Angel_Slasher666
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Dean Corll: "Candy Man" “Para mi niño pequeño, dulces y caramelos…” Mavila. "La dulcería" Dean Corll nació en Fort Wayne, Indiana (Estados Unidos), el 24 de diciembre de 1939. Fue hijo de Mary Robinson y Arnold Edwin Corll. Dean se trasladó a Pasadena, Texas, con su madre y su hermano menor cuando tenía once años, tras la ruptura del matrimonio de sus padres. El joven Dean Corll Fue considerado como un buen estudiante en la escuela y siempre observó buen comportamiento, aunque un problema del corazón lo mantuvo fuera de la educación física. En lugar de ello se dedicó a estudiar música. Tocaba el trombón en su escuela. Dean Corll con su madre En la década de los cincuenta, la madre de Corll inició una pequeña empresa de golosinas, principalmente dulces de nuez, junto con su segundo marido. La tenían en el garaje de su casa. Dean Corll trabajaba allí día y noche, mientras seguía asistiendo a la escuela. Cuando cumplió diecinueve años, la familia se trasladó a Houston, donde abrieron una nueva dulcería. Tras el segundo divorcio de su madre en 1963, Dean Corll se mudó a un departamento encima de la tienda. La tienda de dulces ya tenía algunos empleados y Corll pasaba mucho de su tiempo libre en compañía de los niños del barrio. Les daba caramelos gratis y ellos lo conocían con el sobrenombre de "Candy Man: El Hombre de los Dulces”. La casa y el cobertizo de Dean Corll Su madre se casó por tercera ocasión. Dean Corll fue reclutado en el ejército en 1964, donde asumió que era homosexual. Después de diez meses obtuvo una licencia para poder ayudar a su madre con el negocio de dulces. Cuando la dulcería finalmente quedó a su cargo, Corll invitaba a los niños a comer caramelos gratis. La gente comentaba que esta actitud no era normal. Corll empezó a frecuentar también a varones adolescentes. Tras el fracaso de su tercer matrimonio en 1968, la madre de Corll se mudó a Colorado. Aunque a menudo hablaban por teléfono, nunca fue a ver a su hijo. La dulcería comenzó a tener pérdidas y Dean Corll tuvo que conseguir un trabajo en la empresa de iluminación de Houston y la Compañía de Energía. Trabajó allí durante muchos años. Por ese tiempo, sus fantasías sexuales derivaron hacia fantasías criminales. El contacto constante con niños y adolescentes hizo que empezara a ver en estos un objetivo sexual. No pasaría mucho tiempo antes de que decidiera llevar a cabo sus planes. El 25 de septiembre de 1970, Jeffrey Konen, de dieciocho años de edad, desapareció mientras hacía autostop en la carretera. Era estudiante de la Universidad de Texas y se dirigía a casa de sus padres en Houston. Fue la primera víctima. Dean Corll lo recogió, le dijo que se dirigía a Houston y lo llevó a su domicilio. En el camino, le regaló al joven unos dulces. Cuando llegaron a casa de Corll, lo invitó a tomar una cerveza antes de llevarlo a casa de sus padres. El chico, no queriendo parecer descortés, aceptó. Una vez adentro, Dean Corll lo golpeó en la cabeza, dejándolo inconsciente. Después lo amarró a una silla y empezó a torturarlo. La agonía de Jeffrey Konen duró varias horas. Corll se ensañó con él. Tras desnudarlo, lo violó varias veces. Después lo golpeó en la cabeza hasta destrozársela. Jeffrey Konen A diferencia de Jeffrey Konen, las siguientes víctimas de Corll fueron secuestradas en Houston Heights, que era entonces un barrio de bajos recursos al noroeste del centro de Houston. Su segunda víctima fue Homero García, un niño hispano de bajos recursos a quien le prometió dinero. Tras darle los consabidos dulces, lo llevó a su casa. Lo violó. Luego le cortó el cuello hasta que el pequeño se desangró. Otras dos víctimas, Malley Winkle y Billy Baulch, habían trabajado para el negocio de los dulces Corll, como repartidores del producto a las tiendas. Billy Baulch Corll raptaba a chicos de entre trece y veinte años. Siempre les ofrecía y regalaba dulces en el trayecto a su domicilio. Según la edad de las víctimas, prometía comprarles ropa, juguetes o darles dinero. Además, acondicionó uno de los cuartos de su casa como cámara de tortura. Allí llevaba a los niños. Después de desnudarlos y violarlos, los atormentaba. Les metía gruesos dildos por el ano y se los dejaba dentro todo el tiempo. Los introducía en una caja de madera, donde permanecían sin poder sentarse ni recostarse, sufriendo terribles calambres en todo el cuerpo. Les arrancaba el vello púbico, uno por uno. Les metía varillas de acero analmente. Cada vez era más cruel. Les hacía cortes en el cuerpo, les partía los dedos, les rompía los huesos de brazos y piernas a martillazos, les quebraba los omoplatos o los asfixiaba con bolsas de plástico. A otros los castraba utilizando cuchillos, tijeras o navajas de afeitar. La policía consideraba a los chicos fugitivos, a pesar de las protestas de los padres que insistían en que sus hijos no se escaparían de casa. Con el tiempo, Corll conoció a otros dos pederastas: David Owen Brooks y Elmer Wayne Henley. Ellos se dedicaban además a asaltar y secuestrar personas. Corll comenzó a pagarles para que le llevaran niños. Así lo hicieron. Durante su relación, estos hombres le vendieron a Corll a veintisiete niños, mismo que terminaron en el cuarto de torturas. Cada uno costaba $200.00 dólares. Elmer Wayne Henley, uno de los cómplices de Corll Otras víctimas de Dean Corll fueron Danny Yates, de catorce años, y su amigo James Glass de la misma edad. Los secuestraron el 15 de diciembre de 1970. David Owen Brooks los llevó al departamento de Corll en la calle Columbia, mientras este asistía a una manifestación religiosa. Ambos eran conocidos de Corll. A su regreso, pagó $400.00 dólares y se dedicó a violar y torturar a los chicos antes de estrangularlos. Danny Yates Luego, el 30 de enero de 1971, le tocó el turno a Donald Waldrop, de quince años, y a su hermano Jerry, de trece. Iban rumbo al boliche. Según declararía Brooks tiempo después, el padre de Donald, que era constructor, trabajaba en la casa que había junto a la de Corll, en el momento en que sus hijos eran violados, torturados y asesinados. Ese tipo de detalles macabros excitaban a Corll. Donald Waldrop El 9 de marzo mató a Randall Lee Harvey, de quince años, mientras se dirigía a su casa. Su cadáver fue enterrado por Corll en un descampado. La policía lo hallaría treinta y siete años después, en 2008. El 29 de mayo, Corll secuestró a David Hilligeist, de trece años, quien iba a nadar en una piscina pública. El 17 de agosto, “Candy Man” atrapó a Rubén Watson, de diecisiete años, mientras iba rumbo al cine. Randall Lee Harvey El 24 de marzo de 1972 mató a Frank Aguirre, de dieciocho años. Frank Aguirre tenía una novia: Rhonda Williams, una chica de quince años que le gustaba muchísimo a Elmer Wayne Henley, uno de los dos secuestradores a quienes Corll les compraba víctimas. Corll no lo sabía, pero esa chica sería su perdición. Aguirre fue enterrado en la playa de Isla Alta. Las cuerdas utilizadas por Corll Desde ese momento, Corll y sus cómplices casi siempre enterrarían los cadáveres en la arena de la playa o en un granero junto a la casa de Corll. Pero antes de hacerlo, Corll desarrollaba un extraño ritual: echaba cal sobre los cuerpos, luego envolvía los cadáveres en plástico transparente y ataba los extremos, dejando un pedazo de fuera en cada uno: estaba imitando la envoltura de un caramelo. Los ex empleados de la dulcería recordarían que Corll compraba rollos de plástico transparente, el mismo utilizado para envolver a sus víctimas antes de enterrarlas. El 21 de mayo de 1972 desaparecieron Johnny DeLôme, de dieciséis años, y Billy Baulch, de diecisiete, mientras se dirigían a la tienda. Tras torturarlos y violarlos, Corll estranguló a Billy y le disparó en la cabeza a Johnny. Como no murió, Henley lo estranguló. El 2 de octubre de 1972, Wally Jay Simoneaux, de catorce años, y su amigo Richard Hembree, de trece, desaparecieron mientras caminaban por una acera. Fueron vistos por última vez subiendo a una furgoneta blanca aparcada frente a una tienda de comestibles. El 22 de diciembre de 1972, un amigo de Henley y Brooks, Mark Scott, de dieciocho años, fue vendido a Corll. Jeffrey Scott, hermano de Mark Scott El 4 de junio de 1973 entregaron a Billy Ray Lawrence, de quince años. Corll lo mantuvo vivo durante cuatro días, violándolo y torturándolo reiteradamente. Lo castró utilizando un cuchillo de cocina. Luego lo asfixió antes de envolverlo como a un caramelo. Lo enterró a la orilla del lago de Sam Rayburn. El 15 de junio mató a Ray Blackburn, un joven de veinte años originario de Louisiana. Estaba casado y tenía un hijo. El 19 de julio, Corll asesinó a Tony Baulch, de quince años; un año antes, había matado a Billy, su hermano mayor. El 25 de julio ejecutó a dos más: Marty Jones, de dieciocho años, y Charles Tizon, de diecisiete. El 3 de agosto, Corll mataría a su última víctima: James Dreymala, de trece años de edad. Fue atraído al departamento con el pretexto de recoger botellas vacías de Coca Cola para venderlas. Ray Blackburn “Candy Man” ya era responsable de los asesinatos de casi cuarenta niños y jóvenes de Houston. Los vecinos hablaban de Corll como de un hombre ejemplar. Su opinión inicial había cambiado y ahora les encantaba que les obsequiara dulces a sus hijos. Los niños lo seguían y él siempre los trataba bien cuando estaban en su tienda. Nadie se imaginaba lo que ocurría en el aislado cuarto de torturas, ni que muchos de los chicos que desaparecían terminaban allí. Dean Corll con su perrito Aproximadamente a las 03:00 horas del 8 de agosto 1973, Henley llegó a la casa de Corll acompañado por un niño de trece años llamado Tim Kerley, quien iba a ser la próxima víctima. Con ellos estaba Rhonda Williams, la chica de quince años que había sido novia de Frank Aguirre y que ahora era novia de Henley. Brooks no estaba presente en ese momento. Dean Corll se puso furioso de que Henley hubiera llevado a una niña: él quería chicos. Henley le explicó que Rhonda era su amante, no una víctima. Finalmente se calmaron, Corll llevó al niño al cuarto de torturas y lo dejó allí amarrado. Luego los tres se pusieron a beber. Henley y Rhonda se emborracharon y se quedaron dormidos. Cuando despertaron, estaban amarrados. Corll estaba frente a ellos, con una pistola calibre .22 en la mano. “Los voy a matar”, dijo, apuntándoles. Henley trató de razonar con él. Le dijo que, si lo mataba, no volvería a tener chicos para sus juegos. Tras un rato, Corll cedió. Desató a Rhonda y luego a Henley. Corll también estaba borracho y comenzó a insistir en que mientras él violaba y mataba al niño, Henley hiciera lo mismo con Rhonda Williams. Henley se negó, y pronto se desató una pelea entre él y Corll. Elmer Wayne Henley y David Owen Brooks tras su arresto “Candy Man” estaba muy violento y cuando la situación se hizo incontrolable, Henley tomó el arma y le disparó a Corll seis veces en la cabeza, espalda y hombro. Dean Corll estaba muerto. Rhonda insistió en que Henley liberara al niño, lo cual hizo. Después llamaron a la policía. Henley pensó que lograría que toda la culpa recayera en Corll, pero el niño lo acusó por raptarlo. Lo arrestaron, pensando que se trataba solamente de un secuestro aislado. Pero Henley decidió contarlo todo. La historia de “Candy Man” salía a la luz. Diecisiete cadáveres fueron descubiertos en diferentes partes, incluido en el cobertizo. Siguiendo las indicaciones de Henley, la policía excavó en Crystal Beach y dentro de los bosques que rodean el lago Sam Rayburn, donde los cuerpos de muchas otras víctimas fueron encontrados. La policía desenterrando cadáveres en la propiedad de Corll Los asesinatos de Houston llegaron a los titulares de todo el mundo, e incluso el Papa Juan Pablo II destacó el carácter atroz de los crímenes y ofreció condolencias a los familiares de las víctimas. Se criticó duramente al Departamento de Policía de Houston, que había clasificado a los niños desaparecidos como fugitivos, y no como víctimas de secuestro. El caso de Corll era el peor en muchos años y los cadáveres no dejaban de aparecer. Evidencias del caso Los periódicos tomaron de inmediato el nombre que los niños le habían puesto: “Candy Man”. Esa contradicción entre un hombre afable repartiendo golosinas y un asesino brutal y torturador encontró su lugar en el imaginario popular. Desde entonces, se lanzó una campaña permanente para advertirles a los niños que nunca aceptaran dulces de extraños. La madre de una de las víctimas Fuente de Informacion: http://escritoconsangre1.blogspot.com.ar/2010/04/dean-corll-man.html En el Post faltan algunas imagenes que no puse por que son de mal gusto o morbo, pero en la pagina que les dejo arriba las pueden ver el que lo desee y tambien hay una videografia que explica el caso, como fue todo y tambien explican un poco los complices de Dean.
Antes de empezar con la lectura les dejo algunos Soundtrack de la película (Night Of The Living Dead - Remake / 1990) para ambientar un poquito esta historia de terror...Sobre este asesino en serie, caníbal que estaba un poco Re Loco. link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=8UBoAeLJ0Nc#t=106s link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=pTp6A1SxtCo#t=10s link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=pCnTwKnFj54#t=4s link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=A21IE0v-EWc#t=2s "¿Qué no ves que mi padre es un caníbal y voy a comerte?" Kinky y Lupe Esparza Alexander “Sawney” Beane (o Bean) nace en el seno de una familia granjera a las afueras de Edimburgo, cerca de la costa oeste de Escocia, a finales del siglo XVI. Acompañado de su mujer, abandona el hogar siendo muy joven e inician un viaje hacia el lado opuesto del país. En mitad de la travesía deciden ocultarse en una profunda caverna. La entrada era una pequeña grieta a través de la cual se extendía una cueva de alrededor de una milla. Sin saberlo, esta caverna le serviría como hogar a los Beane durante los siguientes veinticinco años. Sawney Beane a la entrada de su caverna Al principio subsistían de las pertenencias que habían robado a distintos viajantes que habían asaltado y asesinado. Pero pronto sus necesidades iban a ser más exigentes. Comenzaron a tener hijos y su estado se volvió cada vez más salvaje. El incesto se convirtió en una práctica habitual en la caverna, de tal forma que se mantenían relaciones sexuales entre hermanos, padre e hijas, madre e hijos, y se procreaban así nuevos vástagos. Simultáneamente, la necesidad de comida iba en aumento, pues la familia seguía creciendo. La solución a sus problemas la seguían encontrando en los viajantes que asaltaban, pero ésta vez transportaban el cadáver a la caverna, donde era devorado. Se aficionaron así a la carne humana. Grabado de la época sobre el Caníbal de Escocia Durante un cuarto de siglo, desaparecieron viajeros en las extensiones rocosas de Galloway; lo único que se encontraba de los desaparecidos eran algunos restos, partes de los cuerpos halladas ocasionalmente en la costa, despojos que los Beane no solían consumir y arrojaban al mar. Estos restos humanos suscitaban las más diferentes teorías. Una explicación era descabellada: podría ser que los terrenos rocosos estuvieran habitados por hombres lobo o demonios. Otra era que los viajantes podrían estar siendo atacados por una manada de lobos; sin embargo, ésta hipótesis no se sostuvo durante mucho tiempo, pues no sólo desaparecían individuos que viajaban solos, sino también grupos de cuatro, cinco e incluso seis personas. Aunque, eso sí, nunca atacaban a más de dos si iban a caballo. Eran muy cuidadosos, asegurándose las posibles vías de escape y nunca dejaban a nadie con vida. Mapa de la época con los sitios de sus crímenes Con el tiempo surgió otra hipótesis: que algún posadero debía ejecutarlos mientras dormían y enterrarlos en un sitio aislado para no ser descubierto. Esto ocasionó muchos juicios a inocentes que, según la tradición de la época, eran torturados hasta que se les arrancaba una confesión de culpabilidad y posteriormente eran ejecutados. Gran cantidad de posaderos inocentes fueron asesinados por este motivo y muchos otros abandonaron su trabajo por miedo a ser los siguientes. Esto ocasionó que la zona se volviese aún más desierta y el tránsito de mercaderes y viajeros descendiera. Una tarde, un grupo de treinta personas regresaba a casa tras haber pasado el día fuera, cuando escucharon unos gritos delante de ellos. Al llegar al lugar del tumulto, se encontraron con un hombre que se defendía pistola en mano contra una banda de atacantes de aspecto salvaje. Cerca de él yacía su mujer en el suelo, destripada, mientras algunos de los atacantes le arrancaban pedazos de carne y se la comían cruda. Las mujeres del clan le habían cortado el cuello y bebían su sangre. El hombre, temeroso de correr su misma suerte, se defendía desesperadamente con su pistola y su espada contra una turba de treinta hombres del clan. Los viajeros, atónitos, no podían creer lo que veían. Al ser descubiertos, el clan de los Beane huyó hacia las colinas. Ya existían pruebas sobre las misteriosas desapariciones. La persona que aportó el testimonio sobre lo ocurrido fue el marido superviviente del ataque. La historia llegó a oídos del rey James I de Inglaterra, el cual decidió tomar serias medidas: envió a 400 soldados acompañados de perros de caza a la zona; los perros hallaron rápidamente la entrada de la caverna: el fuerte olor a carne podrida les facilitó la búsqueda. Los soldados penetraron en la cueva siguiendo un pasadizo en forma de zig-zag hasta llegar al hogar de los Beane. Allí encontraron a cuarenta y ocho personas: Sawney Beane y su mujer, sus ocho hijos, seis hijas, dieciocho nietos y catorce nietas, fruto de los continuos incestos entre todos ellos. Pero lo peor era que el lugar estaba lleno de cabezas cercenadas, brazos, piernas y demás miembros, amontonados unos sobre otros. Algunos trozos de carne habían sido salados, con la intención de conservarlos para los siguientes meses. Grabado que ilustra el interior de la caverna Tras ser descubiertos, el rey los calificó como bestias salvajes no merecedoras de juicio alguno. Tanto Sawney Beane como los veintiséis hombres del clan fueron torturados y desmembrados en público. Todo el proceso fue contemplado por las mujeres, a quienes les esperaba la hoguera. Terminaron quemadas vivas en un gran acto público. El juicio en Edimburgo Después de su muerte, se popularizó la “Balada de Sawney Beane”, que decía: No vayas por Galloway, ven, espera un rato, mi amigo, te hablaré de los peligros. Ten cuidado con Sawney Beane. Sabemos que él espera allí, pero su cara raramente se ve. Sawney tiene una esposa e hijos. Sé cauto para que ellos no cojan tu caballo y viertan tu sangre en la cueva de Sawney Beane. Desean ver tu garganta cortada. Uno de ellos limpiará tu cadáver. Mas no temas tanto: los soldados vigilan los paseos. Es un mandato del rey: llevan la orden de fuego y espada A Sawney Beane y los suyos los han colgado alto en el torreón de Edimburgo. La historia sirvió para asustar a los niños La historia permaneció durante siglos. A finales del siglo XX, Wes Craven la tomó como base para producir su clásica película de horror Las colinas tienen ojos, donde una tribu de mutantes antropófagos se esconde en las cuevas y devora a quienes transitan por la carretera. La cinta de Wes Craven Hubo una segunda versión en 2006 y además una cinta bastarda muy mala, titulada Los caníbales de Hillside, también ambientada en la época moderna. Escena de Las colinas tienen ojos Finalmente, Sawney Beane sirvió de base para la inclusión, en los cómics de Batman, de un personaje llamado Solly Bean, un criminal caníbal cuya compulsión es devorar carne humana. Con el tiempo, muchos negaron la existencia real de Sawney Beane y lo atribuyeron a una leyenda. Pero su presencia como el caníbal más popular de la antigüedad europea, persiste hasta la fecha. Fuente de Información: http://escritoconsangre1.blogspot.com.ar/2007/12/sawney-beane-canibal-de-las-colinas.html En el Post evite solo 2 imágenes que considere de mal gusto pero no de morbo...Si las quieren ver lo pueden hacer entrando a la pagina que les deje arriba...Espero que les allá gustado el Post, sera hasta la próxima.. Adiós.
Les dejo algunos temas para ambientar un poquito esta Historia de Miedo. link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=nID6Max8cpw#t=0s link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=mkqeCpsFgDk#t=0s link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=kUB6v-emGhY#t=0s link: http://www.youtube.com/watch?v=LAQq72ULF_g link: http://www.youtube.com/watch?v=niIaNxY1d3Q El arresto de Ted Bundy Tras ser arrestado, el 23 de febrero de 1976 comienza el juicio contra Ted Bundy por secuestro agravado. Bundy en la fila de sospechosos El acusado llega a la sala confiado y dueño de sí mismo pensando que no había suficiente evidencia en contra suya. Bundy esposado No previó el impacto que tuvo la declaración de Carol DaRonch, a quien el fiscal pidió identificar al hombre que la atacó. Sin dudarlo un segundo señaló directamente a Bundy a la vez que estallaba en llanto. En su defensa dijo que ni siquiera conocía a la chica, pero tampoco tenía alguna coartada para el día de los hechos. El devastador testimonio de Carol DaRonch Al juez le tomó el fin de semana revisar a fondo el caso y el acusado fue sentenciado el 30 de junio a una condena de quince años con posibilidad de libertad condicional. En la prisión se le efectuaron las pruebas psicológicas que el juez había ordenado y los doctores determinaron que Bundy no era psicótico, ni dependiente de drogas o alcohol, ni que sufriera de algún daño cerebral. Era un hombre totalmente normal. Nadie se explicaba su fuerte dependencia a las mujeres, la violencia de que hacía gala o su instinto asesino. Los titulares durante el juicio de Bundy Las pruebas periciales al Volkswagen sedan de Bundy habían tomado un poco de tiempo, pero las muestras de cabello tomadas coincidían con las de Melissa Smith y de Caryn Campbell, y exámenes posteriores revelaron que las marcas de las lesiones craneales podían haber sido causadas por la palanca hallada en el vehículo de Bundy. La policía de Colorado levantó el cargo de asesinato el 22 de octubre de 1976. La celda de Bundy En 1977 Bundy fue trasladado a la cárcel del condado de Garfield para encarar este nuevo proceso. Durante los preparativos del juicio, Bundy decidió defenderse a sí mismo ante la supuesta incapacidad de sus abogados, a quienes despidió. Bundy con barba Con tanto trabajo ante sí, se le permitió visitar la Biblioteca de la Corte de Aspen. Nadie imaginaba que la verdadera estrategia era intentar escapar. Asombrosamente, lo consiguió. Se fugó de la prisión con relativa facilidad. Era el 7 de junio de 1977. Escuchó el informe del Defensor Público contra la pena de muerte. Durante la hora de la comida, se fue al segundo piso a dar una vuelta por la biblioteca. Unos minutos después, una mujer vio cómo un hombre saltaba sobre el césped y se iba cojeando calle abajo. Preguntó a un policía que si era normal que la gente de por allí saltara por las ventanas. El policía salió corriendo, pero Bundy ya se había marchado. Bundy, encadenado, preparando su defensa en la Biblioteca de la Corte, poco antes de su huida Se encontraba cerca del río, en camiseta y shorts para fingir que era un excursionista. Tenía la ropa escondida bajo un sweater. Caminó por la carretera y encontró refugio en una cabaña deshabitada que se hallaba en lo alto de Aspen Mountain; estuvo allí dos días. Volvió a salir, vagó en círculos y robó un cadillac. Una semana después de su fuga, la policía lo capturó a unas cuantas manzanas del lugar del que se había fugado. La búsqueda de Bundy tras su fuga Durante seis meses, los argumentos legales fueron interminables. El fiscal quería conectar a Bundy con las otras chicas desaparecidas en Utah. Bundy se defendía utilizando tácticas dilatorias. El 31 de diciembre de 1977, a las 07:00 horas, un guardia de la prisión de Garfield County dejó la bandeja del desayuno en la puerta de la celda de Bundy y vio una figura que dormía en la cama. A la hora de la comida, la bandeja seguía allí: la figura era solamente una pila de almohadas y libros. Un agujero en el techo mostraba cómo Bundy se había fugado por segunda vez con la ayuda de un cuchillo de sierra. Cuando se dio la voz de alarma, ya estaba en Chicago. Ted Bundy atravesó Estados Unidos en busca de una ciudad universitaria en la que establecerse, pues sólo en los ambientes académicos parecía sentirse cómodo. Pensó en Columbus y en el campus del estado de Ohio, y echó un vistazo a la Universidad de Michigan, a Ann Arbor, pero finalmente fue en Florida donde se estableció. Los titulares tras la fuga de Bundy Alquiló una habitación en Tallahassee haciéndose pasar por estudiante de posgrado en la Universidad Estatal de Florida. Documento del FBI sobre Bundy Parece ser que trató de abandonar su actividad asesina, y, si hubiera sido capaz de renunciar a ella, y de olvidarse también de sus constantes y temerarios hurtos, podría haber seguido en libertad el resto de su vida, ya que la policía lo estaba buscando a miles de millas de distancia. Sin embargo, a las pocas semanas ya estaba de nuevo cazando. Allí conoció a Francis Messier, una chica a la cual veía diariamente. Salieron a cenar y se hicieron muy buenos amigos; ella no sospechaba quién era él en realidad, ni los eventos que se desencadenarían. Francis Messier Su penúltimo ataque fue devastador. Durante las primeras horas del 15 de enero de 1978, vestido con ropa oscura y armado con una cachiporra, aprovechó una cerradura defectuosa en la puerta del Colegio Mayor Femenino Chi Omega. El Colegio Mayor Femenino Chi Omega Forzó la puerta, entró en él y fue de habitación en habitación, atacando sin hacer ruido a las jóvenes dormidas. Su víctima número dieciocho fue Lisa Levy. Lisa Levy Le aplastó el cráneo con la porra, arrancó con los dientes uno de sus pezones, le dio un profundo mordisco en las nalgas antes de violarla y la sodomizó con un bote de aerosol, que dejó luego insertado en su vagina. Cruzó luego el vestíbulo y entró en otra habitación, donde se dedicó a destruir los cráneos de las estudiantes que dormían. Golpeó con tal fuerza a sus víctimas con la porra que salpicó y manchó de sangre todo el dormitorio; las gotas esparcidas incluso llegaron al techo. No consiguió matar a las dos mujeres de esta habitación, pero en otra le rompió la mandíbula, el brazo derecho y un dedo a Karen Chandler, y le fracturó el cráneo, la órbita del ojo derecho y los dos carrillos, infligiéndole además profundos cortes en la cara. Karen Chandler Luego se volvió hacia la compañera de habitación de Karen, Kathy Kleiner, que seguía durmiendo, y le golpeó en la mandíbula con tal fuerza que varios de sus dientes se encontraron después entre las sábanas manchadas de sangre. Pasó a otra habitación, golpeó y estranguló a Margaret Bowman. Ésta fue su víctima mortal número diecinueve. Con las fuerzas asombrosamente enteras, detuvo la carnicería. Margaret Bowman El edificio de la fraternidad Chi Omega estaba semivacío, pues la mayoría de las ocupantes estaban de fiesta o en salones de baile, aprovechando que esa noche no había toque de queda. No era extraño que las muchachas llegaran incluso a temprana hora de la mañana siguiente. A las 03:00 horas, el novio de Nita Neary la dejó en la puerta de la fraternidad. La chica notó que la puerta estaba abierta. Tan pronto entró al edificio escuchó actividad y pasos de alguien corriendo en el piso de arriba; el sonido se acercaba a las escaleras. Alcanzó a esconderse y observó bajar y salir del edificio a un hombre que llevaba una gorra tejida color azul, y en el brazo lo que parecía una carpeta envuelta en un trapo. Nita Neary Pensó que alguien había asaltado la fraternidad, así que buscó a su compañera de habitación, Nancy, y sin saber qué hacer fueron en busca de la encargada del edificio, pero no tardaron en toparse con la destrozada Karen Chandler, quien se tambaleaba por el pasillo herida y cubierta de sangre. Pronto descubrieron a otra muchacha más, gravemente herida. Mientras volvía a la seguridad de su habitación, Bundy hizo una parada frente al apartamento de Cheryl Thomas, estudiante de danza de veintiún años de edad, que estaba dormida en su cama. Consiguió entrar, le destrozó la mandíbula de varios porrazos, dejó la media que usaba para cubrirse y una gran mancha de semen en la cama ensangrentada y escapó a toda prisa. Cheryl Thomas no murió, pero perdió permanentemente la audición en un oído y parcialmente el sentido del equilibrio, lo que puso fin a su carrera de bailarina. Días antes del último secuestro de Bundy, un extraño en una camioneta Van color blanco se acercó a una estudiante de catorce años; la chica estaba en el camino en espera de su hermano, que había quedado de pasar por ella. La chica, advertida por su padre (un oficial de policía) de que no debía hablar con extraños, se sintió incomoda ante las preguntas y avances de aquel hombre. Su hermano llegó y ordenó a su hermana abordar el carro. Extrañado por el raro sujeto, el joven apuntó las placas de la Van y se las mostró a su padre. El detective James Parmenter, del Departamento de Policía de Jacksonville, decidió investigar. Las placas correspondían a un hombre llamado Randall Ragen, a quien Parmenter visitó. Ragen relata que las placas habían sido robadas de su vehículo y que ya había tramitado unas nuevas. Tuvo una sospecha e hizo que los chicos vieran unas fotografías en la estación de policía. Para su sorpresa, el sujeto que identificaron era Ted Bundy. Retrato de Ted Bundy realizado por el asesino serial Nicolas Claux, “El Vampiro de París” Con la población aterrada e indignada tras los acontecimientos de Chi Omega, Bundy emprendió su última correría de manera confusa. Si se hubiera dirigido a otro estado, tal vez nunca lo hubieran cogido. Pero ya no podía seguir realizando su tarea: estuvo vagando por toda Florida, deteniéndose sólo para emborracharse y para cometer su vigésimo asesinato. El 9 de febrero de 1978, convenció a Kimberly Leach, una niña de doce años de edad, para que saliera del patio de su colegio. El único testigo del acontecimiento fue una amiga suya de nombre Priscila, quien la vio subirse a la camioneta de un hombre, pero no pudo aportar mayores datos del color o tipo de vehículo. Kimberly Leach Bundy secuestró a la niña, la violó vaginal y analmente, y después la mató, estrangulándola y luego degollándola. Cuando se encontró el cadáver, estaba ya en una fase de descomposición muy avanzada para poder certificar la causa definitiva de la muerte. Arrojó el cuerpo a un tonel abandonado tras haberlo retenido un período indeterminado. Graffiti contra Bundy A los pocos días, estaba conduciendo de manera tan errática que otro agente de policía, sospechando algo, le mandó parar: era la noche del 14 al 15 de febrero. Tras una refriega fue detenido. Pidió al agente que lo detuvo que lo abatiera de un tiro. Ya no volvería a estar libre nunca más. Bundy vuelto a arrestar Dos fueron los juicios que por asesinato enfrentó Ted Bundy. El primero comenzó el 25 de junio de 1979 en Miami, Florida. En este caso, la Corte se centró en los crímenes contra la fraternidad Chi Omega. Bundy antes del inicio del primer juicio El segundo juicio se realizó en Orlando (Florida) en enero de 1980 y fue por el homicidio de Kimberly Leach. Fue el juicio de la fraternidad el que selló el destino fatal de Bundy. Bundy durante el primer juicio Estos juicios provocaron una marejada de publicidad y expectación en todo Estados Unidos. Bundy era visto como la encarnación del mal. Miles de pesadillas giraban en torno a la imagen de este despiadado asesino. Al mismo tiempo, docenas de jovencitas con cabello largo, lacio y negro, le enviaban cartas ardientes y le declaraban su amor. Todas ellas se ofrecían a lavarle la ropa y convertirse en sus amantes. Bundy actuó como su propio abogado y siempre confió en poder hacer que el juicio fuera lo más justo posible. El jurado estaba compuesto por una mayoría de negros. La intención era que no se cargara de prejuicios dicho jurado, pero las evidencias fueron determinantes, sobre todo en el caso de la hermandad Chi Omega. Primero fue el testimonio de Nita Neary, señalando a Bundy como el sujeto que alcanzó a ver salir corriendo por la puerta. Bundy defendiéndose a sí mismo durante el primer juicio El otro testimonio contundente fue aportado por un odontólogo, el Dr. Souviron, quien mostró una serie de fotografías de la mordida en la nalga de Levy y cómo las marcas de la dentadura correspondían a la perfección con los dientes de Bundy. El testimonio del doctor Souviron Bundy revisa la foto de sus propios dientes La madre de Bundy testificó e imploró por la vida de su hijo y él mismo tuvo la oportunidad de dar una buena razón para que no se le sentenciara a muerte. Entre otras cosas se dijo víctima de una farsa, de un juicio injusto y abusivo. Y que no tenía ni siquiera por qué pedir clemencia por algo que no había cometido. Bundy rezando antes de escuchar el veredicto El 23 de julio, tras siete horas de deliberación, el jurado decidió que Ted Bundy era culpable. Al escuchar esto, Bundy soltó un grito como el de un animal; después se pasmó y quedó sin mostrar emoción alguna. El juez Cowart recomendó la pena de muerte en la silla eléctrica por la muerte de Lisa Levy y Margert Bowman. Bundy gritando tras escuchar el veredicto de culpabilidad El 7 de enero de 1980 comenzó el juicio por la muerte de la niña Kimberly Leach. Esta vez Bundy decidió no defenderse a sí mismo y quedaron como sus representantes los abogados Julius Africano y Lynn Thompson. Bundy durante el segundo juicio La estrategia a seguir fue apelar por causa de incapacidad mental. Era una ruta muy arriesgada dado el resultado del juicio anterior, pero era la única opción para un asesino como Bundy. El fiscal no tuvo problemas para darle la vuelta a esta débil estrategia. Bundy perdía cada vez más el control, gastando ya sus energías simplemente en no explotar contra todo el mundo. Ya no le servía de nada aparentar calma y dominio de la situación, sabiendo de antemano que su destino ya estaba decidido desde el juicio anterior. Durante el juicio sorprendió a todos cuando anunció su matrimonio con Carole Ann Boone, antigua compañera suya de trabajo. Gracias a una argucia legal del estado de Florida, era posible sellar un matrimonio en el estrado y estando en juramento declarando ante el juez. Así que al testificar Boone, ambos aprovecharon para quedar legalmente unidos en matrimonio. Bundy pasó su Luna de Miel en el pasillo de los condenados a muerte de la cárcel Raiford. Carole Anne Boone, esposa de Bundy Echada la suerte de Bundy, cuando ya no podía cambiar su situación jurídica, adoptó la decisión de confesar sus crímenes al Dr. Bob Keppel, jefe de investigadores del Departamento de Justicia del Estado de Washington. Keppel y Bundy habían ya trabajado conjuntamente cuando este último se ofreció para ayudar en la investigación acerca del criminal conocido como “El Asesino de Green River”, quien tuvo en jaque a la policía por más de veinte años. Keppel asistía a las sesiones con Bundy armado únicamente de una grabadora, para conservar los testimonios del asesino. Fue así como el mundo se enteró de que Bundy conservaba por algún tiempo en su casa los cadáveres de sus víctimas como trofeos y de que practicaba la necrofilia. Bundy además era amigo desde la juventud de la escritora Ann Rule, autora de la famosa y controvertida novela sobre Diane Downs, Pequeños sacrificios. Amiga y biógrafa Rule escribió igualmente una obra sobre su amigo: El extraño a mi lado. La escritora Ann Rule En una carta que Bundy le envió a Ann Rule, le contó: “Después de numerosos tests y demás exámenes, ellos me han encontrado normal y están profundamente perplejos. Los dos sabemos que ninguno de nosotros somos ‘normales’. Tal vez lo que yo debería decir es que ellos no encuentran ninguna explicación para fundamentar el veredicto u otros alegatos. “No hay ningún ataque, ni psicosis, ni reacciones disociativas, pero sobre todo, no hay nada de locura. La teoría que manejan ahora es que lo he olvidado todo por completo, una teoría que es desmentida por sus propios resultados”. Bundy durante la víspera de su ejecución El 23 de enero de 1989, Bundy habló por teléfono por última vez con su madre, Louise. Ella lloró pero le dijo que él siempre sería su amado hijo. No quiso estar presente en la ejecución. Louise Bundy hablando con su hijo Ted El 24 de enero de 1989, día de su ejecución, tuvieron que sacar a Bundy de su celda por la fuerza. Lo raparon como la ley exigía. Pidió permiso para ir al baño, pues había escuchado que los condenados se orinaban y defecaban encima al recibir la corriente eléctrica. Las palabras de un asesino Como los guardias se mostraban reacios, un sacerdote pidió que se cumpliera la última voluntad del condenado; así lo hicieron los guardias. Bundy pudo ir al baño y salvar así su dignidad. Finalmente, a las 07:04 horas, Ted Bundy fue ejecutado en la silla eléctrica. Tuvieron que aplicar la corriente en dos ocasiones. La silla eléctrica donde murió Bundy Afuera de la cárcel numerosas personas esperaban la noticia y cuando el vocero de la institución declaró la muerte de Bundy, se escucharon vítores y aplausos. Fueron lanzados también fuegos artificiales. Mucha gente quemó muñecos con la efigie de Bundy. El ambiente era de algarabía y gozo. Un rato después, una carroza funeraria salió camino al crematorio. Al pasar, la multitud aplaudió. Pero lo más sorprendente fue ver a muchas mujeres llorando y protestando por la ejecución del multihomicida. Muchos vendedores se dedicaban a ofrecer camisetas que decían “Arde, Bundy, Arde” y otros productos relacionados con la ejecución, como las “Bundyburguesas”, hamburguesas asadas a la parrilla, en morbosa alusión a la silla eléctrica donde habían “asado” a Bundy. Vendedor de camisetas y “bundyburguesas” Los medios de comunicación celebraron sin pudores la muerte del asesino. Algunos incluso cabecearon: “Murió el Animal”. Veintiocho años después, se le cargó a la cuenta de Bundy un crimen más. Katherine Devine fue vista por última vez el 25 de noviembre de 1973 pidiendo aventón. Su cadáver fue descubierto el 6 de diciembre de ese mismo año por una pareja en el Parque McKenny, en el estado de Washington. Katherine Devine Los forenses dijeron que poco después de ser vista por última vez, Katherine Devine encontró la muerte estrangulada, sodomizada y con la garganta rebanada. Las víctimas de Ted Bundy En ese tiempo, las autoridades culparon a un sujeto de nombre William E. Cosden Jr., quien fue condenado a 48 años. Curiosamente, el caso fue reabierto y en 2001, gracias a exhaustivas pruebas de ADN, se estableció que Bundy había sido el responsable. Dos imágenes de William E. Cosden: al ser acusado y al ser liberado Ted Bundy se convirtió con el tiempo en uno de los asesinos emblemáticos de los Estados Unidos, y aún del mundo entero. Muñeco con la figura de Ted Bundy Se crearon clubes de fans y su figura fue retomada en novelas, películas y series de televisión. Otro asesino serial célebre, John Wayne Gacy “El Payaso Asesino”, hizo un dibujo de Ted Bundy, a quien admiraba. Dibujo de Ted Bundy realizado por John Wayne Gacy En 1997, su volkswagen fue vendido en 25,000.00 dólares. No tardó en encontrar un comprador. Hasta la fecha, muchas mujeres hablan de él con admiración y la pulsión sexual que despierta su recuerdo es muy fuerte. Mapa de los crímenes de Bundy Fuente de Informacion: http://escritoconsangre1.blogspot.com.ar/2009/01/ted-bundy-asesino-de-estudiantes.html Si agarraste esto de la parte 2 entra a la primera para saber como viene la mano. http://www.taringa.net/posts/info/15887060/Ted-Bundy_-Equot_El-Asesino-de-EstudiantesEquot_.html En el Post saque muchas Imágenes que son de Morbo y de mal gusto, de todas formas el que quiera verlas puede hacerlo entrando a la pagina que les deje arriba, también podrán ver una videografia de este Asesino en Serie y una explicación muy completa de este caso real.
"El Asesino del Zodíaco" “Me gusta matar gente porque es divertido”. Carta de Zodíaco David Arthur Faraday, de diecisiete años, un estudiante becado que jugaba en el equipo de su curso, era uno de los mejores alumnos del instituto de Vallejo, California (Estados Unidos). A finales de 1968 conoció a una chica morena de dieciséis años, Betty Lou Jensen, que vivía en la otra punta de la ciudad. Desde entonces iba a verla casi todos los días. Aquel día, viernes 20 de diciembre de 1968, a las 17:00 horas, David y Betty Lou hablaron con unos amigos en la calle Anette sobre su cita de esa noche. Iba a ser la primera. David salió de casa a las 18:00, y a las 19:10 llevó a su hermana, Debbie Faraday, a una reunión de las Rainbow Girls en el Pythian Castle, en el bulevar Sonoma. David le dijo a Debbie que a lo mejor él y Betty Lou irían después a la carretera del Lago Herman porque le habían dicho que “algunos colegas iban a salir por ahí esa noche”. David volvió a la casa de sus padres en Sereno Drive. A las 19:20 horas, David se vistió para su cita. Llevaba una camisa azul claro de manga larga, unos pantalones de pana marrón tipo Levi's, calcetines negros y botas de color ocre, de gamuza. Se puso su reloj Timex con caja y correa de cromo en la muñeca izquierda, y se metió un dólar y cincuenta y cinco centavos, en monedas, en el bolsillo derecho de adelante; también un pañuelo blanco y una botellita de pastillas para el aliento marca Binaca. En el dedo corazón se puso el anillo de metal amarillo de su curso con una piedra roja. Se despidió de sus padres y salió a las 19:30 horas. Se metió al automóvil Rambler familiar de cuatro puertas, color marrón, que estaba registrado con el nombre de su madre. Condujo hasta el número 123 de Ridgewood, una casa baja y alargada rodeada de hiedra y de árboles altos y finos. David se paró en la entrada. Eran las 20:00 horas. Betty Lou Jensen les había dicho a sus padres que iba a ir con David a un concierto de villancicos en su instituto, Hegan High, a sólo unas manzanas de distancia. Llevaba un vestido corto, color morado, con puños y cuello blancos. Betty Lou Jensen Muchas veces le decía a su hermana Melody que creía que un chico del instituto la espiaba, y, en varias ocasiones, la señora Jensen se había encontrado abierta la puerta que daba al lado de la casa. ¿Un compañero de clase? ¿O la espiaba alguien más? Mientras esperaba a Betty Lou, David habló con el padre de ésta, Verne. Sus padres eran del Medio Oeste, pero ella había nacido en Colorado, como la madre de David. Cuando Betty Lou salió, David la ayudó a ponerse el abrigo blanco de piel. Con el bolso en la mano, se despidió de su padre con un beso, le dijo que iban a ir a una fiesta después del concierto, y se fue a las 20:20, prometiendo que volvería a las 23:00 horas. Pero en vez de ir al concierto, los dos se fueron a ver a Sharon, otra estudiante, en Brentwood, cerca del instituto. A las 21:00 horas, Sharon los acompañó al coche. No le dijeron adónde iban después. Sobre la misma hora, en la carretera del lago Herman, a unos kilómetros de distancia de los límites de Vallejo, dos cazadores de mapaches que acababan de aparcar su furgoneta roja en el rancho Marshall, vieron un Chevrolet Impala blanco modelo 1960, no descapotable, de cuatro puertas, aparcado al lado de la entrada de la estación de bombeo de agua de Benicia. En ese momento un camión salía por la puerta de la estación de bombeo y se metía en la carretera vacía. David Faraday A las 21:30 horas, un acontecimiento infrecuente sucedió en aquel lugar: un chico y su novia aparcaron el coche deportivo de la chica al lado de la carretera sinuosa para que él arreglara el motor. Los dos vieron un coche, seguramente un Valiant azul, que iba por la carretera de Benicia en dirección a Vallejo. Cuando el coche rebasó a la pareja, redujo la velocidad, siguió recorriendo unos metros y se paró en medio de la carretera. Vieron que se encendían las luces blancas de marcha atrás. Entonces empezó a retroceder hacia ellos con lentitud exasperante. Las acciones parecían tan amenazadoras que el joven puso en marcha el coche de su amiga y salió a toda velocidad. El Valiant los siguió. Cuando la pareja llegó a la salida de Benicia, se metió por ella. El otro coche continuó todo recto. A las 22:00, Bingo Wesher, un pastor de ovejas del rancho Old Borges, contaba sus reses al este de la estación de bombeo de Benicia cuando vio un sedán Chevrolet Impala blanco aparcado cerca de la entrada de la estación, delante de la puerta. También vio la furgoneta Ford del 59 de los cazadores de mapaches. El auto estacionado en el camino a Vallejo Después de tomar una Coca-Cola en el café Mr. Ed's, David y Betty Lou siguieron al este por Georgia y giraron a la izquierda en la avenida Columbus. En el límite de la ciudad de Vallejo, giraron a la derecha por la estrecha y sinuosa carretera del lago Herman. Pasaron por las grandes torres de la empresa de materiales de pavimentación, rocas y asfalto SVAR, cuya maquinaria horadaba una ladera de color naranja y marrón. Allí había minas de plata, y a David le habían hablado de dos hombres que querían poner en marcha una mina de azogue en las tierras de cultivo. El primer kilómetro y medio de la carretera estaba lleno de pequeños ranchos. De día las laderas estaban salpicadas de vacas que pastaban en las colinas. Ahora, la noche era cerrada. David y Betty Lou se dirigieron al este, a un apartado camino donde iban las parejas. La policía lo visitaba regularmente para avisarles de los posibles peligros de aparcar en una zona tan aislada. Justo antes de las 20:15 horas, David salió de la carretera por la derecha y aparcó a cuatro metros y medio, mirando al sur, en la zona de gravilla frente a la puerta número 10, la entrada de la alambrada a la estación de bombeo del lago Herman. Cerró las cuatro puertas, dejó el abrigo blanco de piel y el bolso de Betty Lou y su chaqueta en el asiento de detrás del copiloto, y encendió la calefacción. Echó hacia atrás el asiento frontal reclinable y lo puso en un ángulo de cuarenta y cinco grados. No había farolas, y el pedregoso claro estaba rodeado de suaves montículos y tierras de labranza. Aquel sitio era popular entre las parejas porque los chicos podían ver las luces de un coche patrulla de la policía si se acercaba por la curva de la carretera, lo que les daba tiempo para desembarazarse de la cerveza o de los cigarrillos de marihuana. A las 22:15 una mujer y su novio, un marinero, pasaron por allí en coche. Al llegar al final de la carretera y volver quince minutos después, el coche seguía allí, pero ahora miraba a la carretera en dirección sureste. A las 22:50 la señora Stella Borges llegó a su rancho en la carretera del Lago Herman, exactamente a 2.8 kilómetros de donde Betty Lou y David habían aparcado. Cuando la señora Borges entró, el teléfono sonó y empezó a hablar con su madre. Quedaron en que la señora Borges iría a recoger a su hijo de trece años de un concierto aquella noche. A las 23:00, la señora Peggy Your y su marido, Homer, fueron a la carretera del Lago Herman con su Grand Prix dorado del 67 para revisar las tuberías y las alcantarillas que su empresa iba a instalar cerca de la estación de bombeo. Al pasar al lado del Rambler, la señora Your vio a David sentado en el asiento del conductor y a la chica apoyada en su hombro. Cuando los faros del coche de los Your iluminaron la puerta, vio que David ponía las manos en el volante. Después de echar un vistazo al lugar de las obras, los Your siguieron hasta el pie de la colina y entraron en el rancho Marshall para dar la vuelta y volver a Benicia. Vieron la furgoneta roja de los cazadores de mapaches aparcada en el campo, a siete metros y medio. Los dos cazadores, con gorro de lana y chaquetas de caza, se encontraban dentro de la furgoneta. Después de dar la vuelta, los Your volvieron a pasar al lado del Rambler. David y Betty Lou seguían sentados en la misma posición. Los cazadores de mapaches habían vuelto a la furgoneta andando por el camino al lado del río. Estaban a punto de marcharse cuando vieron que el coche de los Your se metía por el camino de entrada. Eran las 23:05 cuando al fin se fueron, y los dos hombres vieron el Rambler aparcado y solo junto a la puerta, ahora con el cofre apuntando a ésta. Cuando otro coche tomó la curva de la carretera y los iluminó con los faros, Betty Lou y David se estuvieran abrazando. En vez de dejar atrás el vehículo, este coche se paró a su lado, a unos dos metros de distancia. El conductor era un hombre con un anorak; probablemente usaba gafas. Ahí se quedaron los dos coches, uno al lado del otro, junto a una desierta carretera rural. A las 23:10 un trabajador de la refinería Humble en Benicia volvía a casa cuando pasó junto al Rambler. Lo vio, pero no se fijó en la marca y el color del otro auto. El coche del trabajador de la refinería se perdió de vista. Una brisa seca agitaba la hierba helada de la carretera. La reconstrucción de los investigadores especularía que el recién llegado bajó al fin su ventanilla y pidió a David y Betty Lou que bajaran del coche. Sorprendida, la joven pareja seguramente se negó. El hombre corpulento abrió la puerta de su coche. Al salir, sacó una pistola de debajo del anorak oscuro. El desconocido se quedó mirando a Betty Lou, cuya ventana estaba abierta. En vez de meterse a la fuerza por la entrada más fácil (la del lado del copiloto), el desconocido empezó a acecharles dando vueltas al coche. Se detuvo, apuntó casi al centro de la ventana posterior derecha, encima de la varilla de cromo de la parte inferior, y disparó. Rompió el cristal. Se dirigió al lado izquierdo del automóvil y disparó otra vez en el hueco de la rueda posterior izquierda. Su intención parecía ser la de obligar a los jóvenes a desplazarse al lado izquierdo del coche. Lo logró. Cuando ambos adolescentes se apartaron apresuradamente del lado del copiloto, el desconocido corrió hacia allí. Betty Lou salió del vehículo. Cuando David pasó al asiento del copiloto y volvió la cabeza para salir, el hombre metió el brazo con la pistola por la ventana abierta, puso el cañón en la parte superior de la oreja izquierda del chico y apretó el gatillo. La bala salió horizontalmente y en ángulo, dejando las quemaduras de pólvora típicas de una herida causada por contacto. La cabeza del chico explotó. Betty Lou gritó y corrió hacia el norte, en paralelo a la carretera y en dirección a Vallejo. Persiguiendo a la chica con la pistola extendida, a menos de tres metros detrás de ella, el hombre corpulento disparó a Betty Lou cinco veces. Los disparos estaban cerca unos de otros en la parte superior derecha de su cuerpo. La puntería era increíble: un blanco en movimiento, un pistolero en movimiento corriendo sobre gravilla, en una carretera rural casi completamente a oscuras. Betty Lou cayó muerta exactamente a 8.55 metros del parachoques trasero del Rambler. La chica que huía ni siquiera llegó a la calzada. Cayó sobre el costado derecho, con el rostro hacia abajo, los pies al oeste. David estaba de espaldas, con los pies apuntando a la rueda posterior derecha. Respiraba de forma áspera y casi imperceptible. Un gran charco de sangre empezaba a formarse en torno a su cabeza. El desconocido dio marcha atrás con su automóvil y se alejó por la carretera. La señora Borges, que seguía con el abrigo puesto, colgó el teléfono y, con su suegra y su hija, cogió el coche para ir a Benicia. Miró el reloj de la cocina. Eran las 23:10. Tardó cuatro o cinco minutos, a cincuenta kilómetros por hora, en llegar al sitio donde David había aparcado. Al doblar la esquina de la carretera al lado de la alambrada, sus faros iluminaron la escena. Al principio la señora Borges creyó que el hombre se había caído del coche. Después, cerca de una señal de tráfico amarilla en forma de rombo, vio a Betty Lou. La puerta delantera derecha del Rambler seguía abierta; el zumbido de la calefacción se oía en el silencio. La señora Borges aceleró por la estrecha autopista a Benicia para buscar auxilio. Justo al norte de la Interestatal 680 vio un coche patrulla de Benicia y empezó a tocar el claxon y a manipular las luces para llamar su atención. Los dos coches se detuvieron delante de la gasolinera Enco en la calle 2 Este y la señora Borges les contó a los agentes la escena que había visto en la cuneta. Eran las 23:19. El coche de la policía se dirigió con las luces azules intermitentes al escenario de la agresión y llegó