Parte 9:
(Sigue siendo el día 7)
Estaba esperando que hundieran sus dientes en mi carne cuando un centenar de rayos y truenos empezaron a llover por toda la tienda. Abrí los ojos y vi sus dos cadáveres tirados en el suelo infestados de agujeros y boquetes que atravesaban sus cuerpos. Todos los productos de las estanterías estaban regados y las paredes estaban llenas de perforaciones humeantes. Había pasado el convoy justo a tiempo para llenarlos de plomo. Seguramente los habían visto desde la calle y los habían tiroteado al pasar con las calibre 50, yo había salido ilesa por puro milagro al estar acurrucada detrás de una estantería de galletas.
Me puse de pie con el corazón todavía galopando pero, para mi desgracia, el empleado de la tienda se empezó a mover y se levantó como si aún tuviera vísceras y como si no le hubiera caído una tonelada de plomo encima, no podía entender como esa cosa no estaba muerta. Salí disparada hacia el automóvil y apenas me dio tiempo de echarme un clavado sobre el asiento del conductor. Al intentar cerrar la puerta de golpe, el empleado logró detenerla con su mano y no la pude cerrar, forcejeamos por unos segundos pero su fuerza era increíble y terminé soltando la puerta y cayendo hacia atrás por la inercia. Él gruñía y rugía envuelto en un frenesí caníbal. Metió su cuerpo en el auto y alcanzó a tomarme de un pie con sus manos, yo ya estaba saliendo por la puerta del otro lado y al sentir el jalón de mi pie caí del carro quedando con la mejilla en el suelo del estacionamiento y la pelvis torcida en el asiento del copiloto. El pánico me desbordó y comencé a gritar y a patalear como loca, por fortuna las patadas incontrolables golpearon al empleado del oxxo e hicieron que me soltara, logré salir del auto arrastrándome y le cerré la puerta en la cara antes que pudiera salirse él también. Comencé a pedir ayuda a gritos pero la ciudad estaba completamente sola y en silencio, ni siquiera ladraban los perros.
Un edificio de departamentos enfrente de la calle tenía algunas luces prendidas y me pareció que alguien se asomaba desde una de las ventanas, al pedirle ayuda a gritos la sombra en forma de persona se alejó y la luz de esa ventana se apagó. Bastaron tres golpes para provocarle a la ventanilla del coche una grieta enorme, no golpeaba sólo con sus puños, azotaba todo su cuerpo contra el vidrio salvajemente dejando salpicadas manchas de sangre negruzca. No entendía por qué no salía del auto por la otra puerta que seguía abierta, parecía que el frenesí que sentía al verme nublaba su mente que sólo se concentraba en atacarme directamente, sin rodeos, y despedazar cualquier barrera que se interpusiera entre él y yo. Me alejé varios pasos hacia atrás sin saber qué hacer, no quería tener que regresar al departamento a pie y con la incertidumbre de que me estuviera siguiendo un maldito monstruo desfigurado. El carro me hacía sentir segura al desplazarme por la calle y además estaba cargado con 80 litros de agua purificada.
Me escondí detrás de una minivan gris estacionada a unos diez metros del oxxo justo a tiempo para presenciar como reventaba la ventanilla en mil pedazos azotando su cráneo contra ésta. Le bastaron un par de segundos para deslizarse por el agujero y caer al suelo. Cuando se levantó tenía restos de vidrio y silicón incrustados en el rostro. Volteó de inmediato hacia mi posición y comenzó a avanzar hacia mí, yo me moví hacia el otro lado de la minivan pero él se dirigía hacia mí cambiando de dirección con la precisión de un misil. Esquivándolo como si se tratase de un juego de niños logré interponer la camioneta entre nosotros, cuando intentó rodearla para darme alcance rompí a correr hacia el automóvil con las llaves prestas en la mano, me metí y rápidamente inserté la llave. Esa cosa me venía siguiendo acercándose con un paso aparentemente lento pero sorprendentemente rápido.
En cuanto encendió la marcha metí la reversa y aceleré todo lo que pude, por pura suerte el carro no se ahogó pues apreté el pedal con todas mis fuerzas, aunque sí se quejó con un rugido y una bocanada de humo. No me dio tiempo a esquivar al empleado del oxxo y alcanzó a asirse con su mano izquierda de la ventanilla rota del lado del copiloto. Al ver su cara asomándose por la ventana me espanté y di un volantazo equivocado. El auto se desvió del estacionamiento y fue a chocar de lado contra una de las columnas que soportaban el peso del oxxo con sus paredes de vidrio. El golpe fue del lado del copiloto y dejó literalmente embarrado en la columna al empleado que me perseguía. Desafortunadamente su mitad superior que se había asomado por la ventana no quedó embarrada y cayó sobre el asiento del copiloto. Alzó la mirada y comenzó a soltar mordidas y manotazos con el único brazo que le quedaba. No era más que una cabeza, un brazo y un pedazo de omóplato unidos por unas cuantas vértebras que colgaban de su cuello como la cola de un mono. Yo sentí unas ganas inmensas de bajarme del coche y salir corriendo, pero no podía. Intenté abrir la puerta y sacarlo de una patada pero su brazo era suficientemente largo para interceptar mi mano al intentar alcanzar la manija. Estaba pegada a la puerta del conductor lo más posible y apenas me alcanzaba el espacio para esquivar sus manotazos. Tuve que detenerme cuando estuve lo suficientemente lejos de aquel oxxo, bajarme del coche, abrir la puerta por el otro lado, volverme a subir y patearlo hacia afuera desde adentro.
Detuve el carro de Delia justo en la entrada del edificio de departamentos, ni siquiera me paré a ver los daños, saqué los cuatro garrafones de agua y me dispuse a abrir la puerta de entrada del edificio. Al principio creí que me había confundido de llaves, pero luego me percaté de que habían atascado la puerta desde adentro. Me habían dejado fuera. Intenté llamar a los vecinos por el comunicador, pero nadie contestó. Algunas veces se encendía la lucecita verde de la cámara del comunicador indicando que algún vecino la prendía para ver quién tocaba, pero nadie contestaba ni abría a pesar de que les rogaba y les suplicaba, explicándoles que no era portadora. Después de cerca de una hora de estar insistiendo al menos tres veces en cada departamento, comencé a sentir miedo de estar tan vulnerable en medio de la nada y empecé a preocuparme por dónde iba a dormir. Ya se había hecho de noche desde que estaba en el oxxo y tenía la sensación de que no estaba sola. Empecé a sentirme más y más desesperada al punto de estar al borde de un colapso nervioso.
Sin saber qué hacer, miré hacia ambos lados de la calle para asegurarme de que no estuviera nadie siguiéndome; como una broma perversa del destino, la sombra de una persona se acercaba tambaleante desde el extremo de la calle hacia mi posición, parecía no haberse percatado aún de mi presencia. Pocos metros más atrás otra sombra que se aproximaba con el equilibrio de un ebrio surgió de entre la oscuridad y lanzó un quejido aletargado. En ese momento la desesperación se adueñó de mi cuerpo. No había a dónde ir.
Parte 11: