Como dice el título, recomiendo el siguiente post a dichos seres. Se muy bien que es largo, ya lo he dicho en otras ocasiones, pero siento que debo compartirlo.
Es un capítulo de "El libro negro" de Giovanni Papini, obra que estoy leyendo con gran ahínco y que tiene textos imperdibles como el siguiente.
Muerto por amor
Biarritz, 6 de septiembre.
Conocí a Runo Elodial en París, hace pocos años, en el estudio de un amigo pintor. Era entonces un hermoso joven rubio, fresco e infantil, agitado por el anhelo de ver, de comprender, de admirar. Fijaba sus glaucos ojos en las telas del estudio como si quisiera asimilarse a ellas, como si pretendiera devorarlas. Su entusiasmo de adolescente apasionado quedó impreso en mi memoria porque era muy raro hallarlo, incluso entre los más jóvenes. Salimos juntos, cruzamos el Sena y nos sentamos en un café de la avenida de los Campos Elíseos, y Runo Elodial no cesó ni un solo instante de manifestarme su gozo de existir, de mirar, de descubrir, de conmoverse frente a la insospechada belleza que notaba hasta en las más mínimas partecitas del mundo. Levantó una hoja de árbol y me hizo notar la finura de la verde grana, el diseño armonioso de los nervios, la perfecta proporción del contorno, la gracia primaveral del dentado. Se detuvo una niña cerca de nosotros, y Runo quedó como extasiado ante la expresión de los labios entreabiertos, ante la transparencia de las rosadas mejillas, ante la morbidez del humilde vestido color verde marino. El rostro de ese joven estaba siempre iluminado, trasmitiéndome su éxtasis, por una sonrisa de ángel feliz.
—El mundo es demasiado bello — me dijo en un momento dado, y no sé cómo hacen los hombres para soportar sin peligro tanta felicidad. Quizá no se dan cuenta, quizá se defienden con la ceguera, quizá no son capaces de amar. Yo, en cambio...
No quiso decir nada más. Desde aquel día no volví a ver a Runo Elodial, pero jamás pude olvidarlo. Hace pocos días caminaba yo de noche por un paseo de Biarritz cuando vi venir hacia mi una sombra decaída y pálida a la que no reconocí en el momento. Se detuvo a un paso y me dijo con débil voz:
—¿No me reconoce? Soy aquel Runo Elodial que estuvo con usted por espacio de algunas horas, en París, hace ya mucho tiempo.
Quedé mudo e inmóvil. A pesar de mi buena memoria visual no lograba conciliar la imagen del tenue espectro que tenía delante con la del adolescente florido y fogoso que conociera en París: los cabellos eran todavía rubios, pero escasos y tendiendo a un color ceniza, los ojos parecían estar hundidos en las cavidades orbitales, la espalda estaba algo curvada, la graciosa sonrisa angélica de otrora se había convertido en una cansada contracción de labios casi blancos. Tomó mi mano, y al estrecharla me pareció apretar los pétalos húmedos de una medusa muerta. Finalmente dije que lo reconocía, pero más lo dije por compasión que por convicción.
—¿Qué ha sucedido? —le pregunté. ¿Cómo es que se ha transformado de esa manera?
—No puedo mantenerme mucho rato de pie —me respondió, discúlpeme. Venga a mi casa y le responderé.
Su casa, pequeña y florida, estaba próxima al mar. Se dejó caer en una poltrona y bebió todo el líquido que quedaba en un vaso alto colocado cerca de su sitio.
—¿Está usted enfermo?
—Mi enfermedad no se encuentra consignada en los tratados de medicina, pero tiene un nombre bastante conocido: se llama amor.
—¿Le ha traicionado alguna mujer?, ¿o tal vez ha muerto?
