Diego1987
Usuario (Argentina)
Sobre Dostoievski no hay nada nuevo que decir. Lo que puede decirse de inteligente y acertado sobre él, ya ha sido dicho, fue todo una vez nuevo e ingenioso y ya está pasado, mientras que la figura querida y terrible del escritor se nos aparece siempre rodeada de misterio y enigma cuando en momentos de desamparo y recogimiento acudimos a él. El burgués que lee «Crimen y castigo» y que echado en el sofá extrae un agradable escalofrío de este mundo fantasmagórico, no es el verdadero lector de este escritor, tan poco como el erudito y sabio que admira la sicología de sus novelas y escribe buenos ensayos sobre su visión del mundo. Tenemos que leer a Dostoievski cuando nos sentimos afligidos, cuando hemos sufrido hasta el límite de nuestra capacidad de sufrimiento y cuando sentimos la vida como una sola herida ardiente abrasadora, cuando respiramos desesperación y hemos padecido muertes de desesperanza. Entonces, cuando miramos desde la miseria la vida, solitarios y paralizados y ya no la comprendemos en su crueldad salvaje y hermosa, y ya no queremos nada de ella, entonces estamos abiertos a la música de este poeta terrible y espléndido. Entonces ya no somos espectadores, no so mos sibaritas ni jueces, somos hermanos pobres entre todos los pobres diablos de sus obras, padecemos sus sufrimientos, contemplamos con ellos, fascinados y sin aliento, el torbellino de la vida, el molino eternamente moledor de la muerte. Y entonces oímos también la música de Dostoievski, su consuelo, su amor, sólo entonces experimentamos el maravilloso sentido de su mundo aterrador y, a menudo, tan infernal. Dos fuerzas son las que nos conmueven en estas obras; del ir y venir y del contraste de dos elementos y polos opuestos crece la profundidad mítica y la impresionante amplitud de su música. Uno es la desesperación, el sufrimiento del mal, la aceptación y el no oponer resistencia a toda la cruel y sangrienta brutalidad y ambigüedad del ser humano. Hay que padecer esa muerte, hay que pasar por ese infierno antes de que nos pueda alcanzar realmente la otra voz, la voz celestial del maestro. La premisa es la sinceridad, el descaro de la confesión de que nuestra existencia y humanidad son un asunto mísero, dudoso y quizás desesperado. Tenemos que habernos entregado al sufrimiento y a la muerte, toda la mueca terrible de la verdad desnuda tiene que haber helado nuestros ojos antes de poder entender la profundidad y verdad de la otra voz. La primera voz afirma la muerte, niega la esperanza, renuncia a todos los eufemismos y alivios ideológicos y poéticos con los que acostumbramos a dejarnos engañar por poetas agradables sobre el peligro y el espanto de la existencia humana. La segunda voz sin embargo, la auténticamente celestial de esta obra literaria, nos muestra en el otro lado celeste un elemento distinto a la muerte, otra realidad, otra esencia: la conciencia del hombre. Es posible que toda vida humana sea guerra y dolor, infamia y atrocidad, pero además existe otra cosa: la conciencia, la capacidad del hombre de enfrentarse a Dios. La conciencia nos conduce también, a través del dolor y la angustia conduce a la miseria y la culpa, pero conduce fuera del absurdo solitario, insoportable, nos conduce a relaciones con el sentido, la esencia y la eternidad. La conciencia no tiene nada que ver con la moral, con la ley, puede llegar a establecer con ellas los antagonismos más terribles y mortales, pero es infinitamente fuerte, más que la inercia, que el egoísmo, que la vanidad. Muestra siempre, aun en la más profunda miseria, en la última confusión, un estrecho camino abierto, no de vueita al mundo consagrado a la muerte, sino por encima de él hacia Dios. Y el camino que conduce al hombre a su conciencia es difícil, casi todos viven siempre contra esa conciencia, se resisten, se cargan más y más, perecen de una conciencia asfixiada, pero a cada uno se le ofrece abierto más allá del sufrimiento y la desesperación, el callado camino que da sentido a la vida y hace ligera la muerte. Uno tiene que luchar y pecar contra su conciencia hasta haber pasado todos los infiernos y haberse manchado con todas las atrocidades, para por fin con un suspiro comprender el error y vivir la hora de la transformación. Otros viven con su conciencia en buena amistad, seres raros, felices e inocentes, y les suceda lo que les suceda, todo les afecta sólo desde fuera, nunca les llega al corazón, siempre permanecen puros, la sonrisa no desaparece de su rostro. Uno de esos seres es el príncipe Mishkin. Esas dos voces, esas dos enseñanzas las he escuchado en Dostoievski en los tiempos en que fui un buen lector de sus libros, en las horas en que la desesperación y el sufrimiento me habían preparado. Hay un artista con el que he experimentado algo parecido, un músico al que no amo ni quiero escuchar siempre, así como tampoco quisiera leer siempre a Dostoievski. Es Beethoven. El tiene ese conocimiento de la dicha, la sabiduría y la armonía que no encontramos en caminos fáciles, que sólo resplandecen en caminos que bordean los abismos, que no alcanzamos con una sonrisa sino solamente con lágrimas, agotados por el sufrimiento. En sus sinfonías, en sus cuartetos hay pasajes donde entre tanta miseria y desamparo brilla algo infinitamente conmovedor, ingenuo y delicado, una intuición del misterio, una seguridad de salvación. Estos pasajes los encuentro de nuevo en Dostoievski.
Autor teatral, máximo exponente del teatro del absurdo. Nacido en Slatina, Rumania, el 26 de noviembre de 1912, Ionesco pasó su infancia en París, aunque volvió a Rumania cuando contaba trece años. Aprendió francés en Bucarest, antes de regresar a París en 1938 para escribir. Sus obras teatrales describen la ridícula y fútil existencia humana en un universo totalmente impredecible, en el cual, debido a sus innatas limitaciones, las personas son incapaces de comunicarse unas con otras. Su pesimismo forma parte de la base del teatro del absurdo, un movimiento teatral que se lamenta de la falta de sentido de la condición humana. A pesar de las serias intenciones de Ionesco, sus obras rezuman humor y son ricas en situaciones cómicas. Movimiento de vanguardia, especialmente al introducir las obras de un sólo acto, los autores del teatro del absurdo utilizan técnicas tales como el ambiente sofocante, el lenguaje sin sentido y las situaciones ilógicas para enfatizar la extrañeza y el aislamiento humanos. La cantante calva (1948) es una sátira que exagera algunos aspectos de la vida cotidiana con el fin de demostrar la falta de sentido del personaje. Éstos forman un gran galimatías al hablar y se muestran incapaces de comunicarse unos con otros. Ionesco utiliza esta misma técnica recitativa en La lección (1950), en la cual, un profesor lunático asesina a sus alumnos. En esta obra toca el tema del miedo a la muerte, que formará parte inseparable de sus últimos trabajos. En Las sillas (1952) dos ancianos hablan con dos personajes inexistentes. Amadeo o cómo salir del paso (1953) trata de una pareja dentro de la cual los sentimientos que una vez tuvieron el uno hacia la otra, muertos ya, van produciendo un cadáver que crece amenazadoramente hasta que consigue rodearlos a ambos. El nuevo inquilino (1956) se centra en un personaje confinado en el espacio de un sillón. En El rinoceronte (1959), la obra quizá más conocida de Ionesco, los habitantes de una pequeña ciudad se transforman en rinocerontes. El personaje principal, prototipo del hombre normal al comienzo de la obra, va siendo apartado de la vida de la pequeña sociedad de su ciudad a medida que lucha contra el conformismo de sus habitantes. La sed y el hambre (1964) retrata a un hombre que, hastiado por un estable matrimonio, busca satisfacción por doquier, aunque sin éxito alguno. Entre las demás obras de Ionesco hay que citar El rey se muere (1962) y Macbeth. Ionesco fue nombrado miembro de la Academia Francesa en 1970. Escribió asimismo textos acerca del teatro, memorias, y la novela El solitario (1974) Y la ultima foto, Cioran, Ionesco y Eliade

Espumas de luz y sombra: murallón de vida Apenas vuele sobre el llanto por mi lengua riendo llegaré a tus manos. Elástico al sol subiré enorme acorralando en la noche el día de vientos afilados. Niños heridos palomas de hambre amordazan mis besos sacuden mis risas y te alejan para que muerda la vida y no me canse la muerte Vientre profeta sin tiempo Yo no soy de ningún siglo. Vivo ausente del tiempo. Soy mi siglo como soy mi sexo y mi delirio. Soy el siglo liberado de toda fecha y penumbra. Pero cuando muera, el profeta que hay en mí se alzará como un niño sin moral y sin patria. Un niño loco con lengua de alaridos. Entonces amanecerá en el millón de Galaxias. Madres del futuro; cuidado; cuando muera puedo volver. Entonces, ay, vientre que me aguardas, dulcísimo catedral de tinieblas. Miguel Angel Bustos Gran poeta argentino, compañero de habitación de Jacobo Fijman en un tiempo y uno de los tantos escritores desaparecidos por la dictadura.

Registrate y eliminá la publicidad! La piedad 1 Soy un hombre herido. Y yo quisiera irme y llegar finalmente, piedad, a donde se escucha al hombre que está sólo consigo. No tengo más que soberbia y bondad. Y me siento exilado en medio de los hombres. Mas por ellos estoy en pena. ¿No sería digno de volver a mí? He poblado de nombres el silencio. ¿He hecho pedazos corazón y mente para caer en servidumbre de palabras? Reino sobre fantasmas. Hojas secas, alma llevada aquí y allá..., No, odio el viento y su voz de bestia inmemorable. Dios, ¿aquéllos que te imploran no te conocen más que de nombre? Me has arrojado de la vida: ¿me arrojarás de la muerte? Quizá el hombre también es indigno de esperanza. ¿Hasta la fuente del remordimiento está seca? El pecado, qué importa si ya no conduce a la pureza. La carne apenas recuerda que tuvo fuerza una vez. Loca y gastada está el alma. Dios mira nuestra debilidad. Queremos una certeza. ¿Ya ni siquiera te ríes de nosotros? Compadécenos entonces, crueldad. No puedo seguir amurallado en el deseo sin amor . Muéstranos una huella de justicia. Tu ley, ¿cuál es? Fulmina mis pobres emociones, libérame de la inquietud. Estoy cansado de gritar sin voz. 2 Carne melancólica donde una vez pululó la alegría, ojos entreabiertos del despertar cansado, ¿ves tú, alma demasiado madura, lo que seré caído en la tierra? Está en los vivos el camino de los difuntos, nosotros somos una riada de sombras, y ellas el grano que explota en el sueño, de ellas es la lejanía que nos queda y de ellas la sombra que da peso a los nombres. La esperanza de una gran sombra ¿sólo es esto nuestra suerte? ¿Y no serías tú más que un sueño, Dios? Temerarios, por lo menos un sueño queremos que sea semejante a ti. Es parto de la locura más clara. No tiembla en nubes de ramas como pájaros de la madrugada al borde de los párpados. En nosotros está y languidece, llaga misteriosa 3 La luz que nos aguija es un hilo cada vez más sutil. ¿Sólo deslumbras matando? Dáme esta alegría suprema. 4 El hombre, monótono universo, cree acrecentar sus bienes, y de sus manos febriles no salen, sin fin, más que límites. Pegado al vacío, a su hilo de araña, no teme ni seduce más que a su propio grito. Evita el desgaste haciendo tumbas, y para pensarte, Eterno, no tiene más que blasfemias. Giuseppe Ungaretti Pier Paolo Pasolini entrevista a Giuseppe Ungaretti link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=DwmjrqARORU
Registrate y eliminá la publicidad! Extracto de "El Libro Negro" de Giovanni Papini Hace algunos días sucedió en mi casa una breve pero singular aventura que merece ser mencionada en este diario. A fin de agasajar a mis huéspedes de vacaciones, invité a uno de los más célebres pianistas de todo el mundo, quien se encuentra de paso en los Estados Unidos. Es un alemán, el maestro Rudolf Ebers, hombre de unos cuarenta años de edad, de cabellera estilo Liszt y de exterior austero y reservado. Parco en el hablar, nunca se acercaba al gran piano Steinway, de concierto, que tengo en el salón central de la villa. Hacía ya tres días que vivía con nosotros y ni siquiera nos había hecho sentir un acorde. Aquella noche languidecía ya la conversación y las mesas de juego, no sé por qué causa, estaban desiertas. Una mujer bellísima, esposa del propietario más rico de Maryland, mujer alta, morena, algo criolla y muy agresiva, rogó al maestro Ebers que tocara algo. Todos mis huéspedes, que sumaban unos treinta, se plegaron a la magnífica mujer implorando del maestro que les brindara una muestra de su decantado virtuosismo. Pero el alemán se encerraba en su torre de marfil y no accedía. Había andado por las mayores ciudades de los Estados Unidos dando muchos conciertos, y ahora necesitaba un reposo absoluto, pedía que lo disculparan, que leo perdonaran, que aguardaran algún día más. Entonces, la hermosa criolla tomó las delgadas manos del músico reluctante, las apretó y exclamó: - ¡Esta noche o nunca! Y los demás clamaron a coro: - ¡Una sola sonata! ¡Un solo nocturno! ¡Una tocata! ¡Un impromptu! Hasta ese momento yo no había abierto los labios a fin de que el desventurado artista no pensara que quería aprovecharme de mi autoridad como dueño de la casa. Pero entonces, todos los huéspedes dejaron al maestro y me rodearon insistiendo a grandes voces a fin de que uniese mis súplicas a las de ellos. Me acerqué a Ebers y le miré fijamente en los ojos. No me dio tiempo para decir una sola palabra se levantó repentinamente de la poltrona de cuero en que estaba sentado y se dirigió a la brillante mole negra del piano, lo abrió, se sentó en el taburete y sin decir palabra comenzó a tocar. Todos callaron para escuchar al célebre pianista. Se oía ascender v descender los mágicos acordes de la Apasionada, siendo una revelación incluso para los que ya la conocían. Cuando concluyó estallaron los aplausos, pero el maestro ni siquiera se dio vuelta, y sin intervalo ninguno comenzó a tocar el Claro de Luna. Los últimos compases de esa obra maestra resonaban todavía en el ambiente cuando ya Ebers hacía surgir del instrumento los acordes patéticos de un Nocturno de Chopin. Oímos después una Sonata de Debussy, una Suite de Albéniz y finalmente Las Florecillas de San Francisco, de Liszt. Esperábamos que, después de aquella orgía de sonidos maravillosos, que duraba ya casi dos horas, el célebre virtuoso estaría seguro de haber complacido y conquistado el auditorio, cerraría el instrumento y se iría a dormir. Pero, nada de eso: parecía que Ebers estuviera encadenado a mi majestuoso y brillante Steinway y que no se preocupara de nadie. Ejecutó otras sonatas que no supe reconocer y en seguida comenzó a improvisar con renovado vigor. Los huéspedes, que le habían inducido a aquel esfuerzo, estaban ya mucho más cansados que él. Comenzaron las deserciones: una de las primeras en abandonar la sala, con los ojos soñolientos y el rostro contraído a causa de los bostezos contenidos, fue precisamente la bellísima señora que había despertado a aquel demonio musical, otros la siguieron en puntillas de pie, y el heroico pianista, cada vez más exaltado, se abandonaba a insistentes y delirantes improvisaciones. Yo estaba sentado cerca del piano y miraba su rostro: no daba señal ninguna una de cansancio; sus manos, ágiles y frágiles, blanquísimas e incansables, se movían sobre el teclado cada vez más rápidas y seguras; su rostro grave y severo se había transfigurado, adquiriendo un color subido, como si tuviera una fiebre violenta; los ojos semicerrados miraban hacia arriba como si escuchara los acordes y los temas de una música celestial que le fuera dictada por un dios. Tenía un exterior tan extático, recluido, de rapto, que ninguno se atrevía a aproximarse y hablarle. Ya eran las dos de la madrugada y casi todos los oyentes, saciados y llenos de sueño, habían desaparecido. Tan sólo permanecían en el fondo de la sala dos fanáticos melómanos: un joven y una muchacha que parecían ligados a las sillas por aquellos sortilegios sonoros. Pero pasadas ya las tres de la madrugada también ellos hallaron fuerzas para levantarse e irse. Tan sólo quedaba yo, entontecido por aquellas cataratas sonoras, escuchando al célebre pianista. A pesar de todo lo que Ebers nos dijera al comienzo del concierto, no daba ninguna señal de fatiga. Sus hermosas y delgadas manos continuaban acariciando y golpeando el teclado, como si hubiera comenzado a hacerlo pocos minutos antes, y lograba de aquel perfecto instrumento melodías angélicas, cabalgatas infernales, clamores alegres y lamentos ocultos de ternura implorante. Su rostro se había transformado otra vez: ahora parecía el de un joven alucinado y pálido, que sufre y se consume en un amor inútil. Yo no podía más, me adormecí en mi poltrona, ¿durante un minuto o durante una hora? Cuando me desperté ya se filtraban por los ventanales las luces del alba. Ebers continuaba tocando siempre, inspirado y alucinado. Con mano suave le toqué el hombro, y entonces se conmovió, se distendió, apoyó la frente en el teclado tocando un último acorde y repentinamente se quedó dormido. Me hizo la impresión de un hombre asesinado, caído en los escalones de un catafalco negro.
