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I - Ahora es hora de huir… Desde muy pequeño Zumarán conversaba con él mismo. Con él y con dios, o con lo que suponía que era dios. Ahora es sólo con él mismo. Desde muy pequeño lo supo, al principio creía que había algo de injusticia en ello, o alguna especie de aversión hacía quién era o hacia quiénes eran. Pero no es así. Con el correr del tiempo entre él y él mismo elaboraron sistemas y aprendieron métodos muy efectivos para disimular su estupidez; pero no lo suficientes como para engañarse a ellos mismos. Ahora es hora de huir, la realidad se empecina en desenmascararlos. II Me siento a la sombra de un árbol, recostado sobre el tronco, en la plaza Zorrilla. Un grupo de niñas patina sobre la explanada con los patines que les dejaron los “reyes” hoy en la madrugada. Por la ruta se ve a la porteñada y a sus autos correr hacia las vacaciones; pero yo no voy de vacaciones, las vacaciones son cosa de la clase media y de los hippies, y yo no soy una cosa ni la otra. III - Capital Country Cuando Zumarán abrió los ojos su ciudad ya no era su ciudad y la seguridad de la raigambre había desaparecido. Su caminar se volvió torpe y la paranoia cobró vida. - No, no hay de esos en mi planeta, estoy casi seguro - se dijo. Hizo señas con el brazo y el enorme animal se detuvo, trepó hasta el lomo por unas escaleras de soga y madera barnizada y se sentó junto a otros dos lugareños, lo que pensó serían lugareños, y como en ningún momento se dirigieron a él continuó hasta el final del recorrido. Más y más animales y enloquecidos lugareños trepando a sus lomos. Cuando volvió a despertarse su ciudad ya era su ciudad, la torpeza y la paranoia habían desaparecido y el ómnibus se alejaba, rumbo a la Terminal. IV Me quito los anteojos y me seco las lágrimas. Maldigo a las putas y a sus vulgares remedos del amor; maldigo al alcohol, a la marihuana y a las sádicas tentaciones de Morfeo. V Claudia semidesnuda, colgando uno de sus brazos sobre el borde de la cama, boca abajo, pálida y fría. No puedo recordar como fue, no hay marcas, no hay sangre, sin embargo aquí esta, bien muerta. La luz verde de la marquesina de la pizzería se colaba por la ventana al igual que el aroma a muzarella. Le envío un mensaje de texto al rata Valverde para que me de una mano con el cuerpo. VI Sé que voy a morir, pero no la esperaba tan pronto. ¡Qué caso tiene pensar en eso ahora! Aún desnudo voy a la cocina y me preparo un churrasco a la plancha, un poco de sal y aceite de ajo. Caliento las papas que hice al horno en el microondas. Observo por la ventana, ahí van los pitucos para el colegio, tan ignorantes como aquellos que no tienen más remedio que serlo. VII Zumarán se peina el jopo con saliva, es decir, se escupe la mano y luego con la saliva acumulada le da forma al jopo. Pantalón de cuero, camisa amarilla de seda y botitas de gamuza son la indumentaria habitual de cada sábado, y cada sábado a la noche es minuto de Terremoto Bailable. Chicas ligeras, hombres susceptibles y navajas afiladas. VIII Fueron varias personas las que lo vieron. Estaba planeando sobre el Cerro Pan de Azúcar, saludando a los niños que iban a verlo, cuando se pudo observar que presionaba con fuerza su brazo derecho sobre el estomago. Zumarán era un superhéroe, un superhéroe uruguayo, y el mate, aunque siempre le causó indigestión, le daba pena despreciarlo cada vez que lo invitaban. IX - Los Feos no Tienen Vida Para Zumarán hacer el amor es masturbarse con el objeto que más lo excita. En su caso, las muchachas jóvenes y carnosas; pero Zumarán es feo, en realidad es muy feo, por fuera y en las tripas, y en consecuencia, por demás lógica, nunca hace el amor con muchachas jóvenes y carnosas. Mas este es otro tema. Hace tiempo, el también quiso ser poeta, cada sábado que vivió en la más desagradable soledad, la soledad en la que además de encontrarse sólo era plenamente conciente de su soledad, de su fealdad, de su torpeza mental, de su cojera, de su raro peinado, de la sarna acumulada detrás de la orejas por usar cremas para el cuerpo como gomina, elaboraba versos acerca del amor perdido, de lo que le habían contado era el amor perdido. Sí, Zumarán quiso ser poeta, pero fracasó, fracasó porque era feo, y los feos no tienen vida, no tienen acerca de qué reflexionar, a no ser de su propia fealdad y la soledad a la que se ven sometidos los sábados a la noche.
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