—Amé a muchas mujeres y fui correspondido por ellas, pero no son esos amores los que me han llevado al umbral de la muerte. Quizá recuerde usted algunas palabras que le dije en París, estando alrededor de la mesa de aquel café. Lo que temía se ha realizado: soy víctima de la inaudita y universal belleza del mundo. Estoy consumido y muerto por mi sensibilidad jamás adormecida, por mi obstinado entusiasmo, por mi irrefrenable eretismo intelectual, por mi infinito amor hacia todos los seres, hacia todas las cosas.
»Voy por una calle, entro en un museo o en un bosque, en un palacio o en una taberna, en una feria campesina o en un jardín de suburbio, y paso así de una maravilla a otra, de un éxtasis a otro. Todo me atrae y me aferra, me inflama, me causa sorpresa y maravilla. Entiéndalo usted bien: todo, sin exceptuar ninguna cosa, todo cuanto veo me fuerza a amar y a admirar: una piedra jaspeada, una flor moribunda, una joven florecida, una pobre prostituta ajada, un árbol sin hojas, las manchas y musgos de una vieja pared, un pensamiento insólito y temerario, un torso de mármol ennegrecido, un dibujo hecho por un niño, una oveja que come hierbas en el campo, la espuma del mar, la nube del atardecer y la estrella de la noche; todas las infinitas ostentaciones del universo me conmueven, me inundan de felicidad, me obligan a deshacer en mil palpitaciones mi corazón de eterno enamorado.
»Y no le hablo del arte, que tiene sobre mí un poder irresistible, pavoroso, lacerante. He viajado mucho, pero, cuántas veces, no pudiendo resistir las congojas causadas por repentinas nostalgias, partí apresuradamente para ir a ver la Sainte Chapelle o la Resurrezione de Pier della Francesca, el Sindaco del Villaggio que se admira en el Museo de El Cairo, o la Galatea de Rafael, o los Goya que hay en el Prado, las esculturas de Olimpia, un retrato de Bronzino o de Rembrandt. Era como un amante angustiado por la lejanía del ser amado, que recorre miles de millas para ver, aunque sea por unos pocos minutos, los ojos, la boca, la cabellera, las manos que le han embrujado.
»Siento fuertemente, y por eso amo fuerte y perdidamente. Tengo también la malhadada pasión de hacer sentir a los demás lo que yo siento, de querer persuadirles a que amen lo que amo. Por esto siempre estoy excitado, me siento feliz y lacerado, torturado por el recuerdo y la espera, siempre estoy en el fuego del incendio, siempre me veo en movimiento sobre la tierra, siempre intranquilo, lleno de gozo y de locuacidad.
»Usted no imagina qué dilapidación de fuerzas, qué gasto de nervios y de sangre me cuesta ese perpetuo amor. Desde hace muchos años casi no puedo dormir, y frecuentemente me olvido de comer. Para el que ama desesperadamente al amor, toda hora de sueño es una hora de ausencia y de pecado, de vergüenza, de martirio. Si el universo es una perenne posibilidad de hacer maravillosos descubrimientos, si la vida es un milagro continuo, si el amor, el amor desinteresado y fiel es la única ocupación digna de un hombre, entonces la indiferencia y el olvido son culpas inexpiables contra el espíritu y contra Dios. Pero esa llama interna me ha consumido, me derrite, me destruye, me mata. Siento que no puedo resistir más, que estoy ya en vísperas del fin. Hércules pudo arrancarse de encima su vestido de fuego, pero mi fuego está en lo interior, me quema hasta las últimas fibras en cada instante. Perdóneme que no le pueda decir cosas diversas, que no pueda darle otras noticias respecto de mi persona. Quizá no volveremos a vernos. Acuérdese de mí. El amor ha saturado y colmado mi vida, el amor me mata, ¡adiós!». Dos días después fui a la casita de Runo Elodial y golpeé a la puerta con ánimo de pedir noticias acerca del joven. Salió una anciana vestida de blanco, quien me dijo que Runo había expirado la noche anterior.
Giovanni Papini