Surgió el 19 de junio de 2006, en un rincón oculto de la Banda Oriental (actualmente República Oriental del Uruguay), que no vamos a deschabar porque pondríamos en aprieto a más de uno y no seria honrado.
Con la clásica envestidura que me caracteriza, ensillo al petizo y recorro alegremente los campos con el fin de llegar a la campaña e impartir la docencia. Se acercaba el atardecer y las nubes estaban dispuestas a lagrimear desconsoladamente, aún así, continúe mi marcha en busca de un solo propósito, llegar de una vez y no mojarme hasta las…patas.
Me procure unos mates con el teniente Sergio, con el fin de calentar el organismo y aguarde mansamente la llegada del alumnado. En la espera, percibí una serie de vibraciones sigilosas que provenían de la habitación contigua, a los minutos la situación comenzó a inquietarme, con un súbito movimiento alcanzo el pestillo de la puerta y con un grito liberador (estilo: paturuzuuuu) trato de moverlo.
Para mi sorpresa, la puerta estaba atrincherada con llave, trate de serenarme y mirar para otro lado tarareando una canción de Village People. De repente siento risas y relinchar de caballos, las alumnas habían llegado. Me dispongo a dar la clase de ese día, introduciendo a la tropa sobre el origen de la murga, las distintas categorías y un poco de historia sobre el Teatro de Verano.
Llegado el momento de la lucha, diviso que no había modelos para llevar a cabo el maquillaje de murga, entonces alguien apaga la vela y se me enciende la lamparita. Recordé que el teniente estaba cebando o mejor dicho haciendo sebo, me acerco a su guarida y amablemente le propongo unirse a nuestra lucha, pero lo negó rotundamente. De acuerdo a su respuesta, supuse que esta batalla estaba perdida, de todas formas las esperanzas no se marchitaban.
De golpe y porrazo me susurran al oído, cierro los ojos lentamente y me dejo guiar por una voz masculina que me conduce por varias habitaciones oscuras, hasta que una luz muy tenue me advierte su presencia. Allí estaba él, inmóvil ante mi figura, irradiando brillo en su mirada, sin cuerpo pero con rostro, José Gervasio Artigas. El Jefe de los Orientales, el Protector de los Pueblos Libres, el Héroe de Nuestra Patria y pasmada de tanta belleza, le acaricie la mejilla de bronce. Al fin había ganado la independencia, era el modelo perfecto.
¡Mi caballo! ¡Tráiganme mi caballo que quiero mostrárselo al mundo!
Últimas palabras de José Gervasio Artigas, revolcándose en la tumba.