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Roidos de Ecuador contra las grandes petroleras, John Perkin

Best seller: Confesiones de un sicario economico

Roidos de Ecuador contra las grandes petroleras, John Perkin

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El presidente de Ecuador contra las grandes petroleras
Mi trabajo en Colombia y en Panamá me proporcionaba muchas oportunidades de
visitar y permanecer en contacto con el primer país extranjero que me sirvió de
hogar fuera de casa. Ecuador había sufrido una larga serie de dictaduras y de
oligarquías de extrema derecha manipuladas por los intereses políticos y comerciales
de Estados Unidos. En cierto modo, el país era la república bananera quintaesencia! y
allí la corporatocracia tenía mucho terreno conquistado.
La explotación petrolera de la Amazonia ecuatoriana comenzó en serio hacia finales
de la década de 1960 y produjo una fiebre compradora. De resultas de ella, el reducido
club de las familias dueñas del país quedó en manos de la banca internacional. Habían
arrojado sobre Ecuador un endeudamiento enorme, confiando en la promesa de los
beneficios del petróleo.
El país se llenó de carreteras, de parques industriales, de
embalses hidroeléctricos, de sistemas de transporte y distribución y todavía
proliferaban los proyectos de más centrales generadoras. Una vez más, la verdadera
mina era la que encontraron las empresas de ingeniería y las constructoras.
Un hombre cuya estrella empezaba a ascender sobre el país andino constituía una
excepción a esa regla de la corrupción política y la complicidad con la
corporatocracia. Cerca de cumplir los cuarenta años, abogado y profesor universitario,
Jaime Roídos tenía carisma y don de gentes. Tuve ocasión de tratarlo varias veces y en
una de éstas, llevado por mi entusiasmo, me ofrecí como asesor gratuito y dispuesto a
tomar el avión para Quito siempre que hiciese falta. En parte, lo dije en broma, pero
no me habría importado hacerlo durante mis vacaciones, porque simpatizaba con él.
Para mí cualquier excusa era buena con tal de poder visitar su país, y así se lo dije. Él
rió y contestó en los mismos términos, ofreciéndome su asistencia profesional siempre
que me viese en la necesidad de negociar la factura del petróleo.
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Se había ganado la reputación de populista y nacionalista. Creía firmemente en los
derechos de los pobres y en la responsabilidad, por parte de los políticos, de
administrar con prudencia los recursos naturales del país. Cuando emprendió su
campaña para las presidenciales de 1978 llamó la atención de sus compatriotas y de
los ciudadanos de todos los países cuyo petróleo estuviera siendo explotado por
intereses extranjeros, o donde existiera un fuerte deseo de librarse de la influencia de
fuerzas exteriores poderosas.
Como político, Roídos pertenecía al género no muy
abundante de los que no temen oponerse al status quo. Por eso se enfrentó a las
compañías petroleras y al sistema no excesivamente sutil en que éstas se apoyan.
Denunció, por ejemplo, una siniestra complicidad del Summer Institute of
Linguistics (SIL, un grupo misionero evangelista estadounidense) con las petroleras.
A esos misioneros yo los conocía bien desde mis tiempos en el Peace Corps. Su
organización se había presentado en Ecuador, lo mismo que en tantos otros países,
con el pretexto de estudiar, inventariar y traducir las lenguas indígenas.
El SIL había trabajado asiduamente con los huaorani, una tribu de la cuenca
amazónica, durante los primeros años de la explotación petrolera. En aquel momento
empezó a hacerse evidente una pauta inquietante. Cada vez que los sismólogos
transmitían a las oficinas centrales que las características de determinada región
indicaban gran probabilidad de contener un yacimiento en el subsuelo, aparecían los
del SIL para sugerir a los indígenas que dejaran sus tierras y pasaran a alojarse en las
reservas de los misioneros, donde se les daría gratis alimento, cobijo, ropas, cuidados
médicos y educación religiosa. Eso sí, a condición de donar las tierras a las compañías
petroleras.
Según rumores asiduos, los misioneros del SIL practicaban varias técnicas turbias a
fin de persuadir a los indígenas y conseguir que dejaran sus poblados para residir en
las misiones. Una versión muy repetida era que les daban alimentos mezclados con
laxantes... y luego les ofrecían medicinas para curar la supuesta epidemia de diarrea.
Y que en todo el territorio huaorani lanzaban con paracaídas cestas de comida
provistas de doble fondo, conteniendo transmisores de radio miniaturizados, cuyas
emisiones eran sintonizadas por los militares de la base estadounidense de Shell con
ayuda de avanzados receptores de comunicaciones. De esta manera, cuando a alguno
de la tribu le mordía una serpiente venenosa, o caía gravemente enfermo, no tardaban
en hacer acto de presencia los representantes del SIL provistos del antídoto o de los
fármacos adecuados — a menudo, transportados por los helicópteros de las mismas
compañías
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del petróleo.
En los primeros tiempos de las prospecciones se encontraron los cadáveres de
cinco misioneros del SIL, atravesados por jabalinas de los huaorani. Estos
reivindicaron la acción poco después, diciendo que había sido una advertencia para
que no hubiese más intrusos. Nadie hizo caso de este mensaje. Más bien surtió el efecto
contrario. Rachel Saint, hermana de uno de los asesinados, emprendió una gira por
Estados Unidos con apariciones en la televisión para recaudar dinero y recabar apoyos
en favor del SIL y de las compañías petroleras que, según ella, estaban contribuyendo
a civilizar y educar a aquellos «salvajes».
Las organizaciones humanitarias de los Rockefeller subvencionaban al SIL. Por eso
Jaime Roídos señalaba estas conexiones con los Rockefeller y sostenía que el SIL era en
realidad un escaparate que disimulaba el expolio de las tierras indígenas y la extensión
de las prospecciones. Hay que recordar que el patriarca de la familia, John D.
Rockefeller, fue el fundador de la Standard Oil, mas tarde escindida en las grandes del
petróleo, entre ellas Chevron, Exxon y Mobil.1
A mí me pareció que Roídos seguía la senda inaugurada por Torrijos. Ambos
estaban enfrentados a la superpotencia más fuerte del mundo. Torrijos deseaba
recuperar el Canal, mientras que la actitud enérgicamente nacionalista de Roídos
amenazaba a las compañías más influyentes del mundo. Como Torrijos, Roídos
tampoco era comunista, pero defendía el derecho de su país a decidir su futuro. Y
también como en el caso de Torrijos, los expertos pronosticaron que los grandes de los
negocios y Washington jamás tolerarían la presidencia de Roídos, y que caso de salir
elegido tendría un final parecido al de Arbenz en Guatemala o al de Allende en Chile.
Me pareció que esos dos hombres en unión quizá llegarían a constituir la punta de
lanza de un movimiento nuevo en el mundo político latinoamericano, y que ese
movimiento tal vez sería la base de unos cambios susceptibles de afectar a todas las
naciones del planeta. No eran unos Castro ni unos Gaddafi. No eran compañeros de
viaje de Rusia ni de China ni, como en el caso de Allende, del movimiento socialista
internacional. Eran líderes populares inteligentes y carismáticos. Unos pragmáticos,
no unos dogmáticos. Eran nacionalistas pero no antinorteamericanos. Y si la
corporatocracia se alzaba sobre tres columnas —las grandes empresas, la banca
internacional y los gobiernos en connivencia—, Roídos y Torrijos apuntaban la
posibilidad de eliminar la columna de la complicidad gubernamental.
En la plataforma de Roídos desempeñaba papel principal lo que se
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llamó «la política de hidrocarburos». Esta política se fundaba en la premisa de que el
mayor recurso en potencia de Ecuador era el petróleo, y de que toda explotación futura
de dicho recurso tendría que realizarse de manera que aportase el máximo beneficio al
más amplio porcentaje de la población. Roídos creía firmemente en la obligación
estatal de ayudar a los pobres y desvalidos. Confiaba en que la política de
hidrocarburos pudiera servir de vector de la reforma social. Era necesario hilar fino, sin
embargo, porque Roídos sabía que en Ecuador, como ocurría en tantos otros países,
nunca saldría elegido sin contar con el apoyo de una parte, al menos, de las familias
más influyentes. E incluso si lograse ganar las elecciones sin ellas, le sería preciso
contar con esos apoyos para poner en práctica sus programas.
Personalmente me aliviaba que el inquilino de la Casa Blanca, en esa época, fuese
Cárter. Pese a las presiones de la Texaco y otros intereses petroleros, Washington se
abstuvo de inmiscuirse, lo que, como yo sabía, no habría sido el caso con otras
administraciones, demócratas o republicanas.
Creo que fue la política de hidrocarburos, más que ninguna otra cuestión, la que
convenció a los ecuatorianos y aupó a Roídos al palacio presidencial de Quito: el
primer presidente democráticamente elegido después de una larga sucesión de
dictadores. Las bases de su política quedaron resumidas en el discurso de posesión
presidencial del 10 de agosto de 1979:
Debemos tomar medidas efectivas para defender los recursos energéticos de la
nación. El Estado mantener la diversificación de sus exportaciones y no
perder su independencia económica [...] Nuestras decisiones se inspirarán
únicamente en los intereses nacionales y en la defensa incondicional de nuestros
derechos de soberanía.2
Una vez investido, Roídos se vio obligado a centrar su atención en Texaco,
entonces jugadora principal en la partida del petróleo. La relación fue sumamente
espinosa. La gigante petrolera no confiaba en el nuevo presidente ni deseaba colaborar
en ninguna política que sentara precedentes nuevos. No se le escapaba que tales
precedentes habrían servido de modelo para otros países.
Un discurso pronunciado por José Carvajal, uno de los asesores de confianza de
Roídos, resumía la actitud del nuevo gobierno:
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Cuando un socio no quiere correr riesgos ni realizar inversiones en
prospección ni explorar los territorios de una concesión petrolera, el otro socio
tiene derecho a realizar esas inversiones por su cuenta y asumir luego la
titularidad [...] Creemos que nuestras relaciones con las compañías extranjeras
deben ser justas; es preciso ser duros en la lucha; estamos preparados para recibir
todo tipo de presiones, pero no debemos manifestar temor ni complejo de
inferioridad en la negociación con los extranjeros.3
El día de Año Nuevo de 1980 tomé una determinación. Comenzaba un nuevo
decenio. Me faltaban veintiocho días para cumplir treinta y cinco años. Decidí que el
nuevo año iba a ser el de un cambio crucial en mi vida y que en adelante trataría de
emular a los héroes contemporáneos, como Jaime Roídos y Ornar Torrijos.
Por otra parte, había ocurrido un acontecimiento traumático. Bajo criterios de
estricta rentabilidad, Bruno había sido el mejor presidente en toda la historia de
MAIN. Pese a lo cual fue despedido bruscamente y sin previo aviso por Mac Hall.
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