Dionisio Díaz
Dionisio Díaz (1920 - 1929) Protagonista de una de las
historias populares más increíbles de la narración
uruguaya. Nació el 9 de mayo de 1920 en el pequeño
poblado de Arroyo de Oro (hoy Mendizábal) en el
departamento de Treinta y Tres, Uruguay. Vivía con su
madre, su abuelo y su pequeña hermana a la que él
adoraba. Poseían una pequeña granja en la que
trabajaban y con ella sobrevivían. La tragedia aconteció
en la medianoche del día de cumpleaños de Dionisio, el
9 de mayo de 1929, cuando su abuelo, sumido en un
ataque de locura, apuñaló a su madre. Cuando Dionisio
se enteró, ésta ya estaba muerta. Fue entonces por su
hermanita, la cual dormía plácidamente en su cuna.
Cuando la tomó, su abuelo le dio una puñalada tan
grande que literalmente le atravesó el abdomen. Se
ocultó de su abuelo, cubrió su gravísima herida con
sábanas, esperó por horas una ocasión propicia y
caminó 9 kilómetros hasta el entonces Poblado del
Oro, donde dejó a su hermanita en un destacamento
policial. Lo vio el médico local que ordenó su
internación inmediata en el hospital departamental de
Treinta y Tres. Al otro día un coche particular que
pasaba por el lugar se ofreció a llevarlo. Al llegar al
hospital, Dionisio fallece. Su tragedia es evocada como
un verdadero ejemplo de estoicismo y lucha ante la
adversidad. Se le conoce también como el "Héroe del
Arroyo del Oro"
¿Cuál es la historia de Dionisio?
Es la historia de un niño de 9 años, de Pueblo el Oro, que murió
apuñaleado por su abuelo, al interponerse para impedir que su madre
recibiera las puñaladas y luego, herido, caminó, aproximadamente 7
kilómetros, con su hermanita en sus brazos para ponerla a salvo.
Esta tragedia que ocurrió en el año 1929, justamente, al día siguiente
de cumplir, Dionisio 9 años, conmovió a todo el Departamento de
Treinta y Tres, entonces, y aún hoy se sigue recordando.
El Sr. Omar Mesa Prado, en la fecha conmemorativa de la tragedia,
junto a numeroso público realiza una caminata por el lugar donde
Dionisio caminó cargando a su hermanita para salvarla.
Hay personas que lo veneran y le hacen pedidos, que según ellos,
Dionisio se los cumple; allí en el cementerio, junto al monumento
levantado, están las ofrendas prometidas.
Para los poetas es “El Niño Héroe de Arroyo El Oro”.
El Maestro Ariel Pinho Boasso, junto con el Maestro
Santiago Rivero Amaro, realizaron una investigación sobre esta
tragedia y escribieron un libro: “El Pequeño Dionisio” . El relato de la
tragedia vivida por esa familia es realmente conmovedor; sus autores
logran transportar al lector a ese momento, incomprensible para la
razón humana que sigue preguntándose: ¿qué le pasó a ese abuelo,
que estaba tan orgulloso de su nieto? ¿Querría realmente eliminar a
su nieta?¿Cuál es la verdad? Dionisio dijo: “el abuelo enloqueció”.
Y de este libro y del Diario Palabra, del 23 y 30 de Abril de 1982,
extractamos elementos que permitan conocer ,al visitante de esta
página, la historia de Dionisio Díaz, el Niño Héroe de Arroyo El Oro,
que pasó a ser parte de la historia de Treinta y Tres, por su valor, por
su coraje, que lo llevó, a interponerse, ante el heridor, a pesar de sus
apenas 9 años, para salvar a su madre y luego herido, sangrando,
cargó con su pequeña hermana.
Su Nacimiento:
Dionisio nació el 8 de Mayo de 1920, a la hora 18, en Arroyo El Oro.
Su abuelo, Juan Días, lo presentó el 24 de Mayo, en Pueblo Vergara,
por estar su madre enferma, manifestando que era hijo natural de
María Luisa Días, de 22 años de edad, soltera. ( datos extraídos de la
copia de la partida de nacimiento).
