Un error estratégico imperdonable. Al menos, Saddam era un caballero [distinguido con la Orden de Isabel la Católica, por cierto]
La eliminación de Saddam Husein fue la peor equivocación en la historia de las relaciones con el mundo árabe, un acto imperdonable. Los políticos que promovieron esta guerra y los servicios de inteligencia estadounidenses, cometieron un gravísimo fallo estratégico derribando el pilar que dotaba a Oriente Próximo de una relativa estabilidad política. El líder iraquí jamás supuso el menor peligro para Occidente, más al contrario, podíamos definir aquel gobierno Baaz -o baathista- como un enclave prooccidental.
La inteligencia norteamericana demostró su ineptitud para analizar y comprender el panorama social y político en la región. La incapacidad para actuar desde una hábil empatía racional con una cultura diferente ha desencadenado el peor de los resultados, un conflicto que no encuentra solución y que parece multiplicar sus efectos más negativos. Lejos de la dudosa intención de pacificar la zona, se ha extendido la inseguridad global y la inestabilidad en un territorio mucho más amplio que el propio Iraq.
Quedó demostrado que no había relación entre Al-Qaeda y el desaparecido régimen iraquí. Nada tenía que ver para Estados Unidos su lucha con Afganistán y las legítimas reivindicaciones políticas de la occidentalizada república mesopotámica. No se encontraron armas de destrucción masiva. Después de la Desert Storm (agosto de 1990 – febrero de 1991), las fuerzas armadas iraquíes carecían del material bélico suficiente para convertirse en una amenaza militar. La invasión de Irak en 2003 resultó demasiado fácil por el embargo que privó de una adecuada logística al ejército iraquí, el debilitamiento de su potencial militar, la ausencia de fuerza aérea para defender su espacio, el abandono de sus antiguos aliados y la caída del gran rival de Norteamérica, la Unión Soviética. El derrocamiento de Saddam Husein era del todo innecesario.
A diferencia de lo que están haciendo americanos y británicos, durante la Desert Storm, los pilotos y soldados de la coalición internacional capturados por el ejército iraquí gozaron del respeto a los principios marcados por el III Convenio de Ginebra relativo al trato debido a los prisioneros de guerra. Hoy en día, se acabó la cortesía con los rehenes, ya no se combate contra un ejército regular, el enemigo actual, aun con menos medios, es mucho más peligroso e impredecible, no está limitado por un código de conducta, todo está permitido para causar el mayor daño posible. En esta guerra no quedan caballeros, los ruines tenían prioridad y han ganado; ahí está su premio.
Recordaré, por ejemplo, que quien fue viceprimer ministro y representante de Exteriores de Irak, Tareq Aziz, un cristiano libre de toda sospecha de simpatizar con Osama ben Laden, ha sido recientemente condenado a siete años de prisión por participar en el desplazamiento forzado de los kurdos del norte del país y, en marzo de 2009, a quince años por su papel en la ejecución de 42 comerciantes iraquíes acusados de especulación tras la primera guerra del Golfo con el fin de enriquecerse -negándoles el derecho de apelación, eso sí-. Es decir, las imputaciones aceptadas responden al hecho de provocar un censurable éxodo y a su función con respecto a la aplicación de la -siempre condenable- pena de muerte en un procedimiento reprochable. Si nos basamos en este mismo argumento, ¿no son igualmente impropias las ejecuciones de los ahora vencidos?
Otro lamentable error estratégico que pagará Occidente fue posicionarse contra la República Serbia en el infame conflicto de Kosovo a finales de los noventa. Desde la torpeza política y los planteamientos de analistas incompetentes, la OTAN, de manera imprudente, ha dejado la puerta abierta a futuras amenazas contra la integridad y seguridad de los países europeos. De nuevo advertimos que la inteligencia es un desastre y no tienen ni idea de lo que sucede en el mundo; ¡idiotas!