Registrate y eliminá la publicidad! Como dice el título, recomiendo el siguiente post a dichos seres. Se muy bien que es largo, ya lo he dicho en otras ocasiones, pero siento que debo compartirlo. Es un capítulo de "El libro negro" de Giovanni Papini, obra que estoy leyendo con gran ahínco y que tiene textos imperdibles como el siguiente. Muerto por amor Biarritz, 6 de septiembre. Conocí a Runo Elodial en París, hace pocos años, en el estudio de un amigo pintor. Era entonces un hermoso joven rubio, fresco e infantil, agitado por el anhelo de ver, de comprender, de admirar. Fijaba sus glaucos ojos en las telas del estudio como si quisiera asimilarse a ellas, como si pretendiera devorarlas. Su entusiasmo de adolescente apasionado quedó impreso en mi memoria porque era muy raro hallarlo, incluso entre los más jóvenes. Salimos juntos, cruzamos el Sena y nos sentamos en un café de la avenida de los Campos Elíseos, y Runo Elodial no cesó ni un solo instante de manifestarme su gozo de existir, de mirar, de descubrir, de conmoverse frente a la insospechada belleza que notaba hasta en las más mínimas partecitas del mundo. Levantó una hoja de árbol y me hizo notar la finura de la verde grana, el diseño armonioso de los nervios, la perfecta proporción del contorno, la gracia primaveral del dentado. Se detuvo una niña cerca de nosotros, y Runo quedó como extasiado ante la expresión de los labios entreabiertos, ante la transparencia de las rosadas mejillas, ante la morbidez del humilde vestido color verde marino. El rostro de ese joven estaba siempre iluminado, trasmitiéndome su éxtasis, por una sonrisa de ángel feliz. —El mundo es demasiado bello — me dijo en un momento dado, y no sé cómo hacen los hombres para soportar sin peligro tanta felicidad. Quizá no se dan cuenta, quizá se defienden con la ceguera, quizá no son capaces de amar. Yo, en cambio... No quiso decir nada más. Desde aquel día no volví a ver a Runo Elodial, pero jamás pude olvidarlo. Hace pocos días caminaba yo de noche por un paseo de Biarritz cuando vi venir hacia mi una sombra decaída y pálida a la que no reconocí en el momento. Se detuvo a un paso y me dijo con débil voz: —¿No me reconoce? Soy aquel Runo Elodial que estuvo con usted por espacio de algunas horas, en París, hace ya mucho tiempo. Quedé mudo e inmóvil. A pesar de mi buena memoria visual no lograba conciliar la imagen del tenue espectro que tenía delante con la del adolescente florido y fogoso que conociera en París: los cabellos eran todavía rubios, pero escasos y tendiendo a un color ceniza, los ojos parecían estar hundidos en las cavidades orbitales, la espalda estaba algo curvada, la graciosa sonrisa angélica de otrora se había convertido en una cansada contracción de labios casi blancos. Tomó mi mano, y al estrecharla me pareció apretar los pétalos húmedos de una medusa muerta. Finalmente dije que lo reconocía, pero más lo dije por compasión que por convicción. —¿Qué ha sucedido? —le pregunté. ¿Cómo es que se ha transformado de esa manera? —No puedo mantenerme mucho rato de pie —me respondió, discúlpeme. Venga a mi casa y le responderé. Su casa, pequeña y florida, estaba próxima al mar. Se dejó caer en una poltrona y bebió todo el líquido que quedaba en un vaso alto colocado cerca de su sitio. —¿Está usted enfermo? —Mi enfermedad no se encuentra consignada en los tratados de medicina, pero tiene un nombre bastante conocido: se llama amor. —¿Le ha traicionado alguna mujer?, ¿o tal vez ha muerto? —Amé a muchas mujeres y fui correspondido por ellas, pero no son esos amores los que me han llevado al umbral de la muerte. Quizá recuerde usted algunas palabras que le dije en París, estando alrededor de la mesa de aquel café. Lo que temía se ha realizado: soy víctima de la inaudita y universal belleza del mundo. Estoy consumido y muerto por mi sensibilidad jamás adormecida, por mi obstinado entusiasmo, por mi irrefrenable eretismo intelectual, por mi infinito amor hacia todos los seres, hacia todas las cosas. »Voy por una calle, entro en un museo o en un bosque, en un palacio o en una taberna, en una feria campesina o en un jardín de suburbio, y paso así de una maravilla a otra, de un éxtasis a otro. Todo me atrae y me aferra, me inflama, me causa sorpresa y maravilla. Entiéndalo usted bien: todo, sin exceptuar ninguna cosa, todo cuanto veo me fuerza a amar y a admirar: una piedra jaspeada, una flor moribunda, una joven florecida, una pobre prostituta ajada, un árbol sin hojas, las manchas y musgos de una vieja pared, un pensamiento insólito y temerario, un torso de mármol ennegrecido, un dibujo hecho por un niño, una oveja que come hierbas en el campo, la espuma del mar, la nube del atardecer y la estrella de la noche; todas las infinitas ostentaciones del universo me conmueven, me inundan de felicidad, me obligan a deshacer en mil palpitaciones mi corazón de eterno enamorado. »Y no le hablo del arte, que tiene sobre mí un poder irresistible, pavoroso, lacerante. He viajado mucho, pero, cuántas veces, no pudiendo resistir las congojas causadas por repentinas nostalgias, partí apresuradamente para ir a ver la Sainte Chapelle o la Resurrezione de Pier della Francesca, el Sindaco del Villaggio que se admira en el Museo de El Cairo, o la Galatea de Rafael, o los Goya que hay en el Prado, las esculturas de Olimpia, un retrato de Bronzino o de Rembrandt. Era como un amante angustiado por la lejanía del ser amado, que recorre miles de millas para ver, aunque sea por unos pocos minutos, los ojos, la boca, la cabellera, las manos que le han embrujado. »Siento fuertemente, y por eso amo fuerte y perdidamente. Tengo también la malhadada pasión de hacer sentir a los demás lo que yo siento, de querer persuadirles a que amen lo que amo. Por esto siempre estoy excitado, me siento feliz y lacerado, torturado por el recuerdo y la espera, siempre estoy en el fuego del incendio, siempre me veo en movimiento sobre la tierra, siempre intranquilo, lleno de gozo y de locuacidad. »Usted no imagina qué dilapidación de fuerzas, qué gasto de nervios y de sangre me cuesta ese perpetuo amor. Desde hace muchos años casi no puedo dormir, y frecuentemente me olvido de comer. Para el que ama desesperadamente al amor, toda hora de sueño es una hora de ausencia y de pecado, de vergüenza, de martirio. Si el universo es una perenne posibilidad de hacer maravillosos descubrimientos, si la vida es un milagro continuo, si el amor, el amor desinteresado y fiel es la única ocupación digna de un hombre, entonces la indiferencia y el olvido son culpas inexpiables contra el espíritu y contra Dios. Pero esa llama interna me ha consumido, me derrite, me destruye, me mata. Siento que no puedo resistir más, que estoy ya en vísperas del fin. Hércules pudo arrancarse de encima su vestido de fuego, pero mi fuego está en lo interior, me quema hasta las últimas fibras en cada instante. Perdóneme que no le pueda decir cosas diversas, que no pueda darle otras noticias respecto de mi persona. Quizá no volveremos a vernos. Acuérdese de mí. El amor ha saturado y colmado mi vida, el amor me mata, ¡adiós!». Dos días después fui a la casita de Runo Elodial y golpeé a la puerta con ánimo de pedir noticias acerca del joven. Salió una anciana vestida de blanco, quien me dijo que Runo había expirado la noche anterior. Giovanni Papini

Es preciso explicar ahora el tipo de hombre que soy. Mi nombre no interesa, ni ningún otro pormenor exterior y particular que me concierna. Es sobre mi carácter sobre lo que debo hablar. Toda la constitución de mi espíritu es de irresolución y duda. Nada es o puede ser positivo para mí; todas las cosas oscilan a mi alrededor, y yo oscilo con ellas, una inseguridad para mí mismo. Todo es para mí incoherencia y cambio. Todo es misterioso y todo está cargado de significación. Todas las cosas son un símbolo <<desconocido>> de lo Desconocido. Consecuentemente, horror, misterio, miedo extrainteligente. Por mis propias tendencias naturales, por el medio en que me crié desde pequeño, por la influencia de los estudios emprendidos bajo su impulso (el de aquellas mismas tendencias), por todo eso tengo una de esas clases de carácter ensimismado, egocéntrico, mudo, no autosuficiente, sino autoperdido. Toda mi vida ha sido una vida de pasividad y sueño. Todo mi carácter consiste en el odio, en el horror de, en la incapacidad para actos decisivos, para pensamientos definidos, que atenaza físicamente y mentalmente todo mi ser. Nunca tomé una resolución que naciera de mi autodominio, nunca una expresión de mi voluntad consciente. Mis escritos quedaron siempre inacabados; siempre se entrometieron nuevos pensamientos, extraordinarias, inexcusables asociaciones de ideas que sólo tienen por límite el infinito. No consigo dejar de odiar mentalmente la idea de concluir alguna cosa; a propósito de la cosa mas simple, surgen diez mil pensamientos y diez mil interasociaciones de esos diez mil pensamientos, y no tengo fuerza de voluntad para eliminarlos o detenerlos, ni para reunirlos en un pensamiento central, donde sus poco importantes pero interrelacionados pormenores podrían perderse. Pasan dentro de mí, no son pensamientos míos, sino pensamientos que pasan a través de mí. No pondero, sueño; no me siento inspirado, deliro. Sé pintar, pero no pinté nunca; se componer música, pero nunca compuse. Extrañas concepciones sobre las tres artes, adorables pinceladas de imaginación cruzan por mi espíritu; pero las dejo allí dormidas hasta que terminan muriendo, pues no tengo poder para darles el cuerpo que les pertenece, para hacer de ellas cosas del mundo exterior. Mi carácter mental consiste en el odio a los principios y a los fines de las cosas, pues son puntos definidos. Me acongoja la idea de que pueda encontrarse una solución para los más elevados y nobles problemas de la ciencia y de la filosofía, me horroriza que cualquier cosa pueda ser determinada por Dios o por el mundo. Me enloquece que las cosas inmediatamente se cumplan, que los hombres sean algún día más felices, que se pueda encontrar una solución para los males de la sociedad. Y sin embargo no soy malo ni cruel; estoy loco y eso es lo que me resulta difícil de entender. Aunque haya sido siempre un lector voraz y apasionado, no recuerdo ningún libro que haya leído, tales eran mientras los estaba leyendo los estados de lectura de mi propio espíritu, mis propios sueños, o mejor, provocaciones de sueños. Más que incoherente, es vaga mi memoria de los sucesos, de las cosas exteriores. Me estremezco al pensar lo poco que ha quedado en mi espíritu de mi vida pasada. Yo, el hombre que afirma que es el hoy no sueño, soy menos que una cosa de hoy. Pintura de Hermenegildo Sabat de su libro dedicado enteramente a Pessoa
La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador. -¿Qué van a pedir? -les preguntó George. -No sé -dijo uno de ellos-. ¿Vos qué tenés ganas de comer, Al? -Qué sé yo -respondió Al-, no sé. Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba. -Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero. -Todavía no está listo. -¿Entonces por qué carajo lo ponés en la carta? -Esa es la cena -le explicó George-. Puede pedirse a partir de las seis. George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador. -Son las cinco. -El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre. -Adelanta veinte minutos. -Bah, a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. ¿Qué tenés para comer? -Puedo ofrecerles cualquier variedad de sánguches -dijo George-, jamón con huevos, tocino con huevos, hígado y tocino, o un bife. -A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas. -Esa es la cena. -¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena? -Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocino con huevos, hígado... -Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes. -Dame tocino con huevos -dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador. -¿Hay algo para tomar? -preguntó Al. -Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol, y otras bebidas gaseosas -enumeró George. -Dije si tenés algo para tomar. -Sólo lo que nombré. -Es un pueblo caluroso este, ¿no? -dijo el otro- ¿Cómo se llama? -Summit. -¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo. -No -le contestó éste. -¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al. -Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo. -Así es -dijo George. -¿Así que creés que así es? -Al le preguntó a George. -Seguro. -Así que sos un chico vivo, ¿no? -Seguro -respondió George. -Pues no lo sos -dijo el otro hombrecito-. ¿No cierto, Al? -Se quedó mudo -dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó: -¿Cómo te llamás? -Adams. -Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No, Max, que es vivo? -El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max. George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocino con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina. -¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al. -¿No te acordás? -Jamón con huevos. -Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos. Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba. -¿Qué mirás? -dijo Max mirando a George. -Nada. -Cómo que nada. Me estabas mirando a mí. -En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al. George se rió. -Vos no te rías -lo cortó Max-. No tenés nada de qué reírte, ¿entendés? -Está bien -dijo George. -Así que pensás que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena. -Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo. -¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max. -Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, andá con tu amigo del otro lado del mostrador. -¿Por? -preguntó Nick. -Porque sí. -Mejor pasá del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador. -¿Qué se proponen? -preguntó George. -Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina? -El negro. -¿El negro? ¿Cómo el negro? -El negro que cocina. -Decile que venga. -¿Qué se proponen? -Decile que venga. -¿Dónde se creen que están? -Sabemos muy bien donde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso? -Por lo que decís, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tenés que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George- Escuchá, decile al negro que venga acá. -¿Qué le van a hacer? -Nada. Pensá un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro? George abrió la portezuela de la cocina y llamó: -Sam, vení un minutito. El negro abrió la puerta de la cocina y salió. -¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador. -Muy bien, negro -dijo Al-. Quedate ahí. El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador: -Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete. -Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Volvé a la cocina, negro. Vos también, chico vivo. El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, lo de Henry había sido una taberna. -Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no decís algo? -¿De qué se trata todo esto? -Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto. -¿Por qué no le contás? -se oyó la voz de Al desde la cocina. -¿De qué creés que se trata? -No sé. -¿Qué pensás? Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo. -No lo diría. -Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa. -Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Escuchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, alejate de la barra. Vos, Max, correte un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal. -Decime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué pensás que va a pasar? George no respondió. -Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco. ¿Conocés a un sueco grandote que se llama Ole Andreson? -Sí. -Viene a comer todas las noches, ¿no? -A veces. -A las seis en punto, ¿no? -Si viene. -Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine? -De vez en cuando. -Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como vos, está bueno ir al cine. -¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo? -Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio. -Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina. -¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George. -Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo. -Callate -dijo Al desde la cocina-. Hablás demasiado. -Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo? -Hablás demasiado -dijo Al-. El negro y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento. -¿Tengo que suponer que estuviste en un convento? -Uno nunca sabe. -En un convento judío. Ahí estuviste vos. George miró el reloj. -Si viene alguien, decile que el cocinero salió, si después de eso se queda, le decís que cocinás vos. ¿Entendés, chico vivo? -Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después? -Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento. George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de calle se abrió y entró un conductor de tranvías. -Hola, George -saludó-. ¿Me servís la cena? -Sam salió -dijo George-. Volverá alrededor de una hora y media. -Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte. -Estuviste bien, chico vivo -le dijo Max-. Sos un verdadero caballero. -Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina. -No -dijo Max-, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo. A las siete menos cinco George habló: -Ya no viene. Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sánguche de jamón con huevos “para llevar”, como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en sus bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó, el cliente pagó y salió. -El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo. -¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir. -Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max. Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco. -Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene. -Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina. En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo. -¿Por qué carajo no conseguís otro cocinero? -lo increpó el hombre- ¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se marchó. -Vamos, Al -insistió Max. -¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro? -No va a haber problemas con ellos. -¿Estás seguro? -Sí, ya no tenemos nada que hacer acá. -No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, vos hablás demasiado. -Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no? -Igual hablás demasiado -insistió Al. Este salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con sus manos enguantadas. -Adios, chico vivo -le dijo a George-. La verdad que tuviste suerte. -Es cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo. Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero. -No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. Ya no quiero que vuelva a pasarme. Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en su boca. -¿Qué carajo...? -dijo pretendiendo seguridad. -Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer. -¿A Ole Andreson? -Sí, a él. El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares. -¿Ya se fueron? -preguntó. -Sí -respondió George-, ya se fueron. -No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada. -Escuchá -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson. -Está bien. -Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte. -Si no querés no vayas -dijo George. -No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantenete al margen. -Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive? El cocinero se alejó. -Los jóvenes siempre saben que es lo que quieren hacer -dijo. -Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick. -Voy para allá. Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada. -¿Está Ole Andreson? -¿Querés verlo? -Sí, si está. Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta. -¿Quién es? -Alguien que viene a verlo, Sr. Andreson -respondió la mujer. -Soy Nick Adams. -Pasá. Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido un boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick. -¿Qué pasó? -preguntó. -Estaba en lo de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo. Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada. -Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar. Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra. -George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase. -No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente. -Le voy a decir cómo eran. -No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme. -No es nada. Nick miró al grandote que yacía en la cama. -¿No quiere que vaya a la policía? -No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea. -¿No hay nada que yo pudiera hacer? -No. No hay nada que hacer. -Tal vez no lo dijeran en serio. -No. Lo decían en serio. Ole Andreson volteó hacia la pared. -Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá. -¿No podría escapar de la ciudad? -No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar. Seguía mirando a la pared. -Ya no hay nada que hacer. -¿No tiene ninguna manera de solucionarlo? -No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir. -Mejor vuelvo a lo de George -dijo Nick. -Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir. Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared. -Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. No debe sentirse bien. Yo le dije: “Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este”, pero no tenía ganas. -No quiere salir. -Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías? -Sí, ya sabía. -Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal-. Es tan amable. -Bueno, buenas noches, Sra. Hirsch -saludó Nick. -Yo no soy la Sra. Hirsch -dijo la mujer-. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la Sra. Bell. -Bueno, buenas noches, Sra. Bell -dijo Nick. -Buenas noches -dijo la mujer. Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador. -¿Viste a Ole? -Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir. El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina. -No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina. -¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George. -Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata. -¿Qué va a hacer? -Nada. -Lo van a matar. -Supongo que sí. -Debe haberse metido en algún lío en Chicago. -Supongo -dijo Nick. -Es terrible. -Horrible -dijo Nick. Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador. -Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick. -Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan. -Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick. -Sí -dijo George-. Es lo mejor que podés hacer. -No soporto pensar en él esperando en su cuarto sabiendo lo que le va a pasar. Es realmente horrible. -Bueno -dijo George-. Mejor dejá de pensar en eso.
Para ella el acto sosegado... para ella el acto sosegado los poros sabios el sexo inocentón la espera no muy lenta los lamentos no demasiado largos la ausencia al servicio de la presencia los pocos jirones de azul en la cabeza las punzadas al fin muertas del corazón toda la gracia tardía de una lluvia que cesa con la caída de una noche de agosto para ella vacía él puro de amor BEBE SOLO... bebe solo come quema fornica revienta solo como antes los ausentes ya muertos los presentes apestan saca tus ojos vuélvelos sobre las cañas discuten quizás ellos y los ays no importa existe el viento y el estado de vela LETANÍAS al llegar la noche en que el alma iba a serle reclamada he aquí que al no aguantarse la entregó una hora antes escúchalas sumarse las palabras a las palabras sin palabra los pasos a los pasos uno a uno imagina si esto si un día esto un día feliz imagina si un día un día feliz esto se acabara imagina las ganas cada día de estar vivo un día más claro que no sin el pesar de haber nacido un día noche que tanto haces que imploremos el alba por favor noche cae sábado un respiro no reír más desde la medianoche hasta la medianoche no llorar silencio como el que existió antes ya nunca más existirá por el murmullo desgarrado de una palabra sin pasado por haber dicho demasiado no pudiendo más jurando no volver a callar viejo ir viejas paradas ir ausente ausente detenerse Samuel Beckett
Franz Kafka Por Hernan Isnardi Kafka, uno de los grandes escritores del siglo, operó en mí de manera no usual. Me parece extraño —al menos en un escritor— que la primera imagen que se presenta en mí del joven Kafka, sea la de su cara; tal vez porque resume su obscura y enfermiza existencia, simplificando aquello llamado “emoción espontánea”. Lo mismo me pasa al recomenzar la infinita lectura de sus textos. Indivisible de su aguda cara está la historia y con ella resurge el viejo enigma del artista desdichado; en el caso de Franz, esa angustia aplastante es hija de la sumisión a cualquier índole superior —tenía un gran sentido de lo supremo—. Sabía que nada reduce o engrosa una serie infinita (como lo sabía Zenón de Elea) y ése puede ser, quizá, su legado importante. Borges lo dijo de una manera más simple: “Dos ideas rigen la obra de Kafka: la subordinación es la primera; el infinito, la segunda.” La humillación y la angustia, la desdicha y la soledad, fueron sus instrumentos o su materia prima —o ambos— para traducir su realidad en palabras. Dijo Franz: “Tengo que estar solo mucho tiempo. Todo cuanto he realizado, es sólo un logro de la soledad”. Estos instrumentos —o elementos o como deseen llamarlos— que termino de nombrar, pueden componer la vida de cualquier hombre inteligente; no hacerlo talentoso. Sí, el hombre con talento, merced a la agudeza y sensibilidad, será arrastrado previsible e inexorablemente hacia alguna de las gamas del hastío, del dolor. Dijo John Donne: “La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas, están doblando por ti.” Dimensiona de manera extraordinaria ese futuro mundo creado por Kafka, donde uno sabe simplemente que sentimos porque existimos, a veces, sin esa triste necesidad de ser Josef K o Gregorio o el ayunador. Acaso los seamos siempre pero en dosis más pequeñas y esa inferioridad en nuestra sensibilidad nos impida enloquecer, de lo que no han sido salvados los genios como Nietzsche, Hölderlin, Artaud, Poe, Baudelaire, Rimbaud y tantos otros —conocidos y desconocidos—. Dijo Kafka (en una carta a Felice Bauer —su primer amor— del 22 de agosto de 1913), ayuno de esperanzas y en lucha con uno de sus grandes tormentos, el de la disputa interna entre la literatura y cualquier algo —sea cual fuere— : “No te espera la vida de esa mujer feliz que tu ves caminar ante ti, no te espera la alegre charla, tomados del brazo, sino una vida monacal al lado de un hombre afligido, triste, callado, descontento, enfermizo, quien —cosa que podría parecerte una locura— está atado con cadenas invisibles a la literatura y que prorrumpe en gritos cuando uno se acerca a él, porque según afirma, se tocan sus cadenas.” Cultor de la filosofía de arena, sabía que los futuros contingentes ocurrían, de la misma manera que el cómo o el cuándo le estaban vedados; también a esto se subordinó —es decir a lo incierto—. Todo lo transformaba en literatura, como él mismo lo señalara en su carta del 1º de noviembre de 1912 a Felice: “En el fondo, mi vida consiste y ha consistido desde siempre en intentos de escribir, por lo general malogrados.” . Y en su diario, fechado el 21 de julio de 1913, llega más lejos cuando señala: “Odio cuanto no se refiere a la literatura”. Adhiero a Franz en estas últimas dos apreciaciones, de las cuales, además, me permito decir lo siguiente: pudo completar su personalidad. Se conocía y dirigía su dolorosa vida hacia dolorosos puertos que lo conducían cada vez más hasta su propia profundidad. Después de todo, sólo se muere una vez. ¿Quién dirá —y con que certeza— lo contrario?. Transcribiré otra carta a Felice del 26 de julio de 1913 donde categoriza claramente el lugar que ocupan en su vida la oficina y la literatura. También, más sutilmente, iguala a Felice con la oficina, subordinando a ambos a las cosas externas de la vida: “¿La oficina? queda excluido por completo que la pueda abandonar alguna vez. Pero ya no resulta tan imposible que alguna vez me vea obligado a dejarla porque ya no puedo más. En este aspecto resultan terribles mi inseguridad y mi intranquilidad internas y también aquí la única razón, la auténtica, está en el escribir. Las preocupaciones por ti y por mí son preocupaciones vitales y por consiguiente entran dentro del ámbito de la vida, por lo cual podrían congeniar finalmente con el trabajo en la oficina; pero la oficina y el escribir se excluyen mutuamente, porque el escribir tiene su centro de gravedad en lo profundo, mientras que la oficina ocupa la parte externa de la vida. Así subo y bajo de continuo y con ello quedo destrozado.” Cuando más me lleno de Kafka, más recuerdo al genio de Emile Cioran al expresar: “El escepticismo que no contribuye a la ruina de la salud no es más que un ejercicio intelectual”. Repito, era genuino, se conocía. Describió sus vergüenzas en sus historias cumpliendo con el artista interno que ciertas veces nos traiciona y nos condena, por ese motivo, al plagio —involuntario—. Para finalizar este humilde recuerdo, nuevamente voy a pedir prestado a Cioran otras pocas palabras que acaban con pincelada perfecta el retrato espíritual de mi amigo Franz Kafka: “Es preferible no dedicarse a las letras si, poseyendo un alma obscura, se esta obsesionado por la claridad. No se dejarán tras de sí más que suspiros inteligibles, pobres residuos del rechazo a ser uno mismo.” La dolorosa felicidad que me dan sus textos, hacen que me duela Kafka mucho y en tantas partes... Fuente: http://www.lamaquinadeltiempo.com/Kafka/kafkaher.htm