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Violet Gibson: Yo le disparé a Mussolini.

La periodista británica Frances Stonor Saunders ha construido mediante textos periodísticos y reflexiones de Virgina Woolf la vida de Violet Albina Gibson (1864 - 1956): la mujer que le disparó al Duce en 1926.

Èste es un breve recorrido del producto de su investigación.






Diario italiano,7 de Abril de 1926.



Era una mañana radiante. El 7 de abril de 1926, Benito Mussolini, Il Duce, debía ofrecer un discurso en la plaza del Campidoglio de Roma. Una multitud se agolpaba a su alrededor. Mucha camisa negra y brazo alzado. Entre la gente, apenas a cinco metros del líder fascista, Violet Gibson, 62 años, de origen norirlandés.


Violet Gibson



En cuanto lo vio aparecer, Violet no dudó: levantó el brazo, sacó un revólver y le disparó a quemarropa. La bala apenas le rozó en la nariz. Rauda, la guardia que custodiaba a Mussolini se echó sobre ella y la detuvo. Il Duce, mientras tanto, salió de nuevo a la calle con un vendaje en su rostro forjando esa imagen de viril dulzura que tanto cultivó durante su mandato. Era el hombre fuerte y el seductor. Y nadie iba a arrebatarle esa figura. Gibson, tras varios interrogatorios, fue enviada a un asilo mental inglés donde permaneció hasta su muerte, en 1956.
De aquel atentado, cometido por una mujer que, curiosamente, procedía de la alta cuna de Irlanda, apenas se han escrito más de un par de líneas en los libros de historia. Pero su misión ha sido recuperada por la periodista británica Frances Stonor Saunders en el libro La mujer que disparó a Mussolini.





En él, a través de artículos de prensa, se recorre toda la vida de Gibson y su paralelismo con la de Mussolini, el hombre que comenzó en el socialismo para fundar el fascismo, mientras iba a dejando cadáveres y amantes a su paso. De hecho, el día del atentado había dormido con una mujer que no era Rachele, su esposa.

¿Y qué de interesante tiene Violet Gibson? Cuenta Stonor Saunders que, cuando intentó matar al fascista, era una mujer consumida que había abrazado la fe religiosa católica –pero alejada de los postulados del Papa– y que vivía en un convento. Nada que ver con la niña que había nacido en 1864 en el seno de la familia Ashbourne, nobles irlandeses, conservadores pro Inglaterra y con relación directa con el rey Jorge V.

No obstante, era una familia peculiar. Su hermano mayor, Willie, fue un nacionalista que defendió la independencia de Irlanda. Otro de sus hermanos, Víctor, luchó en la Guerra de los Bóers. Y ella, Violet, se lanzó desde muy joven al nuevo misticismo y a la teosofía. Desde luego, no fue una mujer que quisiera seguir el rol al que estaban destinadas entonces las mujeres de su clase.

Su conversión al catolicismo, a los 26 años de edad, causó un terremoto en su familia. “Lo de Violet no fue una conversión, sino una perversión, como tomar el camino equivocado”, escribe Saunders. Este hecho la alejó de sus padres, a los que ya apenas volvería a ver. En aquella época, hacia 1909, viajó mucho, se divirtió, acudió a fiestas. La vida bohemia de la clase rica, a pesar de que ella se considerara a sí misma “mala, mundana y sensual”.

En ese tiempo se comprometió con un artista del que se desconoce su nombre y que la mala suerte hizo que muriera de forma repentina. “El destino romántico de Violet quedó fijado permanentemente. Tenía treinta y tres años. Ya no iba a haber más sexo, ni maridos ni hijos”, escribe Saunders. Y, efectivamente, según todas las informaciones, ya sólo iba a ver recogimiento y oración.

Problemas nerviosos

Comienza entonces la vida de Gibson en Roma. Allí sufrió los primeros desórdenes nerviosos y le fue diagnosticado influenza (agotamiento nervioso), una enfermedad “muy común” en la época y que, como recuerda Saunders no sin cierta ironía, también sufrieron, entre otras, Virginia Woolf. Al parecer, un poco de rabia e incomprensión del mundo, y ya estabas fichada en los archivos de los psicólogos.

Entre estos años y el intento de asesinato no hay muchas noticias sobre Gibson. Volvió a Inglaterra para llevar una vida solitaria, y después regresaría a Roma en los años veinte. Pero fue en esa década en la que Mussolini, el periodista, el defensor de los trabajadores, se había hecho con el poder, había creado una guardia de matones (que acabaron de forma brutal, entre otros, con el político socialista Giacomo Matteotti en 1924) y había llevado el terror a las calles creando el fascismo.

Eso sí, con un poderoso influjo sobre las mujeres. Fueron numerosas las que pasaron por su cama; y muchas adolescentes, como Clara Petacci, que acabó casándose con él, le escribían cartas de amor. Il Duce era lo más parecido a una estrella del rock, un aura que también poseía Adolf Hitler en Alemania, con la diferencia de que el Führer tenía un marchamo de asexualidad del que Mussolini carecía completamente.

Cuando Gibson regresó a Italia –al parecer, su primer objetivo era el Papa– y vio aquel país fascistizado, comenzó a forjar la idea de acabar con aquel líder envalentonado. Después de un intento de suicidio –se disparó a sí misma probando la pistola–, tramó el atentado. Ella ya no era joven y, a pesar de su cuadro mental, su soledad, su falta de afectividad hacia el otro, tampoco llamaba demasiado la atención entre las monjas con las que convivía.

Mejor enferma mental que agente de la CIA

A partir de este momento, lo más interesante de la historia que recrea Stonor Saunders es todo lo que ocurrió tras el atentado. Cómo primero fue diagnosticada como una enferma mental –procedimiento habitual en los Gobiernos para desacreditar al asesino–, ya que nadie en su sano juicio podría querer matar a Il Duce; y cómo, poco después, la estrategia cambió.

“El Partido Fascista necesitaba impulsar la teoría de que Violet era parte de un vasto complot internacional. Y, de hecho, los rumores de una conspiración ya se iban extendiendo bastante por Italia”, escribe la periodista. Hasta alguna de las monjas del convento de Violet fue relacionada con los socialistas de Matteotti.

Pero entonces apareció de nuevo la figura de Mussolini como El Hombre. No iba a ser una mujer la que encabezara un complot; esa mujer, para él, era una simple enajenada. La virilidad no podía ser subsumida por un revolver en una mano femenina. Violet Gibson estaba loca, y no había más que añadir; conclusión que al final el encargado del caso, Epifanio Pennetta, acabó creyendo. Tampoco podía ser una mujer en sus cabales y que quisiera acabar con el fascismo.

Finalmente, Violet Gibson confesó el intento de asesinato. ¿Qué le había llevado a la idea de matar a Mussolini? El relato es sorprendente: “Lo había hecho por amor” a un duque al que había conocido antes de la Primera Guerra Mundial y que después del conflicto se había convertido al fascismo, ideología que ella odiaba con todas sus fuerzas. Su determinación entonces fue matar al líder. Poco después cambiaría su versión y llegaría a decir que aquellos disparos “eran voluntad de Dios”.

Gibson fue confinada en un manicomio, y ya nadie le quitó el estigma de la locura. No había formado parte de un complot ni había sido un plan inteligente. Para el fascismo, fue un caso de demencia y así fue archivado. De ahí que apenas se haya escrito nada sobre ella.
Sobre este estigma también reflexionó Virginia Woolf:
“Las mujeres han servido de espejos que poseen el poder mágico y delicioso de reflejar la figura del hombre en el doble de su tamaño real [...] Por esto es por lo que Napoleón y Mussolini insistieron ambos tan categóricamente en la inferioridad de las mujeres, para que en el caso de que no fueran inferiores, dejaran de agrandarse”.


Quizás a Gibson sólo le quedó una pequeña victoria. Mussolini fue asesinado el 28 de abril de 1945 junto a su fan Clara Petacci. La mujer que había intentado matarlo aún vivió once años más.
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