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La Oscuridad. (Cuento largo, de mi autoría)

Bueno, espero que los disfruten c: Léanlo, y NO ME LO ROBEN, porque lo registré(? Adiosín c:

<a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/es/deed.es_ES"><img alt="Licencia de Creative Commons" style=border-width:0 src="http://i.creativecommons.org/l/by-nc-nd/3.0/es/80x15.png" /></a><br />Este obra está bajo una <a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/es/deed.es_ES">licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España</a>.

LA OSCURIDAD


PARTE 1.
La mochila pesaba en sus hombros. Los oídos les zumbaban y el frío le azotaba el rostro. A pesar de todo, ella seguía caminando. Con ritmo Acelerado, sus pies avanzaban por las veredas irregulares, camino al norte. Miró a su padre, a su derecha. Él, con las manos en los bolsillos, caminaba a la par, mirando el piso, pensativo. Preocupada, dirigió la vista al nublado cielo azul, y al inclinar su cabeza al sur, sus ojos se agrandaron desmesuradamente. La Oscuridad ya llevaba carcomiendo el cielo, la tierra y todo lo que ésta sostenía un buen trecho, lentamente para la vista humana, y acelerada para la vista eN sí.
Metió una mano en el bolsillo derecho, hurgando. Distinguió entre sus dedos el teléfono, ya sin ninguna señal, pero aún con carga. Miró nuevamente la pantalla, que indicaba la hora, y en el fondo, una imagen de su madre. Una lágrima recorría su mejilla, consciente de que ya no la vería. Borró la foto de su imaginación, tratando de concentrarse en el tiempo. Los primeros quince minutos de caminata habían pasado rápido en sus piernas y lento en su mente. Ya eran las 6:15 am. Tan rápido, pero tan lento. Una carrera a la supervivencia, dejando todo atrás. A su derecha, la calle, antes aveniDa, estaba solitaria. Algún auto hacia el sur, buscando el suicidio; otro al norte, buscando la casi imposible salvación. Ella no tenía vehículo, pero sí esperanza. Una mísera pizca, pero era demasiado valiosa como para perdeRla, mucho más de todo lo que antes poseía.
La mochila pesaba en sus hombros, incómoda. Allí llevaba todo lo que le serviría para su viaje, el viaje al fin del mundo, el viaje a un poco más tiempo de vida. Comida y agua no, los supermercados se hallaban abiertos, a disposición del supervivientE, sin necesidad de pagar. Los clientes ya eran casi nulos, y a ella le costaba hacerse a la idea. “Todos muertos, todos muertos”, pensaba. Nadie tenía ganas ya de vivir, y se largaban al suicidio. ¿Sobrevivir? ¿Para qué? Unos días de Andar sin parar, sabiendo que vamos a morir de todas formas... no, gracias, prefiero morir rápidamente, sólo cayendo a la Oscuridad; que lenta y dolorosamente, muriendo de cansancio, hambre y sed... o al final, por la Oscuridad.
La mochila estaba para lo demás, alguna que otra prenda de ropa, el cargador del celular, un trapo. Sólo lo indispensable. Así todo, pesaba.
Un día el padre, un día la hija; la mochila iría cambiando de brazo.
Pasó en frente de su colegio y, con nostalgia, recordó a sus amigos. Otra lágrima surcó su mejilla.
Las piernas no cesaban, y su vista se volvía a dirigir al rostro de su padre quién, con expresión afligida, le devolvió la mirada. Era mejor no hablar, con las expresiones bastaba. Era mejor no romper el silencio, abrumador pero ya común.
La noche llegó, y la Oscuridad la acentuaba. El invierno maltrataba a los pocos supervivientes, haciéndolos cargar con más ropa, con más peso. Ellos habían optado por una campera, pullover y alguna que otra cosa más, pero liviano, aunque no sea la mejor opción para mantener el frío a raya.
Se acomodó el pelo que caía sobre sus hombros, sobre sus orejas, ocultando el silbido del viento.
La cabeza de su padre se ocultaba en un gorro, encerrándolo en sus pensamientos.
Ella quería conversar, pero un nudo en la garganta se lo impedía, o quizás también el hecho de no querer interrumpir el debate interno de su padre. Carraspeó, aclarándose la garganta. Él la miró, aunque como con una barrera delante de sus ojos, y luego de un segundo siguió concentrándose en sus zapatillas.
Ella, frunciendo en entrecejo, volvió a mirar al suelo.


PARTE 2
La supervivencia hizo de su Cuerpo lo que la miseria produciría en años.
Su aspecto era completamente diferente, descuidado, lastimero. Su mirada reflejaba tristeza, desesperanza, pero aun así, ella seguía. CuestE lo que cueste, ella seguiría. Es lo que tenía en claro. Es lo que su madre hubiera querido.
Ese día, le tocaba cargar nuevamente con la mochila. A veces pesada y con más comida, otras liviana pero meramente vacía.
Hacía ya dos meses que continuaba en pié. Dos meses ya de esa vacía mañana, solitaria, en la que todo había comenzado... o todo se estaba empezando a terminar.
Su padre continuaba caminando a su Lado, pero ya sin esperanza. Él ya no quería seguir, pero el hecho de que su hija lo hiciera, lo conducía a acompañarla, a no dejarla sola.
Hacía dos meses ya que no conversaban. El casi inexistente diálogo se limitaba a una pregunta sumamente importante, y a una respuesta corta, concisa, sin explicaciones.
Los surcos de las lágrimas conTinuaban en sus mejillas. Él se limitaba a contactar una mirada de su hija, y así tratar de transferirle sus sentimientos, sus reflexiones. Pero pocas veces estas miradas eran devueltas.
Ella se limitaba a mirar al norte, esperando a que se acabe y empezar a dirigirse al sur, por ser la Tierra una esfera. Ella sabía que el futuro que le esperaba no era el que un superviviente desearía, ya que la Oscuridad formaría parte de él.
Paso tras paso, tropiezo tras tropiezo, al Caminata no cesaba, aunque cada vez con menos velocidad.
Ella seguía atrapada en el horizonte, hasta que un ruido que escuchó la hizo, de alguna manera, despertar.
Miró a su derecha, y su padre se encontraba en el suelo, boca abajo, apoyado en sus codos y rodillas. Se dio vuelta, quedando sentado y de espaldas al norte, como esperando la Oscuridad.
Ella lo miró, se agachó y lo tomó del hombro. Tragó saliva, aclarándose la garganta, inutilizada hacía días.
“Vamos, papá” logró susurrar.
Él le respondió con otra de sus miradas, esta vez una suplicante, una que reflejaba el terror y a la vez, resignación.
Ella comprendió el mensaje, y se levantó; suspirando profundamente. Otra de esas lágrimas suyas recorría su rostro, mientras los ojos de su padre se dirigían nuevamente al sur, expectantes.

PARTE 3.
Desde hacía cuatro meses, su rostro no cesaba de estar cubierto de polvo, mezclado con algunas lágrimas.
La mochila, siempre en su espalda, pesaba, y demasiado. Optó por arrojar la ropa, el cargador y el trapo en una calle solitaria que corría a su izquierda. Los negocios se encontraban totalmente deshabitados y disponibles al público.
Tropezó, cayó de rodillas a la vereda y se cortó la derecha con un pedazo de vidrio roto de una vidriera. Retrocedió unos metros, tomó nuevamente el trapo y se cubrió la herida.
Las lágrimas que recorrían sus mejillas, ya no eran por el dolor, sino por su padre.
Recordaba la última mirada que habían cruzado, la última vez que lo había visto, hacía cuatro meses. Él ya habría corrido la misma suerte que su madre. Pero él había sido avisado, él tenía otra opción. Él podía resistir, seguir sobreviviendo, como lo habría hecho su madre, de haber tenido la oportunidad.
Una ola de rencor, de odio, de bronca recorrió su mente. ¿Por qué él tendría que haberse debilitado? ¿Es que no tenía ganas de sobrevivir? ¿Es que la Oscuridad era más atractiva que tratar de resistir? El suicidio era más fácil, mirar la Oscuridad dándole la espalda a la luz del norte era más fácil, esperar la muerte tranquila, sin sufrimiento, era más fácil. Pero, ¿lo correcto es fácil?

PARTE 4.
Ya la Oscuridad se había extendido completamente; a su espalda, todo negro. Pero no era un negro común, era un negro vacío, un vacío que no termina nunca, un vacío oscuro, negro, algo que quiere terminar.
Sus pasos se aceleraban, de una caminata a un trote, de un trote a correr. Hacía ya dos días que no dormía. Hacía ya dos días que no dejaba de correr.
La Oscuridad la pasaba en velocidad, le pisaba los talones. Ella sabía que estaba todo ya perdido. O al menos, eso es lo que ella creía saber. Pero ella ¿conocía a la Oscuridad? Si sabía que estaba todo perdido, ¿por qué seguía corriendo?
Tropieza. Cae y su mentón se estrecha contra el piso. Sabe que la Oscuridad está pasando por su cuerpo, y nota cómo su terror hace que no pueda darse vuelta. Pero, ¿es su terror? ¿Es eso terror? Ella prefiere seguir mirando al norte. Si muere, lo haría viendo donde debería estar, donde había tratado ir, mirando en la dirección a la cual iba caminando antes de tropezar. Quizás para levantarse luego y no perder de vista el camino por una caída.
Cierra los ojos, esperando la Oscuridad, pero tratando de levantarse.
Cuando supone que ya la luz se extinguió por completo, trata de oír su corazón. Se sorprende al escuchar sus latidos.
Despacio, casi sin querer, abre los ojos.
A lo lejos, logra divisar a su madre, a algunos de sus amigos y a otros sobrevivientes que no habían caído en la marcha.
Ella sabe que está “dentro” de la Oscuridad. Sabe por qué puede ver dentro de ella. Sabe qué es lo que tiene que hacer.
Sigue caminando, con dirección al norte, aunque ya no hay Oscuridad ante sus ojos.

Andrea Celtich.

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