidos, los que, a quemarropa, lo preguntaron:

-¿Quién eres? -¡Soy el heraldo del gran Rey!, contestó con sereno orgullo.

Los bandidos quisieron saquearlo. Pero como no tenía nada, fuera de los andrajos, defraudados, lo maltrataron, e insultándolo, lo arrojaron a un pozo lleno de de nieve.

En Gubbio, un amigo de familia, Federico Spadalungo, acogió a Francisco y le regaló cuanto pedía por caridad: una túnica, un cinturón de cuero, un par de sandalias y un báculo. Era la típica caracterización de los pobres, cuya condición y sus penurias Francisco querrá compartir, por el resto de sus días, para asemejarse a Jesucristo.

Mendigando piedras

La curiosidad de los asisanos por los últimos sucesos del hijo de Pedro Bernardone estaba por apagarse, cuando Francisco volvió a aparecer por la ciudad, demacrado y harapiento.

Una mañana se presentó en el mercado. Casi nadie parecía interesarse por él. Él, mirando a su alrededor, reconoció a unos cuantos amigos. A algunos los llamó, por sus nombres. Luego se puso a cantar en voz alta. En breve se juntó gran gentío, que, lleno de curiosidad, quedó escuchando. Más tarde, Francisco dejó de cantar Y, sonriendo, dijo, con voz que era canto y súplica:

-La capilla de San Damián está en ruinas. Se necesitan piedras y cal para su refacción. Quien me diere una piedra, tendrá una recompensa en el cielo. Quien me diere dos, tendrá dos recompensas. Quien me diere tres, tendrá tres recompensas en el cielo.

Hubo un poco de alboroto. Pero después casi todos ofrecieron una pequeña ayuda para la refacción.

Cuando las piedras se apilaron numerosas, debajo de un gran árbol, en la vecindad de San Damián, Francisco improvisó de albañil. Desde la mañana hasta la tarde, trabajaba rezando y contando alegremente. Estaba más satisfecho y feliz que cuando guiaba a los compañeros en las fiestas, en los banquetes, en las veladas musícales de la primavera.

Cuando Francisco aparecía por la ciudad, los muchachos lo seguían gritando y burlándose cruelmente:

-Pega el loco! -Aquí está el caballero fracasado! -¡El harapiento de Asís! La batahola sacaba de sus casillas a Pedro Bernardone, el cual se tornaba furibundo a la vista del lujo. Lo miraba huraño. Lo amenazaba con los puños. Le lanzaba terribles maldiciones con su voz estridente.

El joven no contestaba a los insultos paternos. Pero el corazón le dolía a reventar, Tenía miedo de esas maldiciones. Y buscaba consuelo, Por eso un día le dijo a un mendigo que había venido a curiosear a San Damián:

-¿No quieres acompañarme, cuando voy a Asís? Yo te daré una parte de mis limosnas si tú me bendices cuando mi padre me maldice.

El pacto fue fácilmente estipulado. San Francisco tuvo varios hermanos. Pero la historia sólo nos recuerda el nombre de Ángel, que probablemente era el segundo hijo de Pedro Bernardone. En su carácter él manifestaba más la rudeza del padre que la gracia de Pica. No tuvo comprensión ni benevolencia hacia el hermano mayor, hecho pobre por Cristo.

Un domingo de invierno, se hallaron juntos para asistir a misa. Un frío intenso se desprendía de las piedras de la iglesia. Francisco tiritaba bajo la raída túnica. Ángel lo notó y dijo al compañero vecino con sorna:

-Pregunto a mi hermano, si me vende un poquito, de su sudor.

-¿Mi sudor? -contesta Francisco que había entendido el sarcasmo del hermano- ¡Oh, no! No puedo. Está todo vendido a alto precio. Pertenece todo a Dios mi Señor.

Después de San Damián, Francisco restauró otras capillas, entre ellas Santa María de los Ángeles. Esta capilla, llamada Porciúncula por lo pequeña, se levantaba en la planicie de Asís, entre un tupido monte de hayas, que en invierno la protegían de los vientos y, en verano del calor del sol. Francisco se detenía gustoso a meditar. Orando en ese lugar, le parecía rivalizar con los Ángeles que, según la leyenda, habían sido escuchados a menudo cantar himnos de alabanza a la Virgen.

El 24 de febrero -de 1208, bajando de San Damián a Santa María de los Ángeles para asistir a misa, Francisco pensaba dentro de sí:

-¿Acaso pasaré mi vida restaurando iglesias? ... ¿Es sólo eso lo que me pide el Señor? ... ¿No será demasiado poco?


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