Misionero franciscano del siglo XVI, es considerado apóstol de América, tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó a su paso.
Su labor evangelizadora alcanzó gran parte del Perú, y también de Bolivia, Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay.
En Argentina, dejó una profunda huella misionera en la región del noroeste.


BIOGRAFIA
Nació el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla (Córdoba de Andalucía). Su padre fue alcalde de Montilla y su abuelo un importante médico de la ciudad , en la que Francisco cursó sus estudios, demostrando desde pequeño una especial habilidad para imponer paz entre los contendientes. Se dice que bastaba que corriera hasta donde había pelea para que la misma finalizara.
Cuando el niño estuvo en edad escolar, su padre lo entregó a los jesuitas. Con ellos aprendió las primeras letras y sintió despertar su vocación.
Francisco inició estudios de Medicina pero al poco tiempo, desencantado, ingresó en el convento franciscano de San Lorenzo, próximo a la Huerta del Adalid, en las afueras de Montilla. Eligió el convento de San Lorenzo , porque le atraían mucho la pobreza y la vida sacrificada de los religiosos devotos del santo de Asís. El 25 de abril de 1570 hizo profesión de fraile. Fue destinado al convento de Nuestra Señora de Loreto, en el Aljarafe, donde estudió Filosofía y Teología hasta 1576, cuando se ordenó.
Por su afición a la música, que cultivó durante toda su vida, lo nombran vicario de coro y predicador. Pasa por diversos conventos de Andalucía, y en todos deja ejemplos edificantes de su fervorosa caridad.
Maestro de novicios en San Francisco del Monte y Azurrafa, partiendo luego a predicar por tierras de Andalucía. Al estallar la fiebre tifoidea, se dedicó junto a Fray Buenaventura a socorrer a los enfermos con tanto fervor, que despertó la admiración de cuantos le conocieron.
A los 40 años (1589) solicita pasar a América, para emular los ejemplos de apostolado que había oído contar de sus hermanos de hábito. Primero pidió a sus superiores ir a Berberia (Africa) "a padecer martirio", pero como su solicitud no fue aceptada, "determinó de buscar las partes más remotas de Indias para conseguir sus intentos".
En febrero de 1589 partió de San Lucar de Barrameda, en una gran expedición compuesta por 36 embarcaciones a bordo de las cuales viajaban 300 efectivos de infantería y 70 misioneros.
Durante su largo y accidentado viaje a América, en el que iba también el virrey de Lima don García Hurtado de Mendoza, Francisco aprovecha para predicar a la tripulación
Como era habitual en aquel tiempo, pasó Solano por el istmo de Panamá al Pacífico a través de la selva, en una penosa travesía por tierra, embarcando nuevamente hacia el Perú. Y fue en pleno océano que lo sorprendió una terrible tormenta, zozobrando su nave a la altura de la isla Gorgona, frente a Colombia y Ecuador. En medio del pánico general Solano subió a cubierta, crucifijo en mano, para infundir ánimo a los aterrorizados pasajeros, muchos de ellos esclavos negros que viajaban encadenados. El barco encalló y Francisco, despojado de sus ropas, debió nadar un buen trecho hasta la costa. Las olas se encargaron de hacer llegara la isla su hábito y su cordón.
En aquel lugar pasaron muchas penalidades y la salud de Francisco comenzó a resentirse. Llovía casi permanentemente y había muchas tormentas. Pero el hambre fue el peor de los flagelos, obligando a los sobrevivientes a vivir de cangrejos, peces y culebras. Gran asombro causó a todos que los cangrejos acudiesen a la choza del santo, como obedeciendo algún llamado.
Del naufragio rescataron los marinos un cuadro de la Virgen, construyendo para ella una pequeña capilla en la que Solano predicó en Navidad prometiendo que pronto llegaría el socorro esperado. Y así ocurrió. Un día llegó un barco que recogió a los sobrevivientes y los condujo al puerto peruano de Payta
Pero como su destino era Tucumán, emprende desde ahí el larguísimo viaje de más de 3.000 kilómetros, siempre a pie, en compañía de ocho franciscanos más. Había que atravesar los Andes por el valle de Jauja, Ayacucho, y llegar hasta el Cuzco; cruzar la meseta del Collao, la actual Bolivia por Potosí y entrar en los confines del norte argentino; de nuevo bajar hasta Salta y finalmente hasta las llanuras del Tucumán.
Aquí permanece hasta mediados de 1595, como misionero y custodio de los conventos franciscanos del Tucumán y del Paraguay. Su acción misionera en estas regiones es para llenar muchas páginas y las conversiones se cuentan por millares; sus habitantes aún lo recuerdan con veneración.
Cuando fray Francisco llegó al Tucumán procedente de Lima en 1590, sólo cinco pequeñas ciudades poblaban ese vastísimo territorio de setecientos mil kilómetros cuadrados: Santiago del Estero, Córdoba de la Nueva Andalucía, San Miguel del Tucumán, Nuestra Señora de Talavera del Esteco, y Lerma en el valle de Salta. Poco tiempo después, el 20 de mayo de 1591, se fundaría "Todos los Santos de la Nueva Rioja" donde haría muchos prodigios. La provincia del Tucumán contaba con algo más de quinientos hombres españoles (unos mil quinientos con mujeres y niños) en todas esas escasas “ciudades” (como se las llamaba enfáticamente, siendo en realidad unos míseros villorrios de chozas) y unos veinte mil indios sometidos y repartidos en encomiendas. Solano también misionó por el Chaco paraguayo (en tiempos del gobierno de Hernandarias, el primer caudillo criollo), por Uruguay, el Río de la Plata y Santa Fe, siempre a pie, convirtiendo por igual innumerables indígenas y también colonos españoles, milagro grande, ¡incluso encomenderos!. Por su parte, las ciudades de la cuenca del Plata sumaban unos dos mil españoles y menos de cuatro mil indios.
El fraile había sido destinado como "doctrinero" en las encomiendas riojanas de Socotonio y Magdalena, y fue allí donde comenzaron a verificarse hechos sobrenaturales. Los nativos del lugar hablaban dialectos y lenguas que resultaban incomprensibles para los españoles y dificultaba el proceso de evangelización (sólo en el Tucumán se hablaban más de 20 lenguas), pero ello no fue problema para el franciscano, quien "las supo, aprendió y entendió en tan breve tiempo y tan elegantemente que los indios lo tomaron por hechicero, pues en sus propios vocablos los contradecía".
En la mayoría de los lugares donde estuvo cuentan de él hechos portentosos, como sacar con su bastón agua de donde no la había, amansar a un toro bravo que terminó por arrodillarse y lamerle las manos, echar de un trigal a una plaga de langostas, cruzar sobre su manto el caudaloso río Hondo, ensanchar una viga que no era lo suficientemente larga, resucitar a un niño indio, tener la ropa seca después de un fuerte aguacero o predicar al mismo tiempo a miembros de distintas tribus usando un lenguaje que todos entendían.
Recién llegado a La Rioja fue invitado a comer a la casa de un acaudalado encomendero. Mientras pronunciaba una oración de agradecimiento por la comida, tomó un pan y lo partió con sus manos, y ante su propia sorpresa manaron gotas de sangre. El fraile se levantó, y antes de retirarse dijo: "Nunca me sentaré a la mesa de un hombre cuya riqueza fue amasada con la sangre de los humildes". Ante lo ocurrido, el hacendado repartió sus posesiones entre la gente del lugar y dedicó el resto de sus días a realizar penitencia.
Fray Francisco Solano llevaba siempre consigo un rabel, primitivo instrumento musical semejante a un violín, compuesto por un arco con una cuerda tensada que se ejecutaba con un palito. No hay referencias a sus dotes musicales, pero se sabe que lo utilizaba para acompañar sus cánticos religiosos que, según los cronistas de la época, amansaban milagrosa y eficazmente a todos los seres, hombres y animales.
El Jueves Santo del año 1593 la ciudad de La Rioja se vio invadida por "cuarenta y cinco caciques con su gente". Eran los temibles diaguitas, y los vecinos se prepararon para la defensa, ya que el ataque parecía inevitable. Fue entonces cuando hizo su aparición Francisco tocando su rabel y entonando salmos como si nada grave sucediese. Terminado su canto "hizo a los indios un sermón" del que un compañero cura testificó "no saber en qué lengua era porque todos le entendían, así españoles como indios". Luego, ante los azorados nativos, comenzó a flagelarse con saña mientras gritaba que en "noche como aquella de Jueves Santo habían azotado y muerto a Nuestro Señor por nuestros pecados". El efecto fue mágico pues aquellos indios feroces, de ser cierto lo atestiguado, "pidiendo en masa el Santo Bautismo y con muchas lágrimas se desnudaron las camisetas y unos con guascas y otros con lo que hallaban se iban azotando todos".
En 1595 los superiores de su Orden lo llaman a Perú para hacerse cargo de la Recolección franciscana (Convento de los Descalzos), que acababa de fundarse a las afueras de Lima . Como siempre, se resistió todo lo que pudo antes de aceptar cualquier cargo de responsabilidad, exagerando de manera deliberada su propia incapacidad para gobernar, pero finalmente tuvo que acatar la autoridad de sus superiores.
Su obsesión por la pobreza era tal que no quería que se blanqueara o enladrillara la casa, ni que se pulieran las puertas y ventanas. En su celda, tan sólo tenía un camastro, una colcha, una cruz, una silla y mesa, un candil y la Biblia junto con algunos otros libros. Era el primero en todo, y jamás ordenó una cosa que no hiciera él antes.
Sus consejos eran prudentes, y cuando tenía que reprender a alguno de los demás frailes, lo hacía con gran celo y caridad. Sus excesivas penitencias y su espíritu de oración no le impedían ser alegre con los demás. Solano era también el santo de la alegría.
En diciembre de 1604 abandona su retiro y sale por las calles y plazas exhortando a todos a hacer penitencia, amenazando a los reacios con los castigos de Dios. El efecto de este sermón fue enorme; la ciudad se conmovió, y hubo de ser advertido que en adelante no saliera así. Lo cierto es que, pocos años después de muerto, se recordaba aquel sermón y aquella amenaza profética en ocasión del terrible sismo que mató a más de la mitad de la población de Lima . Se cuenta que estando en Trujillo había tenido la profética visión del terrible terremoto que sacudiría a la ciudad 15 años después (1619), vaticinando que la gran iglesia se hundiría pero que quedaría intacto el púlpito y debajo de éste una anciana mujer ilesa, tal como aconteció.
De regreso en Lima , enfermó gravemente (1605), quedando postrado en un hospital. En 1609 un sismo sacudió la ciudad tan violentamente que el agua se derramó de las fuentes y las campanas de los templos tocaron solas. Las iglesias se llenaron de gente y entonces Francisco salió a predicar, pese a que casi no podíatenerse en pie. Y siguiendo su costumbre, dio grandes voces invitando al arrepentimiento y la conversión.
Su vida penitente, sus trabajos y privaciones de veinte años en Sudamérica, le fueron restando fuerzas y por ello se le trasladó a la enfermería del convento de San Francisco de Lima donde, tras breve enfermedad, muere el 14 de julio de 1610, día en que el Santoral lo recuerda. Ese día, centenares de pájaros se posaron en su ventana y las campanas de Nuestra Señora de Loreto tocaron solas.
Desde lejos las gentes vieron una rara iluminación en esa habitación durante toda la noche. Su entierro fue apoteósico, asistiendo toda la ciudad , desde el virrey y el arzobispo hasta los más humildes, todos con la misma idea de haber asistido al entierro de un santo. Tras un magnífico funeral, al que asistieron mas de 5000 personas, su cuerpo fue depositado en la catedral de Lima donde descansa junto a Santo Toribio Mogrovejo. El convento franciscano de La Rioja conserva la celda que ocupó en 1592, junto al naranjo que ese mismo año plantó.
Tan sólo 15 días después de su muerte, se abrió su proceso de canonización. Las gestiones comenzaron en Lima , donde hubo 500 testigos, y después continuaron en otras ciudades del Perú, en el Tucumán y en España. Estas investigaciones las dieron por resultado que el Papa Clemente X lo beatificara en 1675 y Benedicto XIII lo proclamase santo en 1726.
Francisco Solano es patrono de los terremotos, de la Unión de Misioneros Franciscanos y del folklore argentino. También es patrono de Montilla y de numerosas ciudades americanas como Lima , La Habana, Panamá, Cartagena de Indias, La Plata, Ayacucho y Santiago de Chile, entre otras. El día de su muerte, figura en los almanaques de Argentina como “Día del Misionero”.
Se lo ha llamado "el taumaturgo del nuevo mundo", por la cantidad de prodigios y milagros que obtuvo en la región. En su tiempo vivieron en Lima , además de santo Toribio de Mogrovejo, santa Rosa, san Martín de Porres y san Juan Macías.


HECHOS MILAGROSOS
En la mayoría de los lugares donde estuvo cuentan de él hechos portentosos, como sacar con su bastón agua de donde no la había, amansar a un toro bravo que terminó por arrodillarse y lamerle las manos, echar de un trigal a una plaga de langostas, cruzar sobre su manto el caudaloso río Hondo, ensanchar una viga que no era lo suficientemente larga, resucitar a un niño indio, tener la ropa seca después de un fuerte aguacero o predicar al mismo tiempo a miembros de distintas tribus usando un lenguaje que todos entendían.
Recién llegado a La Rioja fue invitado a comer a la casa de un acaudalado encomendero. Mientras pronunciaba una oración de agradecimiento por la comida, tomó un pan y lo partió con sus manos, y ante su propia sorpresa manaron gotas de sangre. El fraile se levantó, y antes de retirarse dijo: "Nunca me sentaré a la mesa de un hombre cuya riqueza fue amasada con la sangre de los humildes". Ante lo ocurrido, el hacendado repartió sus posesiones entre la gente del lugar y dedicó el resto de sus días a realizar penitencia.
Ocurrió que un Jueves Santo, mientras predicaba en La Rioja, corrió la voz de que una horda de 9000 indígenas se disponía atacar la ciudad . Y mientras todo el mundo corría en pos de armas y tomaba posiciones para la defensa, San Francisco salió con su crucifijo en la mano y colocándose frente a los bárbaros les habló de manera clara y firme, como cuando predicaba. Y así fue que aquellos desistieron y aceptaron el bautismo. En señal de agradecimiento, San Francisco entronizó al Niño Dios como Alcalde de La Rioja, dando origen a la célebre fiesta del Tinkunaco.
El capitán Cristóbal Barba de Alvarado da testimonio de que, viajando en funciones de teniente del Gobernador, con el padre Solano y una importante comitiva de españoles e indios, vinieron a encontrarse en peligro grave por la sed. El fraile le dijo: «Señor capitán, caven aquí. Al punto lo puso por obra el capitán. Cavó en la parte y lugar que el padre Francisco le había señalado. Y salió un golpe de agua con la cual bebieron todos los que se hallaron presentes, y las cabalgaduras y animales que traían». Y no fue la única vez que hizo esto.
En otra ocasión, supo que los indios querían mudarse del lugar, por falta de agua en la región. Eso pondría fin al apostolado que el Santo estaba haciendo con ellos, pues se dispersarían. Francisco los llamó y les dijo que no había motivo para mudarse, porque allí cerca había una fuente. Fue con los indios incrédulos hasta una área árida, y designando un lugar con su bastón, mandó que cavasen. Brotó una fuente tan abundante, que con el tiempo fue posible, con su agua, mover simultáneamente dos molinos.
El padre Solano también mostró siempre una especial amistad con los pajarillos de Dios. El cronista fray Juan de Vergara, compañero suyo, cuenta de él que «todos los días, en aquella doctrina [de Esteco] donde estaba, después de comer, se iba a un montecillo que allí cerca estaba, desmigajando un pedazo de pan, que era el ordinario sustento que les llevaba. Llegábanse tantas aves sobre el siervo de Dios, que era cosa maravillosa. Y estaban sobre su cabeza, hombros y manos hasta tanto que les echaba su bendición. Y entonces se iban».
Otro compañero del Santo, fray Alonso Díaz, refiere que, yendo con él de camino, hallaron una paloma herida por algún zorro: «El padre Solano, habiéndola visto así maltratada y herida, con sus propias manos la curó, juntándole los pellejos que tenía desgarrados, los untó con un poco de sebo, y le echó la bendición». Más tarde, ya llegados a su destino, fray Alonso «vio muchas veces que la paloma se le asentaba en el hombro al padre Solano; y le daba de comer en la mano, y se volvía a su palomar. Y conoció que era la propia paloma que el padre Solano había curado en el camino».
Otro día, en San Miguel de Tucumán, un embravecido toro abandonó la arena y se abalanzó por las calles. Los pobladores desesperados llamaron al misionero y éste, enfrentando a la bestia alzó un brazo y la apaciguó hablándole con voz suave pero firme, reprendiéndolo por su maldad. El toro bajó la cabeza, se le acercó y le lamió las manos mientras se dejaba conducir de regreso al corral. Debido a este hecho, San Francisco Solano fue declarado patrono de los toreros.
Después de muerto, San Francisco regresó al mundo (1692) para advertir a los pobladores de Esteco que, de persistir en el pecado, su ciudad sería destruida, tal como ocurrió.


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San Francisco Solano (1549-1610)
Apóstol de Perú y de Argentina
por Julián Heras, o.f.m.
. Gran apóstol de América del Sur y especialmente de Perú, en cuya capital, Lima , está enterrado, San Francisco Solano nos trae el ejemplo de tantos misioneros franciscanos y de otras congregaciones, que entregaron su vida por entero a la evangelización del Nuevo Mundo.
Acabada la conquista del gran imperio incaico, que se extendía desde el sur de Colombia hasta el norte de Chile y el noroeste de Argentina, los misioneros de las distintas Ordenes religiosas iniciaron la evangelización de estos extensos territorios. En Perú el trabajo fue comenzado en 1531 por dominicos y franciscanos; más tarde llegan los agustinos, mercedarios y jesuitas, sin olvidar al clero secular que también participó en este apostolado.
Desde Perú se extendió el cristianismo por todos los territorios vecinos, como Chile, Bolivia y Tucumán. En tierras del Plata la cristianización floreció cuando en 1547 se estableció por el Chaco el enlace con Perú. A fines del siglo XVI se incluyeron también en el trabajo misional Paraguay y Uruguay.
Al crecimiento exterior de la Iglesia correspondió el interior. Se celebraron los primeros concilios provinciales y se dieron las primeras normas pastorales para la catequesis indígena. Con ese fin se instituyeron las llamadas "doctrinas" o parroquias de indios. Se publican los primeros catecismos y el mismo Concilio Limense de 1567 hizo obligatorio para los misioneros el aprendizaje de las lenguas indígenas.
Los obispos más celosos, como santo Toribio de Mogrovejo, se dieron a recorrer en visitas pastorales, que duraban años, sus inmensas diócesis.
En esta primera hora de la evangelización, estuvo en primera línea la Orden franciscana; entre los muchos nombres de esta Orden que habría que rescatar del olvido, la figura de san Francisco Solano puede representar a todos ellos, ya que trabajó en casi todos los territorios arriba mencionados.
Perfil biográfico
Verdadero apóstol de América, tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó a su paso, san Francisco Solano no sólo recorrió gran parte de Perú de entonces, sino también otros cinco países de América del Sur. Nació el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla (Córdoba). Sus padres eran acomodados y, cuando el niño estuvo en edad escolar, lo entregaron a los jesuitas. Allí aprendió las primeras letras y sintió despertarse su vocación. A los veinte años decide vestir el hábito franciscano y acude al convento de San Lorenzo de su pueblo natal. Hizo su profesión el 25 de abril de 1570. Unos dos años más tarde deja Montilla y se traslada al convento de Nuestra Señora de Loreto, cerca de Sevilla. Acabados sus estudios eclesiásticos, es ordenado sacerdote en 1576.
Por su afición a la música, que cultivó toda su vida, lo nombran vicario de coro y predicador. Pasa por diversos conventos de Andalucía, y en todos deja ejemplos edificantes de su fervorosa caridad. Llega el año 1589 y solicita pasar a América, para emular los ejemplos de apostolado que había oído contar de sus hermanos de hábito.
Durante su largo y accidentado viaje a América, en el que iba también el virrey de Perú, don García Hurtado de Mendoza, Francisco Solano aprovecha para predicar a la tripulación; pasa por las ciudades de Cartagena, Portobelo y Panamá. Llega a Lima en 1590, atravesando los ardientes arenales de la costa norte de Perú. Era entonces arzobispo de Lima santo Toribio de Mogrovejo.
Como su destino era Tucumán, emprende este larguísimo viaje en compañía de ocho franciscanos más. Había que atravesar los Andes por el valle de Jauja, Ayacucho y llegar hasta el Cuzco; cruzar la meseta del Collao, la actual Bolivia por Potosí y entrar en los confines del norte argentino; de nuevo bajar hasta Salta y finalmente hasta las llanuras del Tucumán.
Aquí permanece hasta mediados de 1595, como misionero y custodio de los conventos franciscanos del Tucumán y del Paraguay. Su acción misionera en estas regiones es para llenar muchas páginas y las conversiones se cuentan por millares; sus habitantes aún lo recuerdan con veneración.
En 1595 los superiores de Lima , de quienes dependía, lo llaman a Perú para hacerse cargo de la Recolección franciscana (Convento de los Descalzos), que acababa de fundarse a las afueras de la ciudad de Lima . Sólo por obediencia acepta el cargo, dedicándose de lleno a la oración y a la penitencia, de modo que sus claustros quedan impregnados de sus excelsas virtudes. Pocos años después, el comisario, padre Juan Venido, lo envía a la ciudad de Trujillo (1602) en calidad de Guardián. Pero en 1604 vuelve de nuevo a la Recolección de Lima ; ese mismo año, en diciembre, abandona su retiro y sale por las calles y plazas exhortando a todos a hacer penitencia, amenazando a los reacios con los castigos de Dios. El efecto de este sermón fue enorme; la ciudad se conmovió, pero hubo de ser advertido que en adelante no saliera así.
Su vida penitente, sus trabajos y privaciones le fueron restando fuerzas y por ello se le traslada a la enfermería del convento de San Francisco de Lima , donde tras breve enfermedad, muere el 14 de julio de 1610. Su entierro fue apoteósico, asistiendo toda la ciudad , desde el virrey y el arzobispo hasta los más humildes, todos con la misma idea de haber asistido al entierro de un santo.
El mismo año de su muerte comenzaron las informaciones sobre su vida y virtudes, las cuales dieron por resultado que el Papa Clemente X lo beatificara en 1675 y Benedicto XIII lo proclamase santo en 1726. En su tiempo vivieron, en Lima , además de santo Toribio de Mogrovejo, santa Rosa, san Martín de Porres y san Juan Macías.
Significado para nuestro tiempo
Al repasar la vida de este santo y la de otros misioneros de su tiempo, deberíamos pensar qué espíritu los guiaba en sus afanes apostólicos. La respuesta no puede ser otra que la de extender el Reino de Cristo en la Tierra. Su ejemplo nos incita a nosotros, cristianos del siglo XX, a proseguir con el mismo empeño aquella tarea misional comenzada por ellos y no acabada aún en nuestros días. Ese será el mejor homenaje que les podemos tributar en la celebración del V Centenario de la Evangelización de América.
Heras, Julián, O.F.M., San Francisco Solano. Apóstol de Perú y de Argentina,
en R. Ballán, Misioneros de la primera hora.
Grandes evangelizadores del Nuevo Mundo. Lima 1991, pp. 145-148.


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14 de julio
San Francisco Solano (1549-1610)
por Rubén Vargas Ugarte, s.j.
. De los tres santos canonizados que con su presencia santificaron estas tierras de América, San Luis Beltrán, San Pedro Claver y San Francisco Solano, este último es el que con más razón merece el título de apóstol de este Nuevo Mundo, tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó de su paso. San Luis Beltrán no hizo sino abordar a las costas insalubres y deshabitadas de Santa Marta, evangelizó a las tribus errantes de los bordes del Magdalena y a los pocos años volvióse a España. San Pedro Claver se encerró dentro de los muros de Cartagena y allí vivió hasta su muerte, hecho esclavo de los esclavos. Solano, en cambio, recorrió gran parte del Perú de entonces y ha dejado recuerdos de su tránsito en cinco repúblicas de este continente.
Había nacido el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla, en la Andalucía, del matrimonio de Mateo Sánchez Solano y Ana Jiménez Hidalga. Sus padres eran acomodados y cuando el niño estuvo en edad de estudiar lo entregaron a los jesuitas, que tenían entonces un colegio en el lugar. Allí aprendió las letras humanas y allí también sintió despertarse su vocación. A los veinte años, en plena adolescencia, decide vestir el sayal franciscano y acude al convento de San Lorenzo, en las afueras, donde el guardián, fray Francisco de Angulo, le abre las puertas de aquel cenobio, en donde va a poner los fundamentos de su futura santidad. Dios, en efecto, le había escogido para santo. Por entonces los franciscanos habían sentido renovarse su fervor y anhelaban imitar más de cerca a Jesucristo, siguiendo las huellas del Pobrecillo de Asís. Solano, desde los primeros días de su vida religiosa, sintió en su corazón arder esta llama, se determinó a abrazarse estrechamente con Cristo, siguiendo desnudo al desnudo Jesús. Hizo su profesión el 25 de abril de 1570 y verdaderamente renunció a todo para vivir unido a su modelo. Unos años más tarde dejaba Montilla y se trasladaba al convento de Nuestra Señora de Loreto, en las proximidades de Sevilla, donde alternó el estudio de las ciencias sagradas con la oración y la penitencia. Escogió para vivienda la celda más pequeña e incómoda del convento, bien próxima al coro, en donde pasaba buena parte de su tiempo.
Allí recibió la unción sacerdotal y un 4 de octubre cantó su primera misa en la capilla de la Virgen, hallándose presente su padre, que muy poco después dejaba este mundo. Como tenía buena voz y era muy aficionado a la música, arte que podemos decir cultivó toda su vida, le nombraron vicario de coro y predicador. La muerte de su progenitor y la ceguera de que adoleció su madre le obligaron a volver a Montilla, pero transformado en otro hombre. De su breve estancia en su ciudad natal quedó indeleble recuerdo. Aquel joven franciscano, «no hermoso de rostro, moreno y enjuto», como nos lo describe uno de sus contemporáneos, se atrajo las miradas de todos por el espíritu con que hablaba y la santidad que emanaba de todo su ser. Aún se cuenta que hizo varias curaciones, pero el más evidente indicio de su ascendiente sobrenatural nos lo da el hecho de haber pedido la marquesa de Priego, la señora del lugar, un hábito de fray Francisco para que le sirviese de mortaja.
Tan sólidas eran ya sus virtudes que los superiores de la Orden le enviaron a Arrizafa, en las cercanías de Córdoba, a fin de que en esa recolección ejerciese el cargo de maestro de novicios. Nadie mejor que él para servir de guía a quienes aspiraban a realizar íntegramente el ideal del fraile menor. Tres años vivió en este convento y en 1581 pasa a San Francisco del Monte, monasterio escondido entre los breñales de la Sierra Morena. En aquella soledad su espíritu se expande y se une más estrechamente a Dios. No olvida, sin embargo, a sus hermanos, y, cuando la peste diezma a los vecinos de Montoro, acude solícito a ayudar a los enfermos a bien morir y a curar a los atacados del mal. Le acompaña un buen hermano lego, fray Buenaventura, que al fin sucumbe también a los rigores de la peste, y Solano continúa asistiendo a sus hermanos dolientes en la iglesia de San Sebastián, transformada en hospital, donde aún se conserva un cuadro que recuerda su caridad.
Se le nombra guardián del convento y a los tres años se le envía al convento de San Luis de la Zubia, en la vega de Granada. Aquí termina su labor en España, porque en 1588 solicita pasar a América en compañía del padre comisario, fray Baltasar Navarro, que ha venido en busca de misioneros. Ciérrase entonces la primera etapa de su vida; la segunda le verá en las apartadas regiones del Tucumán, convertido en misionero de indios, hasta el año 1602, en que se le ordena volver al Perú, donde estaba la estricta observancia de los recoletos y donde fallece en 1610. Estas tres etapas en que podemos dividir su vida son bien marcadas y cada una de ellas tiene su carácter peculiar. En España ha alternado el estudio de la perfección religiosa con el de las ciencias y los cargos de gobierno con el ministerio apostólico, pero esto último lo hace sólo a intervalos y no de una manera metódica y continua. Es la etapa de preparación y en la cual se macizan sus virtudes. Cuando tome la carabela que le ha de conducir a Tierra Firme ya Solano es un santo, es el varón de Dios, que lo pisotea todo para unirse a su Señor.
* * *
El 3 de marzo de 1589 pasaba la barra de Sanlúcar la flota que conducía al nuevo virrey del Perú, don García Hurtado de Mendoza. En una de las naves, oculto a las miradas de todos, viajaba nuestro héroe, acompañado por un regular grupo de hermanos suyos que pasaban a América a conquistar para Cristo muchas almas. Con viento favorable llegaban a Cartagena el 7 de mayo y, tras unos días de espera en aquel puerto, pasaban a Portobelo y de aquí a Panamá, adonde debió de llegar Solano a fines del mes de junio de 1589. La falta de embarcaciones le obligó a permanecer en aquel mortífero clima, donde perdieron la vida dos de los franciscanos que venían en su compañía. Después de cuatro meses lograron hallar una nave que los condujese al Perú, pero tan descuadernada que unos cuantos golpes de mar, como luego veremos, bastaron para dar al través con ella. Solano, en compañía del padre fray Diego de Pineda y de fray Francisco de Torres, tomó pasaje a su bordo, y la embarcación levó anclas en el puerto de Perico y se dio a la vela para el Callao.
La navegación desde Panamá hasta aquel puerto se hacía difícil, así por tener que vencer la corriente marina que baña aquellas costas como por la falta de viento, sobre todo en esta época del año. Así sucedió entonces, y en la vecindad de la isla de la Gorgona, frente a las costas de la actual Colombia, aquella frágil nave vino a zozobrar. En un batel lograron llegar a tierra algunos de los pasajeros y tripulantes, pero Solano permaneció sereno en los restos flotantes de la nave, alentando a los náufragos y auxiliándolos en aquel caso extremo. Cuando el batel volvió en su busca fue el último en acogerse a él, y lo hizo lanzándose al mar, después de arrollar el hábito a la cintura. Una vez en la playa, y cubierto tan sólo con la túnica, fue en busca del hábito que había perdido y lo halló en la arena. San Francisco , como él decía, le había dado aquel hábito y él también se lo había de devolver.
Por más de dos meses hubieron de permanecer los náufragos en la costa, desprovistos de todo auxilio. Uno de los compañeros de Solano había perecido en el naufragio, el otro, cansado de esperar, decidió salir en el batel con otros compañeros en busca de socorro. Tenían que alimentarse de peces, mariscos y hierbas silvestres, y no sin trabajo los encontraban. Solano, olvidado de sí, procuraba levantar el ánimo de sus compañeros, aliviaba sus males y les daba cuanto caía en sus manos y podía servir para su sustento. Parece que en más de una ocasión su pesca tuvo todos los contornos de milagrosa. El Señor escuchaba a su siervo. Al fin arribó el socorro tan ansiado. A últimos de diciembre una nave recogió a los náufragos y los condujo al puerto de Pafta, al norte del Perú. De aquí continuó Solano su camino por tierra hasta llegar a la ciudad de los reyes, Lima . Cruzó aquella costa desierta, interrumpida a veces por los valles que riegan los ríos que bajan de la cordillera, y en 1590 entraba en la capital del virreinato, donde ya le había precedido el virrey don García y en donde por aquel tiempo gobernaba aquella iglesia un esclarecido prelado, Santo Toribio de Mogrovejo.
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Solano ardía en deseos de pasar a las Misiones a que estaba destinado. Fray Baltasar, que le había traído consigo, atendió sus ruegos y con otros ocho religiosos emprendió el camino que conducía al Tucumán. La distancia era enorme. Basta fijar los ojos en un mapa de América para darse cuenta del inmenso espacio que había que recorrer. Pero a esta dificultad se añadía otra mayor: la de la aspereza y rigor de la tierra. Había que transmontar los Andes, y luego de cruzarlos, llegar hasta el Cuzco, para tomar después el camino que conduce al Callao, esto es, a la meseta frígida y desnuda casi de vegetación que domina la actual Bolivia y se prolonga casi hasta los confines del Norte argentino. Aquí comenzaba la bajada abrupta y sinuosa hasta Salta y más abajo a las llanuras del Tucumán. Solano hubo de arrostrar esta jornada caminando unas veces a pie, otras en pobres cabalgaduras, y sufriendo todas las consecuencias de la falta de abrigo y de las rigideces del clima. Si por allí habían pasado los conquistadores y capitanes en busca del Dorado y del rico cerro de Potosí, ¿iban a mostrarse menos animosos los discípulos de Cristo, los conquistadores de las almas?
En noviembre de 1590, según la carta del comisario fray Baltasar Navarro a Su Majestad, llegaba la expedición al Tucumán (carta fechada en Santiago del Estero el 26 de enero de 1591). En todo aquel territorio no había por aquel tiempo sino dos obispados, el del Tucumán y el del Río de la Plata. El primero era tan pobre, decía su obispo, fray Fernando Trejo, en 1601, que su catedral carecía de ornamentos decentes y no tenía cómo poder levantar el seminario. Los franciscanos, dominicos y mercedarios habían penetrado en la región años hacía, pero su número era muy escaso. Tras ellos vinieron los padres de la Compañía de Jesús, pocos también. En 1610 la Orden de Santo Domingo sólo tenía un convento en Córdoba; los franciscanos tenían seis: en Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Rioja, Talavera y Salta, pero en el que más había seis o siete frailes y en el que menos dos o tres; los mercedarios tenían también seis casas, en las mismas ciudades, pero su número era menor; finalmente, la Compañía sólo tenía domicilios en Córdoba y Tucumán, aunque en el primero los religiosos pasaban de veinte. Si esto sucedía en 1610, ya podremos calcular lo que sería en 1591, o sea unos veinte años antes, en el momento en que Solano arriba a esas tierras.
Muy escasa es la documentación que poseemos sobre sus actividades apostólicas en el Norte argentino. Casi todos sus biógrafos, aun en la época moderna, no han hecho otra cosa sino inspirarse, no siempre con fidelidad, en las declaraciones de los procesos. Por fortuna, éstos se llevaron a cabo cuando aún vivían muchos que habían conocido y tratado al Santo, y de allí que su testimonio sea de calidad. Fray Francisco permaneció en el Tucumán sólo once años, de 1591 a 1602, primero como misionero y doctrinero de Socotonio y la Magdalena, y a partir de 1595, como custodio o viceprovincial de todos los conventos del Tucumán y del Paraguay, dependientes de la provincia del Perú.
La labor del misionero era ardua. No sólo había que vencer la resistencia del indígena, receloso siempre de los españoles, de quienes había recibido y recibía muchas vejaciones, sino, además, romper con las dificultades de la lengua y las que oponía la misma naturaleza, en un país cruzado por montes y ríos y en su mayor parte deshabitado. La caridad y mansedumbre de Solano y la pobreza de su hábito le ganó el corazón de los indios; se aplicó al estudio de su lengua y Dios ayudó sus esfuerzos. Se dice que poseyó el don de lenguas, pero no está de más advertir que, por las declaraciones de quienes le trataron, el capitán Andrés García de Valdés le enseñó la Tonocote y uno de sus compañeros confiesa que tardó cuatro meses en aprender otra de las lenguas indígenas. Sin embargo, en su caso se renovó el milagro del día de Pentecostés, porque, hablando en una sola lengua, sus oyentes le entendían como si les hablara en la propia.
El Santo se impuso a aquellas mentes casi infantiles y el secreto de sus éxitos estuvo en su perfecta unión con Dios. Hay un hecho que aparece referido por uno de los testigos de los procesos, el cura de la Nueva Rioja, don Manuel Núñez Maestro, pero sus biógrafos lo han desfigurado y hasta lo han hecho inverosímil. El Jueves Santo de 1593 Solano se encuentra en la población, que apenas lleva dos años de fundada. Ha venido invitado por el cura. Cuarenta y cinco caciques con su respectivo séquito se dan cita en el mismo lugar y este número de indios alarma al teniente de gobernador, quien aconseja a los vecinos preparar las armas. En la noche, como era el uso de España y de muchas ciudades del Perú, va en procesión un grupo de disciplinantes, desnudos medio cuerpo arriba, azotando sus espaldas. Los indios no salen de su asombro. Solano aprovecha la ocasión para hablarles del Redentor y de sus sufrimientos por nosotros: les cautiva y le piden que los instruya en los misterios de la fe. Algunos dieron en decir que los bautizó a poco a todos y que su número llegaría a 9.000. El cura Núñez no dice esto. Sus palabras textuales son: «Los retuvo a todos hasta que fueron bautizados».
Solano no podía desconocer lo que habían ordenado sobre el particular los concilios limenses de 1567 y 1584. En el Tucumán se conocían esas prescripciones y en 1597 las hacía suyas el sínodo celebrado en Santiago del Estero por el obispo Trejo. Tampoco nos parece verosímil que fueran 9.000 los bautizados. El cura Núñez dice solamente que el número de indios llegaría a 9.000, pero es más que probable que en ese número incluía los de la región o los que estaban sujetos a los caciques que hicieron su aparición en la Rioja. Aun reduciendo el hecho a sus debidas proporciones, la acción del apóstol campea y sobresale. Tampoco creemos, como algunos afirman, que su actividad se extendiera al Gran Chaco y a otras regiones alejadas del Tucumán. No hay fundamento para asegurarlo. Santiago del Estero, la desaparecida Esteco, la Rioja y Córdoba fueron el teatro de sus hazañas. En todos estos lugares dejó las huellas de su paso y testimonios evidentes de su santidad. Cítanse las fuentes de Talavera o Esteco y la de la Nueva Rioja. En ambas brotó el agua al conjuro de la voz de Solano. De la primera apenas cabe dudar, pues cuando, en 1617, pasó por allí el visitador del Tucumán, don Francisco de Alfaro, todos le señalaron la fuente del padre Solano que allí brotaba copiosamente.
En el año 1601 los superiores le llaman al Perú. Querían servirse de él para la nueva recolección de Nuestra Señora de los Angeles, que estaba a punto de fundarse en Lima . Obediente a la voz de Dios, emprende el largo camino que le separa de aquella ciudad . Su humildad no acepta el cargo de guardián y queda como vicario. No mucho después el comisario fray Juan Venido le envía a la ciudad de Trujillo, en calidad de guardián. Esta vez no puede rehuir el cargo. En 1604 vuelve nuevamente a la recoleta de Lima y en diciembre del siguiente año, abandonando su retiro y con un crucifijo en la mano, sale por calles y plazas, exhortando a todos a hacer penitencia de sus pecados y amenazando a los reacios con los castigos de Dios. La vista de aquel fraile, espejo de la penitencia, el ardor de su mirada y el fuego de sus palabras, conmueve a sus oyentes. Le siguen hasta la plaza Mayor y allí el gentío se hace cada vez más numeroso. Resuenan por los aires las voces de perdón y por toda la ciudad cunde la voz de un inminente castigo del cielo. Recientes están los ejemplos de Arica y Arequipa, asoladas por un terremoto, de modo que aquella noche hubo que dejar abiertas las iglesias, por el gran concurso de gente que pedía a gritos confesión.
La ciudad pasó la noche en alarma. Hasta Rosa, la virgen incomparable, azota su cuerpo sin piedad, pidiendo a Dios por los pecadores. El virrey, conde de Monterrey, manda al siguiente día hacer una averiguación del hecho. Ordena, de acuerdo con el padre comisario, que un tribunal examine e inquiera del predicador lo que ha dicho y las causas que le han movido a decirlo. Solano se presenta sereno y, como ha obrado por divino impulso, no hace sino exponer la verdad. Sin embargo, recibió una admonición, a fin de que en adelante no perturbara la tranquilidad de los habitantes.
En lo sucesivo su vida es más del cielo que de la tierra. Sus fuerzas van decayendo visiblemente y por esta causa se le traslada al convento de Jesús, de Lima , donde, tras breve enfermedad, causada más por las privaciones y trabajos que por el desgaste natural del organismo, fallece el día de San Buenaventura, 14 de julio de 1610, cuando se elevaba la hostia en la misa mayor. Su entierro tuvo contornos apoteósicos. El virrey, marqués de Montesclaros, y el arzobispo Lobo Guerrero son los primeros en conducir el féretro a la iglesia, donde la guardia de alabarderos apenas puede contener a la multitud. Predica sus virtudes el provincial de la Compañía, Juan Sebastián de la Farra, y se le da sepultura en la cripta de la iglesia, donde más tarde se levantará una capilla. El mismo año de su muerte, a 23 de julio de 1610, se empezaron las informaciones sobre su vida y virtudes, las cuales dieron por resultado el que la santidad de Clemente X lo beatificase en el año 1675 y Benedicto XIII lo proclamase Santo en 1726.
Rubén Vargas Ugarte, S.I.,
San Francisco Solano, en Año Cristiano, Tomo III,
Madrid, Ed. Católica (BAC 185), 1959, pp. 125-133.
FUENTES:
http://www.portalmisionero.com/noa/franciscosolano.htm
http://www.franciscanos.org/santoral/menud.html
Su labor evangelizadora alcanzó gran parte del Perú, y también de Bolivia, Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay.
En Argentina, dejó una profunda huella misionera en la región del noroeste.


BIOGRAFIA
Nació el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla (Córdoba de Andalucía). Su padre fue alcalde de Montilla y su abuelo un importante médico de la ciudad , en la que Francisco cursó sus estudios, demostrando desde pequeño una especial habilidad para imponer paz entre los contendientes. Se dice que bastaba que corriera hasta donde había pelea para que la misma finalizara.
Cuando el niño estuvo en edad escolar, su padre lo entregó a los jesuitas. Con ellos aprendió las primeras letras y sintió despertar su vocación.
Francisco inició estudios de Medicina pero al poco tiempo, desencantado, ingresó en el convento franciscano de San Lorenzo, próximo a la Huerta del Adalid, en las afueras de Montilla. Eligió el convento de San Lorenzo , porque le atraían mucho la pobreza y la vida sacrificada de los religiosos devotos del santo de Asís. El 25 de abril de 1570 hizo profesión de fraile. Fue destinado al convento de Nuestra Señora de Loreto, en el Aljarafe, donde estudió Filosofía y Teología hasta 1576, cuando se ordenó.
Por su afición a la música, que cultivó durante toda su vida, lo nombran vicario de coro y predicador. Pasa por diversos conventos de Andalucía, y en todos deja ejemplos edificantes de su fervorosa caridad.
Maestro de novicios en San Francisco del Monte y Azurrafa, partiendo luego a predicar por tierras de Andalucía. Al estallar la fiebre tifoidea, se dedicó junto a Fray Buenaventura a socorrer a los enfermos con tanto fervor, que despertó la admiración de cuantos le conocieron.
A los 40 años (1589) solicita pasar a América, para emular los ejemplos de apostolado que había oído contar de sus hermanos de hábito. Primero pidió a sus superiores ir a Berberia (Africa) "a padecer martirio", pero como su solicitud no fue aceptada, "determinó de buscar las partes más remotas de Indias para conseguir sus intentos".
En febrero de 1589 partió de San Lucar de Barrameda, en una gran expedición compuesta por 36 embarcaciones a bordo de las cuales viajaban 300 efectivos de infantería y 70 misioneros.
Durante su largo y accidentado viaje a América, en el que iba también el virrey de Lima don García Hurtado de Mendoza, Francisco aprovecha para predicar a la tripulación
Como era habitual en aquel tiempo, pasó Solano por el istmo de Panamá al Pacífico a través de la selva, en una penosa travesía por tierra, embarcando nuevamente hacia el Perú. Y fue en pleno océano que lo sorprendió una terrible tormenta, zozobrando su nave a la altura de la isla Gorgona, frente a Colombia y Ecuador. En medio del pánico general Solano subió a cubierta, crucifijo en mano, para infundir ánimo a los aterrorizados pasajeros, muchos de ellos esclavos negros que viajaban encadenados. El barco encalló y Francisco, despojado de sus ropas, debió nadar un buen trecho hasta la costa. Las olas se encargaron de hacer llegara la isla su hábito y su cordón.
En aquel lugar pasaron muchas penalidades y la salud de Francisco comenzó a resentirse. Llovía casi permanentemente y había muchas tormentas. Pero el hambre fue el peor de los flagelos, obligando a los sobrevivientes a vivir de cangrejos, peces y culebras. Gran asombro causó a todos que los cangrejos acudiesen a la choza del santo, como obedeciendo algún llamado.
Del naufragio rescataron los marinos un cuadro de la Virgen, construyendo para ella una pequeña capilla en la que Solano predicó en Navidad prometiendo que pronto llegaría el socorro esperado. Y así ocurrió. Un día llegó un barco que recogió a los sobrevivientes y los condujo al puerto peruano de Payta
Pero como su destino era Tucumán, emprende desde ahí el larguísimo viaje de más de 3.000 kilómetros, siempre a pie, en compañía de ocho franciscanos más. Había que atravesar los Andes por el valle de Jauja, Ayacucho, y llegar hasta el Cuzco; cruzar la meseta del Collao, la actual Bolivia por Potosí y entrar en los confines del norte argentino; de nuevo bajar hasta Salta y finalmente hasta las llanuras del Tucumán.
Aquí permanece hasta mediados de 1595, como misionero y custodio de los conventos franciscanos del Tucumán y del Paraguay. Su acción misionera en estas regiones es para llenar muchas páginas y las conversiones se cuentan por millares; sus habitantes aún lo recuerdan con veneración.
Cuando fray Francisco llegó al Tucumán procedente de Lima en 1590, sólo cinco pequeñas ciudades poblaban ese vastísimo territorio de setecientos mil kilómetros cuadrados: Santiago del Estero, Córdoba de la Nueva Andalucía, San Miguel del Tucumán, Nuestra Señora de Talavera del Esteco, y Lerma en el valle de Salta. Poco tiempo después, el 20 de mayo de 1591, se fundaría "Todos los Santos de la Nueva Rioja" donde haría muchos prodigios. La provincia del Tucumán contaba con algo más de quinientos hombres españoles (unos mil quinientos con mujeres y niños) en todas esas escasas “ciudades” (como se las llamaba enfáticamente, siendo en realidad unos míseros villorrios de chozas) y unos veinte mil indios sometidos y repartidos en encomiendas. Solano también misionó por el Chaco paraguayo (en tiempos del gobierno de Hernandarias, el primer caudillo criollo), por Uruguay, el Río de la Plata y Santa Fe, siempre a pie, convirtiendo por igual innumerables indígenas y también colonos españoles, milagro grande, ¡incluso encomenderos!. Por su parte, las ciudades de la cuenca del Plata sumaban unos dos mil españoles y menos de cuatro mil indios.
El fraile había sido destinado como "doctrinero" en las encomiendas riojanas de Socotonio y Magdalena, y fue allí donde comenzaron a verificarse hechos sobrenaturales. Los nativos del lugar hablaban dialectos y lenguas que resultaban incomprensibles para los españoles y dificultaba el proceso de evangelización (sólo en el Tucumán se hablaban más de 20 lenguas), pero ello no fue problema para el franciscano, quien "las supo, aprendió y entendió en tan breve tiempo y tan elegantemente que los indios lo tomaron por hechicero, pues en sus propios vocablos los contradecía".
En la mayoría de los lugares donde estuvo cuentan de él hechos portentosos, como sacar con su bastón agua de donde no la había, amansar a un toro bravo que terminó por arrodillarse y lamerle las manos, echar de un trigal a una plaga de langostas, cruzar sobre su manto el caudaloso río Hondo, ensanchar una viga que no era lo suficientemente larga, resucitar a un niño indio, tener la ropa seca después de un fuerte aguacero o predicar al mismo tiempo a miembros de distintas tribus usando un lenguaje que todos entendían.
Recién llegado a La Rioja fue invitado a comer a la casa de un acaudalado encomendero. Mientras pronunciaba una oración de agradecimiento por la comida, tomó un pan y lo partió con sus manos, y ante su propia sorpresa manaron gotas de sangre. El fraile se levantó, y antes de retirarse dijo: "Nunca me sentaré a la mesa de un hombre cuya riqueza fue amasada con la sangre de los humildes". Ante lo ocurrido, el hacendado repartió sus posesiones entre la gente del lugar y dedicó el resto de sus días a realizar penitencia.
Fray Francisco Solano llevaba siempre consigo un rabel, primitivo instrumento musical semejante a un violín, compuesto por un arco con una cuerda tensada que se ejecutaba con un palito. No hay referencias a sus dotes musicales, pero se sabe que lo utilizaba para acompañar sus cánticos religiosos que, según los cronistas de la época, amansaban milagrosa y eficazmente a todos los seres, hombres y animales.
El Jueves Santo del año 1593 la ciudad de La Rioja se vio invadida por "cuarenta y cinco caciques con su gente". Eran los temibles diaguitas, y los vecinos se prepararon para la defensa, ya que el ataque parecía inevitable. Fue entonces cuando hizo su aparición Francisco tocando su rabel y entonando salmos como si nada grave sucediese. Terminado su canto "hizo a los indios un sermón" del que un compañero cura testificó "no saber en qué lengua era porque todos le entendían, así españoles como indios". Luego, ante los azorados nativos, comenzó a flagelarse con saña mientras gritaba que en "noche como aquella de Jueves Santo habían azotado y muerto a Nuestro Señor por nuestros pecados". El efecto fue mágico pues aquellos indios feroces, de ser cierto lo atestiguado, "pidiendo en masa el Santo Bautismo y con muchas lágrimas se desnudaron las camisetas y unos con guascas y otros con lo que hallaban se iban azotando todos".
En 1595 los superiores de su Orden lo llaman a Perú para hacerse cargo de la Recolección franciscana (Convento de los Descalzos), que acababa de fundarse a las afueras de Lima . Como siempre, se resistió todo lo que pudo antes de aceptar cualquier cargo de responsabilidad, exagerando de manera deliberada su propia incapacidad para gobernar, pero finalmente tuvo que acatar la autoridad de sus superiores.
Su obsesión por la pobreza era tal que no quería que se blanqueara o enladrillara la casa, ni que se pulieran las puertas y ventanas. En su celda, tan sólo tenía un camastro, una colcha, una cruz, una silla y mesa, un candil y la Biblia junto con algunos otros libros. Era el primero en todo, y jamás ordenó una cosa que no hiciera él antes.
Sus consejos eran prudentes, y cuando tenía que reprender a alguno de los demás frailes, lo hacía con gran celo y caridad. Sus excesivas penitencias y su espíritu de oración no le impedían ser alegre con los demás. Solano era también el santo de la alegría.
En diciembre de 1604 abandona su retiro y sale por las calles y plazas exhortando a todos a hacer penitencia, amenazando a los reacios con los castigos de Dios. El efecto de este sermón fue enorme; la ciudad se conmovió, y hubo de ser advertido que en adelante no saliera así. Lo cierto es que, pocos años después de muerto, se recordaba aquel sermón y aquella amenaza profética en ocasión del terrible sismo que mató a más de la mitad de la población de Lima . Se cuenta que estando en Trujillo había tenido la profética visión del terrible terremoto que sacudiría a la ciudad 15 años después (1619), vaticinando que la gran iglesia se hundiría pero que quedaría intacto el púlpito y debajo de éste una anciana mujer ilesa, tal como aconteció.
De regreso en Lima , enfermó gravemente (1605), quedando postrado en un hospital. En 1609 un sismo sacudió la ciudad tan violentamente que el agua se derramó de las fuentes y las campanas de los templos tocaron solas. Las iglesias se llenaron de gente y entonces Francisco salió a predicar, pese a que casi no podíatenerse en pie. Y siguiendo su costumbre, dio grandes voces invitando al arrepentimiento y la conversión.
Su vida penitente, sus trabajos y privaciones de veinte años en Sudamérica, le fueron restando fuerzas y por ello se le trasladó a la enfermería del convento de San Francisco de Lima donde, tras breve enfermedad, muere el 14 de julio de 1610, día en que el Santoral lo recuerda. Ese día, centenares de pájaros se posaron en su ventana y las campanas de Nuestra Señora de Loreto tocaron solas.
Desde lejos las gentes vieron una rara iluminación en esa habitación durante toda la noche. Su entierro fue apoteósico, asistiendo toda la ciudad , desde el virrey y el arzobispo hasta los más humildes, todos con la misma idea de haber asistido al entierro de un santo. Tras un magnífico funeral, al que asistieron mas de 5000 personas, su cuerpo fue depositado en la catedral de Lima donde descansa junto a Santo Toribio Mogrovejo. El convento franciscano de La Rioja conserva la celda que ocupó en 1592, junto al naranjo que ese mismo año plantó.
Tan sólo 15 días después de su muerte, se abrió su proceso de canonización. Las gestiones comenzaron en Lima , donde hubo 500 testigos, y después continuaron en otras ciudades del Perú, en el Tucumán y en España. Estas investigaciones las dieron por resultado que el Papa Clemente X lo beatificara en 1675 y Benedicto XIII lo proclamase santo en 1726.
Francisco Solano es patrono de los terremotos, de la Unión de Misioneros Franciscanos y del folklore argentino. También es patrono de Montilla y de numerosas ciudades americanas como Lima , La Habana, Panamá, Cartagena de Indias, La Plata, Ayacucho y Santiago de Chile, entre otras. El día de su muerte, figura en los almanaques de Argentina como “Día del Misionero”.
Se lo ha llamado "el taumaturgo del nuevo mundo", por la cantidad de prodigios y milagros que obtuvo en la región. En su tiempo vivieron en Lima , además de santo Toribio de Mogrovejo, santa Rosa, san Martín de Porres y san Juan Macías.


HECHOS MILAGROSOS
En la mayoría de los lugares donde estuvo cuentan de él hechos portentosos, como sacar con su bastón agua de donde no la había, amansar a un toro bravo que terminó por arrodillarse y lamerle las manos, echar de un trigal a una plaga de langostas, cruzar sobre su manto el caudaloso río Hondo, ensanchar una viga que no era lo suficientemente larga, resucitar a un niño indio, tener la ropa seca después de un fuerte aguacero o predicar al mismo tiempo a miembros de distintas tribus usando un lenguaje que todos entendían.
Recién llegado a La Rioja fue invitado a comer a la casa de un acaudalado encomendero. Mientras pronunciaba una oración de agradecimiento por la comida, tomó un pan y lo partió con sus manos, y ante su propia sorpresa manaron gotas de sangre. El fraile se levantó, y antes de retirarse dijo: "Nunca me sentaré a la mesa de un hombre cuya riqueza fue amasada con la sangre de los humildes". Ante lo ocurrido, el hacendado repartió sus posesiones entre la gente del lugar y dedicó el resto de sus días a realizar penitencia.
Ocurrió que un Jueves Santo, mientras predicaba en La Rioja, corrió la voz de que una horda de 9000 indígenas se disponía atacar la ciudad . Y mientras todo el mundo corría en pos de armas y tomaba posiciones para la defensa, San Francisco salió con su crucifijo en la mano y colocándose frente a los bárbaros les habló de manera clara y firme, como cuando predicaba. Y así fue que aquellos desistieron y aceptaron el bautismo. En señal de agradecimiento, San Francisco entronizó al Niño Dios como Alcalde de La Rioja, dando origen a la célebre fiesta del Tinkunaco.
El capitán Cristóbal Barba de Alvarado da testimonio de que, viajando en funciones de teniente del Gobernador, con el padre Solano y una importante comitiva de españoles e indios, vinieron a encontrarse en peligro grave por la sed. El fraile le dijo: «Señor capitán, caven aquí. Al punto lo puso por obra el capitán. Cavó en la parte y lugar que el padre Francisco le había señalado. Y salió un golpe de agua con la cual bebieron todos los que se hallaron presentes, y las cabalgaduras y animales que traían». Y no fue la única vez que hizo esto.
En otra ocasión, supo que los indios querían mudarse del lugar, por falta de agua en la región. Eso pondría fin al apostolado que el Santo estaba haciendo con ellos, pues se dispersarían. Francisco los llamó y les dijo que no había motivo para mudarse, porque allí cerca había una fuente. Fue con los indios incrédulos hasta una área árida, y designando un lugar con su bastón, mandó que cavasen. Brotó una fuente tan abundante, que con el tiempo fue posible, con su agua, mover simultáneamente dos molinos.
El padre Solano también mostró siempre una especial amistad con los pajarillos de Dios. El cronista fray Juan de Vergara, compañero suyo, cuenta de él que «todos los días, en aquella doctrina [de Esteco] donde estaba, después de comer, se iba a un montecillo que allí cerca estaba, desmigajando un pedazo de pan, que era el ordinario sustento que les llevaba. Llegábanse tantas aves sobre el siervo de Dios, que era cosa maravillosa. Y estaban sobre su cabeza, hombros y manos hasta tanto que les echaba su bendición. Y entonces se iban».
Otro compañero del Santo, fray Alonso Díaz, refiere que, yendo con él de camino, hallaron una paloma herida por algún zorro: «El padre Solano, habiéndola visto así maltratada y herida, con sus propias manos la curó, juntándole los pellejos que tenía desgarrados, los untó con un poco de sebo, y le echó la bendición». Más tarde, ya llegados a su destino, fray Alonso «vio muchas veces que la paloma se le asentaba en el hombro al padre Solano; y le daba de comer en la mano, y se volvía a su palomar. Y conoció que era la propia paloma que el padre Solano había curado en el camino».
Otro día, en San Miguel de Tucumán, un embravecido toro abandonó la arena y se abalanzó por las calles. Los pobladores desesperados llamaron al misionero y éste, enfrentando a la bestia alzó un brazo y la apaciguó hablándole con voz suave pero firme, reprendiéndolo por su maldad. El toro bajó la cabeza, se le acercó y le lamió las manos mientras se dejaba conducir de regreso al corral. Debido a este hecho, San Francisco Solano fue declarado patrono de los toreros.
Después de muerto, San Francisco regresó al mundo (1692) para advertir a los pobladores de Esteco que, de persistir en el pecado, su ciudad sería destruida, tal como ocurrió.


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San Francisco Solano (1549-1610)
Apóstol de Perú y de Argentina
por Julián Heras, o.f.m.
. Gran apóstol de América del Sur y especialmente de Perú, en cuya capital, Lima , está enterrado, San Francisco Solano nos trae el ejemplo de tantos misioneros franciscanos y de otras congregaciones, que entregaron su vida por entero a la evangelización del Nuevo Mundo.
Acabada la conquista del gran imperio incaico, que se extendía desde el sur de Colombia hasta el norte de Chile y el noroeste de Argentina, los misioneros de las distintas Ordenes religiosas iniciaron la evangelización de estos extensos territorios. En Perú el trabajo fue comenzado en 1531 por dominicos y franciscanos; más tarde llegan los agustinos, mercedarios y jesuitas, sin olvidar al clero secular que también participó en este apostolado.
Desde Perú se extendió el cristianismo por todos los territorios vecinos, como Chile, Bolivia y Tucumán. En tierras del Plata la cristianización floreció cuando en 1547 se estableció por el Chaco el enlace con Perú. A fines del siglo XVI se incluyeron también en el trabajo misional Paraguay y Uruguay.
Al crecimiento exterior de la Iglesia correspondió el interior. Se celebraron los primeros concilios provinciales y se dieron las primeras normas pastorales para la catequesis indígena. Con ese fin se instituyeron las llamadas "doctrinas" o parroquias de indios. Se publican los primeros catecismos y el mismo Concilio Limense de 1567 hizo obligatorio para los misioneros el aprendizaje de las lenguas indígenas.
Los obispos más celosos, como santo Toribio de Mogrovejo, se dieron a recorrer en visitas pastorales, que duraban años, sus inmensas diócesis.
En esta primera hora de la evangelización, estuvo en primera línea la Orden franciscana; entre los muchos nombres de esta Orden que habría que rescatar del olvido, la figura de san Francisco Solano puede representar a todos ellos, ya que trabajó en casi todos los territorios arriba mencionados.
Perfil biográfico
Verdadero apóstol de América, tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó a su paso, san Francisco Solano no sólo recorrió gran parte de Perú de entonces, sino también otros cinco países de América del Sur. Nació el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla (Córdoba). Sus padres eran acomodados y, cuando el niño estuvo en edad escolar, lo entregaron a los jesuitas. Allí aprendió las primeras letras y sintió despertarse su vocación. A los veinte años decide vestir el hábito franciscano y acude al convento de San Lorenzo de su pueblo natal. Hizo su profesión el 25 de abril de 1570. Unos dos años más tarde deja Montilla y se traslada al convento de Nuestra Señora de Loreto, cerca de Sevilla. Acabados sus estudios eclesiásticos, es ordenado sacerdote en 1576.
Por su afición a la música, que cultivó toda su vida, lo nombran vicario de coro y predicador. Pasa por diversos conventos de Andalucía, y en todos deja ejemplos edificantes de su fervorosa caridad. Llega el año 1589 y solicita pasar a América, para emular los ejemplos de apostolado que había oído contar de sus hermanos de hábito.
Durante su largo y accidentado viaje a América, en el que iba también el virrey de Perú, don García Hurtado de Mendoza, Francisco Solano aprovecha para predicar a la tripulación; pasa por las ciudades de Cartagena, Portobelo y Panamá. Llega a Lima en 1590, atravesando los ardientes arenales de la costa norte de Perú. Era entonces arzobispo de Lima santo Toribio de Mogrovejo.
Como su destino era Tucumán, emprende este larguísimo viaje en compañía de ocho franciscanos más. Había que atravesar los Andes por el valle de Jauja, Ayacucho y llegar hasta el Cuzco; cruzar la meseta del Collao, la actual Bolivia por Potosí y entrar en los confines del norte argentino; de nuevo bajar hasta Salta y finalmente hasta las llanuras del Tucumán.
Aquí permanece hasta mediados de 1595, como misionero y custodio de los conventos franciscanos del Tucumán y del Paraguay. Su acción misionera en estas regiones es para llenar muchas páginas y las conversiones se cuentan por millares; sus habitantes aún lo recuerdan con veneración.
En 1595 los superiores de Lima , de quienes dependía, lo llaman a Perú para hacerse cargo de la Recolección franciscana (Convento de los Descalzos), que acababa de fundarse a las afueras de la ciudad de Lima . Sólo por obediencia acepta el cargo, dedicándose de lleno a la oración y a la penitencia, de modo que sus claustros quedan impregnados de sus excelsas virtudes. Pocos años después, el comisario, padre Juan Venido, lo envía a la ciudad de Trujillo (1602) en calidad de Guardián. Pero en 1604 vuelve de nuevo a la Recolección de Lima ; ese mismo año, en diciembre, abandona su retiro y sale por las calles y plazas exhortando a todos a hacer penitencia, amenazando a los reacios con los castigos de Dios. El efecto de este sermón fue enorme; la ciudad se conmovió, pero hubo de ser advertido que en adelante no saliera así.
Su vida penitente, sus trabajos y privaciones le fueron restando fuerzas y por ello se le traslada a la enfermería del convento de San Francisco de Lima , donde tras breve enfermedad, muere el 14 de julio de 1610. Su entierro fue apoteósico, asistiendo toda la ciudad , desde el virrey y el arzobispo hasta los más humildes, todos con la misma idea de haber asistido al entierro de un santo.
El mismo año de su muerte comenzaron las informaciones sobre su vida y virtudes, las cuales dieron por resultado que el Papa Clemente X lo beatificara en 1675 y Benedicto XIII lo proclamase santo en 1726. En su tiempo vivieron, en Lima , además de santo Toribio de Mogrovejo, santa Rosa, san Martín de Porres y san Juan Macías.
Significado para nuestro tiempo
Al repasar la vida de este santo y la de otros misioneros de su tiempo, deberíamos pensar qué espíritu los guiaba en sus afanes apostólicos. La respuesta no puede ser otra que la de extender el Reino de Cristo en la Tierra. Su ejemplo nos incita a nosotros, cristianos del siglo XX, a proseguir con el mismo empeño aquella tarea misional comenzada por ellos y no acabada aún en nuestros días. Ese será el mejor homenaje que les podemos tributar en la celebración del V Centenario de la Evangelización de América.
Heras, Julián, O.F.M., San Francisco Solano. Apóstol de Perú y de Argentina,
en R. Ballán, Misioneros de la primera hora.
Grandes evangelizadores del Nuevo Mundo. Lima 1991, pp. 145-148.


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14 de julio
San Francisco Solano (1549-1610)
por Rubén Vargas Ugarte, s.j.
. De los tres santos canonizados que con su presencia santificaron estas tierras de América, San Luis Beltrán, San Pedro Claver y San Francisco Solano, este último es el que con más razón merece el título de apóstol de este Nuevo Mundo, tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó de su paso. San Luis Beltrán no hizo sino abordar a las costas insalubres y deshabitadas de Santa Marta, evangelizó a las tribus errantes de los bordes del Magdalena y a los pocos años volvióse a España. San Pedro Claver se encerró dentro de los muros de Cartagena y allí vivió hasta su muerte, hecho esclavo de los esclavos. Solano, en cambio, recorrió gran parte del Perú de entonces y ha dejado recuerdos de su tránsito en cinco repúblicas de este continente.
Había nacido el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla, en la Andalucía, del matrimonio de Mateo Sánchez Solano y Ana Jiménez Hidalga. Sus padres eran acomodados y cuando el niño estuvo en edad de estudiar lo entregaron a los jesuitas, que tenían entonces un colegio en el lugar. Allí aprendió las letras humanas y allí también sintió despertarse su vocación. A los veinte años, en plena adolescencia, decide vestir el sayal franciscano y acude al convento de San Lorenzo, en las afueras, donde el guardián, fray Francisco de Angulo, le abre las puertas de aquel cenobio, en donde va a poner los fundamentos de su futura santidad. Dios, en efecto, le había escogido para santo. Por entonces los franciscanos habían sentido renovarse su fervor y anhelaban imitar más de cerca a Jesucristo, siguiendo las huellas del Pobrecillo de Asís. Solano, desde los primeros días de su vida religiosa, sintió en su corazón arder esta llama, se determinó a abrazarse estrechamente con Cristo, siguiendo desnudo al desnudo Jesús. Hizo su profesión el 25 de abril de 1570 y verdaderamente renunció a todo para vivir unido a su modelo. Unos años más tarde dejaba Montilla y se trasladaba al convento de Nuestra Señora de Loreto, en las proximidades de Sevilla, donde alternó el estudio de las ciencias sagradas con la oración y la penitencia. Escogió para vivienda la celda más pequeña e incómoda del convento, bien próxima al coro, en donde pasaba buena parte de su tiempo.
Allí recibió la unción sacerdotal y un 4 de octubre cantó su primera misa en la capilla de la Virgen, hallándose presente su padre, que muy poco después dejaba este mundo. Como tenía buena voz y era muy aficionado a la música, arte que podemos decir cultivó toda su vida, le nombraron vicario de coro y predicador. La muerte de su progenitor y la ceguera de que adoleció su madre le obligaron a volver a Montilla, pero transformado en otro hombre. De su breve estancia en su ciudad natal quedó indeleble recuerdo. Aquel joven franciscano, «no hermoso de rostro, moreno y enjuto», como nos lo describe uno de sus contemporáneos, se atrajo las miradas de todos por el espíritu con que hablaba y la santidad que emanaba de todo su ser. Aún se cuenta que hizo varias curaciones, pero el más evidente indicio de su ascendiente sobrenatural nos lo da el hecho de haber pedido la marquesa de Priego, la señora del lugar, un hábito de fray Francisco para que le sirviese de mortaja.
Tan sólidas eran ya sus virtudes que los superiores de la Orden le enviaron a Arrizafa, en las cercanías de Córdoba, a fin de que en esa recolección ejerciese el cargo de maestro de novicios. Nadie mejor que él para servir de guía a quienes aspiraban a realizar íntegramente el ideal del fraile menor. Tres años vivió en este convento y en 1581 pasa a San Francisco del Monte, monasterio escondido entre los breñales de la Sierra Morena. En aquella soledad su espíritu se expande y se une más estrechamente a Dios. No olvida, sin embargo, a sus hermanos, y, cuando la peste diezma a los vecinos de Montoro, acude solícito a ayudar a los enfermos a bien morir y a curar a los atacados del mal. Le acompaña un buen hermano lego, fray Buenaventura, que al fin sucumbe también a los rigores de la peste, y Solano continúa asistiendo a sus hermanos dolientes en la iglesia de San Sebastián, transformada en hospital, donde aún se conserva un cuadro que recuerda su caridad.
Se le nombra guardián del convento y a los tres años se le envía al convento de San Luis de la Zubia, en la vega de Granada. Aquí termina su labor en España, porque en 1588 solicita pasar a América en compañía del padre comisario, fray Baltasar Navarro, que ha venido en busca de misioneros. Ciérrase entonces la primera etapa de su vida; la segunda le verá en las apartadas regiones del Tucumán, convertido en misionero de indios, hasta el año 1602, en que se le ordena volver al Perú, donde estaba la estricta observancia de los recoletos y donde fallece en 1610. Estas tres etapas en que podemos dividir su vida son bien marcadas y cada una de ellas tiene su carácter peculiar. En España ha alternado el estudio de la perfección religiosa con el de las ciencias y los cargos de gobierno con el ministerio apostólico, pero esto último lo hace sólo a intervalos y no de una manera metódica y continua. Es la etapa de preparación y en la cual se macizan sus virtudes. Cuando tome la carabela que le ha de conducir a Tierra Firme ya Solano es un santo, es el varón de Dios, que lo pisotea todo para unirse a su Señor.
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El 3 de marzo de 1589 pasaba la barra de Sanlúcar la flota que conducía al nuevo virrey del Perú, don García Hurtado de Mendoza. En una de las naves, oculto a las miradas de todos, viajaba nuestro héroe, acompañado por un regular grupo de hermanos suyos que pasaban a América a conquistar para Cristo muchas almas. Con viento favorable llegaban a Cartagena el 7 de mayo y, tras unos días de espera en aquel puerto, pasaban a Portobelo y de aquí a Panamá, adonde debió de llegar Solano a fines del mes de junio de 1589. La falta de embarcaciones le obligó a permanecer en aquel mortífero clima, donde perdieron la vida dos de los franciscanos que venían en su compañía. Después de cuatro meses lograron hallar una nave que los condujese al Perú, pero tan descuadernada que unos cuantos golpes de mar, como luego veremos, bastaron para dar al través con ella. Solano, en compañía del padre fray Diego de Pineda y de fray Francisco de Torres, tomó pasaje a su bordo, y la embarcación levó anclas en el puerto de Perico y se dio a la vela para el Callao.
La navegación desde Panamá hasta aquel puerto se hacía difícil, así por tener que vencer la corriente marina que baña aquellas costas como por la falta de viento, sobre todo en esta época del año. Así sucedió entonces, y en la vecindad de la isla de la Gorgona, frente a las costas de la actual Colombia, aquella frágil nave vino a zozobrar. En un batel lograron llegar a tierra algunos de los pasajeros y tripulantes, pero Solano permaneció sereno en los restos flotantes de la nave, alentando a los náufragos y auxiliándolos en aquel caso extremo. Cuando el batel volvió en su busca fue el último en acogerse a él, y lo hizo lanzándose al mar, después de arrollar el hábito a la cintura. Una vez en la playa, y cubierto tan sólo con la túnica, fue en busca del hábito que había perdido y lo halló en la arena. San Francisco , como él decía, le había dado aquel hábito y él también se lo había de devolver.
