
El odio obsesivo-compulsivo es una representación del odio a través de un comportamiento extremo.
El comportamiento tiene las características del desafío, la terquedad, la tacañería o el sentido exagerado del orden.
Los rituales obsesivo-compulsivos son formas sutiles de ejercer dominio sobre otra persona.
Por ejemplo, una mujer obsesivo-compulsiva, puede mostrarse tan interesada por mantener limpia la casa que tanto su esposo como sus hijos tengan la sensación de vivir en un museo, en lugar de un hogar.
Ella se venga de su familia, pero bajo el disfraz de cuidar de ellos. Tienen una rigidez mental que les impide reconocer que odian.
Hay muchos tipos de odio: el neurótico, pasivo-agresivo, masoquista, psicosomático, esquizofrénico y depresivo

Freud nos dice:
"En los casos en cuestión de odio inconsciente, el componente sádico del amor se ha desarrollado constitucionalmente con particular intensidad; por eso ha experimentado una sofocación prematura y demasiado radical, y así los fenómenos observados de la neurosis derivan por una parte de la ternura conciente elevada por reacción, y por otra parte del sadismo que en lo inconsciente sigue produciendo efectos como odio.
Si un amor intenso se contrapone, ligándolo, a un odio de fuerza casi pareja, la consecuencia inmediata tiene que ser una parálisis parcial de la voluntad, una incapacidad para decidir en todas las acciones en que el amor deba ser el motivo pulsionante.
Forma parte del carácter psicológico de la neurosis obsesiva el hacer uso más extenso del mecanismo del desplazamiento. Así, la parálisis de la decisión se difunde poco a poco por todo el obrar de un ser humano."

Y continúa
"..... Cada vez que el impulso amoroso ha podido ejecutar algo en su desplazamiento a una acción ínfima, pronto el hostil lo alcanza ahí y vuelve a cancelar su obra.
En cuanto a la compulsión, es un ensayo de compensar la duda y de rectificar el estado de inhibición insoportable de que esta da testimonio. Si el mandamiento obsesivo no ha de cumplirse, la tensión es insoportable y se la percibe como suprema angustia. Estas acciones obsesivas sólo son posibles por haberse producido dentro de ellas, en formaciones de compromiso, una suerte de reconciliación entre los dos impulsos que se combaten mutuamente."
Compulsivos se vuelven aquellos procesos del pensar que se emprenden con un gasto de energía que de ordinario sólo se destina al actuar; vale decir, unos pensamientos que regresivamente tienen que subrogar a acciones.
Expresiones de la neurosis obsesiva

En las Lecciones Introductorias de 1917 Freud es implacable en su crítica a la psiquiatría de su época, la cual hace una lectura ingenua y falaz de la neurosis obsesiva, donde los prejuicios y la moralidad prevalecen, actitud poco científica, según nuestro autor: "Antes de entrar en el fondo de la cuestión querréis saber sin duda cual es la actitud que la psiquiatría adopta ante los problemas de la neurosis obsesiva. Muy poco es lo que sobre este punto puede comunicarnos, pues dicha disciplina se limita a distribuir calificativos a las diferentes obsesiones y a sostener que los sujetos portadores de los síntomas de las mismas son siempre "degenerados", afirmación nada satisfactoria, pues lejos de constituir un esclarecimiento no pasa de ser una estimación de carácter peyorativo"(Freud, (1917) 1981, p. 2285).
Consideramos que estas afirmaciones deben ser confrontadas con la psiquiatría y psicologías de nuestros días, para observar en qué medida han avanzado sus formulaciones. En esta confrontación no nos centraremos ahora, más bien nos conviene afirmar que desde que Freud es colaborador de José Breuer, sus investigaciones sobre la etiología de las neurosis mostraban ya la importancia de los acontecimientos de orden sexual producidos en la infancia.
En 1896 señalaba que en el caso de la histeria existió una experiencia sexual previa a la pubertad, que fue acompañada de "susto y repugnancia". En el caso del obsesivo la experiencia se acompañó de placer. Ese es, según Freud, el "gran secreto clínico" comunicando a Wilhelm Fliess: "la histeria es la consecuencia de un "shock" sexual presexual; la neurosis obsesiva, de un placer sexual presexual, que más tarde se transforma en autoreproche"(Freud, S.(1896) 1981, p. 3520). En la nota de pie de página que el traductor José Luis López ballesteros incluye, señala que esta afirmación es la tesis fundamental del texto Nuevas observaciones sobre las neuropsicosis de defensa, texto escrito en ese mismo año. El conflicto moral es lo que se destaca como elemento característico de la neurosis obsesiva, el mismo traductor especifica que al respetar el alemán, la versión inglesa ha traducido culpabilidad, ahí donde él habla de autoreproche. Por lo que respecta a la denominación de presexual, el propio Freud señalará que se refiere a prepuberal.
Tenemos pues un primer elemento importante que es necesario subrayar, el conflicto moral característico del neurótico obsesivo, conflicto vinculado a una experiencia sexual infantil, donde la dimensión placentera y su repudio entran en juego. En 1907 Freud escribe un breve artículo donde continua con esa descripción de la neurosis obsesiva; la denominación de Ceremonial Neurótico que emplea ahí para ubicar los fenómenos obsesivos, es por demás interesante dadas las implicaciones antropológicas que podemos encontrar. Habla entonces de las representaciones que habitan a los neuróticos obsesivos, así como de las restricciones y arreglos que aparecen como meras formalidades y con falta de significación. Si ese ceremonial es alterado o suspendido, una angustia intolerable aparece volcada sobre el sujeto, eso obliga a ejecutar los ceremoniales al "pie de la letra". A las actividades comunes el obsesivo le agrega una serie de acciones que van convirtiéndolas en complicados rituales. Así, el caminar sobre una banqueta de una ciudad puede convertirse en algo similar a una marcha rumbo a un lugar muy especial, donde cada paso representa un Gran Paso que debe ser seriamente calculado* .
Es bien conocida la relación que establece Sigmund Freud entre neurosis obsesiva y la religión, en este momento preferimos continuar hablando de las manifestaciones de la neurosis obsesiva y no aludir a dicha relación, pues al hablar de ella nos acercamos inevitablemente a la génesis de la neurosis obsesiva; asunto al que nos referiremos más adelante.
En el caso de El hombre de las ratas, publicado en 1909, Freud habla de los caracteres generales de los neuróticos obsesivos, refiriéndose a ellos como necesidades anímicas, ubicándolas en tres territorios: la realidad, la superstición y la muerte. Respecto a la superstición, el neurótico obsesivo parece obstinarse en encontrar una explicación supersticiosa a las casualidades inexplicables de la vida cotidiana, creyendo en los sueños proféticos, los presagios, e incluso en las supercherías más comunes como el evitar pasar debajo de una escalera, o ser muy precavido los martes trece, etc. La duda es otra necesidad anímica común a los neuróticos obsesivos. Freud insiste en que en estos personajes existe una necesidad de inseguridad y de permanecer siempre en duda. Los temas preferidos para el ejercicio de esas dudas son la paternidad, la extensión de la vida, la vida después de la muerte y la memoria.
La superstición parece estar ligada a ciertas convicciones de omnipotencia, en estrecha relación con lo denominado por Freud como "primitiva manía infantil de grandeza". Un bello ejemplo es el siguiente: "Cuando fue por segunda vez a aquel balneario en el cual había encontrado antes un primer alivio a su dolencia, pidió la misma habitación que la primera vez había ocupado, y cuya situación había favorecido sus entrevistas con una de las enfermeras. Pero le dijeron que aquella habitación estaba ocupada por un anciano profesor, y ante aquella noticia que disminuía tan considerablemente sus esperanzas de alivio reaccionó con las palabras siguientes: "¡así lo parta un rayo¡": Quince días después despertó con la sensación de tener cerca de sí un cadáver y al levantarse luego supo que el profesor había muerto, efectivamente fulminado por un rayo y que su cadáver había sido traído a la habitación a la hora misma en que él había despertado" (Freud, S.(1909)1981).
