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Psicoanalisis - Graf Herbert (1903-1973) Caso Juanito

Psicoanalisis - Graf Herbert (1903-1973) Caso Juanito


Hasta 1972, fecha de la aparición de las "Memorias de un hombre invisible", transcripción de las cuatro entrevistas acordadas por Herbert Graf al periodista Francis Rizzo, no se conocía la identidad de ese "niño de cinco años" que con el nombre de "Juanito" había alcanzado la celebridad gracias al relato de Sigmund Freud sobre su análisis, efectuado por Max Graf, su padre. Considerado uno de los grandes casos del psicoanálisis, el tratamiento de Juanito ocupó muy pronto un lugar particular en los anales del freudismo, primero porque el paciente (por primera vez) era un niño, y en segundo término porque Freud, en lugar de ocupar la posición de analista, intervino como supervisor. El análisis propiamente dicho de Juanito se desarrolló en el curso del primer semestre de 1908. Fue contemporáneo del análisis de Ernst Lanzer, el Hombre de las Ratas. Freud, con autorización el padre, publicó el historial en 1909, pero ya se había referido a Juanito en dos artículos sobre la sexualidad infantil aparecidos en 1907 y 1908. En realidad, desde 1906, cuando el niño no tenía aún tres años, el padre, conquistado por el psicoanálisis a través de los relatos de su esposa, que le hablaba de su cura con Freud, tomó notas sobre todo lo que tenía que ver con la sexualidad del niño, para transmitirlo al maestro, que se había convertido en una persona de la familia. Max Graf no fue el único en entregarse a este tipo de obsevaciones: Freud, como lo recuerda al principio de su relato, había exhortado a sus colegas de la Sociedad Psicológica de los Miércoles a realizar ese tipo de ejercicio, para aportarle pruebas bien fundadas de sus tesis sobre la sexualidad infantil, expuestas algún tiempo más tarde en los Tres ensayos de teoría sexual. Desde las primeras anotaciones del padre, Juanito aparece muy preocupado por esa parte de su cuerpo que él llama su "hace pipí". Sucesivamente le pregunta a la madre si ella tiene uno, le atribuye uno a la vaca que se ordeña, a la locomotora que desprende agua, al perro y al caballo, pero no a la mesa ni a la silla. Este interés, como lo observa Freud con humor, no se limita a la teoría: Juanito es sorprendido por la madre cuando se entrega a tocamientos de su pene. La mujer lo amenaza con hacerle cortar el "hace pipí" si continúa ese tipo de actividad; esto no genera ningún sentimiento de culpa -sigue observando Freud- pero le hace adquirir el complejo de castración.

Continuando con sus exploraciones, el niño quiere saber si también el padre tiene un "hace pipí", y se sorprende de que la madre, adulta, no tenga un "hace pipí" del tamaño del que tiene el caballo. En este período, "el gran acontecimiento de la vida de Juanito es el nacimiento de su hermanita Anna, cuando él tiene exactamente tres años y medio". Las observaciones del padre revelan un distanciamiento entre los dichos del niño, que parecen dar crédito a la fábula de la cigüeña, y la atención que presta al maletín del médico y a las palanganas de agua sanguinolenta en el dormitorio del parto, lo que parece indicar -señala Freud la presencia de las primeras sospechas acerca de la falsedad de la fábula. A Juanito le llevará aproximadamente seis meses superar sus celos y convencerse de su propia superioridad sobre la hermana menor. Al asistir al baño de la niña, constata que ella tiene un "hace pipí [...] todavía pequeño" y predice con condescendencia que será más grande cuando Anna crezca. Comentando las observaciones siguientes, Freud toma nota de manifestaciones de autoerotismo, pronto seguidas de una "elección de objeto como en el adulto". Juanito da entones muestras de inconstancia, predisposición a la poligamia, pero presenta también rasgos de homosexualidad, todo lo cual lleva a Freud a decir, manifiestamente satisfecho por haber seguido paso a paso la verificación de su teoría, "Nuestro Juanito parece verdaderamente un modelo de todas las perversiones". Juanito atravesó más tarde un período marcado por la búsqueda de emociones eróticas (se enamoró de una niñita e insistió con los padres para que le permitieran llevarla a la casa y acostarse con ella), prolongación de las que había experimentado en sus incursiones al lecho de los progenitores. Cuando tenía cuatro años y medio, un sueño tradujo su deseo, en ese momento reprimido, de entregarse de nuevo al exhibicionismo ante las niñitas, como lo había hecho el verano anterior. Este período se cerró con el reconocimiento por el niño, al presenciar de nuevo el baño de la hermanita, de la diferencia entre los órganos genitales masculinos y femeninos. Unos días después de ese sueño y de esa observación, se declaró la "enfermedad" de Juanito. Los diálogos entre el padre y el niño, transcritos fielmente por el primero y transmitidos a Freud, le permitieron a éste conducir la cura y, más tarde, reconstruir la evolución de los trastornos y su desaparición, confirmatoria de la "curación" anunciada desde la primera línea del relato.

Ese período se inició con una carta del padre, inquieto por la agitación nerviosa que ha afectado súbitamente al niño, y dispuesto a atribuir ese estado al exceso de ternura de la madre. Freud, que en todos los casos defiende a su ex paciente, la "linda madre" de Juanito, "tan buena y tan devota", rechaza ese punto de vista. En el análisis, subraya, no se trata de "comprender de entrada un caso patológico"; la comprensión sólo es posible "más tarde", si uno se ha dado tiempo para observar, acumular impresiones. Inmediatamente antes de la explosión del estado ansioso, Juanito había tenido un sueño, un "sueño de castigo" dice Freud, en el cual se había ido la madre amada, la que le "hacía mimos". Ese sueño era un eco de las ventajas obtenidas cuando la madre, durante el verano anterior, lo había llevado a su lecho cada vez que él manifestaba ansiedad y también cada vez que estaba ausente el padre. Unos días más tarde, Juanito, de paseo con la criada, comenzó a llorar y quiso volver a la casa para "recibir mimos de su rnamá". Al día siguiente la madre decidió sacarlo a pasear ella misma. El niño empezó por negarse, llorar, y después se dejó llevar pero poniendo de manifiesto un miedo intenso, del que sólo habló a la vuelta: "Tenía miedo de que me mordiera un caballo". Por la noche tuvo una nueva crisis de angustia ante la idea del próximo paseo, y miedo a que el caballo se metiera en su dormitorio. La madre le preguntó si acaso se había tocado el "hace pipí" con la mano. Después de la respuesta afirmativa de Juanito, le ordenó que dejara de hacerlo, orden que más tarde el niño confesó que no siempre había cumplido. "Tenemos aquí -comenta Freud- el inicio de la angustia y de la fobia", que era preciso distinguir entre sí. La ternura creciente por la madre traducía una aspiración libidinal reprimida, determinante de la angustia. Esa transformación de la libido en angustia es irreversible, y la angustia debe encontrar un objeto sustitutivo que pasará a ser el material fóbico. En ese punto era aún demasiado pronto para comprender el origen del material de la fobia de Juanito: los caballos y el riesgo de su mordedura. En esa etapa, Freud le aconsejó al padre que le dijera a Juanito que esa historia de caballos era una "tontería" (tal era la palabra que el padre y el hijo emplearon en adelante para designar la fobia), y que su miedo provenía del excesivo interés por el "hace pipí- de los caballos.

Freud sugirió además que se iniciara la educación sexual del niño, para que él pudiera sobre todo admitir que la madre y todas las otras criaturas femeninas -tal como podía darse cuenta por la pequeña Anna- no tenían un «hace-pipí» en absoluto". Algún tiempo más tarde, la fobia volvió, extendiéndose a todos los animales grandes (jirafas, elefantes, pelícanos). Después de una observación de Juanito sobre el arraigo de su "hace-pipí", al que esperaba ver crecer junto con él, Freud explica que los animales grandes le daban miedo porque ellos lo hacían pensar en la dimensión presente, insatisfactoria, de su órgano peneano. En cuanto al arraigo, era una respuesta -sigue diciendo Freud- a la amenaza de castración expresada mucho antes por la madre, y cuyo efecto se manifestaba con posterioridad, en el momento en que había crecido la inquietud del niño, después del anuncio oficial de la ausencia de "hace-pipí" en las mujeres. Una mañana, Juanito justificó su incursión nocturna a la cama de los padres explicando que en su propio dormitorio había una jirafa grande y una jirafa arrugada. "La grande -dijo- gritó que yo le había quitado la arrugada. Entonces dejó de gritar, y yo me senté sobre la jirafa arrugada." El padre relacionó este fantasma con una situación recurrente: mientras que él se oponía a que el niño estuviera en el lecho conyugal, la madre respondía que en ello no había nada grave, siempre y cuando fuera breve. La jirafa grande era entonces el gran pene paterno, mientras que la jirafa arrugada representaba los órganos genitales femeninos. Freud añade que el "sentarse" sobre la jirafa arrugada representaba "una toma de posesión", basada en un fantasma de desafío al padre, y en la satisfacción de haber enfrentado su interdicción; el conjunto encubría el miedo a que la madre encontrara el "hace-pipí" de Juanito muy pequeño en comparación con el del padre. Se producen entonces una serie de fantasmas de fractura y violación de las interdicciones, en los cuales el padre aparece asociado al niño, indicio de la sospecha de Juanito en cuanto a que el padre hace con la madre cosas de las que quiere privarlo a él. El 30 de marzo de 1908 Juanito visita a Freud con el padre. La entrevista es breve. Freud le pregunta al niño, que ha hablado de lo negro alrededor de la boca de los caballos, si esos animales llevan anteojos. Después de la respuesta negativa de Juanito, Freud le hace la misma pregunta respecto del padre.

Contra toda evidencia, la respuesta es también negativa. Freud explica entonces que el niño tiene miedo del padre, "Justamente porque ama tanto a la madre". Después de esta entrevista se produce una mejoría. La explicación que se le ha dado al niño -dice Freud- ha debilitado sus resistencias, y esto debe permitirle poner nombre a sus temores. En efecto, en el curso de una conversación con el padre, Juanito manifiesta su miedo a que se caigan los caballos uncidos a un ómnibus, y explica que un día en el que, a pesar de "la tontería", había salido a pasear con la madre, vio realmente caer en la calle a dos caballos que tiraban de un ómnibus, creyendo que uno de ellos estaba muerto. La madre confirmó la veracidad del relato. Esta información genera un punto de inflexión en el análisis. La fobia se declaró cuando la angustia, que originariamente no tenía nada que ver con los caballos, se traspuso a esos animales, de tal modo elevados, comenta Freud, "a la dignidad de objeto de angustia", por razones vinculadas con la historia del niño: Juanito, siendo más pequeño, había sentido pasión por los caballos, había visto a uno de sus compañeros caerse M caballo y recordaba la historia de un caballo blanco que mordía los dedos. La eclosión de la fobia databa del incidente real del caballo caído: Juanito había entonces experimentado el deseo (y al mismo tiempo el temor) de que el padre cayera y muriera de ese modo, lo que le habría dejado el camino libre para la posesión de la madre, pero exponiéndolo a los riesgos de una comparación poco ventajosa para él. Desde ese día, Juanito se tomó más libertades con el padre, al que quería incluso morder, prueba de que lo había identificado con el caballo tan temido. Pero esto no impidió que el miedo a los caballos persistiera. El análisis dio entonces otro giro. La madre, momentáneamente olvidada, volvió al primer plano a través de fantasmas excremenciales y reacciones fóbicas a la vista de calzones amarillos y negros. Sigue el fantasma de un plomero que perfora el estómago de Juanito con una agujereadora, y el miedo a bañarse en una gran bañera. El fantasma del plomero, fantasma de procreación, encontrará su significación más tarde, cuando resulte claro que el niño jamás había creído en la historia de la cigueña, sino que estaba resentido con el padre por el hecho de que le contara semejantes mentiras.

Freud lleva el análisis más lejos, insistiendo en la yuxtaposición de ese miedo a la bañera con los fantasmas excremenciales (el interés, y después el asco de Juanito por las heces, a las que él llama "lumfs", a su vez vinculados con el placer que obtenía el niño al acompañar a la madre al baño. Surge que para Juanito (y Freud se felicita de encontrar una vez más la confirmación de lo que había escrito unos años antes) los carruajes, lo mismo que los vientres de las madres, están cargados de niños-excrementos: la caída de los caballos, así como la de los "lumfs", es la representación de un nacimiento, y Freud subraya en esa oportunidad el carácter significante de la expresión "descargar" (mettre bas en la versión francesa). El caballo que cae no es sólo el padre que muere, sino también la madre que da a luz. Juanito podrá verbalizar su deseo de que el padre se vaya, y reconocer su deseo de poseer a la madre. Con todo, encuentra con todo un acomodamiento en esa situación aún generadora de angustia: el padre será el abuelo de los hijos que él, Juanito, tendrá con la madre. Para apaciguar la cólera siempre posible de ese padre desalojado, el niño lo imagina casado con la abuela paterna, es decir, con la madre del padre. Un último fantasma, en el cual un plomero le cambia su "hace-pipí" por uno más grande, marca su salida del Edipo y su victoria sobre el miedo a la castración. A diferencia de los otros casos princeps expuestos por Freud, Juanito no fue objeto de ninguna revisión historiográfica exhaustiva. No obstante, dio lugar a numerosas lecturas críticas. En un primer momento, cuando era impensable acercarse demasiado a la legendaria "inocencia infantil", los psicoanalistas hicieron de este caso el paradigma de todas los psicoanálisis de niños. Fueron necesarios los primeros pasos que dio en este ámbito Hermine von Hug-Hellmuth, y sobre todo la revolución de Melanie Klein, para que se superara esta concepción en el movimiento psicoanalítico. Por otra parte, algunas lecturas adoptaron como ángulo de ataque la interpretación freudiana, desarrollando una reflexión nueva sobre el estatuto de la fobia. Finalmente, otros trabajos optaron por reinscribir la cura y el personaje de Juanito en el decurso de su historia y su identidad: las de Herbert Graf, hijo de Max Graf y Olga König-Graf, amigos de Sigmund Fred. Jacques Lacan dedicó la segunda parte de su seminario de 1956-1957, titulado La relación de objeto, al caso de Juanito.