en tres minutos. Los agentes, el comandante Daniel Pitta y el agente William T. Warner, vieron que el chico respiraba débilmente y llamaron a una ambulancia. Registraron el Rambler de dos colores. El motor estaba tibio, la llave de contacto puesta, la puerta delantera derecha abierta de par en par, las otras tres puertas y la del maletero cerradas. Encontraron un casquillo calibre .22 usado a los pies del asiento del copiloto. Como el terreno y la zona de gravilla estaban heladas, no había marcas visibles de neumáticos ni señales de lucha. Taparon a Betty Lou con una manta de lana. El gran charco de sangre que se había formado alrededor de su cuerpo procedía en su mayor parte de la nariz y la boca. El rastro de sangre conducía al coche. David estaba tumbado boca arriba. El comandante Pitta advirtió, gracias a la zona oscura alrededor de la herida de la oreja izquierda, que la bala había sido disparada a corta distancia. Tenía un gran bulto en la mejilla derecha, sangre en las manos y en las mangas de la camisa. Warner dibujó con tiza la silueta de la figura inmóvil, cuyos pies estaban cerca de la puerta del copiloto. Cuando la ambulancia llegó, pusieron a David en una camilla, lo metieron en la parte trasera del vehículo y fueron a toda velocidad, con la sirena ululando, al Hospital General de Vallejo. En el trayecto, un médico se ocupó de él. A las 23:29, Pitta llamó al juez de instrucción del condado, Dan Horan. Dado que la agresión se había producido en una zona escasamente habitada del condado de Solano, fuera de la jurisdicción de la policía de Benicia, se lo notificó a la oficina del sheriff del condado de Solano por radio y pidió una unidad y un inspector. Horan se vistió rápidamente. A medianoche ya estaba en el escenario del crimen con el doctor Byron Sanford de Benicia. Horan siempre se encargaba de la parte difícil e informaba en persona a las familias de las víctimas. Sanford certificó la muerte de Betty Lou y mandó que se llevaran el cadáver para realizarle la autopsia. Primero hicieron fotos desde todos los ángulos posibles. Un periodista de The Fairfield Daily Republic, Thomas D. Balmer, había llegado antes, pero no le dejaron pasar hasta que llegó el inspector a las 00:05 horas. A esa misma hora, David Faraday expiró; llegó muerto al hospital. El auto de las víctimas Se recuperaron siete balas en las víctimas y en el vehículo. Cuatro de ellas se encontraban en buenas condiciones; las otras tres estaban en mal estado. Dos de ellas no se encontraron: se perdieron en algún lugar del campo que se extendía junto a la carretera del Lago Herman. Todas las balas recuperadas tenían un ángulo de giro a la derecha en el sentido de las agujas del reloj, con seis campos y seis estrías: balas “seis y seis”. Lundblad siguió metódicamente todas las pistas que surgieron. El último día de las víctimas fue reconstruido con exactitud minuto a minuto; se recogieron treinta y cuatro testimonios detallados. Lundblad investigó la vida privada de las dos víctimas, trabajando casi las veinticuatro horas. La familia y los amigos de Betty Lou y David fueron interrogados, así como los sospechosos habituales de la zona. Entre otras posibilidades, había doscientas noventa personas registradas en el Hospital Psiquiátrico del Estado en Napa que vivían en esa región. La familia de Betty Lou le contó a Horan que había un chico despechado que la había estado molestando en el instituto y que había amenazado a David: "Estoy pensando en pegarte con unas nudilleras de metal". También sospechaban que ese chico podía ser el que merodeaba por el jardín de noche. Horan pasó esta información a Lundblad, que descubrió que el sospechoso tenía una coartada incontestable: después de la fiesta de cumpleaños de su hermana, el muchacho vio la televisión hasta las 23:00 horas, acompañado de un policía de Mare Island. Se siguieron las pistas ofrecidas por la gente. Pero los asesinatos no parecían responder a ningún motivo, aparte del puro placer de matar. Lundblad no encontró ningún indicio de intento de robo o abuso sexual en las víctimas. El reino del terror de “El Asesino del Zodíaco” había comenzado. Mapa del crimen Al saberse la noticia de los crímenes, una chica llamada Darlene Ferrin le dijo a su compañera de trabajo, Bobbie Ramos: “Tengo miedo. Yo conocía a los dos chicos que han matado en la carretera del Lago Herman. Los conocía del Instituto Hagan”. El Instituto Hagan estaba sólo a una manzana de la casa de Betty Lou. Darlene había estudiado allí. Los viernes, sábados y domingos por la noche Bobbie Ramos trabajaba con Darlene hasta las 03:00 horas en el restaurante Terry's de la calle Magazine, en Vallejo. Era muy amable y la gente hacía fila para que los atendiera ella. Y tenía un llamativo parecido con Betty Lou Jensen. Darlene, su segundo marido, Dean, y su hija pequeña, Dena, vivían en el 560 de la calle Wallace. Su esposo trabajaba como cocinero en el restaurante italiano Caesar's Palace. Pam Sue, la hermana pequeña de Darlene, había encontrado dos paquetes en la puerta de la casa de los Ferrin, pero nunca había visto quién los había dejado. Un día abrió la puerta a tiempo de ver a un hombre con gafas de concha que dejaba un tercer paquete. Lo había visto antes, en un coche blanco aparcado delante de la casa. “Me dijo que bajo ningún concepto debía mirar el interior del paquete. Se quedó detrás de la puerta. Y luego afuera, en su coche, durante muchísimo tiempo después de entregar el paquete. Cuando Darlene llegó a casa preguntó si habían traído algo para ella. Le di el paquete y se lo llevó a la habitación del fondo y, cuando le pregunté qué era, no dijo nada. A partir de entonces estuvo distinta. Parecía muy nerviosa y se llevó el teléfono a su habitación e hizo una llamada, y después me hizo salir a toda prisa y me acompañó a casa muy rápido”, declararía. Pam se enteró por fin de que en el primer paquete había un cinturón de plata y un bolso de México y en el segundo una tela de flores blanca y azul. Darlene quería la tela para hacerse un vestido. Darlene Ferrin Un día que se reunieron para pintar paredes, Darlene invitó a muchos de sus amigos a su casa para que la ayudasen a arreglarla. Darlene, pese a estar casada, tenía constantemente relaciones con otros hombres. Entre los amigos de Darlene no era ningún secreto que tenía varios amantes, entre ellos, algunos policías de la oficina del sheriff. El rebelde hermano menor de Darlene, Leo, estuvo en aquella reunión, así como los gemelos Michael “Mike” y David Mageau, amigos íntimos de Darlene. Había cerca de veinte personas allí. Tres de los que asistieron eran policías de Vallejo. Aparte de Darlene, la única mujer era una amiga suya. Darlene llamó a su hermana Linda y le pidió que fuera también. Mientras Linda estaba de camino, otro invitado, un hombre corpulento, llegó a la nueva casa. Linda declararía tiempo después: “Aquel día mi hermana Darlene tenía tanto miedo que me dijo: ‘Vete, Linda, vete’. El tipo aquel era muy raro y ella me dijo que no me acercara a él. Era el único que iba bien vestido. Todos los demás llevaban vaqueros viejos y pintaban (…) Lo recuerdo sentado en una silla. Las gafas de montura oscura, el cabello rizado, con aspecto de hombre maduro. Entrado en kilos... Estuvo sentado casi todo el rato. Recuerdo que me metí en un dormitorio pequeño con Darlene y le pregunté: ‘Darlene, ¿qué te pasa?’. Estaba muy nerviosa. Ese tipo la tenía aterrorizada. No podía ni comer. No sonreía. No era la Darlene que yo conocía. Algo le preocupaba. Cuando llegué él ya estaba ahí. No quería que yo tuviese relación alguna con él. Me pidió que me fuera porque no quería que él conociese a una parte de la familia. Era muy extraño. Pensé en ello, pero luego me fui a Texas en mi cumpleaños, en junio. Ella dijo no sé qué sobre drogas. Grupos de personas no dejaban de entrar continuamente en el dormitorio. A mí no me dejaron entrar. Una persona dio a entender que alguien había estado siguiendo a Darlene y Darlene cambió de tema y dijo: ‘No te preocupes, nadie me va a hacer daño’ (…) (Días después vi al hombre) en Terry's. Me senté a su lado. Recuerdo que comía tarta de fresa. Y que Darlene se puso muy nerviosa porque yo me senté a su lado. Él estuvo hablando conmigo; a ella la situación la alteró mucho. No dejó de decirme entre cuchicheos que me alejara de él. El tipo llevaba una chaqueta de cuero. Siempre olía a cuero (…) Estuve allí una hora y media sentada en el mostrador y él no dejó de comer tarta de fresa (…) El hombre no siempre llevaba las gafas. Se las puso para mirar la cuenta. (…) Su coche tenía una matrícula antigua de California. Era completamente blanco”. Darlene poco antes del ataque El viernes 4 de julio de 1969, a las 15:45, Dean Ferrin llegó a trabajar al restaurante italiano. Quince minutos después, su esposa Darlene llamó a uno de los gemelos, Michael “Mike” Mageau y quedó con él para ir al cine en San Francisco a las 19:30 horas. Media hora después, Darlene y su hermana entraron al restaurante. Darlene había ido para ver a Dean de camino a Mare Island, donde pensaba asistir a las celebraciones del 4 de julio y el desfile de barcos en el canal. Su hermana participaba en el concurso de “Miss Fuegos Artificiales” y tenían que estar en el desfile de barcos. Dijo que regresaría a su casa hacia las 22:00 horas. Su esposo Dean le comentó que había invitado a algunas personas a su casa esa noche para hacer una fiesta. Le pidió a Darlene que comprara fuegos artificiales cuando regresara. A las 18:45, Darlene fue a Terry's a contarle a su amiga Bobbie lo de la fiesta que iba a celebrarse en su casa esa noche. A las 19:00 horas, Michael Mageau recibió una llamada de Darlene, en la que ésta le dijo que tenía que quedarse con su hermana y que llamaría o que llegaría más tarde. Cuando Darlene y su hermana regresaron de Mare Island volvieron a Caesar's Palace, y a las 22: 15 Darlene llamó a la niñera para ver cómo iban las cosas. Ésta le dijo que uno de sus amigos de Terry's había estado intentando localizarla. Darlene llegó al estacionamiento de Terry's a las 22:30 horas y habló unos diez minutos con su amiga. Al marcharse, se paró a hablar con un hombre maduro en un coche blanco. Darlene llegó a su nueva casa y la niñera de su hija, Janet Lyne, la recibió en la puerta. Le dijo que un hombre con voz madura había estado llamando toda la tarde pero que no había querido dejar su nombre ni un mensaje. “Ha dicho que volvería a llamar”, dijo Janet. Michael Mageau Darlene se cambió de ropa, despertó a su hija Dena y empezó a jugar con ella. Le dijo a Janet sobre la fiesta. Darlene tenía previsto llevar a la niñera a su casa y después volver para ordenar la suya. Sin embargo, cuando, con Dena en brazos, acompañó a las chicas al automóvil, el teléfono empezó a sonar dentro de la casa y corrió a cogerlo. Al volver, preguntó a la niñera si le importaba quedarse hasta las 00:15 horas y ella respondió que se quedaría. Darlene pretextó: “Tengo que volver a salir y comprar fuegos artificiales para la fiesta”. Salió inmediatamente y se dirigió a casa de su amigo Mike. Darlene se detuvo delante de la casa, apagó el motor y esperó. Enseguida salió Mike con tanta prisa que dejó las luces prendidas, la puerta abierta y el televisor encendido. Darlene arrancó el coche y emprendió la marcha; entonces, según testigos, empezó a seguirlos otro coche de color claro que estaba aparcado en las sombras de la calle arbolada. Darlene aceleró y se dirigió a la Avenida Columbus, en la misma dirección que la carretera del Lago Herman. Eran las 23:55 horas. El coche los seguía a gran velocidad. Darlene giró varias veces para despistar al desconocido. Empezó a bajar por calles adyacentes, pero el coche les seguía cada vez más deprisa y a mayor velocidad. Mike le decía: “Oh, no, ve todo recto... ¡ve todo recto! Métete por ese camino”. El otro coche, persiguiéndolos sin cesar, los empujaba a las afueras de la ciudad. A seis kilómetros del centro de Vallejo estaba el campo de golf de Blue Rock Springs, otro lugar bien conocido donde se daban cita las parejas. Hacía allí se dirigían Darlene y Mike. Darlene giró nerviosamente a la derecha y se metió en el estacionamiento. A veinte metros de la entrada chocó contra un tronco y el coche se apagó. Estaban delante del campo de golf; a la derecha de Darlene, al fondo, había un bosque. El suyo era el único coche aparcado. La pareja permaneció un momento en la oscuridad antes de que el otro coche los alcanzara, apagara las luces y se estacionara a dos metros y medio de ellos, a la izquierda. El cofre del segundo coche estaba casi al mismo nivel que el parachoques trasero del coche de Darlene; Mike vio que el conductor era un hombre. Casi inmediatamente, el otro coche se marchó a toda velocidad y con gran estruendo en dirección a Vallejo. Mike suspiró aliviado. No obstante, el coche volvió al cabo de cinco minutos. Ahora aparcó detrás de ellos, a la derecha del Corvair de Darlene, con las luces encendidas. Mike advirtió que se había estacionado formando una tangente, una técnica para bloquear el paso que utilizan los policías de tráfico. Mike había aparcado otras veces en ese lugar y había aparecido un coche de policía dispuesto de esa manera. La hermana de Darlene De pronto, una luz brillante e intensa, como la de un coche de policía, los iluminó desde el otro vehículo. Su único ocupante abrió la puerta y, con una linterna, avanzó hacia la pareja, sin dejar de dirigir la luz brillante de una cara a la otra. La luz se apagó. Era un farol con asa, de los que Mike había visto en barcos. Pensando que era la policía, Mike le dijo a Darlene: “Viene la policía, saca tu identificación”, y se metió la mano en el bolsillo trasero derecho para coger la cartera. Darlene sacó la suya del bolso y lo volvió a dejar en la parte trasera, detrás del asiento de Mike. El hombre se acercó al lado del copiloto; la ventana estaba bajada. Sin previo aviso, la luz cegadora volvió a abatirse sobre los ojos de Mike. El desconocido era invisible. Mike oyó el chasquido de metal en el marco de la ventana. Luego vio un estallido de luz; el hombre le había disparado. El estruendo del balazo lo dejó sordo. La bala lo golpeó, muy caliente, y Mike sintió que le salía sangre. Aunque los disparos parecían sonar fuerte, a Mike le dio la impresión de que la pistola llevaba algún tipo de silenciador. El hombre le disparó más veces a la pareja. Darlene se desplomó sobre el volante; la habían alcanzado las balas que habían atravesado el cuerpo de Mike y las balas dirigidas a ella. Recibió nueve disparos. Dos de ellos le dieron en el brazo derecho y dos en el izquierdo; cinco balas en el lado derecho de la espalda, atravesando el pulmón y el ventrículo izquierdo del corazón. Mike intentó agarrar el asa de la puerta, tanteando frenéticamente con los dedos y, para su horror, se dio cuenta de que la habían quitado. Estaba indefenso. El muchacho tenía una herida en el brazo derecho y sentía un dolor terrible cuando el atacante, sin mediar palabra, se dio la vuelta y empezó a marcharse. Mike soltó un fuerte grito de agonía. El asesino se detuvo, se dio la vuelta lentamente, y miró por encima del hombro de su anorak hacia donde estaba Mike. Con su mano en el asa de la puerta, el perfil del hombre corpulento quedó iluminado por la luz interior de su coche y, por primera vez, Mike vio el rostro de su agresor. El rostro del hombre parecía grande y no llevaba gafas. Daba la impresión de tener entre veintiséis y treinta años y el cabello castaño claro, corto, rizado, rapado al estilo militar. Su constitución era “fornida, corpulenta sin ser fofa”, quizá pesaba entre 98 y 100 kilos. Llevaba pantalones de pinzas. El intruso regresó para rematar la tarea. Se inclinó delante de la ventana abierta del Corvair y le disparó dos veces más al chico. Mike dio unas patadas en un patético intento de defenderse. Como no podía salir, se metió de un salto en la parte de atrás del coche, agitando las piernas espasmódicamente. El hombre le disparó a Darlene dos veces más, se dio la vuelta, se metió en su coche, y se fue a toda velocidad. Mike, herido en la pierna izquierda, en el brazo derecho y en el cuello, pudo llegar al fin al asiento delantero. Abrió la puerta del copiloto desde fuera, salió del coche y cayó en el aparcamiento. Las heridas de la mejilla y del cuello le sangraban profusamente; la bala le había entrado por la mejilla derecha y le había salido por la izquierda, agujereándole la mandíbula y la lengua. Sentía como si “un mazo lo hubiera golpeado” y, cuando intentó hablar, sólo articulaba un grito ahogado. Ni siquiera podía pedir ayuda. En el asiento delantero oía los gemidos de Darlene. Tres adolescentes lo encontraron un rato después y llamaron a la policía. Pese a sus heridas, Mike Mageau sobrevivió para declarar ante la policía. Darlene no; la chica murió poco después, a las 00:38 horas, camino al hospital. El automóvil en la escena del crimen Exactamente a las 00:40 horas, un hombre hizo una llamada a la comisaría de Vallejo desde un teléfono público a través de operadora. La telefonista Nancy Slover respondió. Una voz de hombre sin acento, regular y sin altibajos, suave pero enérgica, dijo: “Quiero informar de un doble asesinato. Si recorren un kilómetro y medio en dirección este por la avenida Parkway hasta el parque público, encontrarán a dos jóvenes en un coche marrón”. Nancy Slover intentó interrumpirlo para obtener más información, pero él habló más fuerte y la interrumpió. Le pareció que su interlocutor era de mediana edad. Éste no dejó de hablar hasta que terminó su declaración. “Han sido abatidos con una Luger de 9 milímetros. También maté yo a los chicos del año pasado. Adiós”. Al despedirse, la voz se hizo más grave y cobró un matiz provocador. Nancy oyó que colgaban el auricular. Después de colgar, el asesino debió de quedarse un minuto en una cabina telefónica iluminada. De pronto el teléfono empezó a sonar; un hombre negro de mediana edad con ropa andrajosa que pasaba por allí miró y vio al hombre corpulento en la cabina. Para que el teléfono dejara de sonar, lo cogió y lo dejó colgando. Volviendo la cabeza, el asesino abrió la puerta de la cabina y se sumió en la oscuridad. Al cabo de un momento, desapareció a paso rápido en la noche. A las 00:47 horas, Pacific Telephone localizó la llamada en la gasolinera Joe's Union en las calles Tuolumne y Springs, justo enfrente de la comisaría de Vallejo y visible desde la casita verde de Darlene y Dean en la calle Virginia. Era posible que el hombre corpulento pasara por delante de ella después de hacer la llamada. En ese momento Dean seguía en el trabajo, y en ella sólo estaban Dena y la niñera. La policía llamó al padre de Dean porque el Corvair estaba matriculado a su nombre. Fue, por tanto, el primero en enterarse de la muerte de Darlene. Después, la policía intentó contactar telefónicamente con la casa de los Mageau, pero, al no conseguirlo, mandaron a dos agentes. Estos salieron del coche patrulla y se acercaron con sigilo a la casa, porque la puerta estaba abierta y las luces encendidas. A excepción del ruido de la televisión, no oyeron nada más. Se encontraron con la casa vacía. La casa de Darlene y Dean, en la actualidad Después de cerrar Caesar's Palace, los dueños y los empleados, incluido Dean, se dirigieron a casa de este último; en el camino compraron algunas botellas. Cuando llegaron y Dean no encontró a su mujer, salió a buscarla. El teléfono sonó a la 01:30 y un amigo contestó. Lo único que oyó fueron unos jadeos. Quince minutos después, los padres de Dean recibieron una llamada parecida y sólo oyeron unos jadeos. Lo único que sabían es que había alguien. A continuación, Dean recibió una llamada de un bromista. Fueron tres, por tanto, las llamadas anónimas a parientes de Darlene menos de una hora y media después de que la disparasen, mucho antes de que se divulgara el crimen en los periódicos o en la radio. Los padres de Darlene no recibieron ninguna llamada: su número no aparecía en la guía telefónica. ¿Buscaba el asesino una persona en concreto con la que hablar? ¿Era a Dean a quien quería provocar y no conocía su voz? La policía llegó poco después e informó del crimen a Dean. Mapa del crimen El sobre que llegó días después al periódico The San Francisco Chronicle llevaba un matasellos de San Francisco y tenía dos timbres de seis centavos de Roosevelt, colocados verticalmente, uno encima del otro. La carta que contenía, escrita en una caligrafía pequeña y apretada, era fría y amenazadora. La misiva iba acompañada de la tercera parte de un criptograma dibujado con esmero y compuesto de símbolos extraños. Era una carta al director. En ella, su autor se declaraba responsable de los asesinatos de David, Betty Lou y Darlene. Iba firmada con el símbolo de un círculo con una cruz encima; se convertiría en el distintivo del asesino. La firma de Zodíaco En aquel momento, ningún asesino desde Jack el Destripador había escrito a la prensa, ni se había burlado de la policía ofreciendo pistas sobre su identidad. La carta, escrita con rotulador y abundantes faltas de ortografía, decía lo siguiente: “Soy el asesino de los 2 adolescentes las nabidades pasadas en el lago Herman y la chica el cuatro de julio cerca del campo de golf de Vallejo. Para demostrar que los he matado voy a dar ciertos datos que sólo la policía y yo sabemos. Nabidades: 1.- Nombre de la marca de munición Super X. 2.- Disparé 10 veces. 3.- el chico estaba de espaldas con los pies apuntando al coche. 4.- la chica estaba sobre el costado derecho con los pies hacia el oeste. 4 de julio: 1.- la chica llevaba pantalones con dibujos. 2.- También disparé al chico en la rodilla. 3.- El nombre de la marca de munición era Western. Esto es parte de un mensaje en clave las otras dos partes de la clave las he mandado a los directores del Vallejo times y SF Examiner. Quiero que saque esta clave en primera plana de su periódico. En esta clave se halla mi identidad. Antes de la tarde del bie. 1 de Agosto 69, saldré a matar y arrasar. Bier. noche. Daré bueltas todo el fin de semana matando gente solo por la noche luego me iré para volver a matar asta que acabe con doce personas durante el fin de semana”. Las cartas de Zodíaco The San Francisco Examiner y The Vallejo Times-Herald también recibieron la siniestra carta, con muy ligeras variaciones y sus correspondientes mensajes cifrados. Los periódicos publicaron parte del texto de las cartas, pero, a petición de la policía, no reprodujeron la carta completa, a fin de guardar en secreto ciertas cosas que sólo el asesino podía saber. Cada tercio del mensaje estaba compuesto de ocho líneas con diecisiete símbolos cada una: símbolos griegos, meteorológicos, código Morse, letras del alfabeto, código de señales marítimas y signos astrológicos. Después de hacer fotocopias, los periódicos mandaron a la policía las cartas originales y el mensaje en clave. A su vez, el Departamento de Policía de Vallejo hizo copias del código y las mandó a Inteligencia Naval para que lo descifrasen. Tanto el Times-Herald como el Chronicle publicaron su tercio del código en las siguientes ediciones. El jefe de la policía de Vallejo, Jack E. Stiltz, no estaba totalmente convencido de que el asesino hubiera escrito las cartas, y pidió públicamente al autor que “mandara una segunda carta con más datos para demostrado”. Stiltz reconoció que las cartas contenían detalles de los asesinatos que el público no conocía, pero dijo que los podía conocer cualquier testigo que se encontrara en el lugar del crimen. El domingo siguiente, abajo de la parte del Examiner, el periódico publicó los mensajes en clave del asesino enviados al Chronicle y al Times-Herald. Por primera vez el mensaje se conoció en su totalidad. A Donald Gene Harden, un profesor de Historia y Economía de cuarenta y un años del instituto North Salinas, le gustaba descifrar claves desde niño, por lo que leyó el periódico con especial interés. Dado que era un domingo por la mañana y no tenía nada que hacer, decidió darle unas vueltas al criptograma; fue a su estantería y cogió su viejo manual de criptografía. Llegó a la conclusión de que era una “clave de sustitución”, en la que cada letra del alfabeto se sustituye por un símbolo, una letra o una figura. El asesino había utilizado tantos símbolos distintos que resultaba imposible una sustitución de los caracteres uno por uno. El profesor se vio obligado a inventar su propio método para encontrar elementos iguales, buscar patrones o símbolos que se repetían. Harden estuvo sentado a la mesa varias horas. La verdadera dificultad para descifrar el texto era que Harden no sabía qué parte del mensaje en clave iba primero, ni dónde se interrumpían las palabras. Tres horas después, la mujer de Harden se unió al misterio. Betty June Harden avanzó metódica y rápidamente, y trabajaron hasta por la tarde. Por la noche lo dejaron. Harden estaba dispuesto a abandonar el criptograma a la mañana siguiente, pero no pudo convencer a Betty. Aunque a veces ésta no tenía ni idea de lo que hacía, siguió trabajando; Harden terminó por acompañarla. Algunos símbolos utilizados por Zodíaco Betty pensaba que el asesino era tan egocéntrico que empezaría con un “yo”. La intuición le dijo que hablaría de matar, y, aunque aún no sabían qué parte del mensaje cifrado era la primera, sugirió que el asesino podría empezar con una frase como “me gusta matar...” Mientras el mensaje se esclarecía ante sus ojos, los Harden vieron las astutas trampas que el asesino había dispuesto. Primero, había escrito el símbolo de una Q al revés para que los descifradores pensaran que era la letra E, la que más se utiliza. Para la letra E de verdad había utilizado siete símbolos distintos. El asesino había recurrido a un sistema de rotación en el que empleaba las diferentes alternativas siguiendo un orden, aunque descubrieron que dos símbolos podían ser la A o la S indistintamente. El asesino cometía faltas de ortografía, probablemente intencionadas, y en algunos puntos se había equivocado al aplicar la clave. Sin embargo, los Harden se mostraron de acuerdo en que no podía haber otra solución distinta a la que finalmente encontraron. La decodificación había supuesto veinte horas de trabajo. El mensaje en clave descifrado decía lo siguiente: “ME GUSTA MATAR GENTE PORQUE ES MUY DIVERTIDO ES MÁS DIVERTIDO QUE CAZAR ANIMALES SALVAJES EN EL VOSQUE PORQUE EL HOMBRE ES EL ANIMAL MÁS PELIGROZO DE CAZAR ALGO HACE QUE SEA LA EXPERIENCIA MÁS EMOCIONANTE ES INCLUSO MEJOR QUE COGER CON UNA CHICA LO MEJOR ES KE CUANDO MUERA RENACERÉ EN EL PARAYSO YLOS QUE HE MATADO SERÁN MIS ESCLAVOS NO DIRÉ MI NOMBRE PORQUE INTENTARIAN REDUCIR O PARAR MI COLECIÓN DE ESCLAVOS PARA EL MÁS ALLÁ EBEORIETEMETHHPITI”. Harden llamó al director de noche del Chronicle y le dijo que había resuelto el enigma. Se encontró con una respuesta escasamente entusiasta, pues había habido cientos de llamadas al periódico desde la publicación del misterio. Dijeron a Harden que enviara por correo la solución, y que ellos se la entregarían al sargento Lynch. Pero resultó que la pareja de Salinas había descifrado realmente el mensaje en clave que había dejado perplejos a la CIA, el FBI y la Agencia Nacional de Seguridad. Inteligencia Naval pidió a Lynch las hojas de trabajo de los Harden, las revisó, y declaró que la respuesta era correcta. El asesino, respondiendo a la petición del jefe de policía Stiltz, volvió a escribir. En esta ocasión dio más detalles sobre las dos agresiones de Vallejo en una carta de tres páginas: “Estimado director, Zodíaco al habla. Respondiendo a su petición de más detalles sobre lo bien que me lo he pasado en Vallejo, estaré encantado de darle más material. Por cierto, ¿se está dibirtiendo la policía con el mensaje cifrado? Si no, dígales que se animen; cuando lo descifren me tendrán. Con respecto al 4 de julio: no abrí la puerta del coche, La Ventanilla ya estaba vajada El chico al principio estaba en el asiento delantero cuando empecé ha disparar. Cuando le disparé por primera vez a la cabeza, se echó hacia atrás al mismo tiempo y así me estropeó el tiro. Terminó en el asiento de atrás luego en el suelo agitando muy violentamente las piernas; por eso le disparé en la rodilla. No me marché del eszenario del crimen derrapando a toda belocidad como han dicho los periódicos de Vallejo. Me fui lentamente para que mi coche no llamara la atención. El hombre que le dijo a la policía que mi coche era marrón era un negro de unos 40-45 años vestido de manera andrajosa. Yo estaba en una cabina telefónica dibirtiéndome con el poli de Vallejo mientras él pasaba. Cuando colgué el teléfono el puto aparato se puso a sonar & eso hizo que él se fijara en mí & en mi coche. Las Nabidades pasadas: En ese hepisodio la policía se preguntaba cómo podía acertar a mis víctimas disparando en la oscuridad. No lo dijeron abiertamente, pero lo dieron a entender diciendo que había mucha luz esa noche y que yo podía ver siluetas en el orizonte. Una idiotez, esa zona stá rodeada de colinas & árboles altos. Lo que hice fue pegar una linternita fina al cañón de mi pistola. Si se fijan, en el centro del rayo de luz si lo dirigen a una pared o un techo verán un punto oscuro o negro en el centro del círculo de luz a unos siete o quince centímetros de distancia. Cuando está pegado al cañón de una pistola, la bala da directamente en el centro del punto negro de la luz. Yo sólo tuve que acribillar a balazos... No hacía falta destreza”. Zodíaco había escrito que, cuando la policía descifrase la clave, “le tendrían”. Lo que el asesino no sabía era que los Harden ya la habían desvelado, pero que su identidad seguía siendo un misterio. Por fin se publicó la solución de los Harden y los aficionados a descifrar claves de toda la zona de la bahía coincidieron en que las letras del final del mensaje en clave, "EBEORIETEMETHHPITI", podían ser un anagrama del verdadero nombre del asesino. Añadiendo unas R, M Y P que faltaban, obtuvieron el dudoso anagrama de ROBERT EMET THE HIPPIE. En los días siguientes, lectores imaginativos del Chronicle siguieron ofreciendo variaciones del anagrama: EMET O. WRIGHT, ROBERT HEMPHILL, VAN M. BLACKMAN, 1 AM O. RIET (yo soy O. RIET), KENETH O. WRIGHT, LEO BLACKMAN, F. L. BOON, TIMOTHIE E. PHEIBERTE. Un suscriptor sugirió que la policía se fijase en la nota de “Urgente, para el Director” que aparecía en los sobres de las cuatro cartas de Zodíaco y que buscara a un “señor Urgente”. Un ciudadano escribió a Lynch diciendo que las letras al final del mensaje descifrado querían decir “Hospital Psiquiátrico de San Benito”. El problema era que ese sitio no existía. En su mensaje cifrado, Zodíaco también decía que “el hombre es la caza más peligrosa”. Había una película que llevaba muchos años fuera de cartel, titulada El malvado Zaroff; estaba basada en el famoso cuento corto de Richard Conell. Narra la historia de un cazador, el Conde Zaroff, que coloca trampas para que los barcos que pasan se dirijan a los arrecifes de la isla que le sirve de bastión. Los supervivientes de los navíos hundidos se convierten en presas humanas que son cazadas en la selva privada del conde. El conde Zaroff El sábado 27 de septiembre de 1969, Cecelia Ann Shepard se despidió de su amigo Bryan Hartnell, alumno como ella del Pacific Union College de Angwin. Él estudiaba un curso preuniversitario de Derecho; conocía a Cecelia desde su primer semestre y habían establecido una estrecha relación. Después de pasar las vacaciones de verano con sus padres en Loma Linda, Cecelia volvió el fin de semana para recoger las pocas pertenencias que le quedaban en la universidad y mandarlas al sur de California. Después de dos años en Angwin, iba a cambiarse al Union College de Riverside en octubre, para estudiar música. Hartnell se desplazó desde Troutdale, Oregón, donde también había ido a ver a sus padres, para ayudar a Cecelia a recoger sus cosas. Cecelia Ann Shepard Bueno gente esto es todo de esta primera parte, el Post se me hizo muy largo, aca les dejo el URL de la segunda parte para que sigan leyendo. http://www.taringa.net/posts/info/15854656/Equot_El-Asesino-del-ZodiacoEquot_-_Parte-2_.html Fuente de Informacion: http://escritoconsangre1.blogspot.com.ar/2010/02/asesino-del-zodiaco.html En el Post hay muchas imágenes que no puse porque eran de mal o gusto o morbo pero en la pagina de arriba las pueden ver el que lo desee, tambien veran una videografia del cazo bien explicado.

