InicioApuntes Y MonografiasLa Tragedia y el Temperamento
Por Facundo Guadagno

Nuevamente Argentina es presa de la negligencia, inoperancia y estupidez, típico de un país que, desde sus inicios democráticos, allá por 1916, no pudo consolidar ni siquiera solidez en las instituciones republicanas. Habiendo aceptado ese bochorno, los argentinos tienen por sentido común que viven en un país bananero donde todo lo malo y absurdo puede pasar porque, al fin y al cabo, se trata de Argentina. Fatalismo poco objetivo, carencia crítica subjetiva y una cómoda actitud de aceptación.

La tragedia del submarino ARA San Juan es otra más de las clásicas muestras de ineptitud generalizada, como Cromañón, Once y la olvidada Olavarría manchada por el populismo del Indio Solari, redimido por sus propias víctimas. Hoy la culpa cae ciegamente sobre Cristina Kirchner y su gestión, lo cual es cierto, como también lo es que el actual Jefe de Gabinete, Marcos Peña, ratificó las palabras de la ex presidente en julio de 2016. Ambos son culpables y, además, cualquier país serio investigaría a fondo este caso y le daría penas que cumplir a los involucrados. Aunque la culpa seguramente caerá sobre alguien, gracias a la presión que genera la influencia de distintos sectores, después pesará por un momento y, finalmente, se olvidará. Pero no hay que pensar, por ejemplo, que solo los medios de comunicación tienen influencia en la población, sino que el centro de mi crítica se basa en la aceptación absoluta e irrestricta de información por parte de la población en sí, no importa si viene de la televisión, diarios o alguna red social.



Por una mera opinión se genera una bola de nieve que impone un discurso concreto y totalitario: estar en contra de él no significa un disenso racional y la opción de llegar a un consenso luego de razonar, no, significa ser un paria. ¿Si Cristina Kirchner es culpable por afirmar algo perjudicial para la seguridad del navío y Marcos Peña afirmó lo mismo que Kirchner, en qué se diferencian? ¿Por qué se ataca a uno y no a todos sin distinguir color político?

Otro argumento falaz y estúpido es que “es saludable que en Argentina se hable de política”. No tiene sentido que se hable, sino cómo se habla, porque si no todo el país podría hablar de física sin saber nada y sería válido ya que hablar de un tópico, y hacerlo mucho, está bien. Saldada esa idiotez, veamos qué se dice políticamente en Argentina.

En los últimos años conductores y periodistas de bajo nivel, dedicados al show vulgar y burdo, se enfocaron en la política, ya que vendía. Los chimentos de “Intrusos” o “Intratables” se convirtieron en una especie de Ágora decadente, repleto de gritos y desinformación, donde es imposible llegar a una sola idea clara. “Animales Sueltos” dejó su tono machista y Alejandro Fantino ya no es el macho que pedía “que se falten el respeto” en “El Show del Fútbol”, sino que ahora divide su programa en secciones políticas o culturales, banalizando sin reparos con su baja capacidad intelectual.



Su programa que llama a los instintos sexuales primitivos – de ahí el nombre “Animales Sueltos” – entrevista a Beatriz Sarlo e intelectuales varios, con amplio desconocimiento sobre el tema, improvisando y dando alguna frase suelta que lo haga parecer culto o algo similar, asegurando que sea motivo de charla en la semana o en el archivo cibernético. Después su espacio televisivo es un varieté donde se busca espectacularizar a la política y que sea algo menor, como un partido de fútbol, olvidando que se trata de decisiones sobre el bien público. Uno de los puntos más bajos debe ser “Polémica en el Bar”, donde un par de animadores buscan imitar a un show que ya no existe y opinan sin saber, ridiculizando a la economía, la política y la cultura, ya que todo da absolutamente lo mismo, haciendo un culto explícito a la habladuría gratuita, casi para que el argentino medio se regodee de su miseria viéndose proyectado en la pantalla, identificándose con sus propios fracasos.

¿De qué vale hablar todo el día de política si solo se repiten discursos armados? ¿Dónde queda el pensamiento crítico? No cabe duda de que Argentina decidió cambiar al fútbol por el debate político, mostrando el síntoma de su infancia institucional y la herida abierta de su ignorante subdesarrollo. Un tema dejará de ser interesante, como el Indio Solari y Olavarría, y aparecerá otro mientras la alienación frente a una pantalla en conjunto con la música popular nutrida del lumpenaje que invita a primar la emoción sobre la razón, junto a las reverencias a las escapistas salidas nocturnas, sirvan para que sigan ganando unos pocos, armando un fabuloso negocio, poniendo a la cotidianidad en la pantalla y a lo exótico como un valor para creer que la existencia es menos miserable. Esa dialéctica siniestra nos aleja cada vez más de la civilización y pululamos en nuestra autarquía, nuestra preciada isla flotante tercermundista, a la que le rendimos homenaje y, al parecer, amamos padecer.
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