Hola! A continuación comparto un artículo que realicé sobre la clasificación de Argentina al Mundial Rusia 2018, viéndolo como fenómeno social al igual que el fútbol, desmitificando algunas afirmaciones usuales en nuestro país. Argentina en el Mundial: Peste de Multitudes Por: SkepticSC Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha necesitado de ciertas reglas supraindividuales que guíen su conducta. Pero esto es lógico y está en la misma acción humana, ya que el lenguaje, por ejemplo, es externo, como también lo puede ser un sistema de símbolos o determinadas costumbres, no hay nada de irracional ni de extremista en ellos. La religión, por su parte, es claramente la adhesión fantasiosa de un individuo o un colectivo a un ente metafísico de dudosa existencia que por mecanismos omnipresentes guiaría la acción de las personas. Este planteamiento irrisorio resulta aún más ridículo si se contempla que existe una teología que debate especulativamente sobre la existencia de Dios. Por otro lado, y casi como una nota aparte, existe cierto respeto a las monjas – se las suele llamar “monjitas” – cuando se dedican todo el día a rezar en un claustro, sin producir nada para la sociedad, solo escapismos ilusorios para sus fieles. Lo más curioso, es que sus apologistas – estos que les dicen “monjitas” – se quejan de que Argentina es una sociedad “de vagos”. La incongruencia hecha lógica. Émile Durkheim sostuvo en Las Formas Elementales de la Vida Religiosa (1912) afirmó que la religión produce cohesión social y, en Argentina, el fútbol hace exactamente lo mismo. La gente que apoya al fútbol, no como deporte sino como pasión colectiva, afirmará que esta acción “une a las personas y las hace olvidar de sus problemas”, postura ante los partidos generales y ampliada durante los mundiales, o que “el fútbol es una vía de socialización para jóvenes”. Ambas son ciertas, pero guardan sesgos significativos. El fútbol puede unir a las personas, sí, como también hacerlas sectarias y adoptar una posición de amigo-enemigo, llevada al estrellato por el jurista nazi Carl Schmitt, la cual puede terminar en cualquier acto de violencia ante el equipo rival o a la selección de otro país, por supuesto, con xenofobia incluida. Este deporte como fenómeno social también es potenciado para que sea el tópico central del cual se hablará toda la semana, aislando a los individuos de lo que acontence en la vida real y centrándolos en el ocio. Esas dos cuestiones alejan al fútbol de cualquier idealización pacífica e integrado, pero, ¿qué hay de la segunda frase de los apologistas del balonpié? Sí, el fútbol socializa a jóvenes de clases bajas, ¿pero cómo? En primer lugar, el fútbol es violento en sí y la “picardía” triunfa sobre la regla. Esto no es malo si se adopta con racionalidad, algo que este deporte como fenómeno de masas ha perdido hace tiempo. Si el ambiente no es el mejor, ¿dónde queda la educación para estos niños? O más bien, ¿todo se reduce a este supuesto entorno pacífico y fraterno del fútbol? La humillación, la discriminación y la estigmatización, propias de un machismo exacerbado, son características inseparables del fútbol. Queda más que claro que practicar este tipo de deporte per se no garantiza a una propicia sociabilidad para los jóvenes, es ingenuo e idealista. Habiendo descartado al fútbol como una unión perfecta entre la sociedad, cada vez que Argentina ingresa o juega un mundial se produce una ilusión patriótica que tiene varias falacias, por supuesto, de carácter populista: (1) la selección Argentina de fútbol representa a la Nación entera, (2) los triunfos en fútbol engrandecen al país, (3) los jugadores son personas iguales que los ciudadanos de clase media o baja. La primer afirmación no solo supone que la sociedad es homogénea, sino que además es totalitaria y de ahí se desprende un halo xenófobo militarista donde el fútbol sería una batalla en la que todos los argentinos estaríamos consustanciados. Luego, la selección argentina solo actúa en beneficio de unos individuos y, si bien le da crédito al país como exitoso dentro del fútbol, no afectaría en lo más mínimo que no lo sea y más bien se dedicara a ser reconocido por sus avances en el progreso de la salud, tecnología, artes, etc. Por último, los futbolistas profesionales son nuevos ricos con muy poca cultura y mucho dinero para gastar, por eso dedican su tiempo a ocio, fiestas y vicios, y sus declaraciones son mundanas y redundantes. No tienen interés en su actividad, son reiteradas las veces que prefieren no entrenar para salir de fiesta o no desempeñarse bien en el campo por problemas de egos. Nada más alejado a un ciudadano común. La idolatría que se siente por ellos como personas ejemplares es parte del fanatismo que envuelve a la Argentina. El fútbol, como la religión, es una fuerza de cohesión social a la que añade que responde a determinados intereses que tienen un beneficio directo hablando de este deporte, ya que es un gran negocio y otros no son rentables. Por otra parte, el Estado apoyó enfáticamente al “fútbol como derecho”, por ende, es complicado disociarlo de una mera actividad a la razón de ser de un individuo. A todo esto, la selección Argentina de fútbol clasificó al mundial de Rusia 2018 donde se han beneficiado instituciones y sus miembros – clubes y los involucrados dentro de la burocracia futbolística -, periodistas, deportistas y cualquiera que gane dinero alrededor del negocio del fútbol. La miseria argentina busca cubrirse con éxitos ajenos, lógico de un país inestable económica, política y culturalmente. Ni Lionel Messi ni Diego Maradona han ayudado al desarrollo de Argentina, sino que entre sus logros se encuentran evasión de impuestos por el primero y apoyo al totalitarismo latinoamericano, con Nicolás Maduro a la cabeza, para el segundo. Es hora de concebir al fútbol como un mero deporte y no como la utopía de la unidad nacional.
Reflexiones sobre Argentina en Rusia 2018
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