Su objetivo era elaborar una clínica lacaniana del análisis de niños, de la cual Jenny Aubry y Françoise Dolto eran los maestros de obra: una clínica capaz de rivalizar con la escuela inglesa, enriquecida con los aportes contradictorios de Melanie Klein, Anna Freud y Donald Woods Winnicott. Para Lacan, la fobia de Juanito se había producido con el descubrimiento de su pene real y con el terror consecutivo de ser devorado por la madre, investida de una omnipotencia imaginaria. La fobia sólo podía entonces superarse, si no curarse, mediante la intervención del Padre real (Max Graf), sostenido por el Padre simbólico (Freud), lo que tuvo el efecto de separar al niño de la madre y asegurar su avance desde lo imaginario hacia lo simbólico. Lacan interpreta los mitos animalistas activos en la cura en los términos de Lévi-Strauss. Lejos de buscar en cada uno de ellos una significación particular, los relaciona entre sí para captar la recurrencia de lo semejante en un sistema. El caballo remite a veces al padre, a veces a la madre, y funciona como elemento significante desprendido del significado. La torsión a la que Lacan somete de este modo a la teoría freudiana del Edipo está vinculada con su idea de la declinación de la función paterna en la sociedad occidental, que él había expuesto en 1938 en su artículo sobre la familia. Ante esa decadencia, que él considera la causa esencial de la aparición del psicoanálisis en Viena, Lacan intenta revalorizar una idea de la paternidad basada en la intervención de la palabra, y denunciar el peligro de la omnipotencia materna, que él estigmatiza hablando de una "madre no saciada e insatisfecha", pronta a devorar al niño. En 1987, el psicoanalista francés Jean Bergeret relacionó las dificultades de Juanito con las que el propio Freud habría experimentado en su infancia. Observando que los únicos dos textos que Freud no publicó en vida (el dedicado a los personajes psicopáticos en el escenario, cuyo manuscrito había entregado a Max Graf al principio del análisis de Juanito, y el que fue hallado y publicado por llse Grubrich-Simitis con el título de Vista de conjunto de las neurosis de transferencia) tienen en común el tema de la violencia irrepresentable, indecible, producto de una incitación sexual precoz demasiado intensa, Bergeret formula la hipótesis de que la cura de Juanito se construyó sobre la base de la renegación de un trauma sufrido.

En 1993, en ocasión de la aparición de las traducciones realizadas por el psicoanalista francés François Dachet del artículo de Freud sobre los personajes psicopáticos en el teatro, el texto de Max Graf dedicado a Freud y las Memorias de Herbert Graf -traducciones presentadas como suplementos de la revista L´Unebévue- el propio Dachet publicó en esa misma revista un estudio que apuntaba a dilucidar la compleja relación de Freud con Max Graf. Observó sobre todo que Max Graf es invocado por Freud como el padre de Juanito, como el discípulo y el amigo que le reconocía un talento artístico de que carecían los "chapuceros de almas", y como el destinatario competente de un manuscrito sobre problemas teatrales, pero nunca se lo menciona como marido de la madre de Juanito, que a su vez había sido paciente de Freud. En consecuencia, concluye François Dachet, la lectura lacaniana del caso tendría que "ser reconsiderada". En 1996, Peter L. Rudnytsky, universitario norteamericano, propuso que el caso de Juanito se viera más como un ejemplo de "terapia familiar" que como análisis de un niño. Su enfoque se remite a las tesis feministas desarrolladas principalmente por Luce Irigaray. Ellas lo llevan a discernir en este análisis los elementos básicos de la concepción freudiana de la diferencia de los sexos y de la sexualidad femenina que aparecerían con su forma definitiva en 1933, en las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis. La conclusión de Rudnytsky es inapelable. Estigmatiza "los prejuicios burgueses" que según él subtienden las posiciones teóricas de Freud acerca de la homosexualidad y la sexualidad femenina. Volviendo a este caso en su seminario de 1968-1969, titulado De un otro al Otro, Lacan evoca la curación proclamada por Freud, y se pregunta: "...Juanito ya no tiene miedo a los caballos, ¿y después?" ¿Después? En 1922, Freud añade un "epílogo" a su texto de 1909: en él relata brevemente la visita que le había hecho ese mismo año un joven que se presentó como Juanito. Para Freud, esa visita constituía en primer lugar una desmentida drástica de las siniestras predicciones enunciadas en la época de la cura. Para su alegría, se felicita, en una frase ambigua, de que el joven hubiera podido superar dificultades inherentes al divorcio y los nuevos matrimonios de sus padres, y observa finalmente, con una avidez teórica no disimulada, que Juanito/Herbert ha olvidado totalmente el análisis, incluso su existencia. No obstante, la lectura del texto de Max Graf titulado "Reminiscencias sobre el profesor Sigmund Freud", aparecido en 1942, y de las Memorias (en forma de entrevista) de Herbert Graf, aporta algunas informaciones capaces de relativizar la satisfacción de Freud y de constituir los primeros elementos para una revisión del caso.

En su artículo, Max Graf evoca, de manera a la vez afectuosa y crítica, la atmósfera de las reuniones de los miércoles a las cuales él había sido invitado por Freud, la personalidad de este último, los odios, las pasiones y los conflictos que su intransigencia podía suscitar. Aunque en la época del análisis de Juanito éste había sido un tema frecuente en esas reuniones de los miércoles por la noche, Max Graf no hace la menor alusión al respecto. Es más prolijo cuando se trata de lo que el analista holandés Harry Stroeken propone denominar 1a relación de la familia Graf y Freud". Nos enteramos entonces, entre otras cosas, de que Freud, que solía concurrir a las fiestas familiares de los Graf, le había regalado al futuro Juanito, en su tercer cumpleaños ¡un caballito para balancearse! En sus Memorias, Herbert Graf pone de manifiesto en el ocaso de su vida un fervor y una admiración por el padre tanto más sorprendentes cuanto que, a lo largo de esas cuatro entrevistas, no dice ni una sola palabra sobre la madre. Este clivaje parece ilustrar bien lo que fue la vida de Juanito al convertirse en adulto, caracterizada por el contraste entre su éxito profesional y sus fracasos afectivos. Herbert Graf, en efecto, conoció en su juventud, a través del padre, a todas las personalidades del mundo artístico de la Viena de la época. Gustav Mahler, que fue su padrino, Arnold Schónberg (1874-1951), Richard Strauss (1864-1949) y Oskar Kokoschka (1886-1980) se contaron entre quienes frecuentaban la casa de los Graf. Cuando, ante las risas de los demás estudiantes, que inscribirían el episodio en el libro de las "estupideces del año" (¿una "tontería" más?), Herbert Graf anunció su deseo de convertirse en metteur en scéne de ópera, oficio que él mismo iba a crear, su padre lo sostuvo económicamente. En continuidad con los que habían sido los primeros pasos de ese padre, Herbert presentó una tesis sobre la escenografía wagneriana que le valió el reconocimiento oficial de la familia del autor de Los maestros cantores. Después de haber intentado, sin éxito, desempeñarse como artista lírico, se ocupó de las puestas de la ópera de Münster. Posteriormente emigró a los Estados Unidos, donde fue metteur en scéne titular de la Metropolitan Opera House de Nueva York, colaborando estrechamente con Arturo Toscanini y Bruno Walter, entre otros. Su renombre lo llevaría a Salzburgo y a Italia, su país predilecto, donde realizó más de sesenta producciones en Verona, Milán, Venecia y Florencia (allí trabajó con María Callas). Más tarde asumió la dirección de la Opera de Zurich, puesto al que renunció por falta de medios, y después la dirección del Gran Teatro de Ginebra hasta su muerte, en 1973. Junto a esta brillante carrera (puntuada por algunos textos audaces y siempre de actualidad sobre la cuestión de la ópera popular), la vida privada de Herbert Graf estuvo aparentemente jalonada de sufrimientos. Contrariamente a lo que creyó percibir Freud, parece que nunca se repuso por completo del choque ocasionado por el divorcio y los nuevos casamientos de sus padres. Atormentado por conflictos conyugales, volvió a analizarse con Hugo Solms, quien en 1970, cuando se realizaba en Ginebra un congreso de psicoanálisis, lo indujo a presentarse a Anna Freud, visita que no tuvo consecuencias. Afectado de un cáncer de riñón que se revelaría incurable, murió el 5 de abril de 1973 como consecuencia de una caída, probablemente debida a vértigos provocados por su estado.


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