Hola gente aca les dejo algunos Soundtrack de la pelicula (Night Of The Living Dead - Remake / 1990) para ambientar un poquito la Historia de este asesino en serie que ademas fue un caso real. link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=8UBoAeLJ0Nc#t=106s link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=7nVxaXtYxiE#t=5s link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=pTp6A1SxtCo#t=10s link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=iLM3BcrBkWQ#t=5s link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=pCnTwKnFj54#t=4s link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=tixWsnmCImU#t=2s "La humanidad se ve más amenazada por el nacimiento que por la muerte. El sexo va a ser más peligroso que la violencia". Jaime Gonzalo Henri Desiré nació en 1869 en el seno de una familia que se distinguía por su honradez. Él mismo era la imagen misma de la decencia: siempre pulcramente vestido, con la calva dándole un aire pomposo y la barba negrísima, trabajaba en el despacho de un arquitecto. Su visión sobre sí mismo era la de "un perfecto caballero". Ilustración de Rocko Para Landrú, como era su sobrenombre, había dos personajes cuyas biografías le causaban admiración: el relojero Pel y el envenenador Liebez, asesinos que se especializaban en desaparecer los cadáveres de sus víctimas. A los veinte años se casó y la vida se le complicó: con esposa y cuatro hijos que mantener, despedido de su trabajo, terminó cometiendo un delito menor y estuvo un tiempo en la cárcel. La boda de Landrú Al salir, fue llamado a filas y tras el obligado servicio militar, terminó por volver a su hogar cada vez más desesperado. Fue entonces cuando decidió hacer lo que fuera para no volver a vivir la miseria a la que había sido sometido. Landrú como militar Sin embargo, fue hasta 1914 cuando comenzó el baño de sangre que duraría cinco años. Coincidiendo con el inicio de la Primera Guerra Mundial, Landrú encontró a lo largo de toda Francia a una interminable serie de mujeres viudas (ya que sus maridos morían en el frente) y lo mejor: acaudaladas. Así que invirtió sus escasos fondos en publicar anuncios clasificados en el periódico, buscando mujeres solas que quisiesen conocer a un caballero distinguido que se hallaba en las mismas condiciones. Por supuesto, la familia de Landrú no sospechaba que cuando él salía "a trabajar" o emprendía viajes por el mismo motivo, en realidad visitaba a las amantes que por este medio conocía. Madame Cuchet puso en marcha la mortífera máquina de seducción del francés, cuya hipnótica mirada "hacía temblar las rodillas" a las mujeres, según las crónicas de la época. Al responder al anuncio, la mujer tenía 34 años de edad y un hijo de 17. Landrú le prometió matrimonio enseguida, e instaló a la viuda y a su hijo en un piso en Chantilly. Paradójicamente, sería esa primera mujer la única que descubriría el retorcido plan de Landrú. Este la convenció de comprar un seguro de vida donde lo ponía a él como beneficiario. Poco después de hacerlo, y en ausencia de su amante, madame Cuchet descubrió un cofre que Landrú había dejado allí por descuido, donde tenía fotos y cartas de su verdadera familia. Por supuesto, ella discutió con él, pero Landrú consiguió convencerla. Pasó poco tiempo, y luego ella y su hijo serían asesinados. Landrú descuartizó y quemó los cadáveres de ambos en una chimenea. Diez kilos de ceniza quedaron de madre e hijo, mismas que Landrú arrojó posteriormente al Sena. La segunda residencia de Landrú fue la Villa de Vernouillet. Utilizando el dinero del seguro de la viuda, insertó nuevos anuncios en los periódicos. Dos más murieron en aquella casa y le heredaron sus bienes y su seguro de vida a Landrú: madame Laborde (de origen sudamericano) y madame Guillin. Con todas se repitió el ritual del asesinato, el desmembramiento y la quema de los restos en una chimenea. La Villa de la Muerte Era hora de una nueva mudanza, así que Landrú se trasladó a la que se convertiría, ahora sí, en una verdadera fábrica de cadáveres: la mansión l'Ermitage, en Gambais. La primera en perecer allí fue madame Heón. Para los efectos, Landrú instaló una excelente caldera. También se dio gusto cultivando su jardín, tarea que lo relajaba y a la que dedicaba horas enteras. La Casa de los Horrores Durante los años que duró su carrera criminal, Landrú nunca descuidó sus obligaciones y puntualmente le enviaba dinero a su esposa y a sus cuatro hijos, quienes muy pronto pudieron vivir desahogadamente. De igual forma, variaba los heterónimos que utilizaba para contactar a las solitarias mujeres. Las víctimas A la mansión de l'Ermitage llegaron más mujeres: las señoras Buisson, Pascal, Babelay, Marchadier, Colomb, Jaume... hasta sumar, según los conteos de la época, 280 víctimas. La chimenea de la casa no dejaba de lanzar el pestilente humo incluso durante la noche, y a los vecinos Landrú les dijo que fabricaba salchichas. El horno de Landrú La última mujer en arribar fue madame Segret. El uxoricida Landrú la despachó poco después tras quedarse con su dinero y propiedades. Pero esta viuda no era como las otras, ya que tenía familia. Tras ser troceada y carbonizada como el resto, sus parientes denunciaron su desaparición. La policía francesa terminó por relacionar este caso con el de madame Colomb y madame Buisson. Así, en 1919, la policía apresó a Landrú en su casa de l'Ermitage. El arresto El interrogatorio de Landrú reveló que, tras su fachada de caballero, el hombre era un témpano. Las pesquisas De nada sirvieron las largas horas de presión policíaca: Landrú jamás perdió el control y los agentes no lograron obtener ninguna información relevante. Sólo los nombres de una agenda donde Landrú consignaba nombres, fechas y cantidades. La agenda de Landrú Siete mil páginas ocupó el Caso Landrú. Siete mil páginas, pero ningún cuerpo. El 7 de noviembre de 1921 se inició el juicio en la Sala de lo Criminal del Palacio de Versalles. A los jurados los impresionó el aire majestuoso del asesino, su mirada perturbadora, su aspecto acicalado. Todo el tiempo, Landrú negó todo y siempre se declaró inocente. El juicio Su defensa se apoyaba en el hecho de que no había cadáveres. Pero la revisión de la chimenea de la mansión de l'Ermitage reveló fragmentos de un fémur entre las cenizas, y eso bastó para condenar al francés. Las pruebas El juicio duró dos años y conmocionó a París. Los periódicos se hicieron eco de todo lo que iba ocurriendo en el proceso de un hombre al que las mujeres seguían buscando. Algunas de las víctimas de estafa que habían sobrevivido por determinadas circunstancias defendieron a Landrú. Alegaron que él siempre fue un perfecto caballero con ellas y que le habían dado su dinero por propia voluntad. Muchas otras le proponían matrimonio, le escribían cartas de amor, se desmayaban en la Sala de lo Criminal si él las miraba desde el estrado. Una de las testigos Finalmente, nadie logró salvarlo de una sentencia que la opinión pública exigía, pese a la fascinación que Landrú ejercía sobre ellos. Condenado a muerte, una mañana de febrero de 1922 Henri Desire Landrú se dirigió al patio de la prisión. Ante el patíbulo, le ofrecieron un último cigarrillo y una postrera copa de ron; rechazó ambos. Luego le colocaron la cabeza en el tajo. Landrú fue guillotinado, y su rodante cabeza aún conservaba, según los cronistas, la mirada que había seducido a cientos de mujeres. La ejecución Enterrado de prisa, con su muerte nacería la leyenda del asesino más caballeroso que haya existido. Como colofón a la historia, en 1968 se eocnontró una fotografía que Landrú había obsequiado al abogado Moro Grafferi; al reverso de la fotografía, escrito de puño y letra del asesino, decía: "Sí, yo las maté a todas". Landrú obtendría un merecido homenaje de Charles Chaplin, quien rodaría su cinta Monsieur Verdoux retomando su figura, y otro de Claude Chabrol, quien hizo una película basada en su biografía. Con los años, otros homicidas superarían su cuenta de víctimas, pero ninguno poseería el suave estilo y el siniestro encanto que, tanto tiempo después, aún conmueve y seduce a la Historia. Caricatura sobre Landrú: "La mujer está hecha para el hogar" Fuente de Informacion: http://escritoconsangre1.blogspot.com.ar/2008/01/henri-landru-barba-azul-de-paris.html En la pagina que deje arriba podrán ver videografias de este asesino en serie bien explicados.

Antes de arrancar con la lectura les dejo unos vídeos musicales, son algunos Soundtrack de la película (Night Of The Living Dead) para ambientar un poco esta Historia de Terror que ademas fue un Caso Real. link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=tixWsnmCImU#t=2s link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=4cPVW2bpptQ#t=15s link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=K2AUdFYGZsw#t=2s link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=AQiSbllsUZc#t=3s link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=A21IE0v-EWc#t=2s “La ciudad halló su paso silencioso en el atardecer; pronunció la oscura queja de su boca: soñaba ser un jinete”. Canción de Kaspar Hauser Aquel adolescente, salido de ninguna parte y que caminaba tambaleándose por las calles de Nuremberg, Alemania, el lunes de Pentecostés de 1828, se comportaba como si estuviese herido o borracho. Sujetaba un sombrero y un sobre. Se acercó indeciso a un desconocido, un zapatero local, y le mostró una carta dirigida al capitán del Sexto Regimiento de Caballería, estacionado a la sazón en la ciudad, y murmuró varias veces: —Quiero ser soldado, como lo fue mi padre. El zapatero acompañó al muchacho, que caminaba con dificultad, hasta el cuartel de policía, donde el chico esperó a que llamasen al Capitán. En el mismo lugar abrieron la carta, y el policía que estaba al mando y el oficial de Caballería leyeron el emotivo y amargo mensaje: “Les envío un muchacho que está ansioso de servir al Rey en el Ejército. Le dejaron en mi casa el 7 de octubre de 1812, y yo no soy más que un pobre trabajador. Tengo diez hijos propios a los que criar. No le he dejado salir de casa desde 1812. Si no quieren quedarse con él, mátenlo o cuélguenlo de una chimenea”. La carta no llevaba firma. El policía y el oficial supusieron que aquel muchacho de dieciséis años, que había sido abandonado en su infancia, seguía sin ser querido por nadie. El garabateado mensaje parecía explicar su anormal comportamiento, que fuese incapaz de caminar con naturalidad sobre unos pies tan delicados como los de un niño pequeño y que hablase de una manera infantil, con un vocabulario de sólo unas pocas palabras. Pero en cambio podía escribir su nombre con firme y legible caligrafía: “Kaspar Hauser”. Su carcelero dijo al diario local: "Kaspar permanece horas sentado sin mover un sólo músculo. No camina y le molesta la luz. En la oscuridad ve como un gato". Y llegaron centenares de curiosos, educadores y científicos. Todos querían ver cómo era ese "buen salvaje" que defecaba en su celda sin importarle la mirada ajena y jugaba con un caballito de madera al que además alimentaba antes de comer él. Otras atracciones consistía en arrimarle una vela, cuya llama Kaspar pretendía tomar, quemándose los dedos, o mostrarle un reloj de péndulo, cuyo movimiento y sonido lo aterraban. No diferenciaba entre un objeto inanimado y otro vivo. Caballo de Kaspar Hauser El carcelero de Nuremberg se sintió intrigado por el muchacho y lo encerró en una habitación de su propia residencia, donde podía observarlo a través de una mirilla secreta. Le bastaron unos pocos días de atenta observación para convencerse de que Hauser no era un retrasado mental, ni se había vuelto loco. Con afectuosa paciencia, valiéndose de señas, el carcelero lo enseñó a hablar, admirándose por la rapidez y el afán con que empezaba el muchacho a aprender cosas nuevas. Adorno del calabozo donde vivió Kaspar Hauser Al cabo de seis semanas, el burgomaestre de Nuremberg fue llamado a la cárcel para escuchar los primeros y vacilantes detalles de la desdichada vida de Hauser. Lo único que podía recordar era que había estado encerrado en una celda de aproximadamente 1.80 metros de largo por 1.20 de ancho y 1.5 de alto. Los postigos de la ventana estaban siempre cerrados y dormía con su harapienta ropa sobre un jergón de paja. Jamás había visto a un ser humano y, sólo acompañado por un caballito de madera, nunca se sintió feliz o triste, dolorido o cansado. No vio a nadie ni oyó virtualmente nada durante todos los años que pasó allí, viviendo del pan y el agua que encontraba en su celda cuando se despertaba todos los días. Algunas veces, dijo, el agua sabía amarga y se quedaba dormido. Cada vez que ocurría esto, al despertarse advertía que le habían cortado el cabello y las uñas. Dibujo del adorno del calabozo realizado por Hauser Después de años de aislamiento, una mano se introdujo en su celda, desde atrás, y le dio una hoja de papel y una pluma. Y todos los días guió aquella mano la suya hasta enseñarle a escribir su nombre y repetir la frase: “Quiero ser soldado, como lo fue mi padre”. Una mañana, abrieron su celda y le sacaron a la calle, donde vio la luz del día y a otras personas por primera vez en su vida. También era la primera vez que llevaba zapatos. En la confusión de aquellas imágenes y sonidos extraños para él, Hauser no recordaba nada, hasta que se había encontrado en Nuremberg con una carta en la mano. El calabozo donde Hauser vivió encerrado, descubierto en 1920 La historia del muchacho conmovió al burgomaestre y al pueblo de Nuremberg, y el joven Hauser fue pronto adoptado por el profesor Daumer que emprendió la tarea de educar al adolescente en las costumbres del mundo que le rodeaba. En pocos meses, Hauser se convirtió, de niño vacilante y retrasado, en un joven de brillante inteligencia. Con la excitación producida en su nueva ciudad por sus misteriosos antecedentes, filósofos curiosos y ricos intelectuales aprovecharon todas las ocasiones para invitarle a sus casas. Y la sociedad de Nuremberg no tardó en observar un sorprendente parecido físico de Hauser con los miembros de las familias de los grandes duques de Baden, que eran los que mandaban en la provincia. Abundaron los rumores, sobre todo el de que Hauser era de noble cuna y que su aislamiento infantil había sido cruelmente proyectado para impedir que sucediese en el poder a un príncipe de Baden. En la época en que nació Hauser, dos príncipes de la familia Baden en línea directa de sucesión habían muerto en circunstancias misteriosas. Los habitantes de Nuremberg estaban convencidos de que Kaspar Hauser era un hijo no deseado por la familia real, un hijo del gran duque Karl y de la gran duquesa Stephanie. Ciertamente, la gran duquesa Stephanie había dado a luz un hijo hacía dieciséis años, pero nunca había visto a la criatura. Los intrigantes médicos de palacio le dijeron que el pequeño había muerto de meningitis poco después de su nacimiento, diagnóstico confirmado por la autopsia. Y cuando el gran duque Karl cayó gravemente enfermo en 1829, no tenía un hijo y heredero que le sucediese. Entonces llevaba Kaspar Hauser un año en Nuremberg, viviendo con el profesor Daumer y adquiriendo fama de joven distinguido e inteligente, de gran habilidad y cultura. Cuando enfermó el gran duque en octubre de 1829, Hauser estuvo a punto de perder su joven y desdichada vida. Fue atacado y apuñalado por un enmascarado en los sótanos de la casa del profesor Daumer; pero curó de sus heridas. Al año siguiente murió el gran duque y la sucesión real pasó a otra línea de la familia, a los hijos de la condesa de Hochberg. Unos meses más tarde, un excéntrico noble inglés, que muchos dijeron era amigo de la familia Hochberg, se presentó en Nuremberg para solicitar de los tribunales la tutela de Kaspar, que venía desempeñando el profesor Daumer. Philip, cuarto Conde de Stanhope, ganó el pleito a pesar de la oposición local. Y así comenzó, a escondidas del pueblo, otro período de aislamiento para el desdichado Kaspar Hauser. Por orden de Lord Stanhope, fue separado de sus recién encontrados amigos de Nuremberg y alojado en la casa de un hosco pastor protestante en la población de Ansbach, distante más de treinta kilómetros de la gran ciudad. Una vez puesto Kaspar Hauser a buen recaudo, Lord Stanhope perdió todo interés en su pupilo, dejando que continuase su mísera existencia junto al pastor Meyer. El 11 de diciembre de 1833, Hauser, que tenía a la sazón veintiún años y trabajaba como aprendiz de encuadernador, volvía a su triste alojamiento pasando por el parque cuando lo detuvo un desconocido. El hombre le preguntó su nombre y al decírselo, le asestó varias puñaladas. Hauser, gravemente herido, se dirigió tambaleándose a la casa del pastor Meyer. Pero el pastor no informó a la policía, sino que dijo cruelmente a Hauser que él mismo se había infligido las heridas para llamar la atención. Tres días más tarde, Kaspar Hauser murió entre terribles dolores. Se dijo que, al enterarse de su muerte, la gran duquesa Stephanie se había desmayado, y que después había dicho, entre sollozos, que creía que aquel joven era realmente el hijo que le habían dicho que había muerto a poco de nacer. Pero ningún amigo del joven ni los tribunales alemanes pudieron demostrar la identidad de aquel muchacho sin historia y sin futuro. Estatua en memoria de Kaspar Hauser Nunca pudieron resolver el misterio de quiénes le habían tenido encerrado los primeros dieciséis años de su vida, ni de quiénes fueron los desconocidos asesinos que por fin consiguieron matarle. Hasta 1920 fue encontrado el calabozo donde Hauser vivió. Obra de teatro basada en la historia de Hauser Su historia caló profundamente en el imaginario colectivo e inspiró libros, películas, discos, historietas, óperas, obras de teatro, esculturas, pinturas. El muchacho llegado de ninguna parte fue enterrado en el cementerio de Ansbach. En la lápida de su tumba grabaron un sencillo epitafio: “Aquí yace Kaspar Hauser, un enigma”. La tumba de Hauser en Nuremberg Fuente de Informacion: http://escritoconsangre1.blogspot.com.ar/2009/08/kaspar-hauser-el-enigma-de-nuremberg.html

Los amigos de Kemper en el Jury Room no podían creer la noticia. Lo habían visto siempre como a un gigante amable y sociable, un hombre cordial, contrario a todo tipo de violencia o estallido de cólera. Los psiquiatras que lo habían atendido en el hospital de Atascadero se reunieron para tratar de comprender lo sucedido y aparte de insistir en el hecho de que habían aconsejado mantenerlo alejado de su madre, sus conclusiones fueron poco definitivas. La psiquiatría en general se vio atacada. Herbert Mullin y John Frazier, los otros dos asesinos en serie que actuaban en Santa Cruz al mismo tiempo que Ed Kemper, obtuvieron el alta, como él, en un hospital psiquiátrico. Esto creó una grieta en la confianza pública y los especialistas tuvieron que confesar que toda decisión de liberar a un enfermo mental con un historial de violencia entrañaba un gran riesgo. A pesar de su larga y detallada confesión, los motivos de Kemper para asesinar continuaron siendo muy confusos. Él mismo proporcionó varias explicaciones incoherentes, y a veces contradictorias, sobre su comportamiento. Se divertía discutiendo con la policía y otros investigadores, tal y como había hecho previamente con los psiquiatras. Sin embargo, cuando se le preguntaba en profundidad sobre su hogar o sobre cosas de las que no deseaba hablar o ni siquiera pensar, cambiaba de tema y empezaba a describir detalladamente los crímenes y las disecciones, complaciéndose con morboso ingenio. En muchos aspectos, Ed Kemper era la personificación del clásico criminal sádico. Este sadismo se manifestaba no sólo en los asesinatos en sí, sino en el placer que sentía asustando a sus víctimas. Cuando Mary Ann Pesce no demostró ningún terror, él se sintió inquieto. La pala utilizada por el asesino Kemper obtenía un placer extra recorriendo de nuevo los escenarios de los crímenes, los lugares donde había enterrado a las víctimas o pasando en su coche junto a las casas de las jóvenes muertas para saborear el dolor de las apenadas familias. Su excelente memoria le permitía volver a representar mentalmente los asesinatos una y otra vez, extrayendo de ello hasta la última gota de placer. A veces disimulaba las razones de sus actos como parte de un plan maestro, como, por ejemplo, cuando aseguró que cortaba las cabezas de sus víctimas con objeto de impedir la identificación. En otras ocasiones confesó que la decapitación era un ingrediente del placer. Recordaba el momento en que cortó la cabeza de Anita Luchessa: “En aquel momento sentí un placer sexual. Era una especie de exaltación, una cosa de tipo triunfante, como el cazador que consigue la cabeza de un ciervo o un alce”. Así presentó los crímenes en el juicio, deseaba aparecer como un loco más que como un malvado. Insistió en que mató a las chicas como había matado a su gata cuando era niño: para hacerlas suyas: “Cuando estaban vivas, las sabía distantes, sin ninguna comunicación conmigo, y yo intentaba establecer una relación”. En la búsqueda de las víctimas había una completa excitación sexual. Hablaba de “retorcimientos” cuando las buscaba y de “pequeñas sensaciones” que le recorrían el cuerpo al acercarse a la presa. Kemper dirige a la policía al sitio donde enterró un cadáver Incongruentemente, Kemper combinaba su desviación sexual con una moralidad remilgada. Cuando en la confesión se refería a sus víctimas, lo hacía siempre llamándolas por su apellido: señorita Koo, señorita Pesce y así sucesivamente. También aparecía esta veta puritana en su creencia de que las chicas autoestopistas se lo estaban buscando al exhibir su cuerpo en las carreteras. Los confusos sentimientos de Ed Kemper hacia las mujeres reflejaban, en cierto modo, la relación con su madre. A pesar de describirla como una “perra dominante”, la veía con una mezcla de amor y de odio. La mayoría de los psiquiatras estuvo de acuerdo en que las muertes de las seis chicas y, por supuesto la de la abuela, se debieron a que Kemper estaba preparando el terreno para asesinar a su madre, que le había encerrado y que, según él, era culpable de la ausencia de su padre. Sin embargo, su muerte no le produjo sensación de catarsis o sentimientos de satisfacción personal; simplemente le causó una profunda depresión. En los asesinatos había un aspecto sociológico tanto como psicológico. Kemper trataba siempre de elegir víctimas de clase media acaudalada: “Yo intentaba herir a la sociedad donde más le doliera y eso era buscando futuros miembros de la sociedad burguesa: de clase alta o de clase media alta. Se pavoneaban por delante de mis narices porque podían hacer todas las malditas cosas que les vinieran en gana”. La confesión grabada de Ed Kemper, una larga y desapasionada descripción de los asesinatos, se reprodujo en el juicio unos meses después y revolvió el estómago de los agentes de policía e hizo que perdieran el conocimiento algunos familiares de las víctimas. En Santa Cruz, Kemper pasó a ocupar una celda junto a la de Herbert Mullin, al que detestaba porque, afirmó, "había matado sin tener unas buenas razones para ello”. Aborrecía, además, las canciones que entonaba. James Jackson, defensor público del Condado de Santa Cruz, fue el encargado de la defensa de Kemper. Era una ardua empresa, ya que su cliente lo había confesado todo y el letrado no pudo encontrar ningún psiquiatra o psicólogo que testificara a su favor. Jackson y un joven detective privado, Harold Cartwright, interrogaron a Kemper en su celda durante horas, tratando de encontrar alguna prueba de locura. Ambos tenían la impresión de que el acusado reservaba algo, pero nunca descubrieron de qué se trataba. Por otra parte, cuando en octubre se inició el juicio presidido por Harry F. Brauer, Ed Kemper se declaró “no culpable por motivos de locura”. La primera actuación de la defensa consistió en reproducir las cintas con las confesiones del inculpado. Las familias y los amigos de las víctimas le oyeron describir disecciones, decapitaciones, planes de asesinato, compra de armas, necrofilia, destazamiento de cadáveres, apuñalamientos, disparos y enterramientos. La defensa solicitó ausentarse de la sala mientras se escuchaban las cintas, pero su petición fue denegada. Luego testificaron los forenses que habían encontrado grandes charcos de sangre seca en el interior del Ford Galaxy y los testigos de la policía que describieron el arresto del acusado. El juicio de Ed Kemper El 29 de octubre, Ed Kemper se presentó con una muñeca vendada. Por segunda vez desde la detención, había intentado suicidarse cortándose las venas con una pluma que le dejó un periodista e impidiendo después todo tipo de ayuda hasta que pudieron dominarlo. La mayor parte de las tres semanas que duró el juicio se dedicaron a los testigos médicos. El doctor Joel Fort describió al acusado como un maníaco sexual, pero llegó a la conclusión de que estaba mentalmente sano, aunque era un psicópata. Otros especialistas citados por la acusación estuvieron completamente de acuerdo con su dictamen. Fort insinuaba que el diagnóstico de esquizofrenia paranoide hecho cuando Kemper tenía quince años era erróneo. Después del juicio, los psiquiatras que examinaron a Kemper y vieron su historial insistieron en que el diagnóstico primitivo era correcto. Kemper ocupó el banquillo de los testigos el 1 de noviembre. Apareció emocionado, lloroso a veces y en un estado de nervios que nunca mostró en sus declaraciones ante la policía. Cuando le preguntaron por qué había confesado, afirmó: “Quiero ayuda. Si voy a una penitenciaría, me encerrarán en un cuarto pequeño, donde no podré hacer daño a nadie y quedaré libre de todas mis fantasías”. Vacilante, Kemper trató de describir su mundo imaginario; empezó con las visiones de paz y bienestar de su primera infancia, y continuó con las fantasías de adolescente pervertido en el hospital psiquiátrico de Atascadero y sus espeluznantes sueños de matanza total. En sus conclusiones, el abogado defensor James Jackson, presentó a su cliente como un campo de batalla entre el bien y el mal, donde una parte de su carácter “lucha por estar con nosotros y la otra se escabulle a su propio mundo de fantasía, donde se siente feliz”. A pesar de la elocuencia de la defensa, el jurado permaneció reunido durante cinco horas antes de declarar al acusado culpable de ocho cargos de asesinato en primer grado. Puesto que la pena de muerte en aquellos años estaba prohibida en el Estado de California, el juez Brauer condenó a Ed Kemper a cadena perpetua, con la firme recomendación de que nunca obtuviera la libertad. No hubo apelación. Desde la condena, el 8 de noviembre de 1973, Ed Kemper comenzó a cumplir las ocho sentencias a cadena perpetua en el California Medical Facility de Vacaville. En la época de dicha condena, la ley californiana permitía la libertad condicional a los sentenciados a cadena perpetua una vez transcurridos seis años en prisión. Ed Kemper comenzó a solicitarla en 1978, pero la comisión se la denegó y lo siguió haciendo cada vez que la presentó. El fiscal Kemper utilizaba su humor negro en parte para divertirse pero las más de las veces, lo hacía para impresionar a quienes le escuchaban. Le gustaba reírse tanto del dialecto californiano como de sí mismo, y en sus declaraciones afirmó que le gustaba decapitar a las autoestopistas como medio para “descubrir qué les pasaba por la cabeza”, o que cortarles las manos a dos de sus víctimas había sido producto de “una segunda reflexión”. Se sirvió de los trucos humorísticos al uso en Hollywood para impresionar a una entrevistadora enviada por una revista de detectives que intentó sonsacarle su actitud con las mujeres: “¿Qué piensa ahora cuando ve a una joven guapa caminando por la calle?” Kemper respondió: “Una parte de mí dice: ‘Guau, qué chica tan buena, me gustaría salir con ella’; la otra parte dice: ‘¿Cómo se vería su cabeza clavada en una estaca?’”