Por más de dos meses hubieron de permanecer los náufragos en la costa, desprovistos de todo auxilio. Uno de los compañeros de Solano había perecido en el naufragio, el otro, cansado de esperar, decidió salir en el batel con otros compañeros en busca de socorro. Tenían que alimentarse de peces, mariscos y hierbas silvestres, y no sin trabajo los encontraban. Solano, olvidado de sí, procuraba levantar el ánimo de sus compañeros, aliviaba sus males y les daba cuanto caía en sus manos y podía servir para su sustento. Parece que en más de una ocasión su pesca tuvo todos los contornos de milagrosa. El Señor escuchaba a su siervo. Al fin arribó el socorro tan ansiado. A últimos de diciembre una nave recogió a los náufragos y los condujo al puerto de Pafta, al norte del Perú. De aquí continuó Solano su camino por tierra hasta llegar a la ciudad de los reyes, Lima . Cruzó aquella costa desierta, interrumpida a veces por los valles que riegan los ríos que bajan de la cordillera, y en 1590 entraba en la capital del virreinato, donde ya le había precedido el virrey don García y en donde por aquel tiempo gobernaba aquella iglesia un esclarecido prelado, Santo Toribio de Mogrovejo.
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Solano ardía en deseos de pasar a las Misiones a que estaba destinado. Fray Baltasar, que le había traído consigo, atendió sus ruegos y con otros ocho religiosos emprendió el camino que conducía al Tucumán. La distancia era enorme. Basta fijar los ojos en un mapa de América para darse cuenta del inmenso espacio que había que recorrer. Pero a esta dificultad se añadía otra mayor: la de la aspereza y rigor de la tierra. Había que transmontar los Andes, y luego de cruzarlos, llegar hasta el Cuzco, para tomar después el camino que conduce al Callao, esto es, a la meseta frígida y desnuda casi de vegetación que domina la actual Bolivia y se prolonga casi hasta los confines del Norte argentino. Aquí comenzaba la bajada abrupta y sinuosa hasta Salta y más abajo a las llanuras del Tucumán. Solano hubo de arrostrar esta jornada caminando unas veces a pie, otras en pobres cabalgaduras, y sufriendo todas las consecuencias de la falta de abrigo y de las rigideces del clima. Si por allí habían pasado los conquistadores y capitanes en busca del Dorado y del rico cerro de Potosí, ¿iban a mostrarse menos animosos los discípulos de Cristo, los conquistadores de las almas?
En noviembre de 1590, según la carta del comisario fray Baltasar Navarro a Su Majestad, llegaba la expedición al Tucumán (carta fechada en Santiago del Estero el 26 de enero de 1591). En todo aquel territorio no había por aquel tiempo sino dos obispados, el del Tucumán y el del Río de la Plata. El primero era tan pobre, decía su obispo, fray Fernando Trejo, en 1601, que su catedral carecía de ornamentos decentes y no tenía cómo poder levantar el seminario. Los franciscanos, dominicos y mercedarios habían penetrado en la región años hacía, pero su número era muy escaso. Tras ellos vinieron los padres de la Compañía de Jesús, pocos también. En 1610 la Orden de Santo Domingo sólo tenía un convento en Córdoba; los franciscanos tenían seis: en Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Rioja, Talavera y Salta, pero en el que más había seis o siete frailes y en el que menos dos o tres; los mercedarios tenían también seis casas, en las mismas ciudades, pero su número era menor; finalmente, la Compañía sólo tenía domicilios en Córdoba y Tucumán, aunque en el primero los religiosos pasaban de veinte. Si esto sucedía en 1610, ya podremos calcular lo que sería en 1591, o sea unos veinte años antes, en el momento en que Solano arriba a esas tierras.
Muy escasa es la documentación que poseemos sobre sus actividades apostólicas en el Norte argentino. Casi todos sus biógrafos, aun en la época moderna, no han hecho otra cosa sino inspirarse, no siempre con fidelidad, en las declaraciones de los procesos. Por fortuna, éstos se llevaron a cabo cuando aún vivían muchos que habían conocido y tratado al Santo, y de allí que su testimonio sea de calidad. Fray Francisco permaneció en el Tucumán sólo once años, de 1591 a 1602, primero como misionero y doctrinero de Socotonio y la Magdalena, y a partir de 1595, como custodio o viceprovincial de todos los conventos del Tucumán y del Paraguay, dependientes de la provincia del Perú.
La labor del misionero era ardua. No sólo había que vencer la resistencia del indígena, receloso siempre de los españoles, de quienes había recibido y recibía muchas vejaciones, sino, además, romper con las dificultades de la lengua y las que oponía la misma naturaleza, en un país cruzado por montes y ríos y en su mayor parte deshabitado. La caridad y mansedumbre de Solano y la pobreza de su hábito le ganó el corazón de los indios; se aplicó al estudio de su lengua y Dios ayudó sus esfuerzos. Se dice que poseyó el don de lenguas, pero no está de más advertir que, por las declaraciones de quienes le trataron, el capitán Andrés García de Valdés le enseñó la Tonocote y uno de sus compañeros confiesa que tardó cuatro meses en aprender otra de las lenguas indígenas. Sin embargo, en su caso se renovó el milagro del día de Pentecostés, porque, hablando en una sola lengua, sus oyentes le entendían como si les hablara en la propia.
El Santo se impuso a aquellas mentes casi infantiles y el secreto de sus éxitos estuvo en su perfecta unión con Dios. Hay un hecho que aparece referido por uno de los testigos de los procesos, el cura de la Nueva Rioja, don Manuel Núñez Maestro, pero sus biógrafos lo han desfigurado y hasta lo han hecho inverosímil. El Jueves Santo de 1593 Solano se encuentra en la población, que apenas lleva dos años de fundada. Ha venido invitado por el cura. Cuarenta y cinco caciques con su respectivo séquito se dan cita en el mismo lugar y este número de indios alarma al teniente de gobernador, quien aconseja a los vecinos preparar las armas. En la noche, como era el uso de España y de muchas ciudades del Perú, va en procesión un grupo de disciplinantes, desnudos medio cuerpo arriba, azotando sus espaldas. Los indios no salen de su asombro. Solano aprovecha la ocasión para hablarles del Redentor y de sus sufrimientos por nosotros: les cautiva y le piden que los instruya en los misterios de la fe. Algunos dieron en decir que los bautizó a poco a todos y que su número llegaría a 9.000. El cura Núñez no dice esto. Sus palabras textuales son: «Los retuvo a todos hasta que fueron bautizados».
Solano no podía desconocer lo que habían ordenado sobre el particular los concilios limenses de 1567 y 1584. En el Tucumán se conocían esas prescripciones y en 1597 las hacía suyas el sínodo celebrado en Santiago del Estero por el obispo Trejo. Tampoco nos parece verosímil que fueran 9.000 los bautizados. El cura Núñez dice solamente que el número de indios llegaría a 9.000, pero es más que probable que en ese número incluía los de la región o los que estaban sujetos a los caciques que hicieron su aparición en la Rioja. Aun reduciendo el hecho a sus debidas proporciones, la acción del apóstol campea y sobresale. Tampoco creemos, como algunos afirman, que su actividad se extendiera al Gran Chaco y a otras regiones alejadas del Tucumán. No hay fundamento para asegurarlo. Santiago del Estero, la desaparecida Esteco, la Rioja y Córdoba fueron el teatro de sus hazañas. En todos estos lugares dejó las huellas de su paso y testimonios evidentes de su santidad. Cítanse las fuentes de Talavera o Esteco y la de la Nueva Rioja. En ambas brotó el agua al conjuro de la voz de Solano. De la primera apenas cabe dudar, pues cuando, en 1617, pasó por allí el visitador del Tucumán, don Francisco de Alfaro, todos le señalaron la fuente del padre Solano que allí brotaba copiosamente.
En el año 1601 los superiores le llaman al Perú. Querían servirse de él para la nueva recolección de Nuestra Señora de los Angeles, que estaba a punto de fundarse en Lima . Obediente a la voz de Dios, emprende el largo camino que le separa de aquella ciudad . Su humildad no acepta el cargo de guardián y queda como vicario. No mucho después el comisario fray Juan Venido le envía a la ciudad de Trujillo, en calidad de guardián. Esta vez no puede rehuir el cargo. En 1604 vuelve nuevamente a la recoleta de Lima y en diciembre del siguiente año, abandonando su retiro y con un crucifijo en la mano, sale por calles y plazas, exhortando a todos a hacer penitencia de sus pecados y amenazando a los reacios con los castigos de Dios. La vista de aquel fraile, espejo de la penitencia, el ardor de su mirada y el fuego de sus palabras, conmueve a sus oyentes. Le siguen hasta la plaza Mayor y allí el gentío se hace cada vez más numeroso. Resuenan por los aires las voces de perdón y por toda la ciudad cunde la voz de un inminente castigo del cielo. Recientes están los ejemplos de Arica y Arequipa, asoladas por un terremoto, de modo que aquella noche hubo que dejar abiertas las iglesias, por el gran concurso de gente que pedía a gritos confesión.
La ciudad pasó la noche en alarma. Hasta Rosa, la virgen incomparable, azota su cuerpo sin piedad, pidiendo a Dios por los pecadores. El virrey, conde de Monterrey, manda al siguiente día hacer una averiguación del hecho. Ordena, de acuerdo con el padre comisario, que un tribunal examine e inquiera del predicador lo que ha dicho y las causas que le han movido a decirlo. Solano se presenta sereno y, como ha obrado por divino impulso, no hace sino exponer la verdad. Sin embargo, recibió una admonición, a fin de que en adelante no perturbara la tranquilidad de los habitantes.
En lo sucesivo su vida es más del cielo que de la tierra. Sus fuerzas van decayendo visiblemente y por esta causa se le traslada al convento de Jesús, de Lima , donde, tras breve enfermedad, causada más por las privaciones y trabajos que por el desgaste natural del organismo, fallece el día de San Buenaventura, 14 de julio de 1610, cuando se elevaba la hostia en la misa mayor. Su entierro tuvo contornos apoteósicos. El virrey, marqués de Montesclaros, y el arzobispo Lobo Guerrero son los primeros en conducir el féretro a la iglesia, donde la guardia de alabarderos apenas puede contener a la multitud. Predica sus virtudes el provincial de la Compañía, Juan Sebastián de la Farra, y se le da sepultura en la cripta de la iglesia, donde más tarde se levantará una capilla. El mismo año de su muerte, a 23 de julio de 1610, se empezaron las informaciones sobre su vida y virtudes, las cuales dieron por resultado el que la santidad de Clemente X lo beatificase en el año 1675 y Benedicto XIII lo proclamase Santo en 1726.
Rubén Vargas Ugarte, S.I.,
San Francisco Solano, en Año Cristiano, Tomo III,
Madrid, Ed. Católica (BAC 185), 1959, pp. 125-133.
FUENTES:
http://www.portalmisionero.com/noa/franciscosolano.htm
http://www.franciscanos.org/santoral/menud.html