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Daddy_Junkie

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Primer post: 12 oct 2017Último post: 26 nov 2017
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Reflexiones sobre Argentina en Rusia 2018
Apuntes Y MonografiasporAnónimo10/12/2017

Hola! A continuación comparto un artículo que realicé sobre la clasificación de Argentina al Mundial Rusia 2018, viéndolo como fenómeno social al igual que el fútbol, desmitificando algunas afirmaciones usuales en nuestro país. Argentina en el Mundial: Peste de Multitudes Por: SkepticSC Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha necesitado de ciertas reglas supraindividuales que guíen su conducta. Pero esto es lógico y está en la misma acción humana, ya que el lenguaje, por ejemplo, es externo, como también lo puede ser un sistema de símbolos o determinadas costumbres, no hay nada de irracional ni de extremista en ellos. La religión, por su parte, es claramente la adhesión fantasiosa de un individuo o un colectivo a un ente metafísico de dudosa existencia que por mecanismos omnipresentes guiaría la acción de las personas. Este planteamiento irrisorio resulta aún más ridículo si se contempla que existe una teología que debate especulativamente sobre la existencia de Dios. Por otro lado, y casi como una nota aparte, existe cierto respeto a las monjas – se las suele llamar “monjitas” – cuando se dedican todo el día a rezar en un claustro, sin producir nada para la sociedad, solo escapismos ilusorios para sus fieles. Lo más curioso, es que sus apologistas – estos que les dicen “monjitas” – se quejan de que Argentina es una sociedad “de vagos”. La incongruencia hecha lógica. Émile Durkheim sostuvo en Las Formas Elementales de la Vida Religiosa (1912) afirmó que la religión produce cohesión social y, en Argentina, el fútbol hace exactamente lo mismo. La gente que apoya al fútbol, no como deporte sino como pasión colectiva, afirmará que esta acción “une a las personas y las hace olvidar de sus problemas”, postura ante los partidos generales y ampliada durante los mundiales, o que “el fútbol es una vía de socialización para jóvenes”. Ambas son ciertas, pero guardan sesgos significativos. El fútbol puede unir a las personas, sí, como también hacerlas sectarias y adoptar una posición de amigo-enemigo, llevada al estrellato por el jurista nazi Carl Schmitt, la cual puede terminar en cualquier acto de violencia ante el equipo rival o a la selección de otro país, por supuesto, con xenofobia incluida. Este deporte como fenómeno social también es potenciado para que sea el tópico central del cual se hablará toda la semana, aislando a los individuos de lo que acontence en la vida real y centrándolos en el ocio. Esas dos cuestiones alejan al fútbol de cualquier idealización pacífica e integrado, pero, ¿qué hay de la segunda frase de los apologistas del balonpié? Sí, el fútbol socializa a jóvenes de clases bajas, ¿pero cómo? En primer lugar, el fútbol es violento en sí y la “picardía” triunfa sobre la regla. Esto no es malo si se adopta con racionalidad, algo que este deporte como fenómeno de masas ha perdido hace tiempo. Si el ambiente no es el mejor, ¿dónde queda la educación para estos niños? O más bien, ¿todo se reduce a este supuesto entorno pacífico y fraterno del fútbol? La humillación, la discriminación y la estigmatización, propias de un machismo exacerbado, son características inseparables del fútbol. Queda más que claro que practicar este tipo de deporte per se no garantiza a una propicia sociabilidad para los jóvenes, es ingenuo e idealista. Habiendo descartado al fútbol como una unión perfecta entre la sociedad, cada vez que Argentina ingresa o juega un mundial se produce una ilusión patriótica que tiene varias falacias, por supuesto, de carácter populista: (1) la selección Argentina de fútbol representa a la Nación entera, (2) los triunfos en fútbol engrandecen al país, (3) los jugadores son personas iguales que los ciudadanos de clase media o baja. La primer afirmación no solo supone que la sociedad es homogénea, sino que además es totalitaria y de ahí se desprende un halo xenófobo militarista donde el fútbol sería una batalla en la que todos los argentinos estaríamos consustanciados. Luego, la selección argentina solo actúa en beneficio de unos individuos y, si bien le da crédito al país como exitoso dentro del fútbol, no afectaría en lo más mínimo que no lo sea y más bien se dedicara a ser reconocido por sus avances en el progreso de la salud, tecnología, artes, etc. Por último, los futbolistas profesionales son nuevos ricos con muy poca cultura y mucho dinero para gastar, por eso dedican su tiempo a ocio, fiestas y vicios, y sus declaraciones son mundanas y redundantes. No tienen interés en su actividad, son reiteradas las veces que prefieren no entrenar para salir de fiesta o no desempeñarse bien en el campo por problemas de egos. Nada más alejado a un ciudadano común. La idolatría que se siente por ellos como personas ejemplares es parte del fanatismo que envuelve a la Argentina. El fútbol, como la religión, es una fuerza de cohesión social a la que añade que responde a determinados intereses que tienen un beneficio directo hablando de este deporte, ya que es un gran negocio y otros no son rentables. Por otra parte, el Estado apoyó enfáticamente al “fútbol como derecho”, por ende, es complicado disociarlo de una mera actividad a la razón de ser de un individuo. A todo esto, la selección Argentina de fútbol clasificó al mundial de Rusia 2018 donde se han beneficiado instituciones y sus miembros – clubes y los involucrados dentro de la burocracia futbolística -, periodistas, deportistas y cualquiera que gane dinero alrededor del negocio del fútbol. La miseria argentina busca cubrirse con éxitos ajenos, lógico de un país inestable económica, política y culturalmente. Ni Lionel Messi ni Diego Maradona han ayudado al desarrollo de Argentina, sino que entre sus logros se encuentran evasión de impuestos por el primero y apoyo al totalitarismo latinoamericano, con Nicolás Maduro a la cabeza, para el segundo. Es hora de concebir al fútbol como un mero deporte y no como la utopía de la unidad nacional.

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La Tragedia y el Temperamento
Apuntes Y MonografiasporAnónimo11/26/2017

Por Facundo Guadagno Nuevamente Argentina es presa de la negligencia, inoperancia y estupidez, típico de un país que, desde sus inicios democráticos, allá por 1916, no pudo consolidar ni siquiera solidez en las instituciones republicanas. Habiendo aceptado ese bochorno, los argentinos tienen por sentido común que viven en un país bananero donde todo lo malo y absurdo puede pasar porque, al fin y al cabo, se trata de Argentina. Fatalismo poco objetivo, carencia crítica subjetiva y una cómoda actitud de aceptación. La tragedia del submarino ARA San Juan es otra más de las clásicas muestras de ineptitud generalizada, como Cromañón, Once y la olvidada Olavarría manchada por el populismo del Indio Solari, redimido por sus propias víctimas. Hoy la culpa cae ciegamente sobre Cristina Kirchner y su gestión, lo cual es cierto, como también lo es que el actual Jefe de Gabinete, Marcos Peña, ratificó las palabras de la ex presidente en julio de 2016. Ambos son culpables y, además, cualquier país serio investigaría a fondo este caso y le daría penas que cumplir a los involucrados. Aunque la culpa seguramente caerá sobre alguien, gracias a la presión que genera la influencia de distintos sectores, después pesará por un momento y, finalmente, se olvidará. Pero no hay que pensar, por ejemplo, que solo los medios de comunicación tienen influencia en la población, sino que el centro de mi crítica se basa en la aceptación absoluta e irrestricta de información por parte de la población en sí, no importa si viene de la televisión, diarios o alguna red social. Por una mera opinión se genera una bola de nieve que impone un discurso concreto y totalitario: estar en contra de él no significa un disenso racional y la opción de llegar a un consenso luego de razonar, no, significa ser un paria. ¿Si Cristina Kirchner es culpable por afirmar algo perjudicial para la seguridad del navío y Marcos Peña afirmó lo mismo que Kirchner, en qué se diferencian? ¿Por qué se ataca a uno y no a todos sin distinguir color político? Otro argumento falaz y estúpido es que “es saludable que en Argentina se hable de política”. No tiene sentido que se hable, sino cómo se habla, porque si no todo el país podría hablar de física sin saber nada y sería válido ya que hablar de un tópico, y hacerlo mucho, está bien. Saldada esa idiotez, veamos qué se dice políticamente en Argentina. En los últimos años conductores y periodistas de bajo nivel, dedicados al show vulgar y burdo, se enfocaron en la política, ya que vendía. Los chimentos de “Intrusos” o “Intratables” se convirtieron en una especie de Ágora decadente, repleto de gritos y desinformación, donde es imposible llegar a una sola idea clara. “Animales Sueltos” dejó su tono machista y Alejandro Fantino ya no es el macho que pedía “que se falten el respeto” en “El Show del Fútbol”, sino que ahora divide su programa en secciones políticas o culturales, banalizando sin reparos con su baja capacidad intelectual. Su programa que llama a los instintos sexuales primitivos – de ahí el nombre “Animales Sueltos” – entrevista a Beatriz Sarlo e intelectuales varios, con amplio desconocimiento sobre el tema, improvisando y dando alguna frase suelta que lo haga parecer culto o algo similar, asegurando que sea motivo de charla en la semana o en el archivo cibernético. Después su espacio televisivo es un varieté donde se busca espectacularizar a la política y que sea algo menor, como un partido de fútbol, olvidando que se trata de decisiones sobre el bien público. Uno de los puntos más bajos debe ser “Polémica en el Bar”, donde un par de animadores buscan imitar a un show que ya no existe y opinan sin saber, ridiculizando a la economía, la política y la cultura, ya que todo da absolutamente lo mismo, haciendo un culto explícito a la habladuría gratuita, casi para que el argentino medio se regodee de su miseria viéndose proyectado en la pantalla, identificándose con sus propios fracasos. ¿De qué vale hablar todo el día de política si solo se repiten discursos armados? ¿Dónde queda el pensamiento crítico? No cabe duda de que Argentina decidió cambiar al fútbol por el debate político, mostrando el síntoma de su infancia institucional y la herida abierta de su ignorante subdesarrollo. Un tema dejará de ser interesante, como el Indio Solari y Olavarría, y aparecerá otro mientras la alienación frente a una pantalla en conjunto con la música popular nutrida del lumpenaje que invita a primar la emoción sobre la razón, junto a las reverencias a las escapistas salidas nocturnas, sirvan para que sigan ganando unos pocos, armando un fabuloso negocio, poniendo a la cotidianidad en la pantalla y a lo exótico como un valor para creer que la existencia es menos miserable. Esa dialéctica siniestra nos aleja cada vez más de la civilización y pululamos en nuestra autarquía, nuestra preciada isla flotante tercermundista, a la que le rendimos homenaje y, al parecer, amamos padecer.

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