. Entrevista con Kemper para una revista En 1988, la Corte rechazó un informe psiquiátrico del doctor Jack Fleming, en el que lo describía como “apto para quedar en libertad”. En 1977, Kemper solicitó una autorización para que le operasen en una zona del cerebro, ya que deseaba “reconducir los circuitos eléctricos del cerebro”, pero su petición fue denegada. El doctor Hunter Brown, de Santa Mónica, California, se había ofrecido a realizar gratuitamente la operación. En 1981, Kemper recibió públicamente un premio por sus trabajos de reproducción de libros para ciegos con un equipo de quince reclusos a sus órdenes. Años después, Robert K. Ressler, ex agente del FBI e investigador, quien acuñó el término de “asesinos seriales” y desarrolló un sistema para crear perfiles de criminales, realizó una entrevista con Kemper en la prisión. Incluida en su libro Asesinos en serie, Ressler narra así la tenebrosa experiencia: “Estaba terminando mi tercera entrevista con Edmund Kemper, un hombre enorme que medía 2 metros y cinco centímetros, pesaba casi 136 kilos, era extremadamente inteligente, había matado a sus abuelos durante su infancia, había pasado cuatro años en reformatorios y, al salir, había matado a ocho personas más, entre ellas, su madre. Le habían caído siete cadenas perpetuas consecutivas. Había ido a entrevistarle a la prisión de Vacaville, California, en dos ocasiones más, la primera con John Conway y la segunda con Conway y mi colega en Quantico, John Douglas, al que estaba introduciendo en este campo. Durante la entrevista profundizamos bastante en el pasado de Kemper, sus motivaciones para matar y las fantasías relacionadas con los asesinatos. Era un hombre de gran complejidad intelectual que no sólo había matado a sus víctimas, sino que también las había decapitado y descuartizado. Nadie jamás había hablado con él de la forma en que nosotros lo habíamos hecho, ni con tanta profundidad. Yo estaba tan contento con la buena relación que había logrado con Kemper que me decidí a tener una tercera sesión con él, a solas. La conversación tuvo lugar en una celda justo fuera del corredor de la muerte, la clase de celda que se emplea para dar la última bendición a un preso que está a punto de morir en la cámara de gas. Aunque Kemper no estaba aislado de la población reclusa general, éste era el lugar que las autoridades habían elegido para nuestra entrevista. Tras conversar con Kemper en esta celda cerrada y claustrofóbica durante cuatro horas, tocando temas relacionados con las conductas más depravadas, consideré que habíamos llegado al final y pulsé el botón para avisar al guardia que me dejara salir. “No apareció nadie, así que seguí con la conversación. La mayoría de los asesinos en serie son personas solitarias pero, aun así, les gusta todo lo que alivie el aburrimiento de la cárcel, como mis visitas. Piensan en muchas cosas y, cuando tienen delante a un buen entrevistador, tienden a hablar. También es bastante fácil prolongar las conversaciones con ellos. Sin embargo, Kemper y yo ya habíamos llegado al término de nuestra entrevista y, después de unos minutos más, pulsé el botón por segunda vez, todavía sin respuesta. Quince minutos después de la primera vez, pulsé el botón por tercera vez y nadie vino. Debió de pasar una expresión de miedo por mi cara, a pesar de mis intentos por mantener la calma y la frialdad, y Kemper, muy sensible a la psique de los demás (como la mayoría de asesinos), la detectó. “‘Tranquilo. Están cambiando de turno y dando la comida a los que están en las zonas de seguridad’. Sonrió y se puso de pie, acentuando su tamaño enorme. ‘Puede que tarden quince o veinte minutos en venir por ti’. “Aunque creía mantener una actitud de calma y tranquilidad, estoy seguro de que esa información provocó señales de pánico más claras en mí y Kemper reaccionó ante ellas. Me dijo: “‘Si ahora se me cruzaran los cables, ¿no te parece que lo pasarías mal? Te podría arrancar la cabeza y ponerla sobre la mesa para que el guardia la viera al entrar’. “Mi cabeza daba mil vueltas. Me imaginaba cómo vendría por mí con sus largos brazos, inmovilizándome contra la pared, estrangulándome y retorciendo mi cabeza hasta romperme el cuello. No necesitaría mucho tiempo y, con la diferencia de tamaño que mediaba entre los dos, seguro que acabaría rápidamente con mi resistencia. Él tenía razón: me podía matar antes de que yo o cualquier otra persona pudiera hacer algo al respecto. Le dije, pues, que si se metía conmigo, tendría serios problemas. “Se burló: ‘¿Qué pueden hacer? ¿Impedirme ver la tele?’ Contesté que con total seguridad terminaría encerrado en «El Agujero» (la celda de aislamiento), durante un periodo extremadamente largo. Los dos sabíamos que el aislamiento del Agujero deja a muchos reclusos al menos temporalmente locos. “Kemper le restó importancia, diciendo que ya era un experto en eso de estar en la cárcel, que podría aguantar el dolor del aislamiento y que ello no duraría para siempre. Al final, su situación volvería a ser más normal y los inconvenientes no serían nada en comparación con el prestigio que ganaría entre los otros reclusos por haberse cargado a un agente del FBI. Mi pulso corrió los cien metros planos mientras intentaba pensar en algo que decir o hacer para impedir que Kemper me matara. Estaba bastante seguro de que Kemper no lo haría, pero no tenía la total seguridad, ya que, a final de cuentas, se trataba de un hombre extremadamente violento y peligroso que, como él decía, tenía muy poco que perder. ¿Cómo había podido ser yo ser tan estúpido como para entrar en ese cuarto sin acompañante? De repente, supe cómo me había metido en esa situación. ¡Que precisamente tuviera que ser yo el que cayera en la trampa! Había sucumbido a lo que los estudiantes de las situaciones con rehenes conocen como el «Síndrome de Estocolmo». Me había identificado con mi secuestrador y le había otorgado mi confianza. A pesar de haber sido el instructor jefe del FBI en tareas de negociación de rehenes, ¡había olvidado este dato fatal! La próxima vez no sería tan arrogante como para pensar que había logrado una buena relación con un asesino. La próxima vez. “Le dije: ‘Ed, no me digas que crees que vendría aquí sin tener algún modo de defenderme’. Contestó: ‘No me jodas, Ressler. Aquí no te dejarían entrar con armas’. Kemper tenía razón, por supuesto. Los visitantes no pueden llevar armas dentro de las cárceles por temor a que los reclusos las cojan y las empleen para amenazar a los guardias o escaparse. No obstante, señalé que los agentes del FBI disfrutaban de algunos privilegios especiales que los guardias normales, policías y otras personas que entraban en una cárcel no tenían. “‘Entonces, ¿qué tienes?’ “‘No voy a revelar lo que pueda tener o dónde lo pueda llevar’. “‘Venga, venga. ¿Qué es? ¿Una pluma con veneno?’ “‘Quizá, pero también hay más tipos de armas’. “Entonces Kemper se puso a pensar. ‘Artes marciales, pues. ¿Karate? ¿Eres cinta negra? ¿Crees que podrías conmigo?’ “Con eso, pareció que la situación había cambiado un poco, si no se había invertido del todo. Había un matiz casi de cachondeo en su voz; eso deseaba yo, al menos. Pero no estaba seguro y Kemper comprendió que yo no estaba seguro e intentó seguir desconcertándome. Sin embargo, para entonces ya me había serenado un poco y pensé en mis técnicas de negociación de rehenes, la más importante de las cuales es que hay que seguir hablando y hablando y hablando, porque ganar tiempo siempre parece calmar los ánimos. Hablamos un rato sobre las artes marciales, que muchos presos aprenden para poder defenderse en el duro entorno penitenciario, hasta que finalmente apareció un guardia y abrió la puerta. El investigador Robert K. Ressler “El procedimiento normal es que el entrevistador se quede en la habitación mientras el guardia lleva al preso de vuelta a su celda. Cuando Kemper se dispuso a salir con el guardia, me puso la mano en el hombro. “‘Sabes que sólo estaba bromeando, ¿verdad?’ “‘Por supuesto, Ed’, dije, soltando un gran suspiro. Me propuse no volver nunca a ponerme ni a mí, ni a ningún otro entrevistador del FBI, en una situación similar. Desde entonces, nuestra política fue la de nunca entrevistarse a solas con un asesino, violador o agresor de niños convicto, y hacerlo siempre en pareja”. Ilustración de Mauricio Torres Bueno Gente esto fue todo sobre este (Asesino en Serie) les dejare la primera parte por si vieron esta historia ya empezada: http://www.taringa.net/posts/info/15848355/Ed-Kemper-Equot_El-Cazador-de-CabezasEquot_-_Parte-1_.html Fuente de Informacion: http://escritoconsangre1.blogspot.com.ar/2008/08/ed-kemper-cazador-de-cabezas.html Hay muchas Imágenes de Morbo o de mal gusto que no puse en el Post pero en la pagina que les deje arriba lo podrá ver el que lo desee No olviden Comentar..
Hola gente aca les dejo algunos Soundtrack de la pelicula (Night Of The Living Dead - Remake / 1990) para ambientar un poquito la Historia de este asesino en serie que ademas fue un caso real. “Yo únicamente señalo el mapa; no sólo el mapa de Winconsin, sino cualquier mapa, puesto que hombres como Ed Gein pueden encontrarse en cualquier parte del mundo: hombres tranquilos llevando vidas tranquilas, sonriendo con sus tranquilas sonrisas y soñando sus tranquilos sueños…” Robert Bloch El padre de quien sería Ed Gein, George, se quedó huérfano en 1879 cuando sólo tenía cinco años. Fue educado por sus severos y devotos abuelos en una granja cerca de La Crosse. Cuando cumplió veinte años se marchó a la ciudad, donde cambiaba constantemente de trabajo. Empezó a beber y en 1899 se casó. No era una pareja afortunada. Augusta Gein, que procedía de una estricta familia de inmigrantes alemanes, era una mujer austera y fanáticamente religiosa. Pronto Augusta Gein dio a luz a su segundo hijo el 27 de agosto de 1906. Había deseado que fuera una niña. La educación luterana que había recibido y su matrimonio con un borracho, George Gein, desarrollaron en ella un profundo aborrecimiento hacia los hombres. En 1902 había nacido Henry, el primer fruto de esta unión sin amor. Augusta se prometió a sí misma que su hijo Edward Theodore Gein no sería nunca como esos hombres lascivos y ateos que veía a su alrededor. Desde el primer momento, la vida de Eddie estuvo totalmente dominada por su madre. Ella llevaba sola el negocio familiar, una frutería en La Crosse, Wisconsin. Su marido se pasaba el día dejándose todo el dinero en los bares del lugar. Ella era partidaria de imponer una disciplina muy dura. Castigaba a sus hijos y era incapaz de ofrecerles el consuelo o el amor de una madre. En 1913, los Gein comenzaron una nueva vida como granjeros. Después de pasar un año en una granja de vacas a unos veinticuatro kilómetros de La Crosse, finalmente la familia se instaló en un pequeño rancho aislado a las afueras de la ciudad de Plainfield. Mapa de Plainfield, en Wisconsin Uno de los primeros y más inquietantes recuerdos de Gein sobre su infancia era cuando miraba fijamente a través de la puerta del matadero de la tienda de sus padres en La Crosse. Miraba hipnotizado cómo su padre sostenía un cerdo atado mientras su madre, con gran habilidad, le abría la tripa de un navajazo y le sacaba las entrañas con un largo y afilado cuchillo. Muchas veces a lo largo de su vida Gein diría que esta matanza le producía náuseas y que ver sangre le hacía sentirse corno si se fuera a desmayar. Incluso cuando la policía le interrogó años después, pudo recordar el incidente de La Crosse con todo lujo de detalles. Veía que su madre llevaba un delantal largo de cuero salpicado de sangre y barro. Gein sentía aversión por la sangre y las matanzas, cosas habituales en una comunidad rural donde la caza y la ganadería eran la forma de ganarse la vida. Sin embargo, devoraba los cómics de terror y los libros sobre violencia, sobre todo lo relacionado con los Campos de Concentración nazis y las torturas que allí se desarrollaban. Era el único tema que le motivaba a hablar. Aunque a menudo la conversación llegaba a su fin en cuanto hacía uno de sus macabros comentarios. Durante los primeros dieciséis años de su vida, el único contacto de Gein con la realidad fue el colegio. Pero tan pronto como Eddie encontraba un amigo, su madre se oponía a esta nueva amistad. Todo el mundo suponía ante sus ojos una amenaza para la pureza moral de su hijo. Continuamente citaba la Biblia, recordándole que los hombres eran todos unos pecadores. Gein dejó de tener contacto con otros niños. Los que le conocieron más adelante le recordaban como un hombre tímido y débil. El censo de Plainfield en 1930: la familia Gein aparece en los registros Augusta empezó a despreciar cada vez más a su débil y borracho marido. George reaccionó encerrándose en sí mismo, aunque a veces se emborrachaba y le pegaba a su mujer mientras Eddie y su hermano Henry le miraban sin poder hacer nada. Después de sufrir estos ataques, Augusta se ponía de rodillas y rezaba. Sus oraciones fueron escuchadas. En 1940 George murió, inválido, a la edad de sesenta y seis años. A mediados de los cuarenta el negocio de la familia empezó a ir mal, y Ed y Henry tuvieron que buscar otro trabajo para llevar más dinero a casa. Gein admiraba a su hermano, pero su relación empezó a hacerse más tensa cuando éste le sugirió que esa dependencia respecto a su madre podía ser perjudicial. En la primavera de 1944, Henry murió en extrañas circunstancias. El y Eddie habían estado intentando apagar un fuego cerca de su granja cuando se separaron. Sin embargo, Eddie supo conducir a un grupo de hombres exactamente al lugar donde su hermano yacía muerto. Aunque tenía un golpe en la cabeza, se certificó muerte por asfixia. Poco después de este doloroso suceso, Augusta Gein sufrió un ataque al corazón. Durante doce meses Eddie la cuidó con amor, intentando que se restableciese, pero pocas semanas después, en diciembre de 1945, murió. Tras el sepelio, Gein regresó a su granja y decidió conservar intacta la habitación de su madre, como un macabro homenaje a su progenitora. La tumba de Augusta Gein Con treinta y nueve años, Gein estaba solo en un mundo que apenas comprendía. En cinco años se refugió en otro, un mundo en el que la frialdad, la violencia y la represión que había sufrido en su infancia se retorcían de forma atroz en su mente. Gein recibió un subsidio del Gobierno de los Estados Unidos a cambio de dejar la tierra en barbecho. A medida que la tierra se volvía improductiva, Gein empezó a hacer toda clase de trabajos a los vecinos de Plainfield para ganarse así la vida. La Granja Gein Antes del caso Gein hubo ciertas desapariciones inexplicables en Plainfield y sus alrededores. En mayo de 1947, Georgia Weckler, de ocho años, desapareció en Jefferson después de que un vecino la llevara en coche a su casa. Nunca más se la volvió a ver. En noviembre de 1952, un granjero llamado Victor “Bunk” Travis desapareció junto con su amigo Ray Burgess, de Milwaukee, cuando iban a la caza del ciervo. No se les volvió a ver. Un año después, Evelyn Hartley, de quince años, desapareció cuando cuidaba los niños de un vecino. La policía encontró señales de pelea y manchas de sangre fuera de la casa. Después de una intensa búsqueda se encontraron algunas ropas manchadas de sangre cerca de una autopista. Sin embargo, nunca encontraron el cuerpo. En 1954, en Plainfield, había un bar llamado “La Taberna de Hogan”. La propietaria de este antro, Mary Hogan, una mujer de mediana edad y divorciada dos veces, resultaba un personaje con un pasado dudoso. Algunos decían que estaba relacionada con la Mafia; otros, que había sido una conocida madame en Chicago y que con el dinero que ganó de esa forma había comprado el negocio. Fuese cierto o no, Mary Hogan producía gran impacto entre los granjeros del lugar, gente muy religiosa y conservadora. Mientras que los hombres se sentían atraídos por el ambiente del local, entre las mujeres existía un rechazo total. La Taberna de Hogan En la tarde del 8 de diciembre de 1954, un granjero del lugar llamado Seymour Lester entró en la taberna. Aunque estaba abierta e iluminada, no había nadie. Empezó a sospechar algo raro al ver que, a pesar de sus llamadas, nadie salía a atenderle. Fue entonces cuando vio una gran mancha de sangre en la puerta que daba a la habitación trasera. Sospechando que algo raro ocurría, salió corriendo a pedir ayuda. El sheriff Harold S. Thompson llegó al instante acompañado de sus ayudantes. Comprobaron que el lugar estaba vacío y encontraron el coche de Mary Hogan aparcado detrás de la casa, en su sitio habitual. Había un gran reguero de sangre seca que cubría las tablas de madera del suelo. Parecía que algo había sido arrastrado por ahí. Junto a esto había un cartucho calibre 32. Ilustración de Rocko Siguiendo el rastro de sangre a través de la puerta trasera llegaron a la zona del aparcamiento de los clientes, donde el sheriff vio unas huellas recientes de un camión que reconoció como las de una furgoneta de reparto. Era evidente: alguien, seguramente Mary Hogan, había sido asesinada y el cuerpo había sido arrastrado hasta un coche que esperaba fuera. No había ninguna señal de lucha y no parecía haber ningún motivo para tal crimen. La caja registradora estaba llena y no faltaba nada. Pese a las pesquisas posteriores, Mary Hogan había desaparecido. Mary Hogan, la primera víctima de Ed Gein Las noticias sobre este misterio se propagaron con rapidez y a medida que pasaban las semanas sin que las autoridades encontraran nada nuevo, la pregunta: “¿Qué le pasó a Mary Hogan?” surgía en todas las conversaciones. Aproximadamente un mes después de la desaparición, una conversación de este tipo tenía lugar entre un respetable propietario de un aserradero en Plainfield, Elmo Ueeck, y un hombre pequeño y tímido llamado Ed Gein. Ueeck no pudo resistir la tentación de provocar a Gein con el asunto de Mary Hogan. A Gein le ponía enfermo que se hicieran bromas sobre las mujeres, pero el propietario del aserradero le había visto varias veces en la taberna sentado solo al fondo del bar, con una jarra de cerveza. El y sus amigos se habían dado cuenta de que lo único que hacía era sentarse y quedarse mirando a la propietaria, absorto en sus pensamientos y suponían que estaba enamorado, lo cual daba lugar a ciertas bromas. Ueeck empezó por sugerir que si Gein le hubiera hablado a Mary Hogan de sus intenciones con más claridad, probablemente ella en ese mismo momento estaría en su granja cocinando la cena y esperando a que volviera en vez de haber desaparecido presumiblemente asesinada. Más tarde recordó que “Eddie había puesto los ojos en blanco y había movido la nariz como un perro olfateando su presa”, mientras se balanceaba y echaba una de sus conocidas sonrisas. “No ha desaparecido”, dijo Gein después de unos segundos. “Ahora mismo está en mi granja”. Ueeck se encogió de hombres ante lo que parecía ser otro de sus inusuales y bastante patéticos golpes de humor. Y a pesar de que Gein lo repitió varias veces a distintos residentes de Plainfield en las semanas que siguieron, ni uno de ellos le tomó en serio. Era, después de todo, el tipo de comentario que se esperaba de él. Elmo Ueeck, el dueño del aserradero Tres años después de la desaparición de Mary Hogan, el día en que comenzaba la caza anual del ciervo en Wisconsin, Ed Gein iba de cacería por su cuenta. Su presa no era un ciervo. La víctima era una ciudadana de Plainfield. Al igual que Mary Hogan, Bernice Worden era una mujer de negocios muy competente, regordeta y de constitución fuerte, de unos cincuenta años. A diferencia de la propietaria del bar, era una devota metodista que disfrutaba de una reputación intachable entre los ciudadanos de Plainfield. Bernice se había encargado, como única propietaria, de la ferretería de Worden tras la muerte de su marido en 1931. En los años siguientes, ayudada por su hijo Frank, lo convirtió en un negocio próspero, al que todos los granjeros de la zona acudían a comprar los recambios necesarios para la maquinaria agrícola. En 1956, fue propuesta por el periódico local para el premio de Plainfield al “Ciudadano de la Semana”, como ciudadana modelo y pequeña empresaria. La ferretería de Bernice Worden La mañana del sábado 16 de noviembre de 1957, como todos los días, abrió la tienda. Era el primer día de la temporada de caza del ciervo en Wisconsin, y la mayoría de los hombres de Plainfield, incluyendo a su hijo Frank, habían salido ya hacia los bosques de los alrededores. El resto de la ciudad estaba desierto y la mayoría de las tiendas cerradas, pero Bernice Worden había decidido abrir la suya pensando que podría llegar gente a comprar provisiones. Poco después de las ocho y media de la mañana, Ed Gein hizo su aparición en la ferretería llevando una jarra de vidrio vacía. Como todos los ciudadanos de Plainfield, Bernice le tenía por un bobalicón, pero últimamente la había estado molestando, preguntándole sobre los más insignificantes detalles y sin comprar nada. La noche anterior había estado en la tienda para preguntarle el precio de un anticongelante. Luego se quedó ahí parado durante algunos segundos antes de desaparecer en la oscuridad. Pocas semanas antes, Bernice se había quedado muy sorprendida cuando Gein llegó a la tienda y la invitó a ir con él a patinar sobre hielo. Se lo propuso medio en serio, medio en broma, dando la sensación de estar muy nervioso. Ella simplemente rechazó la invitación. Sin embargo se había quedado algo preocupada; le contó el incidente a su hijo y añadió que desde entonces había visto a Gein observándola desde su furgoneta o desde el otro lado de la calle. Lo que ocurrió en Worden el 16 de noviembre sólo se puede reconstruir con los confusos recuerdos de Gein. Además de Bernice y Gein no había nadie. Parece ser que Worden le llenó la jarra, volvió al mostrador y le hizo la factura. El hombre pagó y se marchó, volviendo poco tiempo después. Cogió entonces un rifle de caza que estaba expuesto en una esquina y le contó a la señora Worden que estaba pensando cambiar su vieja arma del calibre .22 por una más moderna, que pudiera disparar diversos tipos de bala. Ella le dijo que la que tenía en sus manos era una buena compra y continuó con su trabajo. Cuando se dio la vuelta, Gein sacó una bala de su bolsillo y cargó el rifle mientras simulaba examinarlo. Unos segundos después apuntó y disparó. Bernice Worden, la segunda víctima de Ed Gein Entre las 8:45 y las 9:30 de esa misma mañana, Bernard Muschinski, el encargado de la gasolinera situada un poco más abajo en la acera de enfrente del almacén, vio que el camión de reparto de la señora Worden salía del garaje de detrás del edificio dirigiéndose calle abajo, pero no le dio importancia. Pocas horas después, al pasar por delante de la tienda, le extrañó ver las luces encendidas. La puerta delantera estaba cerrada y dio por hecho que la propietaria había olvidado apagarlas. El siguiente en ver a Gein fue el dueño del aserradero, Elmo Ueeck. Había cazado un ciervo en las tierras de éste y se disponía a salir apresuradamente de la propiedad con la pieza atada a la parte delantera del coche. Ueeck se sobresaltó al ver el automóvil de Gein que ruidosamente se dirigía hacia él; estaba seguro de que incluso Eddie protestaría por esta caza furtiva en sus tierras. Pero cuando se cruzaron le saludó amistosamente. Posteriormente, Ueeck recordó que Gein conducía más aprisa que de costumbre. La camioneta de Bernice Worden, donde Gein trasladó el cadáver Por la tarde, Gein recibió una visita: sus vecinos Bob Hill (un amigo de la juventud) y su hermana Darlene Hill fueron a preguntarle si podía acercarles al pueblo para comprar una nueva batería para el coche. Gein salió a recibirles; tenía las manos manchadas de sangre y les dijo que había estado despedazando un ciervo. Esto le extrañó a Bob Hill, ya que a su amigo siempre le había desagradado este tipo de cosas y más de una vez comentó que se mareaba al ver sangre. Pero Gein dijo que estaría encantado de poder ayudarles y después de volver a la casa para lavarse, cogió el coche y les llevó a la ciudad. Cuando Gein y sus vecinos volvieron a la frutería de los Hill, estaba oscureciendo y la madre de Bob, Irene, le invitó a cenar. El aceptó de buena gana sin sospechar que sería la última comida que tomaría antes de ser arrestado. Trofeos de caza en Plainfield Poco antes, al atardecer, Frank, el hijo de Bernice Worden, se pasó por la gasolinera de Plainfield, cercana al negocio familiar, después de un fallido día de caza. Quedó muy sorprendido cuando el encargado le dijo que por la mañana temprano, había visto salir el camión de reparto. Frank esperaba encontrar a su madre detrás del mostrador y a punto de cerrar. Los dos hombres comprobaron lo que Muschinski había visto esa mañana, que la puerta estaba cerrada, pero las luces continuaban encendidas, y Worden, que había olvidado su llave, tuvo que volver a su casa para coger una. Entre otras cosas, Frank Worden era el ayudante del sheriff y, al igual que su madre, una persona tranquila. Pero cuando abrió la puerta de la tienda y entró, apenas pudo controlarse. La caja registradora había sido arrancada del mostrador y había desaparecido, y al fondo de la tienda había un gran charco de sangre. Frank llamó al sheriff del condado, Art Schley, en Wautoma, a siete kilómetros de allí, y continuó buscando a su madre. Cuando un cuarto de hora más tarde llegaron el sheriff y uno de sus ayudantes, ya tenía una idea de lo que había pasado. —Ha sido él— les dijo Worden confidencialmente. —¿Quién? — preguntaron. —Ed Gein— contestó. Frank Worden no perdió el tiempo mientras esperaba a Schley y su ayudante. Ratificó su sospecha el libro de contabilidad que encontró junto al charco de sangre, en el que estaba apuntada una venta de anticongelante fechada el 17 de noviembre. El comprador había sido Ed Gein. El sheriff Schley avisó por radio para que lo detuvieran y le interrogaran. Gein, mientras tanto, estaba acabando de cenar con los Hill cuando un vecino irrumpió en la casa con las noticias de la desaparición de Bernice Worden. El único comentario de Eddie fue: “Debe tratarse de alguien con mucha sangre fría”. Irene Hill recordó más tarde que había bromeando con él diciendo: “¿Cómo te las arreglas para estar siempre por medio cuando alguien desaparece?” Gein simplemente se encogió de hombros y se rió. Bob le sugirió que debían ir a la ciudad para ver qué pasaba. Gein aceptó de buena gana y los dos hombres salieron al patio cubierto de nieve para coger el coche. En ese momento, el oficial de policía Dan Chase y su ayudante Poke Spees llegaban a la casa de los Hill para detener a Gein. Los dos agentes habían ido pocos minutos antes a la casa del presunto homicida y la encontraron vacía. Sabían que Bob era uno de los pocos amigos de Ed y pensaron que lo más lógico era buscarle en la tienda de los Hill. El oficial Chase cruzó el patio sonriente y golpeó en la ventanilla del coche de Gein cuando ya se iban. Le ordenó que bajara del automóvil y lo escoltó hasta el coche patrulla para ser interrogado. El policía le preguntó dónde había estado todo el día y qué había hecho. Gein se lo contó y Chase le pidió que lo repitiera de nuevo, lo que evidenció grandes contradicciones. —Alguien me ha incriminado— dijo Gein. —¿Respecto a qué? — preguntó Chase. —Bueno, sobre la señora Worden— contestó. —¿Qué pasa con la señora Worden? —Está muerta, ¿no? — respondió Ed. —¿Muerta? — exclamó el policía. —¿Cómo sabes que está muerta? —Lo oí— dijo Gein. —Me lo dijeron ahí dentro. El arresto de Gein Tan pronto como el sheriff Schley oyó por radio que el principal sospechoso había sido arrestado, se dirigió a la granja de Gein con el capitán Lloyd Schoephoerster, de la oficina del sheriff del condado vecino de Green Lake. La puerta trasera de la cocina cedió con facilidad. Encendiendo sus linternas, los dos hombres pasaron dentro. Art Schley sintió que algo le rozaba en el hombro, y volviéndose instintivamente a ver qué era lanzó un grito de horror. Ahí, delante de sus ojos, colgando del techo, se hallaba el cuerpo decapitado de una mujer, con un profundo agujero en donde se suponía debía estar el estómago. El sheriff pensó inmediatamente que el cuerpo había sido atado y después despellejado como si se hubiera tratado de un animal. Los dos policías necesitaron varios minutos para recuperarse del shock por lo que acababan de presenciar. Finalmente, Schoephoerster consiguió acercarse al coche y pedir ayuda por radio. A continuación, dándose ánimos mutuamente, los dos hombres decidieron entrar de nuevo en la casa. El cadáver colgaba de un gancho por el tobillo, y con un alambre le habían sujetado el otro pie a una polea. Habían rajado el cuerpo desde el pecho hasta la base del abdomen, y las vísceras brillaban como si las hubieran lavado y limpiado. Estaba decapitado. Schley sólo había visto una cosa igual en un matadero. El sheriff no tenía duda de que se trataba de Bernice Worden: había sido asesinada y su cadáver dispuesto como si se tratara de una pieza de carne. Era difícil de creer que un ser humano pudiera vivir en tales condiciones. Por todas partes se veían montañas de basura y desperdicios entre sucios muebles y utensilios de cocina, junto con harapos. Cajas de cartón, latas vacías y herramientas oxidadas cubrían el suelo; parecía la guarida de un animal, llena de inmundicia y excrementos. Con la débil luz de sus linternas, Schley y Schoephoerster descubrieron una serie de revistas de detectives y cómics de terror de la DC apilados en cajas y tiradas por el suelo; un fregadero lleno de arena; chicle pegado en las tazas; una dentadura postiza sobre el mantel; y muchísimos libros de medicina y anatomía, además de algunos recortes de prensa sobre operaciones de cambio de sexo. La Granja Gein, mezcla de pocilga y matadero Poco después la granja quedó rodeada por coches de la policía. Para empezar, rastrearon la casa con la ayuda de linternas y lámparas de petróleo y luego llevaron un generador. Una vez que la casa quedó suficientemente iluminada, se puso de manifiesto todo el horror que allí se escondía. Había varios cráneos esparcidos por la cocina, algunos intactos, otros cortados por la mitad y empleados como cuencos. Dos de ellos se utilizaban para equilibrar las patas de la mugrienta cama en la que dormía Gein. Una inspección más detenida reveló que una de las sillas de la cocina estaba hecha con trozos de piel humana. Había también pantallas de lámpara, papeleras, un tambor, un brazalete, la funda de un cuchillo, todo adornado con restos humanos. Pero faltaban cosas peores. Encontraron cajas que contenían restos humanos, cada uno de los cuales, pertenecientes a diferentes cuerpos sin identificar, estaban separados con la habilidad y precisión de un cirujano. También contenían una especie de chaleco hecho con la piel de la parte superior del cuerpo de una mujer, con un cordón que caía por la espalda, y varios pares de polainas hechas también con piel humana. Pero, para los policías que tuvieron que hacer este trabajo de rastreo, lo peor fue descubrir una colección de máscaras mortuorias y de cabezas reducidas al estilo jíbaro. Había nueve máscaras, cada una con el rostro y el cuero cabelludo de la víctima en cuestión y mantenían el pelo intacto. Cuatro de estas máscaras estaban colgadas en la pared que rodeaba la cama de Gein, como testigos mudos de sus excentricidades y fantasías nocturnas. Encontraron las otras máscaras metidas en bolsas, en viejas cajas de cartón y en sacos esparcidos allí y en la cocina. A algunas de ellas se les había aplicado aceite para mantener la piel suave, e incluso una mostraba restos de lápiz de labios. Otra, que aunque reducida pudo ser identificada por uno de los policías allí presentes, era la de Mary Hogan, la propietaria del bar que había desaparecido tres años antes. Encontraron además el corazón de Bernice Worden dentro de una bolsa de plástico frente a la estufa de la cocina, y sus entrañas, todavía calientes, envueltas en un viejo traje. Pero la policía siguió buscando la cabeza del cadáver que colgaba del gancho. Detrás de la cocina y del cuartucho en el que dormía Gein se hallaba la planta baja de la casa. La puerta estaba bien tapada, pero lograron quitar los tablones necesarios para poder entrar en la habitación principal. A la luz de las linternas vieron una habitación perfectamente ordenada y normal, en la que lo único que destacaba era la enorme cantidad de polvo que cubría los muebles y los adornos situados sobre la chimenea. Era un auténtico mausoleo, una tumba que Gein había cerrado y abandonado dejándola tal y como estaba el día en que murió su madre, hacía doce años. Y allí dentro estaba el cadáver seco de Augusta Gein. La habitación de Augusta Gein De vuelta a la cocina, el patólogo que estaba intentando identificar los restos de los cadáveres vio cómo salía vapor de una vieja bolsa de comida que se hallaba entre la basura. Al vaciarla encontró lo que todo el mundo había estado buscando. Un espantoso trofeo: la cabeza de Bernice Worden estaba cubierta de suciedad. Tenía sangre coagulada alrededor de las fosas nasales, pero por lo demás estaba intacta. La expresión de su cara reflejaba tranquilidad, pero los dos policías se quedaron estupefactos al ver que de las dos orejas colgaban dos ganchos unidos entre sí por una cuerda. Era evidente que Gein había intentado colgar en la pared la cabeza de la mujer, junto a los otros trofeos cadavéricos de su habitación. Ante todos estos atroces descubrimientos, los agentes, expertos forenses y detectives que se encontraban presentes, quedaron mudos. Muchos de ellos eran expertos policías con una larga carrera en el servicio; policías que habían presenciado todo tipo de crímenes pero que, sin embargo, no estaban preparados para afrontar lo que tenían delante: una casa llena de cadáveres y restos humanos. Un policía en el interior de la Granja Gein El hedor era insoportable. Para la policía encargada de la investigación del caso, la granja de Gein era una mezcla de pocilga, matadero y catacumba; algo así como la guarida de alguien al que difícilmente se podía calificar de ser humano. Harold Schechter, que escribió sobre el caso, la describió como "el decorado de un perturbado mental”. Las herramientas utilizadas por Ed Gein para descuartizar cuerpos El rastreo de la granja terminó al anochecer. Descolgaron el cadáver de Bernice Worden y lo pusieron junto con los otros restos humanos encontrados que depositaron en bolsas de plástico. Enviaron las bolsas a la funeraria de Plainfield a fin de que se realizara el debido examen post mortem. Ninguno de los allí presentes sabía a cuántas personas pertenecían las cabezas y los restos humanos encontrados en la Granja Gein, pero estaba claro que, además de Mary Hogan y Bernice Worden, había muchas más víctimas. El trabajo de la policía no había acabado, aún existía un interrogante pendiente: ¿a quiénes pertenecían los demás cadáveres? Mientras todas estas investigaciones tenían lugar en su granja, Ed Gein esperaba tranquilamente en la Prisión del Estado de Wautoma custodiado por los dos policías que le habían arrestado, Chase y Spees. A las 2:30 de la madrugada del sábado 17 de noviembre, el sheriff Shley regresó del escenario del crimen. Sin la presencia de un abogado, Gein fue interrogado casi ininterrumpidamente durante las doce horas siguientes. Pero permaneció en silencio. Mientras tanto, el informe de la autopsia realizada a Bernice Worden confirmaba que ésta había muerto como resultado de un disparo de bala del calibre 22. Ed Gein bajo detención A la mañana siguiente, lunes 18 de noviembre, Gein rompió su silencio. Declaró que había matado a la señora Worden y después de cargar el cadáver en una furgoneta, lo había llevado a un bosque cercano. Dejó allí la furgoneta, volvió a la ciudad por su coche y luego regresó al bosque, donde metió el cadáver en el automóvil y se dirigió a la granja. Allí lo ató y descuartizó. El sheriff Art Schley Todos estos detalles se incluyeron en la declaración del fiscal del distrito, Earl Kileen, y ésta a su vez fue remitida a la prensa a la mañana siguiente. El fiscal añadió que algunos de los restos humanos encontrados probablemente pertenecían a gente joven, y que, por las mutilaciones que presentaba el cuerpo de la señora Worden, “parecía que se hubiera practicado canibalismo”. En seguida los reporteros acumularon todo tipo de detalles espeluznantes sobre el caso y los mandaron a los periódicos. Las noticias llegaron hasta Chicago. Mientras tanto, el propio Kileen fue a interrogar a Gein. El fiscal quiso saber más detalles sobre lo acaecido con el cadáver. Gein comenzó a describir cómo había atado el cadáver, luego lo desangró en una pila y después enterró la sangre en un agujero en el suelo. Cuando Kileen le preguntó si alguna vez había desollado un ciervo, Gein contestó: “Supongo que en ese momento pensaba en eso”. La policía en la "Granja de los Horrores" Luego se le pidió que hiciera una lista completa de todos los cráneos, trozos de piel y otros restos humanos encontrados en su granja. Sin embargo, el acusado, respondió: “Que yo sepa, sólo he matado a Bernice Worden”. Y, ante el asombro de todos los detectives, comentó que los otros cadáveres los había sacado del cementerio. Explicó que en los últimos años sentía de vez en cuando la necesidad de profanar tumbas. En muchos casos había conocido a las víctimas en vida y se enteraba de sus muertes leyendo los periódicos. Así que, la misma noche del entierro, se dirigía al Cementerio de Plainfield, sacaba el cadáver y rellenaba otra vez la tumba con lo que él llamaba “su pastel de manzana”. El Cementerio de Plainfield Gein confesó que en muchas de estas expediciones nocturnas sentía pánico al acercarse a una tumba y volvía a casa. No podía recordar cuántos cadáveres había desenterrado. Cuando se le preguntó si alguna vez mantenía algún tipo de relación sexual con los cadáveres robados, algo que estaba en la mente de todos, lo negó con la cabeza y gritó: “¡No, no! Huelen muy mal”. También negó categóricamente las acusaciones de canibalismo. Mientras Gein confesaba, el funeral de Bernice Worden tenía lugar en la Iglesia Metodista. Después fue enterrada en el Cementerio de Plainfield. El lunes por la tarde, Ed Gein compareció en el juzgado bajo la acusación de robo a mano armada de la caja registradora de la tienda de Worden. La oficina del fiscal del distrito quería posponer los cargos por asesinato hasta que las pruebas forenses finalizaran y el prisionero fuera sometido a un detector de mentiras. Después lo condujeron hasta su granja, donde enseñó a la policía y a un grupo de periodistas que los acompañaban el lugar en donde estaba enterrada la sangre de Bernice Worden. Gein escoltado de regreso a "La Granja de los Horrores" Gein también fue interrogado por sheriffs del condado vecino de Portage acerca de Mary Hogan. Ellos ya sabían que se había encontrado su cabeza en la granja. Durante el interrogatorio Gein se mostró confundido, otras veces guardó silencio, pero finalmente negó conocerla, aunque admitió haber ido a su bar una o dos veces. Al día siguiente, se le permitió finalmente a la prensa, que para entonces había hecho de la ciudad su lugar de residencia, entrar en la Granja Gein y ver así por sus propios ojos la miseria en la que vivía el hombre al que la prensa ya había bautizado como “El Carnicero de Plainfield”. Los titulares: la prensa estalló ante el Caso Gein El miércoles 27 de noviembre los vecinos de Gein condujeron a la policía hasta un vertedero de su propiedad, a pocos pasos de la granja. Habían visto a Gein por allí muchas veces, pero siempre pensaron que se dedicaba a enterrar basura. Al excavar allí descubrieron un esqueleto, con un diente de oro, y cuyo cráneo era demasiado grande para ser el de una mujer. Se especuló entonces con la posibilidad de que el cadáver fuera el de Ray Burgess, un granjero del lugar que, algunos años antes, en 1952, había desaparecido, junto con un amigo suyo, cuando ambos iban de caza. Después de los descubrimientos llevados a cabo durante dos semanas, la gente de Plainfield estaba convencida de que el monstruo que vivió entre ellos durante tanto tiempo era capaz de cualquier cosa. Un estupefacto Bob Hill observa el interior de la Granja Gein, hogar de su amigo de toda la vida Mientras tanto, el acusado era sometido a exhaustivos exámenes psicológicos en el Hospital Central del Estado y por segunda vez al detector de mentiras. Se confirmó que Gein sólo había asesinado a Bernice Worden y a Mary Hogan; y que el resto de los cadáveres mutilados que se encontraron procedían del cementerio. Entre las pruebas psicológicas que se le aplicaron, estaba el estudio de coeficiente intelectual de Wechsler, que reveló que, en muchos aspectos, era “bastante inteligente”, incluso por encima de la media, pero que tenía grandes dificultades para expresarse y comunicarse en otros términos más simples. Junto con esto, los psicólogos del Hospital establecieron que Gein padecía un trastorno emocional que le llevaba a comportarse en algunas ocasiones de manera irracional, pasando luego por periodos de más calma durante los que sentía remordimientos. Las lecturas de Gein Descubrieron también que su desarrollo sexual y emocional se había producido muy tardíamente por culpa de la represión ejercida por su madre, y que se creó un mundo de extrañas fantasías, en el que sus sentimientos con respecto a las mujeres se confundían con el dolor que sentía por la muerte de su madre y el temor a transgredir su propio y peculiar código moral. Según Gein, Bernice Worden y Mary Hogan “no eran buenas mujeres”. No llegó a decir que merecieran la muerte, pero sí que estaban destinadas a morir de forma violenta y que él no era más que el instrumento para realizarlo. La supuesta novia de Ed Gein Gein admitió haber robado nueve cadáveres, todos ellos de mujeres de mediana edad. Una vez más, describió con calma lo que había hecho con estos cadáveres. A menudo se paseaba por la granja vestido con las ropas hechas con piel humana y bailaba bajo la luz de la luna llena en un extraño ritual; dijo que uno de sus principales deseos era ser capaz de realizarse una operación para convertirse en mujer. Esto hizo enmudecer a los que le interrogaban. Sin embargo, no comprendía qué tenía de malo mutilar cuerpos sin vida, y parecía estar muy orgulloso de los conocimientos anatómicos adquiridos con estas actividades. Firma y huellas dactilares de Ed Gein Con respecto a la habitación de su madre y su cadáver reseco, Gein confesó que en una ocasión creyó que podría devolver la vida a su madre mediante el cuerpo de otra mujer; y se sintió muy defraudado cuando su plan fracasó. También comentó que en los años posteriores a la muerte de su madre había sufrido alucinaciones; hablaba de "extraños olores" que seguía percibiendo incluso en el hospital Central del Estado. Cuando le preguntaron qué tipo de olor era aquél, contestó: “Huele a carne humana”. Unos curiosos observan el interior de la Granja Gein El 18 de diciembre, los médicos que le habían examinado se reunieron para revisar el caso, bajo la dirección del Dr. Edward F. Schubert, director del hospital. Concluyeron que Gein estaba loco y que por consiguiente no estaba en condiciones de asistir a un juicio. Decidieron que permaneciera en el hospital hasta Navidad y se enviaron los informes de los psicólogos a la oficina del fiscal general. El manicomio donde Gein fue internado Gein compareció ante el juez Bunde la mañana del 6 de enero de 1958 y sentado en el banquillo de los acusados escuchó impasible, comiendo chicle, el testimonio de tres expertos psicólogos entre los que se encontraba Schubert. Después de escucharlos, el juez no dudó en aceptar las recomendaciones de los expertos, y Ed Gein fue internado en el manicomio del Estado por tiempo indefinido. Ed Gein ingresa al manicomio de Mendota La decisión levantó una oleada de protestas entre los habitantes de Plainfield, enfurecidos por el hecho de que el hombre que había convertido su ciudad en una pesadilla no iba a ser juzgado. En un intento de aplacar su furia, el fiscal general, Walter Honeck, escribió una carta en la que decía que el internamiento de Gein no excluía automáticamente la posibilidad de un juicio en el futuro y que se le examinaría con regularidad a fin de comprobar si se producía una mejoría en su estado. En su nuevo hogar, Gein mejoró y fue un prisionero modelo. Se llevaba bien con sus guardianes y, a diferencia de los otros internos, nunca necesitó sedantes. También demostró tener gran habilidad en los trabajos de artesanía de la prisión, y con el pequeño salario que tenía se compró una radio. La Granja de los Horrores En marzo, cuando parecía que las aguas volvían a su cauce, de nuevo se encresparon los ánimos cuando se anunció que todas las propiedades de Gein iban a ser vendidas en pública subasta y que los posibles compradores podrían visitar la granja, previo pago de cincuenta centavos, pago necesario para evitar posibles mirones. En vez de pensar que esto les beneficiaría, los habitantes de Plainfield interpretaron que esta subasta, que tendría lugar el 30 de marzo, Domingo de Ramos, suponía una afrenta a sus convicciones religiosas. Los vecinos del condado de Waushara inspeccionaron la propiedad de Gein en marzo de 1958, antes de que se propusiera subastarla. A los ciudadanos de Plainfield les escandalizó. Finalmente, se tomaron la justicia por su mano. La subasta nunca tuvo lugar. La noche del 20 de marzo, un pueblo entero vio cómo la granja de Gein ardía en llamas, lo que muchos vecinos interpretaron como la manifestación de la, justicia divina. Entre los allí reunidos estaba Frank, el hijo de Bernice Worden. Nunca se supo qué o quién provocó el incendio y el único comentario de Gein al respecto fue: “Pues está bien”. Posibles compradores de la Granja Gein, antes del incendio En otra subasta de propiedades de Gein, un misterioso postor pagó la exorbitante suma de setecientos sesenta dólares por su ruinoso coche Ford de 1949. La explicación de esta extraña compra se reveló dos meses más tarde en Seymour, Wisconsin. Los visitantes de la Feria Anual del Condado se encontraron con un cartel que decía: “¡Vea el coche que transportaba los muertos! ¡Está aquí! ¡El coche de los crímenes de Gein!” Aquellos lo suficientemente curiosos para pagar veían el coche de Gein, ahora limpio, con una falsa mancha de sangre en el asiento de atrás. Dos mil personas pagaron veinticinco centavos cada una por echar un vistazo al coche. Este rasgo de ingenio de un tal Bunny Gibbons, esta atracción itinerante, fue pronto prohibida por las autoridades. El automóvil de Gein, atracción en una feria En mayo de 1960, unos perros que husmeaban por lo que antes había sido la Granja Gein descubrieron un montón de huesos humanos: una pelvis y huesos de manos y piernas. Así pues, tras examinar todos los restos encontrados, la cuenta total de las víctimas de Gein ascendía a quince cadáveres, incluyendo los dos de las víctimas asesinadas, Bernice Worden y Mary Hogan. En esos días circulaba un chiste: “¿Por qué Ed Gein puso calefacción en su casa?” “Para que a sus muebles no se les pusiera la carne de gallina”. Un anciano Ed Gein rumbo a una audiencia para pedir su libertad En febrero de 1974 se elevó una petición en el juzgado del condado de Waushara pidiendo que, después de dieciséis años de internamiento y dado que Gein había recuperado por completo su salud mental, se le permitiera salir del manicomio. Después de estudiar la petición, el juez del distrito Gollmar pidió al hospital para enfermos mentales del Estado que se le practicara, de nuevo, una serie de pruebas psicológicas cuyos resultados serian oídos en la sala al día siguiente. Antes de la audiencia, Gein estuvo charlando amigablemente con los reporteros allí reunidos y les contó que deseaba ver algo más de la vida y que planeaba dar la vuelta al mundo. Pero los cuatro doctores que prestaron testimonio al juez coincidieron en que este psicópata de avanzada edad no debía ser puesto en libertad. Uno de los doctores dijo que, aunque Gein parecía estar bastante recuperado, en determinadas circunstancias podría ocurrir que la enfermedad que había padecido durante tantos años volviera a presentarse. Gein se mostró tranquilo y sumiso durante todo su juicio. Después de que el juez Gollmar ordenara de nuevo su internamiento en el hospital psiquiátrico, declaró cerrado el caso. A continuación, Ed Gein se levantó del banquillo y salió de la sala entre una nube de reporteros y fotógrafos. Ed Gein acosado por la prensa durante su audiencia En 1979, un año después de que Gein fuese trasladado desde el hoy desaparecido Hospital Central del Estado al Instituto Mendota, se produjo un crimen atroz en Milwaukee. Una mujer de 86 años, Helen Lows, fue hallada muerta en su habitación. La habían golpeado hasta matarla y posteriormente le arrancaron los ojos y el cuero cabelludo. Pocas semanas después, un hombre llamado Pervis Smith fue arrestado por el crimen. En 1974 había sido admitido corno paciente en el Hospital Central del Estado. Smith dijo a la policía que mientras estuvo allí hablaba a menudo sobre asesinatos, mutilaciones y mascarillas mortuorias con su mejor amigo, “el pequeño Eddie Gein”. En su libro Mi vida con los asesinos en serie, la psiquiatra Helen Morrison da cuenta de su encuentro con Gein en el manicomio de Mendota, donde se encontraba recluido: “No era lo que esperaba de un hombre tan famoso. Al fin y al cabo, era el hombre en que se basaba el personaje de Psicosis creado por Robert Bloch y filmado por Alfred Hitchcock y el primer asesino en serie de Estados Unidos que se había convertido en una celebridad. Sin embargo, cuando por fin lo conocí, estaba sentado, encorvado, viejo y solo. La sala estaba iluminada por el resplandor de un televisor en blanco y negro. A escasos metros se oían carcajadas y el murmullo de conversaciones. Ed Gein estaba sentado en solitario, alejado del humo de los cigarrillos que envolvía a unos cuantos hombres que jugaban cartas y bebían café. Nadie en aquella sala comunitaria a de pacientes y enfermeras sabía mucho acerca de él, de quién era y de lo que había hecho en el pasado. Gein nunca miraba más allá de las ventanas protegidas por una malla metálica, ni para observar el lago azul grisáceo de las inmediaciones ni para ver pasar a otras personas por el sendero que conducía hasta el invernadero situado justo bajo su ventana. Sencillamente permanecía callado. El Hospital Psiquiátrico de Mendota “Era una sombra del hombre al que los pequeños de Wisconsin conocían como al Hombre del Saco. ‘No crucéis la calle’, les advertían sus madres. ‘No vayáis hasta el río, no juguéis en las vías del tren ni bajéis al sótano o, si no, Ed Gein os comerá’. Los niños las escuchaban y más tarde, cuando esos niños fueran padres, advertirían también a sus hijos. Alrededor de las hogueras de los campamentos se contaban historias de terror sobre él. Incluso existían camisetas y muñecos con su rostro. Un humorista aficionado había escrito canciones acerca del asesino en serie con buenos modales para cantarlas al son de la antigua tonadilla de la serie televisiva de la década de los sesenta, Los Beverly Ricos. Ed Gein ya no era el asesino loco retratado en libros mal escritos sobre casos reales, ni la figura psicópata utilizada como base para la interpretación que Alfred Hitchcock hizo del relato de Robert Bloch, Psicosis. Y por descontado, no era un ser sobrehumano. Como paciente del Mental Health Institute de Mendota, Ed Gein sólo era un hombre viejo y agotado que se preparaba para la muerte. Yo trabajaba como psiquiatra en el Mendota (…) Aproximadamente un mes después de empezar a trabajar allí, me acerqué a Ed Gein y le comenté que me gustaría hacerle unas preguntas. Le expliqué que era doctora y que no tenía intención de dar aún más bombo a su vida, que ya había sido pasto de la prensa sensacionalista hasta la saciedad. Me incliné para mirarle directamente a los ojos y le dije: —Sólo quiero entenderle un poco mejor. —Ya lo he explicado todo. —Será sólo una conversación breve, Ed... —Bueno, siéntese— dijo, señalándome con la mano una silla que había al lado. Escena de Psicosis, de Alfred Hitchcock “Ed Gein sufría demencia senil y su memoria a corto plazo estaba seriamente dañada (de hecho era casi inexistente), pero la demencia no le afectaba los recuerdos del pasado. Recordaba con claridad los detalles de lo que había ocurrido hacía mucho tiempo. Gein vivía pacíficamente en un entorno controlado y era una persona de carácter bondadoso y trato fácil. Parecía un hombre bueno... cuando no mataba. —He oído decir que hizo algunas cosas, Ed, algunas cosas que no estaban bien. —Hice algunas cosas, es cierto— dijo bruscamente, con una actitud algo altiva. Le había dado donde más dolía. No se trataba de que no le gustara que lo recordaran por sus crímenes del pasado. Como si de una atracción de circo se tratara, Gein había atizado el fuego y explicado su historia infinitas veces desde su detención en 1957. Durante aquella semana del 17 de noviembre, sus fechorías desbancaron la Guerra Fría y la carrera espacial de las portadas de la prensa del Medio Oeste de Estados Unidos, y Gein se convirtió en la noticia más importante. Fue condenado por el asesinato de Bernice Worden, a quien desolló, colgó y abrió en canal, como si fuera un animal que hubiera que despiezar para venderlo en el mercado. Desde el momento de aquel arresto, un ejército de policías, abogados y psiquiatras le habían formulado las mismas preguntas una y otra vez. Sórdidos periodistas y productores de Hollywood le habían prometido dinero y una posible libertad a cambio de su historia, pero, una vez les hubo contado lo que querían, desaparecieron como por arte de magia. En aquellos momentos, lo único que quería era que lo dejaran en paz. Guión para un documental sobre la película Psicosis “Pero yo seguí insistiendo (…) Pese a vivir en una ciudad habitada en su gran mayoría por gene conservadora y reservada, el joven Ed Gein era el prototipo de hombre amable del Medio Oeste estadounidense cuya timidez provinciana lo había convertido en el blanco de bromas mucho antes de que empezara a asesinar (…) En aquel sanatorio de Mendota, le pregunté: —Ed, cuentan que nunca superó la muerte de su madre. ¿Es cierto? —La quería. La quería mucho. Pero eso no quiere decir que no superara su muerte. Todo el mundo siente que su madre muera. —Sin embargo, cuentan que selló gran parte de su casa y la convirtió en un santuario dedicado a ella. También dicen que guardó a su madre en una habitación tras embalsamarla. —Aquello sólo eran experimentos. La casa era grande. Dejé su habitación tal como estaba. Sellé parte de la casa porque era demasiado grande para calentarla, demasiado espaciosa para una sola persona. “No obstante, sí era cierto que había cometido asesinatos, como si asesinar fuera un arte en el que intentara proclamarse el sumo maestro. En el interior de su morada se encontró un cuenco elaborado con la mitad de la calavera de una mujer, que serró y labró toscamente. También se halló un cinturón rígido decorado no con tachuelas, estrellas metálicas o nudos de cuero, sino con una cabeza, un corazón, pezones y narices humanos. De las puertas colgaban cabezas humanas que encontraron los niños a los que cuidaba y a quienes aseguró que se trataba de cabezas reducidas procedentes de los Mares del Sur que guardaba como recuerdo. Cuando aquellos niños, asustados, contaron a sus padres lo que habían visto, sencillamente no les creyeron. Gein era un excéntrico, comentaban los lugareños, pero nunca podría hacer nada malo. "Por desgracia, Gein no era sólo un excéntrico. Se alimentaba literalmente de muertos. En el cementerio de Plainfield, a unas millas de su hogar, excavó la tierra llena de larvas, levantó la tapa de los ataúdes y robó partes de los cuerpos de los muertos: extremidades, cabezas y pechos. Con la luna de Wisconsin como único testigo, se enfundaba en un disfraz confeccionado con retazos de piel y partes de cuerpos humanos, incluidos varios pechos y una vagina, y bailaba. Bailaba y cantaba, con voz suave, desfilando y contoneándose al ritmo de canciones que sólo él oía. ‘Sí, lo hice’, es todo lo que me dijo. Deseé haber obtenido más información directamente de Gein, pero estaba agotado y no le interesaba hablar”. Credencial del Club de Fans de Ed Gein Ed Gein murió por insuficiencia respiratoria el 26 de julio de 1984 en el Hospital Geriátrico para Enfermos Mentales de Mendota, en el que estaba internado desde 1978. Desde entonces, sus restos descansan en un sepulcro en el cementerio de Plainfield, al lado de la tumba de su madre. La tumba de Ed Gein Los crímenes de Ed Gein y sobre todo la extraña y enfermiza relación que mantenía con su madre, inspiraron directamente la novela Psicosis de Robert Bloch, que más tarde sería adaptada al cine por Alfred Hitchcock. Notas periodísticas sobre filmaciones basadas en Gein [img=http://bp3.blogger.com/_neT8fdNk1Ls/R_VeQQyPhxI/AAAAAAAACEQ/lYUZ

“Mis víctimas eran ligues de una noche. Siempre me dejaban claro que tenían que volver al trabajo. Y yo no quería que se fueran”. Jeffrey Dahmer Jeffrey Lionel Dahmer nació el 21 de mayo de 1960 en Milwaukee, en el estado estadounidense de Wisconsin. "El Carnicero de Milwaukee" cuando era bebé A diferencia de la generalidad de los asesinos seriales, tuvo una infancia feliz cobijado por sus padres, Lionel Dahmer y Joyce Flint. Tras reiteradas mudanzas, en 1967 la familia compró una casa en Bath, Ohio, donde Jeffrey pasó el resto de su infancia y adolescencia. Años después, Jeffrey Dahmer contaría cómo, cuando iba de pesca con su padre, le gustaba abrir en canal a los peces y ver cómo morían. A los diez años empezó a torturar a todo tipo de animales que cazaba en el bosque cercano a su casa. Una vez muertos, coleccionaba sus huesos. Tenía en formol varios tipos de insectos. El niño Dahmer durante Halloween Dahmer comenzó a ser cada vez más introvertido, aunque realizaba algunas actividades en la secundaria, como trabajar en el periódico y jugar al tenis. Era considerado por sus compañeros como alguien "raro", extravagante y que tenía problemas con el alcohol y la marihuana. Cuando tenía diecisiete años, sus padres se divorciaron. Su padre volvió a casarse meses después. En junio de 1978, cuando tenía veinte años, encontró a Steven Hicks haciendo autoestop, y lo llevó a su casa. Dahmer era homosexual y tenía la fantasía de recoger a un autoestopista y acostarse con él. Una vez en su casa, se dio cuenta de que Hicks no era homosexual y cuando éste quiso irse, Dahmer no pudo soportarlo y lo golpeó en la cabeza para luego estrangularlo con una pesa. Luego lo desmembró y lo puso en bolsas de plástico, y las metió en su coche con intención de tirarlas por un barranco. Dahmer en una obra de teatro estudiantil A medio camino, la policía lo detuvo por conducir demasiado a la izquierda. Le preguntaron por las bolsas que llevaba en el asiento trasero y Dahmer contestó que era basura. Le creyeron y como pasó el test del alcoholímetro, le pusieron una multa por conducir fuera de su carril y lo dejaron ir. Volvió a su casa con los restos del cadáver y los escondió en una tubería de su casa, donde permanecieron por varios años. Su padre y su madrastra lo convencieron para ir a la universidad, y en el otoño de 1978 ingresó en la Ohio State University. Pero sus problemas de alcohol hicieron que la abandonara en el siguiente semestre. Jeffrey Dahmer graduándose del bachillerato, acompañado de su padre Lionel En 1979, su padre lo convenció para entrar al ejército y fue enviado a Alemania, en donde permaneció unos años hasta ser dado de baja a causa de su alcoholismo. Dahmer en Alemania, fingiendo estar muerto Luego de vivir un tiempo en Florida, volvió a su casa en Ohio. Aprovechó para desenterrar los restos de su primera víctima, destruyó los huesos y los esparció en la maleza. Tras su primer asesinato se sintió culpable y asustado. Intentó reprimir sus deseos sexuales y homicidas acudiendo a la iglesia, dejando el alcohol y manteniéndose en estado de celibato. Vivió así un tiempo, lo que explica que pasaran casi diez años hasta su siguiente crimen. Con el tiempo pensó que podía intentar satisfacer algunos de sus deseos sin hacerle daño a nadie, volvió a beber y empezó a frecuentar lugares de ambiente gay. Dahmer se fue a vivir a casa de su abuela; allí tenía un maniquí que guardaba en su closet. Tenía relaciones sexuales con el maniquí y fantaseaba con que era un cadáver. La casa de la abuela de Jeffrey Dahmer En 1986 fue detenido por exhibicionismo público; poco antes había querido desenterrar a un joven muerto recientemente, para disfrutar de su cuerpo, pero el suelo helado a causa de las nevadas se lo impidió. En septiembre de 1987, conoció a Steven Toumi en un bar gay. Bebieron mucho y fueron a una habitación de hotel. Dahmer no recordaría cómo lo asesinó, sólo que cuando despertó a la mañana siguiente descubrió que el chico estaba muerto. Para deshacerse del cadáver, compró una maleta, en la que lo metió y llevó al sótano de la casa de su abuela. Allí tuvo sexo con el cadáver, después lo desmembró y lo tiró a la basura. Se quedó con la cabeza, a la cual hirvió y blanqueo, para después exponerla como trofeo en su habitación. A quienes preguntaban, les decía que había comprado el cráneo a un estudiante de Medicina. Algunos meses después conoció a su próxima víctima, Jamie Doxtator. Doxtator era un joven de catorce años que rondaba las puertas de los bares para homosexuales en busca de alguien con quien acostarse. De esta misma forma, Dahmer también conoció a Richard Guerrero en marzo de 1988. El bar gay donde Dahmer conocía a sus víctimas El 25 de septiembre de 1988 se mudó a un departamento en Milwaukee, donde su carrera criminal comenzaría realmente en serio. Al otro día de instalarse en su nueva casa, le ofreció cincuenta dólares a un chico laosiano de trece años para posar para unas fotografías, pero lo drogó y abusó de él. Los padres realizaron la denuncia y el 30 de enero de 1989 fue encontrado culpable, pero sólo permaneció en la cárcel diez meses antes de ser liberado. Cuando Dahmer, en condición de régimen semiabierto, solicitó la libertad bajo palabra, incluso su padre, uno de sus más acérrimos defensores, escribió al juzgado oponiéndose a su excarcelación antes de que finalizara el programa de tratamiento, pero aun así fue puesto en libertad. Ilustración de Rocko Mientras era procesado por abuso de menores, Dahmer conoció a Anthony Sears en un bar. Le ofreció dinero para sacarle unas fotografías y lo llevó a la casa de su abuela donde lo estranguló, tuvo sexo con su cadáver y lo desmembró. Él quería que sus amantes se quedaran en la casa con él y ante la negativa de éstos, los mataba. Luego de cumplir su condena por abuso y de mudarse a su departamento en Milwaukee, Dahmer asesinó a doce personas más, hasta julio de 1991. Su táctica era siempre similar: los invitaba a ver pornografía o a sacarse unas fotos, les ponía una droga en la bebida, los estrangulaba, tenía sexo con el cadáver y se masturbaba encima del cuerpo. Después tomaba fotografías de las víctimas y de cada etapa del desmembramiento. Solía utilizar ácidos para deshacer la carne y los huesos, pero solía conservar la cabeza y los genitales como trofeo. Llegó a comprar un barril que llenaba de ácido y tenía en un rincón de su casa. Cartel homenaje a Jeffrey Dahmer Otra de sus características era comer parte de sus víctimas, para alimentar la fantasía de que empezaban a formar parte de él. Practicó la necrofagia casi todo el tiempo y guardaba en su refrigerador varios trozos de carne envuelta en bolsas de plástico. Mandil con la imagen de Dahmer El 8 de julio de 1990, una de sus víctimas en potencia se puso a gritar con tal fuerza que Dahmer no tuvo más remedio que dejarla marchar; el incidente fue denunciado a la policía, con la descripción de un agresor llamado Jeff y la dirección de su apartamento, pero no se llevó a cabo ninguna investigación. Juguete inspirado en “El Carnicero de Milwaukee” La segunda oportunidad se dio a finales de mayo de 1991, cuando Dahmer secuestró en un centro comercial a otro muchacho laosiano que resultó ser el hermano pequeño del que tres años antes había conseguido escapar de él; se llamaba Konerak Sinthasomphone. En su departamento lo drogó y le realizó unas trepanaciones en el cráneo para inyectarle ácido en el cerebro; ya antes había tratado de crear un zombie con otra de sus víctimas, perforando la cabeza con un taladro y metiéndole agua hirviendo en el cerebro a través del orificio. Figura de plastilina El joven consiguió escapar cuando Dahmer salió a tomarse una cerveza a un bar. Dahmer lo había violado. El chico salió corriendo desnudo a la calle, donde se congregó una multitud que le prestó auxilio hasta la llegada de la policía. El muchacho no podía hablar porque estaba aturdido por el ácido que Dahmer le había inyectado en el cerebro. El edificio de departamentos donde Jeffrey Dahmer vivía y mataba Por increíble que parezca, los policías y los bomberos que acudieron a la llamada de urgencia se dejaron convencer por Dahmer, quien llegó cuando estaban atendiendo al chico: les aseguró que el muchacho era su amante y que estaba muy borracho. Los policías llegaron al extremo de acompañar al laosiano a casa de su agresor. Creyeron la historia del amante al ver las fotografías que Dahmer la había tomado al chico desnudo poco rato antes. La puerta del apartamento 213 La policía depositó al moribundo joven en una silla. Ni siquiera registraron la casa, ni vieron el santuario macabro que tenía; de hecho, se fueron rápido ante el hedor que desprendía el interior y que Dahmer atribuía a las cañerías del edificio; unos minutos después, el muchacho era estrangulado. Si la policía hubiese revisado el apartamento, habría encontrado un cadáver en una de las habitaciones, además de docenas de pruebas de otros asesinatos. El interior del departamento Dahmer quería tener control sobre sus víctimas, y su intención al realizar las trepanaciones era convertirlos en una especie de zombies que lo obedecieran ciegamente. Dijo que se obsesionó con crear un zombie porque quería un amante silencioso, que hiciera todo lo que él le pedía y que se quedara haciéndole compañía. Caricatura: Michael Jackson conoce a Jeffrey Dahmer También mostró interés por las ciencias ocultas. Dahmer quería construir lo que él unas veces llamaba “Centro de Poder” y otras “Templo”, formado por una larga mesa en la que colocaría seis calaveras. Dos esqueletos completos la flanquearían, uno a cada extremo, suspendidos del techo. Una gran lámpara se erguiría en el centro de la mesa y extendería seis globos de luz sobre las calaveras. El propósito de Dahmer era crear un entorno desde donde conectar con otro nivel de percepción o del ser, a fin de conseguir el éxito en el amor y las finanzas. Estaba además inspirado por las películas de la saga La guerra de las Galaxias, de George Lucas. Caricaturas sobre el multihomicida Alguna vez que Dahmer abrió un armario y el administrador olió el contenido de un barril de plástico con capacidad para más de cien litros, lleno de la solución de ácido que utilizaba para disolver los huesos, el administrador a punto estuvo de desvanecerse. El le explicó que allí vertía el agua sucia de la pecera y el hombre se lo creyó. Poco después, tiró el barril con su contenido y adquirió un enorme bidón azul de petróleo, donde guardaba los torsos. Las víctimas El 22 de julio de 1991, Tracy Edwards, su última víctima, consiguió escapar esposado. La policía lo vio y esta vez decidieron investigar. Fueron al apartamento del hombre que lo había raptado y al revisar la habitación descubrieron varias fotografías de cadáveres, restos humanos en el refrigerador y una cabeza en el congelador. También hallaron huesos, cadáveres a medio desmembrar, el barril lleno de ácido y las herramientas que Dahmer utilizaba para torturar y matar. Las paredes estaban llenas de sangre, había trozos de cuerpos mutilados, siete cráneos y muchos huesos. Curiosamente, Tracy Edwards, su víctima final, al salir a explicar su caso en televisión fue identificado como el acusado de una violación a una chica poco tiempo antes. Dahmer intentó huir, pero fue detenido. El arresto Días después, los vecinos de Dahmer dispararon a las puertas de su casa, ante el horror que causaron sus crímenes. El departamento de Dahmer, sellado Al principio Dahmer intentó negar sus crímenes, pero el cúmulo de pruebas encontradas (un barril lleno de restos humanos, cráneos puestos a secar y barnizados, el refrigerador con trozos de carne humana, centenares de fotos) le hizo cambiar de idea y facilitó una detallada descripción de los asesinatos. Las investigaciones de la policía No sólo confesó el asesinato de los jóvenes sino también una serie de prácticas que incluían copulación con los cadáveres, canibalismo y prolongadas torturas como preludio de los asesinatos. El juicio comenzó el 27 de enero de 1992. Desde el principio quedó claro que le impulsaba un trastorno mental, a pesar de que él hacía todo lo posible por disimular su enfermedad. La policía retira el bidón de los torsos y el refrigerador de Dahmer Los medios hicieron del juicio un verdadero circo. Bautizaron a Jeffrey Dahmer como “El Carnicero de Milwaukee”. Una legión de fans comenzó a elaborar pinturas con su rostro, cómics, camisetas, caricaturas y hasta canciones dedicadas al asesino. Revistas, periódicos y noticieros lo catapultaron al estrellato de los asesinos. Empezó a recibir cartas de fans y muchos seguidores lo convirtieron en su ídolo sangriento. Los psiquiatras que lo atendieron en la prisión le dijeron que estaba enfermo, por lo que se declaró culpable con atenuante de enajenación mental, para ser condenado a una cárcel especial para enfermos mentales, pero el atenuante fue finalmente rechazado. Dahmer fichado antes de su juicio Dahmer se mostró tan sincero y cooperador como muchos otros asesinos en serie, sin embargo ni él mismo podía entender cómo había sido capaz de cometer todas aquellas atrocidades. Además, era acusado de tener motivos raciales en sus homicidios, algo que él desmentía. Los familiares de las víctimas Como testigo de la Defensa, fue citado Robert K. Ressler, el investigador que creó el concepto de “asesino serial”. Ressler, responsable de la elaboración de perfiles sobre criminales violentos y fundador de la Unidad de Ciencias del Comportamiento en el FBI, había colaborado en docenas de casos sobre multihomicidas y realizado entrevistas con todos ellos. Ressler se había bautizado a sí mismo como “El que lucha con monstruos”, aludiendo a una frase de Nietzsche: “El que lucha con monstruos debe procurar no convertirse en uno. Cuando miras al abismo, el abismo también mira dentro de ti”. Robert K. Ressler: “El que lucha con monstruos” Sobre el Caso Dahmer, Ressler escribió en uno de sus libros: “En enero de 1991, unos meses después de mi retiro del FBI, la Universidad de Wisconsin me invitó a dar un curso de elaboración de perfiles criminales en Milwaukee. Era un encargo rutinario y no me detuve a pensar en las consecuencias hasta que por los titulares de la prensa me enteré de que el verano de aquel mismo año, habían detenido en Milwaukee a Jeffrey Dahmer. “Dahmer estaba acusado de diecisiete asesinatos en aquella zona y en los alrededores de la casa donde había transcurrido su infancia, en Bath, Ohio. Para mí fue una grata sorpresa recibir una carta, el mes de agosto, de un investigador que había asistido al curso y que en aquel momento participaba en el esclarecimiento del caso Dahmer. ‘No se puede figurar hasta qué punto han sido útiles sus explicaciones para abordar los sucesos ocurridos recientemente en Milwaukee’, decía. “Más tarde, mi intervención en el caso Dahmer fue más directa y personal. En otoño coincidieron en ponerse en contacto conmigo la Defensa y un policía que pasó mi historial profesional al Fiscal. Mi amigo (el abogado) Park Dietz iba a presentarse por la acusación, pero en aquella ocasión mi opinión difería de la suya y acepté asesorar a la Defensa. No es que creyera que Dahmer fuera inocente desde el punto de vista legal o médico, pero me parecía que existían circunstancias atenuantes que permitían plantear un caso de locura. Otras caricaturas sobre Jeffrey Dahmer “En mi opinión, Dahmer no respondía ni al perfil clásico del criminal organizado ni al del desorganizado: mientras que un asesino organizado sería legalmente cuerdo, y un asesino desorganizado sería para la ley claramente demente, Dahmer era ambas cosas y ninguna de las dos, una especie de criminal mixto, por lo que cabía la posibilidad de que un tribunal considerase que no estaba en su sano juicio cuando cometió algunos de sus últimos asesinatos. Si acepté, fue por la alegación que Gerry Boyle quería que Dahmer presentase. “El 13 de enero de 1992, Boyle anunció a la prensa y al tribunal que Dahmer, que en un principio se había declarado ‘no culpable por enajenación mental’, ahora se declaraba ‘culpable pero enajenado’. La alegación ‘culpable pero enajenado’ está prevista por la ley de Wisconsin, aunque no por la de otros muchos estados. En virtud de ella, fuera cual fuera el resultado del juicio, Dahmer pasaría el resto de sus días recluido en una institución segura. Si la defensa ganaba el caso, la institución sería un hospital psiquiátrico; si perdía, sería la cárcel. ‘Éste es un caso sobre el estado mental de Dahmer’, anunció Boyle a la prensa”. La celda de Dahmer En una entrevista realizada con Jeffrey Dahmer en la prisión y publicada en su libro Dentro del monstruo en 1997, Robert Ressler intentó una aproximación a la psique de Dahmer. Este es un extracto de esa entrevista histórica, desarrollada mientras se efectuaba el juicio del “Carnicero de Milwaukee”: “Imaginen, si así lo desean, una voz grave y sonora, aparentemente lacónica, reposada y fluida, pero con signos evidentes de una gran tensión y de esfuerzo por controlar lo que está diciendo. Hay que arrancarle las palabras. Para animarlo a seguir, yo murmuraba monosílabos de asentimiento después de cada frase, pero los he eliminado de la transcripción para facilitar la lectura. Dahmer quería dar la impresión de que colaboraba y de que recordaba lo que había hecho con cierta objetividad, como si el autor de los asesinatos hubiera sido otra persona muy distinta”. Robert Ressler entrevistando a Jeffrey Dahmer en la biblioteca de la prisión Robert Ressler: Retrocedamos a la época de Bath, cuando cometiste tu primer delito, y quitaste la vida a un ser humano. ¿Antes de eso...? Jeffrey Dahmer: No hubo nada. RR: ¿Ninguna agresión, ni nada parecido? JD: No. Violencia contra mí, sí. Fue a mí a quien atacaron, sin motivo. RR: ¿Puedes describir brevemente lo que ocurrió? JD: Había ido a visitar a un amigo y volvía de noche a casa; vi que se me acercaban tres chicos del instituto, estudiantes de último año. Uno de ellos sacó una porra y me golpeó en la nuca. Así, sin motivo. Eché a correr. RR: Hablemos un poco de la ruptura de tu familia. Es doloroso para mucha gente, para la gente que ha hecho lo mismo que tú, y puede convertirse en un elemento importante de su vida. Permíteme que te pregunte: ¿en algún momento sufriste alguna agresión sexual? JD: No. RR: Entonces, ésta no fue la causa. He oído de tu interés por diseccionar animales y cosas por el estilo. ¿Cuándo empezó? JD: A los quince o dieciséis años. (En la clase de Biología) nos hicieron diseccionar un lechón. RR: ¿Cómo describirías tu fascinación por, bueno, por la desmembración (Dahmer se ríe) de animales? JD: Pues... uno fue un perro grande que encontré en la carretera. Iba a separar la carne, blanquear los huesos, reconstruirlos y venderlo. Pero no llegué a hacerlo. No sé cómo empecé a meterme en esto; es una afición un poco rara. RR: Me parece recordar que pusiste la cabeza en un palo y lo dejaste detrás de tu casa. JD: Fue una broma. Encontré al perro y lo rajé para ver cómo era por dentro. Después se me ocurrió que sería divertido clavar la cabeza en una estaca y dejarla en el bosque. Llevé a uno de mis amigos y le dije que me lo había encontrado entre los árboles. También le tomé una fotografía. RR: ¿Qué edad tenías entonces? JD: Creo que dieciséis. RR: Tenías unos dieciocho años cuando cometiste el primer asesinato, ¿no es cierto? JD: Antes llevaba un par de años teniendo la fantasía de encontrar a un hombre guapo haciendo dedo y (pausa dramática)... gozar sexualmente de él (…) Ocurrió por casualidad una semana que no había nadie en casa. Mi madre estaba fuera con David, en un motel a unos ocho kilómetros; yo tenía el coche, eran más de las cinco de la mañana y regresaba a casa después de haber bebido. No buscaba a nadie, pero a un kilómetro de casa, lo vi. Hacía dedo. No llevaba camisa y era guapo. Me sentí atraído por él. Pasé por delante de él, frené y pensé: “¿Qué hago? ¿Lo hago subir o no?” Le pregunté si quería fumar un porro y él respondió: “¡Estupendo!” Fuimos a mi habitación, bebimos unas cervezas y en el rato que pasamos juntos vi que no era gay. No sabía cómo retenerlo, más que agarrando la barra de las pesas y golpeándolo en la cabeza. Luego lo estrangulé con la misma barra (…) Estaba muy asustado por lo que había hecho. Anduve un rato de un lado para otro por la casa. Al final me masturbé (…) Más tarde bajé el cadáver al sótano. Me quedo allí, pero no puedo dormir, vuelvo a subir a la casa. Al día siguiente tengo que pensar en una manera de deshacerme de las pruebas. Compro un cuchillo de caza. Por la noche vuelvo a bajar, le abro el vientre y me masturbo otra vez. Historieta sobre el caníbal RR: ¿Te excitó sólo el físico? JD: Los órganos internos. RR: ¿Los órganos internos? ¿La acción de destriparlo? JD: Sí, luego le corto un brazo. Luego todo el cuerpo en pedazos. Meto cada trozo en una bolsa y después todo en tres bolsas grandes de plástico para la basura. Pongo las bolsas en la parte trasera del coche y me voy a tirar los restos a un barranco, a quince kilómetros. Son las tres de la madrugada. Voy por una carretera secundaria desierta y, a mitad de camino, me para un policía, por ir demasiado a la izquierda. El agente pide refuerzos. Son dos. Me hacen la prueba de alcoholemia. La paso. Iluminan el asiento trasero con la linterna, ven las bolsas y me preguntan qué es. Les digo que basura, porque cerca de mi casa no hay ningún vertedero. Me creen a pesar del olor. Me ponen una multa por circular demasiado a la izquierda... y vuelvo a casa (…) (Las bolsas) las volví a dejar en el sótano. Agarré la cabeza, la lavé, la puse en el suelo del cuarto de baño, me masturbé; luego volví a meter la cabeza con el resto de las bolsas, abajo. A la mañana siguiente... metí las bolsas en una tubería de desagüe enterrada que medía unos tres metros. Aplasté la entrada de la tubería hasta cerrarla y las dejé unos dos años y medio dentro. RR: ¿Cuándo volviste a buscarlas? JD: Después del ejército, después de trabajar un año en Miami. Abrí la tubería, agarré los huesos, los rompí en trozos pequeños y los esparcí por la maleza. Receta de cocina humorística de Dahmer RR: ¿Tienes idea de dónde te vino esta fantasía de tomar a alguien por la fuerza? ¿También imaginabas quitar la vida a alguien? JD: Sí, sí. Todo... todo giraba alrededor de tener un dominio absoluto. Por qué, o de dónde me vino esto, no lo sé. RR: ¿Te sentías fuera de lugar en tus relaciones con la gente? JD: En el pueblo donde vivía, la homosexualidad era el máximo tabú. Nunca se hablaba de eso. Yo sentía deseos de estar con alguien, pero nunca conocí a nadie que fuera gay, por lo menos que yo supiera; sexualmente era muy frustrante. RR: ¿Cómo te aficionaste a (las píldoras para dormir)? JD: Llevaba un tiempo yendo al sauna y la mayoría de los que conocía allí quería sexo anal; a mí esto no me interesaba, prefería encontrar una manera de quedarme toda la noche con ellos sin necesidad de esto. Parodia de un anuncio comercial incluyendo a Dahmer RR: En aquella época, ¿tenías intenciones de llevarte a alguien a casa? JD: No, en absoluto. Por eso empecé a utilizar el maniquí. ¿Sabía esto? Buscaba la manera de satisfacerme sin hacer daño a nadie. RR: ¿Intentaste apartarte de todo esto? JD: Sí. Durante dos años. Alrededor de 1983 empecé a frecuentar la iglesia con mi abuela. Quería enderezar mi vida. Iba a misa, leía la Biblia, intentaba apartar todo pensamiento relacionado con el sexo, y durante esos dos años salí adelante. Pero una noche, en la biblioteca local, leyendo un libro y pensando en mis cosas, se me acercó un chico, me tiró una nota en el regazo y se alejó apresuradamente. La nota decía: “Si bajas al lavabo de la planta baja, te la chupo”. Me lo tomé a broma y no le di más importancia. Pero unos dos meses después empecé otra vez, el impulso, la compulsión. Aumentó el deseo sexual. Volví a beber y a frecuentar los sex-shops. En aquel tiempo tenía controlado el deseo, pero quería encontrar la manera de saciarme sin hacer daño a nadie. Así que me hice socio del sauna, iba a bares gay e intentaba obtener satisfacción con el maniquí. Luego ocurrió el incidente del cementerio. Leí la esquela de un joven de dieciocho años y me presenté en el tanatorio. Vi el cadáver y era un hombre muy atractivo. Cuando lo hubieron enterrado, agarré una pala y una carretilla con la intención de llevarme el cadáver a casa. Alrededor de medianoche me dirigí al cementerio, pero el suelo estaba helado y tuve que abandonar mi propósito. RR: ¿Descubriste que en los bares era fácil conseguir que alguien se fuera contigo? JD: Exacto. Era un muchacho muy guapo. Le invité a la habitación del hotel. Estuvimos bebiendo. Yo tomaba Coca Cola con ron de alta graduación. Le hice beber a él también y se quedó dormido. Yo seguí bebiendo y debí de quedarme en blanco, porque no recuerdo nada de lo que ocurrió hasta que me desperté por la mañana. El estaba tumbado de espaldas, con la cabeza colgando del borde de la cama; yo tenía los antebrazos llenos de contusiones y él algunas costillas rotas y otras lesiones. Al parecer, lo había golpeado hasta matarlo (…) No recuerdo haberlo hecho y no tenía ninguna intención de hacerlo (…) Estaba horrorizado. Pero tenía que hacer algo con el cadáver. Lo encerré en el armario, me fui al centro comercial y compré una valija grande con ruedas. Lo metí dentro. Reservé la habitación para otra noche. Me quedé ahí sentado, aterrorizado. La noche siguiente, a la una de la madrugada, abandoné el hotel, pedí al taxista que me ayudara a meter la valija en el portaequipajes, y me dirigí a casa de mi abuela. Escondí la valija en el sótano y lo dejé allí aproximadamente una semana. RR: ¿Y no despedía ningún olor? JD: No, porque hacía frío. Era la Fiesta de Acción de Gracias y no podía hacer nada porque iban a venir unos familiares de visita. RR: ¿Por qué no dejaste el cadáver en la habitación? JD: Porque estaba a mi nombre. Primer arresto de Dahmer RR: Sigamos. Tienes el cadáver escondido allí abajo una semana… JD: Mi abuela sale un par de horas para ir a la iglesia, y yo bajo a buscarlo. Agarro un cuchillo, le rajo el estómago, me masturbo, luego separo la carne y la meto en bolsas, cubro el esqueleto con una colcha y lo hago pedazos con una maza. Lo envuelvo todo y el lunes por la mañana lo echo a la basura. Excepto el cráneo. El cráneo me lo guardé (una semana). Lo metí en lejía concentrada para blanquearlo. Quedó limpio, pero demasiado frágil y lo tiré. Comercial humorístico de taladros RR: Con el joven laosiano te salió el tiro por la culata. La policía te detuvo. JD: Mmm-hmm. El agente y yo volvimos al apartamento. Registraron la casa. No encontraron el cráneo que tenía en una cómoda del vestíbulo (…) Estaba debajo de la ropa. En Ohio se les pasaron por alto las bolsas de basura y ahora no veían el cráneo. RR: Si lo hubieran encontrado, las cosas habrían cambiado considerablemente, ¿verdad? JD: Sí. Y salir del hotel como lo hice. No era nada normal. Cuestión de suerte. Dahmer y su padre, Lionel, en una entrevista con los medios RR: Según parece, habías elaborado un plan muy detallado para convencer a la gente de que fuera contigo. Estabas seguro de que siempre lo conseguirías. JD: Sí. Pero algunas veces no funcionaba. Algunas veces, muy pocas, estaba muy borracho, y me llevaba a alguien que no era tan atractivo como había creído, y por la mañana tenía resaca y se iba. Otras veces no quise matarlos, porque no quería estar con ellos. Esto me ocurrió tres o cuatro veces. Otras noches no quería estar con nadie y volvía a casa a ver un video o leer. RR: No tenías muchas cintas de video. JD: A medida que pasaban los años, fui dejando de lado los videos y las revistas que no me atraían. Aparte de las películas porno, veía las del Jedi, la trilogía de La guerra de las galaxias. El personaje del Emperador, con su control absoluto, encajaba perfectamente en mis fantasías. Supongo que a mucha gente le gustaría tener el control total, es una fantasía muy común. RR: Tuviste algo con las ciencias ocultas. ¿Era un intento de conseguir más poder? JD: Sí, pero no fue nada serio. Hice algunos dibujos. Iba a librerías especializadas en ciencias ocultas y compraba material, pero nunca hice ningún ritual con las víctimas. Probablemente lo habría hecho seis meses más tarde, si no me hubieran detenido. RR: Tengo una copia de un dibujo tuyo. Es toda una fantasía, ¿eh? JD: Habría sido una realidad, con seis meses más. RR: ¿Qué había detrás del hecho de que conservaras los esqueletos, los cráneos, el pelo, las partes del cuerpo? JD: Conservar los cráneos era una manera de sentir que había sido un desperdicio total matarlos. Los esqueletos iba a utilizarlos para el Templo, pero ésta no fue la motivación para matarlos; se me ocurrió después. RR: Parece que tolerabas mal que la gente se marchara. JD: Mis víctimas eran ligues de una noche. Siempre me dejaban claro que tenían que volver al trabajo. Y yo no quería que se fueran. RR: Con el primer muchacho, al que intentaste convertir en zombie, no te salió bien. ¿Volviste a intentarlo? JD: Lo intenté otra vez, doblé la dosis y el resultado fue fatal. Esta vez no hubo estrangulamiento. Luego intenté inyectar agua hirviendo. Más tarde se despertó. Estaba muy aturdido. Le di más píldoras y volvió a dormirse. Esto fue la noche siguiente. De día lo dejaba allí. RR: ¿Hasta dónde perforaste el cráneo con el taladro? JD: Sólo hasta el hueso. Lo inyecté. Estaba dormido y salí a tomar una cerveza rápida al bar de enfrente antes de que cerrasen. Cuando volvía, le vi sentado en la acera y alguien había llamado a la policía. Tuve que pensar deprisa: les dije que era un amigo mío que se había emborrachado y me creyeron. En mitad de un callejón oscuro, a las dos de la madrugada, con la policía a un lado y los bomberos al otro. No podía ir a ninguna parte. Me pidieron el carnet de identidad y se los enseñé. Trataron de hablar con él y les respondió en su lengua. No había rastros de sangre; le examinaron y se creyeron que estaba completamente borracho. Me dijeron que me lo llevara adentro; él no quería entrar, pero entre dos agentes lo subieron al apartamento. RR: ¿Lo examinaron? JD: No. Lo tumbaron en el sofá y echaron un vistazo al apartamento. No entraron en mi dormitorio. Si lo hubieran hecho, habrían visto el cadáver (de una víctima anterior) que aún estaba allí. Vieron las dos fotos que le había sacado antes al muchacho, que estaban encima de la mesa del comedor. Un agente le dijo al otro: “¿Lo ves? Ha dicho la verdad”. Y se marcharon. Segundo arresto de Dahmer RR: ¿Cuánto esperaste para descuartizarlo y deshacerte del cadáver? JD: Hasta el día siguiente. RR: ¿Cuánto tardaste? JD: Unas dos horas (…) Tenía mucha práctica. Es un trabajo sucio. Trabajaba deprisa. Siempre en la bañera. RR: Y te deshiciste de él. ¿Arrojaste mucho por el inodoro? ¿No se atascaba? JD: No, jamás se me atascó. Titular durante el juicio RR: ¿Cómo ocurrió que empezaras a comer cadáveres? JD: Mientras desmembraba (a uno de ellos). Guardé el corazón. Y los bíceps. Los corté en pedazos pequeños, los lavé, los metí en bolsas de plástico herméticas y las guardé en el congelador; buscaba algo más, algo nuevo para satisfacerme. Después los cociné y me masturbé mirando la foto. RR: ¿Nunca sentiste inclinación por los niños? ¿Cuáles eran tus preferencias? JD: Los hombres hechos y derechos (…) Todo el mundo cree que era una cuestión racial, pero eran diferentes. El primero era blanco, el segundo era un indio norteamericano, el tercero era hispano y el cuarto era mulato. El único motivo de que levantara hombres negros era que en los bares gay eran mayoría (…) Recuerdo a uno; nos desnudamos. Estuvimos en la cama, acariciándonos. Nos masturbamos. Y lo encontré tan atractivo que quise conservarlo. El Tribunal, poco antes del inicio del juicio RR: ¿Qué había dentro del bidón azul? JD: Los torsos sin cabeza (…) Era para el ácido. Para tratar los torsos. El bidón para los torsos RR: ¿Cuál era el propósito de las lámparas? JD: Eran globos azules. Apagaba la luz de arriba y conseguía dar una atmósfera misteriosa y oscura al escenario. Efectos especiales. Como en las películas del Jedi. Una sesión del juicio RR: ¿Y lo de tus lentes de contacto amarillos? JD: Los dos protagonistas de estas películas llevaban unas lentes en los ojos que emanaban poder. Formaba parte de mi fantasía. Comienza el juicio de Dahmer, quien viste la camisa a rayas perteneciente a una de sus víctimas RR: ¿Y por qué barnizar los cráneos? JD: Para darles un aspecto más uniforme. Después de unas semanas, algunos no estaban tan blancos como los otros y tenían un aspecto artificial, como fabricados para un anuncio. RR: ¿Qué pasó con aquel muchacho que golpeaste con un martillo? JD: Se marchó furioso, diciendo que iba a llamar a la policía. Quince minutos más tarde, regresó. Llamó a la puerta y le dejé entrar. Dijo que necesitaba dinero para el teléfono, o el taxi, o no sé qué. Me pareció increíble que volviera. ¿Puede creérselo? (…) Tenía miedo de dejarlo ir otra vez; forcejeamos unos cinco minutos. Los dos estábamos agotados. Estuvimos en el dormitorio hasta las siete de la mañana. Lo calmé; me prometió que no llamaría a la policía. Fuimos a la esquina, paré un taxi y ésa fue la última vez que lo vi. RR: ¿Qué tipo de persona habrías deseado como compañero sexual? JD: Me habría gustado tener un hombre blanco bien desarrollado y complaciente. Habría preferido tenerlo vivo y que estuviera siempre a mi lado. RR: ¿Que saliera a trabajar y que llevara una vida normal, o que sólo estuviera contigo? JD: Que sólo estuviera conmigo. RR: ¿Alguna vez pensaste que el otro había hecho algo mal y que tú tenías justificación para...? JD: No. Esto es lo que creía Palermo, el psicólogo forense: que yo lo hacía para librar al mundo de malvados. Y no lo hacía por eso. Nada de psicologías profundas, ¿eh? No siempre funcionan. “Nos reímos y dimos por terminadas las sesiones. Dahmer aceptó volver a recibirme después del juicio para que yo siguiera con las entrevistas. Le dije que se cuidara y que fumaba demasiado. Me respondió que si terminaba teniendo un cáncer y se moría, solucionaría el problema a todos los que no sabían qué hacer con él”. Todos los presentes en el juicio pudieron darse cuenta de hasta qué punto sus compulsiones y fantasías se habían apoderado de su mente, empujándole a seguir asesinato tras asesinato. Después del veredicto habló por primera vez al tribunal diciendo: “Señor juez, todo ha terminado. Me siento muy mal por lo que hice a esas pobres familias y comprendo su merecido odio. Asumo toda la culpa por lo que hice. He hecho daño a mi madre, a mi padre y a mi madrastra, pero los quiero mucho”. Los padres de Jeffrey Dahmer durante el juicio Un jurado corroboró que una persona, para ser considerada enferma mental, debe comportarse como tal la mayor parte del tiempo. Por consiguiente, consideró que Dahmer estaba legalmente en su sano juicio al cometer los crímenes. Una vez emitido este veredicto, el jurado tuvo que considerar a Dahmer culpable de quince asesinatos y fue condenado a quince cadenas perpetuas, lo que equivaldría a unos 936 años de cárcel. En Wisconsin no existe la pena de muerte. La prisión Fue enviado al Columbia Correctional Institute en Portage donde, para su seguridad, no tenía contacto con los presos comunes. Pero Dahmer pidió a las autoridades tener más contacto con los otros presos, por lo que comenzó a comer con ellos y a realizar algunas tareas de limpieza. La madre de Dahmer El 28 de noviembre de 1994 realizaba tareas de limpieza con Christopher Scarver, un esquizofrénico de raza negra, y Jesse Anderson, que había asesinado a su esposa y culpado a un hombre negro. Christopher Scarver, el asesino de Dahmer La combinación de presos era muy peligrosa. Los guardias encontraron a Dahmer agonizante a causa de una golpiza y a Anderson mortalmente herido. Christopher Scarver cumplía cadena perpetua y había sido condenado a pesar de haber afirmado que unas voces le decían que era el Hijo de Dios, y le advertían acerca de si podía o no confiar en una persona. Dahmer fue trasladado al hospital, pero murió poco después. La llegada de Dahmer al hospital Para muchos, la muerte violenta de Dahmer fue un final apropiado; hubo otros, sin embargo, entre ellos algunos columnistas, que se enfurecieron porque Scarver había privado a los ciudadanos del derecho de tener a Dahmer purgando durante muchos más años los crímenes cometidos. La muerte de Dahmer en la revista People Los médicos extrajeron el cerebro de Jeffrey Dahmer para estudiarlo. Meses después, los padres de Dahmer se pelearon por la posesión de su cerebro, llegando incluso a enfrentarse ante los tribunales. La madre deseaba venderlo a un hospital de investigación mental, mientras que el padre sólo deseaba enterrarlo lejos de todo el mundo. Titular sobre el cerebro de Dahmer Además de inspirar ensayos, poemas, pinturas, discos e imitadores, en 2002 se estrenó una deficiente película llamada Dahmer basada en su historia real, protagonizada por Jeremy Renner. En 2008 le tocó el turno a Raising Jeffrey Dahmer, con el punto de vista de su padre. También hubo un amplio número de documentales. Dahmer terminó siendo conocido no sólo por la cantidad de personas que asesinó, sino también por practicar la necrofilia y el canibalismo, y por su manía de efectuar perforaciones en el cráneo para inyectar a sus víctimas agua hirviendo o ácido en el cerebro. Su gusto por desmembrar el cuerpo de sus víctimas y conservar sobre todo los torsos (por los que sentía adoración) y las cabezas, lo catapultó al Salón de la Fama de los asesinos seriales. Nota manuscrita de Jeffrey Dahmer Colección de objetos sobre Dahmer Fuente de Información: En el Post hay muchas Imagenes que no he puesto porque eran de Morbo y mal gusto, pero el que desee verlas lo puede hacer entrando a la pagina que les deje arriba. Aquí les dejo una videografia de este asesino en serie...Esta traducida en español europeo..Bueno gente sera hasta la próxima... Adiós.
Les voy a dejar unos temas de (The Comsat Angels) una de mis bandas favoritas de Post-Punk, para motivar un poco esta Historia de Miedo. "Soy un error de la naturaleza, una bestia enfadada". Andrei Chikatilo en su declaración a los medios. Andrei Romanovich Chikatilo nació en Yablochnoye, una pequeña aldea de Ucrania en los tiempos de la hambruna, en la década de los treinta, cuando morían millones de personas cuyos cadáveres se amontonaban en calles y campos. Siendo niño, escuchó en el regazo de su madre una historia que lo estremeció: Stephan, su hermano mayor había sido raptado y devorado por hambrientos campesinos. Aunque no era un caso aislado en aquellos duros años, el hecho marcó notablemente al niño, quien desarrolló un miedo constante a ser raptado y devorado también. En la escuela era muy introvertido y arrastró multitud de complejos que le atormentaban. Incapaz de aceptar su miopía, tuvo sus primeras gafas hasta los treinta años. A los doce aún padecía de enuresis y se orinaba en la cama sin advertirlo. Siempre era humillado por sus otros compañeros, él se limitaba a escuchar y a aguantar. No hacía nada por remediarlo, tampoco cuando le empezaron a llamar marica, ni cuando le pegaban arrojándole una manta por encima y lo sacaban de las aulas a patadas. A medida que iba creciendo, su timidez con las mujeres era más y más marcada. Su primera experiencia sexual fue al eyacular tras unos pocos segundos mientras abrazaba a una chica. Como todos los ciudadanos soviéticos que habitaban en la URSS, sirvió en el Ejército Rojo y luego se dedicó a los estudios, obteniendo tres títulos: en Lengua y Literatura Rusas; en Ingeniería y en Marxismo-leninismo. Para 1971, obtuvo el grado de Maestro en Filología. Chikatilo era políglota y además un respetado miembro de la intelectualidad soviética. Más tarde se refugió en el comunismo y llegó a ser un miembro destacado del Politburó, pero su fijación con el dogma político rayaba en el fanatismo. Mientras sus credenciales académicas aumentaban, también lo hacía su atracción por las niñas, todas menores de doce años. Se colaba en los dormitorios estudiantiles para verlas en ropa interior mientras se masturbaba con la mano dentro del bolsillo. A pesar de sus problemas, pudo encontrar una esposa, y aunque era impotente y la mayoría de las veces no lograba conseguir ni sostener una erección, consiguió dejarla embarazada. Era un marido sumiso y asexual. Hacía todo lo que su mujer le ordenaba... o casi todo. Ella solía desear las relaciones sexuales con más frecuencia que él, y eso los llevaba a frecuentes discusiones, ya que ella le recordaba en todo momento lo taciturno e inerte que era. Chikatilo con su esposa e hijo Pese a ello, Andrei Chikatilo era un marido amoroso, de carácter estable y trabajador, un padre de familia responsable que nunca levantaba la voz ante los hijos, un respetado miembro del Partido Comunista que leía los periódicos y se mantenía al corriente de los sucesos de actualidad. Discreto, vivía con la rigurosa austeridad que correspondía a un verdadero soviético. Para su frustración, en la escuela en la que trabajaba sus alumnos se burlaban de él, le apodaban "La Gansa" porque sus largos hombros encorvados hacían que su cuello pareciese alargado. Chikatilo en sus días de catedrático El 22 de diciembre de 1978 abordó en la calle a una niña de nueve años de edad, y la convenció para que se fuera con él a una cabaña que poseía en las afueras de la ciudad. Sabía cómo hablarles a los niños, él mismo había sido maestro y tenía a sus dos hijos. La cabaña Una vez en su propiedad, la desnudó con violencia. Accidentalmente, le hizo un rasguño del que brotó sangre, hecho que le causó una erección inmediata. Ilustración de Rocko Ante el estupor de Chikatilo por este hecho, se formó el vínculo fatal entre sangre y sexo. Sacó entonces un cuchillo y se lo clavó a la niña en el estómago. Con cada puñalada notaba que se acercaba más al orgasmo, por lo que no cesó de hacerlo hasta la eyaculación. La penetración ritual con el arma blanca le mostró un nuevo mundo de sensaciones que iniciaría su escalada homicida. Chikatilo había intentado satisfacer su necesidad sexual movido por la esperanza de llegar a ser igual que los demás, pero asumió que no lo era. Se dio cuenta de que su placer no derivaba de acariciar los genitales ajenos, sino de maltratarlos. Dos días después del crimen, la policía encontró los restos de la niña en un río cercano, y cerca de la cabaña de Chikatilo una gran mancha de sangre. Le habían sacado los ojos; esta mutilación se convertiría en la firma de los crímenes de Chikatilo. Los policías interrogaron al hombre, pero acabaron inculpando a otro agresor sexual: Alexander Kravchenko. Chikatilo al inicio de su carrera criminal En 1981, se convirtió en funcionario de abastecimiento de una fábrica y el trabajo, que le obligaba a recorrer una buena parte de la región, le proporcionó la oportunidad perfecta. El 3 de septiembre de 1981 abordó a Larisa Tkachenko, prostituta de 17 años de edad. La convenció de ir con él al bosque para tener relaciones sexuales, pero falló en el intento, por lo que ella se río de él. Esto lo enfureció, perdió el control, la estranguló y eyaculó sobre el cadáver. Luego comenzó a lanzar aullidos mientras bailaba una danza de guerra alrededor del cuerpo, dejando un palo enterrado en el cuerpo. En esos momentos supo que volvería a matar. Los dos primeros asesinatos de Chikatilo tuvieron cierto carácter fortuito. Es posible que, en ambos casos, sus intenciones fueran solamente de índole sexual. Los gritos de terror le excitaban, pero era el asesinato en sí lo que representaba para él un acto sexual supremo. Su tercera víctima fue Lyuba Biryuk, raptada de una villa, llevada al bosque y acuchillada cuarenta veces. Algunas de las víctimas de Chikatilo Chikatilo asesinó a otras tres personas ese año; entre ellas se encontraba su primera víctima masculina, Oleg Podzhivaev de nueve años de edad. El cuerpo no se encontró, pero Chikatilo afirmó ser el responsable y declaró que le había arrancado los genitales. En 1984 asesinó a quince personas. Mientras el tiempo entre sus asesinatos iba disminuyendo, el número de víctimas iba en ascenso. Durante doce años, Chikatilo asesinaría a 53 personas. Tenía un aspecto de lo más inofensivo, y los niños veían en él un hombre amable e indefenso. Sus víctimas eran niños, niñas y chicas muy jóvenes. Entre ellos había muchos que se habían escapado de casa y victimó también a retrasados mentales, pues se dejaban convencer más fácilmente y agradecían su ayuda en el laberinto del sistema de transportes local, con el que no estaban familiarizados. Chikatilo los elegía entre la multitud en estaciones ferroviarias y en paradas de autobús y con algún pretexto, los convencía para que lo siguieran a alguna zona boscosa. Una vez allí les infligía entre treinta y cincuenta puñaladas. La Estación de Trenes de Rostov Todas sus víctimas sufrían la mutilación de los ojos. A las adolescentes o chicas jóvenes les seccionaba los pechos o los pezones, ya fuera con sus afilados cuchillos o con los dientes. El útero era extirpado con tal precisión que todos los cirujanos de la provincia de Rostov pasaron a ser sospechosos en potencia. Pero su alegría sexual duró poco: pronto se descubrió eyaculando precozmente. Mientras violaba a sus víctimas por ano o vagina, se enfurecía por llegar rápidamente al orgasmo y les machacaba la cara a golpes. Muchas veces, su problema de impotencia se manifestó también al cometer los ataques. En esas ocasiones, para demostrar que sí había podido violarlos, colocaba el semen en la vagina o el ano de la víctima con la ayuda de una ramita. En el caso de los niños, los atacaba nada más hallarse a solas con ellos en el bosque: un golpe para aturdirlos con las manos atadas y unos golpes de cuchillo, poco profundos, para establecer su dominio sobre ellos. Posteriormente los mutilaba a mordiscos, les cortaba los genitales o solamente extirpaba los testículos, que guardaba a modo de trofeo. También arrancaba los ojos de todas sus víctimas, para evitar encontrarse con sus miradas. En ninguno de los casos se encontraron las partes del cuerpo seccionadas en las cercanías de la escena del crimen. Todos estos actos los realizaba mientras aún estaban vivos: disfrutaba con el control y la dominación ejercida por medio de la tortura. Chikatilo practicaba además el canibalismo; en sus declaraciones confesó que le gustaba tragarse las partes del cuerpo más blandas. Cuando apareció el cadáver número treinta, los periódicos empezaron a dar noticias del posible asesino en serie. Todos creían que se trataba de un retrasado mental, a pesar que la policía no estaba de acuerdo, pues la amplia dispersión del asesino indicaba que éste disponía de un vehículo, factor que en la URSS era eliminativo. Era obvio que los crímenes eran obra de un asesino serial, pero el gobierno se negaba a reconocerlo: afirmaban que los asesinos seriales eran un producto del capitalismo estadounidense y en la URSS no podían surgir. Pese a ello, el Instituto Serbsky de Moscú diseñó el perfil de un hombre ostensiblemente normal, probablemente casado, con un trabajo regular. Por el semen hallado en los cuerpos de sus víctimas, se supuso que su tipo de sangre era del grupo AB. El 14 de septiembre de 1984 detuvieron a Chikatilo en el mercado de Rostov, pues en líneas generales encajaba con la descripción del asesino, pero no pudieron demostrar nada más. Chikatilo parecía un hombre respetable y tras hacerle un análisis de sangre, ésta resultó ser de grupo A. Enseguida fue puesto en libertad sin cargos. Retratos robot del sospechoso Para esas alturas, los archivos de la policía contenían datos de unos 26,500 sospechosos. Posteriormente Chikatilo fue acusado de haber robado un rollo de linóleo de su oficina. Siete meses después, con ese caso aún pendiente, fue arrestado por comportamiento impropio en la estación de autobuses de Rostov y sentenciado a quince días en prisión. Sentenciado a un año de cárcel por el robo del linóleo, el juez simpatizó con él y lo liberó antes. El primer arresto de Chikatilo El 17 de octubre de 1990, Chikatilo volvió a matar en un bosque cercano a la estación de Donlesjoz. Este crimen absorbió a toda la policía local y a una fuerza antidisturbios de cien hombres. Pero dos semanas después, el criminal volvió a actuar, y ésta vez fueron seiscientos detectives los encargados de investigar a lo largo de la línea de los bosques, en dónde montaban guardia tres o cuatro oficiales en las terminales más aisladas. El 6 de noviembre de 1990, uno de estos detectives, el sargento Igor Rybakov, vio surgir del bosque a un hombre con traje y corbata. Mientras observaba cómo éste se lavaba las manos en la fuente, advirtió que tenía un dedo vendado y una mejilla manchada de sangre. Le pidió sus documentos y levantó un informe de rutina. Cinco días después encontraban un nuevo cadáver en ese mismo lugar, el cual estimaron que llevaba muerto más o menos una semana. El homicida tenía que haber pasado por la estación, y el culpable no podía ser otro que el sospechoso del informe de Rybakov. El fiscal general de la provincia de Rostov emitió una orden de detención contra Chikatilo, efectiva a partir del 20 de noviembre de 1990. Y ese mismo día, en efecto, fue retenido por la KGB, sospechoso de haber asesinado a treinta y seis víctimas, todas ellas mujeres y niños. La celda de Chikatilo Por alguna extraña razón, su esperma, aunque no su sangre, sí daba el tipo AB. Chikatilo, con paso lento, se quejaba: "¿Cómo pueden hacerle esto a una persona de mi edad?". En los interrogatorios afirmó que simplemente era un ciudadano normal, que no había cometido ningún tipo de delito, y que era objeto de una persecución absurda por parte de la policía. El nuevo arresto de Chikatilo El 27 de noviembre prometió que estaba dispuesto a aportar pruebas de sus crímenes, si no continuaban atosigándole con los interrogatorios que le recordaban los detalles, y dos días después se derrumbó ante un psicólogo a quién acabó confesando 53 asesinatos. Posteriormente guió a los investigadores a los distintos lugares con la esperanza de que el número de muertes lo convirtiera en un "espécimen de estudio científico". El interrogatorio Escribió una declaración firmada para el Fiscal General, que decía: "Me detuvieron el 20 de noviembre de 1990 y ha permanecido bajo custodia desde entonces. Quiero exponer mis sentimientos con sinceridad. Me hallo en un estado de profunda depresión y reconozco que tengo impulsos sexuales perturbados, por eso he cometido ciertos actos. Anteriormente busqué ayuda psiquiátrica por mis dolores de cabeza, por la pérdida de memoria, el insomnio y los trastornos sexuales. Pero los tratamientos que me aplicaron o que yo puse en práctica no dieron resultado. Mapa de Rostov “Tengo esposa y dos hijos y sufro una debilidad sexual: impotencia. La gente se reía de mí porque no podía recordar nada. No me daba cuenta de que me tocaba los genitales a menudo y sólo me lo dijeron más tarde. Me siento humillado. La gente se burla de mí en el trabajo y en otras situaciones. Me he sentido degradado desde la infancia y siempre he sufrido. En mi época escolar estaba hinchado a causa del hambre e iba vestido con harapos. Todo el mundo se metía conmigo. Los cuchillos utilizados por el infanticida “En la escuela estudiaba con tanta intensidad que a veces perdía la consciencia y me desmayaba. Soy un graduado universitario. Quería demostrar mi valía en el trabajo y me entregué a él por completo. La gente me valoraba, pero se aprovechaba de mi carácter débil. Ahora que soy mayor, el aspecto sexual no tiene tanta importancia para mí, mis problemas son todos mentales. “En los actos sexuales perversos experimentaba siempre una especie de furor, una sensación de no tener freno. No podía controlar mis actos. Desde la niñez me he sentido insuficiente como hombre y como persona. Lo que hice no fue por el placer sexual, sino porque me proporcionaba cierta paz mental y espiritual durante largos periodos. Sobre todo después de contemplar todo tipo de películas sexuales. Lo que hice, lo hice después de mirar los vídeos de actos sexuales perversos, crueldades y horrores”. Chikatilo sale custodiado rumbo al Tribunal Lo que la policía dedujo de esta declaración, es que el asesino trataba de buscarse una posible salida alegando enfermedad mental. Chikatilo mostraba una obsesión por recibir tratamiento psiquiátrico. Los psiquiatras del Instituto Serbsky, no obstante, lo veían como un sádico que no sufría ningún trastorno que pudiera impedirle saber que sus actos estaban mal; sus acciones eran premeditadas. Por esa razón, en octubre de 1991, dieron a conocer sus conclusiones, diagnosticando que el asesino estaba "legalmente cuerdo". El juicio se inició en abril de 1992 y duró hasta octubre de ese mismo año. Chikatilo, afeitado y con la cabeza completamente rasurada, presenció su juicio desde una jaula de metal, como si fuera un animal salvaje. Siempre vistió su camisa favorita: blanca, roja y negra, estampada con los cinco aros olímpicos. Chikatilo encerrado en una jaula El primer día deleitó a los fotógrafos esgrimiendo una revista porno, pero más tarde, abatido, se quitó la ropa y meneó su pene fláccido gritando: "Fíjense qué inutilidad. ¿Qué pensaban que podía hacer con esto?" El juicio fue un circo mediático. Los familiares de las víctimas gritaban y lloraban en el tribunal. Los jueces no dudaron en anunciar el veredicto que habían nominado: el 15 de octubre de 1992 fue sentenciado a la pena capital. Chikatilo fue ejecutado en la prisión de Moscú entre el 14 y el 16 de febrero de 1994, con un disparo en la nuca. Se rodaron dos cintas basadas en su vida y en sus crímenes. La primera fue filmada para la televisión y se tituló Ciudadano X; la segunda se llamó Evilenko. Pero, más que su aportación cinematográfica, Chikatilo se convirtió en el ejemplo más notorio de que el fenómeno de los asesinos seriales no era privativo de los Estados Unidos. Chikatilo despidiéndose antes de su ejecución Fuente de Informacion: En el Post hay Muchísimas Imágenes que no puse porque era morbo total y de mal gusto, pero de todas formas el que las desee ver puede hacerlo entrando a la pagina que les deje arriba y también podrán ver una videografia de este asesino en serie bien explicada.