En cuanto a la duda, la articulación está dada con la ambivalencia entre amor y odio. Freud insiste en que este tipo de vínculo entre el amor y el odio es uno de los caracteres más frecuentes en los obsesivos. La duda tiene entonces que ver con ese acontecer interior, donde la indecisión entre el amor y el odio es el conflicto fundamental, de lo que se duda es del tipo de pasión que el sujeto tiene por determinada persona, no se sabe si se ama o se odia; la duda se desplaza entonces a cosas aparentemente insignificantes.
En las estrategias de protección de las que hace gala el sujeto obsesivo para salvaguardarse, encontramos también indicios de duda, pues nunca se está completamente seguro de que se haya protegido lo suficiente. La protección do es del exterior sino del conflicto interior y de las consecuencias que este puede acarrear. La protección se torna entonces un esfuerzo permanente.
El amor como proceso imposible en la neurosis obsesiva
Al abordar el asunto de la duda en la neurosis obsesiva nos hemos involucrado ya en los interjuegos del fenómeno amoroso, el cual involucra necesariamente amor y odio, ambivalencia que zarandea no solamente a los que padecen neurosis obsesiva, sino a todo sujeto neurótico. La duda del amor se hace presente con una fuerza importante en la obsesión, tan es así que los actos obsesivos buscan eludir ese conflicto, deshacer la duda. Es entonces cuando el pensamiento se va privilegiando, al mismo tiempo que los actos compulsivos, los vínculos con las personas pasan a un plano distante, pues de esa manera el sujeto se protege de los sentimientos ambivalentes que seguramente aparecerán en esas relaciones. Freud señala claramente que esa relación con sus actos tiene un carácter animista que es necesario considerar: "el sujeto llega a realizar en esta forma de neurosis, actos amorosos; pero sólo con la ayuda de una nueva regresión, y no ya orientados hacía una persona, hacía el objeto de amor y odio, sino actos autoeróticos, como en la infancia"(Freud, S.(1909)1981, p. 1484). Tenemos entonces un intento inconsciente de reducir los afectos e impulsar la práctica ideacional; se tejen frases, oraciones y actos repetitivos y ritualizados en busca de una reducción de esos afectos, de esas pasiones, obviamente sin hacerlos desaparecer. La ambivalencia pasional es fallidamente eludida con una trama de ideas que se levantan como protección ante la posibilidad de que el otro genere amor y odio.
Generalmente se habla de que el establecer un vínculo amoroso representa un "compromiso" y que "por el momento no se quiere tener ningún compromiso". Al explorar un poco más, o al poner entre paréntesis este argumento, no tardan en aparecer otras palabras que dan nuevos rumbos a ese argumento "inicial". Escuchamos que también se tienen ciertos temores respecto a las posibilidades de que el amor se vuelque sobre ellos, que los "inunde", de tal modo que se conviertan en seres en extremo amorosos. Los objetos de amor pasarían a ocupar así un espacio muy amplio en las vidas de los sujetos, no pensarían en otra persona que no fuera el ser amado, todo lo que harían tendría por finalidad satisfacer y complacer a quien se ama, su vida sólo tendría un objetivo: ser para ella, o para él, según el caso. La preocupación de enamorarse en demasía es la medida y el placer de sus encuentros en las relaciones íntimas.
También temen que el otro declare abierta y explícitamente su amor, una acción de este tipo por parte del partenaire, o de quien cumple esa función, puede confundir profundamente. Tenemos aquí nuevamente el interjuego ambivalente, pues por una parte constantemente se quejan de no ser queridos, y de que las personas en su alrededor no "demuestran" afecto hacía ellos; pero en el momento en que el amor es expresado de manera explícita y sin "equívocos", se paralizan ante esa evidencia. Parecería ser que no aceptan tener un gran valor para otros, sea su pareja o cualquier otra persona. Los sorprende la declaración de amor, y silenciosa o abiertamente la rechazan, preferirían que el amor estuviera excluido de las relaciones humanas. Una duda se abre paso aquí en los pensamientos del obsesivo, al escuchar que es amado, volviéndose un elemento ideativo sobre el cual gasta una buena cantidad de energía psíquica, la duda es: si me quiere, ¿qué quiere de mí?. Las posibilidades imaginadas para dar respuesta a esta interrogante, pueden ser múltiples, pero casi todas ellas van cercando al sujeto para hacerle creer, con una veracidad a veces alarmante, que el otro va a convertirse, a partir de la declaración de amor, en alguien a quien será muy difícil satisfacer. Haga lo que haga el sujeto, el otro siempre va a querer más. El que ama se transformará en un ente que permanentemente demanda cosas del amado, por lo tanto adquiere tintes persecutorios que conviene ir trabajando poco a poco en la práctica clínica, pues las fantasías de devoración y aniquilamiento son recursos inconscientes que aparecerán constantemente en el escenario psíquico. El miedo al amor se torna entonces en angustia.
Es necesario insistir en la manera en que se elude fallidamente el amor con una trama de ideas y actos levantados como protección ante la posibilidad de que la pasión misma devore, fusione al sujeto en el otro. La insistencia tiene como finalidad de facilitar la apreciación de las formas en que el obsesivo se otorga placeres carnales íntimos. El placer otorgado en estas dimensiones es reducido, proporcionado a cuenta gotas, fugaz y momentáneo, está ahí y desaparece en un abrir y cerrar de ojos. Solamente de esa manera se soporta, o elude, la imaginada desaparición. La posposición de los placeres mundanos, son otra modalidad para defenderse de la supuesta devoración, el texto que poco a poco llegan a construir este tipo de pacientes durante el proceso analítico es: "si amo, el otro me traga"; "puedo desaparecer al dar o recibir placer sexual". De ahí lo fugaz y la posposición del placer sexual físico, pues de esa manera se evita morir en los brazos, o en la piernas del otro. Se piensa que el placer mata.
Es evidente que es la situación analítica la que convoca esas frases y las hace circular en repetidas ocasiones, hasta que el sujeto las escucha, es entonces cuando las paredes de la estructura psíquica retumban y la posibilidad de cambio de posición subjetiva está en proceso.
Serge Leclaire, al referirse al obsesivo y su deseo, menciona que un obsesivo: "Pasará una noche con la mujer que ama sin lograr abrazarla nunca; su mano, mas pesada que una roca, no logrará ceñir su talle, sus labios habladores no llegarán hasta los de ella; si, por ventura , la tomará de algún modo, el encuentro se desvanece y su deseo se apaga de inmediato. Más despiadado que un muro, lo que se interpone allí, realmente, es un sortilegio"(Leclaire, S. 1991, p. 110).
Eludir el amor, ese parece ser la misión del obsesivo, eludirlo dudando, posponiendo, colocando ideas y rituales para desbordar sobre ellos toda su pasión. En esta trama de fórmulas amorosas no debemos olvidar el hecho de colocarse como ser indigno de amor, como incapaz de sostener aquella pasión que el otro pueda manifestarle en un momento dado. El sujeto se aprecia a sí mismo como ser de extrema maldad, de tal manera que sería imposible que alguien le otorgara el don del amor. La duda nuevamente acompaña a quien se coloca como indigno de recibir ese amor, pues no sabe durante cuanto tiempo lo amará el otro, sin darse cuenta de la perdida de tiempo que representa entregarle su pasión .
El obsesivo tiene la certeza de que más temprano que tarde va a decepcionar a quien tanto interés muestra por él. Le preocupa sobremanera que el otro descubra que se ha equivocado al amarlo; tiene la certeza de que él no podrá mantener la ilusión del amor que ahora percibe en aquel que lo busca. Esquivar y eludir a ese otro, se vuelve una tarea que invierte gran cantidad de energías, se niega pues a dejarse atrapar en el espejismo del amor por considerarse indigno de ser amado. Ese parece ser el castigo que busca, no tener quien lo ame.
Pero si hablamos de castigo, las interrogantes aparecen de inmediato y es necesario enfrentarlas, estas interrogantes son: ¿cuál es el delito cometido por el sujeto para que el castigo sea el desamor?; ¿A través de qué proceso surge ese veredicto?; ¿Qué instancia ha dictado esa sentencia?. El camino que podemos ir construyendo nos para dar cuenta de estas preguntas, nos hace ir más allá de la fenomenología hasta aquí contemplada y exige remitirnos al Complejo de Edipo. Estructura fundamental en los planteamientos freudianos.