La Tragedia: fue al día siguiente de su cumpleaños: el 9 de Mayo de
1929, en Arroyo El Oro.
Su fallecimiento: el 11 de Mayo de 1929, en el viaje a Treinta y Tres,
para su asistencia.
El día
“Había un viento de helada. Tan frío estaba que cuando llegó el niño,
estábamos tomando mate al abrigo del sol, detrás del rancho.” (Carlos
Yelós)
“Un día con una helada bárbara que se levantó con viento” (Lino
Pereira)
La tragedia
Un pequeño fragmento de los testimonios recogidos por los autores,
puede dar una idea más exacta del comportamiento de Dionisio en el
instante crucial de aquella noche. El relato de Carlos Yelós y Víctor
Prigue que escucharon las declaraciones del niño así lo establecen:
“Dionisio se interpuso. Se metió en el medio, poniéndole los brazos y
su cuerpito para evitar que hiriera a su madre. Pero ya estaba herida.
Y así fue herido Dionisio. El niño gritó al tío. La madre que ya había
caído cerca de la puerta, intentando abrirla. El niño, sin dudar un
instante, corrió hacia donde estaba su hermanita cubriéndola con su
cuerpo. El tío Eduardo ya venía. El abuelo salió al patio. En este
momento Dionisio con Marina en sus brazos pasó entre aquellos
cuerpos que se habían abrazado en el patio en feroz lucha. Como una
luz se metió en el cuarto de donde había salido su tío.”.
La noche
Algunas de las frases que pronunció Dionisio y que Yelós y Prigue
recuerdan textualmente:
“Mamá estaba acostándose en el suelo. Allí estaba porque el abuelo
estaba enfermo. Para atenderlo. El abuelo estaba apoyando las
manos en las rodillas mirando para abajo. El por acostarse. En un
momento saltó con un cuchillo en la mano sobre mamá. La atacó a
puñaladas. Yo me metí en el medio.”
Cuando describió la noche interminable: “Tapé a mi hermana para que
no llorara, la podía sentir el viejo.”
“El tío arrastrándose llegó hasta la puerta y me pidió que le abriera.
Pensé que se arrastraba porque había perdido la muleta. El tío me dio
la plata, me dijo donde guardaba cuatro pesos. Me dijo: las ovejas son
para ti. El Caballo es para ti. También el apero. Luego se quedó
dormido, no habló más.”
“Dionisio hizo un atadito con las ropas de Marina. Para él, no puso
nada. Su única preocupación era que la niña llorara y el viejo
escuchara. Las horas no pasaban. Hasta que sintió los pájaros. Era un
niño del campo, sabía que cuando los pájaros que andaban en el patio
se callaban, era porque alguien andaba por allí.
Estaba amaneciendo. Lo más duro fue cuando nos dijo que se había
cortado un pedazo de grasa que le salía de la herida, con una tijera.
Se había enfriado mucho y le dolía. Cortó un pedazo de sábana y se
vendó. Cuando amaneció, miró una y otra vez. No sabe cuantas
veces. Hasta que estuvo seguro de que el abuelo no estaba. No sabe
la hora, pero al poco rato de aclarar. Abrió la puerta ya con la niña en
brazos y con el atadito de ropa. Se dio cuenta que Eduardo estaba
muerto. No se animó ir hasta el otro cuarto donde estaba su madre
muerta. Miró solo el camino que a dos o tres metros, entre los yuyos
altos, se abría por la chacra. Pasó el alambrado y se metió allí. Y
corrió y corrió hasta donde pudo. Sin mirar para atrás. Sin detenerse.”
(Carlos Yelós)
Cumple la hazaña
“El pobre llegó con la hermana. Había una helada que le volaba la
pera. Menos mal que la gurisita no lloró. Yo le vi la herida. Cuando se
acercó nos dijo: vengo herido, el abuelo mató a mamá y al tío. Braulia
salió corriendo y agarró a Marina. El Lalo le dijo si quería que lo llevara
en brazos a la Comisaría y el gurí dijo: no señor, ahora ya dejé la
hijita. No don Lalo, ahora voy mejor”. (Lino Pereira)
“Apareció por el frente. Vimos que venía un niño. Lo conocimos
cuando estaba a unos 15 metros. A la hermana la dejó en la casa de
Lalo González que había sido policía y era alcalde, tenía un ranchito a
media cuadra. Sus primeras palabras fueron: el abuelo mató a mi
madre y al tío Eduardo y me hirió a mí. Lo acosté en mi cama. Mandé
buscar a una vecina, pariente del padre, doña Laurentina Núñez y le
pedí que quedar allí cuidándolo. Venía fajado. Le dolía porque estaba
con los intestinos de afuera. No se podía apretar. Estaba malo. No se
quejaba. Lo único que expresaba era rabia porque le habían matado la
madre y el tío Eduardo.” (Carlos Yelós)
“Es inexplicable que Dionisio no llorara, ¡con aquellas heridas! Solo se
quejó cuando el médico lo cortó sin anestesia. Las únicas lágrimas
que Yelós y yo le vimos fue cuando miró al Juez y no le respondió,
pero fueron de rabia. ¿Cómo pudo recorrer aquellos cinco o seis
kilómetros con la niña en sus brazos, sin parar? Tampoco tiene
explicación que la gurisita no llorara, en ningún momento.
Lo he pensado todos esos años y no encuentro explicación. Solo un milagro.
Un milagro.” (Víctor Prigue)
“No dormí, cuidé a mi hermana”
Dionisio siguió relatando con lucidez todo lo que recordaba. Acostado
en la cama de un policía, tapado con un poncho criollo. De vez en
cuando pidiendo un mate “porque tenía mucha sed”.
Carlos Yelós recuerda: “Dionisio declaró que el viejo Juan siguió
dando vueltas durante toda la noche. “Parecía que andaba
rezongando”, dijo ingenuamente el niño. Dionisio escuchaba y miraba
por las rendijas de la puerta”. Se quedaba quietito, abrigando a Marina
para que no fuera a llorar. El sabía que el abuelo la quería matar.”
Víctor Prigue estuvo presente también mientras Dionisio declaró en la
Comisaría de El Oro. Su recuerdo, coincide totalmente, con el ofrecido
por Carlos Yelós. Prigue agrega: “Dionisio dijo que no había dormido
en toda la noche. Empezó a sentir dolor y sentía frío. Lo más duro fue
cuando nos dijo que se había cortado un pedazo de grasa que le salía
de la herida, con una tijera. Se había enfriado mucho y le dolía. Cortó
un pedazo de sábana y se vendó.”.
A medida que escuchamos estos relatos, efectuados separadamente y
con una diferencia de 12 años, no dudamos que tanto Yelós como
Prigue reprodujeron casi textualmente lo que había oído de la boca de
aquel niño herido.
Los dos coincidieron que “Dionisio hizo un atadito con las ropitas de
Marina. Para él, no puso nada. Su única preocupación era que la niña
llorara y el viejo escuchara.
Estaba amaneciendo. Miró una y otra vez. No sabe cuantas veces.
Hasta que estuvo seguro de que el abuelo no estaba. No sabe la hora,
pero al poco rato de aclarar. Abrió la puerta ya con la niña en brazos y
con el atadito de ropa. Se dio cuenta que Eduardo estaba muerto. No
se animó ir hasta el otro cuarto donde estaba su madre caída en un
inmenso charco de sangre. Miró solo el camino que a dos o tres
metros, entre los yuyos altos, se abría por la chacra. Pasó el
alambrado y se metió allí. Y corrió y corrió hasta donde pudo. Sin
mirar para atrás. Sin detenerse.”
Dionisio siguió el mismo caminito, un sendero que lo llevaba hasta la
costa del arroyo.
Y anduvo con su hermanita apretada contra su pecho. Apenas se
detuvo dos o tres veces “para tomar agua en las cañadas con la
barriga contra el suelo”.
Eran 7 kilómetros que tenía que andar. Y anduvo porque esa noche
había “soñado con ser hombre y lo fue”
Los testigos de la escena.
Yelós escuchó el primer relato del niño. Lo recuerda así: “Apareció por
el frente. Vimos que venía un niño y en las manos traía un atadito de
ropa. Lo conocimos cuando estaba a unos 15 metros. A la hermana la
dejó en la casa de Adelaida González que había sido policía y era
alcalde, tenía un ranchito a media cuadra. Sus primeras palabras
fueron: “El abuelo mató a mi madre y al tío Eduardo y me hirió a mí”.
No dijo que estaba herido. Lo acosté en mi cama. Mandé buscar a una
vecina, pariente del padre de él, Clementina Núñez y le pedí que
quedara allí cuidándolo. Venía fajado. Le dolía porque estaba con los
intestinos de afuera. No se podía apretar. Estaba malo. No se
quejaba. Lo único que expresaba era rabia porque le habían matado la
madre y al tío Eduardo.”
“Llamé al médico a Vergara y al Juez de Paz que también estaba en
Vergara”.
Casi a dos horas de allí, en Vergara, a las 13 y 30 Víctor Prigue recibe
un pedido para hacer un viaje. “Uno de los tantos” pensó. ¡Que
equivocado estaba!
Aprontó su Ford 4. Levantó al Juez Abelardo Correa. Al médico
Antonio Pisano y a los que serían testigos judiciales Salvador Acosta y
Vicente Senosiain.
“Primero fuimos a la casa de la tragedia. No sabíamos que un niño
había salvado a su hermana. Lo supimos recién por el policía que
estaba en los ranchos”.
De acuerdo a lo dicho por Prigue, recién entre las 15 y 30 y 16 horas
llegaron a la Comisaría donde el niño rubio de ojos azules esperaba
para que lo salvaran desde la mañana.
Prigue relató: “Dionisio era hermoso. ¡Que precioso niño! Quedé muy
mal cuando vi que tenía una puñalada por donde le salía un pedazo
de intestino. Tenía otra puñalada más pequeña un poquito más
abajo, en un brazo tenía un puntazo” Su color, pese a la sangre que
había perdido era bueno”
Dionisio Díaz (1920 - 1929) Protagonista de una de las
historias populares más increíbles de la narración
uruguaya. Nació el 9 de mayo de 1920 en el pequeño
poblado de Arroyo de Oro (hoy Mendizábal) en el
departamento de Treinta y Tres, Uruguay. Vivía con su
madre, su abuelo y su pequeña hermana a la que él
adoraba. Poseían una pequeña granja en la que
trabajaban y con ella sobrevivían. La tragedia aconteció
en la medianoche del día de cumpleaños de Dionisio, el
9 de mayo de 1929, cuando su abuelo, sumido en un
ataque de locura, apuñaló a su madre. Cuando Dionisio
se enteró, ésta ya estaba muerta. Fue entonces por su
hermanita, la cual dormía plácidamente en su cuna.
Cuando la tomó, su abuelo le dio una puñalada tan
grande que literalmente le atravesó el abdomen. Se
ocultó de su abuelo, cubrió su gravísima herida con
sábanas, esperó por horas una ocasión propicia y
caminó 9 kilómetros hasta el entonces Poblado del
Oro, donde dejó a su hermanita en un destacamento
policial. Lo vio el médico local que ordenó su
internación inmediata en el hospital departamental de
Treinta y Tres. Al otro día un coche particular que
pasaba por el lugar se ofreció a llevarlo. Al llegar al
hospital, Dionisio fallece. Su tragedia es evocada como
un verdadero ejemplo de estoicismo y lucha ante la
adversidad. Se le conoce también como el "Héroe del
Arroyo del Oro"
¿Cuál es la historia de Dionisio?
Es la historia de un niño de 9 años, de Pueblo el Oro, que murió
apuñaleado por su abuelo, al interponerse para impedir que su madre
recibiera las puñaladas y luego, herido, caminó, aproximadamente 7
kilómetros, con su hermanita en sus brazos para ponerla a salvo.
Esta tragedia que ocurrió en el año 1929, justamente, al día siguiente
de cumplir, Dionisio 9 años, conmovió a todo el Departamento de
Treinta y Tres, entonces, y aún hoy se sigue recordando.
El Sr. Omar Mesa Prado, en la fecha conmemorativa de la tragedia,
junto a numeroso público realiza una caminata por el lugar donde
Dionisio caminó cargando a su hermanita para salvarla.
Hay personas que lo veneran y le hacen pedidos, que según ellos,
Dionisio se los cumple; allí en el cementerio, junto al monumento
levantado, están las ofrendas prometidas.
Para los poetas es “El Niño Héroe de Arroyo El Oro”.
El Maestro Ariel Pinho Boasso, junto con el Maestro
Santiago Rivero Amaro, realizaron una investigación sobre esta
tragedia y escribieron un libro: “El Pequeño Dionisio” . El relato de la
tragedia vivida por esa familia es realmente conmovedor; sus autores
logran transportar al lector a ese momento, incomprensible para la
razón humana que sigue preguntándose: ¿qué le pasó a ese abuelo,
que estaba tan orgulloso de su nieto? ¿Querría realmente eliminar a
su nieta?¿Cuál es la verdad? Dionisio dijo: “el abuelo enloqueció”.
Y de este libro y del Diario Palabra, del 23 y 30 de Abril de 1982,
extractamos elementos que permitan conocer ,al visitante de esta
página, la historia de Dionisio Díaz, el Niño Héroe de Arroyo El Oro,
que pasó a ser parte de la historia de Treinta y Tres, por su valor, por
su coraje, que lo llevó, a interponerse, ante el heridor, a pesar de sus
apenas 9 años, para salvar a su madre y luego herido, sangrando,
cargó con su pequeña hermana.
Su Nacimiento:
Dionisio nació el 8 de Mayo de 1920, a la hora 18, en Arroyo El Oro.
Su abuelo, Juan Días, lo presentó el 24 de Mayo, en Pueblo Vergara,
por estar su madre enferma, manifestando que era hijo natural de
María Luisa Días, de 22 años de edad, soltera. ( datos extraídos de la
copia de la partida de nacimiento).
La Tragedia: fue al día siguiente de su cumpleaños: el 9 de Mayo de
1929, en Arroyo El Oro.
Su fallecimiento: el 11 de Mayo de 1929, en el viaje a Treinta y Tres,
para su asistencia.
El día
“Había un viento de helada. Tan frío estaba que cuando llegó el niño,
estábamos tomando mate al abrigo del sol, detrás del rancho.” (Carlos
Yelós)
“Un día con una helada bárbara que se levantó con viento” (Lino
Pereira)
La tragedia
Un pequeño fragmento de los testimonios recogidos por los autores,
puede dar una idea más exacta del comportamiento de Dionisio en el
instante crucial de aquella noche. El relato de Carlos Yelós y Víctor
Prigue que escucharon las declaraciones del niño así lo establecen:
“Dionisio se interpuso. Se metió en el medio, poniéndole los brazos y
su cuerpito para evitar que hiriera a su madre. Pero ya estaba herida.
Y así fue herido Dionisio. El niño gritó al tío. La madre que ya había
caído cerca de la puerta, intentando abrirla. El niño, sin dudar un
instante, corrió hacia donde estaba su hermanita cubriéndola con su
cuerpo. El tío Eduardo ya venía. El abuelo salió al patio. En este
momento Dionisio con Marina en sus brazos pasó entre aquellos
cuerpos que se habían abrazado en el patio en feroz lucha. Como una
luz se metió en el cuarto de donde había salido su tío.”.
La noche
Algunas de las frases que pronunció Dionisio y que Yelós y Prigue
recuerdan textualmente:
“Mamá estaba acostándose en el suelo. Allí estaba porque el abuelo
estaba enfermo. Para atenderlo. El abuelo estaba apoyando las
manos en las rodillas mirando para abajo. El por acostarse. En un
momento saltó con un cuchillo en la mano sobre mamá. La atacó a
puñaladas. Yo me metí en el medio.”
Cuando describió la noche interminable: “Tapé a mi hermana para que
no llorara, la podía sentir el viejo.”
“El tío arrastrándose llegó hasta la puerta y me pidió que le abriera.
Pensé que se arrastraba porque había perdido la muleta. El tío me dio
la plata, me dijo donde guardaba cuatro pesos. Me dijo: las ovejas son
para ti. El Caballo es para ti. También el apero. Luego se quedó
dormido, no habló más.”
“Dionisio hizo un atadito con las ropas de Marina. Para él, no puso
nada. Su única preocupación era que la niña llorara y el viejo
escuchara. Las horas no pasaban. Hasta que sintió los pájaros. Era un
niño del campo, sabía que cuando los pájaros que andaban en el patio
se callaban, era porque alguien andaba por allí.
Estaba amaneciendo. Lo más duro fue cuando nos dijo que se había
cortado un pedazo de grasa que le salía de la herida, con una tijera.
Se había enfriado mucho y le dolía. Cortó un pedazo de sábana y se
vendó. Cuando amaneció, miró una y otra vez. No sabe cuantas
veces. Hasta que estuvo seguro de que el abuelo no estaba. No sabe
la hora, pero al poco rato de aclarar. Abrió la puerta ya con la niña en
brazos y con el atadito de ropa. Se dio cuenta que Eduardo estaba
muerto. No se animó ir hasta el otro cuarto donde estaba su madre
muerta. Miró solo el camino que a dos o tres metros, entre los yuyos
altos, se abría por la chacra. Pasó el alambrado y se metió allí. Y
corrió y corrió hasta donde pudo. Sin mirar para atrás. Sin detenerse.”
(Carlos Yelós)
Cumple la hazaña
“El pobre llegó con la hermana. Había una helada que le volaba la
pera. Menos mal que la gurisita no lloró. Yo le vi la herida. Cuando se
acercó nos dijo: vengo herido, el abuelo mató a mamá y al tío. Braulia
salió corriendo y agarró a Marina. El Lalo le dijo si quería que lo llevara
en brazos a la Comisaría y el gurí dijo: no señor, ahora ya dejé la
hijita. No don Lalo, ahora voy mejor”. (Lino Pereira)
“Apareció por el frente. Vimos que venía un niño. Lo conocimos
cuando estaba a unos 15 metros. A la hermana la dejó en la casa de
Lalo González que había sido policía y era alcalde, tenía un ranchito a
media cuadra. Sus primeras palabras fueron: el abuelo mató a mi
madre y al tío Eduardo y me hirió a mí. Lo acosté en mi cama. Mandé
buscar a una vecina, pariente del padre, doña Laurentina Núñez y le
pedí que quedar allí cuidándolo. Venía fajado. Le dolía porque estaba
con los intestinos de afuera. No se podía apretar. Estaba malo. No se
quejaba. Lo único que expresaba era rabia porque le habían matado la
madre y el tío Eduardo.” (Carlos Yelós)
“Es inexplicable que Dionisio no llorara, ¡con aquellas heridas! Solo se
quejó cuando el médico lo cortó sin anestesia. Las únicas lágrimas
que Yelós y yo le vimos fue cuando miró al Juez y no le respondió,
pero fueron de rabia. ¿Cómo pudo recorrer aquellos cinco o seis
kilómetros con la niña en sus brazos, sin parar? Tampoco tiene
explicación que la gurisita no llorara, en ningún momento.
Lo he pensado todos esos años y no encuentro explicación. Solo un milagro.
Un milagro.” (Víctor Prigue)
“No dormí, cuidé a mi hermana”
Dionisio siguió relatando con lucidez todo lo que recordaba. Acostado
en la cama de un policía, tapado con un poncho criollo. De vez en
cuando pidiendo un mate “porque tenía mucha sed”.
Carlos Yelós recuerda: “Dionisio declaró que el viejo Juan siguió
dando vueltas durante toda la noche. “Parecía que andaba
rezongando”, dijo ingenuamente el niño. Dionisio escuchaba y miraba
por las rendijas de la puerta”. Se quedaba quietito, abrigando a Marina
para que no fuera a llorar. El sabía que el abuelo la quería matar.”
Víctor Prigue estuvo presente también mientras Dionisio declaró en la
Comisaría de El Oro. Su recuerdo, coincide totalmente, con el ofrecido
por Carlos Yelós. Prigue agrega: “Dionisio dijo que no había dormido
en toda la noche. Empezó a sentir dolor y sentía frío. Lo más duro fue
cuando nos dijo que se había cortado un pedazo de grasa que le salía
de la herida, con una tijera. Se había enfriado mucho y le dolía. Cortó
un pedazo de sábana y se vendó.”.
A medida que escuchamos estos relatos, efectuados separadamente y
con una diferencia de 12 años, no dudamos que tanto Yelós como
Prigue reprodujeron casi textualmente lo que había oído de la boca de
aquel niño herido.
Los dos coincidieron que “Dionisio hizo un atadito con las ropitas de
Marina. Para él, no puso nada. Su única preocupación era que la niña
llorara y el viejo escuchara.
Estaba amaneciendo. Miró una y otra vez. No sabe cuantas veces.
Hasta que estuvo seguro de que el abuelo no estaba. No sabe la hora,
pero al poco rato de aclarar. Abrió la puerta ya con la niña en brazos y
con el atadito de ropa. Se dio cuenta que Eduardo estaba muerto. No
se animó ir hasta el otro cuarto donde estaba su madre caída en un
inmenso charco de sangre. Miró solo el camino que a dos o tres
metros, entre los yuyos altos, se abría por la chacra. Pasó el
alambrado y se metió allí. Y corrió y corrió hasta donde pudo. Sin
mirar para atrás. Sin detenerse.”
Dionisio siguió el mismo caminito, un sendero que lo llevaba hasta la
costa del arroyo.
Y anduvo con su hermanita apretada contra su pecho. Apenas se
detuvo dos o tres veces “para tomar agua en las cañadas con la
barriga contra el suelo”.
Eran 7 kilómetros que tenía que andar. Y anduvo porque esa noche
había “soñado con ser hombre y lo fue”
Los testigos de la escena.
Yelós escuchó el primer relato del niño. Lo recuerda así: “Apareció por
el frente. Vimos que venía un niño y en las manos traía un atadito de
ropa. Lo conocimos cuando estaba a unos 15 metros. A la hermana la
dejó en la casa de Adelaida González que había sido policía y era
alcalde, tenía un ranchito a media cuadra. Sus primeras palabras
fueron: “El abuelo mató a mi madre y al tío Eduardo y me hirió a mí”.
No dijo que estaba herido. Lo acosté en mi cama. Mandé buscar a una
vecina, pariente del padre de él, Clementina Núñez y le pedí que
quedara allí cuidándolo. Venía fajado. Le dolía porque estaba con los
intestinos de afuera. No se podía apretar. Estaba malo. No se
quejaba. Lo único que expresaba era rabia porque le habían matado la
madre y al tío Eduardo.”
“Llamé al médico a Vergara y al Juez de Paz que también estaba en
Vergara”.
Casi a dos horas de allí, en Vergara, a las 13 y 30 Víctor Prigue recibe
un pedido para hacer un viaje. “Uno de los tantos” pensó. ¡Que
equivocado estaba!
Aprontó su Ford 4. Levantó al Juez Abelardo Correa. Al médico
Antonio Pisano y a los que serían testigos judiciales Salvador Acosta y
Vicente Senosiain.
“Primero fuimos a la casa de la tragedia. No sabíamos que un niño
había salvado a su hermana. Lo supimos recién por el policía que
estaba en los ranchos”.
De acuerdo a lo dicho por Prigue, recién entre las 15 y 30 y 16 horas
llegaron a la Comisaría donde el niño rubio de ojos azules esperaba
para que lo salvaran desde la mañana.
Prigue relató: “Dionisio era hermoso. ¡Que precioso niño! Quedé muy
mal cuando vi que tenía una puñalada por donde le salía un pedazo
de intestino. Tenía otra puñalada más pequeña un poquito más
abajo, en un brazo tenía un puntazo” Su color, pese a la sangre que
había perdido era bueno”