InicioInfoEd Kemper "El Cazador de Cabezas" (Parte 2)
Los amigos de Kemper en el Jury Room no podían creer la noticia. Lo habían visto siempre como a un gigante amable y sociable, un hombre cordial, contrario a todo tipo de violencia o estallido de cólera. Los psiquiatras que lo habían atendido en el hospital de Atascadero se reunieron para tratar de comprender lo sucedido y aparte de insistir en el hecho de que habían aconsejado mantenerlo alejado de su madre, sus conclusiones fueron poco definitivas. La psiquiatría en general se vio atacada. Herbert Mullin y John Frazier, los otros dos asesinos en serie que actuaban en Santa Cruz al mismo tiempo que Ed Kemper, obtuvieron el alta, como él, en un hospital psiquiátrico. Esto creó una grieta en la confianza pública y los especialistas tuvieron que confesar que toda decisión de liberar a un enfermo mental con un historial de violencia entrañaba un gran riesgo.

A pesar de su larga y detallada confesión, los motivos de Kemper para asesinar continuaron siendo muy confusos. Él mismo proporcionó varias explicaciones incoherentes, y a veces contradictorias, sobre su comportamiento. Se divertía discutiendo con la policía y otros investigadores, tal y como había hecho previamente con los psiquiatras. Sin embargo, cuando se le preguntaba en profundidad sobre su hogar o sobre cosas de las que no deseaba hablar o ni siquiera pensar, cambiaba de tema y empezaba a describir detalladamente los crímenes y las disecciones, complaciéndose con morboso ingenio. En muchos aspectos, Ed Kemper era la personificación del clásico criminal sádico. Este sadismo se manifestaba no sólo en los asesinatos en sí, sino en el placer que sentía asustando a sus víctimas. Cuando Mary Ann Pesce no demostró ningún terror, él se sintió inquieto.

La pala utilizada por el asesino
Ed Kemper "El Cazador de Cabezas" (Parte 2)

Kemper obtenía un placer extra recorriendo de nuevo los escenarios de los crímenes, los lugares donde había enterrado a las víctimas o pasando en su coche junto a las casas de las jóvenes muertas para saborear el dolor de las apenadas familias. Su excelente memoria le permitía volver a representar mentalmente los asesinatos una y otra vez, extrayendo de ello hasta la última gota de placer. A veces disimulaba las razones de sus actos como parte de un plan maestro, como, por ejemplo, cuando aseguró que cortaba las cabezas de sus víctimas con objeto de impedir la identificación. En otras ocasiones confesó que la decapitación era un ingrediente del placer. Recordaba el momento en que cortó la cabeza de Anita Luchessa: “En aquel momento sentí un placer sexual. Era una especie de exaltación, una cosa de tipo triunfante, como el cazador que consigue la cabeza de un ciervo o un alce”.

Así presentó los crímenes en el juicio, deseaba aparecer como un loco más que como un malvado. Insistió en que mató a las chicas como había matado a su gata cuando era niño: para hacerlas suyas: “Cuando estaban vivas, las sabía distantes, sin ninguna comunicación conmigo, y yo intentaba establecer una relación”. En la búsqueda de las víctimas había una completa excitación sexual. Hablaba de “retorcimientos” cuando las buscaba y de “pequeñas sensaciones” que le recorrían el cuerpo al acercarse a la presa.

Kemper dirige a la policía al sitio donde enterró un cadáver
asesino en serie

Incongruentemente, Kemper combinaba su desviación sexual con una moralidad remilgada. Cuando en la confesión se refería a sus víctimas, lo hacía siempre llamándolas por su apellido: señorita Koo, señorita Pesce y así sucesivamente. También aparecía esta veta puritana en su creencia de que las chicas autoestopistas se lo estaban buscando al exhibir su cuerpo en las carreteras. Los confusos sentimientos de Ed Kemper hacia las mujeres reflejaban, en cierto modo, la relación con su madre. A pesar de describirla como una “perra dominante”, la veía con una mezcla de amor y de odio.

psicopata

La mayoría de los psiquiatras estuvo de acuerdo en que las muertes de las seis chicas y, por supuesto la de la abuela, se debieron a que Kemper estaba preparando el terreno para asesinar a su madre, que le había encerrado y que, según él, era culpable de la ausencia de su padre. Sin embargo, su muerte no le produjo sensación de catarsis o sentimientos de satisfacción personal; simplemente le causó una profunda depresión. En los asesinatos había un aspecto sociológico tanto como psicológico. Kemper trataba siempre de elegir víctimas de clase media acaudalada: “Yo intentaba herir a la sociedad donde más le doliera y eso era buscando futuros miembros de la sociedad burguesa: de clase alta o de clase media alta. Se pavoneaban por delante de mis narices porque podían hacer todas las malditas cosas que les vinieran en gana”.

enfermo mental

La confesión grabada de Ed Kemper, una larga y desapasionada descripción de los asesinatos, se reprodujo en el juicio unos meses después y revolvió el estómago de los agentes de policía e hizo que perdieran el conocimiento algunos familiares de las víctimas. En Santa Cruz, Kemper pasó a ocupar una celda junto a la de Herbert Mullin, al que detestaba porque, afirmó, "había matado sin tener unas buenas razones para ello”. Aborrecía, además, las canciones que entonaba.

Ed Kemper

James Jackson, defensor público del Condado de Santa Cruz, fue el encargado de la defensa de Kemper. Era una ardua empresa, ya que su cliente lo había confesado todo y el letrado no pudo encontrar ningún psiquiatra o psicólogo que testificara a su favor. Jackson y un joven detective privado, Harold Cartwright, interrogaron a Kemper en su celda durante horas, tratando de encontrar alguna prueba de locura.

historia de miedo

Ambos tenían la impresión de que el acusado reservaba algo, pero nunca descubrieron de qué se trataba. Por otra parte, cuando en octubre se inició el juicio presidido por Harry F. Brauer, Ed Kemper se declaró “no culpable por motivos de locura”. La primera actuación de la defensa consistió en reproducir las cintas con las confesiones del inculpado. Las familias y los amigos de las víctimas le oyeron describir disecciones, decapitaciones, planes de asesinato, compra de armas, necrofilia, destazamiento de cadáveres, apuñalamientos, disparos y enterramientos. La defensa solicitó ausentarse de la sala mientras se escuchaban las cintas, pero su petición fue denegada. Luego testificaron los forenses que habían encontrado grandes charcos de sangre seca en el interior del Ford Galaxy y los testigos de la policía que describieron el arresto del acusado.

El juicio de Ed Kemper
cazador de cabezas

El 29 de octubre, Ed Kemper se presentó con una muñeca vendada. Por segunda vez desde la detención, había intentado suicidarse cortándose las venas con una pluma que le dejó un periodista e impidiendo después todo tipo de ayuda hasta que pudieron dominarlo. La mayor parte de las tres semanas que duró el juicio se dedicaron a los testigos médicos. El doctor Joel Fort describió al acusado como un maníaco sexual, pero llegó a la conclusión de que estaba mentalmente sano, aunque era un psicópata.

Ed Kemper "El Cazador de Cabezas" (Parte 2)

Otros especialistas citados por la acusación estuvieron completamente de acuerdo con su dictamen. Fort insinuaba que el diagnóstico de esquizofrenia paranoide hecho cuando Kemper tenía quince años era erróneo. Después del juicio, los psiquiatras que examinaron a Kemper y vieron su historial insistieron en que el diagnóstico primitivo era correcto.

asesino en serie

Kemper ocupó el banquillo de los testigos el 1 de noviembre. Apareció emocionado, lloroso a veces y en un estado de nervios que nunca mostró en sus declaraciones ante la policía. Cuando le preguntaron por qué había confesado, afirmó: “Quiero ayuda. Si voy a una penitenciaría, me encerrarán en un cuarto pequeño, donde no podré hacer daño a nadie y quedaré libre de todas mis fantasías”.

psicopata

Vacilante, Kemper trató de describir su mundo imaginario; empezó con las visiones de paz y bienestar de su primera infancia, y continuó con las fantasías de adolescente pervertido en el hospital psiquiátrico de Atascadero y sus espeluznantes sueños de matanza total. En sus conclusiones, el abogado defensor James Jackson, presentó a su cliente como un campo de batalla entre el bien y el mal, donde una parte de su carácter “lucha por estar con nosotros y la otra se escabulle a su propio mundo de fantasía, donde se siente feliz”.

enfermo mental

A pesar de la elocuencia de la defensa, el jurado permaneció reunido durante cinco horas antes de declarar al acusado culpable de ocho cargos de asesinato en primer grado. Puesto que la pena de muerte en aquellos años estaba prohibida en el Estado de California, el juez Brauer condenó a Ed Kemper a cadena perpetua, con la firme recomendación de que nunca obtuviera la libertad. No hubo apelación. Desde la condena, el 8 de noviembre de 1973, Ed Kemper comenzó a cumplir las ocho sentencias a cadena perpetua en el California Medical Facility de Vacaville. En la época de dicha condena, la ley californiana permitía la libertad condicional a los sentenciados a cadena perpetua una vez transcurridos seis años en prisión. Ed Kemper comenzó a solicitarla en 1978, pero la comisión se la denegó y lo siguió haciendo cada vez que la presentó.

El fiscal
Ed Kemper

Kemper utilizaba su humor negro en parte para divertirse pero las más de las veces, lo hacía para impresionar a quienes le escuchaban. Le gustaba reírse tanto del dialecto californiano como de sí mismo, y en sus declaraciones afirmó que le gustaba decapitar a las autoestopistas como medio para “descubrir qué les pasaba por la cabeza”, o que cortarles las manos a dos de sus víctimas había sido producto de “una segunda reflexión”. Se sirvió de los trucos humorísticos al uso en Hollywood para impresionar a una entrevistadora enviada por una revista de detectives que intentó sonsacarle su actitud con las mujeres: “¿Qué piensa ahora cuando ve a una joven guapa caminando por la calle?” Kemper respondió: “Una parte de mí dice: ‘Guau, qué chica tan buena, me gustaría salir con ella’; la otra parte dice: ‘¿Cómo se vería su cabeza clavada en una estaca?’”.

Entrevista con Kemper para una revista
historia de miedo

En 1988, la Corte rechazó un informe psiquiátrico del doctor Jack Fleming, en el que lo describía como “apto para quedar en libertad”. En 1977, Kemper solicitó una autorización para que le operasen en una zona del cerebro, ya que deseaba “reconducir los circuitos eléctricos del cerebro”, pero su petición fue denegada. El doctor Hunter Brown, de Santa Mónica, California, se había ofrecido a realizar gratuitamente la operación. En 1981, Kemper recibió públicamente un premio por sus trabajos de reproducción de libros para ciegos con un equipo de quince reclusos a sus órdenes.

cazador de cabezas

Años después, Robert K. Ressler, ex agente del FBI e investigador, quien acuñó el término de “asesinos seriales” y desarrolló un sistema para crear perfiles de criminales, realizó una entrevista con Kemper en la prisión. Incluida en su libro Asesinos en serie, Ressler narra así la tenebrosa experiencia:

“Estaba terminando mi tercera entrevista con Edmund Kemper, un hombre enorme que medía 2 metros y cinco centímetros, pesaba casi 136 kilos, era extremadamente inteligente, había matado a sus abuelos durante su infancia, había pasado cuatro años en reformatorios y, al salir, había matado a ocho personas más, entre ellas, su madre. Le habían caído siete cadenas perpetuas consecutivas. Había ido a entrevistarle a la prisión de Vacaville, California, en dos ocasiones más, la primera con John Conway y la segunda con Conway y mi colega en Quantico, John Douglas, al que estaba introduciendo en este campo. Durante la entrevista profundizamos bastante en el pasado de Kemper, sus motivaciones para matar y las fantasías relacionadas con los asesinatos. Era un hombre de gran complejidad intelectual que no sólo había matado a sus víctimas, sino que también las había decapitado y descuartizado. Nadie jamás había hablado con él de la forma en que nosotros lo habíamos hecho, ni con tanta profundidad. Yo estaba tan contento con la buena relación que había logrado con Kemper que me decidí a tener una tercera sesión con él, a solas. La conversación tuvo lugar en una celda justo fuera del corredor de la muerte, la clase de celda que se emplea para dar la última bendición a un preso que está a punto de morir en la cámara de gas. Aunque Kemper no estaba aislado de la población reclusa general, éste era el lugar que las autoridades habían elegido para nuestra entrevista. Tras conversar con Kemper en esta celda cerrada y claustrofóbica durante cuatro horas, tocando temas relacionados con las conductas más depravadas, consideré que habíamos llegado al final y pulsé el botón para avisar al guardia que me dejara salir.


Ed Kemper "El Cazador de Cabezas" (Parte 2)

“No apareció nadie, así que seguí con la conversación. La mayoría de los asesinos en serie son personas solitarias pero, aun así, les gusta todo lo que alivie el aburrimiento de la cárcel, como mis visitas. Piensan en muchas cosas y, cuando tienen delante a un buen entrevistador, tienden a hablar. También es bastante fácil prolongar las conversaciones con ellos. Sin embargo, Kemper y yo ya habíamos llegado al término de nuestra entrevista y, después de unos minutos más, pulsé el botón por segunda vez, todavía sin respuesta. Quince minutos después de la primera vez, pulsé el botón por tercera vez y nadie vino. Debió de pasar una expresión de miedo por mi cara, a pesar de mis intentos por mantener la calma y la frialdad, y Kemper, muy sensible a la psique de los demás (como la mayoría de asesinos), la detectó.

“‘Tranquilo. Están cambiando de turno y dando la comida a los que están en las zonas de seguridad’. Sonrió y se puso de pie, acentuando su tamaño enorme. ‘Puede que tarden quince o veinte minutos en venir por ti’.


asesino en serie

“Aunque creía mantener una actitud de calma y tranquilidad, estoy seguro de que esa información provocó señales de pánico más claras en mí y Kemper reaccionó ante ellas. Me dijo:

“‘Si ahora se me cruzaran los cables, ¿no te parece que lo pasarías mal? Te podría arrancar la cabeza y ponerla sobre la mesa para que el guardia la viera al entrar’.


psicopata

“Mi cabeza daba mil vueltas. Me imaginaba cómo vendría por mí con sus largos brazos, inmovilizándome contra la pared, estrangulándome y retorciendo mi cabeza hasta romperme el cuello. No necesitaría mucho tiempo y, con la diferencia de tamaño que mediaba entre los dos, seguro que acabaría rápidamente con mi resistencia. Él tenía razón: me podía matar antes de que yo o cualquier otra persona pudiera hacer algo al respecto. Le dije, pues, que si se metía conmigo, tendría serios problemas.

“Se burló: ‘¿Qué pueden hacer? ¿Impedirme ver la tele?’ Contesté que con total seguridad terminaría encerrado en «El Agujero» (la celda de aislamiento), durante un periodo extremadamente largo. Los dos sabíamos que el aislamiento del Agujero deja a muchos reclusos al menos temporalmente locos.


enfermo mental

“Kemper le restó importancia, diciendo que ya era un experto en eso de estar en la cárcel, que podría aguantar el dolor del aislamiento y que ello no duraría para siempre. Al final, su situación volvería a ser más normal y los inconvenientes no serían nada en comparación con el prestigio que ganaría entre los otros reclusos por haberse cargado a un agente del FBI. Mi pulso corrió los cien metros planos mientras intentaba pensar en algo que decir o hacer para impedir que Kemper me matara. Estaba bastante seguro de que Kemper no lo haría, pero no tenía la total seguridad, ya que, a final de cuentas, se trataba de un hombre extremadamente violento y peligroso que, como él decía, tenía muy poco que perder. ¿Cómo había podido ser yo ser tan estúpido como para entrar en ese cuarto sin acompañante? De repente, supe cómo me había metido en esa situación. ¡Que precisamente tuviera que ser yo el que cayera en la trampa! Había sucumbido a lo que los estudiantes de las situaciones con rehenes conocen como el «Síndrome de Estocolmo». Me había identificado con mi secuestrador y le había otorgado mi confianza. A pesar de haber sido el instructor jefe del FBI en tareas de negociación de rehenes, ¡había olvidado este dato fatal! La próxima vez no sería tan arrogante como para pensar que había logrado una buena relación con un asesino. La próxima vez.

Ed Kemper

“Le dije: ‘Ed, no me digas que crees que vendría aquí sin tener algún modo de defenderme’. Contestó: ‘No me jodas, Ressler. Aquí no te dejarían entrar con armas’. Kemper tenía razón, por supuesto. Los visitantes no pueden llevar armas dentro de las cárceles por temor a que los reclusos las cojan y las empleen para amenazar a los guardias o escaparse. No obstante, señalé que los agentes del FBI disfrutaban de algunos privilegios especiales que los guardias normales, policías y otras personas que entraban en una cárcel no tenían.

“‘Entonces, ¿qué tienes?’

“‘No voy a revelar lo que pueda tener o dónde lo pueda llevar’.

“‘Venga, venga. ¿Qué es? ¿Una pluma con veneno?’

“‘Quizá, pero también hay más tipos de armas’.

“Entonces Kemper se puso a pensar. ‘Artes marciales, pues. ¿Karate? ¿Eres cinta negra? ¿Crees que podrías conmigo?’


historia de miedo

“Con eso, pareció que la situación había cambiado un poco, si no se había invertido del todo. Había un matiz casi de cachondeo en su voz; eso deseaba yo, al menos. Pero no estaba seguro y Kemper comprendió que yo no estaba seguro e intentó seguir desconcertándome. Sin embargo, para entonces ya me había serenado un poco y pensé en mis técnicas de negociación de rehenes, la más importante de las cuales es que hay que seguir hablando y hablando y hablando, porque ganar tiempo siempre parece calmar los ánimos. Hablamos un rato sobre las artes marciales, que muchos presos aprenden para poder defenderse en el duro entorno penitenciario, hasta que finalmente apareció un guardia y abrió la puerta.

El investigador Robert K. Ressler
cazador de cabezas

“El procedimiento normal es que el entrevistador se quede en la habitación mientras el guardia lleva al preso de vuelta a su celda. Cuando Kemper se dispuso a salir con el guardia, me puso la mano en el hombro.

“‘Sabes que sólo estaba bromeando, ¿verdad?’

“‘Por supuesto, Ed’, dije, soltando un gran suspiro. Me propuse no volver nunca a ponerme ni a mí, ni a ningún otro entrevistador del FBI, en una situación similar. Desde entonces, nuestra política fue la de nunca entrevistarse a solas con un asesino, violador o agresor de niños convicto, y hacerlo siempre en pareja”.


Ilustración de Mauricio Torres
Ed Kemper "El Cazador de Cabezas" (Parte 2)

Bueno Gente esto fue todo sobre este (Asesino en Serie) les dejare la primera parte por si vieron esta historia ya empezada:



Fuente de Informacion:

Hay muchas Imágenes de Morbo o de mal gusto que no puse en el Post pero en la pagina que les deje arriba lo podrá ver